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viernes, 31 de agosto de 2018

Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, por John M. Keynes


Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John M. Keynes
Editorial Fondo de Cultura Económica. 413 páginas. 1ª edición de 1936, ésta es de 2012.
Traducción de Eduardo Hornedo, revisado por Roberto Reyes Mazzoni

Hacía tiempo que no me acercaba a ninguno de los libros clásicos de la historia del pensamiento económico, como me propuse hace años. Estaba claro que si quería seguir con esto debía leer Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, el libro que John Maynard Keynes (Cambridge, 1883 – Sussex, 1946) publicó en 1936 y que posiblemente sea el libro de economía más famoso e influyente del siglo XX.

El libro lo compré en marzo de 2014 en la FNAC de Nuevos Ministerios, un FNAC que ya ni siquiera existe. No fue caro, teniendo en cuenta que es un libro importado de México. En España no existe, ahora mismo, una edición de la Teoría general diferente a ésta del Fondo de Cultura Económico. Como ya comenté cuando hablé de Principios de economía política y tributación de David Ricardo, libro que no se puede encontrar ahora mismo en España, parece que hay mucho interés por parte de los economistas o de los profesores de economía hacia los libros clásicos de esta disciplina.

Lo cierto es que no ha sido una lectura fácil. La Teoría general es un libro muy teórico con pocos ejemplos del mundo real. El propio Keynes comenta, en sus primeras páginas, que escribe para economistas («Dirijo este libro especialmente a mis colegas economistas, aunque espero sea comprensible para quienes no lo son», página 17), aunque le gustaría que sus palabras pudieran ser leídas para el público en general. Este público general debería conocer, si quiere acercarse al libro, conceptos como «Productividad marginal», «Ingreso marginal» o «Elasticidad-precio de la demanda».

En la introducción Keynes dice que él fue educado según los principios económicos de la escuela clásica, y que esas mismas ideas él la ha enseñado como profesor, pero que ahora, con su Teoría general, duda de esas ideas y plantea unas nuevas. «Las ideas aquí desarrolladas tan laboriosamente son en extremo sencillas y deberías ser obvias. La dificultad reside no en las ideas nuevas, sino en rehuir las viejas que entran rondando hasta el último pliegue del entendimiento de quienes se han educado en ellas, como la mayoría de nosotros.» (pág. 19)


LIBRO I

CAPÍTULO 1: «Sostendré que los postulados de la teoría clásica sólo son aplicables a un caso especial, y no en general, porque las condiciones que supone son un caso extremo de todas las posiciones posibles de equilibrio».
Según Landreth y Colander, los autores del libro Historia del pensamiento económico: «Posiblemente no haya ningún libro de teoría económica que contenga un primer capítulo más impertinente que The General Theory de Keynes». Estos economistas hablan un poco de la legendaria falta de modestia de Keynes.

CAPÍTULO 2: Aquí se desmontan algunos supuestos de la teoría clásica sobre la plena ocupación. La teoría clásica de la ocupación, según Keynes, descansa en dos postulados que no se han discutido:
1) El salario es igual al productor marginal del trabajo.
2) La utilidad del salario, cuando se usa determinado volumen de trabajo, es igual a la desutilización marginal de ese mismo volumen de ocupación.

Por “desutilidad” se entiende: «cualquier motivo que induzca a un hombre o a un grupo de hombres a abstenerse de trabajar antes que aceptar un salario que represente para ellos una utilidad inferior a cierto límite».

Según los clásicos, cuando un mercado funciona con libertad la única desocupación que se da en él sería la desocupación “friccional”, que sería la que se da mientras un individuo deja un trabajo para tomar otro, y la desocupación “voluntaria”, que resulta de la negativa de una unidad de trabajo para aceptar una remuneración correspondiente al valor del producto atribuible a su productividad marginal.

Los postulados clásicos no admiten la desocupación “involuntaria”. Según los clásicos (tomándolo del profesor Pigou) sólo hay cuatro posibilidades de aumentar la ocupación:
a) un mejoramiento de la organización que disminuya la desocupación “friccional”
b) una reducción de la desutilidad marginal del trabajo, para que baje la desocupación “voluntaria”.
c) un aumento de la productividad física del trabajo en las industrias que producen artículos para asalariados.
d) un aumento en el precio de los artículos para no-asalariados, relativamente al de los que sí lo son.

Según los clásicos, una reducción del nivel de salarios nominales conduciría a que parte de la mano de obra realmente ocupada se retire del mercado. Pero no se desprende de ello que una baja en el valor del salario nominal, medido en artículos para asalariados, produciría el mismo resultado si fuera debida a un alza en el precio de las mercancías respectivas.
«El aserto de que la falta de ocupación que caracteriza una depresión se debe a la negativa de los obreros a aceptar una rebaja en el salario nominal, no se apoya en hechos». «Los obreros no son –ni mucho menos– más obstinados en la depresión que en el auge».
La teoría clásica supone que los obreros tienen siempre la posibilidad de reducir su salario real, aceptando una rebaja del nominal. El supuesto de que el nivel general  de los salarios reales depende de los convenios entre empresarios y trabajadores sobre la base de salarios nominales, no es cierto.

Objeciones al postulado 2): Cuando los obreros sufren una bajada de sus salarios reales debida a un alza de los precios no se produce, por regla general, una disminución de la oferta de mano de obra disponible al nivel del salario corriente. «Suponer lo contrario equivale a admitir que todos aquellos que por el momento están sin ocupación, aunque deseosos de trabajar al salario corriente, retirarán su oferta de trabajo si el costo de la vida se eleva un poco.», según Keynes la escuela clásica admite, de forma tácita, este supuesto.

Aquí Keynes usa la ironía: «Los trabajadores son por instinto economistas más razonables que la escuela clásica en la medida en que se resisten a permitir reducciones de sus salarios nominales, que nunca o rara vez son de carácter general».

Keynes sí que cree en la existencia de la desocupación “involuntaria”: «Los hombres se encuentran involuntariamente sin empleo, cuando, en el caso de que se produzca una pequeña alza en el precio de los artículos para asalariados, en relación con el salario nominal, tanto la oferta agregada de mano de obra dispuesta a trabajar por el salario nominal corriente como la demanda agregada de la misma a dicho salario son mayores que el volumen de ocupación existente».

Según Keynes, la escuela clásica plantea simplemente una teoría de la distribución en condiciones de ocupación plena.

Keynes no está de acuerdo con la ley de Say (que Ricardo usaba en sus postulados como cierta). La ley de Say afirma que toda oferta crea su propia demanda, y por tanto, sí que considera que no puede darse el desempleo “involuntario”.

Los clásicos, siguiendo los postulados de la ley de Say creen que cualquier acto individual de abstención de consumir conduce necesariamente a que el trabajo y los bienes retirados así se inviertan en la producción de riqueza en forma de capital. Caen en una falacia al suponer que existe un eslabón que liga las decisiones de abstenerse del consumo presente con las que proveen al consumo futuro.


CAPÍTULO 3: El empleo de un volumen dado de mano de obra hace incurrir al empresario en dos clases de gastos: las cantidades que paga a los factores de la producción (costo de los factores), y las sumas que paga a otros empresarios por lo que les compra (costo de uso).
La teoría clásica supone que el precio de la demanda agregada siempre se ajusta por sí mismo al precio de la oferta agregada (ley de Say). Según Keynes, si esto fuese cierto la competencia entre los empresarios conduciría siempre a un aumento de la ocupación hasta el punto en que la oferta en conjunto cesara de ser elástica.

Según Keynes: cuando aumenta la ocupación plena aumenta también el ingreso agregado real de la comunidad. El consumo agregado crece, pero no tanto como el ingreso. Esto haría que los empresarios se resientan de una pérdida si el aumento total de la ocupación se destinara a satisfacer la mayor demanda de artículos de consumo inmediato.
El volumen de trabajo que los empresarios deciden emplear depende de la suma que se espera que gaste la comunidad en consumo y la que se espera que se dedicará a nuevas inversiones. El sistema puede llegar a un equilibrio a un nivel inferior a la ocupación completa.
La propensión a consumir y el coeficiente de inversión nueva determinan, entre ambos, el volumen de ocupación, y éste está ligado únicamente a un nivel determinado de salarios reales –no al revés–.
Cuando más rica sea una comunidad mayor tenderá a ser la distancia que separa su producción real de la potencial, y mayores serán los defectos del sistema económico. Una comunidad pobre consumirá la mayor parte de su producción, de tal modo que una inversión modesta será suficiente para lograr la ocupación completa. Una comunidad rica tendrá que descubrir nuevas oportunidades de inversión mucho más amplias para que la propensión a ahorrar de sus miembros más opulentos sea compatible con la ocupación de los pobres.

David Ricardo desdeñó en sus análisis la función de demanda agregada; sólo hablaba de la función de oferta. Malthus cuestionó esto, pero no supo dar una explicación clara, y Ricardo conquistó Inglaterra. A la teoría de Ricardo le dio autoridad el hecho de que podía explicar muchas injusticias sociales.

Keynes acaba su Libro 1 cuestionando las bondades del libre mercado de los clásicos: «predican que todo pasa del mejor modo en el más perfecto posible de los mundos, a condición de que dejemos las cosas en libertad», esto provoca que se mire a los economistas como a Cándidos.


LIBRO II

CAPÍTULO 4: La producción de mercancías y servicios realizada por la comunidad es un complejo no homogéneo, que no puede medirse.
Un aumento de la función de demanda agregada provocará otro en la producción agregada.
Para hablar de la teoría de la ocupación Keynes va a usar dos unidades fundamentales de cantidad: cantidad de valor en dinero y cantidades de ocupación.

Si no hay excedente de mano de obra especializada o calificada y el uso de la menos adaptable supone mayor costo de trabajo por unidad de producción, esto quiere decir que la proporción en que disminuya el rendimiento del equipo, a medida que aumente la ocupación, es más rápida de lo que sería si existiera tal excedente.

CAPÍTULO 5: Toda producción tiene, por fin último, la satisfacción de algún consumidor. Normalmente pasa un tiempo entre la producción y el consumo, y el productor tiene que afinar sus previsiones.
La conducta de cada empresario al decidir su producción diaria está determinada por las expectativas a corto plazo.
En términos generales, un cambio en las expectativas solamente producirá plenos efectos sobre la ocupación en un periodo considerable.
El nivel de ocupación depende no sólo del estado actual de las expectativas sino de las que existieron durante un determinado periodo anterior.

CAPÍTULO 6: Definimos el ingreso del empresario como el excedente de valor de su producción terminada y vendida durante el periodo, sobre su costo primo.
Puede haber pérdidas (o ganancias) involuntarias en el valor del equipo de capital.
Ahorro significa el excedente del ingreso sobre los gastos de consumo.
Inversión corriente significa la adición corriente al valor del equipo de capital.
Una idea clave: si la cantidad de ahorro es una consecuencia del proceder colectivo de los consumidores individuales, y la cantidad de la inversión lo es de la conducta colectiva de los empresarios individuales estas dos cantidades son necesariamente iguales.
El concepto de la propensión a consumir tomará el lugar de la propensión o disposición a ahorrar.
Para Keynes el costo de uso tiene para la teoría clásica del valor una importancia que ha sido descuidada.
Llamamos costo de riesgo a las posibilidades ignoradas que pueden hacer diferir el rendimiento real del previsto. Por tanto, el precio de oferta en periodos largos es igual a la suma del costo primo, el costo suplementario, el costo del riesgo y el costo del interés.
Lo que determina la magnitud del coste de uso es el sacrificio previsto de futuras ganancias involucrado en el uso actual.

CAPÍTULO 7: Ahorro es el excedente del ingreso sobre lo que se gasta en consumo.
Inversión, en un sentido vulgar, se refiere a la compra de un activo. La inversión incluye el aumento del equipo productor, ya sea capital fijo, capital en giro o capital líquido.
El empresario fija el volumen de ocupación impulsado por el deseo de obtener un máximo de ganancias presentes y futuras. En tanto que el volumen de ocupación que producirá ese máximo de ganancia depende de la función de demanda agregada.
Para Keynes el concepto de “ahorro forzado” no tiene relación con la diferencia entre inversión y ahorro.
Según Keynes la idea de que el ahorro y la inversión pueden diferir uno del otro sólo se explica por una ilusión óptica. Nadie puede ahorrar sin adquirir un bien, ya sea en efectivo, en forma de una deuda o de un bien de capital.
La concesión del crédito bancario pondrá en movimiento tres tendencias: 1) aumento de la producción, 2) alza en el valor del producto marginal medido en unidades de salarios y 3) alza de la unidad de salarios en términos monetarios.
El punto de vista pasado de moda de que el ahorro siempre supone inversión, aunque incompleto y desorientador, es formalmente más sólido que el novedoso según el cual puede haber ahorro sin inversión o inversión sin ahorro “genuino”.
La proposición fundamental de la teoría monetaria es que los ingresos, lo mismo que los precios, necesariamente cambian hasta que el monto de las sumas totales de dinero que los individuos deciden guardar en el nuevo nivel de ingresos y precios así logrado, llega a ser igual a la suma de dinero crea por el sistema bancario.


LIBRO III

CAPÍTULO 8: El volumen de ocupación está determinado por el punto de intersección de la función de oferta agregada con la de demanda agregada. Mientras que se ha estudiado a fondo la función de oferta, se ha descuidado (según Keynes) el estudio de la función de demanda agregada.
La función de demanda agregada relaciona cualquier nivel dado de ocupación con los ingresos por las ventas que se esperan del mismo.
Keynes define el concepto de propensión a consumir: la suma que se gasta en consumo depende del monto de los ingresos y también de otras inclinaciones subjetivas.

Los principales factores objetivos que influyen en la propensión a consumir son:
1) Un cambio en la unidad de salario.
2) Un cambio en la diferencia entre ingreso e ingreso neto: cualquier modificación del ingreso que no se refleje en el ingreso neto debe desdeñarse, pues no tendrá efecto sobre el consumo.
3) Cambios imprevistos en el valor del capital, no considerados al calcular el ingreso neto.
4) Cambios en la tasa de descuento del futuro, es decir, en la relación de cambio entre los bienes presentes y los futuros.
5) Cambios en la política fiscal: si se crean grandes fondos de reserva, esto reduce la propensión a consumir.
6) Cambios en las expectativas acerca de la relación entre el nivel presente y el futuro del ingreso.

La propensión a consumir es una función bastante estable. Los hombres están dispuestos por regla general y en promedio, a aumentar su consumo a medida que su ingreso crece, aunque no tanto como el crecimiento del ingreso. Así un ingreso creciente irá a acompañado de un ahorro mayor. Por tanto, si la ocupación y el ingreso total aumentan, no toda la ocupación adicional se requerirá para satisfacer las necesidades del consumo adicional.
La ocupación solamente puede aumentar con un crecimiento de la inversión.
Sobre la depresión de 1929: en Estados Unidos la rápida expansión del capital en los cinco años anteriores a 1929 había hecho que se acumulasen los fondos de amortización y se necesitaba un volumen enorme de inversión complementaria para absorber las reservas financieras. Este único factor pudo ser el detonante de la crisis.

El consumo es el único objeto y fin de la actividad económica. Cuando mayor sea la provisión que por adelantado hayamos hecho para el consumo, más grande será la dificultad para encontrar algo más para lo cual proveer y más fuerte nuestra dependencia del consumo presente como fuente de demanda.
Si satisfacemos el consumo con cosas producidas en el pasado (desinversión) puede darse una contracción de la demanda.
Según aumenta el capital es más difícil llenar la laguna entre el ingreso neto y el consumo.

CAPÍTULO 9: Aquí se habla de los factores subjetivos que influyen en la propensión a consumir.
Lista de motivos subjetivos que hacen que los individuos se abstengan de gastar sus ingresos:
1) Reservar para imprevistos.
2) Provisionar para la vejez, estudios…
3) Gozar del interés.
4) Disfrutar de un gasto gradualmente creciente.
5) Disfrutar de sensación de independencia y poder.
6) Tener dinero para proyectos especulativos.
7) Legar una fortuna.
8) Satisfacer la pura avaricia.

Otra parte de los ahorros los retienen los gobiernos, instituciones y sociedades de negocios. Motivos:
1) Motivo empresa: poder hacer mayores inversiones en futuro sin recurrir a deuda.
2) Liquidez para emergencias.
3) Para mejorar la imagen.
4) Prudencia financiera y afán de sentirse seguro.


La influencia de cambios moderados en la tasa de interés sobre la propensión a consumir es generalmente pequeña.
El ahorro total está determinado por la inversión total. Un alza en la tasa de interés hará bajar la inversión.
El alza en la tasa de interés podría inducirnos a ahorrar más, si nuestros ingresos permanecen invariables.
Keynes concluye que las tasas reales de ahorro dependen de la eficiencia marginal del capital.

CAPÍTULO 10: Ya quedó dicho que la ocupación sólo puede aumentar con la inversión. Así se puede establecer una relación entre los ingresos y la inversión que Keynes llama el multiplicador.
Cuando el ingreso real de la comunidad suba o baje, su consumo crecerá o disminuirá, pero no tan deprisa.
El aumento de la ocupación debido a la inversión debe estimular necesariamente las industrias que producen para el consumo y así ocasionar un aumento total de la ocupación.
Cuando se alcanza la ocupación plena, cualquier intento de aumentar la inversión generará inflación.

La propensión marginal a consumir no es constante para todos los niveles de ocupación, y es probable que disminuya según la ocupación crece. Es decir, cuando el ingreso real sube la sociedad deseará consumir una proporción descendente del mismo.
Si lo que se expanden son las industrias de artículos de capital, antes que las de consumo, puede tardar más en llegar la ocupación y puede darse una subida de precios.
El multiplicado tiene más efecto en una comunidad pobre. El empleo de hombres en obras públicas tiene un efecto mayor sobre la ocupación agregada que cuando se esté cerca de la ocupación plena. Keynes ironiza sobre los gastos “ruinosos”, inversiones públicas que servirán (aunque sea cavando zanjas) para bajar la desocupación.


LIBRO IV

CAPÍTULO 11: Si alguien compra una inversión (bien de capital) espera una serie de rendimientos probables.
La tasa de inversión será empujada hasta aquel punto de la curva de demanda de inversión en que la eficiencia marginal del capital sea igual a la tasa de interés del mercado.
La expectativa de una baja en el valor del dinero alienta la inversión y el empleo.

CAPÍTULO 12: La escala de la inversión depende de la relación entre la tasa de interés y la curva de eficiencia marginal del capital.
El estado de las expectativas a largo plazo estima lo que podrá obtener el productor de un producto cuando esté terminado. Esto depende de la confianza en nuestras previsiones. El “estado de confianza” será un concepto importante. En realidad, las previsiones del futuro son difíciles y los hombres de negocios juegan con la habilidad y la suerte. Es el inversionista a largo plazo el que más promueve el interés público.
Keynes se muestra en contra de los especuladores del capital. Él piensa que la compra de una inversión debe ser permanente e indisoluble; así los inversores mirarían más al largo plazo.
Keynes apunta que gran parte de las iniciativas empresariales dependen más de una “energía animal” positiva que de cálculos matemáticos.

CAPÍTULO 13: Necesitamos saber qué determina la tasa de interés. Según Keynes, la tasa de interés no puede ser una recompensa al ahorro o a la espera como tales. La define, más bien, como la recompensa por privarse de liquidez durante un periodo determinado.
La preferencia por la liquidez depende de: 1) tener dinero para transacciones, 2) por precaución y 3) motivo especulativo.
Según baja la tasa de interés, las preferencias por la liquidez debidas al motivo transacción absorben más dinero.
El dinero es el tónico que incita la actividad del sistema económico.
El hábito de desdeñar la relación de la tasa de interés con el atesoramiento puede explicar en parte por qué el interés ha sido generalmente considerado como la recompensa por no gastar, cuando en realidad es la recompensa por no atesorar.

CAPÍTULO 14: La escuela clásica ha considerado la tasa de interés como el factor que equilibra la demanda de inversiones con la inclinación al ahorro.
Según los clásicos, siempre que un individuo ejecuta un acto de ahorro ha hecho algo que automáticamente rebaja la tasa de interés, lo que estimula la producción de capital. Y cada acto adicional de inversión, entonces eleva la tasa de interés. Según Keynes, esta idea es equivocada.

La escuela neoclásica creo que ahorro e inversión pueden ser desiguales, aunque los clásicos sí que consideran que son iguales.
Según Keynes, los clásicos no se han dado cuenta de la importancia de los cambios en el nivel de ingresos.
Ha sido habitual suponer que un aumento en la cantidad de dinero tiende a reducir la tasa de interés, al menos al principio y en periodos cortos. Sin embargo, no se ha dado razón alguna por qué un cambio en la cantidad de dinero debe afectar, ya sea a la curva de demanda de inversiones o a la voluntad de ahorrar parte de un ingreso dado.
El análisis tradicional ha advertido que el ahorro depende del ingreso, pero ha descuidado el hecho de que éste depende de la inversión.
Una menor propensión a gastar no debe tomarse como un factor que reduce la inversión, sino la ocupación.

CAPÍTULO 15: Una alteración de las circunstancias o las expectativas ocasionará un reajuste en las tendencias de dinero de los individuos. La cantidad de dinero que un individuo conserva para transacciones y por precaución es diferente a la que se guarda para especular.
La incertidumbre respecto al curso futuro de la tasa de interés es la única explicación inteligible de la preferencia por la liquidez. La tasa de interés es un fenómeno altamente psicológico. Cualquier nivel de interés que se acepte con convicción como probablemente duradero, será duradero.
Es complicado mantener la demanda efectiva a un nivel lo bastante alto como para provocar la ocupación total, que resulta de la asociación de una tasa de interés a largo plazo convencional y bastante estable con una eficacia marginal del capital movediza y altamente inestable. El público suele conservar más efectivo del necesario para satisfacer el motivo transacción o precaución.

CAPÍTULO 16: Un acto de ahorro individual significa el propósito de no comer hoy; pero no supone la necesidad de tomar una decisión de comer dentro de una semana o de un año.
Esto es importante: La idea absurda, aunque casi universal, de que un acto de ahorro individual es precisamente tan bueno para la demanda efectiva como otro de consumo también individual ha estado alimentada por la falacia mucho más especiosa que la conclusión de ella derivada, de que un deseo mayor de conservar riqueza, siendo en gran parte la misma cosa que un mayor deseo de mantener inversiones, debe al aumentar la demanda de inversión, ser estimulante de la producción respectiva; de modo que la inversión corriente es promovida por el ahorro individual en la misma medida que disminuye el consumo actual.
El engaño proviene de creer que el propietario de riqueza desea un bien de capital por sí mismo, cuando lo que desea es su rendimiento probable.
Debe haber una proporción definida entre la cantidad de trabajo empleada en hacer máquinas y la que se emplea en usarlas.
La posición de equilibrio para una sociedad, en condiciones de laissez faire, será aquella en la que el empleo es lo bastante bajo y el nivel de vida lo suficientemente miserable como para empujar los ahorros hasta cero.

CAPÍTULO 17: La tasa monetaria de interés juega un papel peculiar en la fijación de un límite al volumen de ocupación, desde el momento que marca el nivel que debe alcanzar la eficiencia marginal de un bien de capital durable para que se vuelva a producir.
No hay razón por la cual las tasas de interés deban ser iguales para bienes diferentes.
No solamente es imposible dedicar más mano de obra a la producción de dinero cuando su precio en trabajo sube, sino que el dinero es un sumidero sin fondo para el poder de compra cuando su demanda aumenta.

CAPÍTULO 18: Las variables independientes de la ecuación son, para Keynes, la propensión a consumir, la curva de la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés. Las variables dependientes son el volumen de ingreso y el ingreso (o dividendo) nacional medidos en unidades de salarios.
De los capítulos anteriores se deduce que un aumento (o disminución) en la tasa de inversión tendrá que ir acompañado de un aumento (o disminución) en la tasa de consumo.
Un aumento (o disminución) de la ocupación puede hacer subir (o bajar) la curva de preferencia por la liquidez y tenderá a aumentar la demanda de dinero. Esto conlleva que la ocupación plena rara vez se dé.


LIBRO V

CAPÍTULO 19: Los clásicos creen en el ajuste automático del sistema económico sobre una hipotética fluidez de los salarios nominales; y cuando hay rigidez atribuyen a ésta la culpa del desajuste. Keynes no está de acuerdo con la teoría clásica que afirma que una reducción de los salarios nominales estimulará la demanda al hacer bajar el precio de los productos acabados y aumentará la producción y la ocupación. Para Keynes esto supondría aceptar que la reducción de los salarios nominales no afectará a la demanda.
Para Keynes, la baja de los salarios nominales no tenderá a aumentar la ocupación durante mucho tiempo.
Una reducción de los salarios nominales tendrá estos efectos:
1) Una baja de los salarios nominales reducirá algo los precios.
2) Si el sistema es no cerrado y la baja de los salarios también lo es respecto a los extranjeros habrá un cambio favorable a la inversión.
3) Si el sistema es no cerrado, aunque mejore la balanza se estropeará la relación de intercambio.
4) Si se espera que la bajada de salarios nominales dure en el futuro esto mejorará la inversión.
5) La reducción de salarios hará que baje la preferencia por la liquidez, reducirá la tasa de interés y fomentará la inversión.
6) Si la bajada es general puede crear una sensación de optimismo para los empresarios, pero el malestar laboral puede contrarrestar esto.
Un movimiento de parte de los patronos para revisar los contratos sobre salarios nominales con el fin de rebajarlos, encontrará una resistencia mucho mayor que un descenso gradual y automático de los salarios reales por inflación.
7) La influencia depresiva que ejerce sobre los empresarios el aumento de la carga de deudas, puede neutralizar parcialmente cualquier reacción optimista que resulte del descenso de los salarios.

La baja de los salarios, como método de alcanzar la ocupación total está sujeta a las mismas limitaciones que el de aumentar la cantidad de dinero. No hay motivo para creer que una política de salarios flexible sea capaz de mantener un estado de ocupación plena continua.

Cuatro consideraciones principales:
1) Excepto en una comunidad socializada, no hay medio de asegurar reducciones uniformes para cada clase de trabajo. Sin embargo, un cambio en la cantidad de dinero cae dentro de las posibilidades de la mayor parte de los gobernantes. Así que para bajar los salarios Keynes cree que es más conveniente incrementar la masa monetaria y hacer que suba la inflación.
2) Si los salarios monetarios son inflexibles, los cambios que se presenten en los precios corresponderán en primer término a la productividad marginal decreciente el equipo que se tenga.
3) Incrementar la cantidad de dinero en unidades de salarios mediante la rebaja de la unidad de las mismas, eleva la carga de deudas.
4) Si para lograr que la tasa de interés descienda hay que reducir salarios, existe una doble traba sobre la eficiencia marginal del capital.

Suponer que la política de salarios flexibles es un auxiliar correcto y adecuado de un sistema que en conjunto corresponde al tipo del laissez faire es lo opuesto a la verdad. Keynes opina que un nivel general estable de salarios nominales es la política más aconsejable para un sistema cerrado.

CAPÍTULO 20: La función de ocupación solamente difiere de la función de oferta agregada en que es, de hecho, su función inversa y se define en unidades de salario.
Si la elevación de la demanda se dirige hacia los productos que tienen gran elasticidad de ocupación, el aumento global de ocupación será mayor que si el aumento de demanda va a productos con poca elasticidad de ocupación.
Cuando la demanda efectiva es deficiente existe subempleo de mano de obra en el sentido de que hay hombres desocupados dispuestos a trabajar por un salario real menor del existente.

Una deflación de la demanda efectiva, por bajo del nivel requerido para la ocupación plena, hará bajar la ocupación y los precios, pero una inflación de la misma por encima de este nivel afectará sólo a los precios.

CAPÍTULO 21: Los economistas que se ocupan de la teoría del valor enseñan que los precios están regidos por las condiciones de la oferta y la demanda, pero Keynes se ha trasladado a un mundo donde los precios están gobernados por la cantidad de dinero, por su velocidad-ingreso.
Clave en el pensamiento de Keynes: Un aumento en la cantidad de dinero no tendrá el menor efecto sobre los precios mientras haya alguna desocupación, y que la ocupación subirá exactamente en proporción a cualquier aumento de la demanda efectiva producida por la elevación de la cantidad de dinero; mientras que, tan pronto como se alcance la ocupación plena, la unidad de salarios y los precios serán los que crecerán en proporción exacta al aumento de la demanda efectiva. (pág. 284)

Un incremento en la cantidad de dinero va a hacer que baje la tasa de interés, lo que incrementará la inversión.
El nivel de precios se compone de dos factores: la unidad de salarios y el volumen de ocupación.
La opinión de que cualquier aumento en la cantidad de dinero es inflacionista está ligada con el supuesto básico de la teoría clásica de que siempre nos encontramos en circunstancias tales que una baja en las remuneraciones reales de los factores productivos conducirá a una contracción de su oferta.

Durante unos 150 años las tasas de interés han sido lo bastante modestas como para estimular una tasa de inversión compatible con un promedio de ocupación que no era intolerablemente bajo. El nivel de ocupación medio era inferior al de ocupación plena, pero no tan intolerablemente por debajo que provocara cambios revolucionarios.
El elemento más estable y menos fácil de desplazar en nuestra economía ha sido la tasa mínima de interés aceptable por la generalidad de los propietarios de la riqueza.


LIBRO VI

CAPÍTULO 22: Para Keynes la existencia del ciclo económico se debe a un cambio cíclico en la eficiencia marginal del capital.
Los impulsos ascendentes se sustituyen por otros descendentes de un modo repentino, y no ocurre al revés de forma tan cortante.
Keynes cree que la explicación más típica de la crisis no es que se inicie por un alza en la tasa de interés, sino por un colapso repentino de la eficiencia marginal del capital.
Las últimas etapas del auge se caracterizan por las expectativas optimistas respecto al rendimiento futuro de los bienes de capital. Pero cuando el desencanto se cierne sobre los mercados se derrumba la eficiencia marginal del capital, lo que precipita un aumento decisivo en la preferencia  por la liquidez.
Debe transcurrir un intervalo de tiempo antes de que empiece la recuperación: debido a la duración de los bienes de larga vida y por los costos de almacenamiento de las existencias excedentes.

Crisis: mientras el auge continúa, la mayor parte de las nuevas inversiones muestran un rendimiento que no deja de ser satisfactorio, pero de repente surgen dudas en relación al rendimiento probable. Una vez que surge la duda, ésta se extiende rápidamente. El cese de inversiones conduce a una acumulación de existencias excedentes de artículos no terminados.
En condiciones de laissez-faire quizás sea imposible evitar las fluctuaciones amplias en la ocupación sin un cambio trascendental en la psicología de los mercados de inversión. Ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías de seguridad en manos de los particulares.

Del análisis anterior podría desprenderse que la sobreinversión es una de las características del auge, y que podrían evitarse con tasas altas de interés. Keynes no está de acuerdo con esto.
El remedio para el auge está en una tasa más baja de interés, esto puede hacer que perdure. El remedio para el ciclo no es evitar el auge, sino evitar las depresiones.
El auge que acaba en depresión se produce por dos cosas: una tasa de interés demasiado alta para la ocupación plena, y una situación desacertada de expectativas que, mientras dura, impide que esta tasa sea un obstáculo real.

EE.UU. en 1929: resulta absurdo afirmar que en EE.UU. existió sobreinversión en sentido estricto en 1929. Las nuevas inversiones durante los cinco años anteriores se habían realizado en tan enorme escala en conjunto, que el rendimiento probable de posteriores adiciones estaba descendiendo con rapidez. De hecho, la tasa de interés era lo bastante alta para desanimar las nuevas inversiones, excepto en aquellas ramas particulares que estaban bajo la influencia del estímulo especulativo. Subir el tipo de interés para reducir las inversiones especulativas es una clase de remedio que cura la enfermedad matando al paciente.
El remedio está en promover la propensión a consumir.

Es la mayor producción lo que provoca el incremento del ahorro; y el alza de los precios sólo es un subproducto del aumento de la producción.

CAPÍTULO 23: Las ventajas de la división internacional del trabajo son reales y sustanciales, aun cuando la escuela clásica las haya exagerado grandemente. Pero una política inmoderada puede llevar a una competencia internacional insensata por una balanza favorable que dañe a todos por igual. Keynes dirige el peso de su crítica contra lo inadecuado de los fundamentos teóricos de la doctrina del laissez-faire en la que fue educado.
La debilidad del aliciente para invertir ha sido en todos los tiempos la clave del problema económico. Ricardo y los clásicos (con la ligera salvedad de Malthus) no supieron ver el problema del subconsumo.

CAPÍTULO 24: Los principales inconvenientes de la sociedad en la que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos.
Los razonamientos de Keynes llevan a la idea de que el crecimiento de la riqueza, lejos de depender de la abstinencia de los ricos, como generalmente se supone, tiene más probabilidades de encontrar en ella un impedimento. Queda así eliminada una de las principales justificaciones de la gran desigualdad de la riqueza. Keynes cree que hay justificaciones sociales y psicológicas para la desigualdad, pero no para tanta como existe en la actualidad.

El estado tendrá que ejercer una influencia orientadora sobre la propensión a consumir, a través de un sistema de impuestos, fijando la tasa de interés y otros medios. Una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena. Pero, fuera de esto, Keynes no aboga por un sistema de socialismo de estado, que no debe asumir la propiedad de los medios de producir.

Keynes no se opone a la visión clásica de la importancia del interés personal para la sociedad.
Los sistemas de los estados totalitarios de la actualidad parecen resolver el problema de la desocupación a expensas de la eficacia y la libertad.
Hasta ahora con el sistema de laissez-faire nacional y el patrón oro internacional no había medio disponible de que pudiera echar mano el gobierno para mitigar la miseria económica en el interior, excepto el de la competencia por los mercados.


Parece claro que en las últimas páginas de su libro, Keynes trata de evitar que le acusen de «comunista» o «socialista». Pero, como podemos leer en Historia del pensamiento económico de Landreth y Colander, sus teorías le granjearos críticas por los dos bandos. Los que estaban a su izquierda pensaban que era un apologista del capitalismo y de su propia clase y los que se encontraban a su derecha pensaban que era un fanático socialista que trataba de desmantelar el capitalismo.

Como ya señalé al principio, la lectura de Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero no ha sido sencilla, pero creo que, después de acabar el libro, con subrayados a dos colores y anotaciones a lápiz en sus márgenes, y haber realizado su resumen, ahora entiendo a Keynes mejor que antes. Así que su lectura ha merecido la pena.

jueves, 13 de octubre de 2016

Teoría de la clase ociosa, por Thorstein Veblen

Editorial Alianza. 429 páginas. 1ª edición de 1899, ésta es de 2014.
Traducción y prólogo de Carlos Mellizo

No estoy seguro de que, durante mis años de universidad como estudiante de Empresariales, apareciera en algún momento el nombre de Thorstein Veblen (Wisconsin, 1857 - California, 1929). Lo ha hecho, sin embargo, cuando he empezado a ser profesor de Economía de Bachillerato Internacional en el colegio en el que trabajo. En los manuales que uso para prepararme las clases, en los temas sobre oferta y demanda, se habla de los «bienes de Veblen», que son aquéllos en los que empieza a subir la demanda cuando los precios superar un determinado mínimo, porque sus compradores ven en ellos lo que se califica como «valor snob». Así lo traduje yo del libro de Bachillerato Internacional en inglés, y que, entiendo ahora, Carlos Mellizo traduce como «consumo ostensible».

Yo hablaba de los bienes de Veblen en mis clases y en alguna librería vi, sobre 2014, la reedición de Teoría de la clase ociosa, con su encantadora portada retro, estilo en el que suele incidir el acertado nuevo diseño de Alianza. La compré en la Feria del Libro de Madrid de 2015, en la caseta de la Librería Ecobook, especializada en economía.

Si el año pasado al acabar el curso académico leí la edición extractada de El Capital de Karl Marx realizada por César Rendueles, éste me apeteció acercarme a la Teoría de la clase ociosa de Veblen.

Como viene siendo habitual, pasaré a realizar un resumen del libro:

Prólogo de Carlos Mellizo
Según el comentarista económico Rick Tilman, Thorstein Veblen «fue probablemente el economista y crítico social más penetrante que los Estados Unidos ha producido.» (pág. 9)
Veblen nació en Wisconsin y fue el hijo de unos padres noruegos emigrados a Estados Unidos.
«Para entonces (1884) ya ha adquirido una reputación de persona non grata en los círculos académicos de su país y le resulta imposible encontrar un puesto universitario.» (pág. 10-11)
Veblen se casó con Ellen Rolfe y sus múltiples infidelidades, que su mujer se encargaba de airear, hicieron que fuese expulsado de varias universidades.
Se considera a Veblen el fundador de la llamada «economía institucional», que analiza la evolución de las instituciones económicas; así, según él, el sujeto económico no es el individuo, sino el grupo o institución. La institución puede establecer sus propias normas de comportamiento, que no han de ajustarse necesariamente a una elección racional. Me interesa esta idea: siempre me ha parecido que la supuesta racionalidad de los agentes en los modelos de economía no siempre estaba justificada.
Pág. 24 y 25: «El tono satírico que penetra las páginas de esta Teoría de la clase ociosa implica, obviamente, una toma de postura que en muchos aspectos puede ser entendida como una extensión del pensamiento marxista». Esta idea me interesa: al buscar información sobre el libro, antes de empezar a leerlo, leí un comentario que consideraba que a pesar del tono de burla del ensayo, Veblen defendía a la clase ociosa, y la consideraba necesaria como modelo de comportamiento consumidor por el resto de personas de la sociedad. Tras leer el libro, esta idea comentada no me parece que aparezca en él.

Prefacio
Veblen comenta que su investigación «discurre por terrenos de teoría económica y generalización etnológica.»

1. Introducción
La institución de la clase ociosa puede encontrarse en su desarrollo más completo en los estadios más altos de la cultura bárbara, como por ejemplo en la Europa y en el Japón feudales. En estas sociedades hay una clara distinción de clases sociales. La más alta habitualmente está exenta de los trabajos industriales, y se dedica a los “empleos honorables”: el ejercicio de las armas, o el sacerdotal; también al gobierno y a los deportes. Estos son empleos que no pueden alcanzar las clases bajas.

Veblen dice que cualquier tribu de indios de Norteamérica puede tomarse como ejemplo de sus teorías. En estas tribus existe una marcada diferencia de tareas entre hombres y mujeres y esta distinción es de carácter odioso. Las mujeres serán empleadas en las tareas útiles, que en la etapa siguiente de la evolución social serán las “tareas industriales”.
«La gama de empleos industriales es una derivación de lo que en la comunidad bárbara primitiva era el trabajo de las mujeres.»
Veblen habla de un salvajismo primitivo en el que no hay una jerarquía de clases económicas, y dice que esta fase de la humanidad «constituye sólo una pequeña e insignificante fracción de la raza humana.»
«La institución de una clase ociosa ha emergido gradualmente durante la transición de un estado salvaje a un estado bárbaro». Para que esto ocurra deben darse unas condiciones:
1) la comunidad debe poseer un hábito de vida predatorio (guerra, caza o ambas cosas) 2) la subsistencia debe ser alcanzada de manera relativamente fácil.
Las tareas dignas para la clase ociosa son aquella que se pueden clasificarse como proezas; las indignas son aquellas necesarias para la vida cotidiana.
«Las que se reconocen como características sobresalientes y decisivas de una clase de actividades o de una clase social en una etapa determinada de una cultura, no retendrán la misma importancia relativa, a efectos de clasificación, en ninguna etapa posterior.» (pág. 41). En la sociedad primitiva la división de tareas entre dignas e indignas, entre proezas y lo que no son proezas, coincide con la división de tareas de los sexos. La caza y la lucha (actividades depredadoras) son propias de los hombres. «En muchas tribus de cazadores el hombre no tiene la obligación de traer a casa la presa cazada, sino que debe mandar a su mujer a que ella realice esa tarea inferior» (pág. 47)
«El concepto de dignidad, valía u honor, tal y como son aplicados a las personas o a la conducta, es de primordial importancia para el desarrollo de las clases y en las distinciones de clase.»
Veblen también apunta que el hombre tiene un sentido del mérito de servir para algo o de ser eficaz y del demérito de la futilidad, el despilfarro o la incapacidad. A esta actitud la llama instinto de trabajo eficaz. Este instinto de hacer las cosas bien se manifiesta en una comparación competitiva, odiosa, entre personas. El instinto de hacer las cosas bien se manifiesta en una demostración emuladora de fuerza. Para el guerrero o el cazador el botín, los trofeos de caza o de guerra son apreciados como pruebas de fuerza preeminente. Se establecerán comparaciones odiosas entre un guerrero o cazador y otro.
Mientras que las armas son honorables, el manejo de herramientas o instrumentos de trabajo se ve como algo inferior.
«Una cultura depredadora es impracticable en épocas primitivas hasta que las armas evolucionan hasta un punto en el que hacen del hombre un animal formidable» (pág. 52)

2. Emulación pecuniaria
«La emergencia de una clase ociosa coincide con el comienzo de la propiedad.» (pág. 54). La diferenciación original de la que surge la distinción entre una clase ociosa y una clase trabajadora proviene de la división que se establece en la baja edad bárbara entre el trabajo de los hombres y el de las mujeres.
«Apropiarse de mujeres es cosa que empieza de una manera clara en las primeras épocas de la cultura bárbara.» La razón original de su apropiación era la de su utilidad como trofeos. La propiedad-matrimonio hace que surja un hogar con un jefe masculino. Se produce una extensión de la esclavitud que abarca a otros cautivos y subordinados además de las mujeres. De la apropiación de las mujeres, el concepto de propiedad se extiende a los productos de su trabajo; y así surge la apropiación de cosas tanto como de personas. De este modo se va instalándose un sistema consistente de propiedad de bienes.

Veblen apunta que algunos economistas consideran que la lucha por la riqueza es algo que viene a ser en sustancia una lucha por la subsistencia. Luego, en las fases del desarrollo industrial, en vez de hablar de subsistencia se habla de “competición por aumentar las comodidades de la vida”. Veblen no está de acuerdo, él apunta: «El móvil que subyace en la raíz de la propiedad es la emulación. (…) La propiedad comenzó y llegó a convertirse en una institución humana por razones que nada tienen que ver con el mínimo necesario para subsistir. Desde el principio, el incentivo dominante fue la distinción que establece diferencias odiosas entre los diversos niveles de riqueza.» (pág. 58) La propiedad empezó siendo un botín exhibido como trofeo capturado en el ataque victorioso. La comparación odiosa en la etapa bárbara era la principal utilidad de las cosas poseídas.
La fase del saqueo deja paso a una etapa posterior en la que se produce una organización del trabajo sobre la base de la propiedad privada (es decir, la posesión de esclavos). La actividad industrial va desplazando a la depredadora de la vida ordinaria, pero la acumulación de propiedad va tomando cada vez más el lugar de los trofeos del triunfo depredador. La acumulación de riqueza, en la sociedad industrial, es la base de la reputación y la estima. La propiedad se convierte en la prueba más fácilmente reconocible, diferente del hecho heroico o sobresaliente, de haber alcanzado un estimable grado de éxito. La riqueza adquirida por herencia se convierte en algo incluso más honorable que la riqueza adquirida por propio esfuerzo.
«Tan pronto como el hecho de tener propiedades se convierte en la razón principal de la estima popular, también se convierte en un requisito necesario para que tengamos eso que se llama respeto por uno mismo.» «Por la naturaleza misma de la cuestión, el deseo de riqueza difícilmente puede ser saciado en ningún caso particular.», ya que el deseo de acumular riqueza no es otro que el de destacar sobre el prójimo. «La lucha es sustancialmente una lucha por la reputación sobre la base de comparaciones odiosas, no es posible llegar a ningún logro que sea verdaderamente definitivo.» La legitimidad del esfuerzo es el de poder compararse favorablemente con otros hombres.

Así se define, entonces, el concepto de comparación odiosa: «describe una comparación entre personas con la idea de calificarlas en cuanto a su mérito o valía –en un sentido estético o moral– concediéndoles y definiendo de este modo los relativos grados de complacencia con que estas personas puede legítimamente contemplarse a sí mismas y ser contempladas por otros. Una comparación odiosa es un proceso de valoración de personas con respecto a los bienes que poseen.» (pág. 66)

3. El ocio ostensible
Las clases bajas necesitan trabajar, y esto hace que el trabajo no sea humillante para ellas. Acaban desarrollando un orgullo emulativo en adquirir fama de trabajar bien. Para ellos la lucha por el prestigio pecuniario se manifiesta en un aumento de diligencia y sobriedad.

Para las clases bárbaras es un orgullo abstenerse de hacer trabajos productivos: durante la etapa depredadora el trabajo productivo se asociaba a la idea  de sujeción a un amo.
«A fin de lograr la estima de los hombres, no basta simplemente con poseer riqueza y poder. La riqueza y el poder deben ser exhibidos.» En la etapa depredadora una vida de ocio es la prueba más directa del poder pecuniario. Abstenerse de trabajar es un requisito de la decencia.
Para Veblen, el término “ocioso” no implica indolencia o pasividad; sino que habla de una manera no productiva de consumir el tiempo. El ocio honorable es el ideal del caballero. La ociosidad como ocupación  tiene un estrecho parentesco con la vida del realizador de hazañas. Los buenos modales, el decoro o el comportamiento educado indican que se ha disfrutado de un grado honorable de ociosidad. Los buenos modales son una expresión de relaciones basadas en el status. «El valor de los buenos modales radica en el hecho de que son comprobante y garantía de que se ha vivido una vida ociosa.»
Si la base de la propiedad privada como institución es la posesión de personas (mujeres, esclavos o siervos), la base del sistema industrial es la esclavitud que trata a los seres humanos como bienes muebles.
La idea de que la nobleza es transmisible hace que al adquirir una mujer (según la concepción bárbara del mundo de la que habla Veblen) ésta se sitúe por encima del esclavo común. A la mujer se la exime de las tareas serviles como muestra de poder. Igualmente será una muestra de poder rodearse de sirvientes que cada vez hagan menos tareas útiles. La cultura bárbara ha llegado a las figuras de “la dama” y “el lacayo”.
Estos lacayos o damas disfrutan del llamado ocio vicario. Así surge una clase ociosa subsidiaria o derivada, cuya función es exhibir un ocio vicario dirigido a resaltar el prestigio de la clase ociosa primaria. El siervo o la esposa han de mostrar una disposición servil y deben conocer las tácticas de la subordinación. «Si el trabajo del sirviente es indicación de que al amo le faltan medios, ello anula el propósito fundamental de su misión.»

4. El consumo ostensible
Una porción de la clase servil ha de asumir una nueva y subsidiaria gama de obligaciones: el consumo vicario de bienes.
En las primeras fases de la cultura depredadora, la función de los varones es consumir lo que las mujeres producen.
En la etapa industrial la clase baja trabajadora sólo debe consumir aquellas cosas que son necesarias para su subsistencia; los lujos y las comodidades pertenecen a la clase ociosa. La mujer debe consumir lo que es estrictamente necesario para su mantenimiento, excepto en la medida en que un consumo extraordinario puede contribuir a la comodidad o buena reputación de su amo.
El caballero establece el canon de prestigio: el caballero ya no es sólo el varón triunfal y agresivo, debe cultivar también sus gustos. De aquí surgen los buenos modales. Los regalos y el dar fiestas tienen la función de ser gastos ostensibles.
Existen caballeros sin fortuna que acaban siendo siervos de los caballeros que pueden permitirse el ocio ostensible; los primeros entran al servicio de estos últimos y sus tareas pueden pasar a ser honrosas: Dama de Honor, Mayordomo de las Caballerizas del Rey…
En la clase media-baja no hay pretensión de ocio por parte del jefe de familia, pero procura que su esposa pueda disfrutar del ocio vicario para preservar el buen nombre de la casa, imitando la estructura social promovida por la clase ociosa.
Del desarrollo del ocio y el consumo ostensibles se desprende que la utilidad de ambos reside en el elemento de derroche: derroche de tiempo y esfuerzo o derroche de bienes.

En la sociedad moderna el consumo empieza a superar al ocio como medio de mostrar decoro. Los medios de comunicación exponen al individuo a muchos ojos que sólo pueden juzgarle cuando ven su consumo de bienes. El consumo se convierte en un elemento de mayor importancia en el nivel de vida de la ciudad que en el campo.
«El ocio como medio de adquirir prestigio encuentra su origen en la arcaica distinción entre ocupaciones nobles e innobles. (…) La ociosidad es una manera de probar que se es rico.» La ociosidad ha perdido terreno frente al consumo, pero este choca contra el instinto de trabajo eficaz. Este instinto predispone a los hombres a mirar favorablemente la eficacia productiva y a censurar el despilfarro. «En la medida en que entra en conflicto con la ley del gasto ostensible, el instinto de trabajo eficaz no tanto se expresa en la insistencia en la utilidad sustancial, como en un sentido permanente de cuán odioso y estéticamente imposible resulta lo que es obviamente futil.»

Al leer este capítulo sobre el consumo ostensible y el instinto de trabajo eficaz estaba pensando que las ideas de Veblen entraban en conflicto con lo expuesto por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (un libro al que tengo ganas de acercarme), por esto me parece relevante resaltar el siguiente párrafo: «Mientras todo el trabajo continúa siendo realizado exclusiva o habitualmente por esclavos, la indignidad de todo esfuerzo productivo está demasiado presente en la mente de los hombres y tiene demasiado poder disuasivo como para permitir que el instinto de trabajo eficaz tenga un verdadero efecto en la dirección de la utilidad industrial. Pero cuando la etapa quasi-pacífica (de esclavitud y status) pasa a la etapa pacífica del trabajo industrial (de empleos asalariados y pagos en metálico), el instinto entra en juego de manera más eficaz» (pág. 125)
La energía que antes había encontrado una salida en la actividad depredadora se dirige ahora a un fin ostensiblemente útil. El ocio ostensiblemente inútil se ha convertido en algo censurable. Pero ese canon de prestigio que desestima todo empleo de naturaleza productiva está todavía ahí. Se ha producido un cambio no tanto en la sustancia como en la forma en que la clase ociosa practica el ocio ostensible. Así se han desarrollado  las observancias corteses y deberes sociales de una naturaleza ceremonial.
Aunque en el habla coloquial el término “derroche” implica una censura, Veblen la usa para hablar de un gasto que no favorece la vida humana. Así: «Nada debería incluirse bajo el epígrafe de derroche ostentoso excepto aquellos gastos en los que se incurre cuando se quiere hacer una comparación pecuniaria de tipo odioso.»

5. El nivel pecuniario de la vida
Gastar más de lo necesario no se debe tanto a la idea de consumo ostensible como al deseo de vivir de acuerdo al nivel convencional de decoro.
El gasto honorable y ostensiblemente derrochador puede llegar a ser más indispensable que el gasto que sirve para cubrir las necesidades “inferiores”.
«Mientras que un retroceso es difícil, un nuevo avance en el gasto ostentoso es relativamente fácil y llega a tener lugar casi como algo natural.» El motivo es la emulación: cada clase envidia y emula a la clase que está justo por encima de ella en la escala social.

Si se concede tiempo, el radio de influencia de la clase ociosa en el esquema de vida de la comunidad en cuestiones de forma y detalle es grande. El derroche ostensible de la clase ociosa va calando a las clases más bajas, templado en mayor o menor medida por el instinto de trabajo eficaz.
«Dicho en el lenguaje de la teoría económica actual: aunque los hombres se muestran reacios a reducir sus gastos en cualquier dirección, se muestran más reacios a reducir sus gastos en unas direcciones más que en otras.» Los artículos o formas de consumo a los que el consumidor se aferra con la mayor tenacidad son las llamadas “necesidades de la vida”. En cualquier caso, la propensión a la emulación –a la comparación odiosa– es un hábito antiguo y predominante para el hombre.
«Con la excepción del instinto de autoconservación, la tendencia a la emulación es probablemente el más fuerte, más despierto y más persistente de los motivos económicos propiamente dichos.»
«Como la cada vez más eficiente productividad industrial hace posible procurar los medios de vida con menos trabajo, las energías de los miembros activos de la comunidad se dedican a obtener más altos resultados en lo que se refiera a gasto ostensible, en vez de procurar reducir la actividad a un ritmo más cómodo.»
En contra de la opinión malthusiana, según Veblen el bajo índice de natalidad de las clases sobre las que recae con mayor fuerza la exigencia de gastar para mantener la reputación se debe a la necesidad de realizar gastos ostensibles.

6. Normas pecuniarias del gusto
Se consume para actuar en conformidad con el uso establecido, y se tiende al derroche ostensible.
Este párrafo me encanta: «El ladrón o estafador que ha hecho una gran fortuna como resultado de su delito, tiene más probabilidades de escapar de los rigores de la ley que el simple ladronzuelo; y se le concede un cierto grado de prestigio por haber aumentado su capital y por gastar de una manera decorosa sus pertenencias tan irregularmente adquiridas.» Ahora piensen en sus países, y elijan un ejemplo.
El canon del derroche ostensible es responsable de una gran porción de lo que podríamos llamar consumo devoto; es decir, el consumo de edificios sagrados, vestimentas y otros bienes de la misma especie. Por muy pobre que sea una comunidad, el santuario local está más adornado y exhibe un mayor derroche de arquitectura que las casas en las que viven los miembros de la congregación.
Veblen encuentra un paralelismo entre la figura del sacerdote y la del lacayo. La misión del ejército de siervos de un dios (que estaría formado por los sacerdotes) ha de dedicarse al ocio vicario.

El gasto ostensible puede crear nuestros cánones de belleza: la mayor satisfacción que se deriva del uso y contemplación de productos costosos y supuestamente bellos es en gran medida una satisfacción de nuestro sentido de lo caro, que se disfraza bajo la máscara de lo bello. Veblen habla del uso de animales domésticos como muestra de consumo ostensible y yo pienso en los perros de raza de mi barrio y también en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, que contiene esta idea. Según Veblen, el gato es una mascota menos prestigiosa que los perros o los caballos porque derrocha menos y su temperamento no servil (puesto que una de las funciones del perro es la de actuar como siervo de su dueño o señor) no sirve como muestra de ocio ostensible.

Según Veblen, el ideal de la belleza femenina cambia según sus teorías: en el pasado las exigencias de la emulación requerían esclavas robustas, pero después se requirió una muestra ostensible de ocio vicario. Así se volvió atractivo, por ejemplo, el talle ceñido en las mujeres occidentales y los pies deformados de las mujeres chinas. Estos atributos convierten a la mujer en una consumidora de ocio vicario incapacitada para el trabajo práctico.

Según Veblen: «Las señales de costo superfluo en los bienes son señales de valor.» Tengo la impresión de que los modelos comerciales de empresas actuales como Ikea y Zara contradicen esta idea, pero también me parece que la idea de Veblen se puede adaptar a una nueva realidad: se convence a los consumidores de que es lógico gastar poco en ropa y muebles desechables y de este modo tener más dinero para hacer un consumo ostensible en otros bienes, como los tecnológicos.

Según Veblen se prefiere lo artesanal, más imperfecto, frente lo fabricado a máquina, más perfecto, por lo artesanal muestra de forma más clara el gran costo superfluo de haberlo producido así.

7. El vestido como expresión de la cultura pecuniaria
Para Veblen el gasto en el vestido es un gran ejemplo de su teoría del derroche ostensible. El atavío está siempre a la vista y ofrece a los observadores una indicación de nuestra situación pecuniaria. Muchas personas se privan de comodidades y necesidades para poder pagar la cantidad de consumo derrochador en vestido que se considera decorosa.
Ningún atuendo es elegante o decente si muestra efectos del trabajo manual por parte del usuario. El sombrero de copa, el bastón, la ropa blanca impoluta… tienen valor que son atuendos con los que no se puede realizar una actividad útil.
La falda de las mujeres es cara e impide a su usuaria realizar un esfuerzo útil. El corsé sirve para reducir la vitalidad de la mujer, y por tanto para impedirla realizar un trabajo útil.
El vestido además de ser ostensiblemente caro tiene que ser también de última moda, lo que apuntala su condición derrochadora. La ropa de la mujer, ostensiblemente inútil para el trabajo, redunda en la idea de que la mujer es un adorno del hombre, y actúa como consumidora vicaria.
Los ropajes del sacerdote inciden también en la idea de que éste no debe realizar ningún esfuerzo útil.

8. Exención del trabajo industrial y conservadurismo
Las instituciones cambian según lo hacen las circunstancias. Las instituciones –es decir, los hábitos mentales– bajo cuya guía viven los hombres son heredadas de un pasado anterior.
Veblen define el término «conservadurismo» cuando señala que las instituciones existentes ahora no se adaptan exactamente a la situación de ahora. El reajuste de las instituciones y las opiniones habituales a un medio alterado se hace como respuesta a una presión exterior. La clase ociosa suele estar más protegida ante los cambios en el medio y por tanto adapta sus opiniones sobre lo que es justo y bueno más tarde que el resto de la población, por tanto la clase ociosa es la clase conservadora. «La función de la clase ociosa en la evolución social consiste en retrasar el movimiento y en conservar lo que es obsoleto.» Este conservadurismo ha llegado a ser reconocido como signo de respetabilidad.
«Las personas rematadamente pobres, y todas aquellas personas cuyas energías están enteramente absorbidas por la lucha cotidiana por la existencia, son conservadoras porque no pueden permitirse el esfuerzo de pensar en pasado mañana; de igual manera, las personas que llevan una vida altamente próspera son conservadoras porque tienen pocas oportunidades de estar descontentas con la situación en la que se encuentran actualmente.»
«El efecto que el interés pecuniario y los hábitos pecuniarios de pensamiento tienen sobre el desarrollo de las instituciones puede observarse en leyes y convenciones que tienden a garantizar la seguridad de la propiedad y el cumplimiento de los contratos.»

9. La conservación de rasgos arcaicos
La existencia de una clase ociosa se impone a los individuos por educación, de forma coercitiva. La emulación pecuniaria y la exención laboral son cánones de vida.
Los grupos étnicos actuales en Occidente son –según Veblen– el dolicocéfalo-rubio, el braquicéfalo-moreno y el mediterráneo (lo cierto es que aquí Veblen entra en una extraña deriva racista que no sé si venía muy a cuento). Se desarrollan varios tipos de caracteres: la variable pacífica o ante-depredadora y la variable depredadora.
El hombre civilizado moderno tiende a reproducir la cultura depredadora o quasi-depredadora.
El desarrollo social inicial es de tipo pacífico. La fase depredadora surge después cuando la lucha por la existencia pasa de la del grupo contra un medio no humano a luchar contra un medio humano. El la cultura bárbara la característica sobresaliente es una emulación y antagonismos incesantes entre individuos. «Estar libre de escrúpulos, de compasión, de honestidad y de respeto a la vida contribuye, dentro de ciertos límites, a fomentar el éxito del individuo dentro de la cultura pecuniaria.»

El buen funcionamiento de una comunidad industrial moderna queda mejor garantizado allí donde no se dan, en principio, los rasgos del hombre depredador. Pero hay oficios como el de abogado que tienen gran prestigio porque el abogado se ocupa sólo de los detalles del fraude depredador.
El acceso a la clase ociosa se produce mediante un continuo proceso selectivo por medio del cual los individuos aptos para la competición pecuniaria son separados de las clases inferiores. En la antigüedad se podía llegar a la clase ociosa mediante la “proeza”, ahora las actitudes son pecuniarias.
Este párrafo me parece muy bueno: «El tipo ideal de hombre adinerado se asemeja al tipo ideal de delincuente por su falta de escrúpulos a la hora de utilizar bienes y personas para sus propios fines, y por su total falta de consideración hacia los sentimientos y deseos de los demás, así como por no importarle en absoluto las consecuencias indirectas de sus actos; pero se diferencia de él en que posee un sentido más agudo del estatus
«La tendencia de la vida pecuniaria es, en general, la de conservar el temperamento bárbaro, pero poniendo el fraude y la cautela, es decir, la habilidad administrativa, en lugar de esa predilección por el daño físico que caracteriza al bárbaro primitivo.»
El “hombre económico” cuyo interés es el egoísta y cuyo único rasgo humano es la prudencia, es inútil para los propósitos de la industria moderna. Ésta requiere que el trabajo que se realice sea impersonal y no esté motivado por comparaciones odiosas.
Actualmente la clase ociosa actúa retrasando la adaptación de la naturaleza humana a las exigencias de la vida industrial moderna.

10. Supervivencias modernas de la proeza
Se da una continua criba selectiva del material humano que integra la clase ociosa. Esta selección se produce sobre la base de la aptitud para las empresas pecuniarias.
La más clara expresión de la naturaleza humana arcaica es la propensión al belicismo. La clase ociosa comparte esta mentalidad belicosa con los delincuentes de clase baja. Así el “batirse en duelo” es una institución de la clase ociosa. Si el hombre primitivo adquiría prestigio mediante la proeza, el hombre moderno que vive en una sociedad en la que la guerra y el pillaje son más extraños adquiere prestigio con el éxito en los deportes: «El deporte cubre una gama de matices que van desde el combate hostil hasta la astucia y la mallurrería.»
La proeza se encuentra en nuestra sociedad presente en la guerra, en las ocupaciones pecuniarias y en los juegos y deportes.
«Estos dos rasgos bárbaros, ferocidad y astucia, se funden para constituir el ánimo o temperamento espiritual depredador. Son expresiones de un hábito mental estrictamente egoísta. Ambos rasgos son altamente útiles para la conveniencia individual en una vida orientada a triunfar sobre los demás. Ambos tienen también un alto valor estético. Ambos son fomentados por la cultura pecuniaria. Pero ambos son igualmente inútiles para los propósitos de la vida colectiva.»

11. La creencia en la suerte
La propensión a los juegos de azar es otra característica del temperamento bárbaro. Además va en contra del carácter industrial de una sociedad.
La suerte es una idea anterior a la cultura depredadora, es una modalidad de la aprehensión animalista de las cosas.
En la página 314 encontramos una posible crítica a las ideas de Adam Smith: pensar que la realidad está regida por una “mano invisible” le parece a Veblen una idea puramente animista.
«El hábito animista tiene una cierta significación para la teoría económica por otros motivos: 1) es un indicio bastante seguro de la presencia, y hasta cierto punto incluso del grado de potencia, de otros rasgos arcaicos que le acompañan y que son de sustancial importancia económica; y 2) las consecuencias materiales de ese código de conveniencias devotas a que da origen el hábito animista en el desarrollo de un culto antropomórfico son importantes de estas dos maneras: a) en cuanto afectan el consumo de bienes de la comunidad y los cánones que predominan en ella, tal y como ya hemos indicado en un capítulo anterior, y b) induciendo y conservando un cierto reconocimiento habitual de la relación con un superior, fortaleciendo así el sentido corriente del status y la lealtad.»
«Los pueblos bárbaros que tienen un esquema de vida de carácter depredador bien desarrollado también suelen estar poseídos de un fuerte hábito animista predominante, un culto antropomórfico bien formado y un vívido sentido del status

12. Observancias devota
«La supervivencia y eficacia de los cultos y el predominio de su programa de observancias devotas están relacionados con la institución de una clase ociosa.»
El temperamento deportista es de carácter animista. Desde el punto de vista económico. El carácter deportivo se convierte gradualmente en el carácter de un devoto religioso.
Otra curiosa idea que lanza Veblen sin más pruebas que las de su imaginación: hay una relación entre el temperamento deportivo y el de las clases delincuentes, ambas relacionadas con un culto antropomórfico.
La vida industrial moderna es contraria al temperamento devoto.
En teoría económica, el consumo de bienes y esfuerzo en el servicio de una divinidad antropomórfica significa una reducción de la vitalidad de la comunidad.
Hay un sorprendente paralelismo entre el consumo que se realiza al servicio de una divinidad antropomorfa y el que se lleva a cabo al servicio de un caballero ocioso.
«Entre los estudiosos de la vida criminal en las comunidades europeas, es ya un lugar común el hecho de que las clases criminales y disolutas se distinguen por ser, si acaso, más devotas, y devotas de modo más ingenuo, que la media de la población.»
«Las iglesias están perdiendo la simpatía de las clases artesanas y la influencia que tenían sobre ellas.»
Según Veblen, para las personas que están en contacto directo con los procesos industriales modernos la observancia devota está en vías de desaparecer.

13. Supervivencia del interés generoso
«Ese residuo no odioso de la vida religiosa –el sentido de comunión con el medio con el proceso vital genérico– así como el impulso de caridad o sociabilidad, actúan de manera dominante en la formación de los hábitos mentales de los hombres para fines económicos.»
«La tendencia a fines que no sean los de establecer comparaciones odiosas ha producido una multitud de organizaciones cuyo propósito es alguna obra de caridad o de mejora social.»
«Muchas obras que dan ostensible muestra de un espíritu altruista y desinteresado se inician y se realizan primordialmente con vistas a realzar la reputación y aun la ganancia pecuniaria de sus promotores.»
«Bajo las circunstancias propias de la posición protegida en que está situada la clase ociosa, parece, pues, haber una cierta reversión a aquellos impulsos no-competitivos que caracterizan la cultura salvaje anti-depredadora. La reversión comprende tanto el sentido del trabajo eficaz como la proclividad a la indolencia y al buen compañerismo.»

14. La educación superior como expresión de la cultura pecuniaria
La clase ociosa ha ejercido una gran influencia sobre los hábitos educativos.
El conocimiento en las sociedades primitivas era sobre cuestiones rituales y ceremoniales. La educación comenzó siendo un subproducto de la clase ociosa vicaria sacerdotal.
El uso de la toga y el birrete, las ceremonias de iniciación y graduación… provienen de los rituales sacramentales.
Según la comunidad se hace más rica y su clientela empieza a ser de clase ociosa se incide más en el ritual académico.
En las sociedades industriales modernas la mujer ha accedido a la educación superior. En la sociedad bárbara la educación de la mujer debería ir enfocada a conseguir una mejor realización de los servicios domésticos y hacia conocimientos y destrezas quasi-académicas y quasi-artísticas que caben bajo el calificativo de ocio vicario.
Las universidades norteamericanas suelen estar asociadas a órdenes religiosas.
En la universidad la clase ociosa adquiere conocimientos jurídicos y políticos, además de administrativos. Son conocimientos que han de guiar a la clase ociosa en su tarea gubernamental, basados en los intereses de la propiedad.
En las universidades de la era industrial ha ido ganando terreno el estudio de las ciencias. Sin embargo, el status para la clase ociosa sigue estando en la adquisición de conocimientos inútiles (por ejemplo, el estudio de lenguas muertas) y en el desprecio hacia lo útil (por ejemplo, el estudio de ingenierías).

Conclusión personal
Teoría de la clase ociosa me ha parecido un libro bastante original, que tiene que ver con la economía, pero también con la antropología o la sociología, corrientes del pensamiento que hacia finales del siglo XX cada vez ha sido más necesario incluir en el debate económico.
Veblen contradice algunas de las ideas más clásicas de la teoría económica, como la del supuesto del sujeto racional, poniendo el foco de sus ideas en una interesante idea, la de la economía institucional.
Tengo la impresión de que en este ensayo hay alguna pequeña contradicción interna: a veces le cuesta salvar la dicotomía entre la tendencia al ocio y al instinto del trabajo eficaz. Esto hace que tenga más ganas ahora de leer La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber.
Quizás Veblen, que escribió su ensayo en los últimos años del siglo XIX, tuvo demasiada fe en la evolución de la cultura industrial y el retroceso de la cultura depredadora. Sus ideas parecen dar fe de un mundo que se extingue, un mundo en el que no va a haber, por ejemplo, una Primera y una Segunda guerras mundiales. Y lo curioso es que precisamente su existencia hace más vigentes las teorías de Veblen sobre los residuos de la sociedad bárbara. Uno puede, por ejemplo, pensar en el nazismo y relacionarlo perfectamente con la teoría de este libro: la imposición bárbara sobre los demás, la hazaña y el ensalzamiento del deporte, la figura del líder como dios antropomórfico y el gasto en ocio y consumo ostensibles.
Jorge Luis Borges incluyó Teoría de la clase ociosa en su Biblioteca personal, y existe un prólogo del libro escrito por él. John Galbraith es otro admirador de Veblen.
Tengo la sensación de que Sigmund Freud leyó este ensayo de Veblen. De hecho la forma de organizar los pensamientos en Totem y tabú se asemeja un tanto a Teoría de la clase ociosa: la investigación del hombre primitivo para explicar los comportamientos del hombre moderno, y también los del joven (o el niño, en el caso de Freud) en el adulto.
Existen muchos fenómenos del mundo actual que pueden explicarse según la Teoría de la clase ociosa: si uno ve la película Inside job tras leer a Veblen se dará cuenta de que entre los ejecutivos de Wall Street predominaban las pulsiones de la cultura bárbara depredadora, y el objetivo de la compra de aviones privados, por ejemplo, no era otro que el del consumo ostensible que establece comparaciones odiosas entre los hombres.
Las fotos que colgamos en las redes sociales, mostrándonos en la playa, en un restaurante o en una discoteca son muestras de consumo ostensible, de la aceptación de los valores de la clase ociosa.