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domingo, 29 de marzo de 2026

La maldición de Hill House, por Shirley Jackson


La maldición de Hill House
, de Shirley Jackson

Editorial Minúscula. 265 páginas. 1ª edición de 1959, esta es de 2022

Traducción de Carles Andreu

 

Ya he contado, más de una vez, que de adolescente leía solo literatura de género, ciencia ficción y terror; géneros a los que de adulto regreso en algunas ocasiones. A Almudena, mi mujer, le ocurre algo parecido a mí, aunque ella solo leía terror. Hace unos años leyó La maldición de Hill House (1959) de Shirley Jackson (San Francisco, 1916 – Bennington, 1965) en inglés. Fue un libro que le gustó y empezó a comprar los otros libros que de ella ha publicado la editorial Minúscula, con la traducción de Carles Andreu, del que recientemente he disfrutado de las traducciones que ha hecho de la obra del australiano Gerald Murnane. Mi mujer compró la edición de La maldición de Hill House de Minúscula para regalárselo a su madre. Almudena llevaba años recomendándome que leyera a Shirley Jackon y se estaba acercando la festividad de Halloween me trajo la novela de la casa de sus padres para que pudiera leerla.

 

La novela empieza hablándonos de John Montague, que es doctor en filosofía, pero quien, en realidad, está fascinado por los fenómenos sobrenaturales. Quizás el antecesor literario más claro de Montague sea John Silence, investigador de lo oculto (1908) de Algernon Blackwood, un delicioso libro de terror que en España ha publicado la editorial Valdemar. Montague ha descubierto la mansión de Hill House, en la que se supone que tienen lugar fenómenos extraños, después de toda una vida buscando casas encantadas. La ha alquilado para tres meses y ha empezado a buscar asistentes para su proyecto de investigación de fenómenos paranormales. Su método para conseguirlos consistirá en contactar con personas que, según ha leído en los periódicos, se han visto envueltas en fenómenos paranormales. De este modo, conseguirá que dos chicas acepten ir a Hill House para vivir con él esos meses. Una de ellas será Eleanor, de treinta y dos años, que en su infancia vivió un extraño episodió en el que, sobre su casa, llovían piedras. La otra será Theodora, que ha demostrado tener capacidad para adivinar las cartas que alguien sostiene ante ella. Un tercer invitado será Luke, que es el sobrino de la actual dueña de la casa y futuro heredero de Hill House.

 

La novela está narrada en tercera persona, pero casi siempre la narradora nos contará la historia desde el punto de vista de Eleanor, que será la protagonista principal de la novela. En más de una ocasión, la narradora nos mostrará los pensamientos de Eleanor, algo que no ocurre con el resto de personajes. Así que debemos considerar que la tercera persona, desde la que se narra, no es neutra, sino que su mirada está mediatizada por la de Eleanor, y este uso del estilo indirecto libre será muy importante para poder apreciar los juegos narrativos de los que se sirve Shirley Jackson en este libro. En resumen, el lector ha de saber que la voz narrativa de la novela no es del todo fiable.

 

El lector se acercará a Hill House desde la perspectiva de Eleanor, que viaja en coche hasta allí, una mansión construida ochenta años antes del tiempo narrativo, a las afueras de un pueblo y rodeada de montañas. El texto es bastante sugerente para el lector, que irá siendo sugestionado por la sensación de amenaza que desprende la casa. Desde el comienzo Eleanor siente que la casa tiene vida propia y que algo malvado emana de ella. Me gusta la idea de que Hill House no es una casa en la que haya, por ejemplo, presencias de fantasma, sino que es la propia casa la que es una presencia con vida. En muchos párrafos, se insiste en la idea de que la casa es similar a un depredador en disposición de abalanzarse sobre las personas que atraviesan sus puertas. «La casa le estaba esperando, malvada pero paciente.» o «Hill House se echó sobre ella en tromba» (pág. 43), y en la página 49: «Cuando se plantó en medio de la habitación, el silencio opresivo de Hill House se abalanzó sobre ella. “Soy como una pequeña criatura que un monstruo se come entera –pensó–, y el monstruo siente mis movimientos en su interior.”».

Además de los cuatro personajes ya nombrados, a estos los acompañarán una pareja de sirvientes, de aire algo siniestro y hosco, que viven en el cercano pueblo y que nunca permanecen en Hill House una vez que ha caído la noche.

 

El doctor John Montague quiere escribir un libro sobre Hill House y por eso instará a sus compañeros a tomar notas sobre cualquier experiencia sobrenatural que vivan. Me ha llamado la atención que, a pesar de que el doctor apunta que le interesa hablar de Hill House desde un punto de vista científico, no ha acudido a la casa con magnetófonos, cámaras de fotos o de películas para tratar de registrar los supuestos fenómenos a los que van a estar expuestos. Es posible que, en el momento que se escribió la novela, en la década de 1950, aún no fuera corriente este tipo de planteamientos, o también es posible que la no existencia de posibilidades reales de registrar los hechos a los que supuestamente se van a enfrentar permita a la autora trabajar con la idea de la ambigüedad narrativa. Me gusta esta idea: al enfrentarse por primera vez a un hecho sobrenatural, nuestros investigadores de lo oculto van a sentir euforia, una euforia que puede irse transformando en miedo. Esta idea se repetirá más tarde en la película Postelgeild (1982) de Tobe Hooper.

Diría que la inspiración más clara para Shirley Jackson, a la hora de escribir La maldición de Hill House es Otra vuelta de tuerca (1898) de Henry James, donde la historia de terror no se acaba de saber si es real o solo ocurre en la mente de los personajes.

Es cierto que Jackson construye una historia trágica sobre el pasado de los habitantes de Hill House, pero nunca acabará de haber una explicación clara sobre si una de las tragedias que sucedieron en el pasado en la casa con los acontecimientos sobrenaturales que los protagonistas del libro pueden vivir en el tiempo narrativo de la obra. Más de una vez he tenido la sensación de que Jackson sí que estaba narrando hechos físicos que suponían cambios palpables y visibles para todos los testigos, pero, al final, por ejemplo, a la mañana siguiente de escuchar golpe afuera de las habitaciones y sentir que ese pasillo había sufrido desperfectos, esto no había influido sobre la realidad o la realidad palpable de todos los personajes.

Eleanor, que ya sabemos que es la protagonista de la historia, no ha tenido una vida fácil, ya que, desde muy joven, quedó encargada de cuidar a su madre impedida, tarea de la que ha librado su hermana, lo que le permitió casarse y a ella no. La madre ha muerte tres meses antes de que ella haya contestado la carta del doctor y haya decidido aceptar su invitación a Hill House. Es posible que el pasado trágico de Eleanor esté influyendo en su percepción de lo que cree estar viviendo en la casa, y también en su percepción de cómo se están relacionando las otras personas con ella.

 

Sin ser ningún experto en novelas sobre casas encantadas diría que La maldición de Hill House ha influido mucho sobre el género, tanto en novelas como en películas. El propio Stephen King se declara un gran admirador de Shirley Jackson. Gracias a su libro, Danza macabra, en el que King hace un estudio sobre le género de terror fue como mi mujer sintió interés por leer a Jackson, tras conocer los elogios que King le declaraba.

Quizás La maldición de Hill House puede decepcionar a aquellos lectores que desean acercarse a novelas cerradas y con explicaciones finales claras, pero les gustará a todos aquellos –como yo– que disfruten de la creación de atmósferas inquietantes y escenas malsanas y ambiguas. Me lo he pasado muy bien con La maldición de Hill House.

domingo, 19 de octubre de 2025

Cuentos reunidos, por Cynthia Ozick


Cuentos reunidos
, de Cynthia Ozick

Editorial Lumen. 718 páginas. 1ª edición de 204; esta es de 2024

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

Uno de mis planes lectores –desde hace tiempo– consiste en leer libros de cuentos de escritoras norteamericanas. En mi lista tenía anotados nombres como Lorrie Moore, Alice Munro, Cynthia Ozick, Grace Paley, Flannery O'Connor, Katherine Anne Porter, Eudora Welty, etc. Así que en esta ocasión le tocó el turno a Cynthia Ozick (Nueva York, 1928). Había hojeado su libro de Cuentos reunidos (Lumen, 2015) en la biblioteca de Pueblo Nuevo, en Madrid, que suelo frecuentar, pero un día de 2024 lo vi nuevo en una librería de segunda mano, de la calle Fernán González, y no me pude resistir.

 

De entrada, me gustaría señalar que este volumen tiene más de 700 páginas y que está constituido por solo diecinueve relatos. Es decir, que se trata de relatos en general bastante largos. De alguno de ellos podríamos hablar de novelas cortas, en realidad.

 

Cynthia Ozick es una escritora neoyorkina, cuyos padres eran rusos judíos. El tema del judaísmo será fundamental en su obra. Sabe hablar yiddish, idioma que aprendió de su abuela, y uno de sus tíos era hebraísta. Al final del libro hay un glosario de cuatro páginas de términos en yiddish, una lengua que –antes del Holocausto– la hablaban los judíos del Este de Europa, en países de la actual Polonia, Rusia, Ucrania, etc. Un idioma, con raíces hebreas, alemanas y de leguas eslavas, que llegó a ser hablado por más de once millones de personas. La pervivencia o no del yiddish en América también será un tema importante en estos cuentos.

 

A continuación, haré un pequeño comentario de cada narración:

 

El rabino pagano es uno de los cuentos en los que el tema del judaísmo se encuentra más presente. El narrador nos va a hablar de un amigo que se acaba de ahorcar. Fueron compañeros en el seminario rabínico. Sus dos padres eran rabinos y, en el pasado, establecieron una competición para ver cuál de sus hijos llegaba más lejos. De esta competición, se bajó nuestro narrador y su padre no le perdonó nunca. Es una dura relación sobre la cultura judía en América. «Padres como los nuestros no saben amar» (pág. 12), dirá uno de los personajes. El narrador visitará a la mujer de su amigo muerto y esta le dejará leer un manuscrito de su marido. El texto nos hará pensar que el amigo muerto perdió la cabeza, entregado, en un delirio sexual, a una «dríade», o ninfa de los bosques. Es el cambio de planos que se produce en la narración, la convierten en un texto extraño, kafkiano, angustioso.

 

Envidia, o el yiddish en América, con sus 70 páginas, es más una novela corta que un relato. El personaje principal, llamado Edelshtein, tiene 67 años y lleva 40 viviendo en América. La acción de desarrolla en 1968. Ozik tiene casi cien años, y su primer libro de cuentos, titulado El rabino pagano y otras historias se publicó en 1971.

 Edelshtein es un judío europeo, cuya lengua materna es el yiddish. Es un gran lector de escritores judíos norteamericanos, pero siempre le defraudan, nunca están –estos escritores– a la altura de los verdaderos dramas judíos. Le pagan por dar conferencias sobre el asesinato del yiddish, asociado a la muerte de los judíos en los campos de concentración. Además, es poeta, que escribe sus versos en yiddish y los publica en la revista de un amigo, que también es poeta yiddish. Nuestro narrador odia a un escritor de relatos yiddish, cuyas traducciones al inglés le hacen ser un escritor leído y prestigioso. Edelshtein piensa que el yiddish de este escritor es muy pobre y es celebrado solo gracias al trabajo de su traductor. Edelshtein se convencerá a sí mismo de que si tuviera un buen traductor del yiddish al inglés su arte sería debidamente reconocido. Es esta una narración satírica sobre las aspiraciones artísticas y sobre las envidias literarias cargada de fuerza, sobre todo, porque, además, todo lo anterior está narrador sobre la dura tragedia de la desaparición de una lengua y de la desaparición de los hablantes en las generaciones más jóvenes de la diáspora.

Creo que Envidia, o el yiddish en América es mi narración favorita de todo el libro. Aunque debería señalar, desde ya, que está escrito más como una novela, con desarrollos amplios de las ideas y de los personajes, que como un relato. Es decir, en este cuento, y en la mayoría de las piezas del conjunto, no vamos a encontrarnos ese juego tan sutil de la narrativa breve norteamericana de contarnos dos historias, una más en la superficie y otra más subterránea que, al final, será la que cobrará más preponderancia y dará sentido al relato con su fuerza oculta. Tampoco nos vamos a encontrar aquí, como ocurría en los relatos de Raymond Carver, por ejemplo, con un brillante momento epifánico final, sino que los finales de las narraciones de Ozick serán más abiertos, o más contundentes, construidos más con el peso de una novela que, como ya he dicho, de un relato.

 

La bruja de los muelles es el tercer relato y lo cierto es que después de la intensidad de los dos anteriores, describiendo los dramas de los judíos en América, no estaba seguro de si Ozick iba a poder escribir todos sus cuentos con la intensidad mostrada en esos dos. Por este motivo, ha sido agradablemente desconcertante ver cómo la autora cambiaba de temas y de registos en La bruja de los muelles. El relato, en primera persona, nos habla de un joven de la América Profunda, un joven del Medio Oeste (que no parece tener nada que ver con los judíos) que se licenció como abogado, ha emigrado a Nueva York y trabaja en un bufete que gestiona las entradas y las salidas de los barcos del puerto. Allí va a conocer a una extraña mujer, de edad indefinida, que se hace llamar a sí misma «Ondina», por la que va a empezar a sentir una atracción que puede ser para él aniquiladora. El relato empieza siendo realista, pero no tardaremos en comprender que, en verdad, nos encontramos aquí con una narración fantástica; con un cuento que acaba siendo de terror. La lectura de La bruja de los muelles me hizo replantearme la lectura del primer cuento del libro. ¿Es El rabino pagano un cuento de locura o es un cuento de terror? Esta ambigüedad y amplitud de temas que voy encontrando en el libro me gusta.

En este tercer cuento, descubro un curioso rasgo de estilo: a Ozick le gusta añadir a la descripción de sus personajes detalles feístas; así en la página 134 leemos: «Volvía con andar cansino, apesadumbrado y eructando mostaza». Será normal en estas narraciones que sepamos que a los personajes les huele el aliento o que eructan.

 

Estos tres cuentos suman ya 150 páginas.

 

En La maleta aparecen de nuevo personajes judíos, pero de un modo indirecto. El señor Hencke, vive en Estados Unidos, pero es de origen alemán y fue piloto de avión en la Primera Guerra Mundial. Hencke vive en Virginia y ha viajado hasta Nueva York para asistir a la exposición de pintura de su hijo, de cuyo talento desconfía. En el relato van a aparecer muchos personajes, sobre todo en la fiesta de inauguración de la exposición, y esto va a dar pie a que una mujer, de origen judío, eche en cara a Hencke algunas desgracias que le ocurrieron a su familia en Alemania. «Era de las que, veinte años después de la guerra de Hitler, no se compraba un Volkswagen. Abundaba en gestos morales aborrecibles, ¿y en contra de qué? ¿A quién se podía culpar por la historia?»

Es un cuento correcto, donde se juega, como característica nueva, con la profusión de diálogos, pero carece de la fuerza epifánica que puede tener un cuento urbano de Raymond Carver o John Cheever.

 

La mujer del médico me parece un cuento emparentado con el anterior, que retrata conflictos domésticos de personajes estadounidenses “goyim” (no judíos). En él, tres hermanas organizan la fiesta de cumpleaños de su único hermano soltero, que va a cumplir cincuenta años. Todavía no han perdido la esperanza de que se case y, para ello, invitarán a la fiesta a una mujer soltera, más joven que él. Pero el médico parece haberse enamorado de una imagen perfecta, de una «amiga desconocida» que aparece en una foto de una biografía de Chéjov. Creo que con todas las pistas dadas (el protagonista es médico, como Chéjov; tiene tres hermanas, construcción que evoca el título de una de las más famosas obras de teatro de Chéjov, y se enamora de una imagen que saca de una biografía de Chéjov) queda claro que este relato es un homenaje al maestro ruso. Además, en su consulta, de un barrio pobre, recibe las visitas de clientes italianos y negros, que no se juntan en la sala de espera y se miran con desconfianza. El médico tratará de arreglar esta situación, pero fracasará como fracasan los personajes de los cuentos de Chéjov, llenos de buenos sentimientos, que acaban resultando inoperantes.

Este cuento, más intimista y con menos diálogos, me ha gustado más que el anterior.

 

En Virilidad un narrador testigo nos hablará de su relación con el poeta Edmund Gate, que murió joven, pero que en vida fue toda una celebridad literaria. Aquí sí que hay un tema judío de fondo, ya que Gate llega a América, pasando por Inglaterra, donde tiene una tía, huyendo de las malas condiciones de su Rusia natal. Gate sabrá que toda su familia rusa ha muerto en un pogrom. Así que Gate será un joven huérfano en América, lleno de entusiasmo por prosperar y pensará –nos dirá nuestro narrador, que le contrata para trabajar en su periódico– que puede llegar a ser un gran poeta, simplemente con la ayuda de un diccionario y sin leer nunca un libro de poesía. Sin embargo, a Gate le espera alcanzar un éxito inesperado con la poesía. La descripción de este éxito es tan exagerada, que el relato deja aquí de ser realista y pasa a ser expresionista debido al uso de este recurso satírico. Tiene 55 páginas y vuelve a ser una novela corta. El final es, quizás, un poco previsible, porque antes de alcanzar sus últimas páginas el lector ya va intuyendo que Ozick se ha propuesto en él hacer una crítica al machismo que, en la época en la que está escrito, predomina en el mundo del arte, donde –nos muestra ella– parece ser preferible la obra de un hombre (si es joven mejor) a la de una mujer (si es adulta o mayor peor). Además del tema del judaísmo, otro de los temas tratados en estos cuentos será el del machismo. En cualquier caso, me ha gustado más que los dos cuentos anteriores, y sobre todo me ha agradado los pequeños detalles de ciencia ficción que tiene, puesto que nuestro narrador nos está contando desde un presente que, para nosotros, es el futuro. Así se hablará de un astronauta que acaba de regresar de un viaje por los confines de la Vía Láctea. Este uso sin complejos de la ciencia ficción me ha recordado a las propuestas de la escritora canadiense Margaret Atwood.

 

El cuento Una educación nos habla de Una Meyer, una joven estadounidense goyim que se va a ver fascinada por un joven matrimonio de judíos de origen ruso con un bebé. Con sus 55 páginas, el relato está planteado como una novela breve, puesto que se producirán en él varios saltos temporales. Una empezará a vivir con esta pareja y se acabará convirtiendo más en una criada que en una amiga; pues su fascinación por el supuesto talento de la joven pareja –sobre todo del chico, enfrascado en escribir un ensayo filosófico– le hará aceptar múltiples sacrificios por ellos, que desde el punto de vista de una narración realista se hacen bastante absurdos, y el relato (como ya ha ocurrido en narraciones anteriores) habrá que mirarlo desde el prisma del expresionismo y la deformación satírica. Quizás al emplear este recurso (ya lo sentí también con el relato anterior), como crítica social a las situaciones planteadas, se simplifica la realidad y la historia pierde la sutilidad de las confusas relaciones humanas, que, otros escritores, como Philip Roth o Jonathan Franzen, a mi juicio, saben manejar mejor que Ozick.

Este cuento, como otros del conjunto, contiene una crítica al machismo de la época, según el cual las mujeres deben sacrificarse por el trabajo intelectual de los hombres. Además, como en una fábula cruel y grotesca, el sacrificio de Una por el joven matrimonio, en vez de ser agradecido se transformará en culpabilidad por sus futuras desgracias. Es una buena narración.

 

Hemos llegado a la página 342 y el libro, hasta aquí, contiene siete relatos. A partir del octavo, nos encontraremos con algunas narraciones más cortas.

 

En Del cuaderno de notas de un refugiado un emigrante judío europeo describirá, en su primera parte, en el cuaderno que nos anuncia el título, cómo era la habitación de Freud, y en la segunda parte nos encontraremos con un relato de ciencia ficción sobre un planeta donde estuvo de moda que las personas pudientes tuvieran a su disposición un taller de costura formado por mujeres. También aquí se plantea una crítica al machismo; pero las dos partes del relato no tienen que ver entre sí; así que se trata de dos relatos hilados por un hilo que no existe, y lo cierto es que no me ha gustado. Me ha parecido una narración sin objeto.

 

En Cómo ayudar a T. S. Eliot a escribir mejor (Notas sobre una bibliografía definitiva) Ozick nos va a hablar del primer poema que Eliot publicó en una revista de Nueva York. Se nos narrará el primer encuentro del joven poeta con el editor de una revista, y la narradora insistirá mucho en el lastre que para Eliot supone ser un artista aún desconocido. Esto hará que el editor quiera corregirle el poema para publicarlo.

En muchos de estos cuentos se habla del proceso artístico y de escritores, de los mecanismos de legitimación del prestigio o del éxito; y este, junto con los temas del judaísmo y el machismo, será un tema importante en el libro.

Este cuento me ha parecido correcto, pero sin brillo.

 

En Usurpación (Las historias de los demás) volvemos a una historia sobre escritores judíos. Aquí se indagará sobre la idea de a quién pertenecen las historias que un artista utiliza para crear. Empieza siendo una historia cotidiana, ambientada en un acto literario, para acabar llevándonos a narraciones míticas sobre judíos, narraciones sobre el deseo de triunfar y las condenas que esto conlleva. Se juega aquí a la idea del relato dentro del relato y el resultado me ha acabado resultando algo confuso.

 

La mariposa y el semáforo me ha parecido el peor relato de esta antología. Sin personajes, se empieza describiendo las calles de un pueblo en 1949. En este cuento los semáforos conducirán a una discusión sobre las religiones monoteístas o politeístas. Creo que Ozick ha construido esta historia con la teoría del caos del efecto mariposa, pero el juego no me ha resultado interesante.

 

Un mercenario, sin embargo, me ha parecido una narración brillante, imaginativa y con gran desarrollo de personajes. El personaje de esta narración es un judío, de origen polaco, que acaba siendo, en Estados Unidos, el representante diplomático de un pequeño país africano. En el relato asistiremos a su ascenso, gracias a su carisma, en las televisiones de Estados Unidos y la relación con su amante, o su ayudante, un negro africano, originario (esta vez sí) del país africano del que él es embajador. El cruce de las distintas miradas sobre el mundo de sus personajes, según su origen, me ha parecido que está ejecutado de un modo talentoso. Me gusta su final, en el que se reflexionaba sobre la identidad del judío como «impostor», una idea sobre la que ya había leído en las novelas y cuentos del escritor judío guatemalteco Eduardo Halfon; que, estoy seguro, ha sido lector de Cynthia Ozick.

 

En Derramamiento de sangre el personaje, un judío de Nueva York, se adentra en el Medio Oeste para visitar a una familiar que vive en un pueblo de judíos supervivientes del nazismo. Allí vivirá un tenso encuentro con un rabino (superviviente de Buchenwald) que no lo considera un judío verdadero. Es un cuento correcto, pero carece de la verdadera fuerza epifánica de los grandes relatos estadounidenses que he leído.

 

Me gusta Disparos, narrado por una fotógrafa profesional de treinta y seis años. Nos hablará de su fascinación por Sam, que da conferencias sobre la historia de países sudamericanos. Sam se siente desgraciado con su mujer, aunque considere que esta es extraordinaria.

 

Los protagonistas de Levitación son una pareja de escritores. Él es judío y escribe sobre su condición de judío, ella es una goyim, convertida al judaísmo, que escribe sobre la vida cotidiana. El relato trata sobre una fiesta que organizan en su piso y la decepción que sienten porque acaba por no ir nadie relevante del mundo de la cultura. La mujer escucha, al final, con cierto hastío el testimonio de uno de los judíos de la fiesta, superviviente del Holocausto. «Cada uno de los judíos era Jesucristo», acabará pensando. Reflexionará sobre la idea de que se ha insensibilizado sobre las historias del Holocausto porque ha visto imágenes, y que lo mismo le ocurriría si hubiera imágenes sobre la Crucifixión. «Si una cámara hubiera grabado la Crucifixión, el cristianismo se hundiría, la gente se insensibilizaría. La crueldad nacía de la imaginación, y era la imaginación la que debía ser testigo» (pág. 529). El refugiado, en el salón de su casa, acabará describiendo lo que se ve en las películas, aunque sea su propia experiencia. Al final, Lucy (la protagonista) entrará en una ensoñación que le hará extrañar a Jesucristo. El cuento acabará siendo una metáfora sobre la incapacidad de los judíos de hacer comprender su drama al resto de la sociedad.

 

En Fumicato tiene casi 50 páginas y volvemos al estilo narrativo de las novelas cortas. Un crítico de arte y literatura viaja a la Italia fascista para dar unas conferencias. En el relato se creará interés mediante la técnica de adelantar información. Frank Castle, en contra de lo que parece mostrar su personalidad apocada, a los treinta y cinco años, sucumbirá a los encantos mundanos de una joven italiana que trabaja como camarera de cuarto en el lugar en el que se aloja, a la que en el relato se identificará con «la musa tosca de Italia». Castle, aunque trate de escapar de un destino que no le parece el más indicado para sus intereses, parece víctima de un hechizo. El planteamiento de este relato me ha recordado al tercero, al titulado La bruja de los muelles, pero este acababa siendo abiertamente fantástico y En Fumicato no del todo, pero casi. Pese a que el relato puede ser un tanto previsible, me ha gustado la capacidad de fabulación que despliega Ozick en él, como por ejemplo, ese detalle de que el escenario de fondo del relato, en vez de ser el contemporáneo a la escritura del relato, sea la Italia de Mussolini, que no es algo fundamental, pero que añade matices y riqueza a la trama.

En Actores volvemos al mundo de los artistas, aunque en este caso en vez de ser escritores, Ozick elige a un actor ya mayor, que se ha ganado la vida ejerciendo su profesión en teatro, cine y televisión, pero que nunca acabó de destacar y que, en el tiempo narrativo, se encuentra en horas bajas. Matt es un actor maduro de origen sefardí y de casi sesenta años. Un joven dramaturgo le va a encargar hacer el papel protagonista de la obra de teatro de una escritora que acaba de morir, lo que va a dar lugar a algún enfrentamiento con el padre anciano de la escritora, porque la obra, en cierta medida, habla de él. Es un buen relato sobre los límites del arte, que me ha recordado, por su dolor y su sensación grotesca, a algunas propuestas de Philip Roth.

 

¿Qué le pasa al bebé? está narrado por una joven que nos va a hablar de la relación con su tío, que en realidad es un primo de su madre. Simón, el tío, es el creador de un idioma universal, en principio parecido al esperanto, pero que, según él, le supera, porque el esperanto solo unía a unas pocas lenguas europeas, y su idioma toma voces de una diversidad mayor de idiomas. De nuevo nos encontramos aquí con una narración sobre la condición del judío, del artista y del impostor. Es un buen cuento, que esconde en su trama más de una sorpresa. De hecho, más que un cuento es una buena novela breve.

 

Dictado, el cuento número diecinueve y un buen cierre para el volumen. En él, Ozick nos va a hablar de la relación de amistad que existió entre dos grandes escritores, Henry James y Joseph Conrad, pero en vez de hablar directamente de ellos, la escritora fabulará sobre una supuesta relación, que se acabará convirtiendo en conspiración, entre las dos mujeres que hacían de mecanógrafas de los escritores. Como trasfondo del relato, Ozick nos habla aquí de las mujeres que se encuentran detrás de los grandes hombres y cómo estas quedan olvidadas.

 

Cuando en 2018 murió Philip Roth, en alguna red social le escuche, a alguna persona del mundo de la cultura, que el mejor escritor o escritora estadounidense vivo había pasado a ser Cynthia Ozick. Desde hacía años, tenía en mente leer este libro de cuentos publicado por Lumen, y lo cierto es que mis expectativas eran realmente muy altas. Me esperaba encontrarme unos relatos del estilo de los de Raymond Carver, John Cheever o Lorrie Moore; es decir, me esperaba unos cuentos que jugasen con la idea tan estadounidense de las dos historias en el relato, la superficial y la subterránea, donde la segunda acaba teniendo más fuerza que la primera, acabando el relato en el deslumbramiento final del momento epifánico. ¿Qué es lo que me he encontrado? Como ya he dicho, estos Cuentos reunidos, en realidad, están concebidos como novelas cortas, la mayoría de ellos sobrepasan las 45 páginas. Su versatilidad es grande; desde el relato puramente realista, hasta el fantástico, pasando por aquellos que no acaban de ser fantásticos, pero su expresionismo, su exageración sarcástica, los alejan del puro realismo. Relatos de tema profundamente judío hasta otros puramente goyim. No todos los relatos de este volumen me han convencido, pero contiene un buen puñado de ellos de un alto nivel. Quizás la lectura de estos Cuentos reunidos no ha sido tan satisfactoria como esperaba, pero –en cualquier caso– el nivel medio es bastante alto.

domingo, 5 de octubre de 2025

Suttree, por Cormac McCarthy

 


Suttree, de Cormac McCarthy

Editorial Random House. 562 páginas. 1ª edición de 1979; esta es de 2023

Traducción de Pedro Fontana

 

Había leído hasta ahora seis libros de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933 – Santa Fe, 2023): No es país para viejos (2005), La carretera (2006), Meridiano de sangre (1985), Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998). Cuando hablé de los cuatro últimos en mi canal de YouTube –Bienvenido, Bob–, las personas que me comentaron, y que conocían más libros de la obra de McCarthy, me recomendaron que leyera Suttree (1979), novela que consideraban que se mantenía en la línea de excelencia de sus obras mayores como Mediano de sangre o Todos los hermosos caballos. Lo cierto es que, en ese momento, no me sonaba el título y empecé a buscar información sobre él. Durante el último invierno, una noche de sábado que esperaba a que mi mujer se acabara de arreglar para salir a cenar fuera, entré furtivamente, con el móvil, en la web de Iberlibro y lo compré por impulso, de primera mano, en la librería Cálamo de Zaragoza.

 

Empecé a leer Suttree el 19 de marzo, día del padre, y lo terminé el 8 de abril; así que estuve veintiún días con él. De hecho, lo empecé, porque durante las semanas anteriores, había tenido que atender diversos asuntos por las tardes, después de salir del colegio en el que trabajo, y no me había podido sentar a escribir reseñas, ni a grabar vídeos, y se me estaba acumulando la tarea. Así que necesitaba un libro largo para salir de ese atolladero físico y mental.

 

Cuando, después de leer libros como Meridiano de sangre o la Trilogía de la frontera, abrí Suttree, que es una obra anterior (las más antigua de las de McCarthy que he leído), tuve la sensación de que, durante las primeras páginas, el estilo del autor se había vuelto mucho más barroco de como lo recordaba. Suttree se abre con tres páginas, en letra cursiva, que comienzan con un «Querido amigo», que nos hacen pensar en el comienzo de una carta, donde el narrador le habla al lector de un río y una ciudad innominados, con frases como «Henos aquí en un mundo dentro del mundo. En estas regiones foráneas, estos hostiles sumideros y páramos intersticiales que los justos ven desde el vagón o el coche, otra vida sueña. Deformes o negros o perturbados, fugitivos de todo orden, extranjeros en cualquier país.» (pág. 11) 

Las primeras páginas del texto principal –y, por tanto, no ya en cursiva– siguen la misma línea que las anteriores; de un modo más concreto que antes, se nos habla de un río, de un puente, de un pescador realizando su faena, de la vida que empieza a moverse en este escenario.

Durante estas primeras páginas es llamativo la cantidad de vocabulario no usual –sobre barcas y pesca principalmente– que recibe el lector: «falca», «trematodo», «salceda», «tolete», «pernada», «palangre», «acorullar», «cureñas», etc. Es posible que, llegado a este punto, a la sexta o séptima página de una novela de más de quinientas, el lector se sienta algo abrumado por el estilo denso, la no presentación de personajes y el vocabulario ampuloso; pero, en ningún caso, ese supuesto lector debe desfallecer, ya que pronto le será presentado, por el narrador omnisciente de esta historia, a su personaje principal, Cornelius Suttree, o simplemente «Suttree».

Como suele ser habitual en sus narraciones, McCarthy muestra las acciones de Suttree y sus diálogos (no señalados por guiones) con las personas con las que se va a relacionar y no sus pensamientos. En este sentido, las novelas de McCarthy son muy cinematográficas. Después de ver a Suttree pescando en el río –en principio, un río sin nombre–, iremos conociendo detalles del personaje: vive en una casa flotante en la orilla del río en el que pesca con una barca, a las afueras de una ciudad, posiblemente grande, de Estados Unidos. Es un hombre joven, atractivo para las mujeres, que, aunque al principio parece que se guarda de beber alcohol de mala calidad, acabaremos comprendiendo que tiene un problema serio con el alcohol. Suttree es una persona capaz de beber hasta perder totalmente el control de sí mismo. De hecho, cuando McCarthy describe escenas en las que Suttree bebe suele valerse del recurso de la elipsis para, en algún momento de la narración, cortar la escena y presentar a su personaje, por ejemplo, despertándose en medio del campo sin saber cómo ha llegado hasta allí. Es decir, el narrador se mueve al ritmo de los recuerdos de su criatura.

McCarthy, en muchos casos, no explica del todo qué está ocurriendo en las escenas que dibuja, y será el lector el que tenga que imaginarlo, o pensar que se ha perdido, en una lectura apresurada, alguna frase clave. En algunos casos, la explicación aparecerá algunas pocas páginas después y, en otros, un gran número de páginas después. Por ejemplo, en una escena aparece un personaje joven que, por la noche, se acerca a campos de cultivo de sandías. Como hasta entonces, el narrador seguía casi siempre los pasos de Suttree, el lector leerá estas páginas pensando que le hablan de Suttree, de algún momento de su pasado, y que esta escena explicará algo sobre la situación de su presente. Después comprenderá que ese personaje joven –un adolescente de dieciocho años– es Gene Harrogate, que será uno de los personajes secundarios de la novela, y que va a conocer a Suttree en el correccional. El lector sabrá por qué Suttree estaba en ese correccional unas trescientas páginas más adelante, hasta entonces solo podrá especular sobre ello. En una de sus borracheras se quedó dormido en un coche y las dos personas con la que estaba atracaron un comercio, sabremos al fin. Habrá otras situaciones en la novela en las que el lector no sabrá, a ciencia cierta, cuál ha sido la secuencia lógica que ha llevado hasta ellas. Esto da a la narración siempre un aire de misterio y extrañeza, una sensación de información hurtada y especulativa, de inminente explosión de violencia. En este sentido, el estilo de McCarthy en esta novela, más que en otras que leí en el pasado, pero que pertenecer al futuro del escritor que va a ser, me ha recordado al de William Faulkner, con sus personajes perdidos, marginales, quizás estúpidos o forzados a comportarse como estúpidos. Además de ser un homenaje a William Faulkner, Suttree también puede ser leída como un homenaje al Mark Twain de Las aventuras de Huckleberry Finn. En la página 134 al hablar de un personaje se dice de él que posee una «despreocupación huckleberryfinneana». En la obra de Twain, sus personajes navegan por el río Mississippi, y las aguas del río simbolizan el deseo de alcanzar la libertad de sus personajes, Huckelberry y el negro Jim. Al principio, como no queda claro en qué ciudad se sitúa la historia de Suttree y no se da el nombre del río, estaba suponiendo que se trataba del río Mississippi; más tarde, el lector comprenderá que se trata del río Tennessee, a la altura de la ciudad de Knoxville, en el estado de Tennessee. Este río, a su paso por la ciudad, es navegable y puede tener una anchura de doscientos metros; desemboca en el río Ohio, que a su vez va a dar al Mississippi. En Suttree, cuando el narrador describe el río, y lo hace de un modo insistente, siempre habla de su suciedad, de los detritus que arrastra, de la vida oscura que esconden sus aguas. Siembre hay una amenaza y un misterio en estas descripciones. En este sentido, para McCarthy el río simboliza la suciedad de la vida, su oscuridad, su amenaza de lo inesperado. Sin embargo, todas las descripciones sobre la suciedad, lo depravado, la violencia, lo feísta… acaban siendo poéticas.


En la página 83, el narrador decide al final, informarnos de cuál es el marco físico y temporal de su narración: «Un lunes por la mañana en el mercado de Knoxville, Tennessee. En este año de mil novecientos cincuenta y uno». Esta fecha es muy cercana a 1949, que es el año en el que McCarthy sitúa la acción de la novela Todos los hermosos caballos. Estas fechas en torno a 1950 para McCarthy parecen simbolizar un tiempo de cambio en Estados Unidos, un momento en el que la modernidad de la sociedad ya era inminente, pero en el que aún se podían encontrar en las tierras norteamericanas ecos del Lejano Oeste.

 

He leído en internet que es posible que Suttree esté basado en material autobiográfico, ya que el propio McCarthy vivió en Knoxville, durante su juventud, y desarrolló allí una vida bohemia y que, aunque esto no queda claro, cometiera excesos con el alcohol, del que se separó más tarde. Desde luego, los personajes marginales que aparecen en esta novela, habitantes absolutos del destartalado patio trasero del sueño americano, resultan absolutamente creíbles.

En algún momento se insinúa que, pese a su modo de vida precario, pescando en el río, Suttree tiene estudios universitarios, que nada tienen que ver con los amigos que frecuenta. Y una de las escenas más impactantes del libro es aquella en la que descubrimos que, en otra ciudad, tiene una mujer y un hijo pequeño, a los que ha abandonado. ¿Por qué hizo esto?, ¿por qué Suttree abandonó a su familia? ¿De dónde parte el dolor indefinido y sin fondo de Suttree? ¿A qué se dedicaba antes de ser un marginado, un pescador de río? McCarthy, y de aquí brota gran parte de su grandeza y su misterio, no va a desvelarnos algunas de las claves fundamentales de su personaje. En casi todas las escenas de la novela, el lector tiene la sensación de que una amenaza violenta se cierne sobre Suttree; sin embargo, es posible que el lector en algún momento sienta que esta novela, de más de quinientas páginas, sea una simple sucesión de escenas y que no existe un núcleo narrativo central, que su personaje no cambia, ni avanza hacia ninguna parte; que va a ser el mismo desde la primera página hasta la última, sin ningún giro en su personalidad (lejana y misteriosa), pero en realidad no acaba siendo así. Un lector atento, a pesar de que, como ya he contado, la narración es muy cinematográfica y no podemos casi penetrar en los pensamientos de Suttree, se irá percatando de que se producirán sutiles cambios en él, que el personaje sí que va a tener algunos puntos de inflexión y va a luchar por dejar atrás el estado de ánimo (¿una posible depresión?) que le condujo a su situación actual. Será en la página 417 cuando leamos: «Mi vida es un asco, le dijo a la hierba», y en la página 438, cuando se desata una tormenta, leemos: «De pie entre un aullar de hojas, Suttree pidió ser fulminado por un rayo. Restalló seguido de un trueno y él se señaló el entenebrecido corazón y suplicó un poco de luz. (…) ¿Soy un monstruo, hay monstruos dentro de mí?»

Suttree siempre se comporta de un modo amable con el gran elenco de personajes marginales que se va encontrando, y esto le convierte en alguien entrañable, un hombre perdido, con algún trauma sin resolver de su pasado (del que huye), un personaje existencialista, al estilo de los de Albert Camus o Jean-Paul Sartre, que se siente más cómodo entre pobres, idiotas, ladrones o prostitutas, que con los convencionalismos sociales de su propia clase social. Podría existir también algún componente religioso en la novela; en algún momento se habla del pasado cristiano católico de Suttree, dentro de la gran comunidad protestante norteamericana. En cualquier caso, esta idea religiosa queda algo difusa en el texto, ya que Suttree no parece querer redimir a nadie de su pasado.

 

Aunque me han gustado más Meridiano de sangre, Todos los hermosos caballos y En la frontera, Suttree es otra gran novela de Cormac McCarthy sobre la violencia, la marginalidad y los grandes espacios yertos del gran sueño norteamericano.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Cuentos completos 5, por Philip K. Dick


Cuentos completos 5
, de Philip K. Dick

Editorial Minotauro. 663 páginas. 1ª edición de 1963 a 1980; esta es de 2020

Traducción de Manuel Mata y Carlos Gardini

 

Ya he comentado muchas veces que uno de los mitos de mi adolescencia es el escritor de ciencia ficción estadounidense Philip K. Dick (1928, Chicago – 1982, Santa Ana). En los años 90 leí bastantes de sus novelas y, una vez pasados los treinta y cinco años, seguí con las que me faltaban. Sin embargo, me había dejado sin leer sus cuentos, publicados en España por la editorial Minotauro en cinco volúmenes. En el verano de 2021 leí el volumen 1, y he mantenido esta tradición –que acaba en el verano de 2025– con la lectura del volumen 5. Tenía ganas de llegar a ya al volumen 5 porque los cuentos que recoge este libro están escritos en su etapa de madurez y, según críticos y lectores, es su mejor libro de relatos.

El volumen 1 reunía 25 cuentos, escritos entre 1951 y 1952; el segundo 27, escritos entre 1952 y 1953; y el tercero 23, escritos entre 1953 y 1954. Hemos de tener en cuenta que la primera novela de Dick, Lotería solar, no apareció hasta 1956. El volumen 4 reúne 18 cuentos, escritos entre 1954 y 1964. El volumen 5 contiene 24 cuentos y el periodo de su escritura abarca 17 años (1963-1980), el más largo de los cinco libros.

 

El prólogo del volumen 5 está firmado por el escritor de ciencia ficción Thomas M. Disch, y, en él, Disch dice que Dick fue tanto un escritor para escritores como para lectores. También dice que su estilo literario no suele alcanzar grandes cotas, pero –como todos sabemos ya a estas alturas– Dick tenía grandes ideas.

 

La cajita negra es el primer relato. Se trata de una historia paranoica de persecuciones estatales, en el contexto de la Guerra Fría, con –por ejemplo– comunistas chinos en Cuba. Lo que más me gusta de este relato es que aparece la religión del mesmerismo, con sus cajas negras de empatía. Las personas que las usan pueden acompañar a Mercer mientras sube a una loma y va recibiendo pedradas. El FBI sospecha que Mercer representa la avanzadilla de una invasión extraterrestre. Lo que me gusta es, como el propio Dick explica en sus comentarios a los cuentos al final del libro, que este relato lo usó en la composición de su famosa novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968); La cajita negra se publicó en 1964. Normalmente, aunque muchas de sus historias tienen elementos en común, Dick crea mundos diferentes en cada novela o relato; pero también resulta agradable encontrar estas escasas confluencias dentro de su otra.

 

La guerra de los fnuls también trata de una invasión extraterrestre; en este caso se trata de los fnuls, que periódicamente tratan de tomar la Tierra. En esta ocasión lo hacen convertidos en vendedores de inmuebles, con aspecto humano. Los fnuls no saben por qué, pese a su camuflaje, los humanos siempre los detectan. En este caso, aunque estén camuflados de vendedores de inmuebles, miden solo 60 centímetros. El cuento contiene ese humor surrealista de Dick que resulta un tanto inmaduro, aderezado aquí con algo de picante sexual, un tanto machista. No es este, desde luego, uno de los mejores cuentos del libro.

 

El nivel mejora en el tercer relato, Artefacto precioso. Estamos en Marte y en el planeta se están instalando colonos procedentes de una Tierra superpoblada. El protagonista, Milt Biskle, es un antiguo soldado que perdió el pelo y los dientes, como tantos otros, a consecuencia de su participación en la guerra. El relato acaba siendo una crítica a las aglomeraciones de las grandes ciudades de la Tierra. Milt quiere visitar los lugares de su infancia y el lector acabará teniendo la sensación de que todo se trata de un simulacro, ahondado en esa idea de las historias de Dick en la que la realidad que percibimos (o nos hacen percibir) no acaba de ser la «real».

 

En Síndrome de alejamiento dos policías detienen el vehículo de un hombre que conduce con exceso de velocidad. Aunque estamos en la Tierra, el hombre piensa que se encuentra en Gamínedes y que tal vez ha asesinado a su mujer. ¿Esto es real o es un falso recuerdo? De nuevo nos encontramos, igual que en el anterior, con una historia de Dick en la que se plantea la «realidad de lo real». El tercero y este cuarto son buenos relatos.

 

Una odisea terrícola, con sus 50 páginas, es el relato más largo del conjunto. Trata de una California que ha sufrido una guerra nuclear y de la vida de los supervivientes. Algunos animales, debido a la radiación, ha desarrollado capacidades fantásticas, como, por ejemplo, el hecho de una rata pueda tocar la flauta. Este detalle enseguida me hizo pensar en la novela El doctor Moneda Sangrienta, que leí en los años 90 y que tenía este argumento. La narración está repleta de sucesos inquietantes e imaginativos. Este cuento se publicó por primera vez en las obras completas y se trata de apuntes, o fragmentos, de la que iba a ser la novela El doctor Moneda Sangrienta. Me gusta el relato, pero recomendaría mejor leer la novela, porque en mi recuerdo es una de las mejores obras de Dick.

 

Su cita será ayer: un hombre despierta a su rutina, y comienza con su tarea relativa a la única copia que queda de un libro importante. En este relato hay robots y viajes en el tiempo, lo que hace (esto último) que su planteamiento sea confuso y que no me acabe de gustar.

 

Combate sagrado: unos tipos sacan de la cama al protagonista. Tiene que revisar una máquina que analiza el riesgo de estar sufriendo la amenaza de una guerra o no. La máquina cree que ese riesgo existe, pero los humanos del FBI piensan que puede estar fallando. Aunque algunas de las pruebas a las que los humanos someten a la máquina para ver si tiene capacidad real de analizar la situación me parecen un tanto ingenuas, el final es tan inquietante que ha hecho que se eleve para mí el valor de este cuento y que me acabe gustando bastante.

 

Un juego sin azar nos conduce de nuevo a una colonia humana en Marte. La colonia va a recibir la visita de unos feriantes del espacio. Esto pone en alerta a algunos de sus habitantes, ya que el año anterior perdieron bastantes de sus bienes con las apuestas a las que les llevaron otros feriantes. En esta ocasión, cuentan con la presencia de un niño con poderes psíquicos, que puede ganar a los feriantes en sus juegos. Así ocurre y recibe lo que en apariencia era el mejor regalo: unas muñecas robots. Quizás han sido engañados y estas muñecas robots suponen en realidad una amenaza. Este es uno de los cuentos que más me ha gustado del libro porque tiene el encanto puro de Dick: si el lector analiza su estructura interna, la lógica causa-efecto de sus ideas, comprobará que es un disparate de cuento, pero contiene el misterio y la extrañeza propia de un cuento de Dick, que, en ocasiones como esta, sigue una lógica propia ajena a la real, y esto –al menos ante mis ojos– le da un gran valor expresionista o surrealista al cuento.

 

No por su encuadernación me gusta porque nos remite a otro cuento de Dick: Más allá se encuentra el wub, que está contenido en el volumen 1. Un editor de Marte trabaja sus libros encuadernándolos con piel de wub, un animal de la fauna marciana. A pesar de que el wub, al que perteneció la piel, está muerto, no así su piel, que tiene capacidad para modificar el contenido del libro. De nuevo, es una narración original, con una lógica absurda y bella propia del mundo de Dick.

 

En La revancha la policía interviene un casino regentado por extraterrestres. Sin embargo, el protagonista consigue salvar una máquina del millón. Como estamos dentro de un relato de Dick, la máquina del millón desarrollará instintos homicidas contra nuestro protagonista. Puro Dick paranoico.

 

La fe de nuestros padres: el protagonista va a tener la oportunidad, gracias al consumo ocasional de una droga, de ver la televisión de un modo alucinógeno, pero ¿y si estaba drogado antes y le hacían ver una realidad alterada y lo que ve ahora, gracias a la nueva droga, es la realidad? El mundo está dominado por un líder, que posiblemente no es quién la población cree que es. De nuevo, puro Dick paranoico con la realidad.

 

En la página 371 tenemos el relato más corto del libro, pero con el título más largo; se titula La historia que podrá fin a todas las historias para la antología de Harlan Ellison, Dangerous Visions, y el título es casi más largo que el microrrelato loco que viene después. Me ha gustado del puro desconcierto que me genera.

 

La hormiga eléctrica es el que me ha parecido el mejor cuento de todo el libro. El director de una empresa sufre un accidente y pierde una mano, que le puede ser sustituida por otra biónica en el hospital. En este lugar, va a descubrir que, en realidad, no es un humano sino un robot, y que no trabaja en una empresa, sino que es propiedad de dicha empresa. Esto le va a generar una terrible crisis existencial, que le va a conducir a la autodestrucción. Es un relato bello y triste.

 

Cadbyry, el castor necesitado me hizo leer sus primeras páginas con una sonrisa de incredulidad. El cuento está protagonizado por un castor, al que su mujer presiona para que consiga más fichas de póquer, cuya acumulación da la medida del estatus en este mundo de los castores que crea Dick. A nuestro castor no le va a quedar más remedio que acudir en busca de ayuda a un conejito psicólogo. Los problemas matrimoniales del castor son evidentes, y empezará a ilusionarse cuando le surja la oportunidad de conocer a una mujer que quizás pueda darle el amor que necesita. En este relato aparece una mujer joven de pelo negro, que el lector de Dick sabe que simboliza a su hermana melliza que falleció en el parto y a la que Dick siempre sintió a su lado como una presencia sanadora. Hasta cierto punto, esta propuesta me ha recordado al cuento Josefina la cantora o el pueblo de los ratones de Franz Kafka.

Este cuento lo escribió Dick en 1971 y no se publicó hasta que fue incluido en esta antología. Esto pasa con algunos otros relatos del conjunto. Imagino que por esta época, Dick estaba más centrado en escribir novelas y conseguir publicarlas.

 

Algo para nosotros, temponautas trata sobre viajeros en el tiempo. Un grupo de astronautas terrícolas ha sido enviado a la misión de realizar un viaje en el tiempo. Un fallo hará que entren en bucle en un ciclo temporal, que les permitirá, por ejemplo, asistir a su propio entierro. Es un buen relato sobre las paradojas de los viajes en el tiempo, otro de los temas recurrentes de Dick.

 

Las prepersonas es un relato inesperado. Dick nos habla de una sociedad en la que los padres pueden decidir, hasta que los niños tienen doce años, que ya no desean a sus hijos y el Estado puede retirarlos en un furgón para llegarlos a un depósito, donde si, en el plazo de treinta días, no son adoptados por nadie serán eliminados. El relato se puede interpretar como una crítica al sistema de perreras, que recoge a animales domésticos abandonados, pero también, y sobre todo, como una crítica a las leyes proaborto. En su comentario final, Dick explica que este relato recibió críticas, pero que él quería dejar clara su postura antiabortista. Sin compartir su idea de fondo, he de decir que me ha gustado.

 

El ojo de la sibila es también un relato extraño. En él, Dick empieza a hablar de la antigua Roma. Esto no es algo infrecuente en su última etapa creativa, puesto que en su explicación paranoica del mundo, él se sentía un cristiano primitivo trasladado a la California de 1970. Este cuento acabará hablando de los años escolares de Dick y su vocación por la escritura. Sin ser un buen cuento, estructuralmente hablando, me ha resultado interesante por el tema autobiográfico.

 

El día que el señor Ordenador se cayó del árbol nos plantea la discusión de un ciudadano con sus electrodomésticos, controlados por un ordenador central que sufre episodios de locura. Uno de los protagonistas del relato va a ser un empleado de una tienda de discos, oficio que tuvo Dick en su vida real y que, a veces, aparece en sus historias. El ordenador central, como una IA enloquecida, empezará a generar información falsa. Es un cuento correcto, sin más.

 

La puerta de salida de adentro también trata del mundo de los robots y del control estatal. Un joven ciudadano, de vida mediocre, es agraciado con el premio de poder mejorar su formación. Descubrirá tarde que la primera prueba a la que debe someterse es a un juego moral.

 

Cadenas de aire, redes de éter descubriré en el comentario final que Dick lo uso para la su novela La invasión divida, que he leído, pero que no recordaba, o al menos no recordaba este detalle. Es un relato sobre la soledad, sobre dos personas, un hombre y una mujer, que viven en cúpulas aisladas en un planeta remoto. Cuando la mujer es víctima de una enfermedad, los dos empezarán a relacionarse más. Lo sorprendente de este relato es que se publicó en 1979 y está perfectamente integrado en él el uso de la IA con frases como estas: «En la pantalla grande apareció un mensaje. Era la respuesta del Sistema de la IA, llegada con un día de antelación», «No era de extrañar que el sistema de IA le hubiera notificado que el factor ético era prescindible en este caso». Me gusta más que los anteriores.

 

Extraños recuerdos de la muerte no es un cuento de ciencia ficción, sino que es un cuento realista sobre un hombre preocupado por el desahucio de una vecina mayor y acaba siendo una reflexión sobre la locura. El esfuerzo estilístico de Dick es aquí mayor que en sus otros relatos. Este cuento me sorprende por inusual.

 

Espero llegar pronto trata sobre un viaje intergaláctico de diez años, donde una nave espacial tiene la responsabilidad de mantener dormidos a los sesenta tripulantes. Sin embargo, algo falla y una de esas personas se despierta. La nave tendrá que ingeniárselas para que, en los próximos diez años, no pierda la cordura y decide suministrarle imágenes de sus recuerdos, con inesperadas consecuencias. ¿Lo real es real?

 

El caso Rautavaara nos presenta a unos extraterrestres que, debido a las leyes interplanetarias, se ven en la situación de ayudar a unos terrícolas que han sufrido un accidente cósmico. A través de un cuerpo humano muerto, al que han intentado revivir, entrarán en contacto con una deidad inesperada. Es un cuento inquietante, me gusta.

 

La mente alienígena nos presenta a una nave que se ha desviado de su trayectoria por un suceso inesperado, que tiene que ver con una mascota. Es un cuento escrito con afán bromista e inferior a otros.

 

Después de cinco veranos (y cuatro años) esta aventura de leer los cinco volúmenes de los Cuentos completos de Phillip K. Dick ha llegado a su fin. La verdad es que no podría afirmar, de forma contundente, que este quinto volumen sea significativamente el mejor de todos. En muchos de sus relatos, se nos vuelve a presentar el Dick juguetón, que escribe con intenciones cómicas, de sus comienzos. Quizás en esta etapa última ya no trata de hacer, como al principio, un giro final en los cuentos que les dé un nuevo significado, en muchos casos chistoso, y que acababa arruinando un tanto el alcance global de la pieza. Creo que había estado suponiendo que en este quinto volumen me iba a encontrar con relatos que tuvieran más que ver con el mundo de la novela Valis, con las inquietudes más profundas de Dick sobre la realidad, y no ha sido así. En cualquier caso, este Cuentos completos 5 contiene piezas destacadas de la producción de Philip K Dick y, en conjunto, me han acompañado bien en mis últimos inicios de verano. Ahora me queda por leer la Exégesis de Dick. Espero no tardar mucho en acercarme a ella.