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domingo, 15 de junio de 2025

El Palacio de los Sueños, de Ismaíl Kadaré


El Palacio de los Sueños,
de Ismaíl Kadaré

Editorial Alianza. 242 páginas. 1ª edición de 1981; ésta es de 2024.

Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

 

Ya he contado que me propuse leer en 2025 a Ismaíl Kadaré (GjirokastraAlbania; 1936 – Tirana, 2024) y le solicité a la editorial Alianza tres libros suyos. Después de leer El general del ejército muerto (1963) y Crónica de piedra (1971), me he acercado a El Palacio de los Sueños (1981), que es la novela que suele considerarse la obra maestra del autor. En las dos anteriores, el tiempo narrativo de las novelas se correspondía con momentos vividos por Kadaré. La acción de El general del ejército muerto se situaba «veinte años después de la guerra»; es decir, en 1962 o 1963, y la acción de Crónica de piedra nos llevaba hasta la infancia de Kadaré, hasta sus propias vivencias de la guerra, en 1942 o 1943. La acción de El Palacio de los Sueños nos conduce hasta el Imperio otomano del siglo XIX, a una Albania en la que la gente se mueve en carruajes y su país forma parte de un territorio mucho más grande.

 

El Palacio de los Sueños comienza de un modo que enseguida me ha remitido a las otras dos novelas que llevo leídas del autor: mostrando una escena de mal tiempo atmosférico. «La mañana era húmeda y ventosa» es la primera frase del libro. Las escenas principales de los libros de Kadaré suelen compartir el mismo telón de fondo: la lluvia, la bruma, la nieve, el frío, la oscuridad… Son novelas que transcurren en los meses de otoño e invierno, y cuando llega la primavera y el verano se produce un salto temporal. La novela acabará «una tarde a finales de marzo» y su protagonista, a través de la ventana de un carruaje, observará signos de la llegada de la primavera en un parque. «A dos pasos de él sabía que se encontraba la renovación de la vida, la calidez de las nubes, las cigüeñas y el amor, todo lo que había fingido ignorar, temeroso de que pudiera arrancarlo del hechizo del Palacio de los Sueños.» (pág. 242). Es decir, la novela transcurre durante los meses de otoño e invierno y finaliza cuando va a llegar la primavera y el buen tiempo, algo que –por lo que llevo leído– no ocurre en las novelas de Kadaré, en las que el clima adverso se convierte en un elemento simbólico que va añadiendo capas de ominosidad en las escenas.

 

El protagonista de la novela es Mark-Alem, un joven de veintiocho años, que pertenece a la influyente familia de los Quyprilli. La novela comienza la mañana en la que Mark-Alem entra en el Palacio de los Sueños para realizar una entrevista de trabajo. Desde el comienzo, desde que Mark-Alem atraviesa las puertas del Palacio de los Sueños, o el Tabir Saray, una sensación de irrealidad comenzará a invadirle, igual que al lector. «El pasillo era largo y sombrío. Las puertas desembocaban en él por decenas, altas y sin numeración. Contó once y se detuvo.», leemos en la página 2. La sensación de extrañeza y amenaza será constante en el Palacio de los Sueños. Tanto el espacio físico, repleto de pasillos y puertas, de problemas para recordar el camino recorrido, una vez realizado, y las personas, que parecen comportarse de un modo distante, con Marl-Alem, le recordarán al lector al universo creado por el checo Franz Kafka en obras como El castillo (1925, escrita entre 1914 y 1915). El hecho de ir a ser el primer día de trabajo de Mark-Alem propicia que se encuentre con varios personajes que le van a hablar del funcionamiento y de los orígenes del Palacio de los Sueños. Este recurso permitirá también al lector conocer los secretos del lugar: «Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y personal del Sultán soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de las personas individuales las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción.» (Pág. 31). Como nos dice en el prólogo, el traductor Ramón Sánchez Lizarralde, Kadaré quería crear en esta novela «un infierno». En esta fábula, el control que ejerce el Estado sobre los ciudadanos es tal que éstos están obligados a trascribir sus sueños, cada vez que despiertan (y si no saben escribir, habrán de visitar a un escriba para que lo haga por ellos) y hacerlos llegar al Palacio de los Sueños. En él, los funcionarios tendrán que clasificarlos, o desecharlos, hasta que lleguen al poderoso departamento de Interpretación, donde se analizará si el sueño, que ha creado la mente de algún ciudadano, puede representar un mal augurio para el futuro del Imperio; y ese sueño podría convertirse en el Sueño Maestro, aquel que puede predecir las catástrofes y que permitirá a las autoridades anticiparse.

 

El Palacio de los Sueños acabará siendo una metáfora de la situación de control estatal que vivían los ciudadanos en la Albania de Kadaré, bajo el régimen de Enver Hoxha. Como Kadaré, en el momento de escribir este libro, aún vivía en Albania –más tarde se acabaría exiliando a Francia– tuvo que situar su historia en el siglo XIX para que pudiera pasar la censura gubernamental. Aun así, en 1982 Kadaré será criticado públicamente por la publicación de este libro, que fue condenado al silencio durante los siete años siguiente, y cuando se volvió a publicar en 1988, se hizo con la advertencia (estoy parafraseando el prólogo del traductor Ramón Sánchez Lizarralde) de que había sido «revisada». Así que, en este caso, la edición definitiva de la novela, a diferencia de otras, que se retocaron con posterioridad por motivos estéticos o de madurez estilística, la versión definitiva de esta novela consistió en recuperar su forma original.

 

El trabajo de Mark-Alem en el Palacio, a pesar de que va ascendiendo posiciones, nunca parece ser agradable y lo vive siempre con angustia, con el temor a equivocarse y ser reprendido o despedido por ello. En uno de los capítulos se describe un día libre, en el que intenta recuperar sus viejos hábitos y visitar, por ejemplo, el café al que solía ir. Esta visita se acabará tornando desagradable cuando se dé cuenta de que el dueño del local y el resto de la parroquia saben que ha empezado a trabajar en el Palacio de los Sueños, lo que le convierte en una persona con un poder temible.

El destino de la familia de Mark-Alem –los poderosos Quyprilli– se irá complicando con el del sultán, con quien parecen tener más de una rencilla del pasado pendiente. Los Quyprilli son tan poderosos que existen rapsodas en los Balcanes que cantas epopeyas sobre su pasado. Como ya he ido viendo que las novelas de Kadaré están, hasta cierto punto, conectadas entre sí, creo que este tema de los rapsodas tiene que ver con el argumento de El expediente H., donde unos estudiosos anglosajones viajan a Albania para encontrar a estos rapsodas y entender así los cantos de Homero.

El Palacio de los Sueños, es una novela sólida, muy bien construida, con toques poéticos –sobre todo cuando se describen los sueños que Mark-Alem tiene que analizar–, y un aire de amenaza y extrañeza perennes sobre lo contado. Sin embargo, considero que la dependencia de la obra de Kafka acaba haciendo que prefiera las otras dos novelas de corte más realista que he leído de Kadaré, El general del ejército muerto y Crónica de piedra. En cualquier caso, el nivel de las tres obras es realmente alto.

 

 

domingo, 8 de junio de 2025

Crónica de piedra, por Ismaíl Kadaré

 


Crónica de piedra, de Ismaíl Kadaré

Editorial Alianza. 281 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2024.

Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

 

Ya he contado que me propuse leer en 2025 a Ismaíl Kadaré (GjirokastraAlbania; 1936 – Tirana, 2024) y le solicité tres libros suyos a la editorial Alianza. Después de acabar El general del ejército muerto (1963), con la grata sensación de haberme acercado a una obra maestra de la literatura europea del siglo XX, empecé Crónica de piedra (1971). Se la pedí a Alianza porque en el resumen de la contraportada afirma que es una obra autobiográfica y tenía la sensación de que me iba a gustar conocer más y empatizar con Kadaré. En la lectura del libro, en ningún momento, se señala que su narrador se llame Ismaíl Kadaré, pero uno lo lee pensado que así es.

Kadaré nació en Gjirokastra, una ciudad al sur de Albania, que en 2025 la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad por ser un «raro ejemplo de pueblo otomano bien conservado y construido por terratenientes». Esta ciudad, evocada desde el título –ya que sus calles, casas y tejados están construidas con piedra– será uno de los personajes principales de la novela.

 

Como ocurría en El general del ejército muerto, Crónica de piedra comienza resaltando el clima adverso. El narrador, en el primer capítulo, evoca una noche de su infancia en la que no para de llover, y esto puede suponer un problema para su familia, puesto que el aljibe, donde se guarda el agua, puede acabar rebosando e inundando la casa. Los vecinos llegarán al hogar para ayudar a sus padres a solucionar el problema. La idea de comunidad, de ser el niño parte de un solo cuerpo formado por muchas personas, también va a estar presente en el libro. Las últimas dos páginas de la novela nos hablan de alguien que, después de muchos años, vuelve a su ciudad natal y evoca a personas de su infancia que ya han muerto, pero que él siente que se han fundido con las piedras que componen el espacio humano. Personas y piedras de la ciudad se fundirán en una bella metáfora que aparece casi al final del libro: «La carne tierna de la vida volvía a llenar el caparazón de piedra.» (pág. 279)

 

Crónica de piedra es una evocación de la infancia, desde la vida adulta, pero que intenta recrear la mirada inocente de un niño sobre la realidad. De este modo, se narra una conversación entre las mujeres de la familia y las vecinas en la que, escandalizadas, comentan que un joven vecino ha cometido la osadía de empezar a usar gafas. «Se me hizo un nudo en la garganta. Cómo logre contenerme y no ponerme a gritar, solo yo lo sé.», apuntará una de ellas. La mirada es doble: el adulto evoca esta escena cotidiana con un aire cómico, con ironía, pero también recuerda cómo el niño empieza él mismo a sentir que necesita gafas, puesto que de lejos los contornos de las casas y los árboles se le tornan borrosos, y para solucionarlo, en ocasiones, se coloca delante de uno de sus ojos un cristal que encuentra en un baúl de la abuela, una pura excentricidad, pero que le servirá para poder disfrutar de las películas en el cine.

 

El contexto histórico de los primeros capítulos es de la ocupación italiana de la ciudad, un hecho al que el narrador da, de entrada, menos importancia que a otros sucesos que le llaman mucho más la atención. Así nos hablará, con gran entusiasmo, de una ola de brujería que se ha desatado en la ciudad. «Manos invisibles colocaban objetos maléficos por doquier, en los umbrales de las puertas, tras los muros, bajo los aleros, envueltos en papel o en sórdidos trapos viejos que helaban la sangre.» (pág. 44). También el niño nos hablará de una chica a la que sus padres no dejan salir de casa por la vergüenza que le supone a su familia que tenga una barba como la de un hombre, o de ancianas de ciento treinta y dos años. Esta evocación de la infancia contiene, como vemos, pequeños toques de realismo mágico, que más que recordarme a la obra de Gabriel García Márquez, me han evocado la del judío polaco Bruno Schulz y sus cuentos recogidos en Madurar hacia la infancia (que, por cierto, acaba de reeditar Siruela y que recomiendo con pasión).

 

Me ha gustado percatarme de que Crónica de piedra tenía elementos relacionales con El general del ejército muerto. En esta última novela, el general y el cura italianos, en su búsqueda de los restos de los soldados de su país muertos en la Segunda Guerra Mundial, llegan a la ciudad de Gjirokastra y aquí, en un bar, un camarero les contará una historia de la guerra, acerca del impacto que supuso para la ciudad que los italianos abrieran en ella un burdel. En esta historia, se habla del primer albanés que se atrevió a visitar el prostíbulo, llamado Lame Kareco Spiri, del que también se habla, en referencia a la misma historia, en Crónica de piedra.

 

Al narrador, sus padres a veces le mandan a pasar unos días a la casa de uno de sus abuelos, en las afueras de la ciudad. El abuelo suele pasar el tiempo leyendo libros escritos en turco, y en una de estas visitas le prestará el libro de Macbeth de William Shakespeare, lo que empezará a despertar en él la pasión por la literatura.

Aunque la novela comienza en un tono poético, pronto la violencia de los años vividos empezará a afectar a los personajes. La ciudad de piedra acabará inmersa en los devenires de la Segunda Guerra Mundial y será bombardeada por aviones ingleses. Los griegos arrebatarán la ciudad a los italianos, y durante un breve periodo de tiempo, el dominio de esta pasará de unos a otros, de italianos a griegos, para quedar más tarde a merced de los guerrilleros albaneses, de los que muchos ciudadanos de Gjirokastra no se acaban de fiar porque son comunistas, y muchos de los vecinos de la ciudad no saben cuáles son sus intenciones. Al final, y aquí se acabará la crónica, la ciudad, siguiendo los hechos históricos, caerá en manos de los alemanes. «Al caer el crepúsculo la ciudad que había figurado en los mapas del Imperio Romano, de los normandos, de Bizancio, del Imperio Turco, del Reino de Grecia, del Reino de Italia, se acostó esta vez bajo el imperio de los alemanes. Cansada, profundamente aturdida por la confrontación, no daba la menor señal de vida.» (pág. 274). Como ya he apuntado anteriormente, el narrador personifica a la ciudad y la convierte en otro personaje más de la trama; de hecho el lector sentirá, con los personajes humanos, el dolor de los bombardeos o los incendios sobre sus muros.

Otro hecho histórico del que se habla en el libro es que Enver Hoxha, que fue líder comunista con los guerrilleros, y futuro dictador de Albania, es otro de los vecinos de la ciudad de piedra.

 

El niño convivirá con el horror de la guerra sin olvidar el sentido de la maravilla, y así nos hablará, por ejemplo, de una temporada en la que el lenguaje cotidiano tendía a dibujarlo en su mente desde la literalidad: «El lenguaje cotidiano, equilibrado y seguro hasta entonces, aparecía de pronto convulsionado por la acción de un terremoto. Todo se derrumbaba, se quebraba, se fragmentaba. Había penetrado en el reino de las palabras. Era una tiranía implacable. El mundo se llenó de gente que en lugar de cabeza tenía un pepino; otras cabezas se ponían a dar vueltas; los ojos reventaban como cartuchos; a algunos se les congelaba la sangre como los hielos (…)» (pág. 94).

También sucumbirá el niño a su fascinación por el aeropuerto y la fascinación que le causan los aviones, aunque lleguen para lanzar bombas sobre su cabeza. El niño llegará a llorar cuando los aviones dejan el aeropuerto, y más tarde dirá: «Teníamos ante nosotros el campo abandonado del aeropuerto, a través del cual debíamos pasar. Por fin nos encontramos sobre él. Jamás había imaginado que pudiera llegar a pisarlo. Sentí una punzada en el corazón. Aquella explanada había sido sagrada para mí. Una especie de hermana o esposa del cielo. Predestinada como una princesa.» (pág. 255). También nos hablará de su ligero despertar sexual, pero, por esos años, el aeropuerto y los aviones, serán, en realidad su verdadero amor.

 

Además de la voz del narrador, en las páginas finales de muchos capítulos, podemos acercarnos a otras voces narrativas: las páginas de un anciano cronista de la ciudad, las páginas del periódico local o las voces desconocidas de algunos vecinos, lo que enriquece los matices de la obra.

 

Igual que he observado esa relación comentada entre El general del ejército muerto y Crónica de piedra, en torno a la idea del burdel, he percibido también más conexiones que Kadaré va a establecer con alguna otra de sus obras. En Crónica de piedra se habla de dos familias de la ciudad, los Karllashe y los Hankoni, que tienen una disputa pendiente desde hace setenta años. Para hablar del carácter vengativo de los albaneses se evocaba esta historia en El general del ejército muerto y, aunque aún no lo he leído, creo que es la historia que Kadaré cuenta en su novela Abril quebrado, que espero leer también este año de 2025.

 

Ya dije que El general del ejército muerto me ha parecido una obra maestra y he acabado Crónica de piedra con la sensación de nuevo –aunque algunos peldaños por debajo, pero desde una altura alta– de haber leído un gran libro. Cuando en las dos últimas páginas el narrador, ya desde la vida adulta, nos habla de una visita a la ciudad y evoca a todas las personas muertas de las que nos ha hablado en las páginas anteriores, el lector siente una honda pena, prueba clara de que ha conseguido levantar ante él su mundo ficcional de un modo emocionante y convincente. Seguiré con Kadaré.

 

domingo, 1 de junio de 2025

El general del ejército muerto, por Ismaíl Kadaré


El general del ejército muerto,
de Ismaíl Kadaré

Editorial Alianza. 346 páginas. 1ª edición de 1963; ésta es de 2019.

Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

 

Ismaíl Kadaré (GjirokastraAlbania; 1936 – Tirana, 2024) era uno de los autores clásicos del siglo XX europeo, que había anotado desde hacía mucho tiempo, y que tenía aún pendientes de leer. De hecho, creo que es el único autor de lengua albanesa del que se ha hablado a nivel europeo, o al menos yo no conozco a otro.

Me apenó que, cuando murió en el verano de 2024, a los 88 años, aún no hubiera leído nada suyo. Para solucionarlo, a principios de 2025 le escribí al representante de prensa de la editorial Alianza, para que me enviara tres libros del autor, para poder leerlos y reseñarlos. Estos libros fueron: El general del ejército muerto (1963), Crónica de piedra (1971) y El Palacio de los Sueños (1981), que –leí en internet– eran tres de sus obras más significativas. Se considera que El Palacio de los Sueños es su obra maestra y no quería empezar por ella, sino acercarme hasta la cima de la montaña habiendo podido conocer antes sus laderas, así que empecé por El general del ejército muerto que fue su primera novela publicada. Según la información que encuentro en internet se publicó por primera vez en 1963, pero al final del libro existe la siguiente nota del autor: «Tirana, 1962-1966». Por lo que he leído en el prólogo de Crónica de piedra, a cargo de Ramón Sánchez Lizarralde, el traductor, Kadaré revisó más de una vez sus libros y en algunas de las siguientes ediciones los iba mejorando. Quizás esto fue lo que ocurrió con El general del ejército muerto, que se publicó por primera vez en 1963, cuando el autor tenía 27 años, y luego lo fue corrigiendo y modificando para ediciones posteriores. O quizás hay un error inicial en la página de la Wikipedia, o en algún otro lugar, que es arrastrado posteriormente en el resto de páginas.

 

En 1939 la Italia fascista de Benito Mussolini invadió Albania, creando un protectorado, situación que se prolongó hasta 1943. La narración de El general del ejército muerto empieza «veinte años después de la guerra», referencia que se repite más de una vez en el texto. Así que el tiempo narrativo del libro debe ser 1962-63. El algún momento se habla también de la guerra de Vietnam, que comenzó en 1964 y, teniendo en cuenta que el tiempo de la novela se prolonga durante unos dos años, estos deben de estar comprendidos entre 1962 y 1965.

 

El general ha recibido la misión de viajar a Albania, en la compañía de un cura, que también es militar (con grado de coronel), pero en la actualidad la misión del cura «solo figuraba como representante espiritual» (pág. 18). «El general dio a entender que él era el principal personaje de aquella misión», leemos en la página 18. Aunque el general esté al mando de la misión, dependerá, en más de una ocasión del cura, puesto que este sí estuvo durante la Segunda Guerra Mundial destinado a Albania y conoce el idioma albanés, habilidad de la que carece el general. El general ha recibido la misión de –tras un acuerdo entre su país y Albania– viajar a Albania para buscar y rescatar los restos de los soldados muertos de su país en la última guerra, y entregar estos restos a sus familiares. Aunque en todas las reseñas que se pueden leer sobre este libro en internet señalan que el general y el cura proceden de Italia, Kadaré se cuida de nombrar a este país de un modo directo, aunque, más tarde, cuando estos personajes lean el diario de un soldado que murió en Albania y que, queda claro que pertenece a su ejército, se citará al «duce» como responsable de la situación, y por tanto se hablará por fin de Mussolini e Italia.

 

«Sobre la tierra extranjera caía una mezcla de agua y nieve.» es la primera frase del libro, y resultará significativa, porque un mal tiempo perenne parecerá acompañar al general y al cura en su misión en Albania, un mal clima que se acabará convirtiendo en un símbolo de la triste misión que les ha sido encomendada a estos hombres. El general observará, desde la ventanilla del avión «la imagen amenazadora de las montañas», «tierras abruptas» o «sombrías laderas» y una sensación de irrealidad empezará a rondarle. «En aquellos abismos y barrancos, por toda aquella vastedad invernal, se pudría bajo la lluvia el ejército que él venía a exhumar.» (pág. 15). El clima como símbolo es muy importante en la composición de la novela, que se divide en dos partes, y entre las dos se producirá un salto temporal, en el que el narrador aludirá hablar de la primavera y el verano de las tierras albanesas, para dejarnos otra vez ante las inclemencias del segundo otoño del general y el cura. En otro momento del libro, el coronel recordará unos días que pasó en una playa de su país, antes de partir para su misión, y el narrador escribirá: «comenzaron a aparecer nubes en el horizonte, nubes negras cargadas de lluvia, que viajaban hacia el este, hacia Albania.» (pág. 115)

 

El general y el cura, de los que nunca sabremos los nombres, cuentan con listas que detallan, hasta cierto punto, la localización de las tumbas que han de buscar. Sin embargo, debido a diversas circunstancias, como el clima o la imprecisión de las localizaciones anotadas durante la guerra, la tarea no sea fácil. Además, tendrán que contratar a trabajadores locales que les ayuden y, allí por donde pasen, podrán sentir miradas de curiosidad, que pueden también mezclarse con el rencor que algunos aldeanos pueden sentir al revivir el pasado. Así mismo, la relación que se establece entre el general y el cura no siempre va a ser cómoda.

 

En algunos capítulos se nos mostrarán episodios del pasado del general, como las visitas que, tras saberse públicamente qué misión iba a llevar en Albania, empezará a recibir en su casa de familiares de los militares muertos allí. Todos ellos le rogarán que encuentre los restos de sus hijos, maridos, etc. Sobre todo, se destacará la relación que el general acabará tenido con la familia del coronel Z, cuya joven y bella viuda le pedirá encarecidamente que encuentre los restos de su esposo. Esta búsqueda del coronel Z, sobre cuya muerte existe un misterio, será uno de los leitmotiv de la novela. Es posible también que el coronel Z no haya sido la estupenda persona que su familia piensa que era.

 

La novela utiliza el recurso cervantino del relato dentro del relato. Así un camarero de Gjirokastra –ciudad natal de Kadaré– le contará a aquel la historia de un burdel de mujeres italianas que los invasores abrieron en su ciudad. O, como ya conté antes, el lector podrá acercarse a las páginas de un soldado desertor, que recibirá un juicio negativo por parte del general y el cura, al considerar su testimonio el propio de un «llorica sentimental».

Además, el general y el cura se irán cruzando por los caminos de Albania con otro militar de un ejército extranjero (posiblemente alemán), al que acompaña un alcalde, que ha de realizar una misión similar a la suya, aunque sus listas y localizaciones parecen más caóticas.

 

Kadaré irá haciendo descubrir al general, y con él al lector, cómo es el carácter y cómo son las costumbres de los albaneses. Así, por ejemplo, hablará de sus ideas ancestrales de venganza que, por lo que he leído en internet, es el tema central de su novela Abril quebrado (1978).

Será significativo para el lector observar los cambios que se irán produciendo en el orgullo del general al enfrentarse a su penosa misión, a la que acabará considerando miserable: «repatriar aquel gran ejército, reducido ahora a unas cuantas toneladas de calcio y fósforo.» (pág. 258) Esta idea del ejército de jóvenes muertos prematuramente se va también cargando de simbolismo, y hará que el libro cobre un profundo mensaje antibélico.

 

El tramo final de la novela, en el que se va acumulando la tensión narrativa y la melancolía, me ha parecido magistral. Es sorprendente la madurez que presenta Ismaíl Kadaré en su primera novela, que fue muy bien acogida en Francia y desde aquí se lanzó al resto del mundo, empezando a consolidar el prestigio del autor. El general del ejército muerto es una de las obras maestras de la segunda mitad del siglo XX.