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domingo, 14 de septiembre de 2025

Estambul, de Orhan Pamuk


 Estambul, de Orhan Pamuk

Editorial Mondadori. 436 páginas. 1ª edición de 2003; esta es de 2006

Traducción de Rafael Carpintero

 

En la primavera de 2025 compré de segunda mano, a través de Iberlibro, dos libros de Orhan Pamuk (Estambul, Turquía, 1952), premio Nobel de Literatura de 2006. Fueron la novela El museo de la inocencia (2008) y el libro de memorias Estambul (2003). Los compré con la intención de preparar un viaje a Estambul en julio de 2025. Ya he vuelto de ese viaje. Había empezado Estambul en Madrid, unos días antes de partir, leí gran parte de sus páginas en la propia Estambul y lo finalicé en Madrid. Aunque estuve casi dos semanas en Estambul, los ajetreos del turista no me permitieron sacar demasiadas horas para la lectura.

Pamuk comienza su libro evocando su más remota infancia. Fue un niño que perteneció a la burguesía de Estambul, cuyo abuelo había creado una próspera fabrica de telas que, tras su muerte, el padre de Pamuk y su tío empezaron a echar a perder. Aunque vivió varias mudanzas, buena parte de su infancia la pasó en el llamado «edificio Pamuk», donde convivía gran parte de su familia. La familia había vivido en un palacio, pero –por problemas financieros– tuvieron que alquilarlo y pasar a vivir en el edificio anexo. Para él existían dos núcleos: el central, formado por su madre, su padre, su hermano (que le sacaba dos años) y él, y luego otro grupo más amplio con tíos y abuelos. Que se juntaran para comer, no evitaba las continúas peleas (que podían acabar en los tribunales) entre los familiares, normalmente por temas de herencias y dinero.

Tampoco eran infrecuentes las peleas entre la madre y el padre, que, durante la infancia de Pamuk, en más de una ocasión, se separaban y Pamuk pasaba a vivir con algún familiar.

Me ha gustado el capítulo intimista en el que Pamuk recrea el surgimiento de la culpa, momento que ocurre al tener erecciones involuntarias, recriminadas por terceros. También me ha interesado la relación con la religión: los Pamuk son una familia de acuerdo con la modernización del país, propuesta por Atatürk, y, por tanto, creen en la occidentalización de Turquía. Pamuk nos muestra que, de niño, tanto su familia como él, percibían la religión como propia de los pobres y uno de los lastres que impedía la modernización del país.

 

En el capítulo 4, titulado La amargura de las mansiones derruidas de los bajás: el descubrimiento de las calles, Pamuk empieza a pasar de sus recuerdos personales más privados a describir la ciudad de Estambul desde una perspectiva más general. Pamuk no empezará a hablar de los cambios que, desde el siglo XIX se han operado en el paisaje de la ciudad. Llama la atención, por ejemplo, la pasión de los estambulíes por disfrutar del incendio de las viejas mansiones de madera, muchas de ellas construidas a las orillas del Bósforo. Estos incendios debían ser muy frecuentes, todavía en la juventud de Pamuk, y se hayan documentados por los viajeros europeos que visitaban la ciudad en el siglo XIX.

Durante más capítulos, Pamuk intercala los recuerdos personales con los colectivos. Me ha gustado, por ejemplo, leer sobre las películas que se rodaban en la ciudad, durante la década del 50 y 60. En Turquía había, por entonces, una potente industria local, como en muchos más países de Europa. Luego, Pamuk podía cruzarse por su barrio con los actores que hacían de extras en las películas.

 

Hay capítulos del libro que se convierten en pequeños ensayos sobre algún tema. Así, por ejemplo, el 7, titulado Los paisajes del Bósforo de Melling, analiza los grabados que el alemán (de sangre italiana y francesa) Melling hizo en el siglo XIX de la ciudad. En este capítulo se reproducen algunos de sus dibujos y pinturas.

 

No lo he dicho aún, pero el libro está lleno de fotos, en blanco y negro. Algunas de ellas pertenecen a la familia de Pamuk y retratan su vida íntima, y otras reproducen calles de la ciudad y reproducciones de cuadros o grabados que en el pasado se hicieron de Estambul.

 

En el capítulo 10 Pamuk no hablará de la amargura de la ciudad; una amargura que acaba contagiando a sus habitantes.

Me ha impresionado el capítulo en el que Pamuk habla de los golpes que los profesores daban a los estudiantes en su escuela, de los que él se libraba por ser un buen alumno. El hecho de no haber hecho las tareas o molestar en clase podían ser motivos para recibir una buena tunda.

 

Con la idea de documentarse para su libro, Pamuk leyó viejos periódicos de la ciudad, y en el capítulo 16 recoge algunas frases que le han gustado, leídas en artículos de opinión de distintas épocas.

 

Me han gustado, sobre todo, los capítulos en los que Pamuk habla de algunos de los escritores que retrataron Estambul en el pasado. Resat Ekrem Koçu que era historiador y compuso la Enciclopedia de Estambul, que, en principio, aparecía de forma semanal en un periódico y luego se recogía en forma de libro. En esta enciclopedia, Koçu recogía hechos del pasado, centrándose en lo macabro o extravagante, y Pamuk disfrutó mucho en su juventud con ella. Me resulta curioso leer que Koçu, como historiador, estaba interesado por el pasado otomano de Turquía, al igual que el profesor de la universidad que era su maestro, y ambos tuvieron problemas por tratar este tema ante las nuevas autoridades que exigían la occidentalización del país y olvidar el pasado. Y, sobre todo, me ha interesado que Pamuk me hablara de Ahmet Hamdi Tanpinar, un novelista que, según él, es el que mejor refleja la amargura de Estambul. He buscado información sobre Tanpinar y en España lo tiene traducido la editorial Sexto Piso, con traducción de Rafael Carpintero, el mismo traductor de Pamuk y, por lo que he visto, traductor de todo (o casi todo) lo que de literatura turca llega al mundo hispano. A la novela Paz de Tanpinar la llaman el «Ulises turco», por sus juegos con las voces interiores de los personajes.

 

Pamuk nos va a hablar del que fue el barrio judío de Estambul y del barrio de los rumíes, descendientes de griegos y que, a mediados del siglo XX, aún conservaban su idioma en algunos comercios. Pamuk nos va a hablar también de las campañas políticas en contra de las minorías y el intento de que todos los habitantes de Estambul hablen turco y no otras lenguas, como aún ocurría en su infancia. He estado, en este julio de 2025, de visita en los barrios de Estambul donde Pamuk dice que vivían los judíos y los rumíes (Balat y Fener) y diría que allí ya no vive nadie, como comunidad, que hable en una lengua que no sea el turco. También nos hablará Pamuk de los ataques violentos que, en el pasado, han sufrido estas comunidades. «En mis recuerdos de infancia queda como parte de aquella limpieza cultural la manera en que se callaba a los que por la calle hablaban en voz alta griego o armenio». (pág. 278)

 

Pamuk también nos hablará de los escritores europeos, como Théophile Gautier o Nerval, que en el siglo XIX visitaron Estambul, como fuente de exotismo y como fueron creando mitos (algunos trasmitidos de unos viajeros a otros) sobre la ciudad. Muchos de estos viajeros estaban interesados, sobre todo, por el harén del sultán, una realidad, que nos dirá Pamuk, para él, en el momento –a principios del siglo XXI– que escribe el libro, le parece tan exótica como les parecía a aquellos escritores europeos. También nos hablará de que a los estambulíes, aunque tolerasen una mirada propia sobre sus miserias, no les gustaba que así la retratasen los extranjeros, como, por ejemplo, los porteadores de mercancía con multitud de cajas sobre sus espaldas.

Me ha llamado la atención la historia sobre cuando el escritor francés André Guide visitó Estambul, ya en el siglo XX, escribió un artículo ridiculizando las vestimentas de los estambulíes. Esto tuvo como consecuencia de Atatürk, en su deseo de occidentalizar el país, prohibiera aquellas vestimentas antiguas u orientales.

 

En la página 338, cuando Pamuk se dispone a contar algo personal, como eran las frecuentes peleas que tenía con su hermano, que siempre acababa perdiendo al ser dos años menos, nos dice (a modo de disculpa, más seguramente ante sus familiares que ante el lector), que a veces su memoria puede fallar y que, por tanto, el lector debe dudar de sus palabras. Literalmente escribe: «Si lo importante para un pintor no es el realismo de las cosas sino su forma, para un novelista no lo es el orden de los acontecimientos sino su estructura, y para un escritor de memorias no lo es la verdad del pasado sino su simetría».

Así que, por esta ley de simetría, ya que Pamuk empezó los primeros capítulos del libro hablando de sí mismo y de sus familiares, va a terminar el libro hablando también de sí mismo. En este sentido, el capítulo 35, titulado El primer amor, se podía leer como un relato independiente y me ha parecido una narración bellísima.

 

En primera instancia, la inclinación artística por la que Pamuk sintió atracción fue la del dibujo y la pintura, que le ayudan a salir de la realidad, a refugiarse en un espacio privado al que, de niño, quería trasladarse. También gustaba de conseguir la admiración de la maestra o de los adultos por sus conocimientos y, posteriormente, por la calidad de sus dibujos.

Pamuk empezará a estudiar arquitectura, pero en el segundo año perderá el interés y preferirá vagar por la ciudad nocturna. Su hermano mayor se ha ido a estudiar a Estados Unidos y su padre suele pasarse poco por casa, así que acabará discutiendo con su madre, que teme que deje los estudios por convertirse en pintor, algo que considera posible hacer en lugares como París, pero no en Turquía. Al final, Pamuk le dará una noticia aún más inquietante: va a dejar la universidad, pero no para ser pintor, sino escritor.

 

El estilo de Pamuk es bello y evocador, desarrollado en frases largas, en las que va introduciendo muchas matizaciones, mediante frases subjuntivas.

 

Creo que hubiera sido mejor acercarme a un libro como Estambul habiendo leído antes alguna de las novelas más famosas de Orhan Pamuk, pero al llegar ya la fecha de mi viaje a Estambul barajé la posibilidad de empezar a leer El museo de la inocencia, antes que Estambul y me pareció más sensato, dadas mis circunstancias vitales, empezar por el segundo libro. Ha sido una buena experiencia leer la mayoría de las páginas de este libro durante mi estancia en Estambul. No podría recomendar el libro como «guía turística» con la intención de que vayan a llevar al lector a lugares físicos de la ciudad, porque el libro, más bien, propone un viaje interior, un viaje hacia el espíritu melancólico de la ciudad y, en este sentido, ha logrado que mi viaje a Estambul se ha haya ido recubriendo de capas a las que no podría haber llegado de otro modo. Seguiré con el autor.

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Ciudades de la llanura, por Cormac McCarthy

 


Ciudades de la llanura, de Cormac McCarthy

Editorial Mondadori. 295 páginas. 1ª edición de 1998; ésta es de 2009.

Traducción de Luis Murillo Fort

 

En Navidades compré los tres libros de la Trilogía de la frontera de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados Unidos, 1933) y a finales de junio me puse con Todos los hermosos caballos (1992) y a continuación seguí con En la frontera (1994). Estos dos libros tenían personajes diferentes, pero sus propuestas eran muy similares: hablan de adolescentes errantes que dejaban, el sur de Estados Unidos, Texas o Nuevo México, para adentrarse a caballo en el norte de México. Al terminar En la frontera y tomar de mis estanterías Ciudades de la llanura, en la misma edición de Debolsillo que las dos novelas anteriores, comprobé que la letra era más pequeña que la de los otros libros y que no se había impreso del todo bien en algunas páginas. Así que consulté la web de las bibliotecas públicas de Madrid y vi que había una edición de 2009 de Mondadori de Ciudades de la llanura en la biblioteca Eugenio Trías del Retiro y la saqué para leer el libro más cómodo. Esto me representa mucho: comprar un libro para acabar leyéndolo tomándolo en préstamo de una biblioteca.

 

Al empezar la novela, justo después de haber leído seguidos Todos los hermosos caballos y En la frontera, recibo una grata sorpresa: McCarthy ha juntado en Ciudades de la llanura a John Grady Cole, personaje principal de Todos los hermosos caballos, con Billy Parham, personaje principal de En la frontera. Si no hubiese leído los libros anteriores me hubiera costado determinar el año en el que se sitúa la trama, porque McCarthy no lo dice explícitamente. En la página 23, Billy dice que tiene veintiocho años, y yo sé por En la frontera que tenía dieciséis en 1941, así que estamos en 1953. John tenía dieciséis años en 1949, así que se llevan ocho años, y calculo que tiene veinte cuando comienza la novela. Hacia el final John dirá que tiene diecinueve.

 

Al finalizar Todos los hermosos caballos y En la frontera, dejamos a John y a Billy perdidos en la inmensidad de la naturaleza, sin propósito aparente y posiblemente con un destino de expulsados del sistema y de su tiempo, con grandes posibilidades de morir jóvenes. Al comienzo de Ciudades de la llanura coinciden como trabajadores en un rancho de El Paso. McCarthy suele ser parco en aportar datos al lector que le hagan centrar el tiempo o el lugar de sus historias, y se tarda en saber que el rancho está en esta ciudad del sur de Texas. Cuando los trabajadores del rancho quieren divertirse pasar a Ciudad Juárez, que es ya una ciudad mexicana. De forma simbólica, ahora ya no John o Billy no pasan la frontera entre los dos países a caballo sino que, en más de un caso, lo hacen a pie y han de pasar unos torniquetes que marcan el fin de aquella frontera más mental que física de los otros libros. Más que nunca el Oeste se está acabando en esos torniquetes. Además el rancho de Mac, en el que trabajan, es posible que desaparezca, ya que el ejército norteamericano pretende expropiar sus terrenos para uso militar. Literalmente, los viejos vaqueros se están quedando sin espacio vital. Incluso me resultaba raro al leer Ciudades en la llanura ver a Billy o a John montados en una camioneta y conduciendo un vehículo en vez de estar todo el día a caballo.

 

Cuando comienza el libro John ha llegado hace poco al rancho y trata de domar a un caballo que ya ha adquirido muchas malas mañas. El caballo le tirará al suelo lesionándole un tobillo, y esto parece dañar su orgullo de «vaquero nato».

Billy se ha hecho amigo de John y, en cierto modo, parece ejercer de tutor para él. Los «viejos tiempos», de los que jóvenes como John y Billy parecen ser los últimos supervivientes, están encarnados en el viejo Johnson, suegro de Mac, el dueño del rancho. «El viejo seguía sentado a la mesa con el sombrero puesto. Había nacido en el este de Texas en mil ochocientos sesenta y siete y había llegado a la región siendo un joven. Durante una época la región había pasado de la lámpara de petróleo y el caballo y el buggy a los aviones a reacción y la bomba atómica.» (pág. 108)

 

Al principio el lector no tiene muy claro hacia dónde se dirige McCarthy, lo que a estas alturas tampoco es demasiado preocupante. Escenas en el rancho o en los burdeles de Ciudad Juárez. Esta es la trama: el joven John se ha enamorado de Magdalena, una prostituta de diecisiete años de un burdel de Ciudad Juárez, y quiera sacarla de allí, llevarla a Estados Unidos y casarse con ella. Una de las dificultades más grandes que va a tener será convencer a Eduardo, el proxeneta de Magdalena. John le pedirá ayuda a Billy, quien tratará de quitarle la idea de la cabeza, pero se prestará a ayudarle. Las novelas de McCarthy tienen pocas concesiones, y si bien en el México de las otras dos novelas de la trilogía nuestros protagonistas se encontraron con lo peor y lo mejor de la condición humana, el tono de McCarthy en general suele ser descorazonador. En sus novelas hay poco espacio para la dicha y sus personajes y sus historias no suelen tener redención. La historia de Magdalena es sobrecogedora: «Había nacido en el estado de Chiapas y a los trece años había sido vendida para saldar una deuda de juego. No tenía familia. En Puebla había conseguido huir a un convento en busca de protección. El proxeneta en persona se presentó en el convento a la mañana siguiente y a plena luz del día entregó un dinero a la madre superiora y volvió a llevarse a la chica.

Aquel hombre la desnudó de arriba abajo y le pegó con un látigo hecho de una cámara de neumático. Luego la tomó en sus brazos y le dijo que la amaba. Ella escapó de nuevo y acudió a la policía. Tres agentes la llevaron a una habitación del sótano en cuyo suelo había un colchón mugriento. Cuando terminaron con ella la entregaron a los otros policías. Luego la entregaron a los reclusos por los pocos pesos que estos podían reunir o la cambiaron por cigarrillos. Al final avisaron al proxeneta y se la vendieron a él otra vez.

El hombre la golpeó a puño limpio y la lanzó contra la pared y la derribó y la pateó. Dijo que si huía otra vez la mataría. Ella cerró los ojos y le ofreció el cuello. El hombre la levantó  colérico por el brazo pero el brazo se le partió en las manos. Un chasquido apagado, como una rama seca. Ella boqueó y lloró de dolor.» (pág. 142)

 

Ciudades de la llanura contiene páginas interesantes, en las que McCarthy redunda en temas ya tratados en los dos libros anteriores de esta trilogía y, desde luego, ha sido emocionante para mí ver a John y Billy, los personajes de las entregas anteriores, juntos. Pero debo señalar que este tercer libro es inferior a los otros dos. Si alguien lee Todos los hermosos caballos y En la llanura seguidos, como he hecho yo, le recomendaría leer Ciudades de la llanura y acabar con la trilogía. He sentido emoción al leer las últimas páginas del libro y conocer el destino de los dos protagonistas de las novelas anteriores, pero el lector ha de saber que el nivel literario de Ciudades de la llanura baja respecto a Todos los hermosos caballos y En la llanura y, aun así, esto no lo convierte en un mal libro.

domingo, 24 de julio de 2016

Las ilusiones perdidas, por Honoré de Balzac.

Editorial Debolsillo. 712 páginas. 1ª edición de 1835-1843; ésta de 2014.
Traducción de José Ramón Monreal.

Hasta ahora había leído a algunas de las figuras más destacadas de la novela francesa del siglo XIX, como a Gustave Flaubert, Émile Zola y Stendhal, pero me faltaba uno de los más importantes: Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850). Si quería leer a Balzac, lo más lógico era acercarme a su novela más emblemática, Las ilusiones perdidas. Llevaba años hojeándola en las librerías o en las bibliotecas. Me decidí a comprarla el verano de 2015 en la Casa del Libro de Goya. Fue una compra impulsiva. No pensaba leerlo a corto plazo, pero sabía que, si me lo llevaba a casa, tarde o temprano lo acabaría leyendo. Me he acercado a él en mayo de 2016, casi un año después de su compra (lo que no está mal, teniendo en cuenta que en mi casa hay libros sin leer de hace más de veinte años y nunca he pensado en deshacerme de ellos).

Las ilusiones perdidas está formado por tres novelas: Los dos poetas (1835), Un gran hombre de provincias en París (1839) y Los sufrimientos del inventor (1843), que en su momento se publicaron de forma independiente, aunque en la actualidad el lector las encuentra siempre en un único volumen.
La primera y la última transcurren en Angulema, ciudad natal de Lucien Chardon (o Lucien de Rubempré).

En Los dos poetas conocemos a los jóvenes Lucien y David. Al principio el personaje principal parece ser David, que ha estudiado en París el arte de la edición y, al regresar a Angulema, hereda de su padre la imprenta con la que éste se ha ganado la vida desde hace años, a pesar de ser analfabeto. El negocio no es muy boyante y el padre de David se lo traspasa en unas condiciones muy desfavorables para los intereses del hijo, que es un joven aficionado a la literatura y a las ciencias. En esta primera parte, David soñará con ser inventor (aspecto que se desarrollará más en la tercera). Su amigo del colegio, Lucien, comparte con él la afición por la literatura y la ciencia, aunque él se decanta sobre todo por la literatura. Gracias a los versos que ha realizado en el colegio, Lucien entrará en contacto con madame de Bargeton, mujer perteneciente a la nobleza de Angulema y de notable belleza.

De los autores franceses que citaba más arriba, al último que leí fue a Stendhal, en concreto su novela Rojo y negro, que se publicó en 1830. Teniendo en cuenta su fecha de publicación, parece evidente que esta obra influyó en la creación de Las ilusiones perdidas, cuya primera parte se publicó en 1835. Ambas novelas tienen como personaje principal a un arribista: Julien Sorel en Rojo y negro y Lucien Chardon en Las ilusiones perdidas. En ambas, la voz principal es un narrador omnisciente que nos informa de lo que debemos pensar sobre los personajes: si en Rojo y negro el adjetivo «hipócrita» precedía al protagonista, Julien, en Las ilusiones perdidas es «ambicioso» el calificativo que antecede el nombre de Lucien. El narrador suele interrumpir la historia para describirnos ciertos aspectos al detalle (las leyes de la época, las costumbres de Angulema...). Así, por ejemplo, leemos en la página 41 de Los dos poetas: «Pero es tanto más necesario dar aquí algunas explicaciones sobre Angulema cuanto que ayudarán a comprender mejor a madame de Bargeton, uno de los personajes más importantes de esta historia».
Otra característica de la voz narrativa del siglo XIX es que suele ser muy sentenciosa. He aquí algunos ejemplos:
Página 22: «Las personas generosas son malos comerciantes».
Página 26: «La avaricia, como el amor, posee el don de la visión de los acontecimientos futuros, que presiente y adivina».
Página 36: «Una de las desgracias a las que se ven sometidas las grandes inteligencias es la de comprender por fuerza todas las cosas, tanto los vicios como las virtudes».
Página 49: «A falta de ejercicio, las pasiones se empequeñecen al agrandarse las nimiedades».

Yo mismo podría ponerme sentencioso y afirmar que estas grandes novelas del siglo XIX francés, que explican al lector en todo momento lo que tiene que pensar sobre los personajes, resultan poco sutiles desde una perspectiva actual, pero sin embargo, terminan siendo muy agudas.

En Los dos poetas existe otro marcado paralelismo con Rojo y negro: la historia de Lucien, como la de Julien, es la historia de un seductor, y gran parte de la trama de la novela trata de las vicisitudes que vive el joven Lucien cuando trata de conquistar a madame de Bargeton.

Bajo mi punto de vista, la fuerza de Las ilusiones perdidas radica principalmente en su segunda parte, Un gran hombre de provincias en París, que retrata la llegada de Lucien y madame de Bargeton a la capital, la traición de madame de Bargeton y el ascenso y caída de Lucien en el mundo de las letras. Lucien ha escrito en provincias un poemario, titulado Las margaritas, y una novela a lo Walter Scott titulada El arquero de Carlos IX. Todo lo que me había resultado anticuado en la primera parte de esta gran novela de aprendizaje, se vuelve ágil y rítmico en la segunda. En cierto modo ‒aunque es verdad que entre la publicación de ambas partes pasaron varios años‒, es como si Balzac se volviera un autor mucho más moderno en la segunda parte. Las ambiciones de Lucien chocarán con París, donde descubrirá que de entrada no se puede ser nadie sin la vestimenta adecuada, y para conseguirla hipotecará los ahorros de David, su mejor amigo y también cuñado. Lucien acabará viviendo en el barrio Latino y pasando penalidades mientras persigue su sueño de ser escritor. En este sentido la novela entronca con toda una tradición de novelas sobre los sueños literarios: Martin Eden de Jack London o Hambre de Knut Hamsun podrían ser deudoras de Las ilusiones perdidas.

Un gran hombre de provincias en París es una sátira del mundo de las ambiciones literarias, pero sobre todo es una sátira del mundo del periodismo cultural, que empezaba a cobrar una gran importancia en el mundo del ocio de la década de 1820 (principalmente las críticas de las novedades literarias y los estrenos teatrales). Lucien, una vez que ha perdido el favor de madame de Bargeton, se dedicará a aprender por su cuenta en la biblioteca y a vivir frugalmente. Conocerá a un grupo de jóvenes idealistas, trabajadores y abnegados, personas francas, a las que no les importa pasar penalidades y que nunca traicionarían sus altos ideales artísticos, o científicos, por el éxito inmediato. Pero también va a conocer a otro joven escritor que se gana la vida como reseñista en un periódico, alguien que le introducirá en ese mundo de dinero fácil y corrupciones, pues el reseñismo de novedades literarias y estrenos teatrales, descubrirá Lucien, no tiene tanto que ver con el gusto del crítico sino con la capacidad del editor o del promotor teatral de pagar las reseñas.

En esta segunda parte podemos leer frases como las siguientes: «Hoy día, para triunfar, hay que relacionarse. Todo es fruto del azar, como puede ver. No hay nada más peligroso que tener inteligencia y quedarse solo en un rincón» (pág. 294). En la página 398, los personajes deciden la estrategia a seguir para primero desdeñar el libro que acaba de publicar un compañero y luego, más tarde, ensalzarlo para conseguir los beneficios de la polémica: «Y terminas afirmando que la obra de Natham es el libro mejor y más agradable de nuestro tiempo. Que es como no decir nada, porque se dice de todos los libros». Cualquiera que lea las fajas de las novedades literarias actuales puede saber que esto que escribió Balzac en 1839 no ha cambiado en absoluto.

En la tercera parte, Los sufrimientos del inventor, volvemos a Angulema y retomamos la vida de David, que alcanza más protagonismo que Lucien. David trata de hacer realidad su sueño: hacerse rico mediante la creación de un papel para la edición de libros más barato que el habitual. Sin embargo, los acreedores (en gran parte debido a la ruindad de su padre y al exceso de generosidad que David tuvo con Lucien) no cesarán de perseguirle.


Las ilusiones perdidas –sobre todo la segunda parte, como ya he apuntado– es una gran novela de aprendizaje, un libro que debería leer cualquier joven aspirante a escritor, porque su sarcasmo y su crítica de costumbres le resultarán muy instructivos y reconocibles. «¡Ah, querido!, aún tiene ilusiones», le dice con ironía un personaje a Lucien cuando éste empieza a relacionarse con escritores y periodistas culturales. Y quizás en esto resida lo más importante de la novela: saber que en el mundo de las letras es casi imposible triunfar y, aun así, conservar la ilusión de seguir escribiendo.

domingo, 17 de enero de 2016

Cómo me hice monja, por César Aira

Editorial Mondadori. 231 páginas. 1ª edición de 1989 y 1990, ésta es de 1998.

Creo que he tenido una relación extraña con este libro. Debió de llegar a la biblioteca de Móstoles como novedad posiblemente cuando fue editado, en 1998, o poco después. En la biblioteca de Móstoles tienen bastantes libros de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) pero, hasta ahora, que he leído tres libros de Aira comprados de segunda mano, nunca había leído uno de aquéllos. Entre todos estos libros de Aira, que he hojeado muchas veces y nunca leído, mi favorito, el libro de Aira de la biblioteca de Móstoles que más veces he estado a punto de leer en los últimos quince años ha sido éste: Cómo me hice monja (1989), por ser una de las novelas más representativas del autor. Este volumen además contiene las novelas cortas La prueba (1989) y El llanto (1990). Recuerdo que, hace más de una década, este libro desapareció de la biblioteca, en uno de los periodos que más ganas tenía de leerlo. Pregunté por él a los bibliotecarios y me contaron que lo había sacado en préstamo uno de ellos que, había sido trasladado de biblioteca y estaba tardando en devolverlo. Lo tuvo en su poder muchos meses. Cuando regresó, yo había dejado ya de esperarlo. Años después lo saqué, y estuvo en mi casa, junto con otros libros de Aira. Al final me enfrasqué en otras lecturas y devolví aquellos libros sin leerlos. Mientras, he leído Cumpleaños, El tilo y Las noches de Flores. Los dos últimos están comentados en el blog.

Después de haber leído dos novedades literarias, me dije que tenía que parar y leer al menos un clásico, y que valdría si era un clásico moderno, o uno de esos libros que siempre había querido leer y, por un motivo u otro, la lectura se había ido posponiendo. Así que hace unos sábados, que fui a la casa de mis padres en Móstoles, después de comer me pasé por la biblioteca y por fin saqué Cómo me hice monja y por fin lo he leído. No tenía todas conmigo, pensé que al final me iba a volver a liar con otra cosa e iba a seguir sin leerlo.
Pero al fin ha ocurrido: he leído Cómo me hice monja de César Aira y he descubierto que es un libro en el que, en realidad, nadie se hace monja.

Cómo he hice monja está narrado por una persona que evoca sus seis años, un niño llamado César Aira que, junto con sus padres, ha emigrado del pueblo Coronel Pringles (del que no le quedan recuerdos) a Rosario. La narración empieza con uno de los primeros recuerdos de Rosario: el padre quiere invitar a su hijo a probar el helado, algo que no existía en Coronel Pringles. Compran dos helados en una heladería de Rosario, el padre lo come en la calle con delectación y el niño al probar su helado de frutilla siente que es repugnante, que le va a resultar imposible tragarlo. El padre cree que el niño se burla de él y quiere forzarle a comerlo. La escena mínima, pero de una gran violencia contenida, se prolonga hasta que el padre prueba el helado del hijo y descubre que, efectivamente, es repúgnate porque ha sido vendido en mal estado. El padre la tomará ahora con el heladero, al que acabará matando introduciendo su cabeza en un cubo de helado. Todas estas primeras páginas de malentendidos son violentas, grotescas, realistas pero no del todo, ya el lector siente que se ha metido dentro de un mundo onírico, que bordea los límites de una experiencia alucinada o una pesadilla. El niño se quedará solo con la madre cuando el padre es encarcelado.
Al empezar el segundo capítulo he vuelto al capítulo uno y lo he revisado, puesto que había leído el capítulo como si el narrador nos hablase de su infancia y el narrador fuese un niño. En masculino se dirige el padre a él. En el segundo capítulo el narrador se empezará a referirse a sí mismo en femenino. Así que el narrador César Aira, al que los demás perciben como varón, se siente en su interior una chica (aunque no en todas las ocasiones, puesto que también habla de sí mismo en masculino). Se suceden los recuerdos de infancia: la enfermedad que hace que el niño-niña Aira tenga que guardar cama, entre extrañas pesadillas, la estancia en el hospital de Rosario, el colegio… El posible realismo de la narración se ve continuamente alterado por la visión fantasiosa del narrador. En este sentido, Cómo me hice monja me ha recordado a la escritura de Bruno Schulz en su conjunto de relatos Madurar hacia la infancia. El mundo alucinado de Schulz me parece un referente claro de la escritura de Aira en este libro.

Recuerdo que al leer Las noches de Flores y buscar información sobre el libro en internet me encontré con reseñas de lectores que aceptaban que Aira convirtiera lo que parecía una novela realista, sobre dos jubilados afrontando la crisis del 2000 en Argentina, en una novela fantástica, pero lo que no le perdonaban a Aira era que jugase a romper la verosimilitud narrativa, algo que entendían como un error constructivo, cuando esto precisamente –romper la verosimilitud narrativa- es una de las marcas de la narrativa de Aira. Un autor que se ha propuesto desde el principio acercarse a la literatura como si ésta fuese un juego que admite cualquier dislate. Lo bueno de esta propuesta es que uno siempre lee expectante, porque no sabe en cada obra de Aira (o en cada página) por dónde va a salir el autor, aunque a veces la apuesta sea excesiva y se tenga la sensación de que no existe ninguna idea de construcción narrativa y que Aira nos está tomando el pelo.

La primera es la novela corta más larga, con sus 90 páginas. Las otras dos tienen, cada una, unas 60.
La prueba está narrada en tercera persona. Marcia es una adolescente de dieciséis años que vuelve del colegio a casa andando. Por el camino observa como pierden el tiempo los jóvenes, hasta que dos chicas punks la interpelan con una obscenidad. Una de estas chicas, que se llama a sí misma, Mao, le dirá a Marcia que se ha enamorado de ella y que quiere acostarse con ella, que a su compañera –Lenin- no le importa que cambie de pareja. Marcia acaba sintiendo curiosidad y decide unirse a las punks. La narración que empieza siendo realista, con la mirada sobre el mundo de una adolescente algo ingenua, acaba derivando hacia un mundo de violencia expresionista. Me ha gustado esta narración y me ha sorprendido bastante, que es una de las intenciones narrativas de Aira.

El llanto quizás sea el texto que menos me ha gustado de los tres, y con esto no quiero decir que no me ha gustado, porque sí lo ha hecho, pero en menor medida que los otros. El llanto propone una historia más inmóvil, con un hombre que se despierta en la noche y evoca desde un sofá. A nuestro narrador le ha dejado su mujer después de doce años de matrimonio. En realidad el conflicto parece muy cotidiano, pero en Aira el concepto de lo cotidiano es puramente engañoso. Aquí nos encontraremos un complot internacional que lleva al magnicidio y sucesos por completo fantásticos, que son asumidos como reales por el narrador. Así, por ejemplo, podemos leer en la página 187, cuando se describe la cena en un restaurante: “Mucho después supe que lo que había pasado era que el pez había saltado del plato sobre su escote, y le estaba mordiendo los senos con toda la ferocidad que puede esperarse de un resucitado.” Las últimas páginas del libro rompen por completo la verosimilitud narrativa de lo contado (suponiendo que hayamos asumidos como real, dentro del juego del libro, el ataque de un pescado que resucita del plato de un restaurante una vez servido).

Con las tres novelas de este volumen ya he leído seis novelas cortas de Aira, y creo que éstas a las que me acercado en este libro, Cómo he hice monja, son de las mejoras y deben ser de las más representativas del autor.

domingo, 26 de julio de 2015

En medio de ninguna parte, por J. M. Coetzee

Editorial Mondadori. 189 páginas. 1ª edición de 1977; ésta es de 2003.
Traducción de Miguel Martínez-Lage

Cuando en 2003 le concedieron el premio Nobel a J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo Sudáfrica, 1940) no estaba seguro de haber oído hablar de él. Tan vez había leído reseñas sobre alguno de sus libros en suplementos culturales; pero si lo había hecho lo había olvidado. Así que Coetzee era para mí en 2003 un perfecto escritor desconocido. Creo que lo mejor del premio Nobel es que puede descubrirte a algún escritor que no conocías que, de repente, por unos meses toma más relevancia social. Ya saben, en España el ciudadano medio piensa que el premio Planeta y el premio Nobel son importantes. No leo a todos los premio Nobel que desde hace veinte años han sido premiados y desconocía, pero con algunos si lo he hecho y me he llevado gratas sorpresas. Una de ellas podría ser la de Coetzee (la otra más notable sería el japonés Kenzaburo Oé). Pensé comprar algún libro de Coetzee, los artículos que estaba leyendo sobre él me interesan, pero ya lo había hecho (comprar alguno de sus libros) uno de mis amigos y para las navidades de 2003 a 2004 me dejó las novelas autobiográficas Infancia (1998) y Juventud (2002).
Me pareció un escritor bastante frío, pero me gustó el reflejo que hacía de la sociedad sudafricana. Recuerdo sobre todo una escena de Juventud: el joven Coetzee pasea por la calle en Londres, se cruza con un hombre, se miran, suben a una casa juntos. Se acuestan. Y acaba el párrafo diciendo (cito de memoria): “Así que esto era acostarse con un hombre.” Y luego, en ningún momento, vuelve a hablar del tema.

Más tarde leí Desgracia (1999) que me gustó más que las anteriores. Me pareció una historia muy tensa y muy bien llevada. Luego me acerqué a Foe (1986) que me pareció algo aburrido y ya no volví a leer nada de Coetzee hasta este abril de 2015.

El libro que tengo de En medio de ninguna parte lo vendían en la librería de segunda mano La tarde libros de Malasaña por 9 euros. No lo compré, realicé un intercambio. Yo fui allí con unos cuantos libros que no quería y me traje algún otro, entre ellos esto. Esto ocurrió (lo anoté en la primera página) en abril de 2011.

En medio de ninguna parte es la segunda novela de Coetzee. La narradora de la historia es Magda (aunque no sabremos su nombre hasta que no esté el libro bien avanzado). Magda vive en una granja sudafricana con su padre y los sirvientes y trabajadores negros; en plena época del apartheid. Magda nos presenta a su padre como un ser despótico con el que no tiene una buena relación. Con los trabajadores negros de la granja una buena relación parece difícil de establecer. Así que Magda mitiga la soledad que siente leyendo, escribiendo (en la página 52 afirma “Esto es lo que tenía que haber sido: una poetisa de la interioridad.” y en la página 110 reclama “una habitación propia”) y observando lo que le rodea: el vasto y salvaje paisaje de la sabana sudafricana, y las relaciones entre sus habitantes.

El texto se divide en fragmentos antecedidos por un número. En todas tenemos 266 fragmentos de información, que van desde una línea hasta unas tres páginas. En principio, y hay una insinuación en este sentido, podríamos pensar que se tratan de las entradas en un diario. Pero en otros momentos, según avanza la historia, esta hipótesis es menos sostenible: algunos de los acontecimientos están narrados en presente, de forma inmediata a que sucedan; no existe sobre esos hechos una reflexión posterior, cuando Magda ha podido sentarse a escribir.
Además el lector no debe fiarse de la narradora, pues algunas de sus anotaciones parecen actuar como proyecciones de sus fantasías y no estar ocurriendo en la realidad. En este sentido, por ejemplo, en la página 21 Magda mata a su padre y a su amante a hachazos. Y este pensaba que iba a ser el motivo del libro, el ocultamiento de los cadáveres, etc. Pero en las páginas siguientes, vuelve a aparecer el padre en la historia, y el lector descubre que lo leído era una fantasía.

Hay un detalle que no me dejaba disfrutar del todo de la novela según avanzaba en ella. La primera frase del libro es ésta: “Hoy mi padre trajo a casa a la mujer a la que acaba de desposar.” Dos páginas después leemos: “Cae la noche y mi padre y su nueva esposa retozan en el dormitorio.”
En la página 28 leemos: “A fin de cuentas, no son idos los días de antaño. No ha traído a casa a la mujer con la que acaba de casarse, soy todavía su hija.” Descubro ahora, al revisar el texto, que existía esta frase que parece negar la existencia de la nueva mujer. Pero seguía leyendo y tenía la impresión de que ese personaje simplemente se había volatilizado de la historia.
En la página siguiente, en la 29, se nos informa de esto: “Hace seis meses, Hendrik trajo a la casa a su mujer, recién desposados.” Hendrik es uno de los trabajadores negros de la granja. Su mujer es apenas una niña; una niña en la que empezará a fijarse el padre de Magda, el amo. “Mientras Hendrik ha salido a cumplir sabe Dios qué tarea en la hora en la que más aprieta el calor de la tarde, mi padre visita a su mujer.” (pág. 49)

Los personajes son pocos, el drama propuesto denso, asfixiante. Pero el lector prevenido ya sabe que no debe fiarse del todo de la narradora. Lo que nos cuenta puede estar sucediendo o no. Tal vez, esta sea una de las claves del libro ¿qué es real en una narración? ¿La narración puede deshacerse a sí misma y comenzar de nuevo desde otra perspectiva?

En algún momento, Magda desea acercarse a Hendrik y su mujer Anna, en contraposición a la figura del padre, al que considera el enemigo de todos. Pero Hendrik, hombre orgulloso y lleno de rencor frente a los opresores blancos, no puede considerar en ningún caso a Magda como su igual, aunque esta se empeñe en proponérselo. Hendrik no conseguirá ver en ella la individualidad propuesta. Y aquí se encuentra la clave política de la novela: un negro oprimido nunca podrá considerar a un blanco como su igual. Si el blanco se presenta ante él de este modo; una vez perdido el miedo de la servidumbre aprendida, al negro sólo le queda tomar en consideración hacia él la venganza, desatando su violencia, que el blanco asumirá con complejo de culpa.

Leí hace ya bastantes años Desgracia, que Coetzee escribió más de veinte años después que En medio de ninguna parte; y recuerdo que el planteamiento narrativo que he comentado en el párrafo anterior, sobre la violencia y la posible igual y desigualdad de los negros y los blancos en Sudáfrica, estaba también desarrollado en Desgracia en términos novelísticos parecidos. Pero tengo la impresión de que Desgracia pertenece a la etapa de plena madurez creativa de Coetzee y que En medio de ninguna parte pertenece todavía a una etapa de formación. No quiero decir con esto que En medio de ninguna parte sea una mala novela, pero no está a la altura de una obra maestra como Desgracia.

Creo que lo más destacado de En medio de ninguna parte son algunas reflexiones líricas de Magda sobre ese lugar recóndito del mundo en el que le ha tocado vivir. Todo esto resulta en la novela evocador y perturbador. Pero no me ha gustado del todo no poder fiarme de la narradora, esa continúa suspicacia hacia lo leído, si estaría ante una nueva trampa narrativa o no.

Si alguien no ha leído ningún libro de J. M. Coetzee, le recomendaría que antes de acercarse a En medio de ninguna parte o Foe, lo hiciera a Desgracia, Infancia o Juventud.

domingo, 19 de julio de 2015

Todos los cuentos, por Gabriel García Márquez

Editorial Mondadori. 509 páginas. Cuentos escritos y publicados entre 1947 y 1982. Esta edición es de 2012.

Compré este volumen de Todos los cuentos de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-México DF, 2014), la misma semana en que murió su autor. En la Fnac de Callao habían puesto todas sus obras en una pared, tomé este volumen para hojearlo y acabé llevándomelo a casa. Compruebo en internet que el fallecimiento de García Márquez tuvo lugar el 17 de abril de 2014. La compra del volumen fue un homenaje a un escritor que tanto me hizo disfrutar en mi juventud, aunque, en realidad, el mayor homenaje hubiera sido leerlo de forma inmediata. Antes de acercarme a este libro, releí en el verano de 2014, como ya comenté en su día, las novelas El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad. En realidad creo que ha sido mejor así, volver primero a aquellas novelas que tanto me impactaron en su momento y después acercarme a sus narraciones breves.

Me llevé este libro a la sierra, a Collado Mediano, donde fui a pasar unos días por Semana Santa. De los cuatro libros que lo componen, Ojos de perro azul (1972), Los funerales de la Mamá Grande (1962), La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972), y Doce cuentos peregrinos (1992), había leído, hace años, el tercero, que compré en una edición de quiosco.

Aunque Ojos de perro azul apareció como conjunto de cuentos después que Los funerales de la Mamá Grande en este volumen están colocados de forma inicial porque están escritos antes, publicados en revistas y periódicos.

Los primeros cuentos de Ojos de perro azul están fechados en 1947; es decir, cuando García Márquez tenía veinte o tal vez diecinueve años. Los primeros textos de este libro no me han gustado mucho, están escritos por alguien que algún no es el escritor que yo conozco con el nombre de Gabriel García Márquez. El estilo es más espeso del que nos tiene acostumbrados; en la primera página del primer cuento –titulado La tercer resignación (1947)- nos encontramos con ternas de adjetivos como estos: “Aquel ruido frío, cortante, vertical” y un poco después “Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante”. Ya al leer estos primeros párrafos podemos encontrar una diferencia de ritmo frente a las páginas de sus grandes obras posteriores.
En estos cuentos primerizos, aún de los años cuarenta, nos enfrentamos a narraciones muy detenidas: un solo personaje, tumbado en la cama (por ejemplo) piensa de forma obsesiva en algo, que en estas páginas suele ser la muerte, como una idea reiterada, repetitiva. Pero la muerte no es el fin, sino el paso a otro estadio de la realidad, a una realidad contemplativa, fuera del mundo. La figura del doble también es importante aquí.
En este sentido al menos los cinco primeros cuentos de Ojos de perro azul son muy parecidos. Más que poder hablar en ellos de realismo mágico podemos hablar de pulsiones surrealistas.

En los cuentos fechados en 1950 encontramos ya un cambio de registro. De cómo Natanael hace una visita (1950) es un cuento de estirpe kafkiana. Aquí el personaje no está ya tumbado en una cama o en una tumba, ha salido al mundo e interacciona con los demás. Las relaciones que establece con los otros son las de un cuento de Kafka.
En La mujer que llegaba a las seis (1950) el estilo espeso de los comienzos ha adelgazado mucho. En un cuento como éste son muy importantes los diálogos, y diría que ahora es Hemingway el autor cuyo estilo se emula. García Márquez está tratando de hacer suya la teoría del iceberg del norteamericano: «En un relato más importante que lo que se cuenta es lo que no se cuenta.»
En Ojos de perro azul, García Márquez está aún buscando. Estos cuentos son un banco de pruebas para alcanzar la conquista de su estilo literario. En este sentido, los cuentos que más se asemejan a él, y que para mí son los mejores, son los dos últimos: Un hombre viene bajo la lluvia (1954) y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955). Han pasado ya siete u ocho años desde los primeros cuentos del libro y el estilo es ya más firme, más seguro y poético. En Un hombre viene bajo la lluvia aparece ya una referencia al coronel Aureliano Buendía (pág. 123), y en el último cuento, ya desde el título, asistimos al nacimiento del mítico Macondo en el imaginario del autor.

Los funerales de la Mamá Grande es posiblemente el libro de los cuatros que componen este volumen que más gratamente me ha sorprendido. Son cuentos muy emparentados con la forma de narrar de la novela corta El coronel no tiene quien le escriba, publicado en 1961 (estos cuentos son de 1962). Estos realtos, como esa novela, no contienen la exuberancia estilística de obras posteriores como Cien años de soledad, y no hay en ellos elementos que puedan asociarse al realismo mágico. Son cuentos realistas, donde abundan los diálogos, el estilo seco pero bello, trabajado en definitiva, y la sensación de que el lector tiene que reconstruir parte de lo que está ocurriendo, porque García Márquez, siguiendo los presupuestos narrativos de Hemingway, no se lo acaba de contar del todo al lector. Nos encontramos en este libro con nuevas referencias a los Buendía o a Macondo, aunque no se nombre a este pueblo de forma explícita el lector ya siente que está pisando sus calles. De hecho, no se indica que el lugar en el que transcurren los cuentos sea el mismo, pero el lector los lee como así fuera. Por ejemplo, hay un bar al que se identifica como “el salón de billar” que parece el mismo de una composición a otra.
En Los funerales de la Mamá Grande nos encontramos ya con una intención política que no parecía existir en Ojos de perro azul. Y así se puede leer el cuento Un día de estos (1962) sobre el alcalde del pueblo que visita al dentista, con el que tiene más de una diferencia. De este libro destacaría el cuento largo En este pueblo no hay ladrones, un cuento muy al estilo norteamericano, en realidad, aunque esté ambientado en el Caribe reconocible de García Márquez. Al menos en dos cuentos están los personajes fuertemente relacionados: La prodigiosa tarde de Baltazar y La viuda de Montiel, dos relatos bastantes políticos.
El libro acaba con el cuento que le da título. Ya leí en los análisis de la edición de la rae de Cien años de soledad a algún crítico afirmar que García Márquez cometió una incoherencia en su obra porque en el cuento Los funerales de la Mamá Grande escribe frases como las siguientes: “Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que dominaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido.” (pág. 223). En Cien años de soledad, en cambio, no hay ninguna referencia a la Mamá Grande. En cambio este último cuento sí que supone un cambio estilístico respecto a los anteriores, y se acerca más a la densidad de escritura rítmica y bella de su novela emblemática.

El tercer libro recogido aquí es La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, publicado en 1972 y por tanto una década después que el anterior. Muchas cosas le han ocurrido a García Márquez entre medias, entre ellas el enorme éxito de su novela Cien años de soledad, publicada en 1967. Si Los funerales de la Mamá Grande se parecía en el estilo y las intenciones a El coronel no tiene quien le escriba, este nuevo conjunto de relatos está más emparentado con Cien años de soledad. Si en Los funerales de la Mamá Grande, quitando el último cuento, en el que el autor jugaba un poco a la exageración, lo más fantástico que podía ocurrir era que en uno de sus cuentos caían pájaros muertes del cielo, en el primero cuento de este nuevo libro ya nos encontramos con un hombre con alas que cae en el patio de un humilde matrimonio. En este mismo cuento, dos hombres se adentran en el mar y ocurre lo siguiente: “Pasaron frente a un pueblo sumergido, con hombres y mujeres de a caballo, que giraban en torno al quiosco de música. Era un día espléndido y había flores de colores en las terrazas.” (pág. 264).
En los cuentos de este libro se despliegua con libertad la fantasía, los presupuestos del realismo mágico vuelan en ellos desatados; y además de la fantasía también se desarrolla aquí el mito y la fábula, presentes ya en el título de un cuento como El ahogado más hermoso del mundo.
El último cuento, y que da título al conjunto es, con sus casi cincuenta páginas, una novela corta. Curiosamente, si el último cuento de Los funerales de la Mamá Grande cambiaba un poco el estilo del conjunto, y además daba título al libro, lo mismo ocurre con La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Así se acabó la fantasía, para narrar una dura historia de explotación sexual. Una novela corta muy buena.

El cuarto y último libro del presente volumen es Doce cuentos peregrinos, publicado en 1992. Este libro cuanta con un prólogo del propio autor, en el que nos cuenta que es el único de sus libros de relatos que tiene un sentido unitario: retratar a diferentes tipos de hispanoamericanos en Europa. Me gusta mucho el primer cuento, el titulado Buen viaje, señor presidente (1979). De nuevo, hemos regresado al realismo, y asistimos aquí al encuentro en la fría Ginebra de un expresidente caribeño, depuesto por un golpe de estado, que ha de acudir a una clínica Suiza y una pareja de compatriotas que malviven allí. En La santa (1981) volvemos a encontrarnos con algún elemento fantástico. Otro buen cuento. Me han gustado mucho también otros como Sólo vine a hablar por teléfono (1978), El verano feliz de la señora Forbes (1976) o El rastro de tu sangre en la nieve (1976). Estos grandes cuentos conviven aquí con otros menores, que parecen un puro divertimento, como los titulados El avión de la bella durmiente (1982) o La luz es como el agua (1978), que, a pesar de su calidad inferior, no dejan de tener su encanto.
Quizás lo novedoso de Doce cuentos peregrinos es que en muchos de ellos parece existir un narrador o un personaje que se asemejaría en gran medida a un trasunto del propio Gabriel García Márquez.

Me ha gustado mucho este volumen de Todos los cuentos de Gabriel García Márquez. Los dos libros más redondos son los centrales: Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, pero los otros dos, pese a ser algo más irregulares, por encontrarse tal vez en los extremos de la obra del autor –los comienzos y el declive- también contienen cuentos muy valiosos.

Compruebo que de sus novelas sólo me queda por leer La mala hora. Me acercaré a ella pronto.

domingo, 14 de diciembre de 2014

La niña del pelo raro, por David Foster Wallace

He leído el libro en una versión más antigua,
pero no encuentro la portada en la red
Editorial Mondadori. 405 páginas. 1ª edición de 1989; ésta de 2000.
Traducción de Javier Calvo.

Hasta ahora no había leído ningún libro de David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, EE.UU., 1962 – Claremont, California, 2008), lo que no deja de ser extraño. Había leído muchas críticas a sus libros según aparecían en prensa, y uno de mis amigos lectores me lo había recomendado más de una vez. Creo que estaba ya casi convencido de empezar a leerlo cuando llegó la noticia de su suicidio, y esto contribuyó a que haya aplazado mi acercamiento a este autor hasta 2014. Si cuando Foster Wallace se suicidó yo hubiera tenido veinticinco años le hubiera empezado a leer esa misma semana aquejado de fiebres mitomaniacas; pero se suicidó cuando ya había cumplido treinta y cuatro, y su suicidio me hizo suponer que se iba a poner insoportablemente de moda, y empezar a leerlo entonces me pareció poco elegante. Respecto a que se iba a poner insoportablemente de moda tenía razón, pero quizás ya no tanta en que no debía de haberle leído por eso.
Otro factor que me hacía dudar de si Foster Wallace iba a ser mi escritor era el hecho de que parecía más famoso por sus ensayos que por su narrativa, y esto hacía que no le viese como un “escritor puro” (esto es simplemente un prejuicio personal).

En alguno de los comentarios del blog, el poeta y reseñista de Estado crítico José Martínez Ros me recomendó empezar la lectura de Wallace por su primer libro de relatos, La niña del pelo raro. Decidí hacerle caso, aunque lo cierto es que más de una vez he hojeado en la biblioteca La broma infinita o los libros que recogen sus ensayos. Y lo cierto es que, si no recuerdo mal, esta no es la primera vez que saco de la biblioteca de Móstoles La niña del pelo raro; pero en la ocasión anterior algún otro libro se cruzó en mi camino y éste lo acabé devolviendo sin leerlo. Ahora, por fin, como me propuse a finales del año pasado, me he acercado a mi primer libro de David Foster Wallace.

En la contraportada de La niña del pelo raro se afirma que ésta es una recopilación de diez relatos; aunque por la extensión de alguno de ellos (superior a las cincuenta páginas de una caja de edición apretada y con la letra no muy grande) bien podríamos hablar de novelas cortas, o directamente de novelas, ya que el último relato del libro –titulado Hacia el oeste, el avance del imperio continúa- supera las 160 páginas y es claramente una novela y no un relato.

El primer cuento, Animalitos inexpresivos, empieza de un modo que me llama la atención: una primera escena con dos niños abandonados en una carretera que no parece tener conexión con lo leído a continuación; hasta que unas cuantas páginas después el lector comprende la trascendencia de esa primera escena en el relato (o más bien novela corta). Este relato, sobre el amor entre una joven ejecutiva de un programa de televisión y una de sus concursantes me ha parecido, una vez acabado el libro, que condensa ya muchos de los temas que le interesan a Wallace: el análisis de la cultura popular norteamericana, sobre todo la que gira en torno a la televisión, con nombres de programas reales y en más de un caso con personas reconocibles a los que él dota de una personalidad que se adecua a la de su relato y que no parece pretender alcanzar la verosimilitud real.
Estos relatos han aparecido en revistas antes de hacerlo en formato de libro, y el libro está publicado cuando el autor tiene como máximo veintisiete años. Si un relato como Animalitos inexpresivos está escrito por Wallace cuando éste tiene unos veinticinco o veintiséis años no me caben dudas sobre las enormes expectativas que despertó su talento precoz. Animalitos inexpresivos es un relato que me atrapa de forma inmediata; una pieza clásica con algunas peculiaridades (no conectar de forma directa las escenas, crear su historia sobre programas de televisión conocidos, sobre personas reales, insertar en el cuerpo de la historia recortes de periódicos de la época narrada o citas…) muy personales, hace que éste sea un texto potente. Las metáforas y comparaciones que se usan en el texto están muy acordes a la época (“cielos que resplandecen como aftershave2, por ejemplo, en la pág. 44).

Menos me gusta el siguiente relato, Por suerte, el ejecutivo de cuentas sabía practicar la reanimación cardiopulmonar, que por su número de páginas sí que se adapta más a lo esperado de un relato. No hay nombres aquí, las personas son su profesión; alineadas en la gran empresa; pero al final les tocará compartir su angustia.

La niña del pelo raro, contada en primera persona por un triunfador republicado, con amigos punkies, aficionado a quemar a las personas y con más de una idea racista, me ha parecido muy divertido, muy irreverente.

Lyndon es otra de las piezas más destacadas del libro. En esta novela corta un joven homosexual nos narra su relación laboral con el presidente Lyndon Baines Johnson. Este relato desarrolla las características comentadas al hablar del primero: crear personajes a partir de personas reales de la cultura popular norteamericana, y en el cuerpo del relato se intercalan citas de biografías que relatan la época y apuntan características de los personajes retratados aquí.

John Billy me parece un divertimento, una narración sobre una América rural y deprimida que Wallace no se toma en serio en ningún momento. Una narración surrealista, desenfrenada y delirante, una parodia del relato épico, del western moderno. En estas narraciones irónicas y delirantes es donde me parece que más patina Wallace. Él no quiere a sus personajes, ni siente compasión por ellos, lo que hace que el lector no sienta ninguna vinculación emocional con ellos. John Billy tiene alguna imagen poética, conseguida, pero desde luego baja el nivel después del contenido y soberbio relato que es Lyndon.

Aquí y allí sobre los problemas de convivencia de una pareja joven, que muestra al psicólogo sus miserias, me ha parecido una narración fría.

En Mi aparición volvemos a encontrarnos con el mejor Foster Wallece que he empezado a conocer en este libro; de nuevo el tono es contenido y nos encontramos con unos personajes tan bien construidos como los de Lyndon o los de Animalitos inexpresivos; de hecho Mi aparición tiene mucho que ver con este último relato: también aquí la historia se teje en torno a un programa de televisión: una actriz de series es invitada al programa Late Night with David Letterman. Su marido y su agente diseñarán toda una estrategia para que Letterman no la deje en ridículo que hará que nuestra actriz se replantee sus relaciones sentimentales. Un relato soberbio.

Di nunca vuelve a suponer una bajada de nivel en el libro. No me llegó la historia de varios personajes entrelazados por los que Wallace no parece sentir mucho aprecio.

Todo es verde es un cuento de dos páginas. Correcto, muy clásico; me recordó a alguno de los cuentos más cortos de Raymond Carver.

Hacia el oeste, el avance del imperio continúa, como ya apunté al principio de la entrada, es con sus más de 160 páginas una novela. En ella se van a reunir en el corazón de Illinois todos los actores que han aparecido en anuncios de McDonald´s para realizar un macroanuncio. Esta novela es abiertamente metanarrativa, el narrador continuamente va interrumpiendo lo contado para reflexionar sobre la construcción de su historia, e ironiza sobre el material que constituye lo narrado. Lo cierto es que hubiera preferido leer una historia sin tanto juego metaficcional, sin tanto experimentalismo; igual que ocurre en los cuentos con los que he conectado menos de este conjunto, Wallace vuelve a mostrarse aquí cínico, sarcástico con unos personajes que sólo parece querer ridiculizar. De nuevo tenemos algunas escenas brillantes, algunas reflexiones de talento y en más de un caso una sensación de deriva narrativa, -parafraseando a uno de los personajes de la novela- de alarde de chico con talente que parece decirle al lector: «Mira, mamá, sin manos».

En resumen La niña del pelo raro me ha parecido un conjunto de narraciones muy versátil, de muy diverso tono en el que un joven David Foster Wallace se encuentra todavía en proceso de hallar su voz y modular su talento. Curiosamente las narraciones que menos me han gustado han sido las más experimentales, como John Billy, Aquí y allí y Di nunca; y las más conseguidas han sido de las que se desprendía un aire más clásico y de compasión hacia los personajes tratados, como Animales inexpresivos, La niña del pelo raro, Lyndon y Mi aparición. Cuatro narraciones magníficas que ya por ellas mismas justifican la lectura de este libro.

El joven David Foster Wallace me ha parecido un narrador dotado de un gran talento. Es seguro que repetiré con él. Me apetece el libro de ensayo Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer y la novela La broma infinita.

domingo, 9 de marzo de 2014

La hora violeta, por Sergio del Molino

Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2013.

A Sergio del Molino (Madrid, 1979) lo conocí en el encuentro de blogs literarios que se celebró en el Media-Lab Prado de Madrid en marzo de 2012, al que los dos habíamos sido invitados. Después de aquel día he coincidido con él en dos ocasiones. Fui a la presentación de su libro No habrá más enemigo en Madrid, que tuvo lugar en la librería Tipos Infames (la reseña de ese libro está AQUÍ). También fui el año pasado a la presentación en Madrid de su nuevo libro, La hora violeta, en La Central de Callao. Esto ocurrió en abril de 2013, y hasta este enero La hora violeta ha sido uno de mis posibles libros por leer. No lo empezaba debido a mi caos habitual respecto a las nuevas lecturas que acometer y también por el miedo que me provocaba adentrarme en sus páginas.
La hora violeta, como el propio autor nos cuenta en la primera página, trata de lo siguiente: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas. Ése es el tiempo que cabe en nuestra hora violeta. Ése es el tiempo que cabe en este libro, que contiene todas las palabras que hacen falta para nombrar mi condición” (pág. 11).

En octubre de 2013 La hora violeta fue galardonada (junto con Daniela Astor y la caja negra de Marta Sanz) con el premio Tigre Juan; y en diciembre de 2013 le concedieron el premio Ojo Crítico.

En La hora violeta no hay trucos narrativos; y aun así, a pesar de haber leído en la primera página el párrafo que he copiado más arriba, uno espera que Pablo pueda librarse de la enfermedad y que Sergio y Cris, sus padres, puedan retomar su vida donde la dejaron antes de que le fuese diagnosticada a su hijo una complicada leucemia. De hecho, Sergio juega en el texto a reírse de los trucos narrativos, y –como ya hacía en No habrá más enemigo– compara su narración con el guión de una película: “Vivimos atascados en ese no-man’s time, en un pleonasmo de nosotros mismos, y en él evocamos aquel relato fantástico e inverosímil, aquella tragedia barata llena de artificios de guionista zafio, que nos encerró aquí” (pág. 11); “Golpes de efecto baratos e insoportables, reiteraciones de guión de telefilme de sobremesa, pirotecnia melodramática” (pág. 44).

Escribir La hora violeta le sirve a Del Molino para evadirse de lo importante –el recuerdo de su situación–, haciendo de la escritura de su historia lo urgente: “Lo urgente es también este libro. Con su escritura esquivo lo importante. Encaro la pena con palabras, y mientras resuelvo problemas de estilo, depuro el lenguaje y estructuro sus páginas, evito ser tragado por lo importante. Cuidar de los detalles literarios es mi forma de asirme al mástil y mantenerme al mando de la nave. De otro modo, me perderían las sirenas o me cegaría la contemplación del brillante y amorfo espanto que me rodea y me atraviesa” (págs. 144-145).

Cuando este libro fue novedad literaria y se comentó en algún blog de reseñas, recuerdo leer alguna opinión que afirmaba que sobre algo así –sobre la muerte de un hijo– no se debería escribir. En aquel debate acabé interviniendo para apuntar que lo mismo podría decirse de los escritores que relatan sus experiencias en los campos de concentración nazis, que sobre eso no debería escribirse. Vuelvo a opinar ahora lo mismo que opiné entonces: es precisamente de estos temas, de los temas más duros y terribles, de los que más nos afectan, precisamente de los que hay que hablar. Puede que una aventura en un país lejano, y en otra época, logre interesarme o no, pero una experiencia tan íntima como la muerte de un ser querido y, de forma más sangrante, en el caso de un hijo, me ha emocionado mucho. Desde luego, no creo en la idea de que, porque alguien hable de un tema solemne, su libro se convierte de forma automática en literatura. La hora violeta es literatura porque, al hablar de un tema universal (la muerte de un ser querido), consigue tratarlo con mucha delicadeza, reflexionando sobre la muerte y la vida en un hospital, y desde ángulos muy personales. “Me siento extranjero en un país cuyo idioma no comprendo y donde todo el mundo me habla”, nos dice el narrador en la página 30, para dos páginas más tarde afirmar: “La tregua ha terminado y ahora sé perfectamente dónde estoy y qué idioma se habla aquí”.
Del Molino nos describe cómo es la vida en una planta hospitalaria de oncopedriatía (A partir de aquí, monstruos, se titula la primera parte del libro); pero nunca se recrea en el dolor, siempre hay un intento de dignificar a los niños enfermos (es decir, no tratarlos con condescendencia) y un reconocimiento de la labor de médicos y enfermeras. Quizás las páginas que me han parecido más hermosas del libro, porque hay mucha belleza en toda esta desolación (y quizás la literatura valga precisamente para eso: para alumbrar tantos lugares oscuros), sean precisamente aquellas en las que Del Molino se aparta momentáneamente de la descripción del día a día del hospital y reflexiona sobre lo que le ocurre. Las referencias literarias son constantes aquí: Thomas Mann, Goethe, Primo Levi, Claudio Rodríguez, Casavella... y, por supuesto, Francisco Umbral. La sombra de Mortal y rosa gravita sobre La hora violeta, que se abre con una cita del libro de Umbral y acaba con una reflexión sobre esta obra, tan desagarrada y hermosa, sobre la muerte de un hijo.
Destacaría precisamente esos pasajes del libro en los que la tensión dramática se aleja un poco del foco narrativo y Del Molino evoca, por ejemplo, una ciudad canadiense, Saskatoon, que gracias a la letra de una canción decide convertir en un refugio factible; o sus paseos por Barcelona.

En cualquier caso, el libro no se adentra en la experiencia de la muerte del hijo hasta el final: las semanas finales, la muerte y el entierro no se incluyen en estas páginas.


He escrito al comienzo de esta entrada que acercarme a este libro me daba un poco de miedo. Ahora, una vez leído, opino que ha sido una experiencia positiva leerlo: me he sentido muy cercado al narrador, su drama ha sido durante unos días mi drama, lo que ha hecho de la lectura de este libro –poco condescendiente con la lágrima fácil y cargado de dignidad– una experiencia muy enriquecedora. La hora violeta ha alumbrado para mí algunos rincones oscuros de la existencia, y precisamente ése es el gran valor de la buena literatura.