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domingo, 7 de marzo de 2021

Cuentos, por Thomas Wolfe

 


Cuentos, de Thomas Wolfe

Editorial Páginas de espuma. 921 páginas. Publicado en 2020, cuentos de 1920-1938.

Traducción de Amelia Pérez de Villar.

 

Durante las vacaciones de Navidad de 2018 y los comienzos de 2019 leí seguidas las dos grandes novelas de Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900 – Baltimore, 1938) traducidas al español: El ángel que nos mira (editorial Valdemar) y Del tiempo y el río (editorial Piel de Zapa). Desconozco por qué nadie ha traducido sus otras dos novelas: The web and the rock y You can't go home again.

En realidad El ángel que nos mira y Del tiempo y el río son la misma novela, ya que la segunda comienza justo cuando acaba la otra, con el mismo protagonista y la misma voz narrativa. Esta gran novela, de trasfondo autobiográfico, está protagonizada por Eugene Gant, del pueblo de Altamont en Carolina del Norte. Altamont es un trasunto de su Asheville natal. El padre de Eugene ‒igual que el de Thomas Wolfe en la realidad‒ es escultor de adornos fúnebres. El ángel al que alude el título de la primera novela es una figura que el padre había tallado y dejado a las puertas de su casa. En estas dos novelas podemos seguir la vida de Eugene Gant desde que es un niño sensible, en un pueblo sureño, hasta su vida adulta en Nueva York como profesor universitario y escritor, y sus viajes por Europa. Una narrativa que considero que influyó en escritores norteamericanos posteriores tan dispares como Jack Kerouac, Henry Roth, Philip Roth o Charles Bukowski. Según William Faulkner, Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Es decir, y digamos ya, Thomas Wolfe es uno de los grandes pilares de la narrativa norteamericana.

 

Además de las dos novelas que comento, en España habían sido publicadas, en la editorial Periférica, cinco novelas cortas de Wolfe, o tal vez cuentos largos. Estas cinco narraciones aparecen contenidas en los Cuentos publicados ahora por Páginas de Espuma.

El libro se abre con un interesante prólogo de su traductora, Amelia Pérez de Villar, que nos habla de la esencia autobiográfica de la narrativa de Thomas Wolfe. Pérez de Villar ha hecho un gran trabajo para este libro, sin duda.

El primer cuento se titula Un ángel en el porche y su lectura me lleva de nuevo al pueblo de Altamont, a la familia Gant y a ese simbólico ángel de piedra que el padre de Eugene ha tallado y ha situado en la puerta de la casa familiar. Es decir, en unas pocas páginas, después de dos años, estoy otra vez de regreso al mundo autorreferencial de Thomas Wolfe.

El tren y la ciudad, el segundo relato, parece ‒igual que el primero‒ un capítulo arrancado de El ángel que nos mira. Y en gran medida, entiendo que, sobre todo en el primer tercio del libro, Thomas Wolfe está escribiendo, usando el material de sus recuerdos como materia prima, y no está considerando si escribe el capítulo de una novela, un relato o una novela corta, simplemente escribe.

 

Enseguida empiezo a considerar que la lectura de estos Cuentos ha de ser diferente para alguien que haya leído las dos novelas traducidas de Wolfe y para alguien que no lo haya hecho. Para mí es una gozada volver a aquel mundo ficcional con el que tanto disfruté hace dos años, con su misma voz narrativa, ambiciones artísticas, obsesiones y recuerdos. Para un lector que se acerca con este libro de cuentos por primera vez a la obra de Wolfe las sensaciones han de ser diferentes, y no por ello peores. Estos no son cuentos que se inscriban de una forma clara en la llamada «tradición norteamericana», que en gran medida procede de la asimilación del modelo cuentístico de Antón Chejov. Es decir, si un cuento canónico de estilo norteamericano puede ser uno escrito por un autor como Raymond Carver (el mejor discípulo de Chejov, a mi entender), donde nos encontramos dos historias, una más evidente y otra más subterránea (que es la que tiene más fuerza para los personajes) y un final epifánico, los cuentos de Wolfe no funcionan así. Los suyos son narraciones poéticas que evocan instantes importantes para el narrador. Su fuerza es la de la poesía y la del misterio de la vida y el recuerdo, pero sin un desarrollo narrativo de introducción-nudo-desenlace, eludiendo la idea de una sorpresa final. Uno de los grandes autores norteamericanos que ha influido sobre estos relatos es el poeta Walt Whitman y sus descripciones del hombre norteamericano corriente y los grandes espacios del país. Diría que, en algunos momentos, Whitman influye para mal en Wolfe, porque los cuentos que menos me han gustado de este volumen (con un nivel medio muy alto) son aquellos en los que ya casi no hay anécdota o recuerdo y el narrador empieza a hablar de la magnificencia de los grandes espacios norteamericanos con un exceso de grandilocuencia. Esto me ocurre en un cuento como El prólogo de América, que comienza así «Una noche de luz refulgente sobre toda América. Al comenzar la acción se nos revela el esqueleto y el cuerpo del continente americano de este a oeste.» (pág. 604), y hay algo que, tal vez funcione en un poema, pero que no funciona en este tipo de cuentos de Wolfe. Dicho esto, debo añadir que en un libro de 921 páginas y 58 narraciones, en el que el autor prueba diferentes texturas y tonos, lo comentado es apenas una mácula en un corpus magnífico.

 

Debo señalar que el libro, entre otras virtudes, tiene la de mostrarnos una época, el primer tercio del siglo XX norteamericano. El ángel que nos mira se publicó en 1929; si no recuerdo mal, una semana antes del crack. En estos cuentos están los recuerdos de principios de siglo de un joven, y también está reflejada la locura del boom inmobiliario de los años 20, al que sucumbió la madre del narrador, y que queda retratada en el irónico cuento Boom Town, la ciudad del boom inmobiliario, que, recordando la crisis de 2008-14, no puede tener más vigencia.

En algunos cuentos, narradores muy mayores evocan sus andanzas durante los días de la guerra civil norteamericana como soldados sureños, uniendo a unas generaciones con otras. Esto ocurre, por ejemplo, en Chickamauga y en El caballero emplumado.

 

La muerte, ese hermano orgulloso y No hay puerta son dos novelas cortas emparentadas. En la primera el narrador nos describe varios momentos en los que se ha topado con personas muertas en la gran ciudad de Nueva York, y en el segundo varios momentos en los que sintió un claro extrañamiento ante la vida. Van seguidos en el libro y uno los puede leer como si se tratasen de la misma novela, porque la voz narrativa es la misma. En gran medida, estos cuentos se pueden leer como si fuesen una novela, una novela sobre un escritor que además de contar su vida, de vez en cuando, escribe una narración de ficción.

 

Hacia la mitad del libro nos encontramos con cuentos que podrían entrar en la tradición norteamericana de forma más clara. Ya no siempre nos enfrentamos a la misma voz narrativa, y se puede tratar de una narración con sorpresa final. En este sentido es muy destacable el cuento En el parque, con una protagonista femenina que recuerda a su padre antes de que muriera. Un relato muy bello, que me ha hecho pensar en Francis Scott Fitzgerald.

Uno de los grandes temas de la narrativa de Thomas Wolfe es el tiempo, la idea del paso del tiempo y la necesidad del narrador de retenerlo, gracias a sus escritos y recuerdos. Imagino que Wolfe fue un lector aventajado de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En cualquier caso, las narraciones de Wolfe (menos cuando vuelcan por el lado de la grandilocuencia) son mucho más dinámicas que las de Proust. «Y volví a sentir la conmovedora evocación del tiempo perdido», leemos en la página 532. En este sentido me ha parecido maravilloso el cuento Katamoto, donde el narrador recuerda a un escultor japonés que conoció en la gran ciudad, «sabiendo que esas cosas se pierden en el tiempo y ya nunca regresan.» (pág. 532)

 

La novela corta El muchacho perdido me lleva de nuevo a El ángel que nos mira, puesto que esta narración evoca, con más detalles, la muerte de un hermano de Eugene Gant, algo que ya conocía por la novela. El muchacho perdido y El ángel que nos mira son narraciones coherentes dentro de un mismo mundo ficcional.

 

En otras narraciones, sobre todo en las que están ambientadas en Europa, donde Wolfe pasó ocho años, me han recordado más a lo contado en Del tiempo y el río. Respecto a esto son muy interesantes los cuentos en los se habla del ascenso del nazismo en Alemania, como en El oscuro Mesías. Varias de estas narraciones europeos están protagonizados por un escritor llamado George Webber que, según descubro consultando internet, es el protagonista de las novelas no traducidas al español The web and the rock y You can't go home again. En estos cuentos aparece un tercer alter ego escritor que sería el Joseph Doaks de Semblanza de un crítico literario.

 

Una de las cosas que me más me atraen del tramo final del libro es que Wolfe narra sucesos de su vida posteriores a los de El ángel que nos mira y Del tiempo y el río, y así habla por ejemplo de su relación con los críticos y editores (Semblanza de un crítico literario y El Viejo Rivers), con los escritores irlandeses que en Estados Unidos se consideran siempre geniales (Sobre los leprechaun), relatos llenos de ironía y sarcasmo. También habla de la recepción de su obra en su pueblo natal, donde la publicación de El ángel que nos mira supuso un pequeño escándalo, ya que muchos de sus vecinos se vieron retratados en la novela. Esto se cuenta, por ejemplo, en El hijo pródigo, un cuento que tuvo que leer el Philip Roth que luego escribió Zuckerman encadenado, donde décadas después habla del mismo problema.

 

En resumen, si alguien ‒como yo‒ ha leído y disfrutado las novelas de Thomas Wolfe El ángel que nos mira y Del tiempo y el río este volumen de Cuentos le va a encantar, porque va a poder completar el maravilloso mundo autorreferencial de Thomas Wolfe. Si alguien no ha leído esas novelas, estos Cuentos le van a descubrir a uno de los más grandes autores norteamericanos, le van a abrir las puertas de un nuevo mundo, y lo lógico sería que le hicieran correr hacia las novelas mencionadas.

Si el final del siglo XIX literario de Norteamérica está constituido por nombres como Walt Whitman, Herman Melville y Mark Twain, y el siglo XX por Ernest Hemingway, William Faulkner, Henry Roth, Jack Kerouac o Philip Roth, Thomas Wolfe bien podría ser una suerte de puente entre un siglo y otro, el eslabón perdido de la narrativa norteamericana en su cambio de siglo.

domingo, 26 de mayo de 2019

Del tiempo y el río, por Thomas Wolfe


Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe

Editorial Piel de Zapa. 690 páginas. Primera edición de 1935, ésta es de 2013.
Traducción de Maruja Gómez Segalés

A través de Twitter entré en contacto con la editorial Piel de Zapa, cuyos editores me ofrecieron su última novedad para reseñarla. Les comenté que el libro que realmente me apetecía leer y reseñar de su catálogo, en ese momento, era Del tiempo y el río de Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900 – Baltimore, 1938) y ellos muy amablemente me lo enviaron al colegio donde trabajo.

Hacía ya años que había hojeado (más de una vez) esta novela en alguna librería y había pensado que, en algún momento, tenía que acometer el viaje literario de leer seguidos El ángel que nos mira y Del tiempo y el río, las dos grandes obras de Wolfe. Una vez aceptado el envío de esta última novela, la decisión ya estaba tomada. Entre los dos libros leí, en un fin de semana, una novela corta de otro autor, pero salvo este pequeño paréntesis he estado prácticamente dos meses dentro del mundo de Thomas Wolfe.

Sabía que la escritura de Thomas Wolfe era principalmente autobiográfica, pero no estaba seguro de hasta qué punto se podía considerar a Del tiempo y el río como una segunda parte de El ángel que nos mira. Me sentí muy feliz cuando empecé a leer Del tiempo y el río y comprobé que esta nueva novela se ensamblaba de un modo perfecto con El ángel que nos mira. Al terminar El ángel que nos mira el lector dejaba a Eugene Gant, su protagonista, paseando por su pueblo natal, Altamont en Carolina del Norte (un trasunto de su verdadero pueblo natal, Asheville), a los diecinueve años. En realidad, Eugene se está despidiendo de su pueblo, porque al regresar a casa desde la universidad del estado, sabe que ha sido admitido en la universidad de Harvard y que va a irse a vivir a su deseado Norte. Las primeras páginas de Del tiempo y el río describen a Eugene en la estación de Asheville despidiéndose de su familia, así que la narración empieza el día en el que efectivamente se marcha a Boston. Había podido imaginar que, para narrar las distintas etapas de su vida, Wolfe podía haber elegido a distintos alter egos, y que esta segunda novela iba a estar protagonizada por alguien diferente, pero en realidad se podría considerar que El ángel que nos mira (1929) y Del tiempo y el río (1935) son la misma novela, pese a algunas diferencias estilísticas debidas a la evolución del autor.

Según la Wikipedia, El ángel que nos mira contiene 180.000 palabras y Del tiempo y el río 380.000. Es decir, Del tiempo y el río es una novela más del doble de larga que El ángel que nos mira, aunque en el formato de Valdemar la primera ocupaba 733 páginas y en el formato de Piel de Zapa la segunda 690. La verdad es que hubiera agradecido que la edición de Piel de Zapa tuviera más páginas y una letra algo más grande, pero una vez que me metí en la historia, ésta me arrastró como la corriente de un río poderoso y me dejé llevar. Eso sí, creo que nunca había tardado tanto en pasar una página de un libro.

Eugene sale de Altamont hacia Harvard a los diecinueve años, aunque le queda poco para cumplir veinte. En Del tiempo y el río acompañaremos a Eugene en su paso por Boston y Nueva York, entre medias regresará por una corta temporada a Altamont, y saldrá de allí con la sensación de que no va a poder regresar jamás, que su vida tendrá que desarrollarse fuera de Carolina del Norte. En el tramo final del libro, Eugene viajará a Inglaterra, donde pasará una temporada en Oxford, y luego se trasladará a Francia, donde vivirá principalmente en París.

No sé si antes de que se publicase en 1935 Del tiempo y el río ya había aparecido en Estados Unidos alguna «novela de campus», ese subgénero tan anglosajón en el que los escritores sitúan el escenario de su obra en una universidad. Pero si no es la primera, Del tiempo y el río tiene que ser una de las novelas que inauguran este tipo de narrativa. Eugene quiere triunfar como dramaturgo y por eso acude a las clases de arte dramático del famoso profesor Hatcher. Del periodo universitario Wolfe sólo hablará de las clases que recibe Eugene de este profesor, que se convertirá en epítome de la vida universitaria del protagonista. Eugene, como tantos jóvenes, está convencido de que va a triunfar como escritor de obras de teatro, y, por supuesto, empezará fracasando. El rechazo a la obra en la que ha puesto tantas esperanzas (y aquí podríamos ver ecos de Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac) se producirá mientras esté en la casa de su madre en Altamont, algo que le convencerá para partir y no volver. Será aquí cuando llegue a Nueva York y se convierta él mismo en profesor.

Del tiempo y el río, como ya he apuntado, es una novela muy extensa, pero a pesar de esto el lector siente continuamente que se le está hurtando información sobre lo que ocurre con Eugene. La técnica narrativa de Wolfe consiste en describir algunas escenas o a algunos personajes con mucho detalle y luego, cuando acaba con estas escenas, se produce un salto temporal en la historia y será el lector el que tenga que rellenar los huecos en la lógica de la narración. En este sentido, las elipsis narrativas son muy marcadas y esto genera, de algún modo, un distanciamiento entre el lector y el personaje. Entre una de estas escenas significativas y la siguiente, que pueden ocupar muchas páginas, Wolfe escribe evocaciones –normalmente grandilocuentes– sobre la esencia del tiempo o sobre los grandes espacios norteamericanos. Diría que en estas descripciones poéticas (en muchos casos de viajes en tren que atraviesan Norteamérica o remontan el río Hudson) está presente la poesía de Walt Whitman, y que –como ya apunté al comentar El ángel que nos mira– estas páginas de Wolfe son un claro antecedente de la prosa del Jack Kerouac de En el camino.
En cualquier caso, conviene apuntar que estas dos grandes obras de Wolfe no son «novelas de trama»; el lector no se va a ver atrapado por puntos de giro narrativos que le hagan querer seguir siempre leyendo. La prosa de Wolfe es poética y morosa, y describe algunos de los momentos más importantes de la vida de un niño o de un joven (Del tiempo y el río habla de la vida de Eugene desde que va a cumplir veinte años hasta los veinticuatro).

Como ocurría en El ángel que nos mira, el narrador le hace ver de un modo consciente al lector que el texto que tiene entre manos es una evocación del pasado, porque en algunos momentos se adelantan detalles del futuro del protagonista. Así, por ejemplo, cuando Eugene llega a Harvard se lee: «Nunca lo supo, pero ahora un furioso frenesí se adueñó de su alma, de su vida, y se sintió perseguido por el sueño del tiempo. Diez años vendrían y desaparecerían, sin que lograra descansar un momento de ese frenesí; diez años de anhelos, de deseos, de todo lo que constituye el delirio de la vida de un joven.» (pág. 83)

Wolfe describirá sobre todo a algunos de los amigos con los que va a encontrarse Eugene, como a Francis Starwick en Harvard (al que volverá a encontrarse en París) o al judío Abe Jones, que será su mejor amigo en Nueva York. Se suele decir que la narrativa judía norteamericana parte de la novela Llámalo sueño de Henry Roth, publicada en 1934, y ya comenté en la reseña de El ángel que nos mira, que tenía la impresión de que Roth había leído este primer libro de Wolfe. En Del tiempo y el río hay una descripción de la familia judía de Abe Jones que me ha recordado mucho a lo leído sobre los judíos neoyorkinos de Henry Roth. Lo curioso es que Eugene se siente consumido por pasiones que considera oscuras e inconfesables, y atribuye a la comunidad judía una templanza de espíritu superior a la suya. Escritores judíos como Henry Roth y Philip Roth le dan en su obra la vuelta a esta idea, haciendo que sus personajes judíos se sientan desubicados en Norteamérica y que anhelen la armonía que atribuyen a los anglosajones.

Ya apunté en la reseña de El ángel que nos mira que algunos de los pasajes en los que la tercera persona cedía la voz narrativa al monólogo interior me hacían pensar en la influencia del Ulises de James Joyce sobre Wolfe. En Del tiempo y el río Eugene escribe en una de las páginas del diario que lleva en París: «Creo que la mejor prosa inglesa es la del Ulises de James Joyce.» (pág. 504)
Al finalizar El ángel que nos mira el lector sabía que el padre de Eugene se encontraba muy enfermo y acabará de morir en el primer tercio de Del tiempo y el río.  El prólogo de El ángel que nos mira estaba escrito por Maxwell E. Perkins, el editor de Wolfe, y allí contaba que había tenido que retirar muchas de las páginas de Del tiempo y el río en las que se hablaba de esta muerte sin que Eugene, que es el vehículo conductor de la narración, esté presente. Me sorprendió ver que sí que existían páginas en esta novela en las que se hablaba de esa muerte y en las que Eugene no estaba presente. ¿Son páginas quitadas y que volvieron en una versión posterior? Creo que no, que Perkins sugirió a Wolfe que retirara muchas páginas de su manuscrito y que éste lo hizo. En cualquier caso, una novela de 380.000 palabras es ya de una extensión enorme.
Me gustaría comentar que en algunas de estas páginas que hablan de la muerte del padre he sentido la intensa presencia de dos escritores a los que admiro mucho: sobre todo cuando se habla del médico Mc Guire, que pasaba en vela la noche bebiendo y pensando en una mujer, he sentido la influencia en las obras de William Faulkner y de Juan Carlos Onetti. Toda la densidad envolvente de la prosa oscura y poética de Faulkner y de Onetti estaba contenida en estas páginas publicadas en 1935.
Me ha extrañado que casi no hay escenas sexuales en Del tiempo y el río, ni durante muchas páginas se habla del deseo sexual o amoroso de Eugene, que era un tema importante en El Ángel que nos mira. Ya comenté en la reseña de esta primera novela que algunas de sus escenas de sexo explícito tuvieron que resultan escandalosas para la fecha de su publicación, 1929. ¿Aconsejó el editor Perkins a Wolfe hacer desaparecer el material de su nuevo libro que le pareciera sexualmente escabroso? Diría que sí, porque se me hizo algo raro que, de repente, en este libro, publicado seis años más tarde que el otro, durante muchas páginas, haya desaparecido el deseo sexual de Eugene.
En cualquier caso, es recomendable centrase aquí en lo que sí que está –que es mucho y talentoso– que en lo que hipotéticamente no está.

Cuando la novela se acerca a su fin y Eugene siente que está dejando atrás Francia y que ha de volver a Estados Unidos empieza a despedirse de algunos de sus amigos de París y se adelanta la información de que con algunas de esas personas no va a volver a hablar en su vida, entonces el lector siente con toda intensidad la fuerza de la vida y la juventud que se le va de los dedos. «Los ríos jamás se detienen», leemos en la página 384. Los ríos no se detienen, ni el tiempo, ni la vida, ni la gran literatura.

He estado casi dos meses leyendo a Thomas Wolfe, leyendo El ángel que nos mira y Del tiempo y el río como si se tratase de una única y gran novela río de 2.000 páginas. Sé que la extensión de estas obras puede hacer dudar a más de un lector, y que es posible que ante su escaso tiempo libre para leer acabe eligiendo obras más ligeras, pero desde luego si abre estos libros, sin buscar grandes tramas, sino simplemente el pulso y los anhelos de la vida de un joven, es posible que se acabe sintiendo tan deslumbrado como lo he acabado por estar yo. El ángel que nos mira y Del tiempo y el río son dos de las grandes obras maestras del último siglo y Eugene Gant es uno de los más grandes personajes literarios del siglo XX.

domingo, 19 de mayo de 2019

El ángel que nos mira, por Thomas Wolfe


El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe

Editorial Valdemar. 733 páginas. Primera edición de 1929, esta de 2009.
Traducción de José Ferrer Aleu.

La primera vez que supe de Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900-Baltimore, 1938) fue en 1994, a los diecinueve años, cuando me acerqué a mi primer libro de Charles Bukoswki, La senda del perdedor. Chinaski, el protagonista de esta novela, era un joven airado que deseaba ser escritor, y Thomas Wolfe era uno de esos modelos literarios norteamericanos a los que debía decidir si seguir o no. Muchos años después, en Palma de Mallorca, hablando con mis amigos Javier Cánaves y Joan Payeras, este último me recomendó fervientemente que leyera una de las novelas que más le habían gustado en su vida: El ángel que nos mira de Thomas Wolfe. Creo que yo le recomendé Llámalo sueño de Henry Roth. De regreso a Móstoles, solicité a la biblioteca que comprara El ángel que nos mira, publicado en la editorial Valdemar, y lo hicieron. Pero cuando llegó a la biblioteca no me decidí a leerlo, y así fueron pasando los años. A principios de 2019 decidí que debía frenar un poco mi lectura de novedades literarias y abordar algunos de los clásicos que me faltaban por leer. Fue entonces cuando decidí leer seguidos El ángel que nos mira y Del tiempo y el río, las dos grandes novelas de Thomas Wolfe. Por fin, después de años de haber solicitado su compra, fue cuando tomé en préstamo El ángel que nos mira de la biblioteca de Móstoles.

El libro empieza con un prólogo de Maxwell E. Perkins, que fue editor y amigo de Wolfe. En él se informa al lector de que la escritura de Wolfe era casi siempre autobiográfica, y que los personajes de El ángel que nos mira eran en realidad los miembros de la familia del autor. Además, Perkins nos habla de sus intervenciones en los manuscritos de Wolfe, al que siempre tenía que pedir que redujera el número de páginas de sus libros, que acababan siendo excesivas. En el prólogo que escribió para la reedición de la novela Nanina de Germán García, Ricardo Piglia recuerda una carta que Wolfe le escribió a Scott Fitzgerald, en la que Wolfe se oponía a la poética de la contención y apostaba por una literatura que dejara de lado la elipsis y la discreción e incorporara acontecimientos en la novela sin jerarquizarlos: «No te olvides de que un gran escritor no es sólo alguien que deja cosas afuera sino alguien que incorpora cosas y que Shakespeare, Cervantes y Dostoiesvski fueron grandes incorporadores, que de hecho incorporaban más de lo que sacaban y serán recordados por lo que pusieron».

El protagonista de El ángel que nos mira es Eugene Gant, que viene al mundo en la villa de Altamont (Carolina del Norte) en 1900. Altamont es un trasunto del Asheville natal de autor. Para hablarnos de la infancia y la adolescencia de Eugene, Wolfe se remonta hasta el abuelo del protagonista: «Un inglés llamado Gilbert Gaunt, apellido que más tarde cambió por Gant (probablemente como concesión a la fonética yanqui), y que había llegado a Baltimore desde Bristol en 1837» (pág. 27). Más tarde nos hablará de Oliver Gant, el padre de Eugene, y de los azares que le llevan hasta Altamont, donde al fin nacerá nuestro protagonista, hijo mejor de una familia numerosa. Eliza, la madre, es una mujer hacendosa, cuyo máximo deseo en la vida es comprar propiedades y acumular riqueza. Oliver es un marmolista que abrirá en Altamont un taller de lápidas y adornos funerarios. De ahí el título de la novela: el ángel que nos mira es una estatua de cementerio de un ángel que el padre de la familia tiene en la puerta de su taller.
Oliver Gant no puede controlar su adicción al alcohol, lo que hace que se vuelva violento e inestable y que entre y salga de clínicas de rehabilitación, suponiendo esto un serio problema para la convivencia de la familia Gant.
En la página 63 de la novela es cuando nace Eugene: «Esta lumbrera escogida, a la que se había dado ya nombre y desde cuyo centro deben contemplarse la mayoría de los sucesos de esta crónica, nació, como hemos dicho, en el momento más crucial de la historia. Pero quizás habrá el lector pensado en esto. ¿No? Entonces, permita que le refresquemos la memoria». Como vemos, en algunos momentos el narrador –como si se tratase de un escritor del siglo XIX– interpela directamente al lector. Sin embargo, Wolfe usa este recurso narrativo sobre todo al principio de la novela, y lo irá abandonando según se avance en sus páginas.

Durante los primeros años de vida de Eugene, Wolfe se permite la licencia poética de otorgarle pensamientos más adultos de los que le corresponderían a un bebé.
En algunas páginas, Wolfe cede la voz narrativa a sus personajes y el lector puede acercarse a sus pensamientos en primera persona. Acabo de comprobar que el Ulises de James Joyce se publicó por primera vez en 1922, y es de suponer que Wolfe lo hubiera leído antes de empezar a escribir El ángel que nos mira (publicado en 1929), porque la obra de Joyce fue muy influyente en la literatura posterior, sobre todo el recurso del monólogo interior.

En al menos dos ocasiones se menciona a Jack London en esta novela. Diría que, dentro de la tradición literaria norteamericana, el Jack London de Martin Eden es una referencia para el Thomas Wolfe de El ángel que nos mira.
Eugene –un trasunto del propio Wolfe– es un niño sensible que pronto empieza a buscar refugio en los libros. La mirada de Eugene sobre el mundo será la de un idealista, que no encuentra en el mundo real el heroísmo y los altos ideales que lee en sus libros. Este contraste entre la mirada sobre el mundo real (violento, sucio y desbordado de deseos sexuales) y el ideal transmitido por las obras artísticas será uno de los temas de la obra. Es más, diría que este camino, que ya abrió Jack London, y del que Thomas Wolfe se convirtió en alumno aventajado, es uno de los temas fundamentales de la literatura norteamericana: la narración de la peripecia de un mundo lleno de estímulos y de contrastes, y la búsqueda y el deseo de describir esa realidad con una mirada poética y salvaje, que constituyen un estilo, una impronta propia.
En muchas de las páginas de El ángel que nos mira he sentido la lectura que décadas después haría de este libro Charles Bukowski; de hecho, hay alguna escena que me ha parecido una fuente de la que Bukowski ha bebido de forma directa. Por ejemplo, el niño Eugene tiene que conseguir algo de dinero vendiendo periódicos a domicilio y le toca acudir al barrio de los negros, uno de los peores destinos del oficio, porque es posible que los compradores le dejen a deber y no le paguen. En un momento dado, tiene que ir a la casa de una bella mulata a reclamarle una deuda, y se produce una escena de turbación sexual para el joven Eugene. Hay alguna escena similar en La senda del perdedor o Cartero de Bukowski. Imagino que algunas escenas de El ángel que nos mira supondrían, por lo explícito, un pequeño escándalo para el Estados Unidos de 1929.

Llámalo sueño de Henry Roth se publicó en 1934 y se considera el punto de partida de la literatura judía norteamericana. Diría que Henry Roth había leído El ángel que nos mira cuando empezó a escribir su gran libro, que trata sobre la vida de un niño judío, hijo de inmigrantes, en el Nueva York de principios del siglo XX. He tenido la impresión de que Roth toma la experiencia americana de Thomas Wolfe, un anglosajón de Carolina del Norte, para contar su propia experiencia americana de judío en Nueva York.

La tercera parte de El ángel que nos mira habla de la marcha de Eugene a la universidad cuando aún no ha cumplido dieciséis años y su lucha por la vida en un entorno que, en principio, se muestra hostil. Eugene es un raro, un marginal, que se eleva del mundo que le rodea gracias a su cultura libresca, pero que no puede dejar de sucumbir a las tentaciones humanas, como el deseo sexual, que vive de un modo atormentado.
Uno de los veranos de la universidad, Eugene discute con sus padres y decide viajar hasta la costa para buscar algún trabajo relacionado con la guerra que se está desarrollando en Europa (la Primera Guerra Mundial). En estos capítulos de joven aventurero norteamericano en busca de trabajo he visto también al Jack Kerouac de En la carretera.

Me gustaría destacar la mirada poética de Thomas Wolfe sobre el mundo retratado, pese a su sordidez, algo que también hará William Faulkner, para quien Wolfe fue el mejor escritor de su generación.
En algún momento he tenido la impresión de que Wolfe dejaba sin desarrollar alguna línea narrativa. Por ejemplo, se describe un encuentro sexual entre Eugene y una chica, y más tarde el narrador no informa al lector sobre qué piensa Eugene acerca de esa relación, y yo como lector habría deseado conocerlo. Aunque esto que comento son minucias, teniendo en cuenta la grandeza narrativa de un libro como El ángel que nos mira.
Yo he sido siempre un gran admirador de la literatura norteamericana y me siento feliz de haberme acercado, al fin, a uno de los eslabones de su cadena histórico-literaria que me faltaban para entender el panorama de las letras norteamericanas del siglo XX. No sé si hace falta que lo diga: El ángel que nos mira es una obra maestra absoluta.