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domingo, 27 de julio de 2025

Tarántula, por Eduardo Halfon


Tarántula
, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 181 páginas. 1ª edición de 2024.

 

En 2024 Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) ha publicado una nueva novela de su serie protagoniza por el personaje Eduardo Halfon, que sería alguien muy parecido a él mismo, pero con algunas diferencias en su personalidad; así, por ejemplo, el Halfon escritor no es fumador y el Halfon personaje sí. El Halfon escritor juega de forma continua a la idea de la autoficción; es decir, al hablar de un personaje que se llama como él, que también es escritor y cuyas circunstancias vitales son similares a las del autor, el lector tiende a pensar que las novelas del Halfon escritor son autobiográficas. De hecho, casi, más que de una nueva novela de Eduardo Halfon, deberíamos hablar de un nuevo capítulo dentro de la gran novela que Halfon lleva escribiendo durante los últimos años. Toda esta construcción narrativa, en la que las breves novelas que va sacando son coherentes con las anteriores y el narrador es el mismo, no empezó a funcionar desde la primera obra de Halfon, pero según fueron pasando los años, el autor guatemalteco afinó la idea y, ahora mismo, su obra es una gran novela en construcción con el mismo narrador y el mismo mundo ficcional.

 

De este modo, hay hechos vitales en la biografía del Eduardo Halfon personaje (que deben coincidir, en gran medida, con el Eduardo Halfon autor) de los que se habla, de forma recurrente, en cada nueva entrega de su obra. Por ejemplo, en Tarántula vuelve a aparecer el abuelo polaco, que estuvo en un campo de concentración nazi, del que ha hablado principalmente en El boxeador polaco, pero en esta ocasión se nos habla de cómo fue su entierro en Guatemala, una escena que no recuerdo que haya aparecido en otros libros de Halfon.

 

Tarántula empieza con un Eduardo Halfon de trece años. Estamos; por tanto, estamos en 1984. En 1981, la familia dejó Guatemala, por su clima de violencia, y emigró a Estados Unidos. Esto ha sido contado ya en el libro Mañana nunca lo hablamos y aparece como tema en alguno de los relatos de Un hijo cualquiera (la entrega de 2023). En 1984, después de tres años fuera del país, los padres de Halfon consideran que es una buena idea que él y su hermano, de doce años, vuelvan al país, durante las vacaciones escolares de Navidad, para participar en un campamento para niños judíos, principalmente guatemaltecos, pero también de otros países latinoamericanos. Como suele ser habitual en los cuentos y novelas de Halfon, en Tarántula la tensión narrativa comienza siempre fuerte. «Nos despertaron a gritos» es la primera frase del libro. Doce niños son despertados de forma violenta en la tienda del campamento. A ella entra Samuel Blumm, el monitor. «En su brazo izquierdo, tardé en notar, caminaba una enorme tarántula.» Con esta otra frase acaba la primera escena. Desde ahí, Halfon nos contará la historia de como su familia dejó (o «huyó de») Guatemala y de cómo, tres años después, los padres han querido que vuelva al campamento. De hecho, Halfon ya habla casi siempre en inglés y le cuesta volver a usar el español.

Acaban de aparecer ya en estas primeras páginas dos de los temas principales y recurrentes de Halfon: el de su condición de judío y el tema de su búsqueda de la identidad. Halfon ha nacido en Guatemala, pero sus abuelos son judíos que proceden del Este de Europa y de Oriente Medio. En gran medida, su obra propone una reconstrucción del árbol familiar, sus mitos, historias y orígenes; y, como todo esto ha marcado su propia existencia. De nuevo en Tarántula nos vamos a encontrar con un niño que, en gran medida, rechaza su herencia judía, porque le resulta de un peso excesivo y le exige el cumplimiento de unas normal y tradiciones que son incomprensibles para él.

 Con diez años Halfon dejó el país, sobre el que principalmente escribe, y en Tarántula nos cuenta que, tras tres años, le cuesta hablar español, idioma en el que, en el futuro, se va a convertir en un escritor relevante. La lucha por conquistar la identidad está presente también en esta idea. En la página 12, hablando de sus padres, leemos: «Yo rechazaba sus horarios, sus reglas, sus gustos, sus dietas, sus deportes, sus ideas, incluso su lenguaje: desde que habíamos llegado a Estados Unidos, yo me negaba a hablarles en español; ellos me hablaban en español y yo les respondía en inglés. Pero mi más grande rechazo, y sin duda el más escandaloso, fue hacia el judaísmo.»

 

Eduardo Halfon organiza Tarántula mostrando pequeñas escenas que pivotan en torno a una escena central: ¿qué pasó en el campamento para niños judíos en 1984 que, desde unas enseñanzas para sobrevivir al aire libre, devino en violencia? Así, años después, se encontrará en París con Regina, una niña que también fue a ese campamento, con la que hablará del pasado. Y Regina le llevará hasta el monito Samuel, con el que Halfon se encontrará en Berlín, ciudad en la que actualmente reside el Halfon autor y el Halfon personaje. Las escenas están cortadas y entreveradas con otras. Es decir, el encuentro en París con Regina no se narra de un modo lineal, sino que para contar esa escena, aparecen otros cortes de otras escenas entre medias. Lo mismo ocurre con el encuentro con Samuel. Diría que Halfon escribe de forma lineal cuatro o cinco escenas principales y luego, al ordenar la novela en su versión final, las trocea y las entrevera entre sí. Como cada corte acaba con un misterio o una insinuación de violencia, esto hace que el lector se acelere al leer la siguiente microescena para conseguir descubrir la continuación de la anterior.

 

En relación a la temática del judaísmo y la identidad, otra de las características del Halfon escritor es hablar en sus libros del cosmopolitismo: así, por ejemplo, Samuel y Eduardo hablarán sobre sus días en común en el campamento de Guatemala en un restaurante o prostíbulo tailandés en Berlín. Y, como pasa en otros libros, uno de los mayores misterios a los que se enfrentarán el narrador es al de las palabras y ritos mayas de su tierra de origen.

Las escenas que crea Halfon se debaten (menos en pequeños momentos explicativos) entre la tensión narrativa que genera el posible estallido de la violencia y la presencia de un misterio por resolver en el texto. ¿Qué pasó aquel día de 1984 en el campamento de Guatemala?

 

Uno de los recursos literarios de los que suele valerse es el de las repeticiones de palabras, lo que hace que resalte una idea o sensación. En la página 134, por ejemplo, leemos: «Soñé que estábamos caminando mi padre y yo por un bosque lleno de luz. Él estaba vestido con pantalones negros y saco negro y corbata negra y sombrero negro.» Otro recurso es el de que el narrador duda de sus propios recuerdos, y estos pueden ser reconstruidos de un modo diferente por distintos testigos. El enfrentamiento de distintas versiones de los mismos hechos contribuirá también a generar una sensación de misterio.

 

Cuando en 2023 comenté Un hijo cualquiera, el anterior libro de Halfón, que, en ese caso, se trataba más de un libro de relatos que de una novela, dije que quizás su modelo de escritura estaba empezando a mostrar síntomas de agotamiento. Al ser la propia vida de Halfon y de su familia la materia prima de los relatos, estas no pueden ser, por lógica, infinitas. Diría que el conflicto en torno al campamento de niños judíos de Tarántula no está tomado de la memoria del Halfon escritor, sino que en este caso se trata de un suceso totalmente inventando. No quiero desvelar la naturaleza del problema que se plantea en el libro, en la escena central del campamento, y que, como en otras ocasiones, le servirá al autor para reflexionar y exponer la persecución de los judíos (sobre todo en los días del nazismo), pero por un lado he sentido cierta sensación de inverosimilitud (el conflicto planteado no puede ser real) y por otro lado también he sentido cierta sensación de incoherente en relación al conjunto completo de la obra de Halfon. Es decir, al haber leído todos los libros de Halfon y recordar bastante bien la historia familiar del personaje, considero que si lo contado en Tarántula fuese real, estos hechos habrían aparecido, aunque fuera de refilón, en alguno de sus libros anteriores, igual que aparece, por ejemplo, de forma recurrente, el abuelo polaco con el tatuaje en el antebrazo de su número del campo de concentración. Dicho lo anterior, esto no significa que no haya disfrutado de Tarántula, que sí lo he hecho y mucho. Tarántula me ha gustado más, sin duda, que Un hijo cualquiera, la anterior obra del autor. La construcción de Tarántula, con sus escenas poéticas, misteriosas y con la tensión narrativa de la posible violencia siempre a punto de estallar, entreveradas entre sí, es un pequeño prodigio de ingeniería narrativa; como por otro lado, ya había hecho en otras de sus obras, como, por ejemplo, en Canción, a cuya estructura se parece mucho Tarántula. Creo que como yo sé que acabaré escribiendo una reseña sobre cada libro que leo y voy tomando notas sobre su construcción, me fijo en detalles que es muy posible que un lector más puro no se fije. En este sentido, Tarántula es una gran novela corta, perfectamente disfrutable por los seguidores de Halfon o por cualquier lector nuevo que se acerque a su obra, y que no desmerece a sus grandes novelas como Monasterio o Duelo.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Un hijo cualquiera, por Eduardo Halfon

 


Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 139 páginas. 1ª edición de 2022

 

He leído bastantes de los los libros que ha publicado Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), MonasterioDueloSignor HoffmanMañana nunca lo hablamosEl boxeador polacoSaturno, CanciónBiblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como El ángel literarioDe cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

 

Después de algunos titubeos iniciales en busca de una voz propia, Halfon acabó creando al personaje que va a ser el narrador de todas sus novelas: Eduardo Halfon, alguien muy parecido a su autor, pero que no es exactamente él. El Halfon personaje es un fumador empedernido, por ejemplo, y el Halfon autor no fuma. Por lo demás, los dos comparten edad, nacionalidad y peripecias vitales comunes. En los libros que está publicado, desde hace ya unos años (algunos son rescates de editoriales anteriores), en la editorial Libros del Asteroide, está creando una obra que, en realidad, es la misma novela, publicada por partes, ya que todos estos pequeños volúmenes, que apenas superan las cien páginas, están unidos por un mismo narrador y por unos temas comunes. Halfon habla en estos libros de su gran familia judía latinoamericana, proveniente de Europa o de Oriente Medio, e indaga en el tema de la identidad. ¿Es Halfon judío, guatemalteco, norteamericano (donde ha vivido gran parte de su vida), polaco? ¿Cuál es su identidad?

 

En Un hijo cualquiera aparece, en gran medida como hilo conductor de su nueva propuesta, la figura de su hijo real, nacido hace cinco años, y del que en el libro nos va a hablar desde su nacimiento hasta que tiene tres o cinco años. En el primer capítulo, Halfon habla del parto de la mujer para dar a luz a su hijo, y de la decisión inicial de hacerle o no la circuncisión, una decisión que han de tomar los padres, que será irreversible para el hijo, y que, de un modo u otro, formará parte de su identidad. «Y entendí, de una manera categórica o aun mística, que el pene de mi hijo, a partir de ese momento, ya no era suyo», leemos en la página 14, como conclusión de este capítulo. A través de los padres y los antepasados se va ya conformando la que será, por aceptación o rechazo, la identidad del hijo.

Desde aquí, Halfon recuerda algunos episodios de su niñez, uniendo así sus recuerdos iniciales con los primeros pasos de su hijo. «El sentimiento de paternidad, como escribió James Joyce en Ulises, es un misterio para el hombre.» (pág. 11), Halfon, en sus reflexiones sobre la paternidad evoca a algunos autores, como en la cita que señalo.

En Un hijo cualquiera también nos habla de sus comienzos en la lectura y en la escritura, a una edad relativamente tardía, a los veinticinco años, al volver a Guatemala tras una larga estancia en Estados Unidos y un título de ingeniería bajo el brazo. A los veintiocho años viaja a París: «En aquel tiempo, en París, yo estaba en mi primera fase de lector. Es decir, la fase de alguien que, cualquiera que sea su edad, acaba de descubrir la magia de los libros y siente la necesidad de leerlos todos. La lectura, entonces, como acto personal de anarquía o como inmolación literaria (dependiendo si uno está más próximo a Emma Bovary o a don Quijote). Leer como si la literatura fuera una droga. El lector junkie.» (pág. 37). No estoy del todo seguro, pero creo que ya había leído previamente en los libros de Halfon algo sobre sus comienzos en la lectura y la escritura. Sí que estoy seguro, sin embargo, de leer aquí, de forma tangencial sobre algunos temas ya tratados en otros libros: en la página 18 nos habla de cómo en el año 1981, tras la escalada de violencia en Guatemala, los padres de Halfon deciden mudarse a Estados Unidos. Sobre esto había leído en el libro de relatos Mañana nunca lo hablamos. En la página 135 aparece alguna referencia al abuelo polaco que escapó de un campo de concentración, historia que se cuenta en El boxeador polaco.

 

Las fronteras entre lo que es una novela y un libro de cuentos en Halfon son difusas. En sus libros es frecuente que se produzcan saltos en el tiempo y en el espacio y que el Halfon personaje nos cuente historias que se pueden ajustar al tiempo narrativo de un relato, y que no tienen, en realidad, que ver con una composición clásica de novela. En la contraportada del libro Halfon habla de «historias que componen este libro» y los editores de «los textos reunidos en este nuevo libro». Creo que de un modo deliberado se evita hablar de libro de relatos porque esto limitaría las ventas. El mercado del libro en España, e imagino que casi todos los países será igual, acepta mucho mejor las novelas que los libros de relatos. En Monasterio, donde Halfon narra el viaje su viaje a Israel, para asistir a la boda de una hermana, nos encontramos de forma más clara con una novela, y en Signor Hoffman con un libro de relatos, unidos por la persistencia de una misma voz narrativa. Pero, en el fondo, y como ya he apuntado, cada nueva entrega de un librito de Halfon supone, en realidad, un nuevo capítulo de su gran y única novela en construcción.

 

De Un hijo cualquiera me gustaría destacar el relato titulado Beni, en el que Halfon viaja a Guatemala para recoger los restos de su abuelo muerto, y ha de entrar en un cuartel militar acompañado de un viejo guardaespaldas de la familia. Me ha parecido una narración muy poética y con una gran tensión narrativa, que indaga en el pasado de violencia del país dejando sin aliento al lector. Un relato que comparte sequedad y precisión con los textos de su compatriota Rodrigo Rey Rosa.

 

Por el contrario, me parece que tiene menos tensión un relato titulado La pecera, donde un Halfon que acaba de sufrir un accidente se adentra en un cine de Bélgica, donde las cosas parecen normales, pero no del todo, con un ligero toque onírico a lo Julio Cortázar.

 

He leído Un hijo cualquiera en muy poco tiempo. Lo he disfrutado como suelo disfrutar los libros de Halfon, aunque también es cierto que ha desaparecido en parte la sensación de extrañamiento y sorpresa del principio, de la época en la que leí Monasterio y Duelo, quizás sus obras más destacadas. Los relatos o novelas de Halfon siempre son entretenidos y me dejan con sensación de querer leer más, lo que es, claramente, un síntoma positivo. Pero no sé si hay en la propuesta de Halfon algunos indicios de agotamiento, como si los misterios principales de su gran familia judía hubieran sido ya expuestos en sus páginas y él siguiera dando vueltas alrededor de ellos de un modo indefinido. Desde luego, cuando en 2008, Halfon creó en El boxeador polaco al personaje Halfon y la idea de la búsqueda de la identidad en su familia judía dio con una propuesta poderosa, que generó sus mejores frutos en Monasterio y Duelo, pero no sé si la misma fórmula va a poder ser repetida por él para siempre. Por ahora su obra me parece de las más estimulantes de la narrativa latinoamericana del presente. ¿Escribirá Halfon en el futuro algún libro en el que deje de lado al personaje Halfon, se agotará la propuesta o podrá renovarla de forma inagotable? El tiempo nos dirá.

 

 

domingo, 30 de mayo de 2021

Canción, por Eduardo Halfon

 


Canción, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 119 páginas. 1ª edición de 2021.

 

En 2004 Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publicó en Anagrama la novela El ángel literario. Había quedado entre los finalistas del premio Herralde de ese año. Yo la leí en 2005, tras encontrarla en un puesto de libros de segunda mano de la Cuesta de Moyano de Madrid. En aquel momento me desconcertó su apuesta por la autoficción. Bastante tiempo después empecé a fijarme en las novelas cortas y libros de cuentos que Halfon iba publicando en la editorial Libros del asteroide. Leí buenas críticas sobre estos libros y sería en el verano de 2018 cuando empecé a leer bastantes de ellos seguidos. En un periodo de tiempo relativamente corto leí: Monasterio, Duelo, Signor Hoffman; Mañana nunca lo hablamos, El boxeador polaco, Saturno, Biblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

 

En sus obras más maduras, Halfon ha definido un mundo propio y, obra tras obra, amplia su propuesta. Ha creado al personaje Eduardo Halfon, un escritor de la misma edad del escritor real Eduardo Halfon y con una biografía muy similar a suya. Existen algunas diferencias entre el Halfon personaje y el Halfon autor: por ejemplo, el primero es un fumador impenitente y el segundo no fuma. Halfon habla en sus libros de su gran familia judía, que emigró a Guatemala desde lugares diversos, como Europa del Este y el Medio Oriente, y sobre la búsqueda de la identidad. Uno lee siempre estas novelas pensando que lo que se cuenta en ellas es real, aunque el autor más de una vez ha comentado en sus entrevistas que esto no tiene porqué ser cierto. De hecho, yo como lector atento descubrí una incoherencia interna en su árbol genealógico, que no voy a desvelar; lo que me indica que nos encontramos ante una obra de ficción y no ante un conjunto de novelas memorialísticas.

 

«Llegué a Tokio disfrazado de árabe» es la primera frase de Canción. Halfon ha sido invitado a un congreso de escritores libaneses, aunque nunca ha estado en Líbano y la única vinculación que tiene con este país es que uno de sus abuelos nació allí. Dos páginas más tarde, llegamos a un párrafo que es clave para entender al personaje Halfon y para entender las intenciones narrativas del autor Halfon: «Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unas semanas atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés ‒entre mis tantos disfraces‒ heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía ‒insiste‒ en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos estos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario.» (pág. 11)

 

Además de novelas cortas (Monasterio, Duelo y ahora Canción), Halfon ha publicado también con el mismo personaje libros de cuentos (Signor Hoffman, El boxeador polaco o Mañana nunca lo hablamos). Al tratarse de la misma voz y las mismas intenciones narrativas, no existen muchas diferencias entre los libros de cuentos y las novelas (salvo que el mercado recibe peor los libros de cuentos que las novelas). En gran medida, la narrativa de Halfon es la propia de un escritor de cuentos, y sus novelas no se rigen por una estructura clásica de novela en la que la tensión narrativa va creciendo hasta el desenlace, sino que sus novelas funcionan como narraciones breves cosidas que se van intercalando y yuxtaponiendo a lo largo del libro. Estos núcleos narrativos de las novelas de Halfon se evaden por diversos puntos de fuga que el autor dispersa hábilmente por las páginas, y digo hábilmente porque la trabajada negativa a cerrar una narración, y abrir otra en la página siguiente, va creando una eficaz sensación de misterio en el texto. Según estos parámetros está construida también Canción.

Pronto el lector dejará de leer sobre el viaje a Japón y Halfón empezará a hablar del secuestro que sufrió su abuelo en Guatemala en 1967. También nos acercará a algunos hechos históricos sobre el surgimiento de la guerrilla en el país y el intervencionismo de Estados Unidos. Canción, descubrirá el lector, es el seudónimo de uno de los secuestradores de su abuelo, una persona sobre la que se pondrá a investigar Halfon.

 

Canción es una novela de apenas cien páginas y es toda una joya de orfebrería narrativa. De Tokio hemos pasado, casi sin darnos cuenta a un bar de Ciudad de Guatemala donde Halfon espera a alguien que le va a dar datos sobre el secuestro de su abuelo que él ha empezado a investigar. No es raro que las historias de Halfon se planteen como una investigación. Así estaba construida la novela Duelo, donde trataba de esclarecer la supuesta muerte de un hermano de su abuelo en un lago, cuando aún era un niño. ¿Será a Canción, a quién Halfon espera en el bar fumando y bebiendo cerveza mientras nos describe el ambiente sórdido que le rodea?

 

El personaje que al fin se va a entrevistar con Halfon le advierte que no puede escribir nada sobre lo que le va a contar. Con estas negativas a la propia idea de la novela que se está escribiendo también funciona la obra de Halfon. En Duelo también el padre le dirá al personaje Halfon que no puede escribir sobre lo que justo leemos que está escribiendo. Y en la novela corta Saturno ocurría algo parecido, de nuevo con la figura del padre. Esto sumará más tensión y misterio al texto. ¿Lo que leemos es lo que le ha contado en el bar de Guatemala el confidente de Halfon sobre el secuestro de su abuelo o los datos que ha reunido provienen de otra fuente? Por supuesto, el lector avezado, el que sabe cómo se construye una novela, se da cuenta de que tarde o temprano Halfon va a regresar al Tokio desde el que empezó la historia, cerrando así sus muñecas matrioskas narrativas.

 

Cuando Halfon consigue crear en sus páginas la doble sensación de amenaza y misterio me parece uno de los discípulos más aventajados, y a la vez menos evidentes, de Roberto Bolaño.

El estilo narrativo es contenido y a la vez envolvente, con numerosos puntos de fuga poéticos como éste: «Aquel momento, lo sabía pese a mi inmadurez, tenía el resplandor de una piedra negra en la lluvia.» (pág. 83)

 

Tal vez se podría acusar a Eduardo Halfon de ser un escritor que no arriesga, alguien que encontró en libros como Monasterio o El boxeador polaco la fórmula del éxito y la repite en un libro tras otro; pero, en realidad, apuntaría que Eduardo Halfon está creando una obra muy valiosa, una gran novela dividida en pequeños libritos sobre el pasado, el misterio de las familias y la identidad, y que en algún momento del futuro se leerá con una obra unitaria, como una larga e importante novela de 1.000 o 2.000 páginas. A mí Canción me ha parecido un texto tan fascinante como siempre. Háganse un favor, lean a Eduardo Halfon, es uno de los más grandes escritores latinoamericanos actuales.

domingo, 19 de enero de 2020

De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo, por Eduardo Halfon


De cabo roto y Elocuencia de un tartamudo, de Eduardo Halfon

Editorial Littera y Pre-Textos. 126 y 63 páginas. 1ª edición de 2003 y de 2012.

Después de leer El boxeador polaco de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), reeditado recientemente por Libros del Asteroide, me acerqué a los libros por leer y tomé de la estantería otros dos ejemplares de Halfon que esperaban lectura. Cuando en 2018 leí seguidos cinco libros suyos, acabé pidiendo en Iberlibro dos más que me llegaron ese verano, pero que se me quedaron pendientes. Pensé que ahora había llegado el momento de leerlos.

De cabo roto apareció en 2003 y es uno de los primeros libros de Halfon. La acción nos lleva a Guatemala, y el personaje principal es Eugenio Salazar, que trabaja en el Archivo General de Centroamérica. Gracias a Penélope, su ayudante, Salazar empieza a investigar uno de los documentos que llegan a su archivo porque tiene una llamativa peculiaridad: parece constatar que el escritor Miguel de Cervantes estuvo en Guatemala en 1602, ya que cruzó un paso fronterizo llamado La Garita de las Ánimas. Hasta entonces se pensaba que, aunque Cervantes solicitó a la Corona española ser destinado a América, nunca la había pisado. El documento que los personajes acaban de descubrir puede revolucionar la historia académica en torno a Cervantes. En De cabo roto, Halfon hace uso de varios trucos cervantinos: Salazar va adquiriendo una personalidad cada vez más mitificadora y quijotesca según va avanzando en sus investigaciones, y además se juega la baza del «manuscrito encontrado». Si bien el personaje de De cabo roto es Salazar, el narrador es Eduardo Halfon, que está escribiendo sobre la información que le ha transmitido Salazar. Además, Halfon usa las notas a pie de página para aclarar algunos hechos y hacerse presente como narrador en el texto. Es curioso cómo Halfon hace aparecer a Andrés Trapiello como personaje, mezclando planos de realidad con otros de ficción.

De cabo roto es una narración correcta, pero aún lejos de textos como El boxeador polaco, donde la página se abre al misterio y lo poético de un modo mucho más claro y eficiente.

En el prólogo de Elocuencias de un tartamudo, Halfon nos cuenta una historia que ya conocía: Paul Auster hizo un programa en la radio en el que pedía a los oyentes que escribieran historias, con dos condiciones: que fuesen cortas y verdaderas. Él iría leyendo esos testimonios en la radio. Auster quería «historias que desafiaran nuestras expectativas del mundo, anécdotas que revelaran esas fuerzas misteriosas y desconocidas que influyen en nuestras vidas, en nuestras historias familiares, en nuestras mentes y cuerpos, en nuestras almas. Es decir, historias verdaderas que parecieran ficción».
A Halfon le gustó esta idea y quiso trasladarla al periodismo, pero temía que «aunque toda persona tiene algo que contar, no toda persona sabe cómo contarla». Puesto que se daba cuenta de que el problema era de forma, de redacción, se le ocurrió una variante de la misma idea de Auster: iba a recopilar historias que la gente le contara y trasladarlas al periódico sin que esas personas lo supieran. Lo hizo en 2009.
En este volumen se recopilan veinte de estas historias reales que Halfon tomó del natural. En términos generales son narraciones bastante breves e inciden sobre momentos extraños en las vidas de los personajes. Hay varias de Guatemala y tienen que ver con la violencia vivida en el país. Otras nos hablan de la desesperación y la muerte. Las supersticiones indígenas americanas también tienen aquí un papel, así como el sexo.

Elocuencia de un tartamudo es un libro breve. Lo acabé el mismo día que lo empecé. Algunas de sus pequeñas historias son potentes y poseen una poesía propia que se parece bastante a las páginas de los relatos de Halfon, pero he echado de menos un desarrollo narrativo más elaborado. En estas narraciones aparece una idea, una chispa, que en un relato normal sería un detalle de una narración más amplia.

He leído con agrado De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo, que sitúo en un plano inferior respecto a las grandes obras de Halfon (El boxeador polaco, Monasterio o Duelo). Son libros para admiradores como yo, pero no recomendaría acercarse a estas obras sin haber leído antes las principales de este autor.

domingo, 12 de enero de 2020

El boxeador polaco, por Eduardo Halfon


El boxeador polaco, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 193 páginas. 1ª edición de 2008; esta de 2019.

Ya he contado en mi blog que fue en 2005 cuando leí por primera vez a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971). El ángel literario fue el primer libro al que me acerqué. Regresé a él en verano de 2018, cuando leí cinco de sus libros seguidos (Monasterio, Signor Hoffman, Duelo, Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra). Unos meses después leí también Saturno. Cuando en 2008 apareció por primera vez el conjunto de cuentos El boxeador polaco en la editorial Pre-Textos estuve varias veces a punto de comprarlo y leerlo. De hecho, me recuerdo en la Fnac de Callao leyendo las primeras páginas del primer cuento y presintiendo que el libro me iba a gustar. Sin embargo no lo compré entonces, porque son tantos los libros que uno puede leer que es imposible abarcarlo todo.

En cualquier caso, después de acercarme en 2018 a los libros que Halfon publicó en Libros del Asteroide y considerarlos entre lo mejor que leí ese año, cuando vi anunciado que esta editorial pensaba reeditar El boxeador polaco me lo anoté para solicitárselo cuando saliera, para poder leerlo y reseñarlo. Creo que mi larga espera ha merecido la pena, porque la edición de Libros del Asteroide, además de contener los cuentos de El boxeador polaco de 2008, añade la novela corta La pirueta, que también publicó Pre-Textos en 2010. Dada la cercanía temática entre algunos de los textos de El boxeador polaco y La pirueta, la decisión de publicar las dos obras en el mismo volumen me parece todo un acierto.

El libro se abre con el relato Lejano. En él, un profesor de universidad que imparte literatura a alumnos de primer año se muestra hastiado por la falta de nivel y de interés de su público –jóvenes de la clase alta guatemalteca que acuden a una universidad privada de la capital– y se plantea si todo esto de la literatura sirve aún para algo. Sin embargo, su negatividad cambiará al descubrir que en su clase hay un chico becado, que proviene de un pueblo humilde, cuyas opiniones sobre los relatos comentados en clase destacan sobre la media. Además, Juan Kalel –el alumno– también escribe poemas, con bastante talento, a juicio del narrador. Un día, Kalel desaparece de la clase y el narrador viajará a su pueblo para buscarlo.

En El boxeador polaco Eduardo Halfon ya ha llegado a la madurez de su estilo narrativo. Si bien en sus anteriores libros publicados ha estado tanteando, aquí ya ha centrado su propuesta: el narrador de sus relatos y novelas es un personaje llamado Eduardo Halfon, que se parece mucho a él mismo, pero que no tiene por qué ser él. El personaje fuma mucho, por ejemplo, y el autor no fuma. El personaje Halfon cuenta anécdotas (sobre todo acerca del pasado judío de su familia) que están tomadas del autor Halfon. Gracias a estos detalles, el lector que se ha acercado ya a más de uno de sus libros puede reconocer la misma voz narrativa e incluso anécdotas que se van repitiendo en las narraciones.

Lejano tiene bastante de Roberto Bolaño: comienza con el hastío que siente el ciudadano de a pie hacia la literatura y ésta acaba revelando su verdadera fuerza y misterio, su capacidad para transformar la vida de los personajes. Halfon se adentra en el corazón de su país como un detective en busca de la esencia de la literatura y de la juventud. Es curioso que aquí, igual que en otras narraciones, el personaje Halfon parece moverse como un turista por su propio país, sobre todo cuando tiene que enfrentarse a los mitos de los pueblos indígenas, ya que su familia procede de Europa, con la particularidad añadida de ser de origen judío. «No sabía que hubiera judíos en Guatemala» es una frase dirigida al narrador en más de una de las composiciones de este libro y de otros.

El segundo cuento es Fumata blanca, y en él se narra una historia que ya he leído. Creo que estaba recogida en Monasterio. Halfon conoce a dos viajeras israelitas en un bar escocés de Guatemala. Los equívocos, el misterio y el erotismo recorren estas páginas.

En Twaineando, Halfon nos habla de un congreso universitario en Estados Unidos sobre la figura de Mark Twain. La propuesta me ha recordado a la de algunos relatos de Sergio Chejfec. Hay cuentos mejores en este volumen, pero Twaineando es un texto simpático y con mucho encanto. Aquí ya se evoca al «boxeador polaco», del que se hablará en el siguiente relato.

En Epístrofe, el rumbo del libro parece cambiar. Aparece por primera vez la figura del pianista serbio Milan Rakić, de madre serbia y padre gitano. Este personaje aparecerá en varios relatos más y será una de las obsesiones compositivas del libro. Halfon y su novia Lía conocen a Rakić en el festival de Antigua. En este relato se habla mucho del jazz y sus músicos, otra de las obsesiones de Halfon que se traslada de una narración a otra. «Lía dibujaba sus orgasmos», leemos en la página 75. En más de un relato lo narrado no parece ser realista: Lía hace aquí complicados gráficos sobre sus orgasmos, un componente casi neofantástico que da al relato un aire erótico y brumoso, de territorio onírico. Este relato acaba de un modo muy bello: Rakić reivindica la figura de su padre y la de los músicos nómadas gitanos. Halfon se da cuenta de que, mientras su interlocutor trata de identificar todo su ser con una de sus mitades (su madre es serbia), él tiene problemas para asumir su identidad. El juego de «las identidades» es otro de los temas que se repite en su obra.

En El boxeador polaco, Halfon se sienta con uno de sus abuelos, que le cuenta cómo se libró de morir en un campo de concentración nazi gracias a los consejos que le dio una noche (al día siguiente iba a ser interrogado) un boxeador judío que era de su mismo pueblo. La anécdota es sencilla y emotiva. Aquí se habla de los cinco dígitos que el hombre tiene en un brazo, su número de preso en el campo de concentración. El abuelo le había contado al niño Halfon que era su número de teléfono y que lo llevaba escrito allí para no olvidarlo. Esta anécdota ya la conocía.

Fantasma es un cuento que dialoga directamente con Epístrofe. Halfon quiere volar a Serbia para reencontrarse con el pianista Rakić. En el siguiente, Postales, se sigue con el mismo tema, y en realidad lo narrado antecede a lo que se cuenta en Fantasma: Rakić está enviando a Halfon postales, remitidas desde las ciudades en las que el pianista da conciertos. En el breve espacio de la postal, Rakić va contando historias y anécdotas sobre el pueblo gitano de Serbia. De nuevo, un aire onírico e irreal parece envolver la narración, que se va haciendo más poética por momentos.

En La pirueta, Halfon ha llegado a Serbia y trata de encontrar a Rakić. El texto ha entrado definitivamente en el territorio de la extrañeza y de lo kafkiano. Halfon está doblemente obsesionado: por un lado desea encontrarse de nuevo con el pianista Rakić, que ha empezado a tomar una dimensión mítica para él, y por otro trata de encontrar a los músicos callejeros gitanos de los que Rakić le ha estado hablando en sus postales.
Si el libro empezó con un Halfon hastiado de la vulgaridad mundana de sus alumnos, acaba con un Halfon alucinatorio, que persigue una quimera en un Belgrado espectral, entre el misterio de la música gitana y el fantasma de la destrucción y la violencia de la guerra pasada. De Sancho a Quijote, todo un estupendo paseo literario.

Esta edición de El boxeador polaco (con la acertada inclusión de La pirueta) se ha convertido en uno de los mejores libros de Halfon que he leído. Si alguien no conoce la obra de este gran autor guatemalteco, este libro puede ser una buena forma de empezar. Después podría seguir con Monasterio, Signor Hoffman, Duelo... Seguro que no se arrepiente.

domingo, 10 de marzo de 2019

Saturno, por Eduardo Halfon


Saturno, de Eduardo Halfon

Editorial Jekyll & Jill. 68 páginas. Primera edición de 2003, esta de 2018.

Durante el verano de 2018 me apeteció conocer la obra de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), un autor hispanoamericano al que tenía apuntado en mis interminables listas mentales desde hacía tiempo. Me leí seguidos, en la primera semana de julio, cinco libros suyos. Son libros cortos e intensos y uno siempre los acaba con el deseo de leer más páginas de este autor. El último de los cinco que leí entonces fue Biblioteca bizarra, que había publicado hacía poco tiempo la editorial Jekyll & Jill. Cuando Víctor Gomollón vio en las redes sociales que yo estaba comentando mi lectura de Biblioteca bizarra (libro editado por él), me ofreció el envío de Saturno, que yo acepté agradecido.

Saturno es uno de los primeros libros publicados por Halfon. Vio la luz por primera vez en 2003 y ahora, en una edición revisada, ha vuelto a estar disponible para el público. Es una nouvelle de 68 páginas que se puede leer de una sentada. Como suele ocurrir con los libros de Halfon es una novela corta, intensa y poética.

El narrador innominado de Saturno escribe dirigiéndose a su padre. El monólogo que establece con esta figura ausente está cargado de reproches y acusaciones. El narrador y su padre no se ven desde un desafortunado encuentro en el que los dos se acabaron faltando al respeto. «Su cólera durante nuestra última batalla, padre, todavía me está consumiendo. Sus gritos retumbaron en mí como los truenos que preceden la lluvia, la lluvia que jamás escampa. Insultos y amenazas y condenas. Como las de un gigante. Admitió usted, padre, su deseo de vengarse de mí» (pág. 28).
Nuestro narrador, en vez de querer haber sido ingeniero o abogado, profesiones que habrían satisfecho a su padre, eligió el camino de la literatura, una ocupación ridiculizada por el padre. En la página 48 el narrador afirma lo siguiente: «Al sólo mencionar yo el no sentirme judío, usted, echado, su mirada siempre en otro sitio, se enfureció»: un dato importante, puesto que Halfon y su familia son de origen judío y, por tanto, para el lector que conoce la obra de este autor empiezan aquí ya las referencias autoficcionales.
He visto en Youtube una charla de Eduardo Halfon en la que contaba que cuando se publicó Saturno por primera vez en Guatemala se leyó como si se tratara de un texto autobiográfico. La caracterización del narrador como escritor centroamericano de origen judío hizo que un buen número de lectores confundieran a personaje con autor; y esto contribuyó a que, en sus siguientes obras, Halfon decidiera seguir con ese juego de la autoficción, afianzando esta confusión (o juego) al llamar a su narrador, que va saltando de un libro a otro, con su propio nombre.

Los primeros lectores que leyeron Saturno no sólo pensaron que Eduardo Halfon mantenía una muy mala relación con su padre, sino que además temieron por su vida. Si uno de los temas principales de Saturno es del reproche al padre, el otro sería el del suicidio. Parece que, imbuido por la mala relación filial, el narrador de esta novela corta está pensando seriamente en quitarse la vida. De hecho, una de las ideas que se repiten a lo largo de las páginas es que el narrador escucha voces que le hablan de la muerte. Estas voces –se le da a entender al lector– son las de los escritores suicidas que nuestro narrador-escritor admira. En las escasas páginas de Saturno se habla de multitud de escritores suicidas (no en vano el texto se abre con una cita de Cesare Pavese: «El único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él»). El desfile de escritores suicidas es tan prolijo que Halfon los agrupa, incluso, por modos de dejar la vida: por ejemplo, entre los que murieron envenenándose nos encontramos con nombres como Vachel Lindsay, Horacio Quiroga, Manuel de Acuña, George Sterling, Charlotte Mew y Leopoldo Lugones. Y entre los escritores que cometieron suicidio con arma de fuego nos encontramos con Ernest Hemingway, José Asunción Silva, Pablo de Rokha, Costa Cariotakis o Vladimir Mayakosky.

El padre de nuestro narrador nunca leyó lo que éste escribió, aunque –según asegura él mismo– siempre escribió sobre el padre.
No he leído la Carta al padre de Franz Kafka, pero imagino que Saturno es un texto fuertemente influido por el de Kafka. La desesperanza que se desprende de las páginas de Saturno y la repetición de algunas frases y temas, como motivos musicales, me ha hecho pensar también en la prosa afilada, densa y bella del austriaco Thomas Bernhard.

En Saturno, Halfon todavía no ha llegado a su plena madurez narrativa y a su modelo de autoficción más consolidado, ese en el que un narrador con su mismo nombre es el protagonista de libros tan potentes como Monasterio, Duelo y Signor Hoffman. Digo que aún no ha llegado a la madurez de estos libros, pero ya se acerca mucho a ella en Saturno, donde más que por la autoficción apuesta por la metaliteratura. A pesar de la inquietante presencia de la muerte suicida, Saturno también es una reivindicación poderosa de la vitalidad artística y de la pasión por la escritura.
Como ya he comentado al acercarme a otros libros de Halfon, al leer éste también me he quedado con ganas de que fuese más largo, lo que siempre es un elogio hacia cualquier obra literaria.
La edición de Jekyll & Jill es exquisita. Además está numerada. De una edición de 800 ejemplares el mío es el número 613. Me encantan estos detalles tan trabajados.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Biblioteca bizarra, por Eduardo Halfon


Editorial Jekyll & Jill. 110 páginas. Primera edición de 2018.

Después de leer los tres libros que Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) ha publicado en la editorial Libros del Asteroide (Monasterio, Signor Hoffman y Duelo) en tan sólo cuatro días, me apeteció seguir con su obra y compré en La Central de Callao los libros Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra.
Lo cierto es que intuía que si le escribía a Víctor Gomollón, el editor de Jekyll & Jill, al que sigo en Facebook, el libro de Biblioteca bizarra para reseñarlo, me lo enviaría. Pero ocurrieron dos cosas: quería leerlo de forma inmediata, tras los otros libros de Halfon, y además me di cuenta de que ya había salido al mercado la segunda edición, pero que en La Central aún quedaban ejemplares de la primera. Y al abrir ejemplares de la primera edición vi que los libros estaban numerados. Busqué el número más bajo y me lo llevé a casa. Tengo el 126 de la primera tirada de este libro. Éste tipo de detalles libresco-fetichistas se inventaron para gente como yo.

Después de acabar con Mañana nunca lo hablamos, el mismo día empecé (y terminé) Biblioteca bizarra. Este libro está formado por seis textos que fueron publicados en revistas literarias entre 2011 y 2017. Los seis han sido revisados y quizás ampliados o reescritos. Al final, en la nota que explica su lugar de procedencia, se da la siguiente información de cada una de estas composiciones: «Una primera versión de XXX fue publicada en YYY, con tal fecha.»

Los seis textos de Biblioteca bizarra podrían ser calificados de relatos, pequeños ensayos o artículos. En realidad, creo que no tiene mucha importancia la distinción, puesto que Eduardo Halfon, como otros escritores actuales, juega a la mezcla y confusión de géneros narrativos.

El primer texto es el que da título al libro, y en él se describen diversas bibliotecas que Halfon ha podido ver (o de las que ha oído hablar) a lo largo de su vida. La primera biblioteca es la de una de sus tías abuelas, que ha muerto recientemente, y Halfon va a su casa a ver la enorme biblioteca que esta mujer ha dejado tras de sí. «Me vestí con el entusiasmo que sólo conoce un bibliófilo.», leemos en la página 15. Se trata de una biblioteca dedicada a un único tema: el sionismo. Un aire melancólico acaba impregnando las reflexiones de Halfon, que, como en otros de sus libros, medita aquí sobre su condición de judío. Otra de las bibliotecas de las que habla es llamada La biblioteca salvaje y aquí se habla de la relación de Roberto Bolaño con Antonio di Benedetto que dio pie a la existencia del cuento de Bolaño titulado Sensini. En realidad este primer relato (o miniensayo o artículo) tiene un aire muy bolañesco, de ese Bolaño salvaje y erudito, del Bolaño que acaba de leer a Borges. De hecho, diría que además de hablar del cuento Sensini, existe aquí otro homenaje a Bolaño en las páginas de La biblioteca mojada, en las que se habla de un médico riojano que regala todos los libros que compra y que lee en la bañera. En una entrevista, Bolaño comentaba que su amigo el poeta Mario Santiago (que da origen al personaje Ulises Lima) leía en la ducha.
También, Biblioteca bizarra me ha hecho pensar en muchas de las páginas de un bibliófilo como Enrique Vila-Matas.

El segundo relato se titula Los desechables y habla de una conferencia sobre literatura que Halfon tuvo que dar en Bogotá para un público formado por personas de la calle en proceso de integración social. No es la primera vez que me ocurre al leer a Halfon, pero en estas páginas he sentido más que en otras la conexión de algunas de sus propuestas con las del escritor argentino Sergio Chejfec. En el libro de relatos de Chejfec Modo linterna, el autor también convierte en objeto del cuento los actos y las charlas literarias.

Halfon, boy es el texto que más me ha gustado de este libro. En este relato, Halfon habla del nacimiento de su hijo en Nebraska, donde trabajo como profesor de literatura. Se habla aquí del hijo y de los problemas que encuentra en la traducción de la obra del autor norteamericano William Carlos Williams, que a su vez fue traductor del español al inglés, y un médico pediatra que ayudó a que llegaran muchos niños al mundo. La forma en la que Halfon une sus reflexiones sobre la obra de Williams y el nacimiento de su propio hijo me ha parecido brillante.

Saint-Nazaire es el texto, de los presentes aquí, que más se relaciona con la parte de la obra de Halfon que ha tenido más repercusión (Monasterio, Signor Hoffman y Duelo), puesto que habla de una de las experiencias europeas de su abuelo polaco. También se habla aquí de escritores, y esto entronca más con el espíritu ensayístico de Biblioteca bizarra. «¿No es la nimiedad, pues, la materia prima del cuentista? ¿No son las anécdotas en apariencia mínimas, es decir, insignificantes, la arcilla misma con la cual el cuentista trabaja su artesanía y moldea su arte?», escribe Halfon en la página 78, comentando los cuentos de Chejov y también su propia obra.

El quinto texto se titula La memoria infantil y se subtitula Notas a pie de página. Me he sentido afortunado al leerlo, porque ha dado la causalidad de que estas páginas son un comentario al libro Mañana nunca lo hablamos que, como comentaba al comienzo de esta reseña, había acabado el mismo día que leía esta reflexión personal sobre los cuentos de ese otro libro. De hecho, el comienzo de este miniensayo es el texto de contraportada de Mañana nunca lo hablamos. Aquí se apostillan los cuentos del otro libro, y se explica, en cierta medida, cómo están hechos  y por qué; cómo es el recuerdo o el impulso que lleva a Halfon a escribir un cuento a partir de un recuerdo o una sensación del pasado. «Un escritor escribe desde allí: desde lo que ha visto, desde lo que ha escuchado, desde los olores y sonidos que revolotean como mariposas en su memoria. No escribe su memoria. Escribe solamente a partir de ella. Desde ella. Hacia delante.» (pág. 88), «Veo esas imágenes en el álbum de mi memoria: inconexas y opacas y acaso inventadas. El hilo que las une es la literatura. La literatura, hilvanándolas, les da sentido. El oficio de un escritor no difiere del oficio de un sastre. Parches, remiendos, costuras, hilos, retazos que, con oficio, crean la ilusión de un todo.» (pág. 89)
De los recuerdos que cita lo que más curioso me ha resultado es ver cómo algunos de ellos servían de base a relatos que estaban en el libro Mañana nunca lo hablamos y otros no llegaban a relatos de ese libro; recuerdos que se perderán o que, tal vez, den lugar en el futuro a nuevas narraciones.
En esta quinta narración también nos encontramos con Rol, uno de los trabajadores de la casa familiar de Halfon, que protagonizaba uno de los relatos de Mañana nunca lo hablamos y del que se habla aquí, de nuevo, muchos años más tarde.

Cierra el volumen la narración más ominosa de todas, Mejor no andar hablando demasiado. Aquí Halfon reflexiona sobre la condición del escritor en un país como Guatemala, además de su propio proceso de transformación desde ser un ingeniero hasta convertirse en un escritor. «Durante el último siglo, los escritores guatemaltecos han estado escribiendo, y muriendo, en el exilio.» (pág. 102). Aquí hablará de Miguel Ángel Asturias, Augusto Monterroso, Luis Cardoso y Aragón o Luis de Lión. La escena final que cierra el relato y el libro es terrible: Halfon recibe una visita amenazante en su casa después de haber publicado su primer libro en Guatemala.

Biblioteca bizarra es un libro que gustará a los lectores habituales de Eduardo Halfon, a los que le conozcan por sus libros más famosos (los publicados por Libros del Asteroide), aunque creo que también podría ser una buena puerta de entrada a su obra.  Hasta ahora no había leído ningún libro de la editorial Jekyll & Jill, dirigida por Víctor Gomollón y la verdad es que me ha impresionado el cuidado con que está editado Biblioteca bizarra, un precioso libro-objeto.


domingo, 9 de septiembre de 2018

Mañana nunca lo hablamos, por Eduardo Halfon


Editorial Pre-textos. 138 páginas. Primera edición de 2011.

Ya he comentado que en la pasada Feria del Libro de Madrid compré los tres libros que a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) le ha publicado la editorial Libros del Asteroide. En cuatro días, he leído los tres seguidos. El lunes que iba a acabar Duelo estaba ya de vacaciones y decidí irme de librerías. Compré tres libros más de él: Mañana nunca lo hablamos, Biblioteca bizarra y De cabo roto. Ese mismo lunes que acabé Duelo, por la noche leí los dos primeros cuentos de Mañana nunca lo hablamos. Creo que me estoy convirtiendo en un adicto a la prosa de Halfon. No sé si hacía falta señalarlo. Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra los compré en la librería La Central y De cabo roto en una librería de segunda mano, cerca del metro de Alfonso XIII.

Mañana nunca lo hablamos está formado por diez relatos, y se abre con una cita de Virginia Woolf que dice: «Ese gran espacio de catedral que fue la infancia.». La contraportada del libro está redactada por el propio Halfon y resulta muy significativa. En ella podemos leer: «Toda infancia tiene sus puertas de salida. En toda infancia hay momentos –a veces magnánimos, a veces prolijos, a veces breves y volátiles– que son como pórticos hacia la grandeza del futuro. Los atravesamos con pasos inocentes, llenos de ímpetu y curiosidad, sin entonces lograr comprender, por supuesto, que esos precarios pasos son irrevocables, que no tienen marcha atrás. A veces pienso que por eso escribo. Para intentar regresar a la ilusoria y frágil pureza de mi niñez, en la Guatemala de los turbulentos años setenta.»

Como el propio autor nos cuenta, los diez cuentos de Mañana nunca lo hablamos nos acercan al Halfon que fue un niño en la década de 1970, antes de irse a vivir a Miami (como sabremos por otros libros; por ejemplo, se habla de esto en Duelo) en 1981, cuando va a cumplir diez años. La voz narrativa de cada cuento es la misma, y por tanto este libro puede leerse como una colección de cuentos o bien como una novela, en la que cada capítulo (o relato) es una estampa que evoca la niñez del autor en su país natal. Al finalizar el volumen, el lector comprenderá que este libro es, en gran parte, una despedida de la infancia y también de un territorio físico.

El primer cuento se titula El baile de la marea y se desarrolla en las playas de Iztapa, un lugar que también aparecía en uno de los cuentos de Signor Hoffman. Es un cuento breve y bello sobre el misterio de la vida captado por un niño. «Quería preguntarle a mi padre quién sería yo sin mi padre.» (pág. 17) El tema narrativo de la búsqueda de la identidad aparece ya en estas páginas iniciales.

Polvo retrata la experiencia de un niño en 1976, cuando Guatemala sufrió un terremoto que acabó con 30.000 vidas. El comienzo de este cuento es muy similar al del comienzo de la novela Formas de volver a casa, que el chileno Alejandro Zambra publicó en 2011, el mismo año que Mañana nunca lo hablamos. Dos niños viviendo el terremoto de asola sus ciudades hispanoamericanas como si tratase de una aventura que rompiera con la rutina. En el cuento de Halfon, el niño será obligado por su tío a mirar a los más desfavorecidos y a tomar conciencia de las tragedias ajenas.

El poder de la euforia nos habla del miedo a decepcionar a los adultos en la infancia –en este caso por unas posibles malas notas del colegio–, de la euforia infantil por salvarse de esa situación, y finalmente de la incapacidad de saber qué hacer con esa euforia y la posibilidad de convertirla, por ejemplo, en crueldad hacia los animales. Todas estas sensaciones están muy bien captadas aquí, sin subrayados innecesarios.
En la página 39, la primera de este cuento, se habla del «abuelo polaco» del narrador. Este dato concordaría con los otros que conozco –gracias a las lecturas anteriores–, de la biografía del personaje y narrador llamado Eduardo Halfon. En Mañana nunca lo hablamos no aparece nunca el nombre del narrador, pero su voz y su biografía son concordantes con las de Monasterio, Signor Hoffman y Duelo. Quizás me ha parecido detectar una pequeña diferencia: en este tercer cuento se habla de un hermano pequeño del padre del narrador, y si no recuerdo mal (que puede ser) en Duelo se nos informa de que el padre no tiene hermanos.

El cuarto cuento –Muerte de un cácher–, como el tercero, recrea algunos de los miedos más reconocibles de la infancia: el miedo a hacer el ridículo en el colegio y a no ser creído; en este caso, al profesor le cuesta creer que al narrador le duele de verdad la cabeza. El niño acabará en el hospital y se hará real para él la idea de la propia muerte, un concepto del que parecía sentirse totalmente a salvo cuando vivió de cerca las consecuencias del terremoto del segundo cuento.
El cierre de este relato es muy sutil, con la idea de la muerte que acabará desviándose desde el cuerpo del niño hasta la muerte del ídolo deportivo. Al leer este cuento, y los anteriores, el lector atento pensará en la forma de componer relatos de los escritores norteamericanos. Estos cuentos de Halfon están influidos por Raymond Carver, Tobias Wolff, Ernest Hemingway, Bernard Malamud o J. D. Salinger. Y por esta influencia de autores norteamericanos de relato breve, pero trasladados a los escenarios hispanoamericanos, he sentido a los cuentos de Halfon cercanos a las propuestas de otros autores americanos de habla española como Edmundo Paz Soldán o Rodrigo Hasbún.

El cuento Quieto a la orilla del lago, en el que Halfon recuerda a un joven trabajador de veinte años de la casa de sus padres, quien le habla de su infancia en las orillas del lago Amatitlán, me ha recordado al final de la novela Duelo. Y no sólo porque aparezca el lago Amatitlán, sino porque se da aquí espacio a la narración oral y a la naturaleza mágica de las tradiciones de los indígenas guatemaltecos.

La señora del gabán rojo, el sexto cuento, abre el libro de forma clara a una segunda mitad, en la que va a predominar, cada vez con más fuerza, el tema de la violencia en la Guatemala de la época. Aquí se habla del secuestro que sufrió uno de los abuelos de Halfon, un asunto del que ya he leído en otros de sus libros. Para el niño es difícil asumir la cotidianidad de la violencia, y esta idea está muy bien captada en el relato.

Si hasta ahora estaba pensando que Halfon aún no considera, en este libro, el tema de su pasado judío como uno de sus grades tema narrativos, ahí está el cuento El último café turco para desmentirme. Aunque es cierto que en este cuento se habla de los orígenes de los abuelos, pero todavía no se insiste en el tema del judaísmo, las persecuciones y los conflictos de identidad. Aún no hay conflictos de identidad, parece decirnos Halfon aquí, porque el niño asume cualquier realidad que le rodea como la más lógica y la única posible. De nuevo, en este cuento aparecen los militares como una presencia ominosa.

Mujeres buenas y mujeres malas guarda relación con la composición de los relatos El poder de la euforia y Muerte de un cácher. Aquí se habla de otra de las sensaciones más reconocibles de la infancia: el brote de los primeros deseos sexuales y la sensación de no conocer cuáles son los límites sociales entre lo que es aceptable y lo que no.

Corazón, no moleste nos vuelve a hablar de la extrañeza ante las reglas del mundo de los adultos que los niños no saben cómo asumir. Aquí se habla de la posible desaparición (violenta o no) de un empleado de la fábrica del padre de Halfon.

El último cuento, Mañana nunca lo hablamos, me ha parecido un gran cierre al libro. Un relato muy logrado. Si acabé la reseña de Duelo diciendo que sentía curiosidad por saber qué caminos narrativos iba a seguir Halfon en sus próximos libros y que a mí me gustaría que hablara de la violencia de la que fue testigo en su país, durante la década de los setenta, no me estaba dando cuenta, entonces, que le estaba pidiendo a Halfon que escribiera Mañana nunca lo hablamos. De hecho, comenté que me gustaría saber más cosas sobre el día que pasó encerrado en el colegio porque en la calle se enfrentaban la guerrilla y los militares. Bien, esa historia, que yo reclamaba, está contada en este último relato. De hecho, es el suceso que va a hacer que sus padres decidan dejar el país y trasladarse a Miami, experiencias que son narradas en Duelo. De lo que nunca hablará mañana el narrador con su padre es de quiénes son los guerrilleros y los militares, de quiénes son los indios, los blancos, los ricos, los pobres de su país. El libro acaba cuando el niño Halfon ya puede plantearle a su padre preguntas incómodas.
Y, así, uno cierra este libro, pensando que para Halfon queda atrás su país natal, igual que queda atrás la infancia.

En Mañana nunca lo sabremos Halfon aún no utiliza el recurso estilístico de repetir palabras al comienzo de las frases de un mismo párrafo para conseguir una cadencia poética y, de forma tradicional, los diálogos se muestran con guiones y no insertos en el discurso narrativo como ocurre en los libros publicados en Libros del Asteroide. En Mañana nunca lo sabremos aún no está presente, como ya he comentado, el gran tema para el autor del pasado judío, las persecuciones, los conflictos con el judaísmo y la memoria. Pero diría que el narrador de estos cuatro libros que he leído seguidos de Halfon es básicamente el mismo, aunque la unidad temática es más fuerte entre el tríptico que forman Monasterio, Signor Hoffman y Duelo.
Mañana nunca lo hablamos es un conjunto de relatos muy uniforme, de corte clásica y poso norteamericano, que se puede leer como una novela y que gustará, sin duda, a aquellos lectores que leyeron los tres libros comentados anteriormente, y que me parece que se han vendido más que este otro libro. Y si alguien empieza a leer la obra de Halfon por Mañana nunca lo hablamos no creo, en ningún caso, que quede decepcionado, porque éste es un gran libro de relatos.