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domingo, 1 de marzo de 2020

El porqué del color rojo, por Francisco Bescós


El porqué del color rojo, de Francisco Bescós

Editorial Salto de página. 315 páginas. 1ª edición de 2017.

Estuve en la presentación en Madrid de El porqué del color rojo de Francisco Bescós (Oviedo, 1979). Tuvo lugar a principios de 2018, y yo mismo le había pedido el libro a la editorial para reseñarlo, después de haber leído El costado derecho, la anterior novela de Bescós, que me gustó. Aun así, El porqué del color rojo ha permanecido bastante tiempo en mi sección de las estanterías del Ikea de «libros por leer». Como buen representante de la raza humana (y en especial de la raza humana lectora) me suele apetecer leer aquel libro que aún no tengo. Pero después de dos años, he tomado de la estantería El porqué del color rojo con el deseo ya de deshacer este entuerto de la lectura aplazada.

En 2016 leí El costado derecho, como ya he dicho; una original novela sobre la crisis económica. Ésta era la segunda novela publicada de Bescós, la primera fue El baile de los penitentes, que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que publicó la editorial Almuzara. En esta primera novela, Bescós creó al personaje de Lucía Utrera, apodada «la Grande» por su gran masa corporal, una guardia civil destinada a la localidad riojana de Calahorra, después de haber pasado unos años te tensión en «el Norte». En El porqué del color rojo, Bescós retoma este personaje para crear una trama policial en los campos de la Rioja Baja.

En los terrenos vinícolas de una famosa bodega de la zona, aparece muerto un joven inmigrante, al que alguien ha propinado un violento golpe en el cuello con un objeto contundente. Lucía Utrera y sus compañeros del cuartel de la guardia civil tendrán que esclarecer este asesinato.
La trama principal de la novela transcurre en cinco días, donde cada día compone un capítulo, y estos están divididos por anotaciones temporales, que actúan como marcas de transición entre escenas, en las que Bescós da paso a distintos personajes. Aunque no necesariamente siempre se produce un cambio de personajes o escenario tras cada anotación temporal.
La investigación sobre el crimen le sirve a Bescós para hablar de diferentes temas, como, por ejemplo, la trata de personas por mafias y contrataciones ilegales en la campaña de la recogida de la uva, la amenaza del terrorismo yihadista, que ha alargado sus tentáculos para reclutar jóvenes musulmanes hasta el campo de La Rioja, de los Años de Plomo en el Norte, o del machismo y la violencia de género. ¿Los asesinos del temporero inmigrante pueden ser los mafiosos para los que trabaja en régimen de semiesclavitud, molestos al enterarse de que los quiere abandonar por los yihadistas? ¿Son los yihadistas los asesinos? ¿Es un vecino racista el asesino? ¿Y por qué ha aparecido en el entorno de Calahorra Kabuto, un antiguo líder terrorista vasco, que debería estar en la cárcel, y que Lucía Utrera sabe que la odia y que podría tratar de asesinarla a ella o a su familia?

La novela, escrita en tercera persona, no sigue solamente las andanzas de Lucía Utrera, aunque ella sea, de forma clara, la protagonista principal. El narrador también seguirá los pasos de los hermanos del inmigrante asesinado, de diversos guardias civiles que participan en la investigación, o de Bernard, el marido inglés de Lucía, que ejerce de amo de casa, mientras trata de ser un escritor. Además, Bescós añade a su trama a un personaje secundario bastante interesante: al padre Borobia, un sacerdote muy poco ortodoxo, que ayuda a las personas más necesitadas de la comunidad y que en el pasado fue boxeador. El padre Borobia es un hombre irascible, un hombre de acción: «Jesucristo merece que repartamos unos cuantos sopapos para defender a los débiles de los opresores, de los poderosos», dirá en la página 167.

Cuando comenté El costado derecho, una de las virtudes que destaqué de la propuesta de Bescós era lo bien dibujada que estaba la trama, un detalle de la construcción narrativa que muchos jóvenes escritores españoles no tienen en cuenta o que, incluso, llegan a despreciar. Bescós sigue controlando perfectamente los vaivenes de la trama en su nueva novela, que avanza a un ritmo muy marcado y que no decae en ningún momento. Por otro lado, la creación de personajes también es notable: Lucía Utrera, la teniente que solo lee «un libro al año» es un gran personaje femenino, así como lo es el padre Borobia y Bernard, el marido de Lucía.
Hace no mucho comentaba la novela Caballo sea la noche de Alejandro Morellón, y decía que muy por encima de la trama estaba el uso del lenguaje, un lenguaje oscuro y lírico, que era la principal baza del libro. En la novela de Bescós, la trama está por encima de la creación del lenguaje. He disfrutado con ambos libros y ambas opciones me parecen válidas e interesantes. Con esto tampoco quiero decir que la prosa de Bescós me parezca descuidada; pero sí que es mucho más ajustada a lo narrado que la de Morellón.
Está claro que Bescós se ha documentado sobre el mundo que refleja, conoce el vocabulario propio de los viñedos de la Rioja y de un cuartel de la Guardia Civil. El lenguaje se ajusta a lo contado, pero también hace uso de la ironía y el distanciamiento de lo narrado para mostrar la realidad contada, en algunos casos, de forma cómica.

Al comenzar a leer el libro me ha resultado desconcertante que en el primer capítulo la trama se sitúe en Madrid (y no en Calahorra, como en el resto del libro) y Bescós nos hable del coronel Adolfo García, que es el jefe que tuvo Lucía Utrera en los años que pasó destinada en el Norte. García está haciendo maniobras para conseguir que su hijo (un guardia real inestable y violento) le arrebate a Lucía el mando del cuartel de Calahorra. En el siguiente capítulo, empieza la trama principal de la obra: cuando Lucía despierta y tiene que enfrentarse laboralmente al asesinato de una persona en su jurisdicción. Cuando acabé la novela, comprendí mejor el primer capítulo: Bescós está dejando abierta la puerta a nuevos conflictos narrativos que, probablemente, desarrollará en nuevos libros de su serie policiaca de la teniente Lucía Utrera. De hecho, en El porqué del color rojo se hacen algunas pequeñas referencias a El baile de los penitentes, el primer caso de Lucía Utrera. «Hace ya cuatro años que tuvo que enfrentarse a lo de Nuria Isabel.», nos dice el narrador en la página 34. Supuse que se estaba jugando aquí a la autorreferencia y lo comprobé en internet.

La trama principal transcurre en cinco días y, quizás, se podría achacar a Bescós el exceso de acontecimientos que hace coincidir en este escaso tramo temporal de su libro: amenaza del terrorista Kabuto, que vuelve del pasado para vengarse de Lucía, justo cuando ésta se enfrenta a un caso de asesinato, en el que pueden estar involucrados yihadistas internacionales y mafias de tráfico de personas… Pero, en cualquier caso, he decir que Bescós sale bien parado de los desafíos a los que se enfrente en su construcción literaria.
Con El porqué del color rojo Bescós ha ganado el VI premio Pata Negra de novela policiaca y también el III premio de Novela Cartagena Negra. Parecen premios bien merecidos. Esperemos que sigan las aventuras de Lucía Utrera y que Paco Bescós consiga más premios y lectores en el futuro gracias a ella.

domingo, 21 de agosto de 2016

Entrevista a Francisco Bescós, autor de El costado derecho

Francisco Bescós (Oviedo, 1979) es autor de la novela negra El baile de los penitentes (editorial Almuzara, 2014), con la que ganó el VIII Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona. En 2016 ha publicado El costado derecho en la editorial Salto de Página. Pinchando AQUÍ  puedes leer la reseña que escribí sobre esta última novela.

Paco Bescós, foto de Lea Farren



Francisco, tú has nacido en Asturias, has estudiado en Navarra y vives en Madrid. ¿Por qué has elegido que Carlos Nogueroll –el protagonista de El costado derecho– sea catalán?

En un principio, Carlos Nogueroll era Carlos Noguerol, con una sola «l». A medida que la novela iba construyéndose en mi cabeza, yo me daba cuenta de la importancia que el concepto de identidad individual tenía en ella. Llegado un momento, decidí dotar a mi personaje de rasgos de identidad muy marcados, con el único propósito de despojarle de ellos y dejarlo desnudo. Así, Noguerol pasó a ser Nogueroll. Pero Nogueroll no sólo es catalán: por un lado, también es un catalán en Madrid, y, por otro, es un castellanoparlante en Cataluña. Dos características muy definitorias y, supuestamente, muy sólidas, que de nada le van a servir cuando la casualidad empiece a cebarse con su suerte.


Si tu anterior novela ­­–El baile del los penitentes­– pertenece al género negro, ¿piensas que El costado derecho puede inscribirse en algún género concreto, o la escribiste con la voluntad de transgredir los límites del género?

Soy un defensor de la lectura y de la escritura sin complejos. Esto significa, entre otras cosas, disfrutar como un niño de los géneros más populares. Pero también saltarse sus normas, digan lo que digan los puristas. El costado derecho no nació con esa intención; quiso ser, sencillamente, una comedia negra, negrísima. Lo que ocurre es que, dada mi forma de leer, siempre se filtran en mis textos muchos elementos del noir, del cómic, de la fantasía… Así, El costado derecho está lleno de alusiones al género negro en clave de humor: hay un misterio, hay una investigación, hay un detective, hay intentos de perpetrar crímenes… Pero tampoco faltan los elementos propios de la ciencia ficción: conspiraciones y conspiranoicos, exopolítica, quizá incluso extraterrestres… Tanto los amantes de The Wire como los de Expediente X encontrarán sus referencias.


¿Crees que a aquellas personas que leyeron El baile de los penitentes les podrá gustar El costado derecho –y viceversa‒, o estas dos novelas están dirigidas a públicos diferentes?

Pensaba que ni de coña, que eran dos productos tan distintos que no podrían contentar al mismo lector. Sin embargo, he recibido comentarios muy positivos de lectores que disfrutaron mucho con El baile. Creo que, aun siendo El baile de los penitentes una novela de estilo desnudo, absolutamente opuesto al de El costado derecho, en ella no pude evitar introducir escenas bastante cómicas, muy crueles, y personajes esperpénticos, que son rasgos, no ya de mi estilo, sino de mi sentido del humor. Y, al mismo tiempo, en El costado derecho, aun estando trabajada en un estilo barroco con un lenguaje más descarado, también se cuelan situaciones de peligro, momentos de acción y giros argumentales rotundos que la emparentan con mi primera novela. Uno no puede evitar ser quien es.


En tu novela un narrador, que podría identificarse contigo, interpela continuamente a su protagonista, a veces de forma irónica, pero también sarcástica. ¿Por qué tanto sadismo sobre Nogueroll, un pobre tipo que parece haberlo perdido casi todo?

Yo necesitaba apalear a Nogueroll. Necesitaba torturar a ese ególatra arrogante, a ese ingenuo optimista absolutamente desarmado, falto de recursos. Nogueroll es la síntesis de todos nosotros (yo el primero) cuando perdemos el pensamiento crítico, cuando nos tragamos el primer meme de Facebook que nos dice que estamos destinados a ser lo que queramos, porque somos muy especiales. Esto nos hace dramáticamente vulnerables al fracaso. Hay que aprenderlo a palos.


A Carlos Nogueroll le resultó muy motivador el famoso discurso de Steve Jobs en la universidad de Stanford. ¿Qué opinas de su «stay hungry, stay foolish»? ¿Este «permanecer insaciable y alocado como un niño» te parece un lema válido para aquellas personas a las que la crisis económica de 2008 ha golpeado con más dureza?

Como decía, creo que debemos recuperar el pensamiento crítico, empezando por el autocrítico. Nos han contado que el talento y el esfuerzo sirven para alcanzar el éxito y que éste sirve para alcanzar la felicidad. Pero no es así: el talento y el esfuerzo no bastan para conseguir el éxito y éste no conlleva necesariamente a que seas más feliz. Pero, mientras no nos damos cuenta de ello, nos convertimos en esclavos vocacionales que trabajan en la profesión de sus sueños con una beca no remunerada. Y de repente viene el bofetón de realidad: no llegarás a triunfar nunca, porque, a pesar de que tienes talento, te faltan ciertas capacidades tan valiosas como el talento. Porque no sabes caerle bien a los clientes, porque no sabes estar donde hay que estar en el momento en el que hay que estar, o porque no encuentras las palabras adecuadas cuando tienes que pronunciarlas. Éstas se tratan de cualidades tan legítimas como el talento o el esfuerzo. Pero no se habla de ellas: ¿te imaginas al CEO de una multinacional dirigiéndose a universitarios para decirles que él alcanzó el éxito mediante el talento, el esfuerzo y la succión de los culos adecuados?


¿Qué es un «magufo»? ¿De dónde viene tu interés por ellos?

Un magufo es un acrónimo que integra las palabras mago y ufólogo. La magufería me interesa desde tiempo atrás porque es la manifestación más radical de suspensión del pensamiento crítico. El personaje de Gonzom es una parodia del magufo ordinario, pero no resulta tan paródico. La característica más inquietante de Gonzom es su capacidad para solventar disonancias cognitivas: convertir evidencias contrarias a sus convicciones en pruebas rotundamente a favor de las mismas. Por ponerte un ejemplo del mundo real: una vez escuché a un famoso escritor, fascinado por el fenómeno OVNI, esgrimir el hecho de que se le habían velado las fotos de su cámara como evidencia rotunda de que había presenciado la aparición de una nave extraterrestre extraordinariamente luminosa. A eso habría que contestarle: Yo no digo que esté usted mintiendo, pero el hecho de que sus fotos de una nave extraterrestre estén veladas no es evidencia de que ese encuentro haya sucedido. El magufo es muy hábil en eso: tratar de darle la vuelta a una prueba para convertirla en un story telling favorable a sus argumentos… por delirantes que sean.


¿Con qué acaba teniendo Carlos Nogueroll más problemas, con la casualidad o con la causalidad?

Digamos que el verdadero problema de Nogueroll aparece cuando intenta dotar de un sentido causal a la pura casualidad. Desmitificar la casualidad, la idea de serendipia, el «que todo ocurre por alguna razón» es algo que me seduce muchísimo. Nuestro cerebro está preparado evolutivamente para interpretar las casualidades como patrones con significados maravillosos. Si recibes una llamada telefónica de una persona justo en el momento en que estabas pensando en esa misma persona, es probable que lo identifiques como una señal del destino; no te paras a recordar cuántas veces has recibido una llamada de ese sujeto en un momento en que no pensabas en él. Es decir, las casualidades tienden a grabarse en tu memoria y tu cerebro necesita un significado para ellas. Esto es muy jugoso cuando se trata de explicar las desgracias. Si la casualidad quiere que yo me rompa una pierna el mismo día en que me han robado la moto, es posible que mi cerebro se pregunte quién me ha echado mal de ojo. La casualidad es el fenómeno que más explicaciones irracionales genera, que más nos hace comportarnos como pollos sin cabeza. Como tal, es un objeto de estudio literario interesantísimo. Eso le ocurre al pobre Nogueroll: no se puede creer que tanta desgracia le haya caído encima sin sentido, y por eso empieza a dar crédito a las teorías que lo sitúan como víctima de una conspiración interplanetaria.


¿Cuándo escribías El costado derecho había alguna obra literaria (o cinematográfica) en tu cabeza que actuara como referente creativo, como faro inspirador?

Yo creo que, más que una obra, podemos hablar más bien de un bagaje. El cine de los Coen es algo que me ha influido mucho. En cuanto a obras literarias contemporáneas, podría hablar de Antonio Orejudo como referente. Fue precisamente Antonio Orejudo quien me señaló, en una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle para la revista suburbano.net, que la comicidad en sus obras era deudora del Siglo de Oro, especialmente de Cervantes. Y esto conecta con otra influencia clarísima que puede encontrarse tras El costado derecho, a pesar de que, al escribirla, no me daba cuenta de que estaba allí. Un amigo que leyó el manuscrito fue quien me dijo que era una obra tremendamente quijotesca; incluso el epílogo se resuelve de forma parecida a la gran novela de Cervantes. Y es cierto. El Quijote es una mano fantasma que me ha ayudado a escribir esta novela. Tanto es así que, uno de los capítulos más divertidos de El costado derecho, el del asalto al Instituto del Frío, es casi un calco del ataque de don Quijote a los molinos. Yo no me daba cuenta de esto, pero ahora me siento orgulloso de haber interiorizado de esta forma la tradición literaria española.


Tras leer El costado derecho, tengo la impresión de que eres un autor al que le gusta el humor. Recomiéndanos una novela con humor.

Con seis o siete años, la primera novela completa que leí en mi vida fue Fantasmas de día, de Lucía Baquedano. Mis padres me oían reírme a solas. No sé si se preocuparon por mi cordura. Desde luego que, si me haces reír, te ganarás una posición privilegiada en mi memoria sentimental. Esto me ha ocurrido con La conjura de los necios, de Toole, La broma infinita, de Foster Wallace, Wilt, de Sharpe, Los papeles póstumos del club Pickwick, de Dickens, El buscón, de Quevedo, El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza, Tierra, de Stefanno Benni, la colección de El pequeño Nicolás, de Goscinny… También agradezco muchísimo que una novela introduzca elementos de humor, por muy serio que sea el tema que la ocupa. Por ejemplo, el personaje de Catarella, en la serie de Montalbano, de Andrea Camilleri, me ha hecho reír como nadie. También los tejemanejes de Nick Corey, el genial personaje de Jim Thompson en 1280 almas. O aquel capítulo de Rayuela en el que Oliveira acompaña a su casa, por pena, a una pianista fracasada, y acaba siendo acusado de intento de violación… Creo que es de las pocas cosas de esa novela que han resistido el paso del tiempo en mi memoria.


Recomiéndanos, también, una novela sin humor, una novela muy dramática o muy seria.

Libros que me han enganchado como ninguno, pero que han borrado de mí las ganas de sonreír durante, al menos, una semana, podrían ser Voces de Chernobil, de Svetlana Alexievich, Plop, de Rafael Pinedo, El corazón de las tinieblas, de Conrad. Luego, en tierra de nadie, está el arte de Kurt Vonnegut, que consigue legitimar el humor en un universo asquerosamente violento y carente de sentido. No sé si hay alguien que haya conseguido hacer lo mismo. Por eso lo amamos.


En la reseña que escribí sobre tu novela, apunté que El costado derecho me parecía una novela bastante original dentro del panorama literario español y la nueva acuñación de «novelas de la crisis». ¿Es El costado derecho una novela de la crisis? ¿Has leído alguna novela de las llamadas «de la crisis»? ¿Qué opinas de ellas? ¿Nos recomendarías alguna?

Escribí esta novela en torno a 2011, durante el período más duro de la crisis. Cuando hice los primeros intentos de publicarla, la presentaba, efectivamente, como una novela de la crisis, así, como etiqueta. Sin embargo, me tocó esperar mi oportunidad. Y, mientras tanto, otro tipo de novelas fueron apropiándose de esa etiqueta. Se trata de libros de corte mucho más ideológico, que miran a la crisis frontalmente, desde un punto de vista social y político. Son textos que, además de un rotundo contenido crítico, se atreven muchas veces a proponer hojas de ruta, acertadas o no. Me di cuenta de que esas novelas sí eran novelas de la crisis, mientras que El costado derecho utilizaba el holocausto económico, no como tema central, sino como un desencadenante más de la defenestración personal de Carlos Nogueroll. Por tanto, me apresuré a abandonar dicha etiqueta, y ahora me alegro de haberlo hecho. De esas novelas a las que me refiero, quizá la que más se parezca a El costado derecho sea Democracia, de Pablo Gutiérrez, pues es la única, que yo sepa, en la que su personaje principal pierde el norte, además del empleo. Otras que recomendaría son La trabajadora, de Elvira Navarro, sobre la precarización del trabajo, o Tiempo de encierro, de Doménico Chiappe, sobre los desahucios.


Tú eres publicista y en algunas páginas de El costado derecho se reproducen las letras de anuncios de la televisión. ¿Te parece la publicidad un ruido de fondo de la sociedad en la que vivimos?

No, por dios. Hoy por hoy, en nuestra sociedad, y entre el público adulto (excluyo a los niños), la publicidad es una de las más inofensivas formas de comunicación que existen. Antes de explicarme, que quede claro que me refiero a lo que se define técnicamente como publicidad, dejo de lado otras formas de marketing más subrepticias. Si hablamos de publicidad, en cuanto un mensaje es firmado por una marca, el cerebro humano lo acota. Puedes insistir en que una cerveza es posiblemente la mejor cerveza del mundo, pero sabes que el cerebro de tu receptor no lo creerá hasta que lo ponga a prueba. Es decir: sabemos leer publicidad. Me parece mucho más complicado decodificar los mensajes que se dan por ciertos y se difunden masivamente en redes sociales, que tienen multitud de fines, desde publicitarios hasta propagandísticos. Es una paradoja del mundo actual: somos lo suficientemente maduros para poner en duda que Ariel lave más blanco, pero creemos y difundimos muchos posts emitidos por cuentas fake, o nos tragamos a pies juntillas que las vacunas son dañinas porque lo dice Jim Carrey. Me gustaría que las personas fueran capaces de someter todos esos mensajes a los mismos filtros críticos que emplean con la publicidad.


Nogueroll, arquitecto técnico, tuvo una pequeña empresa, pero en el tiempo de la novela trabaja en el Leroy Merlín del Parque del Oeste. ¿Por qué en el Leroy Merlín? ¿Por qué en Alcorcón?

Quería someter a Nogueroll a la humillación de desempeñar un trabajo común, con el que no se hubiera conformado ni por asomo unos años antes. En cuanto a por qué el Parque del Oeste, Alcorcón… Creo que obedece a mi experiencia. Recuerdo haber visitado ese centro comercial un día de verano en que el calor casi derretía el asfalto del aparcamiento. Algo quedó grabado en mi memoria con la suficiente intensidad como para poder reproducirlo con cierta viveza en las páginas de la novela. Finalmente, por qué Leroy Merlín y no IKEA, por ejemplo: bueno, hay otro motivo de experiencia personal, pero si lo cuento desvelaría un importante spoiler de la novela.


Una novela negra, una novela marciana, ¿qué va a ser lo siguiente?

Estoy pensando.



Gracias, Francisco.

domingo, 14 de agosto de 2016

El costado derecho, por Francisco Bescós

Editorial Salto de Página. 330 páginas. 1ª edición de 2016.


Conocí a Francisco Bescós (Oviedo, 1979) en una presentación de Salto de Página. Luego supe que tenía aceptada en esa editorial su novela El costado derecho, que se ha publicado en 2016. Desde aquel primer día hemos coincidido en algún evento literario más en Madrid (presentaciones de libros, la Noche de los Libros…) y siempre me ha parecido una persona muy divertida y cercana. Cuando supe que la publicación de El costado derecho era inminente, le escribí a su editor, Pablo Mazo, para que me mandara el libro y así poder hacerle una reseña. Como le comenté a Pablo, además, que tenía pensado acudir a la librería Tipos infames el día de la presentación, en vez de enviármelo por correo me lo entregó en mano en la propia librería. La presentación de El costado derecho, que corrió a cargo del periodista cultural Daniel Arjona, fue muy entretenida.

En la presentación, entre Arjona y Bescós desgranaron algunas de las claves de El costado derecho. Me llamó la atención, sobre todo, la referencia a la historia bíblica de Job. Carlos Nogueroll –el protagonista de El costado derecho–, catalán afincado en Madrid, podría erigirse en paradigma de los años por los que ha pasado últimamente nuestro país: empresario de la construcción durante la época de la burbuja económica, todo parecía ir bien para él. Tenía una empresa pequeña, pero próspera, una mujer y un hijo. En el verano de 2010 –el tiempo narrativo de la novela– su suerte ha cambiado: su empresa quebró y ahora trabaja como dependiente en el Leroy Merlín del Parque del Oeste de Alcorcón; su mujer –Ángela– le ha dejado por otro, y su hijo –Mateo–, que se está convirtiendo en un consentido niño obeso, empieza a llamar «papá» a la nueva pareja de su exmujer. Pero no acaban aquí las desgracias para Nogueroll: debido a un error médico, en una operación en apariencia sencilla le extraen un riñón sano. Un riñón que parece convertirse en el símbolo narrativo de la crisis de un país en el que las personas no sólo han sufrido pérdidas económicas, sino otras más profundas, que tienen que ver con la identidad personal (simbolizada, como apunto, por la mutilación física).

A Job la vida le va bien y es un gran creyente. Pero Satán reta a Dios: privará a Job de sus riquezas y de su familia para comprobar si su fe sigue intacta. Nogueroll no acaba de entender qué le está pasando y, al igual que ocurría con Job, parece acabar creyendo que es objeto de una gran conspiración. El libro nos ofrece una trama de corrupción y de tráfico ilegal de órganos en la que, además de las personas más ricas del país, pueden estar involucrados el gobierno o los extraterrestres.

Las fantasías paranoicas de Nogueroll se activan al entrar en contacto con Gonzalo Montes –Gonzom, en las redes sociales–, su compañero en Leroy Merlín. Gonzom es un magufo. Una palabra que tanto Arjona como Bescós usaron con entusiasmo en la presentación y que, a pesar de que no aparece en el DRAE, podría definirse así: «Quien ejerce o “investiga” una pseudociencia. Puede ser un reportero de revista ufológica, un astrólogo o vidente, un divulgador, o un “activista” con cierta influencia. A diferencia del crédulo, está activamente comprometido con su pseudociencia, posiblemente a nivel profesional» (la fuente es una web de Ono).

Gonzom está convencido de que el gobierno nos oculta la verdad: las visitas de los extraterrestres o la extracción de órganos para investigaciones ajenas a la Tierra. Un cada vez más desequilibrado Nogueroll acabará dejándose convencer por las delirantes ideas de Gonzom y su equipo de investigadores exopolíticos.

En la contraportada del libro se define la novela como «tragicomedia quijotesca cargada de humor surrealista», y es una definición que me parece acertada, pero más de una vez me he encontrado pensando que si bien Gonzom podría ser un Quijote moderno, alguien que en vez de haber leído novelas de caballerías ha pasado demasiado tiempo en internet leyendo páginas de investigaciones con escaso rigor científico, Nogueroll, más que un Sancho Panza, funciona en la narración como una especie de Ignatius J. Reilly, el personaje creado por John Kennedy Toole en La conjura de los necios. Nogueroll, como Ignatius, se lanza al mundo convencido de poseer una verdad que va a chocar en más de una ocasión con la realidad que le rodea.

Gran parte de El costado derecho está escrito en segunda persona (en otros momentos leemos los fragmentos de un diario que empieza a escribir Nogueroll). El narrador interpela constantemente a Nogueroll sobre el sentido o el sinsentido de sus acciones. Este recurso, que podría parecernos anticuado, propio de las novelas del siglo XIX (en la página 99, Bescós escribe, por ejemplo: «Relatemos a continuación, Nogueroll, lo que pasó aquel día»), se usa aquí con intenciones cómicas, ya que la mirada y las interpelaciones del narrador a su personaje suelen ser irónicas y en ocasiones sarcásticas. A pesar de la mirada del narrador sobre él, Nogueroll resulta un personaje tan patético que el lector acabará acercándose a él con compasión, perdonándole sus múltiples meteduras de pata y las miserias de las que es capaz.

El costado derecho es la segunda novela de Francisco Bescós. Antes había publicado El baile de los penitentes, con la que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que fue editada por Almuzara. Comento esto porque uno de los puntos fuertes de El costado derecho es la consistencia de su trama, algo que acaba siendo primordial para escribir una novela negra. En El costado derecho, además de magufos, paranoia y sociedades secretas y delirantes, también nos encontramos con abogados, más o menos corruptos, y detectives privados, más o menos oscuros; con pistolas y cúteres escondidos en bolsillos. El costado derecho no es exactamente una novela negra, pero, en algunas ocasiones, de forma paródica o humorística, se acerca al género, igual que puede coquetear con la ciencia-ficción.

Me comentaba Francisco Bescós, en la última ocasión en la que nos vimos, que se había sentido más libre estilísticamente al escribir El costado derecho que cuando escribió El baile de los penitentes, puesto que el estilo de esta última era más seco, más desprovisto de metáforas y adjetivos. El estilo de El costado derecho, siendo funcional en muchas ocasiones, también gusta de la metáfora y el juego (en más de un capítulo la narración –y el estilo contribuye a ello– tiende al disparate y al estilo zumbón de las novelas de detectives de Eduardo Mendoza).

El costado derecho tiene 330 páginas. Lo comentaba el otro día con Francisco: algunos capítulos se podían haber suprimido y la trama de la novela no se habría visto afectada. Son capítulos en los que se recrea el pasado de Nogueroll o se analiza la sociedad de marcas y de consumo en la que vivimos. A Francisco le gustaban esos capítulos (que enriquecen al personaje) y a mí también; de hecho, me parece que hay una narrativa joven española en la actualidad que tiende a escribir obras muy cortas; y se echan de menos novelas de más calado, de más ambición, aunque esta ambición (una condición ni necesaria ni suficiente) se concrete en el número de páginas. Francisco es publicista y algunos capítulos de los que podríamos calificar de «prescindibles» para la trama son, precisamente (como la crítica a la filosofía chillout de Steve Jobs o el análisis sociológico de las personas que usan la thermomix), de los más divertidos del libro.

Me ha gustado El costado derecho. Me ha parecido una novela bastante original; quizás, sin conocerlas todas, gracias a su trasfondo de novela negra, de novela magufa, de ciencia-ficción o de metáfora bíblica, nos encontremos ante una de las narraciones más originales de las que se han publicado en España en los últimos años con la coletilla de «novela de la crisis».