La fiebre del heno, de Stanisław
Lem.
Editorial Impedimenta. 224 páginas. 1ª edición de 1976, ésta es de
2018.
Traducción de Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio
En la primavera de 2018 me escribió –a través del chat de Facebook– Enrique Redel, editor de Impedimenta, para comentarme que
acababan de publicar la novela La fiebre del heno del escritor
polaco Stanisław Lem (Lvov, Polonia,
1921 – Cracovia, 2006). De Lem había leído y reseñado otros dos libros de
Impedimenta: Solaris y Máscara. Eran dos libros que me
habían gustado mucho y Redel me preguntaba si me apetecía que me enviara La fiebre del heno. Le dije que sí. Lem
es un escritor al que uno siempre puede volver. Me puse con él a finales de
agosto de 2018, cuando ya me quedaban pocos días de vacaciones para volver al
colegio donde trabajo.
El nombre de Lem se suele asociar a la ciencia-ficción europea, una
ciencia-ficción inteligente, que trasciende las posibles limitaciones del
género, siendo su obra más destacada Solaris,
un libro de ciencia-ficción filosófica que posiblemente es una de las más
bellas novelas europeas del siglo XX.
Apunto desde ya que La fiebre
del heno es una novela curiosa, porque contiene elementos de
ciencia-ficción, pero más que a este género se la podría inscribir en el de la
novela de detectives y misterio. En realidad, una de las mayores bazas a las
que juega Lem en esta novela es a la de romper los posibles límites entre los
géneros literarios.
El protagonista y narrador de La
fiebre del heno es un astronauta norteamericano retirado que ronda los
cincuenta años. Ha estado dos veces en el espacio, pero ninguna en la Luna o en
Marte. Durante su carrera fue relegado a ser astronauta suplente porque padecía
de «fiebre del heno», lo que en España se llama «alergia al polen». Nuestro astronauta
tiene alergia a las gramíneas, y aunque en Marte no hay flores que le puedan
afectar en su misión, este defecto le hace no ser del todo idóneo, y le apartó del
primer equipo de astronautas.
Como en la novela se afirmaba que existía una misión espacial para
llegar a Marte, al principio pensé que Lem había ambientado su novela unas
décadas después de la fecha en la que acabó de escribirla, en noviembre de
1975. Pero en realidad no es así, porque nuestro astronauta (que ronda los
cincuenta años) fue soldado en la Segunda Guerra Mundial, así que el mundo que
nos propone Lem aquí es uno de 1975 con algunas pequeñas diferencias con el
real: misiones espaciales a Marte en un mundo donde se producen frecuentes
atentados terroristas en espacios públicos (algunos causados por «feministas
radicales»).
La novela empieza de un modo desconcertante para el lector: nuestro
narrador-astronauta se encuentra alojado en un hotel de Nápoles, siguiendo los
pasos de un tal Adams, que está muerto. El astronauta parte en coche hacia
Roma, siguiente los últimos pasos de Adams, y a su vez él mismo es seguido por
otras personas, que vigilan sus constantes vitales. ¿Qué está pasando? ¿A qué
juega este astronauta? El lector pasa las páginas desconcertado, presa de una
intriga creciente.
En el aeropuerto de Roma, a punto de partir para París, nuestro
astronauta se convertirá en una de las víctimas de un atentado terrorista. Sobrevivirá
y conseguirá llegar hasta su destino. ¿Qué está ocurriendo aquí?, se sigue
preguntando el lector. Un lector que, en cualquier caso, ha de saber, pese a
haber superado la página 70 de un libro de 224 en estado de perplejidad, que se
encuentra en las manos de Stanisław Lem, uno de los narradores más inteligentes
y fiables del siglo XX. Debe confiar en Lem porque le va a llevar a buen
puerto.
En París nuestro narrador visitará a un matemático para pedirle ayuda
con el misterio que ha de resolver. En este momento, llegados a la página 75,
será cuándo el lector comprenderá los términos del misterio detectivesco que
plantea esta novela. Nuestro narrador ha sido contratado por una agencia de
detectives, a los que a su vez paga una tía de Adams, quien considera que su
sobrino murió en extrañas circunstancias y que existen indicios para pensar que
ha sido asesinado. Los detectives han llegado a contabilizar, en un periodo de
unos dos años, once casos de muertes extrañas de extranjeros de unos cincuenta
años y que viajaron solos a Nápoles. Estos viajeros tras sufrir un aparente
brote de locura se han suicidado o han muerto en raras circunstancias. «Es
necesario ser hombre, tener alrededor de cincuenta años, ser moderadamente
alto, de tipo pícnico o atlético, soltero o viudo, o al menos estar solo en
Nápoles.», leemos en la página 132, cuando se hace un recuento de las características
de las personas que han sufrido estas muertes extrañas. Nuestro astronauta, con
unas características personales similares a las de las posibles víctimas, ha
recibido la misión de copiar los pasos de Adams en Nápoles y Roma para ver si
le ocurre algo similar a lo que le ocurrió a este grupo de personas.
Hacia la mitad de la novela el juego literario ya está plenamente
planteado para el lector: ¿Existe algún patrón real que una a estas personas o
se trata de una serie de casualidades encadenadas? ¿Podrá el matemático francés
y su equipo encontrar algún patrón que determine las causas del crimen? ¿Existe
realmente un «crimen»?
«El caso de Nápoles existe, el hecho me parece incontrovertible. Pero
no funciona como un mecanismo de relojería, sino más bien como un juego de
azar. Los síntomas se caracterizan por la fluctuación, por la arbitrariedad. Y
ambas cosas pueden debilitarse, incluso desaparecer del todo, ¿verdad?», le
comenta el matemático al astronauta en la página 113.
El nudo misterioso que ha perpetrado Lem me ha hecho pensar en los
juegos de ingenio planteados en los cuentos del Padre Brown, el personaje de G.
K. Chesterton, una de las influencias más claras sobre los cuentos de Jorge Luis Borges, autor al que
habitualmente se vincula a Lem.
La fiebre del heno, pese a
que su personaje es un astronauta, es una novela de detectives, una novela muy
en la tradición inglesa, un juego de salón intelectual, donde la sangre es el
atrezo de un pasatiempo, a diferencia de lo que ocurre en la novela negra norteamericana,
en la que la sangre mancha de verdad y cuestiona los estamentos sociales.
En Un silencio menos, el libro de entrevistas a Mario Levrero, el autor uruguayo se
declaraba un lector adicto de novelas policiales, aunque a veces se sentía
culpable por leerlas, ya que este tipo de libros necesitan –según él– un final
«cerrado». Si los enigmas planteados no quedan cerrados, la novela fracasa y
deja una sensación de estafa; pero cuando sí que está «cerrada», deja una
sensación de vacío.
Cuando iba por la mitad de La
fiebre del heno he pensado en este comentario de Levrero. Conociendo la
inteligencia y el prestigio de Lem sabía que la novela iba a quedar cerrada y
temía que, llegado ese momento, me invadiera una sensación de vacío, una
sensación de fin del juego de salón. Por supuesto, como siempre ocurre en las
novelas de misterio (y ahora la reflexión es de Borges) el planteamiento de un
misterio siempre es, para un lector, superior a su solución. El problema
planteado por Lem aquí es interesante y pasaba las páginas con el deseo de conocer
la solución al misterio. En este sentido, la novela funcionaba perfectamente y,
como vaticinaba Borges, este misterio de la página es superior a su resolución,
a la sensación de juego «cerrado» (en palabras de Levrero).
De las dos novelas que he leído de Lem, Solaris y La fiebre del heno,
me quedo con Solaris, que es una
novela que me gusta mucho, una novela de gran calado filosófico, y La fiebre del heno es más un juego
intelectual. Pero eso sí, un inteligente y lujoso juego intelectual. Si a esta
idea de la literatura como resolución de un extraño misterio, unimos las
peculiaridades del mundo de Lem, sobre todo la de elegir un personaje
astronauta en un mundo ligeramente distópico, tenemos allí ya un cóctel
narrativo bastante atractivo. He de seguir leyendo a Lem, el Borges polaco.
Nota: un resumen de esta reseña se publicó en la revista Librújula.
Nota: un resumen de esta reseña se publicó en la revista Librújula.


