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domingo, 11 de enero de 2026

Los nuevos, por Pedro Mairal


 Los nuevos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 435 páginas. 1ª edición de 2025

 

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos. He leído de él todo lo que se ha publicado en España, desde que me acerqué a su primera novela, Una noche con Sabrina Love (1998), que leí sobre 2002 en la edición de Contraseñas de Anagrama. Seguí, más tarde, su pista por Salto de Página y El Aleph, las editoriales que le publicaron, después de Anagrama, en España, donde su obra estuvo algo dispersa hasta que Libros del Asteroide publicó La uruguaya (2016) y empezó a ser un autor más conocido. Esto hizo que esta editorial rescatase toda su obra anterior. Después de este éxito, en 2019 apareció otro libro en España, en este caso de relatos y en la editorial Destino: Breves amores eternos (2019), formado por dos colecciones de relatos, Breves amores eternos (2019) y Hoy temprano (2001), que unía su nuevo libro de relatos, con uno de 2001, inédito en España. Este contacto con la editorial Destino, ha hecho que su nueva novela, Los nuevos (2025) aparezca en ella.

 

Los nuevos está formada por cuatro partes. La primera se titula Bandera de los veranos, y en ella nos acercamos a la primera persona de Thiago, un joven de diecinueve años que, en las primeras páginas de su relato, sabremos que se encuentra recluido en una institución psiquiátrica, de la que está planeando escapar. Mientras conversa con una psicóloga, recordará su historia. La psicóloga le insiste para que escriba sus recuerdos del verano, cuyos sucesos le han conducido a la institución psiquiátrica, para lo que le regala un cuaderno. «Otra razón por la que no escribiría nada es porque tendría que hablar mierda de todo el mundo.», leemos en la página 26. Es un recurso interesante este: Thiago no está escribiendo en su cuaderno, pero piensa –y el lector acabará leyendo este texto sobre sus pensamientos– en lo que escribiría en el cuaderno si escribiera. La madre de Thiago se ha muerte de cáncer no hace mucho tiempo y el vive con su padre, la nueva pareja de su padre (el padre y la madre estaban separados desde hacía años) y Vini, el hijo de los dos, de cinco años. Durante el verano la familia se traslada a La Lobería, un conjunto de cabañas cerca del mar, en el que gente de clase media alta de Buenos Aires pasa por hippies, Thiago llama a La Lobería «toldería chill out». Allí se va a encontrar con Pilar, una amiga de su edad, con la que mantiene una relación intermitente o no del todo definida como pareja, ya que Thiago tiene pluma y se siente atraído por los hombres. De su discurso no acaba de quedar claro si es bisexual, o un homosexual aún no reconocido ante sí mismo. Me gusta la descripción que hace Thiago del negocio de Aguirre, un hombre que alquila caballos para pasear, y al que Thiago ha ayudado durante los últimos veranos. Son muy bellas las descripciones que hace de lo que le gustan los caballos. Esa idea de Thiago en una institución psiquiátrica, despotricando de la falsedad del mundo de los adultos, me ha recordado al tono reflexivo y desesperado de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.

 

Al principio, había supuesto que Mairal iba a hablar desde su experiencia personal y que sus personajes de diecinueve años, estos «nuevos» a los que alude el título, lo iban a ser en 1989, cuando el propio Mairal tenía esa edad, pero no es esto lo que ocurre en la novela. El tiempo narrativo de Los nuevos está apegado al de la escritura de la novela; así, por ejemplo, la final del mundial de futbol de Qatar, en la que Argentina ganó a Francia, y que tuvo lugar en diciembre de 2022, va a ser un hecho importante en la novela y que marca de forma clara el espacio temporal. Al evocarse aquí la primera persona de jóvenes de diecinueve años, Mairal usa para ellos un vocabulario cercano a la oralidad bonaerense de ahora, pero esto ocurre, claro, de forma muy controlada, y, en general, el lenguaje es evocador y poética sin ser recargado. Un rasgo de estilo es que las palabras en inglés, así como los títulos de libros o canciones están en el texto sin cursivas.

 

En la segunda parte, titulada My name is Bruno, conoceremos a Bruno, que es el mejor amigo de Thiago, y ha sido su compañero de clase en el colegio. Mientras Thiago pasaba el verano en La Lobería, Bruno está en Wisconsin, donde le han mandado sus padres para que estudie Economía, aunque él no siente mucha simpatía por estos estudios y lo que, en realidad, le gusta es la música. Thiago, Bruno y Pilar han tocado juntos en el colegio y la música es una de sus pasiones. Desde el verano del hemisferio sur nos trasladamos al frío del hemisferio norte. En la primera parte ya habíamos oído hablar de Bruno, porque se cambia mensajes con Thiago y este nos ha hablado de él. El frío será uno de lo símbolos de la soledad de Bruno en Estados Unidos. Además le conoceremos durante las vacaciones de invierno, cuando casi todos los estudiantes se van a sus casas y él ha decidido no volver a Buenos Aires y permanecer en un campus cada vez más vacío. Esta segunda parte está narrada en tercera persona, pero al igual que ocurría en la primera, el lector irá recibiendo información adelantada de los sucesos que se van a narrar. Esta segunda parte va a acabar siendo mi favorita del libro, aunque, en apariencia, nos cuente una historia de sobra conocida: chico conoce chica más desamor posterior. My name is Bruno es, en sí misma, una magnífica novela corta, que se podía haber publicado de manera independiente al volumen. La soledad juvenil, sus sueños y sus anhelos están narradas de un modo magistral, con una escritura repleta de escenas bellísimas. Me ha llamado la atención la precisión en los detalles, a la hora, por ejemplo, de describir cómo funciona el campus universitario, como si Mairal (así puede ser) lo conociera de primera mano. Me ha encantado la descripción sobre cómo surge el amor o la amistad de Bruno con otros latinos. Esta segunda parte se insertaba muy bien en la poética de la narrativa breve estadounidense, y me ha recordado Mairal aquí a la forma de contar de escritores como Tobias Wolff o Richard Ford.

 

La protagonista de Las mudanzas –la tercera parte– va a ser Pil, pero la forma de hablarnos sobre ella es bastante ingeniosa: el narrador (en principio) es Thiago que nos hablará sobre Pil, y decidirá usar la primera persona de ella. Quizás más adelante tengamos alguna sorpresa sobre este tema ¿Thiago habla como si fuera Pil o es la propia Pil la que finge ser Thiago para hablar de sí misma?

Si bien, Thiago podía estar aquejado de algún desequilibrio mental y Bruno tiene conflictos con su madre, por su futuro profesional y su peso, Pilar, huérfana de padre desde muy niña, es posiblemente la que más conflictos tenga con su madre, que se fue a Barcelona con una nueva pareja y la dejó a cargo de su abuela. Quizás la historia de Pilar sea la más desesperada de las tres, porque su madre acabará arrinconándola con la intención de obligarla a que se mude a Barcelona con ella. La abuela, ludópata y vividora, es un gran personaje. Los nuevos es una gran novela de personajes principales –Thiago, Bruno y Pilar–, pero me gustaría destacar también el gran elenco de personajes secundarios bien perfilados que atraviesan el texto. Mairal, como ya ha demostrado en sus otras obras, tiene un gran instinto narrativo para describir escenas significativas plagadas de detalles atractivos que siempre resultan verosímiles.

Diría que, en gran medida, Mairal ha vuelto a sus orígenes narrativos, a aquellos en los que describía también el paso de la adolescencia a la edad adulta en Una noche con Sabrina Love (1998), con todos sus sueños, esperanzas y sin sabores.

Los nuevos me ha parecido una grandísima novela sobre el paso de la adolescencia a la edad adulta, que confirma a Mairal como uno de los autores latinoamericanos más en forma del panorama actual. Es posible que nos encontremos ante su mejor novela hasta el momento.

 

domingo, 31 de agosto de 2025

El Eternauta, por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López


El Eternauta
, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López

Editorial Planeta. 373 páginas. 1ª edición de 1957-59; esta es de 2022

Prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain

 

Entre abril y mayo de 2025, empecé a recibir información sobre el estreno en la plataforma Netflix de la serie de seis capítulos El eternauta, dirigida por Bruno Stagnaro y protagonizada por Ricardo Darín. También empecé a leer comentarios sobre que esta serie estaba basada en un cómic mítico argentino del mismo nombre, que se publicó, por entregas, entre 1957 y 1959, en la revista Hora Cero. El cómic estaba escrito por Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919 – Desaparecido, 1977) y dibujado por Francisco Solano López (Buenos Aires, 1928 – 2011). Ya he contado alguna vez que, cuando va a llegar el verano, me suele apetecer leer libros de ciencia ficción o terror, porque son géneros que asocio a la libertad adolescente de las vacaciones escolares, y me empezó a llamar la atención este cómic de El eternauta, con prometedoras dosis de ciencia ficción y terror. También he contado más de una vez que me suelen gustar las narraciones apocalípticas. Se lo solicité a Planeta Cómic para poder leerlo y reseñarlo, y ellos me lo enviaron.

 

No es habitual que yo lea cómics, pero tampoco ha sido algo inédito en mi vida adulta. He leído, por ejemplo, Todo Paracuellos de Carlos Giménez, o una amplia antología de American Splendor de Harvey Pekar.

 

No he visto la serie de Netflix, aunque me han hablado de ella; así que he llegado al cómic con una mirada pura sobre lo que me iba a encontrar. Recomiendo al lector del cómic que espere al final de su lectura para acercarse a los prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain, que acompañan a esta edición de Planeta Cómic de 2022. Alguna vez he hablado en mi canal de YouTube -Bienvenido, Bob- sobre la irrelevancia de los llamados «spoilers» en la literatura, si pensamos que esta tiene más que ver con el «cómo se dice» que con el «qué se dice». En otras palabras, para cualquier lector literario que acometa, por primera vez, la lectura de El Quijote, debería ser irrelevante, para el placer que va a obtener de un libro como este, saber que, al final de la historia, nuestro loco de La Mancha, muere cuerdo en su cama o no saberlo. Sin embargo, para una narración (sin dejar de ser literaria) como El Eternauta, donde la sorpresa y la sensación de maravilla con que el lector se va a encontrar, casi en cada página, revelar los secretos de la narración sí puede ser significativo. Señalaré solo algunos asideros argumentales que ocurren muy al principio de la historia.

 

De entrada, debería comentar que El Eternauta cuenta con dos narradores principales (llegará a existir, durante unas breves viñetas, un tercero). El primero de ellos es Oesterheld, el creador de la historieta, que en una madrugada, sobre las tres de la mañana, trabaja en su casa con la ventaba abierta para poder mirar las estrellas. Enfrente de la mesa en la que escribe se empieza a materializar una figura, vestida con una ropa extraña. Durante toda esa noche, esta «figura», a la que acabará llamando «el Eternauta». Así se dará paso al segundo narrador de la historia, el Eternauta, que nos contará que se llama Juan Salvo y que vivía en Vicente López, un municipio al norte de la ciudad de Buenos Aires. Salvo no es alguien rico, pero «mi pequeña fábrica de transformadores me permitía vivir a gusto» (pág. 17). Cuando El Eternauta se materializa ante Oesterheld, se da una coordenada temporal. Dice el Eternauta: «No necesitas contestarme, ya sé que estoy en la Tierra. A mitad del siglo XX, alrededor del 1957» (pág. 14). En la viñeta siguiente leemos: «Esto último lo dijo mirando los libros sobre la mesa. Y las revistas: había un magazine de actualidad con la foto de Krushchev en la tapa». En la página 87 se nombrará a la perrita Laika. Como vemos, el contexto histórico en el que escribió el cómic es el de la guerra fría. Este dato será importante para comprender cuál es la primera interpretación que los personajes dan a los sucesos extraños de los que ellos van a ser testigos.

 

El Eternauta, le contará a Oesterheld que, la noche que comenzó toda su aventura extraordinaria, se encontraba, como tantos otras veces, jugando al truco en la buhardilla de su chalet con sus amigos. Su mujer, Elena, lee en la cama, en la planta de abajo, y su hija, Martita, está ya durmiendo. Esta imagen de los amigos jugando al truco enseguida se me hizo muy representativa de la cultura argentina, pues el mismo Jorge Luis Borges tiene un poema sobre el truco, que acaba siendo una metáfora de la repetición, del eterno retorno, poema que apareció en Fervor de Buenos Aires (1923). La apacible partida se ve interrumpida porque se va la luz. No se oyen ruidos. Algo está sucediendo. Ha empezado a caer una inesperada nevada fosforescente. Los amigos pronto se dan cuenta de que no deben salir de la casa ni abrir las ventanas. Al entrar en contacto con los copos de nieve, las personas mueren. «Todo hasta donde se podía ver, se cubría ya de aquella nevada. Nevada irreal, nevada de dibujos animados Y mortal, terriblemente mortal…» (pág. 20).

En su prólogo, Guillermo Saccomanno nos explicará que existe una interpretación política sobre el tema inicial de El Eternauta, sobre esa nevada mortal en Buenos Aires. En 1955, los cazas de la Marina de Guerra bombardearon la Plaza de Mayo, tratando de acabar con el peronismo. Estos bombardeos mataron a más de 400 personas.

 

Los protagonistas de la historia, encerrados en la casa de Juan Salvo, que aceptan rápido todo lo que está ocurriendo, sellarán cualquier apertura de la casa con la idea de atrincherarse dentro. Pronto sabremos que la buhardilla de la casa contiene bastante material útil para la supervivencia, porque Salvo y sus amigos tienen aficiones científicas. Así, por ejemplo, Favalli, que va a ser uno de los protagonistas de la historia, es profesor de física en la universidad. Poco antes de que los acontecimientos extraños hayan comenzado, por la radio han escuchado hablar de un ensayo radioactivo, por parte de Estados Unidos, que ha generado polvo radioactivo. Otro de los amigos tendrá en la buhardilla de Salvo un contador Geiger, lo que le permite comprobar si afuera de la casa hay presencia radioactiva. Pronto sabrán que no, aunque la suposición de que la muerte debida a la nieve fosforescente está relacionada con las explosiones atómicas estadounidenses será una hipótesis a barajar en el comienzo de la historia. Ya he dicho que nos encontramos en el contexto de la Guerra Fría. Transformarán también una radio para que funcione a pilas y así saber qué noticias llegan (si alguien está emitiendo) del mundo exterior. Y no será difícil para ellos hacer trajes con una máscara incluida y un filtro, que les permitan salir de la casa y explorar los alrededores sin sucumbir a la toxicidad de la nevada.

Este comienzo, en el que los protagonistas poseen conocimientos científicos y capacidad para usar materiales con los que fabricar productos, que les ayudarán a salir adelante, me ha recordado a las historias escritas por Julio Verne. Aunque, cuando era niño, acabé leyendo algunas de las novelas escritas por Verne, en principio recibí sus creaciones en forma de cómics. Cuando tenía unos ocho años, mi padre me regaló unos libros de tapas duras que se titulaban Grandes novelas ilustradas, y el primero que leí contenía diez historias en forma de cómic, hechas a partir de las novelas de Julio Verne; siempre contadas en 30 páginas. De hecho, incluso la forma de dibujar los rostros de Francisco Solano López me ha recordado a cómo se dibujaban algunos personajes de aquellas Grandes novelas ilustradas. Aunque, en cualquier caso, debo añadir, que el detalle de los dibujos de Solano López es superior a aquellos. He leído que, para esta edición de Planeta Cómic, algunos dibujos originales han sido restaurados. Creo que también están aquí presentes los trazos típicos de los cómics bélicos de la época.

El papel de las mujeres en el cómic es muy limitado (solo aparecen tres), con roles muy secundarios, frente a los hombres, y en cualquier caso muy alejados de la acción. Por lo que me han contado, esto ha sido actualizado en la serie, otorgando a las mujeres más protagonismo.

 

Existe una primera parte del cómic en la que los personajes se organizan para sobrevivir en la casa de Salvo, como si se trataran de Robinsones urbanos; de hecho, se cita la obra de Daniel Defoe. Quizás sea esta parte la mejor de la obra, la más misteriosa y desconcertante. Los personajes se van a cruzar con otros supervivientes, con los que quizás tengan que enfrentarse por conseguir los recursos escasos. En este sentido, El Eternauta me ha hecho recordar algunos planteamientos de series mucho más modernas como The Walking Dead, que se empezó a emitir en 2010, más de 50 años después de que apareciera el cómic argentino. The Walking Dead está basado en un cómic, escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony Moore y Charlie Adlard. Sin embargo, los supervivientes decidirán unirse cuando descubran que tienen un enemigo común, desconocido y misterioso.

 

El Eternauta se publicó en la revista Hora Cero, entre 1957 y 1959, al ritmo de tres páginas por semana. Esto hace que sea frecuente encontrar una última viñeta de página (que hacía la tercera de esa semana) y que la siguiente recoja una información muy parecida, que sirve para recordarle al lector el punto en el que se quedó la historia la semana anterior. Sin embargo, esto no supone ningún problema para el lector actual. He leído en algún comentario sobre el cómic en internet que, para los cánones actuales, resulta excesivo su texto, porque hay pequeñas viñetas verticales que no contienen dibujo sino simplemente texto explicativo. A mí tampoco esto me ha parecido que fuera ningún problema. Sin embargo, sí que he tenido la sensación de que hay ideas que, de forma continua, se repite su exposición en el texto, o bien en la parte que corresponde al narrador, o en los bocadillos de los personajes. Por ejemplo, en la primera salida de la casa de Salvo, al observar la magnitud de la tragedia acontecida, al ver a los muertos, repite varias veces la idea de que ellos tuvieron suerte por tener todas las ventanas cerradas, pero que la gente a la que la nevada le pilló con alguna puerta o ventana abierta pereció. Esto insistencia en ideas ya señaladas es un rasgo de estilo, que se va a repetir a lo largo de la narración. Quizás estos subrayados quitan algo de sutileza a lo contado; pero imagino también que se tratan de convencionalismos del género, sobre todo en publicaciones que había leer de semana en semana.

 

En cualquier caso, lo que verdaderamente consiguen Oesterheld y Solano López es una historia vibrante y llena de tensión narrativa, en la que el lector se encuentra siempre en vilo; siempre queriendo saber qué va a ocurrir en la siguiente página (de hecho, más de una vez me he descubierto adelantando viñetas con la vista, porque no podía contener la curiosidad). Es posible también que una lectura más atenta o analítica nos haga cuestionarlos los límites de la verosimilitud narrativa, puesto que la intensidad de lo contado es tanta, que uno diría que los personajes no hacen nunca una pausa para dormir o comer, por ejemplo. Por supuesto, Oesterheld y Solano López, en su afán de rizar el rizo narrativo, va a situar a los personajes al borde continuo de precipicios narrativos, y se van a librar de una muerte inminente por una pirueta narrativa, a la que acceden por la casualidad o por una solución improvisada a última hora; una casualidad o una solución improvisada común al género de aventuras (muy usada en películas y novelas: se abre una trampilla al final, los personajes se lanzan a un río desde un precipicio, etc.) que podríamos llamar «el método Scooby-Doo» de resolución de escenas narrativas. Con esto no quiero ser despectivo con los recursos narrativos de Oesterheld, porque entiendo que la forma de narrar esta historieta ha de conducir, por fuerza, a este tipo de resoluciones, donde juega un papel importante el pacto narrativo entre autor y lector. También nos vamos a encontrar con otro convencionalismo presente en este tipo de historias: van a morir muchas personas según avanza la trama, pero si algún personaje ha sido individualizado de forma significativa existen altas posibilidades de que su muerte sea aparente y que aparezca de nuevo (cuando el lector le da por muerto) de forma sorpresiva.

En realidad, pese a estos pequeños detalles, en apariencia negativos que muestro aquí, y como ya he apuntado, me ha parecido que esta historieta era muy adictiva y que el lector, de forma continua, desea seguir leyendo para saber hacia dónde se encamina. Desde el principio, en cualquier caso, el lector sabe que Juan Salvo tendrá que entrar en contacto con una máquina del tiempo, o un aparato similar, para poder convertirse en «el Eternauta», un viajero del tiempo.

 

El Eternauta tuvo una continuación, a cargo de Oesterheld y Solano López, en 1976. Años antes Oesterheld se había unido a los montoneros. Esto hizo que, con la dictadura de Videla, Osterheld tuviera que vivir en la clandestinidad, y a veces dictaba sus textos desde un teléfono para que los pudiera recoger Solano López. Finalmente, Oesterheld se convirtió –junto con sus cuatro hijas y sus yernos– en uno de los desaparecidos por la dictadura argentina. Elsa Sánchez, esposa de Osterheld, también fue secuestrada, pero sobrevivió y se convirtió en una de las fundadoras de las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Planeta Cómic no ha sacado, al menos en España, esta segunda parte de El Eternauta, pero espero que, gracias al éxito de la serie de Netflix, y la consiguiente revitalización de esta historia, se plantee hacerlo; porque me interesaría leerla. En definitiva, El Eternauta me ha parecido una gran historia, que he leído con gran sentido de la sorpresa y la maravilla, que es como se deben leer las historias de aventuras.

domingo, 13 de abril de 2025

Tennessee, de Luis Gusmán


 Tennessee, de Luis Gusmám

Editorial Contrabando. 138 páginas. 1ª edición de 1996, esta es de 2020.

En 2019 me sorprendió muy gratamente la lectura de Villa (1996) de Luis Gusmán (Buenos Aires, 1944), un autor argentino del que nunca había oído hablar y que en España publicaba la pequeña editorial Contrabando, ubicada en Valencia. Villa hablaba sobre las personas que, en las dictaduras, considerándose apolíticas, tratan de seguir con su vida, mirando siempre para otro lado cuando las consecuencias de esas dictaduras irrumpen en su entorno. Era una novela escalofriante. La elegí entre mis diez novelas argentinas favoritas del siglo XX. Esto hizo que en mi primera visita a la librería Lata Peinada, que abrió su sucursal de Madrid en 2020 (ya ha cerrado) comprara, entre otros libros, Tennessee (1996) de Luis Gusmán. Sin embargo, mi habitual desbarajuste de lecturas, que hace que dé prioridad a aquellos libros que solicito a las editoriales y postergue los que compro, ha hecho que no me haya acercado a esta novela hasta cuatro años después. Por fin, en el verano de 2024, me acerqué a la lectura de Tennessee.

De entrada, me llama la atención constatar que Tennessee se publicó en Argentina el mismo año que Villa. Imagino que Luis Gusmán las habría escrito durante los años anteriores y no tuvo, en principio, mucha suerte a la hora de encontrar editores para sus obras. Lo que, dada su calidad, me resulta extraño.

El personaje principal de Tennessee es Walenski, un cincuentón que, hace años, trabajó como «pesista» o persona que realiza espectáculos levantando pesas. En el mundo de las pesas, le introdujo su amigo Smith, con el que había trabajado en un camión frigorífico de reparto de carne. Smith, en el pasado, llegó a ser medalla de oro, como levantador de pesas, en los juegos olímpicos de Tennessee. Tuve que comprobarlo en internet: nunca ha habido unos juegos olímpicos en Tennessee. Esta ciudad, que da título al libro, simboliza el lugar de la felicidad al que Smith siempre ha soñado con volver, como se sueña con volver, en realidad, no a un lugar físico, sino a la propia juventud y al mundo del éxito y la esperanza. Para Walenski, sin embargo, Tennessee simboliza la idea de aquello que ya no podrá alcanzar nunca, porque tiene más de cincuenta años, y en el pasado nunca llegó a ser tan buen pesista como su amigo.

Walenski vive y trabaja en el Regatas, un club náutico, bastante decadente, a las afueras de la ciudad de Buenos Aires, que, según sople el viento o no, puede impregnarse de un olor fétido. En realidad, el Buenos Aires que retrata Luis Gusmán en esta novela no es, en ningún caso, el de las postales turísticas, sino un Buenos Aires de arrabales, de villas miseria y de oscuridad. Así, por ejemplo, se nos hablará de robos habituales en funerarias o en visitas a los cementerios. «Las viejas hablaban del miedo que les daba ir al cementerio, ubicado cerca de la vía, en los fondos de una villa. “Porque cuando suben las escaleras para poner flores en los nichos altos, desde abajo, pendejos, sobre todo pendejos, les mueven la escalera y las amenazan hasta obligarlas a tirar los monederos. La gente va sin plata, sin relojes, solo con las flores en la mano, cuando los pétalos vuelan por el aire es señal de que han tirado a alguien”» (pág. 20)

«La ciudad tiene otra ciudad clandestina adentro, como si fuera un guante. Hay garitos, peleas a muerte entre perros, lucha entre mujeres; sólo hay que leer los avisos del diario para enterarse.», leemos en la página 96.

Walenski, pese a su tamaño y sus músculos, se siente un hombre desamparado, un hombre que creció sin padres, al amparo de Ema, una mujer que lo había criado, al igual que a otros niños, que son para Walenski sus «hermanos de leche». Cuando comienza la acción de la novela, Ema acaba de morir, lo que le sumirá en una honda tristeza. Para Walenski

ya pasaron sus mejores años y la hernia que le está creciendo, cada vez más, en el abdomen le está haciendo pensar que ya no va a desear, dentro de poco, que le vean desnudo ni las prostitutas que suele frecuentar.

Después de acercarnos, durante unos breves capítulos, al mundo de Walenski, la narración va a empezar realmente cuando este reciba la visita de Deganis, un abogado de la ciudad, que le preguntará por Smith, al que no consigue localizar y que quizás esté relacionado con el pasado de Salermo, el dueño de una de las fábricas más importantes del barrio de Avellaneda y que ha muerto hace poco. Deganis le comunica a Walenski que, quizás, Smith hubiera estado extorsionando a Salermo por algo que sabía de su pasado, y ahora está empezando a extorsionar a su hija Telma, la cliente de Deganis.

En principio, Tennessee se desarrolla bajo los parámetros de una novela negra, más o menos clásica. Walenski, ejerciendo de detective, tendrá que averiguar dónde se oculta su antiguo amigo Smith. Para ello deberá –como marcan los parámetros del género– visitar algunos de los lugares más sórdidos de la ciudad. Por supuesto, en Tennessee también habrá una bella mujer, Telma. Pero, como en toda buena novela negra –o en toda buena novela, en general–, no hallaremos en Tennessee simplemente la narración de una persecución, sino que la historia irá haciéndonos comprender los lazos que han unido, y siguen unido, la vida de estos dos personajes: Walenski y Smith. «Hace mucho tiempo que para la gente nos hemos convertido en una sola persona. No es la primera vez que para encontrar a Smith me vienen a buscar a mí. Si le digo que hace mucho que no lo veo no me va a creer.», leemos en la página 24.

El texto, escrito en tercera persona, nos acerca al punto de vista de la historia de Walenski, pero no siempre es así. De este modo, me sorprendió que en la página 75 empieza un capítulo que se fija en las andanzas de otro personaje, al que Walenski ha tenido que ir a buscar a Pehuajó, un pueblo de la provincia. Los escenarios decadentes no solo se limitan a las afueras de Buenos Aires, sino que también se adentran en su provincia. En los capítulos de Pehuajó conoceremos a Ordóñez, un siniestro jefe de policía, que nos acerca a los presupuestos de Villa, puesto que el narrador nos insinuará que Ordóñez ha sido un torturador en los tiempos de la dictadura de Videla y que, ya en democracia, ha seguido teniendo la capacidad de ejercer su poder con abuso de autoridad; por ejemplo, sobre sus rivales sexuales.

Sin grandes excesos verbales, la prosa con la que Gusmán ha escrito Tennessee es precisa y bella. Me gusta, por ejemplo, la limpieza de esta frase con la que comienza una escena: «Los días fueron pasando como el río, lentos, oscuros, estancados.» (pág. 54). Es destacable la maestría con la que el autor maneja el flujo de la información que le da al lector; cómo la retiene, la sugiera o la expande en los cortos capítulos de la novela.

Entre Villa y Tennessee me quedó con Villa, pero, como ya he dicho, Villa es una novela que me gusta mucho, y Tennessee, pese a no llegar a la hondura de Villa, sigue siendo una gran novela corta, que me ha hecho disfrutar mucho en el caluroso julio de 2024. Como punto final, me gustaría reivindicar la obra de Luis Gusmán, un autor poco conocido en España, y también reivindicar la gran labor de las editoriales pequeñas como Contrabando.

domingo, 20 de octubre de 2024

El limonero real, por Juan José Saer


 El limonero real, de Juan José Saer

Editorial Planeta. 287 páginas. Primera edición de 1974

 

Encontré la primera edición de El limonero real (1974) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en la librería de segunda mano Ábaco en el verano de 2010, y no lo he leído hasta más de una década después. Ha permanecido en mis estanterías de libros por leer durante trece años, ya que lo acabé leyendo en el verano de 2023. Y esto a pesar de que sobre 2010 yo sentía mucha admiración de la obra de Saer. Recuerdo incluso que un compañero del colegio en el que trabajo, años después de haber comprado El limonero real, me prestó su novela Nada Nadie Nunca (1980), y con ella ya solo me quedaba leer de la narrativa de Saer El limonero real. A veces ni yo mismo entiendo muy bien por qué sigo comprando libros y no me acerco a los que tengo acumulados en casa sin leer. Creo que no me gustaba la portada de la primera edición de Planeta (lo que es absurdo, porque he leído el libro quitándole la camisa), o bien no me ponía con él porque tenía miedo a que me aburriera o decepcionase (no ha sido así).

 

El caso es que a falta de una semana de mis largas vacaciones de profesor (en el verano de 2023) había acabado la extensa novela Los gozos y las sombras de Gonzalo Torrente Ballester, y me decidí a entrar en septiembre leyendo la última novela de Saer que me faltaba.

 

«Amanece.

Y ya está con los ojos abiertos.»

Estas son las primeras palabras de la novela, que se irán repitiendo periódicamente como un leitmotiv. Wenceslao tiene unos cincuenta años y se despierta en su rancho, construido por su padre en una de las islas del Paraná. Allí vive con su mujer, de la que no sabremos nunca el nombre. De forma más insistente que en otras obras de Saer, en El limonero real la evolución de las horas, con sus variaciones de luces y sombras sobre el mundo, va a ser un tema central de la construcción. Vi una intervención de la crítica argentina Beatriz Sarlo en el programa de televisión Los siete locos, donde afirmaba que Saer era el principal narrador argentino que ponía la poesía como centro de su construcción ficcional. Esta idea es fundamental para comprender El limonero real: muchas de sus páginas se pueden leer como poemas, en las que el autor celebra y se va fijando en elementos de la naturaleza; en el cambio de la luz según avanzan las horas del día, por ejemplo.

La acción de El limonero real transcurre en un solo día, que se corresponde con un fin de año, y Wenceslao va a acudir a celebrarlo en la casa de los familiares de su mujer, en la orilla del río. Su mujer no va a querer ir con él, a ver a sus hermanas, porque aún quiere guardar luto, después de que su único hijo muriera seis años atrás. El hijo tenía veinte años y, después de cumplir con el servicio militar, se fue a trabajar a la ciudad como peón de albañil. Un accidente laboral le causará la muerte, un hecho que marcará las vidas de Wenceslao y su mujer. Acabaremos sabiendo que Wenceslao abandonó, durante un tiempo, sus obligaciones en el rancho y cayó en el alcoholismo, pero de esa etapa ya se ha recuperado en el momento de la narración. Aunque también comprenderá, que su mujer, después de la muerte del hijo, ha pasado a ser una persona a que nunca llegó a conocer bien en realidad.

Como es habitual en las obras narrativas de Saer, no se especifica el lugar concreto donde se ubica la acción, pero, por algunas características, que se repiten de un libro a otro, se sabe que cuando habla de «la ciudad», se refiere a Santa Fe, ciudad a la que Saer y su familia se trasladaron a vivir en 1948, donde estudió y empezó a trabajar como periodista. En El limonero real aparece el «puente colgante» de otras historias, puente cercano a la ciudad, y también aparece el pueblo de Rincón, cercano a Santa Fe.

 

Wenceslao se despierta con el día, saluda a sus perros y sale al patio de su rancho. Me ha llamado la atención cómo el narrador (Saer) le va explicando al lector con qué nombres Wenceslao y su mujer se refieren a las estancias y lugares que constituyen su mundo en la isla, como si, de forma simbólica –el simbolismo es importante en esta obra–, estas dos personas fuesen la pareja inicial del alumbramiento del mundo y tuvieran la tarea fundacional de nombrar a la realidad que les rodea. Algo parecido ocurría en las primeras páginas de Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, autor por el que Saer no sentía mucha simpatía.

En estas primeras descripciones de la isla destaca una construcción lingüística que, de nuevo, se irá repitiendo a lo largo de la novela: «los árboles que nadie plantó», que están ahí desde que llegaran las personas, y que seguirán allí cuando éstas desaparezcan. Estos árboles suelen ser de una especia llamada «paraíso», y seguimos con la carga simbólica de la narración. Sin embargo, el árbol que destaca en la isla, por encima de los demás, serán el limonero real, que se evoca en el libro, y que en el texto aparece por primera vez en la página 36: «El limonero real está siempre lleno de azahares abiertos y blancos, de botones rojizos y apretados, de limones maduros y amarillos y de otros que todavía no han madurado o que apenas sí han comenzado a formarse. Desde que lo recuerda, Wenceslao lo ha visto siempre igual, pleno en todo momento, con ese resplandor blanco nimbándolo, el punto más alto de su ciclo en los grandes limones amarillos, los botones tensos y apretados a punto de reventar los limoncitos verdes confundiéndose entre las grandes hojas, oscuras en el anverso y de un verde más claro en el reverso.»

 

Como he dicho, la acción de la novela transcurre en un día, en un caluroso fin de año, pero –usando el recurso de la analepsis– también se narran hechos del pasado, importantes sobre todo para Wenceslao, como el del día que fue a conocer la isla en la que vive, con su padre, siendo él un niño. O un viaje que hizo a la ciudad, junto a su cuñado Rogelio (otro de los personajes principales del libro) para vender sandias, en un carro con un caballo con una pata dañada; una historia que el lector sabrá que se contará –otra vez– durante la comilona en la casa de los cuñados de Wenceslao.

 

La expresión «Amanece. / Y ya está con los ojos abiertos.» se irá repitiendo a lo largo de la novela, y Saer, como narrador, jugará con el tiempo de su historia. En más de una ocasión, va a hacer un compendio de lo que ha contado hasta ahora, sobre el día de la novela, y contará en esta nueva ocasión un detalle que no ha sido narrado previamente. Podría mostrar la realidad desde distintas perspectivas, parece decirnos Saer, y sería la misma, pero no las sensaciones que tendría el lector sobre ellas. Además, como ocurre en otras narraciones del autor, la comida y la cena serán narradas desde distintos puntos de vista, fijándose el narrador en la mirada sobre lo que rodea a cada personaje.

Además, no solo cambiará el punto de vista sobre lo narrado, sino que también lo hará el propio estilo narrativo. En un momento dado, Wenceslao hablará con su voz narrativa, cometiendo algunos errores sintácticos propios de alguien de escasa formación, e introduciendo en su discurso casi elementos fantásticos, en unas páginas en las que el lector entiende que Wenceslao está describiendo un sueño. En otra ocasión se usa una narración que imita el tono de una fábula infantil para hablar del pasado de Wenceslao y sus dos cuñados.

En otro momento, el lector descubrirá que los acontecimientos que había tomado como ordenados cronológicamente no han ocurrido así, y que esa percepción se ha debido a un nuevo truco narrativo de Saer.

 

Hacia la mitad del libro, los personajes visitas un almacén en el que sirven bebidas, y los clientes estarán hablando de las grandes inundaciones y sequias que han castigado a la región. De estos hechos, Saer ha hablando otras veces; en sus relatos, más que en sus novelas.

Es habitual que los personajes de Saer salten de una de sus novelas a otra, y he tenido la sensación de que aquí no ha ocurrido así. Aunque es cierto que leí las otras novelas de Saer hace ya tiempo y se me ha podido borrar alguna conexión. Hacia el final, el lector sabrá que la isla en la habitan Wenceslao y su mujer pertenece a una mujer que tuvo dos hijos mellizos. ¿Se tratará de Pichón y Tomás Garay, personajes habituales de Saer? Alguien me comentó en YouTube, cuando publique la vídeo reseña correspondiente a este libro, que así es.

 

 

Entiendo que haya lectores que no disfruten de un libro como El limonero real, en el que no ocurren demasiadas cosas, y cuya trama no contiene ningún «giro inesperado», pero, en lo que a mí respecta, he de decir que la calidad de la prosa poética de esta novela me ha resultado hipnótica, y me ha gustado mucho el virtuosismo de la ejecución, con esos cambios de puntos de vista, y esas vueltas y revueltas para narrar los mismos sucesos.

Me he encontrado ya con dos vídeos en YouTube, donde se comentaba El limonero real, en los que los comentaristas afirmaban que éste era el primer libro de Saer que leían. Imagino que esto se debe a que han encontrado, gracias a alguna lista, la idea de que El limonero real es el mejor libro del autor. Desde luego, éste es uno de los libros más ambiciosos de Saer, pero no estoy seguro de que sea el mejor; a mí hay otros, como Glosa o La grande, que me gustan más. Ninguno de los tres me parece, sin embargo, la mejor puerta de entrada a la obra del autor para un lector neófito. Como decía la crítica Beatriz Sarco, seguramente la mejor puerta de entrada es la novela Cicatrices, donde sí que aparecen algunos de sus personajes principales, y aquí el lector podrá descubrir si le interesa la propuesta de Saer o no.

Ahora mismo, en España, esta novela, y casi todo el resto de la obra de Saer, se puede encontrar en la editorial catalana Rayo Verde.

 

domingo, 25 de agosto de 2024

Trabajos, por Juan José Saer

 


Trabajos, de Juan José Saer

Editorial Seix Barral, 251 páginas. Escritura de los textos posterior al 2000; esta edición es de 2005

 

Compré Trabajos (2005) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en una Feria del Libro de Madrid, hace ya unos diez años. Lo compré en la caseta de un librero argentino que trae (o traía, porque los últimos años ya no lo he visto en el Retiro, parque donde se celebra la feria) libros editados en Argentina y no en España. Recuerdo el precio; era barato, solo 10 euros. Era un libro editado por Seix Barral Argentina, que no se comercializaba en España. Creo que lo compré en la época en la que estaba leyendo toda la narrativa de Saer y este libro, al ser de artículos periodísticos, se me fue quedando sin leer, hasta que a finales de 2023 me propuse leer todos los libros que me faltaban de Saer y me acerqué a El limonero real (1974), que lo había comprado también hace tiempo, y le solicité a la editorial Rayo Verde su edición de El concepto de ficción. Tras acercarme a este último libro, con textos sobre literatura, escritos por Saer entre 1965 y 1996, me pareció una buena idea seguir con Trabajos que recogía también textos sobre literatura, escritos a partir del 2000. Entre medias leí la novela Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel.

 

Los textos de Trabajos se publicaron principalmente en tres periódicos: Folha de Sao Paulo, El País de Madrid y La Nación de Buenos Aires. Esto hace que, en general, al tener que adaptarse al espacio que le ceden estas publicaciones, los textos de Trabajos sean más cortos que los de El concepto de ficción, ya que en este compendio había textos que Saer había escrito para reflexionar sobre sus lecturas, a título personal, y no habían sido publicados previamente en ningún medio. También diría que los textos de Trabajos, en general, son de línea más clara que algunos que se encontraban en El concepto de ficción, que necesitaban de un alto grado de concentración para seguirlos de un modo adecuado. El orden de los textos de Trabajos no es cronológico.

 

Como ya hice con El concepto de ficción, voy a destacar algunas ideas que me han llamado la atención de Trabajos:

 

El posmodernismo literario vendría a anunciar la muerte de las vanguardias, pero, según Saer, también existiría un argumento unido a la difusión y la recepción de la obra con el que no está de acuerdo: el posmodernismo, a la tiranía de las vanguardias, opone la democratización de la cultura y de este modo, según él, Isabel Allende y Juan Carlos Onetti serían los dos igualmente novelistas. No sé si hay que explicar que para Saer solo Onetti es un novelista. Para Saer esta idea del posmodernismo es liberal: otorgar valor a algo si tiene valor de mercado.

 

Saer habla de la representación de la realidad en la literatura, y compara la lectura de pasajes de la Biblia con la lectura de Homero. «Poco importa la verdad de una historia; es el uso que una sociedad hace de ella lo que cuenta. Las intensas visiones bíblicas repugnan a muchas inteligencias porque quienes suelen apropiarse de ellas con los fines más diversos, las decretan obligatoriamente ciertas, no alegóricas ni simbólicas sino auténticas, afirmación que ninguna mente crítica estaría dispuesta a aceptar.» (pág. 20)

 

Saer critica la narrativa de consumo que apuesta por la épica, la linealidad, la acción, la transparencia, y también la intriga excesiva, caracteres contrastados, conflictos temáticos, cuando, en realidad, el relato moderno, sobre todo a partir de El Quijote, basa su fuera en la antiépica.

 

El Ulises de Joyce acumula en cada uno de sus capítulos varios principios de organización que se superponen y se combinan. Proust compuso En busca del tiempo perdido de un modo opuesto, primero iba a ser un artículo, luego un cuento, una novela breve, y así hasta que todo se le acabó desbordando sin control.

 

Saer habla de la breve obra de Bartolomé Hidalgo (1788 – 1822), padre de la literatura gauchesca. En sus primeros poemas imitaba la retórica neoclásica, hasta que en 1816 aparece Cielito de la independencia, donde, a través de las canciones populares, su lenguaje poético cobra vida. De aquí Saer reivindica el uso privado del lenguaje.

 

Saer habla de la inclusión o no de la Carta al padre en las obras completas de Kafka. «La Carta al padre sería un libro único sino hubieses sido escritas las Confesiones de San Agustín.» (pág. 46), los dos libros tienen una estructura idéntica.

 

Saer se pregunta si sobrevivirá la cultura argentina a la crisis del 2000. Para Saer la literatura argentina ha florecido siempre en medio de la violencia política.

Saer destaca la influencia de los autores brasileños sobre el resto de escritores latinoamericanos que escriben en español, así ensalza, por ejemplo, a Guimaraes Rosa.

 

«Los más grandes nombres de la creación novelística posteriores a Cervantes se confiesan deudores de ese texto inagotable.» (pág. 79), uno de los aportes fundamentales de Cervantes a la narrativa moderna en la moral del fracaso.

 

Saer elogia al poeta francés Francis Ponge, al que no conocía.

Saer pondera positivamente la primera traducción del Ulises, la de J. Salas Subirat.

 

Uno de los mejores artículos del libro es aquel en el que Saer pone en tela de juicio las famosas, pero cuestionables, opiniones sobre literatura de Vladimir Nabokov, las llama «las absurdas opiniones de Nabokov». En su libro sobre literatura, Nabokov afirma que piensa como un genio, pero opina Saer que nada lo justifica. Nabokov habla mal de Freud, Conrad, Eliot, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Dostoievski…, pero no escatima su admiración hacia cualquier profesor universitario que haya hablado bien de sus libros.

 

Saer elogia El hombre sin atributos de Robert Musil, a la que considera una de las grandes novelas alemanas.

 

Saer vuelve a hablar en Trabajos, como ya hizo en El concepto de ficción, del movimiento Nouveau Roman, «el último gran movimiento literario significativo de las letras francesas» (pág. 116) y ensalza de nuevo a Robbe-Grillet.

 

Es bonito el artículo sobre Felisberto Hernández, al que considera uno de los grandes autores del siglo XX.

 

Sartre apoyó y lanzó en Francia al autor maldito Jean Genet.

Saer ensalza la novela Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, que propone la historia no como objeto de representación, sino como tema. Saer no cree en los parámetros de la novela histórica: «Una novela escrita hoy en día y que transcurra en la Edad Media, es solo la proyección de un individuo actual en una fantasmagoría que él confunde con la Edad Media, y la cual sería tan inoportuno aplicarle el epíteto de “histórica” como a un baile de máscaras.» (pág. 145)

 

Es interesante el artículo sobre Robert Walser, quien, mientras estuvo internado en un sanatorio mental, escribía en trozos de papel minúsculos, y adaptaba sus escritos al espacio disponible. 526 manuscritos que necesitan de lentes de aumento para ser descifrados.

 

Saer, como ya hizo Borges, habla de Las mil y una noches y dice que al libro original se le han añadido historias que no proceden de la época en la que fue escrito, como la historia de Aladino y de Simbad el Marino.

 

Saer ensalza la figura del poeta argentino Hugo Gola.

 

Saer habla de la novela Bouvard y Pécuchet de Flaubert y dice que es precursora de la obra de Kafka.

Saer habla de la familia en la literatura, y nos recuerda, como dato curioso, que Sherlock Holmes tenía un hermano que trabajaba en el Foreign Office.

Saer recuerda al paraguayo Augusto Roa Bastos en Argentina. En Buenos Aires fue donde escribió su gran obra Yo el Supremo, cuyo rasgo principal dice que es la desmesura.

Saer habla del rechazo que sufrió, por parte de la crítica, la segunda novela de Dostoievski, El doble, después de la buena acogida que tuvo su primera novela, Las pobres gentes.

 

Es bonito el artículo en el que Saer cuenta cómo la literatura argentina entró en su vida. Los primeros versos de Martín Fierro no los leyó, sino que los escuchó en una película.

Saer vuelve a ensalzar el valor de la poesía brasileña y me llama la atención esta frase: «Vidas secas de Nelson Pereira do Santos, que a mi parecer es la obra maestra del cine latinoamericano.» (pág. 200), no conocía esta película y he sentido curiosidad por ella.

 

Saer rinde homenaje a su admirado poeta de Entre Ríos, Juan L. Ortiz, que murió en 1978. Para Saer, Ortiz es el más grande poeta argentino del siglo XX.

 

Quizás lo mejor del libro son las 45 páginas finales dedicadas a Juan Carlos Onetti. Sobre todo ensalza La vida breve, novela que, para Saer, transita entre el realismo y lo fantástico. Una novela en la que el protagonista Brausen crea la ciudad de Santa María, y sus habitantes saben que han sido creados por él, a quien levantan una estatua en una plaza, como fundador de la ciudad. Sin duda, debo al fin leer La vida breve, la obra fundamental de Onetti, que aún no he leído.

 

Los textos de Trabajos me han parecido más accesibles que los de El concepto de ficción, en general también eran más cortos. De Trabajos destaco, como ya he dicho esas 45 páginas finales sobre Onetti. Algunos otros de sus textos me han interesado menos, pero su nivel general es siempre alto.

domingo, 18 de agosto de 2024

El concepto de ficción, por Juan José Saer


 El concepto de ficción, de Juan José Saer

Editorial Rayo Verde, 346 páginas. Escritura de los textos entre 1965 y 1996; esta edición es de 2016

 

En el verano de 2023 leí El limonero real (1974), que era el último libro de la obra narrativa de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) que me faltaba por leer. Decidí entonces acercarme, a finales de 2023, a sus libros de ensayos. De esta forma, le solicité a la editorial Rayo Verde, que está acometiendo la valiente empresa de reeditar a Saer en España, que me enviara El concepto de ficción para poder leerlo y reseñarlo.

El concepto de ficción reúne textos escritos por Saer entre 1965 y 1996. Algunos aparecieron en diarios. Algunos otros son simples notas de lectura personajes, donde Saer habla consigo mismo sobre el oficio de escribir. El orden de este libro es el inverso al de la escritura, salvo en algunos casos en los que, para dar unidad temática al conjunto, se decidió cambiar algunos textos de lugar.

 

«Nunca sabremos cómo fue James Joyce» (pág. 13) así empieza el primer texto (que Saer no quiere llamar ni «ensayo» ni «artículo»), donde Saer afirma que los biógrafos de Joyce acaban metiendo ficción en sus obras. «Podemos por lo tanto afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario que la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad. En cuando a la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral.» (pág. 15) «Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha.» (pág. 16)

 

Uno de los textos que más me ha gustado del libro es el segundo, el titulado La perspectiva exterior: Gombrowicz en la Argentina. El escritor polaco vivió veintitrés años en Argentina y se relacionó con los escritores argentinos relevantes de la época. Llegó a conocer a Borges, pero no se resultaron simpáticos. Me ha interesado esta idea: una parte de la literatura que habla sobre Argentina no ha sido escrita en español. Durante algunas décadas en Argentina llegó a haber más ciudadanos nacidos fuera del país que en él y, nos dice Saer, parte de la que podría llamarse «literatura nacional» (un término al que critica) ha sido escrita en polaco, francés, inglés… En este sentido destaca la historia del ingeniero francés Alfred Ebelot que fue contratado por el gobierno argentino en 1875 para cavar una fosa de 500 kilómetros que frenara las invasiones indias. Ebelot escribió artículos en francés, para un periódico de Francia, pero, dice Saer, interpela a los argentinos y a la formación de su país.

 

En otro texto se habla de la pasión de Borges por la literatura inglesa, de la que, según Saer, destaca a algunos escritores de segunda fila, y su fobia por la francesa. Pierre Menard, considera Saer, es una crítica velada a Paul Valéry, una crítica a un plagiador.

Uno de los autores a los que más relee Saer es a William Faulkner, y elogia Santuario.

«Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama.», así elogia a la gran novela de Antonio Di Benedetto en la página 55.

 

En gran medida estos textos representan un recorrido por gran parte de la literatura argentina. Así, en la página 67, llegamos al Martín Fierro de José Hernández, que no se consolidó como la gran obra nacional hasta que la reivindicó como tal Leopoldo Lugones en una conferencia de 1913, hasta entonces se considera que había sido una obra celebrada por demasiada gente inculta.

Saer también homenajea a su amigo el poeta Juan L. Ortiz, al que considera uno de los grandes de la literatura argentina, aunque siempre se moviera en los márgenes. De hecho, en él está basado el personaje de Washington Noriega, habitual en sus novelas.

Sobre Roberto Arlt dice que le parece falsa la afirmación de que escribía mal, una acusación que alcanzó a autores como Shakespeare, Cervantes o Faulkner.

Saer carga contra la cultura oficial, «Si aceptamos la definición de literatura oficial como toda aquella literatura que es excedida y englobada por el sistema de pensamiento al que adscribe», «La verdadera literatura manifiesta o modifica aspectos más oscuros y complejos de la condición humana» (pág. 118), «Donde quiera que esté, el escritor escribe siempre desde ese lugar que lo impregna y que es el lugar de la infancia.» (pág. 122)

 

Saer habla del Facundo de Sarmiento, donde piensa que el repudio a la barbarie coexiste con la fascinación, como en el Martín Fierro también existe esa fascinación. Me ha resultado curiosa la idea de que para Borges el Martín Fierro, que es un poema, se podía leer como una novela, y que para Sabato el Facundo, que es un ensayo, también se podía leer como una novela.

Saer da una lista de grandes autores argentinos (en los que piensa que «el saber ocupa») y cita a los siguientes: Sarmiento, Lugones, Martínez Estrada, Macedonio Fernández, Juan L. Ortiz y Borges. Me ha gustado que en esta lista aparezca Martínez Estrada, porque hace no mucho me compré un libro con sus cuentos completos y este comentario ha hecho que me entren más ganas de leerlo. También Saer cita la más conocida parte ensayística de la obra de Martínez Estrada.

Saer dedica varios artículos a hablar de la Nouveau Roman francesa, y llega a afirmar que muchas de las obras destacadas de la narrativa occidental del siglo XX (Proust, Kafka, Musil, Svevo, Gadda, Virginia Woolf, Faulkner, Pavese, Beckett, etc.) cumplen con la idea de que su principal propuesta formal es rechazar lo habitualmente considerado como novelístico.

Es bonito el artículo en el que ensalza la obra de Felisberto Hernández, basada en recuerdos, sobre todo en Tierras de la memoria, Por los tiempos de Clemente Collins o El caballo perdido. Me gusta la especulación sobre que Felisberto llegó a leer a Sigmund Freud y esa influencia se ve en sus escritos.

Saer evoca su casa cuando tenía ocho años y su madre y sus hermanas escuchaban la «novela» en la radio, palabra que para él cambiará de significado cuando lea a Joyce o Faulkner a los veinte años.

Hay un artículo sobre Freud, en el que Saer sostiene que sus teorías son en gran medida literarias y, por esto, buscaba comparaciones y metáforas en el campo de la literatura y no de la ciencia.

Saer habla de La invención de Morel y del prólogo que le escribió Borges, donde dice que este último se equivoca porque escribe que esa narración es una reivindicación de la novela de aventuras, como si así fuera la de Bioy Casares, en contra de la novela psicologista, que es lo que realmente es La invención de Morel según Saer.

«El problema capital que se plantea la literatura es el de cómo representar. No el de qué representar, sino el de cómo.» (pág. 215), parece que en 1972 Saer ya hablaba de la irrelevancia de los spoilers en literatura.

Saer critica la última etapa creadora de Borges, El hacedor y El informe de Brodie, que le parece más simple que la anterior y no exenta de banalidad. Recuerdo que Piglia también hablaba de que la calidad literaria de Borges bajó mucho cuando se quedó ciego y tenía que dictar sus cuentos en vez de escribirlos. Aunque Saer parece más establecer una relación entre la decadencia literaria y las ideas políticas de Borges.

Saer se muestra crítico con la supuesta capacidad educativa de los medios de comunicación de masas (radio y televisión).

«La afirmación de Borges de que no se puede no ser moderno es un sofisma inteligente, pero deja de lado el detalle fundamental de que para un escritor hay un modo preciso de ser moderno, que consiste en saber qué es lo que ha hecho la literatura hasta el momento en el que él comienza a escribir y tratar de enriquecer formalmente esos resultados.» (pág. 233). Saer también piensa que ha ocurrido lo contrario: que, por ejemplo, la prosa de Borges ha influido en la forma de redactar revistas en Argentina.

Saer dedica un artículo a Lovecraft y afirma que no es un escritor de primer orden, pero en él ve el diagrama perfecto de la literatura fantástica. «El problema con la literatura fantástica consiste en saber si nos propone una evasión infinita o un enriquecimiento razonable. Cuanto más maravilloso es el mundo que se nos propone, pero es la literatura a través de la cual nos la proponen. Las maravillas de Lovecraft son inferiores a sus demonios. Las maravillas me distraen del punto de partida, de lo real. Los demonios me lo revelan. Las maravillas más discretas son las más convincentes: el Gran Teatro de Oklahoma, de Kafka, en el cual todo el mundo tiene su lugar» (pág. 256)

A Saer no le convence la crítica literaria sociológica, ya que para él la literatura no es un mero documento social.

 

Saer reivindica la novela policial diciendo que no hay literatura que no sea de evasión,  ya que la gran literatura nos evade a través de un acto de confrontación con las experiencias de nuestra vida imaginaria. Durante varias páginas Saer parece elogiar a Raymond Chandler, para al final de artículo dedicarle un dardo envenenado: «El más pequeño de los escritores americanos de la generación perdida es sin duda más grande que Chandler, pero ningún autor de novelas policiales, ni siquiera Hammett, ni Cain, es superior a él.» (pág. 295). Saer apunta que las novelas policiales trabajan sobre esquemas preestablecidos y, por tanto, al final parece quitarle logros a Chandler.

 

El libro contiene una sección final, titulada Una literatura sin atributos, que ocupa unas 40 páginas, y que presenta textos que se publicaron originalmente en francés.

 

Saer afirma aquí que tres peligros acechan a la novela latinoamericana: el primer es presentarse como latinoamericana. «El error más grande que puede cometer un escritor es el de creer que el hecho de ser latinoamericano es una razón suficiente para ponerse a escribir.» (pág. 309). Otro problema es del “vitalismo”, que supone que el subdesarrollo económico lleva a una relación privilegiada con la naturaleza. Y aquí carga con el realismo mágico. A Saer no le gusta la obra de Gabriel García Márquez.

Otro riesgo es el “voluntarismo” que considera a la literatura como un instrumento inmediato del cambio social.

El escritor latinoamericano no debe darle al mercado europeo el exitismo que este le pide.

«Creo que un escritor en nuestra sociedad, sea cual fuere su nacionalidad, debe negarse a representar, como escritor, cualquier tipo de intereses ideológicos y dogmas estéticos o políticos, aun cuando eso lo condene a la marginalidad y a la oscuridad.» (pág. 317)

Hay aquí un artículo sobre literatura y exilio en el que Saer afirma que «Borges se convierte en un escritor oficial no por las singularidades de su obra, sino al contrario por la interpretación abusiva que el poder político hace de su liberalismo al hacerlo coincidir con las abstracciones totalitarias». Así para el poder la obra de Borges es sagrada, y criticarla se convierte en terrorismo, pero esta obra rechaza un dogmatismo semejante y Saer considera que es una obra ocupada en el sentido militar del término.

 

Borges tiene prejuicios teóricos muy fuertes contra la novela, dice Saer, porque rechaza el realismo inmediato, banal. Sin embargo, toda la obra de Borges invita a la epopeya, que es el origen de la novela.

Saer apunta, en una entrevista final, que el escritor solo debe representarse a sí mismo. Los elementos extraartísticos, nacionales, sociales… deben ser secundarios para él.

 

Algunos de los artículos de El concepto de ficción son realmente sesudos y el lector debe estar atento para captar todas sus sutilezas. Esto ocurre así, sobre todo, en los textos más antiguos y, según Saer se va haciendo mayor, parece que su estilo se vuelve más claro. Quizás algunas de sus reflexiones –sobre todo las que tienen que ver con la Nouveau Roman francesa– se han quedado algo anticuadas, pero no así la mayoría de ellas, que siguen siendo de plena actualidad y muestran su compromiso con el arte literario.

El concepto de ficción es un libro inteligente y que gustará a todas aquellas personas interesadas en la literatura de Saer, en particular, pero también en la literatura en general.