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domingo, 5 de mayo de 2019

La fiebre del heno, por Stanisław Lem


La fiebre del heno, de Stanisław Lem.
Editorial Impedimenta. 224 páginas. 1ª edición de 1976, ésta es de 2018.
Traducción de Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio

En la primavera de 2018 me escribió –a través del chat de Facebook– Enrique Redel, editor de Impedimenta, para comentarme que acababan de publicar la novela La fiebre del heno del escritor polaco Stanisław Lem (Lvov, Polonia, 1921 – Cracovia, 2006). De Lem había leído y reseñado otros dos libros de Impedimenta: Solaris y Máscara. Eran dos libros que me habían gustado mucho y Redel me preguntaba si me apetecía que me enviara La fiebre del heno. Le dije que sí. Lem es un escritor al que uno siempre puede volver. Me puse con él a finales de agosto de 2018, cuando ya me quedaban pocos días de vacaciones para volver al colegio donde trabajo.

El nombre de Lem se suele asociar a la ciencia-ficción europea, una ciencia-ficción inteligente, que trasciende las posibles limitaciones del género, siendo su obra más destacada Solaris, un libro de ciencia-ficción filosófica que posiblemente es una de las más bellas novelas europeas del siglo XX.

Apunto desde ya que La fiebre del heno es una novela curiosa, porque contiene elementos de ciencia-ficción, pero más que a este género se la podría inscribir en el de la novela de detectives y misterio. En realidad, una de las mayores bazas a las que juega Lem en esta novela es a la de romper los posibles límites entre los géneros literarios.

El protagonista y narrador de La fiebre del heno es un astronauta norteamericano retirado que ronda los cincuenta años. Ha estado dos veces en el espacio, pero ninguna en la Luna o en Marte. Durante su carrera fue relegado a ser astronauta suplente porque padecía de «fiebre del heno», lo que en España se llama «alergia al polen». Nuestro astronauta tiene alergia a las gramíneas, y aunque en Marte no hay flores que le puedan afectar en su misión, este defecto le hace no ser del todo idóneo, y le apartó del primer equipo de astronautas.
Como en la novela se afirmaba que existía una misión espacial para llegar a Marte, al principio pensé que Lem había ambientado su novela unas décadas después de la fecha en la que acabó de escribirla, en noviembre de 1975. Pero en realidad no es así, porque nuestro astronauta (que ronda los cincuenta años) fue soldado en la Segunda Guerra Mundial, así que el mundo que nos propone Lem aquí es uno de 1975 con algunas pequeñas diferencias con el real: misiones espaciales a Marte en un mundo donde se producen frecuentes atentados terroristas en espacios públicos (algunos causados por «feministas radicales»).

La novela empieza de un modo desconcertante para el lector: nuestro narrador-astronauta se encuentra alojado en un hotel de Nápoles, siguiendo los pasos de un tal Adams, que está muerto. El astronauta parte en coche hacia Roma, siguiente los últimos pasos de Adams, y a su vez él mismo es seguido por otras personas, que vigilan sus constantes vitales. ¿Qué está pasando? ¿A qué juega este astronauta? El lector pasa las páginas desconcertado, presa de una intriga creciente.
En el aeropuerto de Roma, a punto de partir para París, nuestro astronauta se convertirá en una de las víctimas de un atentado terrorista. Sobrevivirá y conseguirá llegar hasta su destino. ¿Qué está ocurriendo aquí?, se sigue preguntando el lector. Un lector que, en cualquier caso, ha de saber, pese a haber superado la página 70 de un libro de 224 en estado de perplejidad, que se encuentra en las manos de Stanisław Lem, uno de los narradores más inteligentes y fiables del siglo XX. Debe confiar en Lem porque le va a llevar a buen puerto.

En París nuestro narrador visitará a un matemático para pedirle ayuda con el misterio que ha de resolver. En este momento, llegados a la página 75, será cuándo el lector comprenderá los términos del misterio detectivesco que plantea esta novela. Nuestro narrador ha sido contratado por una agencia de detectives, a los que a su vez paga una tía de Adams, quien considera que su sobrino murió en extrañas circunstancias y que existen indicios para pensar que ha sido asesinado. Los detectives han llegado a contabilizar, en un periodo de unos dos años, once casos de muertes extrañas de extranjeros de unos cincuenta años y que viajaron solos a Nápoles. Estos viajeros tras sufrir un aparente brote de locura se han suicidado o han muerto en raras circunstancias. «Es necesario ser hombre, tener alrededor de cincuenta años, ser moderadamente alto, de tipo pícnico o atlético, soltero o viudo, o al menos estar solo en Nápoles.», leemos en la página 132, cuando se hace un recuento de las características de las personas que han sufrido estas muertes extrañas. Nuestro astronauta, con unas características personales similares a las de las posibles víctimas, ha recibido la misión de copiar los pasos de Adams en Nápoles y Roma para ver si le ocurre algo similar a lo que le ocurrió a este grupo de personas.

Hacia la mitad de la novela el juego literario ya está plenamente planteado para el lector: ¿Existe algún patrón real que una a estas personas o se trata de una serie de casualidades encadenadas? ¿Podrá el matemático francés y su equipo encontrar algún patrón que determine las causas del crimen? ¿Existe realmente un «crimen»?
«El caso de Nápoles existe, el hecho me parece incontrovertible. Pero no funciona como un mecanismo de relojería, sino más bien como un juego de azar. Los síntomas se caracterizan por la fluctuación, por la arbitrariedad. Y ambas cosas pueden debilitarse, incluso desaparecer del todo, ¿verdad?», le comenta el matemático al astronauta en la página 113.

El nudo misterioso que ha perpetrado Lem me ha hecho pensar en los juegos de ingenio planteados en los cuentos del Padre Brown, el personaje de G. K. Chesterton, una de las influencias más claras sobre los cuentos de Jorge Luis Borges, autor al que habitualmente se vincula a Lem.

La fiebre del heno, pese a que su personaje es un astronauta, es una novela de detectives, una novela muy en la tradición inglesa, un juego de salón intelectual, donde la sangre es el atrezo de un pasatiempo, a diferencia de lo que ocurre en la novela negra norteamericana, en la que la sangre mancha de verdad y cuestiona los estamentos sociales.

En Un silencio menos, el libro de entrevistas a Mario Levrero, el autor uruguayo se declaraba un lector adicto de novelas policiales, aunque a veces se sentía culpable por leerlas, ya que este tipo de libros necesitan –según él– un final «cerrado». Si los enigmas planteados no quedan cerrados, la novela fracasa y deja una sensación de estafa; pero cuando sí que está «cerrada», deja una sensación de vacío.
Cuando iba por la mitad de La fiebre del heno he pensado en este comentario de Levrero. Conociendo la inteligencia y el prestigio de Lem sabía que la novela iba a quedar cerrada y temía que, llegado ese momento, me invadiera una sensación de vacío, una sensación de fin del juego de salón. Por supuesto, como siempre ocurre en las novelas de misterio (y ahora la reflexión es de Borges) el planteamiento de un misterio siempre es, para un lector, superior a su solución. El problema planteado por Lem aquí es interesante y pasaba las páginas con el deseo de conocer la solución al misterio. En este sentido, la novela funcionaba perfectamente y, como vaticinaba Borges, este misterio de la página es superior a su resolución, a la sensación de juego «cerrado» (en palabras de Levrero).

De las dos novelas que he leído de Lem, Solaris y La fiebre del heno, me quedo con Solaris, que es una novela que me gusta mucho, una novela de gran calado filosófico, y La fiebre del heno es más un juego intelectual. Pero eso sí, un inteligente y lujoso juego intelectual. Si a esta idea de la literatura como resolución de un extraño misterio, unimos las peculiaridades del mundo de Lem, sobre todo la de elegir un personaje astronauta en un mundo ligeramente distópico, tenemos allí ya un cóctel narrativo bastante atractivo. He de seguir leyendo a Lem, el Borges polaco.

Nota: un resumen de esta reseña se publicó en la revista Librújula.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Máscara, por Stanisław Lem.

Editorial Impedimenta. 417 páginas. 1ª edición de los relatos: 1957-1996. Ésta es de 2014.
Traducción de Joanna Orzechowska

A comienzos del curso 2016-2017 (al ser profesor sigo midiendo los años por cursos académicos) leí Solaris de Stanisław Lem (Lvov, Polonia, 1921-Cracovia, 2006), un libro que realmente me impresionó. Me dio pena no haberlo leído de adolescente, cuando era un gran lector de literatura de género (principalmente de ciencia-ficción y de terror). Intercambié algunos mensajes con su editora Pilar Adón, que me envió a casa Máscara. No sé por qué razón, el libro estaba empezando a quedarse sin leer en un altillo de mis estanterías, hasta que al finalizar el curso consideré que ya era el momento adecuado para ponerme con él.

Máscara está formado por trece relatos que, por su extensión, en algún caso llegan a ser novelas cortas. Hasta ahora no se habían publicado en España. Según leemos en el prólogo, los relatos fueron publicados en forma de libro en 1996 por la editorial polaca Interart. Son cuentos que, en muchos casos por su extensión y no por su calidad, se quedaron fuera de las antologías clásicas del autor. «Relatos que, sin importar su calidad y su trascendencia, se hurtaron durante años a los lectores de Lem.»

Hasta cierto punto, tenía ciertas dudas de si, después de la buena impresión causada por Solaris, esta recopilación podría ser la mejor manera de seguir con la obra de Lem. Pero nada más leer el primer cuento, La rata en el laberinto, mis dudas se disiparon. En él, dos científicos de acampada son testigos de la caída desde el cielo de un gran objeto en llamas. «Un sentimiento de rareza se apoderó de mí: no era miedo exactamente, sino la apabullante sensación de estar aproximándonos a algo increíble, inefable, a algo que, cuando menos lo esperábamos, emergía de la opaca claridad y se haría visible ante nosotros, como venido de otro mundo. (…) Me parecía que algo ominoso estaba a punto de ocurrirnos» (pág. 22). Ya he comentado alguna vez que cuando llega el verano me apetece leer relatos de terror o ciencia-ficción, como cuando era adolescente. A medida que me adentraba en las páginas de La rata en el laberinto, tenía la sensación de estar leyendo un relato de H. P. Lovecraft sobre seres primordiales venidos del espacio. Esto me resultaba muy divertido: siempre asocio el calor del verano y las vacaciones con el terror, y si es un poco serie B, mejor. Sin embargo, los grandes temas de Lem están aquí presentes: la evolución de la vida en distintos puntos del universo puede ser tan diferente que resulte imposible la comunicación, como ocurría con el planeta Solaris. «Es una tontería imaginarse que el Cosmos pueda repetir el mismo proceso evolutivo que nosotros, que derive en las mismas formas, los mismos cerebros, las mismas cuencas oculares, labios, músculos…» (pág. 31). Hacía el final, Lem nos da una posible explicación científica de lo ocurrido a nuestros protagonistas, cuyo rigor trasciende las encantadoras limitaciones de la ciencia-ficción de serie B.

Invasión vuelve a ser otro cuento largo (o novela corta) sobre un posible contacto con extraterrestres que llegan a la Tierra. De nuevo, los terrestres no tienen nada claro si van a poder comunicarse con los seres alienígenas, y se desatan las especulaciones y los temores. Hacia el final, un científico da una doble explicación sobre lo que puede estar pasando: «Señores, sé que quieren escuchar de mí la verdad, pero he de decirles que existen dos verdades en realidad. La primera se la dedico a los semanarios que incluyen artículos ilustrados de mayor extensión: las peras vidriosas son ejemplares procedentes de jardines botánicos pertenecientes a entes estelares altamente desarrollados. Estos seres los han cultivado con la única intención de satisfacer sus necesidades estéticas. La segunda verdad, igualmente válida, está destinada a la prensa diaria, sobre todo a la vespertina: las peras son monstruos cósmicos que disfrutan de la destrucción del universo, que a su vez constituye su forma de ser y de reproducirse como individuos» (págs. 94-95). Este párrafo que reproduzco aquí me ha hecho pensar en Jorge Luis Borges, con quien a menudo relacionan a Stanisław Lem, en concreto en el cuento Tema del traidor y del héroe, en el que la verdad es un concepto mutable que depende de quién quiera interpretar los hechos.

No todos los relatos aquí reunidos tratan de encuentros con extraterrestres. Otros tienen que ver con la evolución de la inteligencia artificial. Me ha gustado mucho el titulado El amigo, que trata del encuentro entre un joven aficionado a la radiotransmisión con un solitario y asustado hombre mayor, que tiene que construir una máquina de la que no sabe nada, siguiendo las órdenes que le da «un amigo». El narrador es el joven radioaficionado, que cada vez se irá involucrando más en la historia. El comienzo de este cuento me ha recordado también a H. P. Lovecraft, pero su desarrollo es diferente a un cuento clásico de Lovecraft.

Con estos tres cuentos hemos leído ya ciento cincuenta páginas del libro. Cada uno tiene unas cincuenta páginas y son, por tanto, más novelas cortas que relatos. Las sensaciones son buenas. Con estas tres novelas cortas podríamos tener un libro satisfactorio, pero aunque quedan diez cuentos por leer.

La invasión de Aldebarán es bastante más corto que los anteriores y muy divertido. Nos encontramos aquí con un inteligente juego de la perspectiva narrativa.

Moho y oscuridad, sobre unas pequeñas bolas que van creciendo en la casa de un hombre solitario, me ha recordado mucho a un cuento de terror de Thomas Ligotti. Gran creación de atmósfera.

En El martillo nos adentramos en el espacio de los viajes interestelares y la inteligencia artificial. En la página 197 los robots gritan: «¡Noooo! ¡Noooo!» cuando los desenchufan, y yo he pensado en Ray Bradbury. «Cualquier cosa, por atrevida u original que fuese, resultaba macabra, independientemente de las armaduras con las que las hubieran cubierto. Una esfera en forma de calavera, un torso alargado, un trozo de cristal con aparatos incrustados, una oscura frente convexa con los micrófonos y el altavoz sobresalientes… Todo aquello resultaba falso e irritante; por ello, finalmente optaron por abandonar los diseños rebuscados» (pág. 213). En este cuento, Lem reflexiona sobre la imposibilidad de asimilar la inteligencia artificial para la mente humana, que al final siempre cree estar conversando con una persona y le resulta inconcebible hacerlo con una máquina: «Por primera vez, comprendió que en el fondo de su subconsciente ardía el impronunciado, desconocido, sordo e ingenuo convencimiento de que, dentro del baúl de hierro, hubiera alguien escondido, como en el interior de un armario, como en un cuento, alguien acurrucado que hablaba con él a través de las cubiertas amarillas…» (pág. 229).

La formula de Lymphater incide en el cuento del científico que cree haber dado a luz a la inteligencia artificial perfecta. La perspectiva es nueva, pero las ideas quizá no tanto, sobre todo después de haber leído los cuentos anteriores. Aun así, si alguien leyera sólo este cuento en una antología no podría negar que es bueno. Pero, mezclado entre los demás, el relato empieza a mostrar planteamientos repetitivos. En este cuento se aporta, en cualquier caso, una nueva idea inquietante: los humanos son necesarios (simplemente) para crear la inteligencia artificial, que será un nuevo estadio en la vida del universo que superará todas las limitaciones de la mente y el cuerpo.

El diario es el cuento que menos me ha gustado. Tras más de veinte farragosas páginas sobre un ser que engendra universos, se informa al lector que lo leído es «un fragmento, simplificado y bastante abreviado, de la traducción del denominado “Diario”, que forma parte del material científico reunido por la tercera expedición de Alfa Eridani» (pág. 286). Es decir, hemos estado leyendo el diario de un ser extraterrestre que tiene la capacidad de crear mundos. Me costaba conectar con el texto; la apuesta de Lem en este caso me ha parecido demasiado experimental y arriesgada.

La verdad, sobre unos científicos que creen haber descubierto vida orgánica en el fuego, es un cuento de terror clásico y muy divertido.

Máscara es, posiblemente, el relato más largo del libro, y creo que también el mejor. Se trata de una estupenda novela corta, y solo por ella merece la pena leer el libro. La historia está narrada en primera persona por un robot que cree ser una doncella en un mundo con aspectos medievales (reyes, castillos, jardines…). La propuesta es muy original y la prosa muy densa, poética y medida. Al leerlo he recordado al Franz Kafka de La guarida o La metamorfosis. El relato transmite a la perfección las dudas existenciales de la conciencia pensante en busca de sus orígenes.

Ciento treinta y siete segundos vuelve a ser un relato muy divertido sobre científicos e inteligencia artificial.

El acertijo es un cuento de tan sólo cinco páginas. En él se nos plantea un universo muy original e interesante: un mundo habitado por robots, que tienen su propia religión y que saben que en un momento necesitaron al hombre (ya extinguido) para existir, ha conseguido crear en el laboratorio un cerebro humano capaz de pensar.

La colchoneta, acerca de las dudas de un millonario sobre la realidad o no del mundo que habita, parece influenciado por la narrativa de Philip k. Dick, autor al que Lem leyó y admiró.


A pesar de alguna repetición de ideas en algunos cuentos, Máscara es un gran libro de relatos y resulta extraño que no estuviera disponible para el público español hasta que no lo tradujo y editó Impedimenta en 2013 (tanto la traducción como la edición son magníficas, por cierto). Sólo el relato largo Máscara es una obra maestra de la narrativa del siglo XX. No tiene sentido decir que es una obra maestra de la ciencia-ficción, porque la inteligencia de Lem trasciende los géneros literarios. Ciencia-ficción filosófica, terror cósmico, acertijos sobre los confines del universo y la vida; el mundo de Lem es atractivo y convincente. Me llama la atención que casi no haya referencias a la Polonia comunista en la que vivió y escribió. Lo cierto es que el lector tiene la impresión de que son cuentos que transcurren en Estados Unidos, por el desarrollo tecnológico y, en más de un caso, porque los sitúa allí realmente. Si Stanisław Lem hubiera sido norteamericano, imagino que ahora mismo sería mucho más conocido. Aunque tampoco se pueda decir que no sea conocido y celebrado. Stanisław Lem es un gran escritor del siglo XX y me basta para afirmarlo haber leído Solaris y Máscara. Dos libros muy recomendables, estupendamente editados por Impedimenta.

domingo, 22 de enero de 2017

Solaris, por Stanisław Lem

Solaris, de Stanisław Lem.
Editorial Impedimenta. 292 páginas. 1ª edición de 1961; esta de 2015.
Traducción de Joanna Orzechowska; introducción de Jesús Palacios.

Ya he comentado aquí más de una vez que yo crecí siendo un lector adolescente de ciencia-ficción y terror, y durante unos años lo fui casi en exclusiva de ciencia-ficción. A principios de los años 90 leí más de un manual sobre el género y sabía, claro, que Stanisław Lem (Lvov, Polonia, 1921-Cracovia, 2006) estaba considerado uno de los grandes maestros de la ciencia-ficción europea. Sin embargo, nunca hasta ahora le había leído. Llegué a tener uno de sus libros en casa, la novela Regreso de las estrellas. Era una edición de segunda mano muy baratera, que no me gustaba mucho, y que, al final, igual que había llegado a mi habitación desde una librería de segunda mano, volvió a otra sin ser leído. Una pena, porque ahora que por fin he leído Solaris –la novela más celebrada de Lem‒, creo que habría disfrutado mucho de Lem a los dieciséis o dieciocho años. Ahora, al leer Solaris, he tenido una sensación parecida a la que experimenté en las navidades de 2014 cuando leí por primera vez Crónicas marcianas de Ray Bradbury: tenía que haberte conocido antes. Por fortuna, este lamento no significa que no haya disfrutado ahora de esta obra maestra de Lem, porque lo he hecho y mucho.

Desde una conversación que mantuve con el escritor Juan Gracia Armendáriz en la librería-bar Tipos Infames de Malasaña –el día de la presentación de la novela Los últimos de Juan Carlos Márquez, que tuvo lugar aproximadamente en octubre de 2014–, momento en el que me recomendó con mucho entusiasmo Solaris o los Relatos del piloto Pirx, se reactivó en mí el deseo de leer a Lem. Desde entonces hojeé sus libros en bibliotecas o librerías, y no ha sido hasta la Feria del Libro de Madrid de 2016 cuando me acerqué a la caseta de Impedimenta y compré Solaris directamente a su editor, Enrique Redel. Una de las particularidades de la edición de Impedimenta (además de su bonito diseño, calidad del papel, etc.) es que se trata de la primera traducción directa del polaco que se comercializa en España, porque hasta 2011 la versión que podía conseguir el lector español era la traducida del francés. Al final me acerqué a la lectura de Solaris durante la calurosa primera semana de septiembre en Madrid y lo terminé una mañana de sábado en la librería Babel de Palma de Mallorca, tomando una coca-cola. Había dejado el prólogo de Jesús Palacios (es el segundo prólogo de él que he tenido ocasión de leer este verano, ya que también era él el autor del prólogo del libro de Valdemar Los hombres topo quieren tus ojos). Fue un momento bonito: leí las últimas páginas de la novela, leí el prólogo, dejé el libro sobre la mesa y disfruté del instante. Creo que al menos por unos segundos volví a sentirme como aquel adolescente que fui a finales de los años ochenta o principios de los noventa, que alucinaba con las novelas de Philip K. Dick o Brian Aldiss. Miraba por la cristalera de la librería-bar a la calle, miraba los libros de las estanterías, bebía de la coca-cola y acariciaba el lomo del libro, dejando reposar en mí la historia que había leído, sucumbiendo a la seducción de Solaris, a su «Sentido de la Maravilla» en términos de Jesús Palacios.

El narrador de Solaris es el psicólogo Kris Kelvin, que nos narra sus peripecias en el planeta Solaris, a partir del momento en el que se introduce en el interior de una cápsula de la nave Prometeo para ser lanzado hasta la estación científica de Solaris. La estación está habitada por tres científicos: Snaut, Sartorius y Gibarian. Cuando Kelvin sale de la cápsula y entra en la estación, el recibimiento que obtiene por parte de Snaut no es muy caluroso. Sartorius no se presenta a saludarle y averigua que Gibarian está muerto.
Pronto, Kelvin se encontrará en la estación con personas que no deberían estar allí: primero una mujer negra de gran tamaño. y después con Harey, una mujer joven que fue su pareja años atrás y que se suicidó.

Kelvin consulta varias veces la biblioteca de la estación y de este modo introduce al lector en el conocimiento de la solarística: una ciencia que estudia a Solaris. El planeta está cubierto por una especie de mar del que únicamente emergen unas pocas islas. Además, está iluminado por la luz de dos soles, lo que en principio crearía unos problemas gravitatorios que impedirían la presencia de vida. Sin embargo, de algún modo, el mar de Solaris consigue crear una estabilidad gravitatoria. El mar de Solaris es un organismo vivo e inteligente. A partir de este descubrimiento, las teorías sobre Solaris y sobre la forma de establecer el deseado Contacto con una civilización inteligente se disparan. El mar responde o no a los estímulos de los terrestres. Sus respuestas parecen contener desarrollos matemáticos complejos, pero la idea humana del Contacto no parece verse satisfecha. La creación del extraterrestre Solaris es una de las grandes creaciones de la novela: el hombre se ha lanzado al cosmos deseando encontrar otras civilizaciones y no parece comprender que su idea de otra civilización con la que establecer Contacto no esté planteada en términos puramente humanos: deberíamos encontrarnos con unos seres parecidos a nosotros, que se encuentran en un estado tecnológico más avanzado o bien más atrasado. Solaris no es una civilización en términos humanos, es un único organismo vivo e inteligente (en términos no humanos). Más de un científico se ha convertido –nos cuenta Lem– a la religión de Solaris, pasando a ser un caballero del Santo Contacto. Entre sus múltiples explicaciones, Solaris admite una teológica: el hombre ha creado a Dios a su imagen y semejanza, pero Dios le ignora, y sus actos son incomprensibles para él.

Sin embargo, Kelvin está descubriendo nuevos aspectos de la solarística: de algún modo, la conciencia viva de Solaris puede sondear las mentes humanas y crear réplicas de personas cuyo recuerdo resulta traumático para ellas. ¿Se está vengando Solaris por algo? ¿Puede tratarse de un regalo?

Si antes escribía que Solaris puede ser un relato teológico, también puede tratarse de una historia de terror: ¿cómo puede enfrentarse Kelvin a un fantasma del pasado como es su difunta mujer reaparecida en la estación de Solaris? Además, puede tratarse también de una novela sobre la identidad: ¿cómo puede percibirse a sí misma la réplica de Harey? Solaris también es una novela de misterio: ¿será posible al fin que se produzca el ansiado Contacto?, o una novela de intriga: ¿qué esconde Sartorius en su habitación? ¿Qué fantasma del pasado le está visitando a él? Solaris puede ser una novela inagotable.

En la contraportada del libro leemos: «Lem fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia-Ficción), de la que sería expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia-ficción estadounidense era de baja calidad». Conocía la anécdota gracias al libro Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la biografía de Philip K. Dick que escribió Emmanuel Carrère. En las declaraciones de Lem sobre la literatura de ciencia-ficción norteamericana había algo más, que se puede resumir de la siguiente manera: «La ciencia-ficción norteamericana es infantil y no vale nada, excepto la de Philip K. Dick». En su prólogo, Jesús Palacios establece analogías entre la obra de Stanisław Lem y la de H. P. Lovecraft, y a mí me gustaría establecerlas con la de Philip K. Dick.

Tras leer Solaris, comprendo mucho mejor aquella admiración que Lem sentía por Philip K. Dick. En las obras de los dos encontramos elementos e inquietudes semejantes.

Al enfrentarse a las personas de la estación que no deberían estar allí, Kelvin piensa, de forma inicial, que la única explicación posible es que se haya vuelto loco, y que quizá aún se encuentre a bordo de la nave Prometeo y que lo que vive en la estación no es real. El cuestionamiento sobre la realidad o irrealidad de lo vivido es una de las constantes en la obra de Dick; por ejemplo, es uno de los temas principales de Ubik.

La idea del replicante que cobra vida es otro de los grandes temas dickianos: por ejemplo, trata de ellos en obras como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? o Simulacros; este tema está presente en Solaris cuando se habla de Harey.
Sobre todo en su última etapa creativa (La invasión divina o Valis), Dick habla de la posibilidad de un encuentro con la divinidad, otro de los temas de esta novela.

Lem, a diferencia de Dick, que practica una ciencia-ficción más poética, trata de dar a su novela una pátina científica, inventado términos y teorías; pero algunas de sus carencias o errores son similares: los dos imaginan, desde sus realidades de los años sesenta del siglo XX, que en un futuro de conquistas espaciales, la humanidad va a guardar su música o sus películas en cintas. Tal vez aquí podría encontrarse el único fallo que, dentro del disfrute de una obra tan profunda como Solaris, podía sentir al leer la novela: desde la estación no se establece casi contacto con la nave Prometeo, sus habitantes viven aislados y no se puede ver, a través de imágenes, lo que está pasando en su interior. Los científicos, dentro de la lógica de la novela, no quieren que desde fuera puedan ver a los ocupantes inesperados de la estación, pero (sin salir de nuevo de la lógica de la novela) esto, la transmisión de imágenes, parece suponer un problema técnico para la tecnología de la época propuesta. Es un detalle sin importancia, pero yo soy muy dado a plantearme este tipo de cuestiones en las obras de corte fantástico, las obras a las que les pido una mayor verosimilitud constructiva. Sin embargo, este detalle acaba por no tener importancia cuando uno se enfrenta al mundo cerrado de Solaris (el libro y el planeta), a su misterio y a sus profundidades sin respuesta.


Solaris, y no digo nada nuevo, más que un clásico de la ciencia-ficción es simplemente un clásico del siglo XX.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Nuestro hogar es Auschwitz, por Tadeusz Borowski

Editorial Alba. 220 páginas. 1ª edición de 1948, ésta es de 2004.
Traducción e introducción de Katarzyna Olszewska Sonnenberg y Sergio Trigán
Al final del libro hay un glosario muy útil de términos que en el original están en otro idioma (en el idioma del lager)

Después de releer seguidos cuatro libros de Primo Levi y documentarle así para la charla que me había comprometido a dar en el colegio en el que trabajo, decidí releer también Nuestro hogar es Auschwitz del escritor polaco Tadeusz Borowski (Zhitomir, Ucrania, 1922 – Varsovia, 1951). Tengo anotado en la primera página que lo leí en noviembre de 2004, y el libro apareció publicado en Alba en octubre de 2004. Si no recuerdo mal lo compré en la Fnac de Callao. Leí el título, lo tomé de la mesa de novedades, vi que lo publicaba Alba (editorial altamente fiable), leería –imagino- algo de la introducción y decidí comprarlo. La verdad es que he leído bastantes libros testimoniales sobre los campos de concentración y el periodo nazi de Alemania. Un tema que no deja de sobrecogerme.
Recordaba la especial crudeza del libro de Borowski, que he vuelto a revivir estos días.

Borowski estuvo dos años en Auschwitz, pero sin portar el doble triangulo amarillo que formaba la estrella de David (el símbolo destinado a los judíos), el suyo sería el triangulo rojo (propio de los presos políticos). En la Polonia ocupada por los nazis se impedía  a los polacos acceder a la educación secundaria y universitaria. Pero Borowski, tras acabar el bachillerato comenzará a cursas estudios de Filología polaca en la universidad clandestina. En 1942 publica su primer libro de poemas, que fue elogiado por Czesław Miłosz. La Gestapo detuvo a la novia de Borowski, María Rundo, y él no se escondió, siguió frecuentando los mismos lugares. Fue detenido y acusado de crímenes políticos, aunque en realidad no se había implicado en tareas subversivas (lo que le provocaba un sentimiento de culpa).

Los cuentos que aparecen recogidos en Nuestro hogar es Auschwitz (en total doce) aparecieron en dos libros de 1948, algunos habían sido publicados previamente en periódicos.
El relato más extenso es el primero, el que da título al conjunto. Tras leer a Primo Levi y ahora, seguidamente, a Tadeusz Borowski aprecio de forma clara las diferencias que hay entre los dos escritores. Si esto es un hombre era un testimonio sobrecogedor por su sencillez de exposición, la narración de la experiencia era directa: Levi cuenta sus impresiones individuales del campo de concentración sin valerse de la rabia o el énfasis. Además no deja que su relato se contamine con conocimientos posteriores. Y como contaba Antonio Muñoz Molina en su prólogo Levi escribió su primer libro intentado copiar el estilo claro de los informes de la fábrica de pinturas en la que trabajaba. Levi era un hombre culto y un químico de formación.
Borowski es un poeta de formación y eso se deja notar en el aliento con que escribe los cuentos recogidos en este libro. Nuestro hogar es Auschwitz recrea las experiencias del autor en el campo de concentración pero no es un libro puramente testimonial, porque existe en estos relatos un tratamiento literario. Así el primer relato está formado por las cartas clandestinas que escribe el narrador a su novia prisionera, como él, en otro de los pequeños campos de concentración dependientes del complejo de Auschwitz. Los dos personajes parecen un trasunto más o menos próximo al autor y a su novia, pero observamos que las cartas del narrador quieren comunicarle a su amada sus experiencias en el campo y también una sensación de optimismo, un decirle “no desespero, no estoy tan mal”, y este tono es el que hace que el relato pase de ser testimonia (Levi) a literario (Borowski).
La experiencia de Borowski en Auschwitz está un poco más alejada del fondo que representaba el preso que ha perdido toda esperanza y se deja consumir (llamado “musulmán” en la jerga del campo) hasta la selección y la muerte en la cámara de gas, que la de Levi: cuando Borowski llega al campo se ha suspendido el uso de las cámaras de gas para los no judíos. El narrador de Borowski está mejor alimentado que Levi (“En el campo, todo aquel que come y duerme suficiente habla de mujeres”, pág. 30) y puede disfrutar de algunas ventajas de la que Levi, que vivió la experiencia del judío en Auswichtz (es espelúznate en Si esto es un hombre el episodio de la última gran selección para la cámara de gas en el campo en octubre de 1944), no pudo hacerlo más que al final, cuando puede trabajar a cubierto en el laboratorio por ser químico (lo que posiblemente, entre otros sucesos afortunados, le salvó la vida).

Es posible que lo que he comentado antes -la mejor alimentación de Borowski, sus trabajos menos duros- hagan que aún conserve muchos de sus rasgos humanos y sobre su experiencia se pose una mirada más depresiva que la de Levi; así sus páginas se van tiñendo de una melancolía mayor. También sus cuentos se centran muchas veces en narrar lo más crudo y macabro de su experiencia, algo por lo que Levi suele pasar más por encima. Borowski escribe: “Hay, sin embargo, otros métodos mortíferos: el palo de una pala utilizado para estrangular diariamente a un centenar de personas.” (pág. 36)
En las cartas a la amada a veces  el narrador describe la extraña sensación que tienen los presos -algunos con historiales de hasta ocho años en campos de concentración- de pertenecer a Auschwitz, el gran campo con avenidas y edificios de ladrillos, en vez de barracones de madera. “Nuestro hogar es Auschwitz” dicen, asumiendo haberse convertido en esos seres que Primo Levi llamaba “hombres de Lager”, acostumbrados al trabajo duro, a la infraalimentación y a insensibilizarse ante todo lo que ven. Uno de los temas más potentes de los relatos de Borowski es esa insensibilidad de los presos ante el dolor ajeno, en este sentido destaca el tremendismo del cuento Pasen al gas, señoras y señores, el tercero del libro, que describe la llegada de trenes cargados de judíos para las cámaras de gas. Este es el mejor y más duro cuento del conjunto. Los presos del bloque se alegran por la llegada de trenes con judíos al campo, han de acercarse para ayudar a descargarlos y dejarlos limpios. Es una de las actividades más lucrativas del campo: dejan en un montón el dinero, el oro y las joyas para los nazis y ellos pueden quedarse con la comida o algo de ropa (“En el campo, quien tiene la comida tiene la fuerza.”, pág. 118). Los judíos son conducidos con educación a la cámara de gas, es importante que no se pongan nerviosos; facilitará la tarea que piensen que van a una ducha y que iniciarán una nueva vida en el campo. Muchos lo creen y avanzan a la muerte inminente y desconocida con dignidad, con alivio tras bajarse del tren atestado y sin aire (“Ésta es la ley del campo: a los condenados a muerte se les engaña hasta el último momento. Ésta es la única forma de compasión permitida” pág. 127). Pero los judíos polacos sí que saben. Una vez que queda despejada la rampa hay que limpiar los vagones. En su interior, además de excrementos, se van a encontrar cadáveres de ancianos y bebés, y, por ejemplo, preciadas latas de mermelada. Los cadáveres se lanzan a un camión que irá directamente al crematorio, sin pasar por la cámara de gas, pero también: “En el camión de los cadáveres echan también a los lisiados, a los paralíticos, a los agonizantes y a los que se han desmayado. La montaña de cadáveres se mueve, aúlla y grita.” (pág. 138)
En el horror destaca una imagen: aparece en un vagón una chica con una sola pierna, que no puede seguir a las personas que confiadas van a la cámara de gas. “La arrojan al camión de los muertos. La quemarán viva con los cadáveres.” (pág. 139). El narrador se siente débil, con ganas de vomitar, no puede compartir la alegría por la rapiña de sus compañeros. Poco antes ha tenido lugar este diálogo con uno de sus compañeros, un francés llamado Henri:
“-Henri, escucha, ¿crees que somos buena gente?
-¿Por qué haces esas preguntas tan estúpidas?
-Sabes, amigo, siento en mí un odio creciente e incomprensible hacia esas personas, pienso que si estoy aquí, es por su culpa. No siento compasión porque los vayan a gasear. Que los trague a todos la tierra. Me liaría a puñetazos con ellos. Mi comportamiento debe ser patológico, supongo, no lo puedo comprender.
-Oh, no, al contrario, es lo normal, lo previsible. La rampa te agota, te rebelas contra lo que has visto; lo más fácil es descargar la ira sobre el más débil. Incluso es aconsejable que te descargues. Es de sentido común, compris?” (pág. 131).
En cualquier caso me cae mejor el narrador de este cuento que el del anterior, el titulado Un día en Harmeze, envuelto en intrigas y delaciones en el campo.

Al final del cuento inicial hay otra escena terrible: el narrador saluda a un hombre perteneciente al Sonderkommando (de los que habló Levi en Los hundidos y los salvados: los judíos a los que los nazis obligaban a conducir a la cámara de gas a otros judíos y luego a llevar los cadáveres al crematorio). Este hombre le dice: “Hemos descubierto una nueva forma de quemar en la chimenea. ¿Sabes cómo es? (…) Lo hacemos así: cogemos a cuatro niños que tengan pelo, juntamos sus cabezas y les prendemos fuego. El resto arde por sí solo y gemacht, listo. (…) Aquí en Auschwitz tenemos que divertirnos como podamos. ¿Cómo, si no, íbamos a aguantarlo?” (pág. 73)
Casi todos los cuentos empiezan con una bella descripción de la naturaleza, pero acaban con otro apunte como el anterior.

Los cuentos del final son más cortos. Algunos se corresponden ya con el periodo de liberación del campo y su tutela bajo el ejército norteamericano. Destaco el titulado Silencio, sobre el deseo de venganza de los presos, que han podido atrapar a un kapo y a escondidas de los norteamericanos le matan a golpes.
 El último cuento, titulado Un mundo de piedra, nos habla de la vuelta al hogar, del reencuentro con la familia. Sólo se relata un paseo aquí y este cuento, pese a las atrocidades leídas, no deja de ser terrible: “Algunas veces me parece, incluso, que mis capacidades sensitivas se han coagulado y cristalizado en mi interior hasta convertirse en resina.” (pág. 210)
Uno lee este relato final y sabe que está ante las palabras de un depresivo, las palabras de alguien que no tiene optimismo, ni ilusión por la vida. Alguien con tendencias suicidas. Borowski se suicidó en 1951 –a los veintinueve años- metiendo la cabeza en el horno de su apartamento de Varsovia; imitando así, de forma grotesca, la muerte de la que se libró en Auschwitz.


Los libros de Auschwitz de Borowski no tuvieron una buena acogida en la Polonia comunista, pues no ensalzaban la fe en el futuro del trabajador soviético. Ahora son clásicos de aquel país, leídos en el colegio. Lo que debe ser una experiencia terrible, pero que al menos debería inocular al lector contra la barbarie nazi, un libro que deberían leer con calma todos esos jóvenes españoles que se declaran “nazis” porque es una palabra que impone o que da miedo. ¿De verdad, joven español que te declaras nazi, crees que hay algo que mola en esas personas que arrojaban viva a una chica coja a un camión de cadáveres para quemarla viva?

miércoles, 26 de mayo de 2010

Madurar hacia la infancia, por Bruno Schulz

Editorial Siruela. 530 páginas. Textos originales de la década de 1930. Edición de 2008.

Hace más de una década hojeé la versión embrionaria que hizo Siruela de este libro en la biblioteca de Móstoles. Entonces las tapas eran blandas y al volumen no le acompañaban los dibujos del autor. No recuerdo qué me hizo interesarme por ese libro, imagino que la reseña leída en el suplemento cultural de algún periódico. Recuerdo, en cambio, que hizo que me decidiera a no leerlo: los títulos de los dos libros de cuentos que recogía eran Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra. No leí el libro por esta última palabra, clepsidra; pensé que si un autor metía una palabra así en el título de un libro no le quedaba más remedio que expresarse con vacuidades modernistas. No podía estar más equivocado aquel chico de los suburbios que era yo entonces, o al menos lleno él mismo de un desprecio vacuo hacia cosas que desconocía.

Me volví a encontrar con Schulz al leer mi primer libro de Bolaño, Estrella distante, en 1999. Hacia el final de esta novela, cuando Arturo Belano tiene que señalar en un bar a Romero (el detective asesino a sueldo) quién es Carlos Wieder (el nazi que le han encargado matar), Belano le dice que le esperará leyendo a Schulz. “El bar estaba casi vacío. Una mujer leía una revista sentada en una mesa y dos hombres hablaban o discutían con el que atendía la barra. Abrí el libro, la Obra completa de Bruno Schulz traducida por Juan Carlos Vidal, e intenté leer. Al cabo de varias páginas me di cuenta que no entendía nada. Leía pero las palabras pasaban como escarabajos incomprensibles, atareados en un mundo enigmático.”, escribe Bolaño en el último capítulo de Estrella distante.
Algún año después, hojeando una revista literario, leí que Bruno Schulz fue un judío polaco al que un nazi pegó un tiro en plena calle, en el gueto de su pueblo polaco Drohobycz (actualmente Ucrania), porque quería vengarse de su enemigo, el nazi que protegía a Schulz, quien le usaba para decorar las paredes de la casa de su hijo (Schulz era el profesor de dibujo del instituto de Drohobycz). Es decir, Bolaño hace que Belano esté leyendo a Schulz cuando ha de indicar a Romero quién es el nazi chileno al que debe matar, una cuidada venganza literaria.

En 2008 Siruela volvió a reeditar el libro con las Obras Completas de Bruno Schulz. Esta vez en tapa dura, y con los dibujos que Schulz hizo para acompañar la edición de Sanatorio bajo la clepsidra, con el sugerente título de Madurar hacia la infancia. Y una nueva traducción a cargo de Elzbieta Bortkiewicz. He leído en Internet alguna crítica a la antigua, está me ha parecido muy buena, a pesar de algunas rimas internas, que imagino difíciles de evitar.
Por entonces leí una pequeña reseña en un Babelia donde el crítico Francisco Solano (lo acabo de buscar en Internet) afirmaba que Schulz estaba a la altura de Kakfa y Borges, pero que a diferencia de ellos “parecía condenado a perpetuarse en una devoción restringida”.
Lo compré en la feria del libro de Madrid de 2009. De algún modo nuevamente absurdo no lo he leído hasta ahora. Y sí, al fin, tras este periplo, lo puedo afirmar: Bruno Schulz es uno de los genios de la literatura del siglo XX a la altura de Kafka y Borges.

Al hablar de la obra de Schulz los críticos suelen referirse a sus dos libros principales, Las tiendas de color canela (1933) y Sanatorio bajo la clepsidra (1939), como libros de relatos. En realidad los cuentos de estos libros se vertebran como los capítulos de una misma novela, donde el autor parece recrear el mundo de su infancia alrededor de la casa familiar, unida a la tienda de telas de su padre en la plaza del pueblo de Drohobycz.
Schulz vuelve la mirada atrás y no hace emerger recuerdos a la manera proustiana, parapetándose en la evocación del detalle, sino que su labor será la de buscador de mitos, y así bucea en el inconsciente colectivo para sacar a la superficie la esencia mítica de la infancia, de un mundo anterior a los límites impuestos al adulto.
De forma reveladora leemos en la página 167: “Hay cosas que no pueden ocurrir hasta el final de forma absoluta. Son demasiado grandes y magníficas para caber en su suceso. Sólo intentan ocurrir, palpan el sujeto de la realidad: ¿aguantará su peso? Enseguida retroceden temiendo perder su integridad en la deficiencia de lo real”.

Cuando Schulz escribe, las palabras no buscan recrear la realidad, consiguen crear la realidad. La metáfora se abre camino en el discurso para ser el discurso. El niño no recuerda al padre trepando como una araña por las estanterías de la tienda, el padre es una araña que trepa por las estanterías de la tienda.

El volumen editado por Siruela se complementa con texto inéditos de Schulz, en ellos podemos leer unos breves ensayos sobre la obra de Kafka, de Gombrowicz (del que era amigo), o de sí mismo. En una autorreflexión sobre Las tiendas de color canela, leemos en la página 424: “Nuestras más sobrias definiciones y conceptos son lejanos descendientes de los mitos o historias antiguas. Entre nuestras ideas no hay una miga que no provenga de la mitología, aunque sea de una mitología transpirada, mutilada, transformada. La primera función del espíritu es fabular, crear historias. La fuerza propulsora del saber humano es el convencimiento de encontrar, al final de la propia búsqueda, el sentido último del mundo”.

En Las tiendas de color canela, Schulz nos habla de su casa, de la tienda de telas de sus padres, de la plaza del pueblo, y las personas sobre las que focaliza su atención son principalmente el padre, demiurgo capaz de animar la realidad muerta, y Adela, la sirvienta, enemiga del padre al intentar imponer orden a su caos. En este libro destacaría Los pájaros y el cuento/capítulo titulado Las tiendas de color canela, sólo estos dos textos ya hacen para mí a Schulz uno de los grandes.

En Sanatorio bajo la clepsidra, volvemos al mismo mundo, pero el protagonista Josef (el mismo nombre que Josef K., el protagonista de El proceso) empieza a entrar en la adolescencia, y así en el texto llamado La primavera se enamorará de Bianca (Intenté leer páginas de este cuento el sábado pasado después de un acto social, con comilona y vino, igual que a Belano las palabras me pasaban como escarabajos incomprensibles: cómo me costaba concentrarme, que lenguaje más alambicado y hondo usa Schulz, cuya lectura en el metro no es muy recomendable.)
En el cuento titulado Sanatorio bajo la Clepsidra, el padre ha muerte pero permanece vivo o semivivo en este sanatorio que consigue viajar en el tiempo…, y esto lo cuenta Schulz sin despeinarse apenas: “ -Todo el truco consiste –añadió dispuesto a presentar el funcionamiento del mecanismo con las manos- en que hicimos retroceder el tiempo. Nos retrasamos hasta un intervalo cuya duración es imposible de determinar. La cuestión conduce a un simple relativismo. La muerte que alcanzó a su padre en su país, aquí no ha llegado todavía.” (página 298).

En dos textos finales Schulz analiza la obra de Kafka y Gombrowicz de forma muy incisiva. En el cuento El jubilado se filtra claramente la influencia de Gombrowicz y su impactante novela (la leí en 2004) Ferdydurke, ya que el protagonista de El jubilado también acaba regresando de adulto al colegio (quizás uno de los textos menos brillantes del conjunto al quedar despegado del resto y no ser Josef su narrador).
La influencia de Kafka es constante en Schulz, aunque si bien la alteración de la realidad en Kafka suele conducir a la angustia en Schulz lo hace hacia el divertimento poético.

En La última escapada de mi padre, Schulz trae a la vida a su padre muerto en la figura de una cucaracha, que según el texto debe de ser al menos del tamaño de una langosta. La madre y Josef alimentan a la cucaracha, la miman, y por error la sirvienta la hierve y la sirve de comida (la langosta es un alimento prohibido para las judíos; las referencias religiosas son constantes en el texto, algunas me las pierdo). El plato se queda sin comer cogiendo moho, hasta que la langosta cocida una mañana desaparece.
Kafka se transforma a sí mismo en una cucaracha gigante humillada por el padre, y Schulz transforma a su padre en una cucaracha/langosta que la familia se acaba sirviendo como comida no sagrada: parece un chiste metafísico de judíos contado por Woody Allen. Un chiste de judíos que en todo caso acaba estrepitosamente mal, con tuberculosis en un sanatorio, con un tiro en la cabeza…

Qué largo recorrido para encontrarme con Bruno Schulz, para admirar el poder del genio de surgir en los lugares más insospechados, en un oscuro profesor de dibujo de un instituto que no pudo nunca abandonar su pueblo, y del que dependía económicamente toda su familia tras la muerte del padre, “un gnomo minúsculo, macrocefálico, demasiado timorato pasa osar existir, había sido expulsado de la vida, se desarrollaba al margen”, escribe de él su amigo Gombrowicz.
La leyenda dice que Schulz tenía una novela acabada y escondida, llamada El mesías, cuando fue asesinado. Una novela desaparecida en la vorágine del siglo XX.

En muchos de sus dibujos una bella mujer desnuda es admirada por un ser retorcido, a sus pies:


jueves, 4 de febrero de 2010

Aquí, por Wistawa Szymborska


Bartleby editores, 67 páginas. Editado en 2009.

De la poeta polaca Wistawa Szymborska había leído hasta ahora un volumen editado por Hiperión en 1997, a raíz de la concesión de su premio Nobel en 1996. En él se ofrecía una selección de su obra -poco conocida hasta entonces en España-, con una muestra de poemas extraídos de libros como Llamada al Yeti (1957), Sal (1962), Si acaso (1972) y los poemarios completos El gran número (1976) y Principio y fin (1993).
Posteriormente leí Instante de 2002, editado por Igitur en 2004 y que llegó a la tercera edición (al menos ésta es la que tengo yo).

Aquí aparece en España traducido el mismo año de su publicación en 2009, el año en que la poeta cumple 86 años. En Aquí persisten los temas de madurez creativa de Szymborska: una línea poética clara donde, usando un lenguaje irónico, se dedica a indagar en los misterios de la vida que surgen a partir de observaciones cotidianas.
En el poema Microcosmos leemos: “Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos / pero es un tema difícil, /dejado siempre para más tarde/ y quizás digno de un mejor poeta, / todavía más sorprendido que yo por el mundo. / Pero el tiempo apremia. Escribo.” (página33), y quizás esa premura que le impone la edad es la característica evolutiva en la temática respecto a entregas anteriores, y la filtración de la idea de la vejez y la muerte como se observa en el poema Mi difícil vida con la memoria.
Pero de los intereses de la poeta destaca, se ve en los mismos versos citados, esa sorpresa ante el mundo que le rodea que sería la característica de Szymborska, quien suele elevarse a indagaciones metafísicas a partir de observaciones muy sencillas. Así por ejemplo en el poema final Metafísica (página 67) conjuga el hecho de haber comido ese día fideos con tocino con el tiempo transcurrido en el universo.
Quizás el poema que más me ha gustado ha sido el titulado Adolescente (páginas 23-24), donde Szymborska reflexiona sobre un posible encuentro con ella misma en esa edad pretérita.

El único problema de los libros de Szymborska es que se acaban demasiado rápido y uno desea seguir leyendo esos poemas irónicos donde se investiga sobre la condición humana desde perspectivas variadas y originales.
Aún me quedan por leer algunos libros pasados, como Dos puntos de 2002 y editado por Igitur.

Mención aparte merece el trabajo realizado con la traducción por Gerardo Beltrán y Abel Murcia, sus traductores habituales. Leí en uno de los prólogos de sus libros que a veces el trabajo resulta difícil porque Szymborska mezcla registros cultos del polaco con otros más vulgares.
Como curiosidad apuntar que Abel Murcia publicó en 2008 un interesante poemario con Bartleby titulado Kilómetro 43, donde se filtra en más de un verso la influencia benefactora de su traducida. Por ejemplo se veía de forma clara en el poema de ese libro El principio, que incluso en el título parece un claro homenaje a Szymborska.