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domingo, 23 de noviembre de 2025

Tardes tontas con la chica que te gusta, por Alberto Olmos


 Tardes tontas con la chica que te gusta, de Alberto Olmos

Editorial Círculo de Tiza. 281 páginas. 1ª edición de 2025

 

Ya he comentado más de una vez que conozco a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que quedo en algunas ocasiones con él. Nos conocemos en persona desde la época de los blogs, y yo le había leído a finales del siglo XX, cuando quedó finalista del Premio Herralde con A bordo del naufragio en 1998. Desde entonces, he leído casi todos sus libros, aunque es cierto que aún tengo pendiente su anterior recopilación de artículos en la editorial Círculo de Tiza, Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad (2020), detalle que tiene que ver con mi desbarajuste de lecturas. Como este último libro lo compré, tiene menos prioridad en mi mente leerlo que los que solicito a las editoriales. En este caso, Tardes tontas con la chica que te gusta (2025) me lo regaló Olmos en mano y esto ha hecho que su lectura cobrara prioridad ante el otro.

 

Tardes tontas con la chica que te gusta es una recopilación de artículos aparecidos sobre todo en El Confidencial, The Objetive y Zenda, más alguno inédito. De hecho, recordaba más de un texto de haberlo leído en internet cuando apareció.

 

El libro está dividido en cuatro secciones: Los cuerpos, El amor, Los hijos y El divorcio. Olmos ha agrupado los artículos por temáticas y, como veremos, el conjunto resulta bastante coherente.

 

El libro empieza con un artículo titulado Cuando nos gustaban las chicas, que actúa como un prólogo al libro, ya que no está incluido en ninguna de las secciones que he nombrado antes. Olmos habla en él de los años noventa, cuando en las películas y en la conciencia colectiva se pensaba que los chicos tenían que ligar con las chicas siendo divertidos e ingeniosos al hablar con ellas. En este texto, ya podemos apreciar un recurso que Olmos usará en muchos otros: invertir el orden lógico de un razonamiento. Así escribe: «Hablar mucho para ligar podía significar lo contrario: que se ligaba para hablar mucho, por oírse la inteligencia y el humor, por hacer la conversación y no el amor». (pág. 18)

 

En el primer artículo de Los cuerpos revivimos los días de la pandemia, y Olmos reflexiona sobre la belleza y la fealdad de los rostros, y del deseo de ocultarlos tras las mascarillas. Todos los artículos de este libro –como en gran medida requiere el género– están muy apegados a realidades históricas muy concreta, pero también contienen reflexiones sobre la vida que consiguen ser universales.

A partir del quinto tatuaje, es grave es un texto que ya había leído y lo recordaba porque me resultó muy divertido. El humor y el derroche de ingenio van a ser otros de los rasgos característicos de estos artículos. Así leeremos: «Como Javier Marías no puede pronunciarse, lo haré yo: me molestan los tatuajes», evocando una época en la que Marías parecían pontificar de todo desde su sección del El País.

 

Usando ese recurso que comentaba antes de dar la vuelta a la lógica de dos premisas, en la página 30 leemos: «La erótica del poder ha cambiado, en el sentido de que antes era erótico cualquiera que tuviera poder, y ahora solo puede tener poder alguien que sea erótico». En este artículo, titulado La dictadura de los guapos, hace una reflexión sobre lo que le llama la atención el hecho de que cada vez los políticos son más guapos, y me ha parecido bastante agudo.

 

No sabía quién era la modelo Emily Ratajkowski hasta que no leí sobre ella en un artículo de Olmos titulado No hay nada tan agradable como que alguien te quiera follar, y en él, con gran derroche de ironía, nos va a comentar un libro que ha publicado esta autora y que se titula precisamente El cuerpo, como esta sección. En este libro Ratajkowski se queja de los problemas que conlleva ser guapa y deseada, pero Olmos reflexiona sobre la idea de que la modelo no consigue darse cuenta de qué ha hecho ella a otras mujeres: «La vida de Ratajkowski consiste en promover la devastadora idea de que no tiene sentido existir siendo mujer si no estás buena y eres millonaria». (pág. 34)

 

En El porno para mujeres era Pedro Sánchez, Olmos nos va a hablar de una cuenta de Twitter, dirigida por una mujer, que cobra por alabar la belleza del presidente, cuando, en otro artículo nos ha dicho, por ejemplo, que el piropo está más perseguido que el insulto, en el caso que este sea de hombre a mujer, aunque sí parece permitido de mujer a hombre. Debería decir desde ya que muchas de las reflexiones de Olmos van en la línea de criticar algunas políticas que tienen que ver con lo que él considera «excesos del feminismo actual», y esto puede resultar algo retrógrado para algunos lectores. En la página 112 Olmos escribe: «La ideología de su autora diría que es la mía: el sentido común». Sin embargo, es cierto que, desde la sutileza y sin ser simple o zafio en ningún momento, sus capones políticos siempre señalan en una misma dirección y se olvidan de la otra, que podría ser también criticable. Sus palabras, en cualquier caso, siempre son interesantes e invitan a la reflexión.

 

Algunas de las ideas que vierte Olmos en los artículos de El amor confluyen con las expresadas en su ensayo Tía buena, como cuando habla de las novias de los futbolistas, o sobre cómo funciona Instagram. Es divertido el artículo en el que critica el poliamor y se titula significativamente El poliamor está bien, pero es mejor el divorcio.

Algunos de los artículos de este libro, además de divertidos también consiguen ser tristes, como el titulado Solteronas, en el que Olmos reflexiona sobre la idea, con la que no está de acuerdo, de que el feminismo invite a las mujeres a vivir y envejecer solas. «Pienso que hay que ser bastante grosero para recomendarle a la gente la soledad». (pág. 133)

También Olmos, gran lector de mujeres, va a hacer comentarios como este: «La poesía española muestra desde hace unas décadas una relación preocupante con las mujeres. Se las publica mucho mientras son jóvenes y, cuando superan los 30 años, desaparecen». (pág. 134)

 

En las dos últimas secciones del libro, Olmos adquiere un tono más intimista. Así, en la tercera parte, titulada Los hijos, el primer artículo, Tener hijos es franquista, tiene este comienzo: «Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuesta dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial». (pág. 147).

El artículo titulado Elsa Pataky prefirió fregar los platos, en el que se habla de los supuestos renuncios de la actriz española a favor de su marido, es muy divertido. Sin embargo, en esta sección abundan más los detalles vitales costumbristas, como, por ejemplo, la forma en que los padres se van haciendo amigos de otros padres, según cambian las amistades de sus hijos. El artículo El peliculón que los padres se merecían empieza así: «No tener hijos es una ventaja para entregarse a preocupaciones sin importancia. Cada vez que alguien se muestra muy agitado en las redes, y le va la vida en una pequeña polémica cultural o política, deduzco instantáneamente que no tiene hijos pequeños». (pág. 173).

 

Aunque los artículos, como ya he apuntado, me parecen en general agudos e inteligentes, me ha parecido detectar una trampa en uno titulado Gestación subrogada, ¿dónde está el debate?, ya que aquí, mostrándose Olmos en contra de esta práctica, parece indicar que las personas que contratan a una mujer, para que pase su embarazo, al final del proceso le arrebatarán su hijo, cuando técnicamente los óvulos y el esperma pertenecen a la pareja original y el hijo, por tanto, no pertenece biológicamente a la persona embarazada. Más sutil me parece el artículo que habla de los transexuales.

 

Considero que la cuarta parte –El divorcio– es la más divertida, aunque en apariencia pueda parecer la más triste. Son muy divertidas las apreciaciones sobre las aplicaciones de ligue como Tinder, «la crueldad indolora de la tecnología» (pág. 230).

El artículo Cosas que los pobres deberían saber es verdaderamente talentoso. Es un artículo que ya había leído y con el que ganó el primer Premio David Gistau de Periodismo de Opinión.

También es muy divertido el artículo en el que habla de las crisis de masculinidad de los hombres de sesenta años. «Las mujeres no dan estos espectáculos grotescos, ni siquiera siendo diputadas». (pág. 272)

 

En una nota final, Olmos afirmará que este libro «no ha sido escrito sino por casualidad». Lo cierto es que, gracias a su ordenación temática, Tardes tontas con la chica que te gusta acaba siendo un libro bastante coherente. Es un libro, como ya he apuntado, melancólico, pero también agudo y divertido, un libro que interesará a todos aquellos lectores que quieran pasar un buen rato reflexionando sobre algunas de las contradicciones de la vida moderna.

 

domingo, 12 de noviembre de 2023

Tía buena (una investigación filosófica), por Alberto Olmos


Tía buena (una investigación filosófica), de Alberto Olmos

Editorial Círculo de Tiza. 290 páginas. Primera edición de 2023

He leído bastantes de los libros que ha escrito Alberto Olmos (Segovia, 1975), desde que empecé en 1999 con su ópera prima, A bordo del naufragio. Sin embargo, no había leído nada aún de su obra, fuera de la ficción, salvo sus artículos de periódico. Aunque tengo aún en casa sin leer Vidas baratas: elogio de lo cutre y Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad, me apeteció ponerme con su último ensayo, Tía buena (una investigación filosófica) y se lo solicité a su editora de Círculo de Tiza.

Cuando uno conoce a Alberto Olmos, como es mi caso, y se acerca a un libro con el título Tía buena, y cuya primera parte se titula ¿En serio vas a escribir este libro?, lo primero que piensa es que Olmos ha escrito un libro de humor. Y lo cierto es que, en parte, así es, pero no en su conjunto, como trataré de explicar a continuación.

«Durante el verano posterior a mi divorcio, empecé a darle vueltas a una expresión popular que siempre había desatendido: “tía buena”», ésta es la primera frase del libro y, desde luego, no es una primera frase casual. Con ella, el autor le muestra al lector sus cartas, el momento vital por el que atraviesa. «Quizás volver a la soltería y a mirar con más intención o interés a las mujeres de mi alrededor (lo cual incluye hoy en día las redes sociales, por supuesto), provocó en mí una estupefacción nueva, un cuestionamiento.», continúa.

Olmos pretende escribir un ensayo sobre la idea de ser una «tía buena», desde el punto de vista de las mujeres, ¿qué siente, o experimenta, una mujer al saberse mirada como tía buena? En una primera aproximación al tema, Olmos quedará con diversas amigas, que pueden alcanzar el estatus de «tía buena», en mayor o menor medida, y las interrogará sobre el tema. A la mayoría de las mujeres cercanas que aparecen en el libro ha tenido la prudencia de cambiarles el nombre (en otros casos no, como en el de las escritoras Luna Miguel o Jimina Sabadú, que aparecen con su nombre, aunque lo que cuenta de ellas pertenece a su faceta pública). Según estas primeras aproximaciones al objeto de la investigación, Olmos opinará que el rol de ser tía buena se elige, que la mujer que va a ejercer en su círculo de amigos, laboral, etc. como tía buena ejerce una voluntad –mediante las actitudes o la elección de la ropa– de serlo. De este modo, nos hablará de amigas que cambiaron su estilo de vestir o que se operaron los pechos y empezaron a llamar la atención de los hombres, atrayendo sus miradas, mucho más que antes. «La infelicidad se combate con exhibicionismo», acabará sentenciando sobre las palabras de una amiga.

Uno de los amigos varones de Olmos opinará que el proyecto de éste es una forma ingeniosa de ligar, de empezar un coqueteo con el piropo soterrado de decirle a una mujer que es una «tía buena» o qué significa eso para ella.

Me he reído con esta reflexión: «El mundo de los libros, según vi durante años, se origina mayormente en la casa de un pobre desgraciado que escribe y termina en una fiesta donde ese desgraciado que escribe se ve rodeado de millonarios y tías buenas.» (pág. 41)

La primera parte, que ocupa unas 50 páginas, es un relato metaficcional; en el que Olmos le cuenta al lector por qué quiere escribir su libro y cómo piensa hacerlo. Es la parte más divertida y ligera del libro. También acaba siendo un relato de duelo sobre su divorcio, ya que empieza con él y finaliza cuando el autor nos anuncia que tiene una nueva pareja.

Antes de entrar de lleno en el asunto, Olmos coloca en el libro un Interludio filológico, en el que trata de localizar el momento exacto en el que surge el término «tía buena» en el habla coloquial de España. Con la ayuda de un catedrático de universidad, Olmos nos mostrará que la expresión «tía buena» ya se usaba en España a mediados del siglo XIX.

La segunda parte se titula Una investigación filosófica, y aquí ya se encuentra el cuerpo principal del libro. Si, como ya he apuntado, la primera parte es la más ligera y divertida, y acaba funcionando como una introducción, el tema del libro se va a desarrollar en realidad en ésta mucho más larga segunda parte. En ella, Olmos hablará de sí mismo en muchas menos ocasiones, y analizará las lecturas que ha hecho para tratar de dar respuesta a sus preguntas iniciales. En el siglo XIX empezará la obsesión popular por la belleza, a la vez que se normaliza el uso de las fotografías. Tendencia que explotará en el sigo XX con el cine, ya que cualquier mujer podrá compararse con las actrices de la pantalla, que establecerá unos patrones de belleza deseados por ellas, y anhelados por ellos.

En realidad, el ensayo de Olmos acaba siendo un estudio de la mirada de los hombres sobre la belleza de las mujeres. Algunas de las páginas más interesantes del libro son aquellas en la que se analiza el posible conflicto entre los estándares de belleza femeninos y los presupuestos del feminismo. «Y es que hay, por paradójico que suene, “un feminismo de las chicas guapas”. Consiste en resignificar los patrones estéticos tradicionales de la mujer físicamente atractiva y considerarlos propios, no impuestos, sin variarlos un ápice. (…) Las cantantes populares siempre han aportado a su trabajo musical una considerable dosis de “sex appeal”, lo cual era machista; ahora las cantantes aportan a su trabajo musical la misma dosis de “sex appeal”, y esto es feminista.» (pág. 102)

Uno de los capítulos trata de demostrar que son los hombres los que miran a las mujeres y que éstas son miradas. De ahí se pasará a analizar el fenómeno de la exhibición en Instagram, por ejemplo, y el uso que hacen las mujeres de su «capital erótico». Se hablará también de esas parejas que se acoplan al prototipo de mujer atractiva y hombre de éxito económico, prototipos arcaicos que se encargan de perpetuar las modernas redes sociales, a juicio de Olmos.

Todo el análisis de Olmos me parece interesante –ya he dicho que su libro se centra en analizar la mirada de los hombres sobre las mujeres–, pero creo que se ha dejado fuera de análisis algunos fenómenos de la actualidad: cada vez más hombres no se visten para tener éxito económico (como se apunta en el libro), sino para lucir su físico, y muchas de las cuentas de Instagram en las que alguien exhibe su juventud o su cuerpo son de hombres. Para Olmos no parece existir el concepto de «capital erótico» masculino –algo de lo que llega a hablar, pero muy de pasada y como fenómeno marginal– y, posiblemente, sobre esta idea se podrían escribir páginas interesantes sobre el cambio de roles y la modernidad.

Se nota que Olmos se ha documentado con profundidad y las citas que hace de libros clásicos que tratan sobre la belleza, lo sexi y la mirada son muy interesantes y él consigue, acercando estos modelos a la moderna realidad de, por ejemplo, Instagram, sacar un interesante partido a esas ideas.

Es cierto, también, que, lo que empezó en la primera parte con ligereza y humor, acaba cargándose con tintes más amargos, sobre todo cuando habla de conceptos como los de «el negocio de la frustración», al analizar el mundo de la ropa y la moda. También se cita al filósofo de origen coreano, pero que escribe en alemán, Byung-Chul Han (autor de, por ejemplo, La sociedad del cansancio) y se acaba especulando con la idea de que las relaciones entre hombre y mujeres, en la mayoría de los casos, acaban siendo

transacciones comerciales, entre el estatus del hombre y la belleza de la mujer; una idea que, como he apuntando antes, me acaba pareciendo que (con los nuevos roles de hombres y mujeres) se ha podido quedar algo anticuada.

En cualquier caso, el ensayo de Olmos me ha parecido muy interesante, lleno de reflexiones punzantes, que siempre invitan a ser pensadas dos veces, y que he leído siempre con curiosidad. Me ha gustado este Alberto Olmos ensayista, que después de sus últimos años peleándose con los artículos periódicos, cada vez tiene la prosa más afilada para analizar la realidad en la que vive. Tía buena es un libro refrescante, atrevido y, a la vez, hondo y melancólico.

domingo, 14 de febrero de 2021

Irene y el aire, por Alberto Olmos

 Irene y el aire, de Alberto Olmos

Editorial Seix Barral. 185 páginas. 1ª edición de 2020.

 

Sigo la obra de Alberto Olmos (Segovia, 1975) desde que empezó, puesto que leí su primera novela, A bordo del naufragio, cuando hizo su aparición allá por 1998. Desde entonces, he leído casi todo lo que ha publicado y me acerco habitualmente a sus columnas en prensa. También le conozco en persona desde hace unos cuantos años. De hecho, Olmos me habló de esta nueva obra, Irene y el aire, tomando un café, al menos un año antes de que haya aparecido en las librerías.

 

En Irene y el aire, Alberto Olmos le habla al lector del embarazo de su novia, Eugenia, y del nacimiento de su hija, Irene. Eugenia e Irene son los nombres de la novia y la hija reales de Olmos. De hecho, también las conozco en persona. Así que en su nueva novela, Olmos no ha marcado ninguna distancia entre el narrador de su libro y el escritor; siendo los dos ‒en principio, o a esto se juega al menos‒ la misma persona.

La novela está dividida en dos partes. La primera está formada por nueve capítulos y cada uno de ellos podría ser un artículo de periódico o revista sobre el tema de la espera del hijo primogénito de una pareja. Desde hace unos años, Alberto Olmos escribe una columna semanal en el periódico El Confidencial, y el estilo del artículo se acopla muy bien a sus dotes de observador y de regate en corto de la realidad cotidiana. Olmos tiene mucha capacidad en estos artículos para armar literatura sacándole punta a sucesos en principio nimios. Me ha parecido que esta ejercitación en la distancia del artículo, hablando de forma habitual en su primera persona, le sirve, en gran medida, para montar los capítulos de esta primera parte de la novela; unos capítulos irónicos y costumbristas; unos aguafuertes de la realidad bastante divertidos. Así, en el primer capítulo, Olmos nos acercará a una fiesta, a la última fiesta que Eugenia y él van a poder disfrutar como pareja sin hijos, puesto que Irene va a venir al mundo la semana siguiente. «Las conversaciones las iniciaba Eugenia, al moverse. Bastaba su barriga para despertar locuacidades, normalmente muy empáticas. Una embarazada es, pongamos, el reverso de una detonación. Todo el mundo anhela esa detonación, esa vida, aunque le tenga un enervante respeto.», leemos en la página 12.

En otros capítulos se nos va a hablar de la búsqueda de la vivienda de alquiler, previendo las necesidades de una pareja con una hija, y de la visita a Ikea para amueblar esa casa. El costumbrismo irónico con que se narra la visita a Ikea es muy divertido. «Era la amargura del siervo que elige, y que eligiendo se va dando cuenta de la dimensión de su servidumbre. Elige porque está esclavizado, porque su esclavitud es tener que elegir.», leeremos en la página 34, apreciando el gusto de Olmos (como ocurre en sus artículos) por la asociación de conceptos paradójicos.

 

Quizás en una frase de la página 61 se resuma el espíritu del libro: «la épica pequeña de estar protagonizando algo tan grande.» Eugenia sale de cuentas en febrero de 2016, así que la mayoría de lo narrado en la primera parte del libro transcurre en 2015.

 

La novela cambia en la segunda parte. Si bien en la primera se narraban algunos sucesos curiosos o llamativos, transcurridos durante unos meses de embarazo, la segunda va a ser el relato de tan solo unas escasas horas, situadas en el 26 de febrero de 2016; día en el que Eugenia va a dar a luz a Irene. Aquí Olmos despliega un truco narrativo, puesto que estas horas serán contadas desde la idea de que algo terrible ha podido ocurrir, pese a que cualquier lector de las columnas de Olmos en El Confidencial o bien cualquier seguidor de su Twitter, sabe que Irene realmente llegó al mundo y se ha convertido en una dicharachera niña de cuatro años. La madrugada del día citado, Eugenia empezará a sangrar de un modo anómalo; hecho que va a desbaratar los planes iniciales de la pareja de traer a su hija al mundo en el hospital de Torrejón de Ardoz, donde se permite tener un parto de un modo más natural, y complaciente con los deseos de la madre, que en otros hospitales madrileños. Esta segunda parte está armada consultando, seis meses después, un cuaderno en el que Olmos hizo breves y alarmantes anotaciones durante esa jornada tan importante para su vida y la de su familia.

 

En la primera parte habíamos leído que «Nadie escribía novelas sobre niños felices.» (pág. 48), y esta idea parece hacerse presente en el planteamiento narrativo de la segunda parte. Sé que Alberto Olmos es un gran admirador de Francisco Umbral; de hecho, la portada de Irene y el aire, con ese ombligo central es muy parecida a la de Historias de amor y Viagra, un libro que Umbral publicó en 1998. Posiblemente el libro que Olmos admire más de Umbral sea Mortal y rosa, donde Umbral escribe sobre su hijo, que murió a los cinco años. Este poso trágico hace que el libro de Umbral, que es en realidad un libro de duelo, se eleve sobre la mera historia de la relación de un padre con su hijo. En este sentido, La hora violeta de Sergio del Molino, donde también se narra la experiencia de pasar por la muerte de un hijo, guarda más relación con Mortal y rosa que Irene y el aire. La idea se ha insinuado ya en la primera parte de la novela de Olmos: nadie escribe novelas sobre niños felices; la infelicidad (y la evidente tragedia de la muerte de un hijo) reviste las propuestas de Umbral y de Del Molino de un halo trágico y solemne, al que no puede aspirar la novela de Olmos. Por supuesto, esto no quiere decir que no haya literatura en la novela de Olmos; porque realmente la hay en casi todas sus páginas. Irene y el aire es en principio un tratado de costumbres sobre un embarazo, contado por el hombre, donde muestra como, en muchos contextos, por ejemplo en el de las visitas a las ginecólogas, es ignorado y desplazado por éstas al ser hombre («Yo compadecía allí como la pintura de las paredes.», pág. 179), y que se acabará convirtiendo en una frenética narración sobre la angustia del alumbramiento de la vida («Pocas veces me he sentido a gusto entre los hombres, pero siempre seré un padre entre los padres.», pág. 146). Por supuesto, Irene y el aire no es un libro que puede interesar solo a parejas que van a tener su primer hijo, porque cumple con las expectativas de cualquier lector literario, al ser un libro sincero, divertido y conmovedor, al hablar de temas universales y retratar la experiencia humana como «el vivir irreversible, una sucesión de situaciones únicas que se robaban protagonismo unas a otras.» (pág. 173)

 

domingo, 5 de junio de 2016

Entrevista a Alberto Olmos, autor de Guardar las formas

Alberto Olmos (Segovia, 1975) ha publicado las novelas A bordo del naufragio (1998), Trenes hacia Tokio (2006), El talento de los demás (2007), Tatami (2008), El estatus (2009), Ejercito enemigo (2011) y Alabanza (2014).
En 2016 ejerce de editor invitado en el sello Caballo de Troya –integrado en el grupo Random House– y ha publicado su primer libro de relatos, Guardar las formas.




Tú siempre has sido escritor de novelas. ¿Qué ocurrió después de Alabanza para que decidieses empezar a escribir un libro de cuentos?

Pues sucedió que la idea de escribir una nueva novela me resultaba poco estimulante, dado que Alabanza había sido, ya sólo por su extensión, una apuesta ambiciosa y extenuante. Me veía abocado a escribir una novela menor, o a no escribir. Entonces pensé en el cuento, empecé a engolosinarme con la idea de debutar en el género breve y, finalmente, mis propios prejuicios contra el relato se pusieron ante mí y gritaron: ¿no decías que era tan fácil escribir cuentos?, ¡pues prueba y verás! Todo un reto.


A finales de 2009 escribiste en tu blog Hikikomori un artículo, titulado Género y práctica: el cuento y la novela, que resultó polémico. En él llegabas a afirmar: «El cuento es un género menor». ¿No temías las posibles reacciones si tú mismo llegabas a publicar un libro de cuentos? ¿Sigues afirmando hoy lo mismo?

Como decía en ese post ‒por lo demás, nada polémico; quiero decir que escribir en tu propio blog y aspirar a una auténtica polémica es un poco ingenuo‒, escribir cuentos es una práctica menor, práctica menor de la que pueden salir obras maestras, obviamente, pero de la que normalmente sale una mediocridad que ha costado menos esfuerzo que la mediocridad que surge de escribir novelas. 


En 2015 fuiste uno de los cinco finalistas del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero (al que se presentaron 850 originales), con el libro Guardar las formas. ¿Qué sensación te produjo aquello?

Alegría. Como supondrás, hablo siempre mal de los premios literarios, así que este pseudo-reconocimiento me hizo ilusión. Envié el libro con la intención de poner a prueba mis cuentos en un contexto tan competitivo como es el premio de relatos mejor dotado del Universo. Ser finalista me hizo pensar que mi libro no debía de estar nada mal.


¿Has leído al ganador de ese premio, el libro Siete casas vacías de Samanta Schweblin? En caso afirmativo, ¿qué te pareció?

No. Sin embargo, me gustó mucho su libro anterior publicado en España, Pájaros en la boca.


¿Has leído cuentos o novelas de los otros tres finalistas, Cristina Cerrada, Vera Giaconi y Edmundo Paz Soldán? ¿Nos puedes decir algo de ellos?

Leí a Cristina Cerrada cuando compartíamos editorial (Lengua de Trapo); me gustaban bastante. De Edmundo Paz Soldán leí su anterior libro de cuentos en Páginas de Espuma y su novela Norte. Vera Giaconi creo que no está publicada en España. 


¿El libro Guardar las formas, que presentaste al Ribera del Duero con el título Todos cuantos vagan, es el mismo que el lector puede leer ahora editado por Random House? ¿Has eliminado o añadido algún cuento? ¿Por qué ese cambio de título?

El título Todos cuantos vagan procede de un verso de San Juan de la Cruz. Sigue pareciéndome muy bueno, pero era ‒junto con mi novia‒ el único que pensaba así. Guardar las formas también me gusta. De hecho, se me ocurrió antes, pues quería hacer un libro de cuentos muy experimental y lo cambié porque no quería que alguien dijera: bah, es sólo un libro de cuentos muy experimental. Después de perder el premio, quité tres relatos e incluí dos nuevos. También los coloqué en un orden distinto. Lo más difícil de un libro de cuentos es saber o llegar a saber o llegar a creerse que esos cuentos que incluyes y no más, y no otros, y no menos, constituyen de verdad un libro de cuentos. Es casi lo único que he aprendido sobre el género después de escribir Guardar las formas


En una entrevista has declarado que, al sentarte a escribir estos cuentos, en primera instancia te propusiste tratar de ser lo más experimental posible, pero luego te centraste y ya no fuiste tan radical. ¿De verdad trataste de escribir un cuento sólo con la letra «e» al estilo de Perec, o sólo pensaste en hacerlo?

Pensé en todo tipo de recursos, pero cuando escribí Los bienes, un cuento muy emocional y técnicamente muy sencillo, que además es el que más ha gustado a casi todos los lectores del libro, rebajé mucho la radicalidad de mis intenciones. Con todo, me mantuve firme en no hacer dos cuentos iguales, que es básicamente lo que encontramos en casi todos los libros de cuentos famosos y celebrados: diez o doce cuentos exactamente iguales. 


Mi cuento favorito del libro es Guardar silencio, en el que juegas con la extrañeza que puede llegar a causarnos la tecnología. En mi reseña aventuré que me parecía éste un cuento inspirado en el mundo del escritor argentino Sergio Chejfec. ¿Estoy en lo cierto? ¿Hasta qué punto te interesan los cambios tecnológicos como material literario?

No había establecido esa relación entre mi relato y la obra de Chejfec, autor al que leo cada día con mayor devoción. Con todo, Chejfec en su maravilloso libro Modo linterna hace más bien relato ensayístico y en mi cuento no hay muchas ideas, sólo acción y algunos pasajes psicológicos. La tecnología como material literario ahora mismo no me interesa en lo más mínimo, pero me interesa la vida que veo a mi alrededor y es difícil ver a alguien sin un móvil en la mano. 


He tenido la impresión de que más de uno de tus cuentos tendía al tremendismo (en más de un caso, el final de la narración estaba relacionado con una muerte violenta). ¿No crees que es éste un efecto utilizado en exceso en la construcción de cuentos?

Creo que sólo mueren dos o tres personajes en el libro, y casi ninguno de forma violenta. Además, como afirmé más arriba, he buscado que los cuentos fueran muy distintos, de modo que veo difícil que haya varios con finales similares; pero, como autor, no sólo puedo estar equivocado, sino que, por el bien de mi libro, me conviene estarlo. 


¿Cuál es el título y quién es el autor de tu cuento favorito?

Elegir uno así a bote pronto es difícil. Parece que uno debe evitar los lugares comunes y ponerse exquisito. Pero, bueno, podemos decir que El balcón, de Felisberto Hernández. 


El cuento Los sentidos me ha parecido un claro homenaje al mundo de Julio Cortázar. ¿Estoy en lo cierto? ¿Eres más de Borges o de Cortázar?

La verdad es que en ese cuento pensaba en algunos textos pizpiretos y muy ingeniosos de Andrés Neuman. Imité un poco ese estilo de frase corta y chispa continuada. Todo el mundo sabe ya que Borges era mucho mejor que Cortázar. A mí me gusta más Cortázar. 


¿Quiénes son los escritores de cuentos que más te interesan ahora mismo?

Fuera de los españoles o de aquellos que escriben en español y son publicados en nuestro país, no recuerdo ningún escritor de cuentos que sea para mí una referencia. Obviamente me gusta Lydia Davis o Mrozek y leo los libros que más elogios reciben (Saunders, Lorrie Moore, etcétera). Durante un tiempo me lo pasaba muy bien con los cuentos cortos de Etgar Keret. Sucede también que hay libros de cuentos fantásticos escritos por autores que no se sabe si volverán al género, pues se prodigan más en el de la novela. Pienso en Amor y obstáculos, de Aleksandar Hemon. 


Recomiéndanos libros de cuentos de escritores españoles o hispanoamericanos actuales.

Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón; Pampanitos verdes, de Óscar Esquivias; Estrómboli, de Jon Bilbao. 


Has declarado que la forma de escribir cuentos de Raymond Carver está ya agotada. ¿Está también agotada la lectura de los cuentos de Carver?

No, claro. Una cosa es que imitar a Elvis haya pasado de moda y otra que Elvis haya dejado de ser el rey.


¿Es cierto que planeas escribir un ensayo y un libro de poemas? ¿Conoceremos al Alberto Olmos poeta? En caso afirmativo, ¿darás recitales en los bares de Malasaña?


Le tengo mucho respeto a la poesía y me obsesiona la idea de no conocer en profundidad la métrica española y ponerme a escribir poemas al buen tuntún, como hacen en esos bares de Malasaña que citas. Lo mínimo que tiene que saber uno que se pone a escribir poemas es la definición del endecasílabo heroico, creo yo.

Gracias, Alberto.

domingo, 29 de mayo de 2016

Guardar las formas, por Alberto Olmos

Editorial Random House. 132 páginas. 1ª edición de 2016.

He comentado en el blog en más de una ocasión que conozco en persona a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que de vez en cuando quedamos y hablamos de libros. También he leído casi todo lo que ha publicado. Sé (lo ha declarado en prensa) que cuando acabó de escribir Alabanza y cuando el libro se publicó en 2014, se sintió sin fuerzas para volver a escribir una nueva novela a corto plazo. Decidió entonces escribir un conjunto de relatos por primera vez. Ésta, que parece una decisión inocua en el itinerario de cualquier escritor, en su caso puede llegar a ser algo controvertida, debido a que hace años resultaron polémicas unas declaraciones suyas en las que afirmaba que el cuento le parecía un género menor respecto a la novela (la disciplina que siempre ha practicado él). Aquello lo publicó en su blog Hikikomori en 2009, y entre otras cosas afirmaba lo siguiente:

«La ideas no discutibles sobre el cuento y la novela son las siguientes:

1. Un cuento es más fácil de escribir que una novela.
2. Cualquiera puede escribir un cuento; no cualquiera puede escribir una novela.
3. El cuento puede leerse y escribirse de un tirón; una novela no puede escribirse ni leerse de un tirón.
4. Muchos autores empiezan escribiendo cuentos y pasan a la novela; pocos (no conozco ninguno) siguen la trayectoria inversa.
5. Las novelas pueden expurgarse hasta producir un cuento.
y 6. La suma de cuentos no equivale a una novela».

El post completo puede leerse AQUÍ

En aquella época a Alberto Olmos le gustaba provocar, creo que ahora también, aunque en la actualidad se muestra más comedido. El artículo que comento (de lectura estimulante) trajo consigo más de un comentario y alguna ofensa. Yo sé que Alberto es un lector habitual de libros de cuentos y de poesía, aunque despotrique contra los malos cuentos y la mala poesía. Sé que admira mucho la forma de escribir cuentos de, por ejemplo, Eloy Tizón.

Así que, después de Alabanza, pensando que no estaba en disposición de escribir una nueva novela, Olmos decidió asumir el reto de escribir un libro de cuentos. El conjunto, formado por doce piezas, lo envió al premio bienal de cuentos Ribera del Duero, que se falló en 2015, resultando ganador el libro Siete casas vacías de la escritora argentina Samantha Schweblin. En esta convocatoria se presentaron 850 originales, y entre los cinco finalistas (Cristina Cerrada, Vera Giaconi, Alberto Olmos, Edmundo Paz Soldán y Samantha Schweblin) estaba Guardar las formas, con el título de concurso Todos cuantos vagan.

Guardar las formas está formado por doce cuentos. Cuando me acerqué al primero, titulado Por dentro, sobre un joven que no puede salir de la casa de la chica con la que se ha acostado, tuve la impresión de estar ante el típico personaje de una novela de Olmos: alguien solitario y fascinado por la intimidad de los demás. La prosa, como es habitual en la narrativa de su autor, está muy cuidada. Olmos ha tratado de escribir –leo en prensa‒ un conjunto de relatos en los que ensaya muchos enfoques. Sin embargo, el conjunto, pese a tener, por ejemplo, cuentos realistas y otros fantásticos, acaba leyéndose con una sensación de propuesta unitaria. Así, al acercarme al segundo cuento, La botella, sobre una mujer que bebe sola en su casa, experimenté una conexión temática con el protagonista del primero, y el modo de resolver ambos relatos ‒de forma elusiva, pero con tendencia a la tragedia y el tremendismo‒ también me resulta semejante.

En el tercer cuento ‒768.786 euros‒ el tono cambia, pues se pasa de la tercera persona a la primera, y el narrador cede su voz a un ladrón de barrio marginal. El relato se lee con agilidad, y el mundo descrito tiene bastante fuerza, pero quizá, al encontrarme de nuevo con un final similar a los anteriores (como dije: “tendencia a la tragedia y el tremendismo”), me parece que el resultado pierde algo de intensidad, y se tiene la sensación de que estos tres primeros cuentos se han escrito empleando una fórmula. Aunque lo cierto es que los tres son buenos, y probablemente, 768.786 euros lo habría disfrutado más si no hubiera leído los dos anteriores.

El cuarto –Guardar silencio‒ nos habla sobre la soledad de una mujer hispanoamericana inmigrante en España, y es mi favorito del conjunto. Creo detectar en él esa fascinación por las posibilidades de los cambios tecnológicos y sus implicaciones en la vida cotidiana de las personas inspirada, o conectada, con las obsesiones de los relatos y novelas del escritor argentino Sergio Chejfec. Me parece un cuento que, pese a su concepción muy intelectualizada, acaba siendo bastante emocionante.

Los bienes, sobre la muerte de un padre, que cada año escribe una novela que nunca llegará a publicarse, es un cuento correcto sobre la condición humana y la vocación.

No me gusta demasiado Carta de una niña de cuatro años (para que la lea cuando alcance los dieciocho), porque lo que funcionaba en el anterior como contención narrativa, aquí me parece que se desliza ligeramente hacia la cursilería y la anécdota mínima. Se lee con agrado, en cualquier caso.

Tantas veces criminal es otro de mis cuentos favoritos del libro. Un español pasea por las calles de una ciudad hispanoamericana, horas antes de tener que dejarla para tomar un avión. Su mirada se va haciendo cada vez más turbia, más inquietante. El sentimiento paranoico del que observa y se siente observado me ha hecho percibir una conexión con el narrador del primer cuento, y el sutil desasosiego que generaba me ha resultado perturbador. Un cuento logrado.

En cambio, La suplantación es el cuento que menos me ha gustado del libro. Es un relato bastante corto, de apenas cuatro páginas, y a mí los cuentos que más me gustan tienden a ser largos, de 15 a 20 páginas. Es un cuento metafísico, de anécdota mínima, que me recordaba un tanto al de La botella, pero este último me ha parecido bastante más conseguido.

En VHS, el narrador cede su voz a un retrasado mental (una posible influencia del personaje de Benjy en El ruido y la furia de Faulkner, por esta idea de la primera persona cedida a una voz en principio no literaria); en él he sentido una conexión con el cuento 768.786 euros. El final tremendista también los une.

Love performance aborda la obra un tanto desquiciada de una artista conceptual, y me ha gustado bastante. Me ha recordado a la nueva cuentística argentina (Samantha Schweblin, Federico Falcón o Tomás Sánchez Bellocchio), que se adentra en el territorio híbrido entre el cuento fantástico y el realista. Se cuenta aquí algo, en principio inverosímil, pero desde una perspectiva realista. En este sentido, también el último cuento, Todos y cada uno de ellos, lugar y fecha, pertenece a ese nuevo territorio híbrido de la extrañeza.

El penúltimo relato ‒Los sentidos‒ es un claro homenaje a Julio Cortázar, y como homenaje funciona, pero la artificiosidad de la extrañeza creada me lleva a preferir el último cuento comentado: Todos y cada uno de ellos, lugar y fecha, que fluye de manera más natural.

Guardar las formas me ha resultado una lectura agradable; tiene cuentos bastante redondos, pese a alguna repetición en los efectos creados, y otros en los que el autor se arriesga y no acaba de atinar. Ya lo he dicho cuando he comentado los libros del cuentista Elvio E. Gandolfo (alguien que debería ser mucho más conocido en España de lo que es): el hecho de mezclar en un libro de cuentos los fantásticos con los realistas o expresionistas, los de ciencia ficción con los costumbristas… siempre es una riqueza.


Después de tanta provocación de Olmos sobre el tema del relato (un género que a mí siempre me ha gustado mucho), resulta que por fin se ha decidido a escribir un libro de cuentos y hay que reconocer que el resultado del conjunto ha sido notable.

domingo, 25 de mayo de 2014

Alabanza, por Alberto Olmos

Editorial Random House. 376 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya he comentado en el blog dos novelas de Alberto Olmos (Segovia, 1975), y ya he escrito aquí que he leído prácticamente casi todo lo que ha escrito, y que empecé con él en 1999 con A bordo del naufragio. En la reseña de Ejército enemigo escribí una larga introducción sobre mi relación con la obra de Olmos (ver AQUÍ). En esta reseña también apuntaba que lo conozco en persona. Sin ir más lejos, el mismo día en que acabé de leer Alabanza –en el autobús que por las mañanas me lleva al colegio donde trabajo–, quedé a tomar algo con él. En un bar de la calle del Pez, él pidió… (no, es broma; que luego me dice que escribo unas reseñas muy indiscretas).

Como le ocurre al personaje de Alabanza, al propio Olmos no le gusta hablar de lo que está escribiendo; pero, gracias a alguna conversación, yo sabía que en los últimos tiempos estaba enfrascado en la escritura de su novela más larga hasta la fecha y que el tema podía ser rural. Durante estas vacaciones de Semana Santa me acerqué a la Fnac de Callao y compré Alabanza, que he leído con la calma de las vacaciones, dedicándole a la lectura más tiempo que el que habitualmente me puedo permitir.

La novela comienza cuando la pareja protagonista, Sebastian Bel y Claudia, se acercan en coche hasta el pequeño pueblo de Castilla en el que han decidido pasar sus vacaciones de verano, un pueblo sin conexión a internet y con una población de unas veinte personas (según la agencia que les ha alquilado la casa).
Sebastian ha alcanzado un acotado prestigio como escritor de cuentos, pero cuanto más prestigio tenía (concedido por el todopoderoso crítico Roberto Alamañac), menos parecía vender. Un día, acuciado por la falta de dinero, decide escribir, al fin, una novela comercial, titulada El misterio del mapa o algo parecido. En la novela se juega a la desmemoria de Sebastian sobre el título de su propia novela, a la que secretamente desprecia: se trata de una novela sin alma literaria, un artefacto narrativo diseñado para satisfacer el gusto popular y que se convierte, de forma inmediata, en un best seller, que le dará dinero y fama. El crítico Alamañac ataca este cambio en la escritura de Sebastian, que –al revés que le ocurría antes– parece ganar lectores según pierde prestigio.
La novela está ambientada en el futuro inmediato de 2019, un mundo en el que ha desaparecido la Literatura Tal y Como se Conocía Hasta 2013. La literatura ha muerto por la ausencia de lectores y porque los escritores, asimismo, decidieron claudicar a favor del best seller. Quizás, se culpa Sebastian, la literatura murió después de la escritura de El misterio del mapa (o un título similar). El verano en el pueblo castellano le va a servir a Sebastian para dos cosas: escribir un nuevo libro de cuentos, tratando de redimirse como autor literario, cuando lo lógico sería escribir una segunda parte de su best seller; y mantenerse alejado de internet, donde suele ser el blanco de dolorosos ataques.

La estructura de Alabanza está muy cuidada: La ida, con la llegada en coche de la pareja al pueblo, sirve de prefacio de lo que se va a desarrollar después; y el final, La vuelta, sirve de conclusión, mientras los protagonistas dejan el pueblo. En medio hay tres partes –Broma, Prejuicio, Mentira– de una extensión similar.
La novela está escrita en tercera persona y se sirve del estilo indirecto libre para acercarse al punto de vista de los personajes (aunque serán más las páginas que se ocupen de Sebastian que las que se dedican a Claudia).
En Broma, Sebastian se ha propuesto no salir de la casa alquilada hasta que no escriba un buen cuento. Quiere escribir un libro de cuentos titulado Las amadas, y en cada uno de los cuentos hablará de la relación con las mujeres con las que se ha acostado (de nuevo, el interés de Olmos por el sexo). Sebastian irá fracasando en sus intentos de escritura, pero el lector podrá acercarse al fantasma de ese libro no escrito. Mientras, Claudia deambula por el pueblo, que parece habitado sólo por unas antipáticas viudas. A Claudia comenzará a fascinarle un pequeño misterio: el incendio de la principal iglesia del pueblo. Esto dará pie a una pequeña trama, la esperanza de resolución de un pequeño misterio.

En la segunda parte, Prejuicio, Sebastian, tras conseguir escribir lo que considera un buen cuento, sale a la calle. Los recuerdos le asaltan, ya que –descubre el lector– el pueblo castellano elegido no fue precisamente al azar, sino que es su pueblo de origen; ese del que renegó al huir a la ciudad y cambiar incluso de nombre.

En Mentira, otra vez se vuelven a entrecruzar el punto de vista de Claudia y el de Sebastian, y lo más destacable sería la rememoración de Sebastian de sus comienzos literarios. La crítica al sistema literario (con algunos personajes casi reconocibles) acaba siendo bastante ácida y divertida.

Alabanza recurre a la analepsis continuamente. El tiempo rememorado desde el verano del pueblo ocupa muchas más páginas que el presente. Y en cierto modo, cada una de las partes principales de la novela podría funcionar casi como una novela corta independiente; unidas, claro, porque lo contado atañe a distintos aspectos de la vida del protagonista: su relación con el sexo, con su pasado rural y con la literatura. El contrapunto de la mirada de Claudia y el pequeño misterio planteado en torno al incendio de la iglesia y a la muerte del padre de Sebastian completan la estructura argumental de la novela.

Alabanza está escrita con gran ambición literaria. El lenguaje podría ser el tercer protagonista de este libro, repleto de frases muy bellas, y que indaga no sólo en la búsqueda y el rescate de un vocabulario rural olvidado, sino simplemente en los entresijos del idioma. En las notas que tomo al leer han sido numerosas las palabras que he tenido que apuntar para consultar su significado (aproado, ancilar, esculcar, agiotista, nimbar, teratológico…, por poner algunos ejemplos).
Me ha gustado el siguiente detalle: aunque la novela se inscribe en esta pequeña corriente de la literatura actual que manifiesta un interés por el mundo rural (Intemperie de Jesús Carrasco o Por si se va la luz de Lara Moreno), y que retoma uno de los temas más olvidados de las últimas décadas, al situar la novela en 2019 se introduce también algún elemento de ciencia ficción. Los móviles (en el caso de poder conectarse a internet), al enfocar su visor sobre algún objeto desconocido, pueden suministrar al usuario información sobre la realidad que está contemplando.

El día que acabé la novela, como ya he comentado, quedé a tomar algo con el propio Olmos. Hablando sobre la esencia de la verdadera literatura, de esa conjunción entre lenguaje y creación de trama y personajes, y de mi opinión sobre la novela, le comenté a su autor que, partiendo de que Alabanza me parece un gran libro, quizás podría haber tenido más fuerza si la historia narrada en el presente del verano del pueblo hubiera planteado un conflicto mayor entre la pareja protagonista. El conflicto existe, los protagonistas cambian levemente desde que comienza Alabanza, desde ese prefacio titulado La ida, hasta el final (muy Lars Von Trier) de La vuelta, pero este cambio está, en todo caso, más sugerido que mostrado. Aunque tal vez este pequeño reproche sea simplemente un intento por mi parte de emular al gran crítico Roberto Alamañac, una señal (puramente personal) del camino que considero que ha de tomar Olmos en el futuro para convertirse (si no lo es ya) en uno de los escritores referenciales de mi generación.

Sin duda, Alabanza es una gran novela, que indaga en los conflictos de las relaciones de pareja, la identidad, la esencia del arte y la vocación literaria; escrita bajo los planos de una arquitectura sólida y que hunde sus manos en una sentida indagación de la esencia metafórica y una riqueza del idioma que a veces olvidamos.

La mejor novela del autor hasta la fecha.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Ejército enemigo, por Alberto Olmos

Editorial Mondadori. 279 páginas. 1ª edición de 2011.

(Para lectores con prisa: la reseña de Ejército enemigo empieza debajo de la foto de Alberto Olmos, lo anterior es una introducción sobre la obra de este autor)

Pensaba que había leído a Alberto Olmos (Segovia, 1975) antes que a Roberto Bolaño, pero no fue así; lo acabo de comprobar en el archivador donde voy apuntando lo que leo desde los 12 años: leí Estrella distante y Los detectives salvajes de Bolaño en el verano de 1999, y A bordo del naufragio de Olmos también en el verano de ese mismo año, pero después de a Bolaño.
Recuerdo haber cogido de la estantería de novedades en la biblioteca de Móstoles A bordo del naufragio, y haberme sorprendido de que una persona tan joven entonces –en 1998 Alberto Olmos tenía 23 años– hubiese quedado finalista del premio Herralde y se hubiese publicado su libro en Anagrama, entonces la meta más alta, para mí (y posiblemente ahora también, aunque con algún matiz), a la que debería desear llegar un aprendiz de escritor en España. Es posible que al leer A bordo del naufragio en 1999 leyese por primera vez el libro de alguien más joven que yo.
Y recuerdo que sin que me pareciera ninguna obra maestra –el libro debía de estar escrito cuando Olmos tenía 21 ó 22 años– me gustó porque sentí una conexión inmediata con el personaje, alguien que se acercaba todas las mañanas con desgana a su facultad de periodismo en la misma Universidad Complutense de Madrid a la que yo me acercaba por las mismas fechas con igual o mayor desgana (una desgana la mía llena de angustia y dudas sobre mí mismo), que tenía unos referentes (recuerdo por ejemplo la serie Doctor en Alaska) similares a los míos, y que reflejaba a una juventud con la que yo pude sentirme más identificado que la que mostraban libros como Historias del Kronen de José Ángel Mañas o Lo peor de todo de Ray Loriga.

Después, durante los años siguientes, esperé la segunda novela de Olmos, que pensaba que aparecería en Anagrama. Y esto no ocurría.
Creo que fue en un suplemento cultural donde leí que Olmos había publicado un libro titulado Así de loco te puedes volver en una editorial que dependía de la Caja de Ahorros de Segovia o algo así; pero no llegó a las librerías, lo dejé pasar y me olvidé.

Bastantes años más tarde, paseando entre los anaqueles de la biblioteca de Móstoles, descubrí por azar un nuevo libro de Alberto Olmos, Trenes hacia Tokio, publicado por la editorial Lengua de Trapo, novela ganadora de un premio organizado por la Comunidad de Madrid. No lo podía creer, estoy hablando ya de 2008, habían pasado muchos años desde que me había cansado de esperar la siguiente novela de Olmos. Leí la contraportada y me enteré de que Alberto Olmos se había ido a vivir a Japón, y de que este libro, Trenes hacia Tokio, reflejaba esa experiencia.
Lo saqué de la biblioteca, lo leí, y me gustó el reencuentro. Si bien Trenes hacia Tokio carecía de una estructura interna muy sólida, mostraba unas estampas de Japón que me interesaron, unas estampas que huían de una visión estereotipada del país, y que mostraban la vida de los inmigrantes hispanoamericanos, de aburridas amas de casa, de niños en un colegio… Luego supe que los capítulos de Trenes hacia Tokio provenían de un blog en el que Olmos había narrado su experiencia japonesa de tres años, y así se explicaba su estructura impresionista.
También me percaté de que Alberto Olmos había publicado en 2007 otra novela con Lengua de Trapo, El talento de los demás. Busqué información sobre ella y encontré en Internet un gran número de reseñas elogiosas. Deseé comprarlo y por poco me echa para atrás la única reseña negativa con la que me topé, firmada por un tal Juan Mal-herido, que escribía en un blog llamado Lector mal-herido. No hice caso a la reseña del tal Mal-herido y compré el libro. Y, además, me enganché a aquel blog de reseñas donde en vez de aparecer la portada del libro reseñado o una foto del autor, los comentarios sobre los libros iban acompañados normalmente de la foto de una chica en actitud sexy.
Leí El talento de los demás y leí las críticas del Lector mal-herido. Y El talento de los demás me pareció la mejor novela de Alberto Olmos hasta la fecha, una obra ambiciosa y muy bien perfilada para la juventud del autor en ese momento, que acababa de sobrepasar los 30 años. En El talento de los demás Olmos juega a ser diferentes escritores, y me convenció con su despliegue de recursos: novela expresionista y novela realista polifónica. Y leí las reseñas que hacía el tal Lector mal-herido y en algunos momentos me sonreí por la provocación que suponían sus opiniones, a veces delirantes, políticamente incorrectas, muchas veces certeras, y pensé que quien escribía detrás de la careta de ese blog sabía de literatura y también, más de una vez, que no estaba muy cuerdo; en más de una ocasión también me partí abiertamente de la risa.

En algún momento el Lector mal-herido empezó a comentar los cambios que el autor Alberto Olmos deseaba hacer sobre la portada de su libro, Tatami, que también iba a publicar con Lengua de Trapo. Y aquí fue cuando me di cuenta de que Alberto Olmos y el Lector mal-herido eran la misma persona.
Pedí que trajeran Tatami a la biblioteca de Móstoles, y leí su escaso centenar de páginas apenas de una sentada. Olmos regresaba a su temática japonesa, y me pareció que estaba todo bastante bien medido. Además ahora utilizaba un nuevo recurso: el uso de diálogos, con una gran solvencia. Y estamos ya en febrero de 2009.

Me recuerdo comentando (cuando el blog mal-herido admitía comentarios) en la entrada de El tercer Reich de Roberto Bolaño, para decir que a mí no me había parecido tan malo el libro como la reseña insinuaba. Y allí me vi en un terrible fuego cruzado con otros comentaristas (la mayoría anónimos) que querían hacerme ver que Bolaño era, básicamente, una mierda de escritor; y a mí, básicamente, no me parecía que Los detectives salvajes lo escribiese cualquiera una mañana y tal… pero al parecer me faltaba a mí mucho por saber de eso llamado literatura, me decían los anónimos.
Aunque el día que más me molestó leer un comentario de Mal-herido fue cuando apareció allí el libro Los boys del escritor norteamericano de origen dominicano Junot Díaz. Creo que Mal-herido no estaba muy de acuerdo con que a Díaz le hubiesen concedido el premio Pulitzer por La maravillosa y breve vida de Oscar Wao, y leyendo su anterior libro de relatos, de una década antes, tuvo que desmontarlo. Cuando salió en esa década anterior fue cuando lo leí yo, un libro que me encantó y que leí más de una vez y compré de saldo para regalarlo otras tantas. Pero de nuevo lo mejor esta vez fueron los comentaristas, que no habían leído el libro pero abogaban por que a Junot Díaz había que darle, y darle fuerte además: qué se había creído ése, ¿qué nos la iba a dar con unos cuentitos de inmigrantes a nosotros, a nosotros…?

Después, cuando el hecho de que El lector mal-herido y Alberto Olmos eran la misma persona fue público, los comentaristas acabaron volviéndose contra el autor del blog, ya que algunos de ellos empezaron a pensar que Olmos estaba haciendo concesiones dentro de su, hasta entonces, inmaculado reparto de tralla. Se acabaron los comentarios.

En julio de 2009 fui de visita a Segovia, como cada verano, y en la librería Punto y línea, cercana a la plaza Mayor, me apeteció comprar la nueva novela de Olmos en Lengua de Trapo: El estatus; una novela que me pareció bien escrita, pero su desubicación y temática fantástica me descolocó: me pareció extraño que tras escribir El talento de los demás y Tatami Olmos escribiera El estatus; me desconcertaba esa evolución. Por estas fechas ya había abierto este blog de reseñas e hice un comentario sobre El estatus (pinchar AQUÍ), lo que me llevó a contactar, a través del correo electrónico, con Alberto Olmos, y luego lo conocí en persona. Él mismo, tomando un café, me comentó que El estatus no estaba escrito después de Tatami sino antes: había sido una novela rechazada en su momento, que al publicarla fue el Premio Ojo Crítico.
Desde entonces me he visto con Alberto en unas pocas ocasiones, y lejos de la imagen que podría desprenderse de Lector mal-herido en persona es un agradable y educado conversador (aunque, eso sí, al hablar con él, e imagino que en mayor proporción si sabe que eres admirador de Roberto Bolaño, como yo, en la conversación dirá al menos una vez: “¡Bolaño es una mierda de escritor!” y algunas variantes más de esa aseveración).




Tuve en las manos Ejército enemigo semanas antes de que saliese en librerías (aunque este ejemplar no fue el que leí; el mío lo acabé comprando en la Fnac de Callao).
Antes de acercarme a él pude leer dos reseñas: la de Antonio J. Rodríguez, quien afirma que Ejército enemigo es “la mejor historia de 2011” (ver AQUÍ) y la de Patricio Pron, que dice que “es técnicamente pobre y argumentalmente fallida” (ver AQUÍ).
Y lo curioso de estos dos puntos de vista tan diversos es que ambos proceden de autores de la misma editorial en la que ha sido editada esta novela, Mondadori. El primero, Rodríguez, un autor muy joven (1987) y amigo de Olmos, que pronto sacará libro con esta editorial; el segundo, Pron, es un autor de la misma quinta de Olmos (1975) y compañero suyo en la selección que la revista Granta hizo de los 22 mejores autores menores de 35 años de la lengua española. Pron, ante la pregunta que le hicieron en su blog de reseñas sobre por qué no hacía críticas negativas de los libros que leía, contestó (cito de memoria): “Porque leo más de tres libros por semana y prefiero dedicar tiempo y resaltar los buenos libros que leo antes que los malos”. (En el caso de Ejército enemigo parece que se olvidó de su axioma).

He leído Ejército enemigo con creciente curiosidad, tras las dos reseñas anteriores, y tras la desorbitada introducción anterior aquí está mi opinión:

Ejército Enemigo está narrado en primera persona por Santiago, un publicista de segunda fila de 35 años, y ya en la primera frase nos introduce, acercándose al existencialismo francés, en el núcleo argumental de la novela:
“Dijo que tenía algo para mí, por eso estaba aquel día de camino hacia la casa de mi amigo muerto. / Su madre me lo dijo” (pág. 9).

El amigo, Daniel, es más joven que Santiago y más idealista, colaborador habitual de ONGs y asiduo en manifestaciones; también pertenece a una clase social más alta que él. Cuando quedan, suelen discutir de política y de solidaridad. Santiago trata de minar la confianza de Daniel en su compromiso: a pesar de toda la solidaridad del primer mundo y de las ONGs, la pobreza mundial ha aumentado en los últimos 20 años. “La solidaridad ha fracasado”, afirma Santiago. Meses más tarde, Daniel aparecerá muerto violentamente en un descampado –a sus 28 años–, y Santiago recibe una curiosa herencia: la clave del correo electrónico de Daniel. Lo que le permitirá acceder a la intimidad de su amigo sin que nadie más lo sepa.
Santiago se desvela pronto como un ser cínico y un tanto amargado, al que le gusta fisgar en las vidas de los demás, y por tanto la clave del correo de Daniel será para él un vicio y un tesoro. Este rasgo humano, el deseo de penetrar en la intimidad ajena, ya lo exploró Olmos en Tatami, y profundiza en ello aquí desde un punto de vista muy actual, a través de las múltiples posibilidades de Internet.

Santiago es además un gran consumidor de pornografía en la red y le gusta participar en un chat donde el azar le hace encontrarse con otras personas y poder verse, o tener sexo, a través de las webcam.

Santiago se relacionará, después de la muerte de Daniel, con Fátima, la concienciada y joven hermana de este último, y con otros amigos del muerto; encuentros que forzará para poder reconstruir los últimos días de la vida de su amigo. Un hilo argumental que hace que el libro adquiera visos de novela negra, hasta que, siguiendo una investigación centrada en Internet, Santiago creerá haber dado con el asesino de Daniel.

Ejército enemigo está escrita con distintos registros literarios: con una prosa donde resuenan ecos del lenguaje cuidado de Paco Umbral o Javier Marías, y una temática que pretende provocar la polémica y que se acercaría a Michel Houellebecq (Plataforma, Las partículas elementales…) y también a Frédéric Beigbeder, por sus comentarios del mundo publicitario en la novela 13,99 euros; con algún toque del existencialismo francés: en un momento de la novela se reflexiona sobre el yo, evocando, sin nombrarlo, La náusea de Jean Paul Sartre.
También se usa el formato del diario: Santiago va anotando los acontecimientos de su vida en cuadernos, con una prosa muy escueta y casi vacía de sentimiento.
A través del correo electrónico de Daniel la novela se acerca al género epistolar en su versión cibernética.
Se usan las citas, leídas en correos electrónicos, que un amigo enviaba a Daniel: David Fincher, Thomas Bernhard, Jack London, Henry Fielding… (Comentario metaliterario: muchas de ellas provienen de libros que aparecieron comentados en Lector malherido).
Se usa el ensayo: la narración se detiene, y Santiago reflexiona sobre la evolución de la pornografía en Internet y la idea de intimidad; o sobre la evolución mercantilista del concepto de solidaridad.
Se usa el cuadro costumbrista: Santiago vive en un barrio deprimido de Madrid (¿Usera?), y se describe su deterioro y la convivencia entre nativos e inmigrantes. Es interesante el contraste creado con los barrios pijos de la ciudad, de donde proceden los amigos de Daniel.

Como ya he apuntado, Olmos quiere escribir con un lenguaje cuidado, que intenta evocar a sus admirados Umbral o Marías. Muchas páginas me han gustado y en otras me parecía que se hacía difícil la coherencia entre el cinismo desapegado del narrador y su tendencia a un lirismo excesivo y no siempre acertado: “Desde hacía años, el centro de la ciudad se había llenado de esta suerte de propuesta artística [zapatos colgados en cables]. En numerosas calles, numerosos cables mostraban ese inopinado fruto zapatero” (la cursiva es mía).
En muchos casos me he descubierto leyendo el libro como si el narrador de Ejército enemigo fuese el mismo que el de A bordo del naufragio, pero más de una década después, convertido aquel chico dolido y de mirada sensible en un cínico un tanto amargado. Hay un nexo que los une: A bordo del naufragio termina cuando el protagonista roba un libro de Fernando Pessoa en la Fnac de Callao y le atropella un coche; en Ejército enemigo, Santiago ya ha leído a Fernando Pessoa y lo ha reducido a un triste eslogan publicitario para vender refrescos.

(Nota personal: en la página 87 leemos: “En un intento estimable de dar al internauta solitario y enrojecido gato por liebre”. ¿Gato por liebre?, ¿una frase hecha, un cliché? ¿No han sido defenestrados en Lector mal-herido muchos libros, entre ellos los de Bolaño (“más pobre que una rata”), por menos que esto?)

Lo que más me ha gustado de Ejército enemigo han sido las reflexiones de Olmos sobre la evolución de la privacidad y la pornografía en Internet, y el cuestionamiento de la solidaridad como un elemento de márketing para vender cualquier producto (entre ellos los discos del cantante Miguel Basó, muy divertido esto, como otros momentos de la novela, en los que se me ha escapado más de una sonrisa o incluso carcajada).
Destacaría también la captación costumbrista de la vida del barrio de Santiago.

Y efectivamente, como se ha apuntado en alguna crítica, el hilo argumental en más de una ocasión se tambalea, llegándose a casi perder en algún caso la verosimilitud narrativa. Eso me lleva a concebir Ejército enemigo como una novela de corte expresionista: así se justificaría el giro de Daniel y sus amigos hacia un posible terrorismo (algo que seguramente tenga que ver con El club de la lucha de Chuck Palahniuk, pero estoy hablando de oídas, porque yo sólo he visto la película) y la presencia y razón de ser del supuesto asesino. Y salvarse en esta cuerda floja puede que sea un logro y no un demérito de la novela.

Sin ser una novela redonda, Ejército enemigo es más que interesante por sus reflexiones tan contemporáneas sobre la privacidad, el sexo, la solidaridad; por su capacidad para incomodar y generar debate; y por la exploración de caminos narrativos (vinculados a las nuevas tecnologías), unidos a otros más tradicionales, como la novela negra y la costumbrista.

Si la anterior novela de Alberto Olmos, El estatus, era una narración desubicada y con tendencia al escapismo fantástico, su nuevo libro no puede ser más de actualidad; y me sigue sorprendiendo la capacidad de Olmos para reinventarse en cada nueva obra.
Esperaremos las siguientes obras de un autor que aún tiene mucho que decir.