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domingo, 16 de agosto de 2020

Bearn o La sala de las muñecas, por Llorenç Villolanga


Bearn o La sala de las muñecas, de LLorenç Villalonga

Editorial Alfabia. 430 páginas. 1ª edición de 1956, ésta es de 2009.

La primera vez que supe de Llorenç Villalonga (Palma de Mallorca, 1897-1980) fue leyendo En la ciudad sumergida de José Carlos Llop. Durante los últimos años ha sido frecuente que pasara algunas semanas del verano en Mallorca, y en julio de 2015 compré en la librería Literanta de Palma En la ciudad sumergida, libro en el que Llop habla de su ciudad y de su isla. Me pareció un buen recuerdo para leer ya en Madrid. Aquí se habla de la novela Bearn o La sala de las muñecas. Las palabras de Llop En la ciudad sumergida sobre Villalonga se reproducen en el prólogo de esta edición de Alfabia de Bearn. El verano de 2019 compré esta novela en la librería Babel de Palma, y el día de 2020 que compré el billete de avión para volver a Baleares empecé a leer Bearn. No me gustó la idea de volver a la isla sin leer el libro que me traje el año anterior de recuerdo.

Bearn o La sala de las muñecas de Llorenç Villalonga es una novela reputada en la cultura catalana; se suele considera que es su segunda mejor novela después de La plaza del Diamante de Mercè Rodorera. Sin embargo, diría que es poco conocida en el resto de España. Existe cierta polémica sobre si originalmente fue escrita en catalán o en castellano. En 1956 Villalonga presentó esta novela en castellano al premio Nadal, a la edición que ganó El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio. Esto le descorazonó, y no solo por no ganar, sino también porque se daba cuenta de que la literatura de la época reclamaba una mirada neorrealista que se alejaba de su escritura. La novela de villalonga se publicó en 1956 en castellano en una editorial de Mallorca, y tuvo muy poca repercusión. Sin embargo, al publicarse su versión catalana en 1961 sí que alcanzó un notable reconocimiento. Según José Carlos Llop, Villalonga se sentía más cómodo con el catalán, que era su lengua materna, pero trataba de esforzarse por escribir en castellano, porque era en esta lengua en la que deseaba triunfar. Según Llop, el Bearn en castellano de 1956 es el original. Todo esto me parece una curiosidad, y considero que es una suerte que existan dos versiones de esta novela, en castellano y en catalán; y si la reivindicación por parte de la cultura catalana de la novela hace que ésta sea más popular y se lea más, pues bienvenida sea esta reivindicación. La pena es que fuera de Cataluña no se conocen como se debería obras tan valiosas como, por ejemplo, La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda, una de las grandes novelas sobre la guerra civil española.

El narrador de Bearn o La sala de las muñecas es Juan Mayol, el capellán de Bearn, una casa señorial enclavada en las montañas de Mallorca. Juan Mayol le escribe una muy larga carta (que será la novela) a su amigo Miguel Gelabert, «secretario del señor cardenal primado de las España». La carta está fechada en 1890, cuando los señores de Bearn –don Antonio y doña María Antonia– han muerto dos meses antes, sobre los ochenta años de edad. Juan Mayol se propone narrarle a su amigo las circunstancias trágicas en las que han muerto sus señores, y para ello hará previamente un repaso a toda su vida. Según la leyenda familiar la casa (o la estirpe) de Bearn se asentó en Mallorca desde los tiempos de la conquista de la isla; algo que don Antonio a veces desmiente y sobre lo que se muestra escéptico. «Los Bearn son unos señores honorables, que, si no desde la Conquista, porque eso no se sabe, ocupan dignamente un solar conocido por lo menos desde el siglo XV.» (pág. 118)
 Don Antonio y doña María Antonia son primos y su matrimonio pareció siempre un acuerdo entre dos ramas de la familia Bearn para que sus posesiones no se dividieran o perdieran. El matrimonio va a morir sin descendencia, aunque tienen unos sobrinos en la capital, con los que no tienen mucho trato. Los acreedores acechan a las puertas de Bearn y los sobrinos no tienen dinero suficiente para comprar la propiedad una vez que mueran los señores. Por lo tanto, la estirpe de Bearn y la casa Bearn en las montañas de Mallorca van a desaparecer. Ésta es una idea muy presente en el texto y que se repite varias veces. «Con ella (se refiere a la muerte del señor) desaparece todo un mundo, comenzando por estas tierras que me han visto nacer y que habrán de subastarse, porque los acreedores ya han notificado que no quieren esperar.» (pág. 31)
La narración de Juan Mayol abarca más de treinta años. Recordará sucesos desde, más o menos, 1859 hasta 1890. En 1859 tiene lugar uno de los grandes escándalos de Bearn: el señor Antonio huye a París –a sus cuarenta y ocho años– con su prima segunda, Xima, de dieciocho. Tras un gran derroche económico en la Ciudad de las Luces, Antonio regresará solo a Bearn, ya que Xima ha decidido quedarse en París, tras comprobar que la ciudad se rinde a su gran belleza mediterránea. En París llegará a tener relaciones con Napoleón III y competirá en notoriedad y escándalos con mujeres famosas de la época como Eugenia de Montijo. Esto hará que don Antonio y doña María Antonia vivan separados durante una larga época, él en la casa señorial y ella en el pueblo de Bearn.
Los Bearn van a desaparecer, igual que va a desaparecer una época, que sería el siglo XIX. Don Antonio es un afrancesado, un gran conocedor de la cultura francesa, y cree también en su condición de señor. De hecho, Juan nos contará al principio que don Antonio pertenece por formación al siglo XVIII, así que vive desfasado en su propia época. «Yo le he visto azotar con las correas de las caballerías al mayoral de las tierras, una especie de atleta que aceptaba los azotes aullando, y le he visto seguidamente comentar el castigo con el señor vicario, que condenaba aquellas cosas como propias de l´ancien régime y contrarias a la fraternidad cristiana.» (pág. 43). El señor también presiente que el siglo XX, además de no ser el tiempo de los «señores» será el tiempo del socialismo y de los inventos. El socialismo no parece gustarle mucho, pero sí los inventos. De hecho, uno de los temas del libro es el entusiasmo que muestra Antonio por el saber, en general, y por el técnico y científico, en particular. La noche que, después de una década, María Antonia decide perdonarle su romance con Xima y regresa a la casa de Bearn, los esposos se estrellarán –de forma muy simbólica– contra una pared de la casa con un automóvil que ha construido Antonio y que se desplaza gracias al vapor. Un invento que María Antonia y los aldeanos de Bearn consideran algo demoniaco, igual que es demoniaco que el señor no apague las luces de su habitación por la noche y esté leyendo. Una de las condiciones que María Antonia impone a su marido para volver será que queme su biblioteca, que ella considera fuente de ideas perniciosas. Antonio lo aceptará, porque considera que en la primera mitad de la vida uno debe dedicarse a leer y en la segunda a escribir. De hecho, otro de los temas del libro es que Juan Mayol ha recibido antes de morir el encargo de su señor de editar y publicar las memorias en las que lleva años trabajando. Algo que a Juan, preocupado por sus posibles excesos y herejías, le provoca algún cargo de conciencia, como le cuenta a Miguel Gelabert.

Uno de los grandes logros de Bearn o La sala de las muñecas es la creación de la voz narrativa de Juan Mayol, un narrador testigo que, a través de su punto de vista, nos va mostrando a los personajes principales del libro, a don Antonio, doña María Antonia y a Xima. En algún momento, para justificar el conocimiento de Juan de ciertas conversaciones privadas, Villalonga usa el recurso de que su narrador escucha tras las puertas, aunque lo considera una conducta errónea.
De forma velada, Juan se acaba convirtiendo en otro de los grandes personajes del libro. Nunca de forma explícita, pero gracias a diversos guiños, el lector acabará intuyendo (o sabiendo) que Juan es uno de los hijos bastardo de Antonio –que le saca cuarenta años–, y posiblemente el favorito. Juan sabe que el señor ha tenido más de un hijo con campesinas de la zona, niños a los que protege y les da una educación. Dice Juan sobre sí mismo en 1890: «En estos parajes, hará treinta y nueve años, vine al mundo, hijo de un labrador y de una jornalera. No conservo memoria de mis progenitores. De mi madre oí decir que era hermosa, con los ojos negros. Tan pronto tuve uso de razón me destinaron a guardar cerdos.» (pág. 38). En esta descripción se puede observar cómo, de forma sutil, Juan elude hablar de la figura del padre. María Antonia siempre sentirá algo de resquemor hacia él, y esto no le impedirá decirle a Juan que los ojos de Xima se parecen a los suyos (recordemos que Xima es prima segunda de Antonio).

Al principio pensé que Villalonga no quería decir que la isla de la que hablaba era Mallorca, porque se dirige a ella con el apelativo de «la Isla» y a Palma la llama «la Ciudad», pero no ha sido así, los nombres de las localidades de la isla se van filtrando en el texto (Inca, Llucmajor…) y se acaba hablando de Mallorca o Palma y de un dulce tan característico como la ensaimada.

Al empezar a leer la novela, he sentido que Villalonga la escribía influido por Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. En esta novela la narradora testigo era la ama de llaves de la casa de unos señores y en su título también se evocaba una finca. De hecho, en Bearn, Villalonga usa dos veces el adjetivo «borrascoso», lo que no me parece algo casual, y se empieza describiendo el lugar de Bearn, perdido entre montañas, igual que en Cumbres Borrascosas se habla de la casa, perdida entre páramos. Quizás al pensar en esta posible influencia, esperaba al leer la novela de Villalonga sucesos más truculentos o románticos, y lo cierto es que la novela mallorquina es –pese a los latigazos que Antonio propina a su mayoral– mucho menos oscura que la de la inglesa. De forma periódica se evoca en Bearn el cuarto de las muñecas, un cuarto clausurado de la casa al menos desde que don Jaime –un antepasado de Antonio– muriera en ella de forma trágica. Jaime fue un hombre enloquecido, un noble dedicado a vestir muñecas. El lector espera que en algún momento, Villalonga haga entrar a sus personajes en la sala de las muñecas y que se descubra algún secreto escabroso; esto llega a ocurrir al final, cuando yo ya había perdido las esperanzas de que fuera a suceder. Quizás la larga espera haya hecho que el secreto no me sorprendiera o escandalizara demasiado. Creo que he echado de menos en Bearn más pasiones desatadas, más irracionalidad; pero también digo que esto posiblemente ha sido porque desde el principio me he imaginado que iba a leer un Cumbres Borrascosas (una de mis novelas favoritas) a la española.

A menudo se ha comparado a Bearn o La sala de las muñecas con El Gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, novela que se publicó en 1958, y por tanto dos años después de la de Villalonga. El Gatopardo está ambientada en Sicilia, en otra isla mediterránea, también en el siglo XIX, y también trata de la decadencia de una familia de nobles. La leí hace ya más de veinte años y me están entrando ganas de volver a leerla.

En el prólogo José Carlos Llop dice: «En cuanto al estilo, poca voluntad había en el escritor. El suyo fue desmañado y sin traza: era un hombre sordo para el estilo; en Villalonga, el estilo son las ideas.». No estoy de acuerdo con Llop y lo cierto es que su comentario me parece una maldad injustificada, de la estirpe de las sembradas en el prólogo que le hizo Camilo José Cela a este libro en 1956, diciendo que Villalonga era judío, y este juicio antisemita molestó bastante al escritor. A mí me parece que el estilo, que la narración de Juan Mayol, es muy elegante y adecuada a lo contado. A pesar de que al comentar Bearn o La sala de las muñecas de LLorenç Villalonga he apuntado hacia una posible decepción porque la novela no es tan escabrosa como Cumbres Borrascosas, a la que me estaba evocando, he de decir que he disfrutado con ella y que me parece una novela notablemente valiosa dentro del contexto de la narrativa española del siglo XX.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Pastoralia, por George Saunders

Editorial Alfabia 242 páginas. 1ª edición de 2000; ésta de 2014.
Traducción de Ben Clark

Ya comenté a principios de año el libro Diez de diciembre de George Saunders (Amarillo, Texas, 1958); libro publicado en 2013 en Estados Unidos y que casi de forma simultánea lo publicó Alfabia en España. El libro recibió muy buenas críticas y Saunders se ha convertido en un autor destacado entre los amantes del relato (o simplemente de la literatura) estadounidense. Pero este no era el primer libro de Saunders que se publicaba en nuestro país; de hecho Pastoralia fue publicado por Mondadori en 2001. Alfabia, como nos indica en las solapas de sus libros, se ha propuesto volver a reeditar y a traducir toda la obra de George Saunders. Lo que sin duda es una buena noticia, porque no es frecuente que los libros de relatos adquieran mucha popularidad, y Saunders es un escritor que bien merece una porción de reconocimiento en nuestro país.

Pastoralia está formado por una novela corta (de unas 80 páginas en el cuerpo generoso de letra que usa Alfabia: si este volumen tiene 242 páginas, cuando lo tradujo Mondadori tenía 168) y seis relatos, que van desde las diez páginas hasta las cuarenta).

La novela corta se llama precisamente Pastoralia y el narrador comienza su historia con la siguiente frase: “Debo admitir que no estoy pasando por mi mejor momento”. Una frase muy significativa dentro de la poética de la derrota que practica Saunders en sus cuentos; sus personajes siempre pertenecen a la otra América, trabajadores que sufren explotación laboral, niños u hombres de mediana edad que tienen una imagen no demasiado positiva de sí mismos.

La acción de Pastoralia transcurre en un parque temático. El narrador y su compañera de trabajo, Janet, reconstruyen la vida en una cueva prehistórica. Ambos han de comportarse como trogloditas para un número cada vez menos numeroso de visitantes. En Diez de diciembre un cuento también estaba ubicado en un parque temático; y este espacio artificial crea una imagen alucinada para hablar de la convivencia humana. Los recortes laborales han llegado al parque temático y el jefe de Pastoralia intenta presionar al narrador para que acuse a su compañera de negligencia en el trabajo y así poder despedirla. En realidad, Janet –y esto el narrador lo sabe- no es una buena troglodita. El conflicto moral queda planteado de un modo grotesco, no exento del humor negro que surge de la desesperación.
Los personajes de esta novela corta, como del resto de composiciones del libro, tienen un nivel cultural bajo y Saunders juega a inventar un lenguaje en sintonía con sus pensamientos y sus construcciones lingüísticas. Este aspecto de la narrativa de Saunders ya lo comenté al hablar de la dificultad de traducción que supone una literatura como ésta. Ben Clark, el traductor, ha optado por intentar recrear un lenguaje equivalente en español, introduciendo errores gramaticales en las notas que escriben los protagonista (el discurso de los narradores de los relatos suele ser un poco más elevado que el del resto de personajes), y expresiones y frases hechas que a veces me descolocan un poco (“en plan”, “me raya”…) que yo, que trabajo en un colegio, las asocio más con el habla adolescente que con el habla de adultos de bajo nivel económico-cultural. En cualquier caso la tarea de traducción de George Saunders no me parece fácil, y el trabajo de Ben Clark vuelve a ser destacable.

Más elementos me llaman la atención de Pastoralia: en este mundo distorsionado del parque temático casi nos acercamos a una verdadera distopía, que no ocurre en un futuro cercano, sino que está ya –y esto la hace más aterradora- entre nosotros: precariedad laboral, alienación, explotación, competitividad entre trabajadores pobres… Sí que podríamos hablar, en realidad, de un verdadero elemento de ciencia ficción: la presencia de robots que dan vida a diversos animales. En este sentido la narración de Saunders es muy rica en la presencia de elementos sorprendentes.

En Pastoralia encontramos más rasgos propios del estilo de Saunders, que ya identifiqué al hablar de Diez de diciembre: el enfrentamiento de los puntos de vista de los personajes. La narración en tercera persona cede en muchos casos la voz narrativa a los personajes, y estos dejan fluir libremente su conciencia. Casi tan importante como lo que les ocurre en la realidad será lo que sueñan que podría ocurrirles, y la constatación de la mirada que tienen ellos sobre los demás o lo que creen percibir de la mirada de los otros sobre ellos forma, en muchos casos, la esencia de lo contado en estos cuentos.

Winky en vez de situarse en un parque temático, lo hace en otro escenario, puramente norteamericano y por tanto puramente capitalista: una sesión de autosuperación impartida por un gurú. Tenemos obligaciones morales hacia nuestros familiares, parece decirnos Saunders aquí, y lo que en realidad va a hacer el gurú de la autosuperación con su cantinela barata sobre lo que tú te mereces es intentar evitarnos el sentimiento de culpabilidad de nuestros actos egoístas. No te desprendes de tu hermana enferma sino que sigues los pasos de un inteligente gurú sobre la búsqueda de la felicidad personal. Igual que en Pastoralia nos encontramos en esta segunda narración con una sutil crítica a la alienación del ciudadano de clase media-baja norteamericano.

Roblemar nos habla de otra familia disfuncional, de miembros de clase media empobrecida: el narrador trabaja como stripper, y mantiene a su hermana y su prima, ambas semianalfabetas y con un hijo al que cuidar como madres solteras. En este relato sorprende la irrupción de lo fantástico dentro de la crítica social que plantea.

El fin de FIRPO en el mundo es la narración más corta del conjunto y también una de las más intensas. Un niño recorre en bicicleta su barrio, en su mirada hacia las casas que ve descubriremos los miedos con los que vive, la visión de los otros sobre él le está convirtiendo en un marginado.

La infelicidad del peluquero es, de nuevo, casi una nouvelle. En este caso el narrador se siente inferior a los demás por un defecto físico que trata de ocultar siempre que puede (nació sin los dedos de los pies), pero que le ocasionará una profunda frustración sexual y miedo a la pareja. El trabajo que hace Saunders para mostrarnos las diferencias existentes entre su vida y sus fantasías me ha parecido de lo mejor de este libro.

En La cascada se platea una situación propia de los relatos de Saunders: dos personajes se cruzan y el autor nos acercará a la visión que cada uno tiene del otro; una visión distorsionada de la realidad que nos hace pensar en lo poco que se llegan a conocer en realidad las personas, en lo aisladas que viven. Este relato, en cuanto a intencionalidad y composición, me ha recordado al último de Diez de diciembre, al titulado precisamente como el título del libro.


Igual que me pareció que Diez de diciembre era un gran libro, Pastoralia me lo vuelve a parecer. Aunque, quizás añadiría una consideración más, en Diez de diciembre encontré algún cuento (de diez) de un nivel inferior a los que resultaron ser mis favoritos, pero en Pastoralia las seis historias me han resultado de un nivel de calidad y exigencia artística muy parejo. George Saunders es un escritor muy original y potente dentro del panorama actual norteamericano, y es de destacar que su fuerte sea el relato, un género que normalmente funciona peor en España que la novela. Un escritor muy recomendable, esperaremos con ganas el rescate de su obra por Alfabia.

domingo, 9 de febrero de 2014

Diez de diciembre, por George Saunders

Editorial Alfabia. 274 páginas. 1ª edición de 2013.
Traducción de Ben Clark.

La primera vez que tuve noticia de George Saunders (Amarillo, Texas, 1958) fue a través de un mensaje de facebook. Me escribía Ben Clark, poeta con el que he coincidido en persona en un par de ocasiones y cuyo libro Basura comenté en el blog. Clark me decía que había traducido el libro Diez de diciembre de George Saunders para la editorial Alfabia y que si me parecía bien me enviaba un ejemplar para que lo leyera y lo comentara en el blog. Busqué información en internet sobre Saunders y me pareció un autor lo suficientemente interesante (este libro ha quedado en 2013 finalista del National Book Award en Estados Unidos) como para aceptar el envío del libro. Ya he comentado aquí que cada vez selecciono más los libros que quiero leer y que procuro no aceptar envíos de las editoriales o de los autores. Sin embargo, en este caso recibir Diez de diciembre ha sido todo un acierto, porque el libro merece verdaderamente la pena. Lo había dejado en mi montaña de inleídos, hasta que hace unas semanas leí en el suplemento cultural del ABC la crítica que de él hacía Rodrigo Fresán (apuntaba algo así como que el primer y el último relato de esta colección son excepcionales, y que los ocho restantes son simplemente magníficos, cito de memoria).

Diez de diciembre está formado por una decena de relatos de muy diversa extensión, desde las dos páginas de Palos hasta las más de sesenta de Los diarios de las Chicas Sémplica, al que podríamos calificar de nouvelle.

El propio Ben Clark nos advierte en una nota introductoria que las voces narrativas de Saunders comenten errores lingüísticos al expresarse y que ha tenido que reconstruir ese efecto al traducirlo. Incluso cuando el relato está escrito en tercera persona, el narrador cede en muchos casos el discurso al personaje; y este discurso suele reflejar el flujo interior de su conciencia: los personajes interpretan la realidad sin usar artículos, dejan frases sin terminar, o celebran sus propios chistes con un “jajaja”. Lo cierto es que la traducción de este libro no parece fácil, y, aunque en algunos casos las expresiones elegidas en español son muy coloquiales (por ejemplo esa que se ha puesto tan de moda entre los adolescentes: “Eso no, lo siguiente…”), me parece que el trabajo de Ben Clark ha sido destacable.

Lo cierto es que, para descubrir que la narración de los cuentos reflejaba el flujo de conciencia de los personajes, tuve que releer las primeras páginas del primer relato, Vuelta de honor, porque no lo entendía bien. Pronto descubrí lo que ocurría: el narrador está hablando de las fantasías de una chica de quince de años; lo descrito no está pasando en la realidad, sino en la mente del personaje. Una vez que el lector se percata de esto el relato avanza con fluidez. En Vuelta de honor ya queda establecida una de las premisas bajo las que Saunders construye sus cuentos: enfrentar el punto de vista de unos personajes sobre una escena con el de otros. En Vuelta de honor se encuentran (o chocan, más bien) la visión de la quinceañera comentada, la de su vecino adolescente –enamorado en secreto de ella– y la de un violador treintañero; cada uno con sus motivos. También es notable en la construcción de los personajes el peso que tiene la mirada de los demás sobre ellos; por ejemplo, la de sus padres.
Vuelta de honor es un buen relato, pero, y aquí discrepo con Fresán, no es éste, ni tampoco el último (titulado Diez de diciembre, en el que vuelve a aparecer una adolescente fantasioso –casi un niño, en realidad– enfrentado a un adulto, que ha decidido dejarse morir en el bosque) los mejores relatos del libro. Los personajes del libro se encuentran, y sus visiones de lo que ocurre difieren, influidos por sus circunstancias, por sus familiares o por la realidad. Eso ocurre en el tercer cuento del conjunto, Cachorro; en él se enfrenta la visión del mundo de una mujer de clase media con la de otra de clase baja. Cada una, a su manera, cree estar haciendo el bien. Este contraste me ha parecido más sutil que el que se plantea entre la visión del mundo de un violador y una quinceañera (Vuelta de honor), o entre la de un niño que quiere ser un héroe y la de un enfermo de cáncer que quiere morir (Diez de diciembre).

Mientras leía los primeros cuentos de este libro, pensaba en la historia del relato norteamericano, y más concretamente en la magnífica antología de Richard Ford. Y me estaba pareciendo que, si tuviera que seleccionar a algún escritor de ese libro que pudiera ser una influencia para Saunders, posiblemente tendríamos que buscarlo en los experimentalistas de los 60 o 70. Los primeros relatos me recordaban la manera de construir una narración de William H. Gass: pero si en el relato de Gass El chico de Pedersen, tras acercarse a la conciencia de sus personajes, se dispersaba la trama del relato, ésta suele estar bien atada en el libro de Saunders; y en este sentido Saunders acaba acercándose más a Raymond Carver.

El cuarto cuento, titulado Escapar de La Cabeza de Araña, introduce un nuevo elemento: el coqueteo con la ciencia ficción. En Escapar de La Cabeza de Araña unos convictos son sometidos a experimentos para determinar los efectos de nuevos fármacos sobre el organismo, fármacos que pueden controlar el deseo sexual o cortar con la dependencia amorosa. De nuevo pensé en la antología de Richard Ford, y en un autor de la misma época que Gass: Kurt Vonnegut y su cuento Bienvenido a la jaula de los monos. Escapar de La Cabeza de Araña es un cuento sobre el control estatal del individuo realmente potente.

He de constatar también que Diez de diciembre no escapa a uno de los problemas más habituales de los libros de relatos: algunas de sus narraciones parecen esbozos de otras en las que el autor va a desarrollar sus ideas con más fortuna. Así, por ejemplo, después de leer el estupendo Escapar de La Cabeza de Araña, el siguiente cuento –Exhortación, que muestra el discurso que da un jefe a sus empleados, me ha parecido un relato menor. O también he pensado que la idea principal que sostenía el relato Al Roosten –la envidia que provoca el éxito ajeno y la frustración por la propia vida– estaba mucho mejor desarrollada en el siguiente cuento, Los diarios de las Chicas Sémplica. En él un oficinista comienza a escribir un diario, con poco respeto por la puntuación convencional (por ejemplo, leemos en la página 163: “Olor de carne asada + sonido metálico de cacerolas, platos en la mesa = atractivo”). Creo que esta nouvelle, Los diarios de las Chicas Sémplica, con su patético personaje, que continuamente trata de justificar ante sí mismo su deseo de vivir por encima de sus posibilidades, y con su toque de ciencia ficción, que sirve para hacer una crítica del trato que en Occidente se da a los inmigrantes, es el relato que más me ha gustado de Diez de diciembre.


Diez de diciembre es un libro original y valioso, con relatos muy conseguidos, que muestran una gran madurez narrativa por parte de George Saunders. Esto me lleva a preguntarme por qué no ha llegado antes a España. Leo en la solapa del libro que Saunders ha escrito al menos tres libros más de relatos y uno de ensayos, y que Alfabia tiene planeado traducirlos y editarlos. Lo cual me parece una magnífica noticia literaria.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hijos apócrifos, por Víctor Balcells Matas

Editorial Alfabia. 429 páginas. 1ª edición de 2013.

Este verano me escribió un correo Víctor Balcells Matas (Barcelona, 1985) para proponerme el envío de su novela Hijos apócrifos, recién publicada en Ediciones Alfabia. Había conocido a Víctor en persona hacía unos dos años, una noche que quedé en la Casa de América con mi amigo el poeta y novelista mallorquín Javier Cánaves, que estaba en Madrid porque participaba en un acto poético organizado por la editorial Delirio, donde había publicado su poemario Limpieza y absorción. Así que esa noche en la Casa de América conocí a Fabio de la Flor, el editor de Delirio, y a algunos escritores vinculados a su editorial, entre los que se encontraba Víctor Balcells, que había publicado en Delirio su libro de relatos Yo mataré monstruos por ti. Entre este grupo de personas también estaba Javier Serena, quien hace unos meses me pasó su novela Estación baldía, que ya comenté en el blog. Víctor Balcells, junto a Iago Fernández, mantiene un blog de reseñas llamado Zafarranchos Merulanos (ver AQUÍ). Nuestros blogs están enlazados desde hace tiempo. Además (a raíz de su correo) yo le envié a Víctor mi poemario El bar de Lee y me ha comentado que le ha gustado. Comento todos estos datos para que quede explicada la ligera relación que me une a Víctor, cuyo libro Hijos apócrifos estuvo envuelto hace no mucho en una polémica de internet sobre la capacidad de un lector (o de un crítico) de ser objetivo al comentar el libro de alguien que conoce o de quien es amigo.

Hijos apócrifos está dividido en cuatro partes. En la primera, situada en 1985, el joven Pablo Scarpa ha de acompañar –o perseguir en algunos casos– al famoso escritor Ricardo Iglesias, que le ha contratado para ser su biógrafo. Este acompañamiento o persecución le conducirá hasta un castillo de Cracovia, a las calles de París y al pueblo de Rennes-Le-Chateau, en el sur de Francia.
Las tres partes restantes del libro presentan una unidad mayor entre sí, y su acción se sitúa ya en una época más cercana a la del escritor y el lector, entre 2009 y 2011. En gran medida, estas páginas transcurren en Salamanca, ciudad en la que ha estudiado Víctor Balcells, y que por tanto conoce bien. Guillermo Guevara es el hijo de Ricardo Iglesias, del que éste no quiso saber nada, y que fue concebido en la primera parte de la novela. Gracias a la biografía de Scarpa, Guillermo va a descubrir quién es su padre, y gran parte de la trama de la novela estará centrada en los intentos de Guillermo de reencontrarse con su padre ausente. Casi todo transcurre en el escenario de la ciudad de Salamanca, entre performances artísticas y recitales de poesía. Uno de los temas de fondo de la novela será la denuncia de la vacuidad de los escritores, sus ínfulas ridículas y su deseo desproporcionado de éxito y de reconocimiento; y también de la vacuidad de los editores (al editor de la novela se le describe con un cartel de NO tras la mesa de su despacho).

Víctor Balcells nació en 1985 y la novela está escrita entre 2007 y 2012; es decir, cuando el autor tenía entre 22 y 27 años. Balcells es un escritor muy embebido de literatura: en su novela se citan las palabras -o simplemente se habla- tanto de los personajes escritores que él inventa como de multitud de escritores reales: W. G. Sebald, Bergson, Kafka o Enrique Vila-Matas (éste es un chiste familiar, pues Vila-Matas es el tío de Víctor Balcells). Además, para el lector atento, existen otras referencias literarias más o menos veladas, como el guiño de introducir en las frases construcciones semánticas que son títulos de novelas o de relatos; así, por ejemplo, nos podemos encontrar con frases como éstas: “Entendí por su mirada el terror de la soledad del corredor de fondo” (pág. 50); “Sólo se escuchó un claro y persistente ronroneo, interferencias, ruido de fondo” (pág. 123); “Removía los pedazos de periódico y tenía las manos sucias, era un artista del hambre” (pág. 207); “Casa tomada. Ahora la música sonaba amortiguada tras la puerta” (pág. 253). (La negrita es mía).

La primera parte, la correspondiente a la voz narrativa del biógrafo Pablo Scarpa, me ha parecido lo mejor del libro. Según he leído en internet, es la que está escrita más tarde, y posiblemente se aprecia en ella una mayor madurez narrativa frente a las otras tres. Me llama la atención de esta primera parte la capacidad, y el desparpajo, de Víctor Balcells para situar la acción en una época que no es la suya y en unos escenarios (Cracovia, París, sur de Francia) que, probablemente, conocerá como turista. Además, el lenguaje poético empleado me ha parecido sorprendente e imaginativo en más de un caso. Por ejemplo, así acaba uno de los capítulos de esta primera parte: “Al principio llega el león, mata a la gacela, come hasta la saciedad y se marcha. El cuerpo de la gacela queda tendido y deforme en el suelo. Aparecen los buitres y sigue la destrucción, porque cuando se entrega el alma ya no hay límites para el caos. Pasa el tiempo y sólo quedan los huesos de la gacela. Se transforma la materia, nace el árbol. Pero a veces el árbol no nace, queda la tierra. El pasado son buitres que comen y no se sacian, porque en la memoria no existe la saciedad. Desearíamos castigar al león que nos hizo daño, pero solo queda una gacela herida que no puede moverse ni respirar. Olvidad al león. El león se fue. La única posibilidad de expiación es el árbol que más tarde crecerá. Pero ya lo he dicho, no siempre nace un árbol. Donde una vez hubo vida, no siempre vuelve a haber vida” (pág. 61).

Algo que me parece destacable –y es un recurso que se emplea más de una vez en las tres partes restantes del libro– es la capacidad de Balcells para, además de situar la acción en lugares, en principio, muy diversos (una isla de Grecia, Estambul), no acabar esos capítulos de forma conclusiva: se narra la acción, en principio violenta (el hallazgo de un cadáver, el engaño que sufre uno de los protagonistas en un prostíbulo), pero no la conclusión de esa historia. En el siguiente capítulo los protagonistas se encuentran ya en otro lugar... Y todo esto, los personajes escritores que persiguen a otros escritores, los viajes, la desubicación narrativa... me ha recordado mucho al estilo de Roberto Bolaño, que me parece una de las influencias más claras de la novela y al que se le hace un homenaje explícito al denominar a la afamada editorial donde publican los escritores famosos del libro –y donde los jóvenes artistas trepas desean publicar– editorial Archimboldi.

El tono de la novela es de comedia y esto hace que las interacciones que se establecen entre los personajes sean en algunos casos disparatadas y que las relaciones causa-efecto resulten a veces absurdas. En muchos casos se juega directamente al malentendido y al enredo; de “puñetero lío folletinesco” se habla en la página 295.
Este tono de comedia es, por supuesto, absolutamente lícito, y en más de una ocasión yo como lector me he encontrado sonriendo ante la página leída, pero también he acabado pensando que en cierto modo este tono (que convierte los comportamientos de los personajes en desproporcionados o disparatados) puede ser una forma de enmascarar la dificultad del autor para crear personajes más sólidos, más consistentes, más creíbles y humanos. La experiencia de Víctor Balcells para crear una historia procede más de los libros que de la vida, me ha dado la impresión en más de un caso. Y puestos a señalar ahora algún defecto más, podría apuntar que su juventud también ha sido una rémora a la hora de crear alguna escena, remarcando en exceso el punto sobre el que el lector ha de posar la vista. Estoy pensando en la escena que tiene lugar en el segundo capítulo de la tercera parte, cuando el joven escritor trepa Max Lechuga visita al gran editor Archimboldi de la mano del afamado escritor de la editorial Enrique Bauer; y Max, desconcertado, repite en el texto más de una ocasión que el editor va a publicarle sin haber leído su manuscrito, cuando el lector ya estaba viéndolo por sí mismo.


Repito que lo mejor de Hijos apócrifos es la primera parte, que ocupa más de cien páginas de la novela, y que podría haber sido en sí misma una novela corta. Si Balcells hubiera decidido que su primera novela fuera la primera de las cuatro partes de Hijos apócrifos el resultado habría sido más cerrado y maduro, pero es de celebrar que haya arriesgado con una primera novela de más de 400 páginas, lo que nos habla de un joven autor ambicioso. Por supuesto, Hijos apócrifos no es una primera novela redonda, pero sus logros parciales, su ritmo y la fuerza de algunos pasajes me hacen pensar que Víctor Balcells va a ser un autor muy a tener en cuenta en España en las próximas décadas.