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domingo, 23 de abril de 2023

Ustedes brillan en lo oscuro, por Liliana Colanzi


Ustedes brillan en lo oscuro
, de Liliana Colanzi

Editorial Páginas de Espuma. 113 páginas. 1ª edición de 2022.

 

El premio Ribera del Duero al mejor libro de relatos se fundó en 2008 y se convoca cada dos años. Por ahora tiene siete ganadores, y yo he leído cinco: El final del amor (2011) de Marcos Giralt Torrente, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, La vaga ambición (2017) de Antonio Ortuño, La claridad (2019) de Marcelo Luján, y ahora leo Ustedes brillan en lo oscuro (2021) de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981).

 

De Colanzi había leído los tres primeros cuentos del libro Vacaciones permanentes (editorial Tropo, 2012). Los leí en los asientos de La Casa del Libro de Gran Vía, un día que había quedado con un amigo y llegaba pronto. Me parecieron unos cuentos muy de corte norteamericano; correctos, pero no excepcionales. Más tarde pensé en leer Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia, 2016), que sonó más y quedó finalista del Premio de Cuentos Gabriel García Márquez en Colombia.

En el verano de 2022 me cambié algunos mensajes con Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, y quedamos en que me enviaría Ustedes brillan en lo oscuro para que pudiera reseñarlo.

 

El libro que se presentó al premio contaba con cinco cuentos y, en el proceso de edición, se le añadió un sexto, el titulado Los ojos más verdes, como se explica en una nota que acompaña al texto.

 

El primero cuento es La cueva. En él, el lector asistirá a diversas escenas que tienen lugar en una cueva, que acaba siendo la protagonista del relato, en diversas épocas, desde la prehistoria hasta el futuro. Algunas de las escenas seleccionadas son violentas, y me gustan, sobre todo, aquellas en la que se insinúa una realidad fantástica –con unos murciélagos mutantes, por ejemplo– pero de tan baja presencia fantástica que nadie llega a percatarse de ella y no influye en los acontecimientos del mundo.

A mí normalmente me suelen gustar los cuentos donde se plantea un nudo de relaciones intensas entre los personajes, y se insinúa un río de corrientes subterráneas que apenas asoman en la superficie y, desde luego, La cueva no es de este estilo. Sin embargo, me parece un relato original y con alguna escena bella y evocadora.

 

Atomito, con sus casi 30 páginas, es el cuento más largo del conjunto y en él se habla de la vida de una ciudad latinoamericana indeterminada que ha de convivir con una planta nuclear. Algunas palabras inventadas y algunos términos chocantes trasladan al lector a un escenario ligeramente futurista, de un futurismo desastrado y caótico. En sus apenas 30 páginas se entrelazan muchos personajes y escenas. El ritmo es trepidante. De nuevo, Colanzi no presenta aquí la evolución psicológica de unos personajes, pero la apuesta por crear un escenario futurista es potente. Al final, acaba siendo un cuento abiertamente fantástico y me gusta esta libertad. Me ha recordado a alguno de los del argentino Elvio Gandolfo, que también inventa futuros ligeramente distópicos.

 

La deuda es un cuento más clásico, ya que está narrado en primera persona por una chica joven que acompaña a su tía a su pueblo natal. Han de buscar a un familiar, que se supone que se internó en la selva, para solucionar el problema de una herencia. Está muy bien descrito el ambiente del pueblo, y según avanzan las páginas descubriremos algunos secretos familiares que se ocultan entre la tía y la sobrina. Muy buen cuento.

 

Los ojos más verdes es el cuento añadido en el proceso de edición y es el más corto del conjunto. La protagonista es una niña que va a celebrar su décimo cumpleaños, en un pueblo de la selva donde pasa las vacaciones, y ella se siente más libre que en la ciudad. El tema de este cuento es el del racismo de una sociedad que hace que una niña piense que tuvo mala suerte al no heredar los ojos verdes de su padre, hijo de campesinos italianos. Una niña que va a estar, literalmente, dispuesta a vender su alma al diablo por conseguir esos ojos verdes. Es un cuento correcto, pero siguiendo una línea similar al anterior, prefiero La deuda.

 

El camino angosto es el cuento que, de forma más clara, elige la ciencia ficción para desarrollarse. Una ciudad de Bolivia está separada del resto de la población por un campo eléctrico, y la población luce «collares de obediencia»; sin embargo, algunos jóvenes han encontrado la forma de pasar de un lado a otro sin achicharrarse con el campo eléctrico. Este cuento es una crítica a las urbanizaciones cerradas de algunas ciudades latinoamericanas que dividen a la población por clases sociales, personas que aunque viven en un mismo país no llegan casi ni a encontrarse en ningún ámbito. En algún momento se habla de que la gente que vive dentro del campo eléctrico (que tienen apellidos centroeuropeos) se refieren a las personas de fuera como «razas inferiores». Me gusta este cuento. De nuevo me ha hecho pensar en la apuesta narrativa de Elvio Gandolfo.

 

El sexto y último cuento es Ustedes brillan en lo oscuro, que habla de un accidente radiactivo que tuvo lugar en 1987 en la ciudad brasileña de Goiânia. La estructura es similar a la del segundo cuento, Atomito, como muchos personajes que recorren sus escenas. Aunque el sustrato de Ustedes brillan en lo oscuro es más realista que el de Atomito, una corriente de futuro terror apocalíptico los une. En este último cuento, parece decirnos Colanzi que hemos leído algunos de los anteriores pensando que eran fantasías de ciencia ficción, pero que esas fantasías han ocurrido ya en Latinoamérica y que en realidad forman parte de su pasado y, tal vez, también de su futuro.

 

Este volumen de cuentos es, desde luego, una decidida vuelta de tuerca al folclore del realismo mágico latinoamericano, con unos escenarios más propios de la saga Mad Max que de Cien años de soledad.

Igual que otras escritoras latinoamericanas, compañeras de generación, como podrían ser Mariana Enriquez, Dolores Reyes o Samanta Schweblin, Liliana Colanzi ha decidido tomar los géneros fantásticos (terror o ciencia ficción) para hablar de miedos reales de las actuales sociedades latinoamericanas en constante mutación. Ustedes brillan en lo oscuro es un libro estimulante y original, como son los premios Ribera del Duero que he leído hasta ahora, donde el nivel es alto.

domingo, 28 de mayo de 2017

Los días de la peste, por Edmundo Paz Soldán

Los días de la peste, de Edmundo Paz Soldán.
Editorial Malpaso. 319 páginas. 1ª edición de 2016.

El viernes veintiocho de abril (justo cuando empezaba un puente de cuatro días en Madrid), me llegó al buzón de casa un paquete inesperado. Cuando lo abrí, me sorprendió encontrarme con una edición no venal (previa a la edición definitiva) de Los días de la peste, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967). En una nota manuscrita, José de Montfort (el encargado de prensa de Malpaso) me informaba de que la novela saldría a la venta el día quince de mayo. Por un lado, prefiero que las editoriales no me envíen libros de forma espontánea; creo que es más conveniente (para mi salud mental, sobre todo) que yo les pida lo que creo que me va a gustar. De ese modo será mucho más fácil que disfrute de la lectura y que pueda escribir una reseña positiva. Me incomoda la sensación de que una editorial me envíe un libro y que yo no lo lea, pero tampoco quiero adquirir la obligación de leerlo. Sin embargo, en este caso Montfort acertó plenamente, porque Paz Soldán es un escritor con el que he disfrutado antes, y lo más seguro es que yo mismo le habría pedido este libro cuando viera anunciada su publicación. Acabé los Cuentos completos de John Cheever y me puse con esta novela antes de que apareciera en el mercado. Me resultó una sensación extraña saberme uno de sus primeros lectores.

De Edmundo Paz Soldán había leído hasta ahora tres libros: las novelas Río fugitivo (muy recomendable) y Norte, y el libro de relatos Billie Ruth. Sé que a Edmundo le interesa bastante el género de la ciencia-ficción, al que pertenece su última novela, Iris (previa a la aparición de Los días de la peste), y también hay ciencia-ficción en su colección de cuentos Las visiones. Eso me hizo presuponer que Los días de la peste podía pertenecer a este género, lo que el propio autor me desmintió en una conversación de Facebook que surgió en mi muro.

En un vídeo que he encontrado en YouTube, Paz Soldán presenta su nueva novela y dice que empezó a leer libros sobre cárceles y que le llamó mucho la atención una crónica, escrita por un inglés, sobre su experiencia en la cárcel de San Pedro en La Paz. «Mi novela tiene que usar esta atmósfera de una cárcel como de La Paz, donde los presos viven con sus familias», podemos escuchar en el vídeo del que hablo (titulado Edmundo Paz y Los días de la peste; su nueva novela).

En Los días de la peste el lector se adentrará en una cárcel llamada La Casona, a la que los presos invocan y preguntan como si se tratase de un ser vivo y consciente. La Casona está ubicada en la remota región de Los Confines, perteneciente a un país hispanoamericano (por los nombres de los personajes y el habla) indeterminado, pero que yo leía como si fuese Bolivia (aunque también podía ser Paraguay, por ejemplo).

La novela se divide en tres partes, y cada una de ellas en varios capítulos no numerados. Cada capítulo se abre en una rueda de voces narrativas muy dispares, con un encabezado que indica al lector quién es el personaje que da continuidad al siguiente. Estas voces narrativas están escritas en primera persona o en tercera (una tercera persona que, mediante el recurso del estilo indirecto libre, se acerca bastante, sin juzgarlos, a los personajes sobre los que Paz Soldán pone su foco en cada momento). Cada voz narrativa se prolonga en el libro durante dos o tres páginas y vuelve a aparecer pasadas cinco o treinta páginas. No todas las voces (sobre treinta) tienen el mismo peso en la novela. El gobernador de la prisión, algún alto juez o político de Los Confines, pasando por los policías de la cárcel, hasta los presos con más recursos o los que ocupan el último escalafón social de La Casona, van dándose paso en la novela, un paso brusco, eléctrico, que no da tregua al lector.

Manteniendo las peculiaridades de cada personaje, el estilo del libro es rápido y normalmente de frases cortas y tajantes, que a veces carecen de verbo; por ejemplo, en la página 15 podemos leer: «Ronquidos, llantos, gruñidos, ayes. El cuerpo se recostó contra una fuente de piedra agrietada, demasiado inquieto como para intentar dormir». Para acompañar esta sensación de inmediatez, rapidez y violencia que impregna cada página, también se reproducen en el texto sonidos onomatopéyicos («cri cri cri» o «puaj, puaj») y coloquialismos propios de Hispanoamérica («quivo», «chicote»…), y en algún caso ‒intuyo‒, propios del subambiente carcelario («tonchi», por una droga que imagino que será la cocaína; o «wa-wa», por bebé); además, los personajes de La Casona también usan más de una palabra en inglés, españolizándola («bisnes» por negocio, por ejemplo, o «selfis»).

Cada capítulo empieza con una mirada desde el poder. Así, las primeras voces narrativas serán las del gobernador o el juez, y luego entrarán en escena policías, presos o familiares de presos, porque La Casona es una cárcel muy particular: en ella, algunos presos viven con sus familias, aunque éstas no hayan cometido ningún delito, o incluso siguen allí por voluntad propia después de haber cumplido su condena, ya que en la cárcel hicieron prosperar sus negocios y no quieren perderlos. Todo se puede comprar y vender: dormir en una celda más amplia, salir y entrar de la cárcel para ir a la ciudad, pagar a los policías desde fuera para que maten a un preso, porque los familiares de la que fue su víctima no están contentos con la sentencia… El negocio de otros presos, auspiciado y vigilado por los policías, puede ser también ofrecer protección a terceros, en un ejercicio de puro abuso y extorsión.

El lector entra en la rueda de voces narrativas de La Casona con asombro, con la sensación de haber penetrado en un territorio feroz, sucio, violento y bien dibujado. La idea de documento veraz es muy grande y las imágenes narradas tienen mucha fuerza.
A partir de la página 70 empecé a plantearme lo siguiente: el libro me está gustando, sus páginas están bien escritas y son potentes, pero no puede ser que Edmundo Paz Soldán no haya creado aquí un nudo dramático globalizador que mueva a los personajes hacia algún desenlace temporal con una trama unificadora, porque si pretende seguir narrando su rueda de voces sin cohesionarlas, la novela va a descarrilar. Me percato de que este pensamiento es propio de un aprendiz de escritor y no de un lector puro. Con la edad, uno ha de aceptar que ya no volverá a ser nunca aquel lector adolescente de Philip K. Dick y seguir adelante. Como era lógico suponer, Paz Soldán cuenta con una carrera sólida de escritor a sus espaldas porque sabe lo que ha de hacer para que no se le descarrile una novela. Por supuesto, aunque en las primeras páginas las líneas narrativas que servirán de pilares de carga en la construcción de la novela están sólo sugeridas, éstas van cobrando cada vez más fuerza. Principalmente son dos las columnas de las que hablo: en La Casona (igual que en Los Confines) cada vez es más fuerte el culto pagano a la diosa Ma Estrella, a la que se representa con un cuchillo entre los dientes, y las autoridades locales empiezan a verlo como una amenaza electoral que puede jugar a favor de algún candidato de la oposición que ha abrazado el culto, en principio propio de personas poco instruidas, de modo que deciden prohibirlo. El segundo núcleo narrativo sería que en La Casona se está expandiendo un virus desconocido que produce vómitos y diarreas, que hace que los enfermos se muestren violentos y que mueran en poco tiempo.
El pueblo de Los Confines (esto ocurrirá antes en el interior de La Casona) pronto relacionará la prohibición del culto a Ma Estrella con la peste desatada, entendiendo que la segunda es consecuencia de la ira de la primera. La muerte, el caos y la violencia se darán la mano cada vez con más intensidad.

En cierto modo, Los días de la peste (ya desde el título) nos puede hacer pensar en una historia medieval, una historia que podría estar situada en la Bolivia de 1950, 1900 o 1800, hasta que ciertos elementos, como la presencia de drones, sitúan la acción en la época actual. Cuando unos presos discuten sobre la implantación en la cárcel de un negocio de implantes biónicos, podríamos llegar a pensar incluso en una novela ligeramente futurista.

Los días de la peste me ha hecho pensar en Mario Vargas Llosa, uno de los autores predilectos de Paz Soldán, quien escribió una de sus primeras novelas, Río fugitivo, bajo la influencia de la ópera prima de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. En Los días de la peste tenemos una cárcel, en vez de un colegio militar, que actúa como opresivo mundo cerrado. También la novela de Paz Soldán me ha traído a la mente Lituma en los Andes, en la que Vargas Llosa indagaba sobre el peso de las religiones paganas y las supersticiones en Perú. Me doy cuenta ahora de que, si Vargas Llosa hubiera escrito esta novela, no le habría indicando al lector en cada corte del texto a quién pertenecía la nueva voz narrativa. Yo siempre he considerado que estas confusiones que generaba Vargas Llosa en sus libros no eran del todo necesarias y agradezco los encabezamientos de Paz Soldán.

En cierto modo, también he pensado en José Donoso y su gusto por las máscaras deformantes y los monstruos cotidianos en El obsceno pájaro de la noche, en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba.

Los días de la peste podría inscribirse en la tradición de la novela de dictadores hispanoamericana (Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos o El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, por citar dos ejemplos clásicos), al entender el espacio de la cárcel como metáfora de lo que ocurre en un país. Por tanto, el gobernador sería ese dictador cuya omnipresencia fluye al ritmo de los golpes de Estado y las desavenencias de un poder del que no acaba de tener el control absoluto. Pero también podría inscribirse en la más moderna tradición del género apocalíptico (El año del desierto de Pedro Mairal o Plop de Rafael Pinedo, por citar otros dos ejemplos), con ese inquietante virus que va destruyendo el precario equilibrio de La Casona.


Los días de la peste es un libro potente y eléctrico, asfixiante y terrible en las realidades e injusticias que muestra, una novela poco apta para lectores melindrosos (lo mostrado aquí suele ser sucio y brutal, y no hay claros personajes positivos), que, nutriéndose de la tradición hispanoamericana, nos da muestras de su salud. No conozco toda la obra de Edmundo Paz Soldán, pero tengo la impresión de que Los días de la peste es uno de sus trabajos más ambiciosos y logrados. 

jueves, 25 de junio de 2015

Los afectos, por Rodrigo Hasbún

Editorial Random House. 140 páginas. 1ª edición de 2015.

Hace tres años leí Los días más felices, libro de relatos de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981), editado por Duomo, un libro que me gustó mucho. Sabía que Hasbún tenía una novela publicada en Bolivia, que al final no salió en España; y hace no mucho la editorial Demipage publicó un recopilatorio de sus cuentos titulado Nueve. No lo compré porque al hojearlo me di cuenta de que tres de los nueve cuentos de ese libro ya los había leído en Los días más felices.
Tenía intención de no pasarme por la Feria del Libro de Madrid este año. El pasado verano me conciencié de que no debo comprar tantos libros para acumularlos y que antes de permitir que entraran nuevos en casa debía leerme los que tenía comprados sin leer. Pero hace unos domingos estaba de buen humor y vi en internet que Rodrigo Hasbún estaba firmando en la feria su nueva novela Los afectos y además estaba también Nere Basabe, de la que tenía su novela El límite inferior sin firmar, y decidí pasarme (vivo a dos calles del Retiro) para conocer al primero y saludar a la segunda.

Hasbún me pareció muy amable (ya habíamos cambiado algunas palabras antes a través de las redes sociales) y me resultó agradable poder conocerle en persona y hablar unos minutos con él. Como siempre, me apenó también un poco que los escritores de verdad se pasen las horas de firmar en las casetas (cuando se encuentran fuera de su ciudad) observando a los paseantes de brazos cruzados y siendo confundidos con libreros, mientras que son los cocineros, los presentadores y casi cualquiera que salga por la televisión (en la era de internet la gente –y entre ellos, sin duda, los llamados nativos digitales- sigue enganchadísima a la televisión) los que suelen acaparar la atención del público. En fin, esto es así todos los años y no va a cambiar, no le demos más importancia y nosotros vayamos a lo nuestro, a nuestro vicio minoritario, la escritura literaria.

Al comienzo de su novela Hasbún nos advierte de que ésta es una obra de ficción y que no quiere hacer “un retrato fideligno de ningún miembro de la familia Ertl, ni de quienes aparecen junto a ellos en la novela.” Supongo que la familia Ertl es conocida en Bolivia, pero desde luego Los afectos se lee como pura ficción literaria.

La novela nos lleva a La Paz en 1955, una familia alemana (no se cita en el texto el apellido Ertl) ha emigrado desde Munich a Bolivia hace un año y medio. La narradora del primer capítulo es la hija mediana (sabremos después que se llama Heidi), que desea acompañar a su padre y a la hermana mayor, Monika, a una expedición a la selva, donde el padre quiere buscar las ruinas de una ciudad perdida y mítica. Heidi tiene diecisiete años y aún no ha acabado su formación en el colegio. A pesar de esto consigue convencer a su padre para que pueda acompañarle. Este primer capítulo es muy atractivo, con la expedición atravesando montañas y adentrándose en la selva. En estas páginas nos acercamos al descubrimiento, deslumbrante para esta familia, de un Nuevo Mundo.

El segundo capítulo nos traslada a la voz narrativa de Trixi, la tercera hermana, que se ha quedado en La Paz con la madre, mientras que el resto de la familia está de expedición. “Papá y mis hermanas estaban hacía meses en algún lugar de la selva y esa Navidad la pasamos a solas con mamá. Fue la mejor de mi vida.”, así empieza este capítulo en la página 31.

El tercer narrador será el hermano del hombre con que el que acabará casándose Monika, unos años más tarde.
Como se puede deducir del párrafo que he reproducido de la voz narrativa de Trixi, el tiempo de la novela es una evocación; una reconstrucción desde algún lugar del presente (quizás el siglo XXI ya) de los años que van de 1955 hasta 1970 para esta familia de emigrantes alemanes en Bolivia. Y en este sentido me ha parecido percibir en la construcción la influencia narrativa de Roberto Bolaño. Como en Los detectives salvajes se plantea aquí una búsqueda: la de las claves psicológicas de unos personajes que acabaron (al menos alguno de ellos) involucrándose en la convulsa historia política del país.
Acabo de buscar en la wikipedia a Monika Ertl (ver AQUÍ) y ahora me percato de que es un personaje histórico (como era fácil sospechar). Se la conoce como la “vengadora del Che Guevara”, y en esencia, Hasbún reconstruye, mediante la ficción, algunos hechos claves de su vida. Con lógica narrativa bolañesca (se busca desentrañar un misterio, el de la vida de Monika, desde distintos prismas) ella es la única de las hermanas que no toma la palabra como voz narrativa.

Ya he comentado antes que confluyen en Los afectos tres voces narrativas claras: la de Heidi, la de Trixi (las hermanas) y la del hermano del primer marido boliviano-alemán de Monika. Pero también, cuando se narran hechos más comprometidos (las batallas de los guerrilleros donde vuelven a aparecer personajes históricos, como los de los combatientes Inti y Coco –aunque la wikipedia hablan de Inti y Chato-) se recurre a la tercera persona o a una segunda que sigue muy de cerca los pasos de Monika.

Desde el comienzo sabemos que algo ominoso se cierne sobre el futuro de Monika, la más rebelde de las hermanas.

El padre trabajó como cámara de cine en Alemania para Leni Riefenstahl, la creadora de las películas propagandísticas de los nazis. Y si antes he hablado de la influencia de Bolaño sobre Los afectos puedo seguir: en las insinuaciones sobre el colaboracionismo del padre con los nazis también podemos encontrar ecos del libro de Bolaño La literatura nazi en América. De hecho, una escena en la que el padre filma una escena escalofriante en la selva que él mismo ha incendiado parece sacada de este libro. Hay más: en la página 130 habla la voz de Trixi recordando los movimientos revolucionarios de finales de la década de 1960, cuando los jóvenes de La Paz se internaban en la selva, y escribe: “Decenas de muchachitos armados yendo hacia su muerte. Decenas de muchachitos que serían masacrados por el ejército.” Palabras que me han recordado a las de algunos versos del poema de Bolaño Autorretrato a los veinte años: “miles de muchachos como yo, lampiños / o barbudos, pero latinoamericanos todos, / juntando sus mejillas con la muerte.”


Tampoco quiero dar a entender con los comentarios anteriores que Los afectos me parezca una novela en exceso deudora de Roberto Bolaño, o que su influencia aquí suponga algún problema. Rodrigo Hasbún es un escritor maduro, pese a su juventud (como dejaron claro los cuentos de Los días más felices) y ha escrito una novela atractiva y potente, que también me recuerda por su concisión, su violencia y su poesía soterradas, a las narraciones del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.


De lo que voy a apuntar a continuación ya ha hablado en alguna ocasión el escritor español Alberto Olmos: la nueva generación de escritores hispanoamericanos (estoy pensando, además de en Hasbún, también en Alejandro Zambra, por ejemplo, o en Samanta Schweblin) se están especializando en escribir novelas que apenas superan las cien páginas. Lo cierto es que a mí me hubiera gustado que Rodrigo Hasbún hubiera escrito una novela más larga, indagando más en los días de la familia Ertl (nombre que nunca se cita en la novela) porque lo que he leído me ha gustado bastante y me he quedado con ganas de más.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Billie Ruth, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Páginas de Espuma. 150 páginas. Primera edición de 2012.

He leído (y comentado en el blog) dos libros de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967), las novelas Río Fugitivo y Norte. La primera es estupenda, y la segunda, con algún altibajo, me pareció una buena novela.
En la pasada feria del Libro de Madrid, cada día del fin de semana rastreaba internet con la intención de detectar la presencia en la feria de algún autor del que me apeteciese que me firmara uno de sus libros y con el que compartir unas breves palabras. Me gusta la feria del Libro de Madrid, y me gusta acudir a ella, comprar libros y apoyarla.

Uno de los últimos días de esta feria de 2013, me bajé (ahora vivo muy cerca del parque del Retiro, donde se celebra) a última hora de la mañana de un domingo (creo) para comprar el libro de relatos Billie Ruth, del que recordaba una buena reseña en El Cultural de El Mundo a cargo del escritor Ernesto Calabuig, con el que sueno coincidir en gustos. Al salir a la calle empezó una leve, pero insistente, tormenta de verano, y me resultó agradable conseguir refugiarme bajo el toldo de la editorial Páginas de Espuma en un Retiro de paseantes en desbandada y allí poder cambiar unas palabras con Edmundo Paz Soldán. Las dos veces que le había escuchado hablar (ambas en la Casa de América de Cibeles: en la presentación de su novela Norte, y en un evento del Día del Libro, donde él hablaba sobre la escritora brasileña Clarice Lispector) me pareció una persona agradable, tímida y sin afectaciones extrañas. Así (a aquella hora no estaba muy ocupado) pudimos charlar unos minutos sobre los autores de ese pequeño boom de la literatura boliviana en España de la que él parece ser el mejor embajador: Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Giovanna Rivero o Liliana Colanzi.

Ha sido en el mes de octubre cuando me ha apetecido leer Billie Ruth. Como ya he dicho, la reseña de Calabuig en El Cultural fue bastante entusiasta sobre este libro, pero he de decir que lo empecé con cierto recelo: había leído el primer relato hacía semanas y la verdad es que no me había gustado demasiado. Que un escritor sea un buen novelista, en ocasiones, no implica que domine la distancia del relato. Las alarmas me saltaron una vez leídos los tres primeros cuentos: no me gustaron, o al menos no me parecían que tenían la calidad que yo esperaba de un libro de un autor destacado como Paz Soldán y de una editorial de referencia en el mundo del relato como es Páginas de Espuma. Afortunadamente fue una falsa alarma: los tres primeros relatos son los más cortos del conjunto y para mí sin duda los más flojos. Los doce restantes me han gustado bastante más, sin embargo. Además los tres primeros relatos son  sólo ocho páginas, y esta suma es menor que la media de páginas de cada uno de los otros doce.

Para comentarlo voy a dividir al libro en los tres bloques (personales) que me ha parecido detectar:

Primer bloque: sería el formado por los cuatro primeros relatos: El acantilado, Casa tomada, Bernhard en el cementerio y Extraños en la noche. Ya he dicho que entre los tres primeros sólo suman ocho páginas. El acantilado, por temática, podría asociarlo a los relatos que voy a comentar en el segundo bloque, pero por composición es una creación inferior a estos cuentos. Casa tomada es un breve cuento de fantasmas (dos caras de cuento) que no saben que están muertos, un cuento impropio del gran escritor que es Edmundo Paz Soldán, y que parece el ejercicio de un alumno con soltura sintáctica en un taller literario. El de Bernhard, donde se recrea una estampa de la vida del prestigio escritor austriaco, me ha parecido que tampoco tenía el suficiente desarrollo como para ser un relato con capacidad para emocionar.
El cuarto, ya algo más largo, aunque no está a la altura de los restantes del libro, ya me ha gustado más: se recrean los problemas de una pareja en un contexto donde también se habla de diferencias sociales y de violencia. Me ha recordado a alguno de los cuentos del brasileño Rubem Fonseca.

Segundo bloque: formado por seis cuentos, los titulados Díler, Los otros, El ladrón de Navidad, Roby, Volvo y Ravenwood. Estos seis cuentos tienen una temática común: recrear el mundo de los adolescentes que empiezan a ser adultos, normalmente en un contexto de problemas familiares (casi todos los adolescentes sobre los que Paz Soldán posa la mirada en estos relatos sufren la separación o el distanciamiento de sus padres). En Díler un adolescente acompaña a su padre en coche mientras reparte droga en un barrio pudiente de la ciudad, en el que vivía la familia antes del divorcio de los padres. En Los otros un adolescente cree que alguien ha suplantado a su padre: “El que no siente de vez en cuando que sus papás no son sus papás, que levante la mano”, leemos en la página 38. Los mejores de este bloque me parece los relatos El ladrón de Navidad, sobre otro adolescente, aficionado a los pequeños hurtos, que viaja desde Bolivia con su madre a Miami; Roby sobre la fascinación de un chico por el hermano de su amigo, un posible asesino; y Volvo, donde se evoca el viaje de estudios de unos chicos de clases media de Cochabamba a la ciudad de Tarija. Tres cuentos realmente potentes.

Tercer bloque: formado por Billie Ruth, Como la vida misma, El Croata, Srebrenica y Azurduy. Con Ravenwood Paz Soldán abandona la temática de los adolescentes (o niños, en este caso) con padres separados y podríamos decir que a partir de este cuento (donde la visión del hijo sobre sus progenitores no es la dominante, como en los anteriores) se inicia un nuevo camino narrativo, donde se atiende a problemas de personas adultas, aunque casi siempre se trata de personas adultas jóvenes.
Billie Ruth es el relato más autobiográfico del conjunto y uno de los mejores: en él se narra la experiencia de un estudiante boliviano que estudia en el sur de Estados Unidos gracias a una beca deportiva para practicar fútbol; experiencia vivida por Paz Soldán. Billie Ruth es el nombre de una chica muy particular que va a conocer allí.
Como la vida misma es un relato coral sobre la tristeza de los ex jugadores de fútbol.
El croata, por su tono melancólico, me parece uno de los mejores relatos del conjunto. Aquí se narra la relación de un enfermero, que vive con su madre, con un ex ídolo del deporte al que cuida en su lecho de muerte, mientras intenta relacionarse con una vecina.
Srebrenica transcurre en Bosnia: sobre una joven antropóloga que tiene que desenterrar cadáveres en una fosa común de la reciente guerra de los Balcanes.
Azurduy se interna en la Bolivia profunda, donde la superstición y la violencia dominan la vida: un entusiasta maestro de ciudad decide dar clases en un pobre pueblo minero. Este es el cuento con más componente social del conjunto. “A veces me preguntaba si se trataba de una broma o un desafía divinos el haber puesto a gente tan distinta para que se las arreglasen para vivir en el mismo país” (pág. 143)

Como reflexión final apuntaré que realmente me parece muy arriesgado colocar los cuentos más flojos de un libro de relatos justo al principio: es probable que el posible comprador hojee el libro en la librería, lo abra y lea su primer cuento de tres caras, y si no le convence ya no compre el libro. Creo que es mejor usar en los libros de relatos el mismo truco que usaban los músicos en los LPs: coloca el mejor tema el primero para que todo el LP se identifique con su fuerza.
Para mí el libro hubiera sido más redondo si el editor o el autor hubieran tomado la decisión de eliminar los tres primeros cuentos, porque me han resultado muy inferiores a los doce restantes. Pero esto no enturbia la sensación final: Billie Ruth es un más que notable libro de relatos, con algunas piezas verdaderamente grandes, entre las que destaco El ladrón de Navidad, Roby, Volvo, Billie Ruth y El Croata, cuentos donde el gran escritor Edmundo Paz Soldán desarrolla de verdad sus dotes como narrador, y me demuestra que además de ser uno de los novelistas más potentes del nuevo panorama de la narrativa hispanoamericana también puede ser considerado uno de los nuevos nombres del relato hispanoamericano.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, por Maximiliano Barrientos


Editorial Periférica. 127 páginas. 1ª edición de 2011.

Yo, que sigo bastante los suplementos culturales de los periódicos (consigo reunir casi cada semana los de El país, El mundo y el ABC) y unos cuantos blogs de reseñas, diría que se ha hablado más en España del libro de relatos Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979), que de Los días más felices de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981). Ambos son amigos y pertenecen a una nueva y prometedora hornada de escritores bolivianos. País del que no llegaba nada de su producción literaria a España hasta que abrió las puertas Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) y nos mostró un panorama más que interesante.

Tenía anotado el nombre de Maximiliano Barrientos, y fue a raíz de colgar la entrada sobre Los días más felices que me apeteció comprar este libro para poder compararlos, para observar qué se está haciendo ahora en Bolivia. Así que salí de casa y me fui andando por la acera de la sombra para evitar el calor de Madrid (Nota: esta entrada está escrita en julio) hasta la Casa del libro de Goya. Como allí no lo tenían (aunque sé que estuvo hace unos meses), me crucé de acera y entré en El Corte Inglés. Estaba el libro de relatos y la novela de Barrientos Hoteles. Además en El Corte Inglés tienen ahora unos sillones y te puedes sentar a leer un rato. El aire acondicionado me convenció. Leí allí el cuento más corto del libro, el segundo, luego lo compré e intrépidamente volví a salir a la calle.

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer está formado por 5 cuentos. El primero, Primeras canciones, es el más extenso y posiblemente el mejor. De hecho, me atrevería a decir que en Primeras canciones ya están sobre la mesa todos los temas sobre los que va a hablar en este libro Barrientos. El comienzo: “Si hubiera una cámara de seguridad en el baño se los vería desnudos. Chicos recién salidos de colegio, él tiene dieciocho y ella diecinueve. Ninguno de los dos sabe que se harán mucho daño” (pág. 11), me ha recordado al comienzo de la novela Bonsái del chileno Alejandro Zambra: Primeras canciones también parece una novela en miniatura (en la que se nos habla de estos dos chicos, y también de un amplio círculo de personas: padres, amigos…) y el narrador también nos va adelantando los sucesos que van a acontecer. Recordemos el comienzo de Bonsái: “Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia”.

El tema principal de este libro de Barrientos es el paso del tiempo, el momento en que uno empieza a entender que está dejando (o ha dejado ya) atrás la juventud; así que más o menos los personajes de estos relatos están pasando de sus 20 años a sus 30, y están empezando a dejar atrás muchos de sus sueños de juventud. Casi todos los personajes de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer han formado parte de una banda de rock o lo han deseado.

Me ha llamado la atención de Primeras canciones cómo el narrador interviene en lo contado; por ejemplo, así presenta al personaje del chico, Saúl Hernández: “Véanlo a los dieciocho años, todavía no conoce a la chica. Véanlo en su cama dormido. Es sábado, no tiene clases, anoche bebió, y cuando despierte irá al baño y se colgará del grifo porque tendrá la garganta incendiada. Sentirá mareos, vomitará a los pies de la cama. Faltan cinco minutos para que eso suceda” (pág. 13).

Y me ha gustado también otro recurso: hacia el final una nota a pie de página nos adelanta varios años la escena contada (los saltos son constantes en el tiempo), y el contraste con la escena que transcurre en la página normal le da al final del relato un logrado toque melancólico.

De los 5 relatos he leído los 3 primeros dos veces, y esto me ha llevado a darme cuenta de que las historias estaban más conectadas de lo que pesaba. Además de los dos últimos, que comparten personajes y la relación es clara, existen otras confluencias: en Primeras canciones los protagonistas toman algo en un bar llamado Irish: “Véanlos tomando un café en el Irish” (pág. 24). En el tercer cuento, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, los protagonistas comparten espacio: “El bar era el Irish” (pág. 63). Lo acabo de buscar en google: el Irish pub existe en la ciudad de Santa Cruz (ver AQUÍ). En esta página existe además un mapa de la ciudad que me ha hecho comprender un localismo del texto que no tenía nada claro: los personajes se mueven del “primer anillo” al “segundo anillo”, y ya veo en google esas carreteras que van recorriendo la ciudad y que por lógica se han de llamar allí anillos.

Así que, como ocurre con Juan José Saer y su Santa Fe, en las historias de Barrientos existe también una unidad de lugar, que sería su ciudad natal, Santa Cruz de la Sierra.
Además diría que la clase social reflejada es la media-alta o alta de la ciudad. Así queda descrita una casa en el primer cuento: “La casa tiene una piscina enorme donde la mayor parte de los invitados terminará la fiesta cuando amanezca. Véanlos ahora mientras bailan. A nadie se le ha muerto la hermana o ninguna novia les ha susurrado que ya no los quiere. Nadie ha tenido que cambiar de ciudad o dejar la universidad. Muchos ni siquiera trabajan, viven en las casas de sus padres, duermen hasta el mediodía, almuerzan con resaca” (pág. 34).
Otra conexión temática (además de retratar a la clase media-alta o alta de Bolivia) con el libro de Hasbún es la de la idea de los personajes de abandonar el país: “¿Vos crees que algún día me vaya de este país de mierda?, preguntó” (pág. 67).

Existe otra extraña conexión entre la primera historia y la cuarta: en Primeras canciones al describir el pub Insomnio, se habla de pasada de un tal Esteban Olivares: “Afuera del bar, apoyado en su Toyota Corolla, está Esteban Olivares. Todavía estudia medicina, es novio de Margot” (pág. 20). En el cuento Los adioses Barrientos propone un interesante recurso narrativo, empieza a abrir notas a pie de página que desdoblan el cuento en dos, haciendo un juego metaficcional: el escritor tiene dudas sobre lo escrito (lo que podría recordarnos de nuevo a Zambra) y el nombre de este escritor que está escribiendo el cuento no es otro que el de Esteban Olivares: “Debería comenzar escribiendo mi nombre. Escribiendo Esteban Olivares está en un cuarto oscuro con la laptop encendida” (pág. 85).

El segundo cuento, Suerte, me parece que repite lo contado en el primero, pero en menos páginas y a una escala compositiva menor. Es un cuento que queda bastante anulado tras haber leído el primero. Sería un buen cuento, en todo caso, si uno lo descubre en una antología sin haber leído antes el otro.

El tercero, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, me gustó más al leerlo por segunda vez, lo que creo que habla a su favor. Quizás me pareció la anécdota un poco exagerada o no acabada de desarrollar: la depresión que sufre la joven Ingrid tras la muerte de su padre.

Me gustaron más los cuentos enlazados Los adioses y Las horas: un hombre tiene una relación con una mujer casada. En Los adioses la perspectiva es la del hombre y en Las horas la de la mujer (unos años después) que decidió quedarse con el marido.

Voy a describir a continuación algunos elementos narrativos que considero que hacen que éste no sea un libro de relatos redondo, que hacen que entre Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y Los días más felices de Hasbún me quede con el segundo:

1) En Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer se repiten con demasiada insistencia las ideas compositivas de un relato a otro –o más bien una idea principal que sería el cambio personal que supone dejar atrás la juventud– que, expresadas de modo genérico, e intercambiables para describir a los personajes de un cuento o de otro, hacen que se conviertan en clichés que tienden a la grandilocuencia:

 Cuento 1, pág. 40: “¿Serías capaz de identificar el momento en el que cambiamos, en el que nos convertimos en esto?”.
Cuento 1, pág. 18: “Editan la vida, la adaptan a sus propias conveniencias, la asemejan a esa que siempre quisieron tener y no pudieron”.
Cuento 2, pág. 48: “Pensé (…) en todo lo que quisimos hacer juntos y no pudimos porque no tuvimos suerte o porque fuimos diferentes o porque simplemente nos faltó paciencia”.
Cuento 3, pág. 62: “Entró en el baño y miró su cara maquillada. ¿Cuánto de eso que vio era lo mismo que veía antes, cuando tenía trece o catorce años? No lo sabía, no podía precisarlo”.
Cuento 4, pág. 88: “Con el tiempo todo será menos importante”.
Cuento 5, pág. 109: “Envejecer, para todos ellos, es ser lo que son, lo que siempre han sido, pero de forma menos intensa”.

2) Había algo que hace 15 años no me gustaba cuando leía la nueva narrativa española representada, por ejemplo, por el Ray Loriga de La pistola de mi hermano o el Benjamín Prado de Raro: los diálogos o las descripciones se asemejaban demasiado a letras de canciones o a guiones de cine pretenciosos y acababan sonando poco naturales. Así se desarrolla un diálogo de Barrientos en la página 96:
“¿En qué película te gustaría vivir?, pregunta Susy.
En Días en el cielo, contesta Sebastián.
Yo quisiera vivir en la cámara de seguridad de una gasolinera, dice Susy.
¿Quisieras volver a vivir algunos fragmentos de tu vida? ¿Quisieras vivirlos nuevamente sin cambiarles siquiera un ápice?”.

3) He tenido la impresión de que algunos cuentos no tenían tanta fuerza como podrían porque Barrientos dibuja una situación (una pareja va a cambiar), la describe de un modo poético, y le falta capacidad anecdótica para hacer avanzar y poder resolver la historia con más intensidad.

Y a pesar de los puntos señalados antes considero que Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer es una muestra notable (con temas por madurar) de la nueva literatura que se está haciendo en un país, hasta no hace mucho desconocido literariamente en España, como es Bolivia. Y su logro principal, saber describir la melancolía del paso de la juventud a la edad adulta, con imágenes sugerentes, no voy a considerarlo menor.
De todos modos, si alguien está interesado, la editorial permite el acceso al último de los cuentos del volumen. Si algún lector de esta reseña no ha leído el libro y quiere juzgar por sí mismo los cuentos de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, puede hacerlo pinchando AQUÍ.

(Nota final: creo que he tardado más tiempo en escribir esta reseña que en leer el libro. Y considero que me ha merecido la pena: yo también escribo relatos y descubrir lo que funciona mejor o peor, reflexionar sobre ello, es una parte fundamental del proceso de aprendizaje y de creación.)

domingo, 22 de julio de 2012

Los días más felices, por Rodrigo Hasbún



Editorial Duomo. 131 páginas. 1ª edición de 2011.

La primera vez que supe de la existencia del escritor Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981) fue en octubre de 2010, al leer en el periódico El País la lista de la revista Granta con los 22 mejores escritores en español menores de 35 años. Había una única persona de Bolivia: Rodrigo Hasbún.

No mucho después una pequeña polémica –en Internet– salpicó su nombre y el del peruano Carlos Yushimito (también en la lista comentada): a los dos los publicaba en España la editorial Duomo, que pertenece al mismo grupo empresarial que la revista Granta.

Considero que los libros de Duomo tienen un diseño atractivo, y cuando en España una nueva editorial –que parece ofrecer literatura de calidad- comienza su andadura me gusta leer algo de ella. Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha recomendado muchas veces este libro de relatos, Los días más felices, pensando que a mí –sabiendo él lo que me suele interesar– me iba a gustar, y más de una vez ha querido prestármelo. Yo lo rechazaba porque mi pila de libros acumulados sin leer nunca deja de aumentar, y porque me gustaría acercarme más a autores clásicos; a Federico le suele interesar mucho saber qué están escribiendo ahora los escritores jóvenes. Además le comentaba que no hacía falta que me prestara el libro, que lo tenían en la biblioteca de Móstoles. Más de una vez lo había hojeado allí, hasta que hace unas semanas me decidí a sacarlo.

De Rodrigo Hasbún se ha hablado en los periódicos de tirada nacional, la revista Granta le ha seleccionado como uno de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años, además su nombre ha vuelto a sonar en Internet, después de eso, unido a una polémica (y todos sabemos que en publicidad se vende de lo que se habla, sea bien o mal), y a pesar de todo esto estoy casi seguro de que, desde que ingresó en la biblioteca de Móstoles como novedad hace un año, soy la primera persona que ha sacado Los días más felices.

Si uno se acerca a un libro titulado Los días más felices, ha de tener claro que va a leer relatos sobre la infelicidad.
Se trata de un conjunto de 12 cuentos, divididos en 3 bloques.

Al leer los 4 cuentos del primer bloque, diría que su temática principal es la incomunicación, o la soledad intrínseca a la que están condenadas las personas en el ámbito de la familia, la amistad o la pareja. Son cuentos tristes, pero de esa tristeza que emociona, que sabe ser poética.

La idea de soledad y de incomunicación se subraya en la mayoría de los cuentos de este libro gracias al uso del siguiente recurso: aunque los cuentos se desarrollan en apenas 8 o 10 páginas, en muchos de ellos se cambia el punto de vista; el narrador se acerca a la visión del mundo de un personaje u otro en cada página, por ejemplo; o bien la narración en primera persona se traslada de un personaje a otro.
Familia, el primer cuento, nos habla de la casi nula relación de un padre con su joven hija –que abandonó el hogar–, relación que sólo se hace efectiva (por parte de ella) para reclamar dinero y no cariño. Y a pesar de esta mala situación familiar esta chica tampoco puede comunicar qué le ocurre a su pareja o a su grupo de amigos.
En el segundo, Calle, concierto, ciudad, unos insistentes “él” y “ella” alternan el punto de vista narrativo de la historia: dos jóvenes podrían encontrarse, pero el azar no lo permite.

En Larga distancia, además del tema de la familia, la soledad, las elecciones que hemos de tomar cuando somos jóvenes, aparece otro de los grandes temas del libro: las personas jóvenes que pueblan Los días más felices –casi todas pertenecientes a la clase media-alta o alta de un país hispanoamericano no citado por su nombre, pero que entendemos que es Bolivia, y de una ciudad tampoco nombrada, pero que suponemos que puede ser Cochabamba– tienen presente la idea de abandonar su país como única posibilidad de futuro. En este cuento un hijo, radicado en Canadá, conversa por teléfono con su padre, radicado en el país hispanoamericano no nombrado, y las medias verdades y los desencuentros dominan su conversación.

La casa grande es quizás el cuento más clásico de este primer bloque: el narrador evoca los días en que su familia regresa al pueblo con la intención de despedirse de la abuela, aquejada de una grave enfermedad. Su dureza y su precisión me han recordado a alguna de las narraciones breves de Rodrigo Rey Rosa.

Quizás la mejor parte del libro sea la segunda, donde los cuatro cuentos están entrelazados y se nos habla de varios momentos en la vida de los compañeros de una clase en un colegio que parece de clase media-alta o alta: cómo es el día a día en el colegio, cómo son los sueños adolescentes (Ladislao, en el cuento que lleva su nombre, quiere ser cineasta); y en el cuento El futuro, el más extenso del conjunto, asistimos al viaje de fin de estudios del grupo. La narración en tercera persona, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, va cediendo su discurso a los distintos jóvenes: su flujo de conciencia nos acerca a sus ambiciones, miedos, frustraciones. Así, el personaje llamado Alicia reflexiona en la página 70 sobre lo siguiente: “Lo que la espera y lo que les espera a ellos, se queda pensando luego, atemorizada. Lo que serán y dejarán de ser, lo que querrán y nunca serán. El futuro que quizá sea un poco cruel y despiadado con algunos”.

En Reunión los antiguos compañeros se vuelven a encontrar unos años más tarde y, como Alicia temía, el futuro ha sido ya un poco cruel y despiadado con algunos.

El fin de la guerra sigue estando relacionado con los 3 relatos anteriores, aunque de un modo débil, y quizás en él Hasbún pierde un poco su voz propia y se deja poseer por la de Roberto Bolaño –como ya ha señalado Alberto Olmos en su crítica sobre este libro para la revista Qué leer. (Ver AQUÍ)–. Como yo en el blog tengo más espacio voy a señalar el cuento de Bolaño que guarda una gran filiación con este de Hasbún: Vagabundo en Francia y Bélgica, del libro Putas asesinas.

Especulo que es en la tercera parte donde Hasbún ha recluido a sus cuentos menos logrados o escritos cuando era más joven; así, el segundo En la selva me parece más titubeante, más inmaduro que los que llevaba leídos; y en el primero, Huida, tal vez se repiten elementos ya desarrollados con más brillantez en cuentos anteriores.

En general la lectura de Los días más felices me ha resultado grata, y pese a algunos altibajos, la mayoría de los cuentos y las páginas de este libro tienen una gran precisión estilística y de propósitos, lo que me hace alegrarme por el futuro de la literatura hispanoamericana. Si Rodrigo Hasbún nació en 1981, y Los días más felices se publicó en 2011, estos cuentos están escritos cuando su autor no tenía aún 30 años. Su solidez y su madurez narrativa me hacen pensar en un autor con un gran porvenir.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Norte, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Mondadori. 282 páginas. 1ª edición de 2011.

Estuve en la presentación que se hizo de este libro en la Casa de América de Madrid hace unos meses. Había asistido allí, medio año antes, a la presentación de Blanco Nocturno de Ricardo Piglia y en esta ocasión acudí a la sala con el libro comprado de casa, ya que quería tenerlo firmado y no estaba seguro de que lo fuesen a vender en la propia Casa de América. Los editores de Anagrama habían habilitado una mesa para vender la novela y mi precaución fue innecesaria. Con esta experiencia en el recuerdo, fui de nuevo en la Casa de América para la presentación de Norte sin haber comprado previamente la novela, pensando que podría hacerlo en el momento. No fue así. Los editores de Mondadori no habían pensado en la posibilidad de vender el libro que iban a presentar.
Por favor, señores de Mondadori tomen ejemplo de los de Anagrama. Aún existimos lectores que vamos a las presentaciones de libros porque nos interesa el autor y queremos comprar y leer el libro.

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) conversó sobre su vida y su novela con Rodrigo Fresán. Este último sacó a relucir su faceta de showman para poner en algún apuro a Edmundo y el acto resultó dinámico y agradable. Al final me pude acercar al autor para que me firmara su primera novela, Río fugitivo, en la edición de Libros del asteroide. Una semana después compré Norte (en realidad cambié el regalo que me habían hecho de un libro poco acertado por éste) en El Corte Inglés. Lo he leído la semana pasada sin la firma del autor.

Me interesaba Norte porque había leído en Internet que se trataba de la novela más ambiciosa de Paz Soldán, y este autor me había causado muy buena impresión con Río Fugitivo (ver AQUÍ), su novela de 1998.

Podríamos decir, en una primera aproximación, que Norte está compuesto por tres novelas cortas, unidas por el territorio físico en el que se desarrollan y por la procedencia de los personajes que trata, y que en algunos momentos, estas personas llegan a convergen.

La trama primeramente nos traslada a un pueblo del norte de México, Villa Ahumada, en 1984, y nos presenta a Jesús, un adolescente de 15 años, enclenque y cargado de odio. Pocas páginas después, quien se acabará convirtiendo en uno de los asesinos en serie más buscados de los Estados Unidos, comete su primer asesinato.
En el siguiente capítulo, nos encontramos al sur de Estados Unidos, en Texas (Landslide, 2008), y conocemos a Michelle, una ex estudiante de literatura, cuya familia es de origen boliviano, y que está enamorada del que fue su profesor argentino, Fabián.
El tercer capítulo nos hace retroceder hasta 1931, y nos acerca a Martín Ramírez en Stockton (California), un emigrante mexicano que trabaja en el ferrocarril y que, al perder la cordura, acabará en una institución mental; donde, desde su hermetismo, se dedicará a pintar unos cuadros que con el tiempo acabarán en algunos de los museos más importantes del mundo.

Tanto el personaje de Jesús como el de Martín Ramírez están basados en personas reales. Jesús en el asesino en serie conocido en Estados Unidos con el apelativo The Railroad Killer, por su afición a atacar a personas cerca de las estaciones de tren; y Martín Ramírez aparece en la novela con su nombre original (en Internet se pueden encontrar reproducciones de sus cuadros).
Michelle sí es un personaje inventado y si está basado en alguien real no lo es, al menos, en una persona pública. De las tres historias ésta es la única narrada en primera persona, imagino que al ser un personaje de origen boliviano, como el propio autor, Paz Soldán se sentía más seguro al crear la voz narrativa para ella.

Los capítulos no se van dando paso de forma mecánica en ternas de tres, sino que, tras la presentación de las historias, la que acaba ocupando más espacio y relevancia en la novela es la de Jesús y sus crímenes. Y la de Martín Ramírez es la que se narra en un menor número de páginas.

El tema de la frontera, su concepción física y mental, es fundamental para la construcción del libro. Así se habla de emigrantes de los años 30, cuando la frontera al norte era fácil de pasar; de inmigrantes en Estados Unidos de primera o segunda generación; del incremento gradual de vigilancia en la frontera para evitar su permeabilidad; de norteamericanos de origen hispano, pero cuyos antepasados ya ocupaban el territorio del sur de los Estados Unidos desde antes de que este país se anexionara parte del territorio mexicano.

Empecé a disfrutar realmente de Norte pasadas unas 50 páginas, porque hasta aquí lo leído me estaba resultando territorio trillado: un asesino en serio que mata porque oye voces; un pintor genial y loco, que piensa que los demás desaparecen si él cierra los ojos; y una estudiante de literatura que se enamora de un profesor brillante, pero que empieza a desquiciarse.

Una vez superado el nivel de la introducción de las historias, la que me resulta más floja es la correspondiente al pintor Martín Ramírez. La representación ficcional que hace Paz Soldán de su locura, su mutismo y su posible capacidad para aislarse de los demás, sobre todo al principio, me ha parecido que se exponía de una forma repetitiva. En todo caso, como la novela, esa historia adquiere más fluidez en su segunda mitad.

La historia del psicópata Jesús empieza a adquirir ritmo según le acompañamos al norte, atravesando los agujeros de una frontera que parece conocer a la perfección; y, sobre todo, al entrar en escena, actuando como contrapunto, el sargento Fernandez, de la policía tejana. Un representante del orden norteamericano de origen mexicano, que en más de una ocasión se apiada de los inmigrantes latinos y no los detiene. Fernandez intentará comprender a Jesús, las motivaciones para sus actos…
En el juego presentado entre Jesús y Fernandez, Norte me ha recordado a No es país para viejos de Cormac McCarthy. El propio Paz Soldán habló de McCarthy, en la presentación, como de un autor al que admira.
Y si comparamos Río Fugitivo con Norte, vemos que el estilo de Paz Soldán ha evolucionado desde un lenguaje exuberante, más al estilo hispanoamericano de, por ejemplo, Vargas Llosa o García Márquez (de este último se hablaba en aquella novela, por otro lado, sin mucho amor), hacia la sequedad fría de un norteamericano como Cormac McCarthy. También el empleo de las elipsis narrativas de Norte me ha recordado al de McCarthy en No es país para viejos.

Un hecho interesante que une a las tres historias, y del que me gustaría hablar, es la presencia de la locura, que Paz Soldán parece identificar con la locura creativa. Todos los personajes principales de este libro se acercan a la página en blanco: Jesús escribiendo unos cuadernos delirantes, plagados de faltas de ortografía, y en los que aboga por la destrucción mundial; Ramírez pintará en cualquier superficie que le suministren; Michelle intenta escribir y dibujar un cómic, y Fabián trata de crear una teoría global de la literatura hispanoamericana, pero, cada vez más, se sumerge en la locura de la droga.
La historia de Michelle es la que más postmoderna de todas, ya que las referencias pop -grupos de música, marcas comerciales...- son continuas. La versión Zombi que escribe sobre el cuento de Juan Rulfo Luvina me ha parecido uno de los momentos más brillantes de Norte.

Ya he dicho que el lenguaje de Paz Soldán se ha vuelto seco y preciso (de una sequedad espeluznante al describir los crímenes de Jesús), pero me gustaría destacar el gran trabajo realizado al intentar captar un español fronterizo, con construcciones mexicanas y términos adaptados del inglés, en muchos casos trascripciones fonéticas al español.

Como reflexión final diré que he leído Norte con un interés creciente, tras superar dudas iniciales; y que después de señalar algunas de las debilidades de este libro, su construcción y su ritmo me han parecido notables. Pero la verdad es que disfruté más de Río Fugitivo, y creo que esto es por un motivo claro: en Río Fugitivo Paz Soldán nos acerca a una realidad, la suya que, al menos para mí, era desconocida; la de la Bolivia de los años 80. Un país del que no conocía a ningún escritor para que levantara ante mí su mundo ficcional como interpretación del real. Fue muy interesante poder acercarme a la clase media-alta de la ciudad de Cochabamba y percatarme de que, tras los problemas sociales, raciales, o de cualquier tipo de localismo, las inquietudes de un adolescente, con aspiraciones a escritor, eran las mismas que las de cualquier adolescente del mundo. Y quizás esta sea una de las bazas más importantes de la literatura, la posibilidad de encontrar lo que nos une a los demás sobre el lecho de las diferencias geográficas, culturales o temporales. Y este territorio propio, sobre una base local, había sido conquistado por Paz Soldán en Río Fugitivo.
En cambio, en Norte Paz Soldán se acerca a un territorio que debe conquistar no desde la experiencia propia sino desde la del lector (biografía de Martín Ramírez o de the Railroad Killer) y recreando un lenguaje, el chicano, que no es propiamente el suyo. Y aquí el mérito de la conquista es más grande, pero también la posibilidad de no levantar el vuelo hasta las cotas que uno espera de un buen escritor como es Edmundo Paz Soldán.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Río Fugitivo, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Libros del Asteroide. 354 páginas. 1ª edición de 1998, ésta (revisada) de 2008.


La primera vez que me fijé en el nombre de Edmundo Paz Soldán fue leyendo la contraportada del libro Niñas y detectives de la boliviana Giovanna Rivero, escrita por él. Busqué en Internet y averigüé que Paz Soldán, al igual que Rivero, es un escritor boliviano, que además, pese a haber nacido en 1967, tiene ya una sólida obra en su haber, y que en España está casi toda publicada por Alfaguara.

El tiempo narrativo de Río Fugitivo nos lleva a 1984, cuando tanto el narrador, Roberto Moreno, como el autor, Edmundo Paz Soldán, tienen 17 años; y la acción se sitúa en la ciudad boliviana de Cochabamba, de donde también es Paz Soldán.
“En aquellos días ya lejanos –pero todavía recuperables para mi memoria-“, así empieza este libro evocado, como nos percataremos en las páginas del epílogo, desde una distancia de 13 años, cuando el narrador ha alcanzado ya los 30.
Roberto nos habla de su último año en el colegio Don Bosco, donde acuden los hijos de la clase alta de Cochabamba, y el mismo narrador admite su deuda con Mario Vargas Llosa y La ciudad y los perros en la página 26 de la novela: “Serás nuestro Vargas Llosa, me decía, y yo encantado, Vargas Llosa era mi modelo, quería –quiero- escribir de Bolivia como él escribe del Perú y de paso que todo el mundo me lea”.

La novela comienza con la vuelta al colegio Don Bosco tras las vacaciones de verano. En el patio se reencuentran los compañeros con su realidad clausura durante 3 meses. Roberto está ansioso por oír las historias que sabe que le van a contar sus amigos, ya que se trata de alguien que cataloga a las personas que le rodean según su versatilidad como narradores.

La novela, en sus partes más cómicas, además de La ciudad y los perros, también podría entroncar con las evocaciones melancólicas y divertidas que hace en sus libros el también peruano Alfredo Bryce Echenique; estoy hablando principalmente de No me esperen en abril o Un mundo para Julius. Aunque en la novela de Paz Soldán nos olvidamos pronto que, como se anunció en su primera línea, se trata de una evocación, porque todos los avatares de ese último curso en el Don Bosco se describen desde una gran cercanía narrativa. De hecho, ni siquiera una grave desgracia familiar, con la que nos topamos en la página 194, enturbia ni cubre de significados diferentes la descripción de las semanas previas al suceso terrible, que en realidad es el que está marcando la novela y la necesidad de volver a aquel pasado.

Los capítulos se desarrollan siguiendo una forma compositiva similar en casi todos: se narra un suceso presente para Roberto (su primera persona mediatiza la novela), por ejemplo, una caminada junto al río, y entre los huecos de ese paseo se evocan acontecimientos acaecidos durante los últimos días.

Dentro del modelo que La ciudad y los perros supone para este libro, Roberto también escribe textos que vende a sus compañeros, cartas o poemas de amor, relatos eróticos, que en la mayoría de los casos son plagios de obras conocidas.

Roberto consigue levantar el recuerdo de sus compañeros de curso y profesores, perfilando a una concurrida multitud de vívidos personajes secundarios, además de describirnos con minuciosidad a sus familiares y vecinos. También se dibuja como telón de fondo la crisis económica que vivía el país en la década de los 80 bajo el gobierno democrático del presidente Siles, con continúas huelgas, movilizaciones e hiperinflación del 200% al mes.
Dentro de un contexto de desigualdades sociales, de deterioro mediambiental, de familias disfuncionales, Roberto sueña con perfilar por escrito el crimen perfecto. Para ello ha creado un alter ego llamado Mario Martínez, personaje de sus cuentos, eficaz detective que trata de devolver el orden que lleva el crimen a la ciudad idealizada de Río Fugitivo.

Cuando en la página 194, el crimen o la muerte accidental irrumpen en el relato, Roberto se verá tentado de buscar a su Watson y convertirse en Sherlock Holmes. Su investigación particular le llevará a descubrir que la realidad no es como él hubiera querido que fuera en Río Fugitivo, que “la realidad siempre sorprendía” (pág. 314), y que el mundo además de estar lleno de narradores interesantes también lo está de “narradores peligrosos” (pág. 354).

Otro de los recursos narrativos de los que más se vale Paz Soldán en esta obra es del discurso digresivo. Roberto, mientras la trama novelística avanza, reflexiona continuamente sobre todo: la personalidad de cuantos le rodean, la fuerza de la herencia genética, la realidad de su país, la literatura… creando una gran novela-río en la que cabe casi todo, desde el lugar común adolescente a emotivas palabras sobre la familia, los amigos, el paso del tiempo…
Me ha sorprendido comprobar que ésta no es la primera novela de Paz Soldán, porque contiene casi todas las características de una primera novela: las ganas ansiosas de levantar un mundo complejo (muy cercano al propio) en el que poder hablar sobre todo lo imaginable.

Reflexiono sobre mis últimas tendencias lectoras: leer novelas cortas y libros de relatos. Y me cuestiono esto porque los personajes de Río Fugitivo me han acompañado durante unos 10 días, alzando para mí, cada vez que tomaba el libro, en un autobús, un aula, una cafetería, el sofá de mi casa… el mundo de una desconocida Cochabamba en los años 80, donde los sueños, los miedos y los descubrimientos de un adolescente son como en cualquier otra parte del mundo, como los de cada uno, misteriosos y únicos.
He sentido pena al acercarme a las páginas finales del libro, y éste es uno de los mejores elogios que se me ocurren.