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domingo, 6 de julio de 2025

Mi marido es de otra especie, por Yukiko Motoya


 Mi marido es de otra especie, de Yukiko Motoya

Editorial Alianza. 143 páginas. 1ª edición de 2016; esta es de 2019

Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla

 

Grabé, para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob un vídeo titulado 10 grandes novelas japonesas del siglo XX y, entre el elenco de libros que podía elegir, me percaté de forma clara de que había leído a pocas autoras japonesas. Pensé que sería una buena idea buscar más referencias femeninas dentro de la literatura japonesa y, en este contexto, paseando entre los anaqueles de la biblioteca de Móstoles, me fijé en el libro que comento hoy, Mi marido es de otra especie de Yukiko Motoya (Ishikawa, 1979), autora ganadora de varios premios literarios en Japón. Además sentía curiosidad por este nuevo formato de la editorial Alianza, más grande que el habitual y con solapas.

 

Mi marido es de otra especie está formado, en realidad, por una novela corta, que da título al volumen y tres relatos.

Mi marido es de otra especie es una novela corta de 85 páginas, cuya narradora es Sanchan, que, antes de casarse, trabajaba como administrativa en una empresa de sistemas para economizar agua. Estaba sobrecargada de trabajo, nos contará, hasta un punto perjudicial para su salud. Cuando descubrió que el hombre que había conocido, y que se iba a convertir en su marido, tenía un sueldo superior a la media, decidió dejar su trabajo y convertirse en ama de casa. «A pesar de que, por así decirlo, exhibo con orgullo el cartel de “ama de casa”, no puedo evitar un sentimiento de culpa porque disfruto de tantas comodidades. Ser propietaria de una vivienda a mi edad me produce la sensación de que estoy haciendo trampas en la vida. Tal vez si tuviera hijos podría llevar la cabeza más alta; sin embargo, no hay el menor atisbo de que me vaya a quedar encinta, como si mis entrañas percibieran mi talante deshonesto.», nos cuenta Sanchan, en las páginas 18-19.

La novela comienza cuando la rutina de Sanchan se rompe tras hacer un descubrimiento inquietante: «Un día reparé en que mi cara se había vuelto idéntica a la de mi marido.», es la primera frase del libro. Sachan irá descubriendo que el juego del matrimonio puede ser más perverso de lo que parecía al principio, puesto que correrá el peligro de fundirse con su marido, de que los dos se conviertan en un ser impreciso. Existe en esta novela un ligero componente fantástico, que simboliza la insatisfacción de la mujer japonesa, atrapada en un matrimonio convencional. La mirada de la protagonista sobre su marido no será muy halagüeña, ya que le considera una persona egoísta en su trato con los demás. Poco después de casarse y vivir juntos, el marido le hará una confesión, le hablará de un hábito que le había ocultado durante el tiempo de noviazgo: ve la televisión (un programa de variedades) durante, al menos, tres horas al día, tomando un whisky con soda, cuando llega a casa, lugar en el que no quiere pensar en nada.

Además de hablarnos de la relación entre Sachan y su marido, en la novela aparecen otros personajes secundarios, como Senta –hermano de Sachan– y su novia Hakone. Un personaje que irá cobrando cada vez más importancia será la señora Kitae, una vecina, mayor que Sachan, con la que irá estableciendo la relación más significa durante el tiempo narrativo del libro. La señora Kitae está teniendo un problema con su gato y Sachan tratará de ayudarla, convirtiéndose en alguien útil.

Hacia la mitad de la novela, uno de los personajes dice: «Dos serpientes están juntas y cada una empieza a comerse a la otra por la cola. Van devorándose con rapidez y en la misma proporción, hasta que solo quedan las dos cabezas, que parecen una bola. Entonces, cada una se come la cabeza de la otra y las dos desaparecen por completo. ¿Comprendes? Tal vez la imagen mental que tengo del matrimonio sea algo así.» (pág. 45)

Un poco más adelante se hablará del deseo de Sachan de ser complaciente, de que cada vez que había salido con un hombre había hecho suyos sus pensamientos, sus gustos, sus formas de expresarse… Mi marido es de otra especie es una crítica hacia esta actitud sumisa que la sociedad japonesa parece reclamar a sus mujeres, cuando han de convertirse en parejas de los hombres japoneses.

Según se avanza hacia el desenlace del libro, el marido de Sachan irá comportándose de un modo cada vez más extraño, y Sachan tratará de seguirle. Como algunos de estos comportamientos tienen que ver con formas de alimentarse poco sanas, tuve la impresión de que Yukiko Motoya había leído La vegetariana de Han Kang –publicada en Korea del Sur en 2007, e imagino que traducida al japonés antes de la publicación de Mi marido es de otra especial en 2016– y que esta novela sobre los convencionalismos sociales a los que está sometida una mujer en Korea ha sido una inspiración para Motoya. En cualquier caso, he de decir que la novela de Han Kang es más desgarrada que la de Yukiko Motoya, y que Mi marido es de otra especie elige más el surrealismo y el humor absurdo para perpetrar su crítica a una sociedad opresiva con la mujer. Sin embargo, algunas de las mejores páginas del libro, tendrá que ver con la señora Kitae y cómo Sachan la ayuda a resolver los problemas que tiene con su gato.

 

Los perros es un cuento de 15 páginas, sobre una mujer que acepta el trabajo de hacer unas obras de arte de imitación en un pueblo apartado, viviendo en la casa que un conocido ha heredado de su abuelo. La narradora es una mujer solitaria y le gusta ese trabajo, en el que, en principio, no tiene que hablar casi con nadie. La casa estará habitada por unos indistintos perros blancos, de los que parece surgir una amenaza, puesto que la gente del pueblo se manifiesta contra ellos, gente que parece ir desapareciendo. Es un cuento de horror y de extrañeza, con alguna imagen curiosa, pero también algo previsible.

 

En El baumkuchen de Tomoko se abandona la primera persona de las dos narraciones anteriores y este cuento será narrado en tercera persona. Empieza con un buen primer párrafo: «La llama del fogón ardía a fuego bajo. Y Tomoko comprendió de repente que este mundo es un concurso que será eliminado a la mitad.» (pág. 113)

Tomoko está en casa, cocinando un pastel para sus hijos, mientras una sensación de extrañeza empezará a adueñarse de ella. «Tenía la impresión de que la sala de estar la estaba seduciendo, tratando de que cayese en una trampa terrible.» (Pág. 116). En este relato, también cobra importancia una mascota, un gato, igual que en la novela inicial. En la segunda narración, las mascotas eran los perros. Tomoko empezará a sentir que sus hijos se están transformando, creando un efecto similar al de las transformaciones del marido en Mi marido es de otra especie.

 

Un marido de paja es la última narración y, en ella, una mujer, también llamada Tomoko, como en el cuento anterior, pero que no parece ser la misma, está corriendo al aire libre con su marido. Aunque en el pasado sus conocidos se opusieron a la relación que tiene con él, ella parece contenta con la elección que hizo de compañero de vida. Sin embargo, la escena cotidiana de una pareja haciendo deporte empezará a enturbiarse cuando ella le haga un desperfecto al coche de él, recién comprado. Su marido es, literalmente, un marido hecho de paja, que cuando se enfada empezará a desprender pequeños instrumentos musicales. Este detalle tan surrealista, me ha hecho pensar en los cuentos iniciales de Philip K. Dick. De nuevo, volvemos al tema inicial de la primera novela, al de la extrañeza de las mujeres japonesas ante sus maridos y los convencionalismos sociales.

 

Mi marido es de otra especial, la novela breve, ganó en Japón el prestigioso premio Akutagawa y, aunque no está a la altura de La vegetariana de Han Kang, que me parece una inspiración para ella más clara que Kafka o Murakami –autores que se citan en la solapa como influencias de la autora–, me ha parecido una entretenida novela ligera. En cualquier caso, me ha gustado más que los tres cuentos restantes del conjunto, que me han resultado narraciones más convencionales, y que repetían motivos de la novela breve.

 

En 2023, Alianza ha publicado otro libro de Yukiko Motoya, titulado Selección automática, que reúne dos novelas cortas sobre la dependencia tecnológica en un futuro distópico. Quizás se trate de una lectura interesante.

 

 

domingo, 15 de junio de 2025

El Palacio de los Sueños, de Ismaíl Kadaré


El Palacio de los Sueños,
de Ismaíl Kadaré

Editorial Alianza. 242 páginas. 1ª edición de 1981; ésta es de 2024.

Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

 

Ya he contado que me propuse leer en 2025 a Ismaíl Kadaré (GjirokastraAlbania; 1936 – Tirana, 2024) y le solicité a la editorial Alianza tres libros suyos. Después de leer El general del ejército muerto (1963) y Crónica de piedra (1971), me he acercado a El Palacio de los Sueños (1981), que es la novela que suele considerarse la obra maestra del autor. En las dos anteriores, el tiempo narrativo de las novelas se correspondía con momentos vividos por Kadaré. La acción de El general del ejército muerto se situaba «veinte años después de la guerra»; es decir, en 1962 o 1963, y la acción de Crónica de piedra nos llevaba hasta la infancia de Kadaré, hasta sus propias vivencias de la guerra, en 1942 o 1943. La acción de El Palacio de los Sueños nos conduce hasta el Imperio otomano del siglo XIX, a una Albania en la que la gente se mueve en carruajes y su país forma parte de un territorio mucho más grande.

 

El Palacio de los Sueños comienza de un modo que enseguida me ha remitido a las otras dos novelas que llevo leídas del autor: mostrando una escena de mal tiempo atmosférico. «La mañana era húmeda y ventosa» es la primera frase del libro. Las escenas principales de los libros de Kadaré suelen compartir el mismo telón de fondo: la lluvia, la bruma, la nieve, el frío, la oscuridad… Son novelas que transcurren en los meses de otoño e invierno, y cuando llega la primavera y el verano se produce un salto temporal. La novela acabará «una tarde a finales de marzo» y su protagonista, a través de la ventana de un carruaje, observará signos de la llegada de la primavera en un parque. «A dos pasos de él sabía que se encontraba la renovación de la vida, la calidez de las nubes, las cigüeñas y el amor, todo lo que había fingido ignorar, temeroso de que pudiera arrancarlo del hechizo del Palacio de los Sueños.» (pág. 242). Es decir, la novela transcurre durante los meses de otoño e invierno y finaliza cuando va a llegar la primavera y el buen tiempo, algo que –por lo que llevo leído– no ocurre en las novelas de Kadaré, en las que el clima adverso se convierte en un elemento simbólico que va añadiendo capas de ominosidad en las escenas.

 

El protagonista de la novela es Mark-Alem, un joven de veintiocho años, que pertenece a la influyente familia de los Quyprilli. La novela comienza la mañana en la que Mark-Alem entra en el Palacio de los Sueños para realizar una entrevista de trabajo. Desde el comienzo, desde que Mark-Alem atraviesa las puertas del Palacio de los Sueños, o el Tabir Saray, una sensación de irrealidad comenzará a invadirle, igual que al lector. «El pasillo era largo y sombrío. Las puertas desembocaban en él por decenas, altas y sin numeración. Contó once y se detuvo.», leemos en la página 2. La sensación de extrañeza y amenaza será constante en el Palacio de los Sueños. Tanto el espacio físico, repleto de pasillos y puertas, de problemas para recordar el camino recorrido, una vez realizado, y las personas, que parecen comportarse de un modo distante, con Marl-Alem, le recordarán al lector al universo creado por el checo Franz Kafka en obras como El castillo (1925, escrita entre 1914 y 1915). El hecho de ir a ser el primer día de trabajo de Mark-Alem propicia que se encuentre con varios personajes que le van a hablar del funcionamiento y de los orígenes del Palacio de los Sueños. Este recurso permitirá también al lector conocer los secretos del lugar: «Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y personal del Sultán soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de las personas individuales las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción.» (Pág. 31). Como nos dice en el prólogo, el traductor Ramón Sánchez Lizarralde, Kadaré quería crear en esta novela «un infierno». En esta fábula, el control que ejerce el Estado sobre los ciudadanos es tal que éstos están obligados a trascribir sus sueños, cada vez que despiertan (y si no saben escribir, habrán de visitar a un escriba para que lo haga por ellos) y hacerlos llegar al Palacio de los Sueños. En él, los funcionarios tendrán que clasificarlos, o desecharlos, hasta que lleguen al poderoso departamento de Interpretación, donde se analizará si el sueño, que ha creado la mente de algún ciudadano, puede representar un mal augurio para el futuro del Imperio; y ese sueño podría convertirse en el Sueño Maestro, aquel que puede predecir las catástrofes y que permitirá a las autoridades anticiparse.

 

El Palacio de los Sueños acabará siendo una metáfora de la situación de control estatal que vivían los ciudadanos en la Albania de Kadaré, bajo el régimen de Enver Hoxha. Como Kadaré, en el momento de escribir este libro, aún vivía en Albania –más tarde se acabaría exiliando a Francia– tuvo que situar su historia en el siglo XIX para que pudiera pasar la censura gubernamental. Aun así, en 1982 Kadaré será criticado públicamente por la publicación de este libro, que fue condenado al silencio durante los siete años siguiente, y cuando se volvió a publicar en 1988, se hizo con la advertencia (estoy parafraseando el prólogo del traductor Ramón Sánchez Lizarralde) de que había sido «revisada». Así que, en este caso, la edición definitiva de la novela, a diferencia de otras, que se retocaron con posterioridad por motivos estéticos o de madurez estilística, la versión definitiva de esta novela consistió en recuperar su forma original.

 

El trabajo de Mark-Alem en el Palacio, a pesar de que va ascendiendo posiciones, nunca parece ser agradable y lo vive siempre con angustia, con el temor a equivocarse y ser reprendido o despedido por ello. En uno de los capítulos se describe un día libre, en el que intenta recuperar sus viejos hábitos y visitar, por ejemplo, el café al que solía ir. Esta visita se acabará tornando desagradable cuando se dé cuenta de que el dueño del local y el resto de la parroquia saben que ha empezado a trabajar en el Palacio de los Sueños, lo que le convierte en una persona con un poder temible.

El destino de la familia de Mark-Alem –los poderosos Quyprilli– se irá complicando con el del sultán, con quien parecen tener más de una rencilla del pasado pendiente. Los Quyprilli son tan poderosos que existen rapsodas en los Balcanes que cantas epopeyas sobre su pasado. Como ya he ido viendo que las novelas de Kadaré están, hasta cierto punto, conectadas entre sí, creo que este tema de los rapsodas tiene que ver con el argumento de El expediente H., donde unos estudiosos anglosajones viajan a Albania para encontrar a estos rapsodas y entender así los cantos de Homero.

El Palacio de los Sueños, es una novela sólida, muy bien construida, con toques poéticos –sobre todo cuando se describen los sueños que Mark-Alem tiene que analizar–, y un aire de amenaza y extrañeza perennes sobre lo contado. Sin embargo, considero que la dependencia de la obra de Kafka acaba haciendo que prefiera las otras dos novelas de corte más realista que he leído de Kadaré, El general del ejército muerto y Crónica de piedra. En cualquier caso, el nivel de las tres obras es realmente alto.

 

 

domingo, 8 de junio de 2025

Crónica de piedra, por Ismaíl Kadaré

 


Crónica de piedra, de Ismaíl Kadaré

Editorial Alianza. 281 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2024.

Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

 

Ya he contado que me propuse leer en 2025 a Ismaíl Kadaré (GjirokastraAlbania; 1936 – Tirana, 2024) y le solicité tres libros suyos a la editorial Alianza. Después de acabar El general del ejército muerto (1963), con la grata sensación de haberme acercado a una obra maestra de la literatura europea del siglo XX, empecé Crónica de piedra (1971). Se la pedí a Alianza porque en el resumen de la contraportada afirma que es una obra autobiográfica y tenía la sensación de que me iba a gustar conocer más y empatizar con Kadaré. En la lectura del libro, en ningún momento, se señala que su narrador se llame Ismaíl Kadaré, pero uno lo lee pensado que así es.

Kadaré nació en Gjirokastra, una ciudad al sur de Albania, que en 2025 la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad por ser un «raro ejemplo de pueblo otomano bien conservado y construido por terratenientes». Esta ciudad, evocada desde el título –ya que sus calles, casas y tejados están construidas con piedra– será uno de los personajes principales de la novela.

 

Como ocurría en El general del ejército muerto, Crónica de piedra comienza resaltando el clima adverso. El narrador, en el primer capítulo, evoca una noche de su infancia en la que no para de llover, y esto puede suponer un problema para su familia, puesto que el aljibe, donde se guarda el agua, puede acabar rebosando e inundando la casa. Los vecinos llegarán al hogar para ayudar a sus padres a solucionar el problema. La idea de comunidad, de ser el niño parte de un solo cuerpo formado por muchas personas, también va a estar presente en el libro. Las últimas dos páginas de la novela nos hablan de alguien que, después de muchos años, vuelve a su ciudad natal y evoca a personas de su infancia que ya han muerto, pero que él siente que se han fundido con las piedras que componen el espacio humano. Personas y piedras de la ciudad se fundirán en una bella metáfora que aparece casi al final del libro: «La carne tierna de la vida volvía a llenar el caparazón de piedra.» (pág. 279)

 

Crónica de piedra es una evocación de la infancia, desde la vida adulta, pero que intenta recrear la mirada inocente de un niño sobre la realidad. De este modo, se narra una conversación entre las mujeres de la familia y las vecinas en la que, escandalizadas, comentan que un joven vecino ha cometido la osadía de empezar a usar gafas. «Se me hizo un nudo en la garganta. Cómo logre contenerme y no ponerme a gritar, solo yo lo sé.», apuntará una de ellas. La mirada es doble: el adulto evoca esta escena cotidiana con un aire cómico, con ironía, pero también recuerda cómo el niño empieza él mismo a sentir que necesita gafas, puesto que de lejos los contornos de las casas y los árboles se le tornan borrosos, y para solucionarlo, en ocasiones, se coloca delante de uno de sus ojos un cristal que encuentra en un baúl de la abuela, una pura excentricidad, pero que le servirá para poder disfrutar de las películas en el cine.

 

El contexto histórico de los primeros capítulos es de la ocupación italiana de la ciudad, un hecho al que el narrador da, de entrada, menos importancia que a otros sucesos que le llaman mucho más la atención. Así nos hablará, con gran entusiasmo, de una ola de brujería que se ha desatado en la ciudad. «Manos invisibles colocaban objetos maléficos por doquier, en los umbrales de las puertas, tras los muros, bajo los aleros, envueltos en papel o en sórdidos trapos viejos que helaban la sangre.» (pág. 44). También el niño nos hablará de una chica a la que sus padres no dejan salir de casa por la vergüenza que le supone a su familia que tenga una barba como la de un hombre, o de ancianas de ciento treinta y dos años. Esta evocación de la infancia contiene, como vemos, pequeños toques de realismo mágico, que más que recordarme a la obra de Gabriel García Márquez, me han evocado la del judío polaco Bruno Schulz y sus cuentos recogidos en Madurar hacia la infancia (que, por cierto, acaba de reeditar Siruela y que recomiendo con pasión).

 

Me ha gustado percatarme de que Crónica de piedra tenía elementos relacionales con El general del ejército muerto. En esta última novela, el general y el cura italianos, en su búsqueda de los restos de los soldados de su país muertos en la Segunda Guerra Mundial, llegan a la ciudad de Gjirokastra y aquí, en un bar, un camarero les contará una historia de la guerra, acerca del impacto que supuso para la ciudad que los italianos abrieran en ella un burdel. En esta historia, se habla del primer albanés que se atrevió a visitar el prostíbulo, llamado Lame Kareco Spiri, del que también se habla, en referencia a la misma historia, en Crónica de piedra.

 

Al narrador, sus padres a veces le mandan a pasar unos días a la casa de uno de sus abuelos, en las afueras de la ciudad. El abuelo suele pasar el tiempo leyendo libros escritos en turco, y en una de estas visitas le prestará el libro de Macbeth de William Shakespeare, lo que empezará a despertar en él la pasión por la literatura.

Aunque la novela comienza en un tono poético, pronto la violencia de los años vividos empezará a afectar a los personajes. La ciudad de piedra acabará inmersa en los devenires de la Segunda Guerra Mundial y será bombardeada por aviones ingleses. Los griegos arrebatarán la ciudad a los italianos, y durante un breve periodo de tiempo, el dominio de esta pasará de unos a otros, de italianos a griegos, para quedar más tarde a merced de los guerrilleros albaneses, de los que muchos ciudadanos de Gjirokastra no se acaban de fiar porque son comunistas, y muchos de los vecinos de la ciudad no saben cuáles son sus intenciones. Al final, y aquí se acabará la crónica, la ciudad, siguiendo los hechos históricos, caerá en manos de los alemanes. «Al caer el crepúsculo la ciudad que había figurado en los mapas del Imperio Romano, de los normandos, de Bizancio, del Imperio Turco, del Reino de Grecia, del Reino de Italia, se acostó esta vez bajo el imperio de los alemanes. Cansada, profundamente aturdida por la confrontación, no daba la menor señal de vida.» (pág. 274). Como ya he apuntado anteriormente, el narrador personifica a la ciudad y la convierte en otro personaje más de la trama; de hecho el lector sentirá, con los personajes humanos, el dolor de los bombardeos o los incendios sobre sus muros.

Otro hecho histórico del que se habla en el libro es que Enver Hoxha, que fue líder comunista con los guerrilleros, y futuro dictador de Albania, es otro de los vecinos de la ciudad de piedra.

 

El niño convivirá con el horror de la guerra sin olvidar el sentido de la maravilla, y así nos hablará, por ejemplo, de una temporada en la que el lenguaje cotidiano tendía a dibujarlo en su mente desde la literalidad: «El lenguaje cotidiano, equilibrado y seguro hasta entonces, aparecía de pronto convulsionado por la acción de un terremoto. Todo se derrumbaba, se quebraba, se fragmentaba. Había penetrado en el reino de las palabras. Era una tiranía implacable. El mundo se llenó de gente que en lugar de cabeza tenía un pepino; otras cabezas se ponían a dar vueltas; los ojos reventaban como cartuchos; a algunos se les congelaba la sangre como los hielos (…)» (pág. 94).

También sucumbirá el niño a su fascinación por el aeropuerto y la fascinación que le causan los aviones, aunque lleguen para lanzar bombas sobre su cabeza. El niño llegará a llorar cuando los aviones dejan el aeropuerto, y más tarde dirá: «Teníamos ante nosotros el campo abandonado del aeropuerto, a través del cual debíamos pasar. Por fin nos encontramos sobre él. Jamás había imaginado que pudiera llegar a pisarlo. Sentí una punzada en el corazón. Aquella explanada había sido sagrada para mí. Una especie de hermana o esposa del cielo. Predestinada como una princesa.» (pág. 255). También nos hablará de su ligero despertar sexual, pero, por esos años, el aeropuerto y los aviones, serán, en realidad su verdadero amor.

 

Además de la voz del narrador, en las páginas finales de muchos capítulos, podemos acercarnos a otras voces narrativas: las páginas de un anciano cronista de la ciudad, las páginas del periódico local o las voces desconocidas de algunos vecinos, lo que enriquece los matices de la obra.

 

Igual que he observado esa relación comentada entre El general del ejército muerto y Crónica de piedra, en torno a la idea del burdel, he percibido también más conexiones que Kadaré va a establecer con alguna otra de sus obras. En Crónica de piedra se habla de dos familias de la ciudad, los Karllashe y los Hankoni, que tienen una disputa pendiente desde hace setenta años. Para hablar del carácter vengativo de los albaneses se evocaba esta historia en El general del ejército muerto y, aunque aún no lo he leído, creo que es la historia que Kadaré cuenta en su novela Abril quebrado, que espero leer también este año de 2025.

 

Ya dije que El general del ejército muerto me ha parecido una obra maestra y he acabado Crónica de piedra con la sensación de nuevo –aunque algunos peldaños por debajo, pero desde una altura alta– de haber leído un gran libro. Cuando en las dos últimas páginas el narrador, ya desde la vida adulta, nos habla de una visita a la ciudad y evoca a todas las personas muertas de las que nos ha hablado en las páginas anteriores, el lector siente una honda pena, prueba clara de que ha conseguido levantar ante él su mundo ficcional de un modo emocionante y convincente. Seguiré con Kadaré.

 

domingo, 1 de junio de 2025

El general del ejército muerto, por Ismaíl Kadaré


El general del ejército muerto,
de Ismaíl Kadaré

Editorial Alianza. 346 páginas. 1ª edición de 1963; ésta es de 2019.

Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

 

Ismaíl Kadaré (GjirokastraAlbania; 1936 – Tirana, 2024) era uno de los autores clásicos del siglo XX europeo, que había anotado desde hacía mucho tiempo, y que tenía aún pendientes de leer. De hecho, creo que es el único autor de lengua albanesa del que se ha hablado a nivel europeo, o al menos yo no conozco a otro.

Me apenó que, cuando murió en el verano de 2024, a los 88 años, aún no hubiera leído nada suyo. Para solucionarlo, a principios de 2025 le escribí al representante de prensa de la editorial Alianza, para que me enviara tres libros del autor, para poder leerlos y reseñarlos. Estos libros fueron: El general del ejército muerto (1963), Crónica de piedra (1971) y El Palacio de los Sueños (1981), que –leí en internet– eran tres de sus obras más significativas. Se considera que El Palacio de los Sueños es su obra maestra y no quería empezar por ella, sino acercarme hasta la cima de la montaña habiendo podido conocer antes sus laderas, así que empecé por El general del ejército muerto que fue su primera novela publicada. Según la información que encuentro en internet se publicó por primera vez en 1963, pero al final del libro existe la siguiente nota del autor: «Tirana, 1962-1966». Por lo que he leído en el prólogo de Crónica de piedra, a cargo de Ramón Sánchez Lizarralde, el traductor, Kadaré revisó más de una vez sus libros y en algunas de las siguientes ediciones los iba mejorando. Quizás esto fue lo que ocurrió con El general del ejército muerto, que se publicó por primera vez en 1963, cuando el autor tenía 27 años, y luego lo fue corrigiendo y modificando para ediciones posteriores. O quizás hay un error inicial en la página de la Wikipedia, o en algún otro lugar, que es arrastrado posteriormente en el resto de páginas.

 

En 1939 la Italia fascista de Benito Mussolini invadió Albania, creando un protectorado, situación que se prolongó hasta 1943. La narración de El general del ejército muerto empieza «veinte años después de la guerra», referencia que se repite más de una vez en el texto. Así que el tiempo narrativo del libro debe ser 1962-63. El algún momento se habla también de la guerra de Vietnam, que comenzó en 1964 y, teniendo en cuenta que el tiempo de la novela se prolonga durante unos dos años, estos deben de estar comprendidos entre 1962 y 1965.

 

El general ha recibido la misión de viajar a Albania, en la compañía de un cura, que también es militar (con grado de coronel), pero en la actualidad la misión del cura «solo figuraba como representante espiritual» (pág. 18). «El general dio a entender que él era el principal personaje de aquella misión», leemos en la página 18. Aunque el general esté al mando de la misión, dependerá, en más de una ocasión del cura, puesto que este sí estuvo durante la Segunda Guerra Mundial destinado a Albania y conoce el idioma albanés, habilidad de la que carece el general. El general ha recibido la misión de –tras un acuerdo entre su país y Albania– viajar a Albania para buscar y rescatar los restos de los soldados muertos de su país en la última guerra, y entregar estos restos a sus familiares. Aunque en todas las reseñas que se pueden leer sobre este libro en internet señalan que el general y el cura proceden de Italia, Kadaré se cuida de nombrar a este país de un modo directo, aunque, más tarde, cuando estos personajes lean el diario de un soldado que murió en Albania y que, queda claro que pertenece a su ejército, se citará al «duce» como responsable de la situación, y por tanto se hablará por fin de Mussolini e Italia.

 

«Sobre la tierra extranjera caía una mezcla de agua y nieve.» es la primera frase del libro, y resultará significativa, porque un mal tiempo perenne parecerá acompañar al general y al cura en su misión en Albania, un mal clima que se acabará convirtiendo en un símbolo de la triste misión que les ha sido encomendada a estos hombres. El general observará, desde la ventanilla del avión «la imagen amenazadora de las montañas», «tierras abruptas» o «sombrías laderas» y una sensación de irrealidad empezará a rondarle. «En aquellos abismos y barrancos, por toda aquella vastedad invernal, se pudría bajo la lluvia el ejército que él venía a exhumar.» (pág. 15). El clima como símbolo es muy importante en la composición de la novela, que se divide en dos partes, y entre las dos se producirá un salto temporal, en el que el narrador aludirá hablar de la primavera y el verano de las tierras albanesas, para dejarnos otra vez ante las inclemencias del segundo otoño del general y el cura. En otro momento del libro, el coronel recordará unos días que pasó en una playa de su país, antes de partir para su misión, y el narrador escribirá: «comenzaron a aparecer nubes en el horizonte, nubes negras cargadas de lluvia, que viajaban hacia el este, hacia Albania.» (pág. 115)

 

El general y el cura, de los que nunca sabremos los nombres, cuentan con listas que detallan, hasta cierto punto, la localización de las tumbas que han de buscar. Sin embargo, debido a diversas circunstancias, como el clima o la imprecisión de las localizaciones anotadas durante la guerra, la tarea no sea fácil. Además, tendrán que contratar a trabajadores locales que les ayuden y, allí por donde pasen, podrán sentir miradas de curiosidad, que pueden también mezclarse con el rencor que algunos aldeanos pueden sentir al revivir el pasado. Así mismo, la relación que se establece entre el general y el cura no siempre va a ser cómoda.

 

En algunos capítulos se nos mostrarán episodios del pasado del general, como las visitas que, tras saberse públicamente qué misión iba a llevar en Albania, empezará a recibir en su casa de familiares de los militares muertos allí. Todos ellos le rogarán que encuentre los restos de sus hijos, maridos, etc. Sobre todo, se destacará la relación que el general acabará tenido con la familia del coronel Z, cuya joven y bella viuda le pedirá encarecidamente que encuentre los restos de su esposo. Esta búsqueda del coronel Z, sobre cuya muerte existe un misterio, será uno de los leitmotiv de la novela. Es posible también que el coronel Z no haya sido la estupenda persona que su familia piensa que era.

 

La novela utiliza el recurso cervantino del relato dentro del relato. Así un camarero de Gjirokastra –ciudad natal de Kadaré– le contará a aquel la historia de un burdel de mujeres italianas que los invasores abrieron en su ciudad. O, como ya conté antes, el lector podrá acercarse a las páginas de un soldado desertor, que recibirá un juicio negativo por parte del general y el cura, al considerar su testimonio el propio de un «llorica sentimental».

Además, el general y el cura se irán cruzando por los caminos de Albania con otro militar de un ejército extranjero (posiblemente alemán), al que acompaña un alcalde, que ha de realizar una misión similar a la suya, aunque sus listas y localizaciones parecen más caóticas.

 

Kadaré irá haciendo descubrir al general, y con él al lector, cómo es el carácter y cómo son las costumbres de los albaneses. Así, por ejemplo, hablará de sus ideas ancestrales de venganza que, por lo que he leído en internet, es el tema central de su novela Abril quebrado (1978).

Será significativo para el lector observar los cambios que se irán produciendo en el orgullo del general al enfrentarse a su penosa misión, a la que acabará considerando miserable: «repatriar aquel gran ejército, reducido ahora a unas cuantas toneladas de calcio y fósforo.» (pág. 258) Esta idea del ejército de jóvenes muertos prematuramente se va también cargando de simbolismo, y hará que el libro cobre un profundo mensaje antibélico.

 

El tramo final de la novela, en el que se va acumulando la tensión narrativa y la melancolía, me ha parecido magistral. Es sorprendente la madurez que presenta Ismaíl Kadaré en su primera novela, que fue muy bien acogida en Francia y desde aquí se lanzó al resto del mundo, empezando a consolidar el prestigio del autor. El general del ejército muerto es una de las obras maestras de la segunda mitad del siglo XX.

domingo, 16 de febrero de 2025

La corrupción de un ángel, por Yukio Mishima

 


La corrupción de un ángel, de Yukio Mishima

Editorial Alianza. 315 páginas. Primera edición de 1971; ésta es de 2024

Traducción de Guillermo Solana Alonso

 

Después de la lectura de Nieve de primavera (1969), Caballos desbocados (1969) y El Templo del Alba (1970) de Yukio Mishima (Tokio, 1925 – 1970), empecé la cuarta y última parte de la tetralogía de El mar de la fertilidad, titulada La corrupción de un ángel (1971).

(Aviso: para hablar de La corrupción de un ángel es posible que tenga que destripar algo del final de los libros anteriores de la tetralogía. En realidad, usted no debería preocuparse, la gran literatura es impermeable a los así llamados «spoilers» y, si algún día decide leer El mar de la fertilidad, lo que yo cuente aquí ya se le habrá olvidado. Siento informarle de que usted no tiene memoria fotográfica.)

 

La corrupción de un ángel, con sus 315 páginas, es la novela más corta de la tetralogía. Mishima acabó esta novela y se la envió a su editor la mañana del 25 de noviembre de 1970, unas horas antes de que se suicidara con el ritual del seppuku.

 

Nos encontramos en mayo de 1970 y Honda tiene setenta y seis años. Su mujer Rié ha fallecido y Honda pasa el tiempo y, a veces, viaja con su amiga Keiko, a quien conoció en la anterior novela, El Templo del Alba, ya que era la vecina de la casa que se compró con vistas al monte Fuji.

 

En el primer capítulo del libro, Mishima nos muestra el poder del mar desde la costa. Un joven, al que conoceremos un poco más tarde, observa ese mar desde una estación marítima del puerto. Es Tôru, un huérfano de dieciséis años, que trabaja en el puerto avisando de la llegada de los barcos comerciales. Tôru es un adolescente solitario y ensimismado, que recibe en su lugar de trabajo las visitas de Kinué, una joven, algo mayor que él (de veintiún años), que sufre el trastorno de sentirme una mujer muy guapa y deseada, cuando en realidad es, precisamente, llamativa por su fealdad. Tôru tampoco es un joven normal, pues vive obsesionado con la idea de que el mundo se crea a partir de su percepción y que podría destruirlo si así lo deseara. Tôru está convencido de su pureza. «Un muchacho de dieciséis años que se hallaba completamente seguro de no pertenecer a este mundo. Solo la mitad de él estaba aquí. La otra se hallaba en el reino de añil. No existían en consecuencia leyes ni normas que se gobernasen. Él se limitaba a simular que se hallaba sometido a las leyes de este mundo. ¿Dónde están las leyes a las que ha de someterse un ángel?» Leemos en la página 23. En este cuarto libro, la metáfora del ángel, como entidad que flota en el espacio esperando poder ocupar el cuerpo de un humano cobra cada vez más importancia. De hecho, Honda sueña cada vez más noches con los ángeles.

De un modo casual, Honda y Keiko llaman a la estación de control naval en la que trabaja Tôru, con la intención de que les permitan visitarla. Una vez dentro, Honda observará que Tôru tiene en el pecho los tres lunares, que tuvieron en el pasado Kiyoaki (protagonista de Nieve de primavera), Isao (protagonista de Caballos desbocados) y Ying Chan (protagonista de El Templo del Alba); para Tôru esos tres lunares son «una prueba en su propia carne de que eran suyos dones sin límites».

 

Honda toma la decisión de adopta a Tôru, al que considera la nueva reencarnación de su amigo Kiyoaki, que ya pasó por Isao y Ying Chan. En más de un momento, Honda temerá haberse equivocado, pues no tiene claro si Tôru nació después de Ying Chan (condición necesaria para poder ser su reencarnación o antes). En el caso de ser Tôru la nueva reencarnación de su amigo, Honda piensa que no puede llegar a los veintiún años, límite de edad a la que murieron todas las reencarnaciones anteriores. Y Honda quiere adoptarle, aún viendo en la esencia de Tôru la pura maldad. Al ser Honda una persona poseedora de una gran fortuna, no le va a resultar difícil adoptar a Tôru, situación que el joven acepta.

 

Si uno lee La corrupción de un ángel intentando comprender el estado mental de Mishima en el momento de la escritura, podrá encontrar algunos párrafos en los que muestra su malestar por la occidentalización de su país, como este de la página 149: «Las pruebas de una buena crianza proporcionan categoría a una persona y la buena crianza en el Japón significa familiaridad con la manera occidental de hacer las cosas. Solo hallamos al japonés puro en los barrios miserables y en el hampa y cabe esperar que con el paso del tiempo se torne cada vez más aislado.»

 

Una curiosidad del libro es que su narración avanzará hasta el año 1974. Es decir, más allá del tiempo narrativo del que Mishima escribe, que es 1970. De este modo, El mar de la fertilidad empieza situando a Honda, su personaje principal en 1912, con dieciocho años, y lo deja en 1974, con ochenta, abarcando más de sesenta años de la historia del Japón del siglo XX.

 

La convivencia entre Honda y Tôru, desde el principio, parece recorrida por la tensión de una violencia subterránea. Ya en mi reseña de El Templo del Alba comenté que algunas de sus páginas me recordaban a las leías en Junichiro Tanizaki, porque también las páginas de La corrupción de un ángel se van tiñendo de un aire enfermizo de perversión y de personas con la idea de hacer daño a otras, sin que queden muy explicados sus motivos. De este modo, Honda, convencido de que Tôru es la reencarnación de su amigo y de que no va a llegar a los veintiún años, quiere conseguir que antes se case con una bella muchacha para poder disfrutar luego de sus lágrimas de viuda joven, o Tôru tratará de idear cómo hacer el mayor daño posible a las personas con las que se va cruzando.

 

En La corrupción de un ángel, Mishima usa un nuevo recurso narrativo: el lector podrá acercarse a algunas páginas del diario íntimo de Tôru, donde él mismo anotará que le falta el instinto de autoconservación.

Creo que las páginas que más me han gustado de esta cuarta novela, son aquellas en las que, tras veinte años, Honda vuelve a su antigua perversión (adquirida en el tiempo de El Templo del Alba), después de la explosión de un conflicto con Tôru, de disfrutar siendo un voyeur que observa, por la noche, a parejas en los parques públicos. En algún momento he llegado a pensar en el gusto por los personajes excesivos, y con tendencia a la monstruosidad, de José Donoso. Todo un aire de misterio enfermizo y perversidad flota sobre las páginas de La corrupción de un ángel.

La novela acaba in medias res, sin que se acaben resolviendo algunos de los misterios planteados durante la narración. Me gusta el final, donde las últimas páginas se enlazan con la primera novela, Nieve de primavera, y reaparece aquí un personaje del que se habla, pero al que Mishima no hace comparecer ni en Caballos desbocados ni en El Templo del Alba, que ha perdido ya la memoria y que va a hacer enfrentarse a Honda, definitivamente, con la fragilidad de todo y la cercanía de la muerte.

Con algún pequeño altibajo, el nivel de la tetralogía El mar de la fertilidad es alto y los cuatro libros que la forman, que recorren más de seis décadas del siglo XX en Japón, son una valiosa obra literaria.

domingo, 9 de febrero de 2025

El Templo del Alba, de Yukio Mishima

 


El Templo del Alba, de Yukio Mishima

Editorial Alianza. 461 páginas. Primera edición de 1970; ésta es de 2024

Traducción de Guillermo Solana Alonso

 

Después de la lectura de Nieve de primavera (1969) y Caballos desbocados (1969) de Yukio Mishima (Tokio, 1925 – 1970), empecé la tercera parte de la tetralogía de El mar de la fertilidad, titulada El Templo del Alba (1970).

 

(Aviso: para hablar de El Templo del Alba tendré que destripar algo del final de Caballos desbocados e, incluso, de Nieve de primavera. En realidad, usted no debería preocuparse, la gran literatura es impermeable a los así llamados «spoilers» y, si algún día decide leer esta tetralogía, lo que yo cuente aquí ya se le habrá olvidado. Siento informarle de que usted no tiene memoria fotográfica.)

 

El comienzo de El Templo del Alba nos lleva, por primera vez en esta serie de libros, fuera de Japón. La acción comienza en Bangkok. El primer capítulo describe la ciudad, sin presentar aún a los personajes, y esta forma de iniciar la historia me ha recordado al comienzo de Pasaje a la India de E. M. Forster. Pronto sabremos que estamos en 1940 y que, por tanto, Honda –protagonista de la tetralogía– tiene cuarenta y seis años. Ha viajado a Tailandia por trabajo. En Caballos desbocados dejó de ser juez para convertirse en abogado y así poder defender al joven Isao (en quien Honda ha creído ver una reencarnación de su amigo Kiyoaki) de la acusación de terrorismo que pesaba sobre él. En este tercer libro, Honda se ha convertido en un abogado de éxito, especializado en derecho comercial y de empresas. Un conflicto comercial entre una empresa tailandesa y otra japonesa le ha llevado hasta Bangkok. Al estar en esta ciudad, va a aprovechar para visitar algunos templos budistas, como el bello Templo del Alba y también tratará de localizar a aquellos amigos de Siam (antigua Tailandia), que aparecían en Nieve de primavera, y que eran denominados como «los príncipes de Siam», que vivieron un año en Japón. Los príncipes no se encuentran en el país, pero Honda tendrá la oportunidad de visitar a una princesa, pariente de los anteriores, que tiene siete años, y la particularidad de que afirma ser una reencarnación de un hombre japonés. Esto convence pronto a Honda de que la princesita es la reencarnación de quien fue Kiyoaki y, más tarde, Isao. En ningún momento de Caballos desbocados Isao tiene la sensación de ser la reencarnación de nadie, pese a las creencias de Honda y, por este motivo, me ha parecido que aquí las reglas sobre la reencarnación propuestas por Mishima estaban cambiando.

Honda visitará a la princesa Ying Chan y quedará convencido de que se trata de la reencarnación de Kiyoaki y de Isao. Además, repasando el diario de sueños de Kiyoaki, podrá acercarse a la narración de un sueño en el que Kiyoaki se ve a sí mismo con una princesa en Siam. También hacia el final de Caballos desbocados, Isao tiene unos sueños en los que se ve como una mujer en un país tropical.

De Tailandia viajará por placer a la India y visitará la ciudad de Benarés, en busca de las fuentes históricas del budismo. De vuelta a Japón, con el telón de la Segunda Guerra Mundial de fondo, Honda sabe que, por su edad, no va a ser llamado a filas y pasará los años de la guerra leyendo libros sobre las distintas teorías de la reencarnación. Desde la antigua Grecia, pasará por la India y Japón. Creo que en estas páginas (y en gran parte de las anteriores, con la descripción de Bangkok y Benarés) la novela (y podríamos decir que también la tetralogía) sufre un bache narrativo. Muchos capítulos de esta parte de la novela se basan en describir una visita de Honda a una librería donde comprará un libro, normalmente de segunda mano, y el narrador nos contará qué lee Honda en ese libro. De forma clara, Mishima está usando la forma de la novela para escribir un ensayo poco camuflado de la historia de la reencarnación en las distintas filosofías mundiales. A nivel narrativo me ha parecido un error de construcción, y el momento más bajo artísticamente de lo que llevo leído de El mar de la fertilidad. De hecho, me ha dado rabia que no se narre cómo vive Honda la guerra en la ciudad de Tokio. Sí se nombra el ataque a Pearl Harbor, pero en ningún momento de la novela –incluso cuando se hable de las ruinas de las ciudades– se va a nombrar nada sobre las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.

 

Por suerte, El Templo del Alba tiene dos partes y la novela mejora mucho en la segunda. Estamos en 1952 y Honda tiene cincuenta y siete años. Ya se ha retirado de la abogacía, después de haber ganado mucho dinero, gracias a un pleito histórico en Japón sobre la soberanía de las tierras comunales. Con ese dinero se ha construido una casa con vistas al monte Fuji y se dedica, junto con su mujer Rié, a contemplar la vida. La princesa Ying Chan, ahora de dieciocho años, ha ido a pasar una temporada en Japón y Honda ha reanudado el contacto con ella. Ahora, de adolescente, ya no recuerda aquel periodo de su niñez en el que decía que era la reencarnación de un japonés, que hacía que la considerasen como una niña loca.

Honda está construyendo una piscina en el terreno de su casa y también se dedica a la vida burguesa, organizando fiestas. La nueva vecina de Honda y Rié es la atractiva mujer madura Keiko Hisamatsu, que está emparejada con un norteamericano del ejército de ocupación. Keiko se va a convertir en un personaje importante, porque también aparecerá en La corrupción de un ángel, última entrega de la tetralogía. A las fiestas de Ying Chan, además de acudir personajes como Keiko, la princesa Ying Chan, también irá Makiko, que era la joven que en Caballos desbocados parecía enamorada de Isao. Makiko, en la actualidad de la novela, se ha convertido en una renombrada poeta.

Mishima retrata algunos cambios sociológicos que se han producido en el país: por ejemplo, era llamativo que en alguna fiesta de la alta sociedad retratada en Nieve de primavera (ambientada en 1912-14) las mujeres estaban en segundo plano y no intervenían en las conversaciones, algo que ya no ocurre, cuarenta años después, en las fiestas de la casa de Honda en 1952.

En esta novela van a hacer breves apariciones algunos de los personajes de las anteriores, como Iinuma, que fue el preceptor de Kiyoaki en Nieve de primavera, y el padre de Isao en Caballos desbocados. También sabremos del príncipe Toin, que aparecía en los otros dos libros, y ahora se encuentra arruinado tras la guerra.

 

Lo que hace interesante a esta segunda parte de la novela, que comienza en la página 210, es que Honda se ha convertido en un voyeur. Hasta ahora, Mishima había dibujado a Honda como un racionalista, cuyo mundo de creencias empieza a tambalearse al convencerse de que su amigo de juventud Kiyoaki, tras su muerte, se ha reencarnado en otras personas. La pasión amorosa o el deseo carnal, tampoco parecía afectar mucho a la vida de Honda, hasta esta etapa final de su vida, en la que a las puertas de la vejez, se ha convertido en un erotómano. En la página 217 leeremos: «Honda, que soñaba con el placer». En esta segunda parte además, podremos ver cómo es el Japón ocupado, con sus manifestantes japoneses que piden que los estadounidenses abandonen su país. Honda se va a sentir atraído por la princesa Ying Chan, a la que saca cuarenta años.

Algunas de las escenas sexuales que acaban apareciendo en el libro me han recordado en su composición a las leídas en Arenas movedizas, la novela de Junichiro Tanizaki, que leí hace un par de años. En cierta medida, esta segunda parte de El Templo del Alba parece un homenaje a Tanizaki.

A pesar del comentado bajón narrativo de la primera parte de la novela, me ha gustado la potente remontada de El Templo del Alba en su segunda mitad. Ya estoy leyendo La corrupción de un ángel, que cierra esta tetralogía.