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domingo, 2 de marzo de 2025

Aguas de primavera, de Iván S. Turguénev


 Aguas de primavera, de Iván S. Turguénev

Editorial Alba. 211 páginas; primera edición de 1872, ésta es de 2023,

Traducción de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella

 

En el verano de 2016 leí Padres e hijos (1862), la que se considera la obra más perdurable de Iván S. Turguénev (Orel, Rusia, 1818 – Bougival, Francia, 1883). Fue un libro que me gustó bastante y, desde entonces, tenía pensando volver con la obra del ruso. En la primavera de 2024, vi que la editorial Alba acababa de sacar en su magnífica colección Alba clásica tres nuevos libros de escritores rusos del siglo XIX: El eterno marido de Fiódor M. Dostoievski, Aguas de primavera de Iván S. Turguénev y ¿Quién sabe? de Aleksandr I. Herzen. Se los pedí para reseñarlo y, por ahora, he leído los dos primeros.

 

Aguas de primavera comienza con Dmitri Sanin angustiado después de haber pasado una velada supuestamente agradable en compañía de la mejor sociedad de su ciudad. Sanin tiene cincuenta y dos años y comienza a sentir el miedo ante el abismo de la vejez, la enfermedad y la muerte. En estas circunstancias, ya de madrugada, empezará a revolver cajones y, de forma casual, encontrará una crucecita de granates que le lleva –como si de su propia magdalena proustiana se tratase– a recordar una historia de su pasado, algo que le sucedió en 1840, cuando tenía veintidós años. Por tanto, el tiempo narrativo de la novela es 1870, y en su cuerpo central –en la mayoría de sus páginas– el narrador, Sanin, va a evocar unos sucesos en los que se vio envuelto treinta años antes. De este modo será frecuente que el narrador le recuerde al lector que se están evocando tiempos pasados: «En aquel tiempo aún no había fotografías. Y los daguerrotipos apenas empezaban a popularizarse.» (pág. 158), «Como es sabido, en aquellos tiempos en valor de una hacienda se determinaba por la cantidad de siervos.» (pág. 171).

 

Sanin, a sus veintidós años, ha heredado un dinero y ha decidido viajar por Europa antes de convertirse en funcionario en Rusia. En el momento en el que empieza la narración de 1840, Sanin, ha llegado de Italia a Fráncfort, y se ha gastado su último dinero en un billete para la diligencia que le ha de llevar hasta Rusia. Sin embargo, un suceso inesperado acabará cambiando sus planes y, posiblemente, el rumbo de su vida. Sanin entra en Fráncfort en una confitería italiana. Se extraña de que no haya nadie tras el mostrador para atenderle, y entonces una muchacha de rizos morenos, de unos diecinueve años, sale de la trastienda y le pide ayuda. Su hermano (luego sabremos que se llama Emilio y tiene catorce años) se ha desmayado. Sanin, mientras viene el médico, ayuda, junto al viejo Pataleone (amigo y sirviente de la familia), a que Emilio se recupere. Para Sanin habrá comenzado un periodo de ensoñación juvenil, ya que le ha deslumbrando la belleza de Gemma, la chica de diecinueve años. Gemma y Emilio son hijos de Guiovanni Battista, ya fallecido, y de la señora Roselli, con quien viven. Sanin, tras prestar su ayuda a Emilio, será invitado por las dos damas a visitar más tarde la casa. Como el lector podrá intuir, Sanin va a perder la diligencia que había de llevarle a Rusia y va a pasar unos días más en Fráncfort. Pronto descubrirá que Gemma está prometido con Karl Klüber, un rico comerciante local. La madre de Gemma ha puesto muchas esperanzas vitales en este futuro matrimonio porque, después de la muerte de su marido, el negocio familiar va cada vez más de capa caída.

 

La escena del encuentro inicial entre Sanin y Gemma está basada en un hecho real que le aconteció a Turguénev en su juventud, también en Fráncfort; y un hecho importante en el desenlace del libro, que no quiere revelar, también está basado en la propia vida del autor. He leído en internet, que Turguénev tuvo una madre muy dura y posesiva y que el carácter de esta madre ha influido en la creación de sus personajes literarios. Así en sus obras suelen aparecer mujeres fuertes y dominantes y también hombres débiles, que se comportan como «esclavos» de estas mujeres. De hecho, Turguénev se enamoró de la cantante de ópera Pauline Viardot-García y estuvo siguiéndola por toda Europa, durante una gran parte de su vida. Pauline estaba casada y Turguénev llegó a convivir con el matrimonio, y se llegó a construir una casa en París cerca de la de ellos. Este carácter sumiso de Turguénev con las mujeres fue utilizado, de forma burlesca, por Dostoievski para crear uno de los personajes de Los demonios.

Turguénev fue amigo de Lev Tolstói, pero se acabaron enemistando. Al parecer, Tolstói invitó a Turguénev a su finca, y se la estuvo mostrando palmo a palmo, presentándole incluso a todos los animales y las relaciones que mantenían entre ellos. Turguénev sintió que esto era quizás una burla a su forma de narrar y acabó abandonando la finca de Tolstói antes de tiempo. La enemistad se prolongó durante muchos años; incluso Tolstói llegó a retar en duelo a Turgunév, pero este lo rechazó y se acabó marchando de Rusia para instalarse en Francia.

Una de las escenas principales de Aguas de primavera tiene que ver también con un duelo, un desafío muy propio del temperamento ruso y que agitará la naturaleza de las relaciones entre los personajes.

Es cierto, que los recuerdos de Sanin en 1840 comienzan de un modo muy amable, y que en los primeros capítulos hay poca tensión narrativa, pero esta irá aumentando según el lector avanza hacia el desenlace del libro. De hecho, el tramo final de la novela me ha parecido bastante sorprendente e incluso, cuando Sanin (o el narrador de la historia), ya en 1870, no ha querido seguir rememorando sus recuerdos más duros de degradación, cuando se descubrirá como un verdadero hombre débil, me he quedado con ganas de leer esas páginas que solo están sugeridas en la novela y que podían haber sido desarrolladas en otra novela diferente.

Cuando acabé Aguas de primavera y, ya desde 1870, dejé al personaje con cincuenta y dos años, la emoción por su juventud perdida y el lamento por los errores del pasado me calaron bastante hondo, haciéndome pensar que, bajo la apariencia inicial de una comedia ligera, se escondía la mano de un maestro.

De hecho, he estado buscando en internet información sobre Iván Turguénev, y he leído que era agnóstico y que, pese a ocuparse de algunos de los grandes temas de su época en sus obras, en gran medida –sobre todo en sus novelas cortas, como es considerada Aguas de primavera– suele hablar mucho de las relaciones entre hombres y mujeres, y del paso del tiempo y la pérdida de la juventud. Dostoievski y Tolstói como escritores más religiosos nos dan obras más torturadas, y podríamos decir que en el imaginario occidental sus escritos se han vinculado más con la idea de «lo ruso». A Turguénev, en cambio, se le vincula más con la literatura francesa; de hecho, llegó a ser un buen amigo de Gustave Flaubert. Sin embargo, es posible que el gran heredero de Turguénev será otro ruso que se ocupa también de la turbulencia de las relaciones, el rápido paso del tiempo y la cercanía de la muerte, que sería Antón Chéjov. De hecho, una de las mejores novelas cortas de Chéjov, El duelo (1891), trata de temas similares a los de Turguénev y uno de sus ejes compositivos es la presencia de ese duelo de carácter tan ruso. En definitiva, Aguas de primavera me ha parecido una gran novela corta, que gana mucho en su tramo final; la obra de un autor delicado y profundo. Me he quedado con ganas de leer más obras de Iván Tuguénev.

domingo, 27 de octubre de 2024

Teatro, por Antón P. Chéjov

 


Teatro, de Antón P. Chéjov

Editorial Cátedra, 376 páginas. Primera edición de 1896-1904; esta es de 2022

Traducción y edición de Isabel Vicente

 

Ya he comentado que acabé 2023 leyendo, en diciembre, una antología de cuentos de Antón P. Chéjov (Taganrong, 1860 – Badenweiller, 1904) de casi 900 páginas. Fue uno de los libros que más que gustó de ese año. Así que consideré que, ya que había leído los dos libros con las siete novelas cortas de Chéjov, que tiene publicados Alba y esta nueva antología, también en Alba, con 60 cuentos, debía acercarme a la obra teatral de Chéjov, una parte muy importante de su producción artística y que no conocía. Estuve mirando ediciones sobre este teatro de Chéjov y la que más me convenció fue una de la editorial Cátedra que contiene sus cuatro obras más famosas: La gaviota (1896), El tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). La edición y la traducción están a cargo de Isabel Vicente, que es experta en Chéjov y en la cultura rusa y el libro me pareció atractivo. Contacté con la editorial Cátedra y ellos, muy amablemente, me enviaron el libro para que pudiera leerlo y comentarlo.

 

De entrada, debería apuntar que yo he leído muy poco teatro en mi vida. Recuerdo haberme acercado a las siguientes obras: La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, Hamlet de William Shakespeare, Calígula de Albert Camus, Luces de bohemia de Ramón del Valle-Inclán, y Esperando a Godot de Samuel Beckett. Aunque mi experiencia no fue negativa con estos libros, sí que tengo la sensación de que el teatro tiene más sentido viéndolo representado en un escenario que leyéndolo. Sin embargo, en este caso, al sentir que Chéjov se está convirtiendo por derecho propio en uno de mis escritores favoritos quería acercarme a esta parte de su obra.

 

Esta edición de Isabel Vicente cuenta con unas 80 páginas iniciales en las que se habla de la vida del autor y se analizan las cuatro obras aquí seleccionadas. Dejé su lectura para el final. Así que empecé con la lectura de La gaviota, que se estrenó en 1896. En la primera página existe una lista en la que se describe con una pincelada a los personajes que van a aparecer en la obra. Todas las obras constan de cuatro actos y una extensión bastante similar.

En La Gaviota, el joven Treplev, que quiere ser escritor, se siente ninguneado por el entorno de su madre Arkádina, una actriz famosa. En una casa de campo, junto a un lago, propiedad de Sorin, hermano de Arkádina, esta ha invitado a su amigo Trigorin, un escritor de éxito. La casa es frecuentada por Nina, hija de unos terratenientes cercanos, que desea ser actriz, y admira el ambiente alrededor de Arkádina y Trigorin. Treplev está enamorado de Nina y sus deseos de convertirse en escritor parecen obedecer al sueño de conquistar la admiración de Nina. Sin embargo, Nina parece amar a Trigorin, mientras que Masha –la hija del administrador de la finca– está enamorada de Treplev. En La gaviota hay mucho amor contrariado, amor que parece proceder de los logros que consiguen alcanzar las personas, más de lo que ellas son por sí mismas, parece decirnos Chéjov. En gran medida, La gaviota me parece emparentada con el cuento La cigarra, donde la esposa de un médico quiere relacionarse solo con artistas y deja de lado a su marido médico de profesión. Chéjov nos muestra el mundo del arte (el mundo de los escritores y las actrices) como un mundo frívolo, lleno de ególatras. Nina conseguirá convertirse en actriz de teatro y Treplev en escritor, pero ninguno de los dos será feliz. «Ahora, sé, ahora comprendo, Kostia, que en este quehacer nuestro –tanto si actuamos en escena como si escribimos–, lo esencial no es la gloria, no es la notoriedad, no es lo que constituía mis sueños, sino que es el aguante.», dirá Nina.

 

En El tío Vania (1899) nos encontramos con Serebrianov, que ha sido un eminente profesor universitario y que, ya retirado, tiene que vivir en el campo, en la que fue la casa familiar de su esposa muerta. Está casado, en segundas nupcias, con Elena de 27 años. Sonia es la hija del primer matrimonio de Serebrianov. Conviven con Vania, el tío de Sonia, y con Voinítskaia, abuela de Sonia. Como ocurría en La gaviota, también El tío Vania es una obra de amores desgraciados. Vania está enamorado de Elena, y Sonia de Astrov, un médico, algo mayor para ella, que frecuenta la casa. Astrov no parece interesado en Elena y es un hombre algo deprimido, perdido en el alcohol y la frustración que le causa la destrucción de los antiguos bosques de Rusia (el mensaje ecológico, que ya ha aparecía en alguno de los cuentos de Chéjov, me parece moderno para la época). Vania también es un hombre deprimido, que se siente viejo a sus 47 años. Además, Vania está empezando a darse cuenta de que él y su sobrina han sacrificado su vida por su cuñado Serebrianov, al que consideraban un gran hombre, y por el que han hecho el sacrificio de sacar adelante la finca en la que viven, pero este no parece haberse dado cuenta de ello y no se ha sentido agradecido. Este es también un tema recurrente en Chéjov, el de las personas con buenas intenciones, que malgastan su vida y quieren arreglar la de los demás, pero que no tienen capacidad para cambiar nada.

 

Las tres hermanas (1901) son Olga, Masha e Irina que, tras la muerte de sus padres, viven en una ciudad de provincia con el sueño de volver a Moscú, de donde proceden. También conviven con Projorov, su hermano, que se acabará casando con Natalia. La casa es frecuentada por militares, que están acuartelados en la ciudad. Projorov parecía el más preparado de los cuatro hermanos, y existían posibilidades de que llegara a ser alguien importante, pero sucumbirá al vicio del juego, mientras su esposa Natalia le será infiel a la vista de todos. Además, Natalia irá tomando posesión de cada vez más instancias de la casa hasta que consiga expulsar de ella a las tres hermanas.

 

En El jardín de los cerezos (1904) Ranévskaia regresa a su finca de Rusia, después de haber vivido seis años en París. Regresa junto con su hija Ania, de 17 años, y Varia, su hija adoptiva, de 24. La madre dejó Rusia después de haber sufrido la muerte de su marido y un hijo. Una de las cosas más extrañas de esta obra es que, a pesar del título, en realidad en la finca existe un jardín de guindos y no de cerezos. En Rusia la madre recibirá la noticia de que debe tomar una decisión sobre su casa y su finca: debido a las deudas, van a salir a subasta pública. Lopajin, comerciante e hijo de antiguos siervos de la familia, les propone un plan: talar los guindos, construir dachas de veraneo y alquilar esas casas. Pese a lo sensato de la idea, Ranévskaia no podrá decidirse, debido a los recuerdos que piensa que habitan en su casa y su jardín. En El jardín de los cerezos asistimos al empuje de una nueva clase social, frente a la inoperancia de los antiguos nobles. En una obra que, en cierto modo, adelante las crisis y revoluciones que va a sufrir Rusia a comienzos del siglo XX.

 

Al empezar al leer La gaviota –lo que se repetiría con las otras tres obras– tuve la sensación de que me costaba quedarme con los nombres de los personajes, y saber quién era quién, cuando intervenían en la obra. Esto me hacía volver de forma continuada a la página inicial de las obras para consultar la lista de los personajes. Lo cierto es que este hecho ha supuesto una ligera incomodidad a la hora de tratar de disfrutar de estas historias. Al leer los cuentos o las novelas de Chéjov –o al leer narrativa en general– tengo la sensación de adentrarme en las historias contadas de un modo mucho más natural que el que he tenido con estas obras de teatro. Imagino que si las obras se ven representadas en escena, al asociar cada discurso a un actor, será más natural conocer las relaciones que existen entre los personajes. Sin embargo, superada esta dificultad inicial, he podido volver al mundo de Chéjov, que conocía por su narrativa, ese mundo de personajes que se sienten incapaces de mejorar sus situaciones vitales, y disfrutar de esas historias. Creo que la obra que más me ha gustado ha sido El tío Vania, seguida de La gaviota. En El tío Vania me ha conmovido esa toma de conciencia del personaje de la inutilidad de su propósito, de su sacrificio por el que considera un gran hombre y al que acaba de ver como un miserable engreído, además de estar enamorado de su mujer. También es tremenda la forma de analizar el mundo del arte en La gaviota, ave que se convierte en un símbolo del desamparo vital de Nina, quien, pese a que se a convertido en actriz y, por tanto, debería sentirse feliz por haber cumplido sus sueños, se siente más infeliz que antes al descubrir que sus sueños eran una quimera y que la realidad del teatro dista mucho de lo que soñó de ella.

 

Al acabar las cuatro obras, como decía, me he acercado al prólogo y al estudio de Isabel Vicente. Me ha interesado leer sobre la vida de Chéjov, y saber, por ejemplo, que la idea del desahucio de El jardín de cerezos la vivió él en su infancia, cuando la familia perdió la casa en la que vivía, debido a que el padre estaba aquejado por las deudas. Desde muy pronto, Chéjov tuvo éxito como escritor de cuentos y de obras de teatro y casi no ejerció la medicina, la carrera que había estudiado.

Creo que ahora me apetece leer de Chéjov La isla de Sajalín, donde relata un viaje que hizo a esta isla en la que había una colonia penitencia, y cuyo informe influyó para que las autoridades rusas cambiaran las condiciones de ese penal. O leer otra antología de sus cuentos, publicada por Pretextos, que tengo en casa, y cuya selección casi no coincide con la de Alba.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Una carpa bajo el cielo, por Liudmila Ulítskaya


Una carpa bajo el cielo
, de Liudmila Ulítskaya

Editorial Automática. 750 páginas. 1ª edición de 2011; esta es de 2023.

Traducción de Yulia Dobrovólskaya y José María Muñoz Rovira

 

En 2006 me acerqué a la novela Sinceramente suyo, Shúrik (2003) de Liudmila Ulítskaya (Urales, Rusia, 1943), de la que había leído, por entonces, grandes críticas en las revistas y suplementos culturales, un libro que se llevó el Premio a la Mejor Novela del año en Rusia en 2004. Aunque he olvidado casi todos sus detalles, sí recuerdo que Sinceramente suyo, Shúrik me dejó un gran recuerdo, una novela que hablaba de la segunda mitad del siglo XX en la URSS y que era una digna heredera de la gran tradición rusa del siglo XIX. Por este motivo me interesó la información de prensa de Automática ediciones que me llegó al correo electrónico, hablándome de la última novela de Ulítskaya traducida al español, Una carpa bajo el cielo (2011). Fue una de mis compras en la pasada Feria del Libro de Madrid 2024. Además, hacía un año me había estrenado con la editorial Automática leyendo Ellos de la inglesa Kay Dick, que no me convenció, y quería sacarme la espina, porque intuía que había obras en el catálogo de Automática que me iban a gustar mucho más.

 

Los tres protagonistas principales de la novela serían Iliá, Sania y Misha, que el lector conocerá cuando aún son unos niños de diez o doce años en el Moscú de principios de la década de 1950. Sin embargo, la novela no comienza mostrándonos una escena en la que aparezcan ellos, sino con un prólogo en el que las niñas Tamara y Olga –cada una en sus respectivas casas– van a recibir, al despertarse, la noticia de que ha muerto Stalin, hecho que tuvo lugar en marzo de 1953. Después de estas escasas cuatro páginas iniciales, llegaremos al primer capítulo, titulado Maravillosos años escolares, donde Iliá y Sania, que han ido a la misma clase en el colegio desde primaria, van a conocer a Misha, que llega nuevo al colegio. La historia ha retrocedido un par de años, y no será, hasta muchas páginas más tarde, cuando vuelvan a aparecer en la novela Tamara y Olga. La sensación, por tanto, al adentrarse en el libro es extraña. ¿Por qué ese prólogo dedicado a dos personajes que no van a aparecer durante las decenas de páginas que tenemos por delante? Lógicamente, Ulítskaya no es una escritora primeriza y con este detalle, en principio no esperable, le está dando pistas al lector sobre las premisas con la que ha escrito su libro. Una carpa bajo el cielo no es una novela lineal, centrada en la evolución de tres personajes masculinos, que conocemos desde que son niños; no es, por tanto, una novela que vaya a repetir los esquemas clásicos del siglo XIX. Una carpa bajo el cielo acabará siendo una novela coral, donde un gran fresco de personajes irá entrando y saliendo de escena. El tiempo tampoco será lineal aquí. Me llamó bastante la atención, en este sentido, un capítulo en el que se habla de la relación sentimental entre dos personajes y se narrará también su muerte; algo que ocurre antes de llegar al ecuador de la novela. Sin embargo, que el lector tenga ya esta información no será ningún impedimento para que la narradora no le vuelva a hablar de la vida de esos mismos personajes en los siguientes capítulos. La novela, por tanto, a veces se acelera y en un capítulo avanza décadas para unos personajes, y luego retrocede en el tiempo para hablarnos de algún detalle de la vida de esos mismos personajes o, al hablar de otros, se verá a los anteriores desde una perspectiva externa. Mediante el recurso del estilo indirecto libre, la narradora cede su voz a los personajes, y por tanto, de este modo, podremos acercarnos a ellos desde ángulos distintos, ver cómo se ven ellos y también cómo los ven los demás.

 

A Iliá le interesa la fotografía, a Sania la música y a Misha la poesía. Los tres quedarán subyugados por el joven profesor Víktor Iúlievich, que les transmitirá su pasión por la literatura rusa. Víktor empezará a quedar con sus jóvenes alumnos fuera de clase para hablar de literatura y realizar recorridos por Moscú en los que buscar los lugares por los que pasaron o vivieron los grandes escritores. A este grupo se unirán también algunas chicas y acabarán llamándose «los Lurs». Durante un gran número de páginas, la narradora va a centrar su atención sobre Víktor, excombatiente de la Segunda Guerra Mundial al que le falta un brazo, uno de los pocos supervivientes masculinos de su clase del colegio. De hecho, a los tres protagonistas principales les van a cuidar figuras femeninas, madres y abuelas, porque los padres o han muerto en la guerra o están ausentes. Iliá, Sania y Misha comporten esta característica vital con Shúrik, el protagonista de Sinceramente suyo, Shúrik. En la primera parte de Una carpa bajo el cielo, la narradora deja caer más de una crítica hacia el absurdo de la guerra, y su gran número de víctimas mortales. De forma brusca, dejaremos de recibir información sobre Víktor que, esporádicamente, volverá a aparecer en la narración. Lo mismo ocurrirá con otros personajes.

 

Luidmila Ulítsakaya nos va a hablar de unas cuatro décadas de la historia de la URSS; más o menos desde 1950 hasta 1990. Al final del libro, en sus últimas cuatro páginas, hay un índice cronológico con los hechos históricos más importantes que ocurrieron en la URSS durante esos años. El telón de fondo sobre el que quiere contar la autora es el de la resistencia antisoviética, en la era del poststalinismo. De un modo más directo o tangencial a esta resistencia antisoviética, van a formar parte (o va a afectar a sus vidas) Iliá, Sania, Misha y el resto de personajes que van a orbitar a su alrededor.

En gran medida, Una carpa bajo el cielo también es un homenaje a la historia de la literatura rusa. Constantemente se citan a los clásicos de su literatura, y también aparecen los libros de los autores contemporáneos a la historia, que estaban en el exilio o presos y cuyos libros se encontraban prohibidos. En este sentido, destaca la figura de Borís Pasternak (conoceremos a sus primeros y asombrados lectores rusos), pero también las de Anna Akhmátova, Joseph Brodsky, etc. Iliá, en su vida adulta, además de acumular un archivo de fotografías de artistas disidentes, se va a dedicar a traficar con obras literarias samizdat, donde se reproducen, en máquinas de escribir caseras y fotocopias, obras prohibidas. En la página 567, Iliá define el fenómeno del samizdat: «Veamos el samizdat. De por sí, es un fenómeno asombroso e insólito. Es una energía viva que trasciende de un foco a otro, se tienden unos hilos creando una red, una especie de telaraña que une a las personas. Se establecen conductos por los que circula la información en forma de libros, revistas, poemas copiados una y otra vez, desde los más antiguos a los más recientes, o los últimos números de La Crónica de Actualidades. Circulan torrentes de literatura sionista publicada en Odesa antes de la Revolución, o en Jerusalén el año pasado, se leen obras religiosas, producidas por los emigrantes o de factura local… El proceso es, en parte, espontáneo, pero no del todo.»

Además del circuito samizdat, también se hablará aquí de la literatura tamizdat, que eran libros rusos, prohibidos en el país, que se publicaban en el extranjero (Berlín o París, principalmente) y que circulaban por la URSS de forma clandestina. También se hablará de los libros que salen del país hacia el extranjero, algunos sacados en microfilms, dentro de una vagina, por ejemplo.

 

 

No solo de literatura se habla en Una carpa bajo el cielo, porque también sabremos aquí de la música en la URSS y de sus nuevas corrientes, sobre todo al ceder la voz narrativa a Sania, que se convertirá en un teórico musical. Me han sorprendido los conocimientos musicales de Ulítskaya en la novela. Los artistas plásticos de la URSS organizarán exposiciones clandestinas en pisos.

 

Muchos de los protagonistas de la novela, a los que unen los libros, querrán una apertura democrática para el país y defenderán los derechos humanos. En la página 304, la narradora hablará del tipo de personas que se han convertido en los protagonistas de su novela: «No eran ni un partido, ni un círculo, ni una sociedad secreta, ni tan siquiera una comunidad de personas de ideas afines. Posiblemente, el único denominador común era su aversión al estalinismo. Y por supuesto, la lectura. Una ávida, irrefrenable, maniática lectura: una afición, una neurosis, una droga. Para muchos, el libro, más que un eventual amparo, magisterio o una guía de la vida se convertía en un sucedáneo de la vida.»

 

También se denunciará la situación de los judíos en la URSS (Misha, Tamara y, en parte, Iliá son judíos), que tenían prohibido el acceso a algunos lugares públicos y eran invitados constantemente a irse del país. O también se reivindicará la situación de los tártaros de Crimea, expulsados injustamente de sus tierras.

 

La novela está escrita con cierto desapego irónico, con el uso, puntual, de expresiones coloquiales, como «darse el piro», «cortar el bacalao», «aquella peña», etc., que se emplean cuando la narradora cede la voz a sus personajes. En este sentido, me ha recordado más el estilo a los narradores norteamericanos del siglo XX, que a los rusos del XIX. La prosa de la novela es bella, pero no recargada, y basa su fuerza, más que en un potente uso metafórico del lenguaje, en la abundancia de detalles narrativos sobre la vida de su gran cuadro de personajes. En una entrevista escuche a Ulítskaya decir que ella era más de Tolstoi que de Dostoievski. Es cierto que se acerca de un modo más elegante y poético a sus personajes ­­–al estilo de Tolstoi o Chéjov– que como lo hace Dostoievski, con su estilo torturado, a pesar de que alguno de los personajes acabará en alguna situación límite, sufriendo años de cárcel. En general, Ulítskaya no se recrea en la experiencia de la cárcel, y narra más el tiempo de la persecución política, la huida, los registros domiciliarios, los interrogatorios… En este sentido, Una carpa bajo el cielo recrea un mundo similar al de la Praga de Milán Kundera, en libros como La insoportable levedad del ser, La broma o El libro de la risa y el olvido, con sus chivatazos, sus espías, sus delaciones falsas o verdaderas, sus manifiestos firmados y sus requerimientos de retractaciones públicas, etc.

 

Liudmila Ulítskaya ha sido traducida a más de veinte idiomas y suele aparecer en las listas de candidatos al Premio Nobel de Literatura. Ella es de origen judío y, desde la invasión rusa de Ucrania, vive exiliada en Alemania. Tenía, como dije, un gran recuerdo de Sinceramente suyo, Shúrik, que se ha confirmado con la gran impresión que me ha vuelto a causar Una carpa bajo el cielo. Espero que su popularidad, al menos en España, aumente si recibe el Premio Nobel de 2024. Se lo merece.

domingo, 28 de enero de 2024

Cuentos, de Antón P. Chéjov


Cuentos
, de Antón P. Chéjov

Editorial Alba, 871 páginas. Primera edición de 1883-1902; esta es de 2023

Traducción de Víctor Gallego Ballesteros

 

Leí mis primeros cuentos de Antón P. Chéjov (Taganrong, 1860 – Badenweiller, 1904) en un pequeño librito de la editorial Alianza –dentro de su colección Alianza Cien– que se titulado La corista y otros cuentos, que solo contenía cuatro cuentos, y que compré en El Corte Inglés, exactamente el 10 de febrero de 1996 (al abrir el librito estaba el ticket en la primera página). Los cuentos eran: La corista, El hombre enfundado, Enemigos y La señora del perrito, que son cuatro de sus relatos más significativos. Por esos mismos días descubría yo los cuentos de Juan Rulfo y sentí que los de este último me parecían mucho mejores que los de Chéjov. Aún tendrían que pasar unos años para que yo me enamorara de Chéjov. Leí, más tarde, en marzo de 2005, una antología más extensa de Alianza que se titulada La señora del perrito y otros cuentos, que tenía diez; y también Cuentos imprescindibles, seleccionados por Richard Ford, que también leí en marzo de 2005, y que en España editó Debolsillo. Esta última, que contaba con veinte cuentos, fue la selección que finalmente me hizo caer subyugado ante el encanto de Chéjov. En 2016 y 2017 leí dos libros de Chéjov de la editorial Alba, titulados Cinco novelas cortas y La estepa / En el barranco, que contenían siete novelas cortas de Chéjov, que me encantaron y que me parece que es una parte de su obra que se conoce mucho menos.

En casa tengo sin leer, desde hace ya bastantes años, otra antología de cuentos de Chéjov en la editorial Pre-Textos, y que contiene diez piezas. Sin embargo, antes de acercarme a este libro me apeteció pedirle a la editorial Alba una de sus novedades en Alba Minus, que apareció en marzo de 2023, y es este Cuentos de Chéjov, que hoy reseño, que contiene 60 cuentos, con 871 páginas, y que están traducidos por Víctor Gallego, que es el autor de las estupendas traducciones de los rusos para Alba.

De la introducción me llaman la atención unas palabras: no es fácil realizar una antología de los cuentos de Chéjov, debido a su gran producción, y a que ni siquiera los grandes autores clásicos se ponen de acuerdo sobre cuáles son sus mejores cuentos. De hecho, he comprobado que de los diez cuentos de la antología de Pre-Textos no coinciden muchos con los de Alba.

 

Los primeros cuentos de esta antología están fechados en 1883; es decir, cuando Chéjov tenía veintidós o veintitrés años. Los orígenes de Chéjov son humildes y, desde muy joven, ha de ganar dinero publicando cuentos en revistas, para costearse sus estudios de Medicina y poder ayudar económicamente a sus padres y hermanos.

En la barbería es el primer cuento y acaba siendo una pequeña crítica de costumbres de personajes rusos, más o menos esperpénticos, escrito con intención cómica. Debo decir, desde ya, que me gusta que la selección de Alba pretenda abarcar una muestra significativa de todas las etapas creativas de Chéjov y que no solo ha seleccionado los cuentos que se suponen que son más brillantes, aquellos en los que Chéjov dominaba perfectamente su arte. De este modo, En la barbería es un cuento que está muy lejos de ser uno de los que entendemos como representativos del autor. Se lee con simpatía, porque el lector sabe de qué es capaz el autor, y que aquí, aún, no ha conseguido.

Esto mismo va a ocurrir con los siguientes cuentos: La muerte de un funcionario y La hija de Albión. Además, son cuentos bastante más cortos que los que van a ser sus piezas más significativas.

El cuarto es La cerilla sueca y me parece que destaca un poco, respecto a los anteriores, porque es más largo y mantiene una pequeña trama de detectives. Sin embargo, será de nuevo una pequeña crítica de costumbres, sobre personajes perdidos que no consiguen alcanzar sus aspiraciones.

Cirugía es de 1884 y seguimos con lo mismo: dos personajes comienzan hablando amablemente para acabar enfadándose.

En El camaleón se critica a ese tipo de personas que apoya una causa u otra según la capacidad que esta tenga para generarle o no problemas. Las intenciones son demasiado claras y Chéjov sigue sin brillar. Igual ocurre con De mal en peor, donde se critica a un hombre intratable.

 

El octavo relato es Las ostras (1884), que, a diferencia de los otros, está escrito en primera persona. En él, desaparece el humor y la melancolía gana espacio a la crítica de costumbres, sin llegar ésta a desaparecer. Un hombre evoca un recuerdo de niño, en el que va a sufrir una cruel humillación. Aquí se ha producido ya un salto de calidad.

En De mal humor, un cuento de apenas tres páginas, volvemos al principio. Más simpático me parece Los nervios, que introduce el tema del espiritismo y el miedo, y acaba siendo una comedia un poco pícara.

Los cuentos de 1885 empiezan a ser un poco mejores. Los simuladores es, de nuevo, una crítica de costumbres con tintes cómicos, pero me ha parecido mejor que otros cuentos anteriores. Algo parecido siento con Apellido de caballo, El cazador, El Malhechor (quizás este es el mejor cuento de los seleccionados en este año) y ¡Qué público!

 

En 1886, en la página 137 del libro, se produce el salto definitivo. El Chéjov que conocemos, gracias a las antologías clásicas, empieza aquí su andadura real, cuando tenía veinticinco o veintiséis años. Alguien podría pensar ¿y por qué no empezar el libro aquí? Podría ser una idea, pero, como ya he apuntado antes, no me ha gustado conocer todas las etapas creativas por las que pasó el genio de Chéjov.

De los cuentos de 1886, el primer seleccionado es Tristeza y creo que aquí estamos ya ante la primera obra maestra. Un cochero, al que se le acaba de morir su hijo, busca clientes en las oscuras calles de una ciudad, mientras está empezando a nevar. El cochero no parece encontrar a nadie que quiera escuchar su triste historia. Es un cuento muy bello y melancólico sobre la soledad. El humor inocente de los primeros cuentos ha desaparecido aquí y la melancolía que apareció en Las ostras domina ya la composición del relato.

En cuentos como Aniuta (sobre una joven que suele convertirse en acompañante de estudiantes) o Iván Matveich (sobre un profesor que sufre los continuos retrasos de su joven escriba) –ambos cortos– Chéjov ha dejado atrás el humorismo de trazo grueso anterior, y aparece la compasión hacia sus personajes, que será un sentimiento que va a acompañarnos en la mayoría de sus relatos.

 

La bruja es un relato más largo y, sin ser uno de los más destacados del libro, aquí sí que empieza a brillar el Chéjov adulto, que muestra las frustraciones y la infelicidad vitales de las personas. Me ha parecido muy moderno el modo en el que Chéjov nos muestra el deseo sexual femenino. Agafia también nos habla del deseo de las mujeres en una sociedad de 1886 que, pese al machismo de la época, consigue ser más moderna, que, por ejemplo, la España de 1940. Un atractivo de este cuento es que está escrito en primera persona y Chéjov cuenta la historia a través de un narrador testigo. Una mujer casada joven siente la tentación de acostarse con un atractivo joven de la localidad, que vive casi como un vagabundo. El relato acaba antes del estallido final, insinuando la violencia, pero sin mostrarla.

 

En el prólogo, que no aparece firmado, pero que supongo que se debe al traductor Víctor Gallego, se afirma: «Pueblan los relatos de Chéjov unos seres extraños, inútiles, llenos de buenas intenciones, pero incapaces para la acción» (pág. 18). Esta definición se puede aplicar perfectamente al cuento Pesadilla, donde un hombre, miembro de la comisión de asuntos rurales de su localidad va a visitar al nuevo cura y le avergüenza su aparente falta de tacto y elegancia. Empezará considerando que no es una persona adecuada para el cargo que ocupa, para acabar comprendiendo las condiciones miserables en las que vive, tratar de ayudarle y darse cuenta, en realidad, de que solo ha tenido capacidad para perjudicarlo.

 

La noche de Pascua, en el que un barquero pasa a gente de una orilla del río a otra, donde se celebra una fiesta, el mismo día que ha muerto su amigo, parece una versión extendida de Tristeza. De nuevo el hombre en soledad, sin poder compartir su dolor, frente a la indiferencia del mundo.

 

Normalmente se considera La corista una de las cumbres creativas de Chéjov. En este relato una joven corista, que habitualmente se encuentra rodeada de admiradores, recibe en su casa la inesperada visita de la mujer de uno de estos admiradores. Me parece bueno, pero los hay mejores en este libro.

 

Por casualidad está escrito con la técnica del narrador testigo y en él se cuenta la historia de un amor desgraciado entre dos personajes maduros. Es un relato bello y melancólico.

 

En Pequeñeces de la vida un hombre que visita a una mujer con un hijo, separada de su marido, va a descubrir lo que opina este último de él, a través del hijo pequeño, que al final del relato se sentirá traicionado, «era la primera vez en su vida que se enfrentaba cara a cara, de forma tan brutal, con la mentira» (pág. 249)

 

Vanka es un cuento corto sobre los abusos que sufre un niño de nueve años que trabaja de aprendiz de zapatero. Un cuento muy dickensiano.

 

La helada que muestra la pobreza física de algunos personajes, que tratan de ocultarla, me ha parecido más flojo que los anteriores.

 

Enemigos (1887) es una de las cumbres del libro. Un médico al que se le acaba de morir su único hijo de difteria recibe la visita de un hombre alterado que necesita que vaya a su casa a ayudar a su mujer que ha caído gravemente enferma. No sé si me había dado cuenta en las veces anteriores que he leído este relato, pero en esta ocasión me he percatado de la relación compositiva que tiene con el cuento Parece una tontería de Raymond Carver. Es decir, Carver declarado admirador de Chéjov, había leído Enemigos y había querido darle una vuelta de tuerca. En Enemigos un personaje trata de explicarle su desgracia a otro, lo que hubiera sido todo un alivio para él, pero el otro, lejos de querer entenderle, elije ofenderse, y los dos pasarán a ser enemigos para siempre. En Parece una tontería, los personajes empiezan como enemigos y al final la pareja que ha perdido a su hijo sí que encontrarán consuelo al ser escuchados por el tercer personaje, el pastelero. Dos obras maestras del cuento, que conversan entre sí.

En Enemigos me gustaría destacar también las descripciones de los paisajes nevados. En muchos cuentos de Chéjov, las descripciones de paisajes dan a la composición un toque muy bello y poético.

 

Me gusta la composición de Vérochka, ya que, aunque se narra algo que ocurre aparentemente en el presente narrativo del relato, en realidad el personaje está recordando algo que le ocurrió en el pasado, cuando se dio cuenta de que era una persona incapaz de amar y comprometerse. Un buen cuento sobre los desencuentros vitales.

 

Tifus, sobre la desgracia de la muerte, me parece un cuento inferior a otros.

 

El juez de instrucción, donde un hombre descubre que la vida (al menos la suya) ha dependido más de las causalidades que de las casualidades es un duro cuento, con el anticuado truco de la sorpresa final.

 

Volodia es el relato de un joven de diecisiete años, poco agraciado, que durante un día podrá jugar a sentirse todo un conquistador. Un cuento con un final exageradamente trágico.

 

De Un trotamundos me gusta la originalidad de los personajes, un joven judío que ha cambiado de religión y su peregrinaje a un convento. Original.

 

El caramillo es un cuento curioso en el que un administrador de finca se encuentra con un anciano que sufre de ecoansiedad, ya que siente que cada vez hay menos animales en la región en la que vive.

 

El beso es uno de mis cuentos favoritos de Chéjov, en el que un poco agraciado oficial del ejército recibe un beso por equivocación. Algo que no le había ocurrido nunca va a disparar su imaginación y sus anhelos hacia sueños que solo pueden acabar en la decepción. «Todas las cosas con las que sueño y que me parecen imposibles e irreales, en realidad son absolutamente comunes –pensaba Riabóvich, mirando la nube de polvo que el coche del general dejaba a su paso–. Son cosas ordinarias y les suceden a todos». (pág. 387) Es un cuento bellísimo.

 

Relato de la señorita N. N. destaca porque es el único que está narrado por la primera persona de una mujer. Es un cuento sobre la vida que no tiene vuelta atrás y el lamento por las decisiones del pasado.

 

Ganas de dormir es un cuento sobre los abusos que sufre una niña de trece años que trabaja de niñera, similar a Vanka, pero con un final mucho más terrible. Es un cuento inferior a otros del conjunto.

 

Luces, con sus casi 50 páginas, es el cuento más largo del libro. Un hombre mayor previene a otro joven sobre dejarse llevar por ideas nihilistas. Como ocurre en otros relatos, los personajes citan a autores de la literatura rusa como Gogol, Tolstoi o Dostoievski. Existe aquí un interesante juego de dos narradores, con un relato dentro del relato. Es una gran novela corta sobre la asimilación de las consecuencias de nuestros actos.

 

En El zapatero y el diablo hay un desarrollo casi fantástico (que acaba siendo un sueño) y esto ha hecho que el cuento me parezca inferior a otros.

 

La apuesta es un cuento extraño, que no parece de Chéjov, donde un hombre apuesta con otro permanecer aislado en una celda por dos millones de rublos. Es un cuento sobre las casualidades que me ha parecido más comercial que otros. Es curioso cómo, a veces, he tenido la sensación que los peores cuentos del libro eran más efectistas, como si estuvieran escritos de un modo más apresurado con la intención de ganar un dinero fácil. Sin embargo, este no es un mal cuento.

 

En La princesa aparece de nuevo el tema de las buenas personas que son incapaces de aportarle algo útil al mundo, pero que no dejan de salir de su complacencia.

 

Gúsiev es un cuento extraño, que transcurre en altamar y que nos presenta una conversación entre unos soldados que regresan a casa desde China aquejados de tuberculosis. No he conseguido entrar en él.

 

Campesinas es un cuento con narrador interpuesto que habla de violencia machista, donde una mujer que ha tenido un amante acabará repudiada por el marido y por el amante amante. Es duro, un buen cuento.

 

La cigarra es otro de los mejores cuentos del libro sobre una mujer que se casa con un médico, que cuido a su padre, pero al que no aprecia mucho, ya que ella quiere ser famosa y estar rodeada de artistas. Hasta cierto punto parece que aquí Chéjov se desdobla en dos personalidades, la del artista y la del médico, y al final retrata a los artistas como vanidosos e inútiles y elogia la dedicación y el sacrificio del médico. Muy emocionante.

 

En deportación nos llega a un clima extremo y al trabajo de los barqueros, de nuevo. Es un cuento sobre las diferencias sociales y la pobreza.

 

Vecinos es otros de mis cuentos favoritos del libro. En él un joven lamenta que se su hermana se ha ido a vivir con su vecino, un hombre casado. El joven se acabará dando cuenta de lo vacía que está su vida. La última página del cuento es demoledora: «Toda su vida le pareció de pronto tan oscura como esas aguas en las que se reflejaba el cielo nocturno y en las que se entrelazaban las plantas acuáticas. Y tuvo la impresión de que aquello no tenía remedio» (pág. 594)

 

Terror, donde un narrador acaba sintiéndose atraído por la mujer de su amigo, al que no quiere traicionar, pero que no está seguro de si acabará haciéndolo o no, también es muy bueno.

 

El monje negro (1894) trata de un joven licenciado en filosofía, enfermo de los nervios, que decide visitar en el campo a su antiguo maestro, quien está obsesionado con el cuidado de un huerto. El protagonista sucumbirá a las alucinaciones, cuando se desarrolle la enfermedad mental que sufre. Es un cuento muy inquietante.

 

Como leemos en la introducción, a mediados de la década de 1890 Chéjov sabe que ha contraído tuberculosis y que lo más normal es que no viva muchos años. Por eso, la muerte empieza a estar muy presente en sus cuentos de la última década, pero también el deseo de apresar la belleza de la vida.

En El violín de Rothschild el personaje es un hombre que vive de fabricar ataúdes, además toca el violín en una orquesta, que le tolera pese a su odio hacia los judíos, religión que siguen algunos de sus otros miembros. Es un cuento que plantea una hermosa reflexión sobre la muerte y la trascendencia de la vida.

 

El estudiante es uno cuento muy corto y más intrascendente.

 

Ariadna, donde un ruso le cuenta su historia a otro ruso en el trayecto en barco entre Odesa y Sebastopol es, otra vez, un gran cuento. De nuevo aparece aquí el tema de las personas que necesitan ser admiradas y que se empeñan en vivir por encima de sus posibilidades.

 

Casa con desván parece prevenir, de nuevo, a la juventud sobre los peligros del nihilismo. Sus ideas desesperadas harán a un joven pintor perder a la que podría haber sido el amor de su vida.

 

En el carro nos presenta, como excepción, a un nuevo protagonista femenina, a una maestra de un pueblo que, tal vez, podría haber sido feliz si hubiera conseguido conquistar a un hombre que le gustaba.

 

El hombre enfundado no me gustó mucho cuando lo leí la primera vez, hace ya casi treinta años, pero me ha gustado ahora, sin llegar a parecerme uno de los cuentos más destacados del libro, creo que su metáfora sobre el hombre que trataba de protegerse es demasiado evidente.

 

Las grosellas y Del amor, de 1898, y que aparecen seguidos en el libro, son dos cuentos entrelazados, ya que en ellos hay dos cazadores, los mismos en los dos relatos, que reciben el peso de una historia. Las grosellas trata sobre la posibilidad de que alguien se pierda dentro de sus sueños y no sea capaz de ver el sufrimiento de los demás. En Del amor un hombre no se decide a amar a la mujer de su amigo y acabará pensando que lo que le frenó fue algo inútil. En realidad, La dama del perrito es una contestación a este cuento, Del amor.

 

Una visita médica es un cuento de 1898, donde ya aparecen los teléfonos, y donde se critican las condiciones en las que viven los trabajadores de una fábrica. Esto me ha recordado a la novela corta de Chéjov En el barranco, que era de 1900, y también se criticaba cómo la modernidad del humo de las fábricas parecía pervertir la belleza de los paisajes rusos. De nuevo un cuento sobre personas aparentemente bondadosas que no consiguen hacer el bien.

 

La nueva dacha, donde el protagonista es un ingeniero que construye un puente en un río, y acaba comprando un terreno, en un pueblo cercano, para hacerse una casa, es un cuento sobre la envidia y el miedo al progreso en el campo ruso.

 

La dama del perrito es de 1899 y lo he debido de leer ya por cuarta vez. No me entusiasmó en su primera lectura de los años 90, y luego me encantó más tarde. Richard Ford decía en el prólogo de su antología que eso fue lo que le pasó a él: que La dama del perrito fue un cuento que le dejó frío con dieciocho años, pero que amó con treinta. Quizás se necesita haber vivido ya algo para apreciar la sutileza de esta gran pieza.

 

En fiestas es un cuento corto sobre las relaciones familiares entre la aldea y los emigrados a la ciudad. Es inferior a otros tratados aquí.

 

El obispo de 1902 es el último cuento que escribió Chéjov, que moriría dos años más tarde. Un hombre, que ejerce de obispo, se encuentra cercano a la muerte y lo que le apetece es sentir el calor de su madre, de los suyos, pero el puesto que ocupa en la sociedad hace que sus seres queridos se acerquen a él de un modo demasiado respetuoso y poco natural. Es un bello cuento crepuscular.

 

Dejo aquí una lista, como recordatorio para el futuro de los que me han parecido los mejores cuentos: Las ostras, Tristeza, La corista, Enemigos, El beso, Luces, La cigarra, Vecinos, El monje negro, El violín de Rothschild, Las grosellas, Del amor y La dama del perrito.

En general, destacaría la modernidad de los cuentos de Chéjov, la sutileza de sus planteamientos, donde lo más importante de las relaciones entre los personajes transcurre en la historia a un nivel subterráneo, y raramente explotan todos los dramas como podrían explotar. Yo leí durante los años 90 a muchos cuentistas norteamericanos, que se acabarían convirtiendo en algunos de mis escritores favoritos: Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, y los tres han bebido de Antón P. Chéjov, que es el autor que ha creado la mirada moderna sobre el relato de ficción. Estos Cuentos de Antón P. Chéjov han sido una de mis grandes lecturas de 2023.