Mostrando entradas con la etiqueta Salvador Benesdra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salvador Benesdra. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de diciembre de 2014

Recuerdo de Salvador Benesdra, por José Luis Díaz-Granados

Hace unas semanas recibí un correo del escritor y periodista colombiano José Luis Díaz-Granados, con un artículo que había escrito sobre los días que compartió –en 1989 y en la RDA- con el gran escritor argentino Salvador Benesdra, cuya novela El traductor posiblemente sea lo mejor que leí en 2013 (ver aquí reseña). Todo el artículo tiene ese aire de encuentro entre escritores perdidos de los libros de Roberto Bolaño
Le pedí permiso a José Luis para compartir el artículo sobre su relación con Benesdra en el blog y él me lo dio. Aquí está:



RECUERDO DE SALVADOR BENESDRA

Por JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS*


El autor de esta crónica (en el círculo) y Salvador Benesdra (en primer plano) junto con otros compañeros, caminando por las calles de Weimar, RDA (Abril de 1989).

El 2 de enero de 1996, el narrador argentino Salvador Benesdra se suicidó arrojándose del balcón de su apartamento del piso 10 en su ciudad natal. Benesdra, quien solo dejó dos libros, legendarios y controvertidos ---El traductor, novela de 600 páginas, que había sido finalista del Premio Planeta en 1995, y El camino total, un insólito libro de autoayuda “para gentes en tiempos de crisis” ---, se ha convertido a casi dos décadas de su muerte en un escritor de culto y su novela estelar ha sido comparada con Adán Buenosayres de Marcehal y Rayuela de Cortázar.
Benesdra, nacido en Buenos Aires en 1952 fue un lector precoz que antes de los diez años dominaba seis idiomas, incluido el japonés, y leía con la misma pasión textos filosóficos de Budismo Zen, Junger y Wittgenstein y escritos revolucionarios de Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Mao Zedong. Hizo estudios de psicología en la Universidad de Buenos Aires y vivió Europa durante las dictaduras militares argentinas en los años 70 y 80.

Salvador Benesdra (a la derecha) escucha a la traductora Christiane Becker. Al fondo, el autor de esta crónica con la periodista mexicana Alicia Alarcón y la sicóloga mexicana Elda Aranda Borbón. (Weimar, RDA, 1989).

El traductor, cuyo manuscrito fue rechazado por una docena de editoriales, apareció póstumamente en Ediciones de la Flor y más tarde fue reeditada por su entrañable amigo Elvio Gandolfo, quien escribió un prólogo revelador y entusiasta sobre el autor y su obra. Esta novela, obesa e inclasificable, está escrita en el entorno de la caída del Muro de Berlín y recrea la trayectoria vital de Ricardi Zevi, un traductor que trabaja en una editorial marxista en los años finales de la década del 80. Al mismo tiempo relata la historia de amor del protagonista con una dama cristiana evangélica que le es infiel, por lo cual el traductor la obliga a prostituirse. Y de manera simultánea inventa un sistema filosófico que ha de llevarlo a disciplinas espirituales hacia dimensiones superiores.
La novela, según cada lector específico, puede resultar la interminable y tediosa alucinación de un enfermo mental como también la evidencia de una literatura de altas dimensiones estéticas y humanas. En la vida real, Benesdra estuvo recluido en el Hospital Saint Anne de París a finales de los 70 por problemas psicóticos y allí lideró un amotinamiento en solicitud de una mejor calidad en los hábitos elementales de vida. Cinco años después regresó a su patria y allí se dedicó al periodismo en diarios y revistas de izquierda y a actividades sindicales, aunque la verdad, su mayor obsesión fue la de escribir ese maravilloso y extraño mamotreto narrativo que le dio el pasaporte a la inmortalidad literaria.
*  *  *
Conocí a Salvador Benesdra y compartí día a día con él durante un largo mes ---abril de 1989---, en la República Democrática Alemana, seis meses antes de la caída del Muro de Berlín. Dirigentes políticos y sindicales, artistas, periodistas, escritores y activistas de izquierda de América Latina, fuimos invitados por el gobierno de Erich Honecker a un evento de amistad entre la RDA y nuestro continente.
Recuerdo de manera especial a ese argentino blanco y delgado de bigote negro y espeso bajo la mirada fulminante, compañero de todas las horas y de todos los recorridos; sus indagaciones punzantes, críticas y en ocasiones irónicas, a cada uno de los representantes del gobierno al final de cada charla o conferencia sobre los diferentes temas que nos presentaban. En varias ocasiones planteó la posibilidad de radicarse unos meses en la RDA, sin respuesta precisa. Recuerdo cómo se burlaba de mi disciplinado comportamiento en cada acto, tanto en Weimar, la ciudad de Goethe y Schiller donde nos hospedamos la mayor parte de la estancia, como en Berlín Oriental, Potsdam, Gera, Sitzendorf, Erfurt, Mühlhausen, Jena, Leipzig, Mellingen y otros históricos poblados de la legendaria Alemania.
En Berlín, una noche salí del Hotel “Under den Linden” a tomar un poco de aire, cuando oí la voz de Salvador que me llamaba por mi nombre. Llegaba de ver la representación de Don Giovanni de Mozart, acompañado por el escritor uruguayo Juan Carlos Mondragón y el musicólogo brasilero Ennio Scheff, y quería tomarse un trago de korn, una especie de vodka de trigo alemán. Nos lanzamos a caminar por la “Frederichstrabe”, pasamos por en Berliner Ensembler, el célebre teatro de Brecht, y terminamos en el “Berie Berliner”, departiendo con un montón de parejas jóvenes que fumaban y bebían cerveza sin parar. No me olvido como reía a carcajadas, al igual que sus compañeros, con mis chistes y anécdotas de personajes colombianos. En todo momento brindábamos por la alegría de vivir y por la paz en Colombia.
Benesdra se concentraba sobremanera en las exposiciones y documentales que nos proyectaban en cada evento, para después hacer preguntas audaces y polémicas. Pero en general, expresaba su horror ante las barbaridades cometidas por el nazismo. Contemplaba atónito las escenas de la película Desnudos como lobos, basada en la novela del escritor comunista Bruno Arpizt sobre las atrocidades de la Gestapo, pero nunca lo vi tan sobrecogido como cuando nos llevaron al antiguo campo de concentración de Buchenwald. La visión de los hornos crematorios, los testimonios de las más aberrantes torturas a los seres humanos, los campanazos de ultratumba que obligaban a guardar un fúnebre silencio y la orgía de crueldad y muerte que se respiraba en aquel ambiente, dejó mudo y paralizado de terror a este delgado y frágil compañero argentino que por aquel tiempo debía tener 36 años de vida.


Visita al antiguo Campo de Concentración de Buchenwald. De izquierda a derecha: el poeta colombiano José Luis Díaz-Granados, la sicóloga mexicana Elda Aranda Borbón, el escritor uruguayo Juan Carlos Mondragón, la periodista mexicana Alicia Alarcón y el escritor argentino Salvador Benesdra. (En la antigua República Democrática Alemana, abril de 1989).

Benesdra tenía un temperamento fluctuante. Yo le tenía cierto temor por sus reacciones sorpresivas. De pronto se quedaba mirándome y se burlaba de algún gesto o comentario mío. Otras veces me criticaba con dureza alguna opinión política. Un día le pedí que me tomara una foto junto a una placa que decía “Pablo Neruda Strabe” y me regañó: “No te pongas tan trascendental”. Entonces me reí y le agradecí la lección. Esa noche, después de la cena, yo escuchaba con mucha atención a un dirigente polaco de filiación cristiana y noté que desde la mesa de enfrente, solitario, Benesdra no dejaba de observarme. Como vio que yo escuchaba con devota atención al dirigente, no pudo contenerse y se pasó a nuestra mesa donde comenzó a hacerle toda clase de preguntas sobre las relaciones del cristianismo y el comunismo. Recuerdo la frase lapidaria del polaco: “Si dos hombres no saben convivir, no valen ni el comunismo ni el cristianismo, ni nada”.
La amistad intensa y controversial que sellamos en esa primavera alemana de 1989 Salvador Benesdra y yo, desapareció una vez nos despedimos a fines de abril cuando ya comenzaban a ondear en Berlín Oriental las banderas de los trabajadores para conmemorar su día emblemático. Nunca más tuve noticias de ese ser excepcional y querible que pasaba fácilmente de la risa torrencial al silencio y a la melancolía reflexiva, hasta esta mañana decembrina de 2014 cuando por casualidad consulté una página de literatura argentina y encontré con jubiloso asombro que, luego de su trágica muerte de la cual yo no sabía, se había convertido en un escritor de culto, con sobrados merecimientos, lo sé, y desde ahora con el más afectuoso recuerdo por parte de este compañero de viaje que nunca lo olvidó.


JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS (1946), poeta, novelista y periodista colombiano. Es autor de 30 libros de diversos géneros literarios. Su poesía se halla reunida en El laberinto (1968-1984) y La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003). Su novela Las puertas del infierno (1985) fue finalista del Premio “Rómulo Gallegos”. Ha escrito numerosos textos para niños lo mismo que libros de ensayos y artículos de prensa. Reside en Bogotá donde se desempeña como profesor universitario.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El traductor, por Salvador Benesdra

Editorial Eterna Cadencia. 670 páginas. Primera edición de 1996, esta de 2012.
Prólogo de Elvio E. Gandolfo.

En una conversación sobre literatura argentina con Federico Guzmán surgió por primera vez el nombre, para mí desconocido hasta entonces, de Salvador Benesdra (Buenos Aires, 1952-1996). La literatura argentina cuenta con grandes cuentistas, pero, me interrogaba Federico, ¿cuál es la mejor novela argentina? Yo opinaba que alguna de Juan José Saer, seguramente Glosa o La grande, por ejemplo; y él apuntaba que su favorita era El traductor de Salvador Benesdra. A mí me resultaba extraño: ¿es posible que la mejor novela argentina no se haya publicado en España?, me decía. Nos llegan muchos novelistas de Argentina, y precisamente el mejor es desconocido... Ahora que por fin he podido acercarme a El traductor no estoy seguro de poder afirmar que ésta es la mejor novela argentina, pero desde luego es una de las mejores que se han escrito en ese país (o al menos de lo que yo conozco, que obviamente no es todo) y, posiblemente, una de las mejores novelas en lengua española de las tres últimas décadas.

Salvador Benesdra sólo escribió esta novela y un libro de autoayuda; ninguno de los dos los vio publicados en vida. El 2 de enero de 1996 decidió suicidarse: se arrojó a la calle desde su apartamento, un décimo piso. Como cuenta en el prólogo, el escritor y crítico Elvio E. Gandolfo se encontró con esta novela cuando en 1995 formaba parte del prejurado del premio Planeta Argentina. Tras leer las primeras páginas, Gandolfo ya sabía que se hallaba ante una obra especial: “Esto es genial de verdad. No lo van a premiar ni en broma”, escribe.
La novela quedó entre las finalistas del Planeta Argentina porque lectores como Gandolfo o Daniel García Helder la recomendaron y la defendieron de cara a la deliberación final del jurado; pero (lógicamente) no se premió. Era demasiado literaria para un premio tan comercial. No es El traductor una novela de lectura fácil ni, debido a su temática torturada y en ocasiones ensayística, puede gustarle a un público mayoritario. Es decir, si se premiaba una novela como ésta no se iba a recuperar la inversión “ni en broma”.
El traductor se publicó en 1995 gracias al dinero de una beca que solicitó para el libro el propio Benesdra -bajo la recomendación de Gandolfo- y gracias a las aportaciones de los familiares de Benesdra. Durante las dos semanas que he tardado en leerla he intercambiado unos cuantos correos con Gandolfo, al que conozco gracias al blog. En uno de ellos le preguntaba si sabía cuántos ejemplares del libro se habían publicado originalmente en Ediciones de La Flor. Gandolfo no estaba seguro, pero muy amable se lo preguntó a los primeros editores. Parece ser que hubo una primera edición de 1.500 ejemplares y una reedición de 1.000. En 2012 la editorial Eterna Cadencia ha editado 1.800, y algunos de ellos los ha distribuido en España.
Cuando vi El traductor en las librerías de Madrid no dudé en comprarlo.

La novela es en gran parte autobiográfica. Su protagonista, Ricardo Zevi, trabaja, al igual que Benesdra, de traductor en una editorial llamada Turba, que publica principalmente ensayos sobre temas sindicales y de izquierda en general. Turba es la principal editorial progresista de Argentina. Estamos en 1991 y Zevi es un hombre de 36 años que siente cómo se desmorona su mundo de referencias tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética: “La izquierda toda, desde los talmudistas del trotskismo hasta los más tibios socialdemócratas, veía o mejor dicho trataba de no ver cómo desaparecían piedra a piedra bajo sus pies los últimos vestigios que quedaban de lo que alguna vez había sido su mundo, su civilización, su cultura o su cimiento vergonzante y clandestino. La última catedral de la religión atea del socialismo parecía llevarse en su derrumbe hasta el último testimonio de que la izquierda había sido alguna vez una realidad, defectuosa como el mundo, malvada como un gulag, vigente como una piedra” (págs. 218-219).
En cualquier caso, Zevi no es un ortodoxo de la izquierda soviética, con la que se muestra crítico, sino un socialista utópico.

La novela avanza con dos tramas, más o menos paralelas o entrecruzadas.
Una pertenece al ámbito más privado de la vida de Zevi, y nos habla de la relación con Romina, una joven provinciana a la que conoce en un café según comienza la novela, cuando ella se acerca a Zevi para entregarle un folleto de la Iglesia adventista a la que pertenece. La segunda trama corresponde a un ámbito más social para Zevi, el de su trabajo en la editorial progresista Turba. A pesar de los principios que promulga en los libros que publica, en Turba comienza a haber cambios: parece que los dueños de la editorial, los Gaitanes, quieren modernizar la empresa con cambios tecnológicos que van a provocar el despido de más de un trabajador. Zevi, uno de los pocos traductores de Argentina que no trabaja de externo, verá amenazado su puesto.
El protagonista está traduciendo un ensayo de un alemán llamado Brockner (un autor inventado), que contiene ideas racistas y clasistas y que defiende las sociedades jerárquicas. El narrador reproduce varias páginas del ensayo de Brockner, que el protagonista refutará o bien sucumbirá al pragmatismo de sus ideas.

La novela se centra en las dos tramas comentadas, la relación de Zevi con Romina y la relación con la empresa Turba. En ella hay capítulos de gran ritmo narrativo que se adentran en la turbulenta mente del personaje, un trasunto de la personalidad obsesiva de Benesdra, en los que la trama se desarrolla de una forma agobiante y tortuosa, “como en el mundo de Roberto Arlt” (pág. 74), comparación que se repite más de una vez en la novela. Pero quizás la influencia más poderosa a la hora de construir el personaje atormentado de Zevi sería el autor que inspira al propio Arlt: Dostoyevski. Y en otros momentos el ritmo se desacelera y el personaje reflexiona (con gran profusión de citas de filósofos) sobre el mundo que le ha tocado vivir y la deriva política de la izquierda y de su país.

El estilo es denso, barroco. Se nota que Benesdra es un escritor acostumbrado a leer a filósofos y de ellos toma el gusto por una redacción rica en frases largas y subordinadas que van negando o matizando la frase principal.
Un aspecto que no debo olvidar al hablar de este libro es su sentido del humor; un humor a veces cruel, políticamente incorrecto; un humor doloroso que ha provocado en mí más de una carcajada, como le ocurrió al propio Gandolfo según cuenta en el prólogo.

En más de una ocasión esta novela, escrita en 1995, me ha parecido visionaria: El traductor es una obra de profunda actualidad: la España de hoy, con su crisis, su desmantelamiento del Estado del bienestar, sus bajadas de sueldo y sus abusos laborales no se puede parecer más al mundo que describe Benesdra en 1995.
En algún momento, cuando la novela se centraba en la relación de Zevi con Romina, he pensado también que a Benesdra la novela se le iba de las manos, y que la narración entraba en un territorio que, sin abandonar el realismo, casi se volvía expresionista en sus caminos de perversión. Pero en realidad el viaje a los infiernos de Romina y Zevi sigue teniendo mucho del mundo de Dostoyevski. En todo caso, aunque en algún momento parece peligrar la verosimilitud (lo que queda justificado más adelante por el estado mental del protagonista), yo no podía dejar de leer. Necesitaba en todo momento saber qué le iba a ocurrir al torturado judío sefaradí Zevi con la adventista Romina y con la editorial falsamente progresista Turba, en un mundo de dominadores y dominados donde la idea de justicia parece estar desapareciendo de la faz de la Tierra. Entre las páginas 429 y 430, Zevi señala: “Acababa de descubrir un beneficio absolutamente inesperado de mi conducta criminal: haber incurrido de veras en el mal le permitía a uno actuar como un hijo de puta también con quienes se lo merecen de verdad y sólo entienden ese trato”. Al leer este párrafo se me escapó una carcajada. No voy a explicar por qué Zevi acaba incurriendo en el mal para no destripar la novela.

Se lo comentaba a Gandolfo en un correo: a veces es desalentador darse cuenta de que obras tan poderosas como ésta pasan casi desapercibidas. El traductor tiene todos los elementos para ser una obra de culto: su prosa es poderosísima, se adelantó a su tiempo, su sentido del humor es desgarrador, sus dos personajes principales son inolvidables, su análisis de la vida individual y social tiene capacidad para revolver e incomodar la conciencia de cualquier lector. Además, éste es el único libro del autor si obviamos su libro de autoayuda (que desde luego no le sirvió para nada). Con él debería haber entrado en la historia de la literatura escrita en español, pero se suicidó antes de verlo publicado. Benesdra tiene todos los ingredientes para convertirse en un mito. El propio Gandolfo escribe en su prólogo: “Una de las mejores novelas argentinas que se hayan escrito desde 1810”.
Si Salvador Benesdra fuese un autor norteamericano, estaría traducido a todos los idiomas y El traductor sería una obra de culto. Al ser argentino, este libro se pudo publicar gracias a la financiación de sus familiares y calculo que lo hemos leído no más de 3.000 personas.
Según Federico Guzmán yo voy a ser el único receptor en España de esta obra que nos acerca la editorial argentina Eterna Cadencia. Sinceramente espero que Federico se equivoque y que El traductor encuentre a los lectores exigentes que sin duda merece.


Por favor, si algún lector descubre esta obra gracias a esta entrada del blog y decide acercarse al libro, que me lo cuente. Para mí sería muy alentador conseguir al menos un lector para esta magnífica novela.