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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Kanada, por Juan Gömez Bárcena

Kanada, de Juan Gómez Barcena.
Editorial Sexto Piso. 193 páginas. 1ª edición de 2017

De Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) leí en 2014 su primera novela, la celebrada El cielo de Lima. De este libro hice una reseña en mi blog. En marzo de 2017 acudí a la presentación de Kanada en la librería Tipos Infames de Madrid. Mantengo una relación cordial con Juan. Él es quien dirige la revista Eñe Digital y, por tanto, es la persona a la que envío cada semana mis reseñas para que se publiquen allí. Conocía la existencia y el argumento de Kanada antes de que estuviera publicada y de que Juan la hubiera acabado de escribir.

Si en El cielo de Lima Gómez Bárcena sitúa la acción de su novela en el Perú de principios del siglo XX, en Kanada lo hace en la Hungría posterior a la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo que en alguna presentación de libros alguien comentó que Gómez Barcena era uno de los mejores escritores de su generación y que además era el que menos de él mismo dejaba en sus textos. No recuerdo quién lo dijo, pero es posible que tuviera razón. Además de ser licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y Filosofía, Gómez Bárcena ha estudiado Historia, tema por el que siente una gran pasión. En 2011 pasó una temporada en Hungría, y gracias a su estancia en Budapest surgió la idea de escribir este libro.

Kanada comienza con las siguientes palabras: «Tu casa sigue en pie. Tenías la esperanza de que se hubiera venido abajo.» Kanada habla del holocausto nazi desde un punto de vista particular: el del regreso de los supervivientes de los campos de exterminio.
Considero que la escritura testimonial más importante sobre los campos nazis es la de Primo Levi. Su famosa Trilogía de Auschwitz está compuesta por Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados. El primer libro habla del año que Levi pasó en Auschwitz; el segundo del tiempo que transcurre entre la liberación del campo por los rusos y el regreso a su casa en Italia, donde ya nadie le esperaba; y el tercero es un ensayo, escrito bastantes años después que los otros dos libros, en el que Levi hace una reflexión final sobre sus experiencias. Quiero llamar la atención sobre los siguiente: la parte novelada de la Trilogía –los dos primeros libros– finaliza justo donde comienza la novela de Gómez Bárcena. Aquél –el del regreso a casa– fue un momento complicado para Primo Levi, igual que para cualquiera de los supervivientes a la experiencia terrible de los campos de exterminio. ¿Qué hacer después de Auschwitz? ¿Se puede retomar la vida cotidiana después de vivir una experiencia así? Sobre este tema trata Kanada.

En Kanada un hombre regresa de la guerra a su casa. Allí se encuentra con un vecino, que en la narración (de fuerte aire simbólico) recibirá el nombre de «el Vecino». El lector se acerca al texto sabiendo que trata sobre la vuelta de un judío a su casa de Budapest después de pasar por los campos de exterminio nazis, pero creo que sería una experiencia extraña leerlo sin haber estado en la presentación, sin acercarse a la contraportada (ni, claro, haber escuchado al propio autor hablar de su libro), porque si me he fijado bien, en Kanada no aparece la palabra «judío», «nazi» o términos como «Segunda Guerra Mundial». De forma muy tangencial, el lector comprenderá que la ciudad en la que transcurre la historia es Budapest (el nombre de algunas calles, el Danubio…). Todo esto hace que la narración tenga (al menos en su primera mitad) un aire onírico y simbólico, un aire de irrealidad que acerca la novela a un texto de Kafka. Serán estás primeras páginas sobre la imposibilidad de alcanzar objetivos en apariencia muy sencillos, bien sea entrar en un castillo (como ocurre en la novela de Kafka) o salir de una habitación (como ocurre en Kanada).
Un hombre regresa de la guerra a su casa y se encierra en su antiguo despacho. Hasta allí se acercará el Vecino o su mujer («la Esposa» en la narración) para llevarle comida o retirar un cubo con sus excrementos, pero él no querrá salir nunca del cuarto en el que se ha instalado. A veces se asoma a la ventana y contempla la calle, sin que parezca que comprende qué ocurre en ella.
El Vecino insta al innominado protagonista de Kanada a «empezar de cero», pero en la página 19 leemos: «Sientes la tentación de responderle que nada puede comenzar otra vez, que si hay algo que has aprendido es que nada termina nunca.»
Para el protagonista de Kanada el tiempo ha perdido su consistencia habitual, ya no fluye en línea recta, sino que pasado y futuro pueden confundirse, confluir o avanzar en sentido inverso al habitual. Ésta es una idea que acabará siendo importante en la construcción de la novela.

El lector acabará descubriendo que el protagonista de Kanada –al que se dirige el narrador del libro usando la segunda persona– trabajaba como profesor de Astrofísica en la universidad antes de la guerra. En su cuarto tiene un telescopio estropeado que se irá recubriendo de carga simbólica, mientras va deshaciéndose de sus libros o de las plumas de su colchón en la chimenea que arde en la estancia. De nuevo, será cuestionada la naturaleza del tiempo o la realidad.

Algunos acontecimientos externos irán marcando, sin embargo, el tiempo de la novela. Sobre todo lo hará el movimiento revolucionario contra la URSS que tuvo lugar en Hungría en octubre de 1956 (no aparece este año en el texto). Desde la vuelta a casa del protagonista (presumiblemente en 1945 o 1946 y la revolución de 1956) han transcurrido unos diez años en los que el Vecino y la Esposa se han ocupado de él, y a cambio han sacado rendimiento económico a su casa, al convertirla primero en una casa de huéspedes y luego en una imprenta clandestina. Estos últimos hechos le causan una profunda indiferencia al protagonista.

En la segunda parte de la novela, los recuerdos sobre el campo de concentración se hacen más reales para el profesor y el lector podrá acercarse a algunos de los rincones más oscuros de su mente torturada.

Durante una temporada me interesó bastante leer los libros testimoniales que escribieron los supervivientes de la Alemania nazi. Leí bastante sobre el tema, y lo cierto es que tengo sentimientos encontrados hacia los escritores que hablan de aquello sin haberlo vivido. ¿Qué legitimidad tiene un autor nacido en la España de 1984 para hablar de lo que siente un superviviente judío del Holocausto? ¿Por qué leer un libro como Kanada sin haberse leído todos los libros testimoniales que escribieron las verdaderas víctimas? Quizás estas preguntas nos llevan a interrogantes más amplios: ¿existen temas sobre los que un escritor no deba escribir? Considero que no, que un escritor debe escribir sobre aquellos temas que considere oportunos, pero que si decide tocar un tema tan delicado con el elegido aquí debe hacerlo con sumo respeto hacia la verdad histórica de la que se ocupa. Gómez Bárcena se documentó en profundidad durante su estancia en Hungría sobre los temas que plantea en su novela y se acerca a ellos con respeto y sin énfasis excesivos. De hecho, hay reflexiones sobre la culpa o, por ejemplo, sobre las obras que provienen del terror (las pirámides de sacrificios mexicanas o las pirámides de pelo, cuerpos… de los nazis) muy certeras.


Si en El cielo de Lima, Gómez Bárcena hacía uso de un tono humorístico para narrar su historia, cualquier vestigio de humor ha desaparecido de Kanada, que es una novela intensa y sobria, sin ningún exceso verbal, pero muy trabajada en su precisión terminológica. Si el tono inicial de Kanada es kafkiano, como ya he apuntado, hacia la mitad prima la reflexión y el tiempo narrativo parece detenerse, para acelerarse (hacia delante o hacia atrás) en el último tercio, cuando los recuerdos del campo y el presente histórico de 1956 se entremezclan. Juan Gómez Bárcena se ha acercado, en su segunda novela, a un material narrativo muy sensible, que ha sabido manejar con elegancia y precisión. Kanada es una buena y madura novela.

domingo, 22 de junio de 2014

El cielo de Lima, por Juan Gómez Bárcena

Editorial Salto de página. 317 páginas. 1ª edición de 2014.

Leí alguna reseña del primer libro de relatos de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), Los que duermen (Salto de página, 2012); y, por tanto, ya conocía el nombre y el incipiente prestigio de este autor cuando Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, me ofreció el envío de esta novela, convencido de que me iba a gustar.

La novela El cielo de Lima está basada en la siguiente anécdota real: estamos en 1904 y, en la ciudad de Lima, dos jovencitos burgueses, José Gálvez y Carlos Rodríguez, juegan a ser poetas bohemios. Admiran mucho a Juan Ramón Jiménez, y deciden escribirle una carta para pedirle su último libro autografiado. Piensan que tendrán más éxito en su empeño si fingen ser una jovencita melancólica en vez de ellos mismos. Así crean a Georgina Hübner, personaje que irá intercambiando con Juan Ramón una correspondencia cada vez más íntima. El final de este “romance” hizo a Juan Ramón Jiménez escribir el largo poema Georgina Hübner, en el cielo de Lima. Si alguien tiene curiosidad por el poema lo colgué hace unas semanas aquí (se encuentra pinchando la etiqueta del blog correspondiente a Juan Ramón Jiménez; como dicen en los blog de cines: “cuidado, tiene spoilers”).

Conocía esta anécdota porque en diciembre de 2011 leí el libro de cuentos Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez. Uno de los relatos de este libro se titulaba precisamente Georgina Hübner, en el cielo de Lima; y recreaba la misma anécdota que utiliza Gómez Bárcena para su novela, pero en 32 páginas en vez de en 317. Lógicamente la intención de los autores al recrear este episodio de la vida de Juan Ramón Jiménez era diferente y el resultado no se puede medir ni por el número de página ni por la capacidad de condensación.

Desconozco hasta que punto existen documentos sobre este episodio, pero ahora que estoy con la novela de Gómez Bárcena fresca en la memoria he hojeado el cuento de Gutiérrez y encuentro algunas diferencias: Según Gutiérrez, el nombre completo de Carlos Rodríguez es Carlos Rodríguez Hübner; y Georgina es una prima suya a la que él recrea de forma idealizada en las cartas que le dirige a Juan Ramón. En la novela de Gómez Bárcena, Georgina Hübner es una mera creación intelectual, y la prima de Gutiérrez no existe.

Lógicamente, partiendo de la pequeña anécdota señalada un escritor no tiene ninguna obligación de intentar recrear el acontecimiento real. La anécdota sirve en cualquier caso como punto de partida para levantar ante el lector un mundo ficcional. Pero en cierto modo, la lectura previa del cuento de Gutiérrez ha condicionado parte de mi lectura de la novela de Gómez Bárcena, y además esto ha ocurrido, de forma inverosímil, gracias a un recuerdo falso: yo pensaba haber leído en el cuento de Gutiérrez que Juan Ramón viajó a Lima y los dos aprendices de poetas bohemios le engañaron al presentarle a la prima como a la verdadera Georgina que escribía las cartas que el poeta había leído. Esto no está en el cuento de Gutiérrez, esto estaba en mi cabeza. Y yo, alentado por este recuerdo falso, esperaba al leer la novela de Gómez Bárcena la llegada de Juan Ramón a Lima y me extrañaba que ese encuentro (yo esperaba aquí una novela de enredo) demoraba en producirse. No sé si estoy revelando demasiado de la trama, pero, en cualquier caso, si alguien lee el poema señalado de Juan Ramón ya deducirá que el poeta no llegó a conocer a ninguna Georgina de carne y hueso.

Creo que me estoy desviando del comentario real de la novela, de lo que sí está en las páginas de El cielo de Lima. Esta novela, escrita con un humorismo tierno, me ha recordado bastante en el tono compositivo a Fabulosas narraciones por historias de Antonio Orejudo. En ambos libros –Fabulosas narraciones por historia y El cielo de Lima- aparece Juan Ramón Jiménez y se recrea una época desde la mirada desprejuiciada del presente. El tono burlesco e irónico hacia los aprendices de poetas y escritores es común a ambas. El lenguaje con el que se expresan los personajes, igual que en la novela de Orejudo podía ser el de los jóvenes madrileños de los años 80 del siglo XX, el de los protagonistas de El cielo de Lima no juega a recrear el posible lenguaje de unos peruanos de principios del siglo XX, sino que José y Carlos se expresan prácticamente como jóvenes del siglo XXI, y no necesariamente con modismos peruanos. “A mí no me la da…”, dice, por ejemplo, uno de estos jóvenes en la página 287. En la página 76 el narrador omnisciente habla de “una mañana de novillos”; expresión puramente española y actual. De hecho, aunque se nota que Gómez Bárcena se ha documentado para escribir esta novela (salarios de la época, huelgas de trabajadores, estudio de algunos usos y costumbres…) también plantea un juego con sus lectores del siglo XXI: hay bromas en el texto que directamente apelan al presente: “Ya no quedan hombres como los de antes, dice don Augusto con frecuencia, los de hoy son de otra pasta, con veinte todavía parecen niños que quieren seguir jugando. Llegará el día en que con treinta no tengan ni mujer, ni hijos, ni trabajo, ni casa, ni ganas de tener ninguna de las cuatro cosas.” (pág. 145). Estaba pensando (y haciendo anotaciones que lo probasen) que para escribir El cielo de Lima, Gómez Bárcena había estudiado los juegos literarios que despliega Antonio Orejudo en Fabulosas narraciones por historia y el propio autor deja una clara pista en su texto que actúa como un nuevo guiño de complicidad con el lector y como un homenaje a su maestro: “Tomando chocolate caliente y bizcochuelos, haciendo reverencias y escuchando recitales de piano, hablando del tiempo o de las ventajas de viajar en tren con damitas remilgadas que algún día podrían ser sus esposas.” (pág. 77). Las negritas son mías, y con ellas señalo que obviamente no es una casualidad que cinco palabras de una frase del libro de Gómez Bárcena se unan para ser el título de un libro de Antonio Orejudo.

Ya he comentado que el acercamiento inicial del narrador a los protagonistas de la novela, José Gálvez y Carlos Rodríguez, es bastante burlesco; y esto es así desde la segunda página de la novela: “Son sólo dos señoritos jugando a ser pobres en una buhardilla de Lima.” Pero según avanzan las páginas del libro, el narrador se muestra más compasivo con ellos, sobre todo con Carlos, hijo de un nuevo rico déspota y cargado de completos; entre ellos, el de ser de origen indio frente a personas como el amigo de su hijo, José, un rico en decadencia, que es descendiente de próceres peruanos. Para Carlos, cuya caligrafía femenina hace que las cartas de Georgina sean creíbles, el personaje creado, Georgina Hübner, cada vez es más real, funcionando para él como un ideal inalcanzable; y este juego del libro me ha parecido inteligente: Georgina no es tan sólo una musa inalcanzable para el poeta Juan Ramón Jiménez, quien recibe sus cartas pero nunca una foto, sino que empieza a ser también una musa inalcanzable para su creador, Carlos Rodríguez.
El cielo de Lima está escrito en capítulos cortos que se leen con mucha rapidez; su sentido del ritmo es muy alto. La novela mantiene siempre un tono simpático, muy juguetón, y, después del retrato burlesco y algo sangrante de los personajes, gana en emoción al centrase en un cada vez más humanizado y trágico Carlos Rodríguez.

Juan Gómez Bárcena ha publicado esta primera novela, repleta de encanto, en el año que cumple los treinta; un escritor joven del que podemos esperar mucho.