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domingo, 17 de agosto de 2025

El hablador, por Mario Vargas Llosa

 


El hablador, de Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 287 páginas. 1ª edición de 1987; esta es de 2022

 

El lunes 14 de abril de 2025 recibí la noticia sobre la muerte, el día anterior, de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936 – Lima, 2025). Ese mismo día decidí grabar un vídeo, como homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob. Busqué en internet una lista cronológica con sus obras publicadas, y tomé sus libros de mi biblioteca para mostrarlos en el vídeo. Era consciente de que los doce libros que yo había leído de Vargas Llosa pertenecían al siglo XX. El libro suyo más cercano en el tiempo al que me había acercado era La fiesta del Chivo, del año 2000. Al leer la lista de sus libros, me percaté de que ni siquiera me sonaba el título de El hablador (1987), lo que me resultó extraño. El miércoles siguiente, paseando por Madrid, visité la librería La Central de Callao y en la entrada las libreras habían creado un pequeño altar con los libros de Vargas Llosa. Entre ellos hojeé una bonita edición de El hablador, que alguien me había recomendado en el canal de YouTube y decidí comprarlo como homenaje al escritor que me había acompañado tanto, desde que el verano de 1995 leí La ciudad y los perros y me sentí tan impresionado por su fuerza.

 

La voz narrativa con la que empieza la novela podría identificarse con la del propio autor: un peruano, que sabremos que es escritor. De hecho, nos contará que, en 1981, participó en la producción de un programa para una televisión peruana, llamado La Torre de Babel, y que, por ejemplo, tuvo que entrevistar a Borges y sufrió con él un malentendido. Estos hechos pertenecen a la biografía real de Vargas Llosa.

El narrador está de viaje en Firenze (Florencia) y por casualidad descubre, en una galería de arte, una exposición de fotografías de una tribu de indios peruanos –los machiguengas–, con la que entró en contacto en el pasado, cuando uno de sus amigos de la universidad de San Marcos, con el que inició la carrera de Derecho, empezó a sentirse fascinado por ellos, hasta el punto de dejar la carrera de Derecho (que su padre quería que cursase) por la de Etnología. El amigo es Saúl Zuratas, apodado «Mascarita», porque «tenía un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubría todo el lado derecho de la cara, y unos pelos rojos y despeinados como las cerdas de un escobillón.» El padre de Mascarita es un judío europeo emigrado a Perú, y Mascarita había nacido en un pueblo del interior del país. Pronto Mascarita empezará a interesarse por el pueblo de los indios machiguengas. Mascarita considera un crimen el ocaso que los indios de Perú sufren en el país y el ver cómo la civilización está acabando con sus espacios vitales y su cultura. El narrador discutirá con su amigo sobre el destino de estos pueblos y el destino del Perú. «Qué proponía, a fin de cuentas? ¿Que, para no alterar los modos de vida y las creencias de unas tribus que vivían, muchas de ellas, en la Edad de Piedra, se abstuviera el resto del Perú de explotar la Amazonía? ¿Deberían dieciséis millones de peruanos renunciar a los recursos naturales de tres cuartas partas de su territorio para que los sesenta u ochenta mil indígenas amazónicos siguieran flechándose tranquilamente entre ellos, reduciendo cabezas y adorando a la boa constrictor?», leemos en las páginas 34 y 35.

Es interesante que la novela plantea diversas miradas sobre este tema sin ofrecer una visión maniquea sobre el mismo. Ni siquiera el propio Mascarita idealiza a los pueblos amazónicos, porque él sabe que, debido a la mancha de su cara, si hubiera nacido en uno de ellos las mismas madres le hubieran matado, echándole al río o enterrándolo vivo. Sin embargo, la obsesión de Mascarita por los pueblos amazónicos y, en especial, por el de los machinguegas, solo irá a más. Los machinguegas es una tribu de solo unos cuatro o cinco mil individuos. Se trata de un pueblo fracturado en pequeñas comunidades, casi en unidades familiares. Es un pueblo al que los incas expulsaron de la parte oriental del Cusco, pero al que no pudieron sojuzgar, entrando cada vez más en la selva, donde los iban metiendo otros pueblos más aguerridos y los blancos. Los machinguegas son un pueblo históricamente poco conocido y muchos de sus miembros están ya viviendo, en el tiempo narrativo del libro, 1985, un proceso de aculturación occidental. En realidad, la cultura machinguera parece condenada a la desaparición.

Me han gustado las reflexiones que hace el narrador sobre que la doble condición de judío, y de marcado, hace que Mascarita se interese por una comunidad señalada y acosada por el mundo que le rodea.

En la novela también será cuestionada la labor de los etnógrafos estadounidenses, a los que más que la idea de conocer o preservar a estos pueblos indígenas, lo que más parece moverles es la capacidad de explicarles la palabra de su Dios, mediante gestos como traducir la Biblia al idioma machinguega.

 

El narrador principal de la novela se parece bastante al de Historia de Mayta (1984). Tres años separan la publicación de una novela de otra (y en medio se encuentra ¿Quién mató a Palomino Molero? de 1986). En ambas novelas, los narradores compartes más de un rasgo con la historia personas de Mario Vargas Llosa, y los dos van a tratar de averiguar hechos sobre la vida de un amigo o conocido de juventud; Mayta en un caso y Mascarita en el otro.

 En El hablador nos vamos a encontrar con dos narradores: aquel del que ya he hablado y otro nuevo que será un «hablador» de la tribu de los machinguegas. La existencia de la figura de este hablador en la cultura de la tribu hará que el narrador principal se interese por ellos, al punto de ir a visitarlos en 1958. El hablador tiene la función de moverse entre diversas comunidades de machinguegas y ser la memoria activa de la tribu. Relatará los mitos de su pueblo e irá incorporando otros nuevos. La existencia de este hablador hará sentir a nuestro narrador que la idea de alguien que cuente (o que escriba en su caso) es culturalmente importante, incluso en los pueblos más primitivos. De hecho, empezará a recoger información para crear un cuento o una novela sobre la figura de este hablador. Pero le costará encontrar el modo de hacerlo. Así que, al igual que su amigo Mascarita, también empezará a pensar en esta tribu, aunque desde un punto de vista diferente.

La segunda voz narrativa –que se irá alternando con la otra y ocupará en el total del libro menos espacio que la primera– será la de un hablador machinguega. Esta voz narrativa, a diferencia de la voz racionalista anterior, nos dará una visión mágica del mundo, sobre su nacimiento, existencia o continuidad, recreando los mitos de su tribu. A veces, se puede hacer un poco exagerado el vocabulario propio de la selva que aparece aquí, y al lector –o al menos a mí como lector– le puede agotar un tanto este tipo de narrativa tan libre y poética, pero tan caótica y loca también. El lector pronto comprenderá que este hablador de los machinguegas no es otro que Mascarita. No creo hacer ningún destripamiento significativo de la novela, porque desde el primer momento que aparece esta segunda voz narrativa, se le dan suficientes pistas al lector para que maneje esta información, antes de que el narrador principal de la novela pueda empezar a sospechar cuál ha sido el destino de su amigo, del que pensaba que había regresado con su padre a Israel, pero acabará averiguando que no fue así, y que parece, por increíble que suene, que se internó en el Amazonas y que llegó a convertirse en uno de los habladores de esta tribu. Lo más curioso que me ha resultado de esta segunda voz narrativa ha sido ver cómo Mascarita, después de haber asimilado y aprendido a transmitir todos los mitos de la tribu que lo adopta, irá incorporando su propia historia a la corriente de mitos ancestrales de los machinguegas. Por ejemplo, incorporará su gusto por Franz Kafka a las leyendas de esta tribu. Lo que no deja de ser un detalle kafkiano de la narración.

 

Como dije al principio, el día que murió Mario Vargas Llosa desconocía la existencia de esta novela, y por eso, al verla en una librería unos días después, sentí curiosidad, la compré y la leí. Como imaginaba, El hablador no entra en el grupo de las que considero las más grandes novelas de Vargas Llosa, que para mí serían La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo. Vargas Llosa ha dejado ya atrás, en El hablador, su investigación de las innovaciones formales, presentando aquí una novela más convencional, a pesar del juego de sus dos voces narrativas tan dispares. Esto, sin embargo, no quiere decir que no me haya parecido una buena novela, que sí me lo ha parecido. Además, me ha hecho ver una nueva gama de intereses de Vargas Llosa, como es este planteamiento sobre el futuro y la conservación de las tribus indígenas del Amazonas, que le desconocía.

domingo, 9 de marzo de 2025

La guerra del fin del mundo, por Mario Vargas Llosa

 


La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara, 719 páginas. Primera edición de 1981, esta es de 2000.

 

De Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) había leído hasta ahora –no necesariamente en el orden que voy a dar– libros como La ciudad y los perros (1961), Los jefes (1959), Los cachorros (1967), Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), Elogio de la madrastra (1988) Lituma en los Andes (1993), La fiesta del Chivo (2000), La casa verde (1966) e Historia de Mayta (1984), y me había propuesto volver a su obra leyendo La guerra del fin del mundo (1981), que era una de sus magnas obras que me quedaban por leer. De un modo quizás artificioso, mentalmente he considerado que la gran obra de Mario Vargas Llosa acaba en La fiesta del Chivo (2000) y, por tanto, en ese espacio inicial de su producción me faltaba por leer La guerra del fin del mundo, un libro que había hojeado muchas veces en la biblioteca de Móstoles, sin decidirme a sacarlo y leerlo. A principios de marzo de 2024, el escritor español Miguel Ángel Zapata escribió en su muro de Facebook que se estaba preguntando si La guerra del fin del mundo no sería la mejor novela escrita en castellano del siglo XX, a lo que el escritor peruano Gustavo Faverón le contestaba que, para él, era la mejor novela en castellano después de El Quijote. Ante tan grandes elogios, pensé que, incluso mejor que sacar el libro de la biblioteca de Móstoles, sería comprarlo. Entré en Iberlibro para ver si había alguna edición de segunda mano apetecible y en un Tik Books de la calle López de Hoyos encontré una edición del 2000 de Alfaguara con muy buena pinta por solo 8 €. Llamé por teléfono y esa misma tarde me pasé a recogerlo. Recordé también que cuando estuve en Ciudad de México en 2017, en una librería de la calle Donceles pude haber comprado la primera edición de esta novela por 8 o 10 €, y no lo hice porque consideré que de México debía llevarme a Madrid solo libros mexicanos. Sin embargo, esta edición que he comprado ahora del 2000, viene acompañada del membrete «edición definitiva», lo que me hace pensar que ha pasado por algunas revisiones de Mario Vargas Llosa y eso me tranquiliza.

 

En el prólogo del libro, Vargas Llosa le cuenta al lector que no hubiera escrito este libro sin la lectura del libro Los sertones (1902) del brasileño Euclides da Cumba, gracias a ella descubrió al personaje de Antonio Consejero y su relevancia en la llamada «guerra de Canudos», que acabó siendo una guerra civil en Brasil. La acción de la novela se sitúa a finales del siglo XIX en el interior de Brasil, en el estado de Bahía. Una serie de acontecimientos de la historia de Brasil van a marcar el trasfondo de los sucesos de la novela: en 1888 se abolió la esclavitud en el país. En 1889, los antiguos propietarios de los esclavos apoyaron un golpe militar republicano, que acabó con el imperio de Pedro II. La primera fecha que se cita en la novela es la de 1896 y el primer personaje que aparece retratado es el de Antonio Consejero: un personaje enigmático que recorre los pueblos del Sertón en el estado de Bahía predicando –al estilo de los viejos profetas– la palabra de Dios. La región descrita en la novela ha sido tradicionalmente pobre y asolada por la sequía, lo que ha hecho, en el pasado, que muchos de los pueblos quedaran deshabitados y que la población se empobreciera mucho. Cada vez más personas empiezan a seguir a Antonio Consejero y a vivir según sus enseñanzas.

 

Antonio Consejero se siente incómodo con la nueva república, sobre todo después de enterarse que permite el matrimonio laico, en detrimento del matrimonio religioso. Para Antonio Consejero el nuevo gobierno de Brasil pasará a ser el Anticristo, y empezará a soñar con una restauración monárquica, un tanto fantasiosa, ya que el rey Sebastián iba a resucitar, saliendo del mar, para volver a gobernar Brasil. Antonio Consejero y sus seguidores van a ocupar las tierras de Canudos, en Bahía. Estas tierras pertenecen al barón de Cañabrava, que pasa largas temporadas fuera del país. En Canudos empezará a crecer una ciudad que sigue sus propias reglas, donde, por ejemplo, no son aceptados como dinero legal los nuevos billetes republicanos. La llamada «rebelión de Canudos» empezará a convertirse en un problema de más envergadura para la recién nacida República de Brasil porque se empezará a utilizar políticamente: los enemigos políticos del barón de Cañabrava (que ha participado en política) van a acusar a este de haber promovido la invasión de sus tierras para fomentar una vuelta a la monarquía. La república de Brasil empezará a mandar soldados a Canudos con la idea de derrotar su rebelión. Pero en Canudos cada vez hay más personas dispuestas a luchar por el sueño de un Brasil religioso, sin miedo a morir por su fe, y además cuentan con algunos líderes, que en su pasado fueron bandidos temidos y que conocen las técnicas de la lucha y los enfrentamientos con la autoridad.

 

El trasfondo histórico del libro es real y también algunos de sus personajes lo son. Vi una entrevista a Mario Vargas Llosa en YouTube en la que hablaba de La Guerra del fin del mundo y decía que no había mucha información sobre Antonio Consejero, pero se sabía, por ejemplo, que en Canudos tenía una mano derecha al que llamaban «el Beatito». Este Beatito está en la novela, y Vargas Llosa va a inventar una vida para él. También es constatable el nombre de los militares brasileños que participaron en esta guerra, pero, decía Vargas Llosa, que existían pocos datos sobre ellos, y por eso los hace aparecer en su novela con vidas inventadas por él.

 

El título, La guerra del fin del mundo, hace referencia tanto a lo remoto de la región en la que va a tener lugar esta contienda, como a la creencia de los habitantes de Canudos de que el fin del mundo se acercaba según el calendario llegara a la cifra de 1900. El tema de la superstición de las personas está presente en esta novela como un tema de fondo; como si esas ideas primitivas, fruto de la ignorancia, fuesen el caldo de cultivo de algunos de los problemas de las sociedades latinoamericanas. Este tema lo volvería a tratar Vargas Llosa en su novela Lituma en los Andes de 1993. En este sentido, en la página 270 podemos leer el credo de los habitantes de Canudos: «Juro que no he sido republicano, que no acepto la expulsión del emperador ni su reemplazo por el Anticristo (…). Que no acepto el matrimonio civil ni la separación de la Iglesia del Estado ni el sistema métrico decimal. Que no responderé a las preguntas del censo».

 

La guerra del fin del mundo es una novela coral, donde Vargas Llosa nos va a acercar a la vida de más de cuarenta personajes. De muchos de ellos, además de sus andanzas en la guerra de Canudos, nos va a contar su pasado; con una excepción: Antonio Consejero, en gran medida el personaje central de la novela, siempre será esquivo para el lector. Los personajes que se mueven a su alrededor sí tienen un pasado, pero no él, cuya vida será siempre un punto de fuga, un misterio, para el lector.

En el elenco de personajes destacará, por ejemplo, el periodista miope, del que el lector nunca conocerá el nombre, un periodista de un periódico de Bahía que acompañará a los soldados en una de sus incursiones en Canudos y que pasará a convivir con los rebeldes. Durante la primera mitad de la novela, los personajes viven sus andanzas, que les conducirán hacia Canudos, y Vargas Llosa nos hablará también de su pasado. En la última parte de la novela, será el periodista miope quien le narre al barón de Cañabrava los sucesos de los que fue testigo en Canudos y el lector recibirá alguna información importante de la historia de forma adelantada, para, después, adentrarse en los acontecimientos cuyo final ya conoce.

 

Otro personaje peculiar será Galileo Gal, un escocés perdido en Brasil de ideas revolucionarias y que, aunque no comparta todos sus preceptos, verá en la revolución de Canudos lo más parecido a la revolución social con la que siempre ha soñado. Entre las páginas 70 y 75 se encuentran las únicas páginas del libro escritas en primera persona, que parecen recoger un artículo escrito por Gal para una revista revolucionaria francesa.

También se contarán en la novela las historias de varios bandoleros, que se acabarán uniendo a las filas de Antonio Consejero, como João Grande o João Abate. El narrador expondrá las vidas de los personajes sin juzgarlas, y todos estos personajes serán capaces de cometer las mayores vilezas o las mayores heroicidades. En la narración se habla tanto de los personajes de Canudos, como de los militares; o de los poderosos de Brasil, como el barón de Cañabrava. Todas estas vidas acabarán siendo trágicas, con momentos de esplendor y de profundo patetismo, un patetismo contado siempre con dignidad. En este sentido son especialmente sentidas las páginas dedicadas al Circo del gitano y la descripción de sus artistas, donde Vargas Llosa demuestra una especial sensibilidad para hablar de los más débiles. Aunque tampoco tendrá ningún problema en adentrarse en los palacios de los nobles brasileños. En este sentido, debemos considerar que el modelo artístico de Vargas Llosa al componer esta novela es Guerra y paz de Lev Tolstoi.

 

La novela está salpicada de términos brasileños (cangaceiros, caboclo, etc.) que le dan riqueza al texto, poseedor de una prosa pulida y exquisita. Respecto a otras novelas de Vargas Llosa, me ha parecido que la estructura era menos experimental, pero no menos ambiciosa; de hecho, junto con Conversación en la Catedra, La guerra del fin del mundo debe ser la novela más ambiciosa de la obra de Vargas Llosa. No sé si esta es la mejor novela escrita en castellano en el siglo XX, como apuntaba Miguel Ángel Zapata, o si es la mejor novela escrita en castellano desde El Quijote, como apuntaba Gustavo Faverón, pero sí que puedo asegurar que es una grandísima novela, ejecutada con una ambición, que fue milagrosamente común en muchas obras del boom latinoamericano, y que ya parece un tanto olvidada. La guerra del fin del mundo se va de cabeza a mi lista de diez mejores lecturas del año.

 

domingo, 10 de agosto de 2014

Historia de Mayta, por Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 371 páginas. 1ª edición de 1984; ésta de 2006.

Cuando escribí la reseña de La casa verde, hablé en el blog del momento en el que leí mi primer libro de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú – 1936), que no fue otro que La ciudad y los perros, y del fuerte impacto que me causó esta novela a los veintiún años. Después leí un número nada desdeñable de las obras de este autor (ocho novelas, contando La casa verde, y un libro de relatos. Pero desde el periodo comprendido entre mis veintiún años y la actualidad, casi media vida, no había leído Historia de Mayta. Y el tema no deja de ser curioso, porque La ciudad y los perros la tomé de las estanterías de la casa de mis padres en Móstoles y se trataba de una edición de quiosco, que ofrecía dos novelas del autor: además de La ciudad y los perros, la otra novela de aquel libro del siglo pasado no era otra que Historia de Mayta. Quiero hablar del lector que era yo entonces a los veintiún años: durante mi adolescencia casi en exclusiva había leído libros de ciencia ficción y terror, y sólo a partir de los diecinueve (casi veinte) fue cuando empecé a leer Literatura en serio (y escribo Literatura en serio con bastardilla porque, por supuesto, muchos de los libros de ciencia ficción y terror que he leído, aunque no todos, eran verdadera literatura). Así que a los veinte años sentía que me faltaban lecturas serias, y como no sabía por dónde empezar, lo hice por los autores que más me sonaban a literatura seria: este tal Dostoyevski parece importante, y este tal Tolstoi, y Cervantes, claro, y Hemingway y Francis Scott Fitzgerald y Baroja y así. Estoy hablando de 1994, y por entonces estaban muy en boga los escritores del boom hispanoamericano; pues entonces tendré que leer a este tal García Márquez, y a este tal Vargas Llosa, que sale mucho en los periódicos. Así que busqué algún libro del tal Vargas Llosa y en la estantería de la casa de mis padres estaba aquel volumen (que sigue allí) con La ciudad y los perros e Historia de Mayta. El chaval de veintiún años que era yo leyó la primera novela del libro, se quedó subyugado, cayó rendido a los pies de aquella novela… pero no se le ocurrió seguir con la otra. Aquel chaval que era yo se había informado sobre el tal Vargas Llosa y había descubierto que La ciudad y los perros fue una novela muy importante para el despegue del boom, pero no había oído nada de la otra. Así que aquel chaval que necesitaba empaparse de literatura de forma rápida, decidió pasar a la siguiente obra maestra porque no tenía ningún tiempo que perder; algún tal Camus o Sartre le estaban esperando por entonces.

Lo cierto es que ahora leo muchas (quizás demasiadas) novedades literarias, que a veces no acaban de convencerme. Y diría que lo hago por afán competitivo, por saber qué es lo que tiene repercusión y adquiere prestigio en el mercado editorial español. Ya he cumplido cuarenta años, y estoy empezando a echar mucho de menos a aquel lector salvaje que era yo a los veintiún años, que sólo leía a escritores muertos y consagradísimos, y de los vivos sólo leía obras de gran relevancia. Estoy empezando a pensar que he de volver de nuevo a reencontrarme con los clásicos de forma habitual, con esos libros que al leer uno detrás de otro te hacen pensar que escribir obras maestras es lo más fácil del mundo.

Me encontré sin buscarla con la primera edición de La historia de Mayta en la librería de segunda mano Ábaco de Raimundo Fernández Villaverde. Por tres euros no la iba a dejar allí, claro; a pesar de que mi ejemplar parece tener un pequeño problema de impresión: los márgenes interiores de sus páginas están demasiado pegados al lomo del libro y esto dificulta su lectura. Así que siendo un libro del que no me iba a deshacer en otra librería de segunda mano, he llegado a una solución intermedia: conservar mi primera edición, pero leer el libro en el más cómodo formato de Alfaguara, sacándolo de la biblioteca Eugenio Trías, o para mí la biblioteca del Retiro (aunque la biblioteca llamada “de Retiro” esté al final de la calle Doctor Esquerdo, ya cerca del puente de Vallecas y por lo tanto alejada de El Retiro). A la lectura de Historia de Mayta he dedicado la primera semana de mis vacaciones de profesor.
Querría señalar también que a la lectura de este libro, a que quisiera tomar éste y no otro de mis cada vez más abarrotadas estanterías de libros inleídos, contribuyó una reseña escaneada de un ABC de los años 80 firmada por mi admirado crítico literario Miguel García-Posada, donde éste se mostraba feliz por poder recomendar a sus lectores un libro que le parecía realmente tal bueno. (Ver AQUÍ).

En Historia de Mayta un narrador innominado -que se podría identificar con el propio Vargas Llosa- se propone, desde el año 1983, que es el presente de la novela, investigar unos sucesos ocurridos en 1958. Entonces Alejandro Mayta, que fue compañero del narrador en el colegio de los salesianos de Lima, protagonizó un olvidado intento de revolución armada que para el narrador marcó la línea de partida de todo lo que vendría después: los atentados de Sendero Luminoso (aunque a esta organización no se la nombra en la novela).

El narrador se va entrevistando con personas que conocieron a Mayta y que, en mayor o menor medida, fueron testigos de los hechos más importantes de su vida. A estas personas siempre se presenta contándolas que está recogiendo datos para escribir una novela sobre su condiscípulo salesiano; una novela que no intenta reconstruir la verdad sino conocer lo ocurrido para inventar un personaje creíble.
“-No va a ser la historia real, sino, efectivamente, una novela –le confirmo-. Una versión muy pálida, remota y, si quieres, falsa.
-Entonces, para qué tantos trabajos –insinúa ella, con ironía-, para qué tratar de averiguar lo que pasó, para qué venir a confesarme de esta manera. ¿Por qué no mentir más bien desde el principio?
-Porque soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa –le explico-. Es mi método de trabajo. Y, creo, la única manera de escribir historias a partir de la historia con mayúsculas.” Leemos este diálogo (que se repite con algunas variantes al entrevistarse con otras personas entrevistadas) en la página 86.

En cada capítulo, de aproximadamente el mismo número de páginas, el narrador se entrevista con una persona que le permite reconstruir la historia de Mayta en sentido cronológico, desde sus primeros años en el colegio de salelianos, hasta su intento de inicial la revolución armada en la sierra. Para que este proceso ocurra, tendrá que darse el encuentro de Mayta con Vallejos, alférez del ejército, cuando el primero ya ha pasado los cuarenta años y Vallejos sobrepasa apenas los veinte. Este encuentro será clave en la historia: Mayta, homosexual clandestino y eterno militante de la izquierda peruana, dividida en grupúsculos cada vez más pequeños y que además no paran de pelearse entre sí, verá en el joven Vallejos la energía que puede llegar a dinamizar el cambio político pasando de la teoría a la acción.

Vargas Llosa, como es habitual en él, juega también aquí con la estructura de su novela.  Se usa el recurso de la novela en marcha: el proceso de conseguir las notas de los testigos para la novela es la propia novela que el lector lee. No va a existir una elaboración posterior; pero según el narrador se está entrevistando con las personas que conocieron a Mayta ya va perfilando al personaje que va a crear, y en el mismo párrafo el lector pasa de leer lo que el personaje le cuenta al narrador sobre Mayta en 1983 a leer lo que a este personaje le ocurrió con Mayta en 1958; y todo esto teniendo en cuenta que el personaje entrevistado puede estar mintiendo y que el narrador crea un personaje consistente a partir de la información que él o bien considera verosímil o bien ha decidido inventar. Normalmente el lector sabe que está en 1983 porque el narrador habla en primera persona, y se entiende que hemos saltado a 1958 porque el narrador reconstruye la historia de Mayta en tercera persona (aunque no siempre, porque traspasada la mitad de la novela, al hablarnos de Mayta, de vez en cuando, a él se le cede el privilegio de usar la primera persona).

Lo curioso del libro es que uno lo lee pensando que el único que no puede estar mintiendo es el propio narrador, y no es así: el narrador inventa lo que le parece bien para su historia. Se inventa a personas para entrevistarlas, o bien se inventa las respuestas a sus preguntas para que estas encajen con el personaje que crea, como comprendemos al final, cuando consiga entrevistarse con el Mayta real o inventado. Y lo mismo dará, porque esta novela que aparentemente se está escribiendo bajo las premisas de una investigación periodística indaga en el uso de la violencia como uno de los pilares constitutivos de la sociedad peruana, pero también –o sobre todo- indaga (y esto lo comprenderá el lector al haber finalizado el magnífico capítulo final) en la propia fuerza de la ficción para crear realidades alternativas que nos hagan comprender mejor la realidad verdadera.

Historia de Mayta me ha gustado mucho; bastante más que, por ejemplo, La casa verde. Aunque la indagación formal de la primera no es tan profunda como en la segunda, se deja leer de forma mucho más natural y sus personajes me emocionan más, y me parece que Historia de Mayta debería estar sin duda entre las obras más destacadas de Mario Vargas Llosa, cuando diría que es esa novela de Vargas Llosa que muchos de sus lectores no han leído porque les parece una obra menor.

Creo que el siguiente libro de Mario Vargas Llosa que voy a leer va a ser La guerra del fin del mundo.

domingo, 5 de febrero de 2012

La casa verde, por Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 525 páginas. 1ª edición de 1965, ésta de 2004.

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí a Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936): yo tenía 21 años y, después de 3 cursos cuajados de penalidades, decidía que dejaba la facultad de CC. Físicas de la Complutense. Por la calidad de la enseñanza, los próceres de la universidad habían diseñado un nuevo plan de estudios; por la calidad de la enseñanza, había que conseguir menos alumnos por clase; por la calidad de la enseñanza, la mitad de los de mi promoción y de la anterior sobrábamos. Recuerdo la fila ante secretaría, esperando para conseguir los papeles que me permitieran realizar el cambio de carrera: el chico que me precedía se iba a Educación Física, y la chica que le precedía a él a Óptima, el drama del éxodo.
Y aún me quedaba realizar otro trámite: una de aquellas mañanas de junio del 95 me acerqué a la facultad para devolver unos libros de la biblioteca. Llegué más de una hora antes de que abrieran y me senté en el suelo, delante de la puerta; con la espalda apoyada en un pasillo que los estudiantes de esa época llamábamos el pasillo de Poltergeist, ya que nos recordaba a aquella escena de la película de terror de Spielberg en la que el niño asustado sale de su habitación y trata de llegar a la de sus padres, y el pasillo se hace cada vez más largo: para llegar a la biblioteca de Físicas había que adentrarse en un pasillo interminable, ridículamente estrecho (poco más de un metro de ancho); y al final de ese pasillo, metafórica y físicamente tirado en el suelo ante una puerta cerrada, yo esperaba leyendo La ciudad y los perros (1962). No sacaba la cabeza del libro y las penalidades que sufrían los estudiantes del colegio militar Leoncio Prado, se fundían en mi cabeza con mis propias penalidades de estudiante frustrado, con esa identificación de acero que sólo se puede sentir con el arte en la juventud y en la necesidad. Y Vargas Llosa había acabado de escribir ese libro con tan sólo 26 años, no podía creerlo.

Después leí (es posible que el orden no sea éste) los libros de relatos Los jefes (1959), Los cachorros (1967), y las novelas Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), Elogio de la madrastra (1988) Lituma en los Andes (1993), y La fiesta del Chivo (2000).

Desde que Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel en 2010 me apetecía leer algo más de él. En la pasada feria del libro me acerqué un sábado por la mañana al Retiro para ver si podía comprarme otra obra suya y que me la firmara; pero había quedado una hora más tarde y en ese tiempo calculé que no iba a poder hacer la cola, que partía de una carpa, y llegar hasta el autor. Así que lo dejé pasar. Ya algunos años antes había hecho cola para que me firmara Conversación en la catedral, una cola razonable, de 10 minutos; pero quizás lo sorprendente es que en otra ocasión anterior, al pasear por la feria del libro descubrí a Vargas Llosa en una caseta contemplando la mañana, ninguna persona se acercaba para saludarle ni para que le firmara un libro. En esta ocasión compré Pantaleón y las visitadoras y pude decirle lo mucho que me había impresionado La ciudad y los perros, lo que significó para mí en aquel momento frágil de mi vida. Y creo que fue un lujo poder hacer eso.

He vuelto a Vargas Llosa, después de 3 ó 4 años, para leer La casa verde, su segunda novela, publicada en 1965, y escrita cuando el autor se encontraba entre los 26 y los 29 años.

La casa verde está considerada como una de las novelas fundacionales del Boom latinoamericano y, como el propio Mario Vargas Llosa apunta en una nota, firmada en 1998 y que precede a la edición que he leído, su principal deuda es con William Faulkner. La influencia del norteamericano abruma en la concepción narrativa de esta novela, que en cierto modo parece planteada como un alarde estilístico por parte del autor. Uno lee La casa verde pensando que un joven Vargas Llosa que no llega aún a los 30 años, pero que es ya conocedor del talento que posee, y que ya ha dado obras como Los jefes o La ciudad y los perros, se ha propuesto utilizar todas las técnicas modernas de escritura narrativa que ha asimilado de algunos de los más grandes del siglo XX; sobre todo de Faulkner, pero también de James Joyce.

Así en el primer capítulo de la novela podemos encontrarnos con párrafos donde las frases que los forman se encuentran entrelazadas. Por ejemplo, leemos en la página 18: “Y en eso brota un cacareo y un matorral escupe una gallina, el Rubio y el Chiquito lanzan un grito de júbilo, negra, la corretean, con pintas blancas, la capturan (…)”.

Aunque lo normal en la estructura es lo siguiente: cada parte (4 y un epílogo) tiene un primer capítulo donde la acción transcurre en un mismo espacio-tiempo, con innovaciones formales como la ya comentada de desordenar la lógica de las frases o bien ceder la voz narrativa a distintos personajes que además están contando lo sucedido a otra persona que no sabemos quién es. Y en los capítulos posteriores se suceden, dentro de cada uno, 4 ó 5 escenas, con personajes diferentes que al final, en mayor o menor grado, quedarán entrelazados.
Dentro de cada escena existen, en realidad, dos escenas en dos tiempos narrativos distintos para esos personajes, y entre un tiempo narrativo y el siguiente no hay separación, el lector salta de uno a otro sin aviso; sólo lo ilógico de toparse con un suceso sin sentido le indicará que la escena ha cambiado.

Al llegar a un nuevo capítulo la terna de 4 ó 5 escenas (con dos tiempos narrativos distintos) se repetirá, pero el orden de enlace de las escenas de un capítulo con otro tampoco es lineal.

Y estas son principalmente los juegos técnicos de construcción del artefacto literario que se impuso el joven Vargas Llosa para acometer la escritura de su segunda novela. El empeño y el alarde son importantes, la ambición también; y el esfuerzo de lectura que solicita del lector acaba siendo intenso: en más de una ocasión el lector (o hablo de mí como lector, un lector de autobuses,  trenes y cansancios nocturnos) acaba preguntándose cosas como ¿dónde va esta escena?, ¿estoy encajando bien esta pieza del puzzle propuesto, o la estoy colocando al revés?, ¿va esto antes que lo que leí 40 páginas atrás o va después?
El lector también necesitará paciencia: hacia la mitad del libro, por ejemplo, un personaje da una paliza a otro, las causas que le llevan a ello las conoceremos unas 200 páginas más adelante.

Para un lector español existe otra dificultad añadida: el vocabulario que emplea Vargas Llosa es profundamente peruano, y a veces sirve para marcas las diferencias entre los peruanos que viven cerca de la selva o los que lo hacen en la costa. Así, por ejemplo, uno puede leer frases como esta: “Me picaron cuando me metí a la cocha a sacar la charapa que se murió.” (pág. 390)
(Nota para un posible lector español: un “práctico” en esta novela no es un médico, sino un guía fluvial, al igual que un guía selvático era un “rumbero” en La vorágine de José Eustasio Rivera; novela con la que La casa verde parece conversar en clave paródica).


Además el joven Vargas Llosa añade a su libro una dificultad más que me parece ya un poco tramposa: hay un personaje (Lituma) que en unas escenas se le llama por su nombre y en otras con el calificativo de “sargento”; así el lector tendrá que tener un poco más de paciencia hasta que comprenda que esos dos personajes (al principio) son en realidad la misma persona. También se nombra a dos lugares diferentes con el mismo nombre: La Casa Verde.
Si no recuerdo mal ya ocurría algo así, aunque al revés, en La ciudad y los perros: dos personajes tenían el mismo nombre y pasé bastantes páginas hasta que me percaté de que eran, efectivamente, dos personajes diferentes.
Este tipo de trucos narrativos están tomados directamente de William Faulkner: en El ruido y la furia también se juega a la confusión con dos personajes que tienen el mismo nombre.

¿Y de qué tratan las tramas y subtramas de La casa verde?
La historia transcurre en dos escenarios principales: Piura, ciudad costeña rodeada por un desierto, y Santa María de Nieva, pueblo de la Amazonía.
Lituma, piurano, es un sargento del ejército destinado en Santa María de Nieva, que regresará a su ciudad con una mujer que conoce en su destino en la selva. Esta mujer, Bonifacio, es de origen indio, y ha sido expulsada de la misión religiosa donde se formaba para ser monja.
Fushía, de origen brasileño, recorre el río en un barco dirigido por el viejo Aquilino. Y los dos evocan el pasado de contrabandista de jebe (caucho) de Fushía.
Don Anselmo, arpista, llega un día a Piura y pronto se convierte en un personaje muy popular, aunque pocos sospechan que su objetivo es montar el primer prostíbulo de la ciudad, la Casa Verde.
Los inconquistables son unos jóvenes de Piura que se dedican a beber y vaguear, y que acuden a la Casa Verde (la segunda Casa Verde). Son los amigos que Lituma ha dejado en Piura.

Contado por mí, el resumen del argumento parece fácil.

Creo que por los comentarios que he escrito sobre la dificultad formal de esta novela podría parecer que no me ha gustado. En realidad, sí me ha gustado. Las escenas que escribe Vargas Llosa, aunque a veces nos cueste ubicarlas, están dibujadas con gran precisión y resultan dinámicas y evocadoras.
El ritmo se hace más pausado y poético cuando se habla de Don Anselmo, y me atrevería a afirmar que otro joven escritor de un país vecino, Gabriel García Márquez, había leído este libro y asimilado estas páginas en su proceso creativo a la hora de construir una mitología propia en su Macondo y su Cien años de soledad, publicado en 1967.
Cuando se habla de los inconquistables predominan los diálogos, y hacia el final Vargas Llosa nos acerca al discurso interior joyceino de la mente de Don Anselmo.

También podría apuntar, como me he percatado al recordar otras obras del autor, que Vargas Llosa tiende al tremendismo a la hora de dibujar a sus personajes: en la página 510 se habla así de Don Anselmo: “Robarse a una ciega, meterla a un prostíbulo, ponerla encinta. ¿Muy bien que hiciera eso? ¿Lo más normal del mundo?” También hay aquí chicas indias robadas por monjas de sus poblados para que sean las nuevas novicias, que son expulsadas del convento y acaban de prostitutas, etc.
Pero estos personajes de folletín se sostienen por lo ajustado de la prosa de Vargas Llosa y la barroca arquitectura de la trama.

Como reflexión final voy a apuntar que quizás todos los alardes técnicos con que está escrita una novela como ésta y que, como ya he dicho, requieren un esfuerzo intenso del lector, consiguen que percibamos a los personajes desde una distancia gaseosa y que disminuya nuestra posible identificación con ellos, frente a una estructura menos retorcida. No obstante, al llegar al epílogo, donde podemos despedirnos de todos los personajes, sí he sentido la emoción de haber realizado con ellos un extraño y vivo viaje. Así que, a pesar de los briosos obstáculos a saltar, el puzzle de esta novela (aunque las mejores del autor me siguen pareciendo La ciudad y los perros y Conversación en la catedral) se ha conseguido ordenar correctamente en mi mente.