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domingo, 1 de noviembre de 2020

La feria del las tinieblas, por Ray Bradbury

 


La feria de las tinieblas,
de Ray Bradbury

Editorial Minotauro. 331 páginas. 1ª edición de 1962; ésta es de 2019.

Traducción de Joaquín Valdivieso

 

Cuando era adolescente leí Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (WaukeganIllinois 1920-Los ÁngelesCalifornia, 2012). Esta novela me defraudó en aquel momento y esto hizo que no me acercara a más libros del autor, hasta que mi mujer me regaló hace unos cinco años Crónicas marcianas, que fue un libro poético y bello que me encantó. Un libro que me hizo pensar que si hubiera empezado a leer a Bradbury por ahí y no por Fahrenheit 451 quizás sería uno de mis autores de cabecera. De nuevo, mi mujer me regaló en las pasadas Navidades otra novela de Bradbury, en este caso La feria de las tinieblas, que he leído unos meses más tarde. Me lo regaló porque en el ensayo sobre el terror Danza Macabra de Stephen King, que ella ha leído y yo debería, King elogia durante muchas páginas a La feria de las tinieblas y afirma que es una de las novelas que más ha influido en su obra.

 

El prólogo de La feria de las tinieblas parece escrito por un narrador infantil, o que al menos deposita sobre el mundo una mirada infantil. «En primer lugar, era octubre, un mes raro para los niños» es la primera frase del libro. En un fin de semana de octubre, cuando ya los niños han tenido que volver al colegio y está lejos la libertad del verano, se sitúa la trama de la novela. En el primer capítulo el narrador nos presentará a Will Halloway y a Jim Nightshade, dos chicos que son amigos, vecinos y que tienen la misma edad. Uno de ellos nació un minuto antes de la medianoche del 30 de octubre y el otro un minuto después de que empezara el 31 de octubre. Es decir, los dos vinieron al mundo la Víspera de Todos los Santos. La acción de la novela empieza el 24 de octubre, así que –como se nos dice en el prólogo– ese año Halloween les va a llegar a los protagonistas una semana antes de tiempo. Jim y Will están descansando en el césped de sus casas de Green Town, Illinois (pueblo que aparece en otras obras de Bradbury, como son El vino del estío y Verano del adiós), cuando aparece ante ellos un vendedor de pararrayos, dispuesto a regalarles uno de sus productos para evitar una desgracia, ya que se avecina –según él– una peligrosa tormenta.

 

Poco después conoceremos a otro de los protagonistas de la novela, Charles Halloway, el padre de Will. El señor Halloway siente la pesadumbre de haber sido un padre mayor, puesto que ya tiene cincuenta y cuatro años, una edad que le hace parecer casi el abuelo de su hijo. Además trabaja como celador en la biblioteca del pueblo, donde pasa muchas noches en las que no puede dormir en su casa.

Ese mismo viernes en el que arranca la trama llegará al pueblo un tren con una feria que trae la noche, una feria que parece salir directamente de la tormenta. Jim y Will sentirán la tentación de levantarse en medio de la noche para ver cómo se instala esta feria, que llega en un tiempo extraño, puesto que octubre no es ya tiempo para ferias. Al mando de esta feria estará el señor Dark, también conocido como el Hombre Ilustrado (que aparece en, al menos, otro libro de Bradbury), que el lector descubrirá como un ente demoniaco. Además de un laberinto de espejos, que actúa como un mar en el que naufragar, una de las atracciones principales de la feria es un tiovivo que esconde un gran poder: si avanza marcha atrás quita un año por cada vuelta a las personas que están subidas en él, y si avanza en sentido contrario les añade un año. En realidad, se plantea aquí un problema mefistofélico: el señor Halloway podría ser más joven y Jim, cansado de ser un niño, podría tener los veinte años que parece desear, pero a cambio sus almas quedarían a merced del señor Dark.

 

He leído en blogs de internet que más de un lector siente como un problema el poético lenguaje en el que está escrita La feria de las tinieblas, algo que les impide disfrutar plenamente de la trama. Para mí ocurre justo lo contrario: la gran creación de esta novela es su lenguaje poético, muy por encima de la trama. Bradbury usa de forma continua metáforas sobre el tiempo atmosférico y el otoño, que es un tema constructivo muy importante en el libro. Al final, el señor Halloway descubrirá que la extraña feria que ha llegado en octubre pertenece a la Gente del Otoño, personas (o entes) que están lejos de la alegría del verano, pero que nunca llegan a Navidad, es decir, al nacimiento de Cristo. Son seres del Otoño, del frío y la oscuridad, son seres de Halloween.

 

Ya he comentado al principio que la voz narrativa parece simular la de un niño, y en este sentido la mirada sobre la realidad me ha recordado a la del escritor judío ucraniano Bruno Schulz, en su gran creación Madurar hacia la infancia, una de las miradas más bellas sobre la infancia de toda la literatura. Los relatos de Schulz recreaban la mirada de un niño que no acaba de comprender del todo el mundo y mucho menos a los adultos; en gran medida, ésta es la posición del narrador de La feria de las tinieblas. En algún momento, mediante el recurso del estilo indirecto libre, el narrador le cede la voz a alguno de sus protagonistas, que casi siempre suele ser Will, y la mirada de Will sobre el mundo que le rodea no es muy diferente a la del narrador.

 

Stephen King considera que La feria de las tinieblas es una de las novelas que más le ha influido. De hecho, he descubierto más de algún elemento en común con sus obras. Por ejemplo, el señor Halloway descubre, gracias al uso de la hemeroteca de la biblioteca, que las visitas de la feria al pueblo han sido periódicas; la feria del señor Dark ha hecho su aparición en Green Town cada veinte o veinticinco años, con la suficiente distancia en el tiempo como para que su presencia extraña no sea evidente. Algo similar ocurría en el pueblo de la novela It de King, en el que «el mal» irrumpía allí en ciclos de tiempos parecidos a los de la feria. Además, Stephen King siempre ha dado mucha importancia en sus narraciones a los miedos de los adolescentes al iniciarse en el mundo de los adultos, algo que está presente en It y en La feria de las tinieblas. La diferencia principal entre las dos propuestas estriba en que King nos habla de la irrupción de lo fantástico en un mundo real (con miedos reales a un padre alcohólico, a los matones del instituto…) y Bradbury de la irrupción de lo fantástico en un mundo que ya de por sí es fantástico (como ese vendedor de pararrayos con inscripciones egipcias). Y esta diferencia está creada principalmente a través del uso del lenguaje, más seco y ajustado a las descripciones, de un modo realista en el caso de King, y más poético, evocador y onírico en el caso de Bradbury.

 

Diría que el planteamiento de La fiera de las tinieblas es superior a su resolución o, dicho de otro modo, que la creación poética y onírica del pueblo de Green Town es superior al desarrollo de la trama de la novela. Y con este comentario no quiero desmerecer la gran creación que es La fiera de las tinieblas, todo un clásico de la literatura fantástica y de terror. He de seguir leyendo más libros de Ray Bradbury; incluso me estoy planteando releerme Fahrenheit 451.

domingo, 22 de febrero de 2015

Crónicas marcianas, por Ray Bradbury

Editorial Minotauro. 260 páginas. 1ª edición de 1950; esta de 2008.
Traducción de Francisco Abelenda. Prólogo de Jorge Luis Borges.

De Ray Bradbury (WaukeganIllinois1920-Los ÁngelesCalifornia, 2012) había leído hasta ahora únicamente Fahrenheit 451, hace ya más de veinte años, cuando era un lector casi exclusivamente de ciencia ficción. Fue una pena que me acercara primero a Fahrenheit 451, porque este libro me decepcionó en su momento y esto me disuadió de acercarme a Crónicas marcianas. Especulo ahora que, si tal vez hubiese encontrado primero Crónicas marcianas y no Fahrenheit 451, en la edición de bolsillo de Orbis en que lo tengo, quizás sería en estos momentos un gran lector de la obra de Bradbury, que habría devorado hasta agotarla.

El caso es que Crónicas marcianas fue uno de esos libros que debería haber leído durante mis años de formación como lector y que se me pasó. De adulto, en más de un momento he pensado acercarme a él y algo –el recuerdo decepcionante de Fahrenheit 451, posiblemente– me echaba para atrás. Mi novia me regaló este libro en la bonita edición en tapa dura de Minotauro, y todavía han tenido que pasar dos años para que me pusiera con él. He tenido que esperar a un momento en el que me empieza a interesar de nuevo la literatura fantástica o de ciencia ficción, y he mirado en las bibliotecas que frecuento qué tenían de autores como Ray Bradbury, Kurt Vonnegut, J. G. Ballard o Stanislaw Lem. En la biblioteca de Móstoles tienen al menos diez libros de Bradbury publicados por Minotauro, a los que me acercaré.

Crónicas marcianas está constituido por veinticinco relatos, y cuyo conjunto –gracias a su unidad temática y la evolución temporal de las historias narradas– bien podría constituir una novela. Cuenta el editor en el prólogo del libro que un joven Bradbury viajó en 1949 a Nueva York con dos colecciones de cuentos en busca de editor. Se entrevistó con varios y todos le pedían una novela, hasta que el editor de Doubleday, Walter Bradbury (extraña coincidencia) le pidió que reorganizara sus relatos en un solo volumen, con Marte como motivo, y así llegó hasta nosotros este libro.

Los veinticinco relatos, escritos antes de 1950, transcurren entre 1999 y 2026 y narran las fases de la colonización de Marte por parte de los terrestres. Leo en internet que Bradbury se considera a sí mismo más un escritor de fantasía que de ciencia ficción, y que de sus obras sólo Fahrenheit 451 sería en sentido estricto ciencia ficción. Ciertamente, cuando leía Crónicas marcianas me parecía que estaba ante una obra que no tenía mucho interés en cubrir las expectativas realistas que puede despertar una obra sobre una futura colonización en Marte; el planeta rojo de Bradbury es un territorio más propio de la imaginación que de la ciencia especulativa.
En el Marte de Bradbury existe una cultura milenaria de humanoides con poderes telepáticos. Esto permite que, al encontrarse con los terráqueos, se puedan comunicar en inglés: los marcianos pueden leer la mente. Las descripciones de Marte no aspiran, en ningún caso, a la verosimilitud científica, sino que prevalece la construcción poética. Así se describe un arma marciana: “El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban el aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena” (pág. 30).

Al principio los cuentos hablan de los marcianos y de las primeras y leves incursiones terrestres en su planeta. Primeras expediciones condenadas al fracaso, hasta que en un momento dado los humanos llevarán a Marte la varicela, que se expandirá entre los marcianos, colapsando su civilización. A partir de entonces –a partir del segundo tercio del libro– los colonos terrestres se encontrarán en Marte con ciudades en ruinas y marcianos perdidos que vagan por el planeta, que podrán reencarnarse en los seres que obsesionan a los terráqueos gracias a sus poderes mentales.

“Los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos”, así se describe a los habitantes de Marte en la página 35; y en esta descripción se puede intuir el espíritu de denuncia de Bradbury sobre la propia historia de su país: los marcianos serían los indios, cuya cultura destruyeron los europeos. En la página 95, esta interpretación de la novela parece hacerse más explícita: “¿Cómo se sentirían si fuesen marcianos y viniera alguien y se pusiera a devastar el planeta?”, pregunta un personaje. Y recibe esta respuesta: “Yo sé muy bien cómo me sentiría –respondió Cheroke–. Llevo en mis venas sangre Cherokee. Mi abuelo me contó muchas cosas del Territorio de Oklahoma. Si hay algún marciano por los alrededores, yo estoy con él”.
También podríamos hablar de una crítica a la política de la época, al miedo a un conflicto nuclear que dominaba el mundo en un año como 1949. En Crónicas marcianas (la novela apocalíptica más imaginativa que he leído) no sólo Marte acabará arrasado por la mano del hombre.

En su prólogo para este libro, Borges se interroga: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?”. Me ha resultado curioso encontrar una conexión entre los cuentos de Crónicas Marcianas y los de Borges: la obsesión por el otro, o por las paradojas de la creación de la realidad (estoy pensando en el cuento Encuentro nocturno, en el que un hombre se encuentra con un marciano y cada uno ve Marte en momentos diferentes de su historia); o por la simulación.

Una posible respuesta a las preguntas de Borges sería que en realidad Bradbury no habla del futuro, sino de su propia época y país. El lector, pese a que las fechas que se señalan en los relatos le deberían llevar a unos 50-80 años después del momento en que están escritos, siempre acaba viendo un pueblo norteamericano de los años cuarenta, con sus granjeros en el porche y su miedo a la bomba nuclear. De hecho, el cuento Un camino a través del aire está fechado en 2003, y en él se narra el éxodo de la comunidad negra de un pueblo del sur de Estados Unidos hacia Marte. Los negros van hacia el cohete que les llevará a un mundo mejor montados en caballos y carretas, ante la mirada atónita de un tendero blanco con ideas racistas. El pueblo americano de 1949, con todos sus problemas sociales, está narrado en este cuento, en esta fantasía especulativa.

Me ha llamado la atención descubrir que Crónicas marcianas es una clara influencia en la obra de mi admirado Philip K. Dick. Los marcianos perdidos en el Marte de Bradbury me han recordado a los de su novela Tiempo de Marte; sus robots, que actúan como sustitutos de personas, a los de sus novelas Podemos construirle o Los simulacros; y el uso de los poderes psíquicos de los marcianos, y las confusiones sobre el concepto de realidad que esto genera, a toda la obra de Dick.

Hay cuentos muy cortos en Crónicas marcianas, que casi parecen poemas en prosa, y otros más largos, a veces de más de veinte páginas, con una estructura más clara de relato. Entre ellos me ha llamado la atención por ejemplo el titulado Usher II, donde un excéntrico personaje reconstruye en Marte la mansión del famoso relato de Poe, después de que la literatura fantástica fuese prohibida en la Tierra. Este relato parece un claro antecesor de la novela Fahrenheit 451. Me ha llamado la atención mucho también Vendrán lluvias suaves, un cuento sin presencia humana. O La mañana verde, que podría acercarse a los preceptos del realismo mágico, con un hombre que siembra semillas de árboles en la atmósfera enrarecida –pero respirable– de Marte y ve cómo crecen en una sola noche.


Crónicas marcianas fue el último libro que leí en 2014 y me alegro de haber esperado hasta el final para elaborar la lista de las mejores lecturas del año, porque tengo claro que este libro de 1950 se merecía un hueco de honor en esa lista. Como dije al principio, una pena que no me acercara antes a esta obra. Lo compensaré leyendo más libros de Ray Bradbury en 2015.