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martes, 6 de marzo de 2018

Reseña de Koundara por Héctor Daniel Olivera Campos

Conozco a Héctor Daniel Olivera Campos a través de Facebook. A veces comenta algunos de mis estados en esta red social. Me dice que le gusta cómo comento libros.
En algún momento, decidió comprar mi libro de relatos Koundara, lo leyó y escribió sobre él una generosa reseña que publicó en su Facebook. Me gustaría compartir aquí:



KOUNDARA O LA TRAGEDIA DE LA GENERACIÓN LOW COST
Malos tiempos para la lírica. Bertolt Brecht tituló con la frase que precede un poema en el que exponía la imposibilidad del artista para crear, más allá de la denuncia, cuando el horror –en su caso, el ascenso del nazismo- lo acapara todo. Hoy siguen siendo malos tiempos para la lírica, pero son aún peores para la épica. Creo, en mi humilde opinión, que de eso va, entre otras cosas, el libro de relatos Koundara (Baile del Sol) de David Pérez Vega.
Si tuviera que definir con una sólo adjetivo el libro de David Pérez, este sería: generacional. Los siete relatos que compila Koundara conforman, a modo de retablo, la imagen de una generación, de forma análoga a la que Cela cinceló la postguerra en el imaginario colectivo con “La Colmena”, aunque se trate de dos escritores muy distintos. David, a modo de notario, ha sabido calibrar eso que los alemanes denominan Zeitgeist, el espíritu de su tiempo.
Hablamos de la que los políticos no se cansan de recordarnos que es la generación más preparada de la Historia de España, aunque también sea la más estafada. Hablamos del precariado, la gelatinosa clase social que lo engulle todo y que no distingue entre licenciados universitarios o ágrafos. La generación de los hijos del baby boom, de los hijos de los obreros que masificaron los campus universitarios. Una generación de JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados) que viven y vivirán peor que sus padres; que sufren, no sólo la avería del ascensor social, sino su exclusión de un mercado de trabajo dual en el que el barrendero municipal cincuentón cobra más que ellos, tiene seguridad de permanencia en su puesto de trabajo y le ampara su convenio colectivo y el sindicato. Jóvenes que estudiaron la carrera, su respectivo Máster, son políglotas y, sin embargo, encadenan un contrato parcial tras otro con la espada de Damocles gravitando sobre sus cabezas de que les renueven o no, se embarran en trabajos chatarra con contratos basura que no tienen nada que ver con sus estudios o se ven obligados a emigrar al extranjero a currar de machacas a cambio de subsistir y mejorar su inglés. Jóvenes que han descubierto que la meritocracia no existe, y que casi da lo mismo que hayas ido a la Universidad o no y te hayas quemado las pestañas estudiando porque vas a acabar bregando de reponedor en un supermercado igual que el menda que se pasó la juventud fumando porros y haciendo botellón en el parque suburbial, eso, si este último sobrevive a un patético y estúpido accidente de tráfico tras una noche de colocón.
Gravita en todo el libro un agrio determinismo. El libro es la sociedad líquida descrita por Bauman (movilidad, incertidumbre, relatividad de valores) hecha literatura. No es sólo que estos jóvenes asisten de espectadores al banquete del mercado, excluidos de pisar la tierra prometida del paraíso consumista, es que su vida entera, sus caracteres y expectativas, anidan en el viento. Así, sus relaciones amorosas parecen estar dotadas de serie con dispositivos de obsolescencia programada, incluso en el caso de Jaime y Cristina, la típica parejita de toda la vida del relato de “Koundara”, en que el hombre camina cogido de la mano de su novia, pero que no se corta en bañar con su mirada lasciva el escote de la mejor amiga de su chica, quien les acompaña en un periplo “humanitario” por África occidental; quien, por cierto, entiende el sexo como algo puramente lúdico y se atreve a practicar el turismo sexual de riesgo para resarcirse del horror vacui que le ha dejado su unión velcro con su último novio español. Hay personajes que buscan los ligues en el altar de los chats de internet, infidelidades conyugales con polacas macrobióticas y relaciones de aquí te cojo, aquí te mato con esnobs deprimidas que leen a Sylvia Plath. Ya no hay oscuridad, transgresión, vicio o pecado en el territorio de los cuerpos, follar es poco más que gimnasia sueca. Adocenados hasta lo más íntimo por un mercado omnipotente que, no obstante, les ha dado la espalda, han abdicado de su personalidad para convertirse en consumidores. Y como tales, el amor y el sexo no son más que vitrinas en el supermercado de la vida en las que escoger lo que creen que más les conviene o satisfará. Da lo mismo que se casen o formen una familia, todo es contingente y provisional y la paternidad/maternidad la viven como una amenaza –como la Claudia de “Acrópolis”- o como un fracaso cierto –tal es el caso de Álvaro, el niño obsesionado con los acuarios en “Tetras de ojos rojos”-. Jóvenes que en su grado extremo, exhiben una innegable alienación, como ese que se hace selfies con sus macetas de maría, o Ruth, la gótica-punk colgada que alimenta a su serpiente con los ratones muertos que extrae del congelador y que casi mata con un chuchillo a su compañero de apartamento.
Me ha resultado imposible no acordarme, al leer Koundara, de aquellas parrafadas que soltaba Brad Pitt en “El club de la lucha”: “Veo aquí a los hombres más fuertes y listos que hayan existido. Veo un gran potencial. Y lo veo desperdiciado. Maldita sea, una generación entera vendiendo gasolina, sirviendo mesas, esclavos de oficina. La publicidad nos hace codiciar autos y ropa, conseguimos trabajos que odiamos para comprar basura que no necesitamos. Somos los hijos medianos de la historia. Sin propósito ni lugar. No tenemos la gran guerra, ni la gran depresión, nuestra gran guerra es espiritual, nuestra gran depresión son nuestras vidas. Crecimos frente al televisor creyendo que un día seríamos millonarios, estrellas de cine y rock, pero no es así; y lentamente nos damos cuenta de eso, y estamos muy enojados!”. Fukyama no nos advirtió, en su libro “El final de la Historia y el último hombre”, que la globalización occidental también conllevaría la globalización del desasosiego.
No deja de ser una ironía que se le denominara Lost generation a la de entreguerras del siglo XX. Aquella que chapoteó en el barro de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, disfrutó la era del jazz, gozó los felices años veinte, asistió a la irrupción del cine como espectáculo de masas, burló la ley seca, se arruinó en el crack del veintinueve, combatió el ascenso de los fascismos, se sintió atraída por Stalin y el marxismo, se alistó a la causa de la República española y luchó en la Segunda Guerra Mundial ¿Generación perdida? ¡Las narices! Tenían tantas razones para vivir, luchar y morir. La generación que describe David Pérez en su libro sí que está perdida, sin ningún lugar al que huir para escapar de su angustia y alienación, ni siquiera, a una remota aldea africana llamada Koundara en la que los críos de la escuela te sorprenden cantándote la alineación del Real Madrid, el equipo de la ciudad de la que huyes.
No, ya no podemos aspirar a una muerte gloriosa formando parte de las Brigadas Internacionales y defendiendo un Madrid, tumba del fascismo, o desembarcando en una playa normanda bajo el fuego nazi. Los personajes de Koundara no mueren, están condenados a cadena perpetua por su autor. David les niega la tragedia, no tienen derecho a ella. Ni Eduardo en “Acrópolis” es asaltado por la banda de albano-kosovares chungos que anda desvalijando almacenes por los polígonos del extrarradio madrileño, ni el jevi protagonista de “La Balada de Upton Park” sucumbe por el chuchillo que empuña Ruth o a manos de Cecilia, su otra compañera de piso, la boliviana que está loca de atar. Por no pasar, tampoco el protagonista de “Maestro” es acusado falsamente de cometer actos de pederastia con sus alumnos, algo que el lector sospecha que va a constituir el desenlace del relato. No, los personajes de Koundara, en su intrascendencia, no tienen ni derecho a disputarse un mísero y sórdido hueco en las páginas de sucesos.
Los personajes viven angustiados por unas tragedias a las que el nombre de tragedia les viene grandes –como Eduardo y Claudia en “Acrópolis” en que la subida del Euribor de la hipoteca amenaza con destrozarles-. Los padres de la generación de Koundara vivieron la Transición; los abuelos se mataron a trabajar durante el desarrollismo; los bisabuelos combatieron en la batalla del Ebro y capearon la postguerra. ¿De qué se pueden quejar estos niñatos que crecieron leyendo a Tolkien y jugando a la Play Station? Pero como cada uno cuenta la feria como le va, los protagonistas del libro viven con desazón sus tragedias, aunque éstas sean tragedias low cost. Creo que el autor es consciente de ello cuando inicia su relato “Maestro” con una provocación en toda regla. El protagonista evoca el poema de Martin Niemöller, “Ellos vinieron”, comparando el exterminio nazi con la no renovación de su contrato temporal en una escuela privada.
De los siete relatos, el que más me ha gustado es, precisamente, el de “Maestro”, en el que la crítica social es más clara y mordaz. Una escuela privada gestionada por una cooperativa de maestros superprogres, pero que se comportan como empresarios explotadores sin escrúpulos. El relato muestra una arista afilada del mamoneo patrio y ubicuo. Esa Dirección de la escuela de progres antifranquistas extremeños que abominan del caciquismo que sufrieron en su tierra, pero que lo reproducen miméticamente en su empresa con los docentes contratados y desechables. Delicioso ajuste de cuentas con la generación coñazo del 78, tan hipócrita, tan dada a hablarnos desde el púlpito y la superioridad moral; tan tabarrosa ella; con su Transición de los cojones, su carreras delante de los grises y sus biografías de luchadores antifranquistas más falsas que un billete de tres euros y el dominical de “El País” bajo el brazo. ¡Chapeau, David!
Ya en lo formal, recalcar que se nota que David Pérez Vega ha leído mucho y bien –es reseñista habitual de la revista Eñe-. Escribe con solidez, los personajes transitan a través del tiempo y del espacio de forma adecuada y la multitud de detalles que incluye son verosímiles y no recurre a tópicos. Me ha gustado mucho el tono que emplea, que es absolutamente acertado. En la literatura realista contemporánea española que he podido leer hasta ahora -no así en este libro de David Pérez-, el tono suele fallar; se pretende salvar la inanidad y la debilidad argumental con un tono forzado de tragedia y eso hace empeorar el texto al convertirlo en pretencioso. Por el contrario David nos narra sus historias como si no pasara nada, aunque pasa y mucho. Encuentro en su prosa trazas de Hemingway –aunque creo que David escribe con mayor recorrido literario-, Bolaño y, sobre todo, Carver. Hay un distanciamiento con respecto a los personajes en los distintos relatos que me recuerda mucho a los cuentos de Raymond Carver. Una frialdad que se mitiga con ese jevi casi tontorrón y algo tierno de “La Balada de Upton Park” y, sobre todo, con el protagonista de “Maestro” con el que el lector se involucra y empatiza en su defensa numantina de su dignidad profesional.
Puesto a buscarle pegas a Koundara, detecto un cierto “madrileñismo” cuando cita ciudades de la periferia de Madrid y barrios de la capital sin añadir nada al respecto, dando a entender que el lector debe estar familiarizado con el paisaje urbano y humano al que alude con sólo hacer constar los topónimos. Y, ya rizando el rizo, y buscando tres pies al gato: En el relato que da título al libro he echado de menos una prosa más demorada en los pasajes introspectivos y descriptivos.
Dicho esto, recalcar que el libro me ha gustado mucho. Y creo que se trata de una propuesta valiente y una disección magistral y descarnada de una determinada generación. Un libro candidato a ser una obra de culto. Muy recomendable.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara en la revista Oculta

La poeta y novelista Ariadna G. García publicó en la revista Oculta una reseña de mi libro de relatos Koundara. La dejo aquí:



Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen –tenemos– puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. Hablo de novelas como Cenital, de Emilio Bueso (2012); La trabajadora, de Elvira Navarro (2014); Inercia, de quien escribe (2014); Los valientes, de Roberto de Paz (2015); La gran ola, de Daniel Ruiz García (2016); y Cuando todo era fácil, de Nando López (2017). Me refiero a libros de relatos como Contratiempos, de Pilar Tena (2014) o el que nos ocupa hoy: Koundara, de David Pérez Vega (2016). Con estos libros los lectores pueden auscultar el pecho de su época, pues trasladan al papel los mundos que sospechamos, pero que nuestra sociedad –pensada para el consumo y la satisfacción de los deseos– nos impide ver. No obstante, para eso escriben sus obras los autores, para hacernos mirar en dirección opuesta a los anuncios, la telebasura y el discurso político de autocomplacencia. Estos títulos describen cómo los recortes de la administración incrementan la sensación de fracaso colectivo, cómo la clase obrera ha perdido derechos con la nueva reforma laboral, cómo las mujeres y los hombres que han acabado en el paro deben reinventarse para sobrevivir, cómo se ha abierto un abismo entre los sueños de juventud y los logros de adultez, cómo el mercado laboral se ha vuelto despiadado, cómo miles de españoles preparan la maleta del exilio, o cómo la incertidumbre, el miedo y la frustración se han enquistado en la ciudadanía.
Koundara es el primer libro de relatos de David Pérez Vega (1974), profesor de Economía y de Matemáticas, y autor de las novelas Los insignes (2015), El hombre ajeno (2014) y Acantilados de Howth (2010); de los poemarios El bar de Lee (2013) y Siempre nos quedará Casablanca (2011); así como de un sinfín de reseñas que ha ido publicando o bien en su blog (Desde las ciudad sin cines) o en la Revista Eñe. Con la excepción de la última novela, todas sus obras han visto la luz en Baile del Sol, una editorial prestigiosa, alternativa, que lleva veinticinco años dando a conocer nuevas voces de la literatura española.
El libro lo integran siete relatos organizados en dos secciones («Los viajes» y «Bajo determinadas circunstancias»). Me han gustado mucho cuatro de ellos: «Koundara», «Maestro», «Cazadores» y «Tetras de ojos rojos». Sin embargo, voy a comenzar mi reseña por los tres restantes.
«Acrópolis» tiene un arranque sorprendente (el gerente de una empresa abandona, con precaución y nervios, la nave donde trabaja, por temor a un atraco), pero la abrumadora retahíla de datos que ofrecen –a continuación– narrador y personajes frena la historia. Las intervenciones de los interlocutores, por otro lado, son demasiado largas, lo que resta credibilidad a los diálogos. Así y todo, me gusta el sentido del relato, si bien no su construcción: la mirada nostálgica hacia el pasado donde el protagonista sentía una seguridad que ahora le falta.
«La balada de Upton Park» toca un tema interesante y actual: la emigración de españoles por culpa de la crisis. El prólogo promete una entretenida historia de terror, pero el relato que lo sigue frustra enseguida las expectativas de los lectores. El desarrollo de la historia es lento por la profusa aparición/desaparición de personajes, y por la meticulosidad con que describen escenas al margen de la trama principal.
«Quitasol» es un relato anodino, en el fondo y en la forma; que desmerece al lado de sus compañeros. Y es que dentro de la colección hay cuatro relatos realmente muy buenos. A saber:
«Koundara» tiene el atractivo de la localización espacial (Guinea Conakry); de unas descripciones muy plásticas, de gran poder evocador, que apelan a cada uno de los sentidos («El olor es lo primero en África; un olor carnal, igual que una gasa invisible sobre el cuerpo. Nada más bajar del avión, una presencia de cuero y sudor rancio»); de la sutil ironía a la que recurre el autor para criticar la actividad que desarrolla la Iglesia en Koundara (escolarización en sus centros únicamente de estudiantes ricos), así como de los privilegios de los que disfrutan sus representantes (instalación de tendido eléctrico y suministro de agua); el último aliciente del relato descansa en la aparición de personajes a los que estamos poco habituados (monjas que conducen todoterrenos de aspecto militar).
«Maestro» destaca por el tema: la denuncia de las precarias condiciones laborales en las que realizan su trabajo los maestros y profesores de un colegio privado (para el nivel de bachillerato) y concertado (para las etapas de primaria y secundaria). El narrador nos relata los esfuerzos de la dirección del centro por despedir a docentes con contrato indefinido, por minar su moral completando su horario con asignaturas para las que no están cualificados, por presionar al claustro para que los estudiantes aprueben sin abrir un libro, o por colocar a dedo a un representante sindical afín a sus intereses. Se nota que Pérez Vega conoce el oficio desde dentro.
«Cazadores» se sustenta en una estructura muy bien trabajada, donde varios relatos se insertan unos dentro de otros, como en las antiguas colecciones árabes de cuentos. Dos hombres divorciados se citan en un restaurante chino para cenar, y en la conversación se confiesan en qué momento se percataron de que sus matrimonios no les satisfacían. Este segundo estrato de la historia, que gira en torno a un perro, desemboca en un tercer recuerdo del protagonista, esta vez situado en un bar de Malasaña. Esta nueva charla con otro amigo, gemela a la de la historia-marco, sirve para rememorar un lance de la infancia en la facultad de Veterinaria de la Complutense, donde experimentó el horror de ver animales amputados y agonizantes. Estos flashback freudianos nos perfilan a un personaje inseguro, temeroso de los hombres que conforman su mundo. De ahí que el desenlace del relato nos reconforte.
«Tetras de ojos rojos» es el texto más lírico –simbólico– de las siete piezas. Su fuerza radica en la espléndida caracterización psicológica del personaje principal, la madre de un alumno diagnosticado con TDA (Trastorno por Déficit de Atención). Relatada, ahora, por un narrador omnisciente, la obra pasa revista a las emociones que Mónica padece tras entrevistarse en varias ocasiones con el tutor del chico y luego con éste: ira, desconcierto, desconsuelo, impotencia, miedo, furia, decepción. Pérez Vega, de nuevo, recurre a su experiencia docente para añadir al retrato del personaje la pintura de los obstáculos que dificultan la concentración de los adolescentes de hoy: los videojuegos, internet, el móvil y la televisión. Un acuario de peces servirá de remanso de las pasiones, banco de pruebas de madurez, y de metáfora de la extrañeza incómoda que siente una madre cuando asiste a los cambios de sus hijos. La incorporación de los diálogos al texto me parece una fórmula acertada, pues dota al texto de agilidad.
En resumen, Koundara es un buen libro de relatos, con cuatro piezas excelentes en las que el autor demuestra que tiene oficio, domina la técnica y posee una aguda mirada para observar el mundo. David Pérez Vega radiografía nuestra sociedad para ofrecernos un mosaico de personajes entre los treinta y los cuarenta años cuyas vidas, lejos de estar asentadas, zozobran en la incertidumbre. Raro será que los lectores no se identifiquen con alguno de ellos.

Muchas gracias, Ariadna.


Puedes leer la reseña original pinchando AQUÍ.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara en La pajarera

La escritora María Toca Cañedo, a la que conozco de Facebook, publicó esta reseña de Koundara, en su web literaria La pajarera.



«A veces nos envían libros, algunos se reseñan, los más se descartan por falta de interés o calidad literaria. Se me entienda, no quiero que piensen que vamos de eruditas y de críticas literarias, que no. Lo que sí ocurre es que letraheridas viejas, sí somos. O sí soy. Y cuando un libro no se me cae de las manos durante horas y aprieto otras funciones para volver a él, algo tiene. O mucho. O bastante. Eso pasó con  Koundara. El escritor y bloguero literario, del que me confieso seguidora virtual, David Pérez Vega, ha escrito hace tiempo este libro de relatos y (dice él) que se ha vendido poco. En este país vender libros, si los haces con amor, trabajo y sin tener plataformas detrás o capacidad de halago a críticos “oficialistas” es muy duro.  Por eso, creo que es injusto, muy injusto que esta pequeña joya no se divulgue más y lo disfruten con el justo placer que lo hice yo.
Son varios relatos, cotidianos, de vidas sin relumbrón, casi diría de andar por casa. Mayoritariamente son historias de profesores o de alumnos…aunque el que da nombre al libro se desarrolle en Costa de Marfil y Senegal, es igual, porque los aconteceres, son cotidianos.  La gente que puebla Koundara, puede ser usted o yo. La maestría del escritor es dar con el tono que nos cose a la lectura, que nos lleva a considerar al personaje cara conocida y nos cuesta abandonarle. Todo eso es Koundara.  Les aconsejaría que no perdieran de vista a mi querido David para que le espoleemos a que publique más. Y pidan Koundara en su librería, háganse ese favor.»

Muchas gracias, María.


Se puede ver la reseña original pinchando AQUÍ.

martes, 6 de junio de 2017

Reseña de Koundara en El coloquio de los perros

Diego Sánchez Aguilar ha sido en 2016 el último ganador del Premio Setenil de cuentos, que premio al mejor libro de cuentos publicado en España durante el último año, con su libro Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino.



He tenido la suerte de que Diego Sánchez Aguilar ha leído mi libro de relatos Koundara y ha escrito una reseña sobre él. La dejo aquí:

«Este libro de relatos engaña al lector con su título y su portada. No hay exotismo, no hay aventuras en estas historias realistas, cotidianas, con las que David Pérez Vega nos cuenta la España de la clase (que fue, o se creyó, o se cree) “media”.
        Son siete relatos largos, de unas treinta páginas, una amplitud que permite que los personajes se desarrollen, que los ambientes se enriquezcan, que los elementos sociales, económicos, o laborales no sean un mero fondo desenfocado sino parte esencial del relato. Una amplitud que, también, sirve para alejarse del relato más convencional, de ese concepto de relato “canónico” en el que “no ha de sobrar ni una palabra”.
        Además de esa extensión, otro factor que ayuda a que Koundara se convierta en un perfecto análisis de nuestra sociedad es la gran unidad que encontramos en los siete relatos. Por un lado, en la elección de personajes, parece que David Pérez Vega ha querido hacer un retrato no sólo social y espacial (España), sino también generacional. Todos los personajes son “jóvenes adultos”, en torno a los treinta años y, pese a que el libro se divide en dos partes (los tres primeros relatos suceden fuera de España, en viajes realizados por protagonistas españoles; los cuatro restantes se sitúan en España), la unidad es total: la vida cotidiana de personas, de parejas, de familias, que no viven grandes aventuras ni situaciones extraordinarias. Son pequeños dramas, de esos que se viven en silencio, imperceptibles para casi todo el mundo, pero reveladores de una forma de ser, tanto individual como social.
         Por otro lado, esa unidad temática viene acompañada de una unidad formal y de tono. Si bien se alterna el uso de la primera y la tercera persona en los relatos, se trata siempre de narraciones que buscan un tono desapasionado, una mirada analítica y sin estridencias sobre los acontecimientos narrados y, sobre todo, con una ausencia total de subrayados innecesarios. No busca nunca el autor construir el cuento con un final “en alto”, ya sea por una sobrecarga emocional o por un giro inesperado de la narración. Suelen ser cuentos que terminan como empezaron, en silencio, en actos cotidianos que, una vez que se ha desarrollado el relato, se cargan de un sentido: el de la vida del personaje en cuestión, con todas sus pequeñas miserias y miedos y ternuras.
      Otra cosa que me ha gustado de Koundara es que se habla de dinero y se habla, mucho, de trabajo. No es necesariamente un libro de la crisis, ni sobre la crisis. Cuando digo que se habla de dinero y de trabajo quiero decir que son partes indisolubles de la trama, de la construcción de los personajes. Parece una obviedad, pero no es tan frecuente esa inclusión tan natural de estas cuestiones, especialmente la cuestión laboral, en la narrativa española que, o bien ha obviado el tema o, algunas veces, lo ha incluido de una forma demasiado forzada, antinatural, como diciendo: “Mira, soy un novelista realista y social, mira cómo hago que este personaje sufra por su economía”. En Koundara, en cambio, el trabajo, las condiciones laborales, las remuneraciones, las posibilidades de ganar o de perder dinero, de ganar o de perder calidad de vida en relación con las horas de trabajo, todo aquello a lo que gran parte de nosotros dedicamos gran parte de nuestros pensamientos y nuestras conversaciones (y que, luego, generalmente, no consideramos “apropiado” para construir narraciones, literatura), está siempre en primer plano: forma parte de los personajes y es, en gran medida, lo que los define.
 Me interesa mucho ese intento de neutralizar o matizar o cuestionar el mito del “ser especial”, del “individuo excepcional” con el que se ha forjado nuestra educación sentimental y artística y que, de una forma tan perniciosa, ha utilizado el Neoliberalismo para convencernos de que todos somos únicos, emprendedores, potenciales millonarios, genios, todo, cualquier cosa, menos un grupo, una clase, una colectividad. Libros como este ayudan a contarnos nuestras vidas, en las que (sí, vale, todos somos especiales, todos somos “nosotros mismos”, claro, qué otra cosa podemos ser) el héroe, el protagonista, es su trabajo, su pareja, su dinero, su familia, su barrio, su intento de hacerse una vida con los elementos que tiene a mano. Pero que nadie se asuste. No es este un libro político, explícitamente político al menos. No hay ni una sola palabra sobre el tema, ni en los relatos en primera persona ni en los que usan un narrador omnisciente. El tono, como he dicho, es siempre objetivo, descriptivo, poco dado a análisis políticos de las situaciones narradas, responsabilidad que recae sobre el lector.
         Si le tuviera que poner una pega a Koundara, tendría que advertir de que es una debilidad o manía personal, que me ha granjeado muchas discusiones o conflictos con amigos “letrados”. Quiero decir, que los referentes estéticos en la manera de narrar de David Pérez Vega se sitúan en La Gran Novela Americana. Y, aunque esto sea un libro de cuentos, esa unidad de la que he hablado le otorga en cierto modo esa intención de retratar una sociedad, una generación, un momento de la Historia a través de la observación detallada de la vida de algunos personajes. El problema al que me refería es el mismo que tengo con esos grandes narradores norteamericanos como Philp Roth, Saul Bellow, Franzen, etc, y es esa tendencia a relatar cada uno de los aspectos de la vida de los personajes, de su pasado, de su infancia, renunciando casi por completo a la elipsis, abarcando unos arcos temporales muy amplios que, indudablemente, favorecen la creación del personaje, pero a mí siempre me hacen preguntarme si son necesarios, si no hubiera bastado con centrarse en el presente de la narración. No es algo que me haya pasado en todos los relatos, claro, pero sí que es algo que he advertido en algunas ocasiones.
         En cualquier caso, es una lectura absolutamente recomendable y una muestra de que el realismo está muy vivo también en el género del relato, tan frecuentemente colonizado por lo fantástico. Y es una muestra también de que realismo no tiene por qué ser rutina, género literario, ejercicio de estilo sobre un esquema dado e inamovible. El realismo, como tendencia literaria por la que los elementos sociales e individuales se convierten en el material narrativo esencial es polimorfo, cambiante, evoluciona continuamente. Porque contarnos a nosotros mismos, mirarnos como seres sociales en un tiempo y un espacio concretos, seguirá siendo una de las funciones elementales del relato, de la literatura. »

Si te apetece comprar Koundara puedes hacerlo pinchando en ESTE ENLACE ( por 10 € llega a casa sin gastos de envío).


Puedes leer la reseña original en la revista El coloquio de los perros pinchado AQUÍ.

miércoles, 25 de enero de 2017

Precisión y misterio en Koundara

Ya me sorprendió hace unas semanas el escritor y periodista Eduardo Laporte cuando leyó mi libro de relatos Koundara y mostró en público su entusiasmo por él. 

Ahora ha escrito una reseña para el periódico El Correo, que leí el sábado estilo Lina Morgan: agradecido y emocionado. Compré el periódico en un quiosco de Sol, fui a comer a Móstoles, a la casa de mis padres, y se me olvidó allí (creo que andaba medio dormido). De este modo, no pude fotografiar la reseña y colgarla por aquí.
La tomo ahora del muro de mis editores de Baile del Sol.
«Imágenes cargadas de una gran fuerza poética», «Sencillez y riqueza del discurso», escribe Eduardo sobre Koundara.

Por si a alguien le apetece comprar el libro: debajo de su foto, en la columna de la derecha del blog, hay un enlace a la página web de la editorial. El libro cuesta 10 €, sin gastos de envío, y los editores de Baile del Sol son tan majos que en el paquete de envío meten otro libro de la editorial de regalo.



jueves, 10 de noviembre de 2016

Reseña de Koundara en el periódico Ciudad Real Digital

PL Salvador, que recientemente ha publicado la novela Nueve semanas (justas-justitas) en la editorial Pez de Plata, ha leído mi libro de relatos Koundara, y ha escrito una reseña para el medio Ciudad Real Digital



Aquí la dejo:

Cuando me visto de crítico literario, juzgo los textos por lo que pretenden y consiguen. Leo literatura esteticista, juzgo su estética. Leo literatura vanguardista, juzgo la calidad de su audacia. Leo literatura-literatura, juzgo y rejuzgo. Leo literatura social, juzgo su aporte social.
En este mundo literario nuestro no todo es literatura. No hubo custodios literarios oficiales con plenos poderes. No se pudo separar la paja del grano. Hoy día, mejor no pensar en ello, pues sería cuasi imposible. Cuando cae en mis manos un libro de paja, lo dejo en la novena página. En algunos casos excepcionales, lo termino y critico. Tal es el caso de ʽEl santoʼ (César Aira), una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida*. Pues bien, una vez que ha quedado probado que también hago críticas negativas-demoledoras, diré que hoy toca grano. Toca hablar bien de ʽKoundaraʼ, un libro que consigue lo que pretende.

Las siete historias:

ʽKoundaraʼ: Una mujer (inocente-insular). Un entorno absurdo-egoísta (como la vida misma). El libro de Anne Sexton o Sharon Olds (a modo de refugio). ¿Qué puedes hacer cuando has nacido en el seno de una sociedad que desapruebas? David Pérez Vega, a través de un relato antisistema, nos habla de un sistema apoyado por individuos que se creen benefactores (casi individuos antisistema) cuando en realidad son parte de ese sistema que día a día nos destroza la vida, la esperanza, la ilusión. El estilo es analítico. La mujer que nos cuenta la historia se queda fuera (o lo intenta).
Mencionar la forma en que la protagonista nos habla de sí misma: Lo que le conté-lo que no le conté (a Maica). Estos detalles técnicos son la sal (y pimienta) de todo texto. Quizás el zampalibros no les presta la debida atención y ahí empieza la mala lectura. Al margen de esto, la narradora se deja ver a través de su narración.

ʽAcrópolisʼ: La cotidianidad de la España derrotada escrita en un tono coloquial, más espontáneo, pero efectivo al fin. Tal vez la sintaxis es menos precisa en esta segunda historia; tal vez es una historia que requiere una sintaxis menos precisa.
Mencionar el «―consideraba―», que se repite dos veces y yo hubiera repetido bastantes más; y que este texto está escrito en un tono más difuminado que le confiere fuerza al desenlace.

ʽLa balada de Upton Parkʼ: Tercera historia, tercer tono narrativo, en esta ocasión casi documental, testimonial, hechos que probablemente han sucedido o sucederán. La magia del realismo, la cotidianidad narrada que en el próximo siglo devendrá en túnel del tiempo literario.
Mencionar que estilísticamente es la que menos me ha gustado, aunque también consigue lo que pretende.

ʽMaestroʼ: Cuarto relato, cuarto tono. En esta ocasión, la historia parece narrada «de carrerilla», como si el narrador no tuviera ganas de contarla pero se creyese en la obligación de hacerlo.
Mencionar que ―al margen de su prosa― este relato aporta bastante.

ʽQuitasolʼ: El tono puro de la cotidianidad, de la nostalgia, y de nuevo: el absurdo de la vida. Muchas veces (o casi siempre): las pequeñas cosas terminan marcando nuestras vidas.
Mencionar la mención especial que merece el párrafo final.

ʽCazadoresʼ: O el capítulo de los solteros solitarios que aborrecen su soltería y su soledad. Vivimos unos días en los que lo más habitual es estar soltero o separado o divorciado. Si seguimos así, las viudas podrían empezar a escasear.
Mencionar lo que ya todos sabemos: que cualquiera puede terminar soltero/a y solo/a. Y, por lo general, esto es algo terrible.

ʽTetras de ojos rojosʼ: El sufrimiento de una esposa-madre dentro de una narración neutra que la envuelve (o encierra). Lo absurdo de conseguir un buen estatus si este no te aporta una cierta felicidad. Pararte a pensar que las cosas no impedirán que te sientas vacía. Equivocarte día tras día sospechando que te estás equivocando pero sin encontrar la forma de salir de una espiral que terminará abocándote a la más terrible de las soledades.
Mencionar que este relato debería ser de obligada lectura para las madres-esposas que tienen dudas (de todo tipo) y ―sobre todo― para las que no tienen dudas (de ningún tipo).

Conclusión:
Un libro realista, social, en la línea de ʽGrietasʼ (Santi Fernández Patón) o ʽFiltracionesʼ (Marta Caparrós). Un volumen de relatos que más bien son micronovelas. Una obra que también podría ser una novela con personajes que no llegan a conocerse. Así la he entendido (yo). Y así recomiendo que se lea, como un todo que es bastante más que la suma de sus partes.
ʽKoundaraʼ, de David Pérez Vega.

Muchas gracias, Salvador,
La reseña original se puede leer pinchando AQUÍ.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Reseña de Koundara en el blog Cuentos Pendientes

En el blog Cuentos pendientes, el escritor Pablo Escudero (compañero mío en Baile del Sol) escribió una reseña sobre mi libro de relatos Koundara.



La dejo aquí:

Koundara es una ciudad de Guinea Conakry, y es también el título del primer relato de este libro de David Pérez Vega, el que le da título al conjunto. Cuando un autor de relatos elige el título de uno de los cuentos incluidos en la colección como título del libro en su conjunto, suele hacerlo pensando que es el que mejor ilustra el espíritu común de la obra. Koundaraes el primer libro de relatos de David Pérez Vega, después de dos poemarios y tres novelas. Es el primer libro del autor que leo, aunque tengo referencias de su mundo literario porque sigo con asiduidad su blog,http://desdelaciudadsincines.blogspot.com.es/.
Los lectores de su blog habremos leído alguna vez que Pérez Vega empezó en la literatura escribiendo relatos, aunque no esta clase de relatos sino relatos de género fantástico. Creo que casi todos los narradores empiezan a probarse en el relato. Los que perseveran en la escritura y van llegando al mundo de los autores publicados, siguen dos caminos que no se tocan: los que continúan manteniendo un pie en el mundo del relato, y los que lo ven como un camino juvenil, una especie de iniciación, al que quizá no van a volver nunca.

Coincidí en la Fiesta de la Editorial Baile del Sol (editorial con la que ambos hemos sacado libro este año, Koundara en su caso, Mil dolores pequeños en el mío) con David Pérez Vega y me dijo que pensaba que probablemente Koundara fuera el mejor de sus libros. No creo que el propio autor sea un gran juez a la hora de elegir su mejor libro. En general, para un escritor que se tome en serio su trabajo y lo ponga todo en lo que hace, su mejor libro siempre será el último, primero porque es un libro que habrá aprendido de los errores de los anteriores, y sobre todo porque será el más cercano a su mundo narrativo actual. Koundara, sea o no su mejor libro, que es algo que no puedo juzgar pues es de momento el único que he leído, sí es, no cabe duda, un buen libro.

¿Qué hay en Koundara? Siete relatos de corte realista repartidos en dos partes. Los relatos se van por encima de las veinte páginas con frecuencia. He leído a quien destaca este hecho pero no me parece demasiado relevante para saber si un relato será bueno o malo. Hay buenos relatos de cinco páginas y buenos relatos de treinta. Pasa lo mismo con los malos. Un relato que tienda a las treinta páginas permitirá escapar un poco más de la necesidad de concentrarlo todo y permitirá perfilar más detalles de los personajes y las situaciones. Es un tipo de relato, seguimos hablando de su longitud, que no es demasiado frecuente en la mayoría de libros de cuentos, no al menos como longitud más frecuente como sucede aquí, y que a mí, como lector, me remite a autores como Alice Munro o Richard Ford, autores que se mueven con maestría en ese número de páginas.

La primera parte del libro se llama Los viajes, y como bien indica su nombre, las tres historias se articulan alrededor de un viaje. Los viajes representan circunstancias muy distintas en cada uno de ellos. Porque los viajes representan momentos muy distintos en la vida de una persona dependiendo de las circunstancias en las que llegamos a ellos. En Koundara nos encontramos con una española que ha ido hasta allí a colaborar a través de una ONG cristiana. Ella colabora en cuestiones sociales, y ha llegado a apuntarse a este viaje y a esta manera de pasar el verano, empujada por una amiga. Eso hace que no acabe de sentir el viaje como un proyecto propio, sino como algo a lo que ha sido invitada, y en lo que participa con gusto pero que no se toma con la seriedad de algo que hubiera surgido de ella misma. Lo que más me ha gustado de la historia ha sido la capacidad descriptiva del mismo, que se despliega desde el principio, y el juego que establece entre deseo, hipocresía y amistad.

Koundara es el primer viaje, y es un viaje elegido. Acrópolis, el segundo relato, es un viaje en la memoria. El personaje que protagoniza el relato recuerda con nostalgia su viaje de novios a Grecia. Miramos atrás y vemos que los tiempos pasados eran realmente buenos. Si no estrictamente buenos, eran mejores que los que tenemos ahora. La eterna trampa de la nostalgia. El último relato de esta primera parte, La balada de Upton Park, habla de viajes por obligación, de jóvenes que ya no se sienten del todo jóvenes que se han visto obligados a salir del país para ganarse la vida. Esto genera una sensación de incertidumbre permanente, de no saber si se va o se viene, dónde se está y de dónde se sigue siendo. Hoy en día creo que casi todos los que estamos entre los veinte y los cuarenta años hemos vivido fuera un tiempo a la espera de oportunidades, o tenemos amigos o familia viviendo fuera, o tenemos proyectos propios o a nuestro alrededor de salir a buscarse la vida. El retrato que el autor realiza de esta realidad me parece cercano sin caer en el sentimentalismo, realista y acertado.

¿Cómo es el estilo? ¿Cómo es la escritura?: El estilo de estos primeros relatos marca ya el de todo el libro. Es un estilo sencillo, narrativo, eficaz en esa narración, limpio, descriptivo. La prosa es funcional y ayuda a avanzar a la historia que se está contando. Los narradores del libro son variados, son hombres y mujeres, hay historias en primera y en tercera persona. Todos funcionan correctamente. Son creíbles y coherentes en todo momento. Se nota que el autor tiene oficio y maneja bien la caja de herramientas.

La segunda parte del libro, Bajo determinadas circunstancias, deja de enseñarnos el mundo y nos trae a ciudades que son Madrid o están en sus alrededores. Los protagonistas no son diferentes a los de la primera parte. Siguen siendo jóvenes o cuasi – jóvenes, y muchos siguen viviendo en la incertidumbre. Algunos de esos personajes hace bastante que cumplieron los treinta años y quizá pensaban que sus vidas estarían más asentadas al acercarse a los cuarenta. Pero no. Porque tal vez no existe la vida sin incertidumbre, por más que nos gustara. Los personajes van y vienen de unos trabajos a otros, tienen dudas, se plantean algunas realidades de su vida y no saben si atreverse a hacer algo distinto. Son esa clase media más o menos preparada académicamente que no ha sabido muy bien cómo moverse con la crisis y dónde queda su lugar con el cambio que ha supuesto. Las circunstancias a las que se enfrentan en las cuatro historias de esta segunda parte del libro son conocidas por todos. El realismo del libro es real. Y esto puede sonar a perogrullada, lo sé, pero no todo lo que se nos ofrece como realismo suena verdadero. Aquí se consigue.


¿A qué se parecen las historias del libro? Entre las dos grandes corrientes del relato, por simplificar la fantástica que nade de Poe y la realista que entronca con Chéjov, los relatos de David Pérez Vega apuntan claramente a Chéjov. Sus referentes creo que están más en los finales del siglo XX y en Estados Unidos. No es mi tipo de relato preferido como lector. Mis relatos preferidos no siguen ni a Chéjov ni a Poe sino a Kafka. Y quizá la escuela que menos me interesa es la del realismo puro. Lo cual no quita para que sepa reconocer una colección de relatos realistas bien hechos, como es el caso. Todas las historias funcionan, y si quizá me ha gustado más la primera parte del libro es porque allí los personajes viven un poco más en el interior de sus cabezas, lo que dirige la referencia de esos relatos más a John Cheever o a Tobias Wolff, autores a los que seguro que el autor ha leído (Cazadores parece un homenaje a Cazadores en la nieve, uno de los mejores relatos de Wolff). Los relatos de la segunda parte son más objetivos, más descriptivos, más cercanos a Richard Ford, en general menos interesantes para mí.Tetras de ojos rojos, el último del conjunto, quizá es que más se me ha atragantado en su lectura. Cazadores, que también está en esta segunda parte del libro, ha sido, sin embargo, probablemente el relato que más me ha gustado a nivel individual.


Muchas gracias, Pablo.
La reseña original se puede leer pinchando AQUÍ.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Reseña de Koundara en El Cultural

El 1 de Julio apareció una reseña de mi libro de relatos Koundara en El Cultural de El Mundo. La firmaba Elena Costa. La reproduzco aquí:



Narrador, poeta y bloguero de La ciudad sin cines (“uno de los blogs más innovadores que he leído” según Gonzalo Torné), David Pérez Vega (Madrid, 1974) traza a través de los relatos de Koundara una suerte de mapa del fracaso y el desconcierto. Da igual que nos encontremos en una aldea africana al pie del Kilimanjaro, en un almacén de ropa de Móstoles, en un barrio marginal de Londres o en plena Gran Vía: en todos ellos vagabundean los personajes de Pérez Vega, con sus frustraciones personales, sus desventuras laborales y sus secretas rendiciones. La mayoría comparte además con su autor cierta inestabilidad existencial y laboral, ya que Pérez Vega estudio Físicas, se cambió a Dirección de Empresas, trabajó como auditor de cuentas en una multinacional y hoy es profesor de economía y matemáticas, además de haber publicado varios libros de poesía y tres novelas.

Dividido en dos secciones, “Viajes” y “Bajo determinadas circunstancias”, el volumen reúne relatos de muy diversa extensión, unidos en ese atlas universal de la desesperanzaque tan bien representa “Acrópolis”. En este cuento, Eduardo, su protagonista, que abandonó con su pareja los estudios universitarios, se enfrenta al inminente cierre del almacén en el que trabaja mientras su mujer planea abandonar su puesto en una gestoría ante la competencia desalmada de sus “compañeros”. Mientras, al otro lado del espejo, les acompañan Carlos y Silvia, que han preferido sacrificar sus vidas por la prosperidad. “La balada de Upton Park” une a la incertidumbre y la derrota de Sebas un desopilante sentido del humor que le inmuniza de compañeras de piso altamente peligrosas (una le amenaza con un cuchillo, otra le grita que está maldito mientras se la llevan al psiquiátrico). Los relatos, auténticos bocados de realidad, retratan con talento una educación obsesionada por el dinero, parejas al borde del desahucio, alguna adolescencia perpetua, y una inabordable soledad. 



Se puede leer la reseña en el web de El Cultural pinchando AQUÍ.

ALGUIEN HABLÓ SOBRE KOUNDARA

En esta entrada recogeré las reseñas o comentarios que aparezcan sobre mi libro de relatos Koundara:





1) Reseña de El Cultural de El Mundo, firmada por Elena Costa.
Pinchar AQUÍ

2) Reseña aparecida en el blog Cuentos Pendientes, firmada por Pablo Escudero.
Pinchar AQUÍ

3) Reseña aparecida en al revista digital La República Cultural, firmada por Julio Castro.
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4) Reseña aparecida en el blog Las inquilinas de Netherfield, firmada por MB.
Pinchar AQUÍ

5) Reseña aparecida en el periódico Ciudad Real Digital, firmada por PL Salvador.
Pinchar AQUÍ

6) Reseña aparecida en el blog El cuaderno rojo, firmada por Jesús Artacho.
Pinchar AQUÍ

7) Reseña aparecida en el periódico El correo, firmada por Eduardo Laporte.
Pinchar AQUÍ.

8) Reseña aparecida en la web cultural La pajarera, firmada por María Toca Cañedo.
Pinchar AQUÍ.

9) Reseña aparecida en la revista Oculta, firmada por Ariadna G. García.
Pinchar AQUÍ.

martes, 5 de julio de 2016

Reseña de Koundara en El cultural de El Mundo

Por segunda vez en 2016, ha aparecido una reseña de uno de mis libros en El cultural de El mundo. Si la primera fue en enero por la novela Los insignes, el pasado 1 de julio –coincidiendo con el comienzo de mis vacaciones de profesor– ha aparecido otra comentando mi libro de relatos Koundara.



Le tengo mucho cariño a Koundara, a veces tengo la impresión de que es el mejor libro que he escrito.
Si con la crisis económica publicar novelas para los autores españoles nuevos se ha vuelto complicado, mucho peor han ido las cosas para los libros de cuentos: la mayoría de editoriales grandes no han estado publicado libros de cuentos, y sus novelistas le ofrecían sus colecciones de relatos a las editoriales medianas. Éstas, cegadas por el renombre del escritor que llamaba a su puerta, han estado publicando estos libros de relatos y no los de autores nuevos que aspiraban a las medianas editoriales.

Koundara estuvo hace unos años aceptada para su publicación en una prestigiosa editorial mediana, pero al final el editor no se decidió. Me decía que el libro le parecía muy bueno, pero que yo no era conocido y no iba a vender. Ahí se quedó la cosa.

Son ahora mis meritorios amigos de Baile del Sol los que me han publicado Koundara.
Espero que la positiva reseña de El cultural anime a acercarse a este libro a alguno de mis lectores del blog. Es un libro barato: 9,50 € en la web de Baile del Sol, sin gastos de envío (ver AQUÍ).

Esta es la reseña de El cultural, firmada por Elena Costa:

«Narrador, poeta y bloguero de La ciudad sin cines (“uno de los blogs más innovadores que he leído” según Gonzalo Torné), David Pérez Vega (Madrid, 1974) traza a través de los relatos de Koundara una suerte de mapa del fracaso y el desconcierto. Da igual que nos encontremos en una aldea africana al pie del Kilimanjaro, en un almacén de ropa de Móstoles, en un barrio marginal de Londres o en plena Gran Vía: en todos ellos vagabundean los personajes de Pérez Vega, con sus frustraciones personales, sus desventuras laborales y sus secretas rendiciones. La mayoría comparte además con su autor cierta inestabilidad existencial y laboral, ya que Pérez Vega estudio Físicas, se cambió a Dirección de Empresas, trabajó como auditor de cuentas en una multinacional y hoy es profesor de economía y matemáticas, además de haber publicado varios libros de poesía y tres novelas.

Dividido en dos secciones, “Viajes” y “Bajo determinadas circunstancias”, el volumen reune relatos de muy diversa extensión, unidos en ese atlas universal de la desesperanzaque tan bien representa “Acrópolis”. En este cuento, Eduardo, su protagonista, que abandonó con su pareja los estudios universitarios, se enfrenta al inminente cierre del almacén en el que trabaja mientras su mujer planea abandonar su puesto en una gestoría ante la competencia desalmada de sus “compañeros”. Mientras, al otro lado del espejo, les acompañan Carlos y Silvia, que han preferido sacrificar sus vidas por la prosperidad. “La balada de Upton Park” une a la incertidumbre y la derrota de Sebas un desopilante sentido del humor que le inmuniza de compañeras de piso altamente peligrosas (una le amenaza con un cuchillo, otra le grita que está maldito mientras se la llevan al psiquiátrico). Los relatos, auténticos bocados de realidad, retratan con talento una educación obsesionada por el dinero, parejas al borde del desahucio, alguna adolescencia perpetua, y una inabordable soledad.»





AQUÍ está el enlace a la reseña en la web de El cultural.

jueves, 30 de junio de 2016

Comienzo de Tetras de ojos rojos, un relato de Koundara

Ni nuevo libro Koundara tiene siete relatos, relativamente largos (algunas rondan las 30 páginas). Es un libro del que me siento bastante contento. Muchos de sus protagonistas son treintañeros (yo también lo era cuando lo escribí); pero en el último, titulado Tetras de ojos rojos, los personajes cambian: son ahora una mujer entrada en la cuarentena y su hijo de trece.
Dejo aquí el comienzo de este último relato.
Si te apetece comprar el libro, lo puedes hacer en la página web de Baile del Sol (AQUÍ). Son sólo 9,50 euros.





TETRAS DE OJOS ROJOS
           
Antes de subir a su casa, Mónica ha entrado en una elegante cafetería de la calle donde vive desde hace cinco años y ha pedido un café descafeinado, que toma ahora, ensimismada, mirando a través del ventanal. Ha pensado pedir un café con leche, pero se ha decidido por el descafeinado. Le apetecía una bebida caliente, reconfortante, pero ha tenido miedo de que la cafeína le produjera dolor de cabeza.
Se siente violenta. Regresa del colegio donde estudian sus hijos. Allí, en un cuarto minúsculo, sin ventanas, claustrofóbico, el tutor de Álvaro —su hijo mayor— le ha puesto al corriente de las desastrosas notas que ha obtenido Álvaro en los controles desde que empezó el curso, hace un mes y medio. El tutor, un hombre de unos treinta años y barba negra y recortada, le ha dicho que ha hablado con Álvaro y que éste le ha contado que le cuesta mucho ponerse a estudiar, que tiene trece años y existen muchas actividades que le interesan más, aunque también entiende la importancia que tienen los estudios y la necesidad de cambiar su actitud. El tutor ha dicho que las palabras de Álvaro le parecen maduras, pero que necesita ponerlas en práctica. Necesita que alguien controle y vigile su tiempo de estudio. Al oír esto, Mónica se ha acalorado, ha sentido que el tutor le estaba acusando de ser una madre descuidada y se ha visto en la necesidad de defender a su hijo; es decir, de defenderse a sí misma. Le ha dicho al tutor que Álvaro está toda la tarde en su habitación, delante de los libros y los cuadernos, que ella le vigila, y que si él le ha contado que no estudia ha sido porque le avergüenzan sus notas o se ha visto presionado. El tutor le ha dedicado una mirada inmóvil tras su barba negra, sosteniendo en las manos, como una barrera, la hoja donde tenía escritas las notas de su hijo. Después de dejar transcurrir unos segundos, el tutor ha dicho que el hecho de que Álvaro pase muchas horas delante de los libros no significa que esté aprovechando el tiempo, además piensa, por el contrario, que Álvaro presenta una importante tendencia a despistarse y que debería hacerse un plan de trabajo para afrontar los siguientes exámenes. Ha añadido que va a enviarle a hablar con los psicopedagogos del colegio para intentar conseguir que saque más rendimiento a su tiempo de estudio. Mónica ha asentido ante esta información. Se ha visto tentada de recriminar al tutor que no hubiese enviado a Álvaro con los psicopedagogos antes, pero al final ha decidido callarse.
Entonces el tutor, cambiando el tono de voz por otro más confidencial, le ha dicho que había otro asunto que le preocupaba y del que quería hablarle. Le ha preguntado si uno de los abuelos de Álvaro está viviendo en China y el otro en Estados Unidos, si es cierto que tiene una hermana mayor que recientemente ha tenido un hijo en Rusia y Álvaro ha sido el padrino. Mónica ha mirado al tutor desconcertada, sin comprender a dónde quería llegar, a la vez que ha sentido un hormigueo inquieto en el estómago, y ha contestado que no, que aquella información era falsa. A continuación el tutor le ha dicho que, como sospechaban él y los otros profesores, Álvaro miente y no lo hace, como el resto de sus compañeros, para justificar que no ha traído los deberes, para escaquearse de una obligación o sobre las notas —y así evitar un castigo de los padres—, sino para presumir de la existencia de exóticos familiares dispersos por el mundo. Mónica no ha sabido qué contestar a esto. Álvaro ha sido desde pequeño un niño fantasioso, aficionado a las películas y a los libros de espadas y hechicería, de dragones parlantes y seres imposibles, pero no pensaba, hasta ahora, que aquello fuese un problema o una extravagancia impropia de su edad.
En ese momento, Mónica ha recordado la tarde en la que preguntó a Álvaro sobre Raúl, su mejor amigo desde las clases de infantil. Había sido frecuente que Raúl se pasase por la casa de Álvaro o al revés, y un día del curso anterior se percató de que hacía mucho que no veía a Raúl y que Álvaro no hablaba de él. Mientras le preparaba a su hijo un vaso de leche y cola-cao con galletas le preguntó por su amigo, y Álvaro le contó que al padre de Raúl le había destinado la empresa en la que trabajaba a Suecia y toda la familia se había mudado a Estocolmo. Seguían en contacto gracias al e-mail, le dijo; a Raúl le gustaba mucho la nieve y los bosques de Suecia.
Mónica ha sentido el impulso de preguntar al tutor por Raúl, pero, tras el desasosiego que estaba experimentando (le parecía que las paredes del cuarto se le volcaban encima), decidió no hacerlo. Le dijo al tutor que hablaría esa tarde con Álvaro y se despidió. Tuvo miedo de echarse a llorar.

Mira por el ventanal de la cafetería. Afuera ha comenzado a chispear y la gente se apresura por las aceras, alzando los cuellos de sus abrigos o abriendo paraguas. A pesar de haber pedido descafeinado, el líquido que sorbe de la taza le está provocando ardor de estómago. Aún no es la una de la tarde. Todavía tiene bastante tiempo para prepararse algo de comer. Comerá sola. Álvaro y Patricia —su hija pequeña, de ocho años— no llegarán a casa hasta pasadas las cinco de la tarde, hora en la que el autobús del colegio les deja en la esquina de la calle y ella les espera en la acera.
Y César, su marido, no aparecerá por casa al menos hasta las nueve de la noche. Desde que hace un año le han ascendido a director en la empresa donde trabaja —una consultora informática— cada día llega más tarde a casa. Durante meses se ha abierto la puerta del piso (un piso caro, en una de las zonas de Madrid en las que Mónica siempre había querido vivir) pasadas las once o incluso las doce de la noche.

César se siente bajo presión, su empresa ha aceptado muchos encargos y deben dar salida a una cantidad ingente de trabajo. Además sabe que el puesto de director es muy codiciado en su empresa y que él es, en la actualidad, la persona más joven en ese cargo, lo que implica una gran confianza de los socios en su capacidad y una gran responsabilidad. Mónica y él lo han hablado más de un día (normalmente en fin de semana, cuando él ha descansado lo suficiente para abordar la conversación): si rinde como director al ritmo que le están exigiendo, en seis o siete años podría convertirse en el socio más joven de la consultora. Su nivel económico podría subir mucho entonces y además serían otros los que soportarían las sobrecargas y las tensiones del trabajo. Él habría penetrado, por fin, en el limbo de los elegidos laborales.

martes, 7 de junio de 2016

Comienzo de Maestro, relato incluido en Koundara

Mi nuevo libro de relatos Koundara está ya disponible en la web de Baile del Sol. Su precio es de 9,50 €. Puedes comprarlo pinchando AQUÍ.



La Feria del Libro de Madrid, situada en el paseo de Coches del parque del Retiro, estará abierta hasta el domingo 12 de junio. Puedes encontrar Koundara en las casetas 312 y 270.

Este jueves 9 de junio habrá una presentación conjunta de 18 novedades de Baile del Sol en la librería Vergüenza Ajena (c/ Galileo 56, Madrid), de 19:00 a 21:00 h. Estaré por allí conociendo a mis compañeros.
Dejo aquí el cartel:





Por si te interesa Koundara, pero no sabes qué te vas a encontrar al abrir sus páginas dejo aquí el comienzo del cuarto relato (Koundara tiene 189 páginas y 7 relatos, así que mis relatos tienden a ser largos):



MAESTRO

            Me digo que lo volvería a hacer y estoy pensando en aquel poema que le oí recitar a un actor en un concierto. El poema, dijo el actor, está colgado a las puertas del campo de concentración de Auschwitz. No me lo sé de memoria, pero habla de un tipo que no se preocupó cuando vinieron a buscar a los judíos, porque él no era judío, ni se preocupó cuando volvieron a por los comunistas, porque él no era comunista, tampoco lo hizo cuando se llevaron a los sindicalistas —creo—, porque él no era sindicalista… Y acaba diciendo «cuando vinieron a por mí ya era demasiado tarde». De estas últimas palabras sí estoy seguro, porque me helaron la sangre. Cuando vinieron a por mí ya era demasiado tarde.
También vinieron a por mí y de forma involuntaria me acabaron por hacer un favor. Saqué la plaza y ahora soy maestro de la pública. Mi sueldo ha mejorado, mis horarios, mis condiciones laborales, todo. Tenía que haberlo hecho antes y por propia iniciativa; pero al menos me fui con la satisfacción de haber dicho en algún momento que no, porque sé de otros que dijeron siempre que sí y corrieron la misma suerte.

Entré en el colegio de Fuenlabrada gracias a una sustitución. Me llamaron cuando ya había comenzado el mes de mayo. Una maestra se había dado de baja por depresión y les urgía encontrar a un sustituto hasta fin de curso. Aunque debería haber dicho, más bien, que les urgía encontrar a una sustituta. Soy maestro de infantil y en mi oficio los hombres sufrimos una potente discriminación sexual. Los colegios (también ocurre en las guarderías, por supuesto) prefieren a las mujeres para tratar con niños pequeños. Piensan que los hombres no tenemos instinto maternal o que no vamos a poder echar una mano a un niño que tiene que ir al servicio, y siempre se quedan con las mujeres.
Realizaría una sustitución que no iba a llegar ni a los dos meses, pero no lo dudé y dejé el trabajo que tenía como reponedor en un supermercado siniestro. Supongo que no consiguieron encontrar, para cubrir un periodo de tiempo tan breve, a ninguna maestra interesada, y yo necesitaba ganar experiencia si de verdad quería dedicarme al oficio para el que me había preparado. Aunque lo que realmente necesitaba con urgencia era abandonar el supermercado, sus estanterías siempre vacías, siempre absorbiendo todo lo que yo y otros como yo depositábamos sobre ellas. Un agujero negro, absurdo y agotador.

Hacía ya casi un año que había acabado la universidad y aún no había podido ejercer de maestro (si descontaba las prácticas obligatorias) ningún día; a pesar de que había echado currículos a todos los colegios, privados y concertados, de la Comunidad de Madrid.
Antes de finalizar la universidad, había trabajado en casi cualquier cosa por las mañanas (principalmente en supermercados), había ido a clase por las tardes y había estudiado por las noches o los fines de semana, llenando las horas de los días hasta el cuello de la botella. Desde mi graduación, en septiembre, seguía yendo a trabajar hasta media tarde, atrapado en la tela de araña de los palés de leche y botes de café, tratando de estudiar el temario de la oposición durante el resto del día. Al menos ya no malgastaba el tiempo en el banco de un parque. Pensaba presentarme a las oposiciones para la pública en junio y me aceptaron en mayo para trabajar en el colegio de Fuenlabrada.
Había tenido buenas vibraciones desde la primera llamada telefónica, cuando me preguntaron sin preámbulos si podía incorporarme de un día para otro. Y yo dije que sí con rapidez; de pie, mirando el interior de mi taquilla abierta y vacía en la sala de descanso del supermercado.
Llegué a pasarme por la peluquería para la entrevista, y casi se me escapó una carcajada cuando vi a Manuel, el jefe de estudios y maestro de matemáticas, con una coleta para recogerse un pelo más largo que el que yo me había cortado la tarde anterior.
Llevaría una de las dos clases de mayores de infantil. Manuel abrió la puerta y nos saludaron veintiséis niños y niñas de cinco o seis años. Yo tenía veintisiete y aquél iba a ser el primer día de mi vida como trabajador cualificado. Los niños callaron ante un gesto de Manuel, y éste me presentó. Después, cerró la puerta del aula tras de sí y veintiséis rostros diminutos y expectantes me miraron. Quería hablar y no me salían las palabras. Los niños empezaron a reírse y murmurar. Dije: «Silencio», serio, autoritario, y todo ruido cesó. Una quietud ominosa se adentró en ellos y en mí mismo. Observé sus caras de miedo, reí con estrépito y ellos me secundaron. Entonces les propuse un juego para que todos pudiésemos presentarnos y conocernos mejor. Ya era maestro.

Corría en el aula, a veces, el riesgo de quedarme sin recursos, pero siempre surgía alguna nueva idea sobre la que poder avanzar. Me ceñí mucho al manual, de todos modos, durante aquella sustitución. Centrado en los alumnos, no llegué a relacionarme demasiado con el resto de maestros y profesores. Me cruzaba con algunos al tomar un café, a media mañana. Sin embargo, cuando más hablé con ellos fue en una fiesta que se organizó para clausurar el curso. Me entristeció pensar que no iba a estar allí al año siguiente.
Había vuelto a renovar el envío de currículos actualizados a otros colegios, y cuando, después de un verano sin trabajar, ya pensaba volver al mundo de los supermercados y a prepararme la oposición por las tardes (me había presentado en junio y no había tenido mucha suerte con los exámenes), a principios de septiembre Manuel me volvió a llamar. La maestra que se había dado de baja por depresión había decidido que no iba a volver al colegio, y habían pensado en mí. Regresé animado y la bienvenida de mis compañeros fue bastante cálida. Aunque, algunas semanas después, me enteré de que la maestra a la que reemplazaba no había decidido irse por voluntad propia. Cuando su baja médica finalizó y regresó en septiembre para incorporarse a su puesto, la dirección le comunicó que ya no contaban con ella. Entre ella y yo me preferían a mí, deduje. Me incomodó saber que me habían mentido o al menos que no me habían contado la verdad. Pero no dije nada. Me callé e ignoré mi incomodidad. Me acostumbré a ella.

Durante el nuevo curso seguiría en la misma aula que el año anterior, pero ahora me ocuparía del curso intermedio de infantil, el de los niños de cuatro años.
Mis alumnos del curso anterior, ahora en primaria, me hicieron un corro y se rieron y aplaudieron. Al principio, me llamaban a gritos cuando me veían por un pasillo, y después de unas semanas me fueron olvidando, reorganizando sus vidas alrededor de su nueva maestra.
También mis nuevos alumnos añoraron a su antigua maestra y después se adaptaron a mí. Pronto comencé a reconocer la personalidad de cada uno. Podía prever sus reacciones ante cada juego, ante cada actividad.
Empecé también a conocer más a mis compañeros.
Durante las primeras semanas hablé sobre todo con Manuel, de música. Era un fanático del pop y el rock de los 60, 70 y 80. Le presté todos los discos que poseía y le interesaban (principalmente de reggae) y él me prestó otros. Me parecía importante mantener esta buena relación con el jefe.
Sin embargo, yo pertenecía de forma natural al bando de «los contratados». Porque había dos bandos: el de los cooperativistas y el de los contratados.
El colegio se había fundado como una cooperativa laica de maestros de educación primaria —casi todos extremeños— y unos años más tarde habían ampliado el negocio para poder impartir bachillerato. Como tenían títulos de maestro, ellos no podían dar ese nivel y contrataron a licenciados. Mantenían dos clases por curso en la educación obligatoria, concertada con el Estado y por tanto subvencionada, y una sola clase para los años de bachillerato, de pago privado. También tenían contratada a alguna persona más para niveles diferentes al de bachillerato, como en mi caso.