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domingo, 31 de agosto de 2025

El Eternauta, por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López


El Eternauta
, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López

Editorial Planeta. 373 páginas. 1ª edición de 1957-59; esta es de 2022

Prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain

 

Entre abril y mayo de 2025, empecé a recibir información sobre el estreno en la plataforma Netflix de la serie de seis capítulos El eternauta, dirigida por Bruno Stagnaro y protagonizada por Ricardo Darín. También empecé a leer comentarios sobre que esta serie estaba basada en un cómic mítico argentino del mismo nombre, que se publicó, por entregas, entre 1957 y 1959, en la revista Hora Cero. El cómic estaba escrito por Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919 – Desaparecido, 1977) y dibujado por Francisco Solano López (Buenos Aires, 1928 – 2011). Ya he contado alguna vez que, cuando va a llegar el verano, me suele apetecer leer libros de ciencia ficción o terror, porque son géneros que asocio a la libertad adolescente de las vacaciones escolares, y me empezó a llamar la atención este cómic de El eternauta, con prometedoras dosis de ciencia ficción y terror. También he contado más de una vez que me suelen gustar las narraciones apocalípticas. Se lo solicité a Planeta Cómic para poder leerlo y reseñarlo, y ellos me lo enviaron.

 

No es habitual que yo lea cómics, pero tampoco ha sido algo inédito en mi vida adulta. He leído, por ejemplo, Todo Paracuellos de Carlos Giménez, o una amplia antología de American Splendor de Harvey Pekar.

 

No he visto la serie de Netflix, aunque me han hablado de ella; así que he llegado al cómic con una mirada pura sobre lo que me iba a encontrar. Recomiendo al lector del cómic que espere al final de su lectura para acercarse a los prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain, que acompañan a esta edición de Planeta Cómic de 2022. Alguna vez he hablado en mi canal de YouTube -Bienvenido, Bob- sobre la irrelevancia de los llamados «spoilers» en la literatura, si pensamos que esta tiene más que ver con el «cómo se dice» que con el «qué se dice». En otras palabras, para cualquier lector literario que acometa, por primera vez, la lectura de El Quijote, debería ser irrelevante, para el placer que va a obtener de un libro como este, saber que, al final de la historia, nuestro loco de La Mancha, muere cuerdo en su cama o no saberlo. Sin embargo, para una narración (sin dejar de ser literaria) como El Eternauta, donde la sorpresa y la sensación de maravilla con que el lector se va a encontrar, casi en cada página, revelar los secretos de la narración sí puede ser significativo. Señalaré solo algunos asideros argumentales que ocurren muy al principio de la historia.

 

De entrada, debería comentar que El Eternauta cuenta con dos narradores principales (llegará a existir, durante unas breves viñetas, un tercero). El primero de ellos es Oesterheld, el creador de la historieta, que en una madrugada, sobre las tres de la mañana, trabaja en su casa con la ventaba abierta para poder mirar las estrellas. Enfrente de la mesa en la que escribe se empieza a materializar una figura, vestida con una ropa extraña. Durante toda esa noche, esta «figura», a la que acabará llamando «el Eternauta». Así se dará paso al segundo narrador de la historia, el Eternauta, que nos contará que se llama Juan Salvo y que vivía en Vicente López, un municipio al norte de la ciudad de Buenos Aires. Salvo no es alguien rico, pero «mi pequeña fábrica de transformadores me permitía vivir a gusto» (pág. 17). Cuando El Eternauta se materializa ante Oesterheld, se da una coordenada temporal. Dice el Eternauta: «No necesitas contestarme, ya sé que estoy en la Tierra. A mitad del siglo XX, alrededor del 1957» (pág. 14). En la viñeta siguiente leemos: «Esto último lo dijo mirando los libros sobre la mesa. Y las revistas: había un magazine de actualidad con la foto de Krushchev en la tapa». En la página 87 se nombrará a la perrita Laika. Como vemos, el contexto histórico en el que escribió el cómic es el de la guerra fría. Este dato será importante para comprender cuál es la primera interpretación que los personajes dan a los sucesos extraños de los que ellos van a ser testigos.

 

El Eternauta, le contará a Oesterheld que, la noche que comenzó toda su aventura extraordinaria, se encontraba, como tantos otras veces, jugando al truco en la buhardilla de su chalet con sus amigos. Su mujer, Elena, lee en la cama, en la planta de abajo, y su hija, Martita, está ya durmiendo. Esta imagen de los amigos jugando al truco enseguida se me hizo muy representativa de la cultura argentina, pues el mismo Jorge Luis Borges tiene un poema sobre el truco, que acaba siendo una metáfora de la repetición, del eterno retorno, poema que apareció en Fervor de Buenos Aires (1923). La apacible partida se ve interrumpida porque se va la luz. No se oyen ruidos. Algo está sucediendo. Ha empezado a caer una inesperada nevada fosforescente. Los amigos pronto se dan cuenta de que no deben salir de la casa ni abrir las ventanas. Al entrar en contacto con los copos de nieve, las personas mueren. «Todo hasta donde se podía ver, se cubría ya de aquella nevada. Nevada irreal, nevada de dibujos animados Y mortal, terriblemente mortal…» (pág. 20).

En su prólogo, Guillermo Saccomanno nos explicará que existe una interpretación política sobre el tema inicial de El Eternauta, sobre esa nevada mortal en Buenos Aires. En 1955, los cazas de la Marina de Guerra bombardearon la Plaza de Mayo, tratando de acabar con el peronismo. Estos bombardeos mataron a más de 400 personas.

 

Los protagonistas de la historia, encerrados en la casa de Juan Salvo, que aceptan rápido todo lo que está ocurriendo, sellarán cualquier apertura de la casa con la idea de atrincherarse dentro. Pronto sabremos que la buhardilla de la casa contiene bastante material útil para la supervivencia, porque Salvo y sus amigos tienen aficiones científicas. Así, por ejemplo, Favalli, que va a ser uno de los protagonistas de la historia, es profesor de física en la universidad. Poco antes de que los acontecimientos extraños hayan comenzado, por la radio han escuchado hablar de un ensayo radioactivo, por parte de Estados Unidos, que ha generado polvo radioactivo. Otro de los amigos tendrá en la buhardilla de Salvo un contador Geiger, lo que le permite comprobar si afuera de la casa hay presencia radioactiva. Pronto sabrán que no, aunque la suposición de que la muerte debida a la nieve fosforescente está relacionada con las explosiones atómicas estadounidenses será una hipótesis a barajar en el comienzo de la historia. Ya he dicho que nos encontramos en el contexto de la Guerra Fría. Transformarán también una radio para que funcione a pilas y así saber qué noticias llegan (si alguien está emitiendo) del mundo exterior. Y no será difícil para ellos hacer trajes con una máscara incluida y un filtro, que les permitan salir de la casa y explorar los alrededores sin sucumbir a la toxicidad de la nevada.

Este comienzo, en el que los protagonistas poseen conocimientos científicos y capacidad para usar materiales con los que fabricar productos, que les ayudarán a salir adelante, me ha recordado a las historias escritas por Julio Verne. Aunque, cuando era niño, acabé leyendo algunas de las novelas escritas por Verne, en principio recibí sus creaciones en forma de cómics. Cuando tenía unos ocho años, mi padre me regaló unos libros de tapas duras que se titulaban Grandes novelas ilustradas, y el primero que leí contenía diez historias en forma de cómic, hechas a partir de las novelas de Julio Verne; siempre contadas en 30 páginas. De hecho, incluso la forma de dibujar los rostros de Francisco Solano López me ha recordado a cómo se dibujaban algunos personajes de aquellas Grandes novelas ilustradas. Aunque, en cualquier caso, debo añadir, que el detalle de los dibujos de Solano López es superior a aquellos. He leído que, para esta edición de Planeta Cómic, algunos dibujos originales han sido restaurados. Creo que también están aquí presentes los trazos típicos de los cómics bélicos de la época.

El papel de las mujeres en el cómic es muy limitado (solo aparecen tres), con roles muy secundarios, frente a los hombres, y en cualquier caso muy alejados de la acción. Por lo que me han contado, esto ha sido actualizado en la serie, otorgando a las mujeres más protagonismo.

 

Existe una primera parte del cómic en la que los personajes se organizan para sobrevivir en la casa de Salvo, como si se trataran de Robinsones urbanos; de hecho, se cita la obra de Daniel Defoe. Quizás sea esta parte la mejor de la obra, la más misteriosa y desconcertante. Los personajes se van a cruzar con otros supervivientes, con los que quizás tengan que enfrentarse por conseguir los recursos escasos. En este sentido, El Eternauta me ha hecho recordar algunos planteamientos de series mucho más modernas como The Walking Dead, que se empezó a emitir en 2010, más de 50 años después de que apareciera el cómic argentino. The Walking Dead está basado en un cómic, escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony Moore y Charlie Adlard. Sin embargo, los supervivientes decidirán unirse cuando descubran que tienen un enemigo común, desconocido y misterioso.

 

El Eternauta se publicó en la revista Hora Cero, entre 1957 y 1959, al ritmo de tres páginas por semana. Esto hace que sea frecuente encontrar una última viñeta de página (que hacía la tercera de esa semana) y que la siguiente recoja una información muy parecida, que sirve para recordarle al lector el punto en el que se quedó la historia la semana anterior. Sin embargo, esto no supone ningún problema para el lector actual. He leído en algún comentario sobre el cómic en internet que, para los cánones actuales, resulta excesivo su texto, porque hay pequeñas viñetas verticales que no contienen dibujo sino simplemente texto explicativo. A mí tampoco esto me ha parecido que fuera ningún problema. Sin embargo, sí que he tenido la sensación de que hay ideas que, de forma continua, se repite su exposición en el texto, o bien en la parte que corresponde al narrador, o en los bocadillos de los personajes. Por ejemplo, en la primera salida de la casa de Salvo, al observar la magnitud de la tragedia acontecida, al ver a los muertos, repite varias veces la idea de que ellos tuvieron suerte por tener todas las ventanas cerradas, pero que la gente a la que la nevada le pilló con alguna puerta o ventana abierta pereció. Esto insistencia en ideas ya señaladas es un rasgo de estilo, que se va a repetir a lo largo de la narración. Quizás estos subrayados quitan algo de sutileza a lo contado; pero imagino también que se tratan de convencionalismos del género, sobre todo en publicaciones que había leer de semana en semana.

 

En cualquier caso, lo que verdaderamente consiguen Oesterheld y Solano López es una historia vibrante y llena de tensión narrativa, en la que el lector se encuentra siempre en vilo; siempre queriendo saber qué va a ocurrir en la siguiente página (de hecho, más de una vez me he descubierto adelantando viñetas con la vista, porque no podía contener la curiosidad). Es posible también que una lectura más atenta o analítica nos haga cuestionarlos los límites de la verosimilitud narrativa, puesto que la intensidad de lo contado es tanta, que uno diría que los personajes no hacen nunca una pausa para dormir o comer, por ejemplo. Por supuesto, Oesterheld y Solano López, en su afán de rizar el rizo narrativo, va a situar a los personajes al borde continuo de precipicios narrativos, y se van a librar de una muerte inminente por una pirueta narrativa, a la que acceden por la casualidad o por una solución improvisada a última hora; una casualidad o una solución improvisada común al género de aventuras (muy usada en películas y novelas: se abre una trampilla al final, los personajes se lanzan a un río desde un precipicio, etc.) que podríamos llamar «el método Scooby-Doo» de resolución de escenas narrativas. Con esto no quiero ser despectivo con los recursos narrativos de Oesterheld, porque entiendo que la forma de narrar esta historieta ha de conducir, por fuerza, a este tipo de resoluciones, donde juega un papel importante el pacto narrativo entre autor y lector. También nos vamos a encontrar con otro convencionalismo presente en este tipo de historias: van a morir muchas personas según avanza la trama, pero si algún personaje ha sido individualizado de forma significativa existen altas posibilidades de que su muerte sea aparente y que aparezca de nuevo (cuando el lector le da por muerto) de forma sorpresiva.

En realidad, pese a estos pequeños detalles, en apariencia negativos que muestro aquí, y como ya he apuntado, me ha parecido que esta historieta era muy adictiva y que el lector, de forma continua, desea seguir leyendo para saber hacia dónde se encamina. Desde el principio, en cualquier caso, el lector sabe que Juan Salvo tendrá que entrar en contacto con una máquina del tiempo, o un aparato similar, para poder convertirse en «el Eternauta», un viajero del tiempo.

 

El Eternauta tuvo una continuación, a cargo de Oesterheld y Solano López, en 1976. Años antes Oesterheld se había unido a los montoneros. Esto hizo que, con la dictadura de Videla, Osterheld tuviera que vivir en la clandestinidad, y a veces dictaba sus textos desde un teléfono para que los pudiera recoger Solano López. Finalmente, Oesterheld se convirtió –junto con sus cuatro hijas y sus yernos– en uno de los desaparecidos por la dictadura argentina. Elsa Sánchez, esposa de Osterheld, también fue secuestrada, pero sobrevivió y se convirtió en una de las fundadoras de las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Planeta Cómic no ha sacado, al menos en España, esta segunda parte de El Eternauta, pero espero que, gracias al éxito de la serie de Netflix, y la consiguiente revitalización de esta historia, se plantee hacerlo; porque me interesaría leerla. En definitiva, El Eternauta me ha parecido una gran historia, que he leído con gran sentido de la sorpresa y la maravilla, que es como se deben leer las historias de aventuras.

domingo, 20 de octubre de 2024

El limonero real, por Juan José Saer


 El limonero real, de Juan José Saer

Editorial Planeta. 287 páginas. Primera edición de 1974

 

Encontré la primera edición de El limonero real (1974) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en la librería de segunda mano Ábaco en el verano de 2010, y no lo he leído hasta más de una década después. Ha permanecido en mis estanterías de libros por leer durante trece años, ya que lo acabé leyendo en el verano de 2023. Y esto a pesar de que sobre 2010 yo sentía mucha admiración de la obra de Saer. Recuerdo incluso que un compañero del colegio en el que trabajo, años después de haber comprado El limonero real, me prestó su novela Nada Nadie Nunca (1980), y con ella ya solo me quedaba leer de la narrativa de Saer El limonero real. A veces ni yo mismo entiendo muy bien por qué sigo comprando libros y no me acerco a los que tengo acumulados en casa sin leer. Creo que no me gustaba la portada de la primera edición de Planeta (lo que es absurdo, porque he leído el libro quitándole la camisa), o bien no me ponía con él porque tenía miedo a que me aburriera o decepcionase (no ha sido así).

 

El caso es que a falta de una semana de mis largas vacaciones de profesor (en el verano de 2023) había acabado la extensa novela Los gozos y las sombras de Gonzalo Torrente Ballester, y me decidí a entrar en septiembre leyendo la última novela de Saer que me faltaba.

 

«Amanece.

Y ya está con los ojos abiertos.»

Estas son las primeras palabras de la novela, que se irán repitiendo periódicamente como un leitmotiv. Wenceslao tiene unos cincuenta años y se despierta en su rancho, construido por su padre en una de las islas del Paraná. Allí vive con su mujer, de la que no sabremos nunca el nombre. De forma más insistente que en otras obras de Saer, en El limonero real la evolución de las horas, con sus variaciones de luces y sombras sobre el mundo, va a ser un tema central de la construcción. Vi una intervención de la crítica argentina Beatriz Sarlo en el programa de televisión Los siete locos, donde afirmaba que Saer era el principal narrador argentino que ponía la poesía como centro de su construcción ficcional. Esta idea es fundamental para comprender El limonero real: muchas de sus páginas se pueden leer como poemas, en las que el autor celebra y se va fijando en elementos de la naturaleza; en el cambio de la luz según avanzan las horas del día, por ejemplo.

La acción de El limonero real transcurre en un solo día, que se corresponde con un fin de año, y Wenceslao va a acudir a celebrarlo en la casa de los familiares de su mujer, en la orilla del río. Su mujer no va a querer ir con él, a ver a sus hermanas, porque aún quiere guardar luto, después de que su único hijo muriera seis años atrás. El hijo tenía veinte años y, después de cumplir con el servicio militar, se fue a trabajar a la ciudad como peón de albañil. Un accidente laboral le causará la muerte, un hecho que marcará las vidas de Wenceslao y su mujer. Acabaremos sabiendo que Wenceslao abandonó, durante un tiempo, sus obligaciones en el rancho y cayó en el alcoholismo, pero de esa etapa ya se ha recuperado en el momento de la narración. Aunque también comprenderá, que su mujer, después de la muerte del hijo, ha pasado a ser una persona a que nunca llegó a conocer bien en realidad.

Como es habitual en las obras narrativas de Saer, no se especifica el lugar concreto donde se ubica la acción, pero, por algunas características, que se repiten de un libro a otro, se sabe que cuando habla de «la ciudad», se refiere a Santa Fe, ciudad a la que Saer y su familia se trasladaron a vivir en 1948, donde estudió y empezó a trabajar como periodista. En El limonero real aparece el «puente colgante» de otras historias, puente cercano a la ciudad, y también aparece el pueblo de Rincón, cercano a Santa Fe.

 

Wenceslao se despierta con el día, saluda a sus perros y sale al patio de su rancho. Me ha llamado la atención cómo el narrador (Saer) le va explicando al lector con qué nombres Wenceslao y su mujer se refieren a las estancias y lugares que constituyen su mundo en la isla, como si, de forma simbólica –el simbolismo es importante en esta obra–, estas dos personas fuesen la pareja inicial del alumbramiento del mundo y tuvieran la tarea fundacional de nombrar a la realidad que les rodea. Algo parecido ocurría en las primeras páginas de Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, autor por el que Saer no sentía mucha simpatía.

En estas primeras descripciones de la isla destaca una construcción lingüística que, de nuevo, se irá repitiendo a lo largo de la novela: «los árboles que nadie plantó», que están ahí desde que llegaran las personas, y que seguirán allí cuando éstas desaparezcan. Estos árboles suelen ser de una especia llamada «paraíso», y seguimos con la carga simbólica de la narración. Sin embargo, el árbol que destaca en la isla, por encima de los demás, serán el limonero real, que se evoca en el libro, y que en el texto aparece por primera vez en la página 36: «El limonero real está siempre lleno de azahares abiertos y blancos, de botones rojizos y apretados, de limones maduros y amarillos y de otros que todavía no han madurado o que apenas sí han comenzado a formarse. Desde que lo recuerda, Wenceslao lo ha visto siempre igual, pleno en todo momento, con ese resplandor blanco nimbándolo, el punto más alto de su ciclo en los grandes limones amarillos, los botones tensos y apretados a punto de reventar los limoncitos verdes confundiéndose entre las grandes hojas, oscuras en el anverso y de un verde más claro en el reverso.»

 

Como he dicho, la acción de la novela transcurre en un día, en un caluroso fin de año, pero –usando el recurso de la analepsis– también se narran hechos del pasado, importantes sobre todo para Wenceslao, como el del día que fue a conocer la isla en la que vive, con su padre, siendo él un niño. O un viaje que hizo a la ciudad, junto a su cuñado Rogelio (otro de los personajes principales del libro) para vender sandias, en un carro con un caballo con una pata dañada; una historia que el lector sabrá que se contará –otra vez– durante la comilona en la casa de los cuñados de Wenceslao.

 

La expresión «Amanece. / Y ya está con los ojos abiertos.» se irá repitiendo a lo largo de la novela, y Saer, como narrador, jugará con el tiempo de su historia. En más de una ocasión, va a hacer un compendio de lo que ha contado hasta ahora, sobre el día de la novela, y contará en esta nueva ocasión un detalle que no ha sido narrado previamente. Podría mostrar la realidad desde distintas perspectivas, parece decirnos Saer, y sería la misma, pero no las sensaciones que tendría el lector sobre ellas. Además, como ocurre en otras narraciones del autor, la comida y la cena serán narradas desde distintos puntos de vista, fijándose el narrador en la mirada sobre lo que rodea a cada personaje.

Además, no solo cambiará el punto de vista sobre lo narrado, sino que también lo hará el propio estilo narrativo. En un momento dado, Wenceslao hablará con su voz narrativa, cometiendo algunos errores sintácticos propios de alguien de escasa formación, e introduciendo en su discurso casi elementos fantásticos, en unas páginas en las que el lector entiende que Wenceslao está describiendo un sueño. En otra ocasión se usa una narración que imita el tono de una fábula infantil para hablar del pasado de Wenceslao y sus dos cuñados.

En otro momento, el lector descubrirá que los acontecimientos que había tomado como ordenados cronológicamente no han ocurrido así, y que esa percepción se ha debido a un nuevo truco narrativo de Saer.

 

Hacia la mitad del libro, los personajes visitas un almacén en el que sirven bebidas, y los clientes estarán hablando de las grandes inundaciones y sequias que han castigado a la región. De estos hechos, Saer ha hablando otras veces; en sus relatos, más que en sus novelas.

Es habitual que los personajes de Saer salten de una de sus novelas a otra, y he tenido la sensación de que aquí no ha ocurrido así. Aunque es cierto que leí las otras novelas de Saer hace ya tiempo y se me ha podido borrar alguna conexión. Hacia el final, el lector sabrá que la isla en la habitan Wenceslao y su mujer pertenece a una mujer que tuvo dos hijos mellizos. ¿Se tratará de Pichón y Tomás Garay, personajes habituales de Saer? Alguien me comentó en YouTube, cuando publique la vídeo reseña correspondiente a este libro, que así es.

 

 

Entiendo que haya lectores que no disfruten de un libro como El limonero real, en el que no ocurren demasiadas cosas, y cuya trama no contiene ningún «giro inesperado», pero, en lo que a mí respecta, he de decir que la calidad de la prosa poética de esta novela me ha resultado hipnótica, y me ha gustado mucho el virtuosismo de la ejecución, con esos cambios de puntos de vista, y esas vueltas y revueltas para narrar los mismos sucesos.

Me he encontrado ya con dos vídeos en YouTube, donde se comentaba El limonero real, en los que los comentaristas afirmaban que éste era el primer libro de Saer que leían. Imagino que esto se debe a que han encontrado, gracias a alguna lista, la idea de que El limonero real es el mejor libro del autor. Desde luego, éste es uno de los libros más ambiciosos de Saer, pero no estoy seguro de que sea el mejor; a mí hay otros, como Glosa o La grande, que me gustan más. Ninguno de los tres me parece, sin embargo, la mejor puerta de entrada a la obra del autor para un lector neófito. Como decía la crítica Beatriz Sarco, seguramente la mejor puerta de entrada es la novela Cicatrices, donde sí que aparecen algunos de sus personajes principales, y aquí el lector podrá descubrir si le interesa la propuesta de Saer o no.

Ahora mismo, en España, esta novela, y casi todo el resto de la obra de Saer, se puede encontrar en la editorial catalana Rayo Verde.

 

domingo, 19 de noviembre de 2023

Incierta gloria, por Joan Sales

 

Incierta gloria, de Joan Sales

Editorial Planeta. 696 páginas. 1ª edición de 1956

Traductor Carlos Pujol

 

En el canal de YouTube Totralibros, que lleva Jan Arimany, estuve viendo un vídeo titulado Top 20 de la literatura catalana, y me llamó mucho la atención que hablase de una novela sobre la guerra civil que no me sonaba de nada, Incierta gloria de Joan Sales (Barcelona, 1912 – 1983). La busqué en internet y la encontré en mi librería de segunda mano favorita de Madrid, Ábaco, por 9 euros, en una edición de tapa dura de Planeta, que además de la novela Incierta gloria (1956) también contiene El viento de la noche (1983), que es otra novela que actúa como segunda parte, o apéndice, de la primera.

 

Joan Sales fue soldado republicado, durante la guerra civil, y a su fin se exilió a República Dominicana y a México. Regresó a Barcelona en 1948, y fundó la editorial Club Editor, para publicar obras en catalán, que sigue existiendo. Fue el primer editor de libros tan significativos como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Bearn o La sala de las muñecas de Llorenc Villalonga. Con su novela Incierta gloria ganó el premio Joanot Martorell en 1955. El libro apareció en 1956 recortado por la censura. Sales lo fue corrigiendo y ampliando hasta llegar a su versión definitiva en los años 70. De hecho, al principio El viento de la noche formaba parte de Incierta gloria, pero esos capítulos fueron creciendo y tomó la decisión de que lo mejor era que se publicase como otra novela, aunque siguiera hablando de los personajes de Incierta gloria, unos veinte años después de haberse acabado la guerra.

 

La novela está dividida en tres partes. En la primera nos acercamos a la voz narrativa de Luis, un teniendo barcelonés de la república, destinado en un pueblo del bajo Aragón, que le escribe cartas a su hermano mayor Ramón, que es un religioso que se ocupa de personas discapacitadas. Las primeras cartas están fechadas en junio de 1937, cuando la guerra ya lleva un año de desarrollo. El lector va a leer estas cartas, que funcionan como si fueran las páginas de un diario, puesto que Luis no recibe respuesta y, por tanto, no hay interferencia en el flujo de información que recibe el lector. Uno de los temas sobre los que escribe Luis es sobre su amigo Julio Solerás, que se encuentra en el frente con él y que fue su compañero en la facultad de Derecho. Solerás es brigada de intendencia en la guerra, y es un personaje extraño, lleno de contradicciones y que continuamente parece querer epatar a su interlocutor, resultando, más de una vez, impertinente; aunque, a través de las palabras de Luis, el lector sabrá que es un joven que proyecta mucho magnetismo. Los dos, que tienen unos veinticinco años, se relacionan con Cruells, que tiene veinte, y que, antes de la guerra, era seminarista. Estos van a ser los tres personajes masculinos principales de la novela y comparten en su biografía una importante coincidencia: los tres son huérfanos de padre y madre, y se han criado con sus tías, en el caso de Solerás y Cruells, y con sus tíos en el caso de Luis. Luis ha tenido un hijo con Trini, aunque no están casados, algo raro para la época. Trini procede de una familia de anarquistas de Barcelona y, aunque Luis viene de una familia de militares y su tío dirige una fábrica de pastas, él ha preferido politizarse y renegar de sus orígenes burgueses. Además, Luis es un mujeriego y tratará de conquistar a una mujer llamada Olivela, que vive con sus hijos en un castillo de la localidad. Olivela era una sirvienta de la que se encaprichó el señorito en cuya casa trabajaba, y con el que llegó a tener hijos. Al comienzo de la guerra, los anarquistas mataron al marido, pero no a ella, precisamente por no estar casada. Sin embargo, este hecho martiriza a la mujer, que no quiere que sus hijos sean ilegítimos.

 

Durante más de cien páginas, aunque el escenario narrativo se encuentra en el frente, la acción de la guerra parecía alejada, y no se hablaba de ninguna batalla. Cuando ésta tiene lugar, Luis le contará a su hermano en sus cartas que casi no recuerda nada de las batallas, tan solo a reclutas llorando. Sin embargo, en relación a una batalla he leído una de las escenas que más me han impactado del libro: los republicanos atacan una trinchera nacional y, al verse superados, estos últimos se rinden. Un alférez nacional sale de la trinchera, con los brazos en alto, queriendo unirse en un abrazo fraternal con el enemigo que le ha vencido. El narrador (Luis), curtido en la guerra, lo ve con unos prismáticos, y piensa «Es el viejo truco que también nosotros hemos usado otras veces en idénticas circunstancias. Los míos tiran los fusiles para subir con los brazos libres, arrebatados de entusiasmo, recuerdo de pronto que son reclutas, que ignoran esos trucos tan sobados. (…) que sea tan profundo en nosotros ese deseo de ser hermanos y que lo utilicemos para matarnos más a mansalva…»

No había leído nunca nada así en un libro bélico e inmediatamente me ha parecido que tenía que ser real, que el propio Sales lo había vivido, porque como ficción resulta inverosímil. No me puedo imaginar una escena así en, por ejemplo, Salvar al soldado Ryan. Es una escena que alguien que escriba ahora una ficción sobre la guerra civil no habría podido inventar porque no resultaría creíble.

No niego que puedan existir grandes novelas históricas; de hecho, lo es una de mis favoritas, Guerra y paz de Lev Tolstoi. Pero hay escenas literarias y testimoniales que se introducen en los libros porque el escritor las ha vivido y le obsesionan; en caso contrario, no podría confiar en ellas, ya que resultarían no creíbles. Y por estos motivos, cuando me apetece leer ficción sobre acontecimientos históricos, prefiero la creado por autores que fueron testigos de los hechos, como es el caso de Incierta gloria de Joan Sales.

Es también una gran imagen la del convento del pueblo en el que los anarquistas han sacado a los muertos del cementerio y alguien –no está claro si han sido ellos también– han recreado en el altar una boda de momias. En gran medida esta primera parte, y el libro en general, es una crítica a los desmanes de los radicales de izquierdas, asociados al anarquismo, y sus asesinatos en la ciudad de Barcelona, una realidad que no les llegaba con mucho detalle a los soldados del frente. Sobre el ejército nacional se habla de un modo mucho más difuso y borroso. En toda la novela de Incierta Gloria no se nombra a Francisco Franco, y en El viento de la noche tan solo una vez.

 

En la segunda parte la narradora es Trini, la pareja de Luis, y también leeremos sus cartas. Es interesante el juego: las cartas de Trini que vamos a leer están dirigidas a Solerás, que le entregó el mazo a Luis, al final de la primera parte. Así que a estas cartas de Trini a Solerás, el lector se acerca sabiendo que las está leyendo Luis. Trini se siente un tanto abandonada por su pareja y está empezando a encontrar consuelo en Solerás, de quien es amigo desde la adolescencia, desde antes de conocer a Luis. La correspondencia desde el frente por parte de Solerás es mucho mayor que de parte de Luis. Las cartas de Trini nos llevan a la Barcelona de diciembre de 1936, y a través de ella conoceremos lo que ocurre en la ciudad durante este periodo convulso de la guerra. Hay algunos detalles que me han llamado la atención, como este apunte de la página 198: «Nunca había habido colas tan largas delante de las taquillas de los cines como desde que empezó la guerra.»

Trini tiene veintiún años y, aunque viene de una familia de anarquistas descreídos, justo en estos momentos de asesinatos de personas religiosas en la ciudad es cuando empieza a sentir fe y la necesitad de acudir a misas clandestinas y hacerse católica. Trini vive en un chalet de Pedralbes, que pertenecía a la fallecida madre de Luis.

Me ha gustado también la escena en la que Trini tiene que ir hasta los pueblos del interior de Cataluña para conseguir alimentos clandestinos y al volver en tren a la ciudad los tiene que tirar por la ventanilla porque en la estación se los pueden requisar, y saltar ella detrás. Pero los conductores de los trenes ya saben que sus pasajeros hacen esto y aminoran la marcha al ir a entrar a la estación central. Me ha sonado a detalle real de los tiempos de la guerra.

En esta parte, sobre a través de las opiniones del tío de Luis, que ha tenido que refugiarse en casa de Trini, se sigue criticando a los anarquistas y sus asesinatos de inocentes y destrucción de la industria catalana.

 

El narrador de la tercera parte es Cruells, que ya aparecía como personaje en la primera parte. En este caso Sales abandona el recurso de las cartas y se insinúa que Cruells está recordando (o tal vez escribiendo) sobre sus recuerdos de la guerra desde algún punto del futuro (aparece el año 1945), cuando ya ha vuelto al seminario y se ha convertido en sacerdote. Cruells recuerda, en gran medida, a Solerás, que se convierte en el cuarto personaje principal de la novela. Aunque Sales no le cede a él la palabra directamente, está muy presente en las narraciones de los otros tres personajes. «Era un chico extraño, abrupto, repelente y atrayente a la vez.», dice Cruells de Solerás en la página 327.

 

Como curiosidad, decir que en la página 330 parece encontrarse un dardo envenenado que le lanza Sales a posiblemente Ernest Hemingway y su novela Por quién doblan las campanas: «Los extranjeros de todo ese inmenso fregado van a sacar unas historias sensacionales de toreros y gitanas.» (pág. 330)

En la página 364 nos encontramos con una reflexión interesante: «En el frente no hay día en el que uno u otro no cambie de trinchera; pero es una corriente de doble dirección, eso es lo que no quieres comprender. Y de cada lado desertan por el mismo motivo: todos asqueados por los horrores de las retaguardias».

Cruells, del que ya dije que al incorporarse al frente era seminarista y que, tras acabar la guerra, será sacerdote es un personaje curioso, contradictorio; y muchas de sus reflexiones irán por este camino. De hecho, el propio autor era republicano, antifranquista y católico y plasmó sus inquietudes en Incierta gloria, una expresión que se repite en el libro, y que procede de un verso de William Shakespeare.

 

Más o menos, en la página 500 acaba Incierta gloria, y las 200 últimas páginas de este volumen corresponden a otra novela titulada El viento de la noche. Ya he comentado que, tras su primera aparición en 1956, Sales fue ampliando la novela. He leído que, al principio, la que iba a ser la novela El viento de la noche, donde el narrador vuelve a ser Cruells, empezó siendo unos capítulos sueltos de la tercera parte de Incierta gloria. Pero en las siguientes revisiones esos capítulos crecían hasta que Sales decidió que serían una nueva novela, que funcionaria como una suerte de segunda parte o apéndice de la primera, y que se publicaría como un libro independiente. De hecho, creo que ya no se comercializa esta edición que tengo yo donde las dos novelas se publican juntas, sino que los libros se han de comprar por separado. Seguramente leer El viento de la noche sin haber leído antes Incierta gloria no tenga mucho sentido. Y es cierto también que el magisterio de una gran novela como es Incierta gloria se pierde en El viento de la noche, una novela inferior a la primera y en que parece que Sales ya no tenía, en realidad, nada más importante que contar sobre sus personajes, pero, aun así, lo ha querido contar de todos modos. El tono de El viento de la noche es más alucinatorio, menos objetivo que el de Incierta gloria, y en esta novela Sales, a través de la voz narrativa de un Cruells cada vez más viejo, va recreando, en repeticiones y nuevos círculos concéntricos, los recuerdos de la guerra y la posguerra y nos contará qué hizo la vida con los personajes de la novela anterior.

 

No he hablado nada del estilo literario de Incierta gloria: me ha parecido que sin llamar especialmente la atención –el autor no usa potentes juegos metafóricos o el brillo de asociaciones de ideas brillantes– Sales construye su novela y su estilo con mucha sobriedad y acaba creando una novela muy sólida, que he disfrutado mucho.

Hasta ahora pensaba que Días de llamas de Juan Iturralde era la novela de la guerra civil que más me había gustado y, aunque es cierto que en ella se refleja mejor el miedo de la retaguardia, ahora considero que en mi imaginario Incierta gloria de Joan Sales ha ganado muchos enteros como la posible mejor novela sobre la guerra civil. En 2014 se tradujo al inglés y tuvo muy buena acogida crítica en Gran Bretaña. Hace poco se ha traducido también al chino. Incierta gloria es una grandísima novela de la literatura española del siglo XX y el hecho de haber sido escrita originalmente en catalán (traducida al castellano de forma estupenda por Carlos Pujol, por cierto) ha hecho que no sea tan conocida en el resto de España, que no es Cataluña, tanto como se merece.