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domingo, 10 de febrero de 2013

Esperando a Beckett, por Jordi Bonells


Editorial Funambulista. 113 páginas. 1ª edición de 2006.

Ya comenté en el blog, hace unas semanas, el libro El premio Herralde de novela de Jordi Bonells (Barcelona, 1951), y escribí entonces que me apetecía leer alguna obra más del autor. Paseando por la biblioteca de Móstoles, y consultando en un ordenador de la sala su base de datos, me fijé en que tenían esta otra novela, Esperando a Beckett, aunque en la biblioteca se hubiesen confundido al clasificarla y la hubieran ubicado en la sección de Biografías en vez de en la de Narrativa. Un error que parece un guiño a las primeras páginas del libro, pues en ellas Bonells declara –con la arbitrariedad de argumentos que empiezo a considerar una de las características de su estilo– que principalmente hay dos tipos de escritores, los escritores B y los K; y él está unido a Beckett por la B. Así que le haría gracia a Bonells saber que en la biblioteca de Móstoles, en vez de estar clasificado por N/Bon (Narrativa/Bonells) está clasificado como B/Bon (Biografías/Bonells), escapando así de ser un escritor N para tener que ser irremediablemente un escritor B.

He decidido llamar a Esperando a Beckett narración en vez de novela, pues en ella Bonells vuelve a jugar al memorialismo y al ensayo digresivo. Muchos de los temas autobiográficos de los que el autor habla aquí los trata también en El premio Herralde de novela: en Esperando a Beckett aparecen los dos tíos que tanto le inspiraron; la casa en la que vivía en uno de los mejores barrios de Barcelona, donde su padre trabajaba de chófer para una familia de alemanes; la imprenta en la que empieza a trabajar; la librería que visita... pero ahora el enfoque, en vez de ser (principalmente) el de hablarnos de su vocación literaria, es el de hablar de la vocación lectora, simbolizada en la temprana admiración por la obra de Samuel Beckett: “Hoy en día no deja de sorprenderme que un adolescente no muy ducho en cosas literarias se haya sentido subyugado de forma espontánea e inmediata por la escritura de Samuel Beckett” (pág. 59); y Samuel Beckett simboliza también la autoafirmación y la madurez, ya que hasta entonces los gustos lectores de Bonells venían determinados por las recomendaciones de su tío Flores; pero a Beckett llega por sí mismo y de casualidad, a través de una obra de teatro (Esperando a Godot) vista en un televisor en el que falla la imagen. Me gusta también la exposición de la teoría de los agujeros a que da lugar el visionado de obras de teatro en ese televisor que perdía la imagen.
Creo que debido a un comentario de El premio Herralde de novela, en Esperando a Beckett pensaba que Bonells iba a hablar más de la figura del alemán en cuya finca vivía (uno de los tres “nazis hipoputas” de su vida), y lo hace, pero no hasta el grado en que yo había supuesto; en realidad, Esperando a Beckett es una narración bastante corta: las escasas 100 páginas de texto están amenizadas con fotografías, en las que se muestran objetos, lugares o personas citadas en la obra.

En la página 93 Bonells habla de nuevo, igual que en El premio Herralde de novela, del double bind o la doble atadura; es decir, del deseo de algo y a la vez del deseo de no conseguir ese algo, recurso con el que en El premio Herralde de novela jugaba a la contradicción continua. Ese recurso está presente en su anterior obra; por ejemplo, leemos en la página 32: “Sólo la diferencia permite el parecido”. El lenguaje vuelve a tener rasgos orales en muchas ocasiones; por ejemplo, leemos en la página 74: “Yo pensaba que como el libro era delgadito iba a ser barato. ¡Un cuerno! Era carísimo. Para mí. No me alcanzaba con lo que tenía. No me alcanzaba, no. Ni con lo que tenía ni con lo que no tenía”. En este párrafo volvemos a encontrarnos con recursos que ya señalé en la otra obra comentada, como el de colocar puntos en lugares aparentemente inapropiados para dar a su prosa un aire entrecortado propio del discurso oral.

La digresión literaria es profusa; así, escribe Bonells cuando trata de aclararnos las coincidencias que encuentra entre él y Beckett: “La segunda coincidencia es caligráfica: Beckett tiene una letra minúscula. No tanto como la de Robert Walser, pero casi. La mía está entre las dos: más pequeña que la de Beckett, pero menos que la de Walser, dificultándome bastante la relectura de lo que escribo a mano –sospecho que cuando uno escribe con letra minúscula es para no tener que releerse” (págs. 22-23).
Además de las reflexiones literarias me han llamado la atención los comentarios puramente bibliófilos, como éste: “Recuerdo siempre dónde he comprado los libros que han contado en mi vida, e incluso dónde he comprado algunos que no han contado. Es importante el lugar donde uno compra los libros” (pág. 52). Coincido con él: a mí también me parece importante el lugar donde uno compra los libros; y sé que en muchos casos me causa una impresión distinta un libro sacado de la biblioteca, prestado o comprado; si es de primera o segunda mano; si es una edición de bolsillo o de tapa dura; si la letra del libro es diminuta o no..., lo que probablemente sea absurdo salvo si considero que no lo es para mí, y con esto, para una pasión personal, basta.

Me ha dado la impresión de que Esperando a Beckett es en cierto modo una avanzadilla de El premio Herralde de novela. Siento que en la primera de estas obras Bonells ensaya recursos y trata temas con los que va a trabajar con más profundidad en la siguiente obra. Mucho de lo mostrado en un libro se muestra en otro; aun así, las diferencias hacen interesante la suma de ambos, que pueden leerse como complementarios. No obstante, para mí El premio Herralde de novela es una obra superior a su predecesora.

Sigo teniendo curiosidad por la obra de Jordi Bonells, y creo que el siguiente libro que voy a leer de él va a ser La segunda desaparición de Majorana, porque me parece que las intenciones narrativas varían respecto a los libros comentados; aquí Bonells investiga el rastro del físico Ettore Majorada, desaparecido en 1938 en extrañas circunstancias.

domingo, 6 de enero de 2013

El premio Herralde de novela, por Jordi Bonells


Editorial Funambulista. 186 páginas. 1ª edición de 2012.

La primera vez que supe de la existencia de esta novela fue en el espacio correspondiente a los comentarios de una entrada en el blog La medicina de Tongoy. Allí alguien interpelaba a los contertulios habituales: ¿Habéis leído El premio Herralde de novela de Jordi Bonells? Frase que yo interpreté literalmente: en algún momento, alguien llamado Jordi Bonells, presumiblemente en los años 80 o 90, había ganado el premio Herralde de novela y esa persona lo estaba reivindicando; porque la otra hipótesis que vino a mi mente la deseché de inmediato: un tal Jordi Bonells acababa de ganar el premio Herralde de novela y yo aún no me había enterado. No podía ser, el Herralde se falla en noviembre y debíamos de estar en abril. Algo después supe que El premio Herralde de novela era el título de la novela de un escritor llamado Jordi Bonells (Barcelona, 1951), y que no estaba publicada en Anagrama sino en la editorial Funambulista. Uno de esos nombres que tenía en mi lista de editoriales pendientes. Ya les he echado un ojo también a dos autores que tienen en catálogo de Ecuador, país del que no he leído a nadie, y dado mi interés por la literatura hispanoamericana y mi pasión por las colecciones, la completitud y las listas, me gustaría acercarme a alguno de ellos.

Busco información sobre Jordi Bonells y, aunque hasta la publicación de este libro no me sonaba su nombre, me empieza a parecer alguien interesante: finalista del premio Herralde en 1988 con su novela La luna, y por tanto autor publicado en Anagrama (lo que para mí siempre ha sido una credencial), que además en algún momento decide dejar de escribir en español para hacerlo en francés, idioma en el que publica originalmente dos novelas –La segunda desaparición de Majorana y Dios no sale en la foto–; y del que Funambulista ha publicado otra novela titulada Esperando a Beckett, autobiográfica, como acaba resultando ser El premio Herralde de novela.

Ya se nos avisa en El premio Herralde de novela que hay ciertos temas sobre su pasado en los que el autor no va a indagar más, puesto que ya lo hizo en su anterior libro Esperando a Beckett. En la presente novela Bonells se plantea inicialmente recordar a los hijoputas de su vida, que son tres: un profesor del colegio; un abuelo al que apenas conoció, pero cuya huella ha dejado marcada a su madre y a sus tíos; y un alemán para el que trabajaba su padre como chofer (un nazi de verdad). Y este recuento de hijoputas lo entiende como motor –o catalizador– de su vocación literaria: “La pasión por los libros necesita un elemento catalizador para que se transforme en vocación o en decisión de ser escritor. Ese catalizador es, en muchos casos, la hijoputez. Sí, la hijoputez es un motor literario sin par. Si de pequeño un hijoputa se te cuela en tu vida, cagaste. Y si son más de uno (es mi caso) cagaste más. Aunque si luego vas a ser escritor, acertaste. Quizá una cosa vaya con la otra. La escritura está servida” (pág. 25).

Esta excusa narrativa le sirve a Bonells para hablarnos de parte de su familia: quizás los personajes de dos de los tíos maternos, uno marino y el otro atracador de bancos y posteriormente profesional de la lucha libre, sean las construcciones más intensas del relato; y en ellos dos, en los modelos de huida de la hijoputez que ve en ellos, el autor intenta indagar sobre su propia vocación literaria.

La novela es en gran parte autobiográfica y se acerca al ensayo y las memorias; sin dejar de lado la reflexión metaliteraria; la digresión –entendida en su más amplio sentido de divagación– domina el discurso narrativo.
El estilo abunda en coloquialismos y frases hechas; por ejemplo: “Este tío está pirao, deben estar pensando los que leen esto” (pág. 14); “En cuanto se puso fuerte, cogió el toro por los cuernos” (pág. 64); “Oscilar entre la desesperación y la infelicidad es salirse de Málaga y meterse en Malagón” (pág. 130). Pero esto no debe entenderse como falta de recursos o de trabajo del texto; en realidad el estilo de Bonells trata de imitar las divagaciones del discurso oral, y por ello también incide en las frases cortas, y a veces en un discurso entrecortado, marcado por un exceso de puntos; por ejemplo: “Me abrió una ventana. Una janela, como diría Pessoa. Me gusta esa palabra en portugués. No sé por qué. Suena bien. Una nueva manera de ver las cosas. La vida. El mundo. De verme a mí mismo. A los demás. Por esa janela. Hasta entonces había sido la mar de extraño tener un tío cuya sola existencia era un nombre y encima pronunciado a hurtadillas. Fascinante incluso. Me había acostumbrado a ello. Me tuve que desacostumbrar. A aquella fascinación” (págs. 90-91). Y este estilo aparentemente antiliterario se convierte en profundamente literario por dos hechos fundamentales: el fuerte sentido del ritmo y por un recurso de lógica –o contralógica– del lenguaje que constituye el corpus principal del discurso: la contradicción, el enunciado lógico que se niega a sí mismo en la continuación del discurso: “Comprendí lo que hoy en día los psicólogos llaman el double bind, el doble vínculo o la doble atadura o la doble no sé qué y que Wittgesnstein ilustró a su manera. ¿En qué consiste? Pues es la mar de sencillo. Muy a menudo, en una situación determinada, sólo nos quedan dos opciones: la primera conduce a lo que queremos evitar; la segunda a renunciar a lo que queremos obtener. En esas he estado yo a lo largo de toda mi vida” (págs. 17-18).

Los pensamientos vertidos en el libro suelen enunciar una idea principal, que en las siguientes frases o en las subordinadas a la frase principal, se niega, y luego se matiza esa negación; así que lo que en algún momento nos pudo parecer un discurso deslavazado (uso de frases hechas y vocabulario coloquial, frases ilógicamente entrecortadas por puntos innecesarios, divagaciones...) se eleva hasta el discurso literario por medio de la sutilidad de pensamiento que impone el ritmo de la negación de premisas principales, y en todas sus contradicciones (la alta y baja cultura, lo coloquial y lo culto...) queda reflejada la personalidad del autor convertido en personaje; quien de su primer hijoputa –y por tanto catalizador de su literatura– aprende una lección fundamental: “La lógica que nos inculcó se basaba en lo siguiente: te arreo porque haces lo que haces... y cuidado con no hacerlo porque te arreo. Así no había manera. Aquél fue mi único maestro” (pág. 16).

En la temática obsesiva y repetitiva existe una clara influencia de la obra de Thomas Bernhard, al que se cita explícitamente en el libro: “A Thomas Bernhard, en cambio, lo leo desde hace tiempo” (pág. 106); y en el gusto por la cita literaria me ha recordado a las divagaciones de Enrique Vila-Matas, al que también se cita en la novela.

Y como leitmotiv la obsesión por ganar el premio Herralde de novela, o más bien por no ganarlo, por ser el mejor no-ganador del premio Herralde de novela, un premio que Bonells siente que Jorge Herralde creó para tenerle a él siempre escribiendo y no ganándolo. “Para ser un escritor de verdad, hay que querer ganar un premio y no ganarlo nunca” (pág. 116).

Los tíos de Bonells, el profesor, la madre, su vida en Francia, en Argentina, las lecturas... son todas divagaciones autobiográficas que se rompen en el último tramo del texto, cuando el narrador nos habla de su vida y la de su familia tras su muerte (en un último juego de contradicciones).

Hasta hace no mucho no conocía de nada a Jordi Bonells y me ha gustado realmente encontrarme con él, con un escritor de la generación de Enrique Vila-Matas o de Javier Marías, que creo que debería ser más conocido, una figura más próxima a los autores citados. Me he quedado con ganas de leer más libros de él, al menos Esperando a Beckett, y conocer así la historia del tercer hijoputa de su vida, el nazi de verdad.

(Nota: estuve a punto de incluir este libro entre las diez mejores lecturas de 2012, y al final Alfredo Bryce Echenique ocupó el puesto que faltaba. Pero, ¿qué mejor homenaje a esta novela que crear una lista para no incluir a Bonells?, lo que en el fondo es la mejor forma de incluirlo.)