Mostrando entradas con la etiqueta Juan José Becerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan José Becerra. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de enero de 2017

La interpretación de un libro, por Juan José Becerra

Editorial Candaya. 124 páginas. 1ª edición de 2012.

Olga y Paco, los editores de Candaya, me enviaron en el verano de 2016 la novela El espectáculo del tiempo de Juan José Becerra (Junín, Argentina, 1965). Después de leerla y hacerle una entrevista al autor, les solicité su anterior novela, que también había sido publicada por ellos. Me la enviaron y la leí la semana después de que me propusieran presentar El espectáculo del tiempo en la librería La Buena Vida de Madrid, lo que yo acepté encantado.

Como ocurría en El espectáculo del tiempo con Juan Guerra, Mariano Mastandrea –el protagonista de La interpretación de un libro– también es un escritor. En este caso, la historia está contada en tercera persona y no en primera. Mastandrea es autor de una sola novela, titulada Una eternidad. Becerra nos presenta a su personaje en el momento en que ya ha publicado su obra y se dedica a recorrer Buenos Aires buscando en el metro o en las librerías de la Avenida Corrientes a un lector de su libro, un libro que ha pasado desapercibido y que languidece en las librerías de saldo del centro. Al fin, en un vagón de metro, Mastandrea descubrirá a Camila Pereyra leyendo Una eternidad. Ella sale del subte, él la sigue, y cuando ella se sienta en un banco dispuesta a reanudar su lectura él la aborda. Intercambian pareceres y teléfonos. Quedan, inician una relación y ella –que hasta entonces vivía con su madre– se muda al pequeño apartamento de Mastandrea.

Pereyra comenzará a decorar la casa de Mastandrea con cuadros de Edward Hopper en los que aparecen mujeres leyendo, o que ella considera que están leyendo.

Becerra presenta al escritor Mariano Mastandrea en el momento en que él está esperando la recepción de su obra, pero ya no se encuentra escribiendo y no parece sentir impulsos de hacerlo, mientras tanto se dedica a ver la televisión. Y también presenta a Camila Pereyra leyendo sólo Una eternidad, libro que ya se sabe de memoria, o al menos se lo sabe mejor que el escritor. Cuando ella saca el libro de otro escritor de las estanterías de Mastandrea, será tomado por éste como una traición. Casi no hay en la novela más personajes, solo se encuentran aquí una idea arquetípica de «escritor» con una idea arquetípica de «lectora». Mastandrea no parece, en este libro, haber recibido ningún comentario sobre su obra proveniente de otros colegas escritores (que no parecen existir) ni de familiares o amigos (que tampoco parecen existir): Pereyra, a la que los trabajadores del jardín Botánico –al que va a sentarse en un banco para leer– llaman «la loca de los libros», como Mastandrea ha escuchado de casualidad, además de su madre, con la que vivía, no parece relacionarse tampoco con nadie más. Ambos se encerrarán en el piso del escritor y darán juego a una relación que se irá tornando cada vez más enfermiza. Ninguno de los dos, en el tiempo de la novela (que transcurre en 2005) parece tener que trabajar para ganarse la vida.


Antes de encontrarse con su lectora, Mastandrea duda de su labor, ¿para qué escribir si no hay receptor de la obra que uno produce y ofrece al mundo? Después de sus peleas con Mastandrea, Pereyra teme abismarse en un mundo sin lectura. ¿Son la lectura y la escritura orgánicas? ¿Forman parte de la vida o de la negación de la vida? Durante su relación, el libro físico de Mastandrea, así como las ideas abstractas de la escritura y la lectura, se entremezclan con su vivencia del sexo y la evolución de su vida en pareja. Una relación que cada vez parece irse volviendo más absorbente, más invasiva para el otro y más dependiente. Pereyra preguntará a Mastandrea si la protagonista de su libro (una historia de desamor) es real, porque siente celos de ella. También recitarán fragmentos de escritura. «Por un instante están en el interior del libro, en una de sus escenas y en cada una de las palabras empleadas en la recreación que es, sobre todo, realización, sueño cumplido de la letra.», leemos en la página 66.

Además de la historia del Escritor y la Lectora –una narración que, debido al aislamiento vital de los personajes, acabará cobrando tintes cada vez más expresionistas y simbólicos–, La interpretación de un libro escapa de su cerrado planteamiento al desviarse por algunos pequeños cauces narrativos, que actúan de afluentes de la historia principal. Así, el resumen de la novela de Mastandrea (en la que su personaje, Castellanos, es descrito como «cronofóbico», una dolencia que también aquejaba al protagonista de El espectáculo del tiempo) se convierte en un relato en sí mismo, lo mismo ocurre con las interpretaciones de los cuadros de Hopper.

Me llama la atención que siendo La interpretación de un libro una novela con un personaje escritor, nunca se habla en ella de autores literarios reales. Esto mismo ocurría en El espectáculo del tiempo. Los planteamientos metaliterarios de Becerra se centran en los hechos de la escritura y la lectura en sí mismos, pero no en relación al contexto de producción creativa en el que las obras escritas actúan.

Ya lo comenté al hablar de El espectáculo del tiempo: por su prosa cuidada y densa, que incide en la forma de interpretar la realidad de sus personajes y en la percepción de los fenómenos que les rodean, la escritura de Juan José Becerra me parece emparentada con la de Juan José Saer. En este sentido, una de las escenas de La interpretación de un libro, la que se desarrolla en la página 32 y tiene que ver con la primera vez en la que Mariano y Camila cenan en un restaurante, donde se describen sus movimientos en torno a los cubiertos o la comida («Camila Pereyra unta una rodaja de pan y abre la boca para introducirla en ella; se ven sus dientes blancos y parejos, y el hueco oscuro del que sale la lengua que se extiende como una bandeja o una cinta transportadora para recibir el bocado y llevarlo al interior.»), me ha recordado mucho a algunas escenas de los libros de Saer. Por ejemplo, en este caso, a la descripción de la reunión de amigos al final de La pesquisa de Saer, donde también se describía como Tomatis, Garay, Sordi… tomaban aceitunas y bebidas de una mesa y qué venían de los otros desde sus asientos.

Juan José Saer comienza a ser unos de los astros en torno a los que gira la nueva narrativa argentina, y sus herederos más claros me parecen los argentinos Sergio Chejfec y Juan José Becerra, ambos publicados en España por la editorial Candaya.


Hasta ahora conocía al Becerra más desbordado, el de la extensa novela El espectáculo del tiempo, y ahora me he acercado a otro más contenido, el de la novela corta La interpretación de un sueño. Ambas obras me confirman que estamos ante un gran escritor.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Entrevista a Juan José Becerra, autor de El espectáculo del tiempo

Juan José Becerra (Junín, Argentina -1965) es autor de ensayos, como La vaca – Viaje a la pampa carnívora (2007), Grasa (2007) y Patriotas (2009); de libros de relatos, como Dos cuentos vulgares (2012); y de novelas, como Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004), Toda la verdad (2010), La interpretación de un libro (2012) y El espectáculo del tiempo (2015). Las dos últimas novelas están publicadas en España por Candaya.
Sus artículos periodísticos se publican en Argentina y el extranjero.

Si quieres leer la reseña que escribí sobre El espectáculo del tiempo puedes hacerlo pinchando AQUÍ

Foto de Francesc Fernández


Yo no he leído El espectáculo del tiempo pensando que podía tratarse de una novela autobiográfica, sino como una creación ficcional. Sin embargo, buscando entrevistas que te hacen y leyendo reseñas del libro en internet me encuentro, en algunos casos, con esta interpretación autobiográfica de la novela. Al igual que tú, Juan Guerra −el protagonista de El espectáculo del tiempo− ha nacido en 1965, se ha criado en Junín y escribe. ¿Hasta qué punto has recreado tus propios recuerdos para dar vida a tu personaje? ¿Alguna vez has regentado, por ejemplo, un cine?

No hay que olvidar que en la ficción mentir y decir la verdad pertenecen a un mismo régimen, y que el recuerdo es básicamente un tipo de ficción galopante que produce efectos de verdad. Por lo tanto el recuerdo es una composición artística que funciona como un simulador o un restaurador de realidad. En los recuerdos no hay nada concreto, no hay ningún hecho, lo que estuvo ya no está, es como un vapor que nos hace alucinar con figuras más o menos familiares. Hecha la aclaración técnica, tengo que decir que sí, que he recreado hasta la degradación algunos recuerdos personales, sobre todo los olvidados, y también fui socio gerente de unas salas de cine.


En El espectáculo del tiempo escribes: «La felicidad no es un tema de la literatura». ¿Esto es así siempre? ¿Una novela «total» puede eludir la felicidad como tema narrativo?

No estoy muy de acuerdo con esa frase. Tal vez quise decir que por lo general no es un tema de la literatura. Ahora, lo que es capaz de hacer la literatura con sus pretensiones de totalidad se presta siempre a discusiones. Supongamos que alguien incluye la felicidad en una novela. Le estaría faltando eludirla, ¿no?, con lo cual también entraría en crisis el concepto de totalidad. Mejor pensar que, en las novelas, hasta lo que se elude se las ingenia para estar.


¿Una novela puede a la vez ser «total» e inconclusa? ¿El todo es inabarcable?

El todo es una idea estúpida del hombre, que nunca comprendió la escala que le asignó el universo. Además, algo me dice que la totalidad es una defensa indirecta de la pureza. No hay ninguna necesidad ni posibilidad de experimentar el todo. Y si alguien pretende una narración total, como se supone que es mi caso, el resultado no puede ser otro que el deslizamiento hacia lo inconcluso, o sea hacia el fracaso total de la totalidad. Para qué te voy a mentir: me encanta esa experiencia de derrota porque te baña en humildad.


Tras leer El espectáculo del tiempo y reflexionar sobre ella, me ha parecido que, dentro de la literatura argentina, con el autor que más relación guarda esta obra es con Juan José Saer y su obsesión por nuestra forma de percibir la realidad. ¿Te parece acertado este comentario?

Me parece acertado, y me halaga porque tengo un afecto por la literatura de Saer que no se agota con los años. Pero esa obsesión no es sólo de él, sino una de las más constantes en la historia de la literatura. Diría que es su neurosis. La percepción de la realidad es un problema artístico, por lo tanto no tiene solución. Y lo que hace la obra de Saer es problematizar la percepción de la realidad, llevarla a un estado de inestabilidad y crisis, cosa que veo como un deber formal del escritor. Ahora, si tuviera que confesar la posición imaginaria de mis libros en la literatura argentina, diría que últimamente tratan de pasar de costado y sin hacer mucho ruido entre Saer y Aira, entre Aira y Puig, y a una distancia prudencial de los rayos paralizantes de Borges. Pero la idea que uno tiene de lo que hace nunca es razonable.


El espectáculo del tiempo no es una novela con una trama cerrada. ¿El algún momento tuviste la tentación de que, en vez de acabarla con unas 500 páginas, tuviera 200 o 1.000?

Ya que lo nombré, Borges diría que esta novela es una roman à tiroirs, cosa que «no tiene nada de malo», para decirlo con palabras suyas, tan poco entusiastas en el elogio cada vez que hablaba de alguna cosa francesa. La baguette, el surrealismo, los quesos azules, Proust, todo le caía mal. Al margen de los resultados, que podrían ser catastróficos y el mundo seguiría andando, las novelas abiertas son una bendición para el que las escribe porque permiten una dinámica de concentración y dispersión simultáneas que ataca el aburrimiento. Al tener un montaje en el aire, sin raíces, mi impresión es que, efectivamente, sus 500 páginas podrían ser ya no 200 o 1.000, sino 5 o un millón, y eso no cambiaría su funcionamiento interior.


En el programa televisivo Los siete locos declaraste: «No está terminada nunca una novela». Ahora que El espectáculo del tiempo se comercializa ya en Argentina y España, ¿siguen apareciendo en tu mente nuevos capítulos que se podrían haber incorporado a la historia? ¿Borrarías otros que sí están en la novela?

Una novela nunca se termina en el sentido en que cualquier cosa terminada es apenas una posibilidad de existencia que tuvo la suerte o la desgracia de cristalizar. Todos los hechos, incluyendo la impresión de papel por la que paradójicamente se dice que una novela cobra vida, son fenómenos pobrísimos si consideramos todas las posibilidades que se dejaron atrás. Por lo tanto, cualquier novela es lo poco que queda de todo aquello que iba a ser. El escritor que no es capaz de decepcionarse con sus propios libros no tiene sangre en las venas. Por lo tanto, cada vez que publico una novela pienso que fracasé otra vez y que debería escribirla de nuevo en forma íntegra.


En tu novela recreas los recuerdos de Juan Guerra, el narrador, y se cuenta además la historia de su padre, algunos amigos o amantes. En un momento dado, Juan abandona un hotel junto a una mujer y en la ruta se topan con una caravana de coches deportivos. El narrador habla ahora de los ocupantes de esos coches desde el punto de vista de un periodista, algo que no puede conocer de primera mano. ¿Por qué esta ruptura de la lógica de la novela? ¿Qué significan estas páginas?

Significa que las historias van y vienen, y que un narrador más o menos atento debe ir y venir con ellas. La descripción lineal de los hechos sigue teniendo un prestigio inexplicable, como si el tiempo sólo se moviera hacia adelante. En esas páginas a las que aludís, la novela pasa por un momento de descontrol. Yo diría que queda acéfala. La narración, que se orientaba hacia un lado, toma la dirección contraria mientras que el narrador delega la historia, literalmente, en el primer tipo con el que se cruza. Para mí la realidad funciona más o menos así.


¿Eres, al igual que Juan Guerra, un «cronofóbico»?

Supongo que sí. Pero me gustaría decir que la cronofobia, que sorpresivamente no figura en esas fobias que Roberto Bolaño enumera en 2666, no es tanto la fobia a que el tiempo pase como a que pase mal. El peor escenario es que al tiempo propio lo administren los demás, cosa bastante corriente. No inscribir hechos personales en el tiempo es para mí una situación cronofóbica. Es algo que no tiene que ver con sentirse útil, productivo o exitoso sino, exclusivamente, con la defensa de la soberanía personal. La frase de cabecera del cronofóbico es: «No me hagan perder el tiempo».


En la novela escribes: «No me llama para nada la atención ver que no cumplí con lo que me juré –no citar escritores en la novela‒ cuando hoy, 24 de septiembre de 2012, releo este párrafo». ¿Por qué eliminar de la novela los recuerdos literarios de un protagonista que es escritor?

Me parece que lo importante de esa frase es que alguien no está cumpliendo con su juramento. Y no me disgusta para nada porque, tal como la entiendo, la literatura debería tratar de no honrar nunca sus compromisos. Si hay algo que una novela no puede cumplir es el plan que la concibió.
Sobre esa especie de autocensura que le impide al narrador citar escritores, supongo que es un TOC. El mismo que tuvieron los narradores de mis primeros libros, en los que la literatura de los otros se filtraba sin créditos, como si fuera una fuerza folclórica impregnando el ambiente. Recuerdo que en mi primera novela, Santo (1994), hay versos de T. S. Eliot y letras de tango que aparecen licuados por la prosa, como si la literatura fuese un bien común sin autoridad. Lo mismo ocurre en Toda la verdad (2010), donde lo que sostiene el pensamiento que se dispersa en la novela es el Diario filosófico de Wittgenstein. Lo que deduzco de esta confesión es que me interesa que la literatura aparezca en mis libros a cambio de que lo haga en forma del contrabando.


Maximiliano Torres, del periódico La Nación, ha escrito: «El novelista argentino Juan José Becerra escribió El espectáculo del tiempo, una verdadera obra maestra. Al lado de él, Knausgård es apenas un aficionado del yoyó». ¿Has leído a Karl Ove Knausgård? ¿Qué opinas de él?

Leí Un hombre enamorado y La muerte del padre. Me gustaron. Veo en Knausgård un arte literario seco sin ninguna concesión al estilismo, ni al barroquismo ni a ninguna de esas cosas por las que los escritores desean diferenciar su individualidad de la de los demás. Tiene una escritura proletaria, fabril, que trabaja de sol a sol. Knausgård nos pide un tiempo prolongado de lectura, convivencia con el texto, duración. Nos pide una relación. Es obvio que en esa experiencia de lectura vamos a cambiar de opinión varias veces sobre lo que estamos leyendo. Entonces, lo que se produce es una confusión milagrosa, por la que no está claro si estamos leyendo o estamos viviendo. Desde mi punto de vista, a ese milagro lo produce la acumulación dramática de elementos banales. Uno primero ve un grano de arena, después un médano y, finalmente, un desierto inmenso al que podríamos llamar desierto de la vida.


Una pregunta técnica sobre el arte de la novela: los fragmentos narrativos de El espectáculo del tiempo, encabezados por fechas, ¿están escritos en el orden en que aparecen en el libro o escribes seguidos, por ejemplo, los que tienen que ver con el personaje de Lorenzo Costa, con el padre de Juan… y luego, ya al final, los entrecruzas todos, siguiendo algún orden personal?

Están escritos en el orden contra cronológico que, creo, es el orden en que las personas recuerdan. Un día escribía una historia, y al día siguiente escribía otra. Uno tiende a concentrar el relato en términos de escena cuando recuerda algo, pero debajo de esa voluntad desesperada de reducir lo que se escapa a una especie de escultura siempre termina apareciendo la realidad del recuerdo, que para mí se organiza mediante saltos, rupturas y conexiones inesperadas. En general, es un orden que responde a un criterio bastante común de la experiencia, que es el que hace que algunos relatos se interrumpan y otros continúen. En eso traté de emular el uso que la vida hace de los relatos, que se difunden mediante una estructura arborescente, y donde algunas ramas son más largas que otras. Hay personajes que aparecen y se quedan, y otros que vienen y se van. Así es la vida, me parece.


Cuando escribí mi reseña sobre El espectáculo del tiempo especulé con la idea de que este libro lo hubiera escrito Mario Vargas Llosa y pensé entonces que la estructura de la novela, la ordenación de sus fragmentos, hubiera sido mucho más cerrada, más matemática. ¿Qué opinas del orden estructural de las novelas de Vargas Llosa?

Tengo entendido que Vargas Llosa es una persona cerrada, por eso me alegró tanto su divorcio. Por fin nos dio una sorpresa. El orden estructural de sus novelas es bastante efectista y lo veo muy pendiente del control de sus artificios, como ocurre en Conversación en la Catedral, que es una novela que me gustó mucho aunque se le note su voluntad de impresionar con ese malabarismo que hace con las voces. Si no recuerdo mal, allí los personajes hablan «interrumpidamente», lo que sostiene el suspenso porque está claro que no se puede decir que alguien ha dicho algo hasta que no termina de hablar. Lo que hace Vargas Llosa en esa novela es postular una prosa que es una licuadora de personajes y mantener la licuadora encendida a lo largo de seiscientas páginas, hasta que se le queme la bobina. Por lo tanto, el efecto inicial de vanguardia se transforma muy pronto en una actitud conservacionista.


¿Qué escritor argentino recomendarías a un lector español, pensando que su obra no es lo suficientemente reconocida aquí?

Osvaldo Lamborghini.


A menudo he oído hablar de la literatura argentina en términos de literatura de Buenos Aires y literatura de las provincias del interior. ¿Sientes esta dicotomía como cierta? Escribiendo sobre Junín, una ciudad de la provincia de Buenos Aires, ¿con qué grupo te sientes más cómodo?

No siento la dicotomía porque no me llegan los comentarios de su existencia. Yo creo que en la literatura no hay realidad geográfica. Todas las geografías son imaginarias. Recordemos que José Hernández escribió Martín Fierro en un hotel de Buenos Aires. La relación de la literatura con el espacio es exclusivamente escenográfica. Simplemente, se necesita que las historias encajen en un decorado, y tanto las ciudades como el desierto o la selva son decorados mitológicos que para los escritores funcionan como un salad bar. Uno va y se sirve.


¿Estás escribiendo ahora algún nuevo libro? En caso afirmativo, ¿nos puedes hablar de él?

Estoy escribiendo una novela. No sé muy bien qué va a pasar porque se está empezando a mover por dentro. El personaje principal dice todo lo que se le pasa por la cabeza, y se pregunta por qué esa no es la función más importante del lenguaje. Esa conducta, al borde del síndrome de Tourette, lo puede llevar a imponer una cultura de la sinceridad o a que lo muelan a palos.



Muchas gracias, Juan José.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El espectáculo del tiempo, por Juan José Becerra

El espectáculo del tiempo, por Juan José Becerra.
Editorial Candaya. 525 páginas. 1ª edición de 2015; esta de 2016.

En mayo y junio de este año, los editores de Candaya, Paco y Olga, empezaron a mostrar mucho entusiasmo en las redes sociales por la publicación de esta novela de Juan José Becerra (1965, Junín, provincia de Buenos Aires). Son editores que miman mucho lo que publican, pero por este libro (y también por Anatomía de la memoria del mexicano Eduardo Ruiz Sosa) parecen sentir una predilección especial.
Empecé a buscar información sobre El espectáculo del tiempo y vi que el libro lo publicó el año pasado la editorial Seix Barral de Argentina. En la prensa argentina se han escrito entusiastas reseñas sobre él. Así, por ejemplo (cita recogida en la contraportada), Daniel Guebel, de Clarín, escribe: «El espectáculo del tiempo es un gran libro, una obra maestra; le damos de antemano el premio escalafonario de libro del año, y diría también que su autor, Juan José Becerra, es “el” gran novelista argentino». Quien siga mi blog sabrá que siento una especial predilección por la literatura argentina, y, por tanto, después de leer las reseñas que encontré de la novela, me apeteció leerla. Me puse en contacto con los editores de Candaya para que me la enviaran. Me comentaron también que Becerra quería que el libro apareciera en España en su editorial porque el autor ya había publicado con ellos otra novela en 2012: La interpretación de un libro. Olga y Paco, tan amables como siempre, me enviaron el libro, que llegó justo un día antes de que me fuera a pasar dos semanas al norte de Mallorca. Me pareció una señal y decidí llevarme la novela conmigo. Al estar de vacaciones he podido dedicar bastantes horas del día a leer y, a pesar de sus 525 páginas, lo acabé en ocho días, un tiempo impensable si llego a tomar el libro en época de trabajo.

El otro libro que me llevé a Mallorca fue Los hombres topo quieren tus ojos, la antología de relatos de la era dorada del pulp que Jesús Palacios seleccionó para la editorial Valdemar. Esta antología, sobre el submundo pulp del Weird Menace, era muy divertida y loca, y el propio Palacios afirmaba que los cuentos incluidos no habían sido seleccionados por su calidad literaria, sino porque cumplían una serie de requisitos formales y eran representativos de un tipo de narración que se dio en Norteamérica en la década de 1930. Me lo pasé muy bien con este libro, pero recuerdo perfectamente la sensación que tuve la mañana que empecé a leer El espectáculo del tiempo después de haber acabado el último relato de la antología de Jesús Palacios: bien, me he divertido en la hamburguesería, he recordado la sensación adolescente de comerme un whopper y de disfrutar de una película de Spielberg, pero ahora toca volver a hacerse mayor y recordar el camino recorrido sobre el refinamiento del gusto, y el disfrute del delicatesen de la gran prosa.

El protagonista de El espectáculo del tiempo ha nacido en 1965, como el autor, y se llama Juan Guerra (un nombre que parece una contracción de Juan José Becerra). Durante el tiempo principal de la novela (luego hablaré del tiempo, tal vez el gran protagonista de este libro), Guerra regenta en su ciudad natal, Junín (al norte de la provincia de Buenos Aires) los cines Lumière, que parecieron abrirse para languidecer lentamente.
La novela está organizada en capítulos (aunque sería casi más adecuado hablar de fragmentos narrativos) encabezados por una fecha, que marca el tiempo narrativo del capítulo o fragmento. La voz narrativa es la de Juan Guerra y los fragmentos recogen principalmente algunos de los momentos más destacados (o más recordables) de su vida, que se extiende hasta algunos episodios de la vida de sus padres o de sus amigos.
Además de la fecha de nacimiento y el parecido en el nombre, en un momento de la novela (pág. 126) un personaje interpela al narrador: «¿Y vos sos escritor?». Así que los paralelismos entre narrador y escritor parecen aumentar. En otras páginas, la voz narrativa reflexiona sobre lo escrito: «No me llama para nada la atención ver que no cumplí con lo que me juré –no citar escritores en la novela‒ cuando hoy, 24 de septiembre de 2012, releo este párrafo» (pág. 32) o «Silvia también es mi mujer de ahora, 5 de diciembre de 2014, cuando (eso espero) leo este libro por última vez» (pág. 154). También, de forma irónica, en algún momento se interpela al posible lector extranjero de la novela: «Cuatrocientos pesos. Para el lector internacional interesado en economías emergentes, en esos días equivalían a cuatrocientos dólares» (pág. 17); o: «Esa última escena era el armisticio en versión cómic de la masacre de indígenas que arrumbó a las comunidades más antiguas contra la cordillera de Los Andes y les quitó la base vital de su cultura: la caza del ganado silvestre, las orgías y las masacres de sobremesa (este comentario es exclusivo para los lectores y turistas extranjeros que creen que el sujeto vernáculo de la pampa es el gaucho)» (pág. 458).

En la página 73 encontramos un párrafo que puede ser una de las claves compositivas del libro: «Pero querer dormir no fue dormir. Apareció el insomnio y el terror de no poder salir de la nube negra en la que estaba, y en la que no pasaba nada, salvo que el tiempo se iba, cayendo pesadamente al mismo abismo del que había salido (esa noche me volví cronofóbico y, tal vez, nació este libro). Era la angustia típica que produce el tiempo cuando se lo ve pasar en vano, surgida de lo que todavía no llega, y de lo que aún no se va, y que provoca un stress vago y específico, el de estar aquí, ahora, en la nada del presente: una nada vivida».

Podría pensarse que Juan Guerra (al que Martín Prieto le dedica dos líneas en el libro Breve historia de la literatura argentina porque alguna vez escribió cuentos) juega a recordar algunos momentos de su vida, pero en realidad, a lo que juega es a la reconstrucción. En la página 432 leemos: «1976, 1979, 1987, 1988 No sé qué hice». Sin embargo, en los fragmentos narrativos en los que sí desarrolla los recuerdos, en ellos no parece haber fisuras. Salvo en una ocasión (en la que el narrador constata que en un relectura ha detectado un error en el recuerdo, y por tanto en lo escrito sobre él), al lector le llega siempre una información precisa de un momento de la vida del narrador en 2004 o 1992, por ejemplo. Se recrean los hechos y las sensaciones que provocan los hechos. Además, en más de un fragmento la recreación de los hechos incluye el uso de un vocabulario técnico de una precisión (por ejemplo, cuando se habla del club de aviación de Junín) que escapa a la capacidad del recuerdo.
Además de la vida del protagonista, éste también recrea la vida de otros personajes, principalmente de su padre y de algunos amigos (la de Lorenzo Costa principalmente) con una precisión imposible para tratarse del recuerdo de una narración oral sobre los hechos acaecidos a un tercero. Sobre este aspecto reflexiona la propia novela: «La ilusión de remontar el tiempo solo podía cumplirse, en la apariencia de los hechos –en los hechos, nunca‒, con un regreso al espacio donde el espacio se conservaba muerto aunque pareciera vivo» (págs. 499-500).


Los fragmentos narrativos avanzan a saltos aparentemente sin orden, aunque es cierto que en más de una ocasión se concatenan varios, encabezados por la misma fecha. Juan Guerra recrea algunos hechos de su vida y parece eludir otros; por ejemplo se habla mucho de sexo, y de la relación con algunas de sus amantes (Mónica, Bárbara y Silvia, principalmente), pero no de la relación con sus hijos. De refilón, el lector recibe la información de que en 2014, el narrador tiene ya cuatro hijos.

Aunque el narrador decide no hablar de sus hijos, sí que se explaya, sin embargo, al desgranar la relación que mantiene con su padre, un hombre tan contradictorio como imprevisible. El padre es una de las grandes creaciones de la novela. También me ha gustado mucho el desarrollo de la historia de amor enfermizo del amigo del narrador, Lorenzo Costa, con su amante Laura Vázquez. Si se reunieran todos los fragmentos en los que se desarrolla esta subtrama podríamos obtener una gran novela corta.

Ya he comentado al principio que es posible que el gran personaje de esta novela, más que Juan Guerra, sea el Tiempo, y la percepción que las personas conseguimos tener de él, de su pérdida o su evolución, de la conciencia, como dice un astronauta argentino en un discurso, de que el tiempo humano es insignificante frente al tiempo del cosmos.

Juan José Becerra juega en esta novela a la destrucción de las estructuras narrativas. Si El espectáculo del tiempo lo hubiera escrito un autor que disfruta tanto de la precisión matemático-narrativa de sus novelas como Mario Vargas Llosa, el lector habría acabado percatándose de que los recuerdos alternados (sobre el padre, sobre su amigo Lorenzo, sobre el trabajo en el cine…) habrían acabado cumpliendo un patrón. No existe tan patrón en la novela, lo que podría llegar a desesperar a algún lector amante del orden y las tramas que avanzan de forma cronológica. Ésta es la novela de un cronófobo, como ya apuntamos, y el tiempo fluye, se detiene, se expande…

La estructura, el juego reconstructivo de los recuerdos, también se rompe de forma patente en alguna ocasión. El caso más claro creo que es éste: en 2006 Juan ha quedado con Mónica (que fue su primera novia) y ven pasar por la carretera una caravana de autos deportivos. El siguiente fragmento narrativo también nos remite a 2006 y nos empieza diciendo que Juan y Mónica contaron los autos, eran casi cien. Aquí dejamos de leer sobre Juan y Mónica y la voz narrativa empieza a describirnos la historia del viaje de esos autos y se acerca a la mirada de un periodista deportivo que ha de cubrir el evento. Especulo sobre el significado narrativo de este tipo de fragmentos: Juan Guerra es escritor e inventa historia sobre lo que ve, historias imaginadas que, después de los años, acaban teniendo la categoría de recuerdos reales. En otra ocasión se recrea también la historia de un asesino norteamericano tras la lectura de una noticia en un periódico.

En otros momentos se reproducen hechos históricos de otros siglos: por ejemplo, cuando Juan nos habla de los cines Lumière, la narración se va hasta 1895 para hablarnos de la relación entre los hermanos Lumière en el momento de inventar el cinematógrafo. O cuando Juan nos habla en el 2002 de su madre y dice que nació en el pueblo de Morse, en el fragmento siguiente nos vamos a 1844 para reproducir la historia del invento del código Morse.

Si bien el narrador es Juan Guerra y la mayoría de las páginas de la novela reproducen su escritura, también hay otros acercamientos a la narración: se reproducen las páginas de un diario, un poema gauchesco moderno, el discurso de un astronauta, un email…

Creo que lo que menos me ha gustado de la novela son unas anotaciones de los años 2000 y 2001, que se corresponden con las páginas 309-343 en las que Guerra describe el contenido de unos vídeos de carácter sexual que ha grabado en compañía de su amante. Lejos de resultar eróticas, estas páginas parecen, más bien, una descripción forense. Quizás el autor quería hablarnos de la relevancia, pero también de la repetición, de los momentos sexuales, pero creo que lo hace durante un número excesivo de páginas.

Dentro de la tradición argentina, el Juan José Becerra de esta novela tal vez podría entroncar con Juan José Saer, el escritor de Santa Fe, al que siempre le gustó analizar cómo se formaba la percepción de la realidad de sus personajes.

El tono narrativo de Juan Guerra es desapasionado, a veces levemente irónico y a veces triste («La felicidad no es un tema de la literatura», nos dice en la página 131 y esto explique quizás que el autor hable tanto de su padre pero no de sus hijos). En muchas de sus páginas, la prosa de esta novela es deslumbrante, y no por exuberancias coloristas ni barroquismos, sino por su precisión e inteligencia a la hora de analizar el paso del tiempo y los motivos conductuales de los personajes.

Juan José Becerra ha escrito con El espectáculo del tiempo una novela muy ambiciosa, que tiende tanto a la dispersión como al fragmento narrativo sublime, una novela que trata de emular el flujo del tiempo, que nos habla de la condición humana y que, en su propia propuesta, lleva implícita su refutación: el tiempo humano es insignificante.