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martes, 30 de junio de 2015

Fingidor, un poema de El bar de Lee

Conozco a Víctor Peña Dacosta de las redes sociales. Hace unos meses intercambiamos poemarios. Reseñé su libro La huida hacia delante en el siguiente enlace: AQUÍ.
A Víctor le hice llegar mi poemario doble El bar de Lee. Hace unos días me comentó que lo había leído, y que el poema que más le había gustado era el último, uno titulado Fingidor, que resume los temas del segundo poemario (el titulado El calvo del Sonora). Lo colgó en su blog de poesía Arrebatos alíricos (ver AQUÍ).



No estoy seguro de haber dejado o no el poema Fingidor en el blog, pero me apetece que aparezca hoy aquí, en cualquier caso:

FINGIDOR

Ella, correctora profesional, en un nuevo asalto
a las editoriales -fortalezas inexpugnables,
las llama Fonollosa-, había revisado mis dos libros
de poemas, escritos hacía seis y nueve años,
y en el gran espacio vacío del restaurante
chino de la plaza de los Cubos, desangelado
como una nave espacial que con ahínco transportase
bambú y garzas de plástico a una galaxia
remota, dijo: me he agobiado,
tú no sientes eso que está ahí por mí
,
por no hablar de la obsesión con las rubias
y las extranjeras.
                          El poeta es un fingidor, cité de Pessoa.

Había tratado de dar fuerza, presencia, a días grises,
manipulando los hechos y los sentimientos
-incluso con tintes becquerianos que después
me avergonzarían- y lo rubio fue, en el país
mediterráneo de mi vida, símbolo de lo inalcanzable.

Esto, supongo, será diferente para los publicados,
tendrán lectores que no busquen hurgar en su interior,
a los que -tras leer mi última novela inédita: Entonces,
¿tú te vas de putas?
- no haya que explicar que Cervantes
no era quien se adornaba con una bacía de barbero.

¿Y dónde está mi poema?, me espetó ante la mirada
atenta y algo irónica de los desocupados
camareros chinos, tripulantes de una nave espacial
que custodiase negros secretos de la Tierra.
Pero ya me había dejado atrás la órbita de aquellos libros,
y como ahogados que devolvía el mar del tiempo
por entonces arribaban a las orillas de mi mente
las imágenes de un borracho solitario
al que trataba de dignificar sobre el papel,
un maestro que cruzó mi niñez, una mirada
indagadora sobre la vocación o un exorcismo
sobre mi vida universitaria a los veinte años.

No mucho después se acabó la relación,
yo no sentía eso que está ahí. Pero sí había deseado
seguir con ella, morena de película italiana.
Estaba madurando, no había salido corriendo,
como en las otras ocasiones, ante el mínimo
atisbo de un futuro estable.
                                          Ella se había creído
mis poemas, y supongo que esto debería
anotarlo -igual que en la cancha el último triple
que te hace campeón- como el auténtico
triunfo de mi arte. Aquí, aquí está
tu poema

miércoles, 15 de abril de 2015

Poemas de El bar de Lee, Día Mundial del Arte

Hoy, 15 de abril, hemos celebrado en el colegio donde trabajo el Día Mundial del Arte. Se han organizado diversas actividades: pintar, tocar música, danzar, interpretar teatro y recitar poesía. La jefa del departamento de Lengua me pidió que recitara alguno de mis poemas, y yo acabé por decir que sí.
Lo cierto es que, a diferencia de las personas que publican libros de poesía (y en más de un caso parece ser una condición necesaria, más importante que la de la calidad, para que esto ocurra), yo no recito mis poemas en bares o en otros lugares parecidos.

Elegí de El bar de Lee (2013) dos poemas, uno de cada poemario que lo componen, Nieve de Móstoles era una fiesta (1998) y Llaves de El calvo del Sonora (2008). Lo que une a los dos es que hablan de la infancia, tema que podía tener en común con los chicos que iban a ser mi público (2º de bachillerato y 4º de la ESO).

Nieve es el primer poema de El bar de Lee, el único escrito en 1997. En un año en el que mi público de esta mañana no había nacido, y en el que yo no había navegado nunca por internet ni tenía teléfono móvil. En diciembre de 1997 yo quería escribir una novela, pero un sábado o un domingo nevó en Móstoles, me asomé a la terraza de mi casa, volví a mi habitación y cogí una carpeta para apoyarme y un folio para escribir. Tomé sobre el natural las primeras palabras del que iba a ser este poema, y del que –siguiendo el tono de esta primera tentativa- iba a salir todo el poemario.

Lo cierto es que me he puesto bastante nervioso al salir a recitar en el salón de actos. Al menos a la mitad de los alumnos (estaban los de todas las clases de 2º de bachillerato) les doy clase de Economía, lo que no me supone ningún problema. Pero recitar algo tan personal como mis poemas ya era otro asunto. En el segundo pase, para 4ª de la ESO, ya estaba más tranquilo.
Los alumnos han escuchado mis versos de una forma muy educada. Creo que tienen una curiosidad sincera por descubrir otras facetas de sus profesores. Otros chicos recitaban poemas de Luis Cernuda o de Blas de Otero. Me ha encantado ver cómo un chico de diecisiete años declamaba un poema propio, un desgarrado texto de desamor, siguiendo ritmos de rap, con bastante más soltura que yo. Y es que en esto del arte todos somos aprendices.



Dejo aquí estos dos poemas:


NIEVE
    
 Montevideo era verde en mi infancia                                                   
                absolutamente verde y con tranvías
                (...) era tan diferente, era verde.                                                                                                                  
                  MARIO BENEDETTI

Blanca, limpia sobre las capotas de los coches,
entre los dedos deshojados de los árboles,
leves puntadas amarillas en las copas
oscuras como un oro enlutado de tiempo
caído en el fango del invierno,
así ha caído esta noche la nieve de la infancia
sobre las capotas de los coches.

Parece ya una fotografía tan lejana,
coches antiguos, rojos desvaídos, camuflados por el esplendor
del blanco, resignados sobre el asfalto roto, enmohecido
sobre el que jugábamos al fútbol, cuando no había
tantos coches rojos cubiertos por la nieve.

Jugábamos en la calle. Veo la farola
escuálida que era un poste y el árbol
deshojado, descarnado, que era el otro, con nieve en sus horquillas
y la puerta verde que no estaba en mi infancia.

Yo era un Arconada de gomaespuma con mis guantes de gomaespuma
bajo los palos del mismísimo cielo;
a veces amanecía nevado, igual que hoy, 14 años atrás, y
nos lanzábamos bolas fulgurantes de risa, de latón y de agua
con la nieve recogida del capó de los coches
que hoy ha vuelto a caer entre los dedos huesudos
de los árboles, con pinceladas impresionistas de hojas
amarillas gastadas por el ladrido de los perros,
sobre el aparcamiento incesante de árboles marrones.
Cuando podaban esos árboles saltábamos sobre las
ramas apiladas, cavábamos túneles en ellas,
eran una cama elástica y un refugio de guerra.

Y ahora, estudiando Análisis Contable, esas ramas
vuelven a crecer igual que vuelve a caer la nieve.
Entre las nubes frías de la mañana lo observo
desde la terraza, esperanzado
de que así vuelva a crecer la infancia.

                                                                 5-12-97.




LLAVES

Como si en realidad fuesen tres hermanos
me sigue pareciendo complicado diferenciar
entre los cuentos de Andersen y los de los Grimn.
Yo aún no sabía leer, esperaba a que mi padre
regresara del trabajo y tras cambiarse de ropa
le hacía sentarse en el sofá. Como en la apoteosis
de un rito antiguo deseaba que cobrasen vida
los signos negros encerrados en el fino papel,
se abrirían para mí entonces, en aquellas tardes
primeras, las vertiginosas puertas de estos libros
que hoy conservo: La sombra y otros cuentos
de Andersen y Cuentos de Jacob y Wilhelm Grimn,
en las baratas y cuidadas ediciones de Alianza.

Se aclaraba la garganta y bajo el bigote la voz,
en ese momento el niño que era yo sucumbía
a la magia que invocaban las palabras,
magia que le conduciría a vigilar su sombra
de repente presentida como un ser autónomo,
a pensar en princesas verdaderas que detectaban
guisantes bajo una montaña de almohadas,
a interrogarse con ceño fruncido si de verdad
en algún lugar del mundo los sapos hablaban.

Ahora sé que sí: lo hacían en los estanques
de aquellas frases que mi padre conjuraba
en el sofá de casa tras su trabajo de ingeniero.
En una ocasión le pregunté si él escribía
cuentos. Yo no sabía leer pero pensaba
que quien leía cuentos debería también querer
escribirlos. Confuso, sorprendido, imaginaba.

Recuerdo entre todos uno: La llave de oro.
Un niño sale a buscar leña en un crudo
día de invierno, entre la nieve encuentra
una llavecilla de oro, después un cofre
y en él una cerradura. Y entonces le dio
una vuelta; y ahora hemos de esperar hasta
 que haya terminado de abrirlo y levante la tapa:
 entonces nos enteraremos de las cosas
 maravillosas que contiene el cofrecillo. Finalizó
mi padre abrupto la lectura. No podía creerlo,
me tomaba el pelo, tenía que saber
qué contenía el cofrecillo, necesitaba saberlo.
Insté a mi padre a que pasase el dedo
por las palabras según las repetía. Ni una más.
Éramos víctimas de un error. Llegué a coger
una lupa en busca de los restos de una supuesta
página arrancada donde, sin otra posibilidad,
tendría que encontrarse resuelto el misterio.

Puedo ver a mi padre: sonreía observando
a aquel niño que no sabía leer, su indagar
en el lomo esquivo de un libro de bolsillo.
Quizás él haya olvidado esta extraña escena
que regresa a mí con terquedad de símbolo,
porque, sin duda, lo más extraño de todo
es que tres décadas después
el niño que era yo, convertido en adulto,
aún sigue
buscando lo que había en aquel cofrecillo.


jueves, 19 de marzo de 2015

Dos poemas de El bar de Lee, dedidados a un olmo

RÉQUIEM POR MI OLMO

El domingo al ir a comer a casa de mis padres en Móstoles, me llevé la desagradable sorpresa de descubrir que los técnicos del ayuntamiento habían talado el árbol cuyas ramas se veían desde la ventana de mi antigua habitación –un segundo piso-. Era un olmo de más de cuarenta años, de posiblemente la misma edad que la urbanización en la que está ubicada la casa de mis padres, construida a principios de los años 70. No recuerdo asomarme a la terraza de mi antigua casa y no ver las ramas del árbol. En mi poemario “Móstoles era una fiesta” de 1998 hay dos poemas (al menos) en los que hablo directamente de este olmo (mi olmo). Estudiaba y por las tardes, si giraba la cabeza me podía encontrar con un mirlo que se posaba allí sobre las 7 de la tarde. Después empezó a anidar allí una pareja de palomas. 
Mi padre tiene un cuaderno en el que iba anotando el día en el que en primavera le crecían los primeros brotes verdes, también anotaba cuándo se acababan de caer sus hojas en otoño. De esta forma constataba el paso de las estaciones y los posibles avances del cambio climático.
El olmo crecía próximo a la fachada, pero hasta ahora, en sus podas, los técnicos del ayuntamiento iban propiciando su crecimiento hacia el exterior. Yo nunca tuve un perro (por más que de niño se lo pedí a mis padres), pero sí que cuidé gusanos de seda, periquitos, canarios, peces de agua fría o calientes, hamsters y tortugas. Creo que estaba más encariñado de mi olmo que de todos estos animales de vidas más efímeras. El olmo ha sido mi mascota más perdurable.
Mis padres sospechan que algún vecino del bloque se ha quejado del olmo al ayuntamiento: crecía muy pegado a la fachada y esto podría llevarle al derrumbe. Ya saben, hace unos meses, de forma bastante seguida, se cayeron dos árboles en el Retiro que mataron e hirieron a dos personas. Para evitar la psicosis colectiva y la presión de los medios, los ayuntamientos están talando casi indiscriminadamente árboles en nuestras ciudades. La psicosis de los árboles asesinos, igual que en otras épocas hemos vivido las psicosis de los perros asesinos, de los skinheads asesinos o de la gripe A asesina. Y no quiero concluir con esto que no existan los árboles que se caen, los perros agresivos, los skinheads violentos o la gripe A dañina, sino que somos una sociedad profundamente fácil de manipular. Si veinte de nosotros nos pusiésemos de acuerdo para difundir el bulo de que se ha caído un ascensor en Madrid y que han muerto dos personas, y dos días después comentamos que se ha caído otro ascensor en Málaga y han muerto tres personas, los medios de comunicación dejarán de hablarnos de corrupción política, de desahucios o de cualquiera de estos temas tan desagradables y realizarán extensos reportajes sobre la peligrosidad de los ascensores, entrevistarán a los supervivientes de sus fallos, etc. Los ciudadanos empezaran a hablar preocupados sobre el tema, se prohibirá a los menores de edad usarlos, para los adultos su uso será una temeridad viril más grave que fumar; y poco a poco dejaremos de usar los ascensores (en el proceso alguna empresa de reparación de ascensores hará también su agosto), pero no desaparecerán porque en seis meses esta psicosis habrá dado paso a la siguiente.
Mi olmo, otra víctima del aparato de desinformación del Estado. Espero que mi vecino delator descanse a gusto, al saber que la grave amenaza vegetal que pendía sobre su cabeza ha desaparecido.



Dejo aquí, como homenaje, los dos poemas, incluidos en El bar de Lee, en los que aparece mi olmo:

PODA

Reducido a lentos muñones, el olmo encuadrado
en la ventana no alberga ya la visita del mirlo
a las siete de la tarde. Mi paisaje de estudio ha sido
devastado. Las ramas borboteantes de viento y la humedad
de la lluvia excluidas, como los manotazos de niño
con que juega la muerte.

Son las diez de la noche y tengo alergia al polen.
Una alergia en las venas manchadas de café,
una furiosa urticaria en la esencia podrida
del mundo. Hoy estoy sentado, derrotado, y no sueño contigo.
Me veo de nuevo buscándote camino de la biblioteca,
comprendiendo lo ridículo de mis quimeras de polen,
la intangible ausencia de mis palabras
no pronunciadas.

Oyendo afuera el escurrir de la lluvia
me imagino su ajeno resbalar en los muñones
grises del olmo, y bajo la lluvia oigo resbalar
todas mis palabras no pronunciadas, ausentes como
el mirlo negro que ya no puede posarse en
el desgarrado paisaje
de mi ventana.

19-5-98.


VACACIONES

Sentado en el coche de mis padres con una pierna fuera
vigilo y espero. Anochece. La floración improvisada
en los severos muñones del olmo podado me habla
de la fuerza de la vida, del resurgimiento
debajo de la terraza vacía ahora de mi mirada.

Veo a mi compañero de EGB sacar los cubos manchados,
las palas y el mono blanco de su coche, a él la vida
le ha permitido convertirse en adulto, trabaja
y no me saluda, ni ese vestigio de un mundo
que dejó de existir;
miro a la pareja que descarga otro coche
sin reconocerlos, sin reconocerme.

Un verano más dejo Móstoles sin ningún interés,
me fascina mi total ausencia de interés, de esperanzas
de renovación, cambia el escenario pero nunca
los actores ni la obra, un verano como todos, paralizado,
insulso, pero cada vez un poco más distante, más
muerto, más acomodado en esa muerte con su regusto
de inevitable
las preguntas son inútiles cuando sabes todas las respuestas
y tu mente traza un tiralíneas de ausencia
de desdoblamiento
como seudópodos ciegos que reptan por un embudo.

La floración inesperada, ingobernable del olmo
habla de una vida a pesar de todo,
de una vida sin interrogantes, de una vida como sea
tras el invierno y los muñones grises.
La floración de mis muñones como seudópodos ciegos
frota sus huesos gélidos, vacíos, acariciando las frondas
de tu cuerpo frutal
                                 inexistente
                                                     mientras repta por el embudo.


                                                                                  16-7-98.  

jueves, 19 de febrero de 2015

Grietas, un poema de El bar de Lee

Dejo hoy aquí un poema de El bar de Lee, que creo que nunca había mostrado en el blog. Es el cuarto poema de los dos poemarios que componen el libro (el primero, Móstoles era una fiesta, es de 1998, y el segundo, El calvo del Sonora, es de 2008).
Es un poema de 1998. Ha llovido ya, pero ahí está ya mi obsesión con un escritor como Gesualdo Bufalino, o bien el deseo de vivir dentro de una novela.




GRIETAS

                                Las heridas cicatrizan pero
                                                         las cicatrices crecen con nosotros.
                                                                    Stanislaw Jerzy Lec                                                 
                     
Sutura en el cemento, sonríe el barro
descabezado con labios finos.
Sus grietas son las mismas que hace doce años,
cremalleras en la pista de baloncesto. Mis brazos arqueados
se van cubriendo de fardos. Sostienen el aire,
Atlas bajo un mundo hueco, estibador
 de naranjas en redes sin fondo.

Doblado para escupir, camino de la fuente,
un sabor hipocondriaco quema mi garganta, dulce.
Escupo en un pañuelo, imito a Gesualdo Bufalino
en Perorata del apestado. Buscando mi peste negra.
Doblado recapacito: la naturaleza imita al arte
rendija de luz bajo la puerta
grieta de labios finos
                                    costurón en la naturaleza.

Dejo el juego. Comienzo a andar.
Observo el deportivo ámbito de las edades.
Recojo mi balón. Mi abuela
me lo regaló en mi décimo segundo cumpleaños.
Ella murió hace dos años, un cáncer.
En la cama de un hospital, donde ya no reconocía aquel rostro
que me cuidaba en la niñez
y yo quería ser tan alto como mi tío (su hijo).
Un cáncer. En la cama de un hospital.

Ya no se puede jugar con ese balón, sólo es
una coartada, una esfera social, una excusa
para abordar la pista sin las manos vacías.
Palpo su piel gastada, sus costuras rotas
y tratando de escapar su cámara negra
de goma
                  como un alma
                  como las tripas de un estratega reventado
                  como una peste negra.

Las grietas ya no son las mismas que hace doce años.
                                                                              

                                                                               18-2-98.

jueves, 29 de enero de 2015

El calvo del Sonora, poema de El bar de Lee

Hacía tiempo que no mostraba aquí alguno de mis poemas. Me apetece hacerlo hoy. Selecciono para ello un poema que ya ha aparecido en el blog. Le tengo especial cariño, fue el primero que escribí para el segundo libro incluido en El bar de Lee, y que da título al poemario.




EL CALVO DEL SONORA
                Pero aunque sea un boxeador golpeado
                    Voy a dar mis últimas peleas.
                                            Jorge Teillier

Mecido por el oleaje de la música y la batuta
de una copa en la mano, se acercaba
a las chicas. A su alrededor bailaba, y ellas,
a veces, le seguían brevemente el juego.
Al inclinarse sobre sus oídos los rechazos
no le hacían mella, no cambiaba el compás
ni el semblante, sostenido en el ritmo,
imperturbable a su inmóvil derrota, bailaba.
Siempre iba solo, siempre estaba borracho,
entraba en aquel único pub: el Sonora.

En el andén de Atocha, sólo un día le vi
en otra parte, como yo, esperaba el tren, al fin
sobrio –chándal y bolsa de deporte, escapado
del presidio de cualquier polígono industrial-.
Tras sentarse, su mirada hundida se dispersó
por las paredes de márgenes secos del vagón.
Tal vez, nuestro Tony Manero de los suburbios,
el Calvo del Sonora, soñase ya en ese instante
con su particular fiebre del sábado noche,
embebido de turbios escenarios propicios:
tequilas y cactus, desierto y mariachis.

Pasaba de los treinta y nosotros no alcanzábamos
los veinte. Nos sonreíamos observándole,
espectadores cruentos de sus bailes sin pareja.
Siempre estaba solo, siempre iba borracho.
Había algo patético en él y también, pienso
ahora, algo poderoso como el hierro ardiente
de la vida. Nos sonreíamos divertidos, pero,
quizás –inconfesable, subterráneo- temerosos
ya del paso del tiempo y los destinos posibles.

Fundido, otra figura más, en el mural
de folclore mexicano del Sonora y el rebullir
de aquellos días inciertos (porque yo también
tuve veinte años…) le recuerdo esta noche
como una terca imagen del fracaso, pero,
porque así lo quiere el tiempo y la memoria,
irrumpe en mí además como un icono
de cierta voluntad temeraria –boxeador
sonado que sigue en pie con las costillas
rotas-, ensalzado al fin por todas las ocasiones
en que la vida nos obligó más tarde
a nosotros, que aún podíamos comernos
el mundo, a tener que ser, persistentes
y en vano, iguales

                                 al Calvo del Sonora.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Yo, poeta 12.574

Fernando Sabido Sánchez es el administrador del blog Poetas siglo XXI, antología de poesía (ver AQUÍ). En este blog, dado el elevado número de poetas mostrados, parece que con entusiasmo de botánico se dedica más a inventariar poetas del mundo que a antologarlos.



He tenido el honor de ser el poeta 12.574 de su larga lista. Fernando Sabido ha tomado cinco poemas de cada uno de mis poemarios publicados por Baile del Sol, Siempre nos quedará Casablanca y El bar de Lee para su blog.




En mi vida normal casi nunca me encuentro con nadie interesado en la poesía, pero en internet los poetas somos un poderoso ejercito.


Dejó el enlace a la entrada con mis poemas: POETA 12.574 AQUÍ.

miércoles, 2 de julio de 2014

Alguien habló sobre mi poemario El bar de Lee

En esta entrada voy a dejar los enlaces a los espacios en los que se habló de mi libro de poemas El bar de Lee (Baile del sol, 2013), formado por los libros de poemas Móstoles era una fiesta (escrito en 1998) y El calvo del Sonora (escrito en 2008):




3) Revista digital La república Cultural
(Reseña escrita por el poeta Alberto García-Teresa)

2) Blog Tu cita de los martes
(Comentario escrito por el poeta y narrador Javier Cánaves)

1) Revista digital Punto de libro
(Reseña a cargo del equipo de Punto de libro)

jueves, 10 de abril de 2014

Homenaje a Kurt Cobain: un poema de El bar de Lee

Hace unos días fue el aniversario de la muerte de Kurt Cobain (20-2-1967 / 4-4-1994). Me resultó sorprendente darme cuenta de que ya habían pasado veinte años desde la mañana en que después de salir de marcha con mis amigos (era sábado o domingo) escuché en la televisión la noticia sobre el suicidio del cantante, a quien había estado escuchando la misma noche anterior en los bares de Alcorcón (aquel día habíamos salido por Alcorcón). Como era de esperar lo convertí en un icono generación, y conservo todos sus discos.
La música triste de Nirvana la tengo muy asociada a los tres años que pasé en la facultad de CC. Físicas (1992-1995), años de no muy grato recuerdo.

Una frase me llamó esta semana la atención: Kurt Cobain murió sin haber navegado nunca por internet. Y empiezo ya a entender el tango Volver de Gardel: "que veinte años no es nada", y esto quiere decir que me hago irremediablemente mayor.

Siempre me encantó su chaqueta de lana.


Dejo aquí hoy, como homenaje, uno de los poemas de El bar de Lee, donde hablo explícitamente de Nirvana

MECÁNICA Y ONDAS

Mesas arañadas y resbaladizos peldaños,
me desprendí del examen antes de tiempo,
la mente embotada y el martillero punzante
de una canción de Nirvana en la cabeza,
sin tregua sobre los folios en blanco
(porque el tiempo de Einstein también
fue para mí el tiempo de Nirvana)
…come as you are, come as you are

Angustiado, vertiginoso, con esquinas
de filos muy agudos al girar la vista,
salí al remanso del pequeño parque
entre las facultades de ciencias.
No tomé el metro a casa, fui hasta
Recoletos, quería ver la exposición
al aire libre con las estatuas de Botero.
Adentrándome en el césped, me moví
alrededor de las rechonchas figuras, toqué
curvas de alegres gigantas, despreocupadas
y tónicas.
      En la mañana de febrero
calentaba el sol y la gente y los coches 
pasaban ajenos a los hamiltonianos,
a mi juventud ridícula y a los equilibrios
estables e inestables, más allá de las integrales
de delirantes cambios de ánimo y variable.

Había estado días (meses) inmóvil en la silla
de mi cuarto, sabiendo que no podía aprobar,
pero consciente también de la imposibilidad
de eludir el parvo rito de las horas de estudio.
Me asfixiaba al correr y mis perseguidores
iban a darme alcance: tras el extravío
de las sábanas, por las noches se repetía.
Sobre la silla de mi cuarto chapoteaba
en la seca inutilidad de mis esfuerzos,
peor aún: de mi fingir y mi yo fraudulento.

Pero allí, en aquellos minutos -que retengo
sobre este nuevo folio en blanco
donde pretendo ser yo ahora 
el que examine a la vida, a la que tuve—
con los pies en el césped y el calorcillo
de la mañana invernal, palpando
las voluptuosas curvas de las relajadas
mujeres de Botero, el sol derramado
sobre el rostro, sé que conseguí imaginar
que más allá de la pronta vuelta
a casa, el ¿qué tal? de mis padres
y de nuevo la silla de estudio
y el esfuerzo inútil del impostor,
podía existir para mí, todavía,
alguna clase de equilibrio –aunque
fuese inestable—en algún lugar
                 de las malditas coordenadas del espacio.