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domingo, 3 de julio de 2022

La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina

 


La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina

Editorial Candaya. 204 páginas. 1ª edición de 2022.

 

De Puerto Rico solo había leído hasta ahora el libro Mundo cruel de Luis Negrón, así que cuando vi que La muerte feliz de William Carlos Williams, una de las novedades de la editorial Candaya, estaba escrito por Marta Aponte Alsina (Cayey, 1945), que era de Puerto Rico sentí curiosidad por leerla. En Puerto Rico se habla y se escribe en español, pero al ser un país pequeño y asociado a Estados Unidos es difícil que algo de lo que allí se produce llegue a España. Además Olga Martínez, una de las editoras de Candaya, me habló muy bien de este libro.

 

William Carlos Williams (Ruthenford, Nueva Jersey, 1883 – 1963) es uno de los poetas más reconocidos de la literatura norteamericana y su curioso nombre se debe, en parte, a que su madre era originaria de Puerto Rico, y su hermano (uno de los tíos del poeta) se llamaba Carlos.

Aponte Alsina se plantea en esta novela indagar en la vida de Raquel, madre del poeta. Por lo indicado en el propio texto, la autora ha investigado sobre la vida de la familia Williams, pero en gran medida lo que lleva a cabo en La muerte feliz de William Carlos Williams es un acercamiento poético y libre a la vida de Raquel, portorriqueña como ella y mujer con aspiraciones artísticas (quiso ser pintora), y también a la vida de su hijo, William Carlos.

 

La novela empieza con William Carlos golpeando impotente el teclado de su máquina de escribir. «Tiembla. De un puñetazo feroz, hunde las teclas de la máquina de escribir. La luz lunar rebota de un lado a otro. El ático se inunda de resplandores.» (pág. 9)

«El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.» (pág. 10), William Carlos ha de enfrenarse al hecho de que va a ingresar a su madre anciana en un asilo. Esta es una escena recurrente en la novela, a la que se retorna en varios momentos. Aponte Alsina va a reconstruir la vida de Raquel, la madre, desde su infancia, pero de forma reiterada volverá al día en el que su hijo, el poeta William Carlos, va a dejarla en una residencia de ancianos.

 

La novela nos acerca en primera instancia a la figura de Williams Carlos y se nos darán algunos datos que, imagino, se podrán encontrar en su biografía, como por ejemplo que detestaba al también poeta norteamericano T. S. Eliot. Pero, además, a través de la búsqueda de la autora en las obras de William Carlos se indaga en la relación del poeta con su madre Raquel. «No confía en el hijo, pero respeta al médico que hay en él.» (pág. 11); en otro momento se nos dirá que William Carlos escribió en una carta que su madre era una persona «severa y frívola».

El padre del poeta es un viajante de una marca de perfumes, y ha de estar largas temporadas fuera de casa, vendiendo su producto por Latinoamérica. También se nos dice que la familia del poeta, que escribía en el dorso en blanco de papeles de lo más variados, pertenece a una familia llena de secretos.

 

«Es poco lo que sabemos de Salomón Hoheb.», leemos en la página 23, cuando Aponte Alsina empieza a hablarnos de la vida del padre de Raquel. En la página que describe su vida usa verbos como «Supongamos» o, poco después, «Imaginemos». Salomón era un comerciante en el puerto de Mayagüez, ciudad de Puerto Rico donde nació Raquel. Salomón muere cuando Raquel es una niña, y ésta se aficiona al piano.

 

Mientras Aponte Alsina habla de Raquel y su familia, también hace apuntes sobre la suya propia. Por ejemplo, leemos en la página 33: «Resido en una isla pequeña de nombre optimista. La isla donde nacieron Raquel y mi madre; la isla donde nació y murió mi abuela Fermina.»

 

Raquel pasa una temporada viviendo con una prima en París, Alice Monsanto. Y allí deseará convertirse en pintora, mientras en las calles aún se sienten los estertores de la violencia ejercida contra el movimiento revolucionario de la Comuna de París en 1871.

Y de París, la autora vuelve al día en el que William Carlos ha de ingresar a Raquel en una residencia. Alsina escribe sobre el poeta: «Escribe porque sí. Además piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje de los Estados Unidos de América, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos, o a una puta que recibe leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes.» (pág. 50) En este párrafo se puede observar el aliento poético con el que está escrita esta novela. Yo de William Carlos Williams solo he leído un libro, el titulado Cuadros de Brueghel, y fue hace ya mucho, y ya no lo recuerdo con precisión, pero sospecho que Aponte Alsina quiere emular en muchos párrafos de su prosa la cadencia de los poemas de Williams.

 

Me ha llamado la atención que en la página 137, la autora hace comparecer en su novela a mi querido Roberto Bolaño, y evoca unas palabras que este le dedica a William Carlos en Estrella distante.

 

Hacia el final de la novela, Aponte Alsina habla de forma más abierta que hasta ahora de su familia en Puerto Rico. «Se me ocurre que en esta novela ajena es el lugar donde descansarán lo que me toca de los restos de Fermina.», escribe en la página 169, y un poco antes nos cuenta que estuvo indagando sobre sus orígenes familiares en censos de la isla. Tengo la impresión de que Aponte Alsina en algún momento planeó la idea de escribir sobre su familia y acabó pensando que escribir sobre la del famoso poeta norteamericano y sus orígenes caribeños podía ser más interesante.

«Mi abuela pilaba café en la isla cuando William Carlos visitaba, del brazo de Ezra Pound y Marianne Moore, el observatorio astronómico que tenía a su cargo el padre de Hilda Doolittle  en Pennsylvania. Mi abuela desgranaba gandules el día que Marcel Duchamp y Man Ray visitaron a los Williams en Rutherford. James Joyce y Nora Barnacle cenaron con los Williams en el parisino Trianon la noche que mi abuela sintió en sueños el bamboleo del barco donde su hijo mayor emigraba a Nueva York.

¿Servirán para algo estas conexiones? ¿Son reales? ¿Importan?» (Pág. 180). Posiblemente en este párrafo, correspondiente con el tramo final de la novela, se encuentren algunas de sus claves compositivas.

 

A mí, en principio, me interesan las indagaciones literarias que un autor hace en su propia familia o en la vida de personajes famosos. Diría que he sentido más interés en esta novela en las páginas en las que la autora hablaba sobre el poeta William Carlos Williams, que cuando hablaba de Raquel, su madre. De hecho, me ha aparecido leer alguno de los libros de poesía de Williams, y he buscado algunas de sus composiciones en internet. Quizás las páginas sobre Raquel no me han acabado de llenar porque el personaje no me parecía lo suficientemente interesante o no encontraba el suficiente misterio en su vida. Es decir, cuando, por ejemplo, el autor guatemalteco Eduardo Halfon habla sobre su gran familia judía latinoamericana, habla de personas que, en primera instancia, son anónimas, pero consigue crear un misterio en torno a ellas, y esto hace que la trama de la novela avance y se capte el interés del lector. He sentido que Aponte Alsina no conseguía crear un misterio, o una trascendencia, en torno a la figura de la protagonista de su libro, Raquel, y que esto lastraba la construcción novelística del libro. En decir, me ha parecido que La muerte feliz de William Carlos Williams no posee una estructura novelística que haga que el lector se interese por su personaje principal. Sin embargo, sí que me han cautiva algunas páginas concretas, que tienen la fuerza y el impulso de un poema. El lenguaje de la novela es muy bello y está muy trabajado.

Como anécdota, puedo contar que, cuando comenté en mis redes sociales que estaba leyendo este libro, lo celebró con mucho entusiasmo la escritora argentina, y residente en España, Viviana Paletta, que me escribió «¡Una maravilla!». Paletta es principalmente poeta, y entiendo desde aquí su entusiasmo. Así que, principalmente, recomendaría La muerte feliz de William Carlos Williams a aquellos lectores que aprecien en una narración, aunque sus diversos capítulos no avancen al ritmo convencional, su carga poética y la belleza del lenguaje.

domingo, 28 de octubre de 2018

Mundo cruel, por Luis Negrón.


Mundo cruel, de Luis Negrón.

Editorial Malpaso. 102 páginas, 2016. Primera edición: 2010.
Prólogo de Ignacio Echevarría.

No suele ocurrirme que le pida un libro a una editorial para reseñarlo, que la editorial me lo envíe y que este libro se quede demasiado tiempo sin leer. Si la editorial decide enviarme libros que no le solicito, no me puedo hacer cargo de ellos, pero al revés soy muy responsable. Sin embargo, no estaba cumpliendo mis propias reglas con Mundo cruel de Luis Negrón (Guayama, Puerto Rico, 1970), que me fue enviado (tras yo pedirlo) por José de Montfort de Malpaso y tras un año o dos seguía sin leerlo. Y todo esto de un modo absurdo, porque una vez que decidí tomarlo de las estanterías lo acabé en un solo día y me pareció un libro bastante bueno.

De Mundo cruel me habían hablado bastante bien en alguna reunión literaria y me había apetecido leerlo. Como acabo de contar, encontrar tiempo dentro del desbarajuste de mis lecturas empieza a ser un problema serio.

Mundo cruel es el debut narrativo de Luis Negrón, que trabaja como librero en Puerto Rico. La verdad es que uno de los motivos por los que quería leerlo era porque creo que nunca he leído antes a un escritor portorriqueño y quería saber cómo eran los giros del español de allí. Tras leer el libro compruebo que el lenguaje de Puerto Rico es bastante caribeño, con expresiones similares a las propias de Cuba o República Dominicana y con más de un préstamo del inglés.

Mundo cruel lo componen nueve relatos. Es un libro relativamente corto, que se puede leer de una sentada. Empecé por el primer cuento y me dejé el prólogo de Echevarría, al que admiro mucho, para el final. Este primer cuento se titula El elegido y nos habla de un adolescente (en realidad un niño cuando empieza a contarnos su historia) del que el pastor de la iglesia había profetizado que «no sería como los demás niños, que cada paso mío sería un peldaño hacia Jehová. Crecí con la certeza de ser ungido» (pág. 25). En realidad, el narrador de esta historia parece haber sido ungido, más que con la gracia divina, con el perturbador don de la belleza, que hará morir de deseo a todos los hombres con los que se cruza. En este primer relato nos encontramos ya con gran parte de la temática que Negrón desarrollará en estas narraciones: la naturaleza subversiva de la condición homosexual (en el libro no aparece este término, y a los homosexuales se les denomina con el coloquial y despectivo «pato»), que va a suponer un perjuicio para la familia, la cual deseará exterminarla en sus hijos, y para ello no tendrá reparo en usar la violencia. Nuestro narrador sufrirá golpes tanto de su padre como de su madre, que no puede soportar su condición de «pato»; sin embargo, el tono del relato, como el de todo el libro, no es lastimero, sino celebrativo de la sexualidad, predominando un tono vital y jocoso.

En El elegido, el deseo que genera nuestro narrador no parece que esté tratado de modo realista, sino que el texto entra en el terreno de la exageración carnavalesca. Si bien ­­–como apunta Echevarría en su prólogo– gran parte de la intencionalidad del libro es costumbrista, el tono cómico de las páginas trasciende ese costumbrismo.

El vampiro de Moca es el segundo cuento y su tono es más contenido y más melancólico que el primero. De nuevo se habla aquí del deseo, pero ahora desde la perspectiva de un pato atraído por un jovencito al que considera inalcanzable. Hacia el final del cuento, nuestro narrador apunta: «Me senté en el balcón a reírme de mí mismo y de Carlos y de todos nosotros los gais, habitantes eternos de Santurce, que hemos pulido esas aceras cangrejeras una y otra vez buscando machos, velando machos o simplemente borrachos tarde en la madrugada, echados todos del brazo, riéndonos triunfantes de los carros que pasan gritando “¡maricones!”» (pág. 43).
En este cuento se le presenta al lector el territorio narrativo de Santurce, barrio de San Juan de Puerto Rico, donde suelen reunirse los gais. Santurce se describe como un conglomerado de oficinas de médicos, iglesias de variados credos y bares de copas, un lugar de «calor insoportable» y «peste a alcantarilla las veinticuatro horas del día».

En el tercer cuento, Por Guayama, vuelve la exageración. Un gai (lo escribo con la grafía de Negrón en este libro) reclama el dinero que le debe otro por unas cortinas para poder disecar a su perro muerto. Como el cuento se articula a base de notas que uno de los dos protagonistas le deja al otro, el lector avezado pensará, de forma inmediata, en la influencia narrativa del argentino Manuel Puig. Ignacio Echevarría habla de esta influencia en el prólogo y el propio Negrón la asume. Otros cuentos de este libro, siguiendo la estela de Puig, están construidos sólo con diálogos, sin ninguna anotación añadida, y también se hace uso del chismorreo y de la cultura popular (música, películas…) para definir a los personajes.
Echevarría también habla de la influencia del escritor chileno Pedro Lemebel. Yo de Lemebel leí un libro, Tengo miedo torero, del que guardo buen recuerdo, pero ya hace tanto tiempo que no sabría ver claramente las influencias sobre Negrón. Recuerdo el tono ingenuo del narrador homosexual de Tengo miedo torero, enamorado sin esperanza de un joven revolucionario heterosexual; y puede que esto sí esté presente en el cuento La Edwin, donde se cuestiona, con humor, la idea de que ser gai o bisexual pueda ser una identidad política. La Edwin recoge una conversación telefónica y es, por tanto, pura narración oral.

Junito es, de nuevo, una narración puramente oral. El narrador se encuentra con un antiguo compañero del colegio esperando el autobús. Le habla con el sobreentendido de saber que el otro es gai y le comunica que piensa mudarse a Boston porque su hijo pequeño también es gai y piensa que allí va a poder tener una mejor vida que en Puerto Rico, que se da a entender que es un lugar más retrógrado que Estados Unidos.

Botella es un cuento intenso. En sus pocas páginas nos encontraremos con dos crímenes. Un hombre casado con una mujer se dedica a hacer de chapero con viejos de San Juan. El relato es vivo, y aparece aquí un componente importante en el libro y del que todavía no he hablado: la picaresca. En las páginas de Mundo cruel nos encontramos con muchas personas buscándose la vida, sobreviviendo en el vital barrio de Santurce. En este sentido, algunos de estos cuentos me han hecho pensar en los del cubano Pedro Juan Gutiérrez, cuentos donde el sexo (heterosexual en el caso del cubano) es muy importante en la composición, así como la descripción de la vida en la calle y la supervivencia. También creo que he pensado en Gutiérrez porque, como he apuntado al principio, el lenguaje portorriqueño de Negrón me recuerda al español cubano, del que he leído más libros.

Muchos o de cómo a veces la lengua es bruja es puro Manuel Puig. Dos mujeres maduras chismorrean sobre todos los gais que viven cerca de ellas. Además de la homofobia, en este relato también aparece la xenofobia, porque estas señoras despotrican de una mujer de origen dominicano cuyo hijo parece gai.

El jardín está ambientado en 1989 y es un relato de tono más melancólico que el resto. Un joven nos habla de su pareja, a quien le falta poco para morir de sida. El narrador vive fascinado por su novio y la hermana de éste, que pertenecen a una clase social superior a la suya.

El último cuento, Mundo cruel, es el que da título al volumen, y se trata de un título irónico. En clave humorística, se nos presenta aquí a un gai horrorizado porque empieza a encontrar que su condición homosexual es cada vez más aceptada en San Juan de Puerto Rico. Esta situación de tolerancia parece molestarle, porque prefiere vivir en un gueto secreto y privilegiado. El tema aquí tratado no deja de ser original.

Mundo cruel es el primer y único libro de Luis Negrón. Es un libro que ha tenido mucho éxito en Puerto Rico y también, con su traducción al inglés, en Estados Unidos. Además se ha comercializado en, al menos, media docena de países de habla hispana.
Luis Negrón, gracias a este único y potente libro, une su nombre al de otros ilustres escritores de literatura gai hispanoamericana como Manuel Puig, Pedro Lemebel o Reinaldo Arenas. En cualquier caso, aunque la idea de retratar a la comunidad gai de San Juan es clara en Negrón, hablar de «literatura gai» me parece una forma de restar importancia a estos grandes escritores –Puig, Lemebel, Arenas o Negrón– que practican, desde la perspectiva de sus sensibilidades particulares, gran literatura.