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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Conticinio, por Jesús Artacho

Me grabé comentando el nuevo poemario de Jesús Artacho, y leyendo algunos de sus poemas.

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domingo, 30 de abril de 2017

Aproximación a la herida, por Jesús Artacho.

Editorial Baile del Sol. 67 páginas. 1ª edición de 2016.

Conozco a Jesús Artacho (Cuevas Bajas, Málaga, 1986) desde hace años. Al principio, más de una vez tropezamos el uno con el otro caminando por internet. Igual que yo, Jesús mantiene un blog de reseñas literarias llamado El cuaderno rojo (ver AQUÍ https://bartleby-elcuadernorojo.blogspot.com.es/). Más tarde nos hemos visto en persona, cuando Jesús ha venido a Madrid. Hace tiempo me envió a casa su primer libro de relatos, El rayo que nos parta, y yo le he enviado algunos de los míos. En 2016, la editorial canaria Baile del Sol publicó su primer poemario y así pasamos a ser también compañeros de editorial. En octubre de 2016, Jesús me envió a casa su libro. Ya he contado alguna vez que con la poesía mantengo una relación un tanto ambivalente: he tenido temporadas de leerla mucho y otras en las que apenas me he acercado a ella. Se me acumulaban los libros de poesía por leer y al final decidí darme un descanso del gran libro de relatos Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y leí Aproximación a la herida un viernes. Casi lo termino en el trayecto de la ruta escolar que me lleva al trabajo. Algunos de los poemas los había leído ya hojeando el libro con anterioridad o a través del blog o el muro de Facebook de Jesús. La verdad es que me ha gustado acercarme por fin al libro y leerlo en el orden establecido por el autor.

Con parte de los poemas de este libro («No llegan al cincuenta por ciento», se apunta en una nota final), Jesús Artacho fue premiado en el certamen Málaga Crea 2014.

El comienzo del primer poema resulta significativo sobre las intenciones creativas del conjunto: «¿Aproximarse / a la herida? ¿Rozarla apenas? / Meter el dedo / más bien. Escarbar, / punzarla, rasparla / con papel de lija.»

Uno de los temas fundamentales es la pérdida de la juventud, una crisis de los treinta que para Jesús cristaliza en versos como éstos: «De pronto / te dicen que eres culto. // Y es como la primera vez / que te llaman señor / o te hablan de usted: / crees que deben referirse / a otra persona.» En este sentido, me ha gustado bastante el siguiente poema:

UNA TARDE CUALQUIERA

Una dependienta
‒más joven que tú‒
te enseña
‒delante de tu madre‒
jerséis de una talla
que empieza con equis.

Y tú, alelado,
ni siquiera ves un síntoma
de que la juventud
primera ya ha pasado
y que sigues
sin levantar cabeza
camino de convertirte
‒si no lo eres ya‒
en uno de los pobres inadaptados
que acompañan a Pekar
en American Splendor.

Además de la pérdida de la juventud («Sentir, con veinte años, / que eres un viejo y estás / acabado»), aquí se habla de la soledad («Después de las horas / y horas sin hablar con nadie»), de la falta de perspectivas («Tendrás que seguir viviendo / esa vida descafeinada, gris, / que llevabas hasta la fecha / con la derrota añadida / de no haber sido capaz / de cruzar esa puerta»), del trabajo como una necesidad inhumana («Vas a una entrevista / de trabajo. / Y qué frágil es todo. / Dos personas / que no te conocen / y a las que nunca has visto / te escrutan, te examinan al detalle, / pareciera que te escuchan. / De ese breve, impersonal encuentro, / de la impresión que puedas dar / pende / tu vida / en los próximos doce meses»), del deseo sexual que duele por insatisfecho («No son ‒concluyes‒ / inalcanzables diosas»). La mirada de Artacho sobre los temas poetizados es la del desencanto irónico, la del desprendimiento y aceptación de la pérdida. En ese sentido, sus poemas me han recordado, por su sencillez no carente de hondura, a los de Karmelo C. Iribarren.

Algunos poemas son tan cortos que se acercan al aforismo en sus planteamientos. Dejo aquí uno de muestra:

MÚSICA FUSIÓN

Dos personas
copulando
no hacen ruido:
practican música fusión.

En algunos otros, que son pocos, Artacho abandona su voz poética y, en tercera persona, narra una pequeña escena ajena. Esto ocurre, por ejemplo, en el poema Night club, que no me ha gustado porque rompe la unidad del conjunto. En otros poemas en tercera persona se habla de un sujeto muy cercano a la voz narrativa principal, como ocurre en Un no querer dejarse llevar, en el que un joven ha de recoger el premio de un certamen literario y siente que debe dejar de presentarse a este tipo de concursos. En estos poemas en tercera persona, el poeta parece estar viéndose a sí mismo desde fuera, y resultan coherentes con su voz narrativa paralizada y distante. Así que son los poemas aforísticos y los pocos que crean un personaje ajeno a la voz poética principal los que menos me han gustado, porque la voz poética de Jesús Artacho, la que está presente en la mayoría del libro, me ha parecido madura y atractiva. Si desea seguir escribiendo poemas en el futuro (sé que ahora le tientan más los diarios), le recomendaría que ahondara en ella. Una voz que, como ya he dicho, tiene ecos de Karmelo C. Iribarren, pero también de Jaime Gil de Biedma, uno de cuyos poemas más famosos se parodia aquí; cuando quita importancia a la propia idea de plasmar su vida en forma de escritura, también se aproxima a la mirada sobre el mundo de Fernando Pessoa, al que también se invoca en estas páginas. En general, creo que Artacho es un descendiente de la poesía de la experiencia, una línea clara de poesía, que se centra en analizar la realidad más cotidiana, desde la ironía y la antirretórica.

El poema Cobijo, sobre la soledad y la agresividad que se vive en las ciudades, me ha recordado a José María Fonollosa. Este poema es uno de mis favoritos del libro. Lo dejo aquí:

COBIJO

Termina un día nefasto.
Te tiras
en el sofá, pones la tele, empieza
«La 2 Noticias». Después de las horas
y horas sin hablar con nadie, de pie
en el bus, en la oscuridad del cine,
en el súper (hola, parking no, gracias,
hasta luego), la imposibilidad
continua de abrazo y
la ciudad
que te escupe en las entrañas y
rótulos y neones en las retinas y
miradas de indiferencia, agolpándose
en la mente sin verbalizar nada
(solo pensamientos...),

miras ahora la tele, en esa casa
–más que hogar prolongación
de la intemperie–, y durante media hora,
en ese tono, esa cercanía, esa humanidad
encuentras algo
no muy diferente a una sostenida
–y reconfortante–
sensación de cobijo
en la que hundirse es tierno.

Dejo aquí también Y sin embargo no, que me ha gustado y me parece representativo del conjunto:

Y SIN EMBARGO NO

La acabas de ver
–y es de película–
hablando por teléfono
en la escalera.
Con su novio, seguro,
aciertas a pensar.
Un macizo de gimnasio,
no falla.

Con el tiempo,
la conoces
y resulta que sí
que tiene novio,
pero un tipo
más bien normalito, se diría
poco más
o menos feo que tú.
Qué cosas.
A decir verdad
no sabes qué es peor.
El caso se repite
otra vez, y otra.
No son –concluyes–
inalcanzables diosas,
y hasta cierto punto
consuela que ese tipo
que despierta con ellas
por la mañana
pudieras –perfectamente–
ser tú.
Y sin embargo no.


En definitiva, Aproximación a la herida me ha parecido un libro más maduro que El rayo que nos parta, el conjunto de relatos de Jesús Artacho. Un puñado de poemas escritos con una voz sencilla, honda, irónica y coherente, que gustará (como me he ocurre a mí) a los seguidores del ya mencionado Karmelo C. Iribarren.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El rayo que nos parta, por Jesús Artacho

Autoedición. 133 páginas. Primera edición de 2013.

Jesús Artacho (Málaga, 1986) mantiene un blog, principalmente de reseñas literarias, llamado El cuaderno rojo (ver AQUÍ). Gracias a la interconexión de nuestros blogs nos conocemos en la distancia. Hace algo menos de un año me envió uno de sus últimos relatos, titulado Bolaño estuvo aquí. Un relato con varias voces narrativas, un homenaje al autor chileno al que los dos admiramos, que me gustó leer; y que me pareció trabajado y maduro, como le hice saber. Después me mandó el Word de un libro de relatos que estaba dando por finalizado por esas fechas y le hice algunos comentarios sobre sus cuentos, lo que ha motivado que mi nombre aparezca –entre los de otras personas- en los agradecimientos finales que hace el autor al terminar El rayo que nos parta.
Cuando empezaba este nuevo curso 2013-14 (como buen profesor mido la vida por cursos académicos y no por años), Jesús y yo nos cruzamos emails e intercambiamos libros: yo le envié mi novela Acantilados de Howth, de la que él hizo una reseña en su blog (ver AQUÍ) y el me hizo llegar su libro de relatos.

El rayo que nos parta está formado por veinte composiciones, de muy diversa extensión, estilo e intencionalidad. Al final del libro Artacho -como un personaje de Bolaño, un cazarrecompensas del cuento Sensini- hace recuento de los premios que estos relatos han ganado. Gracias a esta enumeración de galardones, podemos percatarnos de que este volumen contiene relatos compuestos entre 2006 (o antes; en 2006 fue cuando ganó un premio) y 2013. Es decir, si tenemos en cuenta que Artacho ha nacido en 1986, hay aquí relatos escritos desde que tenía 20 años (o menos) hasta los 27 (o menos). Con el dinero ganado en estos premios, Artacho decidió autoeditarse este libro; que cuenta con una portada y una calidad de papel superior a lo que uno se espera de una autoedición.

Como es lógico, los cuentos que un aprendiz de escritor de 20 años escribe suelen ser homenajes a los autores que admira. Así el primer cuento, titulado Phillies, el que está fechado más tempranamente (2006), parece un claro homenaje a Raymond Carver. En él, un adolescente nos habla de su padre a través del cuadro de Edward Hooper que tiene colgado en su papelería. Este cuento se lee con agrado, aunque quizás la distancia entre la historia contada y la sugerida sea tan amplia que el lector se quede con demasiados interrogantes.

Si el primer cuento era un homenaje al llamado “realismo sucio” norteamericano, el segundo, Todo en la mente, abre un nuevo camino compositivo: el relato fantástico, bastante presente en este volumen, y que presumiblemente parece de estirpe cortazariana.

El cuento que da título al libro, El rayo que nos parta, una historia de amor que transcurre en una decadente gasolinera al borde de una carretera poco transitada, también de estilo norteamericano clásico, quizás adolece del problema contrario al comentado en Phillies: aquí casi no hay distancia entre la historia contada y la historia oculta, y el relato, pese a su acertado estilo lírico, es demasiado estático y Artacho nos explica casi todo lo que pasa por la mente de la protagonista sin dejar que sea el lector quien lo adivine.

El cuento más largo del libro (40 páginas) es un homenaje a Paul Auster, ya que se trata de un cuento policial metafísico. Se titula Laberintos y en él se cruzan detectives y escritores que van cambiando de identidad. Este cuento hace pensar que en el futuro Artacho tomará la decisión de embarcarse en la escritura de una novela, porque aquí el desarrollo de tramas y personajes estaba más desarrollado que en las otras composiciones.

Y si acabo de hablar del cuento más extenso del conjunto, el que hace pensar en las dotes de Artacho como futuro escritor de novelas, voy a hablar ahora del gusto de este autor por el microrrelato. En este libro hay incluso un microrrelato de una línea que  en realidad es una greguería ramoniana; se titula precisamente Greguería y dice así: “La j es una i recibiendo un soborno.”
Me gusta más un microrrelato algo más largo. Lo trascribo aquí:

Morir es cosa seria
Tan pronto como el suicida se subió al árbol, los doce compañeros de clase decidieron que era el momento de salir del escondite para contemplar de cerca la escena. Él fingió no verlos, sacó del bolsillo una soga resistente y lo preparó todo para evitar fallos de última hora.
Pero no sabía muy bien cómo ni dónde hacer los nudos. Era un suicida sin experiencia como todos pero bastante torpe, hasta el punto de provocar la risa. Además le fastidió sobremanera que entre sus compañeros no cundiese el pánico, que llegasen al extremo de troncharse de risa cuando era obvio que él estaba a punto de hacer algo muy serio.
Al comprobar que el drama que tenía preparado había degenerado en simple comedia, el suicida saltó del árbol, tiró con rabia la soga y se alejó corriendo de allí.

Creo que el cuento que más me ha gustado del conjunto es el titulado Huete, un relato surrealista, que parece reflejar el estado de ánimo de un depresivo y donde se deja sentir la influencia de Franz Kafka, al igual que en otras composiciones, y yo diría que también la del escritor uruguayo al que los dos tanto admiramos: Mario Levrero.


Como ya le comenté en su momento a Jesús Artacho, el cuento Bolaño estuvo aquí, que está escrito con posterioridad a los cuentos recogidos en El rayo que nos parta, me parece un relato de una madurez compositiva superior a los relatos de este volumen. Y es lógico y positivo que sea así. Un escritor de poco más veinte años, con una acertada seguridad de estilo (las frases nunca están sobrecargadas de adjetivos o no hay que leerlas sufriendo retorcimientos mentales, dos de los errores más comunes en los que caen los escritores primerizos y que Jesús Artacho tiene totalmente superados) aún tiene mucho camino por delante para encontrar una voz narrativa propia.