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domingo, 22 de febrero de 2026

Polvo, sudor y hierro, por Félix Núñez Caballero


 Polvo, sudor y hierro, de Félix Núñez Caballero

Editorial Amazon. 166 páginas. 1ª edición de 2025

 

Félix Núñez Caballero (Madrid, 1977) es mi amigo, pero no un amigo al que haya conocido en el mundo de los libros, sino un amigo al que conocí en la Carlos III de Madrid, en 1995, cuando ambos comenzábamos estudios de ADE. Su primer recuerdo de mí es verme leyendo La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez, en la última fila de nuestra primera clase. Mi primer recuerdo de él es mirarme, con cara extrañada, leyendo La hojarasca. Félix siempre ha sido un gran lector. Desde hace unos años, también ha empezado a escribir. Por ahora, sus textos no han sido de ficción, sino artículos y pequeños ensayos históricos. Ha publicado un libro sobre el pueblo de sus padres, Mestanza, en Ciudad Real.

 

Polvo, sudor y hierro es la crónica de un viaje en bicicleta por Castilla, siguiendo –durante una semana– la ruta que siguió el Cid Campeador en su destierro de Castilla por el rey Alfonso VI. «Pues resulta que ese “ser tan extraño” sería yo, justo a punto de emprender un viaje en bici por la geografía del Cantar de mio Cid, por los lugares que atravesó Ruy Díaz en su destierro desde Vivar –su pueblo natal– hasta Atienza, en la frontera de los territorios musulmanes.», escribe Félix en un apunte metaliterario de la página 12. Durante el libro van a aparecer citas del Cantar de mio Cid, tomadas de la versión modernizada de Alberto Montaner. El Cantar de mio Cid, nos explicará Félix en su libro, se compuso sobre el año 1200, pero la copia que se conserva es del siglo XIV. Estas citas serán contrastadas con la realidad a la que el narrador se enfrenta en el siglo XXI, atravesando el mismo paisaje. El título del libro está tomado de unos versos de un poema de Manuel Machado:

 

            «El ciego sol, la sed y la fatiga.

            Por la terrible estepa castellana,

            Al destierro con doce de los suyos

            –polvo, sudor y hierro– el cid cabalga

 

Félix realiza su viaje en mayo, cuando los campos aún están verdes y puede evitar los rigores del verano. El tiempo narrativo del texto debe ser 2022 o 2023, ya que se habla de la guerra en Ucrania como de un suceso reciente. Polvo, sudor y hierro nos propone, como ya he apuntado, la crónica de una semana de viaje, deteniéndose, sobre todo, en iglesias o conventos, que son descritos con rigor histórico y con un vocabulario, acerca de sus detalles arquitectónicos, preciso, propio de un aficionado al arte con lecturas. Félix también nos mostrará las conversaciones con las personas con las que se encuentre en su camino; prestando atención también a la naturaleza y los aperos propios del campo. Aunque sé que Félix Núñez es un gran admirador de Miguel Delibes, me ha sorprendido el gran control que tiene sobre un vocabulario, propio del campo y de la vida religiosa, que se encuentra posiblemente, en algunos casos, en peligro de extinción: «Cendales», «motilones», «aceifas»... También se describen con precisión pájaros, árboles y plantas. El texto se enriquece además con breves notas históricas sobre los lugares descritos, o sobre personajes, como Juan Martín, «el Empecinado» de la guerra de independencia contra los franceses.

El lenguaje de Polvo, sudor y hierro es cuidado, con el uso de alguna metáfora o contraste de palabras interesante: «Quizás Vivar sea la única aldea del mundo con una avenida» (página 13), «Delgado como un maratoniano etíope» (pág. 59). Solo recuerdo haber encontrado una errata en el libro, y ya se la he comunicado al autor para que la pueda corregir.

 

Sin embargo, también me gustaría comentar algunas debilidades del lenguaje, en las que cae Félix como escritor primerizo. En algunas ocasiones hace uso de clichés evitables como «con los deberes hechos» (pág. 20), «me pongo manos a la obra» (pág. 76).

Creo que en un texto con aspiraciones literarias, el narrador debería evitar mostrar un entusiasmo que aspira a confraternizar con el lector. Me han chirriado, en más de un caso, el uso de frases y expresiones entre signos de admiración. Esto hace que el texto se vuelva algo ingenuo; en la página 123 leemos: «Me queda un rato holgazaneando, leyendo las noticias en el móvil. ¡Qué gran placer leer en la cama!» Y también, por ejemplo, en la página 28, el narrador entra en una librería de Burgos, y escribe: «Camino sobre el suelo ajedrezado, doy vueltas y más vueltas alrededor de la gran mesa central repleta de novedades. ¡Cuántos libros! Y pensar que dentro de cien años nadie se acordará de ellos, que ninguno llegará a ser eso que llaman un “clásico”.» Además de ese entusiasmo hacia una realidad obvia (que en una librería haya libros), creo que la reflexión final, que en gran medida es un lugar común, no ayuda a que el párrafo levante el vuelo. Otra de las objeciones que le puedo hacer al texto es la de mostrar reflexiones sobre lugares comunes, que en gran medida tienen que ver con el paso del tiempo, la muerte y la irrelevancia de la mayoría de las vidas. Y, como suele ser habitual en la literatura, el libro gana altura cuando se describen vivencias más personajes. En este sentido, me ha gustado la descripción que se hace de un día de alojamiento en el monasterio de Cardeña, y del encuentro con monjes y con las otras personas alojadas allí. En esta individualización de vivencias el lector encontrará más verdad literaria que en las reflexiones que pueden acabar siendo lugares comunes. Un interés especial me ha causado conocer la historia del espía nazi Reinhard Spitzy, que vivió oculto en una de las torres del convento de Cardeña al terminar la Segunda Guerra Mundial, que parece una historia del Roberto Bolaño de La literatura nazi en América. Además, Félix ha incluido una fotografía de este espía nazi en el libro. No lo he dicho todavía, pero en el libro hay más de una fotografía, algunas tomadas por el propio autor y otras, como en el caso del nazi, sacadas de algún libro de historia.

También me han gustado las historias sobre Covarrubias, pueblo que conozco de primera mano, ya que es el pueblo de los padres de otro amigo. Historias de Covarrubias que tienen que ver, en gran medida, con el tema de que en los alrededores del pueblo se rodó la película El bueno, el feo y el malo (1966) de Sergio Leone, y el inusual hecho de que en el municipio está enterrada una princesa noruega.

 

Félix decidió autopublicar su libro en Amazon, para lo que tuvo que hacer él mismo la maquetación y el diseño. Lo cierto es que ha quedado bien, y quizás debería aprender de mi amigo y autopublicar alguno de mis libros por mi cuenta, para probar qué tal me va decidiendo yo sobre los precios y sobre si el libro debe tener o no versión ebook, y llevar la promoción con mi canal de YouTube o mis redes sociales.

Polvo, sudor y hierro tiene 166 páginas, con una letra y paginado generosos. Lo he leído en poco tiempo. Ha sido agradable acompañar a mi amigo en su viaje histórico, cultural, de naturaleza y gastronómico. Lo que más me ha llamado la atención es que este viaje por Castilla lo estaba percibiendo como si me estuviera hablando de un lugar exótico, y me han dado ganas de visitar los lugares propuesto. Imagino que esto es el objetivo que debe conseguir un libro de viajes.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Tardes tontas con la chica que te gusta, por Alberto Olmos


 Tardes tontas con la chica que te gusta, de Alberto Olmos

Editorial Círculo de Tiza. 281 páginas. 1ª edición de 2025

 

Ya he comentado más de una vez que conozco a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que quedo en algunas ocasiones con él. Nos conocemos en persona desde la época de los blogs, y yo le había leído a finales del siglo XX, cuando quedó finalista del Premio Herralde con A bordo del naufragio en 1998. Desde entonces, he leído casi todos sus libros, aunque es cierto que aún tengo pendiente su anterior recopilación de artículos en la editorial Círculo de Tiza, Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad (2020), detalle que tiene que ver con mi desbarajuste de lecturas. Como este último libro lo compré, tiene menos prioridad en mi mente leerlo que los que solicito a las editoriales. En este caso, Tardes tontas con la chica que te gusta (2025) me lo regaló Olmos en mano y esto ha hecho que su lectura cobrara prioridad ante el otro.

 

Tardes tontas con la chica que te gusta es una recopilación de artículos aparecidos sobre todo en El Confidencial, The Objetive y Zenda, más alguno inédito. De hecho, recordaba más de un texto de haberlo leído en internet cuando apareció.

 

El libro está dividido en cuatro secciones: Los cuerpos, El amor, Los hijos y El divorcio. Olmos ha agrupado los artículos por temáticas y, como veremos, el conjunto resulta bastante coherente.

 

El libro empieza con un artículo titulado Cuando nos gustaban las chicas, que actúa como un prólogo al libro, ya que no está incluido en ninguna de las secciones que he nombrado antes. Olmos habla en él de los años noventa, cuando en las películas y en la conciencia colectiva se pensaba que los chicos tenían que ligar con las chicas siendo divertidos e ingeniosos al hablar con ellas. En este texto, ya podemos apreciar un recurso que Olmos usará en muchos otros: invertir el orden lógico de un razonamiento. Así escribe: «Hablar mucho para ligar podía significar lo contrario: que se ligaba para hablar mucho, por oírse la inteligencia y el humor, por hacer la conversación y no el amor». (pág. 18)

 

En el primer artículo de Los cuerpos revivimos los días de la pandemia, y Olmos reflexiona sobre la belleza y la fealdad de los rostros, y del deseo de ocultarlos tras las mascarillas. Todos los artículos de este libro –como en gran medida requiere el género– están muy apegados a realidades históricas muy concreta, pero también contienen reflexiones sobre la vida que consiguen ser universales.

A partir del quinto tatuaje, es grave es un texto que ya había leído y lo recordaba porque me resultó muy divertido. El humor y el derroche de ingenio van a ser otros de los rasgos característicos de estos artículos. Así leeremos: «Como Javier Marías no puede pronunciarse, lo haré yo: me molestan los tatuajes», evocando una época en la que Marías parecían pontificar de todo desde su sección del El País.

 

Usando ese recurso que comentaba antes de dar la vuelta a la lógica de dos premisas, en la página 30 leemos: «La erótica del poder ha cambiado, en el sentido de que antes era erótico cualquiera que tuviera poder, y ahora solo puede tener poder alguien que sea erótico». En este artículo, titulado La dictadura de los guapos, hace una reflexión sobre lo que le llama la atención el hecho de que cada vez los políticos son más guapos, y me ha parecido bastante agudo.

 

No sabía quién era la modelo Emily Ratajkowski hasta que no leí sobre ella en un artículo de Olmos titulado No hay nada tan agradable como que alguien te quiera follar, y en él, con gran derroche de ironía, nos va a comentar un libro que ha publicado esta autora y que se titula precisamente El cuerpo, como esta sección. En este libro Ratajkowski se queja de los problemas que conlleva ser guapa y deseada, pero Olmos reflexiona sobre la idea de que la modelo no consigue darse cuenta de qué ha hecho ella a otras mujeres: «La vida de Ratajkowski consiste en promover la devastadora idea de que no tiene sentido existir siendo mujer si no estás buena y eres millonaria». (pág. 34)

 

En El porno para mujeres era Pedro Sánchez, Olmos nos va a hablar de una cuenta de Twitter, dirigida por una mujer, que cobra por alabar la belleza del presidente, cuando, en otro artículo nos ha dicho, por ejemplo, que el piropo está más perseguido que el insulto, en el caso que este sea de hombre a mujer, aunque sí parece permitido de mujer a hombre. Debería decir desde ya que muchas de las reflexiones de Olmos van en la línea de criticar algunas políticas que tienen que ver con lo que él considera «excesos del feminismo actual», y esto puede resultar algo retrógrado para algunos lectores. En la página 112 Olmos escribe: «La ideología de su autora diría que es la mía: el sentido común». Sin embargo, es cierto que, desde la sutileza y sin ser simple o zafio en ningún momento, sus capones políticos siempre señalan en una misma dirección y se olvidan de la otra, que podría ser también criticable. Sus palabras, en cualquier caso, siempre son interesantes e invitan a la reflexión.

 

Algunas de las ideas que vierte Olmos en los artículos de El amor confluyen con las expresadas en su ensayo Tía buena, como cuando habla de las novias de los futbolistas, o sobre cómo funciona Instagram. Es divertido el artículo en el que critica el poliamor y se titula significativamente El poliamor está bien, pero es mejor el divorcio.

Algunos de los artículos de este libro, además de divertidos también consiguen ser tristes, como el titulado Solteronas, en el que Olmos reflexiona sobre la idea, con la que no está de acuerdo, de que el feminismo invite a las mujeres a vivir y envejecer solas. «Pienso que hay que ser bastante grosero para recomendarle a la gente la soledad». (pág. 133)

También Olmos, gran lector de mujeres, va a hacer comentarios como este: «La poesía española muestra desde hace unas décadas una relación preocupante con las mujeres. Se las publica mucho mientras son jóvenes y, cuando superan los 30 años, desaparecen». (pág. 134)

 

En las dos últimas secciones del libro, Olmos adquiere un tono más intimista. Así, en la tercera parte, titulada Los hijos, el primer artículo, Tener hijos es franquista, tiene este comienzo: «Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuesta dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial». (pág. 147).

El artículo titulado Elsa Pataky prefirió fregar los platos, en el que se habla de los supuestos renuncios de la actriz española a favor de su marido, es muy divertido. Sin embargo, en esta sección abundan más los detalles vitales costumbristas, como, por ejemplo, la forma en que los padres se van haciendo amigos de otros padres, según cambian las amistades de sus hijos. El artículo El peliculón que los padres se merecían empieza así: «No tener hijos es una ventaja para entregarse a preocupaciones sin importancia. Cada vez que alguien se muestra muy agitado en las redes, y le va la vida en una pequeña polémica cultural o política, deduzco instantáneamente que no tiene hijos pequeños». (pág. 173).

 

Aunque los artículos, como ya he apuntado, me parecen en general agudos e inteligentes, me ha parecido detectar una trampa en uno titulado Gestación subrogada, ¿dónde está el debate?, ya que aquí, mostrándose Olmos en contra de esta práctica, parece indicar que las personas que contratan a una mujer, para que pase su embarazo, al final del proceso le arrebatarán su hijo, cuando técnicamente los óvulos y el esperma pertenecen a la pareja original y el hijo, por tanto, no pertenece biológicamente a la persona embarazada. Más sutil me parece el artículo que habla de los transexuales.

 

Considero que la cuarta parte –El divorcio– es la más divertida, aunque en apariencia pueda parecer la más triste. Son muy divertidas las apreciaciones sobre las aplicaciones de ligue como Tinder, «la crueldad indolora de la tecnología» (pág. 230).

El artículo Cosas que los pobres deberían saber es verdaderamente talentoso. Es un artículo que ya había leído y con el que ganó el primer Premio David Gistau de Periodismo de Opinión.

También es muy divertido el artículo en el que habla de las crisis de masculinidad de los hombres de sesenta años. «Las mujeres no dan estos espectáculos grotescos, ni siquiera siendo diputadas». (pág. 272)

 

En una nota final, Olmos afirmará que este libro «no ha sido escrito sino por casualidad». Lo cierto es que, gracias a su ordenación temática, Tardes tontas con la chica que te gusta acaba siendo un libro bastante coherente. Es un libro, como ya he apuntado, melancólico, pero también agudo y divertido, un libro que interesará a todos aquellos lectores que quieran pasar un buen rato reflexionando sobre algunas de las contradicciones de la vida moderna.

 

domingo, 10 de agosto de 2025

Oslo, por Javier Cánaves


 Oslo, de Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 222 páginas. 1ª edición de 2023

 

Ya he contado alguna vez que Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es mi amigo (aunque es verdad que hace tiempo que no nos vemos en persona) y que de él he leído casi toda su obra publicada, más otra parte aún inédita. De este modo, cuando hace ya más de un año me envió Oslo (Baile del Sol, 2023), me encontré con una cita mía recomendándolo desde la solapa. «Una narración que consigue arrastrar al lector al mundo onírico que plantea, repleto de imágenes metafóricas muy potentes, inquietante al más puro estilo Levrero o novela corta de Elvio Gandolfo». Años antes, había leído Oslo en forma de manuscrito, y estas palabras formaban parte de un correo electrónico en el que le comentaba a Cánaves mis impresiones sobre el libro. Creo que he tardado en acercarme a Oslo porque tenía la sensación de que iba a leer un libro que ya conocía; sin embargo, Cánaves me comentó que a la novela corta original que era Olso, en esta edición de Baile del Sol (editorial en la que somos compañeros, porque yo he publicado con ellos cinco libros), le había añadido otras dos novelas cortas o relatos, las tituladas La hipótesis descabellada y Los inasibles.

 

Oslo comienza con un capítulo en letra bastardilla. En él, un hombre innominado se despierta sin saber, en principio, dónde está. Estos capítulos en bastardilla nos van a llevar a la vida del protagonista en un mundo cotidiano, previo a su «ingreso» en el mundo onírico de Oslo. En el segundo capítulo, el protagonista se encuentra en el aeropuerto de Oslo, pero no se trata de un aeropuerto habitual, pues las personas han desaparecido del escenario, dejando desperdigadas maletas, carros portaequipajes, coches a la salida, etc. El hombre empieza a caminar hacia una ciudad, que gracias a un cartel sabrá que es Oslo; pero no parece, en realidad, ser la Oslo que un viajero normal puede conocer, sino una Olso alterada, una Oslo que parece habitar en las brumas de un mal sueño. Sabremos que nuestro personaje, que ha perdido la memoria, se llama Sam, y que en el pasado fue escritor. Sam se irá encontrando, en el Oslo vacío, con algunos otros personajes, un mendigo, que actúa como demiurgo, y le advierte de que no se deje atrapar. Poco después, aparecerá un extraño desconocido que empezará a perseguirle y Sam sabrá que lo único que puede o debe hacer es huir de él. «Oslo puede ser vista como un trasunto de la vida sobre la Tierra», le dirá el mendigo a Sam en la página 28, dándole, a su vez, una pista al lector sobre la propuesta narrativa ante la que se encuentra.

En Oslo, Sam parece sentir la necesidad de beber alcohol, pero no de comer; y todo esto tiene lugar mientras las calles y los edificios de la ciudad van cambiando de forma.

Además del mendigo y el perseguidor, Sam acabará encontrándose con otras personas en Oslo; algunas incluso que surgen de su pasado, como una antigua novia. Todas estas personas le contarán alguna historia significativa sobre su vida. Quizás de esta forma Sam, que fue escritor de tres novelas, que lleva tiempo sin escribir, y que ha vuelto a escribir en Oslo, pueda dilucidar algún tema significativo sobre sí mismo.

 

Oslo es una novela corta inquietante, con esas reminiscencias de Mario Levrero o Elvio Gandolfo que comenté en mi correo inicial a Cánaves; quizás no me acaba de convencer la parte en la que Sam tiene que enfrentarse al fantasma de sus relaciones sentimentales pasadas, que me recuerda a uno de los tics más repetidos en la narrativa de Cánaves, y que se ha ido reproduciendo de una obra a otra, la de las relaciones fallidas, que, quizás, en este caso, acaba restando tensión narrativa a la historia.

 

Oslo, con sus 102 páginas, es la narración más extensa de este libro. En la página 113 empieza La hipótesis descabellada, que tiene unas 80 páginas. El protagonista de esta segunda historia es Lucas, que es escritor y guionista, aunque últimamente su economía no se encuentra bien saneada. Además ha roto con su pareja, una actriz a la que le han empezado a ir las cosas mucho mejor que a él. La muerte de su abuelo hace que Lucas pueda mudarse a su casa, propiedad ahora de sus padres. La casa del abuelo está en el campo, en una región apartada, un lugar que le parece estupendo para poder concentrarse y volver a crear. En la primera página de esta historia, Lucas va a recibir la visita de un viejo que pregunta por su abuelo. Pronto comprenderemos que esta visita va a suponer algún tipo de amenaza para Lucas. Este encontrará un cuaderno en un cajón con extrañas anotaciones, hogueras en el bosque cercano, visitas o invocaciones de seres desconocidos… un asunto secreto que el abuelo de Lucas parecía mantener con el viejo que viene a buscarle, aunque ya Lucas le ha contado que ha fallecido. La hipótesis descabellada es una novela de terror psicológico, que no acaba de ser una serie B porque Cánaves se contiene y prefiere sugerir a mostrar. De nuevo nos encontramos aquí con un escritor en crisis, que mira hacia el fracaso de su última relación y que se siente perseguido por algo que podríamos llamar «realidades indefinidas». El narrador nos contará que Lucas fue un lector adolescente de Philip K. Dick, y quizás esta sea la pista definitiva de la intencionalidad de Cánaves con esta narración.

 

Los inasibles tiene unas 30 páginas, divididas en dos partes. La primera parece abiertamente una historia de ciencia ficción en la que unos seres inasibles como sombras parecen situarse detrás de las personas y observarlas. En la segunda parte comprenderemos que es posible que la primera narración sea, en realidad, la de un loco. También aquí hay un escritor, una relación posiblemente fallida y un perseguidor.

Diría que la primera parte de este relato, de unas 13 páginas, titulada La llegada, me han parecido lo más brillante del conjunto, unas páginas llenas de tensión narrativa. En algún lugar leí que la propuesta de un relato de terror se sostiene mejor en un relato corto que en una novela, y aquí se cumple esa premisa.

 

Olso, como ya lo había leído, no me ha sorprendido como las dos narraciones nuevas (para mí) que contiene este libro, La hipótesis descabellada y Los inasibles. Sin querer desmerecer a Olso (una trilogía curiosa sobre el extrañamiento y la paranoica idea de la persecución), diría que Mi Berghof particular –publicada también en Baile del Sol en 2019– y Taller de escritura –publicara por Calambur en 2021– me gustaron más que este nuevo libro. Me ha llegado a casa El cuento de Alma, el último libro de Cánaves, publicado por Edixions Xandri. Ya os contaré qué tal.

 

 

domingo, 20 de abril de 2025

La vida suspendida, de Eduardo Laporte

 


La vida suspendida, de Eduardo Laporte

Editorial Sr. Scott. 161 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es mi amigo. Había leído hasta ahora cuatro de sus libros: La tabla (2015), Diarios 2025-2016 (2017), Tiempo ordinario (2021) y Navarra-Madrid (2024). En enero de 2025 se ha publicado su último libro, La vida suspendida, en la nueva editorial Sr. Scott. Como suele ser habitual, Laporte me incluyó en la lista de la editorial para el envío de ejemplares de prensa; aunque cometió un pequeño error: envió el libro a mi antigua dirección y esto hizo que me tuviera que acercar a la casa en la que viví hasta 2022 para rescatarlo.

 

La vida suspendida empieza con un prólogo del propio Laporte, escrito ya próximo a la publicación del libro, y con más de un año de diferencia respecto a la finalización del texto principal. En este prólogo, Laporte, después de conversar con su nuevo editor en Sr. Scott, Alberto Beceiro, nos expone la idea de «publicar a su pesar». Es un concepto que me interesa, porque alguna vez yo también he sentido ese pudor que parece experimentar Laporte ante la idea de que los demás vayan a leer su texto. «Lo publicaría, por tanto, a mi pesar, porque ya estaba escrito y porque me cansaba de acumular manuscritos en el cajón.» En este prólogo, quizás a modo de advertencia, el autor le adelanta al lector que su obra trata sobre una IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo). Adentrarse en sus páginas –unas páginas en gran medida dolorosas y conflictivas– va a ser, por tanto, un acto que dependerá de la responsabilidad del lector.

 

Todos los libros que he leído de Laporte –así como el resto de los que tiene publicados– están escritos desde el «yo»; o bien son diarios, recopilaciones de artículos o novelas que hablan desde su propia experiencia. La vida suspendida, nos dirá el propio Laporte, también habla de una experiencia personal, pero el autor le ha añadido algunas dosis de ficción: «Es lo que aprendí de esta áspera experiencia y que, de mejor o peor manera, trato de reflejar en este escrito tan verdadero que tuve que recurrir a injertos de ficción, para hacerlo creíble.» (pág. 13). En cualquier caso, a mí, que he leído los diarios de Laporte me resultará complicado (aunque el autor, como veremos, nos va a dar alguna pista), leer este libro pensando que tiene ficción añadida, porque sigo viendo la voz narrativa del autor, y reconozco algunos de sus episodios vitales, ya comentados en otros libros.

 

Laporte conoce a María, a la salida de un cine, alguien que leyó, en algún momento, alguno de sus artículos periodísticos, le agregó a Instagram y, al fin, le ha reconocido ese día azaroso. Empieza una relación con ella y, solo unas pocas semanas después, recibe la noticia de que se ha quedado embarazada. Durante un breve lapso de tiempo, Laporte va a fantasear con la idea de tener ese hijo y convertirse en padre.  De hecho, apuntará que, tras un largo periodo de inestabilidad económica, quizás sea este su momento. Sin embargo, la falta de planificación y la fase tan inicial en la que se encuentra su relación con María harán que ambos tomen la decisión de iniciar una Interrupción Voluntaria del Embarazo en un hospital público de la Comunidad de Madrid. La vida suspendida nos va a hablar de este proceso, desde una perspectiva que puede resultar insólita o impúdica: la voz narrativa de Laporte se va a dirigir de forma directa al feto que no pudo convertirse en persona, en su hijo; al que se referirá con varios nombres, destacando el de «Serafín». «Vuelvo a ti en este ejercicio de literatura de duelo, extremo quizá patético, gratuito y pornográfico. (…) Quizás quiera volver a ti para cerrar también los duelos y quedarme para siembre en la celebración.» Uno de los libros de Laporte que me falta por leer es Luz de noviembre por la tarde (2011), donde homenajea a sus padres, que murieron de cáncer, cuando él era bastante joven, con una diferencia de pocos meses. Así que este nuevo libro se emparentaría con ese otro por temática, pero también con sus diarios. De este modo, La vida suspendida tiene una fuerte filiación con Tiempo ordinario (2021), un diario del que Laporte quitó las referencias a fechas concretas y que se lee como una narración de unos cuantos momentos vitales, sobre los que el autor va reflexionando, como apuntes poéticos de su propia vida. En La vida suspendida la voz narrativa es similar, pero, en este caso, las escenas evocadas son más intensas, al tener más fuerza narrativa y más conflicto.

En la novela existe una escena central, la de la visita a la clínica abortista, que va a coincidir con el día del Padre de 2022, y la narración se irá demorando al acercarse a los días previos y a los posteriores, basculando sobre ese día clave en esta historia, en el que un aspirador acabará succionando al feto de escasas semanas.

 

En gran medida, me ha sorprendido la capacidad de Laporte para mostrarse sin pudor en esta obra. Desde hablar de sus problemas financieros y la necesidad de recurrir a empresas, fuera del circuito bancario habitual, de micropréstamos, hasta sus inquietudes religiosas, de las que nos había empezado ya a hablar en sus diarios, pasando con sus problemas con los clientes de grandes empresas para los que trabaja de autónomo, escribiendo textos corporativos.

 

Quizás la nota de ficción (el propio Laporte así lo insinúa) sea la creación del amigo Petrus (varios de los personajes del libro aparecen aquí con un nombre ficticio), que hará sentir culpable a Laporte, al enfrentar su decisión a sus ideas religiosas. Y este personaje tiene la labor, por tanto, de generar más tensión narrativa a un texto ya bastante tenso y triste.

 

Como ocurría en sus otros libros, Laporte llena con fruición su texto de citas literarias; y su lenguaje tiende a ser reflexivo y poético, con algunos detalles hacia el deje más moderno, como «ese espermatozoide y óvulo que habían logrado ese match» (pág. 20), que otorgan la texto, a veces, un raro deje humorístico; y, en algunos casos, elige mezclar un registro culto del idioma con otro más vulgar: «Miembros de Hamás se han cargado a cientos de jóvenes» (pág. 135) o «sabios del pasado que no se habían coscado de nada» (pág. 147). Sé que estas características son rasgos del estilo de Laporte, pero en algunos casos son construcciones lingüísticas que no me acaban de convencer.

 

Me han gustado las reflexiones que hace Laporte sobre el propio sentido de la obra en marcha: ¿la escribe para pedirle perdón al hijo que nunca nacerá? ¿La escribe para tratar de conseguir algo de reconocimiento literario? O, en cualquier caso, ¿qué sentido tiene enfrentar su dolor al dolor real de un padre que ha perdido a un hijo de quince años, con el que a compartido una cantidad ingente de recuerdos, como le llega a ocurrir al corregir el texto de un cliente?

 

De las cuatro obras que llevo leídas de Laporte, La vida suspendida es que la que más me ha emocionado. Ya me pareció que Tiempo ordinario daba un salto respecto a su anterior libro de diarios, titulado sencillamente Diarios 2015-2016, y creo que ahora se vuelve a dar un salto desde Tiempo ordinario a La vida suspendida, que me ha parecido una obra desgarrada, sentida, impúdica y bella.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Memorias de Leticia Valle, por Rosa Chacel

 


Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel

Editorial Comba, 197 páginas. Primera edición de 1945; esta es de 2017

Prólogo de Andrea Jeftanovic

 

Cuando estaba acabando de leer el libro de ensayos sobre literatura de Juan José Saer titulado El concepto de ficción –que abarcaba textos escritos entre 1965 y 1996– consideré que lo más sensato sería seguir por Trabajos, otro libro de textos sobre literatura (en este caso escritos a partir del 2000), también de Saer, y que tenía en casa sin leer desde hacía ya unos cuantos años. Sin embargo, consideré también que entre uno y otro no estaría mal leer un libro de ficción y tomé de mis estanterías Memorias de Leticia Valle (1945) de Rosa Chacel (Valladolid, 1898 – Madrid, 1994). Este último libro, que me envió su editor Juan Bautista Durán, de la valiosa editorial Comba, y que se ha estado quedado sin leer durante un número ilógico de años. De hecho, después de mis incursiones en librerías de segunda mano, había llegado a reunir cinco novelas de Rosa Chacel sin haberme aún acercado a leer ninguna.

 

Memorias de Leticia Valle es la tercera novela de Rosa Chacel y se publicó en 1945 en Buenos Aires. Después de la guerra civil española, Chacel se exilió en Brasil, con estancias en Argentina, donde acabó publicando esta novela.

 

«El 10 de marzo cumpliré doce años» es la primera frase del libro. La niña Leticia Valle, de once años, se ha propuesto escribir unas memorias sobre unos acontecimientos que han perturbado su vida y que tuvieron lugar unos meses atrás. En la segunda página de la novela se nombra a una «Adriana», que no volverá a aparecer hasta muchas páginas después, cuando lo más esperable es que el lector ya haya olvidado que esa persona (que va a ser una prima de Leticia) ha aparecido en la narración antes. Al final sabremos que Leticia, en el momento en el que escribe, vive en Suiza con sus tíos y su prima. Sus recuerdos le llevan a su ciudad natal Valladolid. Leticia es huérfana de madre, «La verdad es que nunca pude recordar cómo era mi madre», nos dirá en la página 22. Al comienzo de sus recuerdos tampoco vive con su padre, un militar destinado a África, sino que lo hace con su tía Aurelia.

Me ha gustado la descripción que hace Leticia de sus recuerdos infantiles, en gran medida me ha recordado a la prosa poética de Felisberto Hernández, donde la infancia se convierte en un territorio mágico. Esto ha ocurrido en párrafos como el siguiente: «Las cosas que yo pensaba en aquella sala eran todas como aquellas fugas, siempre cosas ligeras, transparentes. Por el asiento de una butaca forrada de peluche verde, veía correr un caballo blanco. Tenía la piel como de madreperla, los ojos negros, y echaba hacia atrás la melena con un movimiento de cabeza como el de una niña. Alguna vez vi que se paraba y se quitaba con la mano el mechón que le caía sobre la frente. Sí, con la mano, yo lo veía así. También veía entre las patas de la consola unas zonas brillantes en la madera negra, unos rincones oscuros, unos cambios de luz y de sombra que eran como un mundo negro iluminado por un sol negro. Por allí había siempre dos seres muy pequeños, blancos y transparentes como hadas, que se abrazaban y se querían mucho.» (pág. 29)

 

El padre de Leticia vuelve de África con una pierna amputada; el ambiente de Valladolid empezará a agobiarle y decidirá trasladarse a una propiedad familiar en el cercano pueblo de Simancas. La tía y la niña irán con él. En el pueblo, Leticia que, hasta ahora, había sido una niña muy metida en los libros empezará a olvidarse de ellos y a vivir más salvajemente. En realidad, al ser una niña nadie parece esperar de ella que destaque en estudios formales. Sin embargo, la maestra del pueblo empezará darle una hora de lección después de terminar sus clases por la tarde. En el colegio, Leticia, a sus once años, se convertirá en una especie de ayudante de la maestra con las niñas más pequeñas. Y será a través de esta relación con la maestra como conocerá a doña Luisa, a cuya casa acudirá para recibir clases de piano. Y será en esta casa, donde conozca al marido de doña Luisa, don Daniel, que es el archivero de la localidad. Pronto se produce en Leticia una sensación de fascinación ante la erudición de don Daniel, que hará que le deje de interesar la música (una afición más para señoritas de la época) y que quiera aprender historia, filosofía, etc. actividades más propias de hombres en la época.

 

En algunos artículos que he leído en internet se señala que Rosa Chacel toma elementos de su vida para crear al personaje de Leticia Valle y que la fascinación que esta última siente por don Daniel en realidad sería un eco de que Chacel sintió por José Ortega y Gasset, del que fue alumna en la universidad. Doña Luisa es catalana y don Daniel es andaluz, y al hacer notar estos detalles, Chacel parece quererle decir al lector que esos personajes no están sometidos a las férreas normas de conducta católica castellana. De hecho, al conocer a Luisa, la describe como «una mujer mundana».

 

Chacel no deja pistas demasiado claras sobre la época en la que está situando su historia, aunque si, como supone más de un crítico, la historia está basada en algunos recuerdos personales, tiene que hablar de principios del siglo XX. En la página 60 tenemos la pista más clara sobre la época: se habla de una cigarrera, con forma de cabeza de mono, que Daniel tiene en su escritorio y se apunta que él le cuenta a Leticia «que se lo había regalado un amigo que lo compró en París en la Exposición de 1900, que hacía ya más de diez años que se lo habían dado».

Leticia empezará a preferir estar en la casa de Luisa y Daniel, en los que encuentra a unos referentes adultos, que en su casa, donde su padre ha empezado a beber demasiado alcohol.

 

En alguna página de internet he leído alguna comparación entre Memoria de Leticia Valle y Lolita de Vladimir Nabokov, pero apuntando que Lolita se publicó diez años después que la novela de Rosa Chacel. El tema de fondo de las dos novelas podría ser similar, pero no así su tratamiento. Mientras que en Lolita los encuentros sexuales son narrados de forma explícita, en Memorias de Leticia Valle todo estará sugerido, y será el lector quién deba suponer la historia hasta donde crea adecuado. Hay algunas señales en el texto que indican que la relación entre Leticia y Daniel no es todo lo sana que debería ser. Por ejemplo, en la página 90, Leticia escribe: «Fue hacia la puerta y al salir se volvió a mirarme, se quedó un rato mirándome, apoyado en el quicio.

Aunque ha pasado mucho tiempo, todavía no comprendo; tiene que pasar muchos años para que yo comprenda aquella mirada, y a veces querría que mi vida fuese larga para contemplarla toda la vida; a veces creo que por más que la contemple ya es inútil comprenderla.

Alrededor de aquella mirada empezó a aparecer una sonrisa o más bien algo parecido a una sonrisa, que me exigía a mí sonreír. Era como si él estuviese viendo dentro de mis ojos el horror de lo que yo había visto. Parecía que él también estaba mirando algo monstruoso, algo que le inspirase un terror fuera de lo natural y, sin embargo, sonreía.»

En la página 184 leemos: «Entró y cerró la puerta detrás de sí Parecía que no podría hablar; tenía los labios entreabiertos, pero los dientes apretados unos contra otros. Sin embargo, dijo:

–¡Te voy a matar, te voy a matar!»

 

También me he encontrado, en más de un comentario sobre el libro de internet, que se habla de una resolución trágica de la historia que en el propio texto no se muestra de un modo explícito y a mí se me han ocurrido varias variantes tras mi lectura.

En la última página del libro podemos leer: «No sé si era la cólera o la amargura lo que me llenaba los ojos de lágrimas. Me parecía que ya, en los días de mi vida, no volvería a sentir nada a lo que se le pudiese llamar en una u otra forma amor.»

 

Al adentrarse en esta novela el lector tendrá que firmar un pacto de ficción fuerte con la escritora, ya que ambos saben que una niña de once años no puede expresarse con la sutileza, inteligencia y riqueza de vocabulario con que lo hace Leticia Valle. Una vez superado este bache, la experiencia lectora será gratificante, ya que la prosa de Chacel es poética, misteriosa y evoca con mucha fuerza la realidad de la provincia castellana a comienzos del siglo XX. De hecho, en más de una ocasión he tenido la sensación de estar leyendo una novela escrita, como mucho, hace cuarenta años y no ochenta, como ocurre en la realidad.

En el prólogo, que he leído al final, Andrea Jeftanovic escribe: «Memorias de Leticia Valle es una novela feroz, feroz por lo que omite, por lo que no dice; está llena de vacíos, de entrelíneas; está hecha de murmuraciones que el lector debe deletrear para sí, en voz baja o en voz alta, para comprender lo inaudito.» (pág. 9)

Hasta cierto punto, creo que la creación de la historia, en la que alguien quiere explicarse su pasado, y hacerlo llenándola de elipsis de los momentos más traumáticos, vaciarla de sus escenas más graves, tiene bastante de trampa narrativa, de construcción artificiosa, y esto me ha generado alguna pequeña frustración como lector. Sin embargo, sí quiero quedarme con los aspectos positivos que he señalado antes, ya que la mayoría de las páginas de este libro me han parecido poéticas y sugerentes. Memorias de Leticia Valle me invita a conocer más obras de esta autora.

domingo, 13 de octubre de 2024

Luz del Este, por Pelayo Villanueva

 

Luz del Este, de Pelayo Villanueva

Editorial Trabe. 114 páginas. 1ª edición de 2023.

 

En el verano de 2023 me escribió Pelayo Villanueva (Oviedo, 1987) un amable correo electrónico proponiéndome el envío de su libro Luz del Este, una primera novela con la que había ganado el Premio Asturias Joven en su edición de 2023. Como tantas otras veces, yo le contesté diciéndole que no me puedo hacer cargo de libros como el suyo, porque para que mi canal o mi blog tengan sentido debo elegir yo mis lecturas en mi escaso tiempo libre. Sin embargo, días después tuvimos un pequeño desencuentro, a raíz de una broma que hice en mis redes sociales, y para quitarnos el posible mal sabor de boca, le ofrecí a Pelayo que me enviara su libro, que en algún momento lo leería. He tardado casi un año en cumplir con mi promesa, pero aquí estoy al fin.

 

Villanueva me contaba que se le ocurrió escribir la historia de Luz del Este después de haber leído la novela La guardia (1954) del griego Nikos Kavadías, que fue el primer título de la editorial Trotalibros y que yo también he leído. En La guardia se narran las desventuras de un grupo de marineros, que han de vivir gran parte del año en altamar y que cuando desembarcar en tierra se relacionan principalmente con prostitutas. A Villanueva se le ocurrió hablar de esa misma historia, pero desde el punto de vista de esas prostitutas que esperan en una casa del puerto a los marineros de un barco de paso. Luz del Este es el nombre del barco del que las prostitutas de la novela esperan su llegada.

 

En el prostíbulo que va a ser el escenario de la historia conviven siete mujeres, estando Casandra –una prostituya ya mayor y casi retirada– al mando de la empresa. La novela comienza hablándonos de la Niña, la más joven de todas y que, como indica su sobrenombre, ha de vestirse como si fuera una niña pequeña, un puesto que, dentro de unos años, será transferido a otra persona. «De todas ellas, era la que todavía mantenía esas ganas, esa predisposición al gesto rápido y la risa honesta, aunque al cabo de un par de años tendrían que buscar a otra que cubriese ese hueco.», leemos en el primer párrafo de la novela, que marca ya la idea de la importancia del paso del tiempo, de la vejez y el cansancio físico de las protagonistas.

 

La acción principal de la historia transcurre en el día previo a la noche en la que va a arribar al puerto de la ciudad el barco llamado Luz del Este, cuya tripulación visita el prostíbulo una vez al año. Las mujeres saben que atender a los marineros esa noche es una gran oportunidad de negocio, que puede ayudar a mantenerlas a flote durante una temporada, porque el burdel no pasa por sus mejores momentos. Durante todo ese día se mezclarán las expectativas positivas que esa extenuante jornada de trabajo puede traer para la casa, con los sentimientos funestos de los peligros, los excesos o el cansancio que también puede traer consigo. Malos presagios acechan el frío aire del día, la inminencia de la llevada se va cargando de un simbolismo fúnebre.

Nunca vamos a conocer el nombre de la ciudad en la que transcurre la historia y tampoco se dan fechas concretas; pero, en un momento dado, por la calle pasa un carro y las mujeres escriben sus cartas con tinta que ha de secarse. Estos dos detalles me hicieron pensar que nos encontrábamos en la primera mitad del siglo XX.

 

Mediante el recurso de la analepsis conoceremos las inquietudes y en algunos casos las historias, que se pueden remontar hasta la infancia, de las mujeres que conviven en la casa. El narrador, haciendo uso del estilo indirecto libre, se acerca de forma continua a la conciencia de los personajes, a su relato más íntimo. Un recurso estilístico que me ha llamado la atención ha sido el de usar preguntas, que son las que se hacen las protagonistas de la novela, en su duda existencial constante. Por ejemplo, leemos en la página 25: «Era posible que el cliente en cuestión (en el caso de la Niña, que era la más cara, siempre se trataba de gente de orden) se sintiera aún más atraído por esa señal de inmadurez que enfatizaba el candor infantil del cuerpecito del que estaba a punto de ocuparse. ¿Sería eso? ¿Debería dejar de estar pendiente la Niña y permitir que su propia naturaleza la hiciera brillar? ¿O era mejor priorizar la sensatez, es decir no dejar nada al azar, y seguir ciñéndose a las garantías del más estricto orden?»

 

El estilo narrativo de Luz del Este es eminentemente poético. De hecho, las formas narrativas a veces cambias, y algunos sucesos están contados en forma de poema, marcándose los versos sobre la página. De este modo, el capítulo tres es un poema de dos páginas. En algunas otras páginas, el narrador omnisciente, que cede su voz a los personajes, se traslada directamente a alguna de las mujeres, porque también se usa en la novela el registro epistolar. La escritura de cartas (algunas de las cuales se escriben para no ser nunca enviadas) es importante en la composición de la novela y será clave para entender, al fin, su resolución dramática.

También, en un capítulo se usa la estructura de diálogos propia del teatro, con el nombre del personaje en primer lugar y luego su discurso. En este punto, un pequeño detalle me ha sacado un poco de la novela: en una narración realista, donde el narrador omnisciente usa un lenguaje poético, cuidado y a veces con un vocabulario no usual, en la página 52 hace hablar a uno de los personajes secundarios, llamado Géricault, de un modo no realista. «Te da miedo admitir algunas verdades, porque, al admitirlas, las perderás para siempre. Te da miedo tomar decisiones valientes que harán daño a las personas a las que quieres. Te da miedo, si me permites ponerme poético, descubrir que te han mentido acerca del horizonte, porque hay algo que te empuja hacia él por mucho que trates de frenarlo. Te da miedo admitir que eres un producto de tu inercia, y te da miedo hacer algo al respecto. Te da miedo darte cuenta de que has convertido tu maldición en un palacio.»

 

 

Diría que el modelo del tono de la prosa es la obra de Juan Carlos Onetti. En Luz del Este la atmosfera que se respira es triste y siempre decadente, como en la obra del uruguayo, y los personajes siembre están a la deriva y no hay esperanza de felicitad para ellos, como ocurre en la novela de Villanueva. En la página 52 se nos hablará de la carcoma que ha invadido la casa, la obra de este insecto se convierte en símbolo de la zozobra no solo del escenario donde habitan los personajes, sino también de la propia zozobra de los personajes. «Bien, el momento de afrontar que había que varar la casa y arreglar su estructura o, en el peor de los casos, mudarse definitivamente, había llegado. La carcoma firmaba con su braille inverso cada rincón al que se dirigía la vista.»

 

Sin mucho fundamento por mi parte, jugando a imaginar las estructuras de novelas que no he acabado de leer, había pensado que una parte del libro iba a tratar de la inminencia de la llegada de los marineros del Luz del Este al burdel, y la otra mitad a describir esa interacción entre marineros y prostitutas. Pero esta segunda parte sería, en realidad, la novela La guardia de Nikos Kavadías, y no era la intención de Villanueva llegar hasta ahí; así que su novela recoge esas horas previas al choque de dos mundos muy distintos, pero que se acaban necesitando. Los primeros capítulos de Luz del Este me han causado una grata impresión por la elegancia de la prosa y la madurez de la propuesta de Villanueva. Sin embargo, según avanzaba en mi lectura sí he tenido la sensación de que al autor le estaba costando salir de su propia morosidad narrativa, de su dar vueltas en círculo sobre el dolor inamovible de sus personajes, y no conseguía hacerlos avanzar hacia un desenlace narrativo. Los siete personajes principales sí que se relacionan entre sí, pero en algún momento he tenido la sensación de que las interacciones entre ellas no conseguían hacer que la trama avanzara. Sí es cierto que, en el breve arco espacial de la historia (apenas unas quince horas), se va a desarrollar un drama de consecuencias importantes para los personajes, pero los hilos que atarán este drama le serán mostrados al lector muy al final, dejando la construcción de la novela levemente desequilibrada. Por supuesto, escribir una primera novela con menos de treinta y cinco años y que todos sus elementos funcionen a la perfección es una tarea complicada. Luz del Este muestra a un autor joven con lecturas y con talento para crear algunas escenas e imágenes notables, con capacidad para seguir avanzando en una obra solvente.

domingo, 21 de julio de 2024

Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

 


Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

Editorial Sílex. 361 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es amigo mío. De él he leído la novela de no ficción La tabla (Demipage, 2015) y los libros de diarios titulados Diarios 2015-2016 (Pamiela, 2017) y Tiempo ordinario (Papelesmínimos, 2021). Este último libro se lo presenté yo en Madrid. Si no recuerdo mal, nos conocimos en persona, pro primera vez, en un encuentro de blogs literarios, que tuvo lugar en 2012.

 

Laporte estudió periodismo y esta es su profesión. Navarra-Madrid recopila artículos aparecidos en el periódico navarra.com entre 2016 y 2021. Laporte ha hecho una selección de los cientos de artículos que publicó en ese periódico, con temática navarra, y los ha ordenado, procurando que tengan de esta forma sentido narrativo. Son artículos –nos cuenta en su introducción– escritos en Madrid mirando a Pamplona.

 

La primera sección del libro se titula Navarra-Madrid, y el primer artículo nos habla de una visita que el autor hace a la clínica pamplonica donde nació, en ruinas en ese momento. Es un texto significativo, ya que esta primera parte nos hablará de la dicotomía entre «ser» de un lugar, pero «vivir» en otro. Este primer texto parece querer decirnos que, en realidad, nunca se puede volver al lugar al que uno cree pertenecer, independientemente de que se siga viviendo allí o no, ya que todo cambia con el tiempo. El autor llegó a Madrid en 2004, hace ya veinte años, después de haber vivido hasta sus veinticinco en Pamplona. También nos hablará de la casa familiar, en un edificio diseñado por el arquitecto Víctor Eura, al que llamaban «el Gaudí navarro». Más de uno de los artículos de este primer bloque hablaran del concepto de «cuadrilla», palabra con la que se conoce en el norte de España a los grupos de amigos. Por un lado, está la idea de pertenencia a un lugar, al pertenecer a esa cuadrilla de amigos, pero también la tensión de pasar el tiempo con gente con la que en realidad no se tiene demasiado en común. En Madrid, Laporte parece haber hecho esos amigos que sí guardan más relación con sus inquietudes. En más de una ocasión, Laporte a citar textos de su admirado Pío Baroja, quien al parecer también estaba en contra de las cuadrillas.

 

Como también he podido observar en los otros libros que he leído de él, a Laporte le gusta mezclar registros orales del lenguaje con otros usos que resultan más anticuados. Por ejemplo, usa términos como «ni de coña», con otras expresiones como «viandas y caldos de postín». Aunque sé que esta mezcla es un rasgo de estilo, en algunas ocasiones me ha resultado pertinente y en otras me saca un poco del texto. También es dado Laporte a la creación de diminutivos y derivaciones de palabras chocantes, como «tibiorra» de «tibia», o «chupinacil» de «cupinazo»- Asimismo, también emplea algunas palabras que se pusieron de moda en otros artículos, en la época en la que él escribía los suyos, como «cipotudo» por «prosa que trata de ser muy masculina», debida a Íñigo Lomana. En este contraste entre lo coloquial y lo antiguo suele moverse a gusto Laporte en sus creaciones. Lo nuevo y lo viejo son concepto que se van alternando constantemente en este conjunto de artículos. «Baroja fue un hater», llegará a afirmar en su juego de contrastes, gustando también Laporte, de un modo ligeramente irónico, de los anglicismos de moda.

 

Lógicamente los artículos periodísticos tienen una limitación de palabras o de caracteres muy clara. Lo que hace que los textos tengan una longitud muy similar; aunque también es cierto que existen aquí varios formatos. Me llama la atención que Laporte escribe algunos artículos encadenados, para vencer la limitación espacial del periódico, y, de este modo, algunos de los artículos tienen sentidos si el lector conoce el anterior, al que se hace referencia y se da continuidad en el nuevo texto. Imagino que esto es un riesgo para un articulista, puesto que nadie le garantiza que su lector le tenga absoluta fidelidad y le siga todos los días, pero bajo esta premisa parece escribirlos Laporte. Aunque también es cierto que este riesgo es menor ahora, que los periódicos son digitales, y las entregas anteriores están a disposición del lector.

 

Otra de las secciones del libro de llama Hiperlocalismos, y en ella Laporte ha reunido artículos que hablan de comercios de Pamplona que ya no existen, de sus sensaciones sobre una tómbola que se instalaba debajo de su casa cada año, etc. En realidad, esta parte posiblemente es la más emocionante del libro, ya que está escrita con gran aliento poético. Aunque Laporte de un modo irónico trata de quitar importancia a sus propios textos, con esa exageración de «hiperlocalismos», que también contiene un contraste entre lo grande y lo pequeño, estos escritos apelan a la conciencia colectiva del lector, puesto que todos nosotros podemos recordar un comercio de nuestra infancia que ya no existe, o una clase del colegio que, lógicamente, nunca más va a volver.

También, algo de lo que ya se hablaba al escribir sobre la idea de cuadrilla, Laporte remarcará su capacidad para no casarse con nadie; puesto que Pamplona ha sido un lugar de grandes contrastes políticos, entre nacionalistas vascos y españoles, por ejemplo, que se transformaban en hábitos de vestir, de relacionarse o de vivir con el propio folclore local. En este sentido, Laporte, emulando las ideas de Manuel Chaves Nogales sobre la guerra civil, reivindica una tercera Pamplona, alejada de la polarización política. En este sentido, Laporte da cuenta de la pena que le causó que desapareciera la sofisticación europea del llamado Café Vienés, para que el espacio se transformara en una taberna, más acorde con el gusto del nacionalismo vasco.

 

Los artículos no están ordenados cronológicamente, sino de forma temática, y por eso, resultan significativos, a nivel histórico, aquellos que hablan de la pandemia y el confinamiento. Primero se habla desde la incredulidad de que fuera a ocurrir todo lo que acabo ocurriendo y de que una fiesta tan popular y tan significativa para Pamplona como la de San Fermín pudiera suspenderse en su edición de 2020, como, luego se ve, así acabó ocurriendo.

 

Las partes que menos me han gustado del libro son aquellas en las que Laporte comenta algún libro que ha leído sobre la historia de Navarra, y nos resume información sobre sus reyes o reinas. Estos artículos le resultaran más ajenos al lector no interesado por esa parte de la historia local, que aquellos en los que el propio Laporte habla de su pasado o de sus recuerdos, páginas que nos acercan más al placer de la pura narrativa; páginas más cercanas a los objetivos de la literatura, en definitiva. Hay otras partes políticas que resultan más emocionantes, como cuando se evoca el asesinato de Gregorio Ordóñez.

 

Hacia el final del libro se habla también de la figura colosal de Ernest Hemingway y la publicidad que la obra del autor norteamericano y su presencia en la ciudad ha significado para Pamplona, y se recogen también unas crónicas que hizo Laporte sobre los encierros en las fiestas de San Isidro de 2017 y 2018, que se llaman Encierros a vuelapluma. En estos artículos, Laporte habla de la historia de la carrera, así como de su sociología. Aunque yo no soy aficionado a los toros o la tradición de los encierros, son páginas que han conseguido interesarme.

En principio, el tema central de este libro es Navarra, pero la recopilación de artículos acaba siendo una suerte de análisis sobre la identidad, la nostalgia, los lugares que ya no existen, los que nunca existieron… y acaba reflejando, de un modo muchas veces poético, una experiencia universal que nos interpela a todos. Esta lectura no ha sido una experiencia muy diferente que la de leer los diarios de Laporte, que ya apunté en su momento que me gustaron.