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domingo, 11 de agosto de 2024

Sé mía, por Richard Ford


Sé mía
, de Richard Ford

Editorial Anagrama. 393 páginas. 1ª edición de 2023, ésta es de 2024.

Traducción de Damià Alou

 

En mayo de 2001 leí El periodista deportivo, que abría la saga de libros de Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) protagonizados por Frank Bascombe. En octubre del mismo año leí El día de la independencia, segundo libro de la serie.

Entre diciembre de 2015 y febrero de 2016 decidí leer seguida toda la serie de Bascombe. Así que releí El periodista deportivo (1986), El día de la independencia (1995), y me acerqué, por primera vez a Acción de gracias (2006) y Francamente, Frank (2014). Fue una gran experiencia lectora.

El periodista deportivo está ambientando en 1983 y su protagonista, Frank Bascombe, tiene treinta y ocho años. En esta novela, Frank se ha divorciado hace poco de su mujer Ann, tras la muerte de su hijo mayor Raph, a los nueve años, y se encuentra bastante descentrado vitalmente. El día de la independencia se sitúa en 1988, y Frank –que ya ha dejado se ser periodista deportivo y se dedica a vender casas– hace un viaje, junto a su hijo Paul, de quince años, para visitar los Salones de la Fama deportivos. Su hijo ha empezado a tener comportamientos extraños y Frank quiere pasar más tiempo con él. En Acción de gracias, estamos en el 2000 y Frank tiene ya cincuenta y cinco años. Sigue en el negocio inmobiliario, aunque ahora con una empresa propia y ayudado por Mike Mahoney, un inmigrante de origen tibetano. Le han diagnosticado un cáncer de próstata y, para tratarlo, le han inyectado semillas radioactivas, lo que hace que tenga que orinar casi cada hora.

Francamente, Frank es un libro notablemente más corto que los anteriores y tiene una estructura diferente. Está formado por cuatro relatos. Frank tiene sesenta y ocho años, y en estos cuatro relatos, ambientados en diciembre de 2012, se va a encontrar con diferentes personajes. Frank ha superado el cáncer que le aquejaba en el libro anterior, pero esta cuarta entrega de la saga está llena de símbolos funestos.

 

Richard Ford publicó Francamente, Frank en 2014, el año que cumplía setenta años, y llegué a pensar al leerlo que había escrito un libro más corto que los anteriores y con una estructura en apariencia más sencilla, porque ya estaba mayor y no tenía fuerzas para enfrentarse a una obra de largo aliento como las tres anteriores, que tenían un buen número de páginas. Sin embargo, la calidad literaria de este conjunto de relatos entrelazados no bajaba respecto a las anteriores entregas. Y lo que sí que, desde luego, creía era que Francamente, Frank era una coda para la serie de Bascombe y ni se me ocurría imaginar que pudiera aparecer un quinto libro. Por esto mismo, mi alegría fue enorme al ver anunciada Sé mía, una novela de casi 400 páginas de Richard Ford, retomando una vez más el universo de Frank Bascombe. El libro se ha publicado en Estados Unidos en 2023, cuando Ford cumplía ya setenta y nueve años, y habría empezado a escribirla –supongo– unos años antes, pasados ya, en cualquier caso, los setenta y cinco años. ¿Estaría Sé mía a la altura de la serie de Frank Bascombe o Ford habría ya, definitivamente, bajado el nivel? Le pedí a Anagrama la novela antes de que existiera físicamente; no mucho después de que llegara a casa, me puse a leerla.

 

En Sé mía, Bascombe tiene setenta y cuatro años. Nos encontramos, por tanto, en 2019. Como telón histórico de fondo están los Estados Unidos del presidente Donald Trump. Frank es abiertamente demócrata, y hablar de su mirada política del mundo ha sido siempre un punto importante en esta serie. Sin embargo, también –como representante masculino promedio de su generación– se va a sentir amenazado por lo políticamente correcto y el feminismo. Así leemos en la página 120: «Es el viejo chiste del agente inmobiliario de cuando las bromas eran legales: “Traiga a su mujer y negociamos”. Eso ya no volverá»; o en la 147: «A los hombres ya no se nos permite decir que simplemente nos gustan las mujeres». En la página 192: «Le he preparado el desayuno, que ha tomado solo (gachas de trigo, le gusta el feliz chef negro que sale en la caja, que, naturalmente, en estos tiempos que corren están retirando poco a poco)». Estas mismas ideas, las leí hace unos meses en Sale el espectro (2007), donde Philip Roth nos hablaba de la última etapa de la vida de su personaje Nathan Zuckerman.

 

Paul, el hijo varón superviviente de Frank, tiene cuarenta y siete años y ha enfermado de ELA, en su variedad más agresiva, la que hace que la degeneración muscular sea muy rápida y esté abocado a una muerte prematura. Frank, que aún trabajaba en Haddam unas horas a la semana como agente inmobiliario, a las órdenes ahora de su antiguo empleado, Micke Mahoney, convertido en millonario, ha pasado a ser el cuidador de su hijo.  Paul y Frank se han trasladado a vivir a Rochester, en el estado de Minnesota, para que Paul pueda ser atendido en la prestigiosa clínica Mayo, donde ha sido recomendado con Catherine, una doctora que Frank conoce desde 1983, y que era su joven amante en El periodista deportivo. En 1983, Catherine tenía veinticuatro años y ahora tiene sesenta. Frank y Paul viven, desde hace siete semanas, en una casa prestada por Mike Mahoney.

 

Como ocurría en los tres primeros volúmenes de la saga, la acción de Sé mía transcurre en unos pocos días, cuatro o cinco, que terminarán el día de San Valentín de 2019. También, como ocurría en el resto de novelas, la información que va a recibir el lector sobre la vida de Bascombe es mucho más amplia que la acumulada en esos pocos días, ya que, mediante el recurso de la analepsis, Bascombe repasará amplias zonas de su biografía; algunas conocidas por el lector de la serie, a las que se vuelve aportando más detalles, y otras nuevas. Como ocurría en Acción de gracias, al cuerpo principal de la novela le antecede un preludio y un epílogo –ambos titulados Felicidad– en el primero, Bascombe expone las circunstancias vitales de sus últimos dieciocho meses, y en el epílogo le explicará al lector cómo fue su vida en los meses posteriores a los acontecimientos narrados en las páginas centrales de la novela.

 

Frank ha tenido la idea de hacer un pequeño viaje desde Rochester (Minnesota) hasta el monte Rushmore (Dakota del Sur), para lo que su hijo y él han de alquilar una caravana. En gran medida, Sé mía es una novela de carretera. De hecho, Sé mía juega a repetir la estructura de El día de la independencia treinta y un años después. En El día de la independencia Frank iniciaba un viaje con Paul para visitar los Salones de la Fama deportivos y, de este modo, compartir con su hijo adolescente una experiencia puramente norteamericana que les permitiera acercarse y conocerse. Paul estaba pasando entonces por un momento vital complicado, ya que, a sus quince años, había intentado robar condones en una tienda y había agredido a la dependienta que trató de frenarle, lo que le iba a llevar a un juez de menores, además se había empezado a expresar mediante ladridos y relinchos. En la actualidad de 2019, Frank sigue teniendo problemas de comunicación con su hijo, quien ya ha abandonado su empleo de creador de tarjetas cómicas (como descubrimos en Acción de gracias) y se dedicaba a la logística humana (una especie de guarda de seguridad sin armas), antes de empezar a tratarse el ELA, trabajo que le fascinaba. Paul es un hombre de cuarenta y siete años con un sentido del humor peculiar y no siempre entendible por los demás, que en el pasado quiso ser ventrílocuo (su muñeco de madera viajará con ellos al monte Rushmore), pero que usaba a su muñeco para lanzar pullas a sus padres y que nunca consiguió hacerle hablar sin mover él su propia boca. Frank nos acabará confesando que no le acaba de caer bien su hijo, que fue un niño raro y que él y su mujer imaginaron que se volvería normal cuando creciera, pero que no llegó a ser así.

 

En 1954, Frank, a sus diez años, viajó con sus padres al monte Rushmore, y él quiere ahora repetir esta experiencia con su propio hijo, aunque las circunstancias sean muy distintas y la idea de que Frank va a tener que sobrevivir a la muerte de su segundo hijo planea sobre toda la novela.

Respecto al resto de la serie, Ford sigue jugando con las fiestas y estas tienen un significado y una evolución temporal, de forma simbólica, con distintas etapas de la vida. El periodista deportivo se articulaba alrededor de la Pascua, que se celebra a finales de marzo o principios de abril y en ese primer libro Frank tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, lo que podría simbolizar el final de la primavera. En El día de la Independencia se evoca el 4 de julio, es verano y Frank tiene cuarenta y cuatro años y ha alcanzado la madurez. En Acción de Gracias, la fiesta evocada tiene lugar en noviembre y esta novela está llena de avisos de muerte, aunque Frank tiene solo cincuenta y cinco años. En Francamente, Frank nos acercamos a la Navidad, con un Frank de sesenta y ocho años, que ha dejado atrás su cáncer y tenemos aquí un libro melancólico, pero más luminoso que en el anterior. En Sé mía la fiesta evocada es la San Valentín, a mediados de febrero; por tanto, aunque se sobrepasa el fin de año, la lógica temporal de las fiestas se mantiene, y el paisaje de fondo es el de una gélida Minnesota, con nevadas y un gran frío invernal, que acaba actuando de modo simbólico sobre la situación vital de los personajes, ambos al final –posiblemente– de sus experiencias vitales. Sin embargo, en Acción de gracias, con un Frank de cincuenta y cinco años, había un aire de amenaza en la narración mayor que el que Ford ha plasmado en Sé mía, que es una novela más luminosa sobre la experiencia vital de sus protagonistas.

 

Richard Ford, como ya he hecho otras veces en su serie de novelas de Bascombe, va desgranando al personaje por partes; es decir, que Ford suele sorprendernos con una nueva faceta de la vida de Bascombe, que hasta entonces había permanecido oculta. Así, en este libro, me ha llamado la atención que Bascombe se había enamorado, en las semanas que llevaba en Rochester, de una mujer mucho más joven que él. Es esta parte de la novela particularmente patética y emocionante, y nos descubre la capacidad eterna de hacer el ridículo y autoengañarse de los hombres, a pesar de la edad, en busca del amor.

La descripción de las gentes y los lugares de Estados Unidos sigue siendo muy minuciosa, significativa y poética.

 

Me ha parecido detectar dos pequeños errores en la novela. En la página 56 leemos: «Ann es su madre, que murió hace dos años (…). La semana de San Valentín es el aniversario de su muerte» y en la página 64: «El octubre pasado se cumplieron dos años de la muerte de Ann». En la página 327 leemos: «hace dos noches, cuando estaba dormido frente al ordenador y Tiger ganaba su quinto Masters de Augusta.» Al buscar en internet descubro que Tiger Wood ganó su «quinto Masters de Augusta» el 14 de abril de 2019, y la trama está ubicada en febrero de ese año. A pesar de estos pequeños detalles, en realidad creo que Richard Ford está en plena forma y no tiene problemas para manejar la información que le ha dado al lector en las cerca de 2.000 páginas anteriores de la serie de Frank Bascombe y volver a evocarla con precisión y dibujando nuevos detalles.

 

Como ya he dicho, a pesar de la descripción de los síntomas y avances de la enfermedad de Paul, Sé mía es una novela menos oscura que Acción de gracias y Francamente, Frank; en esta última entrega, Bascombe se esfuerza por mirar el mundo con optimismo, en su búsqueda sin fin de la felicidad.

No es esperable ya que Richard Ford vaya a continuar con la serie de Frank Bascombe, y considero que este quinto libro es un magnífico broche a esta saga narrativa, que es una de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa de los últimos cincuenta años.

domingo, 14 de abril de 2024

Un lugar soleado para gente sombría, por Mariana Enriquez


 Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enriquez

Editorial Anagrama, 229 páginas. Primera edición de 2024.

 

De Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) había leído, hasta ahora, su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y la novela Nuestra parte de noche (2019). Con estas dos obras me lo he pasado muy bien. Estaba barruntando la idea de acercarme a Los peligros de fumar en la cama (2009), el anterior libro de cuentos de Enriquez, cuando vi el anuncio de que Anagrama publicaba una nueva colección de relatos de esta autora titulada Un lugar soleado para gente sombría (2024). Decidí pedírselo a la editorial, para poder leerlo y reseñarlo y, ya de paso, les pedí también Los peligros de fumar en la cama. El personal de prensa de Anagrama me envió los dos y me siento afortunado por ello.

 

Un lugar soleado para gente sombría está formado por doce relatos, la misma cantidad de las dos colecciones de cuentos anteriores de Enriquez.

 

Mis muertos tristes es el primer relato. Empieza con la descripción de un barrio depauperado de Buenos Aires. Es un comienzo que me recordaba al del primer cuento de Las cosas que perdimos en el fuego, que se titulaba El chico sucio. Una mujer que vive sola empieza a escuchar los gritos de su madre muerta; y también podrá ver a otras personas fallecidas. Y este fenómeno no solo ocurre con ella, sus vecinos del barrio también empezaran a tener que tratar con estos muertos. El cuento termina criticando esa manía de la ultraderecha de culpar de los problemas sociales a los inmigrantes o a los más desfavorecidos. Es un buen cuento. La sensación que tengo es que he vuelto a abrir el libro de Las cosas que perdimos en el fuego, que ha aumenta ahora su número de relatos. Es decir, Mariana Enriquez ha encontrado una fórmula de éxito y va a seguir explotándola en este libro. Enriquez, a través de los mecanismos del género fantástico y de terror, va a mostrar, siendo crítica, las contradicciones y los problemas de la sociedad en la que vive.

 

Los pájaros de la noche es el segundo cuento, y aquí la narradora es una adolescente que nos va a hablar de su hermana mayor y de sus padres. Como en otros cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego, ahora nos hemos trasladado de Buenos Aires al Paraná. «Tengo una enfermedad cuyo síntoma principal es que la piel se pudre, como si estuviera muerta. Por suerte no huele, es solo el aspecto verdegrís lo impresionante, y que, de vez en cuando, se cae y voy dejando jirones de mí misma por la casa.» (pág. 35). Diría que en este nuevo libro, Enrique ahonda más en los temores a la descomposición del propio cuerpo, porque esta idea aparece en más relatos. En la región en la que vive la familia hay muchas leyendas sobre pájaros: «Todos los pájaros son mujeres que han recibido un castigo», y pasará a hablar de estos mitos de Misiones, Corrientes o Entre Ríos: las mujeres que desobedecen, que tienen mala conducta, etc. se transforman en pájaros. De este modo, Enriquez señala aquí la composición machista de la cultura popular. En este relato la creación de una atmósfera funesta y opresiva está por encima de la creación de la trama.

 

La desgracia en la cara tiene un trabajo de composición interesante: las primeras páginas están narradas en primera persona por un varón (algo inusual en los cuentos de Enriquez) y, antes de la mitad del relato, se pasará a un narrador omnisciente en tercera persona lo que, además, marcará un salto en el tiempo. El relato gira en torno al trauma de la madre de una familia que sufrió una violación en su adolescencia. La hija acabará descubriendo que esa violación no fue necesariamente a manos de un hombre. Tanto la madre como la hija irán perdiendo el rostro, de un modo drástico, perturbador. Cruda metáfora del borrado de las mujeres.

 

Julie se ha convertido en mi relato favorito del conjunto. La narradora, una joven bonaerense de veinte años, nos va a hablar de su prima Julie, de veintiuno, hija de sus tíos que emigraron a Nueva York y que, en el tiempo del relato, vuelven a Argentina. Julie ha sido una niña con obesidad que jugaba con amigos invisibles, mientras que la madre era aficionada a la ouija. Los amigos invisibles de Julie parecen ser fantasmas con los que no solo habla, sino que también mantiene relaciones sexuales con ellos, como en la película ochentera El ente. Según lo estaba pensando, Enriquez cita a película en el relato. Me ha encantado esta confluencia de recuerdos ochenteros. Como decía, este relato se ha convertido en mi favorito, porque tiene un giro final, en la última página, que no me esperaba, y que cambia el sentido de lo narrado y que lo abre hacia otros terrores, que me ha parecido muy sutil. Como trasfondo social del relato aquí se ven las tensiones entre los argentinos que emigraron a países más prósperos y los que se quedaron en el país.

 

Metamorfosis es un relato sobre los miedos a las enfermedades. Una mujer de cuarenta y tantos años ha de ser operada del útero, del que le extraerán un mioma, que ella se empeñará en introducir de nuevo en su cuerpo. Es un relato con menos trama que otros, que apuesta por la extrañeza y la repugnancia. Me ha parecido menos conseguido que otros del conjunto.

 

Un lugar soleado para gente sombría, que trata de una mujer argentina en Estados Unidos, me ha parecido otro de los relatos más destacados del libro. La narradora escribe artículos para revistas paranormales, y le propone al editor escribir sobre Elisa Lam, que apareció flotando muerta en el depósito de agua de un hotel de Los Ángeles, depósito que reúne a unas personas en un culto que invoca a Elisa Lam. Esta historia está basada en algo real, y fue extraño leer sobre esto y poder buscar las últimas imágenes de Elisa Lam en el ascensor del hotel, que están en YouTube. Este relato habla también del miedo real a la pérdida de los seres queridos.

 

El narrador de Los himnos de las hienas es un joven gay que acompaña a su pareja, diez años más joven que él, a visitar a su familia en su pueblo del interior. En este pueblo la municipalidad creó un zoo para atraer a turistas, pero los animales murieron en un incendio, al que sobrevivieron las hienas. La pareja visitará un palacio abandonado donde, en el periodo de la dictadura, se piensa que se torturó a presos políticos. La visita a este lugar –lógicamente– va a tener consecuencias inesperadas. He tenido la sensación de que una idea muy parecida a esta ya la usó Enriquez en uno de los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego. No es un mal cuento en realidad (como no lo es ninguno de los incluidos en esta colección), pero me ha parecido de ejecución más previsible y mecánica.

 

Diferentes colores hechos de lágrimas también es un buen cuento, pero he tenido un poco ya al leerlo sensación de agotamiento. Es decir, ya sé que Enriquez va a dar un giro fantástico a lo que narra y por eso, cuando ese giro ocurre, no acaba de sorprenderme. En este caso, unas mujeres jóvenes, que trabajan en una tienda de ropa de segunda mano, van a visitar a un anciano que les quiere vender unos vestidos de su mujer fallecida y unas joyas. Los vestidos van a mostrar sobre los cuerpos de las mujeres que se los prueben los daños que han sufrido sus antiguas dueñas. Aquí, como ocurría en Nuestra parte de noche, parece criticarse la impunidad de la clase alta argentina durante la última dictadura, y la impunidad en general, hace unas décadas, sobre los maltratos domésticos a las mujeres.

 

En Cementerio de heladeras una mujer adulta habla de un incidente de su primera adolescencia, que ocurrió treinta años antes, y en el que tuvo lugar  la muerte de otro niño a causa de una broma más que desafortunada. Es un cuento correcto, aunque con menos fuerza que otros.

 

En Un artista local una joven pareja de Buenos Aires va a pasar unos días a una casa en el campo, a un pueblo que está tratando de salir a flote gracias a enfocarse hacia el turismo. Este cuento está narrador en tercera persona. Pronto empezarán a sentir la extrañeza de que no todo parece estar en su lugar en este pueblo. El final me ha recordado al de algunos cuentos de Lovecraft, con la creación de nuevos mitos. Aquí se habla también del problema de la despoblación de los pueblos argentinos.

 

En Ojos negros una trabajadora social, que acerca, con una furgoneta, comida a mendigos por las noches, nos va a contar su encuentro con dos niños cuyos ojos no tienen pupilas, sino que son completamente negros. De nuevo he sentido aquí la influencia de los cuentos del círculo de Lovecraft, como el titulado Los perros de Tíndalos de Frank Belknap Long.

 

Quien haya leído Las cosas que perdimos en el fuego con gusto y se acerque ahora a Un lugar soleado para gente sombría creo que va a disfrutar de nuevo de la experiencia. Lo único malo que le va a poder ocurrir es que su capacidad de sorpresa ya no va a poder ser la de antes. Como dije al comienzo, Mariana Enriquez ha encontrado una fórmula exitosa de narrar –unir terrores cotidianos a otros sobrenaturales, y hacer crítica social a la situación de los pobres en su país, y sobre todo a la de las mujeres– y sigue explotando el mismo camino. Como diferencia, creo que ahora he podido percibir que algunos relatos se adentraban más en los miedos a las enfermedades y el envejecimiento del cuerpo. En Un lugar soleado para gente sombría hay relatos realmente muy buenos. He pasado verdaderos grandes ratos leyendo este libro.

domingo, 25 de febrero de 2024

Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán, por Amélie Nothomb

 


Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb

Editorial Anagrama. 143 y 173 páginas. Primera edición de 1999 y 2007

Traducciones de Sergi Pàmies

 

Había leído Estupor y temblores (1999) de Amélie Nothomb (Kobe, 1967) en enero de 2001, sacándola de la biblioteca de Móstoles. Por esos días yo trabajaba en una auditora norteamericana, en una de las llamadas Big5, un terrible infierno laboral, en el que podías sufrir la condena de padecer 80 horas de trabajo a la semana. Me recuerdo leyendo este libro en un tren de Meco a Madrid, una mañana. La empresa me había enviado a Meco para realizar un inventario en una nave gélida, perdida en medio de un erial. Y aun así me sentía contento por haber podido alejarme de la oficina por unas horas. Reconfortado en el calor del tren, leía Estupor y temblores, que trataba el tema del terror moderno que los seres humanos viven en las oficinas y del que rara vez parece ocuparse la literatura o el cine. Me sentí muy identificado con la Amélie –un trasunto de la autora– que narraba aquella historia de humillaciones y absurdeces. Es posible que la lectura de este libro sea una influencia para mi novela Esto no es Bambi, que escribí sobre mi experiencia en la auditora norteamericana.

 

Estupor y temblores relata el año que vivió la joven Amélie, de veintidós años, en la empresa japonesa Yumimoto, año que se corresponde con el comienzo y el fin de 1990. «El señor Haneda era el superior del señor Omichi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie.», con esta frase sobre la jerarquía de la empresa comienza el libro.

Estupor y temblores se lee como si se tratase de una novela autobiográfica puesto que la protagonista tiene el mismo nombre de la autora, la misma edad, y ambas comparten más de un dato biográfico: Nothomb nació y vivió hasta los cinco años en Japón porque sus padres eran embajadores belgas en aquel país, luego pasó a China e Indonesia. En la adolescencia se instaló en la Bélgica de sus padres para regresar a Japón en 1989. En algún momento de Estupor y temblores se evoca esta remota infancia japonesa, pero el lector no va a conocer nada de la vida de Amélie fuera de la empresa, tema que se reservará para la novela Ni de Eva ni de Adán (2007).

 

Uno de los motivos que me han llevado a esta relectura de Estupor y temblores, más de veinte años después, es laboral. A mis alumnos de Economía de primero de bachillerato les pido que lean Rebelión en la granja de George Orwell, y hablo con ellos de los sistemas económicos, y ahora, que cada vez doy más clases de Gestión de empresas en bachillerato internacional he pensado pedirles a estos otros alumnos que también lean un libro. Los temas que trata Estupor y temblores me pueden servir para ilustrar el bloque de Recursos humanos del temario, ya que aquí se tratan asuntos como el de la jerarquía empresarial, la definición de tareas, la unidad de mando, la motivación, los choques culturales… Y, además, recordaba, se cuenta con humor y con un estilo sencillo, elementos que pueden resultar adecuados para alumnos de dieciséis años.

«Seguía sin saber cuál era mi misión en la empresa; pero no me importaba.», dirá Amélie en la página 13, después de varios días en Yumimoto.

 

Desde el comienzo de la novela, se abrirá un calvario laboral para Amélie, ya que nadie parece tener muy claro cuáles van a ser sus tareas en la empresa a la que acaba de llegar. Y así, diferentes jefes, de la inicial jerarquía nombrada, irán encargándole tareas a cada cual más absurda. Hay un momento que, como lector, he sentido incredulidad ante los despropósitos laborales que estaba leyendo, y he llegado a imaginar que Nothomb estaba simplificando las tareas a las que no podía enfrentarse para no aburrir al lector con comentarios técnicos sobre el trabajo, y también con intenciones cómicas. Así, por ejemplo, ha de estar fotocopian el reglamento del club de golf del jefe a mano, porque este opina que, si se usa la función automática, el texto no sale del todo centrado. En cualquier caso, tendrá que repetir las copias (de forma automática o a mano) un sinfín de veces. Cuando un jefe de otro departamento le pida ayuda a Amélie por sus conocimientos de francés, y ésta haga un buen informe sobre un producto que la empresa está pensando importar para Japón (Yumimoto es una empresa de importaciones y exportaciones), solo va a recibir reprimendas y castigos por haberse saltado la cadena de mando y ningún elogio porque su trabajo haya sido útil. Amélie ha firmado por un año de contrato en la empresa y, a pesar de todos los absurdos y las humillaciones, se ha propuesto cumplir con él, porque renunciar a una oportunidad en una empresa es algo inconcebible para un japonés, cultura en la que desea verse integrada.

Como ya he dicho, un aire de farsa se desprende del texto. Imagino que, en realidad, Amélie Nothomb (la escritora, no el personaje del libro) se tuvo que enfrentar a muchas tareas absurdas y repetitivas, que le quitaban la energía, y aprovechó esta experiencia para retorcer y simplificar los hechos y acercarse a sus vivencias en la empresa japonesa de una forma simbólica. De este modo más sencillo, pero más irreal, consigue transmitir esa idea de absurdez sin caer en la autocompasión y buscando la simpatía del lector, haciendo el texto más ameno, pero menos punzante. Menos reflexivo y más infantil, más para todos los públicos, en definitiva. Esta idea me la corrobora una frase de Ni de Eva ni de Adán, donde nos narra su vida en Japón, pero esta vez fuera de la oficina. En esta frase dice «por no hablar de algunas noches que pasaba en la empresa por no haber concluido mi trabajo.» (pág. 153 de Ni de Eva ni de Adán), aquí da a entender que esta era una situación habitual, y en Estupor y temblores solo se cuenta que esto de salir tarde le ocurre durante menos de una semana, y la ocupación a la que se le va a asignar durante sus últimos siete meses en la empresa es tan simple que no podía darse el caso de salir tarde de la empresa por no haber cumplido con su trabajo.

También se muestra alguna escena un tanto surrealista, con intención cómica, como que debido a que no consigue enfrentarse a un trabajo sencillo (como es el de comprobar en yenes el importe de unos cargos de dietas de los empleados en otra moneda) acaba varias noches sin dormir en la oficina y esto la lleva al delirio, a quitarse la ropa y a correr desnuda sobre las mesas, para acabar durmiendo bajo una montaña de basura.

 

Como en El castillo de Franz Kafka, Amélie no podrá osar acercarse al líder supremo de la organización, al señor Haneda del que se habla en la primera línea del libro. En cualquier caso, si pudiera estar en presencia del señor Haneda ella debería enfrentarse a él con esos «estupores y temblores» a los que alude el título de forma irónica, ya que esta es la única fórmula según la cual en Japón los súbditos deberían acercarse al emperador.

 

En algunos momentos del libro se le recuerda al lector que se encuentra ante la evocación de los recuerdos de la narradora. El estilo narrativo es sencillo y, de vez en cuando, aparece algún cliché en el texto, como «no daba pie con bola» (pág. 68) o «mujer de primera fila» (pág. 91), que imagino que el traductor Sergi Pàmies elige para trasladar al castellano un cliché equivalente del francés.

Algunas de las páginas más interesantes de Estupor y temblores son aquellas en las que la autora analiza la sociedad japonesa, y sobre todo aquellas que se ocupan de la posición de la mujer en dicha sociedad; que debe alcanzar, por ejemplo, la excelencia en el trabajo y casarse antes de los veinticinco años; pero si se sacrifica por su carrera no podrá encontrar con quien casarse. Y con este tipo de contradicciones y presiones ha de organizar su vida.

 

Como dije al principio, tenía un gran recuerdo de este libro, por la cercanía temática que sentí a él en su momento. Ahora mismo, con el paso del tiempo y las lecturas siento que Estupor y temblores es un libro simpático, escrito con sencillez, que sin ser una gran obra cumple su función de entretener, hablando de un tema que me interesa: el de los abusos laborales. Creo que puede ser una lectura interesante para mis alumnos.

 


Después de terminar Estupor y temblores empecé Ni de Eva ni de Adán (2007) –que saqué de la biblioteca de Móstoles– porque sabía que en esta novela Nothomb volvía al tema japonés y tenía entendido que era una suerte de cara B del otro libro, en el que la autora contaba sus vivencias en Japón, pero, en este caso, las que no transcurrían dentro de la empresa Yumimoto.

En realidad, la historia contada en Ni de Eva ni de Adán comienza a principios de 1989, justo un año antes de lo contado en Estupor y temblores. La voz narrativa vuelve a ser la del personaje llamado Amélie y lo contado va a ser coherente con lo expuesto en la novela anterior; por tanto, he tenido la sensación de estar leyendo una nueva parte de la misma novela.

Amélie, de veintiún años, acaba de llegar a Japón para estudiar el idioma y decide además anunciarse como profesora de francés. «Me pareció que enseñar francés sería el método más eficaz para aprender japonés», es la primera frase del libro y es significativa: Nothomb muestra en ella su búsqueda de las contradicciones con afán cómico. De este modo, va a conocer a Rinri, un joven japonés de veinte años que estudia francés en la universidad. Unos capítulos más tarde, Amélie y Rinri van a dar comienzo a una relación sentimental.

Como en Estupor y temblores, la prosa usada por Nothomb en esta novela es sencilla. «Le quería mucho. Y eso no puedes decírselo a tu novio. Lástima. Por mi parte, quererlo mucho significaba mucho.

Me hacía Feliz.

Siempre me alegraba de verlo. Sentía por él amistad y ternura. Así era la ecuación de mi sentimiento hacia él y aquella historia me parecía maravillosa.» (pág. 53)

A veces, como en la otra novela, también usa algún cliché o alguna expresión demasiado oral como «Mira quién fue a hablar» (pág. 21), «arrojar la toalla» (pág. 24), «se les crucen los cables» (pág. 27), «me importaba un comino» (pág. 41)

 

En Ni de Eva ni de Adán el texto se divide en capítulos, a diferencia de lo que ocurría en Estupor y temblores, donde toda la narración iba de corrido. En los capítulos de Ni de Eva ni de Adán se narran sucesos normalmente amables, en los que Nothomb hace hincapié en mostrarnos los choques culturales de una joven occidental en Japón. Como ya ocurría en Estupor y temblores, en esta novela la narradora también juega al despiste, a mostrarnos que no analiza bien la realidad, con intenciones cómicas. Así, por ejemplo, aunque al lector le queda claro, desde casi el principio, que Rinri es un joven de la clase social alta tokiota, de forma recurrente, Amélie hablará de sus sospechas de que pertenecía a la Yakuza, la mafia japonesa. Se narrará alguna visita a la costa, una escalada al monte Fuji, a la isla de Sado…, y más que una historia de amor hacia una persona, Rinri, esta novela acabará siendo una historia de amor hacia un país, Japón.

Los capítulos tienen encanto, aunque avanzan sin tener tensión narrativa. Lo único que parece mover la casi inexistente trama del libro es la capacidad de Nothomb para generar extrañeza mediante sus exageraciones cómicas, como la de que Amélie se transforma al subir o bajar montañas y entonces puede caminar por ellas a más velocidad que el resto de los humanos. Todo esto es simpático, aunque también algo infantil. En otros capítulos se incide en el exotismo oriental, como la ocasión en la que en la isla de Sado le ofrecen a Amélie en el hotel comer pequeños pulpos vivos, ante su repulsión.

Siguen siendo interesantes, como ya ocurría en la novela anterior, aquellas páginas en las que Nothomb nos habla de la sociología japonesa: así sabremos, por ejemplo, que los años universitarios son los años de relajación para el japonés medio, que durante el colegio tendrá que esforzarse mucho para llegar a la universidad, y que en el mundo laboral no tendrá tregua hasta que se jubile, pero durante la universidad puede sentarse a contemplar el paisaje.

 

Me ha gustado cuando el tiempo narrativo de Ni de Eva ni de Adán se acercaba al de Estupor y temblores. Así leemos en la página 152:

«Principios de enero de 1990, entré en una de las siete inmensas compañías niponas que, bajo la apariencia de negocios, tentaban el verdadero poder japonés. Como cualquier empleado, pensaba trabajar allí cuarenta años.

En mi tratado de estupor y temblores, conté por qué apenas conseguí permanecer hasta el fin de mi contrato de un año.

Fue un descenso a los infiernos de una extrema banalidad. Mi destino no difirió radicalmente del de la inmensa mayoría de empleados japoneses. Solo se vio agravado por mi condición extranjera y por cierto genio personal para la torpeza.»

Por fin, en las páginas finales de Ni de Eva ni de Adán conoceremos algo de la vida de Amélie fuera de la empresa Yumimoto: «Llevaba una doble vida. Esclava de día, novia de noche. Habría podido sacar provecho de ello si las noches no hubieran sido tan cortas: nunca me reunía con Rinri antes de las diez de la noche y en aquella época ya me levantaba a las cuatro de la mañana para escribir.» (pág. 153)

En las páginas finales del libro sí que aparecen, al fin, atisbos de tensión narrativa, ya que el lector asistirá a las no fáciles decisiones que Amélie ha de tomar sobre su futuro.

 

En definitiva, me ha gustado volver, después de más de veinte años, a Estupor y temblores, un libro que me ayudó en su momento a pasar un mal trago personal, y me ha gustado también ampliar mis conocimientos –gracias a Ni de Eva ni de Adán– sobre la vida de Amélie en Japón, un país que me resulta fascinante y que sueño poder visitar algún día. Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán no me parecen gran literatura, pero son libros simpáticos y que tratan temas que me interesan. A veces, solo esto es ya suficiente.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Relatos autobiográficos, por Thomas Bernhard

 


Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Editorial Anagrama. 425 páginas. Primera edición de 1975-82; ésta es de 2023

Traducción de Miguel Sáenz

 

Los cincos Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard (Heerlen, Países Bajo, 1931 – Gmunden, Austria, 1989) que componen este volumen son El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982). Yo los había leído todos en la segunda mitad de la década de los 90. No me acerqué a ellos en el orden cronológico, ni seguidos. Su lectura se intercaló con otros libros durante un periodo que debió de abarcar unos dos años. Leí tres de la biblioteca de Móstoles, y dos más los compré porque no estaban allí. Anagrama los vuelve a editar ahora en un solo tomo, con un prólogo del prestigio traductor del alemán Miguel Sáenz, después de que su reedición en la colección Otra vuelta de tuerca llevara años descatalogada.

Hay una idea inicial en el prólogo de Sáenz que me llama la atención de entrada: nos cuenta que en 1991 Louis Huguet, de la universidad de Perpiñán, trató de contrastar los hechos relatados en estos libros con la esquiva vida de Bernhard, para descubrir que todo lo que contaba el autor en estas páginas no era real, como habían creído hasta entonces los críticos germanos. De hecho, yo leí estos libros, hace más de veinte años, pensando que, efectivamente, sí que eran narraciones que reflejaban al completo la vida de Bernhard. Pero lo cierto es que realidad y ficción se entremezclan aquí, igual que en el resto de sus novelas.

El origen nos lleva al Salzburgo de 1943, cuando el narrador tiene unos doce años y se encuentra interno en un colegio de secundaria. Mientras se desarrolla la Segunda Guerra Mundial, él se encierra en el cuarto donde se guardan los zapatos en el colegio para practicar con su violín, a la vez que los pensamientos suicidas le asaltan y trata de no sucumbir a ellos. El origen no da tregua al lector desde su primera frase: «La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, solo es habitable, para el que aprende o estudia, de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza, con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, solo de forma alevosa y mortal.» Y digo que el narrador no le da tregua al lector en dos sentidos: en uno semántico, con sus frases largas, alambicadas, llenas de comas, con sentencias que se persiguen a sí mismas, con matizaciones exasperadas. Además, estas construcciones semánticas tomarán grupos de palabras como motivo compositivo y se irán repitiendo como el estribillo de una pieza musical. En este sentido me llama la atención la construcción «la así llamada», que funciona de un modo irónico, al rebajar el valor del sustantivo que Bernhard coloca a continuación.

Y también el narrador no dará tregua al lector porque su propuesta es radical desde el primer momento: los libros de Bernhard siempre son críticos con su época, sus conciudadanos y sus ideas políticas (nazis, sin ir más lejos) o religiosas (católicas, que llega a equiparar a las ideas nazis), y el narrador siempre estará hablando del suicidio, al que no se atreve a entregarse por cobardía.

 

El narrador irá, periódicamente, recordándole al lector que está escribiendo unas memorias, rememorando acontecimientos que sucedieron hace unos treinta años.

«La época de aprender y estudiar es, principalmente, una época de pensar en el suicidio, y quien lo niega, lo ha olvidado todo.» (pág. 23), estas narraciones están repletas de sentencias como ésta. O esta otra de la página 60: «No hay padres en absoluto, solo hay criminales como procreadores de nuevos seres, que actúan contra esos seres procreados por ellos, con toda su insensatez y embrutecimiento, y en esa criminalidad son apoyados por los gobiernos.»

«Quien está a favor del deporte tiene a las masas de su lado, quien está a favor de la cultura, las tiene en contra, decía mi abuelo, y por eso todos los gobiernos están siempre a favor del deporte y en contra de la cultura.» (pág. 52)

En realidad, los sucesos narrados en una novela como El sótano son escasos: tocar el violín en el cuarto de los zapatos del internado, huir hasta los túneles de Salzburgo cuando hay alarma de bombardeo y contar cómo los símbolos del catolicismo sustituyeron a los del nazismo en el internado, una vez que se acabó la guerra. Sobre este tema, cuenta Sáenz en su prólogo que Franz Wesenauer, al que se refiere Bernhard como «el Tío Franz» en el libro, le puso al autor una querella por difamación y la ganó. Esto hizo que se tuvieran que retirar algunas de las páginas del libro, y así nos ha llegado a nosotros.

 

En El sótano el narrador nos contará cómo decide dejar el instituto, a los dieciséis años, y buscar trabajo en la «dirección contraria», un trabajo que sea lo contrario de lo que se supone que debe desear. De este modo, acabará trabajando de dependiente y chico de los recados en una tienda –ubicada, como nos indica el título, en un sótano– en uno de los barrios marginales de Salzburgo. En esta novela podemos encontrar algunos motivos sociales, porque Bernhard pondera positivamente a la población, casi siempre marginal, de este poblado frente a la del resto de la ciudad; una población con la que se volverá a encontrar con los años en la sección de sucesos, crímenes y juicios de las páginas de los periódicos. En el sótano el adolescente Bernhard hará buenas migas con las compradoras de la tienda y su jefe, en unos años (finales de los 40) en los que solo se hablará de la guerra recién acabada.

 

En El aliento se narrará el internamiento del joven protagonista de dieciocho años en un hospital como consecuencia del enfriamiento (pleuresía húmeda, en realidad) que sufrió una mañana en la tienda del sótano por descargar un camión de patatas con poco abrigo. En mi primera lectura, hace ya unos veinticinco años, El aliento fue el libro que más me gustó del conjunto y creo que ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo. A pesar de que está narrado desde un moridero, desde una planta terrorífica del hospital, en la que médicos y enfermeras depositan a los pacientes solo esperando su muerte, El aliento es un terrorífico canto a la vida, al deseo de vida de un joven, que además de dedicarse a ser aprendiz de tendero había empezado a tomar clases de canto, auspiciado por su abuelo, para convertirse en un cantante de ópera. Un sueño que se verá truncado por los problemas pulmonares que ya va a arrastrar de por vida.

 

En El frío los problemas de salud del joven Bernhard empeorarán al contraer la tuberculosis en un centro de curación de su pleuresía húmeda. Aquí ya nos contará Bernhard que a los dieciocho años ha comenzado a escribir. «Mi abuelo, el escritor, había muerto, ahora tenía que escribir yo, ahora tenía yo la posibilidad de escribir» (pág. 280). La persona que Bernhard más admira, su referente vital, es su abuelo materno, que ha sido anarquista en su juventud y de adulto trata de ser novelista con escaso éxito. Bernhard no llega a conocer a su verdadero padre, alguien que sedujo a su madre y luego abandonó a ésta y a su hijo. La figura paterna la ocupará alguien distante, pero correcto, al que denomina «mi tutor», que tendrá dos hijos con su madre, a los que Bernhard sacará una buena cantidad de años. El frío acaba con un Bernhard de diecinueve años enfermo y con bastante desaliento vital por delante.

 

Si bien los cuatro libros anteriores seguían un orden cronológico en los sucesos contados, Un niño empieza cuando Bernhard tiene ocho años. Es decir, el narrador se va a centrar ahora en los años que preceden a El origen, y nos narrará, principalmente, la relación con su abuelo materno y sus diversas mudanzas.

Hay personas que prefieren empezar estos Relatos autobiográficos por Un niño, pero creo que es más recomendable leerlos en el orden cronológico de escritura y no de acontecimientos narrados, porque así se puede apreciar mejor la evolución de la escritura de Bernhard: las repeticiones y frases alargadas y repletas de comas y subordinadas de El origen se van apaciguando hasta unos párrafos más limpios en Un niño.

Como me ocurre al leer a Michel Houellebecq –quizás el sucesor más claro de Bernhard–, al contrario de lo que puede parece a primera vista, aunque Bernhard hable de suicidios, enfermedades, hospitales, pobreza… su escritura tiene tanta fuerza, que su rabia y sus desahogos son muy vitales, y al final su crítica feroz y despiadada, su disparar contra todo (médicos, instituciones, profesiones respetables, etc.) tiene un punto humorístico.

 

Opina Miguel Sáenz que Thomas Bernhard es el mejor escritor en alemán de la segunda mitad del siglo XX (el de la primera mitad sería Franz Kafka), y creo que poco más se puede decir. Estos Relatos autobiográficos los recordaba como una de las grandes lecturas de mi vida, y mi reencuentro con ellos no me ha decepcionado en absoluto. Todo un acierto de Anagrama esta reedición de estos libros que ya no se encontraban en el mercado.

 

domingo, 8 de octubre de 2023

Pálida luz en las colinas, por Kazuo Ishiguro

 


Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro

Editorial Anagrama. 203 páginas. 1ª edición de 1982, ésta es de 2017

Traducción de Ángel Luis Hernández Francés

 

Hace ya más de veinte años leí Los restos del día (1989) de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), que fue un libro que me gustó, pero que no llegó a emocionarme del todo. Tengo el presentimiento de que si lo leyera ahora me gustaría más que entonces. Luego leí Cuando fuimos huérfanos (2000) y de éste sí que recuerdo ya una sensación de decepción, de no conexión con la propuesta. Sin embargo, cuando Ishiguro ganó el Premio Nobel de Literatura en 2017 pensé que, en algún momento tendría que volver con su obra. Ha sido en 2023, seis años después, cuando lo he hecho, acercándome a su primera novela.

De entrada, hay que señalar que el perfil de escritor de Ishiguro no deja de ser curioso. Nació en Japón, en Nagasaki, en 1954, pero sus padres y él se trasladaron a Inglaterra en 1960 y ha desarrollado su carrera literaria en inglés. Si bien Los restos del día, cuyo protagonista es un atildado mayordomo británico, es una novela de temática y forma puramente anglosajona, su primera novela, Pálida luz en las colinas, es mucho más japonesa.

 

Etsuko es la narradora de la novela. Es una mujer de unos cincuenta años, que vive en la campiña inglesa, pero que nació en Nagasaki, en Japón. Durante el tiempo narrativo de la historia, Etsuko recibe la visita de Niki, su hija menor, que vive en Londres. El padre de Niki es inglés, y Etsuko tenía una hija mayor, llamada Keiko, hija de un hombre japonés, que se ha suicidado hace seis años, información que el lector recibe durante las primeras páginas del libro. No sabremos, sin embargo, qué ha ocurrido con el primer marido japonés y el segundo marido inglés de Etsuko. Esta novela está construida sobre muchos silencios y sobreentendidos narrativos; en este sentido, me ha parecido una narración muy medida, muy madura para ser una primera novela y estar publicada cuando el autor tenía veintisiete o veintiocho años.

En la tercera página, la narradora escribe: «Ahora no tengo ganas de hablar de Keiko. No es algo que me consuele. Solo la he mencionado porque ésas fueron las circunstancias que rodearon la visita de Niki el pasado mes de abril, y porque durante esa visita volví a recordar a Sachiko después de tanto tiempo. Nunca conocí bien a Sachiko. En realidad, nuestra amistad fue cosa de unos cuantos meses de verano, hace ahora muchos años.» (pág. 11)

 

El cuerpo principal de la novela se va a centrar en los recuerdos de Etsuko de un verano en Nagasaki en la década de 1950, cuando conoció a Sachiko, una mujer que vivía en una casona, apartada de la urbanización moderna en la que vivía ella, con una niña, de nombre Mariko. No se dice expresamente, pero el lector intuye que el marido de Sachiko murió en la Segunda Guerra Mundial. Sachiko mantiene una relación con un hombre norteamericano, que ha prometido (aunque esta promesa parece, en todo momento, poco clara) llevarse a Sachiko y a Mariko a Estados Unidos. Esta esperanza da fuerza a Sachiko para salir adelante, aunque va a tener que ponerse a trabajar en el restaurante de la Sra. Fujiwara, una viuda de buena familia que, tras la guerra, su fortuna ha ido a menos. Mariko es una niña traumatizada por algunos sucesos que tuvo que vivir al final de la guerra, y de forma habitual abandona su casa y vaga por los bosques de los alrededores. En realidad, tanto la madre, Sachiko, como la hija, Mariko, son dos personajes esquivos, sobre cuyo misterio la narradora, Etsuko, siente cada vez más curiosidad.

 

Una de las ideas de fondo de la novela es el cambio de un Japón clásico y nacionalista a otro más moderno e influenciado culturalmente por los Estados Unidos. Así, por ejemplo, el lector podrá observar las diferentes posturas que se dan entre personajes japoneses al analizar el pasado: el suegro de Etsuko ha ido a visitar a su hijo y a su nuera, que están a punto de convertirse en padres (se supone, aunque esto no se dice nunca explícitamente, que de Keiko) y el suegro (que fue profesor en el instituto local) está preocupado por las opiniones que un amigo del hijo (que ahora es profesor en el mismo instituto en el que había recibido clases del padre de su amigo) ha vertido sobre un colega y él, diciendo que inculcaron ideas equivocadas en las cabezas de los jóvenes, sobre la grandeza imperial de Japón, ideas que condujeron al sacrificio de toda una generación en la guerra. Además, el padre, al recibir una visita de unos compañeros de trabajo de su hijo Jiro (el primer marido de Etsuko) escuchará estupefacto como uno de ellos cuenta que discutió con su mujer porque ella se atrevió a votar en las elecciones por un candidato diferente a su marido, hecho que al suegro le resulta incomprensible y que es para él una muestra de la decadencia del nuevo Japón. Sin embargo, Niki, la hija inglesa de Etsuko vive de una forma muy moderna y distendida en Londres con sus amigos, y no parece tener ningún interés en casarse o tener hijos.

El verano de Nagasaki, con su calor insoportable y su tierra cuarteada, se va cubriendo de un manto de inquietud y amenaza. De hecho, al final de los recuerdos de Nagasaki se insinúa una tragedia que no acaba de ser narrada y esta sensación que se le queda el lector de escena o información escamoteada me ha parecido que estaba muy lograda. Como ya apunté al principio, no todos los cabos van a quedar atados en esta novela y éste me parece uno de sus mayores logros, esa sensación de que el lector debe reconstruir partes que le faltan de la historia. Sin embargo, las escenas retratadas son muy bellas y precisas, sin caer estilísticamente Ishiguro en alardes verbales.

Entre la narración de los recuerdos de Nagasaki, Etsuko también nos hablará del recuerdo (mucho más cercano en el tiempo) de la visita de cinco días que le hizo su hija Niki, y estas imágenes, en las que madre e hija rememoran algunas escenas de su pasado en común, teñirán de melancolía inglesa las páginas de la novela.

«Las razones por las que me fui de Japón estaban justificadas y sé que siempre me tomé muy a pecho el bienestar de Keiko.», dice Etsuko en la página 99, pero el lector no sabrá cuáles son esas razones que hacen que la protagonista de la novela acabe en Inglaterra, aunque intuye que tienen que ver con el contagio de deseos de su amiga Sachiko, que soñaba con irse a Estados Unidos. Un halo siniestro parece cubrir esos últimos días en Japón.

 

Como en 2022 leí una decena de novelas japoneses, en más de una ocasión me he encontrado pensado que ésta era una más dentro de esa tendencia lectora. En más de una ocasión me he encontrado sintiendo que la novela estaba escrita originalmente en japonés (de lo japonés que me parecía todo) y no en inglés. Aunque, por otro lado, es una obra en su ritmo muy anglosajona. Esta mezcla de culturas de Ishiburo me ha resultado muy estimulante. Pálida luz en las colinas me ha parecido una novela muy sutil, muy madura para ser una primera novela y, como ya he dicho, estar publicada cuando su autor tenía veintisiete o veintiocho años. Me ha dejado un gran sabor de boca este libro y me han dado ganas de seguir leyendo la obra de este autor, e incluso releer las dos novelas que ya había leído hace más de veinte años.

domingo, 24 de septiembre de 2023

Literatura infantil, por Alejandro Zambra

 


Literatura infantil, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 226 páginas. 1ª edición de 2023

 

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es uno de mis narradores latinoamericanos actuales favoritos. He leído casi todas sus novelas y libros de cuentos. Después de la publicación de la gran novela que era Poeta chileno (2020), tenía curiosidad por la siguiente obra del escritor chileno. Cuando vi que la editorial Anagrama anunciaba la publicación de Literatura infantil (2023) se la solicité para poder leerla y reseñarla y ellos, muy amablemente, me la enviaron.

 

La primera parte de Literatura infantil empieza con una  enumeración de capítulos en apariencia extraña: del 0, se pasa al 1, al 14, al 25, al 31… Estos números marcan los días de vida de su hijo Silvestre y, por tanto, el capítulo 0 se corresponde con el del día del nacimiento. «Contigo en brazos, por primera vez aíslo, en la pared, la sombra que formamos juntos. Tienes veinte segundos de vida.», estas son las primeras palabras del libro. La autoficción no es algo nuevo en la obra de Zambra; en muchas de sus narraciones, este autor juega a diluir los límites entre narrador y personaje. En este nuevo libro, el narrador principal (ya veremos que no siempre) es el propio Alejandro Zambra y habla de su hijo Silvestre y de su mujer Jazmina con sus nombres reales.

El lector se adentra en las páginas de Literatura infantil como si estuviera accediendo al diario de notas de un escritor que admira, donde éste reflexiona sobre su nueva experiencia de ser padre por primera vez a los cuarenta y dos años, y no, por ejemplo, a los veinticuatro años, como en la generación de sus padres.

«He conocido a hombres que ejercen la paternidad con lucidez, humor y humildad, pero también he visto a amigos queridos, que parecían tener el corazón bien puesto, alejarse de sus hijos para entregarse a la recuperación desesperada y caricaturesca de su juventud. Y también abundan quienes enfrentan la pulsión de la muerte agobiando a los niños a punta de misiones y decálogos, con la explícita o velada intención de prolongar a costa de ellos sus sueños interrumpidos.», escribe Zambra en la página 15, después de comentar una cita del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro sobre la paternidad.

También abundan las reflexiones sobre las nuevas formas de asumir la paternidad por parte de los hombres (a las que podríamos llamar «nuevas masculinidades»), en contraposición a las formas de las generaciones anteriores, «Nuestros padres intentaron, a su manera, enseñarnos a ser hombres, pero no nos enseñaron a ser padres. Y sus padres tampoco les enseñaron a ellos. Y así.» (pág. 16)

 

Una reflexión bonita surge alrededor de la palabra «infantil» que, nos dice Zambra, en muchos casos, y al menos en Chile, es pronunciada como un insulto o de forma condescendiente. A este respecto, escribe: «Toda la literatura es, en el fondo, infantil. Por más que nos esforcemos en disimularlo, quienes nos dedicamos a escribir lo hacemos porque deseamos recuperar percepciones borradas por el presunto aprendizaje que nos volvió tan frecuentemente infelices.» (pág. 18). Al final la literatura viene a ser, nos dice el autor, una forma de recuperar aquellos primeros cuentos de la infancia que nos leían nuestros padres.

 

«Durante siglos la literatura ha evitado el sentimentalismo como a una peste. Tengo la impresión de que hasta el día de hoy muchos escritores preferirían ser ignorados antes de correr el riesgo de ser considerados cursis o sensibleros. Y es verdad que a la hora de escribir sobre nuestros hijos, la felicidad y la ternura desafían nuestra antigua y masculina idea de lo comunicable.» (pág. 22). En este sentido, Zambra reflexiona sobre que en la literatura existe mucha más tradición de cartas al padre (cartas normalmente tristes y rencorosas), que cartas al hijo; en principio, más celebrativas y alegres. Y esto es lo que él se ha propuesto en este libro. Escribir una carta al hijo, que éste habrá de leer en el futuro, cuando tenga edad para ello. De este modo, esta primera parte está escrita en segunda persona, como un mensaje al hijo, que es el verdadero receptor de este texto.

Sin embargo, ya dentro de esta primera parte, escrita principalmente en segunda persona, hay capítulos escritos en primera persona, como uno en el que para combatir el dolor que le producen a Zambra las migrañas en racimo, un amigo le pasa al autor un hongo, conocido como pajarito, que mitiga esos dolores. Zambra se excede con la dosis y este capítulo, sobre un viaje alucinógeno, acaba siendo uno de los más divertidos del libro. Como es habitual, el humor ligero y tierno de Zambra es un rasgo de estilo destacable en Literatura infantil.

 

En Tiempo de pantalla la persona pasa a ser la tercera y aquí se hablará de la relación del hijo con la pantalla del televisor, que será inexistente, en contrario con la infancia en Chile del protagonista. No he comentado que Zambra y su familia viven en Ciudad de México, y que, además, en el tiempo narrativo se irá incorporando el tema del encierro, y sus consecuencias (sobre todo en un niño de tres años), por la pandemia mundial de corona virus.

 

En la página 66 nos encontramos un apunte que me ha llamado la atención. Zambra escribe «Trato de volver a la novela en la que trabajo». Por las fechas, me imagino que está hablando de Poeta chileno. En este momento, el lector puede tener la sensación de que el principal trabajo literario de Zambra, durante los años de los que está hablando en este libro, es la elaboración de Poeta chileno, su novela más larga hasta la fecha. Y que, por tanto, Literatura infantil es una obra secundaria o menor, elaborada a través de apuntes de diario sobre la paternidad.

Sin embargo, no va a ser esta la sensación con la que el lector, o al menos el lector que soy yo, acabe este libro, porque, lo digo desde ya, me ha parecido una obra destacada dentro de la gran obra de Zambra.

 

En la página 101 empieza una segunda parte, con el texto Garabatos que es un cuento de casi treinta páginas, donde los protagonistas son dos niños chilenos de once años, y que habla de su amistad. Garabatos es un cuento a la altura de las mejores piezas de Mis documentos, el libro de cuentos de Zambra.

 

Rascacielos habla de la mala relación de un hijo de veinte años con su padre, y de la forma en la que una discusión lleva al hijo a dejar la casa paterna. También es una historia de amor. Un buen relato.

 

Introducción a la tristeza futbolística es, posiblemente, el texto más divertido (y también melancólico) del libro. Trata sobre un joven, que se puede identificar con Zambra, que para salir con una chica ha de fingir ante ella que no le gusta el fútbol, aunque esto no es cierto. Y los quiebros que ha de hacer para ver los partidos son tomados por ella como sospechosas infidelidades. Zambra llama a este texto, y a otros del libro, «ensayo» y no relato. Un rasgo muy interesante de su construcción es que algunos de sus personajes leen las páginas que ha escrito Zambra y opinan sobre ellas, y esto se incorporará al propio material del relato. También es un texto sobre las relaciones entre padres e hijos y esa «tristeza futbolística» se marca como metáfora de la escasa muestra de sentimientos de los hombres de la generación del padre de Zambra, cuyas mayores manifestaciones sentimentales se daban cuando su equipo ganaba o perdía.

Este tercer cuento entronca de forma directa con la primera parte del libro porque vuelve a aparecer en él el hijo de un narrador escritor llamado Zambra.

 

El cuarto relato es Cogoteros de ojos azules y en él Zambra reflexiona sobre una historia de su adolescencia: a los quince años, él y su padre fueron asaltados por unos ladrones y Alejandro defendió a su padre de uno de ellos. La historia es sencilla, pero la anécdota le sirve al autor para reflexionar sobre temas como el racismo o, de nuevo, las relaciones paterno filiales. «¿Estás escribiendo sobre mí? ¿De nuevo? ¡Hasta cuándo! -me dice mi padre.», leemos en la primera página.

 

En Lecciones tardías de pesca con mosca Zambra junta, de forma más intensa esta vez, a las tres generaciones Zambra: al abuelo, a él y a su hijo. El abuelo llama por vídeo llamada, los domingos por la mañana desde Santiago para hablar con su nieto, en Ciudad de México, e invitarle a pescar con él, una afición que ya quiso compartir con el narrador y por la que este nunca se interesó. Es un relato muy bello sobre las relaciones entre padres e hijos, donde, de nuevo, los diferentes personajes pueden leer lo escrito del relato y su lectura se incorpora al texto como material del relato.

 

El libro acaba con el texto Recado para mi hijo; y aquí se recupera la segunda persona para conversar con el hijo, que ahora ha empezado a leer por sí mismo y se adentra en una novela infantil de Juan Villoro. Es un texto más corto que los anteriores y actúa como emotivo broche final.

 

Como ya adelanté más arriba, empecé leyendo Literatura infantil como si se tratase de un libro menor de Alejandro Zambra, compuesto con textos de apuntes que tomaba sobre la paternidad, mientras elaboraba la ambiciona y conseguida novela que es Poeta chileno, y he acabado pensando que Literatura infantil es una obra bellísima y que entra con derecho propio entre las más emotivas y logradas de su autor.