Mostrando entradas con la etiqueta H. P. Lovecraft. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta H. P. Lovecraft. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de mayo de 2025

Cartas III, El terror de la razón, por H. P. Lovecraft


Cartas III, El terror de la razón
, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 425 páginas. 1ª edición de 2024.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

 

En 2023 leí Cartas I, Escribir contra los hombres, de H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937), que publicó la editorial Aristas Martínez. En 2024 leí Cartas II, Diario de sueños, que, al principio del proyecto, iba a ser una parte del segundo volumen de las cartas, editadas en español por Javier Calvo para la editorial Aristas Martínez, y al final se desprendió de ese libro y se publicó como un volumen independiente. A finales de 2024, Aristas Martínez publicó el tercer y definitivo volumen de estas cartas seleccionadas de Lovecraft, con el título de El terror de la razón. Como contaba Calvo en el volumen I de las cartas, Lovecraft llegó a escribir unas 75.000 cartas, de las que se conservan 10.000. En Estados Unidos existe una edición de las cartas completas, formada por 23 volúmenes.

 

El volumen I trataba sobre las ideas literarias de Lovecraft y las percepciones sobre su propia obra y la de sus amigos. En el segundo volumen se recogían los veintidós sueños que Lovecraft narró por cartas a sus interlocutores, y Calvo hacía el ejercicio de buscar en su obra artística si esos sueños se habían trasladado a las novelas y relatos del autor. Este tercer volumen es «de temática más amplia y dispersa», apunta Calvo en la primera página de su prólogo. A veces Lovecraft, en sus extensas cartas, desarrollaba ideas que podían tener la densidad de un ensayo, que luego usaba, con las mismas palabras, para publicarlos en periódicos amateurs.

 

Javier Calvo ha dividido los contenidos de este volumen en cinco partes. Calvo hace una introducción a cada una de las partes, que acaba siendo bastante significativa. En el volumen I, hacía una introducción al comienzo de cada año y aquí la introducción es por esa división temática, que él mismo ha decidido y que considera arbitraria. Así cada una de estas cinco partes recorren, en orden cronológico, todas las etapas vitales del autor.

A continuación voy a hablar un poco de cada una de ellas:

 

1) Un arte individual de la reminiscencia

Aquí Lovecraft habla de su relación con el pasado y el conflicto que le suponen los cambios históricos. Nos dirá Calvo que, en 1904, cuando muere el abuelo de Lovecraft el pasado se convierte para él en su auténtica patria, un espacio seguro y sin pérdidas.

«Todo lo que he amado lleva dos siglos muertos», leemos en la página 32, en una carta a Kleimer. Lovecraft se va a identificar sobre todo con el siglo XVIII y con la Roma clásica. En relación a la historia de Estados Unidos, respecto a la guerra de independencia de 1776 él se sentía a favor del rey británico y piensa que fue un error que Estados Unidos se desligara de Gran Bretaña.

«Es el mundo actual el que me parece más irreal y fantástico, y espero a medias despertarme y descubrir el mundo de 1903» (pág. 36)

Lovecraft ama Providence fundada en 1636, porque considera que es la más colonial e inglesa de las ciudades americanas. No le gusta la vida industrial y urbana, sino que añora un mundo de pueblos con casitas pintorescas.

En la página 52 me agrada leer las cartas que Lovecraft le manda a la escritora Zealia Brown Reed. Leí los tres relatos que escribió en colaboración con ella en el libro Más allá de los eones (La maldición de Yig, El montículo y La cabellera de Medusa), entonces firmaba como Zelia Bishop y esos cuentos fueron de los que más me gustaron de este volumen de relatos en colaboración.

 

Son interesantes las notas que Javier Calvo añade sobre los interlocutores de Lovecraft. Así conoceremos, por ejemplo, a Woodbum Harris, un granjero de Vermont, sin un interés aparente por la literatura, al que Lovecraft escribió tres cartas y entre las tres suman 250 páginas.

Para Lovecraft el futuro y el progreso carecen de significación concreta.

«El crecimiento inevitable de la era de las máquinas ha hecho que nuestro sistema económico de libre mercado sea obsoleto e impracticable, de tal manera que no podremos tener paz hasta que lo reemplacemos por algún nuevo sistema adecuado a las nuevas condiciones y que devuelva al hombre de la calle la capacidad para ganarse la vida.» (páginas 92-93).

 

2) La ética del espectador

Aquí Lovecraft hablará de la necesidad de crearse una ética individual. Calvo opina que Lovecraft, sin quererlo, se aproxima a las filosofías orientales, como el Tao, en su negación del deseo.

«La humanidad en su conjunto carece de meta o propósito.» (pág. 109)

«Apenas sé cómo es sentir emoción.» y «El erotismo pertenece a un orden inferior de instintos, y es una cualidad animal en lugar de noblemente humana.» (Pág. 111)

«Jamás he sentido el más mínimo interés por el romance y el afecto.» (pág. 112)

«Los mayores placeres no residen en las cosas frenéticas o animales, sino en las percepciones estéticas delicadas y en la tranquilidad no emocional.» (pág. 118)

Para Lovecraft, que se declara no creyente, Dios es la Razón.

Sí le gusta viajar a Lovecraft, de lo que saca «una sensación más intensa y emocionante de expansión, de sorpresa y de la inminencia de prodigios desconocidos.» Le gustaba viajar por las regiones más remotas de Nueva Inglaterra, buscando lo antiguo en las construcciones.

Aquí también, en alguna carta, Lovecraft habla de su sensación de fracaso vital y de falta de dinero: «Conozco a pocas personas cuyos logros estén más continuamente alejados de sus aspiraciones, o que en general tengan menos razones para vivir.» (pág. 170)

 

3) Una filosofía sin el hombre

Para Lovecraft el universo no tiene un plan central.

«Nuestra especie humana no es más que un incidente trivial en la historia del cosmos.» (pág. 193). Más adelante se referirá a las personas como «alimañas irrelevantes», piojos o insectos reptantes.

Al principio va a rechazar las teorías de Einstein y todo el cuerpo de la nueva física cuántica (de la que hablará bastante en sus cartas), para acabar aceptando sus preceptos.

No sabemos nada del cosmos y la religión le parece un mito falso.

No le gustan los escritores de ciencia ficción que muestran la vida en otros planetas como si fuesen muy parecidos a los humanos, lo que a Lovecraft le parece muy improbable.

 

4) Del fascismo ilustrado al socialismo racional

Antes del crack de 1929, Lovecraft se consideraba archiconservador, partidario de un orden monárquico y aristocrático. De hecho, hasta 1930 escribió muy poco sobre política en sus cartas.

Lovecraft se sentirá contrario al movimiento de independencia de Irlanda, porque él se siente profundamente anglosajón y británico.

En las 15 únicas cartas en las que habla de política, antes de 1930, Javier Calvo lo retrata como «un pobre hombre desconectado de la realidad» (pág. 284)

Lovecraft sentirá una simpatía inicial por el fascismo de Mussolini y, en menor medida de Hitler, al que ve como un imitador de Mussolini.

«En realidad, el fascismo que Lovecraft quiere para América es un socialismo cultivado y humanístico, dirigido y controlado por una élite funcionarial ilustrada y altamente preparada.», dice Calvo en la página 287.

A pesar de que a Lovecraft casi no salía de su casa, en la que vivía con dos tías, le gusta verse a sí mismo como un hombre de acción, como un soldado. Es particularmente cómico este párrafo de la página 302: «¿Es que vamos a ser tan mujeriles como para preferir la vocecilla emasculada de un árbitro al sediento grito de un guerrero de barba rubia y ojos azules? ¡El único poder seguro en el mundo es el poder de un brazo derecho velludo y musculado!» Aseveraciones como esta me hacen pensar que Lovecraft era un homosexual reprimido, a pesar de que se casó con una mujer, durante un breve periodo de tiempo, y que en alguna carta mostraba su aversión por los homosexuales.

 

Según avanzan los años 30, Lovecraft va cambiando sus posiciones políticas del fascismo fantasioso, hasta posiciones más sociales, para evitar una revolución popular. Al final, será partidario de las políticas del New Deal de Roosevelt. Tampoco le gustará la prohibición de Hitler de prohibir los libros escritos por judíos.

«Lo que necesitamos, sin duda, está bastante más a la izquierda que el New Deal.» (pág. 346)

 

5) El problema de las razas

Javier Calvo ha dejado para el final este tema, porque es el más controvertido del libro. Dice que lo podía haber ocultado, pero que le parecía su obligación mostrar todas las facetas de la personalidad de Lovecraft y el racismo es importante en la configuración de su semblante. Calvo no quiere blanquear a Lovecraft.

Calvo señala que existió el proyecto de erigir en Providence una estatua de Lovecraft, pero al final se rechazó por su racismo. Ya he contado alguna vez que yo estuve en Providence, buscando las huellas de Lovecraft y que me extrañó que, salvo una placa en el patio de la universidad, no había nada que recordara la vinculación del autor con su ciudad. Me doy cuenta ahora de que se debía a este problema.

Dice Calvo que algunos de los biógrafos de Lovecraft han tratado de minimizar su racismo, considerando el contexto de su época, pero él señala que, incluso así, Lovecraft estaba entre los individuos más retrógrados con este tema de los nuevos Estados Unidos.

Sobre todo, Lovecraft echaba pestes de los extranjeros con los que se encontró en Nueva York, cuando se mudó allí con la idea de ganarse la vida y no pudo conseguirlo, como vimos en el volumen de Cartas I. Lovecraft tenía una idea anticuada sobre la ciencia biológica en lo que respecta a los seres humanos, y pensaba erróneamente que blancos, negros, eslavos u orientales no tenían ancestros comunes. Algunas de las opiniones que aparecen en las cartas de esta sección sobre los negros son realmente terribles y he decidido no reproducir aquí ninguna de muestra.

 

De los tres volúmenes de cartas, el que me sigue resultando más interesante y emocionante es el primero, donde Lovecraft hablaba de sus aspiraciones y fracasos literarios. Era un libro que, incluso, alguien que no fuese fan de Lovecraft, pero que sí estuviera interesado en los procesos creativos de los escritores podría disfrutar. En cambio, estas Cartas III creo que están destinadas, de forma más específica, a los fans de Lovecraft, que quieran conocer más rasgos de su personalidad.

Me sigue quedando por leer su libro de ensayos, que publicó Páginas de Espuma. A ver si lo leo pronto.

 

domingo, 16 de junio de 2024

Cartas II, Diario de sueños, de H. P. Lovecraft


Cartas II, Diario de sueños
, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 252 páginas. 1ª edición de 2024.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

El año pasado, en 2023, leí Cartas I, Escribir contra los hombres, de H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937), que publicó la editorial Aristas Martínez. Al principio, la editorial anunció que iba a sacar dos libros con su selección de las cartas de Lovecraft, pero al final van a ser tres. En el mundo anglosajón existe una edición completa en 23 volúmenes de estas cartas, de las que se conservan unas 10.000, aunque se supone que Lovecraft escribió unas 75.000. Como decía el editor y traductor Javier Calvo, en el prólogo de Cartas I: el 99% de lo que escribió Lovecraft fueron cartas, ya que su obra artística es relativamente breve, con solo 52 relatos o novelas cortas.

En el prólogo de Cartas II, Javier Calvo nos dice que este nuevo volumen de cartas es un spin-off del volumen anterior, Escribir contra los hombres. Es decir, la idea original de edición era que este conjunto de sueños de Lovecraft, contados en cartas a sus amigos, fuese incluido en Cartas I. Al final, la editorial Aristas Martínez y Calvo decidieron que lo mejor sería publicar este Diario de sueños como volumen independiente.

De entrada debería decir que la edición del Diario de sueños es muy bonita. Como en Cartas I, en Cartas II también hay ilustraciones con portadas de revistas de los años 1920 o 1930, en las que Lovecraft publicaba sus relatos, y aquí, en Cartas II, hay también alguna ilustración que cita Lovecraft y que le había obsesionado, como un grabado de Gustave Doré para ilustrar El paraíso perdido de John Milton. Pero ahora, Cartas II, además está editado con dos colores, el negro habitual y otra tinta roja, lo que enriquece las ilustraciones.

 

En total, Lovecraft narró en cartas a sus amigos veintidós sueños. Calvo nos contará que a veces Lovecraft narraba el mismo sueño a diferentes interlocutores y, en estos casos, ha seleccionado la versión más larga y enriquecedora. También, si en las cartas contaba aspectos diferentes del mismo sueño, ha fusionado las versiones.

Calvo, después de traducir cada sueño, lo comentará y rastreará en la obra de Lovecraft para mostrarle al lector cómo alguno de los sueños que ha leído se han incorporado a la obra del autor. En la página 17 leemos: «Lovecraft duda mucho a la hora de dar validez a sus sueños como material narrativo. Sigue usándolos como motor inicial de sus argumentos, pero solo los integra en forma de detalles o imágenes aisladas dentro de una trama provista de muchos estratos.»

Calvo comenta que los sueños que describe Lovecraft se parecen a la forma de escribir sus relatos: el narrador de sus los cuentos suele ser un testigo impotente.

Algo que me ha llamado la atención del prólogo de Calvo es un trapo sucio que le saca a August Derleth, uno de los amigos escritores de Lovecraft, del que cuenta que escribió dieciséis relatos a los que puso la etiqueta de «colaboraciones póstumas» con Lovecraft. En ellos, lo que hizo Derleth fue saquear el Cuaderno de ideas de Lovecraft, tomando de ahí argumentos y escribiendo los cuentos imitando el estilo de Lovecraft. Otro de sus amigos Frank Belknap Long tomó la narración de un sueño de Lovecraft de una carta que le había enviado y la metió en uno de sus relatos, no sé si con su consentimiento o sin él.

 

Cada sueño tiene un título, y Calvo juega con la idea de que este Diario de sueños podría ser leído como un nuevo libro de relatos de Lovecraft, porque están contados con sentido narrativo.

Es llamativo el primero sueño que se describe aquí, el titulado Descarnados de la noche. Lovecraft rememora unas pesadillas que tenía de niño, entre los tres y los ocho años, unas monstruosas criaturas le agarraban del vientre y le llevaban por el aire. Desde ahí, el podía ver la cúspide de montañas. En algún momento, le dejaban caer y él se despertaba antes de chocar contra el suelo. Luego trataba de hacer esfuerzos por no dormirse de nuevo y recibir otra vez la visita de los «descarnados de la noche». El propio Lovecraft, en sus cartas, trata de dar una explicación a sus sueños; en este caso, piensa que se debían a problemas digestivos que sufría y a la impresión que le causaron los grabados de Doré para el libro El paraíso perdido de Milton (una de estos grabados está reproducido en el libro). Calvo nos va a comentar que estos «descarnados de la noche» van a aparecer, con este nombre, en la novela corta La búsqueda en sueños de la ignota Kadath y también en un soneto de Hongos de Yuggoth.

 

En otro sueño narra cómo sobrevuela sobre una extraña ciudad deshabitada, algo que me ha recordado a esas ciudades que evoca en relatos como Las montañas de la locura.

 

El tercer sueño es bastante narrativo y se parece bastante a un cuento. Incluso Lovecraft introduce diálogos entre los personajes. Se titula Loveman está muerto y en él se cuenta como este amigo suyo, que era escritor, desciende por el hueco abierto en una tumba de un cementerio, acompañado por Lovecraft, que se queda arriba, ayudándole y comunicándose con él a través de una especie de teléfono. En el momento de más horror del cuento, Lovecraft se desmayará, como ocurre con muchos de los narradores de sus cuentos.

 

En el cuarto sueño, Los brazos del doctor Chester tengo la sensación de que Lovecraft lo está recreando en forma de relato, porque los detalles sobre lo contado me parecen excesivos para provenir de un sueño. Calvo va a opinar lo mismo. Sueña que es un médico y visita a un colega con una extraña enfermedad.

 

En la página 75, Lovecraft escribe: «Mis sueños son igual de nítidos que en mi juventud, aunque no más.»

En un cuento vende un bajorrelieve extraño a un museo. Esta idea del bajorrelieve aparece en el cuento La llamada de Cthulhu.

 

El sueño más largo es el titulado El sueño romano. Parece un cuento y en él Lovecraft se ha transformado en un romano que ha de luchar en una campaña contra los salvajes de una ciudad llamada Pompelo, que sería la actual Pamplona. En el relato se insinúa la presencia de elementos fantásticos. Este sueño sí que se planteó meterlo en un relato que no acabó de cuajar. He tenido la sensación, de nuevo, de que Lovecraft añade elementos al narrar el sueño para darle más forma. Aunque yo de niño sí que soñaba historias que se podían contar de un modo narrativo, me ha llamado la atención que él pueda seguir teniendo esos sueños y que los pueda recordar con esa claridad en la vigilia.

El sueño del romano me ha hecho pensar en esa fantasía de Philip K. Dick, según la cuál él no era un californiano de la década de 1970, sino un romano del año 70. Y aquí se unirían mis dos ídolos de la adolescencia.

 

 

En otro sueño viaja en tranvía y el conductor acaba teniendo una cara de tentáculo.

Es interesante la reflexión sobre que en los sueños Lovecraft suele verse como un niño y le retrotraen al mundo de la infancia.

 

El sueño La buhardilla del clérigo pasó a ser su relato El clérigo malvado. Lovecraft envió una versión del sueño a su amigo Austin Duyer y este lo copió y se lo mandó a la revista Weird Tales, donde se publicó en abril de 1939 con el título de El clérigo malvado. La carta original se ha perdido y el texto que se reimprime como «sueño» es el relato de la revista.

 

El último cuento que narrará Lovecraft se titula La aldea de los gatos negros y es de 1936; en él se habla de un pueblo de casa humanas, que parece habitado solo por gatos. Sirve de puente para la ultima sección del libro. Javier Calvo ha decidido finalizar y completar su edición de Diario de sueños con una sección titulada Las fabulosas aventuras de la Fraternidad Kappa Alpha Tau donde Lovecraft habla de los gatos que rondan su vecindario, durante sus últimos años, a sus amigos. En 1933, nos cuenta Calvo, Lovecraft y su tía Annie se vieron obligados a mudarse una vez más por razones económicas. La habitación de Lovecraft va a dar a un patio, donde ser reúnen los gatos del vecindario sobre un tejado que queda enfrente de su ventana. Lovecraft se entretendrá en poner nombres a todos y a familiarizarse con ellos, de tal modo, que acabarán entrando en su habitación y él jugará con ellos en vez de escribir. Escribe Calvo: «También un testimonio de que Lovecraft siempre fue un niño grande, atrapado en un aislamiento vital no del todo elegido y terriblemente necesitado de afecto.» Las cartas sobre los gatos que, como señala Calvo, debían de desconcertar a sus interlocutores (quienes a su vez le hablaban de sus mascotas gatunas), están llenas de humor y muestran a un Lovecraft sensible, que lo pasa mal cada vez que sus amigos gatos mueren, o las familias a las que pertenecen cambian de domicilio. Al leer estas páginas alegres me he acordado de la amargura de las últimas cartas de Lovecraft en Escribir contra los hombres cuando dejaba constancia de su fracaso artístico, que son de la misma época. Sabiendo esto, sus relatos sobre los gatos del vecindario resultan más entrañables y ha sido una bonita forma de acabar este libro.

 

Considero que Cartas I, Escribir contra los hombres es más interesante que Cartas II, Diario de sueños. En cualquier caso, este segundo volumen seguirá gustando a todos los seguidores, como yo mismo, del gran autor de Providence.

 



domingo, 19 de marzo de 2023

Cartas I, por H. P. Lovecraft

 

Cartas I, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 537 páginas. 1ª edición de 2023.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

 

En el verano de 1990 leí por primera vez a H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937). Lo descubrí gracias a la solapa de un libro de cuentos de Stephen King. Me gustaba el terror por entonces; pero al encontrarme con Lovecraft, el adolescente que yo fui descubrió que el terror era, más que una cuestión de trama, una cuestión de atmósfera. Y Lovecraft era el maestro de la atmósfera terrorífica. En los años 90 lo leí en las ediciones de Alianza, y cuando ya andaba yo por los treinta y cinco años leí los dos tomos con sus narraciones completas que sacó la editorial Valdemar con las traducciones de Francisco Torres Oliver, José María Nebreda y Juan Antonio Molina Foix. De adolescente leí bastantes de los relatos de Lovecraft, pero no todos, y estas obras completas me encantaron. Con algún altibajo, me lo pasé muy bien con ellas. De hecho, me di cuenta de que de adolescente se me habían pasado algunas narraciones que ahora me parecen de las más punteras del autor.

 

Creo que hace años, la editorial Valdemar anunció que iba a sacar las Cartas de Lovecraft, pero de algún modo aquel proyecto se truncó y ha sido la editorial Aristas Martínez quien las acabado sacando en España. El editor y traductor ha sido Javier Calvo, traductor de, entre otras, de la obra de David Foster Wallace en España. Aristas Martínez va a sacar tres volúmenes de cartas.

 

Las primeras cincuenta páginas del libro son un prólogo, a cargo de Javier Calvo, donde éste nos cuenta algunos detalles de la vida y la obra de Lovecraft, y la historia de la edición de las cartas en el mundo anglosajón, así como sus temas. Calvo afirma que el 99% de la escritura de Lovecraft fueron cartas. Su obra narrativa es relativamente exigua (consta de 52 relatos o novelas cortas) y Lovecraft murió sin conocer el éxito literario en vida. Publicó siempre en revistas baratas que detestaba y también le rechazaban continuamente sus obras, y se dedicaba a escribir cartas, donde sentía que no tenía cortapisas. Lovecraft no fue al colegio, porque su madre pensaba que su débil salud no se lo permitía, y Calvo afirma también que, aunque llegó a estar dos años casados, murió sin haber mantenido relaciones sexuales. Vivió un corto periodo de tiempo en Nueva York, ciudad de que acabó abominando, y el resto de su vida la pasó en su Providence natal, donde convivía con alguna tía, después de la muerte de su madre, y la escritura de cartas representaba su vida social. Podía escribir de cinco a quince cartas al día, y algunas llegaron a tener una extensión de 70 u 80 páginas; cartas en las que describía sus viajes por la costa Este norteamericana. Algunos de sus amigos retenían un tiempo sus respuestas con la idea de que Lovecraft se centrara más en escribir ficción que cartas.

 

Las últimas estimaciones indican que Lovecraft escribió unas 75.000 cartas, de las que se conservan 10.000. En Estados Unidos existe una edición completa de las Cartas de Lovecraft, que llega a los 23 volúmenes. Javier Calvo afirma que el conjunto total de las cartas contiene más de una repetición y también información poco relevante. Él ha seleccionado el material, para este primer volumen, de tal modo que principalmente se muestren las ideas que tenía el autor sobre escritura, sobre su obra, la de sus amigos o el género de terror en general. Calvo identifica los siguientes temas en las cartas de Lovecraft:

1) Textos didácticos sobre escritura

2) Reflexiones sobre la literatura extraña y construcción de un canon de sus obras

3) Reflexiones sobre la literatura Pulp

4) Reflexiones sobre la expresión literaria genuina

5) Diatribas contra el mercado y la escena literaria americanos

6) Diatribas contra escritores y escuelas literarias

7) Laboratorio de colaboraciones literarias

8) Debates intelectuales

9) Diatribas sociológicas

10) Narración de sueños

11) Diarios de viajes

12) Reflexiones sobre urbanismo y arquitectura

 

Calvo además de elegir unas cartas sí y otras no, también elige párrafos significativos dentro de estas, y ha dejado fuera algunos de los temas, como el de los sueños y los diarios de viajes.

 

La selección de las cartas empieza en 1919. Durante la década anterior, hasta 1917, Lovecraft, después de unos escarceos adolescentes, no había escrito ficción extraña. Se había dedicado a la prensa amateur y a la poesía. En 1917 escribió algunos relatos, animado por W. Paul Cook, que era editor de una revistilla amateur (de lo que ahora sería un «fanzine») y escribió La tumba (1917), Dagon (1917) y Polaris (1918). Las cartas recogidas aquí, empiezan cuando Lovecraft visita, junto a unos amigos del periodismo amateur, Boston para escuchar una charla del escritor inglés Lord Dunsany, que le causará fascinación y será una inspiración para él. Poco después escribirá La nave blanca, su primer relato claramente dunsaniano.

En 1918 empieza a trabajar revisando textos ajenos para revistas. En algunos casos, estas revisiones eran trabajos de negro literario encubierto. De hecho, llego a hacer de negro literario para un personaje tan popular en la época como era el escapista Harry Houdini.

 

Las primeras cartas están dirigidas a amigos de su círculo de periodistas amateurs, como Rheinhart Kleiner. Pero pronto empezará a formarse lo que acabará siendo el llamado «Círculo de Lovecraft» y los destinatarios de sus cartas pasarán a ser jóvenes, adolescentes en muchos casos, que conoce a través de su lectura de las revistas pulp y con los que empieza a intercambiar relatos e impresiones sobre literatura. Uno de los primeros será Frank Belknap Long, un joven estudiante de Nueva York, interesado en la escritura extraña.

 

Al final de cada año de cartas hay una ilustración, dibujada por Lovecraft, o una portada de alguna de las revistas en las que aparecieron sus relatos. Cada año comienza con una introducción de Javier Calvo para informarle al lector del momento vital que va a atravesar el autor durante los siguientes doce meses, cuáles han sido sus peripecias vitales más importantes y quiénes son las nuevas personas que ha conocido y que se van a incorporar a su grupo de intercambio de cartas (las cartas llegarán a sumar 97 interlocutores). Estas introducciones acaban formando una especie de biografía que le va a resultar muy útil al lector para contextualizar el contenido de las cartas que va a leer.

A Frank Belknap Long le escribe en 1921: «Igual que a ti, me abruma la futilidad de todo esfuerzo, y la única razón por la que leo o escribo algo es que sería todavía más infeliz si no lo hiciera.» (pág. 113).

En agosto de 1922 Lovecraft le envía una primera carta al californiano Clark Ashton Smith solicitándole amistad, tras ver unos dibujos y unos poemas suyos, mostrados por Samuel Loveman en Cleveland. En esta primera carta le escribe: «Lo cierto es que soy alguien que odia la realidad, un enemigo del tiempo y del espacio, de la ley y la necesidad. Ansío un mundo de misterios, esplendores y terrores gigantescos, donde no reine más limitación que las de la imaginación sin cortapisas. La vida y las experiencias físicas, con el estrechamiento de la visión artística que generan en la mayoría de personas, son objetos de mi desprecio más profundo. Es por esta razón por lo que desprecio a los bohemios, que creen esencial para el arte llevar vidas desenfrenadas. Mi desprecio no se basa en la postura de la moral puritana, sino en la de la independencia estética; me repugna la idea de que la vida física tenga algún valor o significado.» (pág. 142)

Este será el comienzo de una de las grandes amistades epistolares de su vida. A Smith le hablará del rechazo que le causa su obra Herbert West, reanimador, que escribió por dinero, y serializándola, algo que Lovecraft odiaba.

 

En 1923 Lovecraft va a contactar con la revista Weird Tales, que será fundamental para él. Escribe a la revista presentándose en una curiosa carta en la que parece que trata de conseguir no publicar allí en vez de publicar. Además, se muestra arrogante, despreciando a la revista que, en gran medida, va a ser su casa literaria. Lovecraft mantuvo una relación cuanto menos ambigua con las revistas de literatura extraña. En gran medida, despreciaba lo que publicaban, historias trilladas de trama, para un público poco cultivado, aunque entre sus páginas se acabasen colando, de vez en cuando, lo que él entendía por relatos extraños genuinos y artísticos.

 

En 1924 Lovecraft se va a mudar a Nueva York, tras casarte con Sonia Green en Manhattan, a la que ha conocido en el círculo de los periodistas amateurs. Lovecraft no va a conseguir ganarse la vida en la gran ciudad, no le van a contratar en una agencia literaria ni como redactor.

En sus cartas escribirá en contra de la velocidad de escritura que exigen las revistas pulp, cuando él piensa que los escritores de verdad escriben sin prisas.

En 1925 su mujer se va de Nueva York por trabajo y él sigue sin encontrar, o buscar, uno. Por extraño que parezca en la biografía que conocemos de Lovecraft, al que siempre identificamos como ermitaño, durante un periodo de seis meses, saldrá todas las noches con sus amigos de Nueva York, hasta que acabe rechazando este tipo de vida. Durante este periodo escribe pocas cartas y sobrevive en la pobreza.

En 1926 escribe las 30.000 palabras del ensayo El horror en la literatura.

Su empleo mejor remunerado en Nuevo York duró dos semanas y media y consistió en escribir direcciones postales en sobre para los encargos de una librería.

En 1926, desencantado de Nueva York y deshecho su matrimonio, vuelve a Providence. «No hay posibilidad de que Providence me ilusione o me desilusione; sé lo que es, y mentalmente nunca he vivido en otra parte (…) Siempre seré un inadaptado.», le escribe a Lillian D. Clark en marzo de 1926 y en la misma carta escribe su famosa alocución «Yo soy Providence», que aparecerá muchos años después como inscripción sobre su tumba.

 

De 1926, tras fracasar en Nueva York y volver a su ciudad natal, son también algunas de sus diatribas más duras contra la ciudad, y algunos de sus comentarios más racistas, que se deben entender como las palabras de una persona profundamente frustrada, en una sociedad, la norteamericana de 1920, que, no lo olvidemos, era en general racista. Llega a llamar a Nueva York «perrera de mestizos febriles» (pág. 238), y se enroca en un provincianismo patriótico, en el que, según él, el arte verdadero solo puede proceder del contacto con los antepasados. «Todo arte genuino es local» (pág. 239), le escribirá a Bernard Austin Dwyer.

En 1926 comenta en alguna carta que le está aburriendo la escritura de su novela corta La búsqueda en sueños de la ignota Kadath (uno de los relatos de Lovecraft que menos me gusta) y con él finalizará su etapa dunsaniana.

En 1926 empezará a cartearse con el escritor August W. Derleth, a quien le escribe aconsejándose sobre cambios en algunos de sus relatos tempranos y le insinúa que en un relato de terror lo más importante es la atmósfera.

 

Los autores favoritos de Lovecraft son Edgar Allan Poe, Arthur Machen y Algernon Blackwood.

Tras su regreso a Providence pasa de llamarse a sí mismo «abuelo» a «anticuario», la mayoría de sus interlocutores siguen siendo más jóvenes que él.

Extrañamente, en algunas de sus cartas, Lovecraft deja ver un peculiar sentido del humor. Siempre habló en términos despectivos de su propia obra, y ensalzaba hasta la exageración ridículas la de sus amigos. «Me produce un orgullo propio de un abuelo ver a algunos de esos niños florecer y convertirse en autores y hombres de intelecto; y es que produce satisfacción ver la genialidad reconocida en su juventud. También me ha gratificado el hecho de que ninguno de mis “descendientes adoptivos” se haya vuelto un notorio libertino ni un atracador popular.» (pág. 282), carta a Zealia Brown Reed.

 

En 1929 es cuando empieza a escribir las cartas de 70 o 80 páginas donde le narra a su interlocutor sus viajes, y que Javier Calvo no ha seleccionado aquí.

En 1930 conoce a Robert E. Howard, el texano creador de Conan el Bárbaro, que será otro de sus grandes amigos epistolares. También comienzan él y sus amigos a escribir relatos donde aparecen los «dioses primigenios» que crea Lovecraft, pero también Clark Ashton Smith, por ejemplo. Una cosa que me ha parecido bastante divertida: Lovecraft empieza a meter estas referencias a sus dioses primigenios en los relatos que revisa de otros o que escribe como negro literario, y de esta forma empieza a expandir por el mundo de las revistas pulp sus criaturas de referencias.

En octubre de 1930 le dirá a Robert E. Howard que, para él, el mejor relato de terror es Los sauces de Blackwood. Un relato que leí porque tenía esta referencia de Lovecraft y que me pareció muy bueno.

 

En 1931 escribirá algunas de sus obras más recordadas, como En las montañas de la locura y La sombra sobre Innsmouth, pero se las rechazarán y esto empezará a minar definitivamente la moral artística de Lovecraft. Empieza a barajar la idea de dejar de escribir o de escribir solo para él. En noviembre de 1931 le escribirá a Clark Ashton Smith una de sus cartas más amargas. Escribirá: «El problema de la mayor parte de mi obra es que queda a medio camino entre dos categorías: el modelo abyecto de las revistas, la asociación con Weird Tales ha injertado de forma inconsciente en mi método, y el relato genuino. Mis relatos no son lo bastante malos para los editores baratos ni tampoco lo bastante buenos como para obtener una aceptación y reconocimiento estándares.» (pág. 384).

 

En 1932 morirá su tía Liliana, con la que vivía en Providence.

En una carta a Robert Barlow, fechada en agosto de 1933, escribirá un párrafo que me ha parecido de los más hermosos del libro: «Yo soy uno de los que no cambian; no hay en mi psicología gusto ni interés alguno que no tuviera ya en mí, de una forma u otra, antes de cumplir los cinco años. Mi estilo tanto en prosa como en verso ya era “básicamente” el mismo a los 11 o 12 años que ahora (aunque, por supuesto, por entonces mi tratamiento de las ideas y las imágenes era ridículamente inmaduro), y mi recuerdo continuo de aquellos días lejanos es tan nítido que todavía puedo acceder a todos aquellos pensamientos y sensaciones. No me cuesta esfuerzo alguno –sobre todo cuando estoy en ciertos bosques y prados que no han cambiado en absoluto desde mi infancia– imaginarme que todos los años transcurridos desde 1902 o 1903 son un sueño… que sigo teniendo 12 años y que cuando me vaya a casa será atravesando las calles más tranquilas y de pueblo de aquellos años; pobladas por caballos y carretas, y pequeños tranvías de colores con las plataformas abiertas, y con mi vieja casa del 454 de Angell Street esperándome en el horizonte; y que mi madre, mi abuelo, mi gato negro y otros compañeros que ya no están siguen vivos y no han cambiado.» (pág. 432)

 

El tramo final del libro es realmente emocionante y triste, con un Lovecraft cada vez más agotado, que sufre continuos rechazos editoriales, mientras sus amigos más jóvenes están triunfando en la literatura. Cada vez más aislado y solo. Sin embargo, no duda en ayudar a todos los principiantes que le piden consejo, como al adolescente Robert Bloch, que luego escribiría Psicosis. Y también ayudará a algunos ancianos a arreglar sus relatos, y que necesitan alguna influencia que los anime. Esto se lo cuenta a Robert H. Barlow en una carta de septiembre de 1934.

Hay algún momento hermoso cuando en 1935 Lovecraft consigue vender En las montañas de la locura. Sin embargo, la novela corta se publicaré en tres partes, en tres meses consecutivos de una revista, y sobre todo la última parte apareció con muchas mutilaciones y erratas, lo que deprimió a Lovecraft.

La sombra sobre Innsmouth aparecerá en forma de libro, pero con tantas erratas y con tan poca distribución que volverá a sumirle en la depresión.

En 1936 no acudirá al médico pese a sus dolores estomacales. A principios de 1937, fallecerá a los 46 por un cáncer intestinal. A su funeral acudirán tres personas.

 

Yo he sido siempre muy fan de Lovecraft, desde que, como apunté al principio, le descubrí en 1990. He llegado a ir a Providence en 2011 y he buscado, con una guía, todos los lugares en los que vivió o que hizo aparecer en sus relatos. Me llegué a alojar en el hotel Biltmore, que sale en alguno de los relatos de Lovecraft. Lo que quiero decir es que yo no soy objetivo con Lovecraft, ya que para mí es alguien que pertenece a un selecto ramillete de escritores que, con sus virtudes y defectos, está más allá del bien y del mal. Me han encantado este primer volumen de las cartas. Ha sido muy emocionante poder entrar en la intimidad de un de los artistas a lo que más admiro. Y me ha parecido muy buena la edición de Javier Calvo, con su extenso prólogo y sus notas aclaratorias antes de empezar cada año, y sus ilustraciones. Cartas I se puede leer como una suerte de diario o biografía que va a hacer las delicias de cualquier fan del autor. La edición de Aristas Martínez es un lujo. Creo que estoy, ya en marzo, ante uno de los libros del año.

domingo, 14 de agosto de 2011

Un paseo literario por la costa Este norteamericana

He estado de vacaciones 17 días en Estados Unidos, un viaje que incluía como destinos Nueva York, Boston, Salem y Providence. Había visitado antes una sola vez en este país, durante dos semanas en el año 2000, cuando trabajaba de auditor y la empresa norteamericana que me contrató nos llevaba a los nuevos a realizar el conocido coloquialmente como “curso de Chicago”; aunque, en realidad, se impartía en medio de los campos de Illinois en un enorme complejo, y sólo pudimos visitar la ciudad durante un sábado (pasado el mediodía) y un domingo. En esta ocasión mi novia y yo pudimos dedicar todos los días al turismo.

Nueva York es una ciudad que pertenece ya al imaginario colectivo tanto literario como cinematográfico y es fácil visitarla como si uno se moviera (siento el tópico) por un decorado de una película de Woody Allen. Aunque también es observable lo contrario: uno puede darse cuenta en NY de cómo la realidad imita al arte. Basta con ir de paseo a Little Italy, el barrio de los italianos a principios del siglo XX, ahora dos calles repletas de restaurantes, con personas contratadas en las puertas, figurantes, que imitan a los actores de las películas de italoamericanos de los años 70 ó 80. Nos ocurrió la última noche: entramos en uno de estos restaurantes italoamericanos y sin abrir la boca se dirigieron a nosotros en español, todo el personal era argentino, salvo un puertorriqueño. Nos reímos después al ver cómo el maitrre bonaerense se asomaba a la puerta para llamar a unos clientes que consultaban la carta, diciendo: "Hey guys, how are you?", pero, desaparecido su acepto argentino lo pronunciaba con acento italiano, como si fuese Joe Pesci. Y después, cuando los clientes entraron al local, intentaba no hablar, porque resulta que eran argentinos, que por supuesto descubrieron el juego y se reían por lo bajo.
Recorrimos a pie (en diferentes días) casi toda la isla de Manhattan, sin buscar en principio rincones literarios; aunque siempre nos acabábamos topando con alguno. Por ejemplo, en la siguiente foto se muestra la White Horse Tavern, que según un artículo que encontré en Internet era el local favorito de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Norman Mailer:



Pasamos también por Washington Square. En el número 7 de esta plaza vivió Edith Warthon y en el 21 Henry James. No busqué estos lugares porque ese día hacía un calor insoportable y además me había dejado la información (que ahora consulto) en el hotel.

Visitamos el Lower East Side con la idea de descubrir la esencia del antiguo barrio judío de Manhattan y los escenarios de la novela Llámalo sueño de Henry Roth. Comprobamos que ahora el barrio ha pasado a ser principalmente un aledaño de Chinatown, como se puede ver en estas dos imágenes, en un lado de la calle la sinagoga y al otro una concurrida acera de locales chinos:





Inevitablemente visité Central Park pensando en Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Éste es el estanque del que Holden se preguntaba qué hacían los patos en invierno:



También en Central Park existen dos estatuas que homenajean a Hans Christian Andersen y a Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll:



Para leer durante el viaje me llevé la Antología del cuento norteamericano, editada por Richard Ford, en la que bastantes de sus relatos (al menos de los primeros) transcurren en Nueva York, y ahora, visitando la ciudad, ya podía ubicarme si me estaban hablando de la calle 10, de la 40 o de la 110.

Me apenó ver que cerca de Madison Square Garden cerraban una librería BORDERS enorme. Me gustaba mucho visitar las librerías de esta cadena cuando iba a Londres. Supuse que cerraban porque el metro cuadrado de suelo útil debe de ser muy caro en Manhattan y, como me informé en Internet antes del viaje, algunas librerías emblemáticas de Nueva York dedicadas al libro en español, en concreto las librerías Lectorum y Macondo, cerraron sus puertas en 2007.
En el BORDERS de Manhattan los libros tenían un 20 o 30 % de descuento y compré Dr. Futurity, una novela de ciencia ficción de Philip K. Dick que no está traducida al español.

Me gustó mucho una librería llamada McNally & Jackson, que estaba en el 52 de la calle Prince, muy cerca de Little Italy. Además de librería era un espacio cultural con cafetería, coloquios sobre libros, incluso sobre libros en español, y en un rincón (cerca de la sección de libros en español) vi a una chica dando una clase particular de nuestro idioma. Aquí compré el libro de relatos Dusk de James Salter, que creo que no está traducido al español, y el primer libro de relatos de Juan Villoro, La noche navegable, editado en México y que no ha llegado a España.

Llegamos a Boston, cuna de Edgar Allan Poe, pero nada en la ciudad (al menos que descubriéramos) recordaba este hecho; quizás se deba a que Poe era hijo de una pareja de actores itinerantes que murieron antes de que él cumpliera los tres años, y es posible que no tuvieran una residencia fija en la ciudad.
Aquí ya me di cuenta de que la crisis de las librerías BORDERS no sólo afectaba a la de Nueva York, porque la de Boston también estaba a punto de cerrar, igual que luego la de Providence. Leo ahora en Internet que la cadena BORDERS se ha declarado en quiebra y va a cerrar todas sus tiendas en Estados Unidos. Una mala noticia para el mundo de los libros. Imagino que las ventas de libros por Internet (Amazon) o el auge de los e-books, o que simplemente la gente no lee, han provocado el cierre.
En el BORDERS de Boston, aprovechando el descuento por cierre, compré un libro de Alfaguara en español: Palomos, del dominicano Pedro Antonio Valdez. Está editado en República Dominicana e imagino que se ha puesto a la venta en Estados Unidos pensando en los dominicanos que viven allí. No creo que este libro llegue a España, porque hojeándolo he observado que el vocabulario no es muy fácil para un lector medio español, ya que está escrito en un registro callejero dominicano.
En Boston también me gustaron las librerías de segunda mano Raven. En una de ella compré de saldo –porque está nuevo- una de las novelas realistas de Philip K. Dick y que tampoco está traducida al español, a pesar de que hace un par de años una editorial anunció que iba a hacerlo. La novela se titula The man whose teeth were all exactly alike, y el nombre me sonaba ya de adolescente. Según la contraportada ésta era la novela de no ciencia ficción que Dick prefería entre la decena que escribió y que nunca le publicaron en vida. Había más, a precios muy baratos, a 5 ó 7 euros al cambio, pero me contuve: al final sé que no puedo leer con demasiada soltura en inglés.


Desde Boston, a media hora en tren, se encuentra Salem, un pueblo muy conocido y turístico debido a los procesos por brujería que tuvieron lugar allí. Además de por su pasado de fanáticos religiosos el pueblo también muestra otra cara literaria, ya que es el lugar de nacimiento de Nathaniel Hawthorne.
Aquí visitamos la Casa de los siete tejados (The house of the seven gables), construida en 1668, una de las más antiguas de Estados Unidos, y que supuestamente sirvió de inspiración para la novela homónima de Hawthorne (el nombre con que publicitan a la casa está extraído de la novela, publicada en 1851). Esta foto es de dicha casa:


Y anexa a ella, la visita a la casa de los siete tejados incluye la entrada en otra casa más pequeña, que supuestamente es la casa de nacimiento de Hawthorne, que estaba en otra parte del pueblo y luego fue trasladada allí. En realidad, ni el mismo guía que nos lo contaba parecía creer en ello. Seguramente un caso similar al de la casa de Cervantes de Alcalá de Henares o la de El Greco en Toledo. Esta es la supuesta casa de nacimiento de Nathaniel Hawthorne:




Y ya al final del viaje nos acercamos hasta Providence; y si durante el resto de visitas -Nueva York, Boston o Salem- no primaba, sobre otros elementos del turista habitual, el literario, he de decir que, al menos por lo que a mí respecta, la visita a Providence la configuré desde el primer momento como una visita literaria. Conservo de la adolescencia el nombre de dos lugares para mí míticos, el Berkeley de Philip K. Dick y el Providence de H. P. Lovecraft.
Estaba en la estación de autobuses de Boston, ante el letrero del autobús que íbamos a tomar, y leía ese nombre, Providence, y me embargaba la emoción adolescente.
Lovecraft fue uno de mis autores de cabecera durante la adolescencia. Y le he vuelto a leer, ya de adulto, pasaba la treintena, en las cuidadas ediciones de Valdemar, y he encontrado que me sigue fascinando casi tanto como el primer día.
El volumen dos de las Obras completas de Valdemar, comienza con la novela El caso de Charles Dexter Ward, donde según los editores se observa el amor de Lovecraft por su ciudad, pues hace aparecer en ella a un gran número de sus edificios históricos.
Llegamos a Providence a mediodía, y, después de comer, mi novia estaba cansada y le apeteció quedarse en el hotel. Teníamos la idea de realizar un itinerario sobre los lugares de Lovecraft, siguiendo un mapa extraído de Internet (pinchar AQUÍ) al día siguiente. Yo con el mapa que nos habían proporcionado en el hotel emprendí el camino hacia la calle Angell, donde se suponía que había estado la casa natal del autor. Ya nos había advertido un librero, horas antes, que la ciudad no promocionaba nada la figura de Lovecraft, que sólo la tumba se podía visitar.
Avanzo por la calle Angell, y voy sacando fotografías a casas de un estilo que la guía define como neogótico, y que es una mezcla entre el alemán tirolés y las casas con torreones de los cuentos de terror.  Y me sonrío porque me imagino a Lovecraft paseando por aquí 100 años antes, me lo imagino perfectamente, al anochecer, con su cara seria, rascándose con desaprobación su mandíbula prominente, soñando con sus monstruos particulares. Fotografío una casa histórica, el Estudio Fleur de Lys, en el 7 de Thomas Street, que fue usada por Lovecraft como hogar del personaje Henry Anthony Wilcox en La llamada de Cthulhu. Es ésta:




En el número 454 de Angell, donde tenía que haber estado la casa en la que nació Lovecraft me encuentro con un Starbucks, y enfrente una librería, donde los libros de H. P. L. ni siquiera están destacados. Ya sé que para mí Providence, desde la adolescencia, ha significado Lovecraft y que para la gente que vive o trabaja aquí no significa más que esto último. De todos modos, acabo comprando otro libro: Una casa en la calle Mango, de Sandra Cisneros.
Sigo andando y llego al 598 de Angell, donde vivió Lovecraft entre 1904 y 1924. En el solar que estuvo su casa ahora está esta:



En la misma calle Angell, de vuelta al hotel, fotografía Hamilton House, en el número 276, de cuya naturaleza malsana hablaba Lovecraft en carta a sus amigos. Ahora es una residencia de la tercera edad:





Y el domingo 7 de agosto, día programado para seguir el tour de Lovecraft, amaneció lloviendo abundantemente. Como volvíamos a Nueva York al día siguiente, no nos quedó más remedio que esperar a que acampara un poco y visitar Providence bajo la lluvia y la pobre protección de dos paraguas. En realidad sólo a nosotros parece importarnos Lovecraft, o somos los únicos que unimos como un binomio estas palabras: Providence-Lovecraft, porque en la ciudad lo que se está celebrando bajo la lluvia es un maratón suburbano. Una ciudad, por otra parte, Providence, con un aspecto rico, con altos hoteles que parecen promover un turismo de campos de golf y paseos en yate, bastante alejado de cualquier mundo de terrores acuáticos o evadidos de sueños malsanos.

El recorrido marcado principalmente se desarrollaba entorno a la calle Benefit, una de las más antiguas de la ciudad, con casas que muestras orgullosas en sus fachadas las fechas de su construcción, la mayoría del siglo XIX y algunas del XVIII.
Para llegar a la calle Benefit primero pasamos por la calle Church, cuyo cementerio obsesionó tanto a Poe como a Lovecraft. Éste es:



En el 88 de Benefit se encuentra la casa de Sarah Helen Whitman, poetisa cortejada por Poe. Ésta es:



En el 135 de Benefit está Stephen Harris House, usada por Lovecraft para el relato La casa evitada. Ésta:



En los números 175-185 de Benefit existe un edificio de apartamentos despreciado por Lovecraft, ya que (según sus palabras) “este miserable ultra-moderno edificio de apartamentos sustituye a las pocas casas reales que quedan en el país”. La verdad es que Lovecraft debía de tener ya una visión de su ciudad anticuada para su época. Este es el edificio:



En el 10 y 11 de la calle Thomas, Lovecraft y sus tías asistían a exposiciones de arte. Aquí:



En el 251 de Benefit está el Ateneo, frecuentado por Lovecraft y donde Poe cortejó a Sarah Helen Whitman:



En la siguiente foto aparece la biblioteca John Hay, en el 20 de la calle Prospect, lugar frecuentado por Lovecraft. Se supone que posee la mayor colección de manuscritos del autor, pero no pudimos verlo porque era domingo y estaba cerrado (no sé si se exponían al público):



Y junto a la biblioteca existe una placa que conmemora a nuestro autor, erigida en 1990 gracias a S. T. Joshi, Murray, John Cooke y los amigos de Lovecraft. Esta es toda la gloria literaria que su ciudad natal dedica a Lovecraft:


En el 10 de la calle Barnes estuvo el hogar de Lovecraft entre 1926 y 1933:


En el 140 de Prospect Street esta Halsey House, que tenía fama de estar encantada en los tiempos de Lovecraft:



Sé que tengo más fotos de casas en las que supuestamente se sitúa la acción de El caso de Charles Dexter Ward, pero, entre la lluvia y el cansancio no estoy seguro de cuál es cuál; de hecho, la guía que seguíamos tampoco parece estar segura y propone varias. Creo que estas se pueden incluir en esa categoría:





Tras casi tres horas de luchar contra la lluvia, de refugiarnos en porches, de aprovechar momentos de calma en la tormenta, completamos el recorrido y volvimos al hotel. Comimos como a las 4 de la tarde, una hora impensable para un norteamericano y estábamos solos en el restaurante del hotel. Fuera comenzó de nuevo a llover con fuerza. Sobre las cinco paró la lluvia y aunque me sentía algo enfermo, constipado o con gripe, me dio cargo de conciencia quedarme en el hotel. Llevaba 20 años soñando con Providence, con una idea difusa y por supuesto falsa de una ciudad surgida de la mente de un escritor cercano a la perturbación permanente. Así que tomé un café en el Starbucks del hotel y con un plano que me habían impreso en la recepción, una ruta para coche, me encaminé hacia el cementerio Swan Point con la idea de visitar la tumba de Lovecraft (recuerdo hace muchos años una historia: el amigo de un amigo viaja a Estados Unidos y le trae de recuerdo a mi amigo una piedra; pero no es una piedra cualquiera, es una piedra tomada de la tumba de Lovecraft, y mi amigo la expone en su librería).
Temo que vuelva a llover, pero brilla un tímido sol sobre la ciudad empapada. Consigo llegar a la calle Butler, una calle con un bullevar por el que corre la gente o anda haciendo marcha atlética entre mansiones. Después de una hora y cuarto de andar deprisa, llego a las puertas del cementerio. Leo en la entrada que cierran a las 7. Tengo 35 minutos para encontrar la tumba. El lugar parece inmenso y vacío. Hay una casa para atender a las visitas, me acerco y su puerta está cerrada. Por el cristal veo el material impreso para visitantes del cementerio, imagino que allí estará marcado el lugar donde se encuentra la tumba que busco. No hay nadie, me percato de que va a ser casi imposible encontrar la tumba sin ninguna indicación. Me pongo a andar deprisa, pienso en Tuco en la película El bueno, el feo y el malo, buscando también una tumba en un cementerio.
Swan Point es un cementerio anglosajón; es decir, un espacio sin casi ninguna lápida en el suelo, sólo señales verticales, con árboles, colinas, caminos para ir en coche. Todo está mojado, cae el sol y no hay nadie en ninguna parte de este recinto inmenso. Veo a una familia que se ha bajado de un coche, me acerco con cuidado, para no asustarles. El hombre está inclinado sobre una tumba y le cuenta algo a sus dos hijos pequeños. Pregunto por Lovecraft a la mujer y me dice que es la primera vez que entran allí y que su marido está fascinando porque ha encontrado una tumba con su nombre. Sigo andando, un rato después detengo a un ciclista, un chico joven, pelirrojo, con sobrepeso. Me escucha, ladea la cabeza y sin mirarme me dice que no puede ayudarme, y me fijo en cómo se marcha cantando o hablando solo mientras pedalea. Camino entre colinas, tumbas, árboles, miro el reloj, veo que van a ser las 7 y sin indicaciones va a ser imposible hallar lo buscado. Me encamino hacia la salida, tampoco la encuentro, cae el sol, no hay nadie. Temo encontrarme con las puertas del cementerio cerradas y una sensación de soledad y absurdo, de que ya tengo 37 años y no 17, se apodera de mí. Y me paro y me río, y me doy cuenta de que aunque me cierren las puertas la valla de piedra es de un metro de altura. Y de que sin un mapa y sin luz no voy a encontrar nada.
Estas son las fotos del cementerio donde no encontré la tumba de Lovecraft: