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domingo, 29 de enero de 2012

Este libro vale un cadáver, por Marcelo Lillo

Editorial Mondadori Chile. 143 páginas. 1ª edición de 2010.

Ya he hablado en el blog de los dos libros de cuentos de Marcelo Lillo (Chile, 1963) que se han publicado en España: El fumador y otros relatos (Caballo de Troya, 2008) y Cazadores (Mondadori, 2010), que reunía todas las cuentos del libro anterior más una amplia selección de su segundo libro publicado en Chile, Gente que baila sola (Chile, 2009); y ya he escrito que ese libro, Cazadores, es un conjunto de relatos que debería entusiasmar a cualquier aficionado al género en España (o al menos, concretando más, a los aficionados al relato de corte norteamericano: admiradores de Raymond Carver, principalmente). Pero Marcelo Lillo es un autor hispanoamericano no afincado en España, que no se prodiga en actos públicos ni en Internet, y sus estupendos relatos han pasado de forma casi desapercibida en nuestro país. Lo que conduce a que Mondadori España se lo piense mucho (tanto como para no hacerlo) a la hora de lanzar aquí su primera novela publicada en Mondadori Chile: Este libro vale un cadáver.

En realidad yo estaba esperando a que Mondadori se decidiera a publicar en España las dos novelas de Mario Levrero que ha reeditado para Sudamérica y que no han llegado al mercado español: Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y La banda del ciempiés; y al observar que estas novelas si están disponibles en Chile (al igual que en Argentina y Uruguay), harto de esperar, le escribí un correo a mi amigo chileno Leandro Hernández para ver si podía recibir mi dinero, comprarlas y enviármelas. Para aprovechar, uní al lote Este libro vale un cadáver de Lillo y algún libro de poesía, que la editorial de Santiago de Chile Das Kapital ha tenido la amabilidad de regalarme. Recibir en pocas semanas este paquete trasatlántico fue una grata sorpresa de fin de año.

Este libro vale un cadáver está narrada en primera persona, una primera persona adulta (un varón de 50 años) que posa su mirada descreída y cansada, y a menudo también triste, sobre su entorno; un narrador muy similar al que ya conocía de la mayoría de los cuentos de Lillo.
La tensión narrativa de la novela comienza desde la primera frase: “En la madrugada sonó mi teléfono dos veces: primero escuché una risa nerviosa y después un grito seguido de un gimoteo sin fin, de una mujer que parecía estar sufriendo demasiado para continuar viviendo o de alguien que ya había terminado de vivir.” (pág. 7).
El narrador recibe, en esta primera página, la noticia de la muerte de su hijo de 22 años: se ha suicidado cortándose las venas en la casa de su novia.
Si, como hablé en la entrada anterior, el motivo generador de Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoyevski podía ser la frase “¿Quién no ha querido alguna vez matar a su padre”, Marcelo Lillo escribe en la página 15 de su novela: “Todavía no conozco a un padre que no quiera asesinar a sus hijos cuando estos han crecido y no se dejan enseñar.”
Lo más interesante del libro son los planteamientos mentales del narrador al negarse a sufrir por el suicidio del hijo, el intento de evitar que el hijo le traslade su fracaso. En la página 65, en un diálogo con otro personaje, el narrador afirma: “Los hijos que han crecido y quieren ser amargos lo son de verdad, ojalá que nunca lo compruebes. Te harán daño si eso está en su plan, querrán verte sufrir porque ellos se sentirán traicionados por cualquier motivo, y lo peor: harán lo que esté a su alcance para traspasarte su fracaso.”

El estilo del Lillo novelista concuerda en gran parte con el del Lillo cuentista: además de ese habitual personaje descreído, del que ya he hablado, usa frases escuetas, secas, y los estados de ánimo se transmiten gracias a la mirada que el narrador posa sobre los objetos o gracias a las descripciones del tiempo medioambiental; que en este libro sería un invierno frío, oscuro y neblinoso.

Pero Lillo ha hecho un añadido estilístico a su prosa al pasar de cuentista a novelista que no ha acabado de convencerme. Si recuerdo, por ejemplo, el primer cuento de Cazadores, Hielo,  en él también se describe cómo la muerte de un familiar (en este caso la de la madre del narrador) afecta a los seres cercanos, y en este cuento el protagonista describe olores, ropas… y las acciones técnicas en torno a la muerte (hablar con funerarios, curas…), como se hace en Este libro vale un cadáver (hablar sobre cremaciones, cementerios…), pero en Hielo se elude cualquier apreciación sentimental acerca de la enfermedad y desaparición de la madre: la descripción fría de los acontecimientos crea una atmósfera narrativa que envuelve al lector y crea una empatía con él, gracias a su halo de sugerimiento.
Lillo vuelve a hacer esto en su novela, pero añade un nuevo tipo de párrafos: las reflexiones generales sobre la muerte a través del planteamiento de preguntas retóricas; por ejemplo: “¿Es la obligación de un padre amar a su hijo? Magnífica pregunta, aunque perfectamente podría haber comenzado con esta otra: ¿qué es un hijo? (pág. 25); o “¿Qué es lo que estoy haciendo?, me pregunté de pronto, y me respondí sin dudar: es compartir una pérdida, es sentir la cercanía de otro aunque ese otro no nos haya sido presentado jamás. (pág. 56). Y es aquí, a mi entender, cuando la narración sufre un envaramiento, cuando la prosa deja de ser sutil para no conseguir despegar del lugar común; algo que vuelve a ocurrir, por ejemplo, en las reflexiones del narrador en la página 79: “Porque a eso iba, ni más ni menos, a traerme una respuesta que iluminara mi entendimiento y me hiciera saber por qué sufren los hombres o por qué deben sufrir… ¡Por qué soportar tanto castigo! ¿Qué permanece más allá de desaparecer, del fin de la corrupción corporal, la culminación de una enfermedad, un accidente o un crimen o una casualidad?”
Un problema similar al descrito aqueja a algunos de los diálogos de la novela, su tendencia a las frases metafísicas o filosóficas restan naturalidad a los personajes, de los que el lector, suponiéndoles dolor y un estado de shock, no se imagina este tipo de discurso tan cerebral.

En otras palabras, la novela gana cuando Lillo nos habla de sus personajes, de sus historias únicas, de su concreción individual, y se vuelve más ampulosa y menos sutil cuando busca la explicación metafísica de lo general, dejando momentáneamente de lado a los personajes creados.
En este sentido me ha gustado bastante el capítulo 11 (pág. 89-101), donde se habla de la relación del narrador con su ex mujer, la madre del hijo muerto: aquí se dan algunas de las claves para entender el drama, con el trasfondo político de las últimas décadas del siglo XX en Chile. Al oxigenar la carga metafísica del texto y hablar de las relaciones que han surgido entre los personajes, la fuerza de la novela se acerca a la prosa ajustada y aguda de los relatos. Asimismo me ha gustado también el cierre, donde se relata el encuentro del protagonista con una mujer mayor, y la muerte del hijo suicida se convierte en una metáfora de la muerte de muchos hijos unas décadas antes a manos de los militares de Pinochet.

Hay un párrafo en la página 49 que me descolocó bastante, ya que hasta entonces yo pensaba que la novela reflejaba los estados de ánimo y los discursos interiores del protagonista, pero en esta página recibimos esta información: “¡Bravo!, he hallado la expresión exacta y como premio debería finalizar el capítulo, el libro y comenzar otra novela.” ¿Es una novela lo que escribe el protagonista?

La temática elegida por Marcelo Lillo para su primera novela publicada me ha parecido valiente y ambiciosa, y quizás el lastre de su obra haya sido precisamente un exceso de ambición, el afán totalizador y explicativo sobre un temática tantas veces tratada por la filosofía o la religión, que hubiera necesitado, para ganar en altura, un tratamiento más cercano a la sutilidad del detalle minúsculo de sus mejores relatos, como Hielo, El fumador o La felicidad.

Espero que las obras publicadas de Marcelo Lillo sigan creciendo en número y en calidad y que en el futuro podamos disfrutar de ellas en España.

lunes, 30 de mayo de 2011

Cazadores, por Marcelo Lillo

Editorial Mondadori. 226 páginas. 1ª edición de 2008 y 2009. Este libro de 2010.

Hace menos de un año, a comienzos del curso académico que ahora termina, en septiembre de 2010, leí El fumador y otros relatos (reseña AQUÍ), primer libro de Marcelo Lillo publicado en España, en la editorial Caballo de Troya (2008). En 2010 la editorial Mondadori (hermana mayor de Caballo de Troya) relanzó los cuentos de Lillo en este volumen titulado Cazadores, que la solapa presenta como una selección de cuentos de El fumador y otros relatos y del segundo libro de relatos de Lillo, inédito en España, Gente que baila sola. No tengo a mano el libro de El fumador y otros relatos para comprobarlo, pero yo diría que los relatos contenidos en Cazadores no son una selección de aquel libro sino un compendio, puesto que no echo en falta ningún relato del primer libro en el segundo. No sé si Cazadores elimina algún relato de Gente que baila sola, pero me inclino a pensar que en realidad reúne los cuentos de ambos libros.

Me impactó El fumador y otros relatos y me apetecía seguir con los cuentos de Lillo. He vuelto a releer las páginas leídas hace menos de un año, y no sé si será porque el formato de Mondadori es más atractivo que el de Caballo de Troya o por mi predisposición al libro, pero he de decir que más de uno de los relatos de El fumador y otros relatos ha cobrado ahora más fuerza que entonces. Los tres primeros, Hielo, El fumador y La felicidad me han parecido fantásticos; ya me gustaron en su momento, pero me han vuelto a emocionar y dejar helado con mayor intensidad. Son tres obras maestras del género, que se convertirán, durante los próximos años, en imprescindibles dentro de las antologías del relato hispanoamericano.
Incluso un cuento que no me acabó de convencer entonces, La cita, ahora ha conseguido hacerlo. En él, un hombre adulto recibe la llamada telefónica, en el lugar donde trabaja, de una mujer mayor que dice ser su verdadera madre, a la que él no conoce, y quedan en un bar. No sabía en ese momento que éste es un relato que recoge un hecho autobiográfico de Lillo.
Y me ha dejado helado ahora con más intensidad que entonces Diente de León, donde un hijo va a recoger a su padre que sale de la cárcel tras haber violado a un niño.

Los cuentos no leídos, los pertenecientes al libro Gente que baila sola, son 9. En el primero, Apaga la luz, más que la voz de Carver (presente de un modo obsesivo en estos relatos) me ha parecido toparme directamente con el eco de Chejov, en un cuento en el que una pareja madura está a punto de romper su relación tras muchos años de convivencia.

En el segundo cuento, Noche de reyezuelos, el más largo de este volumen, Lillo abandona sus personajes habituales: los miembros de la familia, padres e hijos, marido y mujer, para acercarnos a la vida marginal de tres adolescentes bravucones. Un buen relato de aprendizaje vital.

Si bien en los cuentos de El fumador y otros relatos la técnica constructiva de Lillo se basaba en crear una atmósfera gélida y opresiva y mostrarnos un momento epifánico de sus personajes, en los cuentos de Gente que baila sola algunas de las narraciones dependen de una técnica narrativa más antigua: el dato oculto que saltará en las páginas finales como sorpresa. Bajo esta premisa está construido el tercer relato Lavanda, sobre un profesor mayor que visita, después de muchos años, a su novia de juventud. La sorpresa final nos dejará tan helados como si, en vez de un cuento realista, Lavanda fuese un cuento de horror y en la última página viésemos al monstruo.
Con esta técnica del dato oculto está también construido el cuento Hablando de ballenas, sobre los problemas de un matrimonio y su relación con sus hijos pequeños. Este cuento contiene alguna de las escenas más bellas del conjunto. Y el último cuento, Gente que baila sola, también nos elude una información fundamental que será revelada al final, y así podremos penetrar en las claves del comportamiento distorsionado de una familia, la relación de la madre con su hijo mayor y con el pequeño.

En La enfermedad Lillo abandona a sus característicos personajes de clase baja o media-baja para acercarnos a un adolescente privilegiado económicamente que toma contacto con la pobreza y la desgracia materializada en la vida de un profesor que admira. Un gran cuento sobre la vocación literaria.

Los pobres no pueden esperar, donde Lillo recrea la vida sin alicientes de un homosexual mayor, quizás sea el cuento más efectista del conjunto. Me han parecido un tanto exagerado el contraste entre los sueños del protagonista y la brutalidad de la situación a la que se enfrenta. Aunque también me ha recordado a los cuentos como tajos de Rubem Fonseca.

En otros cuentos aparece la figura del alcohólico como símbolo de la derrota, en el tristísimo ¿Hasta cuándo crees que voy a amarte? y en Cazadores, donde leemos: “No es que fuera un alcohólico, pero el licor era la única manera de no pensar en otras cosas” (pág. 203)

El lenguaje sigue siendo conciso, helador, con frases de existencialismo negativo (“La vida era un asco, además de un círculo y la máxima expresión del sinsentido”, pág. 217), y el resultado es conmovedor, inquietante.

Cazadores es un libro que ningún aficionado al género del relato debería perderse. En realidad, un libro que ningún aficionado a la literatura debería perderse.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El fumador y otros relatos, por Marcelo Lillo


Editorial Caballo de Troya. 140 páginas. Primera edición de 2008.

Hojeé este conjunto de relatos hace ya más de un año en la Casa del Libro de Gran Vía, y me interesé de nuevo por él cuando a comienzos de verano volví a ver el nombre de Marcelo Lillo en la mesa de novedades de la Casa del Libro, esta vez en la editorial Mondadori (la hermana mayor de Caballo de Troya). El nuevo libro era Cazadores, una recopilación de relatos de El fumador y de otro libro, no editado en España.

Sentí curiosidad. En casa busqué a Lillo en Internet y me encontré con una historia tal vez inquietante, quizás falsa, cuando menos interesante. Marcelo Lillo es profesor en un colegio privado de Valparaíso, le va bien, escribe, no le publican. Hasta aquí la historia de tantos aficionados a la escritura. En algún momento, sobrepasados los 40 años, Lillo decide quemar todo lo escrito hasta entonces, dejar el trabajo, vender la casa y los bienes e irse, junto con su mujer, a vivir a un pequeño pueblo del sur de Chile. Su idea es tan delirante como imperativa: o consigue publicar en el plazo de 4 años o se pega un tiro, por lo que duerme con una pistola bajo la almohada. Cuando se va a cumplir el plazo gana algún concurso de relatos, le publican en España este libro de El fumador, y en 2009 le declaran libro del año en Chile. Una historia contundente, eficaz, que parece diseñada por un creador de marketing argentino.

Así que no me quedó más remedio que leer el primer cuento de El fumador o de Cazadores (el mismo) en la zona de lectura del Fnac de Callao. Me gustó. Pensé en leer a Lillo después de Cervantes.
Saqué El fumador y otros relatos de la biblioteca de Retiro. Así que con Lillo estreno biblioteca pública.

Los relatos: Si hace unos meses dije que Jon Bilbao era un gran escritor español de relatos norteamericanos, se puede decir igualmente que Marcelo Lillo es un gran escritor chileno de cuentos norteamericanos. Si en el caso de Bilbao las influencias podían ser Carver o Cheever, en el caso de Lillo la filiación con Carver se hace más que evidente.

Los tres primeros cuentos del libro, Hielo, El fumador y La felicidad, parecen variaciones del mismo tema. En ellos una pareja con serios problemas económicos (ausencia de trabajo) y más o menos problemas sentimentales se enfrenta a diferentes situaciones. Ya Hielo marca el tono del libro: en primera persona el narrador nos habla de la muerte de su madre y cómo su mujer y él lo afrontan en medio de una gran penuria económica. El estilo es sobrio, incluso frío: “Murió pasadas las cuatro. Con mi mujer lloramos en silencio y después le acercamos un espejo a la boca. Sonó el teléfono, pero no contestamos.” (pág 11).
Debemos estar atentos, en todo caso, a cada línea porque el narrador no nos espera, y en cualquier pequeño detalle podemos perder la clave del cuento. Los detalles suelen estar muy trabajados, de forma que consiguen sugerir mucho.
“¿Por qué nadie sabe nada?” (pág 17-18), dije hacia el final la mujer del narrador. Aquí Lillo, como ha aprendido en Carver, busca el momento epifánico que sacude a la gente sencilla.
En El fumador, el autor juega -añadiendo, además, otro tema al de la penuria económica y los problemas de pareja- con la idea del escritor como romántico fracasado.
Me gustaría destacar de los tres, aunque son todos ellos grandes relatos, La felicidad. Lo leí sentado en la barra de un bar tomando un café y el golpe del cuento fue importante, soberbio en su captación de la soledad y la tristeza.

A partir del cuarto cuento las relaciones familiares se amplían, y en No era mi tipo un hombre evoca un episodio trágico de su adolescencia, “Cualquier vida cambia con un suceso como ése” (pág 60); para acabar de adulto, periodista, intentando ser escritor, y concluir que es feliz de vez en cuando, como todo el mundo (pág 66).

La ambientación de estas narraciones suele ser deprimente, oscura, llegando a repetir expresiones de este tipo: “Era un día nublado, frío y triste.” (pág 69, cuento La cita), “Era una ciudad fría, triste y lluviosa” (pág 77, cuento 40 caballos)

La cita es el cuento que menos me ha gustado, no he conseguido entrar en las claves de los personajes, un hombre de mediana edad y una señora mayor, que tal vez sea su madre.

40 caballos me ha parecido el mejor del conjunto, por su composición equilibrada y acertada en torno a un tema muy clásico. Un hombre evoca su adolescencia en un pequeño pueblo chileno, y en él la fascinación por el boxeo (usado aquí, como tantas otras veces, como metáfora del fracaso de la vida, del fracaso que conlleva cualquier triunfo), lo que le conducirá al despertar sexual y la aceptación de todas las perdidas.
En muchos de los cuentos, y en éste de 40 caballo sobre todo, uno puede olvidarse de que tanto el narrador como el escritor son chilenos, y el cuento transcurre en este país y, al dejarse llevar por su cultura literaria, pensar que está en el sur o el medio oeste norteamericano. Esto no es un reproche a los cuentos de Lillo, que me han parecido la mayoría muy buenos, sólo una constatación de hechos.

En Vida de un cachorro, Lillo usa una variable narrativa: el cuento no se limita al punto de vista de una persona, sino que usa el perspectivismo de varias, lo que, a mi entender, le hace perder algo de fuerza.

Lillo no escatima en buscar las situaciones más sórdidas y dramáticas; en Diente de león un hijo acude a la puerta de la cárcel a recibir a su padre, ingresado allí 6 años antes por violar a un niño.

En el último cuento, titulado precisamente El último cuento, el autor parece advertirse a sí mismo del fracaso que entraña el posible éxito literario, ingresando él en el ramo de perdedores tristes que ha constituido su conjunto de personajes.

Un libro de relatos muy dependiente de un modelo externo, trabajado con mucha precisión y esfuerzo, que consigue alcanzar altas cotas de verdad literaria.