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domingo, 28 de julio de 2024

Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez

 Después de leer "En agosto nos vemos", me apeteció volver a releer "Memoria de mis putas tristes" de Gabriel García Márquez. La leí, escribí su reseña y grabé su vídeo reseña para mi canal de YouTube.

Algo extraño sucedió con el documento Word en el que escribí la reseña: en algún momento le di al botón que no era y se borró casi toda, solo se conservó el párrafo inicial.

Así que, en vez de dejar aquí la reseña escrita, voy a dejar un enlace a la vídeo reseña, que eso sí se conservó:




domingo, 12 de mayo de 2024

En agosto nos vemos, por Gabriel García Márquez

 


El agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez

Editorial Random House, 142 páginas. Primera edición de 2024.

 

Cuando vi que se anunciaba para 2024 –a diez años del aniversario de su muerte– la publicación de una novela inédita de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – Ciudad de México, 2014), sentí curiosidad por ella. La novela se titula En agosto nos vemos, y su publicación ha suscitado polémica. García Márquez empezó a trabajar en esta novela, en la segunda mitad de la década de 1990, a la vez que lo hacía con Memoria de mis putas tristes, que apareció en 2004, y que se convertiría en su última novela publicada en vida. El manuscrito de En agosto nos vemos quedó postergado porque García Márquez empezó a escribir sus memorias, tituladas Vivir para contarla, publicadas en 2002. En 1999 García Márquez leyó en público el primer capítulo de En agosto nos vemos en la Casa de América de Madrid y, cuando aún estaba sin pulir, se la envió a su agente, Carmen Barcells, quien le pidió a su editor, Cristóbal Pera, que trabajara con García Márquez para acabarlo. Sin embargo, en la etapa final de su vida el escritor fue sufriendo una progresiva demencia senil, que le hacía perder la memoria, y que cada vez fuese más difícil para él acabar su novela. La frustración hizo que, en algún momento, García Márquez les dijera a sus hijos: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo». Pero, por otro lado, existe una carpeta con una última versión de la novela, sobre la que están escritas las palabras: «Gran OK final». Los hijos han tomado la decisión de publicar el libro, y en el prólogo de la edición de Random House escriben: «Al juzgar el libro mucho mejor de cómo lo recordábamos, se nos ocurrió otra posibilidad: que la falta de facultades que no le permitieron a Gabo terminar el libro también le impidieron darse cuenta de lo bien que estaba, a pesar de sus imperfecciones. En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos.»

 

Lo más normal es que la obra de un escritor, vivo o muerto, no interese a nadie, y más raro es todavía que esa obra pueda generar dinero. Hay quien ha acusado a los hijos del autor de querer hacer dinero con esta novela, como si eso fuera algo malvado. Hacer dinero con la literatura es un milagro, no una maldad. Hay quien opina, también, que publicar esta novela sin el consentimiento del autor empeora el conjunto de su obra. Para mí esta última opinión es un sinsentido. El valor artístico de una novela como Cien años de soledad es autoconclusivo. Es independiente de las otras obras del autor, de sus acciones en vida, o de sus declaraciones en privado.

Por otro lado, no sé si todas las personas que afirman que son admiradoras de la obra de García Márquez, pero apuntan que no van a leer En agosto nos vemos, porque lo consideran una traición a su legado, han leído las novelas de Franz Kafka, que este pidió a su amigo Max Brod que destruyera. Si leyeron novelas como El desaparecido, El proceso o El castillo, no entiendo ahora sus escrúpulos, y si no las leyeron no sé qué hacen hablando de literatura.

 

En agosto nos vemos es una novela corta (bastante corta, en realidad), cuyo cuerpo real, quitando prólogo y epílogos, apenas sobrepasa las cien páginas, de letra grande y amplios márgenes. Consta de seis capítulos. La protagonista de la novela es Ana Magdalena Bach, que es el nombre real de la mujer del compositor Johann Sebastian Bach. Imagino que se trata de una broma, ya que la familia de Ana Magdalena es una familia de músicos. Cuando empieza la historia sabremos que Ana Magdalena, desde hace ocho años, cada 16 de agosto viaja desde la ciudad en la que vive, ubicada en la costa (el lector entiende que del Caribe, pero no se dice explícitamente en el texto) hasta una isla cercana, para dejar flores en la tumba de su madre. Ana Magdalena tiene cuarenta y seis años y lleva veintisiete años casada, «un matrimonio bien avenido con un hombre que amaba y que la amaba» (pág. 18). Ana Magdalena tiene dos hijos ya criados. El mayor, siguiendo la estela familiar, es el primer chelo de la Orquesta Sinfónica Nacional, y con la hija menor, de dieciocho años, existe un pequeño conflicto, ya que quiere meterse a monja. Esta subtrama de la novela no acaba de esta desarrollada, y se pierde un tanto.

Además de viajar en barco a la isla, donde está enterrada la madre, y dejar esa misma tarde sobre su tumba un ramo de gladiolos, Ana Magdalena pasa, cada año, la noche de ese día sola en un hotel. Sin embargo, la noche del día en el que da comienzo la novela, va a sentir el impulso de acostarse con un desconocido al que va a conocer en el bar del hotel.

 

Es posible que este primer capítulo sea el más conseguido del libro. En él se pueden reconocer muchos de los rasgos de la escritura de García Márquez, como mostrar la naturaleza y el paisaje en la composición de sus escenas. Por ejemplo, en la página 14 (segunda de la novela), leemos: «Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules.» También podemos acercarnos a esa adjetivación tan llamativa, habitual en sus libros, como «cerdos impávidos», o esos nombres que se convierten en adjetivos, como «pueblo indigente» o, mediante el uso de la preposición «de» y un nombre, darle a esa construcción el sentido de un adjetivo, como «pueblo de lástima» o «volumen de carnaval». También podría añadir que, la prosa, pese a estar cuidada, es más sencilla que la que podemos encontrar en las grandes obras de Gabriel García Márquez. Esto no implica que no sea, en cualquier caso, una prosa digna, superior a la de muchas novelas actuales que se venden como obras logradas.

 

«Nunca más volvería a ser la misma», así comienza el capítulo 2 en la página 35. Aunque el hecho de acostarse con un hombre ha sido casi fortuito, Ana Magdalena se ha sentido libre en esos momentos, descubridora de una nueva parte de su intimidad. Lo que no quiere decir que deje de querer a su marido o quiera romper su unión. La idea de un amante pasajero para cada noche del 16 de agosto que viaja a la isla empezará a formar parte de su ser, de su privacidad. De hecho, las características de ese amante tendrán capacidad para que, durante el año siguiente, Ana Magdalena se comporte de un modo o de otro.

Ana Magdalena volverá a la isla cada año y el pasar del tiempo irá haciendo mella en el lenguaje. En esta novela, aparece un nuevo tema en los intereses de García Márquez: la modernidad, que el personaje parece no entender y que no le hace sentir a gusto, y el deterioro de los paraísos naturales, a causa del turismo de masas. Me sentí raro al leer en un libro de García Márquez sobre puertas de hotel que se abrían con tarjetas de banda magnética.

También En agosto nos vemos es la primera novela de García Márquez con una mujer como personaje principal. En la página 120 leemos: «Entonces se acomodó en la cama, sin cambiarse de ropa ni apagar la luz, y volvió a dormirse llorando de rabia contra ella misma por la desgracia de ser mujer en un mundo de hombres.». Así que la obra de García Márquez, de un modo sorpresivo, acaba con este pequeño alegato feminista, que quizás esté provocado por haber sido acusada su última obra, Memoria de mis putas tristes, de machista. Ya dije al principio que García Márquez había empezado a escribir Memoria de mis putas tristes y En agosto nos vemos por las mismas fechas, y se pueden observar algunos temas comunes en las dos obras: las dos hablan del sexo como celebración de la vida y celebración de uno mismo.

En agosto nos vemos acaba con un interesante e inesperado giro final. A pesar de que a este sexto y último capítulo le falta algo de pulido, la novela sí deja la sensación de obra terminada.

Imagino que todo aquel que se acerque a esta novela, conoce las circunstancias en las que fue escrita y en las que se ha publicado. E imagino también que sus lectores van a ser admiradores de la obra de García Márquez, que sienten curiosidad por conocer este texto final. Lo que no tiene sentido, por supuesto, es que algún lector joven se acerque a la obra de García Márquez empezando por aquí, cuando claramente es el final. Para el lector que admira a García Márquez –y que ha leído toda su narrativa previa– y que sabe a qué tipo de obra se acerca, En agosto nos vemos es un libro disfrutable que, posiblemente, le hará añorar los libros de García Márquez que le hicieron pasárselo mejor, y puede ser una invitación o recordatorio para volver a ellos. Yo mismo lo he hecho. Leí en una reseña de En agosto nos vemos, que este libro era mejor que Memoria de mis putas tristes, y me apeteció volver a leer este libro, después de veinte años, para poder comentarlo. Ya hablaré también de él.

domingo, 27 de junio de 2021

La mala hora, por Gabriel García Márquez



La mala hora,
de Gabriel García Márquez

Editorial Debolsillo. 207 páginas. 1ª edición de 1962; ésta es de 2013.

 

Creía que había leído toda la obra narrativa de ficción –sus novelas y cuentos– de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 ­– Ciudad de México, 2014), cuando en la biblioteca de Móstoles me di cuenta de que me faltaba una novela: La mala hora. Quizás debería haberla sacado en préstamo en ese momento, pero no lo hice y, unas semanas después, comentándolo con un amigo escritor me dijo que La mala hora no era una de las novelas buenas de García Márquez y, aunque seguía queriendo leerla por mi afán completista, acabé olvidando un poco esta lectura. Sin embargo, en el verano de 2020, mirando libros en el FNAC de Callao, me encontré con una edición del libro en bolsillo y me apeteció comprarlo y leerlo.

 

La mala hora se publicó en 1962, justo entre mis novelas favoritas de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de soledad (1967). En La mala hora, García Márquez nos acerca a un pueblo a las orillas de un río, que parece guardar más de una similitud con el pueblo de El coronel no tiene quien le escriba, aunque en ningún momento he sabido si se trataba del mismo. El pueblo de La mala hora, en cualquier caso, está cerca de Macondo, pueblo al que se nombra al final del segundo capítulo, en la página 49. Nunca aparece el nombre de Colombia, pero se sobreentiende que García Márquez habla de su país, y posiblemente de su zona caribeña, de la que él procede, una zona de excesivo calor, humedad y lluvias torrenciales.

 

La novela está escrita en tercera persona y cuenta con un número suficiente de protagonistas como para que podamos hablar de una novela coral. En la primera página conocemos al padre Ángel, quien se levanta de madrugada, para hacer sonar las campanas de la iglesia a las 5 de la mañana y anunciar así el comienzo de un nuevo día en el pueblo. Esta mañana es la del 4 de octubre, y en la última página, cuando el padre Ángel se vuelva a levantar será el 21 de octubre. En estos diecisiete días, en los que transcurre la novela, serán muchos los acontecimientos que se narren, empezando por un asesinato y acabando con otro.

En el pueblo están apareciendo pasquines en las puertas de las casas, colocados de noche. En ellos se cuentas chismes antiguos, cotilleos sobre hijos ilegítimos o sobre infidelidades. De hecho, será uno de estos pasquines el que provoque la primera muerte. César Montero lee en la puerta de su casa, al salir de madrugada, que uno de sus vecinos se acuesta con su mujer. Ofuscado se presenta en su casa y le descarga la escopeta en el pecho.

Al leer las primeras decenas de páginas de La mala hora me estaba acordando de la novela Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti, que habla de un pueblo en el que se abre un prostíbulo y empiezan también a aparecer anónimos –en lugar de pasquines en las puertas de las casas– descubriendo quiénes lo han frecuentado. ¿Qué novela se publicó primero? La mala hora es de 1962 y Juntacadáveres de 1964; así que la idea original de escribir sobre pasquines que se dejan en las casas de un pueblo sería de García Márquez, pero no podemos hablar en ningún caso de plagio, puesto que Onetti tiene un estilo narrativo muy particular y diferente al de García Márquez.

 

Los pasquines están empezando a romper la tensa calma a la que se había llegado en el pueblo, después de haber sufrido el país una guerra civil. Si bien, a algunos personajes los conoceremos por su nombre, a otros García Márquez nos los muestra representados por su profesión, como al alcalde. En principio, el alcalde parece un personaje positivo, alguien que se preocupa por sus vecinos, aunque en diversas situaciones vemos cómo éstos le rechazan. «Ustedes matan sin anestesia.», le dirá el dentista al alcalde en la página 69. El alcalde pregunta a una mujer que hasta cuándo le van a tener rencor y ésta le contesta: «Hasta que nos resuciten los muertos que nos mataron.» (pág. 79). El alcalde, lógicamente, forma parte de los vencedores en la última guerra civil, y además parece que está empezando a hacer buen dinero manejando diversos negocios públicos y privados desde su puesto de privilegio.

El juez Arcadio es otro de los personajes destacados del libro, un hombre preocupado porque a su antecedente en el puesto, once meses antes, le asesinaron tres policías en su despacho, debido a que durante una borrachera afirmó que quería garantizar unas elecciones libres.

 

Aunque el tema de los pasquines podría parecer una nimiedad, ya hay un muerto en el pueblo y las señoras de las familias más importantes se juntan con el padre Ángel, porque quieren que éste intervenga desde el púlpito para que desaparezca la situación. Además el padre Ángel le mostrará su preocupación al alcalde y éste tomará la decisión de establecer un toque de queda y organizar rondas nocturnas, algo que peligrosamente puede hacer recordar a los vecinos épocas violentas y no tan lejanas.

 

Ya he comentado que en La mala hora se nombra a Macondo. Me ha gustado descubrir también que aparece aquí el coronel Aureliano Buendía, quien durmió una noche en el hotel del pueblo. Aún le quedaban al coronel cinco años para ser uno de los protagonistas de Cien años de soledad, y es curioso observar cómo el mundo ficcional de García Márquez se iba ya construyendo. Aparece un circo, pero no creo que sea el mismo de los gitanos que aparecían en Macondo. Además La mala hora todavía no es de forma explícita una novela del «realismo mágico», puesto que no aparecen escenas abiertamente fantásticas en la realidad contada. Sin embargo, una de sus protagonistas se encuentra por las noches en el pasillo de su casa con el fantasma de la Mamá Grande, que es la protagonista de uno de los cuentos más famosos de García Márquez. En otra escena se nos cuenta que el telegrafista del pueblo envía poemas telegrafiados a otra telegrafista que no conoce; y estas imágenes empiezan ya a rozar ese realismo mágico que desbaratará la realidad en su siguiente novela.

 

La prosa de La mala hora, siguiendo la línea de El coronel no tiene quien le escriba, es más contenida que la de novelas como Cien años de soledad. En gran medida la belleza de la prosa de García Márquez –y en La mala hora podemos encontrar muchos ejemplos– se sostiene sobre su capacidad para incorporar los detalles naturales en las escenas que describe a sus personajes: por ejemplo, en más de una ocasión canta a lo lejos un alcaraván, o se describen los colores de los loros que atraviesan el cielo, o el olor de «los nardos bajo la lluvia», en la primera página, que sería un recurso similar al del olor de las «almendras amargas» en Crónica de una muerte anunciada. Los olores son muy importantes en el mundo ficcional de García Márquez. Me ha gustado este detalle: en la crecida del río, las aguas arrastran una vaca muerte; páginas más tarde, cuando el lector ya no piensa en esa imagen, se filtrará por las ventanas de las casas el olor a podredumbre de esa vaca muerta, cuyo cuerpo encalló en alguna orilla del río.

La mala hora está muy emparentada con el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. De hecho, ambos libros se publicaron el mismo año –1962– y el estilo de composición, seco y con fuerza en los diálogos, es el propio de Ernest Hemingway (más en los cuentos que en la novela). Los cuentos parecen ambientados en el mismo pueblo, y uno de sus centro de reunión es «el salón de billar», que aparece en ambos libros. Además, uno de los cuentos –el titulado Un día de estos– relata una anécdota, en la que el alcalde del pueblo ha de ir al dentista, que también aparece en la novela. La tensión política que subyace a ambas obras es también la misma. Otro cuento se llama La viuda de Montiel, que es un personaje de La mala hora. En este cuento aparece también Carmichael, otro de los personajes de La mala hora.

 

García Márquez pasa de una escena a otra, de un personaje a otro, marcando que lo narrado tiene lugar de forma simultánea o sucesiva, con expresiones como «mientras X bajaba las escaleras, Y hacía tal». De este modo, también se incide en la idea de que todo ocurre en un espacio muy limitado, donde todos se conocen y se observan entre sí, a pesar de que no pueden descubrir quién o quiénes están poniendo los pasquines en las puertas de las casas. «Es todo el pueblo y no es nadie.», sentenciará sobre el particular la adivina del circo ambulante. Quizás éste sea un sutil nuevo elemento de realismo mágico.

 

La tensión va aumentando en la novela, pero diría que de un modo menos perfecto que en El coronel no tiene quien le escriba. En la construcción coral ya se adivina la estructura de Cien años de soledad. La mala hora es una buena novela, que no está a la altura de mis favoritas de García Márquez, que parece una obra de transición entre la precisión a lo Hemingway de sus primeras novelas y el desbordamiento posterior de Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Me ha gustado leerla, me ha gustado completar el universo ficcional de Gabriel García Márquez, que ha sido siempre uno de mis escritores de cabecera.

 

 

 

domingo, 19 de julio de 2015

Todos los cuentos, por Gabriel García Márquez

Editorial Mondadori. 509 páginas. Cuentos escritos y publicados entre 1947 y 1982. Esta edición es de 2012.

Compré este volumen de Todos los cuentos de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-México DF, 2014), la misma semana en que murió su autor. En la Fnac de Callao habían puesto todas sus obras en una pared, tomé este volumen para hojearlo y acabé llevándomelo a casa. Compruebo en internet que el fallecimiento de García Márquez tuvo lugar el 17 de abril de 2014. La compra del volumen fue un homenaje a un escritor que tanto me hizo disfrutar en mi juventud, aunque, en realidad, el mayor homenaje hubiera sido leerlo de forma inmediata. Antes de acercarme a este libro, releí en el verano de 2014, como ya comenté en su día, las novelas El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad. En realidad creo que ha sido mejor así, volver primero a aquellas novelas que tanto me impactaron en su momento y después acercarme a sus narraciones breves.

Me llevé este libro a la sierra, a Collado Mediano, donde fui a pasar unos días por Semana Santa. De los cuatro libros que lo componen, Ojos de perro azul (1972), Los funerales de la Mamá Grande (1962), La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972), y Doce cuentos peregrinos (1992), había leído, hace años, el tercero, que compré en una edición de quiosco.

Aunque Ojos de perro azul apareció como conjunto de cuentos después que Los funerales de la Mamá Grande en este volumen están colocados de forma inicial porque están escritos antes, publicados en revistas y periódicos.

Los primeros cuentos de Ojos de perro azul están fechados en 1947; es decir, cuando García Márquez tenía veinte o tal vez diecinueve años. Los primeros textos de este libro no me han gustado mucho, están escritos por alguien que algún no es el escritor que yo conozco con el nombre de Gabriel García Márquez. El estilo es más espeso del que nos tiene acostumbrados; en la primera página del primer cuento –titulado La tercer resignación (1947)- nos encontramos con ternas de adjetivos como estos: “Aquel ruido frío, cortante, vertical” y un poco después “Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante”. Ya al leer estos primeros párrafos podemos encontrar una diferencia de ritmo frente a las páginas de sus grandes obras posteriores.
En estos cuentos primerizos, aún de los años cuarenta, nos enfrentamos a narraciones muy detenidas: un solo personaje, tumbado en la cama (por ejemplo) piensa de forma obsesiva en algo, que en estas páginas suele ser la muerte, como una idea reiterada, repetitiva. Pero la muerte no es el fin, sino el paso a otro estadio de la realidad, a una realidad contemplativa, fuera del mundo. La figura del doble también es importante aquí.
En este sentido al menos los cinco primeros cuentos de Ojos de perro azul son muy parecidos. Más que poder hablar en ellos de realismo mágico podemos hablar de pulsiones surrealistas.

En los cuentos fechados en 1950 encontramos ya un cambio de registro. De cómo Natanael hace una visita (1950) es un cuento de estirpe kafkiana. Aquí el personaje no está ya tumbado en una cama o en una tumba, ha salido al mundo e interacciona con los demás. Las relaciones que establece con los otros son las de un cuento de Kafka.
En La mujer que llegaba a las seis (1950) el estilo espeso de los comienzos ha adelgazado mucho. En un cuento como éste son muy importantes los diálogos, y diría que ahora es Hemingway el autor cuyo estilo se emula. García Márquez está tratando de hacer suya la teoría del iceberg del norteamericano: «En un relato más importante que lo que se cuenta es lo que no se cuenta.»
En Ojos de perro azul, García Márquez está aún buscando. Estos cuentos son un banco de pruebas para alcanzar la conquista de su estilo literario. En este sentido, los cuentos que más se asemejan a él, y que para mí son los mejores, son los dos últimos: Un hombre viene bajo la lluvia (1954) y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955). Han pasado ya siete u ocho años desde los primeros cuentos del libro y el estilo es ya más firme, más seguro y poético. En Un hombre viene bajo la lluvia aparece ya una referencia al coronel Aureliano Buendía (pág. 123), y en el último cuento, ya desde el título, asistimos al nacimiento del mítico Macondo en el imaginario del autor.

Los funerales de la Mamá Grande es posiblemente el libro de los cuatros que componen este volumen que más gratamente me ha sorprendido. Son cuentos muy emparentados con la forma de narrar de la novela corta El coronel no tiene quien le escriba, publicado en 1961 (estos cuentos son de 1962). Estos realtos, como esa novela, no contienen la exuberancia estilística de obras posteriores como Cien años de soledad, y no hay en ellos elementos que puedan asociarse al realismo mágico. Son cuentos realistas, donde abundan los diálogos, el estilo seco pero bello, trabajado en definitiva, y la sensación de que el lector tiene que reconstruir parte de lo que está ocurriendo, porque García Márquez, siguiendo los presupuestos narrativos de Hemingway, no se lo acaba de contar del todo al lector. Nos encontramos en este libro con nuevas referencias a los Buendía o a Macondo, aunque no se nombre a este pueblo de forma explícita el lector ya siente que está pisando sus calles. De hecho, no se indica que el lugar en el que transcurren los cuentos sea el mismo, pero el lector los lee como así fuera. Por ejemplo, hay un bar al que se identifica como “el salón de billar” que parece el mismo de una composición a otra.
En Los funerales de la Mamá Grande nos encontramos ya con una intención política que no parecía existir en Ojos de perro azul. Y así se puede leer el cuento Un día de estos (1962) sobre el alcalde del pueblo que visita al dentista, con el que tiene más de una diferencia. De este libro destacaría el cuento largo En este pueblo no hay ladrones, un cuento muy al estilo norteamericano, en realidad, aunque esté ambientado en el Caribe reconocible de García Márquez. Al menos en dos cuentos están los personajes fuertemente relacionados: La prodigiosa tarde de Baltazar y La viuda de Montiel, dos relatos bastantes políticos.
El libro acaba con el cuento que le da título. Ya leí en los análisis de la edición de la rae de Cien años de soledad a algún crítico afirmar que García Márquez cometió una incoherencia en su obra porque en el cuento Los funerales de la Mamá Grande escribe frases como las siguientes: “Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que dominaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido.” (pág. 223). En Cien años de soledad, en cambio, no hay ninguna referencia a la Mamá Grande. En cambio este último cuento sí que supone un cambio estilístico respecto a los anteriores, y se acerca más a la densidad de escritura rítmica y bella de su novela emblemática.

El tercer libro recogido aquí es La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, publicado en 1972 y por tanto una década después que el anterior. Muchas cosas le han ocurrido a García Márquez entre medias, entre ellas el enorme éxito de su novela Cien años de soledad, publicada en 1967. Si Los funerales de la Mamá Grande se parecía en el estilo y las intenciones a El coronel no tiene quien le escriba, este nuevo conjunto de relatos está más emparentado con Cien años de soledad. Si en Los funerales de la Mamá Grande, quitando el último cuento, en el que el autor jugaba un poco a la exageración, lo más fantástico que podía ocurrir era que en uno de sus cuentos caían pájaros muertes del cielo, en el primero cuento de este nuevo libro ya nos encontramos con un hombre con alas que cae en el patio de un humilde matrimonio. En este mismo cuento, dos hombres se adentran en el mar y ocurre lo siguiente: “Pasaron frente a un pueblo sumergido, con hombres y mujeres de a caballo, que giraban en torno al quiosco de música. Era un día espléndido y había flores de colores en las terrazas.” (pág. 264).
En los cuentos de este libro se despliegua con libertad la fantasía, los presupuestos del realismo mágico vuelan en ellos desatados; y además de la fantasía también se desarrolla aquí el mito y la fábula, presentes ya en el título de un cuento como El ahogado más hermoso del mundo.
El último cuento, y que da título al conjunto es, con sus casi cincuenta páginas, una novela corta. Curiosamente, si el último cuento de Los funerales de la Mamá Grande cambiaba un poco el estilo del conjunto, y además daba título al libro, lo mismo ocurre con La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Así se acabó la fantasía, para narrar una dura historia de explotación sexual. Una novela corta muy buena.

El cuarto y último libro del presente volumen es Doce cuentos peregrinos, publicado en 1992. Este libro cuanta con un prólogo del propio autor, en el que nos cuenta que es el único de sus libros de relatos que tiene un sentido unitario: retratar a diferentes tipos de hispanoamericanos en Europa. Me gusta mucho el primer cuento, el titulado Buen viaje, señor presidente (1979). De nuevo, hemos regresado al realismo, y asistimos aquí al encuentro en la fría Ginebra de un expresidente caribeño, depuesto por un golpe de estado, que ha de acudir a una clínica Suiza y una pareja de compatriotas que malviven allí. En La santa (1981) volvemos a encontrarnos con algún elemento fantástico. Otro buen cuento. Me han gustado mucho también otros como Sólo vine a hablar por teléfono (1978), El verano feliz de la señora Forbes (1976) o El rastro de tu sangre en la nieve (1976). Estos grandes cuentos conviven aquí con otros menores, que parecen un puro divertimento, como los titulados El avión de la bella durmiente (1982) o La luz es como el agua (1978), que, a pesar de su calidad inferior, no dejan de tener su encanto.
Quizás lo novedoso de Doce cuentos peregrinos es que en muchos de ellos parece existir un narrador o un personaje que se asemejaría en gran medida a un trasunto del propio Gabriel García Márquez.

Me ha gustado mucho este volumen de Todos los cuentos de Gabriel García Márquez. Los dos libros más redondos son los centrales: Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, pero los otros dos, pese a ser algo más irregulares, por encontrarse tal vez en los extremos de la obra del autor –los comienzos y el declive- también contienen cuentos muy valiosos.

Compruebo que de sus novelas sólo me queda por leer La mala hora. Me acercaré a ella pronto.

domingo, 5 de octubre de 2014

Cien años de soledad, por Gabriel García Márquez

Editorial Alfaguara. 471 páginas la novela; 273 de comentarios críticos y glosarios. 1ª edición de 1967, esta de 2007.

Ya hablé la semana pasada de mi primer encuentro con Gabriel García Márquez (Aracatana, Colombia, 1927-México DF, 2014), gracias a la lectura –de una sentada– de El coronel no tiene quien le escriba, durante mi periodo de exámenes universitarios en febrero de 1995. La semana siguiente (lo más seguro) fue cuando acabé los exámenes y aún tenía unos días libres antes de volver a la facultad. Esos días los dediqué a leer Cien años de soledad. Poseía una modesta edición de bolsillo comprada en un quiosco durante el verano anterior (en realidad, cuando estaba preparando los exámenes de septiembre del curso académico 1993-1994), y todavía no me había acercado al libro. Estaba más inquieto que relajado tras ese febrero universitario, sabía que los resultados iban a ser un desastre a pesar de la cantidad de horas dedicadas al estudio. Quería estar lejos de allí, de mi casa de Móstoles, de mi facultad de CC. Físicas (que nadie me diga que veinte años es la mejor edad de la vida…, repito) y tenía casi una semana de tiempo libre por delante. Leí Cien años de soledad en cuatro días, cuatro días febriles en los que la literatura consiguió aquello que parecía tan difícil: permitirme evadirme del lugar y del momento en el que estaba. Recuerdo que el último de aquellos cuatro días era un viernes y que leí ya apurado las últimas páginas de la novela porque había quedado para salir por Móstoles con mis amigos y quería hacerlo con el libro acabado, como una misión cumplida. Lo conseguí y salí a los bares de Móstoles con todas las imágenes de Cien años de soledad en la cabeza: “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico” (pág. 470).
En realidad, creo que esta lectura de Cien años de soledad en cuatro días ha sido uno de los grandes momentos lectores de mi vida. A pesar de todo lo demás, de la demencia y la soledad de mis veinte años, tenía aquello conmigo –sin ninguna duda, de mi parte–, la palabra escrita. Pasase lo que pasase en el futuro, podría seguir leyendo, descubriendo autores que me ayudasen a alejarme de todo lo que me quería alejar. Y mi droga la había en cantidad y se podía conseguir gratis o a bajo precio: tenía las bibliotecas públicas, las de mis familiares, las librerías de segunda mano, las ediciones de bolsillo… A los que legislaban se les había escapado el control de aquella poderosa sustancia para evadirse de la realidad que era la que yo había decidido elegir como mía, en un mundo que, de continuo, me parecía, se empeñaba en impedirme elegir.
Aquella tarde-noche de viernes en Móstoles (hagamos sonar unas cuantas canciones grunge como banda sonora), Macondo y los Buendía se apoderaban en mi mente, dispuestos a habitar en ella para siempre. No mucho después, en junio de 1995, decidí cambiarme de carrera, los tiempos de estudiar inútilmente en la facultad de CC. Físicas se iban a acabar para mí (sobre todo esto escribí una sección de poemas en mi libro El bar de Lee, como ya conté la semana pasada). Meses después, empecé mi andadura en la nueva facultad –CC. Empresariales, esta vez–, en septiembre de 1995, con otro libro de García Márquez, La hojarasca. Allí estaba yo el primer día de clase (llegué tarde por algún problema con los trenes de la renfe) en la última fila del aula, entre chavales gritones de dieciocho años (yo era ya un adulto de veintiuno; alguien que ya sabía perfectamente lo que sintió el coronel Aureliano Buendía tras promover treinta y dos levantamientos armados y perderlos todos), leyendo La hojarasca mientras aparecía el primer profesor de la nueva facultad. Cerca de mí estaba sentado el que iba a ser uno de mis mejores amigos, pensando: “Mira este pringado, leyendo a García Márquez”. Una primera visión sobre mí que conocería años más tarde, pero esta ya es otra historia.

Llevaba tiempo planeando releer El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, sobre todo después de que hace ya más de un año, tras la presentación de un libro en Madrid, tuve la oportunidad de tomar algo en Malasaña con su autor (que era mi amigo), otros escritores y los editores del libro presentado. En algún momento de la noche se empezó a hablar de esos libros que todos hemos leído de jóvenes y que ya no deberíamos leer de adultos porque nos defraudan sobremanera. Uno de los editores (de una conocida editorial mediana) afirmó que a él eso le había ocurrido con Cien años de soledad; después de quince o veinte años se había vuelto a acercar a él y al leerlo “se le caía de las manos”, afirmó. Yo me sonreí, pensé que al menos en mi caso eso no ocurriría. Ya había hecho la prueba al acercarme después de los treinta a autores que me entusiasmaron con menos de veinte, como Philip K. Dick o H. P. Lovecraft, y me habían seguido fascinando a los treinta y cinco casi con la misma intensidad que a los dieciséis.
Además, de Cien años de soledad sabía que había aparecido, por su cuarenta aniversario, una edición conmemorativa de la Real Academia Española, igual que unos años antes desde la Academia se preparó una edición crítica y comentada de El Quijote por su cuarto centenario. Releí El Quijote en esta edición y me gustó mucho el trabajo de la RAE, así que llevaba tiempo pensando que releer Cien años de soledad en esta edición podría ser una buena idea.
Me hice con la edición de la RAE de Cien años de soledad en la librería de segunda mano La tarde libros de Malasaña, el mismo día de las navidades pasadas, que comenté hace unas semanas, cuando acudí allí para desprenderme de unos libros que no quería y me llevé dos de José Donoso y este de García Márquez.

He leído primero la novela, después los estudios finales (a cargo de Pedro Luis Barcia, Juan Gustavo Cobo Borda, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez), y para acabar los estudios y presentaciones preliminares (a cargo de Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Víctor García de la Concha y Claudio Guillén).
También esta edición cuenta con un cuadro donde se expone el árbol genealógico de los Buendía, que he consultado en más de una ocasión. La primera vez que leí el libro me acabé enmarañando un poco en la relaciones de parentesco de tantos Aurelianos, Arcadios, Amarantas y Úrsulas.
Además, al final existe un glosario con vocabulario del libro, que en algunos casos resulta excesivo, ya que nos explica qué significan términos como “alma”, “aire”, “cajón”, “camino”…, pero que, en otros casos, cuando García Márquez utiliza un vocabulario propio del Caribe, sí que resulta útil; por ejemplo para explicarnos qué significan palabras como “cachaco” o “cabuya”.
Esta edición termina con un diccionario de nombres de personajes que aparecen en la novela y que he consultado más de una vez.

Después de leer más de doscientas páginas de sesudos comentarios críticos sobre este libro, creo que poco más puedo aportar yo, a no ser, como ya he estado haciendo, un comentario personal de lo que ha supuesto para mí su lectura. Como ya me ocurrió al hablar aquí de El Quijote, no creo que tenga sentido que realice un resumen del argumento del libro, como suelo hacer en otras entradas del blog.

Lo cierto es que, lejos de caérseme el libro de las manos, como apuntaba el editor comentado, esta relectura de Cien años de soledad me ha hecho disfrutar mucho. En cierta medida la relectura de los libros que fueron importantes para nosotros nos acerca al que fuimos, y así revisitamos los lugares por los que transitó nuestra imaginación hace veinte años, cuando teníamos veinte años.

Uno lee o relee tan sólo el primer capítulo de Cien años de soledad y tiene la impresión de estar leyendo un clásico, igual que El Quijote. La prosa fluye perfectamente, con gracia, con sonoridad, con ironía, con esa capacidad que poseen los grandes para hacernos descubrir que los libros importantes están escritos con más ironía que solemnidad: el humor es el arma, parecen decirnos, para acercarse al misterio de la condición humana.

La locura por el conocimiento de José Arcadio Buendía, que acabará atado al castaño del patio de la casa de los Buendía, me ha recordado en cierta medida a la locura de El Quijote.

Me llama la atención la capacidad de García Márquez para controlar el material narrado, para adelantar lo contado (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar”), o bien para traer de nuevo a colación algún detalle del pasado al presente narrativo.

Sobre lo real maravilloso (algo que ya utilizaron en sus libros escritores como Miguel Ángel Asturias o Alejo Carpentier) me ha llamado mucho la atención algunos de los comentarios leídos en los estudios. Por ejemplo, esta declaración del propio autor: “Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción” (pág. LXIII).

Me gusta lo que hace García Márquez en este libro: contar por el puro placer de narrar historias, con ese tono que asimila las hipérboles del lenguaje escrito; y así, por ejemplo, para hablar de la gran altura y fuerza de una persona se asegura que era un gigante y se exagera sobre su capacidad de comer.
En muchos casos se utiliza en Cien años de soledad un recurso del que ya hablé al comentar el libro Madurar hacia la infancia de Bruno Schulz: “Las palabras no buscan recrear la realidad, consiguen crear la realidad. La metáfora se abre camino en el discurso para ser el discurso. El niño no recuerda al padre trepando como una araña por las estanterías de la tienda, el padre es una araña que trepa por las estanterías de la tienda”, escribí sobre Schulz. Esto mismo ocurre en más de un momento de Cien años de soledad; por ejemplo, cuando Mauricio Babilonia se acerca a Meme, siempre le acompaña el revoloteo de un grupo de mariposas amarillas. Imagino que esto, tomado como real en la realidad del libro, procede de la metáfora amorosa “sentir mariposas en el estómago” al pensar en la persona amada. Pero en Cien años de soledad la palabra no es símbolo, sino realidad. El lenguaje figurado se interpreta literalmente.

En la página 522 se recogen unas palabras entre García Márquez y Vargas Llosa; hablan de la realidad en la obra de García Márquez, y éste explica al segundo que todo lo contado en su obra, por maravilloso que pueda parecer, tiene un poso de realidad lingüística popular. En esta anécdota está basada la escena del libro en la que Remedios, la bella, asciende a los cielos con una sábana: “La explicación de esto es mucho más simple, mucho más banal de lo que parece. Había una chica que responde exactamente a la descripción que hago de Remedios, la bella, en Cien años de soledad. Efectivamente se fugó de su casa con un hombre y la familia no quiso afrontar la vergüenza y dijo, con la misma cara de palo, que la habían visto doblando unas sábanas en el jardín y que después había subido al cielo. En el momento de escribir prefiero la versión de la familia a la real, que se fugó con un hombre, que es algo que ocurre todos los días y que no tendría ninguna gracia”.

De los estudios leídos me ha gustado mucho el escrito por Sergio Ramírez, que parte para analizar Cien años de soledad del discurso de García Márquez al recibir el premio Nobel –lo estuve escuchando en youtube (pinchar AQUÍ) y me resultó muy interesante–. Como nos recuerda García Márquez en su discurso, y Ramírez en su ensayo, la realidad americana (al menos la realidad para Occidente) parte de los viajes de los conquistadores españoles, que en muchos casos eran analfabetos, pero que conocían las historias fantásticas relatadas en los libros de caballerías. El mismo Colón, por ejemplo, levantó acta de que en una isla se encontró con que sus habitantes tenían rabos de más de ocho dedos de largo. Ramírez da más ejemplos de estas crónicas que llegaban a Europa como realidades del Nuevo Mundo. A esto habrá que sumar los mitos indígenas de América y los propios de la comunidad negra arracada de África. Una realidad constituida por mitos y leyendas que García Márquez toma de forma literal para hablar del simbólico Macondo. Y digo simbólico porque en ningún momento se habla en el libro de Colombia (aunque sí de la localización Caribe), y Macondo puede erigirse en símbolo de la historia de cualquier comunidad hispanoamericana.

Lo voy a dejar aquí.
Cada vez me parece que el tiempo de abarcar lo máximo posible a la hora de leer ha de dejar sitio a la relectura de los libros que me conmovieron y a la de las obras fundamentales.
No creo que debamos culpar a Gabriel García Márquez de la tropa de sus epígonos, no leamos, o releamos a García Márquez como si se hubiera transformado en un epígono de sí mismo (aunque es cierto que es autor de un solo libro, muy largo, eso sí; creador de un único universo, pero un universo de un tamaño enorme).

Relean Cien años de soledad, vuelvan a ser felices en Macondo.

domingo, 28 de septiembre de 2014

El coronel no tiene quien le escriba, por Gabriel García Márquez

Editorial RBA. 92 páginas. 1ª edición de 1961, ésta de 2004.

Ya he comentado en el blog que, entre 1992 y 1995, yo desgasté tres años de mi juventud en la facultad de CC. Físicas de la Complutense. Fue un tiempo extraño. Cuando miro hacia atrás casi siempre lo considero un periodo clave de mi vida, aunque no precisamente por lo que aprendí de la noble ciencia de Newton. Estudiaba mucho para encontrarme casi siempre en los exámenes con la exigencia de unas destrezas que muy poco tenían que ver con lo que los profesores explicaban en clase. De hecho, acabé pensando que los profesores explicaban en clase contra los alumnos. Habían decidido mejorar la calidad de la enseñanza y de estudiantes de mi promoción y la anterior sobraban al menos la mitad. Quizás en algún momento debería escribir una novela autobiográfica sobre todo aquello. De todos modos, sobre estas experiencias ya he reflexionado en un bloque de poemas de mi libro El bar de Lee. Si a alguien le interesa, puede pinchar en el siguiente enlace (pinchar AQUÍ) y aparecerá un poema que habla de esta etapa de mi vida, titulado Mecánica y ondas.

Es posible que mi primera lectura de El coronel no tiene quien le escriba, en febrero de 1995, la realizase al llegar a mi casa, después del momento que reflejo en el poema Mecánica y Ondas. Y es posible también que este personaje de ficción, el coronel innominado de esta novela, contribuyera de forma clara a que tomase la decisión definitiva de cambiar de carrera, de pensar que me merecía una nueva oportunidad de comenzar en alguna otra parte.

Así que volvía a casa, en febrero de 1995, con mis veinte años de derrota sobre las espaldas (que nadie me diga que veinte años es la edad más feliz de la vida, que diría el francés, al que también habría de descubrir por entonces), desde la facultad de CC. Físicas. Volvía de haber hecho un examen que daba por suspenso, y tener que ponerme después de comer a estudiar otro que seguramente también iba a suspender unos días más tarde. Me senté a la mesa de estudio, ante unos apuntes que intuía inútiles, pero sobre los que iba a pasar de nuevo horas y horas de estupor y temblores. Antes de empezar saqué de un estante un librito que había comprado unas semanas antes. Una de esas ediciones diminutas de Alianza 100 de los años 90. Llevaba sólo un año leyendo literatura “seria”, porque hasta febrero del año anterior yo prácticamente sólo leía libros de ciencia ficción o de terror. Nunca había leído a Gabriel García Márquez (Aracatana, Colombia, 1927 – México DF, 2014), pero tenía en casa comprados éste del coronel y Cien años de soledad.

Sobre los apuntes y libros de Métodos matemáticos de la física o tal vez de Termodinámica, empecé a leer las primeras páginas de El coronel no tiene quien le escriba, con la intención de permanecer un ratito en mi mundo antes de comenzar a estudiar. No pude parar, lo leí de un tirón; emocionado por la belleza del texto, explotando en mi mente su sentido, la lucha minúscula y gigantesca de aquel hombre de setenta y cinco años que acabará prefiriendo comer mierda antes de que lo humillasen. Me he acercado este verano de 2014 de nuevo a aquel texto que fue tan fundamental para mí, para el que habría de ser yo. Sabía que la relectura debía ser de nuevo de una sentada. No tenía mi librito original de Alianza 100 porque ese ejemplar se lo dejé a alguien y nunca más lo recuperé. Pero bastantes años después (frente al pelotón de fusilamiento… no, es broma) había comprado una edición de quiosco y tapa dura que Random House Mondadori sacó, en colaboración con RBA, a un precio muy asequible.
Después de casi veinte años no me acuerdo, por supuesto, de qué asignatura iba a estudiar ese día del 95 para un examen abocado al suspenso, no me acuerdo de ninguna de las nobles y demoledoras ecuaciones de la física, de ningún problema sobre el cálculo de concentraciones molares, ni de cómo se halla el núcleo infinito de un espacio de Hilbert; pero, sin embargo, me acordaba bastante bien de la trama de El coronel no tiene quien le escriba, de algunas de sus imágines y frases, y de ese crecimiento de la tensión hasta la magnífica escena vital en que un hombre abandonado, junto a su mujer, en un pueblo de la selva, un hombre de setenta y cinco años (“el coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder”) adquiere el convencimiento pleno de que va a preferir comer mierda a consentir una nueva derrota.
Cuando escribía al principio de esta entrada –que, por supuesto, no es ni va a ser la reseña de un libro- que los tres años que pasé en la facultad de CC. Físicas los considero claves para mí, estaba hablando de momentos como éste: del día en que leí de una sentada, por encima del Latín imposible y de los misteriosos números de la Química (estoy ahora parafraseando el primer poema de Juan Luis Panero), un libro como El coronel no tiene quien le escriba, un libro que le hablaba directamente al joven que era yo, sediento de vida, de referentes, de asideros y recursos con los que enfrentarse a una realidad que parecía empeñarse en serle hostil de un modo crudo, burlesco.

El coronel no tiene quien le escriba es (parafraseo ahora a Roberto Bolaño) una de las tres o cuatro novelas cortas perfectas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. La acción se desarrolla en Macondo, el territorio mítico creado por Gabriel García Márquez, y de hecho ya aparecen aquí conexiones entre esta novela corta y Cien años de soledad, a la que le faltaban aún seis años para ser publicada. La acción de El coronel no tiene quien le escriba se sitúa en 1956 y pese a pertenecer al mismo territorio creativo que Cien años de soledad, todo en ella se mueve dentro de los parámetros del puro realismo. Un hombre de setenta y cinco años espera cada viernes que llegue al río la barca con el correo de la capital (una escena que recuerda a la primera de Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, publicada el mismo año que la comentada hoy); quizás este viernes puede que aparezca en el pueblo la carta que confirme que le ha sido concedida la pensión que espera desde hace bastantes años.
Hace nueve meses asesinaron a su hijo en la gallera, el asesinato parece político. Ha llegado octubre, el frío, una mala época para el coronel, que parece desconfiar del número de inviernos que aún podrá aguantar. Hasta enero no podrá luchar en la gallera el gallo que entrenaba su hijo, y parece ser el único bien que conservan de él. El coronel alimenta al gallo quitándose casi la comida que tiene para él y su mujer. Existe la posibilidad de vender el gallo, el gallo de su hijo, pero si aguanta hasta enero podrá hacerlo luchar en la gallera y los que apuesten por él ganarán dinero si triunfa en la pelea (este es un gallo que no puede perder, se dice en algún momento del libro). Pero hay que llegar a enero, mientras el gallo se va connotando de significados.

De nuevo, por supuesto, casi veinte años después, me he quedado con las ganas terribles de saber si el gallo del coronel pudo luchar en la gallera y ganar, por el pueblo, por su hijo, por la dignidad.

Poco después de aquella primera lectura de El coronel no tiene quien le escriba leí Cien años de soledad. Ahora estoy repitiendo aquella secuencia y ya hablaré la semana que viene de esta novela. De hecho no he enumerado como hago otras veces las obras que he leído de un autor cuando lo comento en el blog por primera vez. En realidad, en esta ocasión han sido prácticamente todas.

No sé si añadir algo más a lo dicho sobre la lectura de El coronel no tiene quien lo escriba, quizás podría hablar de su filiación estilística con la literatura escueta y potente de Ernest Hemingway, por ejemplo. Pero esta entrada se está haciendo ya muy larga, e imagino que los lectores habituales del blog habrán leído ya este libro, uno de los fundamentales de mi educación sentimental.
Lo que me gustaría de verdad que ocurriera es que cayera en esta entrada una persona joven, alguien con toda la ficción por delante (las películas, las series, la literatura…) y que entre toda la gran oferta a su disposición decidiera dedica una hora y media a leer este libro de una sentada. Y que además esa persona joven pudiera sentirse tocada, durante un momento, por la magia de la palabra escrita, que pudiera comprender, por primera vez y para siempre, por qué en la vida puede ser preferible tener que comer mierda a permitir que te humillen.