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domingo, 24 de septiembre de 2017

La línea del frente, por Aixa de la Cruz

Editorial Salto de página. 177 páginas. 1ª edición de 2017.

De Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) leí en 2015 su libro de relatos Modelos animales (Salto de página, 2015), un libro del que guardo un buen recuerdo. Cuando en mayo de este año, Pablo Mazo –el editor de Salto de Página– me comentó que después del verano iba a sacar una novela de Aixa de la Cruz me la apunté para pedírsela, a pesar de que al contarme el argumento me la destripó casi entera. No pasa nada, mi interés por la lectura es capad de vencer cualquier spoiler.

Pese a su juventud, La línea del frente es la tercera de De la Cruz, que empezó a publicar en 2007; es decir, a los dieciocho o diecinueve años.

La protagonista y narradora de la novela es Sofía Rodríguez Icaza, de veintinueve años y originaria de Bilbao. En el primer capítulo, Sofía llega a la casa de veraneo que su familia posee en una urbanización de Laredo, cuando ya ha pasado la temporada turística. Esto hace que sólo vaya a encontrarse allí con Agustín, el conserje; con un hombre, diez años mayor que ella y que vive en una casa ubicada en otra urbanización, un posible drogadicto que se pasa los días vegetando; y un gato. «Ya estamos todos. Personajes de una novela de aventuras. En esta orilla, Robinson Crusoe, y en la opuesta, el Castillo de If, la prisión de el conde de Montecristo.», así acaba el primer capítulo en la página 22.
El conde de Montecristo, insinuado en el párrafo anterior, es Jokin, novio del instituto de Sofía, y que en la actualidad cumple condena en la prisión de El Dueso, cerca de la casa de Sofía en Laredo.
Sofía se ha mudado desde Barcelona (dejando a su novio Carlos) a Laredo con un doble propósito: quiere acabar de escribir la tesis que tiene entre manos sobre el escritor y exetarra Mikel Areilza, que se suicidó en Argentina al adentrarse en el Río de la Plata con los bolsillos llenos de piedras (igual que Virginia Woolf, se dice en el texto); y también desea poder verse con Jokin, con quien ha vuelto a cartearse después de haber finalizado su noviazgo una década atrás.

Sofía se ha vuelto a interesar por Jokin desde que, dos años antes, lo vio en la televisión, cuando se encontraba en Barcelona. Jokin participaba en un enfrentamiento con la Ertzaintza, que tiene lugar cuando unos manifestantes tratan de defender a un rapero al que querían detener por unos comentarios en redes sociales, en los que enaltecía el terrorismo. Después del alto el fuego de ETA, la Ertzaintza sigue actuando en el País Vasco con la contundencia de los peores tiempos del terrorismo, parece considerar Sofía.
Sofia empieza a sentir que ella nunca se involucró, de ningún modo, en el llamado «conflicto vasco», que su familia adinerada siempre hizo esfuerzos para acercarla al mundo de la cultura, mientras que la alejaba del de la política. Sin embargo, siente ahora, Jokin sí tomó el camino de la significación, algo que empieza a considerar como una decisión valiente, y que puede hacerle ahora contemplar a su exnovio bajo el prisma del «heroísmo». Esto la llevó a contactar con él en la cárcel y a iniciar una correspondencia que le ha hecho dejar a su actual novio, al hacerle revivir una relación del pasado. En Laredo empezará a visitarle en la cárcel, mediante encuentros ordinarios, a través de un cristal, y otros con vis a vis.

La fijación de Sofía por el escritor Mikel Areilza proviene de su renovado interés por Jokin. Entre los dos empieza a establecer paralelismos, hasta el punto de querer indagar en los motivos de la lucha política de Jokin igual que lo hace en el pasado de Areilza al escribir su tesis. Para tratar de alumbrar la vida de Areilza, Sofía dispone del diario del escritor argentino Arturo Corazowski, quien trató en Buenos Aires con Areilza porque consiguió embarcarlo en el proyecto teatral del «biodrama». Éste consistía en subir al escenario a una persona real para que hiciera de sí mismo y observar cómo puede uno cambiar su historia o su pasado al sentirlo como una representación. Algo que pudo destrozar a Areilza y, tal vez, conducirlo al suicidio.

Esta idea del «biodrama» es importante en la construcción de la novela, puesto que en La línea del frente De la Cruz se ha propuesto reflexionar sobre la influencia que tienen las ficciones en nuestra mirada sobre el mundo. En la página 114 podemos leer: «Mi gran pecado ha sido siempre la inacción, la parálisis. Durante veintisiete años no hice nada heroico ni ruin salvo dejarme contagiar por aquellos vivas a ETA que se coreaban al final de los conciertos, mirar hacia otro lado, pero sin saber, siquiera, que lo hacía. No tengo derecho al examen de conciencia del que tanto se habla últimamente; nadie quiere que yo pida perdón. El cómputo suma cero. Y aunque es paradójica esta culpa por no haber cometido ninguna falta, es culpa, después de todo. La culpa inútil del empresario al que atormentan las hambrunas, la culpa que me inoculó Jokin cuando irrumpió en mi burbuja a través de una pantalla de plasma.»
Sofía parece experimentar hacia Jokin una doble culpa: la de su inacción y la de la mala conciencia de clase, puesto que, aunque compartieron aulas en el instituto, ella pertenecía a una clase social más alta que la de él. «A finales de los ochenta, cuando se implantó el modelo de inmersión lingüística en vasco, los colegios públicos se llenaron de clase media-alta, de la prole de abogados y políticos nacionalistas que querían predicar con el ejemplo. Mis padres, a quienes era indiferente aquella lengua que jamás aprendieron, se dejaron llevar por la moda.» (pág. 19). Además, para ella Jokin supone un misterio, puesto que no consigue averiguar cuáles son los motivos que le llevaron a enfrentarse a la policía y que le condujeron a la cárcel.

La novela comienza con un tono intimista, puesto que Sofía ha decidido recluirse voluntariamente en la casa de una urbanización sin vecinos, y con muy pocas ocasiones de interactuar con otros seres humanos (el conserje, el vecino de la otra urbanización y Jokin). Pero no toda la novela está escrita con la voz narrativa de Sofía, puesto que el lector puede acercarse a algunas de las páginas de los diarios de Arturo Corazowski, referidas a su relación con Mikel Areilza. Además los encuentros en la cárcel entre Sofía y Jokin están narrados como si se tratasen de actos teatrales, con diálogos y anotaciones en tercera persona de este estilo: «Desde el lado opuesto del cristal, Jokin imita el gesto y sitúa su mano sobre la silueta de la mano de Sofía.» (pág. 53). En estos capítulos, de un modo sutil, se índice en la idea de la representación, en la idea acerca de cómo la concepción narrativa de nosotros mismos o de los demás cala en nuestra forma de actuar.
Muchas de las comparaciones de la novela son muy actuales, abundando las referencias a series de televisión, pero también a textos literarios más clásicos.


La línea del frente es una novela relativamente corta, pero compuesta por múltiples capas. En muchas páginas, el lector tiene la sensación de que las ideas expresadas en el texto están simplemente sugeridas y que le corresponde a él llevar a cabo una labor de indagación en sus significados. Esto le hace leer en un estado de alerta permanente. Posiblemente, Aixa de la Cruz podría haber escrito una novela mucho más larga, mostrando el pasado de los personajes, por ejemplo, pero ha escrito un libro de 177 páginas y éstas parecen suficientes para sustentar su mundo de sugerencias y escenas a media luz. He tardado poco en leer el libro, me apetecía seguir leyendo cuando lo tenía en las manos. Me ha gustado La línea del frente

domingo, 22 de marzo de 2015

Modelos animales, por Aixa de la Cruz

Editorial Salto de página. 140 páginas. 1ª edición de 2015.

Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) publicó su primera novela –Cuando fuimos los mejores– en 2007, es decir, cuando no tenía aún veinte años. En la desaparecida editorial 451 publicó en 2009 De música ligera. Estas dos novelas fueron finalistas del Premio Euskadi de Literatura. Esta precocidad impresiona.
He coincidido con Aixa en algún encuentro literario, y es una joven que habla con mucha precisión sobre literatura. Tenía curiosidad por leer sus relatos, recién publicados. La presentación tuvo lugar el 12 de marzo en Malasaña, en la librería Tipos Infames. El presentador iba a ser Alberto Olmos, con el que me había visto el día anterior, y me apeteció pasarme por Malasaña el miércoles, aunque ese día tenía junta de evaluación en el colegio donde trabajo y sabía que llegaría algo tarde. Aparecí por Tipos Infames cuando la presentación iba más o menos por la mitad. Compré el libro y me bajé al sótano de las presentaciones.

Modelos animales está formado por siete relatos. Uno de ellos (el primero) supera las treinta páginas, y la media podría estar en torno a las veinte. Lógicamente, la calidad de un relato no debería guardar mucha relación con su extensión, pero por experiencia sé que me suelen gustar los relatos largos, lo que no deja de ser una paradoja. Mis relatos favoritos pueden ser algunos de los de Raymond Carver de Tres rosas amarillas o Catedral, que superan las veinte páginas.

Modelos animales, el primer relato (el más largo y el que da título al libro), sitúa su acción en Montreal, Canadá. Una joven española ha recibido una beca para escribir el guión con el que semana tras semana una compañía local irá montando una obra. Empieza a fijarse en Carla, la actriz principal. La narradora se obsesionará con ella tras descubrir que el método de interpretación de Carla consiste básicamente en imitarla a ella, pues Carla parece haber deducido que la protagonista de la obra de la narradora no es más que un trasunto de ésta. La narradora experimentará psicológicamente con Carla, igual que en la intimidad de su nuevo hogar irá experimentado con su gato, al que va sometiendo a continuas torturas. Modelos animales es un relato desasosegante sobre la obsesión, la crueldad y la locura.
Descubrimos ya en él uno de los rasgos de la escritura de Aixa de la Cruz: la mezcla de referencias literarias con las de las series de televisión. Si la posmodernidad hizo entrar con fuerza las referencias del mundo del cine en la nueva narrativa, una escritora tan joven como es Aixa nos hace ver que ahora, en gran medida, es la HBO y no tanto el cine la referencia para todos nosotros. Así, en Modelos animales nos encontramos con alusiones a H. G. Wells, Jack London o Stanisław Lem y también a series norteamericanas de forma más o menos explícita: “Por mi mente circulaban imágenes breves, ensambladas en un collage visual del estilo que han popularizado la cabeceras de las series estadounidenses” (pág. 34).
Esta mezcla entre la literatura y las series se repite en el resto de relatos. De tal modo que en la última página del último cuento la protagonista quiere escribir una tesis doctoral sobre lo siguiente: “Quiero analizar la medida en la que la ficción televisiva durante la guerra de Iraq contribuyó a difundir la idea de que la tortura es un mal necesario en la guerra contra el terrorismo. Vea 24, vea Perdidos, vea Battlestar Galactica… Encontrará un patrón clarísimo” (pág. 140).
En la modernidad de Aixa están presentes también las redes sociales, principalmente Facebook, y se habla ya con nostalgia de sus formas primitivas: “Eran los tiempos del Messenger y los chats de Terra” (pág. 79).
True Milk es el segundo cuento, un relato en el que se rompe claramente el realismo a favor de una historia fantástica de vampiros, ambientada en Ciudad de México. El título es una parodia de la serie de televisión True blood. De nuevo se juega a mezclar las modernas series televisivas con referencias literarias, en este caso del romanticismo inglés: Mary Shelley, Polidori, lord Byron…, pero también Anne Rice y Crepúsculo tienen cabida aquí. Este cuento me ha parecido correcto; inferior, en cualquier caso, al sutil entrelazamiento de personajes del anterior.

Más me ha gustado el tercero, Doble, donde se juega a contar dos versiones del mismo relato. Los dos textos se sitúan en la página en una doble columna. En Tipos Infames alguien le pidió unas instrucciones a Aixa para acercarse a Doble, y ésta le recomendó leer primero el cuento de las columnas de la izquierda y luego el de la derecha. Así lo hice. La primera narración presenta a una joven que vuelve desde Inglaterra a su casa familiar en Bilbao para pasar el día de Nochebuena. Va a Londres en tren, y éste sufrirá un retraso porque un suicida se ha tirado a las vías; esto hará que pierda su vuelo y tenga que pagar otro. Un taxi la conducirá a casa, y por el camino descubriremos que en Inglaterra se ha mantenido sobria del consumo de drogas y de alcohol, y que sigue enamorada, posiblemente, de un chico de su barrio. La cena familiar no va a transcurrir por los mejores cauces. El segundo cuento comienza igual, pero ningún suicida se tira a las vías y el tren llega a la hora a su estación y la narradora no pierde su vuelo. Tenemos al mismo personaje, en el mismo punto de su vida, en las dos ocasiones, aunque en algún caso usa diferentes metáforas para explicarse la realidad. Pero un hecho fortuito, el salto del suicida o no, alterará la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, el final se repetirá en ambos casos, como si uno no pudiera escapar a su destino, parece decirnos Aixa. Un cuento que recuerda a un juego de espejos deformantes cortazariano.

El cuarto cuento, El cielo de Bilbao, es mi favorito del conjunto. Un joven recuerda su pasado adolescente en Bilbao, y reconstruye las relaciones que se establecieron en su grupo de amigos. En aquellos tiempos remotos ya del Messenger y los chats de Terra, él y sus amigos fingen ser chicas a través de internet para excitar a hombres, posiblemente adultos, con los que quedar y a los que dar un escarmiento por su comportamiento depravado (una excusa para justificar su deseo de violencia). Me ha gustado la forma en la que la violencia individual se imbrica con la colectiva en el contexto político del País Vasco a comienzos del siglo XXI. Quizás me ha parecido que un cuento como éste, en el que Aixa está hablando de forma más directa de problemas que le atañen, de su relación con el pasado de su ciudad, tiene más capacidad de emocionar y resulta más vivo que otros cuentos como True Milk, una construcción formalmente correcta, pero más fría.
Lo mismo me ha pasado con el último cuento, el titulado Abu Ghraib, en el que una reclusa vasca escribe a una periodista que está investigando su historia. Me ha gustado el drama individual de una joven, que había sido cantante de un grupo de música, y que se empieza a obsesionar con la idea de la tortura; su reflexión individual acaba representado una reflexión colectiva sobre la violencia. Éste es un cuento muy bien construido.

Menos me ha gustado el sexto, titulado Romperse, sobre un joven que reflexiona sobre su calamitoso estado. Después de haber leído cuentos tan buenos, en los que el movimiento, el ritmo y la interacción entre los personajes funcionaban perfectamente, Romperse, con su único personaje casi inmóvil, me ha parecido un cuento más de principiante, de una calidad inferior.

El quinto se titula Famous Blue Raincoat: transcurre en un desierto norteamericano y los personajes viven en una caravana. Es un cuento correcto, siguiendo el modelo de Tobias Wolff, por ejemplo, o Raymond Carver, sobre la forma que tiene de interactuar una pareja. Podría tener alguna relación con los cuentos de Norteamérica profunda de Juan Carlos Márquez, en los que el narrador –también de Bilbao, como Aixa– juega a meterse en la piel de un escritor norteamericano. Pero Márquez lo hacía de un modo irónico, algo de lo carece el cuento de Aixa. Famous Blue Raincoat es, como ya he dicho, un cuento correcto, funciona perfectamente, pero para mí la narrativa de Aixa alza más el vuelo cuando nos cuenta historias que le atañen más a ella y a los conflictos de su pasado, como en El cielo de Bilbao.


En general, Modelos animales me ha parecido un buen conjunto de relatos. Al menos cuatro de sus siete cuentos (Modelos animales, Doble, El cielo de Bilbao y Abu Ghraib) son excelentes –narraciones muy maduras–, y este porcentaje para un libro de cuentos no es nada desdeñable. Si además tenemos en cuenta que esta autora tiene (o aún no) ahora mismo veintisiete años, y que algunos de estos cuentos ya han sido publicados entre 2011 y 2014 en revistas o libros colectivos, cuando era todavía más joven, es fácil intuir que Aixa de la Cruz se va a convertir en una voz importante en la narrativa española de los próximos años.