Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Demipage. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Demipage. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de diciembre de 2016

Un cementerio perfecto, por Federico Falco

Editorial Demipage. 256 páginas. 1ª edición de 2016.

En 2014 leí La hora de los monos, el libro de relatos que Federico Falco (General Cabrera, Argentina, 1977) publicó en la editorial Salto de Página. Ya comenté entonces en mi blog que este libro me sorprendió muy gratamente, hasta el punto de haberse convertido en uno de mis favoritos del catálogo de Salto de Página.

En 2016 Falco ha publicado este nuevo libro de relatos, Un cementerio perfecto, de forma casi simultánea en Argentina (en la editorial Eterna Cadencia) y en España (en la editorial Demipage). Si La hora de los monos estaba formado por diez relatos, Un cementerio perfecto se compone de cinco. Al menos tres de estos últimos son bastante largos, de más de sesenta páginas en el formato de caja de los libros de Demipage, que en otra edición de letra más apretada podrían ser la mitad (precisamente el francés demipage significa en español «media página»). En cualquier caso, los tres relatos centrales de Un cementerio perfecto son cuentos largos o casi novelas cortas, y los otros dos tampoco son demasiado breves.

En el prólogo de La hora de los monos, el escritor Antonio Jiménez Morato afirmaba que las piezas que componían el libro eran realistas sólo en apariencia. Según Jiménez Morato, el magisterio de Raymond Carver ha provocado que en las últimas décadas domine la estética del realismo en el relato; pero ‒continuaba‒ el realismo de Carver se sirve de personajes en principio inverosímiles, y es ahí donde Carver consigue traspasar los límites del puro realismo.

En los cuentos de La hora de los monos, Falco situaba a sus personajes en situaciones fuera de lo corriente y acababa bordeando los límites de lo real y lo fantástico, un nuevo territorio narrativo que en Argentina, además de él, están practicando otros escritores jóvenes como Samanta Schweblin o Tomás Sánchez Bellocchio.

Cuando empecé a ver en internet imágenes de la edición argentina o la española de Un cementerio perfecto estuve pensando en pedir el libro a los editores. Pero momentáneamente me contuve, pensando que tenía muchos libros pendientes por leer (una montaña que se acumula en los altillos de mis estanterías y que amenaza con sepultarme al más mínimo seísmo que se registre en mi zona). Sin embargo, desde Demipage, Manuel –que trabaja allí y con el que coincidí en la presentación de La pecera de Juan Gracia Armendáriz– me escribió un mensaje a través de Twitter para proponerme el envío. No pude resistirme. A pesar de mis propósitos de leer más libros clásicos y menos novedades, estaba bastante seguro de que el libro de Falco me iba a gustar.

Leí el primer cuento –Las liebres– en la terraza de una piscina, tomando un café (sé que se empieza a dilatar cada vez más el tiempo entre que leo un libro y publico su reseña). Pasé las páginas finales con algo de prisa. Tenía el tiempo justo para vestirme y salir para una boda a la que estaba invitado. No sé si esta premura influyó en mí, pero lo cierto es que me quedé con la sensación, tras acabarlo, de que los mejores cuentos de La hora de los monos eran superiores a éste. Al protagonista de Las liebres se le llama simbólicamente «el rey de las liebres» y vive en una cueva del monte, caza lo que puede y cuando no le queda más remedio baja hasta el pueblo más cercano para ejecutar pequeños hurtos. El relato nos acerca a un personaje solitario y vulnerable, y pese al realismo de muchas de las escenas, contiene algún elemento marcadamente fantástico: las liebres le hacen entrega de lebratos para que él los sacrifique. El final me parece demasiado abierto y me quedé con la sensación de estar leyendo el primer capítulo de una novela, la sensación de que necesitaba más información para que la esencia de la narración cuajara en mí. No es que Las liebres sea un mal cuento (no lo es), pero esperaba más de un autor del que había leído relatos tan logrados como El elefante, El hombre de los gatos o Flores nuevas.

Por fortuna, lo mejor me esperaba después. Los tres cuentos siguientes, los más largos del libro, y que forman su cuerpo central –los titulados Silvi y la noche oscura, Un cementerio perfecto y La actividad forestal– me han parecido bellísimos, escritos por un narrador maduro que controla sus recursos con plena maestría.

Antes de analizar estos tres cuentos con más detalle, hablaré primero del último, el titulado El río. Este relato tiene una extensión similar a Las liebres y, como aquél, nos habla también de un personaje solitario y vulnerable (todos los personajes de estos cuentos son solitarios y vulnerables, en realidad). La señora Kim ve nevar tras el cristal de la ventana de su casa, mientras se fija en las actividades de los vecinos y recuerda a su difunto marido. Como en algún cuento de La hora de los monos, aquí empiezan a cobrar fuerza en la narración los sueños de la señora Kim. El río es un relato de una simbología hermosa y de ejecución elegante, pero me parece que en él hay menos desarrollo de personajes que en los tres anteriores y para mí, como ocurría con Las liebres, se queda un peldaño por debajo de los otros tres.

Silvi y la noche oscura, con sus más de sesenta páginas en el formato de Demipage, es un relato largo, contundente, hermoso y desolador, que aborda el paso a la vida adulta de una adolescente que vive en un pueblo turístico de Argentina. Las actividades religiosas de su madre provocan que Silvi pase más tiempo del debido al lado de personas moribundas, y su familia católica no verá con buenos ojos su interés por uno de los dos jóvenes mormones que predican por las calles del pueblo.
El cuento Flores nuevas de La hora de los monos tocaba una temática parecida.

En Un cementerio perfecto, Falco nos acerca al señor Bagardelli, un hombre de mediana edad que recorre los pueblos argentinos diseñando cementerios, y que en Coronel Isabeta cree poder llevar a cabo la construcción de su obra maestra, el cementerio perfecto que da título a este libro. Un cementerio perfecto nos presenta una melancólica metáfora de la condición del artista: su soledad, su incomprensión, su imposibilidad para alcanzar sus sueños por causas que no puede controlar… Gracias a este peculiar personaje, Falco nos introduce en la vida cotidiana de un pueblo del interior de Argentina. De nuevo, un gran relato, muy maduro y de gran ejecución técnica.

Al mismo nivel que los dos anteriores se encuentra la tercera joya de este libro, el cuento titulado La actividad forestal, sobre un anciano y su hija que han de abandonar la casa donde viven, construida en medio de un pinar. En su juventud, el anciano plantó los pinos de los que ha vivido siempre rodeado. Sólo parece haber una solución desesperada para ambos: deben encontrar un marido para la hija que les permita a los dos cobijarse bajo techo. De este modo, van a conocer al japonés Sakoiti, un personaje igual de desesperado y frágil que ellos.

Los cinco cuentos están escritos en tercera persona. La mirada de Falco sobre sus personajes desamparados es siempre piadosa. Una gran melancolía por la fragilidad de las vidas elegidas se desprende de estos cuentos. Todos ellos nos muestran la vida en la provincia argentina, en el campo. Antonio Jiménez Morato definía a Falco como un «escritor del interior», y este libro obedece a esa clasificación.

Si bien en Las liebres, con esos animales haciendo la ofrenda de sus hijos, y en El río, en el que se da importancia narrativa a los sueños, nos encontramos con algún elemento que puede considerarse fantástico, las tres mejores historias de este libro me parecen realistas. Es cierto, también, que el señor Bagardelli, el que sueña con construir un cementerio perfecto, es un personaje muy peculiar, pero no creo que ni aquí ni en Silvi y la noche oscura y La actividad forestal nos alejemos de las propuestas del realismo. Como en los relatos realistas de los escritores norteamericanos que más me gustan –Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Ford–, Falco juega con la importancia de la descripción de los paisajes o las condiciones atmosféricas (la nieve, el viento…) para crear elementos simbólicos. Sus narraciones no son simples, ponen la mirada en elementos muy poéticos e interesantes, y es una mirada madura (que contempla sin prejuicios la vejez, por ejemplo). Es el lector el que debe completar las historias mostradas. Los finales suelen ser abiertos, pero en la cabeza del lector se siguen desarrollando una vez que los cuentos terminan y surgen continuaciones para las disyuntivas en que hemos dejado a los personajes. El eco melancólico de los tres mejores relatos largos de este libro resuena en la mente del lector.


Ya he leído dos libros de relatos de Federico Falco y se está convirtiendo en uno de mis cuentistas actuales favoritos. Su voz narrativa es muy firme y poética. Al menos tres relatos (de cinco) de Un cementerio perfecto son magníficos. Lean este libro, acérquense al género del relato, y cuando acaben Un cementerio perfecto busquen La hora de los monos, otro gran libro de relatos que –por lo que sé– no tuvo en España todos los lectores que merecía.

domingo, 19 de junio de 2016

La tabla, por Eduardo Laporte

Ediciones Demipage. 102 páginas. 1ª edición de 2016.
Prólogo de Javier Serena.

Conocí en persona a Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) en 2012, en el encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid, al que ambos habíamos sido invitados como ponentes. Desde entonces he coincidido con él más de una vez en presentaciones de libros. Un año antes de su publicación ya me había hablado de La tabla, su última novela publicada en Demipage.
Cuando La tabla se había convertido definitivamente en libro, Eduardo me escribió en abril para preguntarme si me gustaría recibir un ejemplar. Le di mi dirección y unas semanas después de recibirlo me puse con él.

En 2011, Eduardo había publicado en Demipage Luz de noviembre, por la tarde, una novela de duelo sobre la muerte de su padre y de su madre, que se produjeron con muy poco tiempo de diferencia. Además, ha publicado un libro con entradas de su blog, El náuGrafo digital, que funciona como una especie de diario en el que va anotando pequeñas impresiones sobre la cotidianidad. Recuerdo que también publicó en formato digital una crónica sobre un viaje que había hecho a Cuba. Por tanto, la producción literaria de Eduardo Laporte se aproxima mucho, por una parte, a la labor periodística que practica como profesión, y por otra a la del diario confesional.

En La tabla nos encontramos con un narrador, fácilmente identificable con el propio Laporte, que disfruta de unos días de vacaciones en las playas de Almería. El protagonista se pierde al buscar una cala y recuerda entonces Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, la crónica periodística de los días que el marinero Luis Alejandro Velasco estuvo perdido en el mar Caribe. Las dudas sobre su carrera literaria asaltan al narrador: «Como si fuera un ser potencialmente malo, capaz de vender mi alma al diablo por mantener mi hueco en el parnasillo de las vanidades literarias que formábamos unos cuantos nombres completamente desconocidos para el gran público» (pág. 24). Tal vez imbuido por el recuerdo de Relato de un náufrago, empieza a pensar en Xabier Pérez Larrea, un alumno de su mismo colegio en Pamplona algo mayor que él que, a finales de los 80 o principios de los 90 (en ese momento no lo recuerda exactamente), permaneció treinta horas a la deriva sobre una tabla rota de windsurf frente a las costas de Tarragona. «Fue entonces cuando me acordé de él. Sólo sabía que se llamaba Xabi y que había sido compañero de mi prima mayor, en nuestro colegio de Pamplona, San Cernin. También sabía que había sobrevivido una noche en el mar, aferrado a su tabla de windsurf. Y que había vomitado sangre. Y que la noticia de su rescate ocupó la portada del Diario de Navarra un día de finales de los ochenta o principios de los noventa. Y que volvió a clase como un pequeño héroe de diecisiete años» (pág. 26).

Laporte empieza a buscar a Xabi Pérez Larrea. Las dudas sobre su labor literaria continúan: «¿Tiene sentido dedicar mis esfuerzos a tan minúscula y olvidada proeza?» (pág. 30). Estar ocupado en algo será lo que permita al narrador seguir adelante, además de la sensación de identificación con el personaje sobre el que desea narrar, entre un náufrago digital y otro real. «Me motivaba la idea de escribir sobre otro, como un ejercicio de antiautobiografía en el que el autor no tiene todo el control. Aunque, como comprobaría después, ir a su encuentro era también viajar hacia mí mismo» (pág. 32).

El encuentro se produce. Xabi Pérez accede a que Eduardo Laporte cuente su historia. Entre las páginas 37 y 88 de este libro de apenas 100, se reconstruye la aventura de Xabi en el mar, la historia del día en que un adolescente de diecisiete años, que tenía que hacer deberes de matemáticas, salió de su casa de vacaciones un domingo de Semana Santa para practicar windsurf en las playas de Salou y, debido a la rotura del mástil, permaneció treinta horas a la deriva, pasando una noche de espanto en el mar hasta que fue rescatado al día siguiente por un helicóptero de salvamento marítimo.

La parte de Xabi está narrada en primera persona. Lo más curioso de este apartado es que el lector puede advertir el trabajo de reconstrucción de la historia llevado a cabo por el escritor. Sobre todo –un detalle que acaba cobrando un tinte de símbolo en el libro– al aludir, desde la nueva voz narrativa, otra vez al náufrago de García Márquez: «Al contrario que el Luis Alejandro Velasco del Relato de un náufrago, yo no llevaba reloj» (pág. 38). En cierto modo, la pesadilla vivida por Xabi aquel domingo de 1990 se convierte en una revisión de la época, gracias a las múltiples referencias populares: la música pop de entonces (Duncan Dhu, Celtas Cortos…), los mitos deportivos (Miguel Indurain), o metáforas como ésta: «Sonido efervescente de peta zetas» (pág. 48).

Laporte juega a emular al García Márquez de Relato de un náufrago, pero da un paso más allá: si García Márquez reconstruye los pensamientos de su personaje y él desaparece de la crónica, Laporte, en un ejercicio autobiográfico, se nos muestra deseando escribir su libro y conversando sobre él, una vez escrito, con su personaje narrado. Así que, si le atraía esta historia por la posibilidad de escribir una antiautobiografía, ha acabado por crear una narración híbrida –como apuntaba Javier Serena en el prólogo: «Un libro en el que se mezcla la reconstrucción de un episodio verdadero con la investigación periodística y con la confesionalidad propia de un diario, con páginas para la reflexión y para un ejercicio de desnudez en el que el creador muestra sus miedos y vacíos sin máscaras de precaución, y cuyo sentido metafórico final viene dado justamente por su carácter fronterizo, pues es más que nunca la mirada y la experiencia del escritor convertido en narrador el que dota de significado a una peripecia que si no hubiera resultado plana» (págs. 9-19)– entre la antiautobiografía buscada y la autobiografía de otras creaciones del autor.

Xabi acabará disfrutando al leer su relato, sobre todo de las partes en las que Laporte se muestra a sí mismo a través de él, se nos cuenta al final, haciendo partícipe al lector en el juego constructivo de la novela. Especialmente conmovedora me ha resultado esta confesión que Laporte apunta al final de su historia sobre las dudas de su futuro literario: «Para publicar un libro de calidad literaria, que generó buenas críticas y no pocos comentarios de conmoción entre quienes lo leyeron, tuvieron que morir mis padres y yo contarlo» (pág. 95).


La tabla me ha resultado una lectura agradable. El juego propuesto entre narrador y personaje narrado consigue que la historia trascienda la pura crónica de las horas que un chico de diecisiete años pasó sobre una tabla rota de windsurf. Lo cierto es que –tal vez porque conozco al autor en persona­– me ha acabado interesando más Eduardo como personaje que Xabi, y me habría gustado que aquél le contara al lector más detalles sobre su dedicación a la escritura, el periodismo o su vida en Madrid y Pamplona. Un aire de melancolía por el fluir del tiempo y por las ilusiones perdidas tiñe toda la novela, y es algo que juega a su favor, porque consigue que trascienda de la mera anécdota elegida.

miércoles, 17 de junio de 2015

La resta, por Alia Trabucco Zerán

Editorial Demipage. 287 páginas. Primera edición de 2015.
Epílogo de Lina Meruane.

Estuve a punto de ir a la presentación de este libro cuando la vi anunciada en las redes sociales hace unos meses. El libro me parecía atractivo, Chile (y en concreto el tema de la dictadura de Pinochet) es un país cuya literatura me interesa bastante. Al final, manteniéndome firme en mis propósitos de no acumular demasiados libros sin leer, ni dejarme tentar en exceso por las novedades literarias, no fui al Hotel Kafka aquella tarde. Pero la sensación de que me estaba dejando pasar un buen libro seguía ahí (esto lo iban corroborando los comentarios que iban apareciendo en internet sobre él).

Tampoco quería acudir demasiado a la Feria del Libro de Madrid, pero me conozco y me queda demasiado cerca de casa como para eludirla constantemente. El martes 2 de junio tenía que ir, al salir del trabajo, a la zona de Huertas y al regresar a casa, si quería hacerlo caminando, tenía que atravesar el Retiro. Vistar las casetas un día de diario es mucho mejor que uno de fin de semana, cuando está demasiado abarrotada (había estado también el último domingo). Me paré en la caseta de Alfabia y Demipage para saludar a Víctor Balcells Matas y Paula Roses. Al poco aparecieron por ahí los escritores Eduardo Laporte y Javier Serena. Paula nos regaló el número tres de la revista El Buen Salvaje y nos comentó sus novedades literarias, entre las que hay unos cuantos libros de escritores hispanoamericanos. Al hablarme de La resta ya no pude resistirme y la acabé comprando (me hizo un precio especial y me regaló otro libro de la editorial).

La resta ha ganado en Chile el premio de la CNCA a la Mejor Novela Inédita. Su autora, Alia Trabucco Zerán (Santiago de Chile, 1983) es debutante además. Lo que –lo digo desde ya- no deja de ser sorprendente, dada la gran madurez compositiva y estilística de la novela.

La resta está escrita a dos voces narrativas que se van dando la réplica. La primera es la de Felipe, una voz narrativa un tanto alucinada, alguien que continuamente cree toparse con muertos en su camino, unos muertos que va anotando en una librera, siguiendo una aritmética personal de fallecidos, de sumas y de restas. Felipe es hijo de desaparecidos y su orfandad es un tema central en su constitución psicológica, aunque su obsesión sea con los muertos en general y no se centre de forma particular en sus padres.

La segunda voz narrativa es la de Iquela, que al igual que Felipe ronda los treinta años. Los padres de Iquela, como los de Felipe, eran militantes antipinochetistas. Pero una de las parejas de amigos (los padres de Iquela) sobrevivió y la otra no. Unos años después del golpe de Estado el padre de Iquela morirá de cáncer, e Iquela se va a criar con una madre demasiado protectora, con la que le cuesta -en el tiempo de la novela- romper unos lazos afectivos aplastantes.

Felipe se ha criado con su abuela en un pequeño pueblo del sur, pero también –durante largas temporadas- ha vivido en Santiago con Iquela y su madre. Felipe e Iquela escuchan de niños discutir a la abuela de uno con la madre del otro: “Nosotros las escuchábamos sin querer, sin querer saber que mi madre lo tenía que cuidar como una deuda: es lo mínimo que me debes, había dicho su abuela Elsa, esto es culpa de ustedes, por andar jugando a la guerra le pasó esto a mi Felipe, algo habrán hecho los que siguen vivos, sí, algo hicieron todos ustedes.” (pág. 195-96)

La novela de Alia Trabucco se inscribe en esa etiqueta de literatura chilena que Lina Meruane llama en su epílogo “las novelas de los hijos”. En su novela Formas de volver a casa, el también chileno Alejandro Zambra apunta: “Crecimos pensando eso, que la novela era de los padres. Maldiciéndolos y también refugiándonos, aliviados, en esa penumbra”. El propio Zambra acabará percatándose de que la novela de la dictadura de Chile también es la novela de los hijos, como le ocurre a Alia Trabucco en La resta, una novela de los hijos en la que las relaciones establecidas entre los padres acaban siendo fundamentales.

La tercera protagonista de la novela es Paloma, a que Felipe se empeña en llamar “la Gringa”. Paloma es hija de exiliados chilenos y se ha criado en Alemania. Vuelve a Chile en el tiempo presente de la novela para enterrar a su madre, muerta en Alemania, el país de origen de su familia.

Paloma le ha sido presentada al lector como personaje en la primera intervención de la voz narrativa de Iquela, que se remonta a 1988, cuando las dos eran unas niñas y los padres de Paloma han acudido a la casa de los padres de Iquela para seguir los resultados electorales de la consulta que se realizó durante la dictadura para preguntarle al pueblo chileno si quería que siguiera Pinochet en el poder, y que acabó con el NO por respuesta. Se volverán a encontrar unos veinte años después (en el presente de la novela) cuando Paloma regresa a Santiago para enterrar a su madre.
Sobre Santiago están cayendo cenizas de volcán y algunos aviones no pueden llegar al país, entre ellos el que contiene los restos mortales de Ingrid Aguirre, la madre de Paloma, que son desviados hacia el aeropuerto de Mendoza en Argentina.
Paloma, Iquela y Felipe iniciarán un viaje por carreta en una furgoneta fúnebre, llamada la Generala para, atravesando la cordillera, repatriar el cuerpo de la madre de Paloma.
Los tres jóvenes, hijos de militantes antipinochetistas, iniciarán un viaje simbólico (no en vano en esta road movie se viaja en una carroza fúnebre) en busca de una madre muerta.

La voz narrativa de Iquela es más racional y contenida que la de Felipe, y gracias a ella Trabucco consigue hacer que la trama avance. También es la voz que ocupa un mayor número de páginas en el libro. La voz de Felipe, dentro de su distorsión mental convirtiendo a todo el mundo en un muerto-vivo, acaba siendo más poética, obsesiva, detenida. Para marcar su ritmo delirante sus parlamentos están escritos sin usar puntos, tan solo largas y rápidas enumeraciones de ideas separadas por comas. También en el parlamento de Felipe abunda más el lenguaje oral, y aquí es frecuente encontrarse con un buen número de chilenismos (quiltro, huacho, guarene, chúcaro, pucha…) que le dan al texto un agradable color local.

El planteamiento de la novela (con Paloma regresando a Chile, el viaje a través de los Andes…) es muy atractivo. Quizás podría apuntar que la resolución final (no quiero entrar en detalles para no estropearle la lectura a nadie) me ha parecido un tanto apresurada, usando algún truco narrativo, que abusaba de las casualidades poco verosímiles, para acabar la historia. Pero, en cualquier caso, he de apuntar que este hecho puntual no desmerece la buena sensación que me deja esta novela. Escrita con un pulso realmente firme, con un lenguaje a dos voces muy modulado, maduro y poético, que ahonda en espacios oscuros de la historia de Chile reciente (algo con lo que podemos sentirnos bastante identificados: nosotros también tenemos nuestra dictadura, nuestros muertos), y me alegra celebrar la irrupción de una nueva y potente voz literaria en el panorama de la nueva narrativa en español. Estoy convencido de que los interesados en la literatura hispanoamericana vamos a oír hablar mucho en los próximos años de Alia Trabucco Zerán.


Nota: después de haber leído su libro y escrito esta reseña me resultó agradable poder pasarme el último viernes por la Feria, visitar de nuevo la caseta de Demipage y poder darle en persona a Alia (que firmaba esa tarde) mi enhorabuena por haber escrito una primera novela tan buena.

domingo, 14 de junio de 2015

La pecera, por Juan Gracia Armendáriz

Editorial Demipage. 398 páginas. 1ª edición de 2015.

Estuve hablando con Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) en la presentación de Los Últimos de Juan Carlos Márquez, que tuvo lugar en la librería Tipos Infames en octubre de 2014. Hablamos de ciencia ficción, principalmente de Philip k. Dick y de Stanisław Lem (de aquel día aún tengo pendiente leer Las aventuras del piloto Pirx). Fue una conversación agradable con alguien que me fue presentado como Juan y que hasta el día siguiente (gracias a Facebook) no identifiqué con el Juan Gracia que había escrito libros como Diario del hombre pálido y Piel roja, de los que yo había leído entusiastas reseñas en los suplementos culturales.

Hace unas semanas me contactó el escritor Pablo Gonz para invitarme a participar junto a él y Juan Gracia en un coloquio, que tuvo lugar el viernes 15 de mayo en la librería Cervantes y compañía. El día antes, el jueves, fue la presentación de La pecera de Juan Gracia en la librería Rafael Alberti, a cargo del escritor Juan Bonilla.

El protagonista de La pecera es Miguel Quer, profesor universitario de literatura en su cuarentena; un hombre alto, con aspecto inglés (nacionalidad de su madre). Miguel ha perdido la pasión por la enseñanza o la literatura y se ha adentrado en una autodestructiva espiral alcohólica. La pecera es la historia de una adicción.
La primera frase del libro es: “Soy malo y sentimental”. De ella habló Juan Gracia en la presentación, de este modo se describía a sí mismo uno de los hermanos Karamazov en la novela de Fiódor Dostoyevski. Y es posible que este comentario se halle alguna de las claves de la novela, porque un aire de excesos del espíritu, muy propio de la literatura rusa, recorre las páginas de esta historia.

Miguel Quer conoce en una cena -a la que le invita su amigo Pedro- a la atractiva Ana Ferrer, una exitosa arquitecta. Ana comenzó a beber como una forma de huir de los abusos a los que fue sometida por Santiago, su exmarido. Miguel y Ana deciden alquilar un chalet en una urbanización de un pueblo de la sierra madrileña. Las borracheras de la pareja pronto traerán consigo problemas de convivencia. El distanciamiento se hará más profundo a partir del momento en el que Ana toma la decisión de dejar de beber y trate de conseguir que Miguel haga lo mismo.
Miguel ha sido invitado por el decano de la facultad en la que trabaja a tomarse una baja médica por depresión, después de recibir las quejas del alumnado. Todo el tiempo libre del mundo no parece ser la mejor terapia curativa para Miguel.

Comentó Juan Gracia en la presentación del libro que había acudido a asociaciones de alcohólicos anónimos para documentarse y poder crear el personaje de Miguel Quer. Juan Bonilla apuntó que le había llamado la atención que muchos de los grandes borrachos de la literatura eran seductores (se citó por ejemplo al cónsul de Bajo el volcán de  Malcolm Lowry) y que Juan Gracia no había intentando hacer de Miguel Quer un seductor. Es cierto que en muchos casos Miguel se comporta de un modo ciertamente desagradable, brutal, reprobable, pero no tengo del todo claro que no acabe siendo un seductor. Al fin y al cabo él es el narrador de esta historia escrita con un lenguaje muy bello, una prosa que rezuma un gran hacer literario. Miguel se deja arrastrar por sus delirios alcohólicos, que le hacen imaginar las vidas de las personas con las que se encuentra (normalmente dibuja para ellos destinos turbios, depravados), y aunque de forma abierta desprecia la literatura, con la que se gana la vida, su flujo de conciencia está plagado de referencias literarias.
En más de una ocasión, Miguel habla con desprecio de la literatura, por ejemplo, en la página 174: “La literatura no ofrece respuestas. Los escritores formulan preguntas, indagan, nada más. A veces, ni eso. La literatura es un brindis inútil.” Y desde un punto de vista cínico aboga, ya en la madurez de su cuarentena, por el deseo de haber sido un emprendedor, una persona capaz de haber generado grandes cantidades de dinero. Sin embargo, su discurso está salpicado continuamente, como decía, de referencias literarias. Por ejemplo, leemos en la página 100: “Mis borracheras, tu cofradía de exalcohólicos, esos santos bebedores sin leyenda.” O en la página 216: “Pienso en Rusia como en un gran lamento. Su voz proyecta en mi imaginación los campos de mieses abonados por cadáveres ilustres: Chéjov, el médico enfermizo; Isaak Bábel, ingenuo hasta la tortura y la ejecución; Maiakovski, el fanfarrón convertido en payaso suicida; el gran Gorki lameculos; Dostoievski, un pelma que arrastraba una culpabilidad de ludópata; Tolstói, el terrateniente disfrazado de campesino, y del canto de Vania surgen también las hermosas calaveras de las zarinas Romanov; el Gulag, Putin, la mafia, bellezas desdeñosas de ojos rasgados y azules llegadas a Moscú desde pueblos remotos de los Urales, y que ahora, bajo el maquillaje, ocultan un rostro de campesina tras la barra de cualquier puticlub de carretera.”

La estructura de la novela está cuidada: empezamos conociendo a Miguel en pleno delirio alcohólico, un delirio que le lleva al enfrentamiento físico con otros hombres y a conducir de forma temeraria. Una fase en la que su mente está desatada: imaginando las vidas de cualquier que se encuentra, manteniendo conversaciones con el alcohol, al que llama Johnny (un recurso éste, el de personificar al alcohol, que ya usó Jack London, uno de los más ilustres escritores borrachos, en sus memorias tituladas John Barleycorn). Después la narración retrocede hasta el momento en el que conoce a Ana, se alcanzará desde aquí el momento temporal del inicio de la novela, y se avanzará hasta el desenlace. Además, en algunos capítulos cortos se abandona la voz narrativa de Miguel y toman la palabra otras voces que, más tarde, el lector entenderá como las de los exalcohólicos de la reunión a la que Ana consigue arrastrar a Miguel.

Miguel parece sentirse protegido cuando está bajo los efectos del alcohol. “Respiro bajo la cota de malla del alcohol.”, es la segunda frase del libro. Cuando le llegue a faltar el alcohol se preguntará qué ha ocurrido con su cota de malla.

La pecera es un libro lírico y brutal. Pese a la belleza literaria del discurso, el lector se verá superado en más de una ocasión por el cinismo y la violencia que emana de su narrador. Las imágenes creadas en la novela son poderosas, y el lector es arrastrado por sus páginas sin aliento, cautivado, horrorizado también, con el deseo de saber qué va a ocurrir con Ana y con Miguel, hasta dónde va a ser éste último capaz de llegar en su delirio alcohólico. El final –del que no quiero adelantar nada-, que podía haber llegado a ser uno de los escollos de esta narración de excesos y descensos al abismo, me ha parecido muy bien resuelto.
Juan Gracia Armendáriz me ha parecido tras leer La pecera un narrador muy maduro, que ha conseguido crear un artefacto literario (capaz de indagar en los rincones más oscuros del alma humana, como es el de la adicción a una droga) poderoso, bello, brutal, lírico y muy bien armado.

No había leído hasta ahora ningún libro de la editorial Demipage y el estreno me ha parecido muy grato. Es una buena noticia comprobar que el talento literario ya no reside exclusivamente en las editoriales en las que uno se fijaba hace quince años y que el mercado (a pesar de su mengua) se abre a propuestas cada vez más interesantes.