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lunes, 4 de junio de 2018

Mandíbula, por Mónica Ojeda.


Editorial Candaya. 285 páginas. 1ª edición de 2018.

En 2017 leí Nefando, la segunda novela de Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) y la primera que publicó en la editorial Candaya. En 2018, Candaya ha publicado su nueva novela, Mandíbula. Después de la buena impresión que me dejó Nefando, tenía ganas de leer Mandíbula, así que se la solicité a sus editores cuando vi que anunciaban su salida en las redes sociales. Ellos me la enviaron muy amablemente.

Mandíbula empieza con una primera escena impactante: Fernanda, de quince años, despierta atada a una mesa, en una cabaña perdida en un bosque. Ha sido secuestra por Miss Clara, su joven profesora de Lengua y Literatura en el colegio privado Opus Dei al que acude, el más caro de la ciudad de Guayaquil.

En los sucesivos capítulos, el lector irá recibiendo información que le permitirá comprender cómo los dos personajes iniciales han llegado a la situación descrita.
Fernanda forma parte de un grupo de seis chicas de quince años que un día, al salir del colegio, entran en un edificio abandonado a medio construir, un edificio que se irá convirtiendo en su centro de reuniones secreto. «Ya en zona prohibida, las seis se sintieron temerarias y rebeldes, con vidas dignas de ser filmadas y comentadas en un reality show o retratadas en una serie de televisión» (pág. 17). El grupo está dominado por la fuerza y el empuje de Fernanda y Annelise («Las inseparables, las hermanas sucias de conciencia; siempre desnudas de temores y dispuestas a inventarse aventuras con tal de no aburrirse» (pág. 17).

Las seis chicas deciden contarse historias de terror en el edificio abandonado. Si sus historias (muchas sacadas de las creepypastas de internet) no asustan a las demás, tendrán que pasar por distintos «retos» propuestos por las demás. Los retos se irán volviendo cada vez más peligrosos y perversos.
En el edificio abandonado también pintarán de blanco una habitación sin ventanas al exterior. Aquí será donde contarán las historias de terror y donde acabarán rindiendo culto (sobre todo a través de sus historias) a una deidad que Annelise inventa como un juego, el Dios Blanco.

Las pulsiones ocultas que dominan los comportamientos tanto de Fernanda como de Annelise tienen que ver, principalmente, con la relación conflictiva que ambas mantienen con sus madres. La madre de Annelise es una mujer muy religiosa y controladora, que, en cierto modo, ha asfixiado el crecimiento personal de Annelise. Por su parte, la madre de Fernanda parece temer a ésta. «Nunca quiere estar a solas conmigo y, cuando no puede evitarlo, me mira de una forma muuuy fea, como si mirara a una rata o algo que da miedo», le cuenta Fernanda en la página 84 a su psicólogo para explicar el trato que mantiene con su madre. Cuando Fernanda tenía cinco años, su hermano de un año murió ahogado, precisamente cuando se encontraba con ella. Fernanda no recuerda exactamente qué ocurrió, pero sospecha que su madre la culpa de la muerte del hermano, aunque la envíe al psicólogo para que ella se libere a sí misma de cualquier posible sentimiento de culpa.
En varias partes de la novela se insiste en la relación maternidad-canibalismo: las madres devoran a sus hijas, por ejemplo empeñándose en que sean como ellas; aunque en otros casos serán las hijas las que traten de devorar a sus madres. Así, cuando se habla del pasado de la profesora, Miss Clara, se explicará al lector que Clara, una adolescente con problemas de ansiedad, ha crecido tratando de imitar a su madre en todo. Por eso se viste como ella y ha elegido su misma profesión. Cuando Miss Clara entra a trabajar en el colegio Opus Dei al que pertenecen Fernanda o Annelise, se encuentra traumatizada por un suceso que le ocurrió en el anterior colegio en el que trabajaba: dos de sus estudiantes entraron en su casa, la ataron y la torturaron durante horas. La primera vez que leí esta expresión sin género específico: «Dos estudiantes», supuse que habían sido dos chicos. Pero no, las secuestradoras de Clara habían sido dos chicas procedentes de familias desestructuradas. Mandíbula es una novela femenina en un sentido casi estricto. El colegio Opus Dei al que acuden las protagonistas de la novela es sólo de chicas, y los conflictos generacionales se establecen entre madres e hijas; los hermanos o los padres están totalmente desdibujados aquí. Cuando Fernanda acude al psicólogo, los capítulos se le muestran al lector como si estuviera leyendo una obra de teatro, indicando el nombre de la persona que está hablando antes de cada intervención. Pero, en realidad, el psicólogo, el Dr. Aguilar, está borrado de Mandíbula, puesto que después de los dos puntos que anteceden a las que deberían ser sus palabras en la conversación con Fernanda se ha eliminado el discurso, y el lector sólo intuye sus palabras a partir de las respuestas de ella (un recurso muy del gusto de Manuel Puig). En el colegio Opus Dei sí que hay algunos profesores, y aparece, al fin, un personaje masculino (muy secundario, en cualquier caso): Alan Cabrera, profesor de Teología. Al describir su aspecto se resalta que «tenía el culo de una mujer de caderas anchas» (pág. 71). Es decir, uno de los pocos hombres que aparecen en esta novela está caracterizado por su aspecto femenino. En la página siguiente se describirá a otra profesora, y de ella se dirá que «tenía una voz grave, casi masculina». Esta técnica consistente en caracterizar a personajes masculinos con rasgos femeninos y al revés, para proyectar sobre ellos una mirada de extrañeza, la solía usar mucho Juan Carlos Onetti.

En uno de los mejores capítulos del libro se describe una fiesta de universitarios a la que son invitadas las chicas del grupo de Fernanda y Annelise, y aquí sí que aparecen personajes masculinos, cuya presencia acaba sirviendo para unir más los lazos en el grupo femenino.

Los tiempos narrativos de Mandíbula están alterados, aunque suelen avanzar, como ya comenté antes, para que el lector comprenda cómo se ha llegado a la situación del capítulo primero. Me parece que está muy lograda la dosificación de la información, algo que consigue crear un efectivo clima de tensión. Ojeda varía los enfoques para relatar su historia: las conversaciones con el psicólogo, las narraciones en tercera persona apegadas a la voz narrativa de los personajes y otros capítulos que me han gustado mucho, aquellos en los que en los mismos párrafos se alternan dos tiempos narrativos (como ocurría en el capítulo de la fiesta con los universitarios), un recurso muy propio de un escritor como Mario Vargas Llosa. También podemos acercarnos a la primera persona de Annelise gracias a una carta-ensayo que le entrega a su profesora, Miss Clara. En estas páginas, Annelise vierte algunas opiniones sobre el género del terror, que pueden resultar claves para entender la forma de escribir de Ojeda: no existen películas sobre las narraciones de H. P. Lovecraft, porque el terror cósmico propuesto por escritores como él no tiene imagen. Algo que, hasta cierto punto, podría aplicarse a la novela de Ojeda, en la que la atmósfera creada, mediante un lenguaje muy cuidado, posiblemente tiene más importancia que las escenas descritas.

Cuando comenté Nefando señalé que, aun siendo una novela talentosa, Ojeda había cargado las tintas presentando a personajes siempre enfermizos. Lo mismo ocurre en Mandíbula, pero creo que el resultado está más conseguido en esta nueva novela, que crea un mundo autónomo de asfixia y terror para todos los personajes y no resulta forzado, sino que tiene pleno sentido dentro del contexto de la historia propuesta. También señalé que en Nefando se notaba la dependencia de un modelo, el de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Esto ha desaparecido en Mandíbula, donde hay influencias, por supuesto, pero no dependencia de ningún modelo.

No mucho antes de Mandíbula, he leído Las cosas que perdimos en el fuego de la argentina Mariana Enríquez, un libro de cuentos de terror trabajado y profundo, en la línea narrativa de Mandíbula. Me está pareciendo muy interesante esta corriente literaria femenina que usa el género de terror para hablar de miedos universales. Y tanto Las cosas que perdimos en el fuego como Mandíbula me han gustado mucho.

Mandíbula es una novela más madura y acabada que Nefando (que ya era un buen libro) y su calidad me hace pensar que Mónica Ojeda va a convertirse (si no lo es ya) en uno de los nombres imprescindibles de la nueva narrativa hispanoamericana.

domingo, 29 de octubre de 2017

Nefando, por Mónica Ojeda

Editorial Candaya. 206 páginas. 1ª edición de 2016.

En octubre de 2016 el escritor Alberto Olmos publicó en Mala fama, su espacio semanal dentro de El Confidencial, una elogiosa crítica de Nefando («Una novela espectacular», escribía) de Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) y yo supe entonces que más tarde o más temprano acabaría leyendo este libro. Ya he comentado más de una vez que estoy muy pendiente de las novedades de la editorial Candaya, que ahora mismo me parece una de las apuestas más serias en cuanto a novedades literarias escritas en español. Pero tampoco puedo leerme todo su catálogo, así que en principio estaba dejando pasar Nefando hasta que se lo pedí a sus editores, Olga y Paco, en diciembre de 2016 cuando los vi en la librería La buena vida, donde presenté la novela El espectáculo del tiempo del argentino Juan José Becerra. Ese día, Olga y Paco se mostraron muy entusiasmados con Nefando y el talento de Mónica Ojeda. Por tanto, aunque tenía el libro en casa desde finales de 2016, no ha sido hasta casi mediados de 2017 cuando me he puesto con él, y el detonante definitivo para su lectura fue otro encuentro en Madrid con sus editores, con motivo de la presentación de la novela El amor es más frío que la muerte del venezolano Ednodio Quintero. Paco y Olga estaban muy contentos porque, no hacía mucho, en el Hay Festival de Colombia habían elegido a Mónica Ojeda, dentro de la selección de Bogotá 39, como una de las treinta y nueve escritoras menores de cuarenta años con más talento de Hispanoamérica. Después de leer Nefando, uno entiende muy bien por qué.

Mónica Ojeda publicó Nefando cuando tenía veintiocho años, pero ya antes había conseguido con su primera novela, La desfiguración Silva, el Premio Alba Narrativa 2014 y con su primer libro de poesía, El ciclo de las piedras, el Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015.

En Nefando, un «detective» (o «detectives») ‒cuya identidad el lector nunca llega a conocer‒ investiga sobre el videojuego Nefando, que los tres hermanos Terán (Irene, Cecilia y Emilio) crearon (con la ayuda de El Cuco Martínez) y colgaron en la Deep Web de internet, ese espacio profundo del mar de información mundial donde se reúnen los delincuentes (asesinos, traficantes de droga u órganos, pederastas…). Nuestro detective desconocido pregunta por Nefando y por los hermanos ecuatorianos Terán a los que fueron sus compañeros de piso cuando éstos vivían en Barcelona. El lector leerá sobre las impresiones que causaron los Terán a la mexicana Kiki Ortega, que escribía una novela pornográfica durante su estancia en Barcelona, al también mexicano Iván Herrera, homosexual torturado por sus deseos, y al español Cuco Martínez, ladrón de carteras con estudios de informática. Pero no sólo tendrá acceso a estas tres voces narrativas, sino que también podrá leer impresiones dejadas en foros sobre el juego Nefando por parte de sus usuarios, el resumen de la novela de Kiki Ortega, o podrá saber de primera mano qué les ocurrió realmente a los hermanos Terán en su infancia.

Sobre esto ya han hablado los escritores Alberto Olmos o Jorge Carrión en sus críticas de la novela (nota mental: no debería leer reseñas sobre los libros que yo mismo pienso reseñar, porque las impresiones ajenas van a influir sobre la mía), pero me gustaría volver a llamar la atención sobre un tema importante para la composición del libro: la influencia de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

En Nefando «alguien» de origen ecuatoriano (como se desprende de una entrevista de la página 33 y que podría identificarse con la propia autora del libro), al que antes me he referido como «un detective», busca las huellas de los hermanos Terán, como en la segunda parte de Los detectives salvajes se buscaba a Arturo Belano y Ulises Lima. Belano y Lima, igual que aquí los hermanos Terán, siempre (pero no en todo momento en Nefando) aparecen de forma evasiva, en la lejanía. Además, el lector de Nefando se puede acercar a las páginas de la novela pornográfica de Kiki Ortega, que actúa como una narración dentro de la narración, recurso muy del gusto de Bolaño. Algunas de las frases de Ojeda me han llamado la atención como propias de Bolaño. Pongo un ejemplo: «Los mexicanos somos el sur aunque estemos en el norte, ¿cachas? Somos como ustedes los ecuatorianos. Somos el sótano del continente. Bueno, digamos que nosotros somos las escaleras al sótano.» En la literatura de Bolaño se juega mucho con el mundo de los contrarios (norte-sur) y siempre hay abismos y sótanos oscuros.
El Cuco Martínez recoge la conversación entre dos lesbianas, enfadadas porque en las bibliotecas públicas de Barcelona no se permite el acceso a páginas porno, y que pretenden organizar una performance pornoterrorista y masturbarse en la biblioteca junto a las estanterías de filosofía política. De algún modo, esta escena me ha recordado a la descripción que hace Belano de las actividades de la secta de los escritores bárbaros en Estrella distante. Asimismo, la descripción de los crímenes pederastas en Nefando me ha recordado a La parte de los crímenes de 2666.
Mónica Ojeda, también como Bolaño, gusta del juego metafórico y sorprendente: «Los senos de su madre; dos huevos de avestruz que lo hicieron pensar en cipreses demasiado altos y en sus copas solitarias tiritando a causa de la brisa más insignificante» (pág. 61).

Cuando leo, voy haciendo anotaciones a lápiz en post-its que coloco en las páginas finales del libro. En el párrafo anterior mostraba un resumen de mis anotaciones sobre la influencia (o lo que yo considero influencia, porque algunas de las apreciaciones son subjetivas, por supuesto) de Roberto Bolaño en Nefando. En ningún caso quiero insinuar que esta influencia sea excesiva o asfixiante; más bien me hace pensar en las palabras de Enrique Vila-Matas sobre Los detectives salvajes: «Un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio». Cada vez creo más (sobre todo después de leer novelas como Anatomía de la memoria de Eduardo Ruiz Sosa o Nefando de Mónica Ojeda) en el poder visionario de las palabras de Vila-Matas: Ojeda ha tomado la propuesta de Bolaño y ha escrito Nefando, una auténtica novela del siglo XXI, una novela que bucea en la Deep Web, en el internet más insoldable, donde se ocultan los peces abisales del alma humana, y habla sobre el tabú más blindado del siglo XXI: la sexualidad en la infancia. Posiblemente, sus intenciones narrativas se asemejen a las de su personaje Kiki Ortega cuando planifica la escritura de su novela pornográfica: «Su intención, la más honesta de todas, era la de explorar lo inquietante; la de decir lo que no podía decirse» (pág. 14).

En cierto modo, Nefando propone una investigación sobre los propios límites del cuerpo y de la unión cuerpo-persona. Un tema del que creo que se ocupa, en gran parte, la literatura femenina de los últimos años. Y ahora estoy pensando en los poemas de Sharon Olds.

Si antes he hablado de la relación de Nefando con Roberto Bolaño, voy a mencionar ahora una conexión personal e inesperada, para sacar el único punto negativo que podría achacarle a una novela tan talentosa y brutal como Nefando. La voy a relacionar con Un libro para niños basado en un crimen real, la novela con la que debutó la escritora australiana Chloe Hooper en 2002, cuando tenía veintinueve años, una edad similar a la de Ojeda cuando publicó Nefando. En 2003 leí la novela de Hooper, que en España publicó Anagrama. Una de sus ideas más potentes era que la sociedad australiana se había formado por los descendientes de los presos que Inglaterra mandaba a aquel país, muchos de los cuales eran asesinos. La protagonista investigaba sobre ese tema y en su camino no dejaba de encontrarse con asesinos. Su presencia en Australia no era anecdótica, sino excesiva y real, lo que acababa por saturar las intenciones narrativas de la propuesta. En Nefando ‒como ocurre en esta novela australiana con la presencia de asesinos‒, Ojeda ha llenado la narración con personajes sufridores, siendo la fuente de su dolor ‒en la mayoría de los casos, porque esto no funciona así para el Cuco Martínez‒ la relación que se establece entre su sexualidad, su cuerpo y el mundo que les rodea. Nefando es una lectura muy intensa, sin apenas «momentos valle», que habla de la pederastia y el dolor desde la ausencia de condena explícita y de victimización de quien ha decidido no tratarse a sí mismo como víctima, quien ha decidido crearse un mundo fuera de «los estándares normativos» (pág. 154). «En todo caso es su privilegio como víctimas hacer lo que mejor les parezca», leemos también en la página 154. Y puede que esta idea sea la más inquietante que propone Nefando: ¿cuáles son los privilegios de las víctimas?


Me contaba el otro día una amiga escritora que no había podido acabar Nefando. Desde luego, no es un libro para todos los públicos. Alejada de cualquier lectura complaciente, Nefando es una novela muy bien escrita, brutal en sus planteamientos, misteriosa, poética, profundamente perturbadora. Literatura en estado puro. Sorprende el talento de Mónica Ojeda, que aún no ha cumplido treinta años.