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domingo, 3 de abril de 2022

Las venas abiertas de América Latina, por Eduardo Galeano

 


Las venas abiertas de América Latina
, de Eduardo Galeano

Editorial Siglo XXI. 349 páginas. 1ª edición de 1971, ésta es de 2021.

 

Lo cierto es que nunca había leído nada de la obra de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940 ‒ 2015) porque le tenía mentalmente catalogado (sin estar seguro de tener o no razón) como «escritor cursi». Sin embargo, hace unos ocho años mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, cuando vivía en Madrid, me preguntó si había leído Las venas abiertas de América Latina, un libro ‒aseguraba‒ que todos los latinoamericanos habían leído. Le dije que no, y entonces él le quitó importancia a su pregunta, diciendo que tampoco hacía falta que lo hiciera. Me quedé con la intriga desde esos días.

Normalmente elijo ficción para leer, porque considero la lectura un entretenimiento, un refugio del cansancio diario, pero, de vez en cuando, me he estado acercando, durante los últimos años, a algún ensayo, sobre todo de teoría económica, y pensé que Las venas abiertas de América Latina podía encajar en este tipo de lecturas. Además quería conocer de primera mano un texto que sabía que había sido importante para varias generaciones de latinoamericanos, zona del mundo que suele ser de mis preferidas para elegir mis lecturas de libros de ficción.

 

En 2021 se han cumplido cincuenta años desde la publicación original del libro y, por el mismo precio, me compré la «edición conmemorativa» que tiene tapas duras, sobrecubierta, es más grande (y esto hace que los reglones se muestren en la página más oxigenados), ilustraciones, y venía acompañado de unas láminas ilustradas.

 

El libro empieza con el siguiente párrafo: «La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones.» En estas palabras se encuentra resumido el ensayo de Galeano, que, desde la primera línea, establece una conversación con el escocés Adam Smith, cuyo ensayo La riqueza de las naciones (1776) comienza así: «El mayor progreso de la capacidad productiva del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabajo.»

Si Smith nos habla de las bondades de la especialización, Galeano nos va a mostrar sus problemas, extrayendo ejemplos de la historia de Latinoamérica, así que Las venas abiertas de América Latina fue escrito como una antítesis de La riqueza de las naciones.

 

Una de las tesis del liberalismo económico es que la economía no es un juego de suma cero, ya que consideran que si el mercado funciona de un modo libre todos sus participantes saldrán ganando. Galeano no comparte esta tesis: «La historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial.» (pág. 16)

 

Las venas abiertas de América Latina se estructurada ocupándose, en cada una de sus partes, de la explotación de algún tipo de bien. El texto se divide en dos bloques, el primero se llama La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra. Y su primero capítulo es Fiebre del oro, fiebre de la plata. Galeano se remonta a la época del descubrimiento de América, por parte de los europeos, para hablarnos de la obsesión inicial de los conquistadores por el oro. «La hazaña del descubrimiento de América no podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar.» (pág. 27).

En algunas islas del Caribe, como en Dominica, los nativos fueron exterminados en la imposición de las duras tareas de los lavaderos de oro. Algunos indígenas se suicidaban y mataban a sus hijos.

 

Una de las críticas a Galeano consiste en señalar que cae en el mito del «buen salvaje». Es cierto que no habla de las luchas que existían entre los pobladores de Mesoamérica o los incas, que permitieron que Hernán Cortés o Francisco Pizarro pudieran realizar sus conquistas, y sí señala, sin ahondar en ello, una realidad que no es falsa: «Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra.» (pág. 30). Además fueron elementos como los caballos, desconocidos en América, los que ayudaron en la conquista, y las enfermedades diezmaron a los indios.

En 1521, Cortés conquista Tenochtitlán, y durante años excavaron el fondo del lago en busca de oro.

 

Es muy interesante el capítulo España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche. En él se habla de que la Corona española estaba endeudada, y casi todos los cargamentos de oro y plata que llegaban a España se iban a los banqueros alemanes, genoveses o flamencos. «Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible.» La Corona española abría frentes de guerra y la aristocracia se dedicaba al despilfarro. Los capitalistas españoles compraban títulos de la Corona y se convertían en rentistas, en vez de incrementar el desarrollo industrial. Los telares españoles, por ejemplo, fueron desapareciendo durante el siglo XVI.

En las colonias no se diversificaron las economías internas y las clases dominantes se dedicaron a despilfarrar. El número de europeos y criollos desocupados aumentaba  sin cesar. «El valor de las exportaciones latinoamericanas de metales preciosos fue, durante prolongados periodos del siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor de las importaciones.» (pág. 43), ésta es una idea sobre la que Galeano volverá varias veces en el libro.

 

Me ha sobrecogido la historia de la ciudad de Potosí, actualmente en Bolivia. En 1650 se convirtió en una de las más grandes y ricas del mundo, debido a sus minas de plata, edifica sobre ocho millones de cadáveres de indios, apunta Galeano (una cifra que parece una exageración). En la actualidad (el libro se escribió en 1970) Potosí tiene tres veces menos habitantes que hace cuatro siglos.

 

Galeano afirma: «Los indios de las Américas sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sobre tres millones y medio.» (pág. 53) la fuente que cita Galeano es la de Darcy Ribeiro, con datos de Henry F. Dobyns y Paul Thompson. He buscado en internet información sobre estas cifras y no parece haber un consenso muy claro sobre ellas. Galeano toma, en cualquier caso, las estimaciones más altas posibles de muertes de indígenas americanos.

 

Galeano habla de las Leyes de Indias, pero que en muchos casos se incumplían, y los indios trabajaban en las montañas de Potosí en muy malas condiciones. Al usarse mercurio para extraer la plata, los trabajadores morían envenenados.

Desde 1536 los indios eran otorgados en encomienda junto a su descendencia. Es decir, debían trabajar como esclavos para un líder procedente de España, y además debían ser evangelizados.

 

Después, Galeano habla del oro de Brasil, que se tardó más en descubrir que el de México, o la plata de Potosí. Pero dos siglos más tarde el oro apareció en Minas Gerais. 10 millones de negros se trasladaron desde África hasta la abolición de la esclavitud en Brasil. Muchos de estos negros morían en la travesía marítima, y de media solían aguantar 7 años trabajando antes de morir.

Más de la mitad del oro de Brasil acababa en Inglaterra y Holanda, que usaban este oro para concentrar inversiones de capital en el sector manufacturero.

 

El segundo capítulo se titula El rey azúcar y otros monarcas agrícolas, y en vez de la explotación de los minerales de Latinoamérica, Galeano nos habla ahora de los problemas que sufrió la región con los monocultivos.

Colón llevó el azúcar a América y se convirtió, durante tres siglos, en su producto agrícola más solicitado. Y para su producción se usaba mano de obra esclava. Hasta mediados del siglo XVII, Brasil fue el mayor productor de azúcar del mundo, a la vez que Brasil era el mayor mercado de esclavos del mundo. Las empresas holandesas participaban en la instalación de los ingenios y en la importación de esclavos, además de recoger el azúcar en bruto en Lisboa.

Según Galeano, en 1970 el nordeste de Brasil es, en la actualidad, la región más subdesarrollada de Occidente, y esto es una herencia de la dependencia del monocultivo del azúcar.

 

En Cuba también entró con fuerza el monocultivo del azúcar, una industria creada sobre las necesidades de otras naciones. La dictadura de Batista vendía casi todo su azúcar a Estados Unidos. «El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos.» (pág. 95). Aunque Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no se hubiera alcanzado jamás», según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación de capital mercantil europeo fue la esclavitud americana. Un dato escalofriante: de los 70.000 esclavos que la Compañía Africana embarcó entre 1680 y 1688 solo 46.000 sobrevivieron a la travesía, y, sin embargo, esta compañía daba un 300% de dividendos y entre sus accionistas figuraba Carlos II.

Aunque Inglaterra fue la gran potencia esclavista, en el siglo XIX pasó a ser la principal potencia antiesclavista, porque ahora necesitaba mercados con mayor poder adquisitivo, y esto hacía que prefiriese asalariados a esclavos.

 

La trata de esclavos en Nueva Inglaterra facilitó también la acumulación de capital que dio origen a la revolución industrial en Estados Unidos: en el siglo XVIII, los barcos de Boston, Newport o Providence llevaban barriles de ron hasta las costas de África; allí cambiaban el ron por esclavos, que se vendían en el Caribe y de allí llevaban melaza a Massachussetts, donde se destilaba y se convertía en ron. En Estados Unidos se quedaban los grandes beneficios de este proceso.

En 1888 se abolió la esclavitud en Brasil.

 

Otro monocultivo al que se entregó Brasil fue al del caucho, que disponía de casi las reservas mundiales de goma. Los ingleses consiguieron trasladar las semillas a Malasia y la prosperidad de la goma de Brasil se hizo humo.

 

La prosperidad de Venezuela se identificó con el cacao, pero de nuevo los ingleses desarrollaron sus propias plantaciones en África y se acabó esta prosperidad.

Brasil también se dedicaba al algodón, pero la producción a gran escala del sur de Estados Unidos y sus mejoras tecnológicas tiraron los precios y Brasil quedó fuera de juego.

 

Uno de los grandes problemas que ve Galeano a los monocultivos es la dependencia de las fluctuaciones de precios internacionales, que hace que los mercados de Latinoamérica acaben hundiéndose. Además, los productores sufren bajadas de precios para los trabajadores en sus sectores, pero en los países ricos las personas que distribuyen o manipulan esos productos reciben salarios mucho más altos.

 

«En toda Centroamérica los embajadores de los Estados Unidos presiden más que los presidentes.» (pág. 125). Los Estados Unidos ocuparon Haití durante 20 años, a partir de 1915. En otros países, como en Guatemala, cuando el gobierno quiso iniciar una reforma agraria (en 1952, con el presidente Juan José Arévalo), Estados Unidos ayudó a derrocar al presidente electo, imponiendo a un dictador, para perpetuar el poder latifundista sobre la tierra.

 

En Argentina, José Artigas sí inició realmente una reforma agraria en 1815 y luchó contra el centralismo de Buenos Aires o Montevideo. Pero la intervención extranjera acabó con esto de nuevo.

La Revolución mexicana también sufrió varias veces la intervención de los Estados Unidos. Según Galeano, una de las claves de la prosperidad de Estados Unidos es que los peregrinos del Mayflowers no atravesaron el mar en busca de tesoros legendarios, ni para explotar a la mano de obra indígena, sino para establecerse con sus familias y reproducir el sistema de vida europeo. Así en las 13 colonias originales el centro de la vida económica estuvo en las granjas y en los talleres y no en el monocultivo.

 

El tercer capítulo de la primera parte se titula Las fuentes subterráneas del poder. Los norteamericanos importan la séptima parte del petróleo que consumen, un quinto del cobre y la mitad del cinc. Estados Unidos sigue comprando estas materias primas en Latinoamérica. Según Galeano, los golpes de estado en Argentina han seguido los ciclos de las licitaciones del petróleo.

En Perú, a mediados del siglo XIX, se desarrolló la industria del guano como fertilizante.

La guerra entre Chile, Perú y Bolivia, que tuvo que ver con los impuestos al salitre, fue la Guerra del Pacífico entre 1879 y 1883. Sin embargo, en 1890 Chile destinaba a Inglaterra las tres cuartas partes de sus exportaciones, y Chile funcionaba como un apéndice de la economía británica.

Según Galeano, Simón Patiño era el dueño de la mejor veta de estaño de Bolivia y ponía y quitaba presidentes a su antojo, desde Europa.

El control del petróleo en el mundo está en manos de un cártel nacido en 1928, cuando la Standard Oil de Nueva Yersey, la Shell y la Anglo-Iranian (hoy British Petroleum) se pusieron de acuerdo para dividirse el planeta. Según Galeano, los intereses de este cártel fueron los que promovieron la guerra del Chaco (1932-35).

De Venezuela proviene casi la mitad de los capitales que Estados Unidos sustrae de Latinoamérica y en 1970, Venezuela es uno de los países más pobres de la zona. Además los indígenas fueron despojados de sus tierras, en las que había petróleo.

 

La segunda parte del libro se titula El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes.

Su primer capítulo es Historia de la muerte temprana y en él se habla de la influencia de Gran Bretaña sobre los países latinoamericanos, una vez que estos se independizaron de España y Portugal. Así los cueros del Río de la Plata eran pagados con tejidos ingleses. Como imagen significativa, Galeano apunta que cuando el 25 de mayo de 1810 se constituyó en Buenos Aires la junta revolucionaria una salva de cañonazos de los buques británicos la celebró desde el río. Galeano sigue cuestionando las ideas de Adam Smith al escribir que el liberalismo económico dañó las incipientes manufacturas locales. Galeano da cifras del crecimiento industrial manufacturero, anterior a la independencia, y así señala, por ejemplo, que en Cochabamba había 80.000 personas dedicadas a la producción de lienzos de algodón.

Los gauchos argentinos acabaron llevando ponchos fabricados en Yorkshire.

Según Galeano, el liberalismo económico se convirtió en una verdad revelada para Gran Bretaña solo a partir del momento en el que estuvo segura de ser la más fuerte y después de haber desarrollado su propia industria textil al abrigo de la ley más proteccionista de Europa. Latinoamérica entró en la órbita británica como suministradora de materias primas y compradora de productos elaborados, de la que solo saldría para cambiar a Gran Bretaña por Estados Unidos.

En 1844, las plantas de Puebla (México) producían 1.400.000 cortes de manta gruesa, pero la inestabilidad política y las presiones europeas hicieron que esta industria hubiera desaparecido en 1850.

«La casi totalidad de los ingresos de Buenos Aires provenía de la aduana nacional, que el puerto usurpaba en provecho propio, y más de la mitad se destinaba a los gastos de guerra contra las provincias, que de este modo pagaban para ser aniquiladas.» (pág. 207)

El gobierno de Juan Manuel de Rosas dictó en 1835 una ley de aduanas proteccionista, hasta la batalla de Caseros de 1852, en la que de venció a Rosas, había en Buenos Aires más de cien fábricas prósperas. El gobierno inglés intervino frente a las restricciones del comercio de Rosas. Para Sarmiento, Rosas solo era el símbolo de la barbarie. El presidente Bartolomé Mitre inició en 1862 una guerra de exterminio contra las provincias.

 

En la guerra de la Triple Alianza, Brasil, Argentina y Uruguay destruyeron la prosperidad de Paraguay. El dictador Gaspar Rodríguez de Francia había mantenido al país en el aislamiento, y el comercio internacional no era el eje de su economía. En 1865, la balanza comercial arrojaba superávit. La guerra duró cinco años y fue una carnicería. Las tropas invasoras llegaron en 1870 a redimir al pueblo paraguayo, pero en realidad le habían exterminado. Solo 250.000 paraguayos (la sexta parte del país) sobrevivió, y los ganadores quedaron en manos de los banqueros ingleses, que fueron los que financiaron la aventura. Del Paraguay derrotado desapareció la población, las aduanas, los hornos de fundación y los ríos clausurados al comercio.

 

En Brasil los precios de sus exportaciones entre 1821 y 1830 y entre 1841 y 1850 bajaron casi a la mitad, mientras que los precios de las importaciones permanecieron estables.

 

Mientras tenía lugar la guerra del Chaco, en Estados Unidos el norte industrializado ganaba al sur en su guerra de Secesión. El general Ulysses Grant declaraba que durante siglos Inglaterra había confiado en el proteccionismo y que Estados Unidos debía hacer lo mismo, y adoptar el liberalismo cuando el proteccionismo ya no pueda darles más. Los Estados Unidos empezaron a exportar la doctrina del libre cambio solo después de la Segunda Guerra Mundial.

 

El segundo capítulo se titula La estructura contemporánea del despojo. A partir de la Segunda Guerra Mundial se repliegan en América Latina los intereses europeos a favor de los norteamericanos. En Latinoamérica un puñado de empresas norteamericanas controlan casi todas las inversiones. Por ejemplo, en Brasil el trato a las empresas extranjeras es de los más liberales del mundo; no hay allí limitaciones a la repatriación de capital.

Galeano es crítico con las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Latinoamérica, ya que según él sus actuaciones agudizan los desequilibrios. Todos los países latinoamericanos juntos no suman la mitad de los votos de los que dispone Estados Unidos para orientar las políticas del FMI.

Solo en 1968, más de 70 nuevas filiales de bancos norteamericanos abrieron en América Central, el Caribe y los países más pequeños de América del Sur. Todo esto sirve para que el ahorro latinoamericano se vaya a empresas norteamericanas. Sin embargo, según la ley norteamericana, ningún banco extranjero puede operar en los Estados Unidos como receptor de depósitos.

«El Imperio envía al exterior sus marines para salvar los dólares de sus monopolios cuando corren peligro y más eficazmente, difunde también sus tecnócratas y sus empréstitos para ampliar los negocios y asegurar las materias primas y los mercados.» (pág. 253)

«En Bolivia, los préstamos norteamericanos no proporcionaron un solo centavo para que el país pudiera levantar sus propias fundiciones de estaño, de modo que el estaño continuó viajando en bruto a Liverpool.» (pág. 258)

«Es el círculo vicioso de la estrangulación: los empréstitos aumentan y las inversiones se suceden y en consecuencia crecen los pagos por amortizaciones, intereses, dividendos y otros servicios; para cumplir con estos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero, que generan compromisos mayores, y así sucesivamente.» (pág. 262)

Cada vez vale menos lo que Latinoamérica vende al primer mundo y cada vez es más caro lo que ha de comprar. Los salarios bajos determinan los precios bajos en los países pobres, y las barreras arancelarias protegen los salarios altos en los países ricos.

 

El ensayo original acaba con la siguiente inscripción: «Montevideo, fines de 1970», pero luego hay un apéndice titulado Siete años después. Galeano habla aquí de la recepción del libro, que fue prohibido por las dictaduras de Uruguay, Chile y Argentina.

 

Han sido muy comentadas unas declaraciones que hizo Eduardo Galeano en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, que tuvo lugar entre el 11 y el 21 de abril de 2014. Allí Galeno pronunció frases como éstas sobre Las venas abiertas de América Latina: «No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado.», «Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital.», «Yo no tenía la formación necesaria. No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.», «En todo el mundo, experiencias de partidos políticos de izquierda en el poder a veces fueron correctas, a veces no, y en muchas ocasiones fueron demolidas porque estaban correctas, lo que dio margen a golpes de Estado, dictaduras militares y periodos prolongados de terror, con sacrificios y crímenes horrorosos cometidos en nombre de la paz social y del progreso. En otras ocasiones, la izquierda ha cometido errores muy graves.»

 

Estas declaraciones de un Galeano de 73, que moriría al año siguiente, en 2015, comentando el libro que escribió con 30 años, le han servido a más de uno para querer invalidar por completo su ensayo. Diría que Galeano matizaba sobre todo sus comentarios en Las venas abiertas sobre el gobierno de Castro en Cuba, como se desprende de las últimas frases entrecomillas. Como ocurre en casi todos los ensayos políticos, resulta mucho más fácil dar el diagnóstico de lo que no funciona en economía que sus soluciones. De este modo, Karl Marx en El capital, por ejemplo, propone la nacionalización del capital empresarial, algo que, como la historia mostró más tarde, puede generar errores de previsión, excesiva burocracia y falta de incentivos. Pero que esta solución de Marx falle, no resta validez a los problemas económicos que señalaba sobre la economía británica del siglo XIX. De forma clara, y en contra del liberalismo de David Ricardo, afirmaba que los niños de 7 años no debían estar en las fábricas sino escolarizados, y que las jornadas de trabajo debían tener límites razonables; asuntos con los que un lector actual difícilmente puede estar en desacuerdo.

 

Sé, por ejemplo, que Argentina a finales del siglo XIX y principios del XX era una superpotencia mundial. «Argentina podía verse como una economía avanzada en esos años, por detrás de las economías inglesas (Estados Unidos, Reino Unido y Australia) pero por delante de economías europeas como la italiana, la francesa y la alemana. Argentina se posiciona entre los mejores. Su renta per cápita ajustada a la capacidad de compra era el 92% del promedio de las 16 economías más avanzadas del mundo.» (Fuente: El blog salmón de economía). Así que hay algunas realidades que Galeano no está contando de forma fideligna. Según El Blog Salmón, el problema para Argentina empezó cuando usaron políticas proteccionistas para su sector primario.

Es posible que Galeano haya tomado fuentes que trabajan en beneficio de sus tesis, como esa que ya he comentado sobre los indígenas americanos que murieron con la conquista, cifras que siguen generando controversia, pero no creo que TODAS las ideas mostradas en Las venas abiertas sean erróneas. Me ha gustado conocer los excesos que se dieron en la ciudad de Potosí, por ejemplo, o los problemas que generaron los monocultivos en Latinoamérica, así como la influencia de Gran Bretaña sobre la región una vez que los países de Latinoamérica se independizaron.

 

Cuando en mis redes sociales comenté que estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina, más de uno me lo vino a afear, a decirme ‒básicamente‒ que no debía leer aquello. Usaban el argumento de autoridad de que Galeano no lo leería (creo que daban mucha credibilidad a este anciano sabio llamado Galeano). Me ha gustado leer este libro que ha influido tanto en Latinoamérica y que se ha traducido a muchos idiomas. Me recomendaron también que leyera el libro Del buen salvaje al buen revolucionario del venezolano Carlos Rangel, que se supone que es la antítesis del de Galeano. Ya he comprado este libro y lo leeré para establecer una comparativa, sin aspavientos, ni escándalos, por el afán de conocer.

domingo, 30 de enero de 2022

Mugre rosa, por Fernanda Trías


Mugre rosa
, de Fernanda Trías

Editorial Random House. 277 páginas. 1ª edición de 2021.

 

A finales de 2018 leí La azotea de Fernanda Trías (Montevideo, 1976), que inauguró la nueva editorial española Transito. Era una novela ‒publicada por primera vez en Uruguay en 2001‒ claustrofóbica, contada desde el punto de vista de una mujer que decide crear un micromundo dentro de un piso, del que no permitirá salir ni a su débil padre, ni su hija pequeña, ni a sí misma. Me gustó aquella novela enfermiza y potente.

Cuando en 2021 apareció Mugre rosa sopesé la idea de leerla, ya que tenía un buen recuerdo de La azotea. En principio, mi deseo de no leer demasiadas novedades literarias ganó la partida. Pero, meses más tarde, cuando leí que con poco tiempo de diferencia Mugre rosa había ganado el premio Bartolomé Hidalgo en Uruguay a la mejor obra narrativa del año y también el premio Sor Juana Inés de la Cruz en México, me apeteció leerla. Una tarde, al salir del colegio en el que trabajo, caminé hasta la nueva librería madrileña La Mistral, cercana a la plaza de Sol, y que aún no había visitado. Quería comprar allí el libro de Fernanda Trías. La librería me pareció bonito, pero en ese momento no tenía Mugre rosa y la acabé comprando, el mismo día, en la FNAC de Callao.

 

Mugre rosa nos acerca a un futuro ligeramente distópico. La acción se sitúa en una ciudad que el lector sobreentiende que es Montevideo, aunque nunca se especifica en la novela, ni se nombra tampoco a Uruguay. Sí sabremos que la moneda usada en el país es el peso y que la narradora tiene el plan de huir a Brasil, que se intuye que ha de ser un país cercano y colindante al que ella se encuentra. Aparecieron en «el río», que se sobreentiende que es el Río de la Plata, unas algas color borra, que en un principio parecían inocuas, para más tarde empezar a morir peces, y darse cuenta de que era una peligro para la población inhalar sus esporas cuando soplaba el viento. La ciudad aparece continuamente cubierta de niebla, y esta es una buena señal, porque lo contrario de la niebla es «el viento rojo». Cuando empieza a soplar el viento del río, suenan las alarmas y la población debe refugiarse en sus casas con todas las ventanas cerradas, a riesgo de inhalar las esporas rojas y contraer una enfermedad de la piel que les va a conducir a la muerte.

La mayoría de la población ha sido evacuada hacia ciudades del interior del país, pero la narradora no ha querido hacerlo porque hay elementos que la atan a la costa. Por un lado su exmarido Max está internado en el hospital el Clínicas, en la sección de enfermos crónicos. Max ha sido contagiado por el virus del aire pero, extrañamente, no ha muerto. Su caso, y el de algunos compañeros en una situación similar, es importante para la ciencia, porque tal vez en ellos se encuentre la solución a los problemas por los que pasa el país (nunca se llega a aclarar del todo si esta es una crisis del país o mundial).

En uno de los barrios pudientes de la ciudad también permanece, sin evacuar, la madre de la narradora. «Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas. (…) Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podía atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colase el viento.» (pág. 22)

La narradora y su madre discuten continuamente. La narradora tiene más de una cuenta del pasado pendiente con su madre, que no ha aprobado nunca sus decisiones. Por ejemplo, la madre estuvo en contra de la boda de la protagonista con Max, a quien conocía desde la infancia. La narradora ahora ayuda y provee a la madre, porque se haya en una posición más fuerte que ella, y parece buscar una aprobación que la madre le negará de continuo. De hecho, durante el tiempo de la novela la narradora evocará continuamente a Delfa, que era la sirvienta que trabajaba en su casa cuando era niña. En más de una ocasión pensará en Delfa como en su verdadera madre.

 

La narradora (siempre innominada) se gana la vida cuidando a Mauro, un niño con problemas de obesidad, un niño al que una enfermedad hace tener siempre hambre. Sus padres emigraron a una hacienda del interior y, unas cuantas semanas al mes, traen a Mauro hasta el edificio de apartamento de la narradora para que ésta le cuide y procure hacerle perder algo de peso.

 

La novela parece plantear también un enfrentamiento entre el interior del país y la provincia. Estoy mucho menos familiarizado con la tradición literaria y cultural uruguaya que con la argentina. Pero tengo la intuición de que en Uruguay debe darse una tensión similar a la de Argentina entre el interior, más despoblado y pobre, y la costa, más urbana y rica. En el tiempo de la novela, el interior del país parece estar floreciendo, en contraposición a la decadencia de la costa. Desde el interior llegan alimentos y suministros cada vez más caros a la costa.

En el futuro distópico planteado, además, existen fábricas que elaboran un sucedáneo de la carne que, de forma coloquial, la población llama «mugre rosa», y que también viene a mostrarlos la decadencia de las zonas ricas del país.

 

En gran medida, Mugre rosa es una novela sobre las dependencias humanas: casi todos dependen, de un modo u otro, de la narradora: su orgullosa madre, atrapada en su barrio alto cada vez más precario; su exmarido, atrapado en la clínica de la que no puede escaparse; y sobre todo Mauro, «Él sería, para siempre, el recipiente que contenía la enfermedad.», no dice la narradora en la página 71. En cierto sentido, con Mauro la narradora expía su sentimiento de culpabilidad hacia Max o su madre. Aunque la excusa de ocuparse de él es el dinero que recibe de sus padres por cuidarlo y que, en el futuro, debería permitirle huir a Brasil. Pero este dinero lo ha juntado ya hace tiempo y continúa en la peligrosa costa, entre la niebla y el viento rojo.

 

Si La azotea era una novela opresiva sobre una mujer que decide encerrar a su familia en un piso y olvidarse del mundo exterior, Mugre rosa también lo es. En La azotea la amenaza exterior era más mental que real, y en Mugre rosa la amenaza exterior se ha hecho más real, y esto obliga a los habitantes de este nuevo mundo a vivir, gran parte del tiempo, encerrados en sus casas, temiendo el cambio del tiempo cuando salen al exterior.

 

El estilo de Mugre rosa es envolvente y la sensación de opresión y grisura, de nueva realidad colindante con la real, pero diferente, está muy conseguida. Más de una vez se le recuerda al lector que la narradora ha decidido de forma consciente contarnos su historia desde algún punto del futuro. Me ha resultado curiosa esta construcción: a pesar de estar narrado el pasado, en algunos momentos se cambia de una forma verbal pretérita al futuro, dando a las escenas una sensación de inminencia e inevitabilidad.

Si bien una novela como La carretera de Cormac McCarthy es una «distopía de movimiento», en la que los personajes están siempre en continuo peregrinaje, Mugre rosa es una «distopía de la inamovilidad». De hecho, la novela acaba cuando su narradora se va a ver forzada a desplazarse. Y quizás Fernanda Trías podría plantearse escribir una segunda parte, la «distopía del movimiento».

 

Mugre rosa me ha parecido una novela conseguida, de prosa eficaz y estimulante. Una novela que entra con fuerza, y derecho propio, en el canon de la más reciente estirpe de novelas apocalípticas. De vez en cuando, el mundo de los libros te sorprende y los premios literarios cobran todo su sentido. 

domingo, 30 de agosto de 2020

El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen, por Rafael Courtousie

Me he grabado hablado y leyendo poemas de El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen del uruguayo Rafael Courtoisie (Montevideo, 1958).



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domingo, 7 de junio de 2020

Trilogía del dolor, por Daniel Mella


Trilogía del dolor, de Daniel Mella

Editorial Comba. 268 páginas. 1ª edición de 1997, 1998 y 2000. Esta de 2020

Entre mis mejores lecturas de 2019 estuvieron el libro de cuentos Lava (2013) y El hermano mayor (2017). Con ambos, Daniel Mella (Montevideo, 1976) ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay, en su año correspondiente.

Daniel Mella publicó su primera novela con veintiún años: se titulaba Pogo (1997). La segunda, Derretimiento, tan solo un año después, en 1998, y la tercera, Noviembre, en 2000. Es decir, con menos de veinticinco años, Daniel Mella había publicado ya tres novelas en Uruguay y empezó a sonar, por entonces, como una de las nuevas voces más potentes y renovadoras de la nueva literatura uruguaya. Derretimiento llegó a ser publicada en España por la editorial Lengua de Trapo. Sin embargo, Mella dejó de escribir (o al menos de publicar) durante más de una década, hasta que en 2013 apareció su libro de cuentos Lava.

La pequeña pero pujante editorial española Comba publicó en 2017 El hermano mayor y en 2018 Lava. Desde que los leí en 2019, les he contado a muchos lectores que eran dos libros que se habrían merecido sonar más y tener un mayor recorrido en España, porque eran muy buenos.

Así que, cuando a principios de 2020 Juan Bautista Durán –el editor de Comba– publicó en España, en un solo volumen, los tres primeros libros de Daniel Mella, sentí muchas ganas de leerlos. A finales de 2019 estuve tentado de leer Derretimiento en Lengua de Trapo, que sé que está en la biblioteca de Móstoles, pero unos meses más tarde me he alegrado de poder acercarme a estas tres novelas en un solo volumen, bajo el título de Trilogía del dolor.

Hacia Pogo sentía una doble curiosidad: además de ser la primera novela de Daniel Mella, en El hermano mayor el autor reflexionaba sobre ella, sobre el momento de su escritura y su recepción por parte del público o de su familia. El hermano mayor era –en gran medida– una novela de autoficción.
Pogo empieza con un joven de diecinueve años que despide a su padre en el aeropuerto. El padre es una persona involucrada en su iglesia y está viajando a Brasil en misión eclesiástica. En La emoción de volar, uno de los cuentos de Lava, el protagonista escribía un diario acerca de su equipo de baloncesto y acerca de la condición mormona de su familia. Según lo que el narrador de El hermano mayor contaba de sí mismo (y que el lector identifica con el propio Daniel Mella), este intenso pasado religioso de su padre y su familia fue real y en el autor Mella se desatan algunos conflictos sobre ese pasado a la hora de escribir sus ficciones.

La voz narrativa de Pogo es la de un adolescente nervioso y en continuo movimiento. De hecho, el término «Pogo» hace referencia al baile propio del punk, donde los punkis saltan y se empujan. Una buena metáfora de la narración. Más que reflexionar sobre lo vivido, el narrador le muestra al lector lo que está viviendo, con pocos filtros. Así, son frecuentes en esta primera novela las frases cortas y las descripciones de lugares o cosas, con profusión de enumeraciones. El narrador trabaja de profesor en un colegio, mientras estudia en la universidad. Son frecuentes los cambios de escenario sin ninguna indicación por parte del narrador. Por ejemplo, está describiendo lo que ve a través de la ventana de un autobús y en la frase siguiente ya está describiendo lo que hay dentro de su habitación, habiéndosele sustraído al lector la frase de transición, en la que tendría que haber recibido la información según la cual el narrador ha dejado el autobús y ha entrado en la casa. Es frecuente también el uso de elipsis narrativas y saltos en el tiempo. Además de narrar el presente (en el que el padre se ha ido en misión evangélica a Brasil y la madre está en una habitación de la casa tomando muchas medicinas que le suministra el protagonista), hay escenas en las que se habla de un verano en la playa y la muerte de un amigo en accidente de coche. Con la transición temporal entre escenas ocurre lo mismo que lo expuesto antes con la transición espacial, que los saltos de lugar y de tiempo son bruscos y el lector comprende lo que ocurre después de algunas pequeñas confusiones. La violencia ejercida por el adolescente sobre una madre cada vez más indefensa se va incrementando hasta niveles intolerables. Sobre la lectura que de estos capítulos hizo la madre real del autor, Mella reflexionaba en El hermano mayor.

Hasta cierto punto, la lectura de Pogo me ha recordado a aquellas novelas escritas y protagonizadas por jóvenes de las que se habló en España en la década de 1990, como Lo peor de todo de Ray Loriga (1992) e Historias del Kronen de José Ángel Mañas (1994). No sé si Daniel Mella tuvo ocasión de leerlas y pudieron ser un modelo para él.

Derretimiento empieza con un niño aquejado de una extraña enfermedad: su cuerpo se ha quedado paralizado. Al principio es objeto de lástima para su familia, pero luego empezarán a maltratarlo. En este sentido, la narración nos puede recordar a La metamorfosis de Franz Kafka. La narración, desde la primera página, incide en el horror: dolor para el niño y violencia. Sin casi transición, el niño se ha recuperado y convertido en adulto. Entonces será él quien ejerza la violencia sobre otros; una violencia enloquecida y gratuita. Una violencia de película slasher, ese género de terror en que un psicópata persigue a sus víctimas con un cuchillo. En la tercera parte, el protagonista se habrá convertido en un viejo solitario, también aficionado a ejercer la violencia. Pogo no acababa de ser del todo realista, pero desde luego Derretimiento no lo es en absoluto. Derretimiento tiene un aire onírico que me ha recordado a narraciones uruguayas como La mujer desnuda de Armonía Somers (1950) o París (1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero. Hay algo sobrecogedor y repulsivo en Derretimiento, pero a la vez hipnótico.

En principio, Noviembre sería la narración más convencional de las tres reunidas en este libro. La novela empieza con una pareja joven la noche que deciden separarse. Empezará entonces una serie de fines de semana en los que el padre tendrá que hacerse cargo de su hija. Uno de los conflictos que ha sufrido la pareja es que Guzmán, el marido, no ha querido aceptar el dinero de la familia de su mujer, Ana. Esto ha hecho que Guzmán haya tenido que trabajar fuera de casa, en una escuela militar, durante demasiadas horas. El drama se desatará cuando en uno de los fines de semana en los que Guzmán tiene la custodia de su hija ocurra una desgracia. La prosa seca y, en general, distante me ha recordado a las narraciones del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. En Noviembre también son abundantes las frases cortas y las elipsis. De hecho, algunas de las escenas claves de la narración son sustraídas al lector, que leerá entonces la novela aquejado de un creciente extrañamiento.

De las tres novelas de esta Trilogía del dolor mi favorita ha sido Derretimiento, que como ya he apuntado es una novela sobrecogedora, intrépida, enfermiza e hipnótica. De Pogo puedo destacar su fuerza nerviosa, el talento en bruto que se observa en ella, y Noviembre, pese a que hay escenas muy bien dibujadas, me ha acabado pareciendo una novela corta un tanto dispersa.

Con Trilogía del dolor, Lava y El hermano mayor he leído las (casi) obras completas del uruguayo Daniel Mella. Las dos últimas obras (Lava y El hermano mayor), separadas por más de una década de las otras tres, me parecen más maduras, destacadas y valiosas, y a alguien que no haya leído nada de Daniel Mella le recomendaría empezar por ahí. Luego, es probable que sienta deseos de acercarse también a Trilogía del dolor. Daniel Mella me está pareciendo un autor latinoamericano bastante destacado.

domingo, 16 de junio de 2019

El hermano mayor, por Daniel Mella


El hermano mayor, de Daniel Mella.

Editorial Comba. 182 páginas. Primera edición de 2016, esta de 2017.

Ya comenté la semana pasada que hablé con Juan Bautista Durán –el editor de Comba– para que me enviara los dos libros publicados de Daniel Mella (Montevideo, 1976), y así poder leerlos y reseñarlos. Durán publicó en 2017 la novela El hermano mayor, que había ganado en Uruguay el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa, y un año después el libro de cuentos Lava, que había ganado ese mismo galardón en su edición de 2013.
Me propuse leer los dos libros seguidos y respeté el orden de escritura por parte de su autor. Fue una buena idea, porque en El hermano mayor se dan algunas de las claves de escritura del libro de relatos.

En el tormentoso verano de 2014 murió, alcanzado por un rayo, uno de los hermanos pequeños de Daniel Mella en una caseta para socorrista («casilla de guardavidas», en el vocabulario uruguayo de la novela) de la playa, profesión que Alejandro (el nombre del hermano en el libro) ejercía durante unos meses al año. Este trabajo le permitía disfrutar de una de sus grandes aficiones: el surf.
Daniel Mella acomete la escritura de esta novela, con un gran componente autobiográfico, para exorcizar esa muerte y el dolor que ha dejado en su familia. «Su muerte va a caer un 9 de febrero, para siempre dos días antes de mi cumpleaños. Alejandro tendrá 31 la madrugada de esa fecha cuya luz jamás verá y en la que de cuatro hermanos pasaremos a ser tres»: así empieza el libro en la página 7. Por tanto, El hermano mayor se puede incluir en la llamada «narrativa de duelo», que en España nos ha dado libros como La hora violenta de Sergio del Molino, Luz de noviembre, por la tarde de Eduardo Laporte o El jardín de la memoria de Lea Vélez.

Durante la lectura de El hermano mayor, el lector se llegará a preguntar si el libro que tiene entre las manos es autobiográfico o Daniel Mella está haciendo ficción. Más de una pista indicará al lector atento que la voz narrativa de esta novela debe de estar muy cercana a la de su autor. El protagonista del libro se llama Daniel y, por ejemplo, en la página 44 el narrador nos habla del proceso de escritura de su primera novela, titulada Pogo, que coincide con el título de la primera novela que Mella publicó en la realidad.

El tiempo narrativo principal abarca más o menos dos días, los que transcurren desde la mañana en que la familia recibe la noticia de que Alejandro ha muerto alcanzado por un rayo esa pasada noche, hasta que se vela el cadáver y se esparcen sus cenizas en el mar. Durante la primera mitad del libro, el narrador retrocede hasta el pasado para hablarle al lector de su relación con Alejandro o con el resto de su familia. También nos hablará de la Negra, su exmujer, con la que ha tenido dos hijos. Daniel ha mantenido alguna relación con otras mujeres desde que se separó de la Negra, pero justo desde unos meses antes de que ocurra el accidente de Alejandro siente que se ha vuelto a enamorar de ella y está pasándolo mal, porque la Negra parece haber iniciado una relación en serio con otro hombre. El dolor que el narrador siente por culpa de su exmujer se frenará de golpe al tener que asumir la muerte del hermano menor, el cual, al romper la regla mental que dice que los padres o los hermanos mayores deben morir antes que los hijos o los hermanos pequeños, ha pasado a ser «el hermano mayor».
Durante la primera parte, Daniel se muestra irascible con su familia y su personaje no acaba de hacerse simpático. La prosa de esta novela es de efecto rápido y frase escueta y expositiva, menos poética que la empleada en los cuentos de Lava. En esas narraciones la sensación de amenaza y misterio era más fuerte que la de la novela, y la prosa ajustada, sobre todo gracias a las ricas enumeraciones y el gusto por el detalle, estaba más conseguida en los cuentos que en El hermano mayor. Al leer la novela he tenido la sensación de que había una trama muy cercana a la realidad (la muerte del hermano y la devastación que ésta provoca en la familia, que Daniel no sabe muy bien cómo afrontar) y una subtrama (la relación de Daniel con su exmujer) que se acercaba más a la ficción. Diría que me han resultado más artificiosas las páginas en las que se habla del distanciamiento de la exmujer y el nuevo enamoramiento, que aquellas que tratan la asunción de la muerte de un familiar. En general, la tensión narrativa (ya sea provocada por la realidad o por la ficción) es considerable.

Aunque en el libro no hay capítulos o partes, he sentido que El hermano mayor estaba dividida en dos partes. La que ya he comentado y una segunda en la que, en vez de hablar del presente narrativo (asunción de la muerte) y de la relación de Daniel con su familia o su ex, se hablaba de un pasado más remoto, en el que el narrador, haciendo metaficción, expone su relación con la escritura, y además –siguiendo con esta nueva subtrama–, se adentra en el futuro del tiempo narrativo principal. Es decir, va a dejar atrás los dos días posteriores a la muerte del hermano para contarnos el proceso que le llevará a escribir sobre esa experiencia.
Yo he disfrutado más de esta segunda parte que de la primera. Las páginas metaficcionales del libro se han convertido en mis favoritas. Aquí nos encontramos con algunas de las claves compositivas de la novela: «En lo que estaba escribiendo casi nadie decía lo que había dicho ni hacía lo que había hecho. Es más, todos tenían los nombres cambiados. Y en lugar de cinco hermanos, como en la realidad, en el libro éramos cuatro. A Pablo, el del medio, lo había tenido que dividir entre todos los demás» (pág. 128).

Al comentar los cuentos de Lava, dije que La emoción de volar me había gustado pero que su final iba perdiendo tensión narrativa. Ahora que he leído esta novela, que en gran medida habla de los libros anteriores del autor, me doy cuenta de que era una narración más autobiográfica de lo que pensaba. Daniel Mella no solo practicó mucho el baloncesto en su adolescencia, sino que también –como el protagonista de ese cuento– perteneció a una familia de mormones. En El hermano mayor dedica más de una página a hacer un ajuste de cuentas con ese pasado religioso de su familia, unas páginas punzantes que para mí son las mejores del libro. Me han gustado mucho las reflexiones que hace el autor sobre la relación que acaba existiendo entre la escritura y la lectura que hacen de ella los padres del autor. «No tengo modo de saber que lo que estoy escribiendo verá la luz un día, pero recuerdo razonar que si mi madre llegase a leer aquella escena, quedaría destrozada» (pág. 120). En este sentido, la novela se acercaba a algunos planteamientos de Philip Roth.

El tono aparentemente ligero, que acaba hablando de escritores y de sus problemas con su entorno, además de la crisis de la masculinidad al llegar a los cuarenta, me ha recordado a la prosa del escritor argentino Pedro Mairal y su novela La uruguaya.

Creo que Lava es un libro de cuentos muy bueno y que El hermano mayor es una buena novela. Daniel Mella es un escritor importante en Uruguay, que en España ha pasado algo desapercibido. Lo que es una pena, porque estos dos libros me llevan a situarlo en un puesto muy alto dentro del panorama actual de la narrativa latinoamericana.
Espero que Juan Bautista Durán se anime y acabe publicando las primeras novelas de este autor (Pogo de 1997, Derretimiento de 1998 y Noviembre de 2000), que empezó tan joven y que estuvo diez años sin escribir.

domingo, 9 de junio de 2019

Lava, por Daniel Mella


Lava, de Daniel Mella

Editorial Comba. 165 páginas. Primera edición de 2013, esta de 2018.

Hace cerca de un año me escribió a través de Twitter Juan Bautista Durán, el editor de Comba, con quien compartí espacio en la web de la revista Eñe. Juan Bautista me preguntaba si me apetecía leer El hermano mayor del escritor uruguayo Daniel Mella (Montevideo, 1976), un libro que había sonado bastante en Uruguay. En aquel momento le comenté que tenía demasiados compromisos de lectura pendientes y que quizás le pidiese el libro más adelante. Ocurrió que unos meses después, hablando con Antonio Jiménez Morato, éste me habló muy bien de Daniel Mella, y varios meses después entré en la web de la editorial Comba y estuve curioseando su catálogo. Ahí vi que además de El hermano mayor, Mella había publicado su libro de cuentos Lava. Pinché sobre este libro y empecé a leer las páginas del primer relato, que están disponibles en la web. Rápidamente me convencí de que me apetecía leer a Mella, que su prosa encajaba bastante bien con el tipo de relatos que me suelen gustar. Además, me di cuenta de que mi admirado Elvio E. Gandolfo elogiaba la obra de Mella. Así que pensé que había llegado el momento de escribirle a Juan Bautista Durán para que me enviara estos dos libros.

Daniel Mella empezó a publicar muy joven. Sus novelas Pogo (1997), Derretimiento (1998) y Noviembre (2000) aparecen cuando todavía es un veinteañero. Después dejó de escribir ­­–o al menos de publicar– hasta que apareció el conjunto de cuentos Lava en 2013. En España la editorial Lengua de Trapo publicó al menos una de las primeras novelas de Mella en 1999, Derretimiento.

Lava está formado por siete cuentos, y casi todos suelen tener al menos veinte páginas. Ya he comentado más de una vez que ésta es una distancia narrativa que me gusta mucho.

El primer cuento, Lava, es el que da título al conjunto. En él, una pareja joven, que ha decidido tener un hijo, se va a de vacaciones al sur de Chile para ver el volcán de Pucán. La descripción de los tranquilos días de vacaciones se va cargando de un sentimiento de tensión, con la amenaza del volcán nevado de fondo. La pareja deja la habitación en la que pernocta y decide irse con un joven local a una casa que alquila su tío al pie de la montaña. El cuento transita entonces entre el lirismo y la extrañeza; la tensión sigue creciendo.
En el prólogo del valioso libro de cuentos La hora de los monos del argentino Federico Falco, Antonio Jiménez Morato hablaba de las características del cuento neofantástico, un tipo de narración en la que lo contado está bastante apegado a la realidad, pero donde las reacciones de las personas o las situaciones no acaban de ser del todo verosímiles. En este sentido, para Jiménez Morato los cuentos de, por ejemplo, Raymond Carver no son realistas. El final del cuento Lava me hizo pensar en esta discusión teórica sobre el cuento. En Lava no acaba de pasar nada directamente fantástico, pero la deriva de las situaciones se hace cada vez más misteriosa y extraña. Es un cuento muy bello y emocionante. El lenguaje es ajustado, pero la mera enunciación de detalles descriptivos hace que la página se vaya cargando de fuerza poética.

Bocanada está contado desde el punto de vista de una mujer joven que ha tenido dos hijos. El cuento se centra en el parto de la segunda hija, que nace con un problema respiratorio. La tensión y la sensación de peligro también están muy bien dosificadas, con la escena final en que la mujer conversa con su marido en un taxi y donde el misterio de las relaciones humanas queda en primer plano. A diferencia de lo que hace Carver (con quien siento muy relacionada la propuesta de Mella), los finales de Mella no tratan de ser epifánicos, sino que la narración abierta tiene un punto de fuga hacia el misterio. De nuevo, un gran relato.

Después de los dos relatos anteriores, estaba empezando a suponer que los cuentos de este libro tenían un hilo conductor, el de las parejas jóvenes y los nacimientos, pero no. La propuesta de Mella es amplia y realmente variada. El narrador del tercer cuento, La esperanza de ver, es un hombre que evoca un episodio de sus catorce años, que guarda relación con el que tal vez fue su primer amor («Me preguntaba si Nicole no sería mi primer amor», pág. 53). «Nicole era chicata», leemos en la página 46. Tuve que buscar en internet qué significaba para un uruguayo la palabra «chicata» porque era algo importante en la trama. «Chicata» quiere decir corta de vista. De hecho, el protagonista acabará pensando que Nicole es prácticamente ciega. La decepción adolescente le llegará al protagonista por algo que acabará viendo y que seguramente preferiría no haber visto. Un bello cuento melancólico sobre el fin de las ilusiones en la adolescencia.

Túpelo está narrado por un uruguayo de veintiséis años que dejó su país y emigró a Bruselas. Nos hablará de los días en que trabajó en un bar llamado Túpelo. Se sucederán las descripciones de personajes variopintos y el final creará en el lector una sensación de extrañeza similar a la del final de Lava. Tensión, precisión y misterio para un final poético, abierto e inesperado. Un final donde el realismo se fragmenta y sus esquirlas se incrustan en las propuestas del cuento neofantástico.

Ahora que sabemos quizás se ha convertido en un mi cuento favorito del conjunto, y el nivel de los siete cuentos es realmente alto. Si hasta ahora teníamos aquí historias de parejas jóvenes, de un adolescente y un joven, aquí nos encontramos con una pareja en la que ambos han pasado ya los sesenta años y están empezando a tener miedo de la vejez. Después de una visita a su suegra de noventa y un años que vive en una residencia, la mujer decide no entrar en la casa que comparte con su marido y dejarse caer en la vereda. El marido la observará desde la ventana. Quizás ésta sea la situación más irreal con la que vamos a encontrarnos en este libro, un cuento muy carveriano, un cuento muy bueno y de un bellísimo final.

En La emoción de volar el narrador es un chico de catorce años que escribe un diario. En La esperanza de ver el protagonista era un adulto que evocaba su pasado a los catorce años, y por tanto la voz narrativa era la de un adulto; en La emoción de volar la voz narrativa es la de un adolescente de catorce años, en los primeros años 90, cuando Irak invadió Kuwait. Como adolescente que es, suele mostrarse exaltado e ingenuo. Este narrador juega al baloncesto (como el propio autor), le están empezando a interesar las chicas y además es mormón (como también fue el autor) y cree en la salvación y el camino de virtud que propone Jesucristo. La narración se extenderá por dos o tres años, anotaciones sobre amigos, resultados de partidos de baloncesto, reflexiones religiosas y comentarios sobre las chicas que conoce y de las que cree enamorarse. El lenguaje es menos rico que el de otros cuentos y tiene alguna torpeza buscada, para simular que está escribiendo de verdad un adolescente, como por ejemplo: «Un amigo me pide que lo acompañe a acompañar a una joven» (pág. 121) o «Tuvimos que esperar como 3 horas para subir porque había cantidad de gente para subir» (pág. 128).
La emoción de volar, con sus casi treinta páginas, es el cuento más largo del conjunto y yo estaba esperando un final explosivo en el que confluyeran sus líneas narrativas; es decir, un final en el que su enamoramiento de las chicas chocara con su fe religiosa, por ejemplo. Quizás el final me haya decepcionado un poco, porque acaba de una forma más huidiza que como pensaba. En cualquier caso es un buen cuento, dentro de un conjunto de relatos muy notable.

En Lámpara el narrador tiene cuarenta y tres años y regenta un quiosco. Recibe la llamada de unos alumnos de la universidad que están haciendo un reportaje sobre su tío, el Lámpara, que fue un músico relativamente famoso en el Uruguay de los años 70 y 80. «Supongo que el Lámpara fue para mí lo que fue para todos: un ejemplo de que había gente que estaba más viva que otra» (pág. 143). El narrador no parece pasar por un momento muy vital. El requerimiento de los universitarios hará que empiece a evocar la relación con su tío y con sus padres, dando lugar a una escritura muy melancólica y poética.

En general, Lava me ha parecido un gran libro de relatos. Daniel Mella nos muestra aquí a un conjunto de personajes muy variado, desde adolescentes que están empezando su camino en la vida, hasta personas que han de encarar la vejez y la muerte. El estilo es preciso y rico en detalles, con momentos muy poéticos. La tensión y el misterio se van expandiendo por las páginas hasta conseguir unos finales abiertos muy potentes.
En 2013 Lava ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay; en España se publicó en enero de 2018. Diría que ha sido un libro que ha pasado un tanto desapercibido, lo cual es una pena, porque contiene cuentos muy valiosos que se merecen llegar a muchos lectores.
Me ha gustado mucho Lava. A continuación leeré su novela El hermano mayor. La semana que viene la comento.