Editorial Fondo de Cultura
Económica. 187 páginas. 1ª edición de 2007.
El mismo día de mayo que acudí a
la librería Juan Rulfo de Moncloa
con la intención de comprar Ferrocarriles argentinos de Elvio E. Gandolfo, curioseando entre
los anaqueles de literatura hispanoamericana, me encontré con esta novela de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970);
un libro importado desde América al razonable precio de 12 euros. Como me había
entusiasmado la lectura, unas semanas antes, de su última novela Sangre
en el ojo, me apeteció llevarme también este libro, que no he leído
hasta 4 meses más tarde.
Me resultó curioso que al ir a
pagar la cajera comentara que le sonaba mi cara (algo que siempre me ha
ocurrido, debo tener una cara muy familiar de español medio) y que después me
preguntara si era amigo de Lina. Esto último me hizo más gracia que la pregunta
anterior. Parecía un hecho extraño que en un librería de clara vocación
literaria un lector comprara un libro de una escritora porque había leído ya
una obra suya y le había gustado: la literatura acabará siendo igual que una
red social, llegará a ser sólo un vínculo de un grupo de amigos, y escribo esto
justo cuando acabo de desayunar –un sábado de septiembre– con la noticia de que
la segunda novela de una famosa bestsellera
se lanza con una primera edición de 350.000 ejemplares. La literatura con
intencionalidad literaria ya, exenta de lectores, va quedando relegada a un
reducto mínimo, a libros comprados por familiares y amigos, que leerán esos
libros con condescendencia mientras piensan que la verdadera literatura es la
de la bestsellera porque vende y porque
es lo que leemos todos (estuve por error en una charla suya y durante una
entrevista de una hora no llegó a citar, la bestsellera,
a ningún escritor, cuando he estado en charlas de Rodrigo Fresán o de Enrique
Vila-Matas y, además de que ya de por sí su discurso es literario, no cesan
de nombrar a autores).
Fruta podrida es la
tercera novela de Lina Meruane, que consiguió el Premio a la Mejor Novela
Inédita de 2006 del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Chile.
Me ha llamado mucho la atención
los fuertes paralelismos que podemos encontrar entre esta novela y la siguiente
de la autora, Sangre en el ojo. Como
en esta última, en Fruta podrida
también nos encontramos con la presencia obsesiva de la enfermedad y los hospitales.
Aquí Zoila sufre una fuerte diabetes, y una de las posibles soluciones a su mal
sería un trasplante de hígado.
Como en Sangre en el ojo, en Fruta
podrida también nos topamos con una morbosa dependencia del otro. Si en la
primera, Lina –la protagonista que pierde la visión– se aferra a su novio
Ignacio, en la segunda, Zoila lo hace de su hermana mayor, María, con quien
convive y de quien depende económicamente. María ha tomado sobre sus hombros la
dura tarea de salvar a su hermana, que parece empeñada en dejarse morir: “Por
qué no concederle la posibilidad instantánea de una muerte que yo misma he
deseado siempre, algo que de a poco se ha ido volviendo posible” (pág. 112).
En las dos novelas la presencia
de medicinas, hospitales, muertes, ideas sobre la vulnerabilidad del cuerpo,
los trasplantes casi de ciencia ficción... son apabullantes.
También en las dos novelas se
crea un contraste entre el eficiente y frío Norte (Estados Unidos) y el caótico
y disperso Sur (Chile).
El estilo también está en gran
parte compartido entre las dos novelas: un lirismo enfermizo, que además en Fruta podrida se interrumpe con poemas
que, como descubriremos, están escritos por Zoila: “Esos cuadernos llenos de mapas,
de poemas, de recortes sobre hospitales y enfermedades; todos esos cuadernos de
composición donde has anotado y memorizado los síntomas y diagnósticos,
cuadernos que te han convertido en la especialista en células, en complejos
sistemas defensivos, en mutaciones virales y en la resistencia de las bacterias...
El lenguaje del organismo es el único que verdaderamente comprendes: ese idioma
es tu única lengua y es tu mejor arma de ataque” (pág. 124).
Quizás en Fruta podrida la extrañeza ante el texto es mayor que en Sangre en el ojo, una extrañeza que al
comentar este último libro (ver AQUÍ) llamé
expresionista, y en el anterior podría ser también expresionista, pero que se
acerca más al surrealismo.
En Fruta podrida los enfoques compositivos son más diversos: además de
los poemas comentados, una primera parte de la novela está narrada en tercera
persona, dos más por la primera de Zoila, y una última por la enfermera de un
hospital de (posiblemente) Nueva York, que hasta ese momento no tenía nada que
ver con la historia.
En realidad podría apuntar que Fruta podrida me parece una versión
menos lograda de Sangre en el ojo;
una obra anterior en la que Meruane da salida a temas que le obsesionan (la
enfermedad, la dependencia...), pero que no es hasta Sangre en el ojo (apoyada en el trabajo de experimentación y
búsqueda que ha realizado en su novela anterior) cuando el sentido y la forma
se aúnan para crear una de las grandes obras de la nueva narrativa
hispanoamericana.
Todo en Sangre en el ojo fluye de forma más clara que en Fruta podrida: en aquélla, la primera
persona de Lina narra la historia completa, y así el avance temporal –la
adecuación entre lo contado y su evolución narrativa– se muestra de manera más
eficiente.
En Fruta podrida la obsesión sobre la enfermedad y la muerte es
demasiado apabullante; en Sangre en el
ojo esa obsesión está, pero de forma más sugerida, más sutil, lo que
paradójicamente hace que cobre más fuerza.
Las relaciones causales entre los
hechos (si bien contienen alguna pincelada expresionista) me parecen más
lógicas en Sangre en el ojo. Es
cierto que en Fruta podrida comprendemos
desde el principio que el texto no aspira a la verosimilitud narrativa, pero su
propia naturaleza surrealista (su planteamiento de hechos exagerados o distorsionados)
rompe en alguna medida el pacto entre lo contado por el autor y lo asimilado
por la experiencia del lector. Y esto me ha conducido a leer la última parte de
la novela, Pies en la tierra, donde la primera persona de la enfermera
antes citada habla con una mendiga en el banco de un parque, que el lector
entiende que es Zoila (convertida en terrorista de hospitales), con una
creciente fatiga, ya que el discurso expuesto por este personaje no difería
demasiado por el asimilado ya en partes anteriores desde la primera persona de
Zoila.
Así que vuelvo a recomendar la
lectura de Sangre en el ojo, que como
escribí en su día es “una novela angustiosa y eléctrica, potente y rítmica,
escrita con un lenguaje muy trabajado –prolijo en metáforas y chilenismos–, que
nos hacen pesar en una narradora ya madura”, y como reflexión personal anoto la
idea de haberme percatado –una vez más– de lo difícil que es escribir un gran
libro, de cómo el autor (en este caso autora) ha de ir ensayando enfoques,
ideas, pulsos narrativos...

