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domingo, 21 de febrero de 2021

Los llanos, por Federico Falco

 


Los llanos, de Federico Falco

Editorial Anagrama. 234 páginas. 1ª edición de 2020.

 

Hace unas semanas reseñé la novela corta Cielos de Córdoba, que acababa de aparecer en España en 2020, publicada por la editorial barcelonesa Las Afueras. Originalmente se publicó en la editorial argentina Nudista en 2011. Hasta este momento, de Federico Falco (General Cabrera, Argentina, 1977) yo había leído dos colecciones de cuentos publicadas en España: La hora de los monos (Salto de página, 2014) y Un cementerio perfecto (Demipage, 2016). Decía en la reseña de Cielos de Córdoba que Federico Falco me parecía uno de los más destacados escritores latinoamericanos actuales, pero que no era muy conocido en España porque hasta ahora solo habían aparecido aquí dos colecciones de cuentos en dos editoriales que, además, están actualmente paradas. Los libros de cuentos se leen menos que las novelas y si son de un autor latinoamericano que solo ha publicado libros de cuentos mucho menos. Pero, sin embargo, me alegraba porque iban a aparecer, de pronto y casi de forma simultánea, dos novelas de Falco en España, la de Cielos de Córdoba (en realidad una nouvelle o novela corta) y Los llanos, con la que ha quedado finalista del premio Herralde 2020. El ganador de este año ha sido Luisgé Martín, con la novela Cien noches. Yo de Luisgé Martín he leído dos novelas, La mujer de sombra (2012) y La vida equivocada (2015) y me parece un buen escritor. Estas dos novelas están publicadas por Anagrama, que es la editorial que convoca el premio Herralde; así que, como viene siendo habitual en sus últimas convocatorias, el Herralde es un premio que se encarga de promocionar a los escritores más destacados de la casa en cada momento. De este modo, para mí la sorpresa ha sido que se reconozca la obra de Federico Falco y que su nueva novela aparezca en la flamante Anagrama. Después de la buena impresión de Cielos de Córdoba me apetecía ponerme también con Los llanos, así que se la solicité a la editorial para poder leerla y reseñarla y, muy amablemente, me enviaron el libro, que pude empezar a leer un día antes de que estuviera a la venta.

 

En Los llanos, Federico Falco ha decidido jugar a la autoficción. No puedo asegurar que el narrador de la novela sea directamente el propio Falco, pero el autor va dejando caer algunas pistas para que el lector avezado pueda establecer algunos paralelismos entre la ficción y su vida. Si bien durante casi todo el libro no conocemos el nombre del narrador, hacia el final nos dirá «Cuando era chico dejaba mensajes en las hojas “escribiéndolas” con las uñas. Cada pellizco entre el filo era el palito de una letra. Un pellizco para el palito vertical de la E, tres pellizcos para los palitos horizontales. FEDE.» (pág. 225). Así que casi al final de la novela sabemos que autor y protagonista comparten el mismo nombre. También conoceremos que tienen una edad similar, ya que en el tiempo narrativo de la historia el protagonista tiene cuarenta y dos años, que es la edad de Falco si suponemos que está escribiendo su novela en 2019. Además el pueblo del que procede el narrador se llama Cabrera, que parece el mismo «General Cabrera» del que procede el autor. El narrador también ha estado trabajando en Buenos Aires como profesor de talleres de escritura y ha publicado libros de cuentos, como el propio autor. Además, el narrador tiene una dolencia, su presión sanguínea es demasiado alta e impropia de su edad, que sé que también sufre Falco. De modo significativo, podemos observar además que la foto de portada, que parece estar tomada en una parcela de la pampa está hecha por el propio escritor.

 

Cuando empieza la acción narrativa, el protagonista ha dejado la gran ciudad y se ha ido a vivir solo a un pequeño pueblo del interior de Argentina llamado Zapiola. Compruebo en internet que este pueblo existe, que se encuentra a 87 kilómetros de Buenos Aires y que está cerca de otro pueblo, de nombre Lobos, que también aparece en la novela.

El primer capítulo se titula ENERO, y empezaremos a leer un texto muy similar a un diario, en el que el escritor de cuentos dice sentirse agotado para la escritura creativa, pero con fuerzas aún para hacer pequeñas anotaciones sobre su vida cotidiana. El narrador se ha instalado en Zapiola con la intención de cultivar un huerto y disfrutar de la soledad. Las frases son escuetas, pero cargadas de fuerza poética al describir la naturaleza que le rodea. También empezará a evocar los días de la infancia cuando pasaba los fines de semana en un pueblo con sus abuelos, donde también hacía un huerto. Así que, en cierto modo, su vida en Zapiola está planteada como un retorno a la infancia. El lector sabe que el narrador viene huyendo de algo, de un conflicto que ha dejado en la gran ciudad. En este sentido, la construcción de la primera mitad del libro mostrando la vida en un lugar que no es el habitual del protagonista, pero dejando entrever que se está huyendo de un conflicto, me ha recordado a la novela Bahía Blanca del también argentino Martín Kohan.

 

El narrador le ha dejado Ciro, quien ha sido su pareja durante los últimos siete años, y ha decidido pasar el duelo de la ruptura retirado en el campo. En la página 179 podemos leer: «El tiempo pasa fácil en las películas, en las novelas. Solo se cuentan las acciones importantes, aquellas que hacen avanzar la trama. El resto ‒las dudas, el aburrimiento, los largos días donde nada cambia, la tristeza estancada‒ desaparece a golpe de elipsis, de cortes netos, resúmenes rápidos. (…)

¿Qué hace la gente triste en las películas con todas las horas del día? ¿Qué hacen cuando no está sonando la musiquita?

Es como si en el tiempo del duelo no hubiera narrativa.»

En esta página 179 se encuentra la clave compositiva del libro: Falco nos va a hablar de esos tiempos muertos del duelo, de la tristeza del abandono y los días sin nadie. Aquí no va a haber resúmenes de acontecimientos, y la narración se va a centrar en los sucesos importantes de una trama, sino que, más bien y por el contrario, va a centrarse en el envés de la construcción tradicional de una historia romántica. Por esto, ya he apuntado que Los llanos de Federico Falco es una novela que tiene mucho de diario íntimo y también de poesía. En muchas de sus páginas, las descripciones del campo (los llanos de la pampa son uno de los protagonistas absolutos de este libro) y los recuerdos de la infancia cobran la intensidad de un poema y, de este modo, algunos párrafos de la novela de Falco me han recordado a poemas de Jorge Teillier. Voy a poner de ejemplo un párrafo de la página 74: «Viento sur todo el día. Amaneció así, apenas si calmó un poco a la tarde y todavía sopla ahora, cuando ya se hace de noche. Día fresco, pero con sol. Secó bastante la humedad de ayer. El viento ululando entre los árboles.

Salgo a dar vueltas en bici, hasta el pueblo, por el camino del rectángulo de bosque, y la vuelta por el camino grande. Los ladrilleros desarmando un horno, cargando un camión hasta muy arriba de ladrillos. Atardecer hermoso, grisáceo, ahora sí parece un día de otoño. En el regreso, el viento en contra, la bici pesada. Y sin embargo, esa sensación de libertad, de espacio abierto, del aire en la cara, del viento fresco y el cielo azul plomizo y el sol encendido de naranja. Cansancio agradable. La amplitud de la pampa.»

 

Hacia la mitad del libro, el narrador hace un viaje a su pueblo natal, Cabrera, para ver a su familia, unos campesinos argentinos descendientes de piamonteses, que huyendo de las guerras cambiaron las montañas por los llanos. Igual que Manuel Puig se evadió de su pueblo de la pampa viendo películas en el cine, nuestro narrador se va a escapar de su pueblo leyendo, sobre todo a partir del momento en el que descubre su homosexualidad. Nuestro narrador es consciente de que algunos de sus amigos, cuando fracasan sentimentalmente, vuelven a su pueblo, a la casa de sus padres, pero él sabe que no puede hacer eso, que su personalidad la creó precisamente apoyado en la idea de huir del pueblo. Es dolorosa la escena en la que, después de la visita a Cabrera, el padre le dice al hijo que vuelva, pero que no se le ocurra hacerlo con un novio, que los vecinos no tienen por qué saber.

 

Cada capítulo refleja las anotaciones que el narrador hace sobre un mes de su vida en el campo, sobre los avances y desesperaciones de su huerto, que parecen actuar en él como lo haría un impulso creativo.

«La horizontalidad. La pampa como el lugar donde estamos perdidos.» (pág. 137)

«La pampa es un paisaje duro, exigente, para nada bucólico.» (pág. 140)

En gran medida Los llanos es todo un homenaje al paisaje tradicional argentino, a su pampa, donde van a luchar contra su tristeza los cowboys de ciudad, los gauchos de ciudad. Un libro conmovedor y terriblemente bello.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Cielos de Córdoba, por Federico Falco

Cielos de Córdoba, de Federico Falco

Editorial las afueras. 100 páginas. 1ª edición de 2011; ésta es de 2020.

 

De Federico Falco (General Cabrera, Argentina, 1977) había leído hasta ahora dos colecciones de relatos, La hora de los monos (2010) y Un cementerio perfecto (2016), que habían bastado para que se convirtiera en uno de mis escritores latinoamericanos favoritos de la actualidad. Así que, cuando en redes sociales vi que la nueva editorial barcelonesa las afueras publicaba en España su novela corta Cielos de Córdoba, publicada en 2011 por la puntera editorial argentina Nudista, consideré de forma inmediata que quería leerla. Estuve navegando por la web de las afueras, y me pareció que su trabajo editorial era muy interesante. Les escribí para solicitarles el libro y poder leerlo y reseñarlo y, amablemente, me lo enviaron en unos días.

 

El protagonista de Cielos de Córdoba es Tino, un niño de once años al que le faltan unos pocos meses para cumplir doce. Comenzamos la novela con Tino visitando a su madre en el hospital del pueblo donde viven. La madre lleva ya tiempo ingresada por una dolencia indeterminada, pero que el lector entiende que puede ser grave. Como es habitual en sus relatos, Falco nos introduce en el mundo de Tino con un tono en apariencia sencillo y ligero, consiguiendo que el lector perciba lo vivido a través de su mirada. Tino se halla en una frontera difusa: aún es un niño, pero se está adentrando en la adolescencia sin comprender muy bien los cambios físicos o mentales que se van a asociar a ella. Como hemos visto, su madre está ingresada en el hospital y su padre va a ser otra figura ausente, ya que regenta en el pueblo un museo dedicado al estudio de los ovnis, y dedicará más tiempo a escrutar los cielos con unos prismáticos (esos «cielos de Córdoba», a los que alude el título), esperando una llamada del más allá, que a su único hijo. De hecho, cuando Tino llega a su casa será él quien prepare la cena, supliendo a su madre; así que en realidad Tino parece tener, en más de un aspecto, más madurez que su propio progenitor, un adulto que se verá obligado a pedir dinero a su padre para sobrevivir, mientras espera a que arranque su quimérico museo.

 

Tino no es un chico muy popular en su colegio. En el tiempo de la novela, conoceremos su amago de amistad con Omar, un compañero de clase que siente un repentino interés por él, a raíz de una mentira sobre su madurez sexual que Tino le ha contado. Éste será uno de los temas del libro: el despertar de la sexualidad en Tino, y su posible atracción por Omar. «En el pueblo dicen que ustedes están locos», le comentará Omar a Tino en la página 77. La familia de Tino procede de Buenos Aires, y en el pueblo donde transcurre la acción no parece ser una familia muy bien acogida. En ningún momento se dice el nombre de este pueblo, del que se nos da el dato de que recibe turistas, y que por lógica ha de estar ubicado en la provincia argentina de Córdoba.

 

Durante la lectura me estaba preguntando por la fecha en que estaba situada la historia: que se tuvieran que ajustar las antenas del televisor para recibir bien la imagen, y que nadie hablara de celulares y sí de un coche modelo Renault 12, me hacía pensar que el tiempo narrativo de la novela no era el actual, y que la narración nos llevaba unas décadas atrás en el tiempo. En la página 56 se nos habla de una pintada de aerosol que contiene el sintagma «enero del 86», una pista muy sólida para dar forma a mis especulaciones.

 

En el prólogo de La hora de los monos, el escritor y crítico Antonio Jiménez Morato hablaba de la esencia «neofantástica» de la propuesta de Federico Falco. Es decir, la teoría de Jiménez Morato era que autores del panorama actual argentino estaban trascendiendo el realismo narrativo a través de una apuesta, que sin ser abiertamente fantástica, bordeaba este género al presentarnos escenas claras pero extrañas. Por ejemplo, ante un suceso inusual, los personajes no reaccionan del modo esperado en un relato realista. En Cielos de Córdoba, aunque en apariencia la nouvelle es de corte realista, en más de una escena se juega a la extrañeza. Por ejemplo, Tino ha hecho amistad con una mujer mayor ciega que vive en el hospital, y Falco describirá algunas escenas con ella que no dejan de ser extrañas. La obsesión del padre por los ovnis es otro elemento de alejamiento del realismo y, debido a su empeño en montar y hacer sostenible un museo de sucesos paranormales, me recordaba al personaje del cuento Un cementerio perfecto, que recorre pueblos de Argentina tratando de crear precisamente eso, el cementerio perfecto.

Como buen niño, Tino se sigue fijando en los animales y en la naturaleza. La descripción de los espacios abiertos (el río del pueblo y los animales) crea destellos poéticos en el libro y rebaja la tensión narrativa de algunos pasajes.

 

En gran medida, y como ya he apuntado, Cielos de Córdoba me ha recordado a algunos de los cuentos largos (casi nouvelles) de Un cementerio perfecto, donde también se describían los pueblos de la provincia argentina y también había niños o adolescentes que se encontraban en un periodo de descubrimiento y cambio en sus vidas. Esto ocurría, sobre todo, en Silvi y la noche oscura, una narración que he sentido emparentada con Cielos de Córdoba.

 

Cielos de Córdoba es una destacada novela corta sobre el paso de la niñez a la adolescencia. Describe perfectamente la sensación de desamparo, soledad, extrañeza, pero también de descubrimiento, de un niño que está haciendo ese salto vital. Nada es explícito en esta narración, sino que todo quedará bellamente insinuado, mediante una prosa en apariencia sencilla, pero en realidad muy elaborada.

 

Diría que Federico Falco no es un autor muy leído en España, y me parece una pena, porque es un escritor verdaderamente destacado de la nueva narrativa latinoamericana. Unos pocos días antes de escribir esta reseña, Falco quedó finalista del premio Herralde de novela 2020 con su obra Los llanos, así que acaba de fichar por la editorial Anagrama. Espero que esta buena noticia contribuya a que Federico Falco se convierta en un autor más leído en España. Y no quisiera acabar este texto sin recomendar a su posible lector que visite la página web de la editorial las afueras, que considero que está haciendo una gran labor. Cielos de Córdoba no va a ser el último libro que lea de su editorial.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Entrevista a Federico Falco, autor de Un cementerio perfecto

Federico Falco (General Cabrera, Argentina, 1977) ha publicado una nouvelle (Cielos de Córdoba, Editorial Nudista, 2011), una obra de teatro (Diosa de Barrio, Editorial La propia cartonera, 2010), poemarios (Aeropuertos, aviones, Ediciones ¿Qué vamos a hacer hasta las seis?, 2006, y Made in China, Ediciones Recovecos, 2008), además de libros de cuentos (222 patitos, Editorial La Creciente, 2004, La hora de los monos, Emecé, 2010 y, más recientemente, Un cementerio perfecto, Eterna Cadencia y Demipage, 2016).
Si quieres leer la reseña que escribí sobre Un cementerio perfecto pincha AQUÍ





La hora de los monos, el libro de relatos que publicaste en 2010, contenía diez relatos. Tu nuevo libro, Un cementerio perfecto, contiene sólo cinco relatos, pero son, en general, más largos que los anteriores. ¿Te sientes ahora más cercano a la nouvelle?

La nouvelle es un formato que me gusta mucho, uno de los que más disfruto. A pesar de eso, no sé si me siento más cercano o no a escribir nouvelle. En general, no pienso demasiado en qué formato final tendrá lo que escribo. Sigo a los personajes, exploro el mundo que va surgiendo, tiro de algunos hilos, y veo qué pasa, qué sale. Trato de que la historia crezca orgánicamente a partir de eso y, por esta razón, su extensión y su formato en general son más resultados con los que me encuentro, que planificaciones o decisiones tomadas a priori. Creo que la extensión de estos relatos tiene más que ver con un cierto afincarse en esos «mundos», que con una búsqueda por un formato específico.


Has publicado cuentos, poesía, una obra de teatro y una nouvelle. ¿Leeremos alguna vez una novela larga de Federico Falco?

Como te contaba antes, mi forma de trabajo es muy poco estructurada. Trato de que las cosas vayan surgiendo en la propia escritura y nunca sé muy bien a dónde me llevan. Por eso, no puedo responder con certeza a tu pregunta. Me es imposible saber si alguna vez aparecerá una novela. Tiendo a pensar que no será así. En general, porque hay cierta brevedad, cierta contención de las formas breves que me seducen. Pero veremos qué depara el futuro.


Como lector, ¿con qué género literario disfrutas más?

Definitivamente, con el cuento. También con la nouvelle, pero sobre todo con el cuento. Dentro de la narrativa, esos son mis dos formatos favoritos. Aunque, a decir verdad, creo que con lo que más disfruto, siempre, es con la poesía.


En el prólogo a la edición española de La hora de los monos (Salto de página, 2014), Antonio Jiménez Morato habla con mucho entusiasmo de la literatura que se está haciendo en la provincia argentina de Córdoba. ¿Qué está ocurriendo ahora mismo en Córdoba a nivel literario?

Muchas cosas, como siempre. Y superpuestas. Hace ya varios años que no vivo en Córdoba, así que no puedo dar un panorama completo y en profundidad, pero hay autores jóvenes, que tienen entre 20 y 30 años que están empezando a publicar. Autores de la generación intermedia y, también un poco mayores, que comienzan recibir el reconocimiento que se merecen. También nuevas voces, algunas de gente de más edad, que empezó a escribir más tarde y que en los últimos años ha comenzado a publicar. Córdoba es una ciudad con mucha vida cultural, un campo amplio, con zonas de tensión, pluralidad de voces, y una energía constante que se alimenta mucho de la vida universitaria, pero también de otras disciplinas (pienso en el teatro independiente, el cine, las artes plásticas, la música). Al ser una ciudad relativamente pequeña, los cruces se dan con mucha facilidad. Pensar en la literatura que se escribe en Córdoba dejando afuera lo que sucede en esas otras artes sería un poco injusto.


En este prólogo de Jiménez Morato, también se menciona que te incomoda que a tus cuentos se los tilde de «narraciones realistas». Después de haber publicado Un cementerio perfecto, que contiene cuentos como Silvi y la noche oscura o La actividad forestal, ¿te has reconciliado con el realismo o sostienes que narraciones como las que cito no se deben encuadrar dentro de esta corriente narrativa?

Cada lector tiene libertad de leer, entender y encuadrar los textos como quiera. En ese sentido, no vale de mucho lo que yo pueda decir al respecto. Mi problema con «las narraciones realistas» es que tienden a disimular la cesura que existe entre el mundo de las cosas y las palabras con que se lo nombra. Desde mi punto de vista, esa siempre ha sido una relación imposible, fracasada y, al mismo tiempo, una relación que me obsesiona. El lenguaje no puede dar cuenta de la complejidad de lo real. Es una herramienta, la única que tenemos a mano, pero una herramienta mellada, un tanto tosca. En algún momento, hace mucho tiempo, descubrir esto, casi vivirlo en el cuerpo, me hizo replantear mi relación con la escritura, cambiar mi forma de escribir. A partir de entonces, renuncié por completo al intento de la mímesis, de la representación. Para mí, ninguno de los cuentos que mencionas transcurren «en nuestro mundo», ni siquiera en mundos demasiado reconocibles. Sino más bien en mundos paralelos, ultra simplificados, estetizados. En lo personal, más que como malas copias de lo real, prefiero pensarlos como pequeñas construcciones autónomas, dibujos de trazo que se inventan sobre la marcha, pequeñas fantasías, imaginaciones. La postura tal vez sea cuestionable, pero, a la hora de enfrentar el teclado, es la única que me permite dar el salto hacia la escritura. Si tuviera que pensarme como un escritor realista, quedaría paralizado por el miedo y la impotencia y ni siquiera podría sentarme a escribir.


Me ha parecido observar que en Un cementerio perfecto hablas más de la muerte y de personajes cercanos a ella que en La hora de los monos. ¿Te sientes obsesionado por la vejez y la muerte?

Durante los años en que escribí el libro viví de cerca la muerte de varios seres queridos. También el envejecer de ciertos cuerpos, ciertos paisajes. Y, junto a eso, la nostalgia por estar lejos, por las propias pérdidas, por el propio paso del tiempo. No creo que todo eso haya llegado a convertirse en una obsesión. La escritura, más bien, fue la forma que encontré para procesar lo que me pasaba y que no sabía cómo sentir, cómo decir. Escribir fue la forma que encontré para poder atravesar esos tiempos.


¿Cuando escribes un cuento partes de alguna anécdota real, de una persona que conoces, de un suceso leído en el periódico… o creas desde cero?

En general, soy bastante lento para escribir. Tardo mucho en encontrar la historia. Dejo y retomo, voy escribiendo varios proyectos al mismo tiempo. El impulso inicial suele ser diferente en cada caso. Antes, con mis primeros libros, casi siempre partía de anécdotas, de pequeñas historias que me contaban o que yo presenciaba. Después, eso fue cambiando. Ahora provienen cada vez menos de anécdotas y en general se originan en mi propia experiencia: de algo entrevisto, de alguna sensación, de una imagen. Pero al ser tan lenta la escritura, y al sufrir tantos cambios los borradores, por lo general ese impulso inicial, provenga de una anécdota, o de mi propia imaginación, siempre se pierde en el camino, o se diluye, o queda afuera, o cambia tanto que ni yo mismo lo recuerdo. En todo caso, lo importante es que siempre es algo que despierta mi curiosidad, mis ganas. Es algo un poco intuitivo: acá hay algo que me resuena, un lugar donde vale la pena raspar a ver qué sale.


Las cinco narraciones de Un cementerio perfecto están ambientadas en la Argentina rural. ¿No te interesa hablar de la vida en una gran ciudad?

Supongo que, mientras escribía estos cuentos, la vida en la ciudad no era algo que me llamara particularmente la atención. Tiene que ver, creo, con estar lejos de mi pueblo, de mis seres queridos, de los paisajes que quiero. A lo mejor, la escritura fue una forma de construir mis propios mundos naturales a los que escaparme.


¿Cuál es el cuento de Un cementerio perfecto que más te ha costado escribir y por qué?

La actividad forestal. Lo empecé a escribir en Córdoba, en el 2005 o 2006. Lo abandoné y lo retomé infinidad de veces. La historia cambió mucho, me costó encontrarla. Había una imagen ahí que me atraía: la del plástico de un vivero zumbando en el viento, protegiendo flores, algo frágil, bello y, al mismo tiempo, efímero y costoso. Al principio era la historia de un matrimonio mayor, un japonés casado con una argentina, con los hijos lejos. Después me centré en el japonés. Tardé años en darme cuenta de que la historia en realidad pasaba por la mujer. Y todavía tardé más en descubrir que el verdadero cuento estaba en cómo ella había llegado allí. Para el 2015 ya tenía el principio y el final y una buena parte lista, pero faltaba algo al medio. Recién pude terminarlo a fines de ese año, cuando me invitaron a participar del programa Bogotá contada. En Colombia me llevaron de visita a los grandes cultivos de rosas de exportación y estar ahí, caminar entre los claveles y las rosas, charlar con algunas de las mujeres que trabajaban en el cultivo me ayudó a encontrar las escenas que hasta entonces se me habían escapado.


¿Podrías hablarnos de cuál es tu particular canon de escritores de cuentos argentinos?

Sin orden de prioridades: Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano, Hebe Uhart, Fogwill, Gandolfo, Marcelo Cohen, Ana María Shua. Los cuentos de Juan José Saer, de Sara Gallardo, de Rodolfo Walsh, de Silvina Ocampo, de Bioy Casares.


Y fuera de Argentina, ¿cuáles son tus escritores de cuentos favoritos?

¡Muchos! Chejov, por supuesto. Y Turgenev, y Katherine Mansfield, y el Joyce de Dublineses. Hemingway, Scott Fitzgerald, Isak Dinesen, Djuna Barnes, Salinger, Cheever, Flannery O’Connor, Carver, Alice Munro, Mavis Gallant, Steven Millhauser, Lydia Davis. La rusa Ludmilla Petrushevskaya. Los cuentos de Cesare Pavese, de Italo Calvino.
Y entre los latinoamericanos, Rulfo, Onetti, Felisberto Hernández, Lispector, Bolaño, Rubem Fonseca, Julio Ramón Ribeyro. Seguro estoy dejando muchos afuera.


Un cementerio perfecto se ha publicado casi de forma simultánea en Argentina –en la editorial Eterna Cadencia–, y en España –en la editorial Demipage–. ¿Cómo está siendo esta experiencia de la publicación simultánea en dos países?

Es raro cómo los libros van encontrando sus propios caminos, arman cada uno sus recorridos. Por supuesto, al estar lejos, viví la publicación en España desde una cierta distancia, la seguí más por las redes sociales que por otra cosa. Pero siempre es una alegría que los libros empiecen a circular, que se lean, que los lectores se los apropien, así que en este caso fue una alegría por partida doble.


¿Estás escribiendo ahora mismo un libro nuevo? ¿Nos puedes hablar de él?

Tengo ahí entre manos una serie de proyectos y textos. Algunos tienen ya un buen tiempo de maceración y siento que llegó el momento de terminarlos. Otros, se quedaron afuera de este libro porque sentí que, por su formato o su temática, desentonaban con el conjunto. Entonces prioricé los que me parecían que se relacionaban mejor y dejé estos borradores en carpeta, por un tiempo. Ahora los estoy retomando y trabajando de a poco, saltando de uno a otro. Todavía no encontré un núcleo en común que los aglutine como libro, pero supongo que ya aparecerá. Es cuestión de esperar y tener paciencia.


Gracias, Federico.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Un cementerio perfecto, por Federico Falco

Editorial Demipage. 256 páginas. 1ª edición de 2016.

En 2014 leí La hora de los monos, el libro de relatos que Federico Falco (General Cabrera, Argentina, 1977) publicó en la editorial Salto de Página. Ya comenté entonces en mi blog que este libro me sorprendió muy gratamente, hasta el punto de haberse convertido en uno de mis favoritos del catálogo de Salto de Página.

En 2016 Falco ha publicado este nuevo libro de relatos, Un cementerio perfecto, de forma casi simultánea en Argentina (en la editorial Eterna Cadencia) y en España (en la editorial Demipage). Si La hora de los monos estaba formado por diez relatos, Un cementerio perfecto se compone de cinco. Al menos tres de estos últimos son bastante largos, de más de sesenta páginas en el formato de caja de los libros de Demipage, que en otra edición de letra más apretada podrían ser la mitad (precisamente el francés demipage significa en español «media página»). En cualquier caso, los tres relatos centrales de Un cementerio perfecto son cuentos largos o casi novelas cortas, y los otros dos tampoco son demasiado breves.

En el prólogo de La hora de los monos, el escritor Antonio Jiménez Morato afirmaba que las piezas que componían el libro eran realistas sólo en apariencia. Según Jiménez Morato, el magisterio de Raymond Carver ha provocado que en las últimas décadas domine la estética del realismo en el relato; pero ‒continuaba‒ el realismo de Carver se sirve de personajes en principio inverosímiles, y es ahí donde Carver consigue traspasar los límites del puro realismo.

En los cuentos de La hora de los monos, Falco situaba a sus personajes en situaciones fuera de lo corriente y acababa bordeando los límites de lo real y lo fantástico, un nuevo territorio narrativo que en Argentina, además de él, están practicando otros escritores jóvenes como Samanta Schweblin o Tomás Sánchez Bellocchio.

Cuando empecé a ver en internet imágenes de la edición argentina o la española de Un cementerio perfecto estuve pensando en pedir el libro a los editores. Pero momentáneamente me contuve, pensando que tenía muchos libros pendientes por leer (una montaña que se acumula en los altillos de mis estanterías y que amenaza con sepultarme al más mínimo seísmo que se registre en mi zona). Sin embargo, desde Demipage, Manuel –que trabaja allí y con el que coincidí en la presentación de La pecera de Juan Gracia Armendáriz– me escribió un mensaje a través de Twitter para proponerme el envío. No pude resistirme. A pesar de mis propósitos de leer más libros clásicos y menos novedades, estaba bastante seguro de que el libro de Falco me iba a gustar.

Leí el primer cuento –Las liebres– en la terraza de una piscina, tomando un café (sé que se empieza a dilatar cada vez más el tiempo entre que leo un libro y publico su reseña). Pasé las páginas finales con algo de prisa. Tenía el tiempo justo para vestirme y salir para una boda a la que estaba invitado. No sé si esta premura influyó en mí, pero lo cierto es que me quedé con la sensación, tras acabarlo, de que los mejores cuentos de La hora de los monos eran superiores a éste. Al protagonista de Las liebres se le llama simbólicamente «el rey de las liebres» y vive en una cueva del monte, caza lo que puede y cuando no le queda más remedio baja hasta el pueblo más cercano para ejecutar pequeños hurtos. El relato nos acerca a un personaje solitario y vulnerable, y pese al realismo de muchas de las escenas, contiene algún elemento marcadamente fantástico: las liebres le hacen entrega de lebratos para que él los sacrifique. El final me parece demasiado abierto y me quedé con la sensación de estar leyendo el primer capítulo de una novela, la sensación de que necesitaba más información para que la esencia de la narración cuajara en mí. No es que Las liebres sea un mal cuento (no lo es), pero esperaba más de un autor del que había leído relatos tan logrados como El elefante, El hombre de los gatos o Flores nuevas.

Por fortuna, lo mejor me esperaba después. Los tres cuentos siguientes, los más largos del libro, y que forman su cuerpo central –los titulados Silvi y la noche oscura, Un cementerio perfecto y La actividad forestal– me han parecido bellísimos, escritos por un narrador maduro que controla sus recursos con plena maestría.

Antes de analizar estos tres cuentos con más detalle, hablaré primero del último, el titulado El río. Este relato tiene una extensión similar a Las liebres y, como aquél, nos habla también de un personaje solitario y vulnerable (todos los personajes de estos cuentos son solitarios y vulnerables, en realidad). La señora Kim ve nevar tras el cristal de la ventana de su casa, mientras se fija en las actividades de los vecinos y recuerda a su difunto marido. Como en algún cuento de La hora de los monos, aquí empiezan a cobrar fuerza en la narración los sueños de la señora Kim. El río es un relato de una simbología hermosa y de ejecución elegante, pero me parece que en él hay menos desarrollo de personajes que en los tres anteriores y para mí, como ocurría con Las liebres, se queda un peldaño por debajo de los otros tres.

Silvi y la noche oscura, con sus más de sesenta páginas en el formato de Demipage, es un relato largo, contundente, hermoso y desolador, que aborda el paso a la vida adulta de una adolescente que vive en un pueblo turístico de Argentina. Las actividades religiosas de su madre provocan que Silvi pase más tiempo del debido al lado de personas moribundas, y su familia católica no verá con buenos ojos su interés por uno de los dos jóvenes mormones que predican por las calles del pueblo.
El cuento Flores nuevas de La hora de los monos tocaba una temática parecida.

En Un cementerio perfecto, Falco nos acerca al señor Bagardelli, un hombre de mediana edad que recorre los pueblos argentinos diseñando cementerios, y que en Coronel Isabeta cree poder llevar a cabo la construcción de su obra maestra, el cementerio perfecto que da título a este libro. Un cementerio perfecto nos presenta una melancólica metáfora de la condición del artista: su soledad, su incomprensión, su imposibilidad para alcanzar sus sueños por causas que no puede controlar… Gracias a este peculiar personaje, Falco nos introduce en la vida cotidiana de un pueblo del interior de Argentina. De nuevo, un gran relato, muy maduro y de gran ejecución técnica.

Al mismo nivel que los dos anteriores se encuentra la tercera joya de este libro, el cuento titulado La actividad forestal, sobre un anciano y su hija que han de abandonar la casa donde viven, construida en medio de un pinar. En su juventud, el anciano plantó los pinos de los que ha vivido siempre rodeado. Sólo parece haber una solución desesperada para ambos: deben encontrar un marido para la hija que les permita a los dos cobijarse bajo techo. De este modo, van a conocer al japonés Sakoiti, un personaje igual de desesperado y frágil que ellos.

Los cinco cuentos están escritos en tercera persona. La mirada de Falco sobre sus personajes desamparados es siempre piadosa. Una gran melancolía por la fragilidad de las vidas elegidas se desprende de estos cuentos. Todos ellos nos muestran la vida en la provincia argentina, en el campo. Antonio Jiménez Morato definía a Falco como un «escritor del interior», y este libro obedece a esa clasificación.

Si bien en Las liebres, con esos animales haciendo la ofrenda de sus hijos, y en El río, en el que se da importancia narrativa a los sueños, nos encontramos con algún elemento que puede considerarse fantástico, las tres mejores historias de este libro me parecen realistas. Es cierto, también, que el señor Bagardelli, el que sueña con construir un cementerio perfecto, es un personaje muy peculiar, pero no creo que ni aquí ni en Silvi y la noche oscura y La actividad forestal nos alejemos de las propuestas del realismo. Como en los relatos realistas de los escritores norteamericanos que más me gustan –Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Ford–, Falco juega con la importancia de la descripción de los paisajes o las condiciones atmosféricas (la nieve, el viento…) para crear elementos simbólicos. Sus narraciones no son simples, ponen la mirada en elementos muy poéticos e interesantes, y es una mirada madura (que contempla sin prejuicios la vejez, por ejemplo). Es el lector el que debe completar las historias mostradas. Los finales suelen ser abiertos, pero en la cabeza del lector se siguen desarrollando una vez que los cuentos terminan y surgen continuaciones para las disyuntivas en que hemos dejado a los personajes. El eco melancólico de los tres mejores relatos largos de este libro resuena en la mente del lector.


Ya he leído dos libros de relatos de Federico Falco y se está convirtiendo en uno de mis cuentistas actuales favoritos. Su voz narrativa es muy firme y poética. Al menos tres relatos (de cinco) de Un cementerio perfecto son magníficos. Lean este libro, acérquense al género del relato, y cuando acaben Un cementerio perfecto busquen La hora de los monos, otro gran libro de relatos que –por lo que sé– no tuvo en España todos los lectores que merecía.

domingo, 8 de junio de 2014

La hora de los monos, por Federico Falco

Editorial Salto de Página. 217 páginas. 1ª edición de 2010; ésta de 2014.

Este libro de Federico Falco (General Cabrera, Argentina – 1977) me lo regaló Pablo Mazo, su editor en España. Los diez cuentos que lo forman están precedidos por un prólogo del escritor Antonio Jiménez Morato; que yo he leído antes de acercarme a los cuentos y que recomendaría que se hiciera mejor al final. En el prólogo, Jiménez Morato reivindica la literatura “del interior” argentino; y más concretamente la del grupo de jóvenes escritores que proceden o han desarrollado su actividad literario en la ciudad de Córdoba.
Al haber leído el prólogo antes que los cuentos no acababa de comprender el afán de Jiménez Morato por intentar demostrar que las piezas que componen este libro eran solamente en apariencia realistas. Jiménez Morato nos habla de Raymond Carver, quien según él ha servido como paradigma para la vuelta de la dominación de la estética realista en el relato; pero el planteamiento realista de Carver se ejerce en la descripción de personajes en principio inverosímiles, y aquí es –escribe Jiménez Morato- donde Carver consigue traspasar los límites del puro realismo; etiqueta, esta última, que a Falco no le gusta que le adjudiquen.

Tras leer el libro y volver a las páginas de Jíménez Morato, su prólogo ha cobrado más sentido para mí. Es cierto que los diez cuentos de La hora de los monos son en apariencia realistas y que el lector puede visualizar con facilidad, como si de una película se tratase, la historia contada. Pero no reflejan (o no la mayoría de ellos) una realidad que intente reproducir lo cotidiano; y por lo tanto su afán no es el costumbrista, sino que la realidad narrada refleja la extrañeza ante el mundo, y estos relatos suelen moverse en una delgada línea que separa lo verosímil de lo inverosímil.

El primer cuento –Las aventuras de la señora Ema- trata sobre una señora mayor que entra por primera vez en el zoológico que se ve desde la terraza de su casa. Cree que les ha ocurrido algo a la pareja de tigres que contempla desde los atardeceres de su hogar. Y esa visita al zoológico, en el que puede permanecer una vez cerradas sus puertas al público porque ha conseguido la complicidad de un empleado, a pesar de moverse dentro de los parámetros del realismo físico (nadie vuela, los animales no hablan…), se lee como un relato en el que los límites de lo verosímil están siendo trastocados. El resultado es un cuento cautivador, muy sugerente, y el lector avezado en la lectura de libros de relatos ya puede percatarse de la madurez compositiva de esta pieza de catorce páginas.
Un efecto de extrañamiento similar ante lo real nos produce el siguiente cuento: Elefantes, sobre la visita de un circo, durante unas semanas, a un pequeño pueblo, que el lector entiende que está situado en la pampa argentina.

En el tercero, Un camino amarillo, se usa un recurso que aparece en alguna otra pieza del libro: la relevancia en la escritura de los sueños o de las alucinaciones, espacios ficcionales que pueden tener en el cuento casi tanta importancia como la historia narrada en primer plano.
Y al leer estos tres cuentos ya sentía la existencia de algunas conexiones u obsesiones compositivas: la soledad de los personajes parece un tema importante aquí; una soledad con momentos epifánicos, momentos en los que los seres desvalidos que pueblan estas páginas van a descubrir (como en un buen cuento de Carver) verdades importantes (aunque sean incómodas) acerca de ellos mismos.

Sobre la idea de la soledad se sustenta con más profundidad el cuarto cuento, El hombre de los gatos, para mí uno de los mejores del conjunto. Aquí sí que podríamos encontrar un elemento que podría ser puramente fantástico: el protagonista toma una droga que en la realidad no existe.

El que menos me ha gustado del libro (y aún así me parece que está bien) ha sido el quinto relato, Los días que duró el incendio, donde se parodia la investigación policial de unos casos de violación a través de una representación teatral, en la que los personajes hablan en verso. La idea es simpática, pero para mí le falta la intensidad que tienen otras piezas más logradas de este libro.

El pedigrí de los canarios es una bella historia de desamor, locura y soledad, donde se acumulan los elementos connotados simbólicamente en el relato.

Ballet, sobre un escritor, puede que sea el cuento más autobiográfico (y en realidad no hay ninguna pista que lo indique); y la reflexión sobre la búsqueda del artista es tan irónica como desalentadora.

En Asiático y Flores nuevas me ha parecido que el deseo de plasmar la vida en el interior argentino es más intenso que en otras composiciones; porque aquí la relevancia de los lugares físicos, con los nombres de los pueblos o ciudades está más marcado. Tienen más elementos en común: sus protagonistas son los más jóvenes de los cuentos del libro. En Asiático un joven que ha dejado la universidad inicia un atropellado viaje para encontrarse con su amigo o amante: pueblos por los que no pasa el autobús, lugareños hostiles y extraños sueños que empiezan a ser acuciantes. Flores nuevas es otro de los cuentos que más me ha gustado del libro, con un adolescente descubriendo el mundo desde un pequeño pueblo del interior argentino. Está muy bien dibujado el paso de la infancia a la vida adulta; un cuento muy melancólico y bello, donde la soledad vuelve a estar muy presente.

El último –La hora de los monos- es un cuento armado sobre el puro deseo de contar historias: dos personas esperan en un pequeño aeropuerto y para pasar el tiempo hablan. Toda una reivindicación del arte de narrar.

La prosa es ajustada –siguiendo las enseñanzas de Raymond Carver-, pero la distancia entre lo contado y lo sugerido hace que se consiga más de un momento lírico.

La hora de los monos me ha sorprendido muy gratamente. Federico Falco es un escritor joven, del que no había leído nada y del que tenía pocas referencias; pero sus cuentos me han conquistado como lector de forma inmediata desde la primera composición del libro, ese original Las aventuras de la señora Ema. Creo que he vuelto a experimentar esa felicidad lectora que sentí al acercarme a mi primer libro de Salto de Página, que fue Como una historia de terror de Jon Bilbao; un libro de relatos que también me pareció estupendo.

Sé que Federico Falco estuvo viviendo en Madrid hasta hace no mucho, y que ahora se ha vuelto a Argentina. Así que ya no está en España para defender su libro desde las trincheras de las presentaciones. Sería una pena que el lector español aficionado al relato dejara pasar este libro, porque La hora de los monos es un magnífico libro de relatos.