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domingo, 20 de octubre de 2024

El limonero real, por Juan José Saer


 El limonero real, de Juan José Saer

Editorial Planeta. 287 páginas. Primera edición de 1974

 

Encontré la primera edición de El limonero real (1974) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en la librería de segunda mano Ábaco en el verano de 2010, y no lo he leído hasta más de una década después. Ha permanecido en mis estanterías de libros por leer durante trece años, ya que lo acabé leyendo en el verano de 2023. Y esto a pesar de que sobre 2010 yo sentía mucha admiración de la obra de Saer. Recuerdo incluso que un compañero del colegio en el que trabajo, años después de haber comprado El limonero real, me prestó su novela Nada Nadie Nunca (1980), y con ella ya solo me quedaba leer de la narrativa de Saer El limonero real. A veces ni yo mismo entiendo muy bien por qué sigo comprando libros y no me acerco a los que tengo acumulados en casa sin leer. Creo que no me gustaba la portada de la primera edición de Planeta (lo que es absurdo, porque he leído el libro quitándole la camisa), o bien no me ponía con él porque tenía miedo a que me aburriera o decepcionase (no ha sido así).

 

El caso es que a falta de una semana de mis largas vacaciones de profesor (en el verano de 2023) había acabado la extensa novela Los gozos y las sombras de Gonzalo Torrente Ballester, y me decidí a entrar en septiembre leyendo la última novela de Saer que me faltaba.

 

«Amanece.

Y ya está con los ojos abiertos.»

Estas son las primeras palabras de la novela, que se irán repitiendo periódicamente como un leitmotiv. Wenceslao tiene unos cincuenta años y se despierta en su rancho, construido por su padre en una de las islas del Paraná. Allí vive con su mujer, de la que no sabremos nunca el nombre. De forma más insistente que en otras obras de Saer, en El limonero real la evolución de las horas, con sus variaciones de luces y sombras sobre el mundo, va a ser un tema central de la construcción. Vi una intervención de la crítica argentina Beatriz Sarlo en el programa de televisión Los siete locos, donde afirmaba que Saer era el principal narrador argentino que ponía la poesía como centro de su construcción ficcional. Esta idea es fundamental para comprender El limonero real: muchas de sus páginas se pueden leer como poemas, en las que el autor celebra y se va fijando en elementos de la naturaleza; en el cambio de la luz según avanzan las horas del día, por ejemplo.

La acción de El limonero real transcurre en un solo día, que se corresponde con un fin de año, y Wenceslao va a acudir a celebrarlo en la casa de los familiares de su mujer, en la orilla del río. Su mujer no va a querer ir con él, a ver a sus hermanas, porque aún quiere guardar luto, después de que su único hijo muriera seis años atrás. El hijo tenía veinte años y, después de cumplir con el servicio militar, se fue a trabajar a la ciudad como peón de albañil. Un accidente laboral le causará la muerte, un hecho que marcará las vidas de Wenceslao y su mujer. Acabaremos sabiendo que Wenceslao abandonó, durante un tiempo, sus obligaciones en el rancho y cayó en el alcoholismo, pero de esa etapa ya se ha recuperado en el momento de la narración. Aunque también comprenderá, que su mujer, después de la muerte del hijo, ha pasado a ser una persona a que nunca llegó a conocer bien en realidad.

Como es habitual en las obras narrativas de Saer, no se especifica el lugar concreto donde se ubica la acción, pero, por algunas características, que se repiten de un libro a otro, se sabe que cuando habla de «la ciudad», se refiere a Santa Fe, ciudad a la que Saer y su familia se trasladaron a vivir en 1948, donde estudió y empezó a trabajar como periodista. En El limonero real aparece el «puente colgante» de otras historias, puente cercano a la ciudad, y también aparece el pueblo de Rincón, cercano a Santa Fe.

 

Wenceslao se despierta con el día, saluda a sus perros y sale al patio de su rancho. Me ha llamado la atención cómo el narrador (Saer) le va explicando al lector con qué nombres Wenceslao y su mujer se refieren a las estancias y lugares que constituyen su mundo en la isla, como si, de forma simbólica –el simbolismo es importante en esta obra–, estas dos personas fuesen la pareja inicial del alumbramiento del mundo y tuvieran la tarea fundacional de nombrar a la realidad que les rodea. Algo parecido ocurría en las primeras páginas de Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, autor por el que Saer no sentía mucha simpatía.

En estas primeras descripciones de la isla destaca una construcción lingüística que, de nuevo, se irá repitiendo a lo largo de la novela: «los árboles que nadie plantó», que están ahí desde que llegaran las personas, y que seguirán allí cuando éstas desaparezcan. Estos árboles suelen ser de una especia llamada «paraíso», y seguimos con la carga simbólica de la narración. Sin embargo, el árbol que destaca en la isla, por encima de los demás, serán el limonero real, que se evoca en el libro, y que en el texto aparece por primera vez en la página 36: «El limonero real está siempre lleno de azahares abiertos y blancos, de botones rojizos y apretados, de limones maduros y amarillos y de otros que todavía no han madurado o que apenas sí han comenzado a formarse. Desde que lo recuerda, Wenceslao lo ha visto siempre igual, pleno en todo momento, con ese resplandor blanco nimbándolo, el punto más alto de su ciclo en los grandes limones amarillos, los botones tensos y apretados a punto de reventar los limoncitos verdes confundiéndose entre las grandes hojas, oscuras en el anverso y de un verde más claro en el reverso.»

 

Como he dicho, la acción de la novela transcurre en un día, en un caluroso fin de año, pero –usando el recurso de la analepsis– también se narran hechos del pasado, importantes sobre todo para Wenceslao, como el del día que fue a conocer la isla en la que vive, con su padre, siendo él un niño. O un viaje que hizo a la ciudad, junto a su cuñado Rogelio (otro de los personajes principales del libro) para vender sandias, en un carro con un caballo con una pata dañada; una historia que el lector sabrá que se contará –otra vez– durante la comilona en la casa de los cuñados de Wenceslao.

 

La expresión «Amanece. / Y ya está con los ojos abiertos.» se irá repitiendo a lo largo de la novela, y Saer, como narrador, jugará con el tiempo de su historia. En más de una ocasión, va a hacer un compendio de lo que ha contado hasta ahora, sobre el día de la novela, y contará en esta nueva ocasión un detalle que no ha sido narrado previamente. Podría mostrar la realidad desde distintas perspectivas, parece decirnos Saer, y sería la misma, pero no las sensaciones que tendría el lector sobre ellas. Además, como ocurre en otras narraciones del autor, la comida y la cena serán narradas desde distintos puntos de vista, fijándose el narrador en la mirada sobre lo que rodea a cada personaje.

Además, no solo cambiará el punto de vista sobre lo narrado, sino que también lo hará el propio estilo narrativo. En un momento dado, Wenceslao hablará con su voz narrativa, cometiendo algunos errores sintácticos propios de alguien de escasa formación, e introduciendo en su discurso casi elementos fantásticos, en unas páginas en las que el lector entiende que Wenceslao está describiendo un sueño. En otra ocasión se usa una narración que imita el tono de una fábula infantil para hablar del pasado de Wenceslao y sus dos cuñados.

En otro momento, el lector descubrirá que los acontecimientos que había tomado como ordenados cronológicamente no han ocurrido así, y que esa percepción se ha debido a un nuevo truco narrativo de Saer.

 

Hacia la mitad del libro, los personajes visitas un almacén en el que sirven bebidas, y los clientes estarán hablando de las grandes inundaciones y sequias que han castigado a la región. De estos hechos, Saer ha hablando otras veces; en sus relatos, más que en sus novelas.

Es habitual que los personajes de Saer salten de una de sus novelas a otra, y he tenido la sensación de que aquí no ha ocurrido así. Aunque es cierto que leí las otras novelas de Saer hace ya tiempo y se me ha podido borrar alguna conexión. Hacia el final, el lector sabrá que la isla en la habitan Wenceslao y su mujer pertenece a una mujer que tuvo dos hijos mellizos. ¿Se tratará de Pichón y Tomás Garay, personajes habituales de Saer? Alguien me comentó en YouTube, cuando publique la vídeo reseña correspondiente a este libro, que así es.

 

 

Entiendo que haya lectores que no disfruten de un libro como El limonero real, en el que no ocurren demasiadas cosas, y cuya trama no contiene ningún «giro inesperado», pero, en lo que a mí respecta, he de decir que la calidad de la prosa poética de esta novela me ha resultado hipnótica, y me ha gustado mucho el virtuosismo de la ejecución, con esos cambios de puntos de vista, y esas vueltas y revueltas para narrar los mismos sucesos.

Me he encontrado ya con dos vídeos en YouTube, donde se comentaba El limonero real, en los que los comentaristas afirmaban que éste era el primer libro de Saer que leían. Imagino que esto se debe a que han encontrado, gracias a alguna lista, la idea de que El limonero real es el mejor libro del autor. Desde luego, éste es uno de los libros más ambiciosos de Saer, pero no estoy seguro de que sea el mejor; a mí hay otros, como Glosa o La grande, que me gustan más. Ninguno de los tres me parece, sin embargo, la mejor puerta de entrada a la obra del autor para un lector neófito. Como decía la crítica Beatriz Sarco, seguramente la mejor puerta de entrada es la novela Cicatrices, donde sí que aparecen algunos de sus personajes principales, y aquí el lector podrá descubrir si le interesa la propuesta de Saer o no.

Ahora mismo, en España, esta novela, y casi todo el resto de la obra de Saer, se puede encontrar en la editorial catalana Rayo Verde.

 

domingo, 25 de agosto de 2024

Trabajos, por Juan José Saer

 


Trabajos, de Juan José Saer

Editorial Seix Barral, 251 páginas. Escritura de los textos posterior al 2000; esta edición es de 2005

 

Compré Trabajos (2005) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en una Feria del Libro de Madrid, hace ya unos diez años. Lo compré en la caseta de un librero argentino que trae (o traía, porque los últimos años ya no lo he visto en el Retiro, parque donde se celebra la feria) libros editados en Argentina y no en España. Recuerdo el precio; era barato, solo 10 euros. Era un libro editado por Seix Barral Argentina, que no se comercializaba en España. Creo que lo compré en la época en la que estaba leyendo toda la narrativa de Saer y este libro, al ser de artículos periodísticos, se me fue quedando sin leer, hasta que a finales de 2023 me propuse leer todos los libros que me faltaban de Saer y me acerqué a El limonero real (1974), que lo había comprado también hace tiempo, y le solicité a la editorial Rayo Verde su edición de El concepto de ficción. Tras acercarme a este último libro, con textos sobre literatura, escritos por Saer entre 1965 y 1996, me pareció una buena idea seguir con Trabajos que recogía también textos sobre literatura, escritos a partir del 2000. Entre medias leí la novela Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel.

 

Los textos de Trabajos se publicaron principalmente en tres periódicos: Folha de Sao Paulo, El País de Madrid y La Nación de Buenos Aires. Esto hace que, en general, al tener que adaptarse al espacio que le ceden estas publicaciones, los textos de Trabajos sean más cortos que los de El concepto de ficción, ya que en este compendio había textos que Saer había escrito para reflexionar sobre sus lecturas, a título personal, y no habían sido publicados previamente en ningún medio. También diría que los textos de Trabajos, en general, son de línea más clara que algunos que se encontraban en El concepto de ficción, que necesitaban de un alto grado de concentración para seguirlos de un modo adecuado. El orden de los textos de Trabajos no es cronológico.

 

Como ya hice con El concepto de ficción, voy a destacar algunas ideas que me han llamado la atención de Trabajos:

 

El posmodernismo literario vendría a anunciar la muerte de las vanguardias, pero, según Saer, también existiría un argumento unido a la difusión y la recepción de la obra con el que no está de acuerdo: el posmodernismo, a la tiranía de las vanguardias, opone la democratización de la cultura y de este modo, según él, Isabel Allende y Juan Carlos Onetti serían los dos igualmente novelistas. No sé si hay que explicar que para Saer solo Onetti es un novelista. Para Saer esta idea del posmodernismo es liberal: otorgar valor a algo si tiene valor de mercado.

 

Saer habla de la representación de la realidad en la literatura, y compara la lectura de pasajes de la Biblia con la lectura de Homero. «Poco importa la verdad de una historia; es el uso que una sociedad hace de ella lo que cuenta. Las intensas visiones bíblicas repugnan a muchas inteligencias porque quienes suelen apropiarse de ellas con los fines más diversos, las decretan obligatoriamente ciertas, no alegóricas ni simbólicas sino auténticas, afirmación que ninguna mente crítica estaría dispuesta a aceptar.» (pág. 20)

 

Saer critica la narrativa de consumo que apuesta por la épica, la linealidad, la acción, la transparencia, y también la intriga excesiva, caracteres contrastados, conflictos temáticos, cuando, en realidad, el relato moderno, sobre todo a partir de El Quijote, basa su fuera en la antiépica.

 

El Ulises de Joyce acumula en cada uno de sus capítulos varios principios de organización que se superponen y se combinan. Proust compuso En busca del tiempo perdido de un modo opuesto, primero iba a ser un artículo, luego un cuento, una novela breve, y así hasta que todo se le acabó desbordando sin control.

 

Saer habla de la breve obra de Bartolomé Hidalgo (1788 – 1822), padre de la literatura gauchesca. En sus primeros poemas imitaba la retórica neoclásica, hasta que en 1816 aparece Cielito de la independencia, donde, a través de las canciones populares, su lenguaje poético cobra vida. De aquí Saer reivindica el uso privado del lenguaje.

 

Saer habla de la inclusión o no de la Carta al padre en las obras completas de Kafka. «La Carta al padre sería un libro único sino hubieses sido escritas las Confesiones de San Agustín.» (pág. 46), los dos libros tienen una estructura idéntica.

 

Saer se pregunta si sobrevivirá la cultura argentina a la crisis del 2000. Para Saer la literatura argentina ha florecido siempre en medio de la violencia política.

Saer destaca la influencia de los autores brasileños sobre el resto de escritores latinoamericanos que escriben en español, así ensalza, por ejemplo, a Guimaraes Rosa.

 

«Los más grandes nombres de la creación novelística posteriores a Cervantes se confiesan deudores de ese texto inagotable.» (pág. 79), uno de los aportes fundamentales de Cervantes a la narrativa moderna en la moral del fracaso.

 

Saer elogia al poeta francés Francis Ponge, al que no conocía.

Saer pondera positivamente la primera traducción del Ulises, la de J. Salas Subirat.

 

Uno de los mejores artículos del libro es aquel en el que Saer pone en tela de juicio las famosas, pero cuestionables, opiniones sobre literatura de Vladimir Nabokov, las llama «las absurdas opiniones de Nabokov». En su libro sobre literatura, Nabokov afirma que piensa como un genio, pero opina Saer que nada lo justifica. Nabokov habla mal de Freud, Conrad, Eliot, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Dostoievski…, pero no escatima su admiración hacia cualquier profesor universitario que haya hablado bien de sus libros.

 

Saer elogia El hombre sin atributos de Robert Musil, a la que considera una de las grandes novelas alemanas.

 

Saer vuelve a hablar en Trabajos, como ya hizo en El concepto de ficción, del movimiento Nouveau Roman, «el último gran movimiento literario significativo de las letras francesas» (pág. 116) y ensalza de nuevo a Robbe-Grillet.

 

Es bonito el artículo sobre Felisberto Hernández, al que considera uno de los grandes autores del siglo XX.

 

Sartre apoyó y lanzó en Francia al autor maldito Jean Genet.

Saer ensalza la novela Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, que propone la historia no como objeto de representación, sino como tema. Saer no cree en los parámetros de la novela histórica: «Una novela escrita hoy en día y que transcurra en la Edad Media, es solo la proyección de un individuo actual en una fantasmagoría que él confunde con la Edad Media, y la cual sería tan inoportuno aplicarle el epíteto de “histórica” como a un baile de máscaras.» (pág. 145)

 

Es interesante el artículo sobre Robert Walser, quien, mientras estuvo internado en un sanatorio mental, escribía en trozos de papel minúsculos, y adaptaba sus escritos al espacio disponible. 526 manuscritos que necesitan de lentes de aumento para ser descifrados.

 

Saer, como ya hizo Borges, habla de Las mil y una noches y dice que al libro original se le han añadido historias que no proceden de la época en la que fue escrito, como la historia de Aladino y de Simbad el Marino.

 

Saer ensalza la figura del poeta argentino Hugo Gola.

 

Saer habla de la novela Bouvard y Pécuchet de Flaubert y dice que es precursora de la obra de Kafka.

Saer habla de la familia en la literatura, y nos recuerda, como dato curioso, que Sherlock Holmes tenía un hermano que trabajaba en el Foreign Office.

Saer recuerda al paraguayo Augusto Roa Bastos en Argentina. En Buenos Aires fue donde escribió su gran obra Yo el Supremo, cuyo rasgo principal dice que es la desmesura.

Saer habla del rechazo que sufrió, por parte de la crítica, la segunda novela de Dostoievski, El doble, después de la buena acogida que tuvo su primera novela, Las pobres gentes.

 

Es bonito el artículo en el que Saer cuenta cómo la literatura argentina entró en su vida. Los primeros versos de Martín Fierro no los leyó, sino que los escuchó en una película.

Saer vuelve a ensalzar el valor de la poesía brasileña y me llama la atención esta frase: «Vidas secas de Nelson Pereira do Santos, que a mi parecer es la obra maestra del cine latinoamericano.» (pág. 200), no conocía esta película y he sentido curiosidad por ella.

 

Saer rinde homenaje a su admirado poeta de Entre Ríos, Juan L. Ortiz, que murió en 1978. Para Saer, Ortiz es el más grande poeta argentino del siglo XX.

 

Quizás lo mejor del libro son las 45 páginas finales dedicadas a Juan Carlos Onetti. Sobre todo ensalza La vida breve, novela que, para Saer, transita entre el realismo y lo fantástico. Una novela en la que el protagonista Brausen crea la ciudad de Santa María, y sus habitantes saben que han sido creados por él, a quien levantan una estatua en una plaza, como fundador de la ciudad. Sin duda, debo al fin leer La vida breve, la obra fundamental de Onetti, que aún no he leído.

 

Los textos de Trabajos me han parecido más accesibles que los de El concepto de ficción, en general también eran más cortos. De Trabajos destaco, como ya he dicho esas 45 páginas finales sobre Onetti. Algunos otros de sus textos me han interesado menos, pero su nivel general es siempre alto.

domingo, 18 de agosto de 2024

El concepto de ficción, por Juan José Saer


 El concepto de ficción, de Juan José Saer

Editorial Rayo Verde, 346 páginas. Escritura de los textos entre 1965 y 1996; esta edición es de 2016

 

En el verano de 2023 leí El limonero real (1974), que era el último libro de la obra narrativa de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) que me faltaba por leer. Decidí entonces acercarme, a finales de 2023, a sus libros de ensayos. De esta forma, le solicité a la editorial Rayo Verde, que está acometiendo la valiente empresa de reeditar a Saer en España, que me enviara El concepto de ficción para poder leerlo y reseñarlo.

El concepto de ficción reúne textos escritos por Saer entre 1965 y 1996. Algunos aparecieron en diarios. Algunos otros son simples notas de lectura personajes, donde Saer habla consigo mismo sobre el oficio de escribir. El orden de este libro es el inverso al de la escritura, salvo en algunos casos en los que, para dar unidad temática al conjunto, se decidió cambiar algunos textos de lugar.

 

«Nunca sabremos cómo fue James Joyce» (pág. 13) así empieza el primer texto (que Saer no quiere llamar ni «ensayo» ni «artículo»), donde Saer afirma que los biógrafos de Joyce acaban metiendo ficción en sus obras. «Podemos por lo tanto afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario que la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad. En cuando a la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral.» (pág. 15) «Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha.» (pág. 16)

 

Uno de los textos que más me ha gustado del libro es el segundo, el titulado La perspectiva exterior: Gombrowicz en la Argentina. El escritor polaco vivió veintitrés años en Argentina y se relacionó con los escritores argentinos relevantes de la época. Llegó a conocer a Borges, pero no se resultaron simpáticos. Me ha interesado esta idea: una parte de la literatura que habla sobre Argentina no ha sido escrita en español. Durante algunas décadas en Argentina llegó a haber más ciudadanos nacidos fuera del país que en él y, nos dice Saer, parte de la que podría llamarse «literatura nacional» (un término al que critica) ha sido escrita en polaco, francés, inglés… En este sentido destaca la historia del ingeniero francés Alfred Ebelot que fue contratado por el gobierno argentino en 1875 para cavar una fosa de 500 kilómetros que frenara las invasiones indias. Ebelot escribió artículos en francés, para un periódico de Francia, pero, dice Saer, interpela a los argentinos y a la formación de su país.

 

En otro texto se habla de la pasión de Borges por la literatura inglesa, de la que, según Saer, destaca a algunos escritores de segunda fila, y su fobia por la francesa. Pierre Menard, considera Saer, es una crítica velada a Paul Valéry, una crítica a un plagiador.

Uno de los autores a los que más relee Saer es a William Faulkner, y elogia Santuario.

«Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama.», así elogia a la gran novela de Antonio Di Benedetto en la página 55.

 

En gran medida estos textos representan un recorrido por gran parte de la literatura argentina. Así, en la página 67, llegamos al Martín Fierro de José Hernández, que no se consolidó como la gran obra nacional hasta que la reivindicó como tal Leopoldo Lugones en una conferencia de 1913, hasta entonces se considera que había sido una obra celebrada por demasiada gente inculta.

Saer también homenajea a su amigo el poeta Juan L. Ortiz, al que considera uno de los grandes de la literatura argentina, aunque siempre se moviera en los márgenes. De hecho, en él está basado el personaje de Washington Noriega, habitual en sus novelas.

Sobre Roberto Arlt dice que le parece falsa la afirmación de que escribía mal, una acusación que alcanzó a autores como Shakespeare, Cervantes o Faulkner.

Saer carga contra la cultura oficial, «Si aceptamos la definición de literatura oficial como toda aquella literatura que es excedida y englobada por el sistema de pensamiento al que adscribe», «La verdadera literatura manifiesta o modifica aspectos más oscuros y complejos de la condición humana» (pág. 118), «Donde quiera que esté, el escritor escribe siempre desde ese lugar que lo impregna y que es el lugar de la infancia.» (pág. 122)

 

Saer habla del Facundo de Sarmiento, donde piensa que el repudio a la barbarie coexiste con la fascinación, como en el Martín Fierro también existe esa fascinación. Me ha resultado curiosa la idea de que para Borges el Martín Fierro, que es un poema, se podía leer como una novela, y que para Sabato el Facundo, que es un ensayo, también se podía leer como una novela.

Saer da una lista de grandes autores argentinos (en los que piensa que «el saber ocupa») y cita a los siguientes: Sarmiento, Lugones, Martínez Estrada, Macedonio Fernández, Juan L. Ortiz y Borges. Me ha gustado que en esta lista aparezca Martínez Estrada, porque hace no mucho me compré un libro con sus cuentos completos y este comentario ha hecho que me entren más ganas de leerlo. También Saer cita la más conocida parte ensayística de la obra de Martínez Estrada.

Saer dedica varios artículos a hablar de la Nouveau Roman francesa, y llega a afirmar que muchas de las obras destacadas de la narrativa occidental del siglo XX (Proust, Kafka, Musil, Svevo, Gadda, Virginia Woolf, Faulkner, Pavese, Beckett, etc.) cumplen con la idea de que su principal propuesta formal es rechazar lo habitualmente considerado como novelístico.

Es bonito el artículo en el que ensalza la obra de Felisberto Hernández, basada en recuerdos, sobre todo en Tierras de la memoria, Por los tiempos de Clemente Collins o El caballo perdido. Me gusta la especulación sobre que Felisberto llegó a leer a Sigmund Freud y esa influencia se ve en sus escritos.

Saer evoca su casa cuando tenía ocho años y su madre y sus hermanas escuchaban la «novela» en la radio, palabra que para él cambiará de significado cuando lea a Joyce o Faulkner a los veinte años.

Hay un artículo sobre Freud, en el que Saer sostiene que sus teorías son en gran medida literarias y, por esto, buscaba comparaciones y metáforas en el campo de la literatura y no de la ciencia.

Saer habla de La invención de Morel y del prólogo que le escribió Borges, donde dice que este último se equivoca porque escribe que esa narración es una reivindicación de la novela de aventuras, como si así fuera la de Bioy Casares, en contra de la novela psicologista, que es lo que realmente es La invención de Morel según Saer.

«El problema capital que se plantea la literatura es el de cómo representar. No el de qué representar, sino el de cómo.» (pág. 215), parece que en 1972 Saer ya hablaba de la irrelevancia de los spoilers en literatura.

Saer critica la última etapa creadora de Borges, El hacedor y El informe de Brodie, que le parece más simple que la anterior y no exenta de banalidad. Recuerdo que Piglia también hablaba de que la calidad literaria de Borges bajó mucho cuando se quedó ciego y tenía que dictar sus cuentos en vez de escribirlos. Aunque Saer parece más establecer una relación entre la decadencia literaria y las ideas políticas de Borges.

Saer se muestra crítico con la supuesta capacidad educativa de los medios de comunicación de masas (radio y televisión).

«La afirmación de Borges de que no se puede no ser moderno es un sofisma inteligente, pero deja de lado el detalle fundamental de que para un escritor hay un modo preciso de ser moderno, que consiste en saber qué es lo que ha hecho la literatura hasta el momento en el que él comienza a escribir y tratar de enriquecer formalmente esos resultados.» (pág. 233). Saer también piensa que ha ocurrido lo contrario: que, por ejemplo, la prosa de Borges ha influido en la forma de redactar revistas en Argentina.

Saer dedica un artículo a Lovecraft y afirma que no es un escritor de primer orden, pero en él ve el diagrama perfecto de la literatura fantástica. «El problema con la literatura fantástica consiste en saber si nos propone una evasión infinita o un enriquecimiento razonable. Cuanto más maravilloso es el mundo que se nos propone, pero es la literatura a través de la cual nos la proponen. Las maravillas de Lovecraft son inferiores a sus demonios. Las maravillas me distraen del punto de partida, de lo real. Los demonios me lo revelan. Las maravillas más discretas son las más convincentes: el Gran Teatro de Oklahoma, de Kafka, en el cual todo el mundo tiene su lugar» (pág. 256)

A Saer no le convence la crítica literaria sociológica, ya que para él la literatura no es un mero documento social.

 

Saer reivindica la novela policial diciendo que no hay literatura que no sea de evasión,  ya que la gran literatura nos evade a través de un acto de confrontación con las experiencias de nuestra vida imaginaria. Durante varias páginas Saer parece elogiar a Raymond Chandler, para al final de artículo dedicarle un dardo envenenado: «El más pequeño de los escritores americanos de la generación perdida es sin duda más grande que Chandler, pero ningún autor de novelas policiales, ni siquiera Hammett, ni Cain, es superior a él.» (pág. 295). Saer apunta que las novelas policiales trabajan sobre esquemas preestablecidos y, por tanto, al final parece quitarle logros a Chandler.

 

El libro contiene una sección final, titulada Una literatura sin atributos, que ocupa unas 40 páginas, y que presenta textos que se publicaron originalmente en francés.

 

Saer afirma aquí que tres peligros acechan a la novela latinoamericana: el primer es presentarse como latinoamericana. «El error más grande que puede cometer un escritor es el de creer que el hecho de ser latinoamericano es una razón suficiente para ponerse a escribir.» (pág. 309). Otro problema es del “vitalismo”, que supone que el subdesarrollo económico lleva a una relación privilegiada con la naturaleza. Y aquí carga con el realismo mágico. A Saer no le gusta la obra de Gabriel García Márquez.

Otro riesgo es el “voluntarismo” que considera a la literatura como un instrumento inmediato del cambio social.

El escritor latinoamericano no debe darle al mercado europeo el exitismo que este le pide.

«Creo que un escritor en nuestra sociedad, sea cual fuere su nacionalidad, debe negarse a representar, como escritor, cualquier tipo de intereses ideológicos y dogmas estéticos o políticos, aun cuando eso lo condene a la marginalidad y a la oscuridad.» (pág. 317)

Hay aquí un artículo sobre literatura y exilio en el que Saer afirma que «Borges se convierte en un escritor oficial no por las singularidades de su obra, sino al contrario por la interpretación abusiva que el poder político hace de su liberalismo al hacerlo coincidir con las abstracciones totalitarias». Así para el poder la obra de Borges es sagrada, y criticarla se convierte en terrorismo, pero esta obra rechaza un dogmatismo semejante y Saer considera que es una obra ocupada en el sentido militar del término.

 

Borges tiene prejuicios teóricos muy fuertes contra la novela, dice Saer, porque rechaza el realismo inmediato, banal. Sin embargo, toda la obra de Borges invita a la epopeya, que es el origen de la novela.

Saer apunta, en una entrevista final, que el escritor solo debe representarse a sí mismo. Los elementos extraartísticos, nacionales, sociales… deben ser secundarios para él.

 

Algunos de los artículos de El concepto de ficción son realmente sesudos y el lector debe estar atento para captar todas sus sutilezas. Esto ocurre así, sobre todo, en los textos más antiguos y, según Saer se va haciendo mayor, parece que su estilo se vuelve más claro. Quizás algunas de sus reflexiones –sobre todo las que tienen que ver con la Nouveau Roman francesa– se han quedado algo anticuadas, pero no así la mayoría de ellas, que siguen siendo de plena actualidad y muestran su compromiso con el arte literario.

El concepto de ficción es un libro inteligente y que gustará a todas aquellas personas interesadas en la literatura de Saer, en particular, pero también en la literatura en general.

domingo, 7 de octubre de 2018

Lo imborrable, por Juan José Saer


Lo imborrable, de Juan José Saer
Editorial Seix Barral. 254 páginas. 1ª edición de 1992, ésta es de 2013.

Desde que en 2010 me mudé de Móstoles a Madrid, creo que mi gran descubrimiento literario ha sido Juan José Saer (Serondino, Santa Fe, Argentina, 1937 – París, 2005). De él, he leído ya casi toda su obra narrativa. Sólo me faltaban dos novelas: Lo imborrable (1992) y El limonero real (1974). Ésta última novela descansa en mis montañas de libros por leer desde hace ya bastantes años y, a pesar de ello, acabé encargado Lo imborrable en la librería Iberoamericana de Madrid, porque un día la vi allí, no la compré y luego me arrepentí. Dejé el libro encargado, me lo trajeron de Argentina y un par de meses después del pedido me llamaron para que pasara a recogerlo. Me costó 32 o 34 €, un precio relevante. Y lo raro fue que lo acabé dejando en la montaña de libros sin leer. Tengo que poner fin a mi adicción por las novedades literarias, no tiene sentido que me fije todo el rato en ellas, cuando se me van quedando en casa sin leer libros como estos de Saer.

En enero de 2018, para empezar bien el año decidí ponerme, al fin, con las dos novelas que me faltan de Saer (otro asunto es que cuando leo este tipo de libros, que no he pedido a las editoriales, las reseñas que escribo sobre ellos se van quedando durante meses en la montaña virtual de las reseñas escritas pero no publicadas).

En Lo imborrable, como lector del universo Saer, me reencuentro con Carlos Tomatis, uno de sus personajes clásicos; el personaje, al que, además, más frecuentemente se ha identificado con la figura del autor.

En la página 14 leemos: «cinco o seis años atrás, por el setenta y cuatro más o menos», anotación de la que se deduce que la novela sitúa su trama en el año 1979 0 1980. Sin embargo, según la wikipedia la novela transcurre en 1981. No sé si hay alguna referencia temporal más en ella que a mí se me escapa o si el dato de la wikipedia es un error. Lo que no es discutible es que el tiempo de la novela es del la dictadura de Jorge Videla en Argentina.
La anterior novela que leí de Saer es Nadie nada nunca que se publicó en 1980 y, por tanto, en plena dictadura militar. En esta novela la presencia de la dictadura estaba tan solo insinuada y se hablaba de ella de modo simbólico, sin nombrarla explícitamente. Sin embargo, en Lo imborrable, publicada en 1992, la crítica a la dictadura es abierta y dolorosa. Por ejemplo, en la página 32 leemos: «La actualidad cultural, metiendo en la misma bolsa el cine, la gastronomía, el jet set, la literatura, y eso a la misma hora en que iban a sacar a la gente de sus casas o de los campos de concentración clandestinos para cargarla en los helicópteros de la marina y tirarla viva en plena noche en el océano.», o en la página 33: «Hay dos clases de homicidas desequilibrados entre los que gobiernan actualmente: los que tienen una erección cuando mandan a cometer a terceros los crímenes que planifican, y los que sólo pueden tenerla si sacrifican a sus semejantes con sus propias manos. Va de cajón que el general Negrí pertenece a la segunda categoría, la del homicida que extrae un placer suplementario de la superioridad numérica, de la supremacía técnica, de la impunidad, de la clandestinidad total en la que somete a sus víctimas al tormento, e incluso de los rastros bien individualizados que deja en ellas, de modo tal que a sus pares y a la opinión pública no les quede ninguna duda sobre la paternidad de la operación.»

Cuando la novela comienza, Tomatis acaba de salir de una depresión, y se encuentra en «el penúltimo peldaño» de la degradación humana. Durante meses no salía de casa, no se aseaba y bebía demasiado, pero ahora está consiguiendo dejar atrás ese «último peldaño». «La lluvia, por fuerte que sea, no puede impedirme realizar el paseo del anochecer, uno de los tres elementos, junto con la higiene corporal y la abstinencia de alcohol, de mi reconstrucción física y mental.», leemos en la página 192. Durante la novela descubriremos que gran parte de los motivos que han llevado a Tomatis a la depresión tienen que ver con la dictadura, que funciona en la novela como una niebla que cubre la realidad argentina con un manto de degradación que funciona a muchos niveles. Descubriremos además que otros personajes habituales en el mundo de Saer también han caído en depresión: Pichón Garay (protagonista de La pesquisa) en París y el Matemático (protagonista de Glosa) en Estocolmo.
Además, Tomatis, alejado del mundo, suele referirse a sus contemporáneos, embrutecidos bajo el régimen militar, como «reptiles». En la tercera novela de Saer, Cicatrices, hay un personaje, llamado Ernesto López Garay, que, también lejos de los hombres, se refiere a éstos como «gorilas». Sería un recurso común en una novela y la otra.

Lo imborrable comienza cuando Tomatis pasea por una de las calles de «la ciudad» (la Santa Fe de las novelas de Saer), en la tarde convertida ya en noche invernal, y es interceptado por un hombre llamado Alfonso, que lo ha visto desde el ventanal de un bar. Alfonso reconoce a Tomatis: sus amigos de Rosario le han hablado mucho de él. Consigue arrastrarle dentro del local para presentarle a su compañera Vilma. Alfonso es el dueño de la editorial Bizancio (que según Tomatis sólo publica a autores de la literatura mundial de tercera o cuarta fila, como Pearl S. Buck, Vicki Baum o William Somerset Maugham), y se encuentra en la ciudad para tratar de crear una red de venta de libros, además de para hablar con Tomatis y proponerle que dirija una revista literaria que quiere lanzar. Hace ocho años que Tomatis (escritor y periodista cultural) no publica un libro, pero Alfonso ha leído un «brulote» (“escrito satírico e incendiario”) de Tomatis sobre La brisa en el trigo, la novela de Walter Bueno que se ha convertido en el bestseller de la década en Argentina. Bueno es originario de «la ciudad», además de un arribista cercano al régimen militar, que ha conseguido ser presentador en Buenos Aires de un programa de cultura nacional. Cuando comienza el libro, Bueno también está muerto. Falleció en un accidente de tráfico. Como decía antes, el tema de fondo de la novela es cómo la dictadura militar atenaza a los ciudadanos, inmiscuyéndose en cualquier resquicio de su vida, también en el mundo de la cultura, cuyos dos polos serían Tomatis y Bueno: el hombre paralizado, con la cultura suficiente como para poder despreciar sin ambages al «bestseller de la década», y el arribista que, desde la connivencia con un poder corrupto, no tiene escrúpulos en apelar al gusto del pueblo, que satisface con su libro.

El tiempo narrativo de la novela es inferior a tres días. La voz narrativa es la de Tomatis, al que acompañamos durante sus tres días de entradas y salidas de casa (donde convive con su hermana), y de encuentros y desencuentros con el «artefacto Alfonso/Vilma», casi sin tregua. De hecho, me ha resultado muy curioso como Saer le hace entrar y salir del sueño a Tomatis sin interrumpir la narración: se cuenta cómo se introduce en la cama, como empiezan a divagar sus pensamientos, que se acaban convirtiendo en sueños, que son descritos, para despertar en un nuevo día. En la novela hay puntos y aparte, pero ni un solo salto de línea, ni un solo corte entre escenas. Además, el cuerpo de la página es bastante estrecho porque Saer coloca en los márgenes de las páginas pequeños epígrafes que funcionan como resúmenes, títulos o glosas del tema tratado en ese momento. Por ejemplo, en las páginas 96-97 nos encontramos con «UN LINDO ESPECTÁCULO», «LA GRAN TRINIDAL» y «EL LOGOTIPO».
Durante las, más o menos, 70 horas en que transcurre la novela, el lector recibe información complementaria de la vida previa de Tomatis, gracias al recurso de la analepsis.

Como ocurre siempre en las novelas de Saer, muchas de sus reflexiones tienen que ver con la percepción de la realidad de sus personajes. Así, por ejemplo, en la página 59 podemos leer: «El deseo no satisfecho incrusta en la memoria experiencias imaginarias, apetecidas pero no realizadas, más imborrables que las verdaderas.»
Las novelas de Saer, además de hablarnos de la percepción de la realidad de sus personajes, suelen ser bastante existencialistas, y un Tomatis que está saliendo de una depresión no iba dejar de ser existencialista. Así, en la página 226 leemos: «La casa entera está vacía de todo rastro de vida, aparte de lo que llamo “yo” y que deambula a través del tiempo petrificado: lo que queda más bien en su lugar como decía, y que sigo llamando “yo” por costumbre, y del que me separa a decir verdad una distancia infinitesimal pero infranqueable, como sucede más o menos con las distintas partes de mi cuerpo, ya que ahora que lo pienso el dedo gordo del pie, naturaleza indescifrable en estado puro, me parece tan improbable y lejano como el cielo, rosa según dicen, de Marte.»

En cualquier caso, la voz narrativa de Tomatis me ha parecido más ligera, o más adelgazada, que las voces narrativas que suele usar Saer en sus novelas. Para Tomatis ha elegido un lenguaje elegante (como siempre), pero también con algún vulgarismo, que en muchos casos tiene que ver con su pene (en este sentido se repite mucho la expresión «que me la corten en rebajadas si...»), o con expresiones hechas como «tres pepinos». En algunos momentos, cuando Tomatis usa una frase hecha la acompaña de expresiones del estilo de «como se dice», que es un recurso que también usaba el escritor austriaco Thomas Bernhard, y al que me ha recordado por ello.

Me ha gustado mucho este reencuentro con el universo de Juan José Saer, con los lugares de Santa Fe (el puente, el río, la galería, los bares…) y que se nombrara a alguno de los personajes de siempre (Washington Noriega, Pichón Garay, el Matemático…). Me ha gustado acompañar a Carlos Tomatis durante su periplo de tres días por «la ciudad», bajo el ominoso telón de la dictadura militar, con sus reflexiones sobre la percepción, el arte o la historia. Si no recuerdo mal, en La grande (última novela de Saer) se narraba un viaje en autobús de Tomatis en el que se recordaba la etapa de su vida que queda reflejada en Lo imborrable (la depresión, la dictadura…). Algún día debería lleva a cabo el proyecto magnífico de leer toda la narrativa de Saer seguida y por orden cronológico, para establecer de forma inequívoca todas las conexiones. Me parece toda una aventura literaria.
Espero que la editorial Rayo verde, que en la actualidad rescata la obra de Saer en España, reedite pronto Lo imborrable aquí. Como ya lo he comentado más de una vez: es penoso e increíble que el lector español no tenga a su disposición las obras completas de uno de los más grandes escritores que ha dado el idioma español en las últimas décadas.

miércoles, 8 de abril de 2015

Unas fotos de Santa Fe, la ciudad narrativa de Juan José Saer

He cambiado algún comentario en el blog sobre las obras de Juan José Saer con el lector argentino Ignacio Luccisano, quien tiene familia en Santa Fe. Saer nació en Serodino, que pertenece al término de Santa Fe.
La obra de Juan José Saer se articula en su mayor parte en torno a un lugar que de forma genérica se llama en sus novelas y cuentos la ciudad. Esta ciudad es en realidad Santa Fe, aunque no aparezca nunca en sus libros con este nombre.

Estuve cambiándome correos con Ignacio y acordamos que me enviaría unas fotos de Santa Fe y sus alrededores para poder montar en el blog una entrada sobre los lugares en los que transcurren las narraciones de Juan José Saer.


Dejo aquí las fotos que me ha enviado. Espero no equivocarme al unir los nombres a los lugares.

Esta foto está tomada en Santa Fe, la calle es Juan de Campillo y Lavalle:


Santa Fe, calle Juan de Campillo y Lavalle


Santa Fe, calle de Chacabuco y Guemes


Santa Fe, calle Castellanos


Las siguientes fotos pertenecen a Colastiné, que aparece también en las novelas de Saer. De hecho, los indios que aparecen en la novela El entenado son los indios colastiné:






Este caballo que bebe en el río de Colastiné bien podría recordarnos a esos caballos que iban muriendo asesinados en la novela Nadie nada nunca.


Sobre Colastiné, Ignacio me cuenta la siguiente historia:
«En ese lugar, funciona un parque para niños, pero yo hace años filmé un documental sobre la leyenda de "El embolsadito".
La historia se remonta a 1800, cuando un marinero inglés, que llegó a estas tierras, comenzó a tener un romance secreto con la mujer de un carnicero. Cuando este último descubrió la infidelidad de la mujer, mató al marinero. Lo descuartizó y lo metió en una bolsa arpillera que colgó a la vera del río, donde ves al caballo tomando agua.
Desde esa época, los habitantes más antiguos de Rincón, un pueblo cercano,  veneran al "embolsadito" al que dicen, hace milagros.»






Esta es la nueva estación de trenes de Santa Fé, cuyo bar se llama Juan José Saer:


En la novela Glosa, Ángel Leto y el Matemático, caminan las 21 cuadras que van desde Boulevard y San Martín, por SAn Martín, hasta el Parque Sur. Durante esta caminata hablan de la fiesta de cumpleaños de Jorge Washington Noriega, a la que ninguno de los dos ha asistido. En Santa Fe se celebra el "Día de Glosa". Dejo unos enlaces a noticias que recogen este evento:


Las fotos siguientes son Boulevard Gálvez y Peatonal San Martín. Las calles de Glosa:








En muchas de las novelas de Saer, cuando sus personajes salen de la ciudad, y se dirigen a lugares costeros como Rincón, se dice que atraviesan un puente colgante. En alguna de las últimas novelas ya se insinúa que se está construyendo un nuevo puente colgante. Es éste:



Muchas gracias, Ignacio.