Mostrando entradas con la etiqueta Román Piña Valls. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Román Piña Valls. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de enero de 2024

Una heroína intergaláctica, por Román Piña Valls

 


Una heroína intergaláctica, de Román Piña Valls

Editorial Sloper. 266 páginas. Primera edición de 2022

 

Conozco en persona a Román Piña (Palma de Mallorca, 1966), porque es mi editor en Sloper, donde apareció mi novela Los insignes (2015). De él había leído, hasta ahora cinco libros: El general y la musa (2013), La mala puta (junto a Miguel Dalmau, 2014), Sacrificio (2015), Y Dios irrumpió de buen rollo (2015) y El arqueólogo (2018).

Estoy suscrito a una oferta de la editorial, según la cual, por 20 €, Román Piña me envía dos libros de la editorial al año. En el último envío metió en el paquete su novela Una heroína intergaláctica, que me llegó a casa con una dedicatoria y con las erratas corregidas a mano por el propio autor y editor. Todo un lujo.

Ya he contado alguna vez que el envío de libros a casa, sin consultarlo previamente conmigo, por editores y escritores que tienen mi dirección, es algo que suele descolocarme. En este caso, tras unos meses de descanso en las estanterías de mis libros por leer, me he acercado a la última novela de Piña, que suele ser un autor bastante desconcertante, humorístico y rompedor de las expectativas.

 

El protagonista de Una heroína intergaláctica es Jorge Fuster, un chico de catorce años en la Mallorca de 1981. Según comienza la novela, nos informara de que se encuentra recluido en un reformatorio. Él mismo se definirá como cleptómano, alcohólico y ludópata.

«Me piden ahora que haga memoria de mi vida y yo entiendo que se refieren a mi vida de delincuente. Lo aclaro porque también tengo una vida como víctima», éstas son las dos primeras frases de la novela, un comienzo que ha recordado al de La familia de Pascual Duarte de Camino José Cela. El director del reformatorio ha pedido a Jorge que escriba sobre su vida como ejercicio de reflexión. El texto con el que el lector se va a encontrar (aunque en las páginas finales del libro ya no sea así) será este manuscrito en el que Jorge hable de su vida y de las circunstancias que le han llevado hasta su situación actual. En principio, Jorge ha aceptado la realización de este ejercicio introspectivo considerando que sus palabras no van a tener ningún lector, aunque es frecuente que también interpele a esos lectores inexistentes. «Así que aquí me tienen, contándoles mi vida sabiendo que no la van a leer. Es fantástico. No existen ustedes. Yo cuento mi vida como me da la gana y me invento unos lectores para ella.» (pág. 14)

 

Jorge nos hablará de su casa, donde vive con otros cuatro hermanos, sus abuelos, sus veraneos, sus dos colegios de EGB, porque se cambió a un segundo para hacer Octavo, el último… En gran medida Una heroína intergaláctica nos propone un paseo nostálgico por los programas de televisión, los sucesos históricos (como el golpe de Estado de Tejero o la muerte de John Lennon), los nombres de los bollos, los discos de los grupos de moda… de mediados de la década de 1970 hasta principios de la de los 80… y en medio de estas evocaciones de la Mallorca de hace unas décadas, Jorge tratará de buscar los orígenes de sus días de delincuente, que le han conducido hasta su situación actual en un reformatorio, como aquel día en el que robó un coche de Scalextric en una tienda, o su temprana afición al coñac.

Al principio estaba presuponiendo que Jorge podía provenir de una familia de clase social baja; pero no es así. Vive en una casa que en realidad son dos unidas, y la familia no parece vivir bajo la precariedad económica. En algún momento, Jorge acepta su condición de «burgués».

Más de una de las páginas de la novela se dedican a mostrar el paso de la infancia a la adolescencia, y el gusto por las chicas. Dejas de ser niño, cuando ya puedes ver un beso entre un hombre y una mujer sin sentir asco, nos dirá Jorge. También su escrito autobiográfico acabará siendo una confesión de su amor por Daniela, una chica de su edad, y esta relación de amor, en gran parte, acabará siendo el motor del movimiento de la trama.

 

Un hecho constructivo curioso es que, en algunos momentos del libro, Jorge establece conversaciones con una persona que, al principio, el lector no sabe quién es, para ir comprendiendo más tarde qué clase de relación guarda esta persona con Jorge, relación que no quiero desvelar.

 

Uno de los problemas de leer un libro escrito por alguien a quien conocemos en persona es tratar de especular sobre qué partes de su vida ha introducido en la novela y qué partes se ha inventado. Esto puede conducir a este tipo especial de lector a realizar una lectura no ideal de la obra. Durante la lectura de Una heroína intergaláctica he tenido la sensación de que Piña había usado sus propios recuerdos de la infancia para dar corporeidad al personaje de Jorge Fuster, que es alguien que parece haber nacido el mismo año que él. Así, por ejemplo, Jorge cuenta que más de uno de sus compañeros de clase se mete con él por tener un apellido «chueta», que son apellidos (en principio una lista de quince) que se asocian en Mallorca a los descendientes de los judíos que, en un entorno cerrado como el isleño, han sufrido, en el pasado, algunos tipos de discriminación. He consultado internet y, en esa lista de quince apellidos, uno de ellos es Fuster y otro es Piña. Por tanto, he pensado que Piña estaba usando sus propios recuerdos para la recreación de este tema. Y que, además, le añadía algún detalle a esa personalidad que parecía más tomado de la modernidad que del pasado que se evoca, como el hecho de que en 1981 el protagonista se declara ecologista.

Y también he tenido la sensación de que Piña sí estaba inventando cuando Jorge narraba su vida de delincuente. En este sentido, las partes que considero que son recuerdos de Piña me han resultado más bellas y melancólicas, y las partes de la vida de delincuente más exageradas. En cierto modo he sentido que la vida de delincuente de Jorge no pegaba con los recuerdos de un niño que parece sensible, considerado y reflexivo; y, por tanto, he tenido la sensación de que había un problema en la construcción del personaje. Repito que esto se puede deber al hecho de conocer al autor en persona.

Me ha resultado curioso que Jorge conoce en el reformatorio a otro joven llamado Gabi Beltrán que dibuja cómics. Imagino que esto es un guiño narrativo hacia el autor de la novela La gente no es como tú, que se publicó en Sloper, y Beltrán es un también un reconocido autor de cómics.

También es cierto que las novelas de Piña tienden al disparate narrativo, en más de un caso, con intenciones cómicas. En este sentido, me ha parecido que dibujar al padre de Jorge como alguien que se licenció de médico, pero nunca ejerció, porque no aguantaba la sangre, y se dedica a repartir refrescos con una camioneta, era una elección inverosímil, sobre todo porque no se corresponde con el nivel de vida de la familia (que asocio a los recuerdos reales de Piña) pero que el autor la elegía por su invitación al juego cómico y paródico. De hecho, igual que ocurre en otras novelas de Piña, como en El general y la musa, donde se recrea (de forma cómica) el tiempo que el dictador Franco vivió en Mallorca, que termina en una explosión de locura narrativa, en cierto modo, esto también ocurre en Una heroína intergaláctica. Un libro que comienza de un modo muy realista y evocador de una época, acaba terminado de una forma que se salta las normas del realismo, y esto acaba sentándole bien a la novela, dándole al conjunto una pátina de parodia narrativa.

Una heroína intergaláctica acaba siendo una novela nostálgica y simpática sobre el fin de la infancia y la asunción de la vida adulta.

 

domingo, 17 de febrero de 2019

El arqueólogo, por Román Piña Valls


Ediciones del Viento. 160 páginas. 1ª edición de 2018.

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) es el editor de Sloper. En 2015 publicó mi novela Los insignes. Piña también es escritor, y de él he leído las novelas El general y la musa (2013), Sacrificio (2015) y Y Dios irrumpió de buen rollo (2015), además del ensayo La mala puta (2014), escrito con Miguel Dalmau.

Cuando vi anunciado que publicaba una nueva novela en Ediciones del Viento, se la solicité a su editor, Eduardo Riestra, y éste me la envió para que pudiera reseñarla.

El protagonista de El arqueólogo es Claudio Bersani, un profesor universitario emérito de arqueología que, al comenzar la narración –en el año 2007–, tiene setenta años. Vive en una casa de campo en la población de Cicciano, cerca de Nápoles, junto a su mujer Melina. Sus hijos ya no viven con ellos, han formado sus propias familias y Claudio y Melina tienen un buen número de nietos, que suelen visitarlos. Claudio no acaba de tener demasiado tiempo para estos nietos porque, a pesar de sus setenta años, mantiene una gran actividad laboral: clases en la universidad, libros sobre arqueología, artículos semanales para una revista especializada, presidencia de la Sociedad Arqueológica de Nápoles, colaboración en una tertulia de Radio Vaticana los miércoles, etc.
En una caseta del jardín de la casa de los Bersani vive Todor, un jardinero búlgaro que les ayuda con diversas tareas domésticas.

Aunque en la página 37 Bersani declara «Yo soy antipático por voluntad», en realidad es una persona muy extrovertida y alegre, que suele relacionarse con los demás mediante bromas. Piña es habitualmente un escritor humorístico, con tendencia al disparate narrativo (en El general y la musa, por ejemplo, nos hablaba de un Francisco Franco enamorado de la televisiva Patricia Conde). En El arqueólogo ­­–igual que ocurría en Sacrificio– mantiene la trama dentro de los límites del realismo. Si bien en Sacrificio Piña empleaba un humor muy negro, el humor de El arqueólogo es mucho más amable. Claudio Bersani es un entrañable hombre mayor, un erudito que entretiene a sus nietos con chistes, historias de la cultura clásica o narrando historias más o menos inventadas. Bersani es un erudito despistado, que igual desprecia la novela frente al ensayo, que decide él mismo escribir una novela histórica. Además es un erudito imprudente, porque ante el temor a que le asalten (a veces se queda solo en casa) ha conseguido una pistola, que oculta en su vivienda y que podrían encontrar los nietos; o bien les habla a éstos de los grandes tesoros que tiene guardados en la casa, lo que podría hacer que los niños lo cuenten en el colegio y ocurra, precisamente, lo que teme: que le entren a robar en casa.

Bersani, además de simpático, también es un hombre anticuado; alguien que, por ejemplo, no entiende el sentido del lenguaje inclusivo y que no duda en flirtear o en piropear a mujeres mucho más jóvenes que él. En el capítulo 9 se habla de Giovanna, una mujer de treinta y tantos años que trabaja para los Bersani desde hace veinte. «Bersani la piropea sin vergüenza», escribe Piña en la página 65 de su novela. Bersani también es un católico de misa semanal –aunque de credo particular– y que, como ya he escrito, acude los miércoles a una tertulia radiofónica de Radio Vaticano.

La novela se vertebra en torno a pequeñas anécdotas protagonizadas por Bersani, o bien se narra alguna peripecia vital protagonizada por alguna persona cercana a su círculo; como la citada sirvienta Giovanna, o María, una exalumna de Bersani que vive en Suiza y a quien su familia ha denunciado con la intención de quitarle la custodia de su hijo.

La novela es rica en diálogos y la prosa es correcta, sin grandes alardes metafóricos, propia de un escritor con oficio. De vez en cuando, para transmitir mayor sensación de viveza, se hace uso de más de una expresión coloquial: «le resbala», «haciendo cuchufleta», «casi le dio un patatús», etc.

En más de una ocasión –sobre todo durante el primer tramo del libro– me he encontrado preguntándome si la anécdota que estaba contando Piña en ese momento sería la que acabaría de hacer arrancar la trama. Es decir, en los primeros capítulos el narrador (la novela está escrita en tercera persona, salvo unas escasas y muy significativas páginas al final) presenta al personaje de Bersani, y el lector conocerá sus peculiaridades, gustos y manías. Después, Bersani cuenta historias a sus nietos, o se habla de la vida de otros personajes, y las páginas de la novela van pasando sin que una de estas historias cobre más importancia que las otras, lo que podría hacer que Bersani se viese forzado a tomar partido en los acontecimientos y se adentrara en algún territorio ambiguo u oscuro que rompiera con la aparente tranquilidad de su mundo, y que le hiciera transformase en otra persona. Es decir, yo como aprendiz de escritor me estaba esperando un desarrollo novelesco tradicional y terminaba los capítulos pensando que Piña había dibujado una realidad atractiva y amable, pero que a lo leído le faltaba tensión narrativa.
Es cierto que la vida de Bersani se enfrenta a pequeños conflictos: los problemas de su exalumna con su hijo, a la que quiere ayudar; un solar de detrás de su casa donde han empezado a entrar y salir camiones sin permiso (y nadie parece poder prestar ayuda a Bersani); unos mafiosos que parecen interesados en asaltar su casa; o cuando el pueblo de Cicciano sufre una inundación. Pero, como ya he apuntado, ninguno de estos problemas es suficiente para convertirse en un núcleo narrativo potente. Todos serán pequeños núcleos narrativos y el libro, como si fuese una amable novela por entregas, se articula más en torno a la idea de capítulo que a la de novela completa.

En su tramo final, El arqueólogo sufre algunos saltos temporales y esto hará (gracias al recurso de la elipsis) que, en parte, la vida de Bersani cambie y el lector la contemple desde otra distancia.
En las páginas finales (apenas cuatro) se produce al fin un cambio real, un juego en la estructura de la novela: la voz en tercera persona pasa a la primera, y el lector comprenderá que un personaje secundario del libro ha tenido más importancia en lo contado de la que había podido considerar en un principio. Me ha gustado este final, ha conseguido crear en mí una sensación de misterio y de historia más amplia y con más vuelos que la que inicialmente pensaba que había leído.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Y Dios irrumpió de buen rollo, por Román Piña Valls

Editorial Sloper. 246 páginas. 1ª edición de 2015.

Román Piña (Palma de Mallorca, 1966) es mi editor en Sloper. De él he leído hasta ahora sus novelas El general y la musa y Sacrificio, además del ensayo La mala puta. Cuando el último verano pasé unas semanas en Mallorca, quedamos un día para cenar y me estuvo hablando de esta nueva novela, Y Dios irrumpió de buen rollo, que en aquel momento aún estaba terminando de escribir. Esta vez Román ha decidido editarse a sí mismo, e imagino que esta determinación tiene que ver con el contenido de la novela, muy fuertemente ligado a la actualidad social y política del país, y su deseo de que un escrito que glosa una realidad tan próxima debe ser puesta a disposición de sus lectores lo más cerca posible en el tiempo a los acontecimientos de los que aquí se habla.
Cuando el libro apareció en el mercado, le pedí a Román que me lo enviara para leerlo y comentarlo en el blog.

Y Dios irrumpió de buen rollo empieza presentándonos a sor Eulalia, una monja enclaustrada en un convento de Palma. Sor Eulalia es la encargada de la página web del convento, que promociona sus dulces típicos. Debido a esta función, nuestra monja se relaciona con el mundo exterior a través de internet. La novela sitúa su arranque temporal en junio de 2015, después de las últimas elecciones autonómicas: “España transitaba sin saber muy bien cómo de la dictadura a la democracia. Antes del golpe de Tejero habían pitado al rey Juan Carlos en Euskadi. Ahora, junio de 2015, habían pitado a su hijo Felipe. El pobre Felipe, que estaba portándose tan bien. Los españoles estaban asimilando la abdicación de Juan Carlos. No acababan de acostumbrarse a un rey que no anduviese con muletas ni hablase con un tarugo sobre la lengua.” (pág. 13)
La novela está escrita en tercera persona, pero continuamente, mediante el recurso del estilo indirecto libre, se va cediendo la voz narrativa a los pensamientos de los personajes. De este modo, en el párrafo anterior eran los pensamientos de sor Eulalia los que estábamos leyendo.

A sor Eulalia –que reza en catalán, pero habla y escribe en castellano- le duele España; y sufre continuos devaneos teológicos. Saber si Dios es de izquierdas o de derechas parece ser una de sus preocupaciones principales, y para la que no encuentra respuesta. Contactará, a través de Facebook, con uno de sus articulistas de opinión favoritos: Nofre Pou, personaje también palmesano, y que ha aparecido en otras obras de Román (que yo no he leído). Sor Eulalia se reunirá con Pou –fuera del convento- para analizar la realidad político-social del país y ver si pueden hacer algo por arreglarla y rebajar el clima de crispación al que estamos llegando. Esto les llevará a contacta con Susana, una mallorquina de origen peninsular, que trabaja de dependienta en El Corte Inglés, y que puede ser la clave para conseguir el deseado cambio.
Además de sor Eulalia, Nofre Pou y Susana, Román nos presenta a otros dos personajes: Elena Puig, una pastelera de Palma, que no cree en el bilingüismo, y que reclama para su tierra el uso exclusivo del catalán; y Frederic, natural de Campos (un pueblo del interior de la isla), camionero de profesión, mallorquín y españolista. Y quizás no debería dejar de nombrar que otro de los personajes de esta novela (como ya insinúa el título) es el mismo Dios, que vive cerca de Venus: “Los venusianos se peleaban entre ellos como niños, cogían sus berrinches y tenían sus facciones políticas también, pero si a alguien se le ocurría decir que Dios no existía, lo tomaban directamente por loco, porque tenían a Dios allí mismo. Dios se paseaba a todas horas por las ciudades y los pueblos de Venus. En ese planeta el amor en el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Por consiguiente, no había monjas sufriendo y orando, precisamente. En el reparto de bienes divinos, a los venusianos no les había correspondido el concepto de virginidad y, consecuentemente, no se les había ocurrido ningún estilo de vida relacionado con ella.” (pág. 30-31)

Y Dios irrumpió de buen rollo muestra diversos acercamientos a la actualidad, diversas intolerancias nacionales hacia el otro (bien sea éste un nacionalista español, catalán o mallorquín), y pretende desactivar los radicalismos mediante una mirada humorística y simpática sobre las realidades que muestra. También –Román es profesor de instituto de lenguas clásicas- se ocupa de la educación, centrándose en el caso de Mallorca, y la polémica de los últimos años sobre el modelo lingüístico apropiado para las islas (la inmersión lingüística, el trilingüismo, etc); y aquí, en la educación lingüística, puede estar en la novela una de las claves para resolver los conflictos a los que se enfrenta el país (se insinúa, por ejemplo, la necesidad de realizar a los veinte años una mili lingüística, para que unas regiones del país conozcan las lenguas de otras).
La novela está escrita con un lenguaje ágil, cuidado, pero que no deja de lado su uso coloquial con fines humorísticos. Así es posible encontrar en el texto expresiones como “liarla parda” (pág. 12), “ojo al dato” (pág. 63) o “dar el cante” (pág. 69); y, por supuesto, con esta intención humorística y desenfadada está elegido el título.

A cualquier lector español le sonarán los conflictos de los que se habla en esta novela (los tuits de Zapata, la decisión de Carmena de revisar el callejero de Madrid y hacer desaparecer las calles con referencias franquistas, los comentarios nada conciliadores del periodista de cabecera de sor Eulalia, que no es otro que Federico Jiménez Losantos…) y me pregunto, por ejemplo, si se acercara a ella un argentino de Rosario qué podría opinar de esta novela, si lo narrado aquí le resultaría de alguna relevancia, o se perdería por completo dentro de su marco referencial. Quizás podría ir más allá: no sé cómo sería la lectura de un español que cogiera esta novela dentro de diez años, pues es lógico pensar que –como ocurre, por ejemplo, al ver ahora esas películas políticas de la transición española con chistes tan cercanos al momento histórico en que fueron realizadas- de aquí a diez años los tuits de Zapata habrán dejado de ser relevantes. Y éste es quizás el mayor defecto que le encuentro a Y Dios irrumpió de buen rollo: su excesiva dependencia de la actualidad política del último verano y que en más de una ocasión parece más importante para Román apostillar la realidad periodística de última hora (él, además de profesor de instituto, también es columnista de El Mundo Baleares), que dar oxígeno y movimiento a sus personajes. Y a pesar de esto, el desarrollo narrativo de la historia y los personajes –con irrupción de lo sobrenatural incluida y surrealismo delirante- acaba llevando a buen puerto la novela.

Lo mejor de Y Dios irrumpió de buen rollo, por el contrario, sería su irreverencia (se lleva a insinuar que Dios es bisexual o que los gitanos de Palma de Mallorca, por no hablar catalán, son fachas, por ejemplo), y su capacidad para hacernos sonreír con una mirada desenfada y divertida sobre la crispación política actual. Desde luego, si usted quiere leer este libro, no lo deje para dentro de un año, el momento de acercarse a él es ahora.

domingo, 8 de marzo de 2015

Sacrificio, por Román Piña

Editorial Salto de página. 120 páginas. 1ª edición de 2015.

Cuando comenté la novela El general y la musa, hace unas semanas, ya dije aquí que conocí a Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) en Palma de Mallorca las pasadas navidades y que va ser el editor de una de mis novelas en su editorial Sloper. Cuando en febrero de 2015 vino a presentar su nueva novela a Madrid, me acerqué hasta la Central de Callao para poder comprar su libro y saludarle.

La presentación corrió a cargo de Pablo Mazo –editor de Salto de página- y de David Torres –escritor y amigo de Piña-. Román no quería que en la presentación se desvelasen demasiados detalles de la trama de su novela, así que además de hablar de sus temas de fondo, se leyeron algunas de sus páginas.

Sacrificio es una novela corta, dividida en ocho capítulos. Pero en ningún caso debemos asociar su escaso número de páginas, poco más del centenar, a cualquier idea de levedad. En realidad, es sorprendente la de temas, la de personajes y tramas y subtramas que le da tiempo a Piña a desarrollar en esta novela. Ningún personajes, ni ninguna escena narrada es superflua, todo lo expuesto sobre el papel tendrá su lugar en la narración, su relevancia.

Sacrificio se sirve del género policiaco para hablarnos en realidad de la vida y la literatura, del sentido último que tiene –o ha dejado de tener- ésta última para la sociedad. Más concretamente, uno de los temas más importantes de la novela –ya trabajado por Román Piña junto al escritor Miguel Dalmau en su ensayo La mala puta- es el de la pérdida de importancia social de la literatura que intenta explicar el mundo a favor de una literatura más comercial, que busca la inmediatez del morbo fácil o que nos propone la más complaciente autoayuda.

La novela se desarrolla principalmente en 2014, pero en el primer capítulo (de ocho) conocemos a dos de sus protagonistas en 2007, durante su primer encuentro. Pablo Noguera –el narrador- se ha convertido en detective privado hace poco y recibe en su pobre despacho a Raúl Palmer. Éste quiere que el detective averigüe quién le ha estado molestando con llamadas al móvil a horas intempestivas. Beben whisky y hablan de literatura. Noguera acostumbra a leer libros de saldo mientras espera que entre un cliente en su despacho y Palmer es un profesor de lenguas clásicas que sueña con montar una editorial. Lógicamente, en el personaje de Raúl Palmer, Román Piña ha jugado a dibujar una parodia de sí mismo: “Yo soy un parásito, y por tanto un fraude. No existo. Imparto clases de latín y griego a cuatro adolescentes que huyen despavoridas de las matemáticas y acaban en el bachillerato de humanidades. Por un misterio cósmico, las lenguas clásicas todavía renquean en los planes de estudios.”, leemos en la página 12 y en la siguiente: “Palmer me explicó que si llegaba a meterse a editor intentaría recuperar para los hogares y escaparates la cultura clásica. Soñaba con entrar en El Corte Inglés y encontrarse con una torre de ejemplares de La guerra de las Galias o de Las metamorfosis, los frutos de su peculiar labor redentora.”

En 2014, cuando empieza a desarrollarse el verdadero tiempo de la novela, Palmer ha conseguido convertirse en editor y ha dejado la isla de Palma de Mallorca (de donde proceden los personajes de este libro y donde acaban confluyendo) para trasladarse a Barcelona. Lo que no ha conseguido, por supuesto, es recuperar la literatura clásica para las torres de libros expuestas en El Corte Inglés. Es editor, pero ha claudicado en gran parte. Ha llegado a lanzar al mercado las memorias de Horacio Topp, hijo de ingleses afincados en Mallorca, un joven que nació con más de una particularidad física, lo que no le ha impedido desarrollar múltiples actividades y convertirse en inspiración para muchos jóvenes del mundo. Y ni siquiera las memorias de Horacio Topp, el líder de masas, se han convertido en un fenómeno de ventas en un país que cada ver lee menos, se lamenta Palmer.

En marzo de 2014, Pablo Noguera, que ha conseguido sortear la crisis  económica gracias a todas aquellas personas que piden investigaciones sobre empresarios corruptos (“Trabajé como un animal. Algunos constructores me solicitaban datos sobre empresas de la competencia.” pág. 23), recibe una llamada de los padres de Horacio Topp: su hijo lleva varias semanas desaparecido. Están en contacto con la policía, pero cualquier ayuda –como la de un detective privado- será bienvenida.
“Pensé en realidad que podemos dar un gran salto en un segundo y ser descarnadamente malvados con alguien. Esa noche llamó por teléfono Benjamín Topp, el padre de Horacio Topp.”, leemos en la página 22. Ya he insinuado antes que Sacrificio es una novela, pese a su escaso número de páginas, muy bien armada. Al releer algunas de sus páginas ahora, puedo comprobar que además de que en ella no hay ninguna escena sobrante, lo mismo podríamos afirmar de cada una de sus frases. Me percato ahora, tras finalizar el libro, de que la frase que antecede a la aparición de Topp en esta historia está muy relacionada con los acontecimientos narrados.

La novela está muy pegada al trasfondo político de España en 2014: se nombran para situar temporalmente la historia a Matas, Urdangarín, Jordi Évole o Putin; y llega a emplearse una palabra tan de moda últimamente en el contexto político como “casta”; pero ya he dicho que sus intenciones y sus subtramas son múltiples: ¿la sociedad no lee nada por lo mismo que, salvo contadas pataletas, acepta vivir en una sociedad corrupta? ¿Preferimos el morbo crudo de los reality shows a productos culturales más elaborados, y tiene esto que ver algo con nuestra decadencia como sociedad?

En esta novela negra se habla mucho de literatura, pero también de depravación y violencia. Por no faltar no falta aquí, en este escaso centenar de páginas, construido como novela negra, hasta una mujer fatal.


Román Piña era hasta ahora conocido por escribir una literatura cómica con tendencia al disparate (léase AQUÍ a este respecto la reseña que escribí hace unas semanas sobre El general y la musa) y en su última novela ha decidido llevar a cabo un cambio de registro. La búsqueda humorística ha rebajado su intensidad –aunque sigue existiendo aquí un gusto por el humor negro, o por la autoparodia- y todos los elementos se encuentran bajo un control narrativo más estricto, con menos posibilidades de que salten los convencionalismos literarios por los aires, como ocurría en novelas anteriores. Me siento de acuerdo con un comentario que hizo David Torres durante la presentación: Román está en esta novela mucho más contenido que en las anteriores, y esto hace que el resultado esté mucho más ajustado, que la novela no se escore demasiado hacia el absurdo. Son escasamente cien páginas pero uno no puede dejar de leerlas. Sacrificio es una historia muy bien medida, sin ninguna grasa sobrante, una novela policiaca que puede acabar convirtiéndose en novela de terror (es decir, en un thriller, aunque trataba de salvar el término anglosajón) y que reflexiona con hondura sobre el mundo de la literatura, nuestra condición de espectadores y la sociedad que nos ha tocado vivir. Sacrificio es una brillante novela corta.

domingo, 8 de febrero de 2015

El general y la musa, por Román Piña Valls

Editorial Sloper. 211 páginas. 1ª edición de 2013.

Conocí a Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) en persona a finales de diciembre de 2014. Para finalizar el año me fui unos días a Palma con mi novia y una tarde quedamos con Román. Unas semanas antes había aceptado una de mis novelas para publicarla, durante 2015, en su editorial Sloper. En la cafetería de un hotel de la plaza de Cort hablamos de mi libro, de los suyos, de la editorial y de la literatura en general. Al despedirnos Román nos mostró cuáles eran las mejores librerías de Palma. Estábamos alojados cerca, pero estaban cerradas porque era un día de fiesta. Al día siguiente –sábado– mi novia y yo habíamos quedado con unos amigos para visitar unos pueblos de la isla (Valldemossa, Deyá y Soller) y por tanto no pude entrar en esas librerías. Tampoco podría al día siguiente, por ser domingo –además, el último de nuestra estancia en Palma–. Pero me pasé por la librería de El Corte Inglés para ver qué tenían. Lógicamente lo que había en las mesas de novedades era muy similar a lo que podría ofrecer cualquier Corte Inglés de España, con la única salvedad de la interesante sección de libros en catalán. Revisando las estanterías (de libros en español), encontré El general y la musa, que Román Piña publicó en su propia editorial, y sentí curiosidad por esta novela ambientada en Palma, en la que aparecían las calles por las que llevaba días paseando y los pueblos que había visitado (Valldemossa o Deyá, leí en una simple ojeada) y por saber cómo escribe el que va a ser mi editor.

El general y la musa está ambientada en la Palma de 1933 y su protagonista es Francisco Franco. A pesar de que es una novela de clara tendencia al disparate, está basada en hechos históricos (como he comprobado buscando en internet): en febrero de 1933 Manuel Azaña nombró a Franco jefe de la Comandancia Militar de Baleares. Franco, junto a su familia y su ayudante, su primo Francisco Franco Salgado-Araujo (que también aparece como personaje en la novela) se instala en marzo de 1933 en el palacio de La Almudaina. Dice el documento consultado en internet (ver AQUÍ) que durante su estancia en Baleares, Franco pudo disfrutar de dos de sus aficiones: montar a caballo y la caza. Pero en la novela de Román Piña las aficiones que cultiva Franco en Mallorca serán muchas más.
En la isla, el ardor guerrero desarrollado por Franco durante las guerras de Marruecos se irá diluyendo en una vida cada vez más disipada. Franco se interesa por el jazz y empezará a tocar la batería en un grupo que da conciertos en el bar Honolulu de la calle del Borne, se aficionará en exceso al licor de hierbas, visitará prostíbulos, playas nudistas y se hará amigo de la bohemia literaria de la isla, sobre todo del escritor inglés Robert Graves (afincado en Deyá) y de su mujer Laura.

El cuerpo principal de la novela lo constituye un diario escrito por Franco desde marzo hasta octubre de 1933. La prosa en la que supuestamente escribe Franco tiene mucho sentido del ritmo y es más rica en la narración de acontecimientos que de pensamientos. Franco se expresa con un lenguaje muy propio de la oralidad de ahora y, así, son frecuentes en su discurso palabras como “flipar”, “friki” o “heavy”.
Franco recibe las visitas de personajes de la época como Largo Caballero o Primo de Rivera, que le invitan a unirse políticamente a ellos; pero él no quiere entrar en política. Está feliz con su batería y una investigación en la que se embarca para averiguar si el piano que se exhibe en Valldemossa y que se afirma que tocó Chopin es auténtico o no. Román, al final de la novela, nos informa de que la polémica en torno a la autenticidad del piano, y al número de la celda que habitaron en el siglo XIX el músico Chopin y la escritora George Sand, es auténtica. Esta investigación por parte de Franco constituye la trama que hace que la narración avance.

La intención de Román Piña en esta novela es humorística, y para conseguirlo uno de los recursos principales que utiliza es el del anacronismo. Ya hemos comentado el tema del anacronismo en el lenguaje, pero éste se manifiesta sobre todo en los sueños de Franco, que son profusamente narrados en el texto y que en muchos casos son parodias de películas de épocas posteriores a 1933, como Casablanca o El planeta de los simios. También en algún caso se hace referencia al correo electrónico, por ejemplo. Además, se irá apareciendo en los sueños de Franco, durante la noche o la vigilia, la imagen de una bella joven, con cuerpo de sirena, llamada Patricia Conde (sí, esta Patricia Conde), que Franco no dudará en tatuarse en el pecho, y que se convertirá en la musa de nuestro general.
Sin embargo, entre estos disparates históricos también nos encontramos con más de un personaje real que se relaciona con Franco, como Lorenzo Villalonga, psiquiatra y escritor mallorquín, que escribió tanto en castellano como en catalán; y que se convertirá en su profesor de mallorquín.

Además del diario escrito por Franco, la novela cuenta con una introducción en la que un periodista anglosajón entrevista a los personajes de la novela –a Franco o a Patricia Conde– además de al autor, Román Piña. Éste juega a mostrar algunas de sus ideas compositivas al escribir este libro: “Para que la novela sea aceptada como una obra del siglo XXI, o vapuleamos un poco el molde, o quebramos la estructura, o no habrá analista, editor ni periodista que se acerque a olerla” (pág. 19); o “Yo he apostado por darle Nocilla a Franco, contra la verdad histórica.”

En las páginas finales del libro, una vez que se acaba el diario de Franco, un informe médico de un tal doctor Nieto nos muestra que el autor del diario tal vez sea Marcos Badosa, que ha protagonizado alguna de las otras novelas de Piña, como Stradivarius rex, y así se introduce aquí un nuevo juego de cajas chinas y de vasos comunicantes en las obras de Román Piña.

Me ha gustado encontrarme literariamente en El general y la musa con las calles de Palma por las que caminé a finales de año, y con los pueblos que visité, en ésta y en otras ocasiones, como Valldemossa, Deyá (aquí hice una foto en la tumba de Robert Graves) o Soller; y con un Franco como protagonista, metido a detective aficionado, que se le hace al lector bastante simpático.

El general y la musa es una novela disparatada y agradable que se lee constantemente con una sonrisa en los labios, y cuya bocanada de aire fresco se agradece, frente a los aires de trascendencia y seriedad que exhala tanta novela sobre la guerra civil española.

domingo, 11 de enero de 2015

La mala puta, por Miguel Dalmau y Román Piña Valls

Editorial Sloper. 257 páginas. 1ª edición de 2014.

Ha sido habitual que en las últimas semanas haya aparecido este libro, La mala puta. Réquiem por la literatura española en los blogs de reseñas que frecuento. Un libro que pretende reflexionar, sin tapujos, “sobre lo que podríamos llamar un estado lamentable de la literatura española actual”, escribe Román Piña (Palma de Mallorca, 1966), coautor y editor del libro en la página 169, “para unos pocos cientos de posibles interesados”. Ya que la lectura y la escritura es mi afición desde hace tanto tiempo, compré este libro considerando que yo formaba parte de esos pocos cientos de lectores a los que interpela Piña desde la primera página de su ensayo, compartido con su amigo el escritor Miguel Dalmau (Barcelona, 1957).

Este libro se divide en dos partes: la primera escrita por Miguel Dalmau, que llega hasta la página 164; y después la de Román Piña, hasta la página 257.

Me sonaba el nombre de Miguel Dalmau (Barcelona, 1957) por la publicación en 2009 de La noche del diablo (Anagrama), una novela sobre la Guerra Civil en Mallorca. No llegué a leer el libro, pero sí que recuerdo varias reseñas sobre él. Ha publicado otras novelas y las biografías de Jaime Gil de Biedma y los Goytisolo.
“En un país verdaderamente libre este libro jamás habría sido escrito”: con esta frase comienza el ensayo de Dalmau, seriamente enfadado porque la agencia literaria de Carmen Balcells no le ha permitido reproducir las citas que necesitaba para la biografía de Julio Cortázar que iba a publicar en 2014, año Cortázar, después de seis años de trabajo. Un libro que se ha quedado en un cajón. Sin embargo, Balcells sí que autorizó el uso de las citas en otra biografía de Cortázar con la que se debía de sentir más cómoda que con la de Dalmau.

Dalmau se ha propuesto analizar cómo hemos llegado a esta situación deplorable para el futuro de la literatura, y empieza a acercase a los posibles culpables (“Ella sola se murió y entre todos la matamos”). Los primeros agentes destructivos sobre los que Dalmau fija su mirada son los autores. Éstos, apunta, parecen haberse vuelto conformistas, plegados a las exigencias de un mercado cada vez más errático, más noqueado tras las bajadas continuas de las ventas, obsesionado con la publicación de bestsellers, aunque estos tengan poca enjundia literaria. Lo que se une a la desaparición de los grandes editores (como Carlos Barral) con proyectos personales, que anteponían la calidad literaria a la contabilidad, o que al menos compaginaban la publicación de libros de calidad inferior (escritos por famosos, por ejemplo) con la edición literaria. “Ya no hay espacio para los editores clásicos ni las causas románticas” (pág. 82). La búsqueda de la calidad y las políticas de autor parecen estar desapareciendo de los grandes grupos. A los autores les ha vencido el deseo de conseguir grandes sumas económicas, que cada vez parecen más inalcanzables, y para ello no les ha importado rebajar la calidad de sus propuestas estéticas. Los autores consagrados, como Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas o Javier Marías, ya conocidos y sabedores de que los libros que presenten a sus editores se van a publicar, sean como sean, apunta Dalmau, han decidido no arriesgarse a perder su público y repiten constantemente las fórmulas con las que tuvieron éxito en el pasado. Las promociones de libros, las grandes inversiones en radio o el desembarco masivo en librerías son cada vez más para los libros sin ambiciones literarias; y aquí Dalmau no tiene reparos en citar a los que considera los cuatro fantásticos: Carlos Ruiz Zafón, Julia Navarro, Matilde Asensi e Idelfonso Falcones. Hace unas décadas, el lector medio sabía que las novedades literarias importantes eran las de autores como Camilo José Cela, Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester o Ana María Matute, capaces de renovar sus propuestas con más continuidad que las figuras consagradas actuales. Para un lector medio no hay ahora mismo distancia entre, por ejemplo, Ruiz Zafón o Javier Marías.
El lector medio ha bajado también el nivel de exigencia. Hace treinta años, apunta Dalmau, una persona cultivada, un médico o un arquitecto, estaba al tanto de las novedades literarias, de la última novela de Cela o Delibes, algo que en la actualidad ha ido desapareciendo. Ahora la persona más preparada y la que menos coinciden en dedicar su tiempo de ocio a los deportes: fútbol –sobre todo–, pero también a la Fórmula 1, por ejemplo.
Otro eslabón roto de la cadena literaria, apunta Dalmau, es el de la crítica: han desaparecido también los críticos de referencia como Rafael Conte o Miguel García Posada, que escribían reseñas de calidad y con rigor. Se analiza con profusión el caso de Ignacio Echevarría, serial killer de la crítica le llama Dalmau, que, según él, se dedicó a destruir la obra de sus colegas de generación. Hasta que, desde su púlpito de El País, empezó a disparar también contra los libros de la editorial Alfaguara (perteneciente al mismo grupo que El País), lo que acabó con su cese en Babelia. Y desde entonces los críticos han tomado nota y se muestran mucho más complacientes con los libros que han de reseñar.
Los premios (como el Nadal) ya no descubren nada. Para ser premiado y vender libros antes hay que ser conocido; presentador de televisión principalmente.

No estoy muy de acuerdo con algunos enunciados del ensayo de Dalmau, sobre todo cuando apunta que algo que perjudica a nuestros autores es su ego desmesurado. Sobre este tema nos cuenta algunas anécdotas jugosas, pero considero que, a pesar de ser divertido, esto del ego es algo común a los escritores de cualquier país y época.
Un capítulo que comentar es el titulado Tocador de señoras (breve incursión machista), en el que Dalmau habla de las mujeres de los escritores (considerando, como broma, que sólo hay escritores hombres), sufridoras de los egos desmesurados de sus parejas. Igual que el anterior, me ha parecido éste un capítulo divertido, pero que no añadía nada a la tesis argumentativa principal: “Esposas, compañeras, amantes… Obviamente no las considero responsables del hundimiento de nuestra literatura, pero sin duda son cómplices de su mediocridad” (pág. 43). En realidad, este tipo de consideraciones las leía como si formaran parte de una novela; como si estuviese leyendo, por ejemplo, El premio Herralde de novela de Jordi Bonells. Son páginas divertidas, subjetivas, pero que se alejan de la tesis de búsqueda propuesta en el ensayo.
Tampoco estoy de acuerdo con una idea que apunta Dalmau: la distinción entre los escritores “llamados” y los “elegidos”. Para él, el escritor ha de ser capaz de dejarlo todo y escribir sin ataduras. Algo que no deja de ser paradójico dentro del panorama que ha dibujado: si no hay editores literarios, ni críticos que puedan encumbrar la obra, ni lectores para recibirla, ¿cómo va a alguien a hacer la apuesta suicida de dejarlo todo para intentar vivir de lo que apunta que no se puede vivir? Intentar vivir de la literatura parece más bien el principio de la claudicación: vivir de ello exige escribir el bestseller que quiera el editor, pactar con la agente literaria y el editor para ganar un premio suculento, etc. En realidad, me siento más identificado con la idea que apunta Román Piña (Palma de Mallorca, 1966), la de la literatura como hobby. Así, el escritor debe tener otro trabajo que le permita escribir con apreturas de tiempo, sin duda, pero sin presiones económicas.

El estilo literario de Dalmau es muy fluido, coloquial muchas veces, lleno de frases hechas e interjecciones muy directas al lector, como “esto no es así, colega”. En más de un caso los males de la literatura española parecen deberse precisamente a ser española, según se desprende de comentarios como este: “Esto es España: si fracasas nadie te echará una mano, y si triunfas harán lo imposible para amargarte la fiesta” (pág. 120), y otros alusivos al ego superlativo de los españoles.

La parte de Román Piña es menos visceral que la de Miguel Dalmau. Piña apuesta, como ya he señalado, por una literatura no profesionalizada, por la literatura como hobby. Para escribir su parte del libro ha entrevistado a algunos de los escritores que surgieron con fuerza en los años 90. Toma como paradigmático el caso de Pedro Maestre, que con veintinueve años ganó el premio Nadal con su novela Matando dinosaurios con tirachinas, firmó con Planeta un contrato millonario para la publicación de sus dos siguientes novelas, y ahora mismo lleva ocho años sin publicar nada y once obras inéditas. En los años 90 aún parecía (yo como aspirante a escritor lo recuerdo bien) que alguien joven podía despuntar en el mundo de la literatura y vivir de ello, algo que ahora mismo parece imposible.

La mala puta es un ensayo doble que deberían leer todos los interesados en la escritura que quieran conocer de primera mano opiniones y anécdotas que, si están pendientes del mundo de la cultura en España, es posible que conozcan. Realidades, como las de los premios literarios concedidos a dedo, que todo el mundo que conoce el medio sabe, pero de las que rara vez se habla. Este libro es desolador para un lector que, por ejemplo, tenga veinte años y quiera dedicarse a la literatura, pero para mí, que lo he leído a los cuarenta, es en realidad alentador. No me ha dicho nada que no supiera, pero me he encontrado con opiniones sobre muchos temas que comparto (la bajada del nivel medio de la literatura, de los editores, de los lectores…). Además, está contado de una forma divertida y ocurrente (me he reído mucho con algunos pasajes, como el referente a la existencia de las agentes literarias, que siempre, apunta Dalmau, son mujeres, y que sirven para contrarrestar el peso del editor, que siempre suele ser un hombre, formando así la figura freudiana del editor-padre y la agente-madre). El texto está plagado también de anécdotas sabrosas sobre el mundillo literario. Ya he apuntado la de Carmen Balcells y la biografía de Cortázar, pero hay aquí también historias jugosas sobre Pere Gimferrer (una pura contradicción de Dalmau: después de cargar contra los escritores que buscan favores en vez de tratar de escribir bien, ataca a Gimferrer porque no le publicó su novela, pese a todas las recomendaciones del joven Dalmau gracias a sus contactos familiares. Me reí mucho con esto. ¿Gimferrer villano o héroe?), Enrique Vila-Matas o Pedro Maestre, pero no quiero contarlas todas aquí para no estropear la sorpresa a los lectores.


Un libro valiente, en definitiva –visceral, subjetivo, divertido y contradictorio, también–, que se atreve a afirmar, en voz alta y con nombres propios, lo que normalmente se dice en voz baja en los cada vez más mermados círculos literarios. Cuando escribo esta reseña, leo en facebook que ya ha aparecido la tercera edición de este libro. Me alegro y espero que La mala puta sea motivo de reflexión y debate.