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domingo, 31 de marzo de 2019

Operación masacre, por Rodolfo Walsh


Editorial Libros del Asteroide. 226 páginas. 1ª edición de 1957; esta de 2018.
Introducción de Leila Guerriero.

Cuando en 2009 viajé a Argentina, me traje dos libros de cuentos de Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977), Los oficios terrestres y Un kilo de oro. Fueron dos libros que me gustaron, y Walsh me pareció un narrador muy solvente. Sé que después vi, más de una vez, la edición de Operación Masacre que sacó 451 Editores. Cuando esta editorial cerró, durante muchos años me encontré en muchas librerías de segunda mano sus libros, pero nunca estaba Operación Masacre, que era el que yo quería comprar. En algún momento desistí de buscarlo y me volví a animar cuando, en torno a septiembre de 2018, vi que la editorial Libros del Asteroide anunciaba una nuevOperacia edición de este libro. Solicité a la editorial Operación Masacre, junto con A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Dos lecturas fundamentales para la literatura en español del siglo XX.

En gran medida, Operación Masacre debe su fama y su perdurabilidad a la idea siguiente: aunque se afirma que fue Truman Capote quien creó el género de la novela de no ficción sobre un crimen real, su novela A sangre fría se publicó en 1966 y Operación Masacre apareció en periódicos por entregas en 1956, y en forma de libro en 1957. Operación Masacre también es una novela de no ficción sobre un crimen real.

He leído en internet algún artículo que afirma que, por ejemplo, Manuel Chaves Nogales ya había escrito novelas de no ficción unas décadas antes; aunque creo que las suyas no trataban sobre un crimen real.

En cualquier caso, tanto Manuel Chaves Nogales como Rodolfo Walsh o Truman Capote son grandes escritores y un lector actual puede disfrutar de sus obras independientemente de quién fue el que inventó o dejó de inventar un género.

Un poco de historia argentina: en 1955 un golpe de Estado derroca al presidente constitucional Juan Domingo Perón. Se establece una dictadura encabezada por el general Eduardo Lonardi. A este golpe de Estado se lo llamó «Revolución Libertadora». El 9 de julio de 1956 se produce el llamado «levantamiento de Valle», de corte peronista y dirigido por el general Juan José Valle. Este levantamiento fue controlado esa misma noche (donde se produjeron los mayores enfrentamientos fue en La Plata) y se fusiló a los militares sublevados y detenidos. Además, por error, la policía –bajo órdenes del ejército– detuvo a un grupo de civiles de Florida, provincia de Buenos Aires, y los fusiló en un basural. En esta última operación (la «operación Masacre» del título) murieron cinco personas y siete lograron escapar con vida. Como cuenta Walsh en su larga crónica periodística, el fusilamiento se realizó (por unos trece policías) con escopetas máuser antiguas y no con ametralladoras, y por eso fue tan alto su índice de supervivientes.

En la noche del 9 de junio de 1956, una docena de hombres se ha reunido en la casa de un vecino de Florida para escuchar un combate de boxeo en la radio y jugar a las cartas.
Sobre las 23:00 horas un grupo de policías irrumpen en la casa preguntando por un tal Tanco. Nadie sabe quién es. Tal vez dos personas de la reunión están al tanto de que esa noche se va a producir un intento de alzamiento contra la «Revolución Libertadora», pero nadie sabe quién es Tanco. Sin embargo, el grupo de hombres es arrestado y conducido a una comisaría. De ahí saldrán hacia un basural donde serán fusilados.

Hay un dato que Walsh se encarga de recalcar: la ley Marcial fue impuesta en Argentina a las 00:32 del día 10 de junio, y, por tanto, las personas que van a ser fusiladas han sido detenidas bajo las leyes civiles y no militares. Sin embargo, a pesar de que existe constancia y pruebas de que han ingresado en la comisaría, no se abre una causa contra ellas y serán transportadas por la noche para ser ejecutadas en la clandestinidad.

La situación de los siete supervivientes será incómoda: son víctimas, pero también testigos presenciales de un crimen de Estado. Lo mejor para ellos será desaparecer, no decir nada, y vivir con el temor de ser encontrados y asesinados. Sin embargo, unos meses después de estos hechos luctuosos, un superviviente denuncia los hechos. Un superviviente está dispuesto a contar su historia. «Hay un fusilado que vive» será la frase que escuche Walsh en un café de La Plata donde juega al ajedrez y trata de mantenerse al margen de la política. Unos días después entrevistará a este hombre y empezará a reconstruir la historia de esa noche, la historia de los muertos y los supervivientes de la «operación Masacre».

«Hay un sentimiento básico de indignación, de solidaridad frente a tanta injusticia. Pero supongo que no todo fue tan noble y tan claro. Yo recién empezaba a hacer periodismo y no es extraño que influyera en mí la posibilidad de una gran nota», declarará en una entrevista. Cuando empieza a investigar, Walsh tiene veintinueve años y hará su trabajo acompañado de la joven periodista de veintidós años Enriqueta Muñiz, a quien dedica el libro y a quien agradece su trabajo en el prólogo. «Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas» (pág. 11).

Walsh tuvo problemas para publicar sus notas de prensa, hasta que consigue dar con «un hombre que se anima» y las saca en una publicación gremial. Meses después, estas crónicas aparecerán en forma de libro.

En A sangre fría, Capote reconstruye la matanza de una familia, llevada a cabo por dos hombres, pero no habla de su propia intervención como investigador, aunque llegó a modificar alguno de los hechos (por ejemplo, gracias a su mediación al menos uno de los asesinos estuvo más tiempo del que le correspondía en el corredor de la muerte antes de ser ejecutado). Walsh reconstruye los sucesos de la noche del 9 al 10 de junio de 1956 y no cuenta de forma directa cómo consigue la información, pero sí que aparece él mismo como narrador en alguna anotación. Él mismo nos señala los límites de sus averiguaciones en frases como éstas: «Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo» (pág. 19). Lógicamente, de los muertos Walsh puede recabar mucha menos información que de los supervivientes.

La crónica (o novela de no ficción) empieza de forma coral, presentando a los personajes del drama, a las personas que se van a reunir en la casa de Florida. También se nos hablará del policía al mando de la operación, pero no de los hombres a su cargo, que serán aquí una masa desdibujada. En algunas páginas, Walsh escribe notas fuera del texto para comentar o apostillar la información que ha vertido ahí; así, por ejemplo, en la página 46 leemos: «A mediados de 1958, Gavino me escribió desde Bolivia para manifestar su disconformidad con el breve retrato que trazo de él, y cuya fuente son otros testigos».

Como Walsh piensa publicar sus textos en notas periodísticas, usa la técnica de acabar sus capítulos (o notas) generando en el lector una sensación de misterio y deseo de seguir leyendo. Como si se tratase de una novela policial (por aquellos días Walsh era un gran lector de novela negra y escribía cuentos policiacos), Walsh dosifica su información para crear un misterio. En muchos casos, la técnica es la de ir insinuando lo que va a acontecer en un futuro próximo. Sobre todo irá adelantando la información relativa al fusilamiento, que será la escena clave del libro. Cinco personas mueren y siete consiguen sobrevivir, algunas ilesas, pero otras con disparos. Más tarde nos contará la peripecia vital de cada uno de los supervivientes: desde el que se refugia en una embajada hasta el que acaba de nuevo en la cárcel.

Quizás en el tramo final, titulado Tercera parte: La evidencia, el ritmo decae un poco, porque aquí Walsh describe el juicio al que al fin fueron sometidos los policías y muestra algunas declaraciones de los testigos o palabras del juez de forma directa. Sin embargo, esta última parte también guarda algunas de las palabras más vehementes e indignadas de Walsh porque, como el lector ya sabrá o intuirá, no se va a culpar a nadie de la matanza, porque el juez sentenciará que los policías actuaron bajo el amparo de la ley marcial, aunque Walsh sabe y ha podido demostrar que no fue así, que fueron detenidos al menos una hora antes de que se anunciara la ley marcial.

Me ha gustado mucho Operación Masacre. Es un libro que, leído ahora, más de sesenta años después de su publicación, resulta totalmente moderno, un libro que ha abierto muchos caminos en la narrativa hispanoamericana. Un gran libro sobre la búsqueda de la verdad y sobre la denuncia de los crímenes reales (de Estado, en este caso).

lunes, 31 de agosto de 2009

Un kilo de oro, por Rodolfo Walsh


Este otro libro de cuentos se publicó en 1967, y en cierto modo continúa o complementa a Los oficios terrestres.

En Un kilo de oro el primer cuento, Cartas, es prácticamente una novela corta de unas 50 páginas. En la contraportada, Ricardo Piglia dice que Walsh en este cuento “construye un universo joyceano, una suerte de microscópico Ulises rural, mezclando voces y fragmentos que se cruzan y circulan una complejísima narración oral”. A mí, más que a Joyce este cuento me ha llevado a pensar en el universo de Faulkner, y sus dramas rurales en el sur de EEUU. Las voces se van dando paso sin aviso previo y el lector se siente catapultado a través de diversos puntos de vista sobre la vida de este pueblo, que vuelve a ser el mismo que el del cuento Fotos de Los oficios terrestres. En Cartas vemos la evoluciones del padre del narrador del otro cuento y de su hermana mayor, asistimos al nacimiento del protagonsita de Fotos incluso.
El hecho de que no hubiese ninguna separación entre los fragmentos y los argentinismos han contribuido a que a ratos me saliese de la historia. Aún así consigue mantener el interés y el esfuerzo creativo es notable.

Los oficios terrestres, el segundo cuento, está ambientado en el mismo colegio que Irlandeses persiguiendo un gato. Se narra en él una historia con los mismos personajes que en el anterior, pero sin alcanzar, a mi juicio, la fuerza de su predecesor.

En Nota al pie, se entrelazan dos historias. Una primera en la que el jefe de redacción de una editorial va a reconocer el cadáver de uno de sus empleados que se ha suicidado, un traductor de novelas policiacas y luego de ciencia-ficción. Y en una segunda parte, que no es posterior en el texto, sino simultánea, al desarrollarse en la parte inferior de la página (al pie de la página) el suicida explica sus motivos: la inutilidad, el desaliento… de un oficio que también fue el de Walsh, y quizás sea la pieza que más conmueve de este libro.

El último relato es Un kilo de oro, y quizás porque lo leí en el avión de vuelta de Argentina a Madrid, entre turbulencias, o porque estaba muy cansado, no llegué a meterme del todo en la historia, que me pareció algo confusa o deslavazada.

Me gustó más Los oficios terrestres, pero aquí el nivel sigue siendo alto.

Los oficiones terrestres, por Rodolfo Walsh


No había leído nada de Rodolfo Walsh, pero me sonaba el nombre vinculado a la literatura argentina. Compré este libro en una librería de la calle Florida en Buenos Aires, editado por Ediciones de la Flor. Salía bastante barato.

Walsh empezó en la literatura como traductor de novelas policiacas anglosajonas y como escritor de cuentos en este género. Era periodista y el reconocimiento le llegó con Operación masacre, una crónica sobre un asesinato de civiles, un crimen ocultado por el Estado. Posteriormente publicó en 1965 este libro de cuentos, Los oficios terrestres.

El primer cuento Esa mujer, es deudor de su pasado como periodista, pues narra la entrevista que alguien que podría ser él tiene que hacer a un alto cargo militar sobre un suceso turbio. La alusión y el sobreentendido inquietante pueblan el relato.

El siguiente cuento, Fotos, es el más extenso. En él, un adolescente de un pueblo narra la relación con su amigo de infancia: un loco, un pendenciero que acaba fundando en el pueblo una tienda de fotografías y se desvela con las posibilidades de este arte. Walsh usa aquí la primera persona mezclada con cartas de la hermana del protagonista. El estilo elíptico requiere la atención del lector, que además tiene que intuir los continuos argentinismos usados, lo que le da a la narración un fuerte sabor local. En general un buen relato sobre el arte y sus víctimas.

El soñador, donde se describe un despertar mezclado con imágenes de un sueño, quizás se adentre en el género semifantástico y ha sido el que menos me ha gustado del conjunto.

Imaginaria, es un relato logrado donde un soldado planea y ejecuta una venganza contra un superior, y se entrevé la bajeza moral de una situación más amplia.

Irlandeses persiguiendo un gato, me ha parecido el mejor del conjunto. Una interesante reflexión sobre la personalidad del líder en el entorno de un colegio argentino destinado a descendientes de irlandeses. Me recordó al comienzo de La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Por cierto, Walsh era descendiente de irlandeses. Parece que usa bastantes de sus peripecias vitales en sus relatos.

Corso es el relato más corto y el que tiene más sabor argentino, al usar un lenguaje coloquial para describir una fiesta.
Por cierto, Walsh fue asesiando por la dictadura militar argentina en 1977, así dice la contraportada del libro. Como le oí a un librero en Corrientes que recomendaba Operación Masacre: este libro, prohibido durante la dictadura no ha dejado de editarse en la democracia y es ya un clásico moderno. Quizás debería haberlo comprado también.

En general, Los oficios terrestres es un buen libro de relatos, que me hace pontificar una vez más la alta calidad media de la literatura argentina.