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domingo, 29 de noviembre de 2015

Lilít y otros relatos, por Primo Levi

Editorial El Aleph. 286 páginas. 1ª edición de 1971, ésta es de 2002.
Traducción de Bernardo Moreno Carrillo

Después de releer la llamada Trilogía de Auschwitz (Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados), me apeteció seguir con la relectura de Primo Levi (Turín, 1919 – 1987) y tomé de mis estanterías este libro de relatos, la primera vez que me acerqué a este libro debió de ser hace unos trece o catorce años. Me acordaba de algunos de sus cuentos más significativos y había olvidado otros por completo.

Lilít y otros relatos está dividido en tres partes.
La primera se titula Pretérito perfecto y está formada por doce relatos. Todos ellos son testimoniales. Primo Levi vuelve en 1971 la mirada atrás para relatarnos nuevos detalles de su experiencia en Auschwitz; son cuentos breves, de anécdota esencial, prosa afilada y finales contundentes. Así, en el primero, titulado Capaneo, se relata el breve encuentro que Levi tiene durante una alarma aérea en un escondrijo el campo de concentración con Valerio, un preso italiano con escasos recursos para sobrevivir, y Rappoport, de origen polaco, pero que había estudiado la carrera de medicina en Posa, y tenía simpatía por lo italianos. Este se dice de Rappoport: “Vivía en el campo de concentración como un tigre en la jungla: abatiendo y despojando a los más débiles y evitando a los más fuertes, presto para corromper, robar, darse de puñetazos, salir de aprietos, mentir o camelar, según las circunstancias. Era, pues, un enemigo, pero ni vil ni desagradable.” (pág. 13). Rappoport era lo que Levi llama “el hombre del Lager”, aquel ser humano que ha conseguido olvidar las reglas de la civilización y se ha convertido en un luchador por la supervivencia. Rappoport dice: “Si estuviese libre, me gustaría escribir un libro exponiendo mi filosofía; pero, por ahora, no me queda más remedio que referirla a vosotros dos, pobres diablos. Si os sirve, buen provecho; si no, y si lográis escapar y yo no, lo que sería bastante raro, podréis difundirla por ahí, y tal vez le sea útil a más de uno.” (pág. 16)
Como ya dije, cuando uno lee el testimonio de los supervivientes de Auschwitz, esa narración de circunstancias extremas que es mezcla de suerte, audacia e inteligencia que les llevó a sobrevivir y dar testimonio, uno tiene la impresión de encontrarse ante héroes clásicos. Y así, de nuevo, será el culto y no el bruto, el aparentemente débil y no el fuerte el que sobreviva para contarlo, y es en el último párrafo cuando un escalofrío recorre la espalda del lector: “Dos días después, el campo fue evacuado en las espantosas circunstancias que todos conocen. Me sobran razones para suponer que Rappoport no sobrevivió: por eso he creído un deber llevar a cabo, de la mejor manera, la tarea que me fue encomendada.” (pág. 18)

El cuento de Lilít es significativo: en él también se recuerda un momento de calma en el Lager. Llueve y se ha suspendido la tarea. Levi se refugia en un tubo con el Tischler, quien le relata una historia religiosa, entreverada de mito y leyenda; y el ateo Levi quiere recogerla aquí para que no desaparezcan los mitos populares de un pueblo: “Es una paradoja que el destino haya escogido a un epicúreo para repetir esta fábula pía e impía, entramada de poesía, de ignorancia, de agudeza temeraria y de esa tristeza incurable que crece sobre las ruinas de las civilizaciones perdidas.” (pág. 34)

El cuento El prestidigitador se adentra en la “zona gris” -esa espacio de claroscuros donde es difícil hacer distinciones demasiado precisas entre el bien y el mal- para retratar a un Kapo alemán, un preso común, que decide no denunciar a Levi al descubrirle escribiendo una carta, denuncia que le habría acarreado la muerte.
El gitano nos habla de la relación de Levi con un gitano de origen español, que no sabía escribir, y que le pide que le escriba una carta para su novia, en un extraño día en el que los nazis les dicen que pueden escribir cartas, y los prisioneros sospechas que es sólo para mostrarlas ante organismos internacionales. Cartas que nunca llegarán a su destino.

Hay dos cuentos, los titulados La historia de Abrón y Cansado de ficciones que parecen cuentos escritos al más puro estilo de Jorge Luis Borges. En ellos se cumpliría el precepto de este último cuando apuntaba que un buen cuento debe ser como una novela resumida. De hecho, son cuentos que amalgaman el testimonio de sus protagonistas, dos judíos que huyen del nazismo, viajando por Europa, viviendo peripecias casi inverosímiles. Sobre todo el segundo (no sólo en el título) parece un claro homenaje a Borges, y no sé, tampoco, si el homenaje es de Levi o de la realidad, empeñada en imitar un cuento de Borges. En Cansado de ficciones además de narrarse el resumen de un testimonio y estar completado éste con una entrevista oral, se nos habla de un joven judío que consigue atravesar Europa disfrazado de chico de las juventudes hitlerianas, y llegar hasta Israel, donde el servicio secreto británico lo encarcelará por no creer su historia. Un juego de espejos, el cuento del traidor y del héroe en la realidad.

Quizás los dos cuentos que más me gustan de esta sección sean El regreso de Cesare y El regreso de Lorenzo. Los dos completan, de forma directa, información sobre algunos de los protagonistas de la Trilogía de Auschwitz. El primero entronca con La tregua, cuando los italianos ya están en el tren que les va a llevar a Italia y Cesare se cansa de esperar, deja el tren y se dirige a Bucarest porque se ha propuesto llegar a Italia en avión. Y esta es la historia de cómo lo consiguió, aunque eso sí: más tarde que los que se fueron en tren. Esta es una narración picaresca, que enlaza con el tono burlesco de La tregua. Lo contado en El regreso de Lorenzo, personaje de Si esto es un hombre, es más dramático y emotivo. Lorenzo era el trabajador libre que le conseguía comida a Primo Levi y a su amigo Alberto, y gracias al cual Levi pudo sobrevivir. Después del fin de la guerra, Primo Levi busca a Lorenzo y lo encuentra: es un hombre derrotado, prácticamente un mendigo que ha perdido la ilusión de vivir, alguien “que no era un superviviente, murió de la misma enfermedad de los supervivientes.” (pág. 93)

El cuento El rey de los judíos recrea una anécdota ya contada en Los hundidos y los salvados, y diría que incluso con las mismas palabras.

Los cuentos de esta primera parte me parecen soberbios. No sólo por su valor testimonial sino porque además están muy bien escritos, y son muy recomendables para alguien que haya leído la Trilogía de Auschwitz.

La segunda parte del libro se llama Futuro anterior y está formada por quince cuentos. Son narraciones de ficción y en la mayoría de los casos de corte fantástico. Destacaría un cuento como Los gladiadores, que podría estar encuadrado casi en la ciencia ficción, pues recrea un coliseo moderno en el que unos nuevos gladiadores pelean a muerte con conductores de coches. También me gusta el cuento histórico «Querida madre», sobre un soldado del Imperio Romano en Britania. Algunos son bastante imaginativos, como Disfilaxis, en el que los animales o las plantas se pueden mezclar genéticamente con los humanos. En otros los protagonistas son seres inventados como en Los constructores de puentes, o se da la palabra a animales, como las sanguijuelas, en Las hermanas del pantano. A veces los protagonistas son más mundanos, como un conductor de autobús, obsesionado con el funcionamiento de su cuerpo, de Autocontrol.
Algún cuento -como el primero, Una estrella tranquila- es demasiado abstracto, y me parece un cuento sencillamente aburrido.

Yo ya lo sabía (esta es una relectura), pero no deja de ser llamativo que el autor testimonial que es Primo Levi, alguien capaz de haber escrito algunos de los libros más esenciales del siglo XX, con reflexiones sobre los seres humanos tan agudas, baje tanto de nivel al adentrarse en la ficción. No es que los cuentos de esta segunda parte sean horribles, pero son cuentos carentes de un gran brillo literario. Parecen escritos por una persona diferente a los cuentos de prosa afilada y de verbo esencial de la primera parte. Escritos a dos niveles diferentes. Al final de Si esto es un hombre, el propio Levi afirma que si no llega a ser por la experiencia de Auschwitz no hubiera sido un escritor.

La tercera parte se titula Presente de indicativo y está formada por nueve cuentos, algunos de ellos más largos que los de la segunda parte. Este tercer bloque me ha gustado más que el anterior. Las historias son realistas y más centradas en una época actual y un entorno más reconocible. Me ha gustado El valle de Guerrino, sobre un pintor de murales en exteriores, que parece la evocación de una persona real. Están bien La joven del libro y Huéspedes, que tienen que ver con acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Y sobre todo me han gustado dos cuentos en los que el narrador parece volver a ser el propio Primo Levi, que son Descodificación, sobre un chico que hace en un pueblo pintadas nazis, y Fin de semana, que habla con mucha ironía sobre las leyes raciales italianas contra los judíos.


Como ya he apuntado, los cuentos de la primera parte son estupendos y muy recomendables para las personas que hayan leído la Trilogía de Auschwitz, y los demás son algo bastante diferente a lo que uno se espera del escritor memorialístico y testimonial que es Primo Levi. Con algunos cuentos buenos en la segunda y tercera parte el nivel es bastante inferior al resto, y aún así no deja de ser interesante saber qué escribe un escritor de un tipo muy concreto de escritores cuando hace algo tan diferente a lo que esperamos de él. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

La trilogía de Auschwitz, por Primo Levi

Edición de El Aleph y no de
Círculo de Lectores
Editorial Círculo de Lectores. 539 páginas. 1ª ediciones de 1947, 1963 y 1986; ésta es de 2004.
Traducción de Pilar Gómez Bedate
Prólogo de Antonio Muñoz Molina

A finales del curso pasado me propusieron dar en el colegio donde trabajo una charla sobre literatura, la idea era hacerlo sobre los libros que yo mismo escribo, pero me pareció un tema con el que no acababa de sentirme cómodo y propuse darla sobre Primo Levi (Turín, 1919 – 1987). Durante una temporada importante de tiempo estuve bastante interesado por el tema de los campos de concentración y el nazismo, y leí bastante bibliografía sobre el tema. Y siempre, por más libros que leía, me pareció que el testimonio más relevante de todos era al que había llegado primero, el de Primo Levi, cuyo libro Si esto es un hombre lo leí con unos veinticinco años. Lo compré en la FNAC de Callao, y ya no recuerdo de dónde había sacado la referencia. Los otros libros que componen su llamada Trilogía de Auschwitz los leí de la biblioteca de Móstoles, y entre un libro y el siguiente pasaron años. Luego también leí algunos de sus libros de relatos, como Lilít y otros relatos o El sistema periódico, que completaban los tres anteriores con información y detalles que habían quedado fuera de ellos.

Durante muchos años, mis padres fueron suscriptores del Círculo de Lectores. En algún momento, a comienzos del nuevo milenio iniciaron una colección de la memoria que me interesaba: libros sobre la vida de los judíos durante la ocupación alemana, sobre los campos de concentración nazis o soviéticos; siempre relatos testimoniales; la colección estaba a cargo de Antonio Muñoz Molina, gran conocedor del tema. La colección se quedó a media porque Muñoz Molina se fue a vivir a Nueva York, y dejó de hacer los prólogos. Llegué a comprar seis u ocho libros de esta colección, y creo que aún tengo dos sin leer. Así que compré en el Círculo de Lectores, en un volumen, la Trilogía de Auschwitz, que ya había leído; y en vez de releerla de forma inmediata, se la dejé a algunos amigos. Es ahora, en este verano de 2015, cuando yo he tomado el libro para leerlo. Creo que es una buena experiencia leer los tres libros seguidos, su sentido de la unidad es muy fuerte.

Si esto es un hombre está escrito en unos cuantos meses, poco después de que Levi consiguiese regresar a su casa de Turín y reincorporarse a su vida de civil. Por las noches se quedaba en la fábrica en la que había empezado a trabajar como químico y redactaba por escrito los recuerdos de lo que le había acontecido en Auschwitz. Desde su regreso no podía dejar de contar a cualquier persona su experiencia traumática. Recuerdo que una de las cosas que más me impresionó de mi primera lectura de este libro fue que Levi, al igual que otros presos del campo, soñaba, además de con comida (algo normal para personas infraalimentadas), con que regresaba a su casa, conversaba con sus familiares y amigos, les contaba lo que le había ocurrido y nadie le creía o le escuchaba. “Aquí está mi hermana, y algún amigo mío indeterminado, y mucha más gente. Todos están escuchándome y yo les estoy contando precisamente esto: el silbido de las tres de la madrugada, la cama dura, mi vecino, a quien querría empujar, pero a quien tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. Les hablo también prolijamente de nuestra hambre, y de la revisión de los piojos, y del Kapo que me ha dado un golpe en la nariz y luego me ha mandado a lavarme porque sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, el de estar en mi casa, entre personas amigas, tener tantas cosas que contar: pero no puedo dejar de darme cuenta de que mis oyentes no me siguen. O más bien, se muestran completamente indiferentes: hablan confusamente entre sí de otras cosas, como si yo no estuviese allí. Mi hermana me mira. Se pone de pie y se va sin decir palabra.
Entonces nace en mí un dolor desolado, como ciertos dolores que apenas se recuerdan de los primeros años de la infancia: es el dolor en su estado puro, sin templar por el sentimiento de la realidad ni por la intrusión de circunstancias extrañas, semejantes, a aquellos por los que los niños lloran; y es mejor que vuelva a salir a la superficie, pero esta vez abro los ojos deliberadamente, para tener frente a mí la garantía de estar efectivamente despierto.
Tengo el sueño delante, caliente todavía, y yo, aunque despierto, estoy todavía lleno de su angustia: y entonces me doy cuenta de que no es un sueño cualquiera, sino de que desde que estoy aquí lo he soñado no una vez, sino muchas, con pocas variantes de ambiente y de detalle. Ahora estoy enteramente lúcido, y me acuerdo de que ya se lo he contado a Alberto y de que él me ha confiado, para mi asombro, que también lo sueña él, y que es el sueño de otros muchos, tal vez de todos. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué el dolor de cada día se traduce en nuestros sueños tan constantemente en la escena repetida de la narración que se hace y nadie escucha?” (pág. 70-71)

Primo Levi pertenece a una familia de Turín de origen judío sefardí, pero no eran judíos practicantes. En realidad, Levi llega a interesarse por su identidad judía después de que las leyes raciales se aprobaran en Italia en 1938. En 1941 se licenció en Química por la universidad de Turín, summa cum laude. En septiembre de 1943 se une a un grupo de partisanos. La Milicia fascista le captura el 13 de diciembre de ese año y al declararse como «ciudadano italiano de origen judío» elude ser fusilado, pero es entregado al ejército de ocupación alemán.
El 22 de febrero de 1944 es enviado en un tren a Auschwitz, entonces el nombre de un lugar desconocido. De los 650 judíos de este tren sobrevivieron 20.
“Entre las 45 personas de mi vagón tan sólo 4 han vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el vagón más afortunado.” (pág. 30)
Levi llega al campo de la Buna-Monowitz, un campo relativamente pequeño, perteneciente al complejo de Auschwitz. El choque de la realidad del campo con su experiencia vital es enorme: desnudo, con la cabeza rapada, tras evitar la selección que le hubiera condenado de forma directa a la cámara de gas, ingresa en el campo. Allí no va a encontrarse con la solidaridad de los compañeros, sino con las burlas por ser nuevo, por tanto vulnerable y con pocas posibilidades de aguantar muchos meses. Esta sensación de extrañeza está magistralmente explicada en Los hundidos y los salvados, el tercer libro de la trilogía, más ensayístico: “Se ingresaba creyendo, por lo menos, en la solidaridad de los compañeros en desventura, pero éstos, a quienes se consideraban aliados, salvo en casos excepcionales, no eran solidarios: se encontraba uno con incontables mónadas selladas, y entre ellas una lucha desesperada, oculta y continua. Esta revelación brusca, manifiesta desde las primeras horas de prisión –muchas veces de forma inmediata por la agresión concéntrica de quienes se esperaba que fuesen los aliados futuros-, era tan dura que podía derribar de un solo golpe la capacidad de resistencia. (…) Rara vez ocurría que su llegada fuese saludada no digo ya como la de un amigo sino por lo menos como la de un compañero en desgracia; en la mayor parte de los casos, los antiguos (y uno se hacía antiguo en tres o cuatro meses, el paso a esa categoría era rápido) manifestaba fastidio o abierta hostilidad. El «nuevo» (…) era envidiado porque parecía tener todavía el olor de su casa. Era una envidia absurda porque, en realidad, se sufría mucho más durante los primeros días de prisión que después, cuando ya la costumbre por una parte y la experiencia por otra permitían armarse algún reparo. Era ridiculizado y expuesto a bromas crueles, como sucede en todas partes con los «reclutas» y con las ceremonias de iniciación en los pueblos primitivos. Y no hay duda de que la vida en el Lager comportaba una regresión, reconducía a comportamientos, precisamente, primitivos.” (pág. 412-413)

La narración de Si esto es un hombre avanza de forma lineal, pero a veces se hacen apartes en el texto cuando Levi quiere explicar cómo funcionaba una realidad concreta del campo o de las relaciones que se establecían allí. Así, por ejemplo, la parte en la que describe la llamada Bolsa, donde los prisioneros intercambiaban mercancías, es especialmente llamativa.
Primo Levi consiguió sobrevivir al campo por una serie de casualidad, que el achaca a la suerte, y que se materializan en aspectos como los siguientes: es de tamaño pequeño, lo que puede ser un inconveniente frente a los abusones, pero su cuerpo necesita menos calorías para resistir; es joven y despierto, por ejemplo, comprende rápidamente que para sobrevivir necesita aprender alemán, y con raciones de pan (la moneda de suo común en el campo) pagará a un compatriota que conoce el idioma para que le dé clases; es químico, y la Buna es un campo en el que se pretende fabricar caucho sintético, después de superar un examen pasará al laboratorio, y trabajar bajo techado es fundamental en Auschwitz; además entra en contacto con Lorenzo, un italiano libre, que trabaja en el campo de albañil, que le suministrará rancho extra –jugándose la vida para ello, como sabremos más tarde, por las páginas de Lilít y otros relatos-, así acaba el capítulo en el que habla de Lorenzo: “Ahora bien, entre Lorenzo y yo no sucede nunca nada de esto. Por el sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse.
Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los políticos, los criminales, los prominentes grandes y pequeños, hasta los Häftlinge indiferenciados y esclavos, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna.
Pero Lorenzo era un hombre; su humanidad era pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre.” (pág. 128)
Esta página en la que Levi habla de Lorenzo es muy significativa y contesta a la pregunta implícita en el título del libro, Decidme si esto es un hombre. Levi, a pesar de todas las afrentas, siempre identifica la idea de hombre con la de la razón y la bondad, nunca sucumbe al odio, y esto hace que sus palabras se conviertan en más esenciales y definitivas.

La tregua comienza donde termina Si esto es un hombre: Primo Levi se encuentra en enero de 1945 en la enfermería del Lager de Buna-Monowitz. Los nazis han abandonado el campo, debido a la inminente llegada de los rusos. Semanas antes Levi había contraído la escarlatina, lo que paradójicamente le salvará la vida una vez más (cuando uno lee los testimonios de los supervivientes de Auschwitz siempre tiene la impresión de estar leyendo la historia de superhéroes, de gente a la que las balas pasan silbando a su alrededor, pero que nunca les alcanzan. Por simple lógica sólo podemos leer los testimonios de los supervivientes, aquellos que por un cúmulo de casualidades consiguieron vivir para contarlo). Cuando los nazis inician la evacuación del campo, los presos sanos se van con ellos, con la idea de trasladarlos a otro campo y de borrar la presencia de testigos. Casi todos los judíos que se fueron en esta marcha murieron en el camino; entre ellos Alberto, el compañero inseparable de Levi. Muchos son también los enfermos que se quedan en el campo y mueren. Levi sobrevive otra vez más y va a caer bajo la tutela de los rusos.
Las primeras páginas de La tregua son tremendas, sobre todo cuando habla de los niños que aparecen entre los supervivientes; pero en el tercer capítulo la tensión dramática se relaja y Levi nos contará las peripecias que vive en el Este de Europa hasta que puede regresar a su casa de Turín, casi un año después de la liberación de Auschwitz, en un tono más alegre, más novelesco, con más placer por la pura narración. En algún momento La tregua llega a convertirse en una novela picaresca, sobre todo cuando describe a personajes como el Griego o su amigo Cesare, tipos con una capacidad innata para sacar partido a cualquier situación, vendedores (o charlatanes) puros. Si en Si esto es un hombre, además de estremecerse el lector podía sonreírse ante alguna apreciación irónica sobre el carácter ordenado de los alemanes, en La tregua hay escenas verdaderamente cómicas, con las que me he vuelto a reír a carcajadas. Una descripción fascinante de una Europa patas arriba, mientras los ejércitos se desmovilizan. Al acercarse a casa, el último tren tiene que pasar por Viena: “Volvimos a nuestros vagones con el corazón agobiado. No habíamos experimentado ningún gozo sino pena, viendo a Viena deshecha y a los alemanes doblegados; no compasión sino una pena más profunda que se confundía con nuestra propia miseria, con la sensación pesada, inminente, de un mal irreparable y definitivo, omnipresente, anidado como una gangrena en las vísceras de Europa y del mundo, simiente de futuros males.” (pág. 380-381).
Y las aventuras del viaje han de chocar con la realidad en el último capítulo, el titulado El despertar. “Llegué a Turín el 19 de octubre, después de treinta y cinco días de viaje: la casa estaba en pie, toda mi familia viva, nadie me esperaba. Estaba hinchado, barbudo y lacerado, y me costó trabajo que me reconociesen.” Y volverá a soñar que todo es irreal, que sigue en el Lager y nada de lo que está fuera de él es verdad.

Si esto es un hombre fue rechazada en 1947 para su publicación en la prestigiosa editorial italiana Einaudi. Años después se supo que la lectora que rechazó el libro de Primo Levi fue la escritora Natalia Ginzburg, judía y antifascista, y cuyo marido fue un deportado a los campos nazis. Esto nos da una idea de que en la Europa de la postguerra no se quería recordar. El libro se publicó en una editorial bastante más modesta, con una tirada de 2.500 ejemplares, de los que en 1966 aún quedaban 600 sin vender. Pero Einaudi rectificó y en 1957 relanzó Si esto es un hombre, con gran éxito y traducciones a muchos idiomas. Mientras tanto Levi había seguido trabajando como químico.
En 1963 publicó La tregua. Después pudo dedicarse a dar charlas sobre su experiencia y publicó más novelas y libros de cuentos.

Los hundidos y los salvados fue su último libro, publicado en 1986. Es un ensayo, en él Levi vuelve sobre algunas cuestiones fundamentales de su experiencia; unas reflexiones que cierran el círculo de los interrogantes abiertos en los libros anteriores. Una de las ideas más importantes de las que habla en este libro es de lo que él llama la “zona gris”, la constatación de que no se puede distinguir de forma clara y precisa entre los verdugos y víctimas, entre el bien y el mal, que sus fronteras a veces son difícil de determinar. Siempre he tenido la impresión de que al ver películas como La lista de Schindler, si el espectador no ha leído antes libros como los de Primo Levi se va a llevar del drama del Holocausto una visión parcial. En la película de Spielberg la delimitación entre buenos y malos parece muy clara. En la realidad no estaba tan claro todo esto, o más bien el estado totalitario que fue el nazismo acaba corrompiéndolo todo. Ya he hablado de las impresiones de Levi sobre su llegada al campo, cuando los otros presos son eran sus aliados naturales. Uno de los detalles que más me ha llamado la atención de estas páginas es el análisis que hace de los Kapos, los jefes de barracón, brutales y feroces, normalmente. Estas personas solían ser presos políticos o criminales, pero también podían ser judíos. Hay una frase en Si esto es un hombre que me deja helado: “Éste no es un Kapo molesto, porque no es judío y no tiene miedo a perder el puesto.” Un jefe de barracón no judío era preferible a uno judío; porque si aquél no era lo suficientemente severo podía perder su puesto privilegiado (con menos desgaste físico y mejor alimentación) y volver a ser un preso común, con más posibilidades de morir de agotamiento y de ser señalado en la elecciones periódicas para la cámara de gas. Impresionantes también son los comentarios sobre los SonderKommandos (las Escuadras Especiales): formados por judíos que debían imponer el orden a los recién llegados para que fuesen a las cámaras de gas, de sacar los cadáveres de allí, quitarles los dientes de oro; llevar los cuerpos al crematorio; sacar las cenizas y hacerlas desaparecer. Por este trabajo se les alimentaba mejor y si se negaban irían directamente a la cámara de gas, y además sabían que estaban condenados porque estas Escuadras se renovaban cada unos meses. El juego perverso de los nazis era intenso: forzaban a los judíos a hacer los trabajos más sucios para envilecerlos, para transmitirles la culpa.
Otra reflexión es también terrible: “sobrevivimos los peores”. Los mejores, los que cumplían las normas, no robaban o no trataban de sacar algún partido de cualquier situación morían pronto. Muchos presos que aguantaron años en el campo, en las condiciones más duras, se suicidaron tras la liberación. Dice Levi que suicidarse es propio de humanos y no de animales (condición a la que quedaba reducido el preso común).

En 1982 Primo Levi rechazó de forma pública las matanzas palestinas de los campos de Sabra y Chatila. Nunca permitió que el sionismo de Israel se aprovechase en su favor de su palabra. Tal vez esto contribuyó al aislamiento de sus últimos y años, y no mucho después de escribir la cruda Los hundidos y los salvados, en 1987 muere al caer por la escalera interior de su casa de Turín (un tercer piso). Se supone que fue un suicidio, aunque no todas las voces concuerdan el esto.

En definitiva esta Trilogía de Auschwitz contiene algunas de las páginas fundamentales que se han escrito sobre el siglo XX. En el colegio en el que trabajo, en primero de bachillerato se hacía en la tutoría una actividad que consistía en contar a los demás quién era la persona a la que más admiraban. Cantantes, deportistas, algún familiar… Siempre pensé que si tuviera que hacer yo la actividad y no dirigirla, mi elección hubiera estado clara: les habría hablado de Primo Levi. Y con esta frase empecé la charla que di en el colegio sobre Levi. La hice dos veces, estuve más de dos horas (en las dos ocasiones) hablando de Primo Levi a unos cuantos de mis compañeros de trabajo. Si conseguí un lector para mi admirado Primo Levi todo habrá merecido la pena.