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domingo, 8 de septiembre de 2024

El hombre que amaba a los perros, por Leonardo Padura

 


El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura

Editorial Tusquets, 573 páginas. Primera edición de 2009; esta es de 2019

En 2021 se celebró –por motivo de la crisis del COVID– la Feria del Libro de Madrid en septiembre y no a finales de mayo y principios de junio, como suele ser lo habitual. Una mañana de sábado, en la que había ido a visitar la Feria, me percaté de que estaba allí firmando su obra Leonardo Padura (La Habana, 1955) y, aunque no lo había pensado previamente, me apeteció comprar alguno de sus libros y que me lo dedicara. Me decidí por el que sabía que era el más reputado, El hombre que amaba a los perros (2009). Tenía pendiente leer a Padura desde hacía muchos años. En la biblioteca de Pueblo Nuevo había hojeado más de una vez sus libros policiales, protagonizados por Mario Conde. Recuerdo también que una vez que fui a la FNAC de Callao, a la presentación de un libro del también cubano Pedro Juan Gutiérrez, me senté al lado de una persona, para darme cuenta, no mucho después, de que era Leonardo Padura, quien había acudido a la presentación del libro de su amigo Pedro Juan.

Decidí leer esta extensa novela (573 página, de un tamaño de letra inferior al habitual en Tusquets), aprovechando mis vacaciones de profesor en Navidad. De este modo, lo empecé el 30 de diciembre de 2023 y lo finalicé tres semanas después.

El primer capítulo de la novela nos lleva hasta La Habana de 2004. Iván, el narrador, se encuentra en el entierro de Ana, la que ha sido su pareja durante los últimos años. Iván nos va a narrar, después de la primera página, la agonía de Ana en una Cuba en ruinas. Iván va a contarle a una Ana moribunda la historia de un misterio hombre mayor con el que tuvo varios encuentros en la playa, hacía ya casi treinta años. Y sabrá que la muerte de Ana será el detonante para que se decida a contar la historia, que le atormenta desde hace décadas, y que no se atrevió a escribir por miedo. Es un gran primer capítulo, que introduce al lector en un mundo de sugerentes hilos narrativos y crea muchas expectativas.

En el segundo capítulo conoceremos a Liev Davídovich, que en 1929 está recluido, junto a su mujer, Natalia Sedova, en Siberia, en la localidad de Alma Atá. Liev Davídovich no es otro que Trotski, que está a punto de saber que Stalin ha decretado su expulsión del país.

En el capítulo tres, nos será presentado Ramón Mercader, un catalán que, en 1936, está combatiendo contra las fuerzas franquistas en la sierra del Guadarrama. Cuando arranca su narración, ha ido allí a buscarle su madre, Caridad, para decirle que el Partido Comunista se ha fijado en él y le quiere encargar una misión. Si en ese momento acepta, sin saber aún en qué va a consistir su misión, ya no tendrá opción de echarse para atrás.

El capítulo 1 está escrito en primera persona, con la voz narrativa del cubano Iván, y los otros dos en tercera persona, con una voz narrativa similar, y que (más tarde) el lector comprenderá que es la de Iván, que, al fin, se decidió a narrar la historia que quedaba sugerida en el primer capítulo.

Al principio, pensaba que, quizás, Padura fuera a crear una estructura en la que las tres historias mantuvieran el orden inicial, y que se repitiera la estructura 1-2-3, 1-2-3…, pero no fue así, ya que en el capítulo 4 no volvemos a la voz narrativa de Iván, sino a la historia de Trotski, que ha de postularse para que algún país quiera acogerlo. Este país será Turquía, en primera instancia, después Noruega, Francia y definitivamente el México en el que encontrará la muerte.

Sentí una ligera decepción al descubrir que en capítulo 4 no volvíamos a Iván, porque el primero me había parecido el capítulo más atractivo de los tres que llevaba leídos. En relación a este punto, debería aclarar que, en principio, no soy seguidor del género de novela histórica, y que la primera persona de Iván, un cubano de 2004, como podía ser Padura, me había resultado más auténtica, que la reconstrucción de dos personajes históricos, de tiempos, más o menos pasados, como son Trotski y Mercader. Es decir, si quiero leer sobre la guerra civil española busco a escritores que fueron contemporáneos a los hechos narrados y pudieron observarlos de primera mano, y me cuesta más confiar en autores que, desde el presente, reconstruyen hechos históricos no vividos. En cualquier caso, he de decir que la historia de Trotski y Mercador o, más bien, la visión literaria que Padura tiene de Trotski y Mercader me ha ido conquistando poco a poco, al ir pasando las páginas de esta extensa novela, porque quizás las 573 páginas del libro pueden parecer un número engañoso, si tenemos en cuenta –como dije– que la letra de este libro es más pequeña que la que habitualmente usa Tusquets.

A grandes rasgos, el hecho luctuoso que une a los dos personajes históricos es conocido por todos. Ramón Mercader acabó con la vida de Liev Trotski clavándole un piolet en la cabeza en 1940, en Coyoacán, México. Es decir, esta es una mala novela para ese tipo de lector que odia los así llamados «spoilers», porque Padura es fiel a los hechos históricos y El hombre que amaba a los perros es una novela muy bien documentada. Sin embargo, sí que va a ser una novela recomendable para aquellos lectores que no piensan que la literatura se sustenta en giros narrativos más o menos sorprendentes, sino que se trata de un viaje en el que el autor nos quiere hacer reflexionar sobre la realidad y ponernos en el pellejo de sus personajes.

El hombre que amaba a los perros es, en gran medida, una reflexión sobre los sueños rotos de la historia, sobre el devenir siniestro de las utopías. Stalin, uno de sus personajes de fondo, quedará retratado como un genocida, como un sádico dispuesto a todo por conservar el poder absoluto, capaz de las venganzas más miserables sobre aquellos que, en algún momento, osaron llevarle la contraria, o discutirle cualquier asunto en un contexto en el que ya no existía ningún atisbo de democracia o crítica. La crítica no solo se va a quedar en la URSS, sino que Padura la va a hacer extensible a Cuba, retratando a Iván como a un personaje aplastado, un joven que quiso ser escritor, que fue aplaudido mientras sus escritos se amoldaron a los cánones del comunismo, y que será acallado y castigado en cuanto sus palabras muestren el mínimo sentido crítico, algo que nunca debería abandonar ningún escritor.

Padura, nacido en La Habana, siempre ha vivido en Cuba y, hasta cierto punto, extraña que un libro como El hombre que amaba a los perros lo haya podido publicar un cubano que sigue allá. Quizás en 2009, año en el que aparece el libro, se había ya relajado algo la censura en la isla, respecto a las décadas anteriores. En cualquier caso, en las páginas del libro nunca se nombra a Fidel Castro, que, como he observado, es una de las que condiciones para poder ser crítico con la situación cubana y poder seguir viviendo allá. En los libros de Pedro Juan Gutiérrez ocurre algo parecido.

Pero la intención de Padura no es solo criticar a las dictaduras en que se convirtieron la URSS o Cuba, sino acercarnos a unos personajes de carne y hueso sobre los que va a caer el peso de la historia y su derrota, personas que han de portar sobre sus espaldas pesadas cargas de las que no saben cómo desprenderse. Trotski, durante el tiempo narrativo que cuenta su historia, será siempre una víctima, un perseguido, alguien que entiende que solo sigue vivo porque Stalin le usa como excusa para acusar a sus enemigos en Moscú de ser sus aliados y poder exterminarlos. Llegará un momento en el que sabrá que su vida ya no le es útil a Stalin y que este va a tratar de matarlo en cualquier momento. En más de un

momento, se le recordará al lector que Trotski también fue un despiadado asesino durante los tiempos de la Revolución de Octubre.

Mercader, pese a que el lector seguirá sus pasos como agente soviético, entrenado para matar, irá introduciéndose con él en un mundo cada vez más turbio. Y no serán pocas las dudas que le asalten cuando se vaya acercando a su objetivo final. Mercader, pese a que el lector sabe que es, o que, más bien, va a ser, un asesino, será también una víctima de sus circunstancias vitales. Alguien que quiere, por ejemplo, agradar a su madre o a su novia, alguien que en su juventud ha confiado en un ideal de pureza histórica.

La grandeza de El hombre que amaba a los perros va a ser que el lector va a sentir compasión por sus tres actores principales. Hacia el final un cuarto personaje, que hará también de narrador interpuesto, nos dirá que Iván es una víctima sin culpa, y no así Trotski y Mercader, de los que dirá, hablando de la historia que obsesiona a Iván, que esta es la de «un hijo de puta que mató a otro hijo de puta». Sin embargo, la grandeza como escritor de Padura será que el lector sienta compasión también por ellos.

En principio «el hombre que amaba a los perros» del título es la forma en la que Iván se refiere a la persona que ha conocido en la playa bajo el nombre de Jaime López y que, cuando empiece a contarle la historia de su amigo Ramón Mercader, acabará comprendiendo que son la misma persona. Jaime López pasea en las playas de Cuba con dos bellos galgos borzois rusos, que era el tipo de perro que también había tenido Trotski, que era otro hombre que también amaba a los perros. Iván, por su parte, que se gana la vida como veterinario aficionado, será el tercer hombre que ame a los perros. Los perros simbolizan en esta novela la capacidad de amor que subyace en cada ser humano, pero a todos los desvíos vitales y los destinos equívocos.

Está muy logrado el modo en el que Padura nos transmite cómo Mercader acabará sintiendo que su vida y su destino se van pareciendo cada vez más a los del hombre al que el Partido Comunista le hizo matar, sintiéndose un títere de la Historia.

El hombre que amaba a los perros es una novela escrita con gran belleza e inteligencia, en un español bastante neutro, en el que se filtran muy pocos cubanismos, cuya fuerza artística prevalece sobre la ambición testimonial (que no es pequeña), y que me ha emocionado mucho. Es de una de las novelas del siglo XXI, escritas en español, más lograda y ambiciosa de las que yo he leído.

domingo, 20 de diciembre de 2020

El mundo alucinante, por Reinaldo Arenas


El mundo alucinante
, de Reinaldo Arenas

Editorial Cátedra. 319 páginas. 1ª edición de 1968; ésta es de 2018.

Edición de Enrico Mario Santí

 

De Reinaldo Arenas (Aguas Claras, Cuba, 1943-Nueva York, 1990) había leído hasta ahora dos libros: Antes que anochezca (1992) y Celestino antes del alba (1967). Antes que anochezca es un libro de memorias, que principalmente quiere denunciar la persecución que sufrió Arenas en Cuba por ser un escritor libre y por ser homosexual. Este libro póstumo (cuando acabó de escribirlo se suicidó), que leí ya hace unos veinte años, me encantó. Después me acerqué con gran disposición a Celestino antes que el alba, su primera novela, y sufrí una decepción. La apuesta de la novela a favor de la alucinación no realista me pareció excesiva. Esta segunda lectura me quitó las ganas de acercarme a una serie de novelas enlazadas que empiezan con El palacio de las blanquísimas mofetas. Sin embargo, recuerdo que mi amigo el escritor Federico Guzmán me decía que para volver con Reinaldo Arenas debía leer la que fue su segunda novela, El mundo alucinante.

 

En los Reyes de 2020 me regalé a mí mismo este libro. Me he acercado a él después de leer Testimonios de la orgía del también cubano Abilio Estévez, donde hablaba de él.

La historia de la publicación de la novela no deja de ser accidentada: Arenas la escribió en 1965, y en 1966 ganó con ella una Mención en el concurso «Cirilo Villaverde» de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que fue ese año declarado desierto. Aunque Arenas prometió revisar el texto para tal vez ganar y ser publicado, la novela no se pudo publicar y, de forma clandestina salió del país y se publicó, por primera vez, traducido al francés en 1968. Hasta 1969 no se publicó en español en México. En Cuba sigue sin haberse publicado.

 

Esta distorsión en las fechas ha dado lugar a más de un equívoco: en el prólogo que escribió para la edición venezolana de 1980, Reinaldo Arenas se queja de que la crítica ha afirmado que El mundo alucinante ha sido influido por obras del realismo mágico latinoamericano que se escribieron y publicaron después de la suya, como Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez.

 

La novela es una parodia fantástica de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, un héroe bastante olvidado de la independencia mexicana. En el prólogo, Arenas cuentas que descubrió a Fray Servando en un libro de historia y que no pudo dejar de buscar toda la escasa información que había sobre él.

 

El comienzo de El mundo alucinante me ha recordado al de Celestino antes del alba, ya que nos acerca a la infancia de Fray Servando en un entorno rural y violento. Igual que ocurría en Celestino antes del alba, en El mundo alucinante, los familiares de Celestino o Servando quedan retratados por la fiereza con la que se relacionan con los animales o con el niño protagonista. «Ella movió un dedo sobre el que tenía una vela y me la apagó sobre un ojo» (pág. 94); «Te escapas por la cerradura. Te cortas las manos y las siembras» (pág. 96). Esta recreación alucinada de la infancia me ha recordado al libro Madurar hacia la infancia del ucraniano Bruno Schulz, donde la descripción metafórica del mundo que hacía el niño se convertía en real en sus ojos. Por ejemplo, el padre de Bruno Schulz no se movía por las paredes de su tienda de telas como una araña, sino que se transformaba en “una araña”; pues así es como ve Fray Servando la violencia de sus familiares sobre él: su madre le vierte cera de una vela en los ojos o le corta las manos de un modo metafórico-alucinado-real.

 

Servando deja Monterrey para ascender (literalmente lo hace sobre una montaña de botellas) hasta la Ciudad de México, donde entrará en un seminario. Diría que en las escenas del seminario, Arenas hace un homenaje a La vida del Buscón de Francisco de Quevedo, puesto que esta parte está narrada en clave picaresca y recuerdo –de la edición de Cátedra en la que leí El Buscón– que ante una inocentada en la que los estudiantes arrojaban nabos a Pablos, Quevedo dice que aquello era una «batalla nabal», con ese error ortográfico tan oportuno. En el seminario los estudiantes arrojan a Servando velas encendidas y a esto Arenas lo llama «batallas capillales».

 

El joven Servando, ya ordenado sacerdote, se ha convertido en el mejor predicador de México. Por ello le será encomendado dar un discurso sobre la Virgen de Guadalupe en la Navidad de 1794. Las palabras que elige para hacerlo le perseguirán toda la vida. Ante todas las autoridades del virreinato, Servando va a afirmar que la aparición de la Virgen en América es anterior a la llegada al continente de los españoles, y por tanto de ningún modo se justifica su presencia allí. Empezará entonces una persecución a Fray Servando que va a durar toda su vida y que se desarrollará por dos continentes, América y Europa.

 

Arenas dice en el prólogo de su novela que Fray Servando es él mismo. En clave fantástica, alucinada y paródica, Arenas está hablando de sí mismo a través de Fray Servando. Como él, Arenas proviene de un mundo rural de violencia y, como joven, llega a la capital de su país para formarse (en un caso México y en el otro Cuba) y ante su palabra escrita, en la que los dos expresan su pensamiento con libertad, van a sufrir censura y persecuciones por parte del poder. Fray Servando acabará pasando por múltiples cárceles. Las miserias que pasa en ellas serán minuciosamente descritas. También acabará en El Morro, la cárcel habanera en la que estuvo Arenas.

«He sido desterrado de mi patria y vilipendiado, solamente porque quise que la verdad ocupase su lugar sobre todas las sartas de ruindades entre las cuales he tenido que deslizarme» (pág. 181).

 

En la novela se critica con saña a la Inquisición; de forma exagerada en muchas de las calles de las ciudades de la novela se queman a supuestos herejes. Arenas escribe en contra de cualquier sociedad que reprima la libertad de pensamiento del individuo, y en este aspecto es donde choca con el régimen cubano. Recordemos que El mundo alucinante todavía no se ha publicado en Cuba, cuando han pasado ya más de cincuenta años de su aparición.

Hay partes de El mundo alucinante que están escritas en primera persona, en segunda y en tercera. Aunque las tres tienden a la exageración y la fantasía, diría que la primera persona, cuando toma la palabra directamente Fray Servando, es en la que estos elementos compositivos de la exageración y la fantasía se llevan más al extremo. En más de una ocasión, las tres voces narrativas narran la misma historia con enfoques diferentes. En el prólogo Arenas dice que los mecanismos de la Historia le parecen insuficientes para acercarse al pasado. De hecho, en más de un capítulo de El mundo alucinante he pensado en el prólogo de Cien años de soledad, que acompañaba a la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara. En él se decía que García Márquez describía la realidad americana con el tono fantástico con que la describieron en sus bitácoras los primeros navegantes europeos que llegaron al Nuevo Mundo. Y esto es lo que hace en gran medida Arenas, unos años antes que García Márquez (conviene recordarlo).

 

La novela es tremendamente posmoderna. Además de todos sus elementos fantásticos, aparecen en su trama personajes literarios, como el Orlando de Virginia Woolf, que será la persona encargada de presentar a Fray Servando a la nobleza inglesa. También Fray Servando será capaz de huir encarnado en otra persona. No disfrazado de otra persona, sino siendo «otra persona». Este tipo de detalles, unido a la inverosimilitud de las relaciones de causa-efecto establecidas en las escenas, me ha hecho pensar que El mundo alucinante ha ejercido una gran influencia en la obra de César Aira.

Me ha parecido divertida la descripción que Arenas-Servando hace de la ciudad de Madrid. Una crítica realmente severa, en la que parecía Thomas Bernhard hablando de Viena. «En general se dice que los hijos de Madrid son cabezones, chiquitos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosario y herederos de presidios, y eso también es verdad, pues no existe sobre la tierra pueblo más corrompido y sucio» (pág. 162).

 

Se explica en el prólogo que el título, El mundo alucinante, posiblemente sea una parodia de la novela El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Ya conocía la animadversión de Arenas hacia Carpentier por mi lectura de Antes que anochezca. Para Arenas, Carpentier es un escritor servil y complaciente con el poder. Gracias al prólogo de Enrico Mario Santí sé que Carpentier estuvo, por dos veces, en el jurado que impidió que Celestino antes del alba y El mundo alucinante ganaran los premios de la Asociación de Escritores de Cuba. El tramo final de El mundo alucinante se vuelve especialmente barroco al parodiar el estilo de Carpentier y en él se critica a un poeta que no para de hacer loas al nuevo poder del México independiente, que pronto se mostrará tan injusto como el anterior, en una clara alusión, de nuevo, a la situación cubana.

 

El mundo alucinante me ha gustado más que Celestino antes del alba, me ha parecido un libro más maduro. Las páginas de esta novela contienen imágenes fantásticas muy poderosas, como esas en las que Fray Servando está encadenado de tal modo que las cadenas forman una inmensa bola de acero a su alrededor, lo que hará que se derrumbe la prisión en la que está encerrado y aparezca rodando en la batalla de Trafalgar. Sin embargo, también he de decir que algunas de las relaciones causa-efecto ilógicas del libro me expulsaban a veces de él. Decía Borges que las narraciones fantásticas funcionan cuando el lector percibe que están construidas con unas reglas, con una lógica interna férrea; y la ausencia de reglas constructivas de El mundo alucinante me ha superado en más de una ocasión. Sobre todo me ha ocurrido con la parte final, en la que la crítica a los poetas institucionales –dardo envenenado y personal a Alejo Carpentier– no parecía que acabara de seguir la lógica de la novela.

 

Admiro de Reinaldo Arenas su libertad y la contundencia de su prosa, pero sigo pensando que sus memorias, Antes que anochezca, es el libro que más me gusta de él y al que quiero volver. En cualquier caso, este próximo diciembre de 2020 se cumple el 30 aniversario de la muerte de Reinaldo Arenas y es un escritor cuyo deseo de libertad siempre debemos recordar. 

domingo, 21 de junio de 2020

Testimonios de la orgía, por Abilio Estévez


Testimonios de la orgía, de Abilio Estévez

Editorial Sloper. 173 páginas. 1ª edición de 2020.

De Abilio Estévez (La Habana, 1954) me quedé con ganas de leer su novela Tuyo es el reino (1997), que sonó bastante en los suplemente culturales de finales de la década de 1990. No sé si era en un Babelia o en un Cultural, pero recuerdo que el subyugado crítico decía que Tuyo es el reino era una obra maestra. Se me pasó entonces y unos años después leí de Estévez el libro de cuentos El horizonte y otros regresos (1998). Por aquellos días venía yo de leer Trilogía sucia de La Habana, los potentes cuentos de Pedro Juan Gutiérrez, y las narraciones de Estévez me parecieron demasiado barrocas para el gusto que cultivaba yo entonces, y esto me alejó de Tuyo es el reino. Sin embargo, tras acabar Testimonios de la orgía me he animado y he comprado una primera edición de esta novela por Iberlibro. Ya os contaré.


Cuando Román Piña (el editor de Sloper) empezó a mostrar en las redes sociales la portada del nuevo libro de Estévez supe que tenía que leerlo. En su foto aparecen José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Del primero me tumbaron hace años las primeras cincuenta páginas de su novela Paradiso, y del segundo he leído sus Cuentos completos, un libro excesivo y del que disfruté a medias. Paradiso me lo he comprado hace no mucho con la intención de volver a internarlo. Sin embargo, los dos son para mí escritores mitificados, ya que de ellos hablaba Reinaldo Arenas en su gran libro de memorias Antes que anochezca. De Piñera también habla Ricardo Piglia en Respiración Artificial. Piñera fue uno de los escritores que ayudaron a Witold Gombrowicz a traducir su novela Ferdydurke al español.

Testimonio de la orgía de Abilio Estévez es un libro que se mueve entre lo memorialístico y el ensayo. El primer capítulo se titula Retrato de Virgilio en el infierno y en él Estévez describe la figura del escritor Piñera, con el que compartió cuatro años de amistad, desde 1975 hasta su muerte, por ataque al corazón, en 1979. «No creo que haya vuelto a divertirme como me divertí aquellos cuatro años que duró mi amistad con Piñera.» (pág. 14).
Al principio del libro, Estévez hace alusiones a la situación política de Cuba de forma velada para, según avanzan las páginas, pasar a ser más directo y claro. Pensaba que no iba a citar el nombre de Fidel Castro, pero sí que lo acaba haciendo.
Como ya sabía, por haberlo leído en Reinaldo Arenas, el régimen castrista convirtió a Piñera y Lezama en dos «cadáveres civiles», ya que su literatura no se adecuaba a los cánones de la búsqueda del «hombre nuevo». Como tenía los Cuentos completos de Piñera a mano, según leía este capítulo, he revisado alguno de los que cita Estévez. Me imagino que si yo no hubiera conocido de nada a Virgilio Piñera y le descubriera por estas páginas de Estévez hubiera intentado conseguir alguno de sus libros de forma inmediata, porque la admiración y el cariño que se desprenden de sus palabras son contagiosos.

El tono del segundo capítulo, Testimonio de la orgía, se vuelve más íntimo, ya que aquí Estévez rememora su infancia en Cuba, que abandonó en el año 2000, hacia Barcelona. Como buen niño soñador, Estévez quiso haber habitado en otra parte, lugares a los que llegaría gracias a la lectura. El niño Estévez se iniciaría en la escritura inventando sobre el papel biografías de personajes famosos inventados. En la página 39, Estévez habla de un ensayo de Lezama Lima (Confluencias), del que dice «Es un ensayo tan felizmente insólito, tan inquietante que nunca he sabido con exactitud si conforma un cuento, un ensayo, un fragmento de memorias, o incluso todo eso a la vez». Es posible que estas palabras definan bastante bien el propio libro de Estévez.
«En La Habana todo se volvía amenaza. Vivir, crecer en La Habana en los años sesenta, setenta, ochenta, consistía en aprender a vivir, a sobrevivir, a sortear esa amenaza.» (pág. 43) La Habana era un lugar donde en la universidad de Letras una profesora podría recriminar al joven Estévez que leyera a Albert Camus por alejarse de la ortodoxia política.

En la página 56, mediante una cita de Gustave Flaubert, se descubre el significado del título del libro: «El único modo de soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua.»

En el capítulo Aire, cielo, palma y canela, Estévez rememora sus paseos de juventud por La Habana y la búsqueda de los lugares que visitaron escritores ilustres como el poeta Federico García Lorca en 1930. También se evoca aquí el viejo barrio de Estévez, Marianao. Luis Cernuda fue otro visitante ilustre de la isla. «Lo cierto es que muchas tardes nos íbamos a deambular por La Habana que no existía y que tal vez nunca existió. Buscábamos entrar en el recuerdo, en La Habana del recuerdo, como si fuera posible.» (pág. 76)

En ¿París? Estévez reflexiona sobre la idea de insularidad y me presenta a un poeta fundacional para la sensibilidad literaria cubana que yo no conocía: Julián del Casal. Es muy interesante su historia sobre el deseo de visitar París y no poder llegar nunca a ella. Me gustan también las páginas sobre la vida sedentaria de Lezama Lima, que solo visitó una ciudad en México y otra en Jamaica, y cómo se imaginó París desde La Habana.

El surtidor inmóvil de un encantamiento analiza la importancia histórica para la literatura cubana de la desmesurada novela Paradiso de José Lezama Lima. Me gustan los libros que te incitan a leer otros libros, y este capítulo ha hecho que se renueven mis ganas de volver a lanzarme con Paradiso. De «locura brillante» califica Estévez Paradiso.

En el capítulo 6, Reinaldo Arenas, imagen del alucinado, Estévez habla de la visita que unos amigos y él hicieron en 1997 a su casa natal, donde conocieron a su madre. Luego nos hablará de la época en la que, siendo muy joven, conoció a Arenas en persona. De de Arenas me encanta Antes que anochezca, y luego me decepcionó Celestino antes del alba. Cuando he acabado de leer Testimonio de la orgía, he empezado con El mundo alucinante, quizás la obra más señera de Arenas.
«La nouvelle de Reinaldo Arenas, leída a mis dieciocho años, cumplía así con una de las funciones de la literatura: revelar lo que vivimos; descubrir, verbalizar nuestra propia desazón, desmitificar y mitificar al mismo tiempo aquello que compone el tráfago incesante de esa mezcla de comedia, sainete, melodrama y tragedia que es nuestra vida diaria.», así habla Estévez de La vieja Rosa de Arenas en la página 124.

«Todos los personajes de Arenas parecen batallar contra la agresividad de la vida real.» (pág. 131). Una idea bella y triste es que para Abilio Estévez los grandes escritores cubanos (como Arenas, Lezama o Piñera) ejercen su magisterio desde la invisibilidad.

En el capítulo séptimo y último, Los poetas cubanos naufragan en la isla, Estévez hace un recorrido por los poetas de Cuba que han cantado a la isla en sus versos.

La prosa de Estévez es inteligente y bella, trufada de atractivas referencias literarias. Testimonios de la orgía es la narración de un hombre que ha decidido enfrentarse a la existencia aturdiéndose de literatura. Si bien, a mí el libro ya me llamó la atención desde la portada, desde la imagen trágica de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, considero que para la persona que no conozca a estos autores (y a algún otro como Reinaldo Arenas) Testimonios de la orgía puede constituir una gran invitación a acercarse a sus obras. Como dije, yo ya estoy con El mundo alucinante de Reinaldo Arenas y he pedido en Iberlibro Tuyo es el reino de Abilio Estévez. Me gustan los libros que te incitan a leer otros libros.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Estoico y frugal, por Pedro Juan Gutiérrez


Estoico y frugal, de Pedro Juan Gutiérrez.

Editorial Anagrama. 170 páginas. 1ª edición de 2019.

De Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950) he leído todos los libros que ha publicado Anagrama (Trilogía sucia de La Habana, El Rey de La Habana, Animal tropical, El insaciable hombre araña, Carne de perro, Nuestro G. G. en La Habana, El nido de la serpiente y Fabián y el caos). Así que, cuando en verano de 2019 vi anunciado en internet que volvía a sacar una nueva obra en Anagrama, se la solicité a la editorial para poder leerla y hacerle una reseña.

En la mayoría de los libros de Pedro Juan Gutiérrez el personaje principal y narrador es un alter ego de él mismo llamado Pedro Juan, que funciona como una suerte de personalidad exagerada del autor, un recurso que ya empleó décadas antes el norteamericano Charles Bukowski con su personaje Henry Chinaski.
En Fabián y el caos, la novela anterior a Estoico y frugal, aparecía también Pedro Juan, pero en esta novela él no era el personaje principal y se centraba en otro, Fabián, un vecino de la infancia. Antes de abrir Estoico y frugal llegué a suponer que Gutiérrez seguiría explorando esta faceta, en la que se aparta de su principal voz narrativa y explora otros caminos, pero no ha sido esto lo que el autor ha querido hacer en su último libro. En Estoico y frugal vuelve a aparecer su narrador Pedro Juan, pero no narra desde la actualidad, sino que se sumerge en unos supuestos diarios de finales de 1998 para hablarnos de los meses que vivió en Madrid, ciudad desde la que se trasladaba a otros puntos de España o del resto de Europa («Gracias a ese diario puedo ahora, veinte años después, reconstruir, al menos someramente, aquellos días alrededor de la Navidad de 1998», página 80). Pedro Juan se ha trasladado desde Cuba hasta la casa de unos amigos que viven en un pueblo a las afueras de la ciudad. Ha venido a España porque está haciendo la campaña de promoción de un libro de cuentos que le ha publicado una potente editorial española, y que rápidamente ha vendido su traducción a veinte idiomas.

Al comienzo del libro, Gutiérrez realiza la siguiente advertencia: «Esta novela es una obra de ficción. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura casualidad». No es la primera vez que esta nota aparece en sus libros, y lo que suele conseguir es precisamente lo contrario: que el lector piense que esta no es una obra de ficción, que el material estará exagerado y trastocado, pero que la esencia de lo contado ha de ser real. En ningún momento el narrador dice el nombre de la editorial que le ha publicado su exitoso libro de cuentos, ni el título del libro, pero un lector que conozca la trayectoria de Gutiérrez pensará inmediatamente en la campaña de promoción de Trilogía sucia de La Habana, que se publicó en Anagrama en octubre de 1998. De hecho, el narrador Pedro Juan cuenta algunas anécdotas sobre la recepción de su libro que son muy parecidas a las del escritor Gutiérrez en sus entrevistas. Pedro Juan escribe en Estoico y frugal sobre su libro de cuentos: «¿Por qué todos querían ver política en mi libro? ¿Por qué todos me querían involucrar en su mierda? De un lado y del otro. Porque es lo más fácil, supongo» (pág. 51).
Durante las primeras páginas llegué a pensar que Estoico y frugal era una novela escrita hace tiempo (en 1998, por ejemplo, y por tanto contemporánea a lo narrado) y luego ya he pensado que era un material nuevo cuando he visto que hacía críticas a la realidad política cubana más abiertas que en los libros de hace veinte años. «El capitalismo es una mierda y el socialismo es peor», afirma el narrador en la página 13, cuando quiere distanciarse de los exiliados cubanos que han abrazado sin fisuras el capitalismo por rechazo a la realidad política de Cuba. El discurso de Pedro Juan me recuerda bastante al de su compatriota Reinaldo Arenas respecto a los cubanos de Florida.

«Hacía mucho que mi vida se había convertido en un juego de ruleta rusa»: con esta frase contundente empieza Estoico y frugal. Desde el presente (2018) se reconstruye la vida de Pedro Juan en unas semanas de finales de 1998, y este último es, durante la mayoría de las páginas, el presente narrativo del libro, aunque en más de una ocasión se le recuerda al lector que el texto se está elaborando años después. Pedro Juan sigue sintiendo el vacío interior y la rabia que ya es habitual en muchos de sus libros. Así, afirma beber una botella de whisky o de ron al día, y en gran medida vuelca sus frustraciones sobre el sexo. Le gustan las mujeres más mayores que él y, a ser posible, con exceso de bello corporal. El sexo suele ser catártico y a veces violento.
El narrador de 1998 recuerda también sucesos de su vida de los que ya ha escrito en otros libros; así, por ejemplo, habla de cuando a los trece años era vendedor de helados en la valla de gallos de Matanzas, lo que ya ha contado en la novela El nido de la serpiente. «Creo que desde esos años en que pasé todos los fines de semana en la valla de gallos aprendí a vivir entre gente baja, pervertida y sucia», leemos en la página 20, una frase que viene a ser una declaración de principios, puesto que para Pedro Juan hablar de este tipo de gente es más importante que hablar de la política, el tema del que todo el mundo parece empeñado que hable.

La novela está escrita en un solo párrafo, sin ningún corte en capítulos ni puntos y aparte. Pedro Juan habla de su presente en las semanas finales de 1998 y reflexiona sobre su pasado; unas cosas le llevan a otras. La prosa, como siempre, es vigorosa, de frase corta y mucho sentido del ritmo. Pedro Juan describe a personas, en muchos casos marginales, que viven en medio del caos, y siempre encuentra la posibilidad de golpear al lector con alguna sentencia contundente en la que reflexiona sobre la vida.
El antecedente más claro del estilo y los temas de Pedro Juan es Charles Bukowski, al que más de una vez cita y evoca en su novela.

En la página 93 leemos: «Jesús Díaz, un escritor cubano reconocido, exiliado en España, después de leer mi libro me dijo: “Ahora te será difícil escribir algo más porque aquí lo soltaste todo.” Me asustó un poco». Díaz se refería al libro que en la realidad sería Trilogía sucia de La Habana, el libro de cuya promoción habla aquí Pedro Juan.
Es cierto que, después de leer nueve libros de Pedro Juan Gutiérrez, el que más me sigue gustando es el primero, Trilogía sucia de La Habana, para mí uno de los grandes libros escritos en español en la década de 1990. También es cierto que en Estoico y frugal, Pedro Juan sigue explotando una voz narrativa que puede sonar algo repetitiva. Pero no deja de ser menos cierto que me siguen gustando los libros que publica por su prosa rítmica y contundente, en la que siempre encuentro alguna verdad vital y lírica. Estoico y frugal hará pasar un buen rato a los seguidores de la obra de Pedro Juan Gutiérrez, que disfrutarán al reencontrarse con su potente voz narrativa.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Todos se van, por Wendy Guerra

Editorial Bruguera. 285 páginas. 1ª edición de 2006.

Ya comenté la semana pasada que antes de acabar Domingo de Revolución, la última novela de Wendy Guerra (La Habana, 1970), saqué de la biblioteca Eugenio Trías (en la que me refugiaba del calor durante los días de verano y vacaciones) Todos se van, la primera novela de la autora cubana, que comenzó su andadura literaria publicando poemarios.
Con Todos se van, Wendy Guerra ganó el Primer Premio de Novela Bruguera, que le otorgó Eduardo Mendoza, en calidad de jurado único.

Todos se van nos acerca al personaje de Nieve Guerra, nacida en diciembre de 1970. La novela se divide en dos partes: Diario de infancia y Diario de adolescencia.
El libro se abre con una cita del diario de Anna Frank, el diario más famoso escrito por una niña. Al empezar el Diario de infancia de Nieve, el lector tendrá que hacer una concesión en su concepto de verosimilitud narrativa o bien establecer un pacto con la escritora: debemos aceptar que estamos leyendo el testimonio personal, en forma de diario íntimo, de una niña que aún no ha cumplido los ocho años. Las entradas de esta primera parte son cortas, y Wendy Guerra juega a escribir con frases menos elaboradas que las que usará para plasmar los pensamientos y vivencias de la Nieve adolescente. Las entradas del diario, sin embargo, pese a su sencillez sintáctica, resultan poéticas y poseen un sentido del ritmo superior al esperable en una niña de ocho años.
El lector, después de sellar el pacto de verosimilitud que siempre se acepta al abrir una novela, puede disfrutar sin problemas de las páginas de este Diario de la infancia: Nieve crece en Cienfuegos con su madre y el compañero sentimental de ésta, Fausto, un desinhibido sueco que casi siempre está desnudo. El padre acusará a la madre y a su compañero de conducta inmoral y conseguirá la custodia de la niña. Aquí empezarán los problemas para Nieve: su padre es un alcohólico brutal, que además de pegarle descuidará su educación y alimentación.
Nieve acabará en un centro de reeducación de menores: «Prefiero estar aquí, sé que me van a respetar. Los niños son peores que los adultos porque no le tienen miedo a las responsabilidades. Pero si puedo con los adultos puedo con los niños». Así habla en la página 96 una Nieve adulta de nueve años.

La semana pasada comenté que Domingo de Revolución era una novela escrita, de forma consciente, para un público de fuera de Cuba, un público de hispanoamericanos de fuera de la isla, o de europeos de España e Italia, y que por tanto Guerra explicaba en ella lo que significaba la cubanidad a personas no cubanas, sabiendo que su novela no se publicaría en su país por motivos de censura. Sin embargo, cuando Wendy Guerra escribe Todos se van, sí ha publicado libros de poesía en Cuba y, aunque el contenido crítico invitaba, desde un primer momento, a pensar que no iba a ser publicada en su país, sí que parece escrita para sus compatriotas, o para un lector que podría ser su compatriota, puesto que en ella hay pocas referencias a la idea de cubanidad, como concepto a explicar ante extraños. La cubanidad se filtra aquí en cada página de la novela sin necesitad de hacerla autoconsciente. Y esto hace que Todos se van avance de forma más firme que Domingo de Revolución (aunque paradójicamente la prosa de esta última novela esté más cuidada que la de la primera, sin querer decir con esto que Todos se van esté mal escrita, que no lo está; de hecho, pese a la sencillez inicial de las frases –se supone, como ya dije, que escribe una niña de ocho años–, la prosa es rítmica, potente y poética).

Uno de los momentos más significativos del Diario de infancia tiene lugar al final, cuando la historia cubana empieza a penetrar con fuerza en la novela: en la primavera de 1980, un numeroso grupo de cubanos se ha refugiado en la embajada de Perú con la intención de salir del país (entre ellos el padre de Nieve, una de las primeras ausencias de su vida). Nieve se ha trasladado a La Habana con su madre, y desde el nuevo colegio se organizan «actos de repudio» contra los que quieren irse, obligando a los niños a contemplar los golpes y humillaciones que se dedican a estas personas, algo que horrorizará a madre e hija.


En la segunda parte, Diario de adolescencia, la narración da un salto desde las entradas de 1978-1980 a 1986-1990. La novela no parece reproducir todas las entradas del diario de Nieve, sino solamente las más significativas, para acercar la historia al lector.
Ahora Nieve vive con su madre en La Habana y acude a un instituto de artes, donde está aprendiendo a ser pintora. La adolescente Nieve no siente la misma necesidad que sus compañeros de pertenecer a un grupo. Su Diario siempre fue su refugio, el símbolo de su independencia. «Nosotros vivimos entre lo prohibido y lo obligatorio», leemos en la primera página de la segunda parte. Nieve ya ha crecido y está empezando a desarrollar una conciencia crítica hacia la política.

Cuando Wendy Guerra presentó esta novela al premio Bruguera, el título de la plica era Nieve en La Habana, una expresión que aparece en el libro y que simboliza el desajuste existencial de la protagonista respecto a su entorno: todos sus amigos empiezan a abandonar la isla. Como su padre se fue a Miami sin autoriza a su hija, menor de edad, a que salga del país, Nieve está atrapada: no podrá abandonar la isla hasta que no cumpla dieciocho años. «Tengo los brazos cansados de decir adiós», dice hacia el final de la novela la madre de Nieve, cada vez más sola.
Nieve tendrá que sufrir la instrucción militar y hasta un Consejo Disciplinario por dejarle a una compañera el libro prohibido de un disidente.
Nieve conocerá el amor, pero sus amantes también se irán, convirtiendo esta dura y emotiva novela en un desfile de ausencias. Las últimas páginas del libro son especialmente poéticas.

Todos se van no se pudo publicar en Cuba porque su crítica no pasó la censura. Leo en internet que la propia Wendy Guerra tenía un diario de infancia y adolescencia en el que se basó para crear su novela. De Todos se van, además de su aire melancólico y duro de novela de formación, destaco la forma de introducir hechos históricos en la narración (la guerra de Angola, en la que tuvo que luchar la madre de Nieve, la crisis de la embajada de Perú en 1980, cómo trató el Régimen el tema de la caída del Muro de Berlín en 1989…) y el hecho de acercar al lector la vida de un niña durante las décadas de 1970 y 1980 del castrismo, con su adoctrinamiento de una infancia que muchas veces no comprende las premisas en juego. El tema de la vigilancia policial hacia los intelectuales, que se desarrollará con más fuerza en Domingo de Revolución, ya está presente en esta primera novela.


Ha sido una buena experiencia lectora haberme podido acercar a estos libros de Wendy Guerra.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Domingo de Revolución, por Wendy Guerra.

Editorial Anagrama. 224 páginas. 1ª edición de 2016.

Hace unos años acudí a una charla en la Casa de América de Madrid. No recuerdo cuál era el tema, pero reunía a tres autores hispanoamericanos: el boliviano Edmundo Paz Soldán, el chileno Alejandro Zambra y la cubana Wendy Guerra (La Habana, 1970). A los dos primeros sí que los había leído, pero no a la tercera. Tiempo después, cuando Wendy Guerra se hizo más conocida y empezó a publicar en Anagrama, solicité su novela Negra a la biblioteca de Móstoles, pero entre el tiempo que tardan en llegar los libros y unas cosas y otras, al final no la leí.

En abril de este año apareció en Anagrama un nuevo libro suyo: Domingo de Revolución. En el colegio en el que trabajo, mantenemos una costumbre por motivo del Día del libro que me gusta: los alumnos de cada clase organizan con su tutor un amigo invisible para regalar y recibir un libro. Hace tiempo que decidí no dejar que mi regalo fuese al azar, y para solicitar mi libro suelo fijarme en las novedades de Anagrama. Siempre acabo pidiendo un libro que sea fácil de encontrar, que no sea demasiado caro y que sepa que voy a leer. En esta ocasión fue el de Wendy Guerra.


La protagonista de Domingo de Revolución se llama (en principio) Cleopatra Perdiguer, y ha nacido en 1978. Cuando empieza su narración tiene treinta y tantos años. Así que, por lógica, la novela comienza en torno al 2010. Me gustaría resaltar este tema de la cronología narrativa, porque el dato de que Cleo ha nacido en 1978 se da en la página 83 del libro, y hasta entonces yo lo leía pensando que lo contado podía reflejar una época pasada de la historia de Cuba. Me explico: como espectador europeo del entorno internacional, pensaba que ahora mismo Cuba estaba empezando a abrirse al mundo, que la censura y la persecución que sufrían sus artistas empezaba a ser, por fortuna, algo del pasado. Por eso, cuando la narradora describe la persecución que sufre en Cuba como escritora, empecé a pensar que no podía estar reflejando un tiempo tan cercano al actual, porque lo que se cuenta aquí no difiere demasiado de lo contado, por ejemplo, por Reinaldo Arenas en Antes que anochezca. No se describen torturas ni encarcelamientos, pero la vigilancia que sufre Cleo después de publicar un exitoso poemario en España, con cámaras en su propia casa, resulta abrumadora.

Hay dos hechos históricos que acaban vertebrando el relato: la muerte de Gabriel García Márquez el 17 de abril de 2014 (justo cuando Cleo está llegando a su casa de México DF para visitarlo) y el primer encuentro entre Raúl Castro y Barack Obama el 12 de abril de 2015 (si no me equivoco).

En las primeras páginas de Domingo de Revolución conocemos a una Cleo deprimida, que apenas sale de la cama en su vieja mansión vacía del barrio de El Vedado habanero. «Debo ser la única persona que hoy se siente sola en La Habana», así comienza la novela. Cleo está deprimida porque sus padres han fallecido en un accidente de tráfico el año anterior. Un hecho casi fortuito le hace salir de su casa: recibe la llamada de una editora catalana para decirle que su primer poemario ha recibido un gran premio en España, dotado nada menos que con 50.000 €. No es un tema importante, pero yo diría que no existe ningún premio de esa dotación en España, ni la poesía parece tener en nuestro país una dimensión tan cotidiana y relevante como la que muestra Guerra en su libro: «La librería de El Corte Inglés y La Casa del Libro estaban engalanadas con la portada de Antes del suicidio, el semblante renacentista de un ahorcada y un pergamino sin terminar» (pág. 22).

Después de regresar a su isla, tras la promoción del poemario en España, Cleo empieza a sentirse observada (el gobierno afirmará que su éxito literario ha sido orquestado por la CIA) y decidirá viajar a México DF, donde se han exiliado algunos de sus amigos. Aquí tiene lugar uno de los hechos terribles de la novela: Cleo, la perseguida en su país, pasará a ser sospechosa de espionaje por los cubanos de México. La desconfianza en el otro es uno de los rasgos más marcados del carácter cubano, un hecho que −según apunta la novela−, aunque llegase la democracia a la isla, tardará décadas en desaparecer.

La primera novela de Wendy Guerra, Todos se van, ganó el premio Bruguera de narrativa en 2006. Una novela que se publicó en España y que ha sido traducida a varios idiomas, pero que no se puede leer en Cuba (aquí podríamos marcar un paralelismo con el exitoso primer poemario de Cleo). De hecho, sólo Posar desnuda en La Habana, una novela que recrea los días que pasó Anaïs Nin en la isla, se ha editado allí. En la página 58 de Domingo de Revolución leemos: «De nada sirve ser leída, premiada, traducida a varias lenguas si no puedes ser reconocida en tu país, encontrar tus lectores originales, compartir tu obra con los tuyos». Lógicamente, Cleo es un trasunto, ocho años más joven, de Wendy Guerra, y esta reflexión pertenece tanto al personaje como a la autora. Esta cita que he recogido explica, en gran medida, la composición del libro: Wendy Guerra sabe que el libro que está escribiendo no va a ser leído (al menos a corto plazo) por un público cubano, sino por lectores españoles, franceses o italianos, y para ellos relata Cleo. En Domingo de Revolución se cuenta qué es la cubanidad para personas no cubanas, con frases como estas: «No he hablado con nadie pero ahora bailo con todos, así es Cuba, cuando se trata de mover el cuerpo, de tocarse o tocar, atrás quedan todas las sospechas, y es que el único espacio de libertad que hemos tenido los cubanos en estos años es ése, el cuerpo» (pág. 59); «Ay, comer en Cuba. Creo que los cubanos ya disfrutan más comer que bailar» (pág. 63); «Aunque las cubanas suelen bañarse al atardecer, mi madre me enseñó a hacerlo dos veces al día» (pág. 104); o «El 17 de diciembre es un día muy importante para los religiosos cubanos» (pág. 177).

Al percatarme de esto que comento, me venían a la cabeza las novelas de Pedro Juan Gutiérrez: su personaje Pedro Juan recorre una Habana derruida buscándose la vida, y nunca habla de política (salvo en Fabián y el caos, la novela que ha escrito viviendo ya fuera de Cuba, y en la que es explícitamente más crítico con el régimen cubano). Sólo describe lo que ve, lo más inmediato, pero el lector percibe toda la decadencia moral de la ciudad. Quizás la mirada de Gutiérrez, a pesar de sus aparentes limitaciones (partiendo de lo mínimo, lo concreto), me ha parecido más contundente que la de Guerra (que parte de lo general y desde ahí se acerca a lo concreto). Pero la mirada de Wendy Guerra sobre la realidad cubana (la liberación del entorno mediante el sexo y la escritura está tan presente en su novela como en las de Pedro Juan Gutiérrez) me ha gustado también, me ha descrito una realidad kafkiana (la palabra «pesadilla» se repite mucho), una búsqueda de la identidad (serán varias las crisis de identidad de Cleo durante la novela), con mucho lirismo (Guerra también ha publicado libros de poemas). Algunas de las páginas de Domingo de Revolución se podrían leer como poemas.

Además de Pedro Juan Gutiérrez, al leer Domingo de Revolución también he pensado en el ensayo La fiesta vigilada del también cubano Antonio José Ponte; de hecho, me ha parecido encontrar un guiño a este libro en la página 73: «Hago café mientras escucho, a todo volumen, la banda sonora de La fiesta vigilada». En la página 42, Guerra escribe: «Estamos en la prehistoria de los géneros, y fusionarlos me causa mucho placer».

Quizás la trama de Domingo de Revolución –aun existiendo– no está demasiado ajustada, pero la kafkiana ambientación propuesta, el miedo a ser observada o delatada, unido a su estilo a ratos lírico y a ratos ensayístico, han conseguido atraparme lo suficiente como para sacar hoy mismo de la biblioteca Todos se van, la primera novela de Wendy Guerra. Esta noche empezaré a leerla.


domingo, 1 de noviembre de 2015

Fabián y el caos, por Pedro Juan Gutiérrez

Editorial Anagrama. 235 páginas. 1ª edición de 2015.

Conocí a Pedro Juan Gutierrez (Matanzas, Cuba, 1950) gracias a una reseña de Babelia firmada por mi admirado crítico Miguel García-Posada. Descubrí mucha literatura moderna en la década de 1990 gracias a sus reseñas, me fiaba mucho de él y nuestros gustos solían coincidir. Tras el verano de 1999 yo había acabado mi licenciatura de Administración y Dirección de Empresas y estaba pensando irme una temporada a Londres, un plan que al final, y por diversas circunstancias, abandoné. Recuerdo que cuando tomé la decisión de quedarme en Madrid y buscar con intensidad trabajo, también, como afirmación de un destino (o algo similar), compré dos libros de relatos de Anagrama: Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño y Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Ambos libros se encuentras entre mis favoritos de colecciones de relatos. A Bolaño ya lo había leído y por tanto la sorpresa de su lectura fue menor que la que supuso la Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan; un volumen formado por tres colecciones de cuentos que su autor había tratado de publicar en Cuba sin éxito. Creo que a través de algunos autores españoles consiguió hacer llegar sus libros a Anagrama y Trilogía sucia de La Habana se convirtió en un gran éxito traducido a muchos idiomas (me parece que ya va por los veinte). Roberto Bolaño y Pedro Juan Gutiérrez se convirtieron desde ese año 1999 en mis dos autores de cabecera de Anagrama, los dos autores de los que iba a comprar sus libros según aparecían. De hecho, tengo casi todas las primeras ediciones de sus obras. Quizás Bolaño me ha parecido siempre más versátil que Pedro Juan, pero, a pesar de que Pedro Juan ha conseguido crear un tipo de escritura que puede resultar repetitiva, su forma de narrar era tan potente que siempre era un placer volver a reencontrarse con él.

En Trilogía sucia de La Habana Pedro Juan Gutierrez crea al personaje de Pedro Juan, un alterego de sí mismo, pero más desesperado y furibundo que lo que debe ser el autor en la realidad. Pedro Juan es un tipo que fue periodista en el pasado, pero debido a su individualismo cayó en desgracia (esto nunca se aclara del todo) y se dedica en el presente narrativo del libro a sobrevivir en La Habana, en la dura época de los balseros de los años 90. Trilogía sucia de La Habana se puede leer como una novela formada por pequeñas aventuras de Pedro Juan. Cada cuento refleja una salida de su casa, una tarde de reflexión en su azotea o un encuentro sexual (el sexo, el alcohol y la escritura furiosa son sus válvulas de escape). En realidad estos cuentos entroncan con la tradición picaresca, salvo que la sensación de desesperación supera al uso del humor. Pedro Juan se busca la vida en una Habana caótica, en plena descomposición. Nunca se habla de Fidel Castro ni del poder, pero su crítica está latente en cada página, en cada imagen de edificio derruido o personas desgraciadas en la calle. Al fin y al cabo Gutiérrez (al escritor le llamaré Gutiérrez y al personaje Pedro Juan) pretendía publicar su libro en Cuba y seguir viviendo allí.

Después vendrían Animal tropical (con un impagable Pedro Juan en Suecia), El Rey de La Habana (sin Pedro Juan, con el personaje de un joven analfabeto, un joven salvaje de ciudad, que me gustó menos), el libro de relatos El insaciable hombre araña (que sigue en la línea de la Trilogía) y Carne de perro (unos relatos más sosegados; aunque no se comente en los textos, Gutiérrez ha tenido éxito con sus libros y su personaje se ha sosegado, ya no tiene que salir a la calle a buscarse la vida, y puede ir tranquilamente a la playa o quedarse en casa pintando un cuadro; aumenta aquí la melancolía, pero baja la rabia vital, fuente de la narrativa de Gutiérrez); la novela Nuestro G. G. en La Habana (una curiosa intriga en torno al escritor Graham Greene) y El nido de la serpiente (con un Pedro Juan más joven). Esta última novela fue publicada en 2006. Gutiérrez publicó en Anagrama siete libros en siete años y de repente desapareció. Sé que ha publicado algún libro más en otras editoriales, pero que no he leído debido a mi demencial pasión por Anagrama.
Gutiérrez tiene una página web en la que anuncia sus libros y ahí yo he leído que había escrito alguna novela más que se encontraba libre de derechos de autor. También escribe poesía, que no ha sido publicada en España. En alguna ocasión me pareció que sería una buena idea que esa poesía se viese publicada; incluso me pareció una buena idea comercial, repetir el fenómeno de la poesía de Charles Bukowski o de Raymond Carver, autores con un gran número de lectores en prosa que se consiguen traspasar a su obra en poesía. Se lo comenté a mis editores canarios de Baile del Sol, y dio la casualidad de que les resultó fácil contactar con Gutiérrez ya que desde hace unos años vive en Tenerife, pero no pudieron ponerse de acuerdo: Gutiérrez pedía un adelanto por su obra poética que la editorial no podía permitirse. Una pena, me hubiera encantado haber intervenido de forma tan directa en la vida literaria de este país y poder haber promocionado así  parte de la obra de un escritor del que soy tan seguidor.

Ahora, después de nueve años, cuando estaba pensando en releer los libros que tanto me gustaron de él, Gutiérrez vuelve a publicar en Anagrama, y como en los viejos tiempos yo he comprado el libro según ha aparecido en las librerías. Ha sido un bonito reencuentro.

En Fabián y el caos vuelve a aparecer el personaje de Pedro Juan, pero el encuentro del lector con él no es tan directo como en otras de sus obras. De hecho, el comienzo de la novela me ha desconcertado un tanto. Fabián y el caos empieza en tercera persona acercándose a la figura de Fabián, pero para llegar a él nos contará la historia de sus padres, que emigraron desde España a Cuba. La prosa de Gutiérrez parece haberse vuelto más comedida, menos desmelenada que de costrumbre. De hecho, el estilo indirecto libre de la tercera persona, cuando habla de los padres de Fabián (un catalán y una madrileña que se conocen en Madrid), se olvida de los cubanismos y usa términos castizos; por ejemplo: “Iba por la vida dándoselas de chulita” (pág. 13), “Haber consumado el matrimonio como Dios manda” (pág. 17), “Se iban a joder” (pág. 39).
Los padres de Fabián emigran a Cuba. La madre toca el piano en una guardería y el padre trabaja en la tienda de un tío que emigró una generación antes que él. El padre sueña con el éxito económico y ahorra cada peso. No podrá imaginar que en 1959 va a perder todo su dinero gracias a la revolución.
A pesar del lenguaje más comedido de esta primera parte del libro, Gutiérrez vuelve como otras veces a hablar sin tapujos de sexo, pero lo que más me llama la atención es que ahora habla sin tapujos de política. La primera parte, la de la historia de la emigración de los padres de Fabián, acaba en 1959. Este es su último párrafo: “En ese momento todos los cubanos, seis millones de personas, quedaron igualados por lo bajo. Como un golpe de kárate. Magistral. En un instante dejaron de existir la clase alta, la media y la baja. Mandrake el Mago, con un solo pase de sus manos, hizo un truco perfecto delante de los ojos de todos, y nadie vio la trampa. Ahora todos eran pobres de verdad. En todos los sentidos. No sólo económicamente. Era un golpe genial, algo perfecto. Pero era sólo el comienzo. Lo mejor vendría después.” (pág. 51)

En la segunda parte la voz narrativa es la de Pedro Juan. Recuperamos aquí toda su desesperación y su fraseo cubano. Este estilo narrativo es más potente que el anterior (aunque el anterior llevaba muy bien al lector, que siempre quería saber más sobre lo que iba a pasar). Estamos ante un Pedro Juan joven que nos va a contar su vida en el instituto, centrándose en su relación con el apocado Fabián, aprendiz de pianista. Algunas de las historias que se cuentan ya son conocidas por el lector de Gutiérrez, como la dedicación de Pedro Juan al negocio de los helados.

La estructura del libro es la siguiente: partes 1, 3 y 5 contadas en tercera persona (la primera con casticismos, porque se centra en los padres españoles de Fabián, y las dos siguientes con más sabor cubano, porque el estilo indirecto libre se acerca más a los pensamientos de Fabián, nacido en Matanzas). Las partes 2 y 4 están narradas por Pedro Juan y se centran en sus encuentros con Fabián, el verdadero protagonista de este libro, que como leí en una entrevista está basado en una persona real que Gutiérrez conoció en su juventud.
La crítica al gobierno cubano ya he comentado que se vuelve aquí manifiesta, pero además se centra en un tema concreto: la crítica a la persecución de los homosexuales. Fabián trata de vivir aislado del exterior soñando con convertirse en un gran pianista, además es homosexual. Casi acaba en una cárcel de reeducación cuando es pillado en la playa con otro chico. Así habla uno de los policías cuando son llevados a comisaría: “¿Son los maricones que cogieron en la playa? Si yo fuera el juez les meto veinte años por lo menos. Uhhh, como no. Veinte años. En Agüita, trabajando al sol, pa que se hagan hombres. O se hacen hombres o se mueren.” (pág. 141)
Fabián acabará sufriendo seriamente la persecución por ser homosexual, y aunque en algunos casos se comporta como un ser desagradable y despótico con sus padres, su historia es terrible y uno acaba el libro sobrecogido.


Si alguien no ha leído nunca a Pedro Juan Gutiérrez le recomiendo que empiece por Trilogía sucia de La Habana, un libro que me impactó muchísimo en su momento, que desde hace más de quince años viaja conmigo, en mi imaginario de lector, y que he de releer. Si alguien es lector habitual de Gutiérrez Fabián y el caso le gustará. Fabián, como personaje, es una creación potente. Pedro Juan Gutiérrez ha vuelto a Anagrama y, como ya he apuntado antes me ha encantado este reencuentro.

domingo, 2 de febrero de 2014

La Habana para un infante difunto, por Guillermo Cabrera Infante

Editorial Seix Barral. 509 páginas. 1ª edición de 1979, esta de 2005.

En febrero de 1996, tras acabar los exámenes universitarios del primer parcial, compré en La Casa del Libro de Gran Vía Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante (1929, Gibara, provincia de Oriente, Cuba-2005, Londres). Por entonces estaba inmerso en mi gran época lectora de los autores del boom hispanoamericano, y Tres tristes tigres me parecía uno de los libros míticos que había que leer. La verdad es que me llevé una decepción. La novela no proponía una trama envolvente ni nada por el estilo, recuerdo escenas inconexas de juerga en La Habana, con profusión de juegos de palabras; unas páginas que no consiguieron engancharme, pese a que, como siempre, acabé el libro.

Bastante tiempo después me comentaron que La Habana para un infante difunto era un libro menos experimental, sobre un escritor en busca de sí mismo, que es un tema que siempre me ha gustado. Decidí leerlo durante las vacaciones de las pasadas navidades, porque empecé a sentir el deseo de leer libros que me hablaran de La Habana, como en otros momentos he sentido el deseo de leer libros que hablaran de Buenos Aires. Lo saqué de la biblioteca Eugenio Trías, abierta en 2013, que queda dentro del parque de El Retiro y bastante cerca de mi casa. Aunque he estado trabajando bastantes días en sus mesas (sobre todo durante el último verano), nunca había sacado un libro (precisamente libros no es lo que me falta). Así que estreno la biblioteca Eugenio Trías con este libro de Cabrera Infante.

La Habana para un infante difunto recrea los recuerdos de niñez y adolescencia de un narrador siempre innominado, pero que es fácil identificar con Cabrera Infante ya desde el guiño del título. Más de un elemento de la biografía del narrador coindice con la del autor; incluso alguna descripción física, por ejemplo, al contarnos que le apodaban “el chino” por la forma de sus ojos, aunque, que el supiera, no corría sangre oriental por sus venas. Así que voy a hablar de este libro como si tratase de unas memorias de Cabrera Infante, o al menos así lo he leído yo. El tiempo narrativo abarca dos décadas: concretamente desde 1941, año en que la familia del narrador se instala en La Habana, tras emigrar de un pueblo cubano de la provincia de Oriente (de nuevo, coindicen autor y personaje); hasta 1959, cuando Fidel Castro llega al poder. Aunque este punto final del libro no se cita expresamente, como ocurría con el de partida, el lector siempre lo siente como una barrera natural. De hecho, el narrador evita en casi todo momento hacer comentarios políticos, y sólo he encontrado una referencia directa a Fidel Castro; está en la página 222: “Franqui y yo y varios más dejamos lo que había sido casi una hermandad prefidelista, convertida ahora en una organización pantalla comunista”. Podemos encontrarnos con algún comentario más en el que veladamente se alude a cómo cambió esta o aquella persona después de 1959, pero la intencionalidad del libro no es política; o no lo es si consideramos que no lo es que un escritor exiliado en Londres, que nos mira desde la solapa de libro, emergiendo de algún momento de los años 70, está haciendo latir sobre el papel sus vivencias de la ciudad a la que ya no puede volver: no existe ya La Habana de los años 40 y 50, igual que no existe su niñez y su juventud, pero aquí están sus recuerdos para atestiguarlo todo. Yo no puedo volver allí, parece decirnos, igual que nadie puede quitarme los recuerdos de lo que allí viví. Díganme si esto no es un libro político.

En la primera y segunda página de la novela, el narrador sube una escalera en La Habana, recién llegado del pueblo: “No sólo era mi acceso a esa institución de La Habana pobre, el solar (...), sino que supe que había comenzado lo que sería para mí una educación” (pág. 12).

En la página 14 se nos dan a conocer las intenciones narrativas del libro: “Pero no es de la vida negativa que quiero escribir (aunque introducirá su metafísica en mi felicidad más de una vez), sino de la poca vida positiva que contuvieron esos años de mi adolescencia, comenzada con el ascenso de una escalera de mármol impoluto, de arquitectura en voluta y baranda barroca”. Como vamos a comprobar, no sólo la escalera de mármol era de arquitectura en voluta y baranda barroca, también lo va a ser el estilo narrativo. Un estilo que siempre juega con el lenguaje, que recrea palabras que el adolescente descubre en La Habana y que no existían en el pueblo del que viene, como si el comienzo de su educación en la capital empezara con la adquisición de un nuevo lenguaje para describir una nueva realidad. El lenguaje en muchos casos es creado por el autor cambiando una letra, o unas pocas letras, de una palabra para significar otra cosa por asociación, o se usan palabras que suenan de forma parecida. Entre los juegos de palabras he señalado, por ejemplo, estos: “Camarada sin cama” (pág. 23); “columnas, más toscas que toscanas” (pág. 27); mi pene y yo –socio sucio–” (pág. 47). Las aliteraciones también son frecuentes (“le dio un vuelvo veraz a su voz”, por ejemplo), y las paradojas: “No sé cómo mi timidez se atrevía a tanto: creo que de no haber sido tan tímido no habría sido así de atrevido” (pág. 180).

Además de la exuberancia del lenguaje recordado o inventado, es destacable también el sentido del humor. Más de una vez me he encontrado riendo ante un juego de palabras; y en este sentido el libro es profundamente literario, ya que no nos reímos de las situaciones propuestas, de las interacciones cómicas entre los personajes (aunque esto también abunda en la novela), de lo que podría ser con facilidad transferible a una pantalla de cine, sino de la forma en la que la escena está creada, de la forma de expresarlo, de lo que sólo pueden crear las palabras como arte independiente del cine. En este sentido, en lo irónico y en lo ingenioso de la frase, podríamos hablar de la de Cabrera Infante como de una literatura cervantina. Y esto no deja de ser curioso si conocemos las pasión del autor por el cine: serán muchos los cines que visite el narrador en estas páginas, y su primer trabajo estable será (igual que ocurrió con el autor) el de crítico de cine en una revista. “Mi amor fugaz por las mujeres se alió a mi pasión eterna, el cine” (pág. 126).

La Habana para un infante difunto recorre durante dos décadas el aprendizaje sexual o amoroso del narrador; más o menos desde que tiene doce años hasta que alcanza los treinta. Los capítulos son de muy variada extensión: desde dos páginas hasta más de cien; y existen dos premisas lógicas bajo las que están construidos: o bien se narra todo lo que sucedió (relacionado con el amor y el sexo) en un lugar (o lugares); o bien se narra todo el tiempo que dura una relación con una mujer en concreto.

Creo que el capítulo inicial, titulado La casa de las transfiguraciones, es el más largo del libro; en él la familia del narrador se instala en un solar de La Habana, al que él empezará a llamar “falansterio”. En este edificio de pobres se comparte el baño y casi la vida con los vecinos, puesto que en muchos casos sólo una tela hace de puerta. El narrador nos hará un recorrido por su falansterio al albor de haber tocado un pecho aquí, haber visto unas nalgas allá... Algo parecido ocurrirá más avanzado el libro, cuando ya el protagonista alcance la adolescencia, y sea en la oscuridad de los cines donde pretenda conocer (en sentido bíblico) mujeres, mediante la técnica de sentarse cerca y rozar.
Me gustan más, en todo caso, los otros capítulos señalados, aquellos en los que la presencia de una mujer toma la suficiente importancia en la narración como para que el autor nos hable de su relación con ella durante, por ejemplo, cincuenta páginas. La Habana para un infante difunto gana en estos pasajes, porque las memorias de este Don Juanito de La Habana (como se hace llamar con comicidad el narrador a sí mismo, burlándose de su enclenque presencia física) fluyen mejor en el tiempo; y los otros capítulos, como el primero, donde se hablaba de todas las chicas y mujeres del solar, por ejemplo, se hacían algo pesados porque las situaciones se volvían más reiterativas, y al leerlas pensaba que me habría gustado que estas memorias tuviesen una temática más amplia: me habría gustado que la educación recordada fuese más integral, que incluyera una descripción del colegio, de la familia... y no haberse quedado en una mera descripción de momentos más o menos eróticos, que son simpáticos, sin duda, pero que acaban, en algún momento, por hacerse repetitivos.


La Habana para un infante difunto me ha gustado bastante más que Tres tristes tigres (aunque es posible que este sea un libro que debería releer); y pese a que a veces, como ya he comentado, la narración tenía el defecto de hacerse un poco reiterativa en aquellos capítulos que evocaban lugares; y que yo habría deseado leer unas memorias sobre los años 40 y 50 en La Habana que no sólo hablasen de relaciones sexuales o amorosas, también he de decir que en más de una de estas páginas me he emocionado al enfrentarme con los recuerdos de mi propia historia sexual o amorosa, y que si bien no todas las páginas avanzan con la fluidez deseada (en todo caso, debo apuntar que hay aquí capítulos que podrían ser novelas cortas en sí mismas con un ritmo admirable), no se puede negar que el ingenio de Cabrera Infante a la hora de usar (o crear) el lenguaje hace que cada página de este libro contenga más de un hallazgo que celebrar.