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domingo, 25 de febrero de 2024

Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán, por Amélie Nothomb

 


Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb

Editorial Anagrama. 143 y 173 páginas. Primera edición de 1999 y 2007

Traducciones de Sergi Pàmies

 

Había leído Estupor y temblores (1999) de Amélie Nothomb (Kobe, 1967) en enero de 2001, sacándola de la biblioteca de Móstoles. Por esos días yo trabajaba en una auditora norteamericana, en una de las llamadas Big5, un terrible infierno laboral, en el que podías sufrir la condena de padecer 80 horas de trabajo a la semana. Me recuerdo leyendo este libro en un tren de Meco a Madrid, una mañana. La empresa me había enviado a Meco para realizar un inventario en una nave gélida, perdida en medio de un erial. Y aun así me sentía contento por haber podido alejarme de la oficina por unas horas. Reconfortado en el calor del tren, leía Estupor y temblores, que trataba el tema del terror moderno que los seres humanos viven en las oficinas y del que rara vez parece ocuparse la literatura o el cine. Me sentí muy identificado con la Amélie –un trasunto de la autora– que narraba aquella historia de humillaciones y absurdeces. Es posible que la lectura de este libro sea una influencia para mi novela Esto no es Bambi, que escribí sobre mi experiencia en la auditora norteamericana.

 

Estupor y temblores relata el año que vivió la joven Amélie, de veintidós años, en la empresa japonesa Yumimoto, año que se corresponde con el comienzo y el fin de 1990. «El señor Haneda era el superior del señor Omichi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie.», con esta frase sobre la jerarquía de la empresa comienza el libro.

Estupor y temblores se lee como si se tratase de una novela autobiográfica puesto que la protagonista tiene el mismo nombre de la autora, la misma edad, y ambas comparten más de un dato biográfico: Nothomb nació y vivió hasta los cinco años en Japón porque sus padres eran embajadores belgas en aquel país, luego pasó a China e Indonesia. En la adolescencia se instaló en la Bélgica de sus padres para regresar a Japón en 1989. En algún momento de Estupor y temblores se evoca esta remota infancia japonesa, pero el lector no va a conocer nada de la vida de Amélie fuera de la empresa, tema que se reservará para la novela Ni de Eva ni de Adán (2007).

 

Uno de los motivos que me han llevado a esta relectura de Estupor y temblores, más de veinte años después, es laboral. A mis alumnos de Economía de primero de bachillerato les pido que lean Rebelión en la granja de George Orwell, y hablo con ellos de los sistemas económicos, y ahora, que cada vez doy más clases de Gestión de empresas en bachillerato internacional he pensado pedirles a estos otros alumnos que también lean un libro. Los temas que trata Estupor y temblores me pueden servir para ilustrar el bloque de Recursos humanos del temario, ya que aquí se tratan asuntos como el de la jerarquía empresarial, la definición de tareas, la unidad de mando, la motivación, los choques culturales… Y, además, recordaba, se cuenta con humor y con un estilo sencillo, elementos que pueden resultar adecuados para alumnos de dieciséis años.

«Seguía sin saber cuál era mi misión en la empresa; pero no me importaba.», dirá Amélie en la página 13, después de varios días en Yumimoto.

 

Desde el comienzo de la novela, se abrirá un calvario laboral para Amélie, ya que nadie parece tener muy claro cuáles van a ser sus tareas en la empresa a la que acaba de llegar. Y así, diferentes jefes, de la inicial jerarquía nombrada, irán encargándole tareas a cada cual más absurda. Hay un momento que, como lector, he sentido incredulidad ante los despropósitos laborales que estaba leyendo, y he llegado a imaginar que Nothomb estaba simplificando las tareas a las que no podía enfrentarse para no aburrir al lector con comentarios técnicos sobre el trabajo, y también con intenciones cómicas. Así, por ejemplo, ha de estar fotocopian el reglamento del club de golf del jefe a mano, porque este opina que, si se usa la función automática, el texto no sale del todo centrado. En cualquier caso, tendrá que repetir las copias (de forma automática o a mano) un sinfín de veces. Cuando un jefe de otro departamento le pida ayuda a Amélie por sus conocimientos de francés, y ésta haga un buen informe sobre un producto que la empresa está pensando importar para Japón (Yumimoto es una empresa de importaciones y exportaciones), solo va a recibir reprimendas y castigos por haberse saltado la cadena de mando y ningún elogio porque su trabajo haya sido útil. Amélie ha firmado por un año de contrato en la empresa y, a pesar de todos los absurdos y las humillaciones, se ha propuesto cumplir con él, porque renunciar a una oportunidad en una empresa es algo inconcebible para un japonés, cultura en la que desea verse integrada.

Como ya he dicho, un aire de farsa se desprende del texto. Imagino que, en realidad, Amélie Nothomb (la escritora, no el personaje del libro) se tuvo que enfrentar a muchas tareas absurdas y repetitivas, que le quitaban la energía, y aprovechó esta experiencia para retorcer y simplificar los hechos y acercarse a sus vivencias en la empresa japonesa de una forma simbólica. De este modo más sencillo, pero más irreal, consigue transmitir esa idea de absurdez sin caer en la autocompasión y buscando la simpatía del lector, haciendo el texto más ameno, pero menos punzante. Menos reflexivo y más infantil, más para todos los públicos, en definitiva. Esta idea me la corrobora una frase de Ni de Eva ni de Adán, donde nos narra su vida en Japón, pero esta vez fuera de la oficina. En esta frase dice «por no hablar de algunas noches que pasaba en la empresa por no haber concluido mi trabajo.» (pág. 153 de Ni de Eva ni de Adán), aquí da a entender que esta era una situación habitual, y en Estupor y temblores solo se cuenta que esto de salir tarde le ocurre durante menos de una semana, y la ocupación a la que se le va a asignar durante sus últimos siete meses en la empresa es tan simple que no podía darse el caso de salir tarde de la empresa por no haber cumplido con su trabajo.

También se muestra alguna escena un tanto surrealista, con intención cómica, como que debido a que no consigue enfrentarse a un trabajo sencillo (como es el de comprobar en yenes el importe de unos cargos de dietas de los empleados en otra moneda) acaba varias noches sin dormir en la oficina y esto la lleva al delirio, a quitarse la ropa y a correr desnuda sobre las mesas, para acabar durmiendo bajo una montaña de basura.

 

Como en El castillo de Franz Kafka, Amélie no podrá osar acercarse al líder supremo de la organización, al señor Haneda del que se habla en la primera línea del libro. En cualquier caso, si pudiera estar en presencia del señor Haneda ella debería enfrentarse a él con esos «estupores y temblores» a los que alude el título de forma irónica, ya que esta es la única fórmula según la cual en Japón los súbditos deberían acercarse al emperador.

 

En algunos momentos del libro se le recuerda al lector que se encuentra ante la evocación de los recuerdos de la narradora. El estilo narrativo es sencillo y, de vez en cuando, aparece algún cliché en el texto, como «no daba pie con bola» (pág. 68) o «mujer de primera fila» (pág. 91), que imagino que el traductor Sergi Pàmies elige para trasladar al castellano un cliché equivalente del francés.

Algunas de las páginas más interesantes de Estupor y temblores son aquellas en las que la autora analiza la sociedad japonesa, y sobre todo aquellas que se ocupan de la posición de la mujer en dicha sociedad; que debe alcanzar, por ejemplo, la excelencia en el trabajo y casarse antes de los veinticinco años; pero si se sacrifica por su carrera no podrá encontrar con quien casarse. Y con este tipo de contradicciones y presiones ha de organizar su vida.

 

Como dije al principio, tenía un gran recuerdo de este libro, por la cercanía temática que sentí a él en su momento. Ahora mismo, con el paso del tiempo y las lecturas siento que Estupor y temblores es un libro simpático, escrito con sencillez, que sin ser una gran obra cumple su función de entretener, hablando de un tema que me interesa: el de los abusos laborales. Creo que puede ser una lectura interesante para mis alumnos.

 


Después de terminar Estupor y temblores empecé Ni de Eva ni de Adán (2007) –que saqué de la biblioteca de Móstoles– porque sabía que en esta novela Nothomb volvía al tema japonés y tenía entendido que era una suerte de cara B del otro libro, en el que la autora contaba sus vivencias en Japón, pero, en este caso, las que no transcurrían dentro de la empresa Yumimoto.

En realidad, la historia contada en Ni de Eva ni de Adán comienza a principios de 1989, justo un año antes de lo contado en Estupor y temblores. La voz narrativa vuelve a ser la del personaje llamado Amélie y lo contado va a ser coherente con lo expuesto en la novela anterior; por tanto, he tenido la sensación de estar leyendo una nueva parte de la misma novela.

Amélie, de veintiún años, acaba de llegar a Japón para estudiar el idioma y decide además anunciarse como profesora de francés. «Me pareció que enseñar francés sería el método más eficaz para aprender japonés», es la primera frase del libro y es significativa: Nothomb muestra en ella su búsqueda de las contradicciones con afán cómico. De este modo, va a conocer a Rinri, un joven japonés de veinte años que estudia francés en la universidad. Unos capítulos más tarde, Amélie y Rinri van a dar comienzo a una relación sentimental.

Como en Estupor y temblores, la prosa usada por Nothomb en esta novela es sencilla. «Le quería mucho. Y eso no puedes decírselo a tu novio. Lástima. Por mi parte, quererlo mucho significaba mucho.

Me hacía Feliz.

Siempre me alegraba de verlo. Sentía por él amistad y ternura. Así era la ecuación de mi sentimiento hacia él y aquella historia me parecía maravillosa.» (pág. 53)

A veces, como en la otra novela, también usa algún cliché o alguna expresión demasiado oral como «Mira quién fue a hablar» (pág. 21), «arrojar la toalla» (pág. 24), «se les crucen los cables» (pág. 27), «me importaba un comino» (pág. 41)

 

En Ni de Eva ni de Adán el texto se divide en capítulos, a diferencia de lo que ocurría en Estupor y temblores, donde toda la narración iba de corrido. En los capítulos de Ni de Eva ni de Adán se narran sucesos normalmente amables, en los que Nothomb hace hincapié en mostrarnos los choques culturales de una joven occidental en Japón. Como ya ocurría en Estupor y temblores, en esta novela la narradora también juega al despiste, a mostrarnos que no analiza bien la realidad, con intenciones cómicas. Así, por ejemplo, aunque al lector le queda claro, desde casi el principio, que Rinri es un joven de la clase social alta tokiota, de forma recurrente, Amélie hablará de sus sospechas de que pertenecía a la Yakuza, la mafia japonesa. Se narrará alguna visita a la costa, una escalada al monte Fuji, a la isla de Sado…, y más que una historia de amor hacia una persona, Rinri, esta novela acabará siendo una historia de amor hacia un país, Japón.

Los capítulos tienen encanto, aunque avanzan sin tener tensión narrativa. Lo único que parece mover la casi inexistente trama del libro es la capacidad de Nothomb para generar extrañeza mediante sus exageraciones cómicas, como la de que Amélie se transforma al subir o bajar montañas y entonces puede caminar por ellas a más velocidad que el resto de los humanos. Todo esto es simpático, aunque también algo infantil. En otros capítulos se incide en el exotismo oriental, como la ocasión en la que en la isla de Sado le ofrecen a Amélie en el hotel comer pequeños pulpos vivos, ante su repulsión.

Siguen siendo interesantes, como ya ocurría en la novela anterior, aquellas páginas en las que Nothomb nos habla de la sociología japonesa: así sabremos, por ejemplo, que los años universitarios son los años de relajación para el japonés medio, que durante el colegio tendrá que esforzarse mucho para llegar a la universidad, y que en el mundo laboral no tendrá tregua hasta que se jubile, pero durante la universidad puede sentarse a contemplar el paisaje.

 

Me ha gustado cuando el tiempo narrativo de Ni de Eva ni de Adán se acercaba al de Estupor y temblores. Así leemos en la página 152:

«Principios de enero de 1990, entré en una de las siete inmensas compañías niponas que, bajo la apariencia de negocios, tentaban el verdadero poder japonés. Como cualquier empleado, pensaba trabajar allí cuarenta años.

En mi tratado de estupor y temblores, conté por qué apenas conseguí permanecer hasta el fin de mi contrato de un año.

Fue un descenso a los infiernos de una extrema banalidad. Mi destino no difirió radicalmente del de la inmensa mayoría de empleados japoneses. Solo se vio agravado por mi condición extranjera y por cierto genio personal para la torpeza.»

Por fin, en las páginas finales de Ni de Eva ni de Adán conoceremos algo de la vida de Amélie fuera de la empresa Yumimoto: «Llevaba una doble vida. Esclava de día, novia de noche. Habría podido sacar provecho de ello si las noches no hubieran sido tan cortas: nunca me reunía con Rinri antes de las diez de la noche y en aquella época ya me levantaba a las cuatro de la mañana para escribir.» (pág. 153)

En las páginas finales del libro sí que aparecen, al fin, atisbos de tensión narrativa, ya que el lector asistirá a las no fáciles decisiones que Amélie ha de tomar sobre su futuro.

 

En definitiva, me ha gustado volver, después de más de veinte años, a Estupor y temblores, un libro que me ayudó en su momento a pasar un mal trago personal, y me ha gustado también ampliar mis conocimientos –gracias a Ni de Eva ni de Adán– sobre la vida de Amélie en Japón, un país que me resulta fascinante y que sueño poder visitar algún día. Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán no me parecen gran literatura, pero son libros simpáticos y que tratan temas que me interesan. A veces, solo esto es ya suficiente.

domingo, 5 de noviembre de 2023

La joven vampira, por J. H. Rosny Aîné

 


La joven vampira, de J. H. Rosny Aîné

Editorial Aristas Martínez. 106 páginas. Primera edición de 1911, ésta es de 2023

Traducción de Robert Juan-Cantavella

Sin habérselo solicitado a la editorial, me llegó a casa un paquete que contenía la novela corta La joven vampira (1911) del escritor francés –de origen belga– J. H. Rosny Aîné (Bruselas, 1856 – París, 1940). Normalmente no me gusta que las editoriales, que tienen mi dirección, me envíen libros que yo no solicito, porque –aunque no debería– me crea una especie de obligación por ellos, que en muchos casos no quiero hacer mía. Sin embargo, esta vez, el envío me vino bien: quería hacer una vídeo reseña con un libro de terror para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob, y tenía pensado leer El gran dios Pan y otros relatos de terror sobrenatural de Arthur Machen, editado por Valdemar, pero se me estaba echando el tiempo encima y el libro de Rosny era bastante más corto que el de Machen, y esto hizo que me decidiera por él para el «especial Halloween» del canal.

J. H. Rosny Aîné, de nombre real Joseph Henri Honoré Boex –leo en la nota introductoria del traductor y escritor Robert Juan-Cantavella–, desarrolló gran parte de su carrera literaria con su hermano Séraphin Justin François Boex, y que los dos firmaban con el pseudónimo J. H. Rosny. Cuando los hermanos empezaron a trabajar por separado, Joseph Henri empezó a firmar como J. H. Rosny Aîné, que significa «el mayor». Pensaba que no conocía nada de este autor, hasta que me he dado cuenta de que es suya la novela La guerra del fuego (1909), en la que se basa la película que en España se llamó En busca del fuego (1981) del director Jean-Jacques Annaud, que, casualmente, estaba viendo en la plataforma Filmin durante los mismos días que leía La joven vampira.

«–Hay algo de verdad en todas las creencias ancestrales de los hombres –dijo Jacques Le Marquand», con esta frase, pronunciada por el narrador de la historia, comienza la novela.

Jacques Le Marquand y su amigo Charmel hablan en Francia sobre el contenido de verdad de las leyendas populares, como la del vampiro, y Le Marquand afirma que, entre 1902 y 1905, conoció a una mujer vampira en Londres. A partir de aquí Le Marquand pasará a ser el narrador, para su amigo, de la historia de la que fue testigo en Londres. La figura de los dos amigos iniciales se diluirá pronto en el texto, y Le Marquand se convertirá en un narrador que cuenta hechos y pensamientos de otros que no ha podido conocer de primera mano, y que no explicará cómo han llegado hasta él. Es decir, Rosny se permite la licencia literaria de convertir a su narrador interpuesto en un narrador omnisciente.

La muerte de la joven Evelyn Grovedale es confirmada por dos médicos; sin embargo, a la mañana del cuarto día del velorio sus familiares la encontrarán resucitada. «Presentaba ciertas particularidades interesantes para los científicos, aunque preocupantes para sus allegados. Su memoria se hallaba en el mayor desorden, no hablaba más que en largos intervalos y de forma incoherente.» (pág. 17). Con el tiempo Evelyn llegará a ser «casi normal», pero se comportará con los suyos de un modo extraño: de hecho, sus hermanos pequeños y su madre empezarán a perder vitalidad y a volverse pálidos. Evelyn se acabará casando con el joven James Bluewinkle y se irá a vivir con él. Sus hermanos y su madre empezarán a recobrar la salud, a la vez que será James quien empiece a perderla.

En otras novelas en las que se trata el mito del vampiro, éste suele presentarse como un espectro amoral, un ser que puede, por ejemplo, atravesar las paredes, como ocurría en Drácula (1897) de Bram Stoker, o tiene poderes telepáticos; y, de este modo, Drácula puede manipular la mente de un loco en la novela. La vampira de Rosny, sin embargo, es

más corpórea y humana que el vampiro de Stoker. Ni siquiera aparece en el libro de Rosny la idea de que a los vampiros no debe alcanzarles la luz del sol. En este sentido, Evelyn se nos muestra como una joven, que siente cierta confusión con su identidad anterior, y que no puede alimentarse con propiedad gracias a los alimentos tradicionales, sino que debe consumir sangre, se entiende que humana, pero tampoco va a probar la de ningún animal.

La vampira de Rosny no consigue extraer la sangre del cuerpo de las personas clavándoles los colmillos, sino que le bastará con posar sus labios sobre la piel de una persona para conseguir absorber su sangre. La piel de la víctima no queda rota ni dañada, y con este detalle la novela se convierte en una historia fantástica, aunque el narrador trata de contar cómo es la realidad física de la que se va a nutrir en sus leyendas el mito del vampiro.

Como ocurría en la película Solo los amantes sobreviven (2013) de Jim Jarmusch, donde los vampiros compraban plasma sanguíneo para no tener que atacar a ninguna persona, Evelyn, la joven vampira, siente escrúpulos morales ante el daño que causa a terceros al tener que sustraerles su sangre. En este sentido, se aleja del mito del Drácula de Stoker.

La joven vampira es más una novela fantástica que de terror, porque lo cierto es que Rosny no dibuja en ella escenas perturbadoras, sino más bien curiosas o ligeramente inquietantes.

Carmilla (1872) de Sheridan Le Fanu, de la que Stoker tomó elementos para su Drácula, tenía un componente erótico que también acaba teniendo La joven vampira, puesto que Evelyn, o el ser que ha ocupado el cuerpo de Evelyn, en un momento dado, va a dejar de ser ese ente para volver a ser la Evelyn que era y, esto, lejos de inquietar a James hace que se refuerce su interés erótico por esa nueva persona que va a ocupar ahora el cuerpo de la que había sido su mujer hasta ahora.

Sí que me ha resultado inquietante o misterioso ese mundo cósmico del que la vampira parece proceder y del que guarda vagos y tenebrosos recuerdos.

El estilo de la novela es sencillo, sin grandes alardes metafóricos; una prosa eficiente, que se lee con simpatía, asumiendo su esencia pulp. La joven vampira es una novela corta con encanto y que gustará a todas aquellas personas que, como yo, estén interesadas en las variantes del mito del vampiro.

domingo, 12 de marzo de 2023

Basada en hechos reales, por Delphine de Vigan


 Basada en hechos reales de Delphine de Vigan

Editorial Anagrama. 342 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016

Traducción de Javier Albiñana

 

Saqué de la biblioteca de Móstoles dos libros de Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966), Nada se opone a la noche (2011), que era el que realmente quería leer, y también su siguiente novela, Basada en hechos reales (2015), que ‒según leí en la contraportada‒ hablaba de la recepción de su anterior libro, y pensé que este tema me iba a interesar.

Me gustó mucho Nada se opone a la noche, donde la autora habla de la muerte de su madre y reconstruye su vida. Este fue, sin duda, un libro muy personal para la autora, y parece difícil conseguir escribir otra buena novela después de la implicación emocional de la anterior. Basada en hechos reales, que se publicó cuatro después de la anterior novela, empieza así: «Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea.» (pág. 7). Como me estaba acercando a este libro según acababa el otro, tuve la sensación, como lector, de que la voz narrativa que me hablaba era la misma. Es decir, Delphine de Vigan seguía contándole al lector su vida, desde una primera persona en la que no existía distancia entre autor y narrador. En este caso, parecía que iba a contarle el bloqueo que siguió a la aparición de su libro de más éxito, Nada se opone a la noche. Y este tema está presente en la novela, pero, además, quiere hablarnos de otro asunto, de L., una mujer a la que conoce en una fiesta y que, en principio, se va a convertir en su amiga, y va a ayudarle a salir del bache, de la parálisis que siente como escritora.

 

La narradora está hablando desde el futuro, desde ese periodo posterior a los tres años en los que no pudo escribir, y, al contarnos su experiencia con L., en más de un caso, no tiene los recuerdos claros. Desde el comienzo, el lector va a saber que conocer a L. no fue, en realidad, una buena experiencia para Delphine. Aunque la narradora enseguida se enttrega a ella, la perspectiva novelística es la de tratar de analizar cómo fue posible que llegara a confiar tan ciegamente en una persona que acabó siendo dañina para ella. Una sensación de amenaza constante se cierne sobre la novela.

 

Además del bloqueo como escritora, un elemento desasosegante para De Vigan es que ha empezado a recibir cartas anónimas amenazantes de alguien que parece ser un familiar, enfadado con la publicación de Nada se opone a la noche y la revelación pública de los secretos de familia que se mostraban ahí. En más de una ocasión, De Vigan nos va a transmitir la idea de que quiere dejar atrás la narración autobiográfica y que quiere volver a la ficción, idea que le quiere quitar de la cabeza L., quien opina que, frente a la nueva narrativa de las series de televisión, por ejemplo, la ficción en la novela está muerta, y que el público ya solo se identifica con lo “auténtico” que representan los testimonios de la novela autobiográfica.

Hay más de una opinión sobre la recepción de Nada se opone a la noche que me interesa. «Por primera vez en mucho tiempo, me dio la impresión de que las cosas recobraban su forma y sus proporciones habituales, como si todo aquello ‒la novela aparecida meses antes, su resonancia ondulante, aquella sucesión de círculos concéntricos que se había propagado en un radio imposible de medir y había alterado profundamente mi relación con algunas personas de mi familia‒ no hubiera existido nunca.» (pág. 88)

«Yo quería volver a la ficción, quería protegerme, quería recobrar el placer de inventar, no quería pasarme dos años sopesando cada palabra, cada coma, despertándome en plena noche, con el corazón saltándome en el pecho, presa de pesadillas indescifrables.» (pág. 151)

 

Delphine acaba siendo cada vez más dependiente de L., quien llegará incluso a trasladarse a su casa, e iniciará un proceso para aislarla de sus familia o de sus amigas, tratando, de ayudarla a que vuelva a escribir, pero siguiendo la línea de indagación interior que ella considera que es la correcta. Además, L. acabará contando a Delphine que son compañeras del instituto, aunque la segunda no recuerde para nada a la primera. L. parece conocer muchos detalles de la vida de Delphine. Es alguien que se ha leído en profundidad todos sus libros, sus entrevistas, declaraciones, etc.

 

Aunque desde el propio título se insinúe que la novela está «basada en hechos reales» y la narradora, al igual que ocurría en Nada se opone a la noche, se llame Delphine, y aparezcan nombre de familiares que ya aparecían en el otro libro, como familiares reales, el lector acaba teniendo la impresión de que en realidad se enfrenta a una ficción, y de que L. es un personaje inventado por la autora, alguien que no existió y que no entró en su vida. Creo que existe alguna entrevista en la que la propia autora afirma esto, que Basada en hechos reales, aunque use una voz narrativa muy cercana a la real de Nada se opone a la noche, es en realidad una obra de ficción, una especulación sobre la importancia que tienen los elementos «reales» o «ficticios» en la composición de una novela.

 

Voy a decir desde ya que Basada en hechos reales me ha parecido una novela bastante inferior a Nada se opone a la noche. Y he acabado opinando esto porque, en gran medida, Basada en hechos reales se acaba convirtiendo en una novela de tesis. Es decir, L. es un personaje con pocos matices que, por alguna causa patológica, está obsesionada con que Delphine tiene que escribir solo novelas autobiográficas y no ficcionales. Conversaciones entre las dos, en este sentido, se repiten varias veces, y acaban siendo redundantes. En realidad, diría que la propia autora vivió este debate dentro de sí misma y consideró que era una buena idea escenificarlo en forma de novela: ¿novela autobiográfica o novela de ficción?, usando la forma del thriller para hacerlo más ameno.

El problema es que lo que era estimulante, misterioso y poético en Nada se opone a la noche, con unos personajes llenos de secretos y aristas, pasa a ser una narración mucho más plana en Basada en hecho reales, con unos personajes principales que acaban resultando poco creíbles. No me ha acabado de resultar verosímil la evolución del personaje de Delphine de Vigan, desde una mujer sensible, reflexiva e inteligente en Nada se opone a la noche, a la mujer que se supone que se acaba convirtiendo en una pelele sin voluntad en manos de L. Es cierto, que, como la novela está contado desde el futuro y rememora los momentos pasados, la autora ya ha recuperado su inteligencia, pero no me resultaba creíble que hubiera podido llegar al grado de abandono y aislamiento en el que se supone que cayó en manos de L., que, como ya he dicho, acaba siendo un personaje con pocos matices. Basada en hechos reales acaba siendo un homenaje explícito a Misery de Stephen King y también, aunque de un modo más subterráneo, a El club de la lucha de Chuck Palahniuk.

 

En resumen, entiendo que es difícil sobreponerse a la escritura de una novela tan íntima, intensa y desgarrada como es Nada se opone a la noche, pero Delphine de Vigan trata en Basada en hechos reales de convencerle al lector de que la ficción puede ser tan misteriosa y emocionante como la narración de la realidad (algo con lo que estoy de acuerdo), pero, jugando con sus propias cartas, no lo acaba de conseguir.

domingo, 5 de marzo de 2023

Nada se opone a la noche, por Delphine de Vigan

 


Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan

Editorial Anagrama. 371 páginas. 1ª edición de 2011, ésta es de 2012

Traducción de Juan Carlos Durán

 

Leí cinco libros seguidos de Annie Ernaux, la premio Nobel de 2022, y me apeteció seguir con literatura francesa, escrita por mujeres y que practicaran la autoficción. Me había fijado, desde hacía tiempo, en Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966), como representante de una nueva literatura francesa que me apetecía leer y, sobre todo, en su novela Nada se opone a la noche (2011), en la que sabía que analizaba la vida de su madre. Un día, paseando entre los anaqueles de la biblioteca pública de Móstoles, vi la edición de Panorama de narrativas de esta novela y de la siguiente que sacó, Basada en hechos reales. Me llevé las dos en préstamo.

 

Nada se opone a la noche comienza con la narradora encontrando a su madre muerta en su casa. No mucho después va a tener que asumir que la muerte de Lucile, su madre, ha sido debida a un suicidio. Desde el comienzo el lector va a identificar a la narradora de la novela con la propia autora, sintiendo que no hay distancia entre las dos figuras. La autora, Delphine de Vigan, vive esta escena terrible y toma la decisión de escribir una novela reconstruyendo la vida de su madre, desde que era una niña, pasando por su relación con ella, hasta el momento de su muerte. «Entonces pedí a sus hermanos que me hablasen de ella, que me contaran. Los grabé, a ellos y a otros que habían conocido a Lucile y a la familia feliz y devastada que era la nuestra. Almacené horas de palabras digitalizadas en mi ordenador, horas cargadas de recuerdos, de silencios, de lágrimas y suspiros, de risas y confidencias.» (pág. 18)

 

De Vigan trata de ser objetiva y dar forma al material recuperado sobre la familia numerosa que representaba su madre y sus tíos, pero en más de una ocasión también rellena los huecos especulando sobre lo que podía sentir su madre sobre determinados sucesos. «Lucile sintió cómo su corazón se aceleraba por efecto de la cólera.» (pág. 35). Esto hará que la autora también deje en el texto reflexiones metaliterarias sobre este tipo de decisiones artísticas. «Pero ¿qué me había imaginado? ¿Qué podría contar la infancia de Lucile mediante una narración objetiva, omnisciente y todopoderosa? ¿Qué me bastaría con hacer una criba del material que me habían entregado y elegir, como si fuese a la compra? ¿Con qué derecho?» (pág. 41)

 

Los abuelos, Georges y Liane, engendrarán ocho hijos, y adoptarán a otro, tras la muerte accidental de uno de ellos. Lucile es la tercera de los ocho hermanos.

Roberto Bolaño afirmaba que uno debe escribir siempre su novela como si tratase de una novela de detectives, aunque no lo sea en absoluto, y éste es uno de los grandes aciertos de la novela de De Vigan. La autora se ha propuesto indagar en la historia de su familia para tratar de descubrir el origen del dolor de su madre. Así, por ejemplo, la autora se plantea si debe hablar de la época en la que su abuelo pudo ser, aunque fuera de lejos, colaboracionista durante la época de la ocupación nazi, y se pregunta: «¿La posición de Georges durante la guerra podía haber afectado al sufrimiento de Lucile?» (pág. 96)

Hay momentos sorprendentes en el análisis del pasado familiar, y el lector llegará a pensar en ese tópico que afirma que la realidad supera siempre a la ficción. La familia que compusieron los abuelos George y Liane se va a descubrir pronto como una familia excesiva: muertes accidentales, suicidios, posibles abusos sexuales… y todo esto dentro del contexto de una clase media que, en algún momento ‒cuando a Georges le va mejor en la empresa de publicidad que ha creado‒ consigue cumplir algunas de sus aspiraciones burguesas.

 

De Vigan informará al lector de las dificultades técnicas con las que se va encontrando al escribir. Pensaba que le iba a ser fácil introducir ficción en la historia de su madre de niña, pero al final tiene la sensación de que no puede tocar nada, aterrorizada ante la idea de traicionar la historia.

«¿Tengo derecho a escribir que mi madre y sus hermanos fueron todos, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), heridos, dañados, desequilibrados, que todos conocieron, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), una gran pesadumbre, y que llevaron su infancia, su historia, sus padres, su familia, como marcada a fuego?» (pág. 154)

 

En la página 155 termina la primera parte de la novela, una parte en la que la autora ha reconstruido el tiempo de vida de su madre en el que ella no ha estado presente. Desde el principio nos indicará que no va a querer hablar o especular sobre la vida o la intimidad de su madre con su padre, o con sus otras parejas. En esta segunda parte la narración se volverá mucho más intensa, puesto que la autora usará como material narrativo la subjetividad de sus recuerdos personales sobre su madre. Delphine y su hermana pequeña, tras el divorcio de los padres, cuando la madre tiene veintiséis años (tuvo a Delphine con tan solo diecinueve), van a pasar a vivir a solas con ésta, en una situación de precariedad económica, con diversas parejas de la madre que, en el contexto de la década de los 70, pasan por hippies o contraculturales. Pero todo se complicará cuando aparezca la bipolaridad en la madre, enfermedad que hará que tenga diversos ingresos psiquiátricos. A estos estados mentales no va a ayudar su adicción a la marihuana. Las historias de muertes y suicidios se seguirán sucediendo en el entorno de la familia.

 

La autora consulta, para dar vida a sus recuerdos, los diarios que empezó a escribir a los doce años. Y vemos ya aquí un núcleo inicial de su futuro de escritora. La madre también era aficionada a escribir y la autora conserva un texto en el que la madre describe algunos de sus ataques de locura. Un texto que pensó insertar en su propia novela, pero que luego se dio cuenta de que no encajaba en el proyecto. En Nada se opone a la noche, la autora también nos hablará del periodo depresivo que le hizo caer en la anorexia, y la relación que tuvo esto con su madre, y cómo esta situación le condujo hacia la escritura de su primera novela.

 

Frente a las novelas de Annie Ernaux, que tenía muy recientes, me parece que Ernaux practica una escritura más reflexiva, y era muy interesante ver cómo ponía los acontecimientos de su vida en relación a los procesos históricos y sociales que le tocó vivir. En este sentido, De Vigan es una narradora más pura que Ernaux, pero de su análisis de la vida de su familia y la suya propia también se pueden extraer enseñanzas o principios universales. Nada se opone a la noche me ha parecido un libro muy intenso, de una gran fuerza poética desgarrada, una narración muy auténtica, donde la autora se ha adentrado en el dolor de su madre, y en el suyo propio, sin temor y sin descanso. Un valiente y valioso libro de la nueva narrativa europea.

domingo, 11 de diciembre de 2022

El conde de Montecristo, por Alexandre Dumas


El conde de Montecristo
, de Alexandre Dumas

Editorial Navona. 1288 páginas. 1ª edición de 1844; ésta es de 2021.

Traducción de José Ramón Monreal

 

Durante las vacaciones de verano suelo acercarme a alguna obra importante de la literatura; importante por su prestigio y también por su número de páginas. En el verano de 2020 leí Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis y en el de 2021 La forja de un rebelde de Arturo Barea, en el de 2022 decidí acercarme a El conde de Montecristo de Alexandre Dumas (Villers-Cotterets, 1802 – Puys, 1870, Francia), una de las novelas más famosas de la historia. Se dio la circunstancia, unos meses antes, de que los editores de Navona contactaros conmigo, a través de las redes sociales, para ofrecerme una de sus novedades literarias, a petición de su autor, y yo me sinceré con ellos: más que una novedad literaria de un escritor que no conocía, prefería que me enviaran El conde de Montecristo, cuya edición había hojeado en alguna librería, una novela que leería en verano y de la que podría hacer una reseña y una vídeo reseña. Los editores estuvieron de acuerdo.

 

La narración comienza en 1815, con un barco comercial entrando en el puerto de Marsella. Su capital es el joven Edmond Dantès, de tan solo diecinueve años, quien ha adquirido este puesto, durante su último viaje, por la inesperada muerte del que había sido el capitán oficial. Este capitán le va a pedir un favor a Dantès en su lecho de muerte: antes de regresar a Francia, debe parar en la isla de Elba y contactar con unos conocidos suyos que le van a entregar una carta, que él debe llevar a una persona de París. Dantès es un joven ingenuo y noble que no duda en prometerle a su capitán que cumplirá su deseo. En 1815 es Napoleón quien está recluido en Elba, y la sociedad francesa está políticamente muy dividida entre partidarios de la restauración de la monarquía borbónica y los bonapartistas. Dantés, sin ser él muy consciente, ha recibido una carta que puede ser importante para el intento de Napoleón de volver al poder, tras huir de la isla de Elba, hecho que ocurrió el 26 de febrero de 1815, dando lugar al llamado «gobierno de los Cien Días». Al conocer estos datos históricos ‒ayudado por internet‒ cobra más sentido la primera frase de la novela, que se abre con una fecha: «El 28 de febrero de 1815, el vigía de Notre-Dame-de-la-Garde señaló la presencia del velero de tres palos el Pharaon, procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles.»

Dantès baja  a puerto y conversa con el señor Morrel, dueño del barco, y quien le comunica que, si sus socios están de acuerdo, le gustaría que fuese el capitán oficial del Pharaon en adelante. Ésta es una gran noticia para Dantés que, contento, va a visitar a su padre y después a su novia Mercedes, una joven de diecisiete años, de origen catalán con la que se quiere casar pronto. El destino parece pintar bien para Dantès, pero no hemos contado todavía con la envidia humana ante la prosperidad ajena.

Danglars el contable del barco, de veintiséis años, no ve con buenos ojos el posible ascenso de Dantès; ya que aunque el joven es mucho más querido entre los marineros que él, quizás piensa que se merecería ese puesto.

Fernand, de veintiún años, es primo de Mercedes y está enamorado de ella. Para Fernand es una tragedia que ella se quiera casa con Dantès y no con él.

Danglars, junto con su amigo Caderousse, un sastre vecino y amigo del padre de Dantès, van a tener la oportunidad de encontrarse con un desesperado Fernand ante la inminente boda de Mercedes. Danglars, como de broma, entre copas de vino, escribe un anónimo en el que denuncia ante las autoridades a Dantés como agente bonapartista. Anónimo que arrojará a un rincón de la terraza en la que beben, pensando que Fernand lo va a recoger para denunciar a Dantès, como así sucederá.

«—Sí, pero de la cárcel se sale —repuso Caderousse, que con lo que le quedaba de su inteligencia se entrometía en la conversación—, y cuando se ha salido de la cárcel y uno se llama Edmond Dantès, se venga», en esta frase de la página 35 está contenido y anticipado el tema central de la novela, el de la venganza.

 

En realidad, aunque a primera vista parece inverosímil, Dumas se basó para escribir esta novela ‒según unas fuentes‒ en un caso real aparecido en la prensa de la época, sobre un hombre al que acusaron de agente inglés, que fue encarcelado y, al salir de prisión, dueño de un tesoro, se dedicó a satisfacer su venganza. Y según otras fuentes, esta novela está inspirado en la historia del padre de Dumas, que fue un militar francés, hijo de otro militar destinado en Haití y de su relación con una esclava negra. El padre de Alejandro Dumas, del mismo nombre, fue el primer militar negro francés que llegó a ser general, y estuvo dos años preso en Italia. Esta experiencia puede que alumbrara alguna de las escenas más famosas del libro.

 

Dantès será traicionado, detenido en medio de su banquete de esponsales, y encarcelado en la prisión de la isla If, en medio del Mediterráneo. El joven Villefort, sustituto del procurador del rey, podría llegar a entender la inocencia de Dantès, pero la Providencia o la Fatalidad se van a interponer en su camino: Villefort descubrirá que la carta que inocentemente porta Dantès está destinada a Noirtier, su padre. Villefort pretende ascender en la sociedad como monárquico, lo que hace que tenga que renegar lo más posible de su padre, eminente bonapartista. Villefort, que podía haber ayudado a Dantès, en cambio, lo encerrará en la última mazmorra para deshacerse de él.

Dantès, en la prisión de If, conocerá al abate Faria, uno de los personajes más memorables de la novela. Un preso que lleva años excavando en la roca para tratar de fugarse y que acabará apareciendo, por un error en sus cálculos, en la celda de Dantés. Faria se convertirá en mentor y referente para Dantès.

Tras catorce años, Dantés conseguirá fugarse de la cárcel, hacerse con una gran fortuna y empezar a organizar su venganza.

 

Hasta aquí he resumido la parte más conocida de la novela. Sin haber leído el libro hasta ahora, todo esto formaba parte de mi imaginario personal, y ya no recuerdo si fue por una serie o una película de dibujos animados o con actores reales, vista cuando era niño. Posiblemente también esta primera parte sea la mejor del libro.

 

Alguien me comentó en las redes sociales, cuando dije que estaba leyendo El conde de Montecristo, que en su edición original estaba dividida en tres partes. En esta edición de Navona no existe esa división, sino solo la de los capítulos, que son 117.

Después de la fuga de la cárcel, durante un buen número de páginas el protagonismo de la novela cambia desde Dantès hacia otros personajes secundarios. Esto va a permitir marcar la distancia de Dantès con su transformación en «el conde de Montecristo», un personaje mucho más sofisticado y sabio que Dantès, y en más de una ocasión también más siniestro.

 

El conde de Montecristo se acabó de escribir en 1844 y se publicó en 18 entregas durante los dos años siguientes. Tengo la sensación de que, tras el éxito de la primera parte, el editor o el propio Dumas, decidieron alargar la historia, porque entre la fuga de la cárcel de Dantès y la perpetración (o no) de su venganza, hay un excesivo número de capítulos, en los que la novela pierde fuerza narrativa. En esta parte, en la que Dantès llega a París, se muestran muchas casas de ricos y ambientes de la alta sociedad de la época; capítulos de poder y lujo que, imagino, serían del agrado del lector medio de este tipo de novelas en el siglo XIX.

Digamos ya que El conde de Montecristo cumple muchas de las características de un folletín, cuya definición, según la segunda acepción de la RAE; es la siguiente: «Obra literaria, teatral o cinematográfica que presenta sucesos y coincidencias dramáticas y emocionantes, aunque a menudo poco verosímiles, con una escasa elaboración psicológica y artística, y cuyo argumento suele ser el enfrentamiento entre el bien y el mal.»

 

Sobre todo, me ha parecido que El conde de Montecristo abusa de las «coincidencias dramáticas poco verosímiles», con personajes franceses que se encuentran, por ejemplo, en Roma con el conde, de casualidad, y que justo van a ser personas jóvenes relacionadas de forma muy directa con las personas con la que Dantès ha de vengarse en París. Estos jóvenes le van a permitir entrar en contacto con Danglars o Villefort de forma «natural». Además, las personas que conocieron a Dantès en su juventud no le identifican veinte años después. En la novela se resalta que su aspecto ha cambiado, pero sus gestos o su voz debían ser muy similares. Esto me ha saltado sobre todo en una escena en el conde habla ‒del propio Dantès‒ con un personaje que conoció en el pasado y esta persona no llega ni siquiera a sospechar que le tiene delante.

También me parece mucha casualidad que los tres personajes principales de los que Dantès desea vengarse (Danglars, Fernand y Villefort) se hayan convertido en personas muy ricas y destacadas de la vida parisina.

 

Cuando la definición de la RAE dice que el folletín propone un enfrentamiento entre el bien y el mal, ésta es también una característica que se cumple bastante en la novela. Dantès es en principio un personaje positivo, traicionado por otros negativos, y la venganza parece correcta en todo momento. Pero también debo añadir que uno de los temas que acaban siendo más interesantes del libro es el planteamiento de hasta qué punto es lícita o no la venganza de Dantès. En este sentido la novela tiene también un componente religioso, ya que Dantès se siente favorecido por la Providencia (que es otro nombre del mismo Dios) para llevar a cabo su venganza, después de haberse librado de la muerte en la cárcel y haber sido agraciado por una inagotable fortuna. Dios está diciendo a Dantès, o así lo cree él, que tiene derecho a vénganse de las personas que, debido a intereses egoístas, le perjudicaron en el pasado. Como si de un Dios del Antiguo Testamento se tratara, Dantès, citando la Biblia, considera que se puede vengar de sus enemigos hasta la tercera generación. Aquí el lector empezará a plantearse ‒igual que acabará haciendo el propio Dantès‒ si realmente tiene derecho de vengarse de los hijos de sus enemigos, desconocedores de las faltas de sus padres. Este planteamiento hace que el personaje principal trascienda al mero binomio el bien y el mal de un folletín, y a la poca «elaboración psicológica» de la que hablaba la definición. Pero no así en otros casos; por ejemplo, el narrador omnisciente de la novela siempre nos va a presentar a Danglars como un personaje negativo sin matices.

 

Sobre «las coincidencias dramáticas y emocionales» me ha llamado la atención una escena en la que Dantès, convertido en el conde de Montecristo, quiere salvar a un persona que sí le ayudó en el pasado (evitaré comentar quién es), pero espera para hacerlo hasta el último segundo en el que se va a hacer efectiva su ruina económica, cuando ya esta persona ha tomado la decisión de suicidarse y se encuentra al borde del colapso. Realmente le podía haber ayudado un tiempo antes y evitar este excesivo punto dramático y emoción que, en realidad, era innecesario, y solo tiene sentido dentro de la lógica de emotividad exaltada de una narración folletinesca.

 

Me llamaba la atención al principio una sensación de teatralidad de las escenas dibujadas, sobre todo porque Dumas reflejaba comentarios que los personajes murmuraban y que exponían en voz alta, aunque les perjudicasen, cuando lo normal hubiera sido que fuesen pensamientos que el narrador omnisciente le relatara al lector. Como buena novela del siglo XIX, El conde de Montecristo cuenta con un narrador omnisciente, que en algunas ocasiones interrumpe el texto y se deja ver, con comentarios como «Dejamos a Danglars que, presa del genio del odio, trata de bisbisear al oído del naviero alguna maligna suposición contra su colega (…)» En cualquier caso, no son intervenciones que resulten molestan.

 

En una nota al texto se comenta que Dumas cometió varios errores de lógica narrativa en la novela. Algunos se han corregido en las sucesivas ediciones, pero otros se han dejado. He detectado éste: en la página 81 se nos dice que Dantès «hablaba italiano como un toscano, español como un hijo de Castilla la Vieja», en la página 170, cuando Dantès se convierte en el alumno del abate Faria se nos dice: «Ya sabía, además, italiano y un poco de griego moderno, que había aprendido durante sus viajes por Oriente. Con aquellas dos lenguas no tardó en comprender el modo de regirse de las demás y al cabo de seis meses empezaba ya a hablar español, inglés y alemán». Como podemos comprobar, tenemos un problema con el español.

 

La prosa de novela me ha parecido correcta, sin grandes alardes estilísticos. Una prosa efectiva, propia de una novela de aventuras de calidad. Como ya he comentado, la capacidad de indagación psicológica de los personajes me ha resultado inferior a las de las grandes novelas europeas del siglo XIX. Sin salir de Francia, me parece que Émile Zola, Honoré de Balzar o Gustave Flaubet son escritores superiores a Alexandre Dumas.

 

Dicho todo lo anterior, podría parecer que no me lo he pasado bien leyendo El conde de Montecristo, y esto, en realidad, no es cierto. Sí me resultó una lectura entretenida, a pesar de esos capítulos del tercer cuarto, que ya he señalado, en los que creo que la novela se alarga artificialmente. Me hubiera gustado haberme topado con este libro en mi adolescencia. Si lo hubiera leído con catorce o dieciséis años creo que ahora mismo, de adulto, tendría un gran recuerdo de El conde de Montecristo. En la faja del libro se citan las palabras de muchos escritores de renombre alabando las grandezas del libro, como Gabriel García Márquez que dice: «El conde de Montecristo es la novela que me hubiera gustado escribir.» A mí edad, he disfrutado el libro sabiendo que es una novela de aventuras y con rasgos de folletín, con las limitaciones que esto puede suponer, pero también me ha gustado acercarme, al fin, a una de las novelas más famosas de la literatura y comprobar por mí mismo cómo estaba escrita y cuál era el alcance de su propuesta.

 

Acabaré con unas palabras sobre la edición de Navona: el libro con sus tapas de tela me ha parecido muy elegante. Su letra es algo pequeña, pero esto es entendible, teniendo en cuenta que el libro tiene casi 1.300. No existe espacio en la página entre un capítulo y otro, y hubiera preferido que no fuera así. He echado de menos un prólogo, en el que se hablara, aunque fuera brevemente, del autor y de la época. Las notas ocupan 25 páginas y están situadas al final del libro, lo que ha hecho que, hacia la mitad de la lectura, dejara de consultarlas.

El canal literario de YouTube La pecera de Raquel organizó una lectura conjunta con este libro y esta edición y sé que más de un participante acabó disgustado, porque la primera edición, al parecer, tenía algunos errores y un número de erratas significativo. Yo he leído la segunda edición y he de decir que solo he encontrado dos erratas en las casi 1.300 páginas, lo que me considero que constituye una edición casi perfecta. La editorial Navona aseguraba que la nueva traducción, a cargo de José Ramón Monteal, era la definitiva de este libro. Yo no sé francés y no he comparado esta traducción con ninguna otra; sin embargo, sí puedo afirmar que, en todo momento, he tenido la sensación de estar ante un gran trabajo.

 

domingo, 4 de diciembre de 2022

El acontemiento, No he salido de mi noche y Memoria de chica, por Annie Ernaux

 


El acontecimiento, No he salido de mi noche y Memoria de chica de Annie Ernaux

Editorial Tusquets. 119, 117 y 198 páginas. 1ª edición de 2000, 1997 y 2016.

Traducción de Mercedes y Berta Corral, y Lydia Vázquez Jiménez

 

Ya he contado que, cuando el 8 de octubre de 2022, se anunció que la nueva premio Nobel de Literatura era Annie Arnaux (Normandía, Francia, 1940) acudí a la biblioteca pública de Hermanos García Noblejas y saqué los cinco libros suyos que allí tenían. Decidí comentar conjuntamente los dos más antiguos, que eran El lugar (1983) y Una mujer (1987), porque los publicó seguidos y uno hablaba sobre la vida de su padre y el otro de la de su madre, así que formaban un díptico muy interesante.

En esta reseña me dispongo a comentar los tres restantes, que son El acontecimiento (2000), No he salido de mi noche (1997) y Memoria de chica (2016). La idea era haberlos leído en orden cronológico, pero lo cierto es que es que me equivoqué y leí antes El acontecimiento que No he salido de mi noche.

 

En El acontecimiento Ernaux nos habla de un embarazo no deseado que tuvo en 1963 y de un aborto clandestino al que se sometió a principios de 1964, cuanto contaba con veintitrés años y aún era estudiante. Entre la página 19 y la 20, la autora afirma: «En todo lo relacionado con el amor y el goce no me parecía que mi cuerpo fuera intrínsecamente diferente al de los hombres.» Desde el año 2000, o quizás un poco antes, pues el 2000 es el año de publicación de la novela y posiblemente la escribió antes, pero, en cualquier caso, con una edad ya cercana a los sesenta años, Ernaux trata de analizar cómo era a los veintitrés y cómo era la sociedad en la que vivía. En las novelas de Ernaux la experiencia individual siempre se analiza en relación a la experiencia colectiva de una época de Francia, y a una diferencia de clases entre una familia de tenderos de un pueblo, de la que ella procedía, y otra gente más adinerada.

«La semana después, Kennedy moría asesinado en Dallas. Pero este tipo de cosas ya no podía interesarme.», nos dice en la página 21, quizás los acontecimientos de Estados Unidos le quedaban en el momento de recibir la noticia de su embarazo no deseado a Ernaux lejos, pero no así los franceses.

 

Como en las otras novelas, las reflexiones metaliterarias son frecuentes: «Hace una semana que comencé este relato sin tener la certeza de que fuera a continuarlo.» (pág. 22)

Cuando Ernaux sabe que está embarazada el contexto social le indica que puede convertirse en madre soltera, en el modelo del que venía huyendo al haber accedido a la universidad, proviniendo de una familia de obreros y tenderos. «Ni la reválida ni la licenciatura en letras habían conseguido alejar la fatalidad de una pobreza heredada cuyos emblemas eran el padre alcohólico y la madre soltera. No había podido librarme de ellos, y lo que estaba creciendo dentro de mí era, en cierto sentido, el fracaso social.» (pág. 31)

 

«Sor Sonrisa forma parte de esas mujeres a las que nunca conocí y con las que, vivas o muertas, reales o ficticias, y a pesar de todas las diferencias, siento que tengo algo en común. Son artistas, escritoras, heroínas y mujeres de mi infancia que componen una cadena invisible dentro de mí. Tengo la impresión de que mi historia es la de ellas.» (pág. 41). El acontecimiento me parece la novela más feministas de las tres de Arnaux que llevo leídas hasta ahora. Otro párrafo sobre este asunto, y además sobre la pertinencia de hablar sobre ciertos temas, que me ha gustado es éste: «Es posible que un relato como este provoque irritación o repulsión, o que sea tachado de mal gusto. El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, otorga el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior. Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo.» (pág. 54) Las figuras masculinas del drama están representadas por el novio, que parece dar apoyo moral a Annie, pero poco compromiso, y los médicos, que pueden darle consejos, pero no ofrecerle ayuda real, porque esto pondría en juego sus licencias y su futuro laboral. Con las mujeres la autora sí establece una relación de ayuda y solidaridad, aunque no se retrata como a una figura positiva a la abortera, que ejerce un pequeño poder sobre las mujeres indefensas.

«Ver con la imaginación o volver a ver por medio de la memoria es el patrimonio de la escritura.» (pág. 59)

 

Más reflexiones metaliterarias: «Siempre que escribo me planteo la cuestión de las pruebas: aparte del diario y de la agenda que escribía en aquella época, no dispongo de ninguna otra certeza en lo que se refiere a mis sentimientos y a mis pensamientos de entonces, debido a la inmaterialidad y a la evanescencia de todo aquello que atraviesa mi mente.» (pág. 69)

 

Son varias las reflexiones que aparecen aquí sobre la legitimidad del aborto por parte de las mujeres, como la que aparece en la página 44: «Se juzgaba con relación a la ley, no se juzgaba la ley.», y muestra de una forma muy clara cuál es su opinión sobre este asunto, en el párrafo final del libro, que muestro aquí porque, al ser esta, en gran medida, una novela llena de reflexiones, no existe la posibilidad del destripe o el tan temido spoiler: «Me he quitado de encima la única culpabilidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento: el haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas. Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros.» (pág. 114-115)

 

Me ha gustado más El acontecimiento que El lugar y Una mujer, porque estas dos últimas novelas hablaban de la vida de unas personas desde un plano muy global, analizando en un escaso centenar de páginas toda una vida, y El acontecimiento Ernaux se centra en una experiencia de unos pocos meses. De este modo, se consiguen páginas más cercanas para el lector y de una gran intensidad y emoción. También me han gustado mucho las reflexiones metaliterarias, sociales y feministas.

 

Después empecé con No he salido de mi noche, que se publicó en 1997, y que guarda gran relación temática con Una mujer, de 1987. En Una mujer, Ernaux reconstruía la vida de su madre, a partir de haber recibido la noticia de su muerte, se traslada a principios del siglo XX, a la región francesa de Normandía, para explicarnos cómo era esa chica que crece en una familia obrera de pueblo, y que luego se va a casar con su padre. En las apenas 100 páginas de Una mujer, el ritmo narrativo es acelerado, y hacia el final de la vida de la madre, se nos cuenta que se la hubo de ingresar en una residencia de ancianos. La madre de Ernaux sufrió Alzheimer y cada vez resultaba más difícil que pudiera convivir en la casa familiar. En Una mujer nos encontramos con algunas páginas donde se habla de la vida de la madre en la residencia y de su pérdida paulatina de conciencia. En No he salido de mi noche, Ernaux expande estas páginas y nos habla, en otras 100 páginas, del proceso de degeneración que sufrió su madre, durante sus últimos años de vida, como consecuencia de la enfermedad del Alzheimer.

No he salido de mi noche empieza así: «Mi madre empezó con pérdidas de memoria y comportamientos extraños dos años después de sufrir un accidente de circulación grave ‒se la llevó por delante un coche que se saltó un semáforo en rojo‒ del que se había recuperado perfectamente.». Este accidente estaba relatado en Una mujer.

 


En la página 14 leemos: «Quizá deseaba dejar de mi madre, y de mi relación con ella, una sola imagen, una sola verdad, la que intente alcanzar en Una mujer. Creo ahora que la unicidad, la coherencia en la que desemboca una obra ‒sea cual sea, por otra parte, la voluntad de tener en cuenta los datos más contradictorios‒ debe ponerse en peligro cuantas veces sea posible. Al hacer públicas estas páginas se me presenta la ocasión. Las revelo tal y como fueron escritas, fruto del estupor y el trastorno que entonces sentía yo. No he querido modificar nada al transcribir aquellos momentos en que me quedaba junto a ella, fuera del tiempo.»

 

Así que No he salido de mi noche, después de la introducción inicial, done Arnaux da cuenta de sus intenciones narrativas, principalmente es un diario de notas que la autora tomaba sobre lo que se encontraba, y sus reflexiones, cuando iba a visitar a su madre a la residencia. A veces se filtrar en la narración recuerdos que ya han aparecido en otros libros: «He pensado en la gata que murió cuando tenía yo quince años, se orinó en mi almohada antes de morir. Y en la sangre, en los humores que perdí antes de abortar, hace veinte años.» (pág. 24). Estas dos imágenes pertenecen a la novela El acontecimiento.

 

Al tratarse de entradas de un diario, las anotaciones van precedidas de una fecha.

Destaco alguna entrada: «Satisfacción profunda por ir a ver hoy a mi madre como si fuera a descubrir una gran verdad que me atañe. Cegadora: ella es mi vejez, y siento en mí la amenaza de la degradación de su cuerpo, sus pliegues en las piernas, su cuello arrugado desvelado por el corte de pelo que acaban de hacerle.» (pág. 40)

 

Son muchas las entradas del diario que inciden en elementos desagradables y escatológicos: vómitos, excrementos o micciones en las habitaciones de la residencia, su olor, su presencia… de su propia madre, de su compañera de cuarto o de alguna otra persona que pasó por allí en ese momento.

 

«Acabo de verla, yo todavía soy joven, aún tengo historias de amor. Dentro de diez o quince años, seguiré viviendo y entonces ya seré vieja yo también.» (pág. 41)

 

Es cierto que No he salido de mi noche (parte de una frase que escribe la madre a un familiar) contiene algunas páginas dolorosas y estremecedoras, pero, dentro del conjunto de cinco libro de Annie Arnaux que he leído, ha sido la novela que me ha gustado menos. En los otros libros el análisis y la reflexión sobre lo contado, elevaban los propios acontecimientos que sirven de material narrativo, y aquí la muestra de estos acontecimientos es demasiado directa, sin pasar por el filtro del ese «análisis y reflexión» del que hablaba.

 

Tras No he salido de mi noche (1997) me acerco a Memoria de chica (2016), que con sus casi 200 páginas es la novela más larga de Annie Arnaux que he leído. La escribe durante 2014, el año en el que la autora ha de cumplir setenta y cuatro años, y reflexiona sobre la chica que era ella en el verano de 1958, cuando iba a cumplir dieciocho. Para llevar a cabo esta tarea se sirve de un juego literario curioso: escindirse a sí misma en dos personas. La narradora de Memoria de chica tiene setenta y cuatro años y, lógicamente, habla de sí misma en primera persona, pero cuando habla de sus recuerdos de 1958 se refiere a sí misma como la «chica de 1958» y habla en tercera persona al hablar de sus recuerdos. Es decir, la Arnaux actual, la de 2014, piensa que ya no es esa chica de 1958, pero que no hay nadie más cualificado que ella para tratar de entenderla y darle un sentido social o particular a sus recuerdos. Así que la Annie de 2014 mira a esa «chica de 1958» que no es ya ella y tratará de entenderla.

 

En la página 18 leemos: «Yo también he querido olvidar a aquella chica. Olvidarla de verdad, es decir no querer escribir más sobre ella. No pensar más que debo escribir sobre ella, sobre su deseo, su locura, su estupidez y su orgullo, su hambre y su sangre cortada. No lo he conseguido.» También en este libro, como en los anteriores, el lector se enfrentará a reflexiones metaliterarias: «Nunca llegué más allá de unas cuantas páginas, salvo una vez, un año en que coincidía exactamente el calendario con el del año 1958. (…) Muy pronto empecé a retrasarme en mi escritura, a causa de las incesantes ramificaciones que el flujo de imágenes, de palabras, hacía proliferar.» (pág. 18-19)

 

La chica que en 1958 va a cumplir dieciocho años va a trabajar como monitoria de campamentos para niños durante el verano. Ha puesto muchas expectativas en esta salida de casa y su aspiración principal es la de «vivir un romance». Así pronto tendrá una experiencia sexual con alguien que en ese momento le parece un adulto, el jefe de los monitores, un chico de veintidós años, que ya está trabajando como profesor de educación física en un colegio. Él y ella bailan en una fiesta y pronto él la lleva a su habitación. «Ella está haciendo todo lo que le pide.» (pág. 54), «Él, solo él es el amo.» (pág. 55). La escena del encuentro sexual (ella es virgen) está descrito de un modo brutal, antirromántico, y desde el punto de vista actual podría considerarse como una violación. Aunque la propia narradora nos dice que ella nunca ha podido considerarlo así, porque ella deseaba estar con aquel chico ‒al que llama H‒ y no tenía la experiencia suficiente como para juzgar si las maneras del hombre eran las adecuadas o no. En realidad el monitor jefe tiene una novia oficial, y en el campamento se acuesta con la ingenua Annie, pero también con otra monitora rubia, algo más mayor que ella. Annie se liará con algún otro chico y, enseguida, cogerá fama de «fácil», lo que va a hacer que se convierta en blanco de las burlas de los otros monitores y monitoras, todos más mayores que ella.

 


«A medida que voy avanzando, la suerte de sencillez anterior del relato ubicado en mi memoria desaparece. Ir hasta el final de 1958 significa aceptar la pulverización de las interpretaciones acumuladas a lo largo de los años. No pulir nada. No construyo un personaje de ficción. Deconstruyo la chica que fui.» (pág. 71)

 

«¿Debo escribir que, diez años antes de la revolución de Mayo, yo era sublime de puro intrépida, una vanguardista de la libertad sexual, un avatar de Bardot en y Dios creó a la mujer ‒que yo no había visto‒ y adoptar en consecuencia un tono jubiloso, ese que anima la carta que tengo ante mis ojos, enviada a Marie-Claude a finales de agosto del 58?» (pág. 72)

 

Y a pesar de las burlas que recibe, la chica del 58 quiere seguir formando parte de ese grupo de monitores con los que se siente libre.

 

Ya he dicho que Memoria de chica tiene el doble de páginas que los otros libros de Ernaux que he leído. Y en realidad parece que está formado por dos partes que podrían haber sido casi libros independientes. En la primera parte se narra este verano del 58 y esas experiencias sexuales, y cómo son juzgadas desde la moral de 58. Y en la segunda parte se habla del año siguiente, del 59, cuando Annie ha roto el contacto con H. pero sigue enamorada de él y sueña con volver a encontrárselo en las calles de Rouen, donde estudia, o al año siguiente en el campamento si es admitida de nuevo como monitoria. Y la Annie de ese año empieza a culpabilizarse de no haber podido conquistar a H, y a tener problemas de bulimia y autoestima. Me parecen interesantes las reflexiones sobre la elección universitaria hacia magisterio, porque la considera una aspiración más acorde con su familia y la clase social a la que pertenece. Aunque luego (aunque no estoy seguro del todo de esto) acaba cambiándose a una licenciatura en letras.

 

Me gusta esta reflexión: «No poder situar la anterioridad de un recuerdo con respecto a otro impide establecer una relación de causa efecto entre ambos: no sé si recibí aquella carta antes o después de haber leído, aquel mismo mes de abril de 1959, El segundo sexo de Simone de Beauvoir que me prestó Marie-Claude.» (pág. 141). Esta lectura de Simone de Beauvoir será importante para que la «chica de 1958» pueda tomar conciencia de qué ha representado para H, su enamorado, y para los otros chicos del campamento, y pueda empezar a tener un posicionamiento político más adulto, y darse cuenta de que había sido «un objeto sexual», en palabras de Beauvoir.

También me gusta esta reflexión metaliteraria sobre las novelas de autoficción: «Al empezar a escribir sobre ella, por una artimaña inconsciente, he dejado todo el rato en suspenso la cuestión de mi derecho a desvelarla. De alguna manera he bloqueado mis escrúpulos con el fin de llegar a un punto ‒actual‒ en el que sé que es imposible quitar ‒sacrificar‒ todo lo que he escrito acerca de ella. Esto vale para lo que he escrito sobre mí. En ello radica precisamente la diferencia con un relato de ficción.» (pág. 184).

 

En resumen, me ha parecido que Memoria de chica es el libro con más matices y más interesante de los cinco que le leído de Annie Arnaux. Le seguirían El acontecimiento, El lugar, Una mujer y, por último, No he salido de mi noche, en el que me parece que hay poca distancia entre el material literario y su tratamiento.

Como reflexión final sobre el tema de los premios Nobel: no sé si existiría algún otro escritor o escritora que se lo pudiera merecer más, y no sé si esto es fácilmente medible. En cualquier caso, la concesión del premio Nobel me ha hecho acercarme a una escritora cuya propuesta de análisis autobiográfico me ha parecido muy interesante. He disfrutado de estos libros de Annie Arnaux.