Mostrando entradas con la etiqueta Antón P. Chéjov. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antón P. Chéjov. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de octubre de 2024

Teatro, por Antón P. Chéjov

 


Teatro, de Antón P. Chéjov

Editorial Cátedra, 376 páginas. Primera edición de 1896-1904; esta es de 2022

Traducción y edición de Isabel Vicente

 

Ya he comentado que acabé 2023 leyendo, en diciembre, una antología de cuentos de Antón P. Chéjov (Taganrong, 1860 – Badenweiller, 1904) de casi 900 páginas. Fue uno de los libros que más que gustó de ese año. Así que consideré que, ya que había leído los dos libros con las siete novelas cortas de Chéjov, que tiene publicados Alba y esta nueva antología, también en Alba, con 60 cuentos, debía acercarme a la obra teatral de Chéjov, una parte muy importante de su producción artística y que no conocía. Estuve mirando ediciones sobre este teatro de Chéjov y la que más me convenció fue una de la editorial Cátedra que contiene sus cuatro obras más famosas: La gaviota (1896), El tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). La edición y la traducción están a cargo de Isabel Vicente, que es experta en Chéjov y en la cultura rusa y el libro me pareció atractivo. Contacté con la editorial Cátedra y ellos, muy amablemente, me enviaron el libro para que pudiera leerlo y comentarlo.

 

De entrada, debería apuntar que yo he leído muy poco teatro en mi vida. Recuerdo haberme acercado a las siguientes obras: La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, Hamlet de William Shakespeare, Calígula de Albert Camus, Luces de bohemia de Ramón del Valle-Inclán, y Esperando a Godot de Samuel Beckett. Aunque mi experiencia no fue negativa con estos libros, sí que tengo la sensación de que el teatro tiene más sentido viéndolo representado en un escenario que leyéndolo. Sin embargo, en este caso, al sentir que Chéjov se está convirtiendo por derecho propio en uno de mis escritores favoritos quería acercarme a esta parte de su obra.

 

Esta edición de Isabel Vicente cuenta con unas 80 páginas iniciales en las que se habla de la vida del autor y se analizan las cuatro obras aquí seleccionadas. Dejé su lectura para el final. Así que empecé con la lectura de La gaviota, que se estrenó en 1896. En la primera página existe una lista en la que se describe con una pincelada a los personajes que van a aparecer en la obra. Todas las obras constan de cuatro actos y una extensión bastante similar.

En La Gaviota, el joven Treplev, que quiere ser escritor, se siente ninguneado por el entorno de su madre Arkádina, una actriz famosa. En una casa de campo, junto a un lago, propiedad de Sorin, hermano de Arkádina, esta ha invitado a su amigo Trigorin, un escritor de éxito. La casa es frecuentada por Nina, hija de unos terratenientes cercanos, que desea ser actriz, y admira el ambiente alrededor de Arkádina y Trigorin. Treplev está enamorado de Nina y sus deseos de convertirse en escritor parecen obedecer al sueño de conquistar la admiración de Nina. Sin embargo, Nina parece amar a Trigorin, mientras que Masha –la hija del administrador de la finca– está enamorada de Treplev. En La gaviota hay mucho amor contrariado, amor que parece proceder de los logros que consiguen alcanzar las personas, más de lo que ellas son por sí mismas, parece decirnos Chéjov. En gran medida, La gaviota me parece emparentada con el cuento La cigarra, donde la esposa de un médico quiere relacionarse solo con artistas y deja de lado a su marido médico de profesión. Chéjov nos muestra el mundo del arte (el mundo de los escritores y las actrices) como un mundo frívolo, lleno de ególatras. Nina conseguirá convertirse en actriz de teatro y Treplev en escritor, pero ninguno de los dos será feliz. «Ahora, sé, ahora comprendo, Kostia, que en este quehacer nuestro –tanto si actuamos en escena como si escribimos–, lo esencial no es la gloria, no es la notoriedad, no es lo que constituía mis sueños, sino que es el aguante.», dirá Nina.

 

En El tío Vania (1899) nos encontramos con Serebrianov, que ha sido un eminente profesor universitario y que, ya retirado, tiene que vivir en el campo, en la que fue la casa familiar de su esposa muerta. Está casado, en segundas nupcias, con Elena de 27 años. Sonia es la hija del primer matrimonio de Serebrianov. Conviven con Vania, el tío de Sonia, y con Voinítskaia, abuela de Sonia. Como ocurría en La gaviota, también El tío Vania es una obra de amores desgraciados. Vania está enamorado de Elena, y Sonia de Astrov, un médico, algo mayor para ella, que frecuenta la casa. Astrov no parece interesado en Elena y es un hombre algo deprimido, perdido en el alcohol y la frustración que le causa la destrucción de los antiguos bosques de Rusia (el mensaje ecológico, que ya ha aparecía en alguno de los cuentos de Chéjov, me parece moderno para la época). Vania también es un hombre deprimido, que se siente viejo a sus 47 años. Además, Vania está empezando a darse cuenta de que él y su sobrina han sacrificado su vida por su cuñado Serebrianov, al que consideraban un gran hombre, y por el que han hecho el sacrificio de sacar adelante la finca en la que viven, pero este no parece haberse dado cuenta de ello y no se ha sentido agradecido. Este es también un tema recurrente en Chéjov, el de las personas con buenas intenciones, que malgastan su vida y quieren arreglar la de los demás, pero que no tienen capacidad para cambiar nada.

 

Las tres hermanas (1901) son Olga, Masha e Irina que, tras la muerte de sus padres, viven en una ciudad de provincia con el sueño de volver a Moscú, de donde proceden. También conviven con Projorov, su hermano, que se acabará casando con Natalia. La casa es frecuentada por militares, que están acuartelados en la ciudad. Projorov parecía el más preparado de los cuatro hermanos, y existían posibilidades de que llegara a ser alguien importante, pero sucumbirá al vicio del juego, mientras su esposa Natalia le será infiel a la vista de todos. Además, Natalia irá tomando posesión de cada vez más instancias de la casa hasta que consiga expulsar de ella a las tres hermanas.

 

En El jardín de los cerezos (1904) Ranévskaia regresa a su finca de Rusia, después de haber vivido seis años en París. Regresa junto con su hija Ania, de 17 años, y Varia, su hija adoptiva, de 24. La madre dejó Rusia después de haber sufrido la muerte de su marido y un hijo. Una de las cosas más extrañas de esta obra es que, a pesar del título, en realidad en la finca existe un jardín de guindos y no de cerezos. En Rusia la madre recibirá la noticia de que debe tomar una decisión sobre su casa y su finca: debido a las deudas, van a salir a subasta pública. Lopajin, comerciante e hijo de antiguos siervos de la familia, les propone un plan: talar los guindos, construir dachas de veraneo y alquilar esas casas. Pese a lo sensato de la idea, Ranévskaia no podrá decidirse, debido a los recuerdos que piensa que habitan en su casa y su jardín. En El jardín de los cerezos asistimos al empuje de una nueva clase social, frente a la inoperancia de los antiguos nobles. En una obra que, en cierto modo, adelante las crisis y revoluciones que va a sufrir Rusia a comienzos del siglo XX.

 

Al empezar al leer La gaviota –lo que se repetiría con las otras tres obras– tuve la sensación de que me costaba quedarme con los nombres de los personajes, y saber quién era quién, cuando intervenían en la obra. Esto me hacía volver de forma continuada a la página inicial de las obras para consultar la lista de los personajes. Lo cierto es que este hecho ha supuesto una ligera incomodidad a la hora de tratar de disfrutar de estas historias. Al leer los cuentos o las novelas de Chéjov –o al leer narrativa en general– tengo la sensación de adentrarme en las historias contadas de un modo mucho más natural que el que he tenido con estas obras de teatro. Imagino que si las obras se ven representadas en escena, al asociar cada discurso a un actor, será más natural conocer las relaciones que existen entre los personajes. Sin embargo, superada esta dificultad inicial, he podido volver al mundo de Chéjov, que conocía por su narrativa, ese mundo de personajes que se sienten incapaces de mejorar sus situaciones vitales, y disfrutar de esas historias. Creo que la obra que más me ha gustado ha sido El tío Vania, seguida de La gaviota. En El tío Vania me ha conmovido esa toma de conciencia del personaje de la inutilidad de su propósito, de su sacrificio por el que considera un gran hombre y al que acaba de ver como un miserable engreído, además de estar enamorado de su mujer. También es tremenda la forma de analizar el mundo del arte en La gaviota, ave que se convierte en un símbolo del desamparo vital de Nina, quien, pese a que se a convertido en actriz y, por tanto, debería sentirse feliz por haber cumplido sus sueños, se siente más infeliz que antes al descubrir que sus sueños eran una quimera y que la realidad del teatro dista mucho de lo que soñó de ella.

 

Al acabar las cuatro obras, como decía, me he acercado al prólogo y al estudio de Isabel Vicente. Me ha interesado leer sobre la vida de Chéjov, y saber, por ejemplo, que la idea del desahucio de El jardín de cerezos la vivió él en su infancia, cuando la familia perdió la casa en la que vivía, debido a que el padre estaba aquejado por las deudas. Desde muy pronto, Chéjov tuvo éxito como escritor de cuentos y de obras de teatro y casi no ejerció la medicina, la carrera que había estudiado.

Creo que ahora me apetece leer de Chéjov La isla de Sajalín, donde relata un viaje que hizo a esta isla en la que había una colonia penitencia, y cuyo informe influyó para que las autoridades rusas cambiaran las condiciones de ese penal. O leer otra antología de sus cuentos, publicada por Pretextos, que tengo en casa, y cuya selección casi no coincide con la de Alba.

domingo, 28 de enero de 2024

Cuentos, de Antón P. Chéjov


Cuentos
, de Antón P. Chéjov

Editorial Alba, 871 páginas. Primera edición de 1883-1902; esta es de 2023

Traducción de Víctor Gallego Ballesteros

 

Leí mis primeros cuentos de Antón P. Chéjov (Taganrong, 1860 – Badenweiller, 1904) en un pequeño librito de la editorial Alianza –dentro de su colección Alianza Cien– que se titulado La corista y otros cuentos, que solo contenía cuatro cuentos, y que compré en El Corte Inglés, exactamente el 10 de febrero de 1996 (al abrir el librito estaba el ticket en la primera página). Los cuentos eran: La corista, El hombre enfundado, Enemigos y La señora del perrito, que son cuatro de sus relatos más significativos. Por esos mismos días descubría yo los cuentos de Juan Rulfo y sentí que los de este último me parecían mucho mejores que los de Chéjov. Aún tendrían que pasar unos años para que yo me enamorara de Chéjov. Leí, más tarde, en marzo de 2005, una antología más extensa de Alianza que se titulada La señora del perrito y otros cuentos, que tenía diez; y también Cuentos imprescindibles, seleccionados por Richard Ford, que también leí en marzo de 2005, y que en España editó Debolsillo. Esta última, que contaba con veinte cuentos, fue la selección que finalmente me hizo caer subyugado ante el encanto de Chéjov. En 2016 y 2017 leí dos libros de Chéjov de la editorial Alba, titulados Cinco novelas cortas y La estepa / En el barranco, que contenían siete novelas cortas de Chéjov, que me encantaron y que me parece que es una parte de su obra que se conoce mucho menos.

En casa tengo sin leer, desde hace ya bastantes años, otra antología de cuentos de Chéjov en la editorial Pre-Textos, y que contiene diez piezas. Sin embargo, antes de acercarme a este libro me apeteció pedirle a la editorial Alba una de sus novedades en Alba Minus, que apareció en marzo de 2023, y es este Cuentos de Chéjov, que hoy reseño, que contiene 60 cuentos, con 871 páginas, y que están traducidos por Víctor Gallego, que es el autor de las estupendas traducciones de los rusos para Alba.

De la introducción me llaman la atención unas palabras: no es fácil realizar una antología de los cuentos de Chéjov, debido a su gran producción, y a que ni siquiera los grandes autores clásicos se ponen de acuerdo sobre cuáles son sus mejores cuentos. De hecho, he comprobado que de los diez cuentos de la antología de Pre-Textos no coinciden muchos con los de Alba.

 

Los primeros cuentos de esta antología están fechados en 1883; es decir, cuando Chéjov tenía veintidós o veintitrés años. Los orígenes de Chéjov son humildes y, desde muy joven, ha de ganar dinero publicando cuentos en revistas, para costearse sus estudios de Medicina y poder ayudar económicamente a sus padres y hermanos.

En la barbería es el primer cuento y acaba siendo una pequeña crítica de costumbres de personajes rusos, más o menos esperpénticos, escrito con intención cómica. Debo decir, desde ya, que me gusta que la selección de Alba pretenda abarcar una muestra significativa de todas las etapas creativas de Chéjov y que no solo ha seleccionado los cuentos que se suponen que son más brillantes, aquellos en los que Chéjov dominaba perfectamente su arte. De este modo, En la barbería es un cuento que está muy lejos de ser uno de los que entendemos como representativos del autor. Se lee con simpatía, porque el lector sabe de qué es capaz el autor, y que aquí, aún, no ha conseguido.

Esto mismo va a ocurrir con los siguientes cuentos: La muerte de un funcionario y La hija de Albión. Además, son cuentos bastante más cortos que los que van a ser sus piezas más significativas.

El cuarto es La cerilla sueca y me parece que destaca un poco, respecto a los anteriores, porque es más largo y mantiene una pequeña trama de detectives. Sin embargo, será de nuevo una pequeña crítica de costumbres, sobre personajes perdidos que no consiguen alcanzar sus aspiraciones.

Cirugía es de 1884 y seguimos con lo mismo: dos personajes comienzan hablando amablemente para acabar enfadándose.

En El camaleón se critica a ese tipo de personas que apoya una causa u otra según la capacidad que esta tenga para generarle o no problemas. Las intenciones son demasiado claras y Chéjov sigue sin brillar. Igual ocurre con De mal en peor, donde se critica a un hombre intratable.

 

El octavo relato es Las ostras (1884), que, a diferencia de los otros, está escrito en primera persona. En él, desaparece el humor y la melancolía gana espacio a la crítica de costumbres, sin llegar ésta a desaparecer. Un hombre evoca un recuerdo de niño, en el que va a sufrir una cruel humillación. Aquí se ha producido ya un salto de calidad.

En De mal humor, un cuento de apenas tres páginas, volvemos al principio. Más simpático me parece Los nervios, que introduce el tema del espiritismo y el miedo, y acaba siendo una comedia un poco pícara.

Los cuentos de 1885 empiezan a ser un poco mejores. Los simuladores es, de nuevo, una crítica de costumbres con tintes cómicos, pero me ha parecido mejor que otros cuentos anteriores. Algo parecido siento con Apellido de caballo, El cazador, El Malhechor (quizás este es el mejor cuento de los seleccionados en este año) y ¡Qué público!

 

En 1886, en la página 137 del libro, se produce el salto definitivo. El Chéjov que conocemos, gracias a las antologías clásicas, empieza aquí su andadura real, cuando tenía veinticinco o veintiséis años. Alguien podría pensar ¿y por qué no empezar el libro aquí? Podría ser una idea, pero, como ya he apuntado antes, no me ha gustado conocer todas las etapas creativas por las que pasó el genio de Chéjov.

De los cuentos de 1886, el primer seleccionado es Tristeza y creo que aquí estamos ya ante la primera obra maestra. Un cochero, al que se le acaba de morir su hijo, busca clientes en las oscuras calles de una ciudad, mientras está empezando a nevar. El cochero no parece encontrar a nadie que quiera escuchar su triste historia. Es un cuento muy bello y melancólico sobre la soledad. El humor inocente de los primeros cuentos ha desaparecido aquí y la melancolía que apareció en Las ostras domina ya la composición del relato.

En cuentos como Aniuta (sobre una joven que suele convertirse en acompañante de estudiantes) o Iván Matveich (sobre un profesor que sufre los continuos retrasos de su joven escriba) –ambos cortos– Chéjov ha dejado atrás el humorismo de trazo grueso anterior, y aparece la compasión hacia sus personajes, que será un sentimiento que va a acompañarnos en la mayoría de sus relatos.

 

La bruja es un relato más largo y, sin ser uno de los más destacados del libro, aquí sí que empieza a brillar el Chéjov adulto, que muestra las frustraciones y la infelicidad vitales de las personas. Me ha parecido muy moderno el modo en el que Chéjov nos muestra el deseo sexual femenino. Agafia también nos habla del deseo de las mujeres en una sociedad de 1886 que, pese al machismo de la época, consigue ser más moderna, que, por ejemplo, la España de 1940. Un atractivo de este cuento es que está escrito en primera persona y Chéjov cuenta la historia a través de un narrador testigo. Una mujer casada joven siente la tentación de acostarse con un atractivo joven de la localidad, que vive casi como un vagabundo. El relato acaba antes del estallido final, insinuando la violencia, pero sin mostrarla.

 

En el prólogo, que no aparece firmado, pero que supongo que se debe al traductor Víctor Gallego, se afirma: «Pueblan los relatos de Chéjov unos seres extraños, inútiles, llenos de buenas intenciones, pero incapaces para la acción» (pág. 18). Esta definición se puede aplicar perfectamente al cuento Pesadilla, donde un hombre, miembro de la comisión de asuntos rurales de su localidad va a visitar al nuevo cura y le avergüenza su aparente falta de tacto y elegancia. Empezará considerando que no es una persona adecuada para el cargo que ocupa, para acabar comprendiendo las condiciones miserables en las que vive, tratar de ayudarle y darse cuenta, en realidad, de que solo ha tenido capacidad para perjudicarlo.

 

La noche de Pascua, en el que un barquero pasa a gente de una orilla del río a otra, donde se celebra una fiesta, el mismo día que ha muerto su amigo, parece una versión extendida de Tristeza. De nuevo el hombre en soledad, sin poder compartir su dolor, frente a la indiferencia del mundo.

 

Normalmente se considera La corista una de las cumbres creativas de Chéjov. En este relato una joven corista, que habitualmente se encuentra rodeada de admiradores, recibe en su casa la inesperada visita de la mujer de uno de estos admiradores. Me parece bueno, pero los hay mejores en este libro.

 

Por casualidad está escrito con la técnica del narrador testigo y en él se cuenta la historia de un amor desgraciado entre dos personajes maduros. Es un relato bello y melancólico.

 

En Pequeñeces de la vida un hombre que visita a una mujer con un hijo, separada de su marido, va a descubrir lo que opina este último de él, a través del hijo pequeño, que al final del relato se sentirá traicionado, «era la primera vez en su vida que se enfrentaba cara a cara, de forma tan brutal, con la mentira» (pág. 249)

 

Vanka es un cuento corto sobre los abusos que sufre un niño de nueve años que trabaja de aprendiz de zapatero. Un cuento muy dickensiano.

 

La helada que muestra la pobreza física de algunos personajes, que tratan de ocultarla, me ha parecido más flojo que los anteriores.

 

Enemigos (1887) es una de las cumbres del libro. Un médico al que se le acaba de morir su único hijo de difteria recibe la visita de un hombre alterado que necesita que vaya a su casa a ayudar a su mujer que ha caído gravemente enferma. No sé si me había dado cuenta en las veces anteriores que he leído este relato, pero en esta ocasión me he percatado de la relación compositiva que tiene con el cuento Parece una tontería de Raymond Carver. Es decir, Carver declarado admirador de Chéjov, había leído Enemigos y había querido darle una vuelta de tuerca. En Enemigos un personaje trata de explicarle su desgracia a otro, lo que hubiera sido todo un alivio para él, pero el otro, lejos de querer entenderle, elije ofenderse, y los dos pasarán a ser enemigos para siempre. En Parece una tontería, los personajes empiezan como enemigos y al final la pareja que ha perdido a su hijo sí que encontrarán consuelo al ser escuchados por el tercer personaje, el pastelero. Dos obras maestras del cuento, que conversan entre sí.

En Enemigos me gustaría destacar también las descripciones de los paisajes nevados. En muchos cuentos de Chéjov, las descripciones de paisajes dan a la composición un toque muy bello y poético.

 

Me gusta la composición de Vérochka, ya que, aunque se narra algo que ocurre aparentemente en el presente narrativo del relato, en realidad el personaje está recordando algo que le ocurrió en el pasado, cuando se dio cuenta de que era una persona incapaz de amar y comprometerse. Un buen cuento sobre los desencuentros vitales.

 

Tifus, sobre la desgracia de la muerte, me parece un cuento inferior a otros.

 

El juez de instrucción, donde un hombre descubre que la vida (al menos la suya) ha dependido más de las causalidades que de las casualidades es un duro cuento, con el anticuado truco de la sorpresa final.

 

Volodia es el relato de un joven de diecisiete años, poco agraciado, que durante un día podrá jugar a sentirse todo un conquistador. Un cuento con un final exageradamente trágico.

 

De Un trotamundos me gusta la originalidad de los personajes, un joven judío que ha cambiado de religión y su peregrinaje a un convento. Original.

 

El caramillo es un cuento curioso en el que un administrador de finca se encuentra con un anciano que sufre de ecoansiedad, ya que siente que cada vez hay menos animales en la región en la que vive.

 

El beso es uno de mis cuentos favoritos de Chéjov, en el que un poco agraciado oficial del ejército recibe un beso por equivocación. Algo que no le había ocurrido nunca va a disparar su imaginación y sus anhelos hacia sueños que solo pueden acabar en la decepción. «Todas las cosas con las que sueño y que me parecen imposibles e irreales, en realidad son absolutamente comunes –pensaba Riabóvich, mirando la nube de polvo que el coche del general dejaba a su paso–. Son cosas ordinarias y les suceden a todos». (pág. 387) Es un cuento bellísimo.

 

Relato de la señorita N. N. destaca porque es el único que está narrado por la primera persona de una mujer. Es un cuento sobre la vida que no tiene vuelta atrás y el lamento por las decisiones del pasado.

 

Ganas de dormir es un cuento sobre los abusos que sufre una niña de trece años que trabaja de niñera, similar a Vanka, pero con un final mucho más terrible. Es un cuento inferior a otros del conjunto.

 

Luces, con sus casi 50 páginas, es el cuento más largo del libro. Un hombre mayor previene a otro joven sobre dejarse llevar por ideas nihilistas. Como ocurre en otros relatos, los personajes citan a autores de la literatura rusa como Gogol, Tolstoi o Dostoievski. Existe aquí un interesante juego de dos narradores, con un relato dentro del relato. Es una gran novela corta sobre la asimilación de las consecuencias de nuestros actos.

 

En El zapatero y el diablo hay un desarrollo casi fantástico (que acaba siendo un sueño) y esto ha hecho que el cuento me parezca inferior a otros.

 

La apuesta es un cuento extraño, que no parece de Chéjov, donde un hombre apuesta con otro permanecer aislado en una celda por dos millones de rublos. Es un cuento sobre las casualidades que me ha parecido más comercial que otros. Es curioso cómo, a veces, he tenido la sensación que los peores cuentos del libro eran más efectistas, como si estuvieran escritos de un modo más apresurado con la intención de ganar un dinero fácil. Sin embargo, este no es un mal cuento.

 

En La princesa aparece de nuevo el tema de las buenas personas que son incapaces de aportarle algo útil al mundo, pero que no dejan de salir de su complacencia.

 

Gúsiev es un cuento extraño, que transcurre en altamar y que nos presenta una conversación entre unos soldados que regresan a casa desde China aquejados de tuberculosis. No he conseguido entrar en él.

 

Campesinas es un cuento con narrador interpuesto que habla de violencia machista, donde una mujer que ha tenido un amante acabará repudiada por el marido y por el amante amante. Es duro, un buen cuento.

 

La cigarra es otro de los mejores cuentos del libro sobre una mujer que se casa con un médico, que cuido a su padre, pero al que no aprecia mucho, ya que ella quiere ser famosa y estar rodeada de artistas. Hasta cierto punto parece que aquí Chéjov se desdobla en dos personalidades, la del artista y la del médico, y al final retrata a los artistas como vanidosos e inútiles y elogia la dedicación y el sacrificio del médico. Muy emocionante.

 

En deportación nos llega a un clima extremo y al trabajo de los barqueros, de nuevo. Es un cuento sobre las diferencias sociales y la pobreza.

 

Vecinos es otros de mis cuentos favoritos del libro. En él un joven lamenta que se su hermana se ha ido a vivir con su vecino, un hombre casado. El joven se acabará dando cuenta de lo vacía que está su vida. La última página del cuento es demoledora: «Toda su vida le pareció de pronto tan oscura como esas aguas en las que se reflejaba el cielo nocturno y en las que se entrelazaban las plantas acuáticas. Y tuvo la impresión de que aquello no tenía remedio» (pág. 594)

 

Terror, donde un narrador acaba sintiéndose atraído por la mujer de su amigo, al que no quiere traicionar, pero que no está seguro de si acabará haciéndolo o no, también es muy bueno.

 

El monje negro (1894) trata de un joven licenciado en filosofía, enfermo de los nervios, que decide visitar en el campo a su antiguo maestro, quien está obsesionado con el cuidado de un huerto. El protagonista sucumbirá a las alucinaciones, cuando se desarrolle la enfermedad mental que sufre. Es un cuento muy inquietante.

 

Como leemos en la introducción, a mediados de la década de 1890 Chéjov sabe que ha contraído tuberculosis y que lo más normal es que no viva muchos años. Por eso, la muerte empieza a estar muy presente en sus cuentos de la última década, pero también el deseo de apresar la belleza de la vida.

En El violín de Rothschild el personaje es un hombre que vive de fabricar ataúdes, además toca el violín en una orquesta, que le tolera pese a su odio hacia los judíos, religión que siguen algunos de sus otros miembros. Es un cuento que plantea una hermosa reflexión sobre la muerte y la trascendencia de la vida.

 

El estudiante es uno cuento muy corto y más intrascendente.

 

Ariadna, donde un ruso le cuenta su historia a otro ruso en el trayecto en barco entre Odesa y Sebastopol es, otra vez, un gran cuento. De nuevo aparece aquí el tema de las personas que necesitan ser admiradas y que se empeñan en vivir por encima de sus posibilidades.

 

Casa con desván parece prevenir, de nuevo, a la juventud sobre los peligros del nihilismo. Sus ideas desesperadas harán a un joven pintor perder a la que podría haber sido el amor de su vida.

 

En el carro nos presenta, como excepción, a un nuevo protagonista femenina, a una maestra de un pueblo que, tal vez, podría haber sido feliz si hubiera conseguido conquistar a un hombre que le gustaba.

 

El hombre enfundado no me gustó mucho cuando lo leí la primera vez, hace ya casi treinta años, pero me ha gustado ahora, sin llegar a parecerme uno de los cuentos más destacados del libro, creo que su metáfora sobre el hombre que trataba de protegerse es demasiado evidente.

 

Las grosellas y Del amor, de 1898, y que aparecen seguidos en el libro, son dos cuentos entrelazados, ya que en ellos hay dos cazadores, los mismos en los dos relatos, que reciben el peso de una historia. Las grosellas trata sobre la posibilidad de que alguien se pierda dentro de sus sueños y no sea capaz de ver el sufrimiento de los demás. En Del amor un hombre no se decide a amar a la mujer de su amigo y acabará pensando que lo que le frenó fue algo inútil. En realidad, La dama del perrito es una contestación a este cuento, Del amor.

 

Una visita médica es un cuento de 1898, donde ya aparecen los teléfonos, y donde se critican las condiciones en las que viven los trabajadores de una fábrica. Esto me ha recordado a la novela corta de Chéjov En el barranco, que era de 1900, y también se criticaba cómo la modernidad del humo de las fábricas parecía pervertir la belleza de los paisajes rusos. De nuevo un cuento sobre personas aparentemente bondadosas que no consiguen hacer el bien.

 

La nueva dacha, donde el protagonista es un ingeniero que construye un puente en un río, y acaba comprando un terreno, en un pueblo cercano, para hacerse una casa, es un cuento sobre la envidia y el miedo al progreso en el campo ruso.

 

La dama del perrito es de 1899 y lo he debido de leer ya por cuarta vez. No me entusiasmó en su primera lectura de los años 90, y luego me encantó más tarde. Richard Ford decía en el prólogo de su antología que eso fue lo que le pasó a él: que La dama del perrito fue un cuento que le dejó frío con dieciocho años, pero que amó con treinta. Quizás se necesita haber vivido ya algo para apreciar la sutileza de esta gran pieza.

 

En fiestas es un cuento corto sobre las relaciones familiares entre la aldea y los emigrados a la ciudad. Es inferior a otros tratados aquí.

 

El obispo de 1902 es el último cuento que escribió Chéjov, que moriría dos años más tarde. Un hombre, que ejerce de obispo, se encuentra cercano a la muerte y lo que le apetece es sentir el calor de su madre, de los suyos, pero el puesto que ocupa en la sociedad hace que sus seres queridos se acerquen a él de un modo demasiado respetuoso y poco natural. Es un bello cuento crepuscular.

 

Dejo aquí una lista, como recordatorio para el futuro de los que me han parecido los mejores cuentos: Las ostras, Tristeza, La corista, Enemigos, El beso, Luces, La cigarra, Vecinos, El monje negro, El violín de Rothschild, Las grosellas, Del amor y La dama del perrito.

En general, destacaría la modernidad de los cuentos de Chéjov, la sutileza de sus planteamientos, donde lo más importante de las relaciones entre los personajes transcurre en la historia a un nivel subterráneo, y raramente explotan todos los dramas como podrían explotar. Yo leí durante los años 90 a muchos cuentistas norteamericanos, que se acabarían convirtiendo en algunos de mis escritores favoritos: Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, y los tres han bebido de Antón P. Chéjov, que es el autor que ha creado la mirada moderna sobre el relato de ficción. Estos Cuentos de Antón P. Chéjov han sido una de mis grandes lecturas de 2023.

 

domingo, 21 de enero de 2018

La estepa / En el barranco por Antón P. Chéjov.

Editorial Alba. 235 páginas. 1ª edición de 1888 y de 1900; esta de 2001.
Traducción de Víctor Gallego Ballestero.

Ya comenté aquí, en 2016, que un viernes del invierno de 2015 fui con mi novia a la plaza del Dos de Mayo de Madrid para deshacerme de algunos libros que no quería acumular en la librería Rincón de Lectura. Los cambié por dos libros de Antón P. Chéjov (Taganrog, Rusia 1860-Badenweiller, 1904) más dos euros. Uno de los libros de Chéjov era el titulado Cinco novelas cortas, que compilaba cinco narraciones de Chéjov, que iban desde las 64 páginas de Una historia aburrida (1889), hasta las 114 de El duelo (1891); el segundo era éste, que contiene otras dos novelas cortas: La estepa (1888) y En el barranco (1900). La primera tiene 147 páginas y la segunda 72. Las cinco novelas del primer libro estaban publicadas entre 1889 y 1895; por tanto, estas dos nuevas novelas cortas a las que me he acercado ahora son una anterior a las otras y la segunda posterior.

La estepa fue la novela corta ‒nos cuenta la contraportada del libro‒ que convirtió a Chéjov en un escritor de éxito. Yegorushka es un niño de nueve años, huérfano de padre, al que su madre manda desde el pueblo a la ciudad para que estudie en el instituto. En el verano de la estepa viaja en una calesa con su tío, el comerciante Iván Ivánich Kuzmichov, y el padre Jristofor Siriski, además del joven cochero Deniska. El viaje empieza con pena para Yegorushka: «Se sentía enormemente desdichado y tenía ganas de llorar» (pág. 15), que acompaña en el pescante de la calesa a Deniska sin comprender muy bien a dónde se dirige ni para qué.
La estepa está contada en tercera persona. La voz narrativa de Chéjov se acerca, en muchos casos, al punto de vista del niño. Así, desde la tristeza inicial, Yegorushka irá sintiendo cada vez más fascinación por el viaje, tanto por el paisaje, con sus animales y ríos, como por las personas con las que se irá encontrando por el camino. En este sentido, La estepa es una novela de descubrimiento, y el viaje se vuelve más misterioso y trascendente cuando el tío Kuzmichov y el padre Siriski, que buscan por la estepa al poderoso Varlámov, al que quieren vender un cargamento de lana, dejan a Yegorushka a cargo de los viajantes que trasladan la lana en una caravana de carros. Entre desconocidos, Yegorushka escuchará historias terroríficas y empezará a atisbar cómo es la esencia del pueblo ruso. Chéjov narra, con divertida ironía, cómo todos los compañeros de viaje de Yegorushka parecían haber vivido un gran pasado y cómo habían sido expulsados de él, hasta su presente, por la fatalidad. En la página 80 leemos: «Escuchó las risas de Dímov y experimentó por esa persona un sentimiento semejante al odio», y comprendemos que Yegorushka no conoce aún el alcance de sus sentimientos. Si bien ya he apuntado que el narrador sitúa, durante gran parte de esta novela, su punto de vista muy cerca de la mirada del niño, en otros momentos le hace comprender al lector que su mirada es demasiado crédula y en algunos otros ‒como buen escritor del siglo XIX‒ se pone sentencioso y escribe frases como ésta: «Los hombres que han cantado en un coro, ya sea como tenores o como bajos, especialmente aquellos que al menos una vez en su vida han tenido la ocasión de dirigirlo, suelen mostrarse severos y hostiles con los niños, y no pierden esa costumbre ni siquiera cuando han dejado de cantar» (pág. 99). En cualquier caso, Chéjov es un escritor sutil y sus intervenciones en el texto nunca son muy marcadas.

Me ha llamado la atención que en esta novela corta, Chéjov presta mucha más atención que en otros textos suyos a la pura descripción del paisaje; entre las páginas 65 y 67 se habla de la estepa durante tres páginas. Son unas páginas bellas, pero me han llamado la atención porque identificaba a Chéjov con un autor al que le interesaba más hablar del estado de ánimo de sus personajes y de las relaciones entre ellos, y no como a un escritor tan descriptivo. Entiendo que el de La estepa es un Chéjov joven, dotado ya de talento, pero que aún no ha acabado de definir el estilo que lo hará famoso; ese estilo que con tanta delicadeza describe el alma de sus personajes y las distancias que se crean entre ellos.

Chéjov escribió En el barranco después de las cinco novelas cortas que leí en 2016, y se aprecian algunas diferencias frente a la frescura inaugural de La estepa: para empezar, las relaciones entre los personajes son más complejas. Nos encontramos aquí con la familia Tsibukin, los ricos de una aldea llamada Ukléievo. El padre, viudo, se ha casado con Varvara, una joven atractiva y ambiciosa. Su hijo pequeño, Stepán, es sordo, y débil de salud además de retraído; está casado con la joven Aksinia. El hijo mayor de Petrov Tsibukin es Anísim, que al comenzar la novela será un joven (que empieza a dejar de serlo, puesto que ha cumplido ya veintiocho años) soltero y disoluto, que ha empezado a beber demasiado. Petrov y Varvara le buscarán una novia a Anísim, y la encontrarán en una ingenua joven (casi una niña) de una aldea próxima. En la novela se describirá la boda y cómo Anísim, después de celebrarla, dejará a su mujer con su familia para continuar con su vida en la ciudad.
En esta novela corta, la mirada del Chéjov narrador sobre lo contado parece mucho más ácida que la que había mostrado en La estepa. Aquí, En el barranco, los crímenes se suceden: las fábricas del pueblo producen sin licencia, contaminando el aire y el río, en el negocio de Petrov Tsibukin se vende vodka clandestino y Anísim realizará pagos con moneda falsa. Además ‒y esto solo está insinuado‒, alguna de las mujeres de la familia también son adúlteras. Pero toda la degradación de la familia no acaba aquí, puesto que en su seno se acabará cometiendo un terrible crimen propiciado por una disputa sobre la herencia. No quiero desvelar más sobre la trama de En el barranco, pero la escena del crimen es terrible y tan tremenda que, por un momento, me pareció que había dejado de leer al sutil y elegante Chéjov para adentrarme en el territorio salvaje de Dostoievski. El remate de esta novela corta es emocionante y soberbio.
Me ha sorprendido que En el barranco, algunas casas de la aldea tengan teléfonos. Me ha sacado de golpe del siglo XIX.

Doce años separan La estepa (1888) de En el barranco (1900), y la mirada de Chéjov ha saltado de la inocencia de un niño de nueve años, que empieza a entender el mundo de los adultos y a asimilar la pérdida de un pasado, a otro mundo de depravaciones, crímenes e hipocresías brutales. La estepa / En el barranco es un libro magnífico para iniciarse en Chéjov y he disfrutado tanto estas dos novelas cortas como ya lo hice el año pasado con Cinco novelas cortas (a fin de año elegí este libro como una de mis diez mejores lecturas de 2016). Se suele recordar a Antón P. Chéjov como uno de los grandes maestros del relato breve, y esta fama ha eclipsado su excelencia en la novela corta. He leído siete de él y me encantan. Tengo que seguir con sus cuentos. Chéjov se está convirtiendo en uno de mis escritores favoritos.



domingo, 12 de junio de 2016

Cinco novelas cortas, por Antón P. Chéjov

Editorial Alba. 435 páginas. 1ª edición: desde 1889 hasta 1895. Esta edición: 2015.
Selección, traducción, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero

La primera vez que leí a Antón P. Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiller, 1904) fue en 1996. Compré en El Corte Inglés (al abrir el minilibro de Chéjov ha aparecido el ticket) dos de aquellos pequeños volúmenes de Alianza Cien: La corista y otros cuentos de Antón P. Chéjov y Relatos de Juan Rulfo. Es posible que me acercara a Chéjov (no lo recuerdo con exactitud) porque había sido deslumbrado no mucho antes por los cuentos de Raymond Carver y en la solapa de los libros de Anagrama leyera que a Carver se le consideraba «el Chéjov americano». Lo cierto es que me gustaron bastante más los cuentos de Rulfo que los de Chéjov. Con veintidós años leí el famoso La señora del perrito, y me causó cierta sensación de indiferencia y decepción. Esto no impidió que comprara –también en Alianza‒ el libro La señora del perrito y otros cuentos. Si no recuerdo mal, mi percepción de Chéjov mejoró entonces, pero seguía sin entender su magisterio. En la universidad, un compañero me dejó otro de sus libros editado por Alianza: El pabellón número seis. Esta vez, la lectura sí que me conmovió profundamente. Sin embargo, no comprendí por qué a Chéjov se le consideraba el maestro del relato moderno hasta años más tarde, cuando me acerqué al volumen Cuentos imprescindibles, editado y prologado por Richard Ford. En el prólogo leí algo para mí revelador: Ford leyó por primera vez La dama del perrito en la universidad y no se atrevió a decir entonces que no le gustaba, que le había causado perplejidad el tono menor en el que, en apariencia, estaba escrito el cuento. Fue más tarde, ya adulto, cuando Ford comprendió su sutilidad y pudo disfrutarlo. Creo que yo experimenté una sensación parecida con ese cuento y los demás de Chéjov: no fue hasta la lectura de los Cuentos imprescindibles, seleccionados por Richard Ford, cuando empecé a disfrutar de verdad del Chéjov cuentista. Leí en este volumen La dama del perrito por tercera vez y me di cuenta de que, con treinta años, algo había cambiado en mí. La lectura del cuento era otra entonces, una lectura mucho más profunda y enriquecedora.

Lo raro es que, no mucho después, compré otra antología de cuentos de Chéjov, cuya selección sólo coincidía en uno con la de Ford, y aún no la he leído.
Sin embargo, un viernes del último invierno, un día especialmente frío, me acerqué hasta la librería de segunda mano que está ubicada en la plaza de Manuela Malasaña con unos cuantos libros de los que mi novia y yo queríamos deshacernos. Los míos los cambié por dos de Alba: Cinco novelas cortas y La estepa / En el barranco, ambos de Chéjov.

Lo cierto es que cada vez me gusta más la editorial Alba; uno puede confiar en sus reediciones de los clásicos y en sus cuidadas traducciones.

Chéjov nunca escribió una novela larga. Víctor Gallego apunta en su prólogo que, según Nabokov, no habría podido escribir nunca una buena novela larga porque él era «un velocista, no un corredor de fondo». Las cinco novelas cortas aquí reunidas van desde las 64 páginas de Una historia aburrida (1889), hasta las 114 de El duelo (1891).

En Una historia aburrida (1889), un prestigioso profesor universitario de 62 años sabe que su muerte se acerca. Pese al reconocimiento del mundo académico, la fortuna económica no le acompaña y, lo que es aún más grave para él, sus recuerdos no son los que piensa que debe tener un gran hombre, ni sus ideas. Por las noches le asalta el insomnio terrible y reflexiona: «Los pensamientos que albergo son ruines y mezquinos, pretendo engañarme a mí mismo» (pág. 58). Mira a su mujer, llena de preocupaciones ordinarias, y no reconoce a la joven de la que se enamoró. Sus hijos parecen ser otra fuente de decepción para él, aunque al final apunte: «Sólo un hombre estrecho de miras o amargado puede albergar rencor por personas normales por la simple razón de que no son héroes» (pág. 22). Tal vez sean los sentimientos que siente hacia su joven y desengañada ahijada lo que le salve.
Esta novela corta tiene poco más de 60 páginas, y en ella Chéjov usa elementos constructivos que provienen de las técnicas con las que escribía relatos cortos: no hay aquí escenas explosivas, todo está contado –y en gran parte sugerido‒ de manera muy sutil. El tiempo pasa erosionando lentamente a las personas, parece decirnos Chéjov.

El duelo (1891) es, con sus 114 páginas, la composición más larga del libro (y puede que de su obra narrativa); además, es el texto de Chéjov en el que aparecen más personajes. Un joven apático y nihilista languidece en un pueblo del Cáucaso junto a su amante, una mujer casada. Las antipatías que otras personas del pueblo sienten hacia él llevarán a nuestro héroe a batirse en duelo. Está muy bien insertado en el cuerpo de la novela el efecto del clima sobre las personas, un tiempo caluroso que ablanda el espíritu.
Recuerdo que en la novela Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald, uno de los personajes adquiere una personalidad más fuerte tras pasar por la experiencia de batirse en duelo. Pienso ahora que Fitzgerald seguramente habría leído con fruición a Chéjov.

Una de las características de El duelo que más me han llamado la atención, un detalle que se repite de forma insistente en las cinco obras aquí recogidas, es la presencia de lo literario en la conciencia de los personajes, que suelen invocar en sus diálogos o pensamientos a personajes de novelas, sobre todo rusas, pero también francesas, inglesas o alemanas. Así, dice el narrador de El duelo: «La pasada noche, por ejemplo, me consolé pensando todo el tiempo: “¡Ah, cuánta razón tiene Tolstói! ¡Es despiadado, pero tiene toda la razón!”. Y estas consideraciones me alivian. En verdad, amigo, es un escritor soberbio, dígase lo que se diga» (pág. 83). En la página 94 leemos: «Soy tan indeciso como Hamlet –iba pensando Laievski por el camino‒. ¡Cuánta razón tenía Shakespeare! ¡Ah, cuánta razón!». En Tres años (1985), una joven novia reflexiona sobre su vida en estos términos: «En las Sagradas Escrituras se decía que la esposa debe amar a su marido, y en las novelas se concedía gran importancia al amor» (pág. 359).

La sala número seis (1892) ya la había leído (aunque traducida como El pabellón número seis) y, a pesar de los años transcurridos, recordaba su evolución y su final desgarrado bastante bien. Aunque la capacidad de sorpresa de este texto ha sido, por tanto, menor, su lectura ha vuelto a conmoverme profundamente. Además del paso del tiempo y el desgaste que éste supone para las relaciones o las esperanzas de las personas, otro de los grandes temas de estas historias es el de la soledad y la incomprensión. Los personajes de Chéjov no se sienten escuchados; por ejemplo, el médico que visita la sala número 6 del hospital encuentra en uno de los locos a uno de los mejores oradores de la ciudad, lo que le llevará a ser él mismo confundido con un loco. Una historia terrible.

Relato de un desconocido (1893), en el que un posible terrorista entra al servicio de un señor de la ciudad con la intención de acercarse a los pasos de su padre (su enemigo político), se acerca tal vez al planteamiento político de la lucha de clases; pero Chéjov no es un escritor político sino de sentimientos, y el patético amor que el aprendiz de terrorista acaba sintiendo por la amante del señor teñirán esta historia de un profundo aire melancólico. Una novela con un final, como viene siendo habitual, muy conmovedor; en él, el foco de acción se desvía, de forma sutil, hacia uno de los personajes secundarios, víctima inocente del drama narrado.

Me acerqué a la quinta novela, titulada Tres años (1895), pensando que Chéjov ya no conseguiría sorprenderme. Había leído algunas reseñas del libro en internet y ninguna destacaba esta pieza. Sin embargo la novela, sobre un burgués moscovita de treinta y cuatro años que pide matrimonio a una joven provinciana de veintiuno, consiguió emocionarme de nuevo sin remisión. Al principio, el autor nos habla de la incapacidad de la pareja para entenderse, para colmar sus anhelos, y después nos muestra cómo se van acomodando y adaptando a sus vidas, y lo hace de manera magistral.
La novela tiene un trasfondo social, ya que en algún caso se describen las malas condiciones de vida de los empleados de la empresa del padre de nuestro burgués. Pero la narración jamás se desliza hacia la caricatura: nuestros burgueses son incapaces de alcanzar la felicidad y son tan patéticos como el más pobre empleado.
Al leer Tres años, he recordado la novela corta La infancia de un jefe, de Jean Paul Sartre. Imagino que, al igual que Scott Fitzgerald leyó a Chéjov, como ya apunté antes, también Sartre lo hizo. El final de Tres años me ha resultado también de una gran sutilidad y melancolía.


Antón P. Chéjov ha pasado a la historia de la literatura como el maestro del relato moderno, pero me atrevo a decir que, si nunca hubiese escrito un relato y sólo conociésemos de él estas novelitas, podríamos considerarle uno de los grandes maestros de la novela corta.