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domingo, 6 de octubre de 2024

Casas muertas y Oficina Nº1, por Miguel Otero SIlva

 


Casas muertas y Oficina Nº 1, de Miguel Otero Silva

Editorial Trotalibros. 430 páginas. 1ª edición de 1955 y 1961; esta es de 2022.

Epílogo de Jan Arimany

 

En junio de 2022, con motivo de la celebración de la Feria del Libro, Jan Arimany, el editor de Trotalibros, estuvo por Madrid y aprovechó, además de para vender sus libros en el Retiro, para organizar la presentación de una de sus novedades en la librería Taiga de Arturo Soria. Acudí a esta presentación y esta fue la primera vez en la que pude hablar en persona con Jan. Si no recuerdo mal, en la presentación de estas dos novelas de Miguel Otero Silva (Barcelona, Venezuela, 1908 – Caracas, 1985), tituladas Casas muertas (1955) y Oficina Nº 1 (1961), quitando a Jan y a mí, todo el mundo (presentadores incluidos) eran venezolanos. Allí estaba, por ejemplo, el escritor Juan Carlos Chirinos, con el que he coincidido en más de un acto literario. Acabó siendo un acto curioso, literario, pero en gran medida también político. Los venezolanos comentaban que Miguel Otero Silva había sido, durante muchas generaciones, una lectura obligatoria en los colegios del país y que, con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, ya no lo era y estaba cayendo en el olvido.

 

Casas muertas, publicada en 1955, trata sobre el pueblo de Ortiz que lleva décadas languideciendo y convirtiéndose en un pueblo fantasma. Ya en la primera página, el narrador se refiere a Ortiz con el sobrenombre de «aquella aldea de muertos» y se narra un entierro. Ortiz, que es un pueblo del interior de Venezuela, está muriendo por la dejadez gubernamental, por los periodos de inestabilidad a los que le han llevado las guerras civiles y, sobre todo, por el paludismo, enfermedad que asola la región desde finales del siglo XIX.

La protagonista principal de la novela es Carmen Rosa, una joven de Ortiz, que se aísla de la decadencia exterior cuidando el patio de su casa. Así leemos en la página 15: «El patio era el más hermoso de Ortiz, posiblemente el único patio hermoso de Ortiz. En sembrarlo, en cuidarlo, en hacerlo florecer había empecinado Carmen Rosa su fibra juvenil, tercamente afanada en construir algo mientras a su alrededor todo se destruía. Tan solo el tamarindo y el cotoperí, plantados allí desde hacía mucho tiempo, nada les debían, salvo el riego y la ternura, a las manos de Carmen Rosa. Nacieron para soportar aquel sol, para endurecer sus troncos en la penuria, e igualmente erguidos se hallarían en el patio aunque Carmen Rosa no hubiera nacido después que ellos para regarlos y amarlos.»

Este párrafo de Casas vacías me ha recordado a otro que leí en Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. Lo copio aquí: «En esta calle hay una casa grande, de piedra, con un corredor en forma de escuadra y un jardín lleno de plantas y de polvo. Allí no corre el tiempo: el aire quedó inmóvil después de tantas lágrimas. El día que sacaron el cuerpo de la señora de Moncada, alguien que no recuerdo cerró el portón y despidió a los criados. Desde entonces las magnolias florecen sin nadie que las mire y las hierbas feroces cubren las losas del patio; hay arañas que dan largos paseos a través de los cuadros y del piano. Hace ya mucho que murieron las palmas de sombra y que ninguna voz irrumpe en las arcadas del corredor. Los murciélagos anidan en las guirnaldas doradas de los espejos y “Roma y Cartago”, frente a frente siguen cargados de frutos que se caen de maduros. Sólo olvido y silencio. Y sin embargo en la memoria hay un jardín iluminado por el sol, radiante de pájaros, poblado de carreras, y de gritos. Una cocina humeante y tendida a la sombra morada de los jacarandaes, una mesa en la que desayunan los criados de los Moncada.»

En Ortiz se instalará también un militar prepotente que me ha recordado bastante al militar prepotente de Ixtepec, el pueblo de Los recuerdos del porvenir.

 

Los recuerdos del porvenir se publicó en 1963, ocho años después de Casas vacías, y tengo la impresión de que Garro había leído a Otero Silva. Igual que, debería decir desde ya, estas dos novelas de Otero Silva me han parecido una influencia clara sobre la obra de Gabriel García Márquez; sobre todo en novelas como La mala hora (1962) y Cien años de soledad (1967). En la Venezuela de Otero Silva ha habido más de una guerra civil, que enfrenta a los habitantes del pueblo, como ocurría en La mala hora, o en Oficina Nº 1, una compañía petrolera norteamericana extrae los recursos de la tierra venezolana, explotando a la población local, trabajadores a los que impiden formar un sindicato, aunque sea legal según las leyes del país. El tratamiento crítico de Otero Silva a la compañía petrolera me ha recordado al de García Márquez y su empresa bananera.

Como ocurría en el Macondo de García Márquez, en Ortiz también va a haber temporadas de lluvias sin fin. En una de ellas, se producirá una crecida del río Paya y las aguas traerán un becerro muerto. En la crecida del río del pueblo de La mala hora, las aguas arrastran una vaca muerta.

Casas muertas, aunque más tenuemente que en la obra de García Márquez, contiene algunas gotitas de realismo mágico. Así, uno de los viejos de Ortiz le contará una historia a Carmen Rosa en la que un hombre ve por la calle a otros hombres que portan un cadáver, se asustará al darse cuenta de que se trata de él mismo.  En la página 43 leemos: «Don Casimiro Villena cayó enfermo. La peste lo derribó con una fiebre que iba más allá del límite previsto por los termómetros. Su piel quemaba a quienes la tocaban, como las piedras de un fogón encendido.» (pág. 43) Este tipo de exageraciones, que invaden la realidad de lo contado, son muy propias también de García Márquez.

En la página 412, la descripción de uno de los personajes de Oficina Nº 1 me ha recordado de nuevo al estilo de García Márquez: «Matías Carvajal, maestro de escuela positivista, filósofo materialista, revolucionario de ideas concretas, veterano de cinco cárceles, peregrino de tres destierros, no se avergonzaba de las ganas de llorar que llevaba por dentro.» Es un párrafo que, en su construcción, me ha recordado a aquel tan famoso de García Márquez en Cien años de soledad: «El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar a un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo.»

En el Ortiz de Otero Silva hay niños que comen tierra, un detalle que también tendrá el Macondo de García Márquez.

 

De hecho, el primer párrafo de Casas vacías ya me ha hecho pensar en el estilo de García Márquez: «Esa mañana enterraron a Sebastián. El padre Pernía, que tanto afecto le profesó, se había puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones.»

Sé que Gabriel García Márquez y Miguel Otero Silva eran amigos, así que doy por seguro que el primero había leído al segundo. No puedo asegurar que Elena Garro leyera a Otero Silva, pero me parece plausible.

 

Casas vacías se publicó en 1955, el mismo año que Pedro Páramo de Juan Rulfo. No creo que ninguno pudiera haber leído previamente al otro a la hora de publicar sus novelas, pero las dos tienen ideas confluyentes, y el Ortiz de Otero Silva también me ha recordado a la Comala de Rulfo. En Ortiz, los agonizantes acaban hablando con los muertos y, de forma continua, Otero Silva se refiere a su pueblo como un lugar de muertos o de fantasmas.

Dentro de toda esta corriente de influencias literarias, he llegado a pensar que no fue una casualidad que Otero Silva llamara al jefe de la empresa petrolera Mister Taylor, título (este de Mr. Taylor) del primer cuento del conjunto de relatos Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso, que se publicó en 1959 y es, también, una crítica al poscolonialismo norteamericano.

 

El estilo de Otero Silva es bello y cuidado, aunque es, sin embargo, un poco menos recargado que el de García Márquez. Usa un vocabulario muy autóctono, sobre todo a la hora de hablar de la flora o la fauna locales, con términos como «cotoperí», «ñaragato», «bejucos», «pencas» o «cujíes».

 

En Casas vacías, los protagonistas principales, que regentan una tienda, acabarán tomando la decisión de abandonar el pueblo y dirigirse hacia oriente, hacia el mar. Seis años después de acabar este libro, debido a su gran éxito, Otero Silva publicó una segunda parte, titulada Oficina Nº 1 (1961), que trata del surgimiento de un pueblo. Oficina Nº 1 empieza donde terminó Casas vacías, y Carmen Rosa, su madre doña Carmelita y Olegario, un antiguo ayudante de la tienda, van a llegar a un campamento petrolero donde está empezando a crecer un pueblo. Se quedarán allí y montarán de nuevo su tienda. Oficina Nº 1 es una novela más coral que Casas vacías, donde el narrador nos va a describir la vida de un grupo de venezolanos que convive con otro grupo de norteamericanos en un pueblo que se acabará llamando Oficina Nº 1, porque en este enclave será donde surja el petróleo de la tierra por primera vez. Un elemento que me ha llamado la atención de Oficina Nº 1 es que ha sido más fácil para mí rastrear aquí en qué momento histórico está situando Otero Silva sus historias, porque se habla por ejemplo de la invasión de Checoslovaquia por los nazis, que tuvo lugar en 1938. También se dice que Carmen Rosa había llegado al pueblo seis años antes, así que la acción de Casas vacías debe de ubicarse a principios de la década de 1930. Además de sobre la Segunda Guerra Mundial la radio de la tienda de Carmen Rosa también dará noticias de la guerra civil española. En realidad en Casas muertas se habla del gobierno de Juan Vicente Gómez, cuya dictadura se extendió desde 1908 hasta 1935. Contra Gómez se alzó el mismo Otero Silva, antes que sus personajes, lo que le hizo tener que vivir en el exilio. Existe una intención política en la obra de Otero Silva, en contra de la dictadura, los abusos poscoloniales de Estados Unidos en su país y contra las malas condiciones laborales de los trabajadores. Sin embargo, la fuerza de sus personajes prevalece sobre las premisas políticas de la composición. Sin embargo, hay un momento extraño en Casas vacías (quitando las breves escenas que podrían recordarnos al realismo mágico) donde se rompe el realismo de lo narrado y un grupo de estudiantes, que pasan presos en un camión, camino de una cárcel cercana, empiezan a hablar como si recitan poemas o sentencias del país en el que viven, «Yo no vi las casas ni las ruinas. Yo solo vi las llagas de los hombres» o «Una casa sin puertas y sin techo es más conmovedora que un cadáver.»

 

Diría que Miguel Otero Silva es un escritor latinoamericano bastante olvidado en España, aunque me han comentado también, en las redes sociales, que fue popular en la década de 1980, cuando lo publicaba Seix Barral. Quizás sus libros estén un peldaño por debajo de los otros escritores del boom o el preboom latinoamericano que he citado aquí, como Gabriel García Márquez, Elena Garro o Juan Rulfo. Pero que nadie me entienda mal, ese peldaño por debajo le sigue dejando en una posición muy alta dentro de la narrativa latinoamericana del siglo XX y es un autor que gustará, sin duda, a todos los admiradores de los escritores citados, como a mí me ha gustado. Miguel Otero Silva es un autor por redescubrir.

domingo, 10 de abril de 2022

Del buen salvaje al buen revolucionario, por Carlos Rangel

 


Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel

Monte Ávila Editores. 396 páginas. 1ª edición de 1976.

Prólogo de Jean-Francois Revel

 

Cuando en mis redes sociales comenté que estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina (1971) de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940 ‒ 2015), no faltó quien se apresuró a afeármelo, ya que ‒según ellos‒ era un libro que no se podía leer porque en él era todo falso, como acabó diciendo el propio autor, cuarenta años después de haberlo escrito. Diría que había gente a la que le costaba comprender que me interesase acercarme a un libro que sabía que había sido muy leído en Latinoamérica durante décadas y traducido a múltiples idiomas. Más de una persona me recomendó que leyera mejor Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) del venezolano Carlos Rangel (Caracas, 1929 ‒ 1988), un ensayo que se considera la antítesis del de Galeano.

 

Busqué el libro de Rangel y en España está descatalogado. De hecho, no sé si lo ha llegado a publicar alguna editorial española. En Iberlibro (la web de librerías de segunda mano) tenían algunos ejemplares a precios elevados. Decidí visitar la librería madrileña en la que se vendía con el precio más bajo, que era La Dulcinea (Calle Hermosilla, 132), que la ofrecía por 50 €, un precio bastante superior al que me suelo gastar en libros de segunda mano. Tras hablar con el librero, que era muy simpático, me lo dejó en 40 €, y decidí comprarlo para poder establecer un análisis comparativo con el de Galeano. Como el libro es una «joyita» valiosa y difícil de encontrar sopesé la idea de leerlo sin subrayarlo, como sí había hecho con el de Galiano, y como suelo hacer con los ensayos económicos o históricos que leo. Pero al final lo subrayé a dos colores y anoté ideas a lápiz en los márgenes. Si no lo hacía me iba a resultar mucho más difícil resumirlo y comentarlo.

 

Haré a continuación un resumen del contenido:

 

En la introducción, Rangel apunta: «Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser. ¿En qué consiste, exactamente, ese ser latinoamericano, que compartimos desde el Río Bravo hasta la Patagonia?» (pág. 23). Rangel para su libro va a hablar de Latinoamérica, principalmente, como de las 18 naciones americanas de habla española y va a dejar fuera a Brasil.

Rangel cita a Simón Bolívar, que escribió que América Latina es ingobernable para ellos, y caerá en manos de la multitud desenfrenada y después pasará a tiranuelos.

 

CAPÍTULO 1

DEL BUEN SALVAJE AL BUEN REVOLUCIONARIO

Los mitos fundacionales de América no son en absoluto americanos, sino que están creados por la imaginación europea. Colón, en su error histórico avanzando hacia Asia, se encuentra con América, y pensará que ha llegado en las bocas del Orinoco al «Paraíso terrenal». Colón era un hombre más de espíritu medieval que renacentista.

Pronto los conquistares quisieron buscar la Fuente de la Juventud, mito asociado al del Paraíso Terrenal. Además buscaban el Dorado, otro mito ancestral. Los descubridores crearon el mito más potente: el del Buen Salvaje, mito de la inocencia humana, que se daría en el Nuevo Mundo, una civilización donde todos eran iguales y dichosos. «Por causa del mito del Buen Salvaje, Occidente sufre hoy de un absurdo complejo de culpa, íntimamente convencido de haber corrompido con su civilización a los demás pueblos de la tierra.» (pág. 38) Según este mito, cuando América se libre de la corrupción podría volver al Paraíso terrenal, donde todas las personas serían dichosas.

Este mito del Buen Salvaje está mucho menos extendido en Norteamérica, porque sus colonos vinieron buscando tierra y libertad y no oro y esclavos. Solo vieron en el indígena un estorbo y no un siervo. «Los latinoamericanos somos a la vez descendientes de los conquistadores y del pueblo conquistado, de los amos y de los esclavos.» (pág. 40). El Buen Salvaje será alcanzado a través de la revolución, a través del Buen Revolucionario, según este mito.

A los criollos americanos, que formarán la estructura de poder de las futuras repúblicas, les fascinaba la rebeldía exitosa de los colonos ingleses de América del Norte. Aunque como amos en una sociedad esclava se saben rodeados de enemigos. Según Rangel, en las “Leyes de Indias” de los españoles figuraban numerosas disposiciones destinadas a proteger a los indios, y en contraste los gobiernos republicanos de Hispanoamérica van a ser todos representativos exclusivamente de los hacenderos criollos. Criollos que no tendrán otra meta que mantener intactas las estructuras sociales del latifundio y el peonaje. Además, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, estas clases dirigentes latinoamericanas comienzan a formular explicaciones o excusas sobre su fracaso en relación al éxito de Norteamérica y van a culpar al indio, al negro y a la mezcla de razas, y también al imperialismo norteamericano.

 

CAPÍTULO 2

LATINOAMÉRICA Y LOS ESTADOS UNIDOS

En 1700 el Imperio Español de América aparecía a los contemporáneos más rico, potente y prometedor que las colonias inglesas de Norteamérica. En 1700 las colonias inglesas de Norteamérica eran aún muy precarias. El país nacido en 1776 no parecía nada formidable. A finales del siglo XIX, Estados Unidos era sobre todo un país productor de materias primas, que exportaba, e importaba manufacturas y capital, las mismas condiciones que en el siglo XX se asegura que han causado pobreza en Latinoamérica. A comienzos del siglo XX, Estados Unidos pudo ganar la guerra de Cuba y realizar el canal de Panamá. Desde el comienzo prevalece en EE.UU. la idea de que el imperio de la ley es una conquista fundamental. El venezolano Francisco de Miranda será uno de los primeros latinoamericanos que recorran los EE.UU. y anote sus observaciones. Se da cuenta de que la tierra en EE.UU. está dividida en pequeñas parcelas y no en latifuncios.

«El imperialismo norteamericano en América Latina no es, desde luego, ningún mito. Solo que es una consecuencia y no una causa del poder norteamericano.», leemos en la página 55 y aquí Rangel parece encontrar una «justificación» a ese imperialismo.

Rangel habla de la «doctrina de Monroe» del siglo XIX, planteada por EE.UU., según la cual los países americanos llegan a un acuerdo de ayuda mutua en el caso de que los países europeos traten de nuevo de colonizarlos.

Tras la guerra contra España en Cuba de 1898, los Estados Unidos terminan de adquirir conciencia de gran potencia. A principios del siglo XX, Estados Unidos empieza a tratar de realizar la obra del Canal de Panamá, que ha beneficiado a la comunidad internacional. También el Canal supone el inicio del intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica.

Entre 1905 y 1965 se han producido al menos 29 intervenciones de los Estados Unidos en el Caribe, tras lo cual quedaban en el poder de estos países dictadores al abrigo norteamericano. Estados Unidos pretendía principalmente, según Rangel, proteger el funcionamiento del Canal.

Rangel ironiza con la idea de que los «demócratas» latinoamericanos se alegraron por la desaparición de Trujillo, el dictador de República Dominicana, sin preocuparse de la casi segura participación de la CIA. «En cambio es de buen tono (…) ponernos francamente trágicos con relación al “pobre” Allende, quien sin embargo tenía bien adelantado, con la oposición de una clara mayoría de los chilenos, un proyecto para liquidar la democracia en Chile.» (pág. 70). Reconozco que con las comillas que sobrevuelan la palabra «pobre» en el texto de Rangel sufrí un choque cultural con el texto.

Rangel critica el victimismo latinoamericano que señala que los Estados Unidos son ricos porque ellos son pobres. Según Rangel, es más bien al revés, los Estados Unidos han contribuido de forma positiva al desarrollo de los Estados Unidos. Por ejemplo, la Constitución argentina de 1853 está casi calcada de la de Estados Unidos. Rangel aventura que tal vez, de no haber existido los Estados Unidos y la Doctrina Monroe, Latinoamérica podría haber sufrido un colonialismo europeo como el que sufrieron África o Asia. El éxito en el siglo XX de Estados Unidos se ve por muchos sectores latinoamericanos como una ofensa, que solo se compensa al pensar que ese éxito es a su costa. Pero los hechos lo contradicen: en este momento (mediados de los 70s) la tasa de crecimiento económico latinoamericano es superior a las de los países ahora desarrollados en el siglo XIX. Puerto Rico, bajo bandera norteamericana y sin grandes recursos naturales, ha alcanzado un desarrollo mayor que los países de la región, pero allí es donde se encuentra «la mayor amargura antiyanqui y el mayor resentimiento».

 

En 1941 Estados Unidos entra en la II Guerra Mundial y se despreocupa de Latinoamérica. Entre 1945 y 1952, con el plan Marshall, destina a Europa 45.000 millones en ayudas, y apenas 6.800 a Latinoamérica. Pero a partir de 1952, Estados Unidos sospecha que Stalin se están fijando en Latinoamérica para expandir sus ideas. Y en 1959 Fidel Castro entra en La Habana.

Según Rangel, entre 1898 y 1958 Cuba había sido una dependencia norteamericana y su principal industria era la azucarera. La clase dirigente cubana estaba formada dentro del sistema de valores norteamericanos. En 1959, Castro se transformó en un héroe a la altura de Bolívar para muchos latinoamericanos.

El gobierno de Allende, con su fracaso y su trágico final, contribuyó al repertorio de inexactitudes del que se nutre la conciencia latinoamericana. Rangel dice que ahora se ha descubierto un expediente de la CIA al que atribuir todos los fracasos. Se acabó identificando a toda oposición a Allende con la CIA para desacreditarla.

Rangel pasa a identificar varias situaciones grotescas en la que se culpa a la CIA de los problemas latinoamericanos, como que al abandonar el PC colombiano el escritor Gabriel García Márquez, se le acusó de ser agente de la CIA. Mediante este tipo de razonamientos Rangel trata de desacreditar la idea de una influencia «real» de la CIA sobre los gobiernos latinoamericanos, así que parece decirnos que si «cualquier mal» se atribuye a la CIA, nada se puede atribuir a la CIA en la realidad.

La izquierda latinoamericana comparte con el Tercer Mundo la tesis de que los países capitalistas avanzados deben su prosperidad al colonialismo y a la teoría de la dependencia. Parece proponerse una ruptura, con una posible incorporación al bloque soviético. Para Rangel, Latinoamérica y Estados Unidos deben trabajar juntos.

 

CAPÍTULO III

HÉROES Y TRAIDORES

Los latinoamericanos quieren verse a sí mismos como víctimas de España, en la Conquista y en la Colonia, y se quieren ver ajenas a todo lo español.

En 1810, los criollos ricos se vieron estimulados por la lucha de Napoleón contra los Borbones. La mayoría de los criollos eran conservadores y temían una guerra social. Estamos movidos por una aspiración nacionalista de ocupar los puestos de poder. También estaban presentes blancos pobres y una masa de indios, negros y pardos que no tendrían ninguna ventaja en la independencia. Todo esto generó una guerra civil, y la facción nacionalista o patriótica llegó a hacer suya la Leyenda negra contra España, lanzada por Fray Bartolomé de las Casas en 1552. Así los descendientes y herederos de los privilegios de los conquistadores llegaron a convencerse de que eran los descendientes de los indios asesinados y esclavizados. Muy pocos españoles peninsulares tomaron parte en los combates, aquellas fueron guerras civiles. Las nuevas naciones nacieron débiles y divididas. Bolívar no se hacía muchas ilusiones sobre una América unida. Los diferentes jefes van a tener la ambición de conseguir feudos personales.

La América Española se va a disipar durante el siglo XIX en pugnas intestinas, guerras civiles y golpes de estado, motivado todo esto por la falsa disyuntiva entre «Centralismo» y «Federación». En Argentina en pleno siglo XX se ha reivindicado como héroe al sanguinario tirano “federalista” Juan Manuel de Rosas. Según Rangel, en la práctica fue el más centralista de los gobernadores argentinos. Perón quiso renegar del proyecto civilizador argentino, por un plan que fomentaba todo lo contrario. Perón consiguió hacer retroceder a Argentina al oscurantismo “autóctono”.

Para Rangel, donde triunfaron los liberales se hicieron reformas no despreciables, como la separación entre la Iglesia y el Estado.

 

CAPÍTULO IV

ARIEL Y CALIBAN

El argentino Domingo Faustino Sarmiento fue ministro en Washington y trajo consigo un repertorio de ideas progresistas. Para Sarmiento, los Estados Unidos eran el modelo que debía seguir Argentina. Su libro Facundo es la biografía de uno de los caudillos regionales exterminados por Rosas. La «barbarie» sería el estado natural de las repúblicas latinoamericanas. En 1845, los tribunales de, por ejemplo, La Rioja, estaban ocupados por hombres que no sabían nada de derecho, y apenas 35 años antes, había libros, ideas y un espíritu europeo. Sarmiento no idealizó al gaucho, ni al indio ni al folklore. La superioridad de los pueblos europeos no hispánicos y de Estados Unidos le parecía evidente. Para Sarmiento, la Argentina de 1845 era algo parecido a la Edad Media, y la civilización estaba únicamente en las ciudades. A mediados del siglo XIX en Argentina se fomentó la inmigración y el país llegó a tener tantos habitantes nacidos allí como en el extranjero. Hoy (1976) está de moda ‒dice Rangel‒ renegar de las ideas de Sarmiento, Rivadavia o Mitre.

A finales del siglo XIX, la pampa argentina se convirtió en una de las regiones agropecuarias más productivas del mundo, con la combinación de capital y tecnología ingleses y de los inmigrantes italianos. Por eso, a Rangel le extraña que estos hijos de emigrantes europeos se sientan los herederos de los indios en contra del imperialismo yanki.

Como representación de la teoría del «buen salvaje», Rangel habla del «telurismo» que afirmaban que había un genius loci en la tierra, más importante que ningún otro determinante de la cultura o la acción humana. Ese espíritu en Latinoamérica reinaría antes del Descubrimiento. EL “telurista” más legible es para Rangel el argentino Ricardo Rojas: cuando tres siglos después se expulsa al conquistador, se produce una reivindicación nativista. Para Sarmiento, los latinoamericanos pobres sintieron que emanciparse del rey de España sería emanciparse de toda autoridad, y el resultado fue el regreso a la barbarie. Pero Rojas quería “reunir lo indio, lo gauchesco y lo español en lo americano”, según él, la raza es un fenómeno espiritual. Así el hijo de los más recientes emigrantes sería de la misma “raza argentina” que el indio más puro.

Para el mexicano José Vasconcelos el destino de América Latina sería servir de puente entre el mundo industrial blanco y el “Tercer Mundo”. Vasconcelos construyó la fábula de la «raza cósmica».

A Rangel le sorprende que Rojas o Vasconcelos fueran tomados en serio, o que un libro como Ariel (1900) del uruguayo José Enrique Rodó se tomara también serio. Rodó es un admirador de Atenas, y veía que Latinoamérica podía ser la «Nueva Atenas», la “Helena” de Rodó era en realidad Francia. Rangel dice que es ahora el marxismo la promesa de esa “Helena” de Rodó.

 

CAPÍTULO V

LATINOAMÉRICA Y EL MARXISMO

No ha sido exactamente Marx, sino Lenin con su teoría del «imperialismo» y la «dependencia» quien ha ofrecido una respuesta grandiosa y coherente al complejo de inferioridad de los latinoamericanos frente a Estados Unidos. Así el atraso latinoamericano y la riqueza estadounidense serían dos caras de la misma moneda. Los intercambios económicos y culturales, de este modo, solo traerían riquezas a la metrópoli y pobreza a las periferias. Marx nunca expuso algo así. Para Engels, incluso los pueblos precolombinos más adelantados, como México o Perú, se encontraban en estado de barbarie. Marx y Engels no se preocuparon por el mundo afroasiático y latinoamericano, ya se centraban en las relaciones de poder de los países capitalistas desarrollados. Hacia finales de siglo, los salarios reales de los trabajadores (según Rangel) no paraban de subir, y fue aquí cuando Lenin, Hobson y Hilferding promovieron la idea de que en el imperialismo era donde el capitalismo estaba encontrando su fortaleza.

«El proletariado de hombres de los países capitalistas avanzados, se había demostrado en la práctica insuficientemente combativo, decepcionante, vulnerable a mejoras reformistas en su nivel de vida y en sus condiciones de trabajo.», afirma Rangel en la página 153. Aunque no parece hablar nada de los movimientos obreros del siglo XIX que fueron los que consiguieron esas mejoras de las que habla; según se discurso el incremento de salarios o condiciones parece que se desprende del propio capitalismo.

En el Segundo Congreso de la Internacional Comunista (la Tercera Internacional) reunida en Moscú en 1920 se afirma que la gran mayoría de la población mundial está en manos de una minoría insignificante, y deberán apoyar todos los movimientos disidentes tales como el nacionalismo irlandés o el de los negros norteamericanos. Los países atrasados, según esta tesis, podrían llegar al desarrollo a través de la revolución.

El peruano Víctor Raúl Haya de la Torre y su partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) chocó con el leninismo, al no abrazar la idea de que los países atrasados debían ser la carne de cañón de una “Revolución Mundial”. La Internacional Socialista no veía peor enemigo que los socialistas no sometidos a su control.

El aprismo fue, y sigue siendo, la alternativa socialista latinoamericana al marxismo-leninismo. El aprismo no proponía como meta ninguna “dictadura del proletariado” sino la abolición de las estructuras de poder opresivas de Latinoamérica y el establecimiento de democracias reformistas. Según Rangel, los PC latinoamericanos, antes de Fidel Castro, fueron pequeñas sectas. En Cuba, Fidel cambió la dependencia del país de Estados Unidos por la de la URSS. Fidel Castro pasa a ser el ejemplo del «buen revolucionario». El Che apostaría por las «democracias armadas». Con Fiel y el Che en escena, los partidos apristas perdieron sus alas izquierdas y sus juventudes. Pero una vez ocurrida la Revolución Cubana la sorpresa no se podría repetir. Los norteamericanos intervinieron en Repúplica Dominicana en 1965 para evitar una nueva Cuba.

En Chile, el intento de revolucionar una sociedad latinoamericana con el ejército intancto y sin suprimir libertades públicas, desembocó en una dictadura implacable.
(Nota: Rangel parece tratar a Pinochet como a un fenómeno climático: Allende no se abrigó contra el frío y se acabó congelando, la culpa es de Allende).

Para Rangel sigue vigente el mito de que los problemas de Latinoamérica vienen de fuera. El antinorteamericanismo latinoamericano parece empeñado en reproducir más «Vietnams» por el mundo.

 

CAPÍTULO VI

LATINOAMÉRICA Y LA IGLESIA

«La Iglesia Católica tiene más responsabilidad que ningún otro factor en lo que es y en lo que no es la América Latina.» (pág. 197) Hay en Latinoamérica 300 millones de católicos (el libro se publica en 1976).

La Emancipación fue lo primero que en Latinoamérica se hizo sin la voluntad de la Iglesia. Sin embargo, los nuevos países se declarará católicos y la Iglesia siguió conservando sus privilegios, aliándose con los Partidos Conservadores.

Entre la Latinoamérica católica y la Norteamérica protestante se empieza a crear una gran diferencia; ya que el protestantismo está más conforme con las democracias. «La diferencia entre las dos Américas no es solo de éxito económico y de poder, sino de moralidad pública y privada» (pág. 201). En Norteamérica no se da, por ejemplo, la indefensión de la mujer-madre-soltera de Latinoamérica, apunta. En Latinoamérica se da mucha más irresponsabilidad paterna que en Estados Unidos. Y esto se arrastra, según Rangel, desde la época de los conquistadores españoles, que desataron en Latinoamérica su afán de lujuria. La sociedad norteamericana actúa con más fuerza contra los deshonesto, y pone el ejemplo del Watergate. Sin embargo, alguien como el mexicano Leopoldo Zea apunta que gracias al catolicismo el indio tuvo una identidad en Latinoamérica, que le fue despiadadamente negada al indio norteamericano.

 

La evangelización cristiana no se va a distinguir de objetivo político o económico. Los frailes serán tan numerosos como los funcionarios. A favor de la Iglesia, Rangel señala que en el siglo XVI se debatió por primera vez sobre el derecho de los fuertes de esclavizar a los débiles. Aunque los propios principios que se promulgaron desde las instituciones no se llegaron a cumplir. En las minas de Perú a los indios no se les permitía salir a la superficie, vivían y morían en las profundidades de la Tierra (nota: aquí Rangel se parece a lo que apunta Galeano). Rangel sí cuestiona las grandes cifras sobre el exterminio de indios. Los aborígenes de América, lejos de ser exterminados, continuaron siendo la inmensa mayoría de la población.

En México la Iglesia llegó a poseer la quinta parte del territorio.

Los jesuitas llegaron a Paraguay en 1588, y en un siglo llegaron a crear 30 misiones (llamadas «reducciones») con 100.000 indios. La actitud de los jesuitas hacia los indios era la de adultos a cargo de niños. En 1767, el rey Carlos III expulsó a los jesuitas del Imperio Español y confiscó sus propiedades. Clero no jesuita y funcionarios civiles se trasladaron a Paraguay y en pocos años los indios se dispersaron. En el siglo XIX se despoja en Latinoamérica a la Iglesia de muchos de sus privilegios y propiedades. A la Iglesia siempre le costó diferenciar entre liberalismo y marxismo.

En el siglo XX se está dando una simpatía entre comunistas y la Iglesia, ya que los comunistas se han convertido en apologistas de la pobreza ejemplar.

Según Rangel, en las sociedades liberales, incluso en Latinoamérica, las iglesias están vacías, mientras que en ninguna parte está la fe católica tan viva como en las comunistas Polonia o Hungría (nota: esta tesis me parece exagerada).

 

CAPÍTULO VII

ALGUNAS VERDADES

«La Iglesia Católica, la influencia de los Estados Unidos, y más recientemente del marxismo, no son elementos exteriores a Latinoamérica, sino, de una manera o de otra factores de la esencia latinoamericana.» (pág. 237)

En México, Hernán Cortés y todos los conquistadores son tenidos por execrables invasores y ocupantes, contra los que la nación mexicana (pre-colombina), reaccionó exitosamente trecientos años más tarde.

Para Rangel, existe en su actualidad una sobrevalorización “comprometida” del componente aborigen de la cultura latinoamericana. Lo que se buscaba en ese momento era potenciar el mito del «buen salvaje». Dice Rangel, que indios puros hay en Latinoamérica entre 15 y 20 millones, menos del 10% de la población. Lo que es falso es postular que el ser esencial de los latinoamericanos se derive de las culturas precolombinas. Para Rangel, las culturas precolombinas merecen todo el respeto, pero ni siquiera las civilizaciones Inca y Azteca tuvieron ni remotamente la importancia y el brillo que se les ha atribuido. «La verdad es que somos sobre todo herederos biológicos y culturales de los presuntos invasores.» (pág. 242). A Rangel, la primera mentira es la idea de que los aborígenes fueron demográficamente importantes. El padre Bartolomé de las Casas usó datos inflados para su denuncia. Entre los animales que no existían en América antes de los españoles estaban los caballos, asnos, vacas, cerdos, cabras, conejos, aves de corral, no se conocía tampoco el trigo, el centeno, la vid, la caña de azúcar, los cítricos… Según Federico Engels las sociedades americanas desprovistas de casi todos los cereales y animales domésticos (salvo la llama) debían ser pobres en población y vitalidad.

Mancio Sierra de Leguízamo fue el último de los supervivientes del grupo de aventureros que viajaron al Perú con Pizarro, y en su lecho de muerto declaró que estaba arrepentido de haber contribuido a destruir la cultura Inca, que le parecía perfecta. Sin embargo, Rangel señala que la población estaba organizada en una pirámide de jerarquías rígidas y sacralizadas. Los campesinos rasos no recibían educación. Cortés conquistó México con 600 hombres, y Pizarro el Imperio Inca con 180. La población de América va a empezar a aumentar en este momento.

El andaluz, el extremeño o el castellano que iban a “las Indias” no se sentían «de España», dice Rangel, y mucho menos se iban a sentir de «América», como sí se van a sentir los emigrantes a los Estados Unidos. Entre los españoles florece la figura del «indiano» que sueña con regresar a España, aunque muchos se quedaron y engendraron hijos bastardos. (Nota: Rangel decía que iba a aplicar en su ensayo el método científico, pero hace muchas apreciaciones de «opinador»).

El colono norteamericano llegó a América dispuesto a ser un pequeño agricultor él mismo, y en Latinoamérica el colono llegó a América para fundar pueblos y controlar el territorio, organizado en encomiendas y trabajado por esclavos.

Según Rangel, se comenta que uno de los problemas de Latinoamérica es la mala repartición de la tierra. Pero las reformas agrarias han resultado decepcionantes. El latifundio le parece un lastre cuando tiene su origen en una sociedad esclavista. Las dificultades de las reformas vienen porque los descendientes de los esclavos han heredado la idea de que otros decidan por ellos, y cuando los beneficiarios de la tierra son los indios no hispanizados el resultado es peor, porque están acostumbrados a vivir en la economía no monetaria.

Las haciendas latinoamericanas no producían para la autosuficiencia, sino para la exportación. Casi toda la tierra cultivable se concentra en manos de una minoría, y existe un excedente de población, gente que construye chozas y desarrolla una agricultura de subsistencia.

Para Rangel no es una casualidad que el sur de los Estados Unidos haya tenido una evolución similar a Latinoamérica, al partir las dos de una sociedad esclavista. Los esclavos tienden, con razón, a realizar el mínimo esfuerzo y los amos tienden a considerar el trabajo algo propio de esclavos. La sociedad hispanoamericana del siglo XVI tiene una proporción de hidalgos, clérigos, licenciados… mayor que la de la sociedad europea de la época. Además la sociedad esclavista riñe con el ánimo de la revolución industrial.

En Estados Unidos fue en Nueva Inglaterra, lejos de los campos de algodón, donde se desarrolló una industria textil, al amparo de un arancel proteccionista. En pocos años el Norte se industrializó. En 1860 el Sur fue a la guerra convencido de que debía romper la dependencia que tenía con el Norte.

 

CAPÍTULO VIII

ALGUNAS VERDADES MÁS

España, en 300 años de imperio en América, llegó a no diferenciar rígidamente entre «metrópoli» y «colonias», sino que lo logró trasladar su cultura a Hispanoamérica.

Los colonos norteamericanos, al emigrar a América, se libraron de los resabios del feudalismo. Para los norteamericanos declararse independientes no supuso un desgarro espiritual, pero para los latinoamericanos sí fue una profunda crisis moral.

En la guerra de la independencia, Venezuela perdió a más de la mitad de su población. Uruguay también. En 1800 el naturalista Humboldt se maravilló de la celeridad y seguridad con la que una carta podía llegar de Buenos Aires a México, y en el siglo XIX las comunicaciones quedaron más de un siglo interrumpidas. La estructura productiva y financiera quedó en ruinas. España creó en Latinoamérica sociedades cerradas, poco propensas al comercio. En 1824 las repúblicas latinoamericanas se van a ver forzadas a participar en el mercado mundial capitalista.

Los criollos, que dirigirán los países latinoamericanos, serán descendientes de los que se quedaron en América habiendo deseado volver, y una parte de ellos permanecerá fuera de la sociedad.

Para Rangel, la universidad latinoamericana es uno de los más importantes bastiones para el mantenimiento de los privilegios tradicionales, porque a ellos solo acuden personas de clase media o alta.

«Los llamados “intelectuales” latinoamericanos están más llenos de falsedades y trampas que casi cualquier otro (…). Intelectuales han sido y siguen siendo los encargados de formular las apologías para todos los poderosos; han sido y siguen siendo los “secretarias” de todos los caudillos.», y según él la mayoría al abrazado el marxismo. (Nota: de nuevo Rangel, parece dar opiniones y no datos científicos). Después rebaja este comentario, diciendo que no todos son así, y cita a Borges, Sábato, Rulfo, etc.

 

CAPÍTULO IX

LAS FORMAS DEL PODER POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA (1)

Las repúblicas latinoamericanas no han logrado restablecer un equilibrio institucional en el reemplazo del que fue destruido entre 1810 y 1824. En los últimos 50 años, México ha sido el único país latinoamericano sin cambios de gobierno. En Bolivia desde 1835 hasta 1976 ha habido más de 160 guerras civiles o golpes de Estado. Al final ha ocurrido que en estos países han surgido “caudillos” que han llegado a Hispanoamérica a un feudalismo primitivo. Sarmiento relata en Facundo que, entre 1835 y 1840, casi toda la población adulta de Buenos Aires conoció la prisión.

Rangel afirma que para ser un “Caudillo” en Latinoamérica durante 50 años hace falta el apoyo de los Estados Unidos, y aquí parece darle la razón a las tesis de Eduardo Galeano.

Según Rangel, Argentina es el más exitoso de los países hispanoamericanos, pero sufre un gran complejo de inferioridad respecto a Estados Unidos. La Constitución argentina de 1853 se asemeja a la de los Estados Unidos, y también le copiaron la política de inmigración abierta. Entre 1860 y 1910, el periodo de máximo crecimiento de Argentina, el país logró parecerse a los Estados Unidos. Pero fue incapaz de conducir el periodo de acumulación de capital hacia una distribución de la riqueza y del poder. En 1943 tiene lugar el golpe militar del Grupo de Oficiales Unidos, del que forma parte el general Perón. En 1943 había en Argentina más empleados en la industria que en la ganadería y en la agricultura. Perón fortaleció a los sindicatos. En 1946 llega al poder democráticamente, en un momento en el que el país había acumulado un excedente de recursos y de reservas. Perón dilapidó este exceso. Los salarios de los trabajadores fueron aumentando sin ninguna relación con la productividad. Desde entonces, según Rangel, la Argentina ha sido prácticamente ingobernabable. «Demagogo brutal e inescrupoloso que fue Juan Domingo Perón, uno de los más perniciosos faltos héroes de nuestra historia latinoamericana.», con estas palabras termina Rangel de hablar de Perón en la página 331.

 

CAPÍTULO X

LAS FORMAS DEL PODER POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA (2)

Dice Rangel que son mucho más famosos en Latinoamérica los caudillos demagogos, como Perón o Castro, que los políticos más moderados y liberales como Rómulo Betancourt, Eduardo Frei, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez. Y dice que un lector europeo se preguntará quiénes son estos hombres de los que nunca ha oído hablar. En mi caso, he de reconocer que Rangel tiene razón. Para Rangel, Frei (Presidente de Chile, 1964-70) y Caldera (presidente de Venezuela, 1969-74) son los dos más destacados dirigentes demo-cristianos del Hemisferio Occidental. Betancourt creó el partido Aprista venezolano, y rechazó la obediencia servil exigida por los comunistas ortodoxos de la URSS. Betancourt se convirtió en el presidente de Venezuela, y su ministro Juan Pablo Pérez Alfonzo en el promotor de la OPEP. Rangel dice que los países ricos habían comprado el petróleo de los países pobres a precios injustos, y en esto se parece a las ideas de Galeano. Pero los comunistas latinoamericanos tacharon a Betancourt y Pérez Alfonzo de traidores y lacayos del imperialismo. Según Rangel, esta nacionalización del petróleo de Venezuela ha funcionado mejor que las expropiaciones de Cuba, sin necesidad de «vietnamizar» el país. Pronto Betancourt estuvo entre dos aguas, por un lado la República Dominicana de Trujillo y por otro los procastristas venezolanos. Trujillo facilitó a los detractores de Betancourt armas para realizar un atentado contra él en 1960.

 

En 150 años de independencia, Chile había llegado a formar una sociedad con unos valores homogéneos para toda la sociedad. Chile se había abierto a los avances culturales de Occidente. Allende fue electo en Chile por el 36,2% de los votos, mientras que el candidato conservador, Jorge Alessandri, recibió un 34,9%.

«Salvador Allende estaba comprometido, si no consigo mismo, sí con los elementos castristas y guevaristas de la Unidad Popular, a intentar convertir la sociedad democrática, de transición, de valores compartidos, homogénea, tolerante, respetuosa de las ideas ajenas que efectivamente existía en Chile hasta 1970 (según reconocen hasta algunos allendistas, tales como Matner) en una sociedad marxista-leninista.» (pág. 355)

Según Rangel, Allende enfrentó a los chilenos haciéndoles ver que existía un conflicto de clases irresoluble. Y según Rangel, Chile apoyó con júbilo y alivio el golpe de Estado de 1973.

Sobre el golpe de Estado: «Nadie sino el propio Allende y sus colaboradores pueden ser culpados por semejante trágico desenlace.», escribe Rangel. Ya he dicho que al golpe de Estado de Pinochet lo trata como a un fenómeno meteorológico. Según Rangel Allende llevó a Chile a una dictadura.

Creo que cuando Rangel ha analizado el caso de Chile, de Allende y Pinochet, ha sido el momento en el que más he chocado con sus ideas.

Allende empezó subiendo los salarios en Chile, congelando los precios y subiendo el gasto público. Esto provocó un inicial incremento del empleo en 1971 y de los salarios reales un 30%, pero esta riqueza se basaba en la liquidación de haberes y en disipar la acumulación de riqueza anterior. Apareció el mercado negro. Chile se declaró insolvente y solicitó una moratoria para la deuda externa. Luego estalló la inflación. En 1972 hubo una huelga de camioneros.

Por lo que conozco del periodo de Allende por otros medios, tengo la sensación de que Rangel está obviando el bloqueo y el boicot de la clase alta chilena al proyecto de Allende con la ayuda de los Estados Unidos.

En la página 365, Rangel admite que en la huelga de camioneros pudo estar implicada la CIA. Pero si recordamos ya, astutamente, en el capítulo 2 de su libro había desacreditado la idea de que la izquierda latinoamericana achacaba todos los problemas de sus países a la intervención de la CIA, mediante el recurso narrativo de encontrar ejemplos exagerados, grotescos y falsos donde se atribuía a la CIA un intervencionismo ridículo, y esto parecía sugerirnos que «cualquier» sugerencia en este sentido era ridícula.

 

CAPÍTULO XI

LAS FORMAS DEL PODER POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA (3)

En Perú hubo un golpe de Estado militar en 1968. La función del ejército desde 1924 había sido la de bloquear al APRA, partido que se oponía al poder criollo. Pero en 1968, el ejército en su golpe de Estado decidió asimilar al APRA, para en vez de “gorilas” ser nacionalistas, revolucionarios y antiimperialistas. El gobierno militar peruano nacionalizó empresas norteamericanas.

Según Rangel, todo esto que hicieron los militares lo podía haber hecho el APRA, pero los militares además eliminaron la prensa independiente, y la izquierda latinoamericana entendió esto último como un “golpe” al imperialismo.

El libro finaliza con una diatriba contra Fidel Castro y los regímenes marxista-leninistas.

 

CONCLUSIÓN

Me ha resultado interesante haber leído casi seguidos Las venas abiertas de América Latina (1971) de Eduardo Galeano, y Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) de Carlos Rangel. Creo que con los dos libros he conseguido conocer mejor Latinoamérica, o al menos en una época, la correspondiente a la Guerra Fría, y formas diferentes de mirar la realidad histórica del continente.

 

Creo que Galeano peca de victimista y de aceptar a pie juntillas la teoría de la dependencia, según la cual Latinoamérica es pobre porque otros son ricos. Creo que no analiza bien la historia de la riqueza de Argentina entre 1860 y 1910, por ejemplo. Y yerra en su exaltación del modelo cubano de Castro.

Me gusta el análisis que hace Rangel del posible «fracaso» de Latinoamérica como de un fracaso propio, a raíz del tipo de sociedades que se constituyeron, con amos y esclavos,  o con el poder de la iglesia. Y de cómo están constituidos los países latinoamericanos, que en su gran mayoría descienden más (biológica y culturalmente) de los conquistadores que de los indios. Creo que yerra cuando en su afán anticomunista minimiza la importancia de la intervención de Estados Unidos en los conflictos latinoamericanos del siglo XX. El libro de Rangel se publica en 1976, y es posible que aún no conociera el apoyo de Estados Unidos a la dictadura de Videla en Argentina en 1976, pero no se puede decir lo mismo del golpe de Estado en Bolivia en 1971 por el general Hugo Banzer, Republica Dominicana en 1961 por Trujillo. O no habla de los intereses de compañías norteamericanas como la American Fruit Company, que hicieron que Estados Unidos ayudara a establecer dictaduras en Centroamérica, como en El Salvador o Nicaragua. De estas realidades, Rangel ha preferido no hablar en su libro, porque ya tenía a Cuba para hablar y de Chile, donde, como hemos visto, Allende «llevó al país a una dictadura».

domingo, 21 de noviembre de 2021

Simpatía, por Rodrigo Blanco Calderón

 


Simpatía, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 231 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) me contactó, a través de Twitter, para ofrecerme su segunda y última novela, Simpatía, después de haber leído mi reseña sobre Granta. Los mejores narradores en español menores de 35 años. Al final quedamos en que me iba a enviar su anterior novela The Night, por la que yo había sentido interés hacía unos años, y esta también, Simpatía. Las he leído las dos seguidas y en orden cronológico.

 

El protagonista de Simpatía es Ulises Kan, que se dedica en Caracas a dar talleres de apreciación cinematográfica. La primera frase de la novela es muy significativa y, en gran medida, marca el tono y el contenido de lo que va a ser narrado: «El día en que se su mujer se marchó del país, Ulises Kan decidió buscarse un perro.» (pág. 15)

Casi todas las personas que Ulises conoce parecen están abandonando Venezuela. Llega un momento en el que decide salirse del grupo de WhatsApp de sus amigos porque todos están ya fuera del país, «Así se marchan los que se quedan, pensó.» (pág. 15)

 

Martín, el atractivo suegro de Ulises, es un alto militar retirado que vive en una mansión a las afueras de Caracas y que acaba teniendo mejor relación con su nuero, que con su propia hija Paulina, y con su hijo Paul, dos hermanos mellizos con los que el padre no se habla desde la muerte de su mujer.

 

La trama y la creciente intriga de Simpatía surge a partir de una herencia: la de Martín, que ha dejado el piso de Caracas en el que Ulises vivía con Paulina, para Ulises, si éste se compromete a poner en marcha una asociación, con sede en su mansión, para rescatar de la calle a perros abandonados. Ulises, contactado a través del abogado de Martín, emprende manos a la obra, mientras comienza una nueva relación con Nadine, una antigua empleada del centro en que hacía de profesor de talleres cinematográficos. Paulina, mientras tanto, emprenderá acciones legales para demostrar que su padre había perdido la cabeza cuando redactó su testamento, y que éste no puede hacerse efectivo.

 

«La cosa se fue poniendo cuesta arriba a medida que la crisis y el hambre arreciaban. Todo el que podía se iba del país. Los más afortunados lo hacían en avión, muchos de ellos sin mirar atrás. Cuando ya tenían comprados los pasajes y el gestor les había devuelto los documentos apostillados; cuando ya habían rematado la casa familiar a una cuarta parte de su valor; cuando ya habían renunciado al trabajo y hecho la última ronda de médicos; cuando ya a los niños los habían sacado del colegio, incluso a mitad del año escolar, porque no había tiempo que perder; cuando todo estaba listo, entonces tomaban el carro por última vez y conducían hasta un parque lejano. Allí frenaban, desde dentro abrían la puerta trasera y dejaban salir a los perros; y cuando los perros se bajaban locos de alegría, trancaban de golpe la puerta trasera, aceleraban y huían.» (pág. 29)

El abandono de los perros por sus dueños, con su proliferación de perros callejeros, se convierte en una metáfora del abandono, la crisis, y la huida de un país. Ulises, como quedaba dicho en la primera frase, buscará el consuelo de un perro cuando se sienta abandonado por su mujer. Según alguna historia apócrifa, al libertador Simón Bolívar se le escapó más de una lágrima cuando murió su gran perro Nevado, cuya sombra también planea sobre Simpatía. «Si ni siquiera los perros podían salvarse, aquella tierra estaba de verdad maldita.» (pág. 116)

La metáfora del «perro abandonado» no solo se ocupa de la huida del país por parte de gran parte de su población, sino que se mueve también a otros niveles: Ulises fue un niño abandonado y adoptado de un orfanato por un matrimonio mayor sin hijos. Martín, su cuñado, también fue un niño huérfano y adoptado. En gran medida la relación que acaba uniendo a ambos, y que parece estar para Martín por encima de la consanguineidad con sus hijos, es la de ser huérfanos. Y esta será una de las claves compositivas del libro.

 

Una de las ventajas de haber leído The Night y Simpatía seguidas es que me he podido percatar de algunos detalles técnicos que unen a las dos obras; por ejemplo, a Miguel Ardiles, uno de los personajes principales de la primera novela, Blanco Calderón lo ha hecho aparecer también en la segunda. Ardiles va a ser el psiquiatra forense que Paulina va a contratar para tratar de demostrar que su padre había perdido el juicio cuando redactó el testamento que la perjudica a ella y beneficia a su exmarido.

 

Cuando comenté The Night dije que estaba suponiendo que cuando Rodrigo Blanco Calderón la escribió (la novela se publicó en 2016) aún vivía en Caracas y que, por tanto, medía bien hasta dónde podían llegar en sus críticas políticas. Simpatía ya la ha escrito y publicado viviendo en España. Esto hace que sus críticas al gobierno venezolano sean mucho más claras y explícitas. «Tiene que llegar el día en que esto no dé para más. O que todo se detenga y todo colapse, pero no se puede seguir así.», dice Ulises en la página 86. «Han robado como pocas veces en la historia, no solo de este país sino de cualquier otro. Por eso prefieren que no quede piedra sobre piedra en Venezuela antes de soltar la presa.», dice un personaje en la página 144.

 

En la reseña de The Night dije que la tensión narrativa, que parecía que la novela iba a tener en sus primeras páginas, se iba diluyendo en la trama, en la que Blanco Calderón daba paso a contar la historia de muchos personajes que se escapaban de una idea de trama principal. Esto está mucho más medido y controlado en Simpatía, que al tener una estructura de novela más convencional hace que no se desinfle la tensión narrativa. En algún momento he llegado a pensar que la rocambolesca anécdota de Simpatía en torno a una herencia no convencional y los intereses y frustraciones que provocaba podían crear una «novela de abogados» que bordease los clichés de un bestseller. Pero Blanco Calderón es un escritor con talento, y sabe bordear estas amenazas y, sin dejar de lado la creación de misterios realmente propios de una «novela de abogados», va mucho más allá y consigue hacer literatura sobre el fondo de un país en descomposición y a la deriva, igual que sus personajes. Es destacable el gran elenco de personajes secundarios del libro, que le dan hondura y vuelo.

 

Diría que en The Night Rodrigo Blanco Calderón trató de hacer una novela más ambiciosa que en Simpatía, pero en Simpatía, siendo una novela más tradicional, logra hacer también una novela más sólida y redonda. Me ha gustado leer seguidas estas dos obras de un autor al que no conocía, un autor latinoamericano nacido ya en la década de 1980 y que considero que tiene un gran futuro por delante.