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domingo, 15 de diciembre de 2024

Memorias de Leticia Valle, por Rosa Chacel

 


Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel

Editorial Comba, 197 páginas. Primera edición de 1945; esta es de 2017

Prólogo de Andrea Jeftanovic

 

Cuando estaba acabando de leer el libro de ensayos sobre literatura de Juan José Saer titulado El concepto de ficción –que abarcaba textos escritos entre 1965 y 1996– consideré que lo más sensato sería seguir por Trabajos, otro libro de textos sobre literatura (en este caso escritos a partir del 2000), también de Saer, y que tenía en casa sin leer desde hacía ya unos cuantos años. Sin embargo, consideré también que entre uno y otro no estaría mal leer un libro de ficción y tomé de mis estanterías Memorias de Leticia Valle (1945) de Rosa Chacel (Valladolid, 1898 – Madrid, 1994). Este último libro, que me envió su editor Juan Bautista Durán, de la valiosa editorial Comba, y que se ha estado quedado sin leer durante un número ilógico de años. De hecho, después de mis incursiones en librerías de segunda mano, había llegado a reunir cinco novelas de Rosa Chacel sin haberme aún acercado a leer ninguna.

 

Memorias de Leticia Valle es la tercera novela de Rosa Chacel y se publicó en 1945 en Buenos Aires. Después de la guerra civil española, Chacel se exilió en Brasil, con estancias en Argentina, donde acabó publicando esta novela.

 

«El 10 de marzo cumpliré doce años» es la primera frase del libro. La niña Leticia Valle, de once años, se ha propuesto escribir unas memorias sobre unos acontecimientos que han perturbado su vida y que tuvieron lugar unos meses atrás. En la segunda página de la novela se nombra a una «Adriana», que no volverá a aparecer hasta muchas páginas después, cuando lo más esperable es que el lector ya haya olvidado que esa persona (que va a ser una prima de Leticia) ha aparecido en la narración antes. Al final sabremos que Leticia, en el momento en el que escribe, vive en Suiza con sus tíos y su prima. Sus recuerdos le llevan a su ciudad natal Valladolid. Leticia es huérfana de madre, «La verdad es que nunca pude recordar cómo era mi madre», nos dirá en la página 22. Al comienzo de sus recuerdos tampoco vive con su padre, un militar destinado a África, sino que lo hace con su tía Aurelia.

Me ha gustado la descripción que hace Leticia de sus recuerdos infantiles, en gran medida me ha recordado a la prosa poética de Felisberto Hernández, donde la infancia se convierte en un territorio mágico. Esto ha ocurrido en párrafos como el siguiente: «Las cosas que yo pensaba en aquella sala eran todas como aquellas fugas, siempre cosas ligeras, transparentes. Por el asiento de una butaca forrada de peluche verde, veía correr un caballo blanco. Tenía la piel como de madreperla, los ojos negros, y echaba hacia atrás la melena con un movimiento de cabeza como el de una niña. Alguna vez vi que se paraba y se quitaba con la mano el mechón que le caía sobre la frente. Sí, con la mano, yo lo veía así. También veía entre las patas de la consola unas zonas brillantes en la madera negra, unos rincones oscuros, unos cambios de luz y de sombra que eran como un mundo negro iluminado por un sol negro. Por allí había siempre dos seres muy pequeños, blancos y transparentes como hadas, que se abrazaban y se querían mucho.» (pág. 29)

 

El padre de Leticia vuelve de África con una pierna amputada; el ambiente de Valladolid empezará a agobiarle y decidirá trasladarse a una propiedad familiar en el cercano pueblo de Simancas. La tía y la niña irán con él. En el pueblo, Leticia que, hasta ahora, había sido una niña muy metida en los libros empezará a olvidarse de ellos y a vivir más salvajemente. En realidad, al ser una niña nadie parece esperar de ella que destaque en estudios formales. Sin embargo, la maestra del pueblo empezará darle una hora de lección después de terminar sus clases por la tarde. En el colegio, Leticia, a sus once años, se convertirá en una especie de ayudante de la maestra con las niñas más pequeñas. Y será a través de esta relación con la maestra como conocerá a doña Luisa, a cuya casa acudirá para recibir clases de piano. Y será en esta casa, donde conozca al marido de doña Luisa, don Daniel, que es el archivero de la localidad. Pronto se produce en Leticia una sensación de fascinación ante la erudición de don Daniel, que hará que le deje de interesar la música (una afición más para señoritas de la época) y que quiera aprender historia, filosofía, etc. actividades más propias de hombres en la época.

 

En algunos artículos que he leído en internet se señala que Rosa Chacel toma elementos de su vida para crear al personaje de Leticia Valle y que la fascinación que esta última siente por don Daniel en realidad sería un eco de que Chacel sintió por José Ortega y Gasset, del que fue alumna en la universidad. Doña Luisa es catalana y don Daniel es andaluz, y al hacer notar estos detalles, Chacel parece quererle decir al lector que esos personajes no están sometidos a las férreas normas de conducta católica castellana. De hecho, al conocer a Luisa, la describe como «una mujer mundana».

 

Chacel no deja pistas demasiado claras sobre la época en la que está situando su historia, aunque si, como supone más de un crítico, la historia está basada en algunos recuerdos personales, tiene que hablar de principios del siglo XX. En la página 60 tenemos la pista más clara sobre la época: se habla de una cigarrera, con forma de cabeza de mono, que Daniel tiene en su escritorio y se apunta que él le cuenta a Leticia «que se lo había regalado un amigo que lo compró en París en la Exposición de 1900, que hacía ya más de diez años que se lo habían dado».

Leticia empezará a preferir estar en la casa de Luisa y Daniel, en los que encuentra a unos referentes adultos, que en su casa, donde su padre ha empezado a beber demasiado alcohol.

 

En alguna página de internet he leído alguna comparación entre Memoria de Leticia Valle y Lolita de Vladimir Nabokov, pero apuntando que Lolita se publicó diez años después que la novela de Rosa Chacel. El tema de fondo de las dos novelas podría ser similar, pero no así su tratamiento. Mientras que en Lolita los encuentros sexuales son narrados de forma explícita, en Memorias de Leticia Valle todo estará sugerido, y será el lector quién deba suponer la historia hasta donde crea adecuado. Hay algunas señales en el texto que indican que la relación entre Leticia y Daniel no es todo lo sana que debería ser. Por ejemplo, en la página 90, Leticia escribe: «Fue hacia la puerta y al salir se volvió a mirarme, se quedó un rato mirándome, apoyado en el quicio.

Aunque ha pasado mucho tiempo, todavía no comprendo; tiene que pasar muchos años para que yo comprenda aquella mirada, y a veces querría que mi vida fuese larga para contemplarla toda la vida; a veces creo que por más que la contemple ya es inútil comprenderla.

Alrededor de aquella mirada empezó a aparecer una sonrisa o más bien algo parecido a una sonrisa, que me exigía a mí sonreír. Era como si él estuviese viendo dentro de mis ojos el horror de lo que yo había visto. Parecía que él también estaba mirando algo monstruoso, algo que le inspirase un terror fuera de lo natural y, sin embargo, sonreía.»

En la página 184 leemos: «Entró y cerró la puerta detrás de sí Parecía que no podría hablar; tenía los labios entreabiertos, pero los dientes apretados unos contra otros. Sin embargo, dijo:

–¡Te voy a matar, te voy a matar!»

 

También me he encontrado, en más de un comentario sobre el libro de internet, que se habla de una resolución trágica de la historia que en el propio texto no se muestra de un modo explícito y a mí se me han ocurrido varias variantes tras mi lectura.

En la última página del libro podemos leer: «No sé si era la cólera o la amargura lo que me llenaba los ojos de lágrimas. Me parecía que ya, en los días de mi vida, no volvería a sentir nada a lo que se le pudiese llamar en una u otra forma amor.»

 

Al adentrarse en esta novela el lector tendrá que firmar un pacto de ficción fuerte con la escritora, ya que ambos saben que una niña de once años no puede expresarse con la sutileza, inteligencia y riqueza de vocabulario con que lo hace Leticia Valle. Una vez superado este bache, la experiencia lectora será gratificante, ya que la prosa de Chacel es poética, misteriosa y evoca con mucha fuerza la realidad de la provincia castellana a comienzos del siglo XX. De hecho, en más de una ocasión he tenido la sensación de estar leyendo una novela escrita, como mucho, hace cuarenta años y no ochenta, como ocurre en la realidad.

En el prólogo, que he leído al final, Andrea Jeftanovic escribe: «Memorias de Leticia Valle es una novela feroz, feroz por lo que omite, por lo que no dice; está llena de vacíos, de entrelíneas; está hecha de murmuraciones que el lector debe deletrear para sí, en voz baja o en voz alta, para comprender lo inaudito.» (pág. 9)

Hasta cierto punto, creo que la creación de la historia, en la que alguien quiere explicarse su pasado, y hacerlo llenándola de elipsis de los momentos más traumáticos, vaciarla de sus escenas más graves, tiene bastante de trampa narrativa, de construcción artificiosa, y esto me ha generado alguna pequeña frustración como lector. Sin embargo, sí quiero quedarme con los aspectos positivos que he señalado antes, ya que la mayoría de las páginas de este libro me han parecido poéticas y sugerentes. Memorias de Leticia Valle me invita a conocer más obras de esta autora.

domingo, 7 de junio de 2020

Trilogía del dolor, por Daniel Mella


Trilogía del dolor, de Daniel Mella

Editorial Comba. 268 páginas. 1ª edición de 1997, 1998 y 2000. Esta de 2020

Entre mis mejores lecturas de 2019 estuvieron el libro de cuentos Lava (2013) y El hermano mayor (2017). Con ambos, Daniel Mella (Montevideo, 1976) ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay, en su año correspondiente.

Daniel Mella publicó su primera novela con veintiún años: se titulaba Pogo (1997). La segunda, Derretimiento, tan solo un año después, en 1998, y la tercera, Noviembre, en 2000. Es decir, con menos de veinticinco años, Daniel Mella había publicado ya tres novelas en Uruguay y empezó a sonar, por entonces, como una de las nuevas voces más potentes y renovadoras de la nueva literatura uruguaya. Derretimiento llegó a ser publicada en España por la editorial Lengua de Trapo. Sin embargo, Mella dejó de escribir (o al menos de publicar) durante más de una década, hasta que en 2013 apareció su libro de cuentos Lava.

La pequeña pero pujante editorial española Comba publicó en 2017 El hermano mayor y en 2018 Lava. Desde que los leí en 2019, les he contado a muchos lectores que eran dos libros que se habrían merecido sonar más y tener un mayor recorrido en España, porque eran muy buenos.

Así que, cuando a principios de 2020 Juan Bautista Durán –el editor de Comba– publicó en España, en un solo volumen, los tres primeros libros de Daniel Mella, sentí muchas ganas de leerlos. A finales de 2019 estuve tentado de leer Derretimiento en Lengua de Trapo, que sé que está en la biblioteca de Móstoles, pero unos meses más tarde me he alegrado de poder acercarme a estas tres novelas en un solo volumen, bajo el título de Trilogía del dolor.

Hacia Pogo sentía una doble curiosidad: además de ser la primera novela de Daniel Mella, en El hermano mayor el autor reflexionaba sobre ella, sobre el momento de su escritura y su recepción por parte del público o de su familia. El hermano mayor era –en gran medida– una novela de autoficción.
Pogo empieza con un joven de diecinueve años que despide a su padre en el aeropuerto. El padre es una persona involucrada en su iglesia y está viajando a Brasil en misión eclesiástica. En La emoción de volar, uno de los cuentos de Lava, el protagonista escribía un diario acerca de su equipo de baloncesto y acerca de la condición mormona de su familia. Según lo que el narrador de El hermano mayor contaba de sí mismo (y que el lector identifica con el propio Daniel Mella), este intenso pasado religioso de su padre y su familia fue real y en el autor Mella se desatan algunos conflictos sobre ese pasado a la hora de escribir sus ficciones.

La voz narrativa de Pogo es la de un adolescente nervioso y en continuo movimiento. De hecho, el término «Pogo» hace referencia al baile propio del punk, donde los punkis saltan y se empujan. Una buena metáfora de la narración. Más que reflexionar sobre lo vivido, el narrador le muestra al lector lo que está viviendo, con pocos filtros. Así, son frecuentes en esta primera novela las frases cortas y las descripciones de lugares o cosas, con profusión de enumeraciones. El narrador trabaja de profesor en un colegio, mientras estudia en la universidad. Son frecuentes los cambios de escenario sin ninguna indicación por parte del narrador. Por ejemplo, está describiendo lo que ve a través de la ventana de un autobús y en la frase siguiente ya está describiendo lo que hay dentro de su habitación, habiéndosele sustraído al lector la frase de transición, en la que tendría que haber recibido la información según la cual el narrador ha dejado el autobús y ha entrado en la casa. Es frecuente también el uso de elipsis narrativas y saltos en el tiempo. Además de narrar el presente (en el que el padre se ha ido en misión evangélica a Brasil y la madre está en una habitación de la casa tomando muchas medicinas que le suministra el protagonista), hay escenas en las que se habla de un verano en la playa y la muerte de un amigo en accidente de coche. Con la transición temporal entre escenas ocurre lo mismo que lo expuesto antes con la transición espacial, que los saltos de lugar y de tiempo son bruscos y el lector comprende lo que ocurre después de algunas pequeñas confusiones. La violencia ejercida por el adolescente sobre una madre cada vez más indefensa se va incrementando hasta niveles intolerables. Sobre la lectura que de estos capítulos hizo la madre real del autor, Mella reflexionaba en El hermano mayor.

Hasta cierto punto, la lectura de Pogo me ha recordado a aquellas novelas escritas y protagonizadas por jóvenes de las que se habló en España en la década de 1990, como Lo peor de todo de Ray Loriga (1992) e Historias del Kronen de José Ángel Mañas (1994). No sé si Daniel Mella tuvo ocasión de leerlas y pudieron ser un modelo para él.

Derretimiento empieza con un niño aquejado de una extraña enfermedad: su cuerpo se ha quedado paralizado. Al principio es objeto de lástima para su familia, pero luego empezarán a maltratarlo. En este sentido, la narración nos puede recordar a La metamorfosis de Franz Kafka. La narración, desde la primera página, incide en el horror: dolor para el niño y violencia. Sin casi transición, el niño se ha recuperado y convertido en adulto. Entonces será él quien ejerza la violencia sobre otros; una violencia enloquecida y gratuita. Una violencia de película slasher, ese género de terror en que un psicópata persigue a sus víctimas con un cuchillo. En la tercera parte, el protagonista se habrá convertido en un viejo solitario, también aficionado a ejercer la violencia. Pogo no acababa de ser del todo realista, pero desde luego Derretimiento no lo es en absoluto. Derretimiento tiene un aire onírico que me ha recordado a narraciones uruguayas como La mujer desnuda de Armonía Somers (1950) o París (1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero. Hay algo sobrecogedor y repulsivo en Derretimiento, pero a la vez hipnótico.

En principio, Noviembre sería la narración más convencional de las tres reunidas en este libro. La novela empieza con una pareja joven la noche que deciden separarse. Empezará entonces una serie de fines de semana en los que el padre tendrá que hacerse cargo de su hija. Uno de los conflictos que ha sufrido la pareja es que Guzmán, el marido, no ha querido aceptar el dinero de la familia de su mujer, Ana. Esto ha hecho que Guzmán haya tenido que trabajar fuera de casa, en una escuela militar, durante demasiadas horas. El drama se desatará cuando en uno de los fines de semana en los que Guzmán tiene la custodia de su hija ocurra una desgracia. La prosa seca y, en general, distante me ha recordado a las narraciones del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. En Noviembre también son abundantes las frases cortas y las elipsis. De hecho, algunas de las escenas claves de la narración son sustraídas al lector, que leerá entonces la novela aquejado de un creciente extrañamiento.

De las tres novelas de esta Trilogía del dolor mi favorita ha sido Derretimiento, que como ya he apuntado es una novela sobrecogedora, intrépida, enfermiza e hipnótica. De Pogo puedo destacar su fuerza nerviosa, el talento en bruto que se observa en ella, y Noviembre, pese a que hay escenas muy bien dibujadas, me ha acabado pareciendo una novela corta un tanto dispersa.

Con Trilogía del dolor, Lava y El hermano mayor he leído las (casi) obras completas del uruguayo Daniel Mella. Las dos últimas obras (Lava y El hermano mayor), separadas por más de una década de las otras tres, me parecen más maduras, destacadas y valiosas, y a alguien que no haya leído nada de Daniel Mella le recomendaría empezar por ahí. Luego, es probable que sienta deseos de acercarse también a Trilogía del dolor. Daniel Mella me está pareciendo un autor latinoamericano bastante destacado.

domingo, 16 de junio de 2019

El hermano mayor, por Daniel Mella


El hermano mayor, de Daniel Mella.

Editorial Comba. 182 páginas. Primera edición de 2016, esta de 2017.

Ya comenté la semana pasada que hablé con Juan Bautista Durán –el editor de Comba– para que me enviara los dos libros publicados de Daniel Mella (Montevideo, 1976), y así poder leerlos y reseñarlos. Durán publicó en 2017 la novela El hermano mayor, que había ganado en Uruguay el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa, y un año después el libro de cuentos Lava, que había ganado ese mismo galardón en su edición de 2013.
Me propuse leer los dos libros seguidos y respeté el orden de escritura por parte de su autor. Fue una buena idea, porque en El hermano mayor se dan algunas de las claves de escritura del libro de relatos.

En el tormentoso verano de 2014 murió, alcanzado por un rayo, uno de los hermanos pequeños de Daniel Mella en una caseta para socorrista («casilla de guardavidas», en el vocabulario uruguayo de la novela) de la playa, profesión que Alejandro (el nombre del hermano en el libro) ejercía durante unos meses al año. Este trabajo le permitía disfrutar de una de sus grandes aficiones: el surf.
Daniel Mella acomete la escritura de esta novela, con un gran componente autobiográfico, para exorcizar esa muerte y el dolor que ha dejado en su familia. «Su muerte va a caer un 9 de febrero, para siempre dos días antes de mi cumpleaños. Alejandro tendrá 31 la madrugada de esa fecha cuya luz jamás verá y en la que de cuatro hermanos pasaremos a ser tres»: así empieza el libro en la página 7. Por tanto, El hermano mayor se puede incluir en la llamada «narrativa de duelo», que en España nos ha dado libros como La hora violenta de Sergio del Molino, Luz de noviembre, por la tarde de Eduardo Laporte o El jardín de la memoria de Lea Vélez.

Durante la lectura de El hermano mayor, el lector se llegará a preguntar si el libro que tiene entre las manos es autobiográfico o Daniel Mella está haciendo ficción. Más de una pista indicará al lector atento que la voz narrativa de esta novela debe de estar muy cercana a la de su autor. El protagonista del libro se llama Daniel y, por ejemplo, en la página 44 el narrador nos habla del proceso de escritura de su primera novela, titulada Pogo, que coincide con el título de la primera novela que Mella publicó en la realidad.

El tiempo narrativo principal abarca más o menos dos días, los que transcurren desde la mañana en que la familia recibe la noticia de que Alejandro ha muerto alcanzado por un rayo esa pasada noche, hasta que se vela el cadáver y se esparcen sus cenizas en el mar. Durante la primera mitad del libro, el narrador retrocede hasta el pasado para hablarle al lector de su relación con Alejandro o con el resto de su familia. También nos hablará de la Negra, su exmujer, con la que ha tenido dos hijos. Daniel ha mantenido alguna relación con otras mujeres desde que se separó de la Negra, pero justo desde unos meses antes de que ocurra el accidente de Alejandro siente que se ha vuelto a enamorar de ella y está pasándolo mal, porque la Negra parece haber iniciado una relación en serio con otro hombre. El dolor que el narrador siente por culpa de su exmujer se frenará de golpe al tener que asumir la muerte del hermano menor, el cual, al romper la regla mental que dice que los padres o los hermanos mayores deben morir antes que los hijos o los hermanos pequeños, ha pasado a ser «el hermano mayor».
Durante la primera parte, Daniel se muestra irascible con su familia y su personaje no acaba de hacerse simpático. La prosa de esta novela es de efecto rápido y frase escueta y expositiva, menos poética que la empleada en los cuentos de Lava. En esas narraciones la sensación de amenaza y misterio era más fuerte que la de la novela, y la prosa ajustada, sobre todo gracias a las ricas enumeraciones y el gusto por el detalle, estaba más conseguida en los cuentos que en El hermano mayor. Al leer la novela he tenido la sensación de que había una trama muy cercana a la realidad (la muerte del hermano y la devastación que ésta provoca en la familia, que Daniel no sabe muy bien cómo afrontar) y una subtrama (la relación de Daniel con su exmujer) que se acercaba más a la ficción. Diría que me han resultado más artificiosas las páginas en las que se habla del distanciamiento de la exmujer y el nuevo enamoramiento, que aquellas que tratan la asunción de la muerte de un familiar. En general, la tensión narrativa (ya sea provocada por la realidad o por la ficción) es considerable.

Aunque en el libro no hay capítulos o partes, he sentido que El hermano mayor estaba dividida en dos partes. La que ya he comentado y una segunda en la que, en vez de hablar del presente narrativo (asunción de la muerte) y de la relación de Daniel con su familia o su ex, se hablaba de un pasado más remoto, en el que el narrador, haciendo metaficción, expone su relación con la escritura, y además –siguiendo con esta nueva subtrama–, se adentra en el futuro del tiempo narrativo principal. Es decir, va a dejar atrás los dos días posteriores a la muerte del hermano para contarnos el proceso que le llevará a escribir sobre esa experiencia.
Yo he disfrutado más de esta segunda parte que de la primera. Las páginas metaficcionales del libro se han convertido en mis favoritas. Aquí nos encontramos con algunas de las claves compositivas de la novela: «En lo que estaba escribiendo casi nadie decía lo que había dicho ni hacía lo que había hecho. Es más, todos tenían los nombres cambiados. Y en lugar de cinco hermanos, como en la realidad, en el libro éramos cuatro. A Pablo, el del medio, lo había tenido que dividir entre todos los demás» (pág. 128).

Al comentar los cuentos de Lava, dije que La emoción de volar me había gustado pero que su final iba perdiendo tensión narrativa. Ahora que he leído esta novela, que en gran medida habla de los libros anteriores del autor, me doy cuenta de que era una narración más autobiográfica de lo que pensaba. Daniel Mella no solo practicó mucho el baloncesto en su adolescencia, sino que también –como el protagonista de ese cuento– perteneció a una familia de mormones. En El hermano mayor dedica más de una página a hacer un ajuste de cuentas con ese pasado religioso de su familia, unas páginas punzantes que para mí son las mejores del libro. Me han gustado mucho las reflexiones que hace el autor sobre la relación que acaba existiendo entre la escritura y la lectura que hacen de ella los padres del autor. «No tengo modo de saber que lo que estoy escribiendo verá la luz un día, pero recuerdo razonar que si mi madre llegase a leer aquella escena, quedaría destrozada» (pág. 120). En este sentido, la novela se acercaba a algunos planteamientos de Philip Roth.

El tono aparentemente ligero, que acaba hablando de escritores y de sus problemas con su entorno, además de la crisis de la masculinidad al llegar a los cuarenta, me ha recordado a la prosa del escritor argentino Pedro Mairal y su novela La uruguaya.

Creo que Lava es un libro de cuentos muy bueno y que El hermano mayor es una buena novela. Daniel Mella es un escritor importante en Uruguay, que en España ha pasado algo desapercibido. Lo que es una pena, porque estos dos libros me llevan a situarlo en un puesto muy alto dentro del panorama actual de la narrativa latinoamericana.
Espero que Juan Bautista Durán se anime y acabe publicando las primeras novelas de este autor (Pogo de 1997, Derretimiento de 1998 y Noviembre de 2000), que empezó tan joven y que estuvo diez años sin escribir.

domingo, 9 de junio de 2019

Lava, por Daniel Mella


Lava, de Daniel Mella

Editorial Comba. 165 páginas. Primera edición de 2013, esta de 2018.

Hace cerca de un año me escribió a través de Twitter Juan Bautista Durán, el editor de Comba, con quien compartí espacio en la web de la revista Eñe. Juan Bautista me preguntaba si me apetecía leer El hermano mayor del escritor uruguayo Daniel Mella (Montevideo, 1976), un libro que había sonado bastante en Uruguay. En aquel momento le comenté que tenía demasiados compromisos de lectura pendientes y que quizás le pidiese el libro más adelante. Ocurrió que unos meses después, hablando con Antonio Jiménez Morato, éste me habló muy bien de Daniel Mella, y varios meses después entré en la web de la editorial Comba y estuve curioseando su catálogo. Ahí vi que además de El hermano mayor, Mella había publicado su libro de cuentos Lava. Pinché sobre este libro y empecé a leer las páginas del primer relato, que están disponibles en la web. Rápidamente me convencí de que me apetecía leer a Mella, que su prosa encajaba bastante bien con el tipo de relatos que me suelen gustar. Además, me di cuenta de que mi admirado Elvio E. Gandolfo elogiaba la obra de Mella. Así que pensé que había llegado el momento de escribirle a Juan Bautista Durán para que me enviara estos dos libros.

Daniel Mella empezó a publicar muy joven. Sus novelas Pogo (1997), Derretimiento (1998) y Noviembre (2000) aparecen cuando todavía es un veinteañero. Después dejó de escribir ­­–o al menos de publicar– hasta que apareció el conjunto de cuentos Lava en 2013. En España la editorial Lengua de Trapo publicó al menos una de las primeras novelas de Mella en 1999, Derretimiento.

Lava está formado por siete cuentos, y casi todos suelen tener al menos veinte páginas. Ya he comentado más de una vez que ésta es una distancia narrativa que me gusta mucho.

El primer cuento, Lava, es el que da título al conjunto. En él, una pareja joven, que ha decidido tener un hijo, se va a de vacaciones al sur de Chile para ver el volcán de Pucán. La descripción de los tranquilos días de vacaciones se va cargando de un sentimiento de tensión, con la amenaza del volcán nevado de fondo. La pareja deja la habitación en la que pernocta y decide irse con un joven local a una casa que alquila su tío al pie de la montaña. El cuento transita entonces entre el lirismo y la extrañeza; la tensión sigue creciendo.
En el prólogo del valioso libro de cuentos La hora de los monos del argentino Federico Falco, Antonio Jiménez Morato hablaba de las características del cuento neofantástico, un tipo de narración en la que lo contado está bastante apegado a la realidad, pero donde las reacciones de las personas o las situaciones no acaban de ser del todo verosímiles. En este sentido, para Jiménez Morato los cuentos de, por ejemplo, Raymond Carver no son realistas. El final del cuento Lava me hizo pensar en esta discusión teórica sobre el cuento. En Lava no acaba de pasar nada directamente fantástico, pero la deriva de las situaciones se hace cada vez más misteriosa y extraña. Es un cuento muy bello y emocionante. El lenguaje es ajustado, pero la mera enunciación de detalles descriptivos hace que la página se vaya cargando de fuerza poética.

Bocanada está contado desde el punto de vista de una mujer joven que ha tenido dos hijos. El cuento se centra en el parto de la segunda hija, que nace con un problema respiratorio. La tensión y la sensación de peligro también están muy bien dosificadas, con la escena final en que la mujer conversa con su marido en un taxi y donde el misterio de las relaciones humanas queda en primer plano. A diferencia de lo que hace Carver (con quien siento muy relacionada la propuesta de Mella), los finales de Mella no tratan de ser epifánicos, sino que la narración abierta tiene un punto de fuga hacia el misterio. De nuevo, un gran relato.

Después de los dos relatos anteriores, estaba empezando a suponer que los cuentos de este libro tenían un hilo conductor, el de las parejas jóvenes y los nacimientos, pero no. La propuesta de Mella es amplia y realmente variada. El narrador del tercer cuento, La esperanza de ver, es un hombre que evoca un episodio de sus catorce años, que guarda relación con el que tal vez fue su primer amor («Me preguntaba si Nicole no sería mi primer amor», pág. 53). «Nicole era chicata», leemos en la página 46. Tuve que buscar en internet qué significaba para un uruguayo la palabra «chicata» porque era algo importante en la trama. «Chicata» quiere decir corta de vista. De hecho, el protagonista acabará pensando que Nicole es prácticamente ciega. La decepción adolescente le llegará al protagonista por algo que acabará viendo y que seguramente preferiría no haber visto. Un bello cuento melancólico sobre el fin de las ilusiones en la adolescencia.

Túpelo está narrado por un uruguayo de veintiséis años que dejó su país y emigró a Bruselas. Nos hablará de los días en que trabajó en un bar llamado Túpelo. Se sucederán las descripciones de personajes variopintos y el final creará en el lector una sensación de extrañeza similar a la del final de Lava. Tensión, precisión y misterio para un final poético, abierto e inesperado. Un final donde el realismo se fragmenta y sus esquirlas se incrustan en las propuestas del cuento neofantástico.

Ahora que sabemos quizás se ha convertido en un mi cuento favorito del conjunto, y el nivel de los siete cuentos es realmente alto. Si hasta ahora teníamos aquí historias de parejas jóvenes, de un adolescente y un joven, aquí nos encontramos con una pareja en la que ambos han pasado ya los sesenta años y están empezando a tener miedo de la vejez. Después de una visita a su suegra de noventa y un años que vive en una residencia, la mujer decide no entrar en la casa que comparte con su marido y dejarse caer en la vereda. El marido la observará desde la ventana. Quizás ésta sea la situación más irreal con la que vamos a encontrarnos en este libro, un cuento muy carveriano, un cuento muy bueno y de un bellísimo final.

En La emoción de volar el narrador es un chico de catorce años que escribe un diario. En La esperanza de ver el protagonista era un adulto que evocaba su pasado a los catorce años, y por tanto la voz narrativa era la de un adulto; en La emoción de volar la voz narrativa es la de un adolescente de catorce años, en los primeros años 90, cuando Irak invadió Kuwait. Como adolescente que es, suele mostrarse exaltado e ingenuo. Este narrador juega al baloncesto (como el propio autor), le están empezando a interesar las chicas y además es mormón (como también fue el autor) y cree en la salvación y el camino de virtud que propone Jesucristo. La narración se extenderá por dos o tres años, anotaciones sobre amigos, resultados de partidos de baloncesto, reflexiones religiosas y comentarios sobre las chicas que conoce y de las que cree enamorarse. El lenguaje es menos rico que el de otros cuentos y tiene alguna torpeza buscada, para simular que está escribiendo de verdad un adolescente, como por ejemplo: «Un amigo me pide que lo acompañe a acompañar a una joven» (pág. 121) o «Tuvimos que esperar como 3 horas para subir porque había cantidad de gente para subir» (pág. 128).
La emoción de volar, con sus casi treinta páginas, es el cuento más largo del conjunto y yo estaba esperando un final explosivo en el que confluyeran sus líneas narrativas; es decir, un final en el que su enamoramiento de las chicas chocara con su fe religiosa, por ejemplo. Quizás el final me haya decepcionado un poco, porque acaba de una forma más huidiza que como pensaba. En cualquier caso es un buen cuento, dentro de un conjunto de relatos muy notable.

En Lámpara el narrador tiene cuarenta y tres años y regenta un quiosco. Recibe la llamada de unos alumnos de la universidad que están haciendo un reportaje sobre su tío, el Lámpara, que fue un músico relativamente famoso en el Uruguay de los años 70 y 80. «Supongo que el Lámpara fue para mí lo que fue para todos: un ejemplo de que había gente que estaba más viva que otra» (pág. 143). El narrador no parece pasar por un momento muy vital. El requerimiento de los universitarios hará que empiece a evocar la relación con su tío y con sus padres, dando lugar a una escritura muy melancólica y poética.

En general, Lava me ha parecido un gran libro de relatos. Daniel Mella nos muestra aquí a un conjunto de personajes muy variado, desde adolescentes que están empezando su camino en la vida, hasta personas que han de encarar la vejez y la muerte. El estilo es preciso y rico en detalles, con momentos muy poéticos. La tensión y el misterio se van expandiendo por las páginas hasta conseguir unos finales abiertos muy potentes.
En 2013 Lava ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay; en España se publicó en enero de 2018. Diría que ha sido un libro que ha pasado un tanto desapercibido, lo cual es una pena, porque contiene cuentos muy valiosos que se merecen llegar a muchos lectores.
Me ha gustado mucho Lava. A continuación leeré su novela El hermano mayor. La semana que viene la comento.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Metales rojos, por Rodrigo Díaz Cortez

Editorial Comba. 150 páginas. 1ª edición de 2017.

En 2013 leí El peor de los guerreros, una novela publicada por la editorial Libros del Lince. La acción se situaba en el desierto de Atacama. Su autor, Rodrigo Díaz Cortez (1977), es un chileno nacido en Santiago, pero que se siente de allí, del desierto de Atacama, de donde proviene su familia paterna (esto podemos leerlo en la solapa).

A principios de 2017, Rodrigo me escribió a través de Facebook para comentarme que había publicado un nuevo libro de relatos y para proponerme su envío. Al final acabamos intercambiando un libro de relatos por otro: él me envió Metales rojos y yo le envié mi Koundara.

Me he puesto con su libro al comenzar las vacaciones de verano, dentro de mi plan personal para bajar la pila de libros pendientes, enviados por las editoriales o los autores.

Metales rojos está formado por doce cuentos de unas doce páginas cada uno.
El primero se titula Río abajo, y trata sobre una conversación que tiene lugar entre dos compañeros de pensión. Uno de ellos le cuenta al otro que acaba de asesinar a un hombre tras una discusión de bar y lo ha arrojado río abajo. La acción se sitúa en la periferia de Barcelona, dentro de un ambiente marginal de recogedores de chatarra o cartón. El compañero de pensión con el que se confiesa el asesino es un joven chileno que lee novelas muy gruesas y escribe en un cuaderno pringoso. El personaje del joven chileno que lee novelas, escribe y se mueve en un ambiente marginal barcelonés me hizo pensar de forma inmediata en Roberto Bolaño. De hecho, antes de empezar con esta reseña he releído la que escribí hace cuatro años sobre El peor de los guerreros y me encuentro con que el libro se habría con una cita de Bolaño. Así que la comparación me parece pertinente, pero, desde luego, no podría afirmar que este libro de cuentos se ha escrito (en conjunto) bajo la influencia de Bolaño.

El segundo cuento, Insecto metálico, ambientado en el desierto de Atacama, sobre un joven de pueblo y su relación con su primo mayor, me ha parecido el mejor del conjunto; el cuento más equilibrado y evocador de los doce que podemos encontrar en este libro. Creo que al leer a un autor chileno mi mente empieza a buscar, rápidamente, comparaciones con otros autores chilenos. Por su aparente sencillez, su contundencia y su poder para mostrar la realidad, este cuento me ha recordado a los de Marcelo Lillo.

En el tercero ‒titulado Payaso de Tárrega‒ volvemos a una Barcelona marginal, en la que se encuentran un payaso mayor, posiblemente a punto de retirarse, con una mujer, que piensa en sí misma como si fuese una niña, pero que hace tiempo que dejó de serlo. Es un cuento sobre la máscara y lo grotesco y, siguiendo la línea de pensamiento de la que hablaba antes, me ha hecho pensar en el gusto por la máscara y lo grotesco de José Donoso. Me ha gustado, es original, pero quizás el nudo narrativo me ha resultado un tanto forzado.

Al leer el cuarto, Me dirijo al infierno, ya me empezó a parecer que Díaz Cortez tenía una tendencia a recargar el relato de elementos en exceso dramáticos. En más de uno de ellos se habla de personajes tan extremos que se convierten en asesinos, como ocurre aquí. También ocurría en el primero, y hay otros más adelante. Lo cierto es que a mí me gusta más la sutileza de un cuento como Insecto metálico. El tremendismo en un cuento puede acabar siendo un recurso fácil.

Mujer desnuda en la ventana vuelve a retratar una Barcelona marginal. Sus protagonistas son albañiles, una profesión que aparecerá en otros relatos. Además, aparece un tipo de personaje que vuelve a aparecer en otros cuentos: la del hombre de mediana edad con pocas luces, que vive con su madre, la cual le trata como un niño. De nuevo hay aquí un asesinato, pero el relato es más sutil que el anterior y me gusta más.

Retrato de animal es un cuento sobre personajes alucinados y marginales. Frente al anterior, en el que se produce un choque entre varios personajes, ésta es una narración mucho más sencilla y que me gusta menos.

Noelia y el loco del violonchelo, sobre los conflictos entre dos hermanas y la pareja de una de ellas, retrata, de nuevo, una Barcelona marginal de drogas, prostitución y mendigos. Los cuentos están escritos en primera persona o tercera, y la tercera persona suele estar muy centrada en uno de los personajes; pero aquí tenemos tres puntos de vista para contar la historia, y esto hace que Noelia y el loco del violonchelo sea uno de los cuentos destacados del libro.

Señor Simulos es un cuento que repite el esquema del joven adulto desequilibrado que vive con su madre. La variante es curiosa: el hijo no soporta al nuevo novio de la madre, al que considera un impostor.

Quizás El concurso sea el cuento que menos me gusta del libro. La acción transcurre en torno a un taller literario al que acude un joven empresario que ha heredado su negocio, que siente que no tiene imaginación para escribir. Un cuento sobre las imposturas de la escritura y el plagio, de final muy previsible. Un cuento al que se le ven demasiado los engranajes y que juega con la supuesta sorpresa final.

Cara de pendejo habla de la relación entre dos hermanos. Uno de ellos, fotógrafo, ha escapado del entorno marginal de su niñez, pero su hermano le encuentra y le envuelve en sus asuntos turbios. De nuevo, creo que el tremendismo final va en detrimento de la fuerza del cuento.

Fiesta sobre ruedas, sobre los abusos sexuales en una fiesta de militares, podría ser, de forma velada, un cuento sobre el pasado dictatorial de Chile.

El último cuento es Metales rojos. En él volvemos a una Barcelona marginal de albañiles; en este caso, el cuento está protagonizado por un joven inmigrante sin papeles, cuya mayor obsesión es conseguirlos.

En comparación con su novela El peor de los guerreros, el estilo de Díaz Cortez en estos cuentos es menos barroco. Ya he comentado que no me gusta demasiado cuando los cuentos tienden al tremendismo de muertes y asesinatos (creo que éste es un recurso que conviene dosificar cuando quieres mostrar la realidad) y tampoco me gusta la búsqueda del final excesivamente redondo en que cae algún cuento. Me gusta más cuando el autor describe los ambientes marginales de Barcelona desde premisas realistas más sutiles. Creo que Rodrigo Díaz Cortez se muestra en Metales rojos como un narrador nato que no necesita hacer metaficción para contar una historia interesante. Y la verdad es que, hasta cierto punto, me he quedado con ganas de leer un relato de autoficción suyo, porque la vida de Díaz Cortez me parece muy curiosa: se compró el pasaje de Chile a Barcelona vendiendo sus propios libros por bares y ahora trabaja de taxista en Barcelona, siendo su escritorio el salpicadero del coche.

Aunque, como he apuntado, algunos relatos me han parecido mejores que otros (algo inevitable en un libro de cuentos), Metales rojos tiene al menos un gran cuento ‒      que sería Insecto metálico‒ y más de uno notable ‒Río abajo, Payaso de Tárrega, Mujer desnuda en la ventana o Noelia y el loco del violonchelo‒. Además, el estilo narrativo es maduro, eficiente y conseguido.

Cuando leí El peor de los guerreros, me pareció que se trataba de una novela interesante que estaba teniendo poca repercusión. Me da la impresión de que lo mismo está pasando con los cuentos. Creo que Rodrigo Díaz Cortez, que tiene alguna de sus obras traducida al alemán y alguna más editada por Random House Chile (su novela El pequeño comandante), merecía tener más lectores en España.