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domingo, 1 de diciembre de 2019

Caballo sera la noche, por Alejandro Morellón


Caballo sea la noche, de Alejandro Morellón.

Editorial Candaya. 89 páginas. 1ª edición de 2019.

Cuando conocí en Madrid, ya hace unos cuantos años, a Alejandro Morellón (Madrid, 1985), tan solo había publicado su libro de cuentos La noche en que caemos, publicado en la editorial Eolas, con el que había ganado el Premio Fundación Monteleón en 2013. Leí este libro y lo reseñé en 2015. Más tarde leería el libro de cuentos El estado natural de las cosas, que se publicó en 2016 en Caballo de Troya y que un año más tarde ganaría el prestigioso Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez. Así que tras leer la novela corta Caballo sea la noche se puede decir que ya me he acercado a toda la obra publicada de este autor.

Caballo sea la noche está formada por cinco capítulos en los que se alternan dos voces narrativas: Alan en los tres capítulos impares y su madre Rosa en los dos pares. Al abrir el libro el lector se va a topar con la prosa torrencial de Alan, que narra casi desde el sueño o la duermevela; una duermevela alucinada y oscura como la noche en la que se siente un caballo desbocado al borde de un abismo. El lector, en las primeras páginas, aún no dispone de demasiados elementos para saber desde qué lugar (físico y mental) está escribiendo Alan (ni siquiera sabrá que se llama así).
Son varios los elementos que llaman la atención en este primer capítulo: Morellón lo ha escrito sin usar ningún punto, como si se tratase de una larga oración. Desde el punto de vista gramatical sí que existen oraciones diferentes, pero –como juego literario, o como recurso narrativo que pretende mostrar un discurso alocado y sin fisuras–, se prescinde de los puntos. De hecho, muchas de las oraciones de este capítulo se unen con una coma y la conjunción «y». Este recurso se usará también en los cuatro capítulos restantes. Así que, en el límite, siguiendo las reglas del juego propuesto, nos encontramos con una novela de cinco frases (constituyendo cada una de ellas un capítulo del libro).
En la segunda página de la novela (la número 10) me extrañó que el protagonista usara el término «frazada» en vez de «manta». Aquí pensé que Morellón había escrito una novela con personajes latinoamericanos, puesto que «frazada» es un término que se usa de forma habitual en estos países, en vez del más común «manta» en España. Más tarde se dirá que los protagonistas del libro han vivido en la ciudad de Vigo. Estuve en la presentación madrileña del libro y cuando se abrió el turno de preguntas le comenté este tema a Morellón. Como imaginaba, Morellón no había sido consciente de éste (y algún otro) giro latinoamericano en su prosa. Como había sospechado, las influencias literarias de Morellón han provocado que a la hora de escribir se compacten en su mente muchos usos diferentes del castellano. Me parece algo hermoso esto: las lecturas de Juan Carlos Onetti, Clarice Lispector o Armonía Somers han hecho que sea más importante para Morellón el ritmo y la riqueza del lenguaje que la verosimilitud en la construcción de un personaje. Y aquí está una de las claves de la lectura de este libro: Caballo sea la noche funciona como una creación poética de lenguaje muy por encima de una creación narrativa de trama. De hecho, la trama (que no quiero desvelar del todo) se podría explicar casi completa en unas cuantas frases certeras.
Otro detalle que podemos encontrar en el primer capítulo: el narrador no deja pistas sobre su sexo, no hay ningún adjetivo o expresión que –gracias al uso del masculino o el femenino– le dé al lector una idea de si el narrador es (o se considera) un chico o una chica. En el capítulo dos sabremos, sin embargo, gracias a la voz narrativa de la madre, que el personaje se llama Alan.

En el capítulo dos nos encontraremos con la voz narrativa de Rosa, la madre de Alan, que, sentada en un sofá, se dedica a mirar álbumes de fotos del pasado de la familia, cuando eran felices. El lector recibirá más información ahora sobre qué está ocurriendo, puesto que, aunque Rosa también es una persona alterada, su discurso parece más coherente que el de su hijo.
Si bien los personajes más importantes de la novela son Alan (narrador en tres capítulos) y Rosa (narradora en dos capítulos), nos encontramos en realidad con cuatro personajes principales; puesto que a los dos anteriores debemos sumar el padre Marcelo y el hermano Óscar, que no están presentes en la casa en el tiempo narrativo de la novela, pero que aparecen en las invocaciones y recuerdos de Alan y Rosa.

El espacio narrativo del libro es una casa asfixiante que casi se reduce a dos espacios: la habitación, en la que Alan trata de dormir todas las horas posibles, y el salón, en el que está la madre viendo fotos antiguas porque no puede dormir. En este sentido, la casa como mundo cerrado, donde se dan relaciones familiares enfermizas, me ha recordado a la novela La azotea de la uruguaya Fernanda Trías, que abrió hace un año el catálogo de la nueva editorial Tránsito.
El núcleo narrativo de Caballo sea la noche interpela a la violencia intrafamiliar, y en su tratamiento de esta violencia, en su punto de vista subjetivo y ambiguo, en el que las víctimas son las que se cuestionan la esencia de su condición de víctimas, me ha recordado también a la obra de la ecuatoriana Mónica Ojeda, y sobre todo a su primera novela publicada en España: Nefando. De hecho, cuando en el capítulo final nos acercamos a este núcleo de la construcción de la novela, Morellón hace un homenaje explícito a ese libro al usar la construcción «pecado nefando» (pág. 78). En otros momentos del libro también se hacen homenajes explícitos a otros autores latinoamericanos, por ejemplo en la página 45 se hace este homenaje a José Donoso: «Eso fue después de que él me descubriera con el cuerpo desnudo ante el espejo, como un obsceno pájaro de la noche». De hecho, el título de la novela, Caballo sea la noche, es un verso del poeta ecuatoriano Roy Sigüenza, un verso perteneciente a un poema famoso en Ecuador y que le fue sugerido a Morellón por la misma Mónica Ojeda.

Dijo Morellón en la presentación del libro que le gustaría que esta novela corta (apenas son 80 páginas) se leyera de un tirón. Considero que es una buena idea, aunque yo la acabé leyendo en dos días. Como ya he comentado al principio, y como les ha ocurrido a otros escritores latinoamericanos (estoy pensando sobre todo en Juan Carlos Onetti, aunque debería leer también a Clarice Lispector, que Morellón citó mucho ese día), más importante que la historia en sí misma es la construcción lingüística creada para contarla. Caballo sea la noche es una novela que difícilmente serviría para hacer una película, porque los acontecimientos que refleja son pocos, pero precisamente esto mismo hace que brillen sus potentes juegos metafóricos y líricos. Caballo sea la noche es una novela corta profundamente poética, con páginas escritas con una prosa elegante, trabajada y oscura.

domingo, 17 de julio de 2016

Entrevista a Alejandro Morellón, autor de El estado natural de las cosas

Alejandro Morellón (Madrid, 1985) ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón con La noche en que caemos (Eolas Ediciones, 2013).
En mayo de 2016 ha publicado El estado natural de las cosas (Caballo de Troya, 2016), un libro formado por seis relatos y una novela breve (pinchando AQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre este libro).



El formato de El estado natural de las cosas, una novela corta y seis cuentos, me parece un tanto inusual en el mercado del libro español. ¿Por qué has incluido siete cuentos? ¿Por qué una novela corta?

«El Santo Siete es el Santum Regnum de la Magia Sexual»*. El número siete tiene algo de cabalístico, de candelabro judío, de sacrificios de cabra necesarios para ganarse el favor de una divinidad. Lo de incluir una novela corta ya lo hizo Quim Monzó con El mejor de los mundos y se hizo con La metamorfosis de Kafka, entre otros. ¿Por qué una novela corta? La novela corta es el futuro, ¿o no?

*Encontrado en Internet al buscar sobre el séptimo arcano en la Gnosis; y también: «En nombre de la Verdad, nosotros afirmamos que la Espada Flamígera de los Grandes Hierofantes es puro Semen Transmutado». Nada menos.


¿Cómo has enfocado la ubicación de los relatos? ¿De qué tratan?

El yo esteta se decantó por la disposición armónica 3+1+3. En cuanto a los relatos, cada uno tiene un asunto de base, un tema, así, del primero al último: de la Divinidad, la fe ciega, la idolatría; de la violencia, la rebelión, la histeria; de la precariedad y la banalización del arte; de las vicisitudes existenciales, los términos de una relación, el principio de la decadencia; de la enfermedad, la sombra oscura del miedo, la incomprensión del dolor; de lo sexual identitario; del aborto, el reclamo maternal, el entierro.


¿Con qué corrientes literarias actuales vincularías El estado natural de las cosas?

Ni idea de las corrientes literarias actuales, pero sí que puedo decirte con qué trabajos me gustaría identificarme: las novelas gráficas de Jason o de Jim Woodring, las películas de Roy Andersson o de Lantimos, los relatos de Georges Saunders o de Buzzati, o de Bruno Schulz o de Volodine o de Tsutsui o de Leela Wadee o de Edgar Keret o de Armonía Somers. Kafka, por supuesto. Cercanos a mí, pienso en Bajo el influjo del cometa de Jon Bilbao, en Antes de las jirafas, de Matías Candeira, en Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin, en New Mynd, de Colectivo Juan de Madre, en Llenad la tierra, de Juan Carlos Márquez, en Propagación del silencio, de Sònia Hernández.


¿Qué libro, en la línea fantástica que tú escribes, nos recomendarías?

Ángeles menores, de Antoine Volodine. O Yakarta, de Rodrigo Márquez Tizano.


¿Y un libro de corte por completo diferente a la literatura que tú practicas?

El cuaderno perdido, de Evan Dara. O Magistral, de Rubén Martín Giráldez.


En la novela corta que da título al libro, un hombre cae hacia el techo de su casa, donde acaba sintiéndose un «insecto atrapado en el techo». ¿En qué se parece El estado natural de las cosas a La metamorfosis de Kafka y en qué se diferencia?

Así como La metamorfosis no va de un hombre que se convierte en insecto, El estado natural de las cosas no va de un hombre que vive en el techo de su casa. En ambos lo fantástico deviene en puerta de entrada alegórica, en exaltación de la metáfora como herramienta narrativa. En un caso se cuenta la historia de un hombre atribulado por la alienación laboral, lo burocrático, el abandono de su familia; en otro, la de alguien en pleno trance existencial, cuya introspección le aboca a un continuo replantearse, una caída que da paso al vértigo, que da paso al golpe, que da paso al dolor, que da paso al recuerdo de otro dolor.


¿Hasta qué punto los problemas de la sociedad en la que vives son importantes para ti como creador?

Hasta un punto mucho mayor del que soy consciente.


Sé que durante el último año has dirigido un taller sobre literatura norteamericana, ¿de qué libro o autor has hablado en él con más entusiasmo?

Es posible que haya un empate entre Las uvas de la ira, de Steinbeck, El bosque de la noche, de Djuna Barnes, y La hoguera pública, de Robert Coover.


¿Puedes imaginarte a ti mismo en el futuro escribiendo una obra enteramente realista?

Ahora mismo estoy en un punto en el que me imagino escribiendo casi cualquier cosa. En relación con la novela realista, me interesa mucho lo que hace gente como Antonio Lobo Antunes, James Salter o Ben Lerner, por ejemplo.


¿Quién es Ben Tolman?

El autor de la portada del libro. Un ilustrador que recomiendo mucho.


¿Estás embarcado en algún nuevo proyecto literario? En caso afirmativo, ¿puedes hablarnos de él?

Estoy trabajando en una novela llamada El gesto animal, en la que los niños varones comienzan a nacer todos idiotas y con un solo brazo y en la que existe una transformación generacional; la sociedad como ente cambiante, la religión como elemento fagocitador, la conciencia como un hijo que se marcha y vuelve distinto. Y así.

«Entonces, así es como se acaba el mundo, con este silencio como de final de trayecto, con esta ausencia de bocas y ningún rostro que llevarse a las manos; con los hombres desaparecidos y los niños ausentes y sus madres maldiciéndose y todos los ojos que quedan mirando hacia arriba, preguntándose si van a tener otra oportunidad, si saldremos adelante o acaso esto sea un último gesto animal que nos represente. ¿Cómo saberlo?».


Gracias, Alejandro.

domingo, 10 de julio de 2016

El estado natural de las cosas, por Alejandro Morellón

Editorial Caballo de Troya. 134 páginas. 1ª edición de 2016.

El año pasado leí La noche en que caemos, debut narrativo de Alejandro Morellón (Madrid, 1985), un conjunto de nueve relatos que ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón. En el jurado se encontraba, entre otros, el reconocido escritor de cuentos José María Merino.
Alguna vez he coincidido con Alejandro en presentaciones literarias y en otras ocasiones hemos quedado para intercambiar libros. El día que me regaló La noche en que caemos me prestó la novela La mujer desnuda de la uruguaya Armonía Somers y la colección de cuentos Pájaros en la boca de la argentina Samanta Schweblin. Dos libros muy significativos para él, ya que tienen bastante relación con sus gustos literarios: dos maneras –la de Somers y Schweblin– de acercarse a la literatura desde el surrealismo o el género fantástico, pero sin dejar de mostrar las contradicciones o los miedos que surgen de la realidad cotidiana.

En esta ocasión, quedé con Alejandro Morellón y su editor en Caballo de Troya, Alberto Olmos, para tomar algo, y Alejandro me regaló su libro unos días antes de que estuviera a la venta (hace unos meses yo le regalé mi novela Los insignes).

Sabía que en los últimos años Morellón había estado escribiendo novelas (con una de ellas quedó finalista del premio Nadal de 2015), pero ahora, tras acabar El estado natural de las cosas, descubro que además de las novelas ha seguido cultivando el relato, ya que su nuevo libro está formado por seis relatos breves y una novela corta.

La primera parte de El estado natural de las cosas se titula Como el perro que olfatea el pájaro y está compuesta por tres cuentos. El primero de ellos –Elogio del huracán– tiene cinco páginas y señalo esto, que podría parecer irrelevante, porque ya he comentado en mi blog personal, más de una vez, que a mí me gustan bastante los libros de cuentos, pero me atraen sobre todo los cuentos en torno a las veinte páginas. Sé que ésta no es una característica muy precisa, ni marca un gusto excesivamente definido –ni excluyente– sobre el cuento y que, por supuesto, me he podido encontrar con cuentos de veinte páginas horribles, y otros de diez o menos (estoy pensando en Juan Rulfo o Jorge Luis Borges) estupendos; pero lo cierto es que la mayoría de mis cuentos favoritos de Raymond Carver, J. D. Salinger, Tobias Wolff, Richard Ford, John Cheever o Anton P. Chéjov suelen sobrepasar las veinte páginas. Sé que me gustan estos cuentos porque en unas veinte páginas al autor le da tiempo a mostrar varios personajes y las interacciones que surgen entre ellos; en veinte páginas se puede desarrollar una historia y en cinco es más difícil conseguirlo. En cinco páginas más que desarrollar una historia lo que normalmente consigue un autor es sugerir un mundo, y esto es precisamente lo que hace Morellón en Elogio del huracán, donde una voz colectica, que nos hace pensar en una secta instalada en el campo, reflexiona sobre la visita anual de un huracán llamado Amalia. El cuento crea un escenario propio de una narración de terror, pero para mí, a Alejandro le ha faltado plantear sobre el escenario propuesto una historia. Elogio del huracán es una narración, en cualquier caso, sugerente, escrita con una prosa medida, sencilla por lo controlada pero poética por las evocaciones.

El segundo cuento –Reprimir el gesto exterminador– nos lleva a un escenario más reconocible, como es el de un edificio y los vecinos que habitan en él. Sin embargo, un hecho extraordinario irrumpe en la realidad creada (al más puro estilo de la nueva cuentística argentina, representada por escritores como Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio, herederos de Julio Cortázar, que juegan con los límites entre lo real y lo fantástico, creando historias en las que, más que la lógica de las leyes físicas, en el relato se rompe la lógica de los actos humanos y las reacciones de las personas a esos actos): una mujer abruma a los vecinos con una risa estrepitosa y sin control. Este cuento tiene más desarrollo que el anterior y me ha gustado más.

El tercero ­–Intervención nº. 3– sobre un anuncio de prensa que pide personas interesadas en participar en un peculiar y macabro proyecto artístico (a los interesados se les cortará su mano derecha a cambio de 15.000 euros), transmite desde la exageración el malestar de los tiempos vividos de crisis económica. Un cuento bastante desasosegante.

La segunda parte del libro está formada por la novela corta –de unas 80 páginas– que da título al volumen. La propuesta es sugerente: un hombre de mediana edad, casado y con un hijo pequeño, cae desde su cama hasta el techo de su habitación. Las leyes gravitatorias se han invertido para él, su suelo pasará a ser el techo de su casa y el suelo el techo. A su nueva vida tendrá que ir trasladando objetos (un colchón, una silla…) que tendrá que apuntar al techo, ya que sólo para él se han invertido las leyes de la gravedad. La distancia entre él y su mujer se irá agrandando cada día, las semanas en las que no abraza a su hijo irán creciendo, dejará de ver a sus compañeros de trabajo, porque aceptará trabajar desde casa por menos dinero… Su hermano le visitará y le recomendará un psicólogo con el que poder desentrañar sus problemas, mientras que nuestro protagonista se hunde cada vez más en su techo y en la búsqueda de sexo a través de internet. Esta novela corta, El estado natural de las cosas, tiene un corte muy kafkiano. Leemos en las páginas 58-59: «Si pasa el tiempo y no bajo de aquí, si no consigo volver, si se prolonga hasta el infinito mi condición de insecto atrapado en el techo, si Oliver crece y yo sigo en las alturas de la casa lo único que verá de su padre es a esta especie de ser en el que me he convertido, alguien que revolotea y habla y duerme y vive en un sitio inalcanzable e indeseable.» La novela está cargada de angustia existencial.

La tercera parte, imagen especular de la primera, se titula Los pájaros que saben y está formada, de nuevo, por tres relatos cortos. El primero es La sombra es una imagen que se ahoga y podría ser igual que Elogio del huracán, un cuento de terror, pero con el poso de un terror tan real como es el del miedo a la enfermedad. Fucksimil es un cuento clásico sobre el tema del doble y Cuidado con el huevo, en el que el testículo izquierdo de un hombre empieza a crecer hasta casi tener personalidad propia, podría ser leído como un homenaje al cuento La nariz de Nicolai Gogol, o a su versión más moderna y gamberra que sería El pene de Hanif Kureishi, o también como una inversión de roles: una parte del cuerpo del hombre crece y empieza a disociarse de sí mismo, lo que podría leerse como el conflicto que crea en una pareja el embarazo, cuando sólo es deseado por una de las partes.

Hay un detalle que une a las siete composiciones del libro y es que en cada una de ellas aparece el nombre Ehio, que bien puede ser una persona, una empresa, una iguana…, y buscar su aparición en cada historia se convertía en uno de los motivos recurrentes de la lectura. ¿Será este «Ehio» una reminiscencia del «ello» freudiano al que parecen aludir continuamente estas narraciones?


En general, los cuentos cortos de El estado natural de las cosas me han parecido más maduros que los de La noche en que caemos (tres años separan la publicación de un libro y otro), pero ha sido con la novela corta con lo que más he disfrutado al acercarme a este libro, una novela corta muy angustiosa, existencial y sugerente.

domingo, 11 de octubre de 2015

La noche en que caemos, por Alejandro Morellón

Editorial Eolas. 137 páginas. 1ª edición de 2013.

Ya conté en el blog que quedé un día –hace unos meses- en Lavapiés con el escritor Alejandro Morellón (Madrid, 1985) para intercambiar libros; entre los que me trajo Alejandro estaba este de La noche en que caemos, su debut narrativo, un conjunto de nueve relatos, que le hizo merecedor en 2013 del 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón. En el jurado se encontraba, entre otros, el reconocido escritor de cuentos José María Merino.
Los otros libros que me dejó Alejandro eran Pájaros en la boca de Samantha Schweblin y La mujer desnuda de Armonía Somers, con los que él sentía muy emparentados su propio libro. Me comentaba que sentía su libro hermanado al de estas dos escritoras. Después de leer los tres, lo cierto es que tengo la impresión de que el parecido más real sobre La noche en que caemos es la de Pájaros en la boca.

El primer cuento del libro de Morellón es TA I. Si el lector toma el libro sin avisos de lectura de ningún tipo, las primeras páginas que leerá serán las de un cuento muy realista: una pareja tiene que tomar un taxi en la noche para llegar a un hospital, en el que la mujer –que ha roto aguas- debe dar a luz. El estilo es sencillo, rítmico, cercano… ¿Tal vez estamos ante un relato costumbrista sobre la pareja? A las pocas páginas se romperá el realismo del relato. El taxi seguirá circulando, sin pasar nunca. El taxista nunca duerme, se nos informará. El hijo nacerá en el coche, y no solo eso, también nacerán allí los nietos de la pareja. El lector terminará el cuento con una sonrisa, después de haberse acercado a una ruptura de la verosimilitud narrativa tan cortazariana, y tan, además, a lo Samantha Schweblin. Si bien es cierto que los cuentos de Schweblin, aunque fantásticos en el fondo, se acercan al género desde la leve ruptura con la realidad y esta ruptura es más profunda en las propuestas narrativas de Morellón. Un género fantástico, en su caso, bastante cercano también al surrealismo.

En Cuando el niño era niño un director de colegio conoce a un niño que en realidad, pese a su cuerpo de niño, ha nacido en 1189. O al menos eso afirma él y el director del colegio, el narrador, tras conversar con él, acabará por creerlo.
Tras acabar el segundo relato, ya nos damos cuenta que una de las propuestas narrativas de Alejandro Morellón como cuentista es la de jugar con el tiempo: estirándolo, reteniéndolo, con personajes muy jóvenes y que no pueden crecer, o por el contrario, personajes ancianos a los que su percepción consigue trasladar a un mundo en el que el deterioro de las cosas se acelera…

En Subterráneo Morellón sigue experimentando sobre el tiempo narrado: un niño decide meterse en la cama y hacerse allí mayor. Soñará su vida, otro (un desdoblamiento de él mismo) la vivirá por él. Personaje encamado y personaje desdoblado acabarán coincidiendo en la misma habitación.

Diana sigue sin venir es un cuento más corto que los anteriores, y diría que es de los que menos me han gustado del conjunto. La idea sobre unos jóvenes suicidas y los métodos para conseguirlo es inquietante, pero quizás a este cuento le falte algo de desarrollo.

En el relato que da título al libro, La noche en que caemos, nos encontramos con un relato fantástico, que puede serlo, o ser también –según lo desee el lector- un relato de locura. Otro juego con el tiempo: al narrador (un hombre solitario, de cierta edad, viudo) le parece estar recibiendo voces del espacio, voces que discuten en su cabeza.
Con este cuento creo que me ha pasado algo similar a lo experimentado al leer Subterráneo, que las ideas de ambos me parecen potentes; pero para que el lector (o al menos el lector que soy yo) los hubiera disfrutado más tengo la impresión de que habría que haber trabajado con más la tensión narrativa.
Estos cuentos están publicados cuando el autor tiene veintisiete o quizás veintiocho años, e imagino que estará escritos antes, sobre los veintiséis, vamos a suponer. Alejandro Morellón cuando los escribe es un autor muy joven, que ha leído narrativa clásica, pero que también conoce las tendencias modernas del relato (de ahí su coincidencia en ideas con los cuentos de Samantha Schweblin). Morellón en estos cuentos no comete errores de principiante: los cuentos fluyen sin frases confusas, sin una adjetivación excesiva, con sencillez, pero sin carecer tampoco de aliento poético. La creación de un particular mundo propio, con extrañamientos sobre el tiempo o la edad de los personajes, me parece logrado. Además muchas de las ideas son potentes, y ¿qué podría faltarle entonces al joven Morellón para llegar a escribir cuentos tan buenos como los de Samantha Schweblin? Creo que la respuesta sería ésta: un poco más de tensión narrativa. A un cuento realista, a lo Raymond Carver, se le presupone la tensión narrativa, o el cuento la tiene o se quedaría en un mero cuadro de costumbres carente de interés. Los cuentos fantásticos también necesitan esta tensión narrativa, no basta con la idea brillante, con el mundo sugerente, algo ha de suceder en ellos que sea tan potente como el planteamiento. Lógicamente, conseguir esto no es nada fácil, y la construcción de un cuento fantástico muy bueno no me parece una tarea sencilla. El joven Morellón está en el camino correcto, más de uno de sus cuentos es bueno, y le faltaría tal vez un poco de tensión narrativa, como he apuntado.

Plato de sopa sin retorno es otro cuento corto, de idea surrealista y simpática.

La herida es mi cuento favorito del conjunto: el más logrado, aquel en el que una idea potente, se une a una mirada muy poética sobre lo narrado, y la tensión narrativa se mantiene perfectamente. Un matrimonio espera la posible visita de su hijo y sus nietos. Desde las ventanas de la casa, mira al exterior, hacia la calle, y allí parece que no ocurre nada anormal, pero cada vez que el hombre deja la tranquilidad de la casa y sale fuera percibirá cómo los sonidos callan, como todo se deteriora de forma acelerada… un cuento muy sugerente.

El cuento que cierra el conjunto, Una máquina excelente, me parece que está escrito sobre una idea un tanto macabra y no me acaba de convencer.

En resumen, La noche en que caímos es un debut narrativo notable. Alejandro Morellón no comete en él errores de principiante y ha trabajado en serio para, asimilando el trabajo de otros autores (Julio Cortázar, principalmente), alumbran una voz propia. Como ya he señalada, a algún cuento le falta un poco más de desarrollo, y a otros, siendo correctos, siendo buenos cuentos, les pediría un poco más de tensión narrativa. El cuento La herida me parece excelente, una narración muy lograda.


Sé que Alejandro Morellón está ahora escribiendo novelas. Sé, por las destrezas mostradas en este volumen de cuentos,  que va a conseguir escribir buenas novelas. Las esperamos.