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domingo, 14 de septiembre de 2025

Estambul, de Orhan Pamuk


 Estambul, de Orhan Pamuk

Editorial Mondadori. 436 páginas. 1ª edición de 2003; esta es de 2006

Traducción de Rafael Carpintero

 

En la primavera de 2025 compré de segunda mano, a través de Iberlibro, dos libros de Orhan Pamuk (Estambul, Turquía, 1952), premio Nobel de Literatura de 2006. Fueron la novela El museo de la inocencia (2008) y el libro de memorias Estambul (2003). Los compré con la intención de preparar un viaje a Estambul en julio de 2025. Ya he vuelto de ese viaje. Había empezado Estambul en Madrid, unos días antes de partir, leí gran parte de sus páginas en la propia Estambul y lo finalicé en Madrid. Aunque estuve casi dos semanas en Estambul, los ajetreos del turista no me permitieron sacar demasiadas horas para la lectura.

Pamuk comienza su libro evocando su más remota infancia. Fue un niño que perteneció a la burguesía de Estambul, cuyo abuelo había creado una próspera fabrica de telas que, tras su muerte, el padre de Pamuk y su tío empezaron a echar a perder. Aunque vivió varias mudanzas, buena parte de su infancia la pasó en el llamado «edificio Pamuk», donde convivía gran parte de su familia. La familia había vivido en un palacio, pero –por problemas financieros– tuvieron que alquilarlo y pasar a vivir en el edificio anexo. Para él existían dos núcleos: el central, formado por su madre, su padre, su hermano (que le sacaba dos años) y él, y luego otro grupo más amplio con tíos y abuelos. Que se juntaran para comer, no evitaba las continúas peleas (que podían acabar en los tribunales) entre los familiares, normalmente por temas de herencias y dinero.

Tampoco eran infrecuentes las peleas entre la madre y el padre, que, durante la infancia de Pamuk, en más de una ocasión, se separaban y Pamuk pasaba a vivir con algún familiar.

Me ha gustado el capítulo intimista en el que Pamuk recrea el surgimiento de la culpa, momento que ocurre al tener erecciones involuntarias, recriminadas por terceros. También me ha interesado la relación con la religión: los Pamuk son una familia de acuerdo con la modernización del país, propuesta por Atatürk, y, por tanto, creen en la occidentalización de Turquía. Pamuk nos muestra que, de niño, tanto su familia como él, percibían la religión como propia de los pobres y uno de los lastres que impedía la modernización del país.

 

En el capítulo 4, titulado La amargura de las mansiones derruidas de los bajás: el descubrimiento de las calles, Pamuk empieza a pasar de sus recuerdos personales más privados a describir la ciudad de Estambul desde una perspectiva más general. Pamuk no empezará a hablar de los cambios que, desde el siglo XIX se han operado en el paisaje de la ciudad. Llama la atención, por ejemplo, la pasión de los estambulíes por disfrutar del incendio de las viejas mansiones de madera, muchas de ellas construidas a las orillas del Bósforo. Estos incendios debían ser muy frecuentes, todavía en la juventud de Pamuk, y se hayan documentados por los viajeros europeos que visitaban la ciudad en el siglo XIX.

Durante más capítulos, Pamuk intercala los recuerdos personales con los colectivos. Me ha gustado, por ejemplo, leer sobre las películas que se rodaban en la ciudad, durante la década del 50 y 60. En Turquía había, por entonces, una potente industria local, como en muchos más países de Europa. Luego, Pamuk podía cruzarse por su barrio con los actores que hacían de extras en las películas.

 

Hay capítulos del libro que se convierten en pequeños ensayos sobre algún tema. Así, por ejemplo, el 7, titulado Los paisajes del Bósforo de Melling, analiza los grabados que el alemán (de sangre italiana y francesa) Melling hizo en el siglo XIX de la ciudad. En este capítulo se reproducen algunos de sus dibujos y pinturas.

 

No lo he dicho aún, pero el libro está lleno de fotos, en blanco y negro. Algunas de ellas pertenecen a la familia de Pamuk y retratan su vida íntima, y otras reproducen calles de la ciudad y reproducciones de cuadros o grabados que en el pasado se hicieron de Estambul.

 

En el capítulo 10 Pamuk no hablará de la amargura de la ciudad; una amargura que acaba contagiando a sus habitantes.

Me ha impresionado el capítulo en el que Pamuk habla de los golpes que los profesores daban a los estudiantes en su escuela, de los que él se libraba por ser un buen alumno. El hecho de no haber hecho las tareas o molestar en clase podían ser motivos para recibir una buena tunda.

 

Con la idea de documentarse para su libro, Pamuk leyó viejos periódicos de la ciudad, y en el capítulo 16 recoge algunas frases que le han gustado, leídas en artículos de opinión de distintas épocas.

 

Me han gustado, sobre todo, los capítulos en los que Pamuk habla de algunos de los escritores que retrataron Estambul en el pasado. Resat Ekrem Koçu que era historiador y compuso la Enciclopedia de Estambul, que, en principio, aparecía de forma semanal en un periódico y luego se recogía en forma de libro. En esta enciclopedia, Koçu recogía hechos del pasado, centrándose en lo macabro o extravagante, y Pamuk disfrutó mucho en su juventud con ella. Me resulta curioso leer que Koçu, como historiador, estaba interesado por el pasado otomano de Turquía, al igual que el profesor de la universidad que era su maestro, y ambos tuvieron problemas por tratar este tema ante las nuevas autoridades que exigían la occidentalización del país y olvidar el pasado. Y, sobre todo, me ha interesado que Pamuk me hablara de Ahmet Hamdi Tanpinar, un novelista que, según él, es el que mejor refleja la amargura de Estambul. He buscado información sobre Tanpinar y en España lo tiene traducido la editorial Sexto Piso, con traducción de Rafael Carpintero, el mismo traductor de Pamuk y, por lo que he visto, traductor de todo (o casi todo) lo que de literatura turca llega al mundo hispano. A la novela Paz de Tanpinar la llaman el «Ulises turco», por sus juegos con las voces interiores de los personajes.

 

Pamuk nos va a hablar del que fue el barrio judío de Estambul y del barrio de los rumíes, descendientes de griegos y que, a mediados del siglo XX, aún conservaban su idioma en algunos comercios. Pamuk nos va a hablar también de las campañas políticas en contra de las minorías y el intento de que todos los habitantes de Estambul hablen turco y no otras lenguas, como aún ocurría en su infancia. He estado, en este julio de 2025, de visita en los barrios de Estambul donde Pamuk dice que vivían los judíos y los rumíes (Balat y Fener) y diría que allí ya no vive nadie, como comunidad, que hable en una lengua que no sea el turco. También nos hablará Pamuk de los ataques violentos que, en el pasado, han sufrido estas comunidades. «En mis recuerdos de infancia queda como parte de aquella limpieza cultural la manera en que se callaba a los que por la calle hablaban en voz alta griego o armenio». (pág. 278)

 

Pamuk también nos hablará de los escritores europeos, como Théophile Gautier o Nerval, que en el siglo XIX visitaron Estambul, como fuente de exotismo y como fueron creando mitos (algunos trasmitidos de unos viajeros a otros) sobre la ciudad. Muchos de estos viajeros estaban interesados, sobre todo, por el harén del sultán, una realidad, que nos dirá Pamuk, para él, en el momento –a principios del siglo XXI– que escribe el libro, le parece tan exótica como les parecía a aquellos escritores europeos. También nos hablará de que a los estambulíes, aunque tolerasen una mirada propia sobre sus miserias, no les gustaba que así la retratasen los extranjeros, como, por ejemplo, los porteadores de mercancía con multitud de cajas sobre sus espaldas.

Me ha llamado la atención la historia sobre cuando el escritor francés André Guide visitó Estambul, ya en el siglo XX, escribió un artículo ridiculizando las vestimentas de los estambulíes. Esto tuvo como consecuencia de Atatürk, en su deseo de occidentalizar el país, prohibiera aquellas vestimentas antiguas u orientales.

 

En la página 338, cuando Pamuk se dispone a contar algo personal, como eran las frecuentes peleas que tenía con su hermano, que siempre acababa perdiendo al ser dos años menos, nos dice (a modo de disculpa, más seguramente ante sus familiares que ante el lector), que a veces su memoria puede fallar y que, por tanto, el lector debe dudar de sus palabras. Literalmente escribe: «Si lo importante para un pintor no es el realismo de las cosas sino su forma, para un novelista no lo es el orden de los acontecimientos sino su estructura, y para un escritor de memorias no lo es la verdad del pasado sino su simetría».

Así que, por esta ley de simetría, ya que Pamuk empezó los primeros capítulos del libro hablando de sí mismo y de sus familiares, va a terminar el libro hablando también de sí mismo. En este sentido, el capítulo 35, titulado El primer amor, se podía leer como un relato independiente y me ha parecido una narración bellísima.

 

En primera instancia, la inclinación artística por la que Pamuk sintió atracción fue la del dibujo y la pintura, que le ayudan a salir de la realidad, a refugiarse en un espacio privado al que, de niño, quería trasladarse. También gustaba de conseguir la admiración de la maestra o de los adultos por sus conocimientos y, posteriormente, por la calidad de sus dibujos.

Pamuk empezará a estudiar arquitectura, pero en el segundo año perderá el interés y preferirá vagar por la ciudad nocturna. Su hermano mayor se ha ido a estudiar a Estados Unidos y su padre suele pasarse poco por casa, así que acabará discutiendo con su madre, que teme que deje los estudios por convertirse en pintor, algo que considera posible hacer en lugares como París, pero no en Turquía. Al final, Pamuk le dará una noticia aún más inquietante: va a dejar la universidad, pero no para ser pintor, sino escritor.

 

El estilo de Pamuk es bello y evocador, desarrollado en frases largas, en las que va introduciendo muchas matizaciones, mediante frases subjuntivas.

 

Creo que hubiera sido mejor acercarme a un libro como Estambul habiendo leído antes alguna de las novelas más famosas de Orhan Pamuk, pero al llegar ya la fecha de mi viaje a Estambul barajé la posibilidad de empezar a leer El museo de la inocencia, antes que Estambul y me pareció más sensato, dadas mis circunstancias vitales, empezar por el segundo libro. Ha sido una buena experiencia leer la mayoría de las páginas de este libro durante mi estancia en Estambul. No podría recomendar el libro como «guía turística» con la intención de que vayan a llevar al lector a lugares físicos de la ciudad, porque el libro, más bien, propone un viaje interior, un viaje hacia el espíritu melancólico de la ciudad y, en este sentido, ha logrado que mi viaje a Estambul se ha haya ido recubriendo de capas a las que no podría haber llegado de otro modo. Seguiré con el autor.

 

domingo, 20 de julio de 2025

Ciudad de cadáveres, por Yoko Ota


 Ciudad de cadáveres, de Yoko Ota

Editorial Satori. 273 páginas. 1ª edición de 1948; esta es de 2025

Traducción de Kuniko Ikeda y Marta Añorbe Mateos

Prólogo de Patricia Hiramatsu

 

Después de haber grabado para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob un vídeo titulado 10 grandes novelas japonesas del siglo XX, me di cuenta de que las lecturas que había hecho de Japón eran casi todas de hombres. Así que me propuse buscar más referencias femeninas japoneses. Por esos días, hojeando libros en la librería La Central me encontré con una novela de la editorial Satori –editorial gijonesa especializada en literatura japonesa– titulada Ciudad de cadáveres (1948), de Yoko Ota (Hiroshima, 1906 – 1963), que hablaba, en primera persona, del impacto de la primera bomba atómica lanzada contra una ciudad, Hiroshima. Le solicité el libro a la editorial Satori, con la que ya había colaborado en el pasado, y ellos me la enviaron a casa. La he leído durante mis vacaciones de profesor en Semana Santa, después de acercarme a otra obra japonesa escrita por una mujer, Mi marido es de otra especie (2016) de Yukiko Motoya.

 

A la novela testimonial de Yoko Ota le precede un prólogo de Patricia Hiramatsu, cuya lectura he dejado para el final. Yoko Ota, nacida en Hiroshima, y vivía en Tokio cuando estalló la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, en 1945 había vuelto a Hiroshima, a vivir con su madre y una hermana pequeña, madre de un bebé, huyendo de los bombardeos de Tokio. Por tanto, fue una testigo directa de lo que ocurrió el 6 de agosto de 1945, cuando el ejército estadounidense arrojó la primera bomba atómica, usada en una guerra, contra su ciudad.

En la página 71 nos encontramos con un prefacio, escrito por la autora, para la segunda edición. En él, la propia autora nos dice que escribió esta obra, entre agosto y noviembre de 1945, de forma apresurada porque pensaba que podía morir afectada la radiación del uranio, a la que estuvo expuesta y quería, antes, dejar testimonio de su vivencia. «Por este motivo no tuve tiempo de redactar Ciudad de cadáveres como una obra novelada.» (pág. 72). Más tarde leeré, en el prólogo de Patricia Hiramatsu, que cuando se publicó la versión definitiva de Ciudad de cadáveres fue señalado –por la crítica japonesa– su valor como testimonio, pero fue discutido su valor artístico, porque la obra no se adaptaba a los convencionalismos de lo que en la época se consideraba que era una novela. Ahora mismo, nos dice, Hiramatsu, con la mezcla de géneros propia de la modernidad, Ciudad de cadáveres puede encajar más en los preceptos de una novela, que en el del momento en el que fue publicada.

 

«Los días transcurren envueltos en caos y pesadillas. Incluso en un soleado mediodía de otoño, no podemos escapar del ahogo de la confusión, como si nos hundiéramos en un crepúsculo abismal.», este es el primer párrafo de la obra. La novela empieza, más o menos, un mes más tarde que el 6 de agosto de 1945, el día clave de esta historia. Yoko Ota se encuentra refugiada en la casa de unos conocidos, en un pueblo que está a 25 kms de Hiroshima. En las primeras páginas del libro nos va a hablar de la gente que la rodea, de los que van muriendo a causa de lo que llama el «síndrome de la bomba». A las personas que estuvieron cerca de la explosión el 6 de agosto, y que no murieron de forma inmediata, les empiezan a salir manchas en la piel y acaban muriendo. La propia Ota observa los cambios en su cuerpo, temerosa de que esas manchas empiecen a aparecer de repente; pero, por ahora, se trata solo de picaduras de mosquitos. Ota ya ha empezado a escribir sobre su experiencia. Por esos días, la información sobre los efectos de las personas que estuvieron cerca de la radiación del uranio es aún confusa. «Dicen que todos los que estaban a menos de dos kilómetros de la zona cero recibieron una intensa radiación térmica en mayor o menor medida. No sintieron ningún dolor y conservaron la salud durante un tiempo hasta que, de repente, empezaron a sufrir los síntomas.», leemos en la página 88 y, a continuación, Ota pasa a describir esos síntomas, tomando como referencia una noticia de un periódico de Hiroshima. Este tipo de intercalados ajenos en el texto van a ser los que, tiempo después, lleve a algunos escritores y críticos de la época a considerar que Ciudad de cadáveres no tiene valor literario. Lo cierto es que no me han desentonado. En el capítulo dos –titulado Rostros inexpresivos– es en el que se utiliza más este recurso, mostrando cifras de muertos y heridos oficiales, e informes sobre las consecuencias médicas de la bomba, firmados por personalidades como el profesor Fujiwara, de la universidad de Hiroshima, o del doctor Tsuzuki, de la universidad de Tokio.

Ciudad de cadáveres no se pudo publicar en 1945, cuando se presentó por primera vez a una editorial, debido a la censura del ejército de ocupación sobre estos temas, y, cuando se pudo publicar, por primera vez, en 1948, el editor decidió eliminar, en consenso con la autora, estar partes técnicas del capítulo 2. En la edición definitiva de 1950 se volvieron a incluir. Esta última es la versión, por primera vez en español, que nos presenta en 2025 la editorial Satori.

 

El capítulo 3 –titulado Hiroshima, la ciudad condenada– comienza con una descripción de cómo era Hiroshima antes de quedar arrasada por la bomba atómica. Así se describe la historia de la ciudad, su clima, su orografía y el carácter de sus gentes. A continuación, Yoko Ota nos narrará su propia experiencia de la bomba: «Cuando esto ocurrió, yo me encontraba en la casa de mi madre y mi hermana, en el barrio de Kyken-cho, en la zona de Hakushima, situada en las afueras de la ciudad.» Cuando la bomba cae sobre la ciudad, la mañana del 6 de agosto, ella estaba durmiendo en la planta de arriba de la vivienda. Aunque esta casi se derrumba; y a pesar de caerse las paredes, los cimientos permanecieron en pie, y ella logró bajar hasta el primer piso. Las cuatro personas (madre de Yoko, hermana, sobrina y ella misma) están vivas. No comprenden por qué empiezan a ver a personas quemadas, porque no ven ningún fuego.

Ota mostrará su rabia contra las autoridades japonesas, que parecen haber abandonado a las víctimas del bombardeo, y a la corriente bélica a la que los dirigentes llevaron al país durante la última década; y en menor medida estas quejas parecen estar enfocadas sobre los estadounidenses. Quizás aquí se aprecie el temor de que el texto no lograra pasar la censura de la época. También hará la autora algunas apreciaciones sobre el carácter de los japoneses, a los que no deja bien parados, describiéndolos como gente con poca iniciativa, pasivos y frívolos.

Los sobrevivientes casi desnudos, con la ropa hecha jirones, empezarán a deambular por la orilla del río. Sus caras y sus cuerpos se hinchan. Los vivos empezarán a convivir con los cadáveres de los muertos. «Al tercer día después del 6 de agosto, el olor a muerte inundaba la orilla del río. En cuanto se hizo la luz, descubrimos que muchos de los que el día anterior estaban vivos ahora yacían muertos en el suelo.» (pág. 172-3).

 

«–¿Cómo puedes fijarte tanto en los cadáveres? Yo no puedo ni mirarlos –me reprochó mi hermana.

–Los estoy mirando con ojos humanos y con ojos de escritora –le respondí.

–¿Vas a escribir sobre esto?

–En algún momento tendré que hacerlo. Es mi responsabilidad como escritora que ha presenciado todo esto.»

Este diálogo aparece en la página 157. Los comentarios metaficcionales, en los que la autora habla sobre el propio texto que está escribiendo, su sentido o sus técnicas narrativas, son frecuentes y dan al conjunto un aire de verosimilitud.

La narración llegará hasta el punto en el que empezó la historia y la superará desde ahí, con Ota escribiendo por las noches en la casa en la que ha sido acogida, sin luz eléctrica y sin periódicos, reflexionando, más tarde, sobre la polémica que se dio en Japón sobre si debían reconstruir la ciudad de Hiroshima o dejarla tal y como quedó después de la bomba, como recuerdo del horror y de la guerra.

 

Para finalizar el volumen se reproduce un artículo de Yoko Ota, que resume parte de la contado anteriormente, y que es un documento histórico importante. Apareció en la revista Asahi Shinbun el 30 de agosto de 1945, solo tres días antes de que las Fuerzas Aliadas intervinieran los medios de comunicación. Este fue el primer documento público en el que se habló de la bomba atómica sobre Hiroshima y sus consecuencias para la población.

 

Después de leer el libro me he acercado a las cincuenta páginas del prólogo inicial, a cargo de Patricia Hiramatsu. Aquí leeré que los escritores japoneses, testigos de los hechos, y que escribieron sobre la bomba atómica fueron solamente siete. Y solo había tres escritores profesionales que sobrevivieron a la bomba y escribieron sobre ella: Yoko Ota, Tamiki Hara y Sankichi Toge. Toge escribió poemas y los que dedicó a la bomba no han sido traducidos todos al español. De Hara leí su novela testimonial Flores de verano, publicada en España por Impedimenta.

Hiramatsu nos hablará de la turbulenta vida personal de Yoko Ota, de sus muchas parejas y de su esfuerzo por ser tomada en serio en el mundo de las letras. También será interesante ver cómo antes de la guerra escribió obras que apoyaban el esfuerzo bélico de Japón, para pasar más tarde a mantener posiciones antibelicistas, y cómo fue criticada por ello. Hiramatsu da una visión compleja de la personalidad de Ota.

 

Igual que, en el pasado, me interesó leer narrativa sobre los testigos de los campos de concentración nazis, también me resulta interesante leer testimonios sobre las víctimas de las bombas atómicas. No debemos olvidar las atrocidades del siglo XX. Ciudad de cadáveres es una narración impactante sobre estos hechos, una novela dura e impresionante sobre uno de los episodios más ignominiosos del siglo XX. Quiero leer también Lluvia negra de Masuji Ibuse y Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé sobre este tema.

domingo, 2 de octubre de 2022

Recuerdos de vida, por Juan Eduardo Zúñiga


Recuerdos de vida
, de Juan Eduardo Zúñiga

Editorial Galaxia Gutenberg. 119 páginas. 1ª edición de 2019.

 

En el verano de 2020 leí La trilogía de la guerra civil de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919 – 2020), un volumen formado por tres libros de cuentos que me gustó mucho, que tenía algunas narraciones de una calidad altísima. Como dije entonces, La trilogía de la guerra civil contiene algunos de los mejores cuentos que he leído.

Aunque en casa tengo, aún sin leer, un libro que sacó Cátedra en 2019 con las dos primeras novelas cortas de Zúñiga, El coral y las aguas e Inútiles totales, compré en la última Feria del Libro de Madrid Recuerdos de vida. No sabía que existía este pequeño libro de memorias de Zúñiga y me encapriché de él cuando lo vi en la caseta de la editorial Galaxia Gutenberg, un pequeño libro de memorias que se publicó el mismo año que Zúñiga cumplía cien años. Según una nota final, Zúñiga escribió este breve libro entre 2011 y 2018.

 

Recuerdos de vida empieza con Zúñiga rememorando una nevada que cayó en Madrid en el invierno de 1930 o 1931, un fenómeno natural que, para los ojos del niño que fue, revistió la realidad de un halo de extrañeza. La imagen inicial que Zúñiga elige para abrir su libro no parece arbitraria ni casual, ya que el autor se ha caracterizado por ser un enamorado de los idiomas y las literaturas de los países del Este y, en especial, de Rusia, de la que ha llegado a escribir algún ensayo y de la que ha traducido a alguno de sus escritores al español.

 

Los recuerdos de Zúñiga empiezan en un chalet del madrileño barrio de Prosperidad y, sobre todo, de uno de sus cuartos, en el que se encerraba a leer a autores como Julio Verne o Emilio Salgari. «Este fue mi primer espacio confidente, beneficioso por las horas que allí pasaba. Leía cuanto me era posible y dibujaba escenas de las historias que me gustaban.» (pág. 16).

En 1934, con quince años, visita por primera vez la Biblioteca Nacional, donde elaboró un diccionario de jeroglíficos egipcios, una de sus primeras pasiones. Pronto se despertó en él el gusto por el estudio de idiomas: «Siendo adolescente me puse a estudiar francés y poco después inglés, sin profesores, sólo con alguna gramática escolar y utilizando a la vez las guías para viajeros con frases hechas en ambos idiomas.» (pág. 22-23).

 

Uno de los acontecimientos de la vida de Zúñiga será que, a los trece años, un comercial de una editorial deja, por debajo de la puerta de casa, un folleto de una colección de libros, con un texto de la novela Nido de nobles del ruso Iván Turguéniev. Como ya he dicho, Zúñiga se va a enamorar de Rusia y su literatura, unas inquietudes intelectuales que, durante los años del franquismo, le van a ser difíciles de satisfacer, porque desde España se miraba con sospecha cualquier interés por aquel país. Zúñiga no acaba de contarnos si concluye sus estudios universitarios, aunque sí que apunta que acudía de oyente a clases de Filosofía en la Complutense. Sí llegaremos a saber que, mientras mantiene trabajos para ganarse la vida, como un empleo en una fábrica de discos, se dedicará a estudiar por su cuenta idiomas y la cultura de los países del Este: además de Rusia, Hungría, Bulgaria o Rumanía. Y llegará a traducir libros al español de estos idiomas, que en el Madrid de la época no le interesaban a nadie. Incluso sus primeros libros publicados serán ensayos sobre las realidades históricas de algunos países del Este. Uno de los temas más interesantes de estas memorias es ver cómo Zúñiga se evadirá mentalmente de la triste realidad del franquismo a través de las ensoñaciones e idealizaciones de los países del Este y cómo la cultura le sirve para crearse un mundo propio, una habitación propia en el fondo de su mente.

Zúñiga analiza además sus comienzos literarios, su influencia de los escritores eslavos y cómo estos hablan de la realidad a partir de lo elusivo. Así nos hablará de cómo surgió el primer relato de lo que acabaría siendo su magnífica La trilogía de la guerra civil. No hablará de la guerra mostrándonos los combates, sino a las personas del barrio de Arguelles que, después de que la población civil de la zona fuese evacuada, no dejaron sus casas porque les resultaba imposible separarse de sus pertenencias.

Aunque los tres libros de La trilogía de la guerra civil se publicaron ya en democracia, Largo noviembre de Madrid en 1980, La tierra será un paraíso en 1989 y Capital de la gloria en 2003, su gestación proviene de, al menos, la década de 1970. Imagino que más tarde, Zúñiga, que tiene fama de ser un escritor muy autoexigente, puliría esos relatos, impublicables durante el franquismo, hasta su versión final.

 

La familia de Zúñiga deja el barrio de Prosperidad y en un piso de Bravo Murillo será donde el escritor pase los tres años de la guerra, un tiempo que le dejará profundamente marcado. En 1938 será llamado a filas con la quinta de los jóvenes que cumplían entonces los diecinueve años. Será su exagerada delgadez y sus gafas lo que haga que no sea enviado al frente. Sí que tenía que acudir cada mañana a la Comandancia para recibir una instrucción. Esta experiencia le llevará a escribir su primera novela corta (rescatada ahora por Cátedra), titulada Inútiles totales.

También nos hablará de la gestación de la novela El coral y las aguas, que escribió en el desaparecido Café Michigan. Zuñiga quiso alejarse del realismo social de aquellos años, escribiendo en clave sobre los abusos del franquismo, y así trasladó su historia a una isla de la Grecia clásica. Aunque la novela la publicó la editorial Seix Barral pasaría sin pena ni gloria porque nadie entendió bien el juego de crítica de la realidad que planteaba su novela histórica.

Zúñiga no habla de modo directo del franquismo, sino ‒como aprendió de los rusos‒ de un modo elusivo, pero de puntillas se va filtrando la situación económica (su familia cayó en desgracia tras la guerra) y las duras condiciones morales de la época. Nos hablará también de las tertulias a las que empieza a acudir y de la gente que conocerá en ellas, y de las precauciones que tienen que tomar ante los confidentes de la policía política que pululaban por esos espacios.

 

Zúñiga es un escritor profundamente madrileño y, sin embargo, estas memorias, estos Recuerdos de vida, acaban pareciendo estar escritos por un escritor de un país del Este, un escritor que ha de enfrentarse al silencio de su régimen dictatorial durante unas décadas oscuras.

Recuerdos de vida es un libro bellísimo, de una vitalidad envidiable en un escritor que ha madurado estas escasas páginas durante la última década de su vida, que llegó a los ciento un años. Un libro que nos recuerda el poder balsámico de la literatura y la cultura, sobre todo durante los años más difíciles.

A ver si me acerco pronto al libro de Cátedra con las dos novelas iniciales de Zúñiga, que tienen muy buena pinta. Diría que por no haber destacado en el género de la novela, sino en el del cuento, que es más minoritario, Zúñiga no es un autor tan conocido como debería. Es uno de los grandes autores españoles de los últimos cien años, todo un maestro.

domingo, 7 de enero de 2018

Los diarios de Emilio Renzi (Un día en la vida), por Ricardo Piglia.

Editorial Anagrama. 294 páginas. 1ª edición de 2017.

Hace menos de un año leí las dos primeras partes de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Adrogué, 1940-Buenos Aires, 2017) y tenía claro que en cuanto apareciera el tercer volumen también iba a leerlo. Lo vi en el muro de Facebook de Jorge Carrión, y se lo pedí a los encargados de prensa de la editorial Anagrama, que amablemente me lo enviaron a casa.

Este tercer volumen se abre con una primera parte titulada Los años de la peste, y que abarca el periodo que va de 1976 a 1982; es decir, los años de la dictadura militar de Jorge Videla en Argentina. Como en los libros anteriores, aquí también tenemos un prólogo del propio Piglia, que le explica al lector parte del contexto en el que se escribieron las páginas del diario. Como por ejemplo, que no se fue del país porque mantenía una relación con una mujer que tenía un hijo y su exmarido no dejaba que ella sacase al niño del país.

Las anotaciones de estos años 1976-1982 son bastante más escuetas que las del volumen anterior; en gran parte, las notas se reducen a reflexionar sobre las dificultades que le supone la escritura de una novela, que acabará convirtiéndose en Respiración artificial, y en registrar los encuentros y desencuentros con los escritores argentinos. Sus amigos de los años anteriores, los escritores Manuel Puig y David Viñas, han dejado Argentina y por tanto también las páginas del diario. Los he sentido como personajes que habían desaparecido del libro injustamente. Aparecen, sin embargo, en estas páginas Andrés Rivera o Adolfo Bioy Casares y, lo que me ha sorprendido, un joven Alan Pauls: «Alan es muy inteligente y escribe muy bien. Tengo con él la misma sensación que tuve cuando leí las primeras cosas de Miguel Briante, que también a esa edad mostraba gran destreza y un estilo notable. Sin embargo parece que Alan Pauls tiene mayor futuro, Miguel terminó enredado en el mito del escritor precoz y le costaba mucho volver a escribir. Alan, en cambio, es –o intenta ser, me parece a mí– más completo, más culto, y se puede esperar de él lo mejor» (pág. 55). Miguel Briante aparecía mucho en el primer volumen de los diarios y casi desaparece en el segundo; me alegra que Piglia hable de él otra vez aquí. Tras leer el primer volumen compré Hombre en la orilla, el primer libro de relatos de Miguel Briante, y aún lo tengo en casa sin leer. A ver si me acerco a él.

En la página 32 terminan las anotaciones de 1976, exactamente el 12 de diciembre, y el año siguiente, empiezan el 6 de julio. Mientras tanto, Piglia ha pasado seis meses en la Universidad de California de San Diego. Imagino que Piglia sí hizo anotaciones en su diario durante esos meses, pero éstas han sido limpiamente sustraídas del diario. Como ya se comentó cuando aparecieron los dos volúmenes anteriores, estos libros parecen haber sido muy revisados antes de su publicación. Piglia unificó su estilo y debió de retirar de ellos las anotaciones más personales. Aquí se vuelve a recordar la historia, por ejemplo, de la mujer que le dejó porque descubrió a través de su diario que se había liado con su amiga, algo que se correspondía con el segundo volumen. Esas páginas incriminatorias no estaban allí para que el lector pudiera verificar la historia. Creo que me habría gustado leer las páginas de California. De este modo, sabiendo el lector que se encuentra ante un texto tan revisado, cuando en la página 150 no existe una palabra y está sustituida por la expresión «(ilegible)», este detalle no parece más que una coquetería auspiciada por el propio Piglia.

 Sin embargo, lo que sí que está aquí (las reflexiones de Piglia sobre el arte de la novela o de la escritura, así como sus encuentros con colegas), sigue siendo muy interesante y valioso. Como en los volúmenes anteriores, Piglia parece lamentarse de su destino de escritor, que más de una vez le parece de un peso ridículo. «Durante toda mi vida dejé todo de lado por la literatura, elegí la intemperie para preservar la libertad de trabajo» (pág. 34). «¿No es increíble (pienso de pronto) que durante veinte años haya encontrado, a pesar de todo, el impulso para escribir estos cuadernos? Estas anotaciones cerradas que señalan el presente me han sido, sin embargo, fieles años y años. Atraviesan mi vida como ninguna otra cosa, mala escritura (en sentido moral) que no sirve para nada, que no vale nada, que algún día habrá que tirar. ¿O me decidiré a pasarlos en limpio y a correr los riesgos de encontrar mi estupidez?» (pág. 39).

Las anotaciones sobre la situación social de la dictadura son relevantes: «Lo peor es la siniestra sensación de normalidad, los ómnibus circulan, la gente va al cine, se sienta en los bares, sale de las oficinas, va a los restaurantes, se ríe, hace chistes, todo parece seguir igual pero se oyen sirenas y pasan a toda velocidad autos sin patente con civiles armados» (pág. 23); o «De todos modos, en secreto celebro no irme de aquí: estoy en la segunda línea, los que estaban al frente murieron todos. Pronto los tiros llegarán a esta trinchera…» (pág. 35).

En estas páginas aparece por primera vez en el diario Alberto Laiseca, un autor argentino por el que siento curiosidad y del que creo que nunca ha llegado nada a España. Esto escribe Piglia sobre él: «Ayer encuentro con Alberto Laiseca. Un raro tipo, versión sajona de la cara de David Viñas, pero construyendo una obra mitológica, ciencia ficción y delirio, quiere irse a vivir a Estados Unidos, escribir en inglés, ser como Pynchon o como Philip K. Dick o Vonnegut. Pero es muy pobre, un pobre que cuenta los fósforos y no ya los cigarrillos, desde luego que no sabe una palabra de inglés, y sus lecturas son variopintas (como diría él, que usa siempre esta clase de expresiones), lo que escribe es muy bueno, tiene un estilo arisco muy fluido, por momentos casi un idiolecto. Vive siempre amenazado (como muchos de nosotros en esta época), pero por otros motivos esotéricos e íntimos. No puede ganarse la vida, en esto también se parece a muchos de nosotros, pero en él es una imposibilidad casi majestuosa» (pág. 65).

En este libro también aparece César Aira, y no sale muy bien parado: «En una entrevista César A. dijo que yo tenía cara de policía. Desde luego son tonterías, acusaciones, maniobras costumbristas de la literatura vigilante, que sólo alegran a los graciosos del “Premio Coca-Cola en las Artes y las Letras” que ganó Enrique F., promovido por la cultura oficial para presentar a la nueva generación» (pág. 146).

Piglia por fin publica Respiración artificial en 1980, con un buen contrato. La novela la leen Juan Carlos Onetti, José Bianco o Jorge Luis Borges (en realidad se la lee Bianco en voz alta) y recibe elogios. También se vende a buen ritmo. Todo esto, que sitúa a Piglia en la primera línea de la literatura argentina, tampoco parece hacerle feliz. De hecho, apunta que quiere dar aquí por terminado su diario, porque a partir de este momento su vida se ha vuelto ya demasiado pública y lo que le interesaba era retratar su formación como escritor.

Entonces decide dar paso a la segunda parte del libro, titulada Un día en la vida, donde crea una novela con el propio material del diario. El libro se lee entonces con mayor sensación de continuidad y de prosa trabajada, aunque –como es tradicional en Piglia– su narrativa tienda a la dispersión de temas, pero también a la reflexión brillante. Algunas de sus ideas sobre, por ejemplo, la película Pulp fiction son muy agudas.

La tercera parte de los diarios se titula Días sin fecha y creo que aquí están las páginas más brillantes de este libro. El texto se ordena en pequeñas unidades que funcionan como relatos, poéticos y filosóficos, de gran intensidad. Se mezclan de forma atractiva la baja y la alta cultura. Se habla por ejemplo de las series de David Simon The wire y Treme, que Piglia admira. También se habla aquí de la publicación de Blanco nocturno, algo que ocurrió en 2010. También de la jubilación de la universidad de Princeton y, por fin, tristemente, del avance de la enfermedad que acabaría con su vida en 2017.


Tras terminar este tercer volumen de los diarios, creo que mi favorito es el segundo, porque en él aparecían casi todos los escritores relevantes de la década de 1960 y 1970 en Argentina. Pero, desde luego, lo recomendable sería leer los tres libros seguidos. Estos diarios de Emilio Renzi se encuentran entre las obras más importantes de Piglia y, por tanto, entre las obras más relevantes que se han publicado en español en los últimos años.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El amor del revés, por Luisgé Martín

Editorial Anagrama. 272 páginas. 1ª edición de 2016.

En enero de 2014 leí La mujer de sombra, una novela que hizo sonar bastante el nombre de Luisgé Martín (Madrid, 1962). Cuando la comenté en mi blog me atreví a sacarle algún pequeño defecto, aunque lo cierto es que estaba muy bien escrita y la trama resultaba muy envolvente y perturbadora. Es un libro bastante recomendable. Sin embargo, no volví con Luisgé Martín. A veces me ocurre: me gusta el libro de un autor, pero luego no vuelvo. El azar de la lectura me lleva por otro camino. Ahora mismo me está pasando con Jonathan Lethem: hace unos años leí Chronic City, me encantó y aún no he regresado a él. Lo más inquietante es que no dejo de pensar en sus libros.

Hace unos meses conocí en persona a Luisgé Martín. Acudí a la presentación de La España vacía de Sergio del Molino (otro autor que me gusta mucho y del que tengo en casa este último libro sin leer) y Luis ejercía de presentador. Semanas después, volví a coincidir con él en la presentación del número 46 de la revista Eñe, momento en el que Luisgé pasaba a ser director de la publicación, en la que yo llevaba unas semanas comentado libros en su versión digital.

Cuando empecé a ver la portada y la sinopsis del nuevo libro de Luisgé Martín circulando por internet me interesó de inmediato su propuesta: una narración-confesión sobre su experiencia como homosexual en España. Me interesa cada vez más la literatura sobre la intimidad, me gusta saber cómo trabajan los escritores con los límites del pudor, ahora que yo también trato de escribir una novela en la que juego con ellos. Además, tuve la oportunidad de ponerme en contacto con el departamento de prensa de Anagrama y me enviaron el libro a casa antes de que estuviera en librerías (un pequeño lujo que, confieso, me genera una satisfacción infantil).

El relato de Luisgé arranca en 1977, cuando a los quince años toma conciencia de su homosexualidad, y finaliza en el presente de 2015. El hilo conductor, con pocas desviaciones, es exponer al lector las fases de la toma de conciencia de su sexualidad, lo que en realidad se convierte en una toma de conciencia de su identidad.

En los años 70, el joven Luisgé acude al colegio San Viator del barrio madrileño de Usera. En sus pasillos encontrará curas vetustos que opinan que la masturbación masculina (todo ese despilfarro de espermatozoides) no es más que un asesinato masivo; así que lo mejor será no preguntarles, ni a ellos ni a nadie más, qué opinan de la homosexualidad.

Luisgé nos relata un viaje inverso al del famoso personaje de Kafka: cómo pasó de ser un insecto −una cucaracha, se llama a sí mismo, recordando la vergüenza de la época− a considerarse una persona.

Los primeros capítulos del libro son conmovedores y terribles. El narrador se hace la promesa de no hablar nunca de sus sentimientos con nadie y de no sucumbir a sus deseos homosexuales. Sin poder escapar a la moral de la época, heredera del franquismo católico, el joven Luisgé considera que la homosexualidad es una aberración y que, por tanto, no debe caer en ella. Serán años de soledad y frustraciones, de refugiarse en la lectura y la escritura (en sus relatos de entonces los protagonistas tendrán problemas de identidad pero nunca se nombrará, sin embargo, la homosexualidad).

En el libro se repite una máxima de François de La Rochefoucauld: «Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos». La ocultación de la homosexualidad, entendida por un joven desorientado como un problema ante la sociedad que le ha tocado vivir, no será completa si no es ante uno mismo. Quizá sea éste uno de los temas más espinosos y terribles del libro: cómo el joven Luisgé, sabedor de su condición homosexual, tiene que luchar contra su propia homofobia. Rezará a Dios para que le gusten las mujeres, se sentirá culpable cuando acuda a los urinarios de la estación de Atocha para ver cómo se comportan los homosexuales, y llegará a tratar de seguir una terapia psicológica conductista para relacionar el deseo de los hombres con sentimientos negativos y el de las mujeres con positivos. Leído ahora, todo esto es de una ingenuidad desoladora. Habrá conocidos que se casarán con mujeres a las que nunca harán felices, que se suicidarán, que sufrirán desequilibrios emocionales severos.

Si he escrito antes que los primeros capítulos del libro son conmovedores y terribles, la segunda mitad baja un poco el listón del dramatismo y se centra en otro problema que aún queda por resolver: el narrador ya se ha aceptado a sí mismo como homosexual y puede hablar de ello con los demás, incluso disfrutará al acudir a los locales de copas de ambiente gay, de los que antes renegaba por considerarlos un gueto de perversión. Se puede perder en la promiscuidad, pero él siempre ha aspirado al amor. Como su propio título indica, ésta es una historia de aceptación de la homosexualidad, pero en otra capa más honda es también una historia sobre la búsqueda del amor, y el deseo de conseguir una relación de pareja estable. Quizá he echado de menos algunos temas que quedan sólo presentados, como las escuetas páginas dedicadas a la época de promiscuidad, a la que me hubiera gustado que dedicara más espacio.

Para escribir su libro, Luisgé ha consultado algún diario que escribió entonces −del que podemos leer algún fragmento−, también alguna de las cartas que conserva de la época, ha hablado con amigos de las épocas evocadas aquí y, por supuesto, ejercita la memoria, sin que falten en el texto comentarios sobre los posibles fallos del recuerdo o sus limitaciones. La narración es también reflexiva, abundando en citas de otros escritores. Gran parte de la efectividad de la prosa se sustenta en su carencia de énfasis. Un ligero humor negro está presente, aunque nunca llega a ser un hilo conductor de la historia (como podía ocurrir en No se lo digas a nadie de Jaime Bayly, otra terrible confesión de homosexualidad, camuflada en este caso de novela).

Creo que uno de los aspectos que más me ha fascinado de este libro ha sido que me ha hecho mirar hacia la década de 1980, en la que yo era un niño o un adolecente, y reconocerla, pero además vista con otros ojos, alumbrándome aspectos de esta época hasta ahora desconocidos. Así, El amor del revés se convierte también en un documento sociológico de la época. Me ha hecho volver a replantearme mis creencias sobre algunas verdades que tenía asumidas sobre esos años. Veía, por ejemplo, a «la movida madrileña» como una explosión de júbilo y libertad juveniles en contra del nacionalcatolicismo de las décadas anteriores, pero ni siguiera en aquel contexto personajes públicos tan significativos como Pedro Almodóvar se atrevían a hablar en público de su homosexualidad. «Ni los más bárbaros y heterodoxos tenían el valor de desnudarse», escribe Luis en la página 62.


El amor del revés es un libro conmovedor, duro, inteligente y reflexivo, que mira hacia nuestro pasado reciente desde una perspectiva nueva y nos muestra otra de sus caras. Sé que la aspiración de una obra literaria no debe ser la de «educar» y que a la literatura no le corresponde aspirar a la «utilidad» ciudadana, pero también considero que ésta sería una sociedad mejor si mucha gente leyera un libro como El amor del revés y pudiera interiorizarlo, saber cuál es el dolor que engendran los prejuicios y la incomprensión del otro. El amor del revés me parece un libro «necesario», en el mejor de los sentidos.

domingo, 22 de noviembre de 2015

La trilogía de Auschwitz, por Primo Levi

Edición de El Aleph y no de
Círculo de Lectores
Editorial Círculo de Lectores. 539 páginas. 1ª ediciones de 1947, 1963 y 1986; ésta es de 2004.
Traducción de Pilar Gómez Bedate
Prólogo de Antonio Muñoz Molina

A finales del curso pasado me propusieron dar en el colegio donde trabajo una charla sobre literatura, la idea era hacerlo sobre los libros que yo mismo escribo, pero me pareció un tema con el que no acababa de sentirme cómodo y propuse darla sobre Primo Levi (Turín, 1919 – 1987). Durante una temporada importante de tiempo estuve bastante interesado por el tema de los campos de concentración y el nazismo, y leí bastante bibliografía sobre el tema. Y siempre, por más libros que leía, me pareció que el testimonio más relevante de todos era al que había llegado primero, el de Primo Levi, cuyo libro Si esto es un hombre lo leí con unos veinticinco años. Lo compré en la FNAC de Callao, y ya no recuerdo de dónde había sacado la referencia. Los otros libros que componen su llamada Trilogía de Auschwitz los leí de la biblioteca de Móstoles, y entre un libro y el siguiente pasaron años. Luego también leí algunos de sus libros de relatos, como Lilít y otros relatos o El sistema periódico, que completaban los tres anteriores con información y detalles que habían quedado fuera de ellos.

Durante muchos años, mis padres fueron suscriptores del Círculo de Lectores. En algún momento, a comienzos del nuevo milenio iniciaron una colección de la memoria que me interesaba: libros sobre la vida de los judíos durante la ocupación alemana, sobre los campos de concentración nazis o soviéticos; siempre relatos testimoniales; la colección estaba a cargo de Antonio Muñoz Molina, gran conocedor del tema. La colección se quedó a media porque Muñoz Molina se fue a vivir a Nueva York, y dejó de hacer los prólogos. Llegué a comprar seis u ocho libros de esta colección, y creo que aún tengo dos sin leer. Así que compré en el Círculo de Lectores, en un volumen, la Trilogía de Auschwitz, que ya había leído; y en vez de releerla de forma inmediata, se la dejé a algunos amigos. Es ahora, en este verano de 2015, cuando yo he tomado el libro para leerlo. Creo que es una buena experiencia leer los tres libros seguidos, su sentido de la unidad es muy fuerte.

Si esto es un hombre está escrito en unos cuantos meses, poco después de que Levi consiguiese regresar a su casa de Turín y reincorporarse a su vida de civil. Por las noches se quedaba en la fábrica en la que había empezado a trabajar como químico y redactaba por escrito los recuerdos de lo que le había acontecido en Auschwitz. Desde su regreso no podía dejar de contar a cualquier persona su experiencia traumática. Recuerdo que una de las cosas que más me impresionó de mi primera lectura de este libro fue que Levi, al igual que otros presos del campo, soñaba, además de con comida (algo normal para personas infraalimentadas), con que regresaba a su casa, conversaba con sus familiares y amigos, les contaba lo que le había ocurrido y nadie le creía o le escuchaba. “Aquí está mi hermana, y algún amigo mío indeterminado, y mucha más gente. Todos están escuchándome y yo les estoy contando precisamente esto: el silbido de las tres de la madrugada, la cama dura, mi vecino, a quien querría empujar, pero a quien tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. Les hablo también prolijamente de nuestra hambre, y de la revisión de los piojos, y del Kapo que me ha dado un golpe en la nariz y luego me ha mandado a lavarme porque sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, el de estar en mi casa, entre personas amigas, tener tantas cosas que contar: pero no puedo dejar de darme cuenta de que mis oyentes no me siguen. O más bien, se muestran completamente indiferentes: hablan confusamente entre sí de otras cosas, como si yo no estuviese allí. Mi hermana me mira. Se pone de pie y se va sin decir palabra.
Entonces nace en mí un dolor desolado, como ciertos dolores que apenas se recuerdan de los primeros años de la infancia: es el dolor en su estado puro, sin templar por el sentimiento de la realidad ni por la intrusión de circunstancias extrañas, semejantes, a aquellos por los que los niños lloran; y es mejor que vuelva a salir a la superficie, pero esta vez abro los ojos deliberadamente, para tener frente a mí la garantía de estar efectivamente despierto.
Tengo el sueño delante, caliente todavía, y yo, aunque despierto, estoy todavía lleno de su angustia: y entonces me doy cuenta de que no es un sueño cualquiera, sino de que desde que estoy aquí lo he soñado no una vez, sino muchas, con pocas variantes de ambiente y de detalle. Ahora estoy enteramente lúcido, y me acuerdo de que ya se lo he contado a Alberto y de que él me ha confiado, para mi asombro, que también lo sueña él, y que es el sueño de otros muchos, tal vez de todos. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué el dolor de cada día se traduce en nuestros sueños tan constantemente en la escena repetida de la narración que se hace y nadie escucha?” (pág. 70-71)

Primo Levi pertenece a una familia de Turín de origen judío sefardí, pero no eran judíos practicantes. En realidad, Levi llega a interesarse por su identidad judía después de que las leyes raciales se aprobaran en Italia en 1938. En 1941 se licenció en Química por la universidad de Turín, summa cum laude. En septiembre de 1943 se une a un grupo de partisanos. La Milicia fascista le captura el 13 de diciembre de ese año y al declararse como «ciudadano italiano de origen judío» elude ser fusilado, pero es entregado al ejército de ocupación alemán.
El 22 de febrero de 1944 es enviado en un tren a Auschwitz, entonces el nombre de un lugar desconocido. De los 650 judíos de este tren sobrevivieron 20.
“Entre las 45 personas de mi vagón tan sólo 4 han vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el vagón más afortunado.” (pág. 30)
Levi llega al campo de la Buna-Monowitz, un campo relativamente pequeño, perteneciente al complejo de Auschwitz. El choque de la realidad del campo con su experiencia vital es enorme: desnudo, con la cabeza rapada, tras evitar la selección que le hubiera condenado de forma directa a la cámara de gas, ingresa en el campo. Allí no va a encontrarse con la solidaridad de los compañeros, sino con las burlas por ser nuevo, por tanto vulnerable y con pocas posibilidades de aguantar muchos meses. Esta sensación de extrañeza está magistralmente explicada en Los hundidos y los salvados, el tercer libro de la trilogía, más ensayístico: “Se ingresaba creyendo, por lo menos, en la solidaridad de los compañeros en desventura, pero éstos, a quienes se consideraban aliados, salvo en casos excepcionales, no eran solidarios: se encontraba uno con incontables mónadas selladas, y entre ellas una lucha desesperada, oculta y continua. Esta revelación brusca, manifiesta desde las primeras horas de prisión –muchas veces de forma inmediata por la agresión concéntrica de quienes se esperaba que fuesen los aliados futuros-, era tan dura que podía derribar de un solo golpe la capacidad de resistencia. (…) Rara vez ocurría que su llegada fuese saludada no digo ya como la de un amigo sino por lo menos como la de un compañero en desgracia; en la mayor parte de los casos, los antiguos (y uno se hacía antiguo en tres o cuatro meses, el paso a esa categoría era rápido) manifestaba fastidio o abierta hostilidad. El «nuevo» (…) era envidiado porque parecía tener todavía el olor de su casa. Era una envidia absurda porque, en realidad, se sufría mucho más durante los primeros días de prisión que después, cuando ya la costumbre por una parte y la experiencia por otra permitían armarse algún reparo. Era ridiculizado y expuesto a bromas crueles, como sucede en todas partes con los «reclutas» y con las ceremonias de iniciación en los pueblos primitivos. Y no hay duda de que la vida en el Lager comportaba una regresión, reconducía a comportamientos, precisamente, primitivos.” (pág. 412-413)

La narración de Si esto es un hombre avanza de forma lineal, pero a veces se hacen apartes en el texto cuando Levi quiere explicar cómo funcionaba una realidad concreta del campo o de las relaciones que se establecían allí. Así, por ejemplo, la parte en la que describe la llamada Bolsa, donde los prisioneros intercambiaban mercancías, es especialmente llamativa.
Primo Levi consiguió sobrevivir al campo por una serie de casualidad, que el achaca a la suerte, y que se materializan en aspectos como los siguientes: es de tamaño pequeño, lo que puede ser un inconveniente frente a los abusones, pero su cuerpo necesita menos calorías para resistir; es joven y despierto, por ejemplo, comprende rápidamente que para sobrevivir necesita aprender alemán, y con raciones de pan (la moneda de suo común en el campo) pagará a un compatriota que conoce el idioma para que le dé clases; es químico, y la Buna es un campo en el que se pretende fabricar caucho sintético, después de superar un examen pasará al laboratorio, y trabajar bajo techado es fundamental en Auschwitz; además entra en contacto con Lorenzo, un italiano libre, que trabaja en el campo de albañil, que le suministrará rancho extra –jugándose la vida para ello, como sabremos más tarde, por las páginas de Lilít y otros relatos-, así acaba el capítulo en el que habla de Lorenzo: “Ahora bien, entre Lorenzo y yo no sucede nunca nada de esto. Por el sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse.
Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los políticos, los criminales, los prominentes grandes y pequeños, hasta los Häftlinge indiferenciados y esclavos, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna.
Pero Lorenzo era un hombre; su humanidad era pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre.” (pág. 128)
Esta página en la que Levi habla de Lorenzo es muy significativa y contesta a la pregunta implícita en el título del libro, Decidme si esto es un hombre. Levi, a pesar de todas las afrentas, siempre identifica la idea de hombre con la de la razón y la bondad, nunca sucumbe al odio, y esto hace que sus palabras se conviertan en más esenciales y definitivas.

La tregua comienza donde termina Si esto es un hombre: Primo Levi se encuentra en enero de 1945 en la enfermería del Lager de Buna-Monowitz. Los nazis han abandonado el campo, debido a la inminente llegada de los rusos. Semanas antes Levi había contraído la escarlatina, lo que paradójicamente le salvará la vida una vez más (cuando uno lee los testimonios de los supervivientes de Auschwitz siempre tiene la impresión de estar leyendo la historia de superhéroes, de gente a la que las balas pasan silbando a su alrededor, pero que nunca les alcanzan. Por simple lógica sólo podemos leer los testimonios de los supervivientes, aquellos que por un cúmulo de casualidades consiguieron vivir para contarlo). Cuando los nazis inician la evacuación del campo, los presos sanos se van con ellos, con la idea de trasladarlos a otro campo y de borrar la presencia de testigos. Casi todos los judíos que se fueron en esta marcha murieron en el camino; entre ellos Alberto, el compañero inseparable de Levi. Muchos son también los enfermos que se quedan en el campo y mueren. Levi sobrevive otra vez más y va a caer bajo la tutela de los rusos.
Las primeras páginas de La tregua son tremendas, sobre todo cuando habla de los niños que aparecen entre los supervivientes; pero en el tercer capítulo la tensión dramática se relaja y Levi nos contará las peripecias que vive en el Este de Europa hasta que puede regresar a su casa de Turín, casi un año después de la liberación de Auschwitz, en un tono más alegre, más novelesco, con más placer por la pura narración. En algún momento La tregua llega a convertirse en una novela picaresca, sobre todo cuando describe a personajes como el Griego o su amigo Cesare, tipos con una capacidad innata para sacar partido a cualquier situación, vendedores (o charlatanes) puros. Si en Si esto es un hombre, además de estremecerse el lector podía sonreírse ante alguna apreciación irónica sobre el carácter ordenado de los alemanes, en La tregua hay escenas verdaderamente cómicas, con las que me he vuelto a reír a carcajadas. Una descripción fascinante de una Europa patas arriba, mientras los ejércitos se desmovilizan. Al acercarse a casa, el último tren tiene que pasar por Viena: “Volvimos a nuestros vagones con el corazón agobiado. No habíamos experimentado ningún gozo sino pena, viendo a Viena deshecha y a los alemanes doblegados; no compasión sino una pena más profunda que se confundía con nuestra propia miseria, con la sensación pesada, inminente, de un mal irreparable y definitivo, omnipresente, anidado como una gangrena en las vísceras de Europa y del mundo, simiente de futuros males.” (pág. 380-381).
Y las aventuras del viaje han de chocar con la realidad en el último capítulo, el titulado El despertar. “Llegué a Turín el 19 de octubre, después de treinta y cinco días de viaje: la casa estaba en pie, toda mi familia viva, nadie me esperaba. Estaba hinchado, barbudo y lacerado, y me costó trabajo que me reconociesen.” Y volverá a soñar que todo es irreal, que sigue en el Lager y nada de lo que está fuera de él es verdad.

Si esto es un hombre fue rechazada en 1947 para su publicación en la prestigiosa editorial italiana Einaudi. Años después se supo que la lectora que rechazó el libro de Primo Levi fue la escritora Natalia Ginzburg, judía y antifascista, y cuyo marido fue un deportado a los campos nazis. Esto nos da una idea de que en la Europa de la postguerra no se quería recordar. El libro se publicó en una editorial bastante más modesta, con una tirada de 2.500 ejemplares, de los que en 1966 aún quedaban 600 sin vender. Pero Einaudi rectificó y en 1957 relanzó Si esto es un hombre, con gran éxito y traducciones a muchos idiomas. Mientras tanto Levi había seguido trabajando como químico.
En 1963 publicó La tregua. Después pudo dedicarse a dar charlas sobre su experiencia y publicó más novelas y libros de cuentos.

Los hundidos y los salvados fue su último libro, publicado en 1986. Es un ensayo, en él Levi vuelve sobre algunas cuestiones fundamentales de su experiencia; unas reflexiones que cierran el círculo de los interrogantes abiertos en los libros anteriores. Una de las ideas más importantes de las que habla en este libro es de lo que él llama la “zona gris”, la constatación de que no se puede distinguir de forma clara y precisa entre los verdugos y víctimas, entre el bien y el mal, que sus fronteras a veces son difícil de determinar. Siempre he tenido la impresión de que al ver películas como La lista de Schindler, si el espectador no ha leído antes libros como los de Primo Levi se va a llevar del drama del Holocausto una visión parcial. En la película de Spielberg la delimitación entre buenos y malos parece muy clara. En la realidad no estaba tan claro todo esto, o más bien el estado totalitario que fue el nazismo acaba corrompiéndolo todo. Ya he hablado de las impresiones de Levi sobre su llegada al campo, cuando los otros presos son eran sus aliados naturales. Uno de los detalles que más me ha llamado la atención de estas páginas es el análisis que hace de los Kapos, los jefes de barracón, brutales y feroces, normalmente. Estas personas solían ser presos políticos o criminales, pero también podían ser judíos. Hay una frase en Si esto es un hombre que me deja helado: “Éste no es un Kapo molesto, porque no es judío y no tiene miedo a perder el puesto.” Un jefe de barracón no judío era preferible a uno judío; porque si aquél no era lo suficientemente severo podía perder su puesto privilegiado (con menos desgaste físico y mejor alimentación) y volver a ser un preso común, con más posibilidades de morir de agotamiento y de ser señalado en la elecciones periódicas para la cámara de gas. Impresionantes también son los comentarios sobre los SonderKommandos (las Escuadras Especiales): formados por judíos que debían imponer el orden a los recién llegados para que fuesen a las cámaras de gas, de sacar los cadáveres de allí, quitarles los dientes de oro; llevar los cuerpos al crematorio; sacar las cenizas y hacerlas desaparecer. Por este trabajo se les alimentaba mejor y si se negaban irían directamente a la cámara de gas, y además sabían que estaban condenados porque estas Escuadras se renovaban cada unos meses. El juego perverso de los nazis era intenso: forzaban a los judíos a hacer los trabajos más sucios para envilecerlos, para transmitirles la culpa.
Otra reflexión es también terrible: “sobrevivimos los peores”. Los mejores, los que cumplían las normas, no robaban o no trataban de sacar algún partido de cualquier situación morían pronto. Muchos presos que aguantaron años en el campo, en las condiciones más duras, se suicidaron tras la liberación. Dice Levi que suicidarse es propio de humanos y no de animales (condición a la que quedaba reducido el preso común).

En 1982 Primo Levi rechazó de forma pública las matanzas palestinas de los campos de Sabra y Chatila. Nunca permitió que el sionismo de Israel se aprovechase en su favor de su palabra. Tal vez esto contribuyó al aislamiento de sus últimos y años, y no mucho después de escribir la cruda Los hundidos y los salvados, en 1987 muere al caer por la escalera interior de su casa de Turín (un tercer piso). Se supone que fue un suicidio, aunque no todas las voces concuerdan el esto.

En definitiva esta Trilogía de Auschwitz contiene algunas de las páginas fundamentales que se han escrito sobre el siglo XX. En el colegio en el que trabajo, en primero de bachillerato se hacía en la tutoría una actividad que consistía en contar a los demás quién era la persona a la que más admiraban. Cantantes, deportistas, algún familiar… Siempre pensé que si tuviera que hacer yo la actividad y no dirigirla, mi elección hubiera estado clara: les habría hablado de Primo Levi. Y con esta frase empecé la charla que di en el colegio sobre Levi. La hice dos veces, estuve más de dos horas (en las dos ocasiones) hablando de Primo Levi a unos cuantos de mis compañeros de trabajo. Si conseguí un lector para mi admirado Primo Levi todo habrá merecido la pena.