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domingo, 11 de enero de 2026

Los nuevos, por Pedro Mairal


 Los nuevos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 435 páginas. 1ª edición de 2025

 

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos. He leído de él todo lo que se ha publicado en España, desde que me acerqué a su primera novela, Una noche con Sabrina Love (1998), que leí sobre 2002 en la edición de Contraseñas de Anagrama. Seguí, más tarde, su pista por Salto de Página y El Aleph, las editoriales que le publicaron, después de Anagrama, en España, donde su obra estuvo algo dispersa hasta que Libros del Asteroide publicó La uruguaya (2016) y empezó a ser un autor más conocido. Esto hizo que esta editorial rescatase toda su obra anterior. Después de este éxito, en 2019 apareció otro libro en España, en este caso de relatos y en la editorial Destino: Breves amores eternos (2019), formado por dos colecciones de relatos, Breves amores eternos (2019) y Hoy temprano (2001), que unía su nuevo libro de relatos, con uno de 2001, inédito en España. Este contacto con la editorial Destino, ha hecho que su nueva novela, Los nuevos (2025) aparezca en ella.

 

Los nuevos está formada por cuatro partes. La primera se titula Bandera de los veranos, y en ella nos acercamos a la primera persona de Thiago, un joven de diecinueve años que, en las primeras páginas de su relato, sabremos que se encuentra recluido en una institución psiquiátrica, de la que está planeando escapar. Mientras conversa con una psicóloga, recordará su historia. La psicóloga le insiste para que escriba sus recuerdos del verano, cuyos sucesos le han conducido a la institución psiquiátrica, para lo que le regala un cuaderno. «Otra razón por la que no escribiría nada es porque tendría que hablar mierda de todo el mundo.», leemos en la página 26. Es un recurso interesante este: Thiago no está escribiendo en su cuaderno, pero piensa –y el lector acabará leyendo este texto sobre sus pensamientos– en lo que escribiría en el cuaderno si escribiera. La madre de Thiago se ha muerte de cáncer no hace mucho tiempo y el vive con su padre, la nueva pareja de su padre (el padre y la madre estaban separados desde hacía años) y Vini, el hijo de los dos, de cinco años. Durante el verano la familia se traslada a La Lobería, un conjunto de cabañas cerca del mar, en el que gente de clase media alta de Buenos Aires pasa por hippies, Thiago llama a La Lobería «toldería chill out». Allí se va a encontrar con Pilar, una amiga de su edad, con la que mantiene una relación intermitente o no del todo definida como pareja, ya que Thiago tiene pluma y se siente atraído por los hombres. De su discurso no acaba de quedar claro si es bisexual, o un homosexual aún no reconocido ante sí mismo. Me gusta la descripción que hace Thiago del negocio de Aguirre, un hombre que alquila caballos para pasear, y al que Thiago ha ayudado durante los últimos veranos. Son muy bellas las descripciones que hace de lo que le gustan los caballos. Esa idea de Thiago en una institución psiquiátrica, despotricando de la falsedad del mundo de los adultos, me ha recordado al tono reflexivo y desesperado de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.

 

Al principio, había supuesto que Mairal iba a hablar desde su experiencia personal y que sus personajes de diecinueve años, estos «nuevos» a los que alude el título, lo iban a ser en 1989, cuando el propio Mairal tenía esa edad, pero no es esto lo que ocurre en la novela. El tiempo narrativo de Los nuevos está apegado al de la escritura de la novela; así, por ejemplo, la final del mundial de futbol de Qatar, en la que Argentina ganó a Francia, y que tuvo lugar en diciembre de 2022, va a ser un hecho importante en la novela y que marca de forma clara el espacio temporal. Al evocarse aquí la primera persona de jóvenes de diecinueve años, Mairal usa para ellos un vocabulario cercano a la oralidad bonaerense de ahora, pero esto ocurre, claro, de forma muy controlada, y, en general, el lenguaje es evocador y poética sin ser recargado. Un rasgo de estilo es que las palabras en inglés, así como los títulos de libros o canciones están en el texto sin cursivas.

 

En la segunda parte, titulada My name is Bruno, conoceremos a Bruno, que es el mejor amigo de Thiago, y ha sido su compañero de clase en el colegio. Mientras Thiago pasaba el verano en La Lobería, Bruno está en Wisconsin, donde le han mandado sus padres para que estudie Economía, aunque él no siente mucha simpatía por estos estudios y lo que, en realidad, le gusta es la música. Thiago, Bruno y Pilar han tocado juntos en el colegio y la música es una de sus pasiones. Desde el verano del hemisferio sur nos trasladamos al frío del hemisferio norte. En la primera parte ya habíamos oído hablar de Bruno, porque se cambia mensajes con Thiago y este nos ha hablado de él. El frío será uno de lo símbolos de la soledad de Bruno en Estados Unidos. Además le conoceremos durante las vacaciones de invierno, cuando casi todos los estudiantes se van a sus casas y él ha decidido no volver a Buenos Aires y permanecer en un campus cada vez más vacío. Esta segunda parte está narrada en tercera persona, pero al igual que ocurría en la primera, el lector irá recibiendo información adelantada de los sucesos que se van a narrar. Esta segunda parte va a acabar siendo mi favorita del libro, aunque, en apariencia, nos cuente una historia de sobra conocida: chico conoce chica más desamor posterior. My name is Bruno es, en sí misma, una magnífica novela corta, que se podía haber publicado de manera independiente al volumen. La soledad juvenil, sus sueños y sus anhelos están narradas de un modo magistral, con una escritura repleta de escenas bellísimas. Me ha llamado la atención la precisión en los detalles, a la hora, por ejemplo, de describir cómo funciona el campus universitario, como si Mairal (así puede ser) lo conociera de primera mano. Me ha encantado la descripción sobre cómo surge el amor o la amistad de Bruno con otros latinos. Esta segunda parte se insertaba muy bien en la poética de la narrativa breve estadounidense, y me ha recordado Mairal aquí a la forma de contar de escritores como Tobias Wolff o Richard Ford.

 

La protagonista de Las mudanzas –la tercera parte– va a ser Pil, pero la forma de hablarnos sobre ella es bastante ingeniosa: el narrador (en principio) es Thiago que nos hablará sobre Pil, y decidirá usar la primera persona de ella. Quizás más adelante tengamos alguna sorpresa sobre este tema ¿Thiago habla como si fuera Pil o es la propia Pil la que finge ser Thiago para hablar de sí misma?

Si bien, Thiago podía estar aquejado de algún desequilibrio mental y Bruno tiene conflictos con su madre, por su futuro profesional y su peso, Pilar, huérfana de padre desde muy niña, es posiblemente la que más conflictos tenga con su madre, que se fue a Barcelona con una nueva pareja y la dejó a cargo de su abuela. Quizás la historia de Pilar sea la más desesperada de las tres, porque su madre acabará arrinconándola con la intención de obligarla a que se mude a Barcelona con ella. La abuela, ludópata y vividora, es un gran personaje. Los nuevos es una gran novela de personajes principales –Thiago, Bruno y Pilar–, pero me gustaría destacar también el gran elenco de personajes secundarios bien perfilados que atraviesan el texto. Mairal, como ya ha demostrado en sus otras obras, tiene un gran instinto narrativo para describir escenas significativas plagadas de detalles atractivos que siempre resultan verosímiles.

Diría que, en gran medida, Mairal ha vuelto a sus orígenes narrativos, a aquellos en los que describía también el paso de la adolescencia a la edad adulta en Una noche con Sabrina Love (1998), con todos sus sueños, esperanzas y sin sabores.

Los nuevos me ha parecido una grandísima novela sobre el paso de la adolescencia a la edad adulta, que confirma a Mairal como uno de los autores latinoamericanos más en forma del panorama actual. Es posible que nos encontremos ante su mejor novela hasta el momento.

 

domingo, 4 de julio de 2021

Salvatierra, por Pedro Mairal

 

Editorial Libros del Asteroide. 169 páginas. 1ª edición de 2008; ésta es de 2021.

 

Leí por primera vez Salvatierra de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en 2011, en la edición de El Aleph, la ya desaparecida y mítica editorial de Mario Muchnick. Es una novela corta de la que guardaba un buen recuerdo. Ya he escrito más de una vez que Pedro Mairal es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos de la actualidad. Sin que yo se la pidiera, me enviaron Salvatierra desde Libros del Asteroide, la editorial que la reedita ahora. Ya me habían enviado, en los últimos años, sus libros La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y Maniobras de evasión. En realidad releer Salvatierra no entraba en mis planes lectores más inmediatos, pero una vez que tuve el inesperado libro en las manos, tan bellamente editado, me apeteció volver a leerlo después de una década. Lo acabé en un solo día afortunado. No recordaba la novela en detalle, y me ha vuelto a encantar.

 

 

Salvatierra, hijo de un emigrante español, instalado en el campo argentino ‒en Barrancales, un pueblo separado de la frontera de Uruguay por un río‒, se cae a los nueve años de un caballo. Si para Funes el Memorioso, el personaje de uno de los cuentos más famosos de Jorge Luis Borges, un trance similar supuso adquirir la cualidad de recordarlo todo, para Salvatierra supondrá la mudez y la iniciación en el arte pictórico. Un arte pictórico peculiar: a lo largo de 60 años concentrará sus energías en pintar una secuencia continua sobre una tela, dividida en rollos, y que al final supondrán más de cuatro kilómetros de cuadro. Una especie de autobiografía en la que la propia figura del artista está ausente.

 

La novela está narrada por Miguel, el hijo menor de Salvatierra, quien junto a su hermano, Luis, dejaron el pueblo para instalarse en Buenos Aires. Una emigración que, en más de una ocasión, Miguel siente como una traición a su padre. Después de la muerte de sus padres, Miguel primero, y después Luis, se interesarán por la suerte del legado de Salvatierra, esa obra río, que descansa en un galpón de Barrancales. Los hermanos iniciarán una poco fructuosa lucha con la burocracia argentina, hasta que consigan interesar a una institución holandesa, que va a mandar a dos expertos que escanearán todo el cuadro. Para atenderlos, Miguel regresa al pueblo. Allí se percatará de que falta un rollo de la pintura paterna, el correspondiente al año 1961. Y la novela se abre al misterio y al género de detectives: Miguel necesita encontrar ese rollo ausente para completar su figura del padre, que a veces siente que le ha anulado, ya que él hubiera hecho, nos dice, todo, a la manera de Salvatierra, o nada, y la inmensidad de la obra del padre desbarató sus energías.

 

El libro admite muchas lecturas simbólicas: el hijo busca al padre, o se busca a sí mismo a través de la figura anuladora del padre; el campo se ha despoblado y la vida se ha trasladado a la ciudad, y la novela puede ser una metáfora de una Argentina que ha perdido sus señas de identidad; aquí está nuestro intento de apresar la vida –de recordarlo todo, como Funes- y la inutilidad final de todos nuestros esfuerzos; la continuidad, sus ciclos humanos; y puede ser leía, incluso, como un desquite del propio Mairal contra la fuerza anuladora del padre de la literatura argentina, Borges.

 

En esta relectura me he dado cuenta de que hay un tema en común entre Salvatierra y La uruguaya: para Pedro Mairal, el misterio, el contrabando, la trasgresión, la infidelidad conyugal, se encuentran en la otra orilla, en el país vecino. Se lo escuché al autor en una entrevista: le gusta pasar desde Argentina a Uruguay porque allí es todo muy similar a como es en casa, pero ligeramente distinto. Y en esta pequeña extrañeza se sustenta alguna de las claves de estas dos potentes novelas cortas.

Además del misterio que genera la pérdida del rollo del año 1961, existe otro elemento de tensión en la trama: el dueño del supermercado cercano al galpón, donde se guarda la obra de Salvatierra, está presionando a Miguel y a Luis para que les venda el terreno, ya que lo necesita para ampliar su negocio.

 

Ya he comentado, a raíz de mis lecturas, de La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y los cuentos de Breves amores eternos, que uno de los temas de Mairal es el de la masculinidad débil, la idea de retratar a hombres inseguros de mediana edad, que están dispuestos a tirar su vida por la borda por conseguir un poco de sexo con una desconocida más joven que ellos. Esta idea también está presente, de un modo más oculto que en las obras comentadas, en Salvatierra, puesto que Miguel es un divorciado, entrado en la cuarentena, que echa de menos a su mujer y a su hijo, y siente deseos sexuales por una de las expertas en arte que ha venido desde Holanda para escanear la obra de Salvatierra y por una chica que verá en una villa. Ambas mujeres jóvenes y lejanas para él, estandartes de un deseo que, de forma sutil, se muestra como una fuente de frustración.

 

Salvatierra se lee muy rápido, uno no desea desprender la vista de sus páginas, siempre abiertas al misterio, a la poesía. Todas las escenas están dibujadas con una gran viveza y todos los personajes o las situaciones se hacen esenciales, hasta llevar a un final que, pese a que ya estaba insinuado desde las primeras páginas, no deja de ser emocionante.

 

Si al final el lector descubre que el último rollo de la obra de Salvatierra encaja con el primero, en una suerte de obra circular, también podrá comparar, que el último capítulo de la obra de su hijo (el libro que tiene entre manos) también encaja con el primero, creando así un gran equilibro narrativo.

 

Como me ocurrió tras la primera lectura, hace una década, me ha apenado que la novela fuese corta. Me parece, sin embargo, una novela corta perfecta, una pequeña obra de orfebrería, donde todas sus partes encajan con gran precisión.

Salvatierra me ha vuelto a saber a clásico; tiene la fuerza de esas cortas y perfectas novelas hispanoamericanas, como El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez o El lugar sin límites de José Donoso.

Voy a releer La uruguaya.

 

domingo, 31 de mayo de 2020

Breves amores eternos, por Pedro Mairal


Breves amores eternos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 284 páginas. 1ª edición de 2001 y 2019. Ésta es de 2019.

Ya he comentado alguna vez que Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de los escritores latinoamericanos actuales que más me gustan. Así que cuando me llegó, hace unos meses, al correo electrónico la nota de prensa que anunciaba la publicación en España de su libro de cuentos Breves amores eternos se lo pedí a la editorial para poner leerlo y reseñarlo.

Este volumen está formado por dos libros de cuentos: Breves amores eternos, publicado en 2019 y Hoy temprano en 2001. Hoy temprano se publicó en Argentina hace ya casi veinte años y hasta ahora no había aparecido una edición española. He buscando en internet si hay una edición argentina de Breves amores eternos, pero tengo la impresión de que no, de que ha salido directamente en esta edición española junto al rescate del otro libro de cuentos.
Pedro Mairal publicó en España su novela La uruguaya con la editorial Libros del Asteroide. Ganó el premio Tigre Juan de ese año y se convirtió en un pequeño fenómeno editorial, con un buen número de reimpresiones. Aunque Pedro Mairal había publicado bastantes de sus libros en España, desde Una noche con Sabrina Love en 2001 (premio Clarín en Argentina en 1998), no ha sido hasta La uruguaya cuando ha empezado a vender y a llamar la atención del mercado. Por eso, no es de extrañar que Destino (perteneciente al grupo Planeta) le haya fichado su nuevo libro de cuentos y haya rescatado el primero. Bienvenida sea esta edición.

Breves amores eternos está formado por once cuentos y Hoy temprano por doce. El segundo es un libro más largo, con algunas piezas que superan las treinta páginas.
Un verano feliz es el primero cuento de Breves amores eternos. Una familia argentina pasa sus vacaciones de verano en Punta del Este (Uruguay), el narrador es el padre, un hombre de cuarenta y siete años. Tras una bronca con su mujer y la negativa de ésta a mantener relaciones sexuales con él durante las semanas de vacaciones, el hombre comienza a visitar, cada vez más frecuentemente, a una prostituta. El relato es una evocación del verano desde algún momento del futuro cercano. El hombre rememora la tranquilidad que le reportaba la prostituta uruguaya. En apenas seis páginas, el cuento nos introduce en el universo Mairal, y sobre todo nos conduce al Mairal de su última novela, de La uruguaya: un hombre de mediana edad nos habla de la decadencia de una relación, de las frustraciones del matrimonio burgués y de su destrucción. Además el escenario es de nuevo Uruguay, donde todo es familiar para un argentino, pero ligeramente distinto. Un verano feliz es un gran cuento, con reminiscencias de esa aparente ligereza de un cuento de Antón Chéjov.

El segundo cuento es El anillo, que también nos habla de un hombre de mediana edad que pretende ser infiel a su mujer. Ahora estamos en Argentina y la voz narrativa ha pasado de la primera a la tercera persona. Sin embargo, tras leer Un verano feliz, la sensación es de cuento algo inferior en calidad al primero y cuya temática se repite.
En cero culpa la narradora es una mujer. «Cero culpa, le dije a Mayer, pero no es verdad. Y se dio cuenta. Por ejemplo, ayer entré en la librería y vi una tapa de un libro de autoayuda que decía Cómo construir una familia, y lo primero que pensé fue “Cómo destruir una familia”.» (pág. 23), así empieza este relato de infidelidades, una vez más.

Narrador masculino, narración en tercera persona y narradora. Tres variaciones sobre un mismo tema: la infidelidad y el cuestionamiento del matrimonio burgués. El mejor es el primero, pero los tres son buenos cuentos. El segundo y el tercero pierden por la presencia del primero. En el libro de artículos Maniobras de evasión, Mairal cuenta que desde las revistas y los periódicos le piden que escriba sobre determinados temas, y que en los últimos tiempos parecen haberle encasillado un tanto y siempre le requerieren narraciones de carácter sexual. No sé si los relatos de Breves amores eternos se han publicando antes en revistas argentinas y si éstas le han pedido a Mairal que escriba cuentos que evoquen lo ya contando en su novela La uruguaya, pero la sensación es que en bastantes de los cuentos de este libro, Mairal está repitiendo las que parecieron ser las claves del éxito de su novela más vendida.

Además de los cuentos con la temática comentada, hay otro tipo de cuentos en Breves amores eternos: aquellos en los que un adulto rememora su primera relación sexual. De fondo existe el mismo problema que en los anteriores: la frustración de la relación de pareja en la actualidad y la nostalgia por los primeros amores, pero el tratamiento es algo diferente. Esto ocurre en el cuarto cuento, Sudor, donde un joven evoca los comienzos de una relación con una chica con la que, tiempo después, le costará tomar la decisión de irse a vivir con ella.

En El hipnotizador personal, un narrador que parece muy cercano al propio escritor rememora a una chica que conoció en un taller de cuentos y que pertenecía a una clase social más alta que la suya. Hoshiko y el primer mandamiento es un buen cuento sobre el despertar a la sexualidad, bastante parecido a El hipnotizador personal, aunque posee un cierre más bello.
En los cuentos de Breves amores eternos hay muchas escenas de sexo explícito, algo que nunca ha eludido Mairal, pero que ahí se muestra como un tema de primer orden.

Coger en castellano es un desolador y bello cuento sobre la nostalgia del primer encuentro sexual unido a la distancia física del país de nacimiento.

En El guardián de la guitarra y La fuerza se produce una curiosa variante de los temas sexuales de Mairal: el narrador se siente empequeñecido ante el volumen o la fuerza de la mujer por la que se siente atraído. La fuerza es el cuento final, el más extenso de todos y, sin duda, un gran cierre al libro. En él, un hombre evoca una relación juvenil con una mujer culturista, novia del dueño –también culturista– del gimnasio en el que trabaja. El deseo y el miedo a las represiones, el eros y el tánatos entremezclados.

El libro Hoy temprano empieza con un cuento que se titula igual que el libro. Es un primer cuento muy bueno, donde un hombre evoca los cambios en su familia y en Argentina, viajando en auto desde la capital hasta una finca en el campo, desde la niñez a la vida adulta.

Amor en Colonia es el segundo cuento, y la temática (un hombre y una mujer porteños que tienen una relación clandestina y que se van de fin de semana a Colonia, Uruguay) puede evocarlos de nuevo a La uruguaya y a los cuentos de Breves amores eternos, pero en vez de predominar la temática sexual el final nos sorprende con una resolución fantástica que recuerda a los cuentos de Julio Cortázar.

Cuando leo Amazonía empiezo a intuir que Hoy temprano me ha acabar gustando más que Breves amores eternos porque sus temas son más variados. Amazonía es un relato histórico que nos traslada a la época de la conquista, y que muestra una selva americana alucinada desde la mirada de un español del siglo XVI o XVII. Está bastante lograda la reconstruir del lenguaje de época.

Los héroes se ha convertido en uno de mis cuentos favoritos de este volumen. Sé por un artículo de Maniobras de evasión (y por una charla en la Casa de América) que Mairal sufrió un accidente de autobús en su viaje de fin de estudios de la secundaria, y esta experiencia le sirve de base aquí para crear un bello relato sobre las amistades del pasado y los hechos fortuitos que cambian la vida de las personas.

El nieto del viejo Pintos traslada sus ejes narrativos desde las certezas de la ciudad a las creencias míticas del campo. Mairal ya supo captar la vida en la provincia en algunos de los capítulos de Una noche con Sabrina Love. Aquí el viaje se invierte y va desde la ciudad al campo. Un gran cuento.
Me gusta también la voz narrativa rural de Marcelino López, que de nuevo nos conduce hasta el campo y sus gentes.

En El viaje de la profesora Bellini se enfrentan las teorías de la belleza y el arte con el hedonismo y la belleza de los cuerpos, ganando los segundos. Es un buen cuento, y me gusta que Mairal trabaje en cada una de estas composiciones con personajes, temáticas y efectos diferentes.

En La suplencia, Mairal parece evocar un episodio de su propia experiencia. Un narrador evoca uno de sus primeros trabajos, como corrector de textos en una empresa de marketing de los años 90. La realidad idealizada del trabajo chocará con el caos de la vida real.

En Cuadros la acción se traslada a Gran Bretaña. Un erudito historiador ciego recorre el país dando conferencias, ayudado por su pareja, una mujer mucho más joven que él. En cierto modo, sin que las referencias sean nunca explícitas, Mairal parece hablar aquí de Borges.

La virginidad de Karina Durán es un divertido cuento sobre el descubrimiento de la sexualidad y los comienzos del sexo en internet.

El lenguaje usado en Breves amores eternos es de ese coloquialismo tan trabajado que Mairal cultivó con tanto éxito y encanto en La uruguaya, y en Hoy temprano se nota, en algunos cuentos, un mayor deseo de cuidar más las formas y la expresión.

Me ha gustado más Hoy temprano que Breves amores eternos, porque –como ya he ido contando– en el libro de 2001 existe una mayor variedad temática que en el de 2019. Esto no quiere decir, que Breves amores eternos no contenga buenos cuentos, porque sí los tiene. El conjunto me ha resultado muy satisfactorio. Pese a algún altibajo, fruto de la repetición formal, he disfrutado mucho con este libro y Pedro Mairal sigue siendo, por supuesto, uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos.

domingo, 4 de agosto de 2019

Una noche con Sabrina Love, por Pedro Mairal


Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal.
Editorial Libros del Asteroide. 151 páginas. 1ª edición de 1998, esta de 2017.

Creo que fue en 2002 cuando en la biblioteca de Móstoles vi por primera vez, en los estantes reservados a las novedades, Una noche con Sabrina Love de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) publicada en la colección Contraseñas, esa sección de Anagrama más gamberra que Panorama de Narrativas o Narrativas Hispánicas. Tuve la impresión de que nunca había visto un libro escrito originalmente en español en esa colección.
Lo leí y me gustó. Fue una de esas narraciones, en apariencia ligeras, que se acaban instalando en el recuerdo del lector. Cuando apareció la película dirigida por Alejandro Agresti en España también fui a verla. Desde entonces he leído todos los libros de Pedro Mairal que han ido apareciendo en España (Una noche con Sabrina Love, Salvatierra, El año del desierto, La uruguaya y Maniobras de evasión) y se ha convertido en uno de mis escritores favoritos de la actualidad.

Cuando se publicó Maniobras de evasión en España, se lo solicité a la editorial Libros del Asteroide para poder reseñarlo y, ya que iba a volver a Mairal, me apeteció releer Una noche con Sabrina Love, que también había vuelto a lanzar esta editorial después del éxito de La uruguaya.

El protagonista de Una noche con Sabrina Love es Daniel Montero, un joven huérfano de diecisiete años que vive con su abuela en el pueblo (inventado) de Curuguazú, en la provincia de Entre Ríos. Ha conectado su televisor al cable del vecino y así puede acceder a una gran cantidad de canales, entre ellos los pornográficos. Se ha hecho seguidor del programa de Sabina Love, «la primera porno star argentina». En el programa se sortea pasar una noche con ella en un hotel de la capital. Daniel llamó al teléfono de pago y consiguió su número, que es el que va a salir en el sorteo; así finaliza el primer capítulo.
Me parece significativa la primera escena del libro: un adolescente hace zapping viendo la televisión. Es una imagen moderna para el momento en el que se escribe la novela, una imagen muy noventera, una rapidez en el salto de una narrativa a otra que antecede en unos años a la revolución que supondrá internet. En este sentido, Una noche con Sabrina Love es una narración que sigue la tradición de influencias radiofónicas y heterodoxas de Manuel Puig y deja al lector en el umbral de un nuevo mundo que se puede intuir de forma velada (o imaginativa) en el libro. Es significativo, en este sentido, la escena final de la novela, con su protagonista reflejándose en una pantalla apagada, una pantalla que se va a encender ya en el siglo XXI de los blogs, las redes sociales y los mails.

Daniel ha de recorrer quinientos kilómetros desde la provincia hasta la capital para poder perder la virginidad con la mujer que representa su ideal erótico. La novela está planteada como una aventura, porque además de que Daniel no tiene dinero, su pueblo se encuentra anegado por una inundación. Deberá tomar una balsa y hacer autostop; como una especie de Huckleberry Finn moderno. En el camino se irá encontrando con diversos personajes, pintorescos, pero a la vez muy realistas.
El viaje de Daniel, que tiene un trabajo poco estimulante en un frigorífico de pollos en su pueblo, a la gran ciudad será iniciático, un viaje de descubrimiento y paso hacia la vida adulta.

La mirada narrativa de Pedro Mairal es muy visual, muy cinematográfica. En Maniobras de evasión escribía esto sobre su ideal de escritura: «Aunque hay autores que confrontan al lector, y lo hacen bien, yo prefiero ir desplegando las escenas delante de los ojos, a la par del lector, sin obstruir el paisaje, prefiero hacerme a un lado, quedar hombro con hombro, escribir como quien va manejando un camión y lleva al lector de acompañante». Esta premisa explica perfectamente el estilo de Una noche con Sabrina Love, que está escrita en tercera persona, pero con un punto de vista muy apegado al del personaje. El narrador rara vez le hace ver al lector que sabe más que su personaje, aunque esto llega a ocurrir en alguna ocasión, sobre todo cuando Daniel llega a la capital, en la que se encontrará perdido, y se le explica al lector por qué calles o plazas está pasando.

La prosa de la novela es de sencillez aparente, de fluir rápido y frase corta y elegante. En una sola ocasión me ha parecido observar un rastro de Gabriel García Márquez (que desde luego no parece ninguna de las influencias fundamentales de este libro), en una frase, inusualmente larga del primer capítulo, cuando Daniel se regocija por haberse conectado al cable del vecino: «Esa noche, teniendo ya todo enchufado, pasado el estupor de las primeras imágenes del canal para adultos, comprendió que ya no serían las revistas compradas por vergüenza en el quiosco de la terminal, con fotos de mujeres que la imaginación debía tomarse el trabajo de articular, sino que ahora una corriente erótica continua llevaría hasta su cuarto aquellos cuerpos en todas sus posturas y jadeos, y se entregó con felicidad a un onanismo estival que lejos de dejarlo ciego lo hizo ver por vez primera los secretos más recónditos de la existencia» (pág. 7).

Aunque en principio el libro parece plantear una historia muy masculina, con esa obsesión por el sexo puro, desprendido del afecto, esa obsesión por la mujer como un objeto de deseo, en realidad plantea un camino de revelación para Daniel hacia el mundo de los afectos (y el mundo de los adultos) una vez superados los rituales de paso.

Daniel se va a ir encontrando en su periplo con distintos modelos de masculinidad: desde el hombre casado, que desea la libertad del soltero, hasta el hombre machista y resentido, que no puede olvidar una relación del pasado. También se encontrará con la opción de la homosexualidad, algo difícil de imaginar para él. Daniel observa a los demás, pero no parece juzgarlos. Lo curioso es que la mayor lección de lo que es una mujer real se la dará la persona que se encuentra bajo el disfraz de Sabrina Love: «¡Qué asquerosos! Después de esas cosas cómo los hombres no nos van a tratar a las mujeres como animales. Ustedes son los animalitos». Para Daniel, la Sabrina Love más real será al final, y éste será uno de los grandes descubrimientos de la novela, la que ve en la pantalla de una televisión y no la de carne y hueso, la que tiene al alcance de la mano.

Si bien La Uruguaya, la última novela de Mairal, está escrita casi dos décadas después de Una noche con Sabrina Love, la primera novela de Mairal, me percato ahora de que tienen bastantes elementos en común: las dos representan un viaje masculino en busca de una idealización de la mujer. De Entre Ríos a Buenos Aires, en el primer caso, y de Buenos Aires a Montevideo, en el segundo. Si en la primera novela el protagonista (Daniel Montero) era un adolescente que quería perder la virginidad con una mujer adulta, un sueño erótico; en la última, el protagonista (Lucas Pereyra) es un cuarentón que quiere revivir la pasión erótica liándose con una mujer más joven que él. Dos momentos de masculinidad en crisis, de masculinidad falta de reafirmación.
He leído alguna crítica que acusaba a Mairal de machista, pero en realidad tengo la impresión de que es un autor que refleja con bastante dignidad la fragilidad del hombre y de la masculinidad como construcción social.

Esta edición de Una noche con Sabrina Love está precedida del texto El sobrino de Bioy, que yo acababa de leer en el libro Maniobras de evasión. En este prólogo, un Mairal adulto reflexiona sobre lo que supuso en su vida ganar el premio Clarín de 1998 a sus veintiocho años. Su novela fue elegida entre 800 candidatas por un jurado compuesto nada menos que por Augusto Roa Bastos, Guillermo Roa Bastos y Adolfo Bioy Casares. Este último le dijo en la entrega del premio: «Arranqué a leer tu novela y no la pude largar hasta terminarla».

He disfrutado mucho con esta relectura de Una noche con Sabrina Love. Es una novela de iniciación deliciosa.

domingo, 28 de julio de 2019

Maniobras de evasión, Pedro Mairal


Maniobras de evasión, de Pedro Mairal.
Editorial Libros del Asteroide. 261 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2019.

Ya he contado, en más de una ocasión, que Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de mis escritores latinoamericanos vivos favorito. Así que cuando vi que Libros del Asteroide publicaba un nuevo libro suyo me apeteció leerlo y se lo solicité a la editorial para hacer una reseña. Ya de paso, les pedí también su reedición de Una noche con Sabrina Love, que leí hace ya casi veinte años y que me apetecía releer. También fui a la presentación madrileña de Maniobras de evasión, que tuvo lugar en marzo de 2019 en la Casa de América. Aquí Mairal contó algunas anécdotas contenidas en el libro y algunas más sobre su existencia.

Maniobras de evasión recoge textos que fueron encargados y publicados por revistas, así como textos que aparecieron en un blog que llevaba el autor y que se llamaba El Señor de abajo; otros textos se han escrito directamente para este libro. Maniobras de evasión ha sido editado por la escritora Leila Guerriero. Según contó Mairal en la presentación, Guerriero iba eliminando textos que Mairal quería que entraran en el libro, pero que a ella –que era la editora y seleccionadora– no le convencían. Además, Guerriero le proponía a Mairal que escribiera nuevos textos para dar más cuerpo a algunos de los temas que se desarrollaban aquí.

Si bien no existe una división temática de los textos contenidos en Maniobras de evasión, si que se pueden identificar varias obsesiones temáticas.

En primera instancia (después de una introducción sobre las dificultades que encuentra Mairal para tener continuidad a la hora de sentarse a escribir narrativa), se habla de la infancia, adolescencia y primera juventud. Así el volumen se abre con textos evocadores, que acaban dando una imagen entrañable y muy humana del autor, quien nunca habla de sí mismo con complacencia. Mairal de niño se sentía bajito, débil, lampiño…, un niño para el que jugar al rugby se convierte en una simulación, ya que su máxima premisa era entonces alejarme lo más posible de la pelota. Esta historia de la infancia la traslada, en el párrafo final, a su vida adulta, para concluir: «Hago como que corro con todos, pero siempre me siento al margen, soñando otra cosa, nunca me creo la vida, ese juego tan raro que practican los demás.» (pág. 21). En general, los textos de Maniobras de evasión están coronados por un gran remate, como si todo el artículo funcionara para el broche final, para que lo contado logre elevarse en una pirueta definitiva, que crea una sensación de nueva lectura sobre lo leído.
Uno de los momentos más íntimos del libro es cuando Mairal nos habla de un accidente de autobús que sufrió con dieciocho años, en un viaje escolar, al sur de Argentina en el que murieron los dos chóferes que les acompañaban, al salirse de la carretera y acabar en un barranco. «Nunca había contado esto pero hoy es un día de viento y el toldo rojo que improvisé en el balcón para proteger mi escritorio del sol flamea como una bandera. La bandera que dice que estoy vivo y que lo puedo contar.» (pág. 45)
Un texto muy divertido es el titulado El sobrino de Bioy, donde Mairal nos habla de lo que supuso para él ganar el premio Clarín, a los veintiocho años, con su primera novela, Una noche con Sabrina Love. El jurado del premio estaba compuesto por escritores tan reputados como Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. Fue extraño para el joven Mairal recibir tanta atención de golpe, una atención llena de equívocos y de presiones. Contrasta con este texto otro titulado La poesía del hombre invisible, donde Mairal escribe sobre los primeros talleres literarios a los que asistió y recuerda a Grillo, su mentor. Además nos hablará de Mermet, un amigo de Grillo, que durante toda su vida escribió con ahínco poemas, pero que nunca hizo el intento de publicarlos, y de cuya obra Mairal y unos compañeros de taller se sienten herederos.
El tema de la adolescencia y la juventud acaba en el delicado y adulto tema de la madre, que va perdiendo la memoria y la capacidad del habla.

Algunos textos del libro, como Babas del diablo o Desde el camión son encargos de periódicos o revistas, en la que estas publicaciones proponen a Mairal visitar en el primer caso un convento de clausura y en el segundo acompañar a un camionero en su ruta. Toda la personalidad y la gracia de Mairal contando están aquí, igual que en otros textos más intimistas, y no desentonan para nada. Se leen como narraciones muy amenas.

«Me entregué a lo que me fueran deparando las propuestas de artículos, notas y columnas. ¿Te animas a subirte a un camión de carga para ver cómo es esa vida en la ruta? Me animo, creo que me voy a morir pero me animo. Pedro, ¿te escribirías diez mil caracteres sobre por qué nos gustan las mujeres maduras? Sí, ¿cuándo cierra? No tenía ni idea a quién apelaba ese “nosotros”, nunca me había puesto a pensar tan específicamente en las mujeres adheridas a ese adjetivo de frutería y sin embargo escribía y me salían cosas inesperadas.» (pág. 106) Aceptar este tipo de propuestas hace que otro de los temas del libro sea el sexo, en gran parte debido a que Mairal aceptará los encargos de hablar en un artículo sobre «tetas» y en otro sobre «culos». Son textos juguetones, divertidos, que buscan la complacencia masculina. Diría que para el gusto actual podrían pasara por machistas. No es que desentonen con el conjunto, porque la escritura de Mairal, en gran medida, tiene que ver con el sexo, pero me han gustado menos que otros, porque me parecen textos más limitados, aunque acaban hablando de otros asuntos, que meramente de «tetas» y «culos», y siempre se haga desde el humor.

«La novela que no estoy escribiendo estos últimos meses es una sucesión de imágenes de la periferia de los congresos literarios, la espalda de las charlas de las ferias del libro, eso que pasa en las combis y en los aviones que llevan y traen a los autores, lo que se ven en los aeropuertos, o en la televisión del hotel, o en las escapadas exploratorias entre dos mesas redondas por las calles nuevas.», leemos en la página 15, y éste es otro de los temas de Maniobras de evasión. Mairal escribe sobre la trastienda de los viajes literarios, a Puerto Rico o a Cambridge, por ejemplo. A raíz de este tema también habla de fiestas y sexo, de sus conquistas o calabazas sexuales. Acaba pisando aquí un territorio resbaladizo sobre el escarnio personal, que por su exposición de lo intimo, entre el tono humorístico y autoburlesco, hacen destacar a estas páginas. De hecho, las burlas que hace sobre su condición de macho desactivan la posible lectura en clave machista.

Otro de los temas es la relación del autor con la escritura. Como ve que los plazos que le imponen las revistas o los periódicos para que entregue un texto acaban siendo motivaciones para él, en detrimento de la escritura creativa, sobre la que nadie le impone plazos que parece necesitar. También  reflexiona sobre el peligro que supone para él la banda ancha de internet, que le impide concentrarse en la escritura creativa. «Llevo cinco años escribiendo en internet, trabajando no sé si para mí, o para Google o para Blogger.com. Y eso me cambió el paradigma de la comunicación de la escritura, la idea del lector, la idea de mí mismo como autor.», leemos en la página 11, cuando Mairal habla de su escritura en blogs bajo pseudónimo.

Algunas ideas de Mairal que me han gustado:
«No me gustan los textos sobreexplicados, la profundidad explícita. (…) Yo prefiero pasar por superficial, pero teniendo en cuenta que en la superficie aflora lo profundo de la vida. Y hasta diría que no existen los autores profundos sino los lectores profundos.» (pág. 26)
«Aunque hay autores que confrontan al lector, y lo hacen bien, yo prefiero ir desplegando las escenas delante de los ojos, a la par del lector, sin obstruir el paisaje, prefiero hacerme a un lado, quedar hombro con hombro, escribir como quien va manejando un camión y lleva al lector de acompañante.» (pág. 117)

Me comentaba un lector, en Facebook, que había temido que este libro misceláneo fuese una operación comercial tras el éxito de la novela La uruguaya, pero que después de leerlo le había sorprendido gratamente. Lo cierto es que mi disposición hacia el libro fue buena desde el principio, Mairal es uno de mis autores actuales favoritos y pensaba que su libro me iba a gustar, como así ha sido. Aunque, como es lógico, en Maniobras de evasión hay textos con lo que he conectado más que con otros, me ha parecido un libro coherente (sobre todo gracias a su voz narrativa uniforme) y que muestra a un Mairal intimista y desnudo. En gran medida, los textos de Maniobras de evasión son confesionales, y el impudor con que están escritos crea una verdadera sensación de cercanía entre autor y lector. Además Mairal escribe aquí con esa aparente ligereza de sus novelas y consigue escribir páginas profundas y literarias. Sin sensación de libro menor, Maniobra de evasión engrosa con significación propia la escasa lista de títulos (siempre valiosos) del autor.

sábado, 8 de julio de 2017

Entrevista a Pedro Mairal, autor de La uruguaya

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) ganó el Premio Clarín en 1998 con su primera novela, Una noche con Sabrina Love. En el jurado del premio se encontraban escritores de la talla de Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. Otras de sus novelas son El año del desierto (2005), Salvatierra (2008) y La uruguaya (2016). También ha publicado el libro de cuentos Hoy temprano (2001) y los poemarios Tigre como los pájaros (1996), Consumidor final (2003) y la trilogía Pornosonetos (2003, 2005 y 2008). En 2007 fue incluido en la lista de los 39 mejores escritores jóvenes de América Latina por el Hay Festival de Bogotá.
Mairal trabaja como guionista y escribe para distintos medios de comunicación.
Su novela La uruguaya ha sido publicada en España en 2017, en la editorial Libros del Asteroide.

Si deseas leer la reseña que escribí sobre La uruguaya puedes hacerlo pinchando AQUÍ.



En tus anteriores novelas (Una noche con Sabrina Love, El año del desierto o Salvatierra) el lector no sentía de forma directa la posible conexión entre personaje y autor. En cambio, en La uruguaya, Lucas Pereyra –su protagonista‒ es un escritor cuarentón, que en algún momento de su pasado ha escrito una novela que se puede interpretar bajo «el prisma del eje civilización y barbarie», datos que un lector conocedor de tu obra podría relacionar contigo. ¿Hasta qué punto has querido jugar a la autoficción en La uruguaya? ¿Cuánto tiene Lucas Pereyra de ti mismo?

El personaje de Lucas tiene mucho de mí, pero también muchas cosas inventadas. Trabajo con mi experiencia personal y con lo que llamo la periferia de la experiencia, es decir, lo que casi me sucede, lo que me podría haber sucedido, lo que temía que me sucediera, lo que deseaba que me sucediera... También tomé aspectos míos y los radicalicé o los exageré. Por eso hay algunas cosas de Lucas que me caen un poco mal, por ejemplo su diatriba contra la paternidad. Pero igual se cruzan mucho personaje y autor. Cuando se publicó el libro, con mi mujer tuvimos que hacer un asado de domingo con las familias para desmentir la novela. Y no sé si nos creyeron.


En La uruguaya podemos leer: «La plata estaba en mi infancia, me rodeaba, me recubría con buena ropa, cuadras de un barrio seguro en Capital, alambrados de fin de semana, cercos de clubes, ligustros bien podados, barreras que se levantaban a mi paso. Y yo después me había dado el lujo de hacerme el descarriado, el artista sin empuje empresarial, el bohemio. Era un lujo más. El hijo sensible de la alta burguesía, pero el precio de mi bohemia se empezaba a pagar ahora. Era a largo plazo. Un resbalar gradual». ¿Alguna vez, como Lucas Pereyra, has sentido que tu escritura era «un lujo más» del que poder arrepentirse en la vida adulta?

No podría arrepentirme nunca de mi escritura. La literatura me salvó. Me convirtió en lo que soy. Me ayudó a atar mis cabos sueltos, a vivir con mis dudas, con mis contradicciones. Sin la literatura sería un tipo muy infeliz. Escribir me hizo fuerte. Entrar en la palabra fue lo más importante que me sucedió, después del nacimiento de mis hijos.


En La uruguaya podemos leer también una divertida diatriba contra los médicos. Si no estoy mal informado, tú provienes de una familia de médicos, empezaste estudios de medicina y los abandonaste. ¿Cómo fue recibido en tu familia este abandono de la medicina? ¿Fue bien entendida tu vocación literaria?

Les dio mucha incertidumbre a mis padres, me acuerdo. Tardé mucho en confesar que había largado la carrera de Medicina, iba a la facultad, a la cafetería, simulaba, me engañaba a mí mismo, o creía que lo hacía. Ahí empecé a leer mucho, desesperado, en la soledad de la mentira. Después se descubrió mi engaño en casa y hubo conflicto, duro, silencioso. Pero cuando me resolví a estudiar Letras y a escribir les pedí a mis padres que fueran a ver la película La sociedad de los poetas muertos, donde un chico se suicida porque no lo dejan estudiar teatro. Funcionó. Volvieron mis padres del cine convencidos de que era importante que yo estudiara lo que quisiera.


La uruguaya es una novela corta. ¿Cuáles son tus novelas cortas favoritas?

El viejo y el mar. La invención de Morel. El extranjero. El coronel no tiene quien le escriba. Distancia de rescate, de Schweblin. La vida privada de los árboles, de Zambra...


En la solapa de La uruguaya podemos leer: «Trabaja como guionista y escribe para distintos medios de comunicación.» ¿Podrías hablarnos de estos trabajos que realizas y que no son estrictamente literarios? ¿Cuál es tu relación afectiva con ellos? ¿Desearías vivir sólo de la literatura?

En casa no había tradición de artistas. Las artes se dejaban de hobby de fin de semana. Mi abuelo materno era pianista, mi abuelo paterno pintaba bien, pero no hicieron de eso su vida. Yo tuve que inventarme a mí mismo una forma de ser en la escritura, una forma de ganarme la vida. Di clases de redacción para abogados, di talleres literarios, escribí para cine, para periodismo. Un poco de todo. Y no me fue mal. En torno a la palabra hay mucho trabajo, si uno escribe, si uno pone correctamente una frase tras otra, si uno puede articular un texto, entonces puede trabajar en diversos lugares, porque no todo el mundo puede hacer eso. Cada trabajo que hice me gustó y me enseñó cosas. Me sirve salir de casa, salir del ombliguismo al que puede llevarte la escritura a veces. El periodismo sobre todo me obligó a irme hacia temas que nunca hubiera tocado por mi cuenta.


En 1998, con veintiocho años, tu novela Una noche con Sabrina Love gana el Premio Clarín. En el jurado se encontraban escritores de la talla de Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. ¿Cómo fue poder hablar con ellos, entrar de repente en el parnaso de la literatura? ¿Qué expectativas te creo aquello?

Fue breve ese encuentro en la noche del premio, pero muy importante para mí. Como un mundo al revés, donde Roa Bastos me cedía a mí la silla y Bioy Casares me hablaba de mi novela. Yo tenía 28 años y no terminaba de entender todo eso. Fue muy conmovedor. Necesité tiempo para procesarlo y para volver a escribir. Hubo mucha exposición, se hizo una película con Cecilia Roth, publiqué en una gran editorial... Necesité recuperar cierto silencio mental de escritura para seguir adelante. Me enfrasqué en mis cuentos y mis poemas. Tardé siete años en publicar otra novela. Y fue El año del desierto.


Tus libros se han publicado hasta ahora en editoriales diferentes. La uruguaya aparece en Emecé de Argentina. En el programa de televisión Los siete locos declaras que Emecé quiere reeditar tus libros anteriores. ¿Sabes ya el orden de reaparición que van a tener esos libros en Argentina y el tiempo que pasará entre la salida de uno y el siguiente?

Salió El año del desierto, después La uruguaya, luego Salvatierra. Ahora se acaba de editar Maniobras de evasión. Van a salir Una noche con Sabrina Love en septiembre de 2017, y el año que viene mis Pornosonetos y Hoy temprano.


He leído cuatro de tus novelas. Cada una de ellas ha aparecido en España en una editorial diferente. ¿Has echado de menos una relación más estable con los editores españoles? ¿Hay algún plan para que tus novelas antiguas (como ocurre en Argentina) se rescaten en España y puedan llegar a ellas nuevos lectores? ¿Veremos algún día tus libros de poesía o de relatos en España?

Entiendo que Libros del Asteroide va a recuperar el fondo editorial y va a ir publicando mis libros anteriores. Es una editorial que trabaja muy bien, cuida mucho los libros en su difusión y distribución, y hace unos libros muy hermosos.


En 2007 fuiste seleccionado en el Hay Festival de Bogotá como uno de los 39 escritores hispanoamericanos menores de 39 años con más talento. En 2017, el Hay Festival ha vuelto a hacer pública una nueva lista. ¿Hay algún nombre en ella que te gustaría destacar, algún escritor o escritora joven al que hayas leído y nos quieras recomendar?

Por supuesto, Mauro Libertella, Samantha Schweblin, Zúñiga, Liliana Colanzi.



Además de novelas, has escrito cuentos y poesía. ¿Qué género prefieres como lector?

Depende del día. Para leer poesía necesito estar tranquilo, dispuesto a entregarme a no entender del todo. Diría que la poesía es el género donde más significados y ecos y fuerza verbal encuentro. Es la experiencia de lectura más intensa.


¿Puedes hablarnos de tu particular canon literario argentino?

Tengo un cruce de la gauchesca (Martín Fierro, Don Segundo Sombra) con la poesía (Giannuzzi, Francisco Madariaga, Enrique Molina) y Borges (que es un género en sí mismo) y también los cronistas más crudos como Arlt. Y la gracia verbal de Cortázar. Y la insistencia de Saer. La perspicacia de Hebe Uhart. La libertad de Aira. Admiro a todos ellos.


¿Cuáles son tus escritores favoritos, dejando fuera Argentina?

García Márquez, Neruda, César Vallejo, Quevedo, Guimãraes Rosa, Salinger, Camus, Joyce, Shakespeare...


¿Estás escribiendo ahora algún nuevo libro? ¿Puedes hablarnos de él?

Estoy con la versión en guión de La uruguaya que va a hacer Diego Peretti, y que va a musicalizar con una canción Jorge Drexler. En cuanto a lo literario, si cuento lo que estoy escribiendo, se le va la fuerza. Tiene que ser un secreto.


Muchas gracias, Pedro.