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domingo, 13 de julio de 2025

Kitchen, por Banana Yoshimoto


 Kitchen, de Banana Yoshimoto

Editorial Tusquets. 206 páginas. 1ª edición de 1988; esta es de 1994

Traducción de Junichi Mattsuura y Lourdes Porta

 

Ya he contado que, tras realizar un vídeo para mi canal de YouTube, titulado 10 grandes novelas japonesas, pensé que debía leer a más mujeres japonesas. En este contexto, empecé a buscar referentes, y me decidí a leer, por primera vez, a Banana Yoshimoto (Tokio, 1964), y elegí su ópera prima Kitchen (1988), que aparecía en varias listas de las novelas japonesas más representativas. Alguna vez había hojeado Kitchen en la biblioteca de Móstoles. Creo que el hecho de que esta novela japonesa estuviera titulada con una palabra en inglés la transformaba a mis ojos en una opción sospechosa. Relacionaba este título en mi mente con Tokio blues de Haruki Murakami. Este hecho de titular en inglés me hacía pensar que la propuesta de ambos escritores aspiraba a la comercialidad. Leí, sin embargo, Tokio blues y, pese a algunos matices que me hacían pensar que me encontraba ante una novela un tanto juvenil, no me disgustó. Así que entré en Iberlibro y pedí, para que me enviaran a casa, un ejemplar de segunda mano barato de Kitchen. Me costó poco, cuatro o cinco euros, y en unas dos semanas me llegó a casa.

 

En principio, deberíamos apuntar que la novela comercializada en España con el título de Kitchen (igual que en otros países), contiene una novela corta, titulada igual que el libro, de unas 140 páginas, y un relato, titulado Moonlight Shadow, de unas 60.

 

La protagonista de Kitchen se presenta a sí misma en la segunda página de la novela: «Yo, Mikage Sakuri, soy huérfana. Mis padres murieron jóvenes. Me criaron mis abuelos. Mi abuelo murió en la época de mi ingreso en la escuela secundaria. Desde entonces, vivíamos solas mi abuela y yo.

Hace poco murió mi abuela inesperadamente. Me asusté.»

 

Desde la muerte de su abuela, Mikage se refugia en la cocina de su casa. Es un espacio que se convertirá en simbólico en la novela: Mikage asocia el espacio de la cocina y el bienestar de la comida a su idea de hogar y familia. Quizás, cuando Han Kang publicó en 2007 su novela La vegetariana, he supuesto que podía haber leído Kitchen y que este libro fue una influencia para el suyo. En La vegetariana, al contrario de lo que ocurre en Kitchen, los alimentos, o más concretamente los que provienen de animales muertos, se connotaban negativamente, como símbolo de la violencia social. En Kitchen, en cambio, los alimentos, elaborados en la cocina, serán símbolo de paz y refugio. Pero ambas novelas, desde perspectivas distintas, hablarán de la soledad.

 

Tras la muerte de la abuela, Mikage, joven estudiante universitaria, debe tomar una decisión sobre dónde va a vivir, porque el piso que ambas mujeres compartían era de alquiler. En este contexto, va a recibir la visita de un chico, un poco más joven que ella, y que estudia en su misma universidad, Yuichi Tanabe. Un chico que la ayudó mucho el día del funeral de la abuela. Yuichi trabajaba en la floristería a la que le gustaba a la abuela ir. Yuichi va a invitar a Mikage a visitar su casa. Yuichi vive con su madre, que en realidad es su padre biológico. Sus padres habían crecido juntos y, tras la muerte de su madre, su padre dejó el trabajo y decidió que ya no amaría a nadie más. También empezó a operarse y convertirse en mujer. Más tarde abrió un bar, donde trabajaban mujeres transexuales y travestis.

Este tema del padre convertido en madre de uno de los protagonistas de Kitchen me ha resultado bastante atrevido y moderno para la fecha en la que está publicada la novela, en 1988.

 

La madre de Yuichi y él mismo van a ofrecer a Mikage la posibilidad de que se quede a vivir con ellos, aunque, en principio, sea una desconocida. «Por más jovial que fuera la convivencia entre la niña y la anciana, fui consciente bastante pronto, aunque nadie me lo hubiera explicado, de que un silencio escalofriante que se respiraba en los rincones iba llenándolo todo, y que había un vacío que no se podía llenar», leeremos en la página 33.

Quizás «este vacío que no podía llenar» es el tema principal de esta novela, con sus personajes principales dibujados como seres agobiados por la soledad y la pérdida. En muchas escenas, Mikage acabará fijándose en la luz de las estrellas en la noche; y esta luz se convertirá también en un símbolo de esa soledad que siente, una soledad cósmica, parece indicarnos.

 

La novela esta dividida en dos partes y me ha gustado el modo en el que Yoshimoto ha manejado los tiempos narrativos; ya que entre la primera y la segunda parte se ha producido un salto temporal de unos meses, y al empezar la segunda parte el lector irá recibiendo información sobre lo que ha ocurrido en los meses previos. Este control narrativo me ha recordado al del debut del chileno Alejandro Zambra, Bosái (2006).

 

Al principio he comentado que, desde hace mucho tiempo, simplemente por la elección del título en inglés para sus novelas, sentía que existía una conexión entre Tokio blues de Haruki Murakami y Kitchen de Banana Yoshimoto. Ahora, después de haber leído ambas obras, pienso que mi intuición era cierta y encuentro similitudes entre ambas obras. Tokio blues se publicó en 1987 y fue un gran éxito. ¿Tuvo tiempo Yoshimito de leerla y escribir Kitchen, publicada en 1988, bajo su influjo? En ambas novelas nos encontramos con personajes jóvenes, que han de enfrentarse al comienzo de su vida adulta. Las existencias de estos personajes estarán marcadas por las pérdidas de seres significativos en sus vidas. Toru Watanabe –protagonista de Tokio blues– es un joven melancólico y existencialista, como es también Mikage, la protagonista de Kitchen. Ambos se van a acercar al amor desde el miedo al compromiso y el lector los acompañará, con sus parejas, en largas escenas de amistad que tal vez, o no, se transformen en intimidad sexual.

Cuando hace cinco años reseñé Tokio blues escribí que me había parecido percibir cierta tendencia a la grandilocuencia en los diálogos. Algo parecido he sentido con Kitchen. Así, por ejemplo, en la página 61uno de los personajes dice: «Pues sí, una persona tiene que estar completamente desesperada una vez en su vida y, entonces, sabe a qué cosas de sí misma no puede renunciar. Si no, llegará a la madurez sin saber qué es realmente importante. Yo he tenido suerte, ¿no crees? –dijo ella. El cabello que caía sobre sus hombros ondeaba–. Hay muchas cosas que…, creo que hay cosas tan desagradables que parecen estar podridas. Hay cosas tan duras que dan ganas de apartar la vista. Ni siquiera el amor puede salvarte del todo.»

 

A diferencia de Tokio blues, Kitchen no apela al guiño cultural (referencias musicales y literarias) para agradar al lector. Pero ambas obras sí que usan la idea triste de la muerte y la pérdida para jugar la baza de crear trascendencia existencialista. En la página 72 de Kitchen leemos: «Parece como si, a nuestro alrededor -estas fueron las palabras que salieron de mis labios-, siempre estuviera lleno de muerte.»

 

Moonlight Shadow (también con título en inglés) empieza en la página 145 de este volumen. Al igual que Kitchen, está narrada por una chica joven, que apenas sobrepasa los veinte años. También trata de la asunción de la muerte de seres queridos. En este caso, el muerto es Hitoshi, el novio de la chica durante los últimos cuatro años. La protagonista de esta historia apenas puede dormir, y trata de sortear el insomnio y la depresión madrugando para hacer jogging junto al río. Siempre acabará llegando al lugar en el que vio a Hitoshi por última vez. La protagonista, en el tiempo narrativo del relato, se relacionará con Shu, de dieciocho años, hermano menor de Hitoshi, un chico raro que, como ella, ha sufrido también una pérdida, pero que, en su caso es doble, ya que él ha perdido a su hermano y también a su novia. Ambos murieron en el mismo accidente de coche. Shu se viste con el uniforme escolar femenino que fue de su novia. Como en Kitchen, este asunto de la identidad de género me ha parecido adelantado para la época de publicación del libro.

Los temas tratados en Moonlight Shadow son los mismos que en Kitchen: la asunción de la pérdida como peaje para ingresar en la vida adulta. En Moonlight Shadow se añade además un componente fantástico que, para mí, resta sutilidad a la propuesta, y la hace más juvenil, cayendo, además, en alguna cursilería poco literaria, como esta frase que podemos leer en la página 178: «Hizo aparecer un arco iris en mi corazón».

 

Cuando Banana Yoshimoto publicó Kitchen tenía veinticuatro años. Era realmente muy joven y, pese a caer en una búsqueda, quizás un tanto forzada, de solemnidad y grandilocuencia, al hablar de un modo tan insistente sobre la pérdida de personas cercanas, me ha parecido que sabía contralar bastante bien los tiempos narrativos de sus historias (mejor en Kitchen que en Moonlight Shadow) y que su debut era prometedor. Imagino que habrá limado estos pequeños defectos en sus obras más maduras, quizás me acerque a alguna de ellas para averiguarlo.

 

 

domingo, 8 de septiembre de 2024

El hombre que amaba a los perros, por Leonardo Padura

 


El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura

Editorial Tusquets, 573 páginas. Primera edición de 2009; esta es de 2019

En 2021 se celebró –por motivo de la crisis del COVID– la Feria del Libro de Madrid en septiembre y no a finales de mayo y principios de junio, como suele ser lo habitual. Una mañana de sábado, en la que había ido a visitar la Feria, me percaté de que estaba allí firmando su obra Leonardo Padura (La Habana, 1955) y, aunque no lo había pensado previamente, me apeteció comprar alguno de sus libros y que me lo dedicara. Me decidí por el que sabía que era el más reputado, El hombre que amaba a los perros (2009). Tenía pendiente leer a Padura desde hacía muchos años. En la biblioteca de Pueblo Nuevo había hojeado más de una vez sus libros policiales, protagonizados por Mario Conde. Recuerdo también que una vez que fui a la FNAC de Callao, a la presentación de un libro del también cubano Pedro Juan Gutiérrez, me senté al lado de una persona, para darme cuenta, no mucho después, de que era Leonardo Padura, quien había acudido a la presentación del libro de su amigo Pedro Juan.

Decidí leer esta extensa novela (573 página, de un tamaño de letra inferior al habitual en Tusquets), aprovechando mis vacaciones de profesor en Navidad. De este modo, lo empecé el 30 de diciembre de 2023 y lo finalicé tres semanas después.

El primer capítulo de la novela nos lleva hasta La Habana de 2004. Iván, el narrador, se encuentra en el entierro de Ana, la que ha sido su pareja durante los últimos años. Iván nos va a narrar, después de la primera página, la agonía de Ana en una Cuba en ruinas. Iván va a contarle a una Ana moribunda la historia de un misterio hombre mayor con el que tuvo varios encuentros en la playa, hacía ya casi treinta años. Y sabrá que la muerte de Ana será el detonante para que se decida a contar la historia, que le atormenta desde hace décadas, y que no se atrevió a escribir por miedo. Es un gran primer capítulo, que introduce al lector en un mundo de sugerentes hilos narrativos y crea muchas expectativas.

En el segundo capítulo conoceremos a Liev Davídovich, que en 1929 está recluido, junto a su mujer, Natalia Sedova, en Siberia, en la localidad de Alma Atá. Liev Davídovich no es otro que Trotski, que está a punto de saber que Stalin ha decretado su expulsión del país.

En el capítulo tres, nos será presentado Ramón Mercader, un catalán que, en 1936, está combatiendo contra las fuerzas franquistas en la sierra del Guadarrama. Cuando arranca su narración, ha ido allí a buscarle su madre, Caridad, para decirle que el Partido Comunista se ha fijado en él y le quiere encargar una misión. Si en ese momento acepta, sin saber aún en qué va a consistir su misión, ya no tendrá opción de echarse para atrás.

El capítulo 1 está escrito en primera persona, con la voz narrativa del cubano Iván, y los otros dos en tercera persona, con una voz narrativa similar, y que (más tarde) el lector comprenderá que es la de Iván, que, al fin, se decidió a narrar la historia que quedaba sugerida en el primer capítulo.

Al principio, pensaba que, quizás, Padura fuera a crear una estructura en la que las tres historias mantuvieran el orden inicial, y que se repitiera la estructura 1-2-3, 1-2-3…, pero no fue así, ya que en el capítulo 4 no volvemos a la voz narrativa de Iván, sino a la historia de Trotski, que ha de postularse para que algún país quiera acogerlo. Este país será Turquía, en primera instancia, después Noruega, Francia y definitivamente el México en el que encontrará la muerte.

Sentí una ligera decepción al descubrir que en capítulo 4 no volvíamos a Iván, porque el primero me había parecido el capítulo más atractivo de los tres que llevaba leídos. En relación a este punto, debería aclarar que, en principio, no soy seguidor del género de novela histórica, y que la primera persona de Iván, un cubano de 2004, como podía ser Padura, me había resultado más auténtica, que la reconstrucción de dos personajes históricos, de tiempos, más o menos pasados, como son Trotski y Mercader. Es decir, si quiero leer sobre la guerra civil española busco a escritores que fueron contemporáneos a los hechos narrados y pudieron observarlos de primera mano, y me cuesta más confiar en autores que, desde el presente, reconstruyen hechos históricos no vividos. En cualquier caso, he de decir que la historia de Trotski y Mercador o, más bien, la visión literaria que Padura tiene de Trotski y Mercader me ha ido conquistando poco a poco, al ir pasando las páginas de esta extensa novela, porque quizás las 573 páginas del libro pueden parecer un número engañoso, si tenemos en cuenta –como dije– que la letra de este libro es más pequeña que la que habitualmente usa Tusquets.

A grandes rasgos, el hecho luctuoso que une a los dos personajes históricos es conocido por todos. Ramón Mercader acabó con la vida de Liev Trotski clavándole un piolet en la cabeza en 1940, en Coyoacán, México. Es decir, esta es una mala novela para ese tipo de lector que odia los así llamados «spoilers», porque Padura es fiel a los hechos históricos y El hombre que amaba a los perros es una novela muy bien documentada. Sin embargo, sí que va a ser una novela recomendable para aquellos lectores que no piensan que la literatura se sustenta en giros narrativos más o menos sorprendentes, sino que se trata de un viaje en el que el autor nos quiere hacer reflexionar sobre la realidad y ponernos en el pellejo de sus personajes.

El hombre que amaba a los perros es, en gran medida, una reflexión sobre los sueños rotos de la historia, sobre el devenir siniestro de las utopías. Stalin, uno de sus personajes de fondo, quedará retratado como un genocida, como un sádico dispuesto a todo por conservar el poder absoluto, capaz de las venganzas más miserables sobre aquellos que, en algún momento, osaron llevarle la contraria, o discutirle cualquier asunto en un contexto en el que ya no existía ningún atisbo de democracia o crítica. La crítica no solo se va a quedar en la URSS, sino que Padura la va a hacer extensible a Cuba, retratando a Iván como a un personaje aplastado, un joven que quiso ser escritor, que fue aplaudido mientras sus escritos se amoldaron a los cánones del comunismo, y que será acallado y castigado en cuanto sus palabras muestren el mínimo sentido crítico, algo que nunca debería abandonar ningún escritor.

Padura, nacido en La Habana, siempre ha vivido en Cuba y, hasta cierto punto, extraña que un libro como El hombre que amaba a los perros lo haya podido publicar un cubano que sigue allá. Quizás en 2009, año en el que aparece el libro, se había ya relajado algo la censura en la isla, respecto a las décadas anteriores. En cualquier caso, en las páginas del libro nunca se nombra a Fidel Castro, que, como he observado, es una de las que condiciones para poder ser crítico con la situación cubana y poder seguir viviendo allá. En los libros de Pedro Juan Gutiérrez ocurre algo parecido.

Pero la intención de Padura no es solo criticar a las dictaduras en que se convirtieron la URSS o Cuba, sino acercarnos a unos personajes de carne y hueso sobre los que va a caer el peso de la historia y su derrota, personas que han de portar sobre sus espaldas pesadas cargas de las que no saben cómo desprenderse. Trotski, durante el tiempo narrativo que cuenta su historia, será siempre una víctima, un perseguido, alguien que entiende que solo sigue vivo porque Stalin le usa como excusa para acusar a sus enemigos en Moscú de ser sus aliados y poder exterminarlos. Llegará un momento en el que sabrá que su vida ya no le es útil a Stalin y que este va a tratar de matarlo en cualquier momento. En más de un

momento, se le recordará al lector que Trotski también fue un despiadado asesino durante los tiempos de la Revolución de Octubre.

Mercader, pese a que el lector seguirá sus pasos como agente soviético, entrenado para matar, irá introduciéndose con él en un mundo cada vez más turbio. Y no serán pocas las dudas que le asalten cuando se vaya acercando a su objetivo final. Mercader, pese a que el lector sabe que es, o que, más bien, va a ser, un asesino, será también una víctima de sus circunstancias vitales. Alguien que quiere, por ejemplo, agradar a su madre o a su novia, alguien que en su juventud ha confiado en un ideal de pureza histórica.

La grandeza de El hombre que amaba a los perros va a ser que el lector va a sentir compasión por sus tres actores principales. Hacia el final un cuarto personaje, que hará también de narrador interpuesto, nos dirá que Iván es una víctima sin culpa, y no así Trotski y Mercader, de los que dirá, hablando de la historia que obsesiona a Iván, que esta es la de «un hijo de puta que mató a otro hijo de puta». Sin embargo, la grandeza como escritor de Padura será que el lector sienta compasión también por ellos.

En principio «el hombre que amaba a los perros» del título es la forma en la que Iván se refiere a la persona que ha conocido en la playa bajo el nombre de Jaime López y que, cuando empiece a contarle la historia de su amigo Ramón Mercader, acabará comprendiendo que son la misma persona. Jaime López pasea en las playas de Cuba con dos bellos galgos borzois rusos, que era el tipo de perro que también había tenido Trotski, que era otro hombre que también amaba a los perros. Iván, por su parte, que se gana la vida como veterinario aficionado, será el tercer hombre que ame a los perros. Los perros simbolizan en esta novela la capacidad de amor que subyace en cada ser humano, pero a todos los desvíos vitales y los destinos equívocos.

Está muy logrado el modo en el que Padura nos transmite cómo Mercader acabará sintiendo que su vida y su destino se van pareciendo cada vez más a los del hombre al que el Partido Comunista le hizo matar, sintiéndose un títere de la Historia.

El hombre que amaba a los perros es una novela escrita con gran belleza e inteligencia, en un español bastante neutro, en el que se filtran muy pocos cubanismos, cuya fuerza artística prevalece sobre la ambición testimonial (que no es pequeña), y que me ha emocionado mucho. Es de una de las novelas del siglo XXI, escritas en español, más lograda y ambiciosa de las que yo he leído.

domingo, 29 de enero de 2023

La fórmula preferida del profesor, por Yoko Ogawa


 La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa

Editorial Tusquets. 308 páginas. 1ª edición de 2003: ésta es de 2022

Traducción de Juan Francisco González Sánchez

  

En 2022 leí diez libros de autores japoneses. Una corriente lectora que no tenía prevista al empezar el año, pero sobre febrero o marzo me acordé de lo mucho que me gustaba Kenzaburo Oé, el premio Nobel de 1994, del que leí cinco libros en la segunda mitad de la década de los 90. Volví con Oé y me encantó el reencuentro. Esto hizo que me interesara por leer más literatura japonesa. Sobre mayo o junio de 2022 vi que Tusquets sacaba una nueva edición de La fórmula preferida del profesor (2003), la obra más famosa de la escritora Yoko Ogawa (Okayama, 1962). Este libro, hasta ahora, lo publicaba en España la editorial Funambulista, que tiene más novelas de Ogawa. No sé si Tusquets habrá comprado los derechos sobre este libro o sobre todos los de Ogawa y los irá sacando en los próximos años. Sé que también tiene el de La policía de la memoria, que se publicó en Japón en 1994, y que ha tenido mucho éxito recientemente en el mundo anglosajón tras su traducción al inglés.

Así que me llegó al correo electrónico la publicidad con las novedades de Tusquets y vi este libro en medio de mi corriente de lecturas japonesas y me apeteció leerlo por varios motivos: porque era japonés, como ya he dicho, y también porque estaba escrito por una mujer. Como suele ser habitual, cuando busco en internet información sobre los escritores más representativos de un país, con ganas de empaparte en su literatura, las referencias suelen ser masculinas. De los diez libros japoneses que leí en 2022 solo había leído uno escrito por una mujer: Una flor de Yuriko Miyamoto. También sabía que La fórmula preferida del profesor había sido un bestseller en Japón, con más de dos millones de ejemplares vendidos y adaptación cinematográfica. Por tanto, existía un riesgo de que se tratase de una novela comercial y no literaria. De todos los elogias que acompañaban a la nota de prensa de Tusquets me convenció uno, el de Kenzaburo Oé, que dice de Ogawa: «capaz de dar expresión a los elementos más complejos de la psicología humana en una prosa sutil pero penetrante».

 

En realidad, yo pensaba acabar 2022 releyendo La otra historia de los Estados Unidos (1980), el ensayo histórico de Howard Zinn. Pero el 29 de diciembre, tras llegar al capítulo en el que Zinn iba a hablarme de las implicaciones de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, decidí darme un descanso del libro de historia, y tomar algo más ligero para acabar el año. Así leí La fórmula favorita del profesor en los días finales de 2022 y los iniciales de 2023.

 

La acción de la novela se sitúa en 1992. Más de una vez se señalará que ese verano tendrán lugar los Juegos Olímpicos en Barcelona. La historia está contada en primera persona por una empleada del hogar, que nunca nos revelará su nombre, de veintiocho años, que trabaja para la agencia Aurora. La narradora tiene un hijo de diez años, al que conoceremos por el apodo de Raíz Cuadrada, nombre cariñoso que le pondrá «el profesor», el peculiar cliente del que la narradora nos va a hablar. «Para mi hijo y para mí, él era simplemente “el profesor”». Ésta es la primera frase del libro y acercarme a ella me hizo pensar, de forma inmediata, en Kokoro (1914), la obra más famosa de Natsume Soseki. El narrador de Kokoro nos hablará de la relación de amistad que estableció, cuando era un joven, con un hombre adulto, al que llamará siempre con el apelativo de «Sensei», que significa «maestro». No estoy seguro, pero tengo la impresión de que Juan Francisco González Sánchez, el traductor, ha podido traducir el término japonés «sensei» por «maestro» y, de esta forma, en el original esta vinculación de la obra de Ogawa con el clásico de Soseki era más evidente. Tras acabar la novela, considero que Kokoro de Soseki es una clara influencia para La fórmula preferida del profesor, porque en esta novela de Ogawa se habla de la relación de amistad, admiración y aprendizaje de una mujer joven y su hijo por un hombre adulto que podría ser el padre de ella y el abuelo de él.

En otros libros japoneses he observado también que se elude el nombre de los personajes, o de algunos de ellos, y se los denomina con apodos. Esto también ocurre aquí.

 

La narradora recibe el encargo de trabajar en la casa del profesor, que tiene fama de ser un cliente difícil. Han sido ya nueve las asistentas que han pasado por allí y han sido retiradas del servicio. A la narradora le explicará una anciana viuda, cuñada del profesor, cuáles serán sus funciones en la casa y cuáles son las particularidades de su cliente. El profesor, un hombre que parece un anciano, pero que apenas sobrepasa los sesenta años (tiene sesenta y cuatro), en su juventud pudo estudiar la carrera de Matemáticas en la prestigiosa universidad de Cambridge inglesa y convertirse en un prestigioso profesor universitario. Sin embargo, en 1975 sufrió un accidente de coche y, desde entonces, su memoria a corto plazo solo dura ochenta minutos. Sus recuerdos son los mismos que tenía en 1975, en la fecha del accidente, y cada día es para él un nuevo comienzo. El profesor lleva prendidos con pinzas a su chaqueta papelitos que le ayudan ‒supuestamente‒ a recordar las cosas importantes. En uno de ellos dibujará, con trazos de niño, la silueta de su asistenta para poder recordarla cada mañana. Las matemáticas es el lenguaje con el que el profesor puede relacionarse con el mundo. Así cada día, preguntará a su asistenta, que vuelve a ser una persona que ve de nuevo por primera, por su número de calzado o su fecha de cumpleaños, y de estos números conseguirá encontrar curiosas relaciones con otros, que consiguen ligar de un modo poético a las personas.

Cuando el profesor descubre que la asistenta tiene un hijo de diez años, le pedirá que lo traiga a su casa, cuando salga del colegio, no le gusta pensar que el niño ha de esperar solo en su casa o en la calle a que llegue su madre, solo por atenderlo a él. Entonces el niño ‒apodado Raíz Cuadrada‒ comenzará a entablar una relación de amistad, al igual que la madre, con el profesor.

Antes de llegar al primer tercio de la novela, sabremos que la asistenta se quedó embarazada muy joven y que dio a luz a los dieciocho años, sin que el padre de su hijo quisiera hacerse cargo de la situación. En realidad, repitió la historia de su propia madre, también madre soltera. De forma sutil, sin que se remarque casi nada, el lector verá que el profesor empieza a representar una figura paterna para la narradora, así como para su hijo.

A medida que la narradora va conociendo al profesor, surgirá en ella ‒al igual que en su hijo‒ una fascinación por las matemáticas. En gran medida La fórmula preferida del profesor es un canto de amor hacia las ciencias exactas, tan a menudo odiadas por muchos estudiantes. En este sentido, la novela podría ser una buena forma de tratar de transmitir comprensión y algo de entusiasmo hacia las matemáticas en el entorno escolar. Yo he sido, durante bastantes años, profesor de matemáticas en 3º de la ESO y sé de lo que hablo. «De mi época del colegio me había quedado tan mal recuerdo de esa asignatura que la simple visión de un libro de texto se me atragantaba y, sin embargo, hablar con el profesor sobre ese tema suponía todo un alivio, y yo empezaba a ver las matemáticas con una perspectiva completamente nueva, nítida; en definitiva, comprensible.», nos dirá la narradora en la página 46.

También entre el profesor y el niño surgirá la amistad porque los dos comparten la pasión por el baseball. El niño desde un punto de vista más pasional, y el profesor desde su visión estadística, pero al final ambos se irán influyendo mutualmente.

 

La composición de las escenas de la novela es muy japonesa, con frecuentes fugas poéticas para describir el clima o la flora. Así, por ejemplo, en la página 11 podemos leer: «Era una tarde gris y lluviosa de principios de abril, y estábamos los tres en el estudio del profesor, en una penumbra apenas rota por la luz de una bombilla.»

 

El lector atento se percatará de que el 1992 del que habla la narradora es una evocación, y que está narrando desde algún punto del futuro (luego sabremos que es desde comienzos del siglo XXI). De forma sutil, el lector comprenderá que la narradora ya no tiene relación con el profesor y será al final de la novela que descubrirá el porqué. Este tipo de composición crea en las páginas del libro una sensación de futura pérdida y de futilidad de la vida y la experiencia humana.

 

Pese al elogio comentado de Kenzaburo Oé, en algún momento tenía la sensación de que la novela podía escorarse hacia una narración comercial y no literaria. Es decir, temía que la autora evitara los conflictos narrativos a favor de una narración «bonita» o puramente «sentimental». Aunque debo apuntar que en esta novela el lector no se va a encontrar con grandes conflictos entre los personajes, sí me parece que la narración es sutil e inteligente y no acaba cayendo en lo cursi, que era un peligro serio. Sí tengo la impresión de que existen en esta novela algunas concesiones, aunque sean leves a una narración «para todos los públicos». Por ejemplo, el profesor está especializado en una rama de estudio de las matemáticas que no sé si existe: la del estudio de los números naturales: números primos, perfectos, etc. De este modo, lo que aparece en la novela sobre teoría matemática puede ser comprendido por cualquier lector, por muy lego que sea en la materia.

En algún momento me ha parecido que la novela rompía levemente sus reglas sobre los ochenta minutos de memoria del profesor, y éste parecía recordar cosas que yo tenía la sensación de que habían ocurrido al menos dos o tres horas antes.

En cualquier caso, he de decir que la lectura de La fórmula preferida del profesor me ha gustado, ha conseguido conmoverme y me ha parecido muy agradable. Los tres personajes principales están bien perfilados y son entrañables, siendo ésta una gran historia sobre la amistad y el deseo de entenderse de las personas.

Me ha llamado la atención un comentario que me ha dejado un comentarista de mi canal de YouTube llamado Nicolás Bascuñán sobre esta novela: «Lo interesante de ese libro de Ogawa es que se trata de un contrapunto peculiar en su obra: el resto de sus libros son oscuros, extraños y juegan con las perversiones sexuales y psicológicas.» Esto me ha interesado mucho y es posible que en 2023 vuelva con esta autora.

domingo, 4 de diciembre de 2022

El acontemiento, No he salido de mi noche y Memoria de chica, por Annie Ernaux

 


El acontecimiento, No he salido de mi noche y Memoria de chica de Annie Ernaux

Editorial Tusquets. 119, 117 y 198 páginas. 1ª edición de 2000, 1997 y 2016.

Traducción de Mercedes y Berta Corral, y Lydia Vázquez Jiménez

 

Ya he contado que, cuando el 8 de octubre de 2022, se anunció que la nueva premio Nobel de Literatura era Annie Arnaux (Normandía, Francia, 1940) acudí a la biblioteca pública de Hermanos García Noblejas y saqué los cinco libros suyos que allí tenían. Decidí comentar conjuntamente los dos más antiguos, que eran El lugar (1983) y Una mujer (1987), porque los publicó seguidos y uno hablaba sobre la vida de su padre y el otro de la de su madre, así que formaban un díptico muy interesante.

En esta reseña me dispongo a comentar los tres restantes, que son El acontecimiento (2000), No he salido de mi noche (1997) y Memoria de chica (2016). La idea era haberlos leído en orden cronológico, pero lo cierto es que es que me equivoqué y leí antes El acontecimiento que No he salido de mi noche.

 

En El acontecimiento Ernaux nos habla de un embarazo no deseado que tuvo en 1963 y de un aborto clandestino al que se sometió a principios de 1964, cuanto contaba con veintitrés años y aún era estudiante. Entre la página 19 y la 20, la autora afirma: «En todo lo relacionado con el amor y el goce no me parecía que mi cuerpo fuera intrínsecamente diferente al de los hombres.» Desde el año 2000, o quizás un poco antes, pues el 2000 es el año de publicación de la novela y posiblemente la escribió antes, pero, en cualquier caso, con una edad ya cercana a los sesenta años, Ernaux trata de analizar cómo era a los veintitrés y cómo era la sociedad en la que vivía. En las novelas de Ernaux la experiencia individual siempre se analiza en relación a la experiencia colectiva de una época de Francia, y a una diferencia de clases entre una familia de tenderos de un pueblo, de la que ella procedía, y otra gente más adinerada.

«La semana después, Kennedy moría asesinado en Dallas. Pero este tipo de cosas ya no podía interesarme.», nos dice en la página 21, quizás los acontecimientos de Estados Unidos le quedaban en el momento de recibir la noticia de su embarazo no deseado a Ernaux lejos, pero no así los franceses.

 

Como en las otras novelas, las reflexiones metaliterarias son frecuentes: «Hace una semana que comencé este relato sin tener la certeza de que fuera a continuarlo.» (pág. 22)

Cuando Ernaux sabe que está embarazada el contexto social le indica que puede convertirse en madre soltera, en el modelo del que venía huyendo al haber accedido a la universidad, proviniendo de una familia de obreros y tenderos. «Ni la reválida ni la licenciatura en letras habían conseguido alejar la fatalidad de una pobreza heredada cuyos emblemas eran el padre alcohólico y la madre soltera. No había podido librarme de ellos, y lo que estaba creciendo dentro de mí era, en cierto sentido, el fracaso social.» (pág. 31)

 

«Sor Sonrisa forma parte de esas mujeres a las que nunca conocí y con las que, vivas o muertas, reales o ficticias, y a pesar de todas las diferencias, siento que tengo algo en común. Son artistas, escritoras, heroínas y mujeres de mi infancia que componen una cadena invisible dentro de mí. Tengo la impresión de que mi historia es la de ellas.» (pág. 41). El acontecimiento me parece la novela más feministas de las tres de Arnaux que llevo leídas hasta ahora. Otro párrafo sobre este asunto, y además sobre la pertinencia de hablar sobre ciertos temas, que me ha gustado es éste: «Es posible que un relato como este provoque irritación o repulsión, o que sea tachado de mal gusto. El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, otorga el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior. Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo.» (pág. 54) Las figuras masculinas del drama están representadas por el novio, que parece dar apoyo moral a Annie, pero poco compromiso, y los médicos, que pueden darle consejos, pero no ofrecerle ayuda real, porque esto pondría en juego sus licencias y su futuro laboral. Con las mujeres la autora sí establece una relación de ayuda y solidaridad, aunque no se retrata como a una figura positiva a la abortera, que ejerce un pequeño poder sobre las mujeres indefensas.

«Ver con la imaginación o volver a ver por medio de la memoria es el patrimonio de la escritura.» (pág. 59)

 

Más reflexiones metaliterarias: «Siempre que escribo me planteo la cuestión de las pruebas: aparte del diario y de la agenda que escribía en aquella época, no dispongo de ninguna otra certeza en lo que se refiere a mis sentimientos y a mis pensamientos de entonces, debido a la inmaterialidad y a la evanescencia de todo aquello que atraviesa mi mente.» (pág. 69)

 

Son varias las reflexiones que aparecen aquí sobre la legitimidad del aborto por parte de las mujeres, como la que aparece en la página 44: «Se juzgaba con relación a la ley, no se juzgaba la ley.», y muestra de una forma muy clara cuál es su opinión sobre este asunto, en el párrafo final del libro, que muestro aquí porque, al ser esta, en gran medida, una novela llena de reflexiones, no existe la posibilidad del destripe o el tan temido spoiler: «Me he quitado de encima la única culpabilidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento: el haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas. Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros.» (pág. 114-115)

 

Me ha gustado más El acontecimiento que El lugar y Una mujer, porque estas dos últimas novelas hablaban de la vida de unas personas desde un plano muy global, analizando en un escaso centenar de páginas toda una vida, y El acontecimiento Ernaux se centra en una experiencia de unos pocos meses. De este modo, se consiguen páginas más cercanas para el lector y de una gran intensidad y emoción. También me han gustado mucho las reflexiones metaliterarias, sociales y feministas.

 

Después empecé con No he salido de mi noche, que se publicó en 1997, y que guarda gran relación temática con Una mujer, de 1987. En Una mujer, Ernaux reconstruía la vida de su madre, a partir de haber recibido la noticia de su muerte, se traslada a principios del siglo XX, a la región francesa de Normandía, para explicarnos cómo era esa chica que crece en una familia obrera de pueblo, y que luego se va a casar con su padre. En las apenas 100 páginas de Una mujer, el ritmo narrativo es acelerado, y hacia el final de la vida de la madre, se nos cuenta que se la hubo de ingresar en una residencia de ancianos. La madre de Ernaux sufrió Alzheimer y cada vez resultaba más difícil que pudiera convivir en la casa familiar. En Una mujer nos encontramos con algunas páginas donde se habla de la vida de la madre en la residencia y de su pérdida paulatina de conciencia. En No he salido de mi noche, Ernaux expande estas páginas y nos habla, en otras 100 páginas, del proceso de degeneración que sufrió su madre, durante sus últimos años de vida, como consecuencia de la enfermedad del Alzheimer.

No he salido de mi noche empieza así: «Mi madre empezó con pérdidas de memoria y comportamientos extraños dos años después de sufrir un accidente de circulación grave ‒se la llevó por delante un coche que se saltó un semáforo en rojo‒ del que se había recuperado perfectamente.». Este accidente estaba relatado en Una mujer.

 


En la página 14 leemos: «Quizá deseaba dejar de mi madre, y de mi relación con ella, una sola imagen, una sola verdad, la que intente alcanzar en Una mujer. Creo ahora que la unicidad, la coherencia en la que desemboca una obra ‒sea cual sea, por otra parte, la voluntad de tener en cuenta los datos más contradictorios‒ debe ponerse en peligro cuantas veces sea posible. Al hacer públicas estas páginas se me presenta la ocasión. Las revelo tal y como fueron escritas, fruto del estupor y el trastorno que entonces sentía yo. No he querido modificar nada al transcribir aquellos momentos en que me quedaba junto a ella, fuera del tiempo.»

 

Así que No he salido de mi noche, después de la introducción inicial, done Arnaux da cuenta de sus intenciones narrativas, principalmente es un diario de notas que la autora tomaba sobre lo que se encontraba, y sus reflexiones, cuando iba a visitar a su madre a la residencia. A veces se filtrar en la narración recuerdos que ya han aparecido en otros libros: «He pensado en la gata que murió cuando tenía yo quince años, se orinó en mi almohada antes de morir. Y en la sangre, en los humores que perdí antes de abortar, hace veinte años.» (pág. 24). Estas dos imágenes pertenecen a la novela El acontecimiento.

 

Al tratarse de entradas de un diario, las anotaciones van precedidas de una fecha.

Destaco alguna entrada: «Satisfacción profunda por ir a ver hoy a mi madre como si fuera a descubrir una gran verdad que me atañe. Cegadora: ella es mi vejez, y siento en mí la amenaza de la degradación de su cuerpo, sus pliegues en las piernas, su cuello arrugado desvelado por el corte de pelo que acaban de hacerle.» (pág. 40)

 

Son muchas las entradas del diario que inciden en elementos desagradables y escatológicos: vómitos, excrementos o micciones en las habitaciones de la residencia, su olor, su presencia… de su propia madre, de su compañera de cuarto o de alguna otra persona que pasó por allí en ese momento.

 

«Acabo de verla, yo todavía soy joven, aún tengo historias de amor. Dentro de diez o quince años, seguiré viviendo y entonces ya seré vieja yo también.» (pág. 41)

 

Es cierto que No he salido de mi noche (parte de una frase que escribe la madre a un familiar) contiene algunas páginas dolorosas y estremecedoras, pero, dentro del conjunto de cinco libro de Annie Arnaux que he leído, ha sido la novela que me ha gustado menos. En los otros libros el análisis y la reflexión sobre lo contado, elevaban los propios acontecimientos que sirven de material narrativo, y aquí la muestra de estos acontecimientos es demasiado directa, sin pasar por el filtro del ese «análisis y reflexión» del que hablaba.

 

Tras No he salido de mi noche (1997) me acerco a Memoria de chica (2016), que con sus casi 200 páginas es la novela más larga de Annie Arnaux que he leído. La escribe durante 2014, el año en el que la autora ha de cumplir setenta y cuatro años, y reflexiona sobre la chica que era ella en el verano de 1958, cuando iba a cumplir dieciocho. Para llevar a cabo esta tarea se sirve de un juego literario curioso: escindirse a sí misma en dos personas. La narradora de Memoria de chica tiene setenta y cuatro años y, lógicamente, habla de sí misma en primera persona, pero cuando habla de sus recuerdos de 1958 se refiere a sí misma como la «chica de 1958» y habla en tercera persona al hablar de sus recuerdos. Es decir, la Arnaux actual, la de 2014, piensa que ya no es esa chica de 1958, pero que no hay nadie más cualificado que ella para tratar de entenderla y darle un sentido social o particular a sus recuerdos. Así que la Annie de 2014 mira a esa «chica de 1958» que no es ya ella y tratará de entenderla.

 

En la página 18 leemos: «Yo también he querido olvidar a aquella chica. Olvidarla de verdad, es decir no querer escribir más sobre ella. No pensar más que debo escribir sobre ella, sobre su deseo, su locura, su estupidez y su orgullo, su hambre y su sangre cortada. No lo he conseguido.» También en este libro, como en los anteriores, el lector se enfrentará a reflexiones metaliterarias: «Nunca llegué más allá de unas cuantas páginas, salvo una vez, un año en que coincidía exactamente el calendario con el del año 1958. (…) Muy pronto empecé a retrasarme en mi escritura, a causa de las incesantes ramificaciones que el flujo de imágenes, de palabras, hacía proliferar.» (pág. 18-19)

 

La chica que en 1958 va a cumplir dieciocho años va a trabajar como monitoria de campamentos para niños durante el verano. Ha puesto muchas expectativas en esta salida de casa y su aspiración principal es la de «vivir un romance». Así pronto tendrá una experiencia sexual con alguien que en ese momento le parece un adulto, el jefe de los monitores, un chico de veintidós años, que ya está trabajando como profesor de educación física en un colegio. Él y ella bailan en una fiesta y pronto él la lleva a su habitación. «Ella está haciendo todo lo que le pide.» (pág. 54), «Él, solo él es el amo.» (pág. 55). La escena del encuentro sexual (ella es virgen) está descrito de un modo brutal, antirromántico, y desde el punto de vista actual podría considerarse como una violación. Aunque la propia narradora nos dice que ella nunca ha podido considerarlo así, porque ella deseaba estar con aquel chico ‒al que llama H‒ y no tenía la experiencia suficiente como para juzgar si las maneras del hombre eran las adecuadas o no. En realidad el monitor jefe tiene una novia oficial, y en el campamento se acuesta con la ingenua Annie, pero también con otra monitora rubia, algo más mayor que ella. Annie se liará con algún otro chico y, enseguida, cogerá fama de «fácil», lo que va a hacer que se convierta en blanco de las burlas de los otros monitores y monitoras, todos más mayores que ella.

 


«A medida que voy avanzando, la suerte de sencillez anterior del relato ubicado en mi memoria desaparece. Ir hasta el final de 1958 significa aceptar la pulverización de las interpretaciones acumuladas a lo largo de los años. No pulir nada. No construyo un personaje de ficción. Deconstruyo la chica que fui.» (pág. 71)

 

«¿Debo escribir que, diez años antes de la revolución de Mayo, yo era sublime de puro intrépida, una vanguardista de la libertad sexual, un avatar de Bardot en y Dios creó a la mujer ‒que yo no había visto‒ y adoptar en consecuencia un tono jubiloso, ese que anima la carta que tengo ante mis ojos, enviada a Marie-Claude a finales de agosto del 58?» (pág. 72)

 

Y a pesar de las burlas que recibe, la chica del 58 quiere seguir formando parte de ese grupo de monitores con los que se siente libre.

 

Ya he dicho que Memoria de chica tiene el doble de páginas que los otros libros de Ernaux que he leído. Y en realidad parece que está formado por dos partes que podrían haber sido casi libros independientes. En la primera parte se narra este verano del 58 y esas experiencias sexuales, y cómo son juzgadas desde la moral de 58. Y en la segunda parte se habla del año siguiente, del 59, cuando Annie ha roto el contacto con H. pero sigue enamorada de él y sueña con volver a encontrárselo en las calles de Rouen, donde estudia, o al año siguiente en el campamento si es admitida de nuevo como monitoria. Y la Annie de ese año empieza a culpabilizarse de no haber podido conquistar a H, y a tener problemas de bulimia y autoestima. Me parecen interesantes las reflexiones sobre la elección universitaria hacia magisterio, porque la considera una aspiración más acorde con su familia y la clase social a la que pertenece. Aunque luego (aunque no estoy seguro del todo de esto) acaba cambiándose a una licenciatura en letras.

 

Me gusta esta reflexión: «No poder situar la anterioridad de un recuerdo con respecto a otro impide establecer una relación de causa efecto entre ambos: no sé si recibí aquella carta antes o después de haber leído, aquel mismo mes de abril de 1959, El segundo sexo de Simone de Beauvoir que me prestó Marie-Claude.» (pág. 141). Esta lectura de Simone de Beauvoir será importante para que la «chica de 1958» pueda tomar conciencia de qué ha representado para H, su enamorado, y para los otros chicos del campamento, y pueda empezar a tener un posicionamiento político más adulto, y darse cuenta de que había sido «un objeto sexual», en palabras de Beauvoir.

También me gusta esta reflexión metaliteraria sobre las novelas de autoficción: «Al empezar a escribir sobre ella, por una artimaña inconsciente, he dejado todo el rato en suspenso la cuestión de mi derecho a desvelarla. De alguna manera he bloqueado mis escrúpulos con el fin de llegar a un punto ‒actual‒ en el que sé que es imposible quitar ‒sacrificar‒ todo lo que he escrito acerca de ella. Esto vale para lo que he escrito sobre mí. En ello radica precisamente la diferencia con un relato de ficción.» (pág. 184).

 

En resumen, me ha parecido que Memoria de chica es el libro con más matices y más interesante de los cinco que le leído de Annie Arnaux. Le seguirían El acontecimiento, El lugar, Una mujer y, por último, No he salido de mi noche, en el que me parece que hay poca distancia entre el material literario y su tratamiento.

Como reflexión final sobre el tema de los premios Nobel: no sé si existiría algún otro escritor o escritora que se lo pudiera merecer más, y no sé si esto es fácilmente medible. En cualquier caso, la concesión del premio Nobel me ha hecho acercarme a una escritora cuya propuesta de análisis autobiográfico me ha parecido muy interesante. He disfrutado de estos libros de Annie Arnaux.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El lugar y Una mujer de Annie Ernaux


El lugar
y Una mujer, de Annie Ernaux

Editorial Tusquets y Cabaret Voltaire. 101 y 108 páginas. 1ª edición de 1983 y 1987.

Traducción de Nahir Gutiérrez y Lydia Vázquez Jiménez

 

En 2021, cuando se anunció que el nuevo premio Nobel de literatura era el tanzano Abdulzarak Gurnah, me quedé tan sorprendido como imagino que le ocurrió a la mayoría de las personas del mundo hispano, puesto que casi todos desconocíamos el nombre de este autor. Cuando el 8 de octubre de 2022 se anunció que el premio Nobel era para Annie Ernaux (Normandía, Francia, 1940) sí sabía, esta vez, quién era, pero no había leído ninguno de sus libros. Sabía que estaba incluida en la corriente literaria de la autoficción y que muchas mujeres escritoras, a las que sigo en las redes sociales, la ensalzaban como un icono del feminismo. Me pareció una buena idea pasarme por la biblioteca de Pueblo Nuevo al salir del trabajo, la tarde de ese 8 de octubre, para ver qué libros tenían de Arnaux. Encontré cinco, y los saqué todos. Eran El lugar (1983), Una mujer (1987), El acontecimiento (2000), No he salido de mi noche (2016) y Memoria de chica (2016).

 

Decidí leerlos en orden cronológico. Así que empecé con El lugar. La novela empieza contando un hecho en apariencia trivial: la narradora se está enfrentando a sus exámenes prácticos de aptitud pedagógica para convertirse en profesora de instituto.

«Mi padre murió exactamente dos meses después», leemos en la segunda página, tras narrar la escena anterior. A partir de aquí, la escritora va a mostrarnos el entierro del padre, y desde ahí viajará al pasado para reconstruir su vida, desde que él era un niño, desde antes de tener impresiones propias sobre él.

Desde las primeras páginas de este primer libro, el lector tiene la impresión de que en la narración de Ernaux no existe distancia entre narradora y autora. No sé si Ernaux se inventará algo, pero el lector lee sus libros como si, en todo momento, hablara de distintas facetas de su vida y de la de sus familiares.

Los padres regentaban un café en un pueblo de la región de Normandía, de donde es originaria la familia. Las personas de buen nombre del barrio no fueron al entierro del padre, nos dice en la página 17. El tema de las clases sociales y sus implicaciones (cuando escribo esta reseña ya llevo leídos cuatro de los cinco libros de la biblioteca) es determinante en la obra de Ernaux.

 

«Quería hablar, escribir sobre mi padre, su vida, y esa distancia que surgió durante mi adolescencia entre él y yo. Una distancia de clase, pero especial, sin nombre. Como el amor dividido.» (pág. 20) Por lo que he leído sobre Ernaux sobre este tema de la distancia de clase que surgió entre sus padres y ella, cuando se convirtió en estudiante universitaria, versaba su primera novela, titulada Los armarios vacíos (1974). Es normal en la obra de Arnaux que se repitan escenas de un libro a otro, pero que en cada uno se centre en un tema concreto, en una de las partes de su vida.

Como vemos, a través del párrafo que he señalado más arriba, también es normal encontrarnos en sus novelas anotaciones metaliterarias, en las que la autora reflexiona sobre el propio impulso de la escritura. «Poco después me doy cuenta de que la novela es imposible. Para contar una vida sometida a la necesidad no tengo derecho a tomar, de entrada, partido por el arte, ni a intentar hacer algo “apasionante”, “conmovedor”. Reuniré las palabras, los gestos, los gustos de mi padre, los hechos importantes en su vida, todas las señales objetivas de una existencia que yo también compartí.» (pág. 20)

 

«Al escribir se estrecha el camino entre dignificar un modo de vida considerado inferior y denunciar la alienación que conlleva.», esta frase de la página 48 bien podría tomarse como el lema, o la intención narrativa, de este libro o de toda la obra de la autora.

En El lugar la escritora dice que la familia vivía en Normandía, en el pueblo de «Y.» y, en otras novelas, esta sigla nos muestra a Yvetot.

 

«Escribo, quizá porque no teníamos ya nada que decirnos.» (pág. 74). El padre se queda fascinando cuando ve a su hija hablando en inglés con unos turistas. Le parece increíble que haya podido hablar un idioma sin haber viajado al país en el que se habla. La cultura de la que se va a apropiando Annie Ernaux va creando una diferencia de clase entre su padre y ella. Su padre empezó de niño trabajando en una granja, a principios del siglo XX, (nació en 1899) y de ahí pasó al entorno de las fábricas, hasta que pudo convertirse en tendero (el café que regentaba también era una tienda).

 

El estilo de Ernaux es descarnado, y aparentemente sencillo, pero esta «sencillez» no implica simpleza, sino un deseo escarbar en la esencia de lo que quiere contar hasta dejarlo en el hueso narrativo. Las novelas de Ernaux son cortas, apenas llegan a las cien páginas de letra grande. Se leen en un rato. Me llama la atención que casi nunca se detiene a contar anécdotas concretas, sino que levanta acta notarial de acontecimientos del pasado sin tratar de ser, como ella misma afirmaba en una cita que he recogido más arriba, “apasionante” o “conmovedora”. Pero esto no implica que no acabe siendo “conmovedor” lo que cuenta, porque las escenas que dibuja sí tienen fuerza y poesía. 


 

Tengo la impresión de que sus libros ganan al leer varios de ellos seguidos. Así que justo al acabar El lugar empiezo con Una mujer (1987), publicado cuatro años después de El lugar. Son la cuarta y la quinta novela de la autora. Enseguida compruebo que Una mujer tiene la misma estructura que El lugar: empieza hablando de la muerte de la madre, de ahí nos narra el entierro y, luego, pasa a la reconstrucción de su vida. Este planteamiento inicial me atrae. Me gusta la idea de que la autora me hable de la figura de su padre y luego de la de su madre.

Nos encontramos con la misma voz narrativa sin fisuras entre las dos obras, y aquí se acrecienta mi sensación de encontrarme ante una narrativa puramente autobiográfica. Lógicamente, algunos de los datos o acontecimientos narrados van a ser los mismos, pero Ernaux consigue evitar las confluencias, evitar contar lo mismo dos veces, y cuando algún dato coincide (traslado de un pueblo a otro, por ejemplo) cuenta anécdotas diferentes o pone el foco de su narración en aspectos diferentes.

 

A diferencia del padre, cuya muerte es más repentina, fruto de un infarto en 1967, a la edad de 68 años, la madre ‒siete años menor que el padre‒ va a sufrir un periodo de degeneración física, con enfermedad de Alzheimer, y morirá en una residencia, tras un periodo de desorientación, en el que ya no reconoce a su hija o a sus nietos. Ahora la ciudad de «Y.» de El lugar pasa a ser Yvetot.

En la página 22 leemos: «Mañana hará tres semanas que tuvo lugar la inhumación. Solo anteayer conseguí sobreponerme al terror de escribir en lo alto de una hoja en blanco, como un principio de libro, no de carta a alguien, “mi madre murió el lunes 7 de abril”.», así que de nuevo tenemos aquí reflexiones metaliterarias, en las que la narradora nos habla de cómo surgió el primer impulso para escribir el libro que en el lector tiene en las manos.

«Voy a seguir escribiendo sobre mi madre. Es la única mujer realmente importante en mi vida y estaba demente desde hacía dos años. Quizás haría mejor en esperar a que su enfermedad y su muerte se fundan en el curso pasado de mi vida, como ha sucedido con otros acontecimientos, con la muerte de mi padre y la separación de mi marido, para tener esa distancia que facilita el análisis de los recuerdos. Pero en este momento no soy capaz de hacer otra cosa.» (pág. 23)

«Lo que espero escribir de manera más justa se sitúa sin duda en la intersección de lo familiar y lo social, del mito y la historia.», leemos en la página 24, y puede, de nuevo, ser tomada esta frase como un lema de las intenciones narrativas de la autora. En la solapa de su novela El acontecimiento se recoge una cita del también escritor francés Emmanuel Carrère: «Admiro la manera de narrar que Ernaux ha inventado, mezclando autobiografía, historia y sociología.» Creo que Carrère capta la esencia de la novelística de Ernaux bastante bien. La autora no se limita a indagar en su pasado para extraer de él un significado personal que, quizás, se convierta en universal, sino que también analiza el entorno en el que han crecido los personajes, en este caso sus padres, que quiere retratar.

 

Al igual que en El lugar, en Una mujer, Ernaux también recoge expresiones hechas que usaban sus padres, y que pertenecen al habla colectiva de la región de Normandía de la que proceden, y esto marca una distancia con el lenguaje culto francés. En la primera novela estas frases estaban señaladas con letra bastardilla y en la segunda mediante comillas.

Además del tema social de Un lugar, se une aquí el análisis del machismo de la época. En la página 34 leemos: «Pero en una época y en una ciudad pequeña donde lo esencial de la vida social consistía en saber lo más posible sobre la gente, donde se ejercía una vigilancia constante y natural sobre la conducta de las mujeres, no había otra alternativa que verse atrapada entre el deseo de “aprovechar cuando eres joven” y la obsesión de que “te señalen con el dedo”. Mi madre se esforzó por adecuarse lo más posible al juicio más favorable sobre las muchachas que trabajaban en una fábrica: “obrera pero seria”, practicando la misa y los sacramentos, el pan bendito, bordando su ajuar con las monjas del orfanato, no yendo nunca al bosque con un chico.»

En la página 37, la madre conoce al padre, y se resume un poco la información ya suministrada al lector en Un lugar, que yo tenía muy reciente. Los padres se casarán en 1928.

La madre le pegaba tortas con facilidad, pero a los cinco minutos la estrechaba entre sus brazos. Sobre esto escribe: «Intento no considerar la violencia, los desbordamientos de la ternura, los reproches de mi madre como simples rasgos de su personalidad, sino situarlos también en su historia y condición social. Esta forma de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de un significado más general.» (pág. 54)

A diferencia del padre, la madre de Ernaux sí leía y se preocupaba por la cultura, así que cuando Annie puede ser estudiante, siente que la diferencia con su madre no es tan grande como con su padre, aunque a veces la madre se queja de los «privilegios» a los que ha podido aspirar la hija gracias a sus sacrificios. «En ciertos momentos, tenía en su hija, frente a ella, a una enemiga de clase.» (pág. 67). Esto ocurre cuando la hija entra en la adolescencia y empieza a identificarse con los artistas malditos.

 

«Entre las clases en el instituto de montaña a cuarenta kilómetros, un hijo y la cocina, me convertí enseguida en una mujer que no tiene tiempo.» (pág. 74), los roles machistas también persiguen a la hija, una generación después.

 

«En 1967, mi padre murió de un infarto en cuatro días. No puedo describir esos momentos porque ya lo he hecho en otro libro, es decir que nunca habrá otro relato posible, con otras palabras, con otro orden de las frases.» (pág. 75). Ese libro es El lugar, por supuesto.

 

En la página 93 se muestra ya el título del que va a ser otro de los libros de la autora: «Querida Paulette, no he salido de mi noche», cuando se describe ya el proceso degenerativo provocado en la madre por el Alzheimer en No he salido de mi noche.

 

Como había supuesto al principio, la obra de Annie Ernaux se me ha hecho más interesante al leer estos dos libros seguidos. La misma voz narrativa nos habla de la vida del padre y luego de la madre. Son dos novelas cortas que se complementan muy bien, y que, en realidad, acaban siendo una sola. Biografía y sociología se han mezclado de un modo muy interesante. Ha he leído El acontecimiento y también me ha gustado mucho.